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Lucrecia, Alejandro y Pablo son unos jóvenes idealistas de la burguesía del Montevideo de los años sesenta. El orden burgués y sus familias los asfixian, buscan su propia verdad, ¿serán capaces de liberarse y ser felices?
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Graciela Saralegui
Saga
Tocando fondo
Copyright © 1965, 2021 SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726641554
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.
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Tú siempre lo pensaste, aunque miles de veces, arrinconada entre tus dibujos, tus brazos, tus insultos, estaba segura de que nunca te habían enseñado el significado de “yo pienso, tú piensas, él piensa” y la maestra ya debía de besarte los rulos amarillos, porque eras rubio y frágil y llorón y como yo corrías detrás de los gorriones y te orinabas sobre los pisos como ahora lo hace Alejo aunque le refreguemos el hocico contra el suelo para que aprenda.
Tú lo sabías —de memoria lo sabías—, como llegaste a conocer mi cuerpo pulgada por pulgada, como lle gaste a conocer mi dicha, la de encontrarte, la de tenerte en mí —dentro de mí—, como llegaste a conocer mi pena —la única absoluta—, la de perderte indefectiblemente para siempre.
La palabra siempre la deletree con llanto cuando me pegaban porque siempre lloraba. Pero ahora. . . ¿qué es lo que pasa ahora que no sé donde estás, que te fuiste, que me dejaste crucificada en este silencio que me rodea desde que nací, que me rodea como tus brazos, como tus dibujos, como tus insultos?
,¿Te acordarás ahora de mi miedo a la vida? Aunque te cansabas de repetirnos: “si conseguimos mirarla de frente, colgarnos de sus cuernos, morderle el rostro y escupírselo, entonces todo el miedo se caerá de golpe, como cuando nos desnudamos apurados con la impaciencia del momento, para que el momento no pase, para que se prolongue el momento. . . ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Nunca pude cerrar la ventana para no ver la luz del día, para que fuese noche y tú volvieras a golpear en la puerta, a subir la escalera, a cruzar el corredor oscuro, a encontrarte conmigo sobre la cama, sobre mi cuerpo, las piernas como arañas, los brazos como arañas, la lengua como arañas, hasta matarme para nacerme nuevamente.
Hacía quince días que Antonio se había marchado a Europa. Lo único que Antonio supo hacer en su vida, fue ser sobrino del nuevo ministro de Instrucción Pública. Así consiguió la beca y la misión de la Biblioteca Nacional para averiguar de las cartas cambiadas entre Delmira Agustini y un viejo y conocido homosexual parisiense, crítico literario de importancia.
Antes de su viaje le dí clases de literatura para ponerlo al tanto de la vida y la obra de Delmira. También le hablé de Artigas. Era muy importante que se fuera sabiendo algo de Artigas.
—Con Gardel me arreglo —me decía—, les canto el “Cambalache” y dejo a los franchutes tendidos sobre el Sena.
Europa: maldita fijación. Nacidos con los ojos puestos en Europa nos llamábamos americanos, sí, lo que quieras, pero cultura europea y muebles europeos y ropa europea y cualquier cosa europea. Desarraigados del pelo a los pies. Aunque siempre hubo un Manolo, (y veo a la tía Sara estupefacta. ¡Ah un gran artista pero impresentable. Si tan solo se afeitara!. . . ¡impresentable!—) que con ataques americanistas nos combatía amargado.
Pero ahora, ahora que él se ha ido, que nunca volverá —sé que no hay vuelta—, que me ha dejado aquí para siempre —de nuevo la palabra “siempre” como en la infancia, con llanto—sí, para siempre, con mi marido, con mis hijos, con mi perro, en este maldito sitio, en esta maldita tierra americana, casualmente americana, aunque podría pertenecer a otro continente cualquiera, Europa por ejemplo. . . o América. América sin mestizos, sin terremoto, sin trópico, sin montaña, sin nieve, a-m-é-r-i-c-a, engendro americano, engendro europeo, engendro con gauchos enterrados, con mate en los partidos de fútbol, pijamas en las puertas de las casas de barrio de pacífica clase media, casas de oficinistas, nubes de oficinistas, de jubilados con el sueño de la casita propia y de politiqueros enriquecidos.
Entonces, al no estar Antonio, empezamos a reunirnos en la pieza de Olascoaga. Olascoaga el buen mozo, el que había desfilado por todas las facultades, el invulnerable Olascoaga alumno de Humanidades.
Él nunca imaginó, aunque nosotros siempre lo vimos terminar sentado delante de una máquina de escribir, en la sección de un banco ni fu ni fa, un banco que han asaltado cuatro veces por tener sucursales alejadas del centro, sucursales en calles perdidas, allí, donde hoy vive Olascoaga casado, con tres hijos y una mujer gordita que le gusta ir al cine a ver películas románticas y que también trabaja en el noveno piso del Municipio en Instalaciones Mecánicas, donde se ha hecho amiga de Laura, que uno ni sabe como también ha ido a parar allí. Laura hablando con la gordita de Olascoaga en un extraño diálogo monologado sobre filosofía y recetas de cocina. . . o tal vez solo sobre recetas de cocina, porque Laura siempre fue medio mártir, media santa, un pan de Dios que Dios había y ha olvidado desde que nació.
Y era linda la facultad. Era vieja, sucia, llena de viento, ese viento tan nuestro, incómodo, uruguayo, tan que no deja estar peinada en la calle y que desnuda de improviso en las esquinas.
Yo también pertenecía al plantel de los inútiles: a la “Facultad de Humanidades y Ciencias”, “Facultad de los Vagos”, “Facultad de los Millonarios”, millonarios de a vintén, ratones de biblioteca. ¿Y después qué hacías con el título de licenciado? Licenciado en letras, Licenciado en filosofía. Te lo colgabas, te lo colgabas donde mejor se viera. Rascarte, limpiarte la boca, el traste, lo que tuvieras más sucio, con el blanco diploma de letras negras y doradas, bien dibujadas, bien góticas, bien de Facultad de Humanidades. ¡Engendro también! ¡Engendro!
—Apretá el tercero, que nos quedamos.
Y crugía el ascensor junto al profesor de latín rodeado de ellas y yo entre ellas: “la pituca, la niña bien, la de los modelitos” y el raquítico, invertido Santiago con su impermeable azul y lentes negros, investigando su árbol genealógico alrededor del profesor de latín, el que había sido cura, el pornográfico profesor de latín encerrado en el ascensor, que después de rugir su roña amontonada, arrancaba como una carreta tirada por la impotencia de bueyes resentidos y con un brusco y sorpresivo golpe que revolvía las entrañas de todos, paraba vencido, muerto en el tercero, para que el profesor de historia del arte, el divo, el de las muchachas de tacos altos y pintura en los ojos, el que marcaba la moda cultural dentro de una sociedad analfabeta —porque tú sos esa sociedad analfabeta “que desayuna en la cama y anda a caballo por la playa y lleva una raqueta debajo del brazo y sale en Sociales en un “Hemos Visto” de jóvenes elegantes —como escribiría uno de los resentidos e improvisados críticos del momento—, entrara también junto a Santiago el marica y al ex cura pornográfico y a nosotras “diáfanas, inútiles, moscas pedantes, moscas fracasadas, ratas de albañal” como nos gritaban los alumnos del Instituto de Profesores Artigas. De nuevo con Artigas. Artigas a caballo en la plaza. Artigas en las monedas. Artigas en los sellos. Artigas. Artigas. ¡Joder con Artigas!
Entonces sí, en la pieza de Olascoaga, con olor a amor rancio, encerrado, amor de prostitutas, teníamos que hablar de literatura, de arte y de política.
—¡No, no, basta de blancos y colorados, de mitos y leyendas! ¡La gran figura de Pepe Batlle! ¡Está empolvada, caduca, cayéndose de a poco igual que un cuerpo sin carne! ¡Calavera, huesos que apenas harán ruido al desplomarse! —gritaba Alvaro, biznieto de un soldado blanco del interior, en aquella época que el pueblo, junto a Oribe y un grupo de familias patricias apegadas a la tierra, se habían opuesto al dominio de los franceses y los ingleses instalados con sus bases y subvenciones en Montevideo.
—Sí, la gran obra de Batlle, convertir al Uruguay en “La Suiza de América”, ablandar al país, separarlo de sus raíces.
—Es cierto —decía Mariano, que a pesar de haber nacido en Grecia estaba incorporado a nuestro mundillo político igual que uno de los nuestros—Batlle le dio al Uruguay lo que el Uruguay no pedía ni necesitaba, pero. . . ¿hizo algo por despertar a los hombres de un letargo antinacional que fue volviéndolos cada vez más irresponsables frente a su patria? No. Él los puso a la vanguardia de un liberalismo aburguesado, donde la lucha, la conquista y la recuperación no contaban; él los puso a la vanguardia de una vida cómoda, burocrática y fácil; inventó la política del empleo público, la jubilación, la casa propia y rebasó los límites.
—¿Y los blancos? ¿Qué hicieron los blancos? Peor que los colorados porque no hicieron absolutamente nada, asimilando todos los vicios del batllismo.
—¿Qué iban hacer si nunca pudieron estar en el poder? —replicó Lucrecia, cuyo padre era una figura de importancia en la U. B. D.
—Vamos Lucrecia, lo que pasa es que los blancos son los tuyos.
—¿Qué míos? ¡No sabés todavía cual es mi verdadera posición!
—¿Acaso la Aristocracia o como quieras llamarla, porque indudablemente en el Uruguay no hay ni ha habido aristocracia, no pertenece casi toda al partido blanco? Y tú, quieras o no . . .
—¿Y la gente del campo —el pueblo del interior —es también la aristocracia? Y esa gente ¿no es en su mayoría blanca?
—Bueno, junto con los señores estancieros votan sus peones, que como seres ignorantes no saben nada y votan como corderos de la majada.
—No sé para que discuten sobre blancos y colorados, porque la verdad es que hoy en día son exactamente iguales. Las mismas estructuras caducas que hace tiempo demuestran que no sirven y que sólo podrán terminar con una revolución, sí, ¡una gran revolución!
—¡Sí! ¡Sí! ¡A la revolución! ¡Concluir de una vez por todas con estos partidos de lemas que son partidos de reparto! ¡A la revolución!
El único que se burlaba eras tú. Tú que habías sido comunista y hoy me tenías a mí tan cerca de tu mano, justamente a mí, la primera que tendrían que fusilar en una revolución, por principios de casta, de condición social. Aunque por conducta fuese más lógico fusilar a Rosario la actriz del Galpón; Rosario, la estanciera comunista que también usaba sirvientas a las que le regateaba miserablemente el sueldo, controlando el frasco de dulce y el paquete de manteca.
—Y ahora mismo viene conmigo al fondo y desentierra la basura de la arena. El jamón no tiene patitas a no ser que lo haya tirado distraída, pero en el trabajo no hay distracción posible. Para eso le pago.
Y la infeliz mujer madura, casi vieja, con hijos, nietos, pálida y flaca como los pinos de la costa que se quiebran a la primera ráfaga de viento, revolviendo con un palo la basura, tragándose la humillación, el odio a bocanadas, el deseo ciego de aplastar de un golpe, sin piedad, a esa mujer histérica que le revuelve el alma, las vísceras, esa mujer comunista, orgullosa de pregonarlo, usarlo como un vestido nuevo para tapar la mugre amontonada que se nutre de su piel y de su corazón y de su sonrisa.
Pero Lucrecia era “la niña bien, la pituca, la de los modelitos” invadiendo una jurisdicción que no le pertenecía.
Lo que no sabías, Pablo; lo que ninguno de nosotros sabíamos y aún no sabemos, era que ni tú ni yo ni nadie de los de la pieza de Olascoaga, ninguno ¿entendés? ninguno haría alguna vez una revolución. Ignoramos lo que es el coraje, el jugarse la vida. Todavía conservamos espíritu de colonia y es demasiado fácil creernos sin tradición aunque no sea cierto. Y nuestra intensa lucha no pasa del insulto periodístico escrito cómodamente desde nuestra casa, los caricaturescos desafíos a duelos nunca realizados o el pataleo histérico en huelgas renovadas como los pagarés, para dejar cada cuatro años, cuatro años justos y exactos, nuestro voto en las urnas, nuestro voto inservible y estéril.
“El Vasco” a esa hora estaba lleno de adolescentes afeminados que salían de clase de arte dramático y de resignadas muchachitas con aspiraciones de actrices.
Todavía era temprano para ir a lo de Olascoaga, aunque estar allí, esperando que llegara la noche, me deprimía. Quizá fuesen hasta buenos, pero . . .
—Lo que pasa es que se creen grandes personajes porque han masticado tres o cuatro libretos de apuro y se los han tragado sin digerirlos. ¡Estúpidos, si pudieran verse, pálidos, barbudos, con una indecente mugre superficial, de piel afuera, manos lánguidas. . . Y ellas de ojos pintados, pelos largos y lacios, sueters negros y libros y estúpidos, sofisticados, falsos!
—Si pudiéramos vernos —replicaba Pablo solo por fastidiarme, porque hacía tiempo que a Pablo le gustaba fastidiarme. Tal vez fuese su reacción frente a este amor que él creía ilegal desde un extraño e inexplicable punto de vista que nunca comprendí.
—¡Sí, su egoísmo, su monstruoso egoísmo! —diría años después Alejandro. Lo gritaría aquella noche terrible en que por primera vez jugamos con la verdad.
Porque Pablo se negaba a integrarme a su vida definitivamente; su vida de bohemio sin ataduras, su vida de “que como hoy todos los días” su vida de “dónde estaré mañana” su vida también desubicada, porque tú, Pablo, que siempre te jactaste de saber lo que querías, a donde llegar, por qué camino, igual que yo, igual que todos. . . No. Todos no. Alguno supo lo que quiso. Como Mariano, detrás de sus esculturas, seguro de sus espacios y sus volúmenes. Pero Mariano está muerto. Y Manolo, que a pesar de Ignacio y lo demás, va dejando como quien planta bosques, como quien edifica sobre el tiempo, sus cuadros, sus pinturas, su sangre en ellos, su alma, su destino. Y como Humberto, con el alcohol, la mugre, la angustia congénita, la miseria, el infierno permanente detrás de la botella de caña asquerosa, de marineros borrachos y mujeres vencidas, sí, a pesar de él mismo, dejándonos su testamento —su vida diría yo—esas pequeñas, hermosas y grandes cosas que son la vida. Y nos la deja escrita en hojas y hojas que a veces llegan a ser libros que edita con el sudor de su vida, en forma de rompecabeza, de “flashes”, para que nosotros también hagamos algo y podamos armarla con nuestra propia vida y vernos en ella y conocernos y odiarnos y amarnos en ella. Porque eso es lo que Humberto hace cuando nos cuenta lo del negro y la niña o lo de los caballos al volver las noches de luna a lo de Montero o lo de los pájaros que construían los nidos sobre la tierra o lo de los trenes sin luces ni destino. Todo eso es Humberto, porque tú y yo y casi todos los de esta línea y aquella, este alambrado y el otro, el que tiene púas y el de siete hilos, del que yo vengo, del que me echás en cara días y noches, como si uno pudiera elegir el vientre en que estaremos esos nueve meses tan importantes, trascendentales, como si uno pudiera. . . y tú tampoco Pablo, tú tampoco elegiste ni te dejaron ni te dejan hacerlo. Porque aquí estamos casi todos cargándole la culpa a alguien ya que es la única forma de aliviarnos.
