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«Hilera de tréboles: Desde los 9 a los 17 años» es el primer poemario de Graciela Saralegui, que publicó cuando solo tenía diecisiete años. El libro cuenta con un poema introductorio de Fernán Silva Valdés, dedicado a Graciela.
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Seitenzahl: 41
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Graciela Saralegui
Saga
Hilera de tréboles
Copyright © 1942, 2021 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726641592
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
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Pensando en mi padre
Carlos M. Saralegui.
Hice esta hilera de tréboles,
larga como una escalera,
para que vaya hasta el cielo,
al interior de una estrella;
para que tu los recojas,
uno por uno, en hilera,
¡y sepas que en estos versos,
te mandaré el alma entera!
A Graciela Saralegui
le quiero hacer un romance;
asombrosa criatura
de los versos en la sangre.
Un romance fino y bello,
que lo rece y que lo cante.
Tan flexible como el junco,
tan grácil cual su donaire;
que se le enrede en el cuello,
que se le envuelva en el talle.
Tan dulce como sus versos,
tan liviano como el aire,
tan fino como sus manos,
como su modo tan suave;
como su risa de espuma
que en la orilla se deshace
que se le enrede en el cuello,
que se le envuelva en el talle.
Para su libro de niña,
le quiero hacer un romance;
cacho de vida ferviente,
niña con cantos de madre.
Para su libro inocente
como el vuelo de las aves:
Que se le enrede en el cuello,
que se le envuelva en el talle.
Afelpado como un nido
como su voz lenta y grave,
como sus ojos graciosos,
y sus miradas distantes;
como su alma en candor,
como sus sueños en viajes:
que se le enrede en el cuello,
que se le envuelva en el talle.
Graciella; si yo pudiera cumplir
y hacerte el romance,
este que te estoy diciendo,
diciendo y que no me nace...
te lo enredara en el cuello,
te lo envolviera en el talle.
Fernán Silva Voddez.
(Para mi padre, Carlos María Saralegui)
Eramos los cuatro, una cadenita,
Una cadenita que rompió el Señor...
Ei sabrá por qué.
Era de oro fino, de hierro, de plata y platino.
No puede soldarse jamás.
De sus eslabones nos falta el mayor:
el que hacía fuerte,
el broche magnífico de seguridad,
el que unía todos los eslaboncitos,
que han de estar obscuros, desequilibrados,
de tanto llorar.
Es de esas cadenas que cuando se rompen,
nadie aquí en la tierrá las puede soldar.
De un metal distinto era cada uno;
Papá era de hierro, mamá de platino,
yo era de plata; Renée de oro fino...
Eramos los cuatro una cadenita,
una cadenita que rompió el Señor.
¡No puede soldarse jamásl
De sus eslabones nos falta el mayor,
¡nos falta papá!
Hoy el cielo ha obscurecido,
y es de mañana temprano.
El sol quedóse escondido,
la luz se quedó llorando.
En el Escalda las olas,
no se abrazaron cantando,
en Flandes lloró una estrella,
hasta que acabó su llanto.
En las casas todos duermen,
todos descansan confiados,
sin saber que cuervos negros
caerán sobre sus regazos.
Todos sueñan como niñas,
muchos seguirán soñando,
muchos no soñarán nunca,
y otros soñarán matando.
Y al avanzar la mañana,
más de mil cuervos volaron,
sobre las palomas blancas,
que estaban todas soñando.
Las despertaron sus picos,
profundos, negros y trágicos.
Se internaron en sus pechos,
hasta que las desangraron.
Bélgica lloró un momento
la muerte de sus hermanes.
Las palomas que quedaron
se tomaron de la mano,
para recibir unidas
los picos negros y trágicos,
de la bandada de cuervos
que desde el cielo llegaron.
¡Y en el Escalda las olas,
unidas en un abrazo,
cruzaron Flandes entero,
cruzaron Flandes cantando,
desafiando a los mil cuervos,
de picos negros y trágicos.
¿Qué tú quieres, niña mía,
una muestra para hacerte un vestidito?
Para el color del vestido, que lo quieres,
se te ha puesto, (caprichitos) verde rojo,
o amarillo.
Pero distinto al de todos, que sea único.
Dame la mano, tengo un huerto, donde viven,
los colores más bonitos, y por siempre
inigualados.
Desde el verde de las chauchas tiernas,
hasta el rojo del sabroso rabanito.
Los tomates, muy redondos y carnosos,
colorados y jugosos, los repollos todos
crespos, verdl - negro por la orilla,
y verde - luz por el centro.
Toronjiles de fragancia insuperables,
y cedrones que suavizan corazones.
Alcauciles verdi - plata o verde gris,
y de un verde más chillón el perejil.
El tomillo perfumado, más obscuro
y apagado; y los choclos muy barbudos
y muy tiernos, cual de manteca amasados.
Las naranjas ya maduras, asomando entre
lo verde de las hojas,
su amarillo muy vibrante, y muy gritón.
