Hispania - Carlos Goñi - E-Book

Hispania E-Book

Carlos Goñi

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Beschreibung

¿Quiénes fueron los hispanos? ¿Qué supuso Hispania realmente para Roma? ¿Por qué tantos hispanos desempeñaron un papel estelar en la historia del Imperio? ¿Existe acaso algo que pueda llamarse «lo hispano»?  Trajano y Adriano, los más admirados emperadores que conoció Roma, la saga de los Séneca, Gala Placidia, la emperatriz que negoció con los hunos, los poetas Lucano y Marcial, Quintiliano, el maestro de maestros… Lo hispano no se puede definir, no es un concepto. Hispania es un conjunto de hombres y mujeres que vivieron en la península ibérica mientras estuvo bajo el poder de Roma. La podemos describir física y geográficamente, pero su alma hay que buscarla en esas existencias, algunas ocultas en el ancho río de la historia, que le dieron vida y gloria.   En este libro, Carlos Goñi nos guía con ingeniosa maestría y viveza a través de los grandes personajes que hicieron que Roma fuera más hispana que nunca. Filósofos, escritores, políticos, militares, caudillos y emperadores que nos permiten desvelar el carácter único de este pueblo y el incalculable valor de su legado.   Un relato apasionante que busca reconocer la inmensa contribución de Hispania a la historia y la cultura de Occidente, así como plantear la pregunta que legítimamente cabe hacerse: ¿en qué medida seguimos siendo aún hoy hispanos? 

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2022

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HISPANOS

© del texto: Carlos Goñi, 2022

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: septiembre de 2022

ISBN: 978-84-18741-72-2

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: El rapto de las sabinas (1799),Jacques-Louis David

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Carlos Goñi

HISPANOS

SUMARIO

PRÓLOGO. PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA Y DE LA CULTURA ROMANA

PRIMERA PARTE. REBELDES CON CAUSA

CAPÍTULO I

Indíbil y Mandonio, entre Cartago y Roma

CAPÍTULO II

Aníbal Barca, el cartaginés hispano

CAPÍTULO III

Viriato, el capitán lusitano

CAPÍTULO IV

Numantinos, cántabros y astures

SEGUNDA PARTE. TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

CAPÍTULO I

Balbo, Nigrino y Sura

CAPÍTULO II

Trajano, el primer emperador hispano

CAPÍTULO III

Adriano, el emperador viajero

CAPÍTULO IV

¡Grande, Teodosio!

TERCERA PARTE. EL SABER NO OCUPA LUGAR

CAPÍTULO I

Séneca el Viejo, paisano y colega de Juan de Mairena

CAPÍTULO II

Séneca el Joven, el primer filósofo hispano

CAPÍTULO III

Profesor Quintiliano

CAPÍTULO IV

Pomponio Mela, Columela y Moderato de Gades

CUARTA PARTE. INGENIEROS DEL VERSO

CAPÍTULO I

Lucano, el joven poeta cordobés

CAPÍTULO II

Marcial, amarga sátira

CAPÍTULO III

Juvenco y Merobaudes, la Biblia en verso

CAPÍTULO IV

Prudencio, el Homero hispano

CAPÍTULO V

Higinio, el bibliotecario hispano

QUINTA PARTE. LA CEPA HISPANA

CAPÍTULO I

Osio y Potamio, una de cal y otra de arena

CAPÍTULO II

El obispo de Barcelona y el papa de Roma

CAPÍTULO III

Prisciliano, el heresiarca hispano

CAPÍTULO IV

Corderos entre lobos: Gregorio y Orosio

CAPÍTULO V

Cada caminante siga su camino, Egeria e Idacio

BIBLIOGRAFÍA

A Guillem y Magí:bienvenidos a la historia.

PRÓLOGO

PROTAGONISTAS DE LA HISTORIAY DE LA CULTURA ROMANA

«Estos nombres no corresponden a conceptos,sino a existencias; no se pueden definir, sino describir».

EUGENI D’ORS, Más sobre la Biografía (1929)

¿Quiénes fueron los hispanos? ¿Qué fue Hispania realmente? ¿Y qué fue de esa Hispania de la que hablaban los antiguos? ¿Existe acaso algo que pueda llamarse «lo hispano»? El texto del epígrafe apunta ya a una posible respuesta: lo hispano no se puede definir, no es un concepto. Hispania es un conjunto de hombres y mujeres que vivieron en la península ibérica mientras esta estuvo bajo el poder de Roma. La podemos describir física y geográficamente, pero su alma hay que buscarla en esas existencias que le dieron vida. Contar su historia, la historia de los hispanos que pasaron a la historia, es la única manera que tenemos de comprender lo hispano como si fuera una categoría que sublima lo anecdótico.

Hispania (I-span-ya) es el nombre que los fenicios dieron a la península ibérica. Los antiguos navegantes griegos llamaban Iberia a una región al sur del Cáucaso (la actual Georgia) cruzada por el río Iber. Dada la similitud geográfica, paisajística y de riqueza metalúrgica de I-span-ya con Iberia, los griegos la designaron con el mismo nombre y denominaron Iber a su río principal, que fue en un principio el Tinto en Huelva, después el Segura y finalmente el Ebro. Algunos piensan que con Hispania los fenicios se referían a la «tierra del norte» (respecto a las costas africanas); otros, que significaba «tierra donde se forjan metales». Los romanos prefirieron el nombre fenicio, que interpretaron como «tierra de conejos» o, mejor dicho, de damanes, mamíferos parecidos a los conejos muy abundantes en África y, antiguamente, en la Península.

Físicamente, Hispania sigue existiendo; es lo que fue. Lo que ha cambiado han sido las descripciones: antes se hacían a ras de suelo y ahora a vista de satélite artificial. Pomponio Mela, un hispano del siglo I, describe su patria chica de la siguiente manera: «La misma Hispania, rodeada por todas partes por el mar, a no ser por donde alcanza a las Galias, y especialmente estrecha donde es contigua a ellas, se prolonga poco a poco hacia el Mar Nuestro y hacia el Océano; cada vez más extensa llega al oeste y alcanza allí su máxima extensión» (Corografía, II, 86). Cuatro siglos después, otro hispano, el historiador Orosio, la retrató de manera más sucinta: «Hispania en conjunto es de forma triangular (trigona est) y, por estar rodeada por el Océano y por el mar Tirreno; constituye una península» (Historia, I, II, 69). Estrabón, por su parte, nos dejó la imagen indeleble de «la piel de toro»: «Iberia se asemeja a una piel de buey extendida a lo largo de oeste a este, con los miembros delanteros en dirección al este, y a lo ancho de norte a sur» (Geografía, III, 1, 3).

Sobre las riquezas de la Península respecto a minerales, ganados y manufacturas, así como de sus pueblos y sus costumbres, dan buena cuenta muchos autores antiguos. Plinio el Viejo escribe: «Casi toda Hispania tiene minas de plomo, hierro, cobre, plata y oro. La Citerior tiene piedras especulares, la Bética, minio. Hay canteras de mármol» (Historia natural, III, 3, 30). Y nos dice que las minas de oro le suministraban a Aníbal trescientas libras diarias. También eran famosas las fábricas de finísimos paños, telas y púrpura, de modo que se tuvo por traje senatorial el que desde tiempos de Aníbal usaban los soldados hispanos.

Respecto a sus habitantes, Aristóteles, de acuerdo con Platón (Leyes, I), los llama «raza belicosa», pues según comenta «clavan tantos obeliscos en torno a la tumba del muerto como enemigos hayan matado» (Política, VII, 2); una raza que luchó siempre por lo que consideraba que era suyo, por Hispania y por Roma. Aunque no solo los hispanos destacaron por su beligerancia, sino también por ser hombres sabios y entendidos en derecho, como dice Cicerón («Sapientes homines, publici iuris periti», Pro Balbo, 34).

Celtíberos, ilergetes, cántabros, turdetanos, arévacos, cartagineses, lusitanos, numantinos… plantaron cara a los invasores de manera a veces heroica; sin embargo, no pudieron evitar que Hispania acabara siendo romana. Poco a poco, los hispanos ya romanizados: Balbo, Nigrino, Sura, Trajano, Adriano, Teodosio, Gala Placidia, Quintiliano, Séneca, Columela, Moderato, Lucano, Marcial, Prudencio, Osio, Paciano, Dámaso, Orosio, Egeria, Idacio…, hicieron que Roma fuera hispana.

Si la cara es el espejo del alma, ellos son la cara del alma hispana que intentamos desvelar en estas páginas. Si este fuera un estudio académico, el autor remitiría al lector a las conclusiones del final, pero no lo es y, por lo tanto, conclusiones no las hay. En todo caso, como de hecho le corresponde a un ensayo, se plantean propuestas que, como tales, han de ir al principio y dirigir la búsqueda. Dejo al lector la tarea de buscar esa alma hispana entre todas estas caras, descubrir el concepto en las existencias, la categoría en las anécdotas, la definición en los casos particulares, y de decidir en qué medida nosotros seguimos siendo hispanos.

Sirvan como guía estas preguntas:

¿SE PUEDE HABLAR DE UN HEROÍSMO HISPANO?

Es muy nuestro eso de echarle testosterona al asunto, como si todo se solucionase, en última instancia, a base de ponerle, digamos carácter, a cualquier situación por complicada que sea. Los héroes hispanos: Indíbil y Mandonio, Aníbal, Viriato, los numantinos, los cántabros, los astures…, se las tuvieron, como veremos en la primera parte, con muchas circunstancias adversas y podemos avanzar que le echaron carácter; sin embargo, no pudieron, a pesar de haber vencido en muchas batallas, ganar su guerra.

«Compraron la libertad de sus patrias —escribirá Quevedo— con generoso desprecio de sus vidas» (España defendida, cap. V). Muchos murieron, es verdad, por defender lo que era suyo, por mantener su independencia, por no claudicar ante una potencia dominadora, y forjaron una forma de ser héroe que no se deja encasillar ni en la heroicidad mitológica ni en la romana, ambas celebradas por los poetas. En la primera, el héroe ha de tener ascendencia divina; en la segunda, ha de estar por lo general sometido a los cánones militares vigentes. No así en Hispania. Sus héroes fueron solo humanos, en su mayor parte personas anónimas de Numancia, Cantabria, Sagunto, Ilerda, Lusitania o Turdetania; jefes o régulos de algunas tribus, y, en el mejor de los casos, un general del bando perdedor, como Aníbal.

El heroísmo hispano se parece más al del perdedor, abandonado de los dioses y sin padrinos, podríamos decir, pero que lucha hasta el final en defensa de algo que el filólogo hispanista Karl Vossler llama «sentimiento metafísico del honor». Un simple hoplita, un soldado de a pie, luchando por un sentimiento metafísico tan elevado podría ser la mejor imagen de heroicidad hispana.

¿HAY UNA FORMA HISPANA DE HACER POLÍTICA?

Al cabo de dos siglos de heroicas luchas, pero al fin y al cabo infructuosas, los hispanos se hicieron romanos, hispanorromanos. No es que se pasaran al enemigo, sino que los descendientes de los antiguos héroes tenían ahora los mismos enemigos que el Imperio. Sirva como ejemplo un soldado asturiano, y romano, llamado Pintaius, aquilífero de su legión, es decir, portador del estandarte con el águila imperial, o los tres hispanos que llevaron las riendas del Imperio. La globalización es un hecho: todos los caminos conducen a Roma; y desde Hispania se comienza a hacer política romana.

Para dilucidar si hubo algo que se pudiera etiquetar como política hispana, hemos de conocer a los personajes que se presentan en la segunda parte, en especial los tres emperadores: Trajano, Adriano y Teodosio. El primero, un preludio del Cid Campeador, consiguió llevar al Imperio a su máxima extensión; gobernó con criterio, algo bastante inusual en sus predecesores, y con mano firme. Sus biógrafos destacan su proximidad con sus súbditos y el hecho de que no solo beneficiara a sus amigos, sino a todo el mundo. Su sucesor, Adriano, era un hombre culto y dicharachero que recorrió el Imperio, como hacen ahora nuestros políticos en época electoral. Hispania dio a Roma a Teodosio el Grande, apelativo ganado a base de haber mantenido a salvo la fortaleza y la unidad del Imperio, las cuales peligraban a finales del siglo IV. Nótese que el sobrenombre se lo quedó él porque hizo pasar todas las decisiones políticas (y religiosas) por su persona. Tras la muerte de Teodosio, su hija Gala Placidia, una mujer de armas tomar, fue regente de su hijo Valentiniano III y tuvo que tomar todas las armas políticas a su alcance para que siguiera corriendo sangre hispana en el gobierno de Roma.

Estos hispanos nos permiten atisbar algunos rasgos de la forma hispana de hacer política: cierta campechanía, cierto gracejo con mayor o menor ingenio y mucha reivindicación de uno mismo. Juzgue el lector el modo como los gobernantes hispanos conciliaron la religión con la política, el poder civil y el religioso.

¿EXISTE UN PENSAMIENTO HISPANO?

Unamuno dice de sí mismo que es «especie única». Pues bien, ese apelativo se le puede dar al pensamiento hispano, tal y como veremos en la tercera parte. El filósofo bilbaíno habla de «encorazonamiento», una palabra que inventa para referirse a que es propio del hispano poner el sentimiento por encima de la inteligencia. Eso justifica que el principal filósofo hispano fuera Séneca (y su padre), prototipo del estoicismo, doctrina que se aplica más al coraje que a la especulación, más al sentimiento que a la idea, más a la acción que al concepto. Pero el hispano, ni siquiera los Sénecas, es un estoico puro, sino que integra un estoicismo sin severidad con un hedonismo sin voluptuosidad. Juzgue el lector si tal malabarismo es posible. Y puestos a hacer equilibrios, acerquémonos a Moderato de Gades, quien se propuso armonizar el pitagorismo y el platonismo. Los hispanos no fueron, en verdad, muy metafísicos, a no ser al modo rocinantesco («Metafísico estáis. Es que no como», responde Rocinante a Babieca en el diálogo que Cervantes inventa en el prólogo del Quijote).

Pero fueron pensadores hispanos también Quintiliano, Pomponio Mela y Columela, aunque el primero se dedicó a la oratoria y la pedagogía, el segundo a la geografía y el tercero a la agronomía. La obra de Quintiliano da tantos acertados consejos a los maestros que no extraña que hayamos tenido tantos buenos profesores, a no ser lo que no hicieron caso al pedagogo y se decantaron más por aquello de «cada maestrillo tiene su librillo» y se quedaron en eso, en simples maestrillos. También la geografía de Pomponio y las recomendaciones de Columela para bien cultivar la tierra nos han sido de gran utilidad, aunque no hayan generado una idiosincrasia filosófica hispana, a no ser la de guardar en todo momento un cierto practicismo. A este hay que añadir el arte del buen decir, del que se cuidaron muy mucho desde Séneca a Unamuno, desde Quintiliano a Ortega.

Evidentemente, si en algún sentido se puede hablar de filosofía hispana, su historia arranca con Séneca y se puede decir que su sombra es alargada. Del mismo modo, si hay una pedagogía hispana, esta surge de Quintiliano, maestro de maestros, aunque su estela no haya sido seguida como merece.

¿HUBO UNA POESÍA HISPANA?

Leeremos en la cuarta parte poesía hispana, porque la hubo, y de gran calidad. Hubo poetas que escribieron en hexámetros, como el joven Lucano, o versificaron su fe, como hicieron Juvenco y Merobaudes; otros blandieron versos para satirizar la sociedad de su tiempo, como hizo Marcial con sus Epigramas, o para enaltecer su fervor religioso al modo de Aurelio Prudencio, que aquí llamamos «el Homero hispano». Si hubo poetas, hubo poesía: poesía escrita en latín y, a juicio de Cicerón, «con cierto acento gangoso y extraño».

La poesía es el reflejo del alma, por eso la mejor manera de desvelar el alma hispana es acudir a sus poetas. Que sea la mejor manera no significa que sea fácil. Rastrear el espíritu de un pueblo en sus versos es una tarea romántica, pero de un calado que no les corresponde emprender a estas páginas. En todo caso, seguramente podremos entrever una evolución de ese espíritu, que va acompasado con los versos de sus poetas, desde el paganismo de Lucano y Marcial hasta el cristianismo fervoroso de Prudencio.

Leer a los poetas hispanos nos va a acercar a esa alma que estamos queriendo descubrir; aunque he de advertir que, por razón de la propia naturaleza de la poesía, siempre se nos escapará su esencia entre hipérboles y metáforas.

¿Y UNA RELIGIOSIDAD HISPANA?

El mismo Karl Vossler encuentra un elemento persistente en lo hispano, un motivo que atraviesa las vicisitudes de su historia y que va más allá de un simple estilo de vida, es lo que él llama «militarismo religioso». Y es que los hispanos se tomaron la religión a la tremenda: en eso se desmarcaron de los antiguos romanos, para los que la religión era más una cuestión social y su religiosidad flotaba en la superficialidad. Lo podremos comprobar en la última parte.

Esa religiosidad a la tremenda se traduce en ser, por un lado, más papistas que el Papa, y, por otro, fundadores de herejías. Tanto fuimos capaces de una cosa como de la otra; de cimentar una herejía, el priscilianismo, como de destruirla, de someternos a la autoridad papal, como de ir por libre. La religiosidad hispana es disyuntiva: la religión o lo es todo o no es nada, o se cree hasta el final o, al final, no se cree.

Y esa religiosidad tiene algo de sexista, que ya se percibe en los hispanos que conoceremos. Los varones, como Osio, Dámaso, Gregorio o Paciano, defienden su fe con la pluma, desde el púlpito o en los sínodos y concilios; las mujeres, en cambio, la llevan a la práctica y la viven de forma tan real que la convierten en el itinerario de su vida, como lo fue el de Egeria, la hispana que viajó a Tierra Santa.

Descubriremos que, aparte de Egeria, Gala Placidia y algunas esposas de hombres célebres, no conocemos muchas mujeres hispanas. Sabemos por la Geografía de Estrabón que las mujeres de Iberia llevaban collares de hierro y otros «bárbaros» atuendos sobre la cabeza y algunas «se rapan tanto la parte delantera del cráneo que brilla más que la frente» (III, 4, 17), y, por el Itinerario de Egeria, sabemos que al final del Imperio algunas mujeres de la aristocracia gozaban de cierta libertad e independencia. Pocos botones para imaginar el vestido, pero suficientes para comprobar que la historia, siendo femenina, no guarda a las mujeres en su memoria.

HISPANIA DE AYER Y DE HOY

El joven embajador de Florencia en España en la época de los Reyes Católicos, Francesco Guicciardini, cuenta en su Relazione di Spagna que un día preguntó al rey Fernando cómo era posible que un pueblo tan belicoso hubiera sido siempre conquistado por galos, romanos, cartagineses, vándalos, moros..., a lo que el rey le respondió: «La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que solo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden» (Cfr. José Ortega y Gasset, España invertebrada, I, 4). Parece que el principal inconveniente de Hispania, tanto de ayer como de hoy, para llegar a «hacer con ella grandes cosas» (sic) es su indomable pluralidad, virtud o defecto —según se mire— que constituye, si no su esencia, sí su «segunda naturaleza».

El Rey Católico creía que la unión hace la fuerza —verdad política, qué duda cabe—, pero no tan fuerte como su contraria, también política y de mayor calado, que dice que «la idea de grandes cosas por hacer engendra la unidad», por usar las palabras de Ortega. Es decir, que una idea común es la fuerza que puede obrar la unión. Los pueblos hispanos han demostrado su gran fortaleza a lo largo de la historia, pero también han dejado ver su principal debilidad: la falta de unidad. Desde el punto de vista bélico, los invasores, guiados por la premisa mayor que reza: «divide y vencerás», se han encontrado siempre en Hispania afirmada la menor: la falta de unidad. Lo que, a buena lógica —la lógica de la guerra que estructura la historia—, ha llevado a la inevitable conclusión.

La Hispania de ayer y de hoy ha sido y es plural —no en vano muchas veces se habla de las Hispanias más que de Hispania—: idiosincrasia que nos enriquece, pero también que nos exige buscar la fuerza, que otros hallan en la unidad, en las diferencias. Veamos si tiene razón Julio Caro Baroja cuando afirma que, aunque los hispanorromanos no eran españoles, los españoles han heredado de ellos lenguas, técnicas, formas de pensar, costumbres… (El mito del carácter nacional, p. 39). Sin embargo, no se trata tanto de encontrar el «regusto hispano» que pueda haber en lo español (en la Hispania de hoy), sino más bien de atender a una honda inquietud intelectual que me hace parafrasear a Terencio y exclamar: «¡Nada de lo hispano me es ajeno!».

Espero que este libro sirva, cuando menos, para sumar excepciones al famoso epigrama de Bartrina que formula el tópico de que, si alguien habla mal de España, prueba ello que es español. No ocurra así con los hispanos.

PRIMERA PARTE

REBELDES CON CAUSA

«A nosotros, hijos de celtas y de iberos, no nos avergüence en agradable verso recitar los nombres duros de la tierra nuestra».

MARCIAL, Epigramas, IV, 55.

«Hispania est omnis divisa in partes duas: citerior et ulterior» («Toda Hispania está dividida en dos partes: la Citerior y la Ulterior»). Si Julio César hubiera conquistado Hispania en vez de la Galia, seguramente hubiera comenzado su crónica de esta manera. Pero tal ficción es del todo imposible porque la Península no se conquista en siete años, que fueron los que necesitó César para someter la Galia, y, además, la distinción entre cerca y lejos toma como referencia a Roma y era, por tanto, ajena totalmente a la geografía de Iberia.

Si Julio César hubiera tenido que hacer una descripción siquiera somera de los pueblos que habitaban Iberia antes de ser Hispania, le habría tomado tanto tiempo que no hubiera podido conquistarla. Tampoco podemos hacerla ahora, basta con acudir a un mapa de los pueblos prerromanos que poblaban la península ibérica para percatarnos de su diversidad etnográfica. Allí encontraremos casi un centenar de pueblos, entre ellos: arévacos, pelendones (celtíberos occidentales), belos, cecas (celtíberos orientales), titos, lusones, berones (La Rioja y sur de Álava), autrigones, suesetanos, jacetanos, sedetanos (Aragón), lobetanos (norte de Albacete), carpetanos (La Mancha), turdetanos, lusitanos (faja occidental entre el Duero y el Tajo), vetones (a ambos lados del Tajo), turmogos (más al norte que los vetones), vacceos (al oeste de Celtiberia), galaicos (entre el Cantábrico y el Duero, el Atlántico y el río Navia), astures, cántabros (al este de los galaicos), caristios, várdulos (en la cabecera del Ebro), vascones… (Francisco Marco y Gabriel Sopeña, en Entre fenicios y visigodos).

La Iberia prehistórica era para las civilizaciones del Mediterráneo oriental, para Fenicia y Grecia, lo que América para los europeos de finales del siglo XV: una tierra en el fin del mundo, misteriosa y atractiva, peligrosa y exuberante, lejana y mística, pero, sobre todo, rica en metales, como un Potosí en el extremo occidental de Europa.

Los atrevidos navegantes fenicios y griegos encontraron en el sur de la Península la primera organización política ibérica: se trataba del legendario reino de Tarteso, que tuvo su auge entre los siglos VII y VI a. C. Según la mitología, fue elegido por Gerión para pastar sus rebaños. La riqueza de oro, cobre y plata de que disponían los tartesios provocó la envidia de otros pueblos mediterráneos, lo que llevó a su desaparición hacia el 550 a. C. Heródoto cuenta que los primeros griegos (samios) que hicieron largos viajes y llegaron más allá de las columnas de Hércules hasta Tarteso, que para ellos era «un imperio virgen y reciente que acababan de descubrir», negociaron con los nativos y lograron grandes ganancias (Historia, IV, 152). Fundada ya Ampurias por los griegos (600 a. C.), cuenta también el viaje de una expedición que fue bien acogida por el rey Argantonio, que vivió ciento veinte años y gobernó a los tartesios durante ochenta (I, 163). Fue el único rey histórico del que tenemos noticia. Tras su muerte el reino de Tarteso desapareció.

Argantonio podría ser el primer hispano del que tenemos noticia si no fuera porque no era hispano, sino ibero, pues todavía no habían puesto los romanos sus pies en la Península, por lo que propiamente no existía Hispania. Sabemos, aparte de su longevidad y de que su nombre viene a significar «lleno de plata», que fue el último rey de Tarteso, un reino que ocupaba las actuales provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla, con el límite norte de Sierra Morena y que basaba su riqueza en la metalurgia.

Si Octavio Augusto, el primer emperador de Roma, hubiera tenido la habilidad literaria de Julio César, se hubiera explayado algo más en la descripción de Hispania en sus Res gestae divi Augusti y quizás habría comenzado el capítulo XXIV con estas palabras: «Hispania est omnis divisa in partes tres: Tarraconensis, Baetica et Lusitania» («Toda Hispania está dividida en tres partes: Tarraconense, Bética y Lusitania»), porque, a partir de la época imperial, las Hispanias no fueron dos, sino tres.

Para llegar a esa Hispania «divisa in partes tres», los romanos tuvieron que bregar contra viento y marea durante dos siglos, porque Iberia se resistía a ser romana como el toro que, atormentado por los tercios y, al fin, atravesado por el estoque, traga sangre y recula hasta recibir la puntilla final. Veremos a continuación cómo el toro vendió cara su piel, esa que según Estrabón cubre la Península, veremos cómo muchos hispanos se rebelaron contra Roma y se jugaron la vida por defender lo que era suyo, su tierra, su hogar. En verdad, fueron rebeldes con causa.

CAPÍTULO I

INDÍBIL Y MANDONIO,ENTRE CARTAGO Y ROMA

Custodia el acceso al casco antiguo de Lleida una escultura de Indíbil y Mandonio, régulos de los ilergetes, que lucharon por mantener su independencia y su forma de vida. Muchos fueron los caudillos, jefes, régulos o reyes de los pueblos de Hispania que se resistieron a ser conquistados, primero por los cartagineses y después por los romanos: los celtíberos Alucio, Istolacio y su hermano Indortes, el régulo de los edetanos Edecón, el jefe turdetano Culchas, el rey de los bastetanos Luxino, el segedano Caro, los arévacos Ambón y Leucón, y muchos más. Eran guerreros que se las tenían con los pueblos limítrofes, pero, sobre todo, lo fueron con quienes pretendieron imponerse a la fuerza: Cartago, primero, y Roma, después. Entre una y otra se encontraron Indíbil y Mandonio, unas veces pactando, otras guerreando.

LOS CAUDILLOS MÁS IMPORTANTES DE HISPANIA

Así los considera Polibio y los presenta como los amigos más fieles de los cartagineses, aunque, añade, «hacía tiempo que por dentro sentían lo contrario» (Historias, X, 35, 6). En efecto, Indíbil y su cuñado Mandonio (no eran hermanos de sangre, como suponen algunas fuentes) fueron en aquel tiempo (218-205 a. C.) «los caudillos más importantes de Hispania», según el historiador griego, que pactaron primero con Cartago y después con Roma, aunque acabaron luchando contra una y otra pro libertate patria, por la libertad de su pueblo.

Indíbil reinaba sobre los ilergetes, pueblo ibero establecido al sur de los Pirineos y al norte del Ebro cuya capital era Ilerda (actual Lleida). Por su parte, su cuñado Mandonio era probablemente rey de los ausetanos (actual comarca de Osona, Barcelona) o de los ilercavones (en el Bajo Ebro). En todo caso, Indíbil y Mandonio estaban aliados y pactaron con Aníbal cuando este tomó Sagunto y se dispuso a marchar contra Roma.

Pero Roma, con el fin de cortar la retaguardia a Aníbal, envió a Hispania a los hermanos Publio y Cneo Escipión, que desembarcaron en Ampurias en 218 a. C. Indíbil, junto con el general púnico Hanón, se enfrentó a ellos en la batalla de Cissa (cerca de Tarragona), pero fue derrotado y hecho prisionero. Cuando Indíbil recuperó la libertad siguió hostigando ya no a los romanos directamente, sino a los pueblos vecinos aliados de Roma: cosetanos, layetanos e indigetes, que habitaban la actual costa catalana. Seis años después, Indíbil, con siete mil suesetanos, se unirá a Asdrúbal Giscón para luchar contra los romanos en la Bética. Allí perderán la vida los dos Escipiones. A raíz de esta victoria, los cartagineses le devolverán los territorios que Roma había usurpado a los ilergetes con la condición de pagar un tributo en plata y dejar en Cartago Nova a sus hijas y a su hermana (la esposa de Mandonio) como rehenes. Ahora estaba Indíbil a merced de los cartagineses y, como apunta Polibio, a su trato abusivo.

Roma y Cartago estaban en plena guerra, e Hispania era el campo de batalla. Los cartagineses seguían internándose por la Bética, mientras que los romanos enviaron al joven Publio Cornelio Escipión, hijo de Publio y sobrino de Cneo, asesinados por Asdrúbal, no solo para expulsar a los púnicos de la Península, sino con el ánimo de vengar a los suyos. En 209 a. C., aprovechando que los enemigos estaban protegiendo las minas de plata fuera de Cartago Nova, atacó la ciudad por el mar y en cuestión de horas la tomó sin apenas resistencia. Allí se hizo con las reservas de oro y plata del enemigo y liberó a los rehenes. Entre ellos se hallaban las hijas de Indíbil y su hermana, y esposa de Mandolio, una «dama de edad avanzada, de rostro venerable y majestuoso», como la describe Polibio (X, 18), que se arrodilló ante el general y le rogó que respetara la dignidad de las mujeres. Así lo hizo Escipión, les restituyó la libertad y perdonó los pagos de los rescates. También entregó a la joven Iria a su prometido, el príncipe celtíbero Alucio, y le dio el oro del rescate como dote para la novia, tal y como lo pinta Jean II Restout en Escipión devolviendo su prometida a Alucio (hacia 1750). De ese modo, Escipión se granjeó la simpatía de muchos de los pueblos indígenas que estaban sometidos a los cartagineses y tomó fama de justo y benevolente. La «continencia» o la «clemencia» de Escipión será enaltecida por los historiadores romanos, como Tito Livio, Apiano, Polibio o Dion Casio, y supondrá un lugar común en la pintura de la escuela flamenca del XVII. Alucio correspondió tanto a una como a otra poniendo a disposición de Escipión mil cuatrocientos jinetes y le regaló un broquel labrado en plata que, según parece, el general perdió al cruzar el Ródano.

Tras estos acontecimientos, Indíbil y Mandonio, junto a otros jefes hispanos, abandonaron el campamento cartaginés, que se hallaba en el interior de la Bética, y acudieron a Cartago Nova para ponerse a las órdenes de Escipión. Ahora su enemigo era Asdrúbal, como antes lo fuera Roma. La unión de hispanos y romanos fue la perdición para los cartagineses, los cuales fueron derrotados en Baecula (posiblemente la actual Bailén), en 208 a. C.

Dos años después corrió el rumor de que Escipión estaba enfermo de muerte, hecho que Indíbil y Mandonio aprovecharon para intentar escapar del dominio de Roma provocando la sublevación de las tropas descontentas. Pero la enfermedad del general no era mortal y, cuando se hubo restablecido, cargó contra los sublevados, que habían acampado junto al Júcar, y marchó contra sus antiguos aliados, que se habían retirado a sus territorios allende el Ebro.

Viendo la superioridad del ejército romano y la debacle cartaginesa, Indíbil envió a Mandonio a pactar la paz con Escipión. El ausetano se abrazó a las rodillas del general y le rogó clemencia. Aunque su traición merecía la muerte, Escipión les perdonó la vida, les impuso un tributo para pagar a los soldados y les dio a elegir «entre la amistad o el odio de los romanos» (Tito Livio, XXVIII, 31-34). Eligieron entre dientes la amistad impuesta, amistad que rompieron a la primera ocasión que encontraron, que fue al año siguiente (205 a. C.). Aprovechando que Escipión se encontraba en Italia preparando un ejército para desembarcar en África, los ilergetes se sublevaron contra los procónsules Cornelio Léntulo y Lucio Manlio. Pero los rebeldes fueron reducidos. Indíbil murió en la batalla; según cuentan, descabalgó y luchó pie en tierra, pero fue atravesado por innumerables flechas. Mandonio logró huir.

Imaginamos a Indíbil en el fragor de la batalla arrojando contra sus enemigos su lanza de hierro (soliferreum) y empuñando con rabia su falcata. El soliferreum no era de madera como la pila romana, sino una lanza forjada en una sola pieza de hierro, con una longitud de unos dos metros y una punta muy corta, generalmente con dos pequeñas aletas, las cuales podían tener varios ganchos con el fin de que al extraer la punta de la herida provocara desgarros. La pértiga era más gruesa (y rugosa) en el centro que en los extremos para facilitar el agarre y el lanzamiento. Por su parte, la falcata era una espada de hierro de doble filo fabricada generalmente con tres láminas soldadas entre sí: la central se prolonga hasta formar la empuñadura y las otras reforzaban la hoja, afilada para no solo pinchar, sino también cortar. Tenía una forma curvada y asimétrica con el fin de distribuir el peso y hacerla más manejable.

Pero en aquella última batalla, Indíbil perdió su lanza y su falcata. El consejo de los ilergetes decidió rendirse sin condiciones. Los romanos doblaron el stipendium, reclamaron grano para seis meses y capotes y togas para el ejército (Livio, 29, 3); exigieron también la entrega de Mandonio y los demás instigadores. Todos fueron crucificados.

LOS DIOSCUROS HISPANOS

Así acaban los héroes hispanos. Son héroes porque dieron su vida por defender a los suyos y mantener su independencia; pero, quizá por ser hispanos, por ese estigma misterioso que estamos buscando, no consiguieron nada. Lo veremos en Aníbal, en Viriato, en los numantinos, en los cántabros y los astures: las victorias en las batallas no necesariamente ganan guerras y la implacable historia solo escribe en mayúsculas los nombres de los vencedores.

Pero Indíbil y Mandonio no pretendieron ser héroes, sino solo sobrevivir. Es verdad que no pensaron en ellos mismos, sino en su pueblo, que era lo que les correspondía por ser los régulos de los ilergetes y de los ausetanos respectivamente. Querían vivir en paz, o, mejor dicho, en la paz de aquella época, llena de pequeñas tensiones con los vecinos, que era una continua guerra de subsistencia. Indíbil y Mandonio se habían hecho más fuertes que los pueblos colindantes porque se habían coaligado (y el pacto lo habían sellado con el matrimonio de Mandonio con la hermana de Indíbil). La unión les había dado fuerza y seguridad, como cuando tienes alguien que te guarda las espaldas. Conformaron una auténtica diarquía, fórmula utilizada por otros pueblos indoeuropeos, y como si fueran los Dioscuros de la mitología, Cástor y Pólux, creyeron que podrían hacer frente a cualquier ejército por cartaginés o romano que fuera.

Pero los «hermanos» hispanos no fueron seres mitológicos, sino una pareja de aguerridos guerreros que tanto entraban en combate como se sentaban a pactar condiciones de paz, que lucharon a contracorriente y murieron como se muere cuando se vive guerreando. El nombre de Mandonio deriva de la palabra celta mandos, que significa «mulo»; por su parte, Indíbil, o Andobales, puede proceder de la raíz indoeuropea nde («mucho») y la vascuence beltz («negro»). Sea como sea, dan nombre al comienzo de la insurrección hispana contra Roma.

No se puede decir que los ilergetes fueran un pueblo pacífico. Su estructura social era eminentemente militar, gobernada por un jefe o régulo, como lo llamaron los romanos («reyezuelo»). Construían sus poblados sobre colinas y estaban fuertemente amurallados, con las casas y edificios adosados a los muros dejando en el centro un lugar común donde había un estanque o pozo de agua para el abastecimiento de sus habitantes. Todavía podemos visitar hoy las ruinas arqueológicas de antiguos poblados prerromanos, como Els Vilars de Arbeca, La Pedrera de Vallfogona o Els Estinclells de Verdú. Preparados para la defensa, no lo estaban menos para el ataque, pues contaban con abundante hierro y dominaban la metalurgia para fabricar las armas de las que ya hemos hablado. Esa seguridad militar les permitía no solo cultivar la tierra y criar ganados, sino también comerciar sobre todo con la cercana Emporion (Ampurias), colonia griega que les ponía en contacto con la parte oriental del mundo. Prueba de ello fue el uso de moneda, una imitación de los ases romanos y dracmas griegos, acuñada en bronce y plata respectivamente, con una efigie de un lobo (protector de los ilergetes) en una cara y la inscripción en caracteres iberos de Iltirta (Ilerda, Lleida) en la otra. Esta es la única referencia que tenemos de la ciudad ilergete, pues sabemos que su capital (situada probablemente en el centro de la actual Cataluña) era Atanagrum, que tras la definitiva victoria romana fue literalmente arrasada.

Las costumbres ilergetes eran semejantes a las de los otros pueblos de la Península. Se sentían muy unidos a la naturaleza y consideraban sagrados a los animales; así, el caballo representaba la deidad masculina y el ciervo, la femenina. Probablemente por influencia centroeuropea, incineraban a los muertos y los depositaban en urnas de cerámica junto a los objetos que les habían pertenecido en vida y ofrendas familiares. Creían que en la cremación el espíritu salía del cuerpo y viajaba hasta unirse con el sol en una vida feliz, razón por la cual no temían a la muerte, sino que la festejaban no con luto, sino con alegría: se celebraba un gran banquete en el que participaba simbólicamente la persona fallecida. En los enterramientos ilergetes suelen aparecer alas de pájaro, lo que indica que con la muerte la persona quedaba liberada y podía volar hasta su destino venturoso.

Indíbil y Mandonio no son seres mitológicos, como Cástor y Pólux; sin embargo, representan más de lo que fueron: la insubordinación de los hispanos contra un poder extranjero. Así lo muestra la escultura que podemos contemplar en Lleida, la cual era en su origen una pieza en yeso creada por el escultor barcelonés Medardo Sanmartí en 1882 que representaba a los guerreros celtas Istolacio e Indortes y que permaneció en la Biblioteca Museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú hasta que en 1945 fue adquirida por el ayuntamiento de la capital leridana. El consistorio decidió fundirla en bronce y colocarla bajo el Arc del Pont que comunica el Pont Vell con el carrer Major. Istolacio e Indortes pasaron a ser Indíbil y Mandonio, como si todos los jefes de los pueblos hispanos compartieran la misma forma sustancial con diferente materia, el mismo molde con distintos ingredientes.

DEMASIADO BUENO PARA SER REY

Si a Indíbil y Mandonio los podemos llamar los «Dioscuros hispanos», a Publio Cornelio Escipión podríamos darle el nombre de «Hércules romano». Pertenecía a la ilustre familia de los Escipiones, derrotó a los cartagineses en Hispania (206 a. C.) y a Aníbal en África (Zama, 202 a. C.), y se proclamó gran vencedor de la Segunda Guerra Púnica, por lo que se le dio el apelativo de «el Africano»; fue tenido por los suyos como un auténtico héroe.

No le faltan motivos al historiador Polibio, cronista de las gestas de Escipión, para admirar «la extraordinaria grandeza de alma de este hombre, siendo muy joven y yendo siempre la Fortuna a su lado». Y resume su currículum con estas palabras: «además de sus proezas en Hispania, acabó con los cartagineses y sometió al dominio de Roma la parte más grande y bella de África, desde el altar de Fileno hasta las columnas de Hércules, conquistó Asia y el reino de Siria y puso a las órdenes de Roma la parte más bella y más grande de la tierra habitada». (X, 40, 7).

El mismo historiador nos cuenta que Indíbil sentía pareja admiración por Escipión y que lo llamó rey ante la asamblea de los iberos; no obstante, el romano rechazó tal tratamiento, pues no quería ser rey, sino que prefería que le llamaran «general» (imperator): «Dijo que para él no había título más grande que el de general, con el cual sus soldados le habían aclamado» (Tito Livio, XXVII, 19, 4). Polibio se apresura a decir que tal título le convenía sin duda, pero que le honraba más el haberlo rechazado.

Esta pequeña anécdota pone de manifiesto la idiosincrasia tanto de Indíbil como de Escipión. Creo que el régulo ilergete, al llamar rey al romano, no intenta tanto otorgarle más poder, sino ponerlo a su mismo nivel, para poder tratarlo de tú a tú. Escipión no cae en la trampa y prefiere el título de «general» del ejército más potente del mundo, porque reyes (o reyezuelos) hay muchos, pero Roma solo hay una. Se consideraba demasiado bueno para ser rey, lo cual no es altanería ni falsa humildad; quizá «grandeza de alma», como piensa Polibio, o simplemente política, arte que inventaron los romanos y que los hispanos tardarían mucho tiempo en aprender.

Escipión entendió que lo que en aquel momento tocaba no era colocarse una corona, sino derrotar a Cartago, la única potencia que podía hacer sombra a Roma, así que, tras vencer a los cartagineses en Hispania, marchó a Italia para preparar la acometida final en África. De modo que no volvió a tratar de tú a tú a Indíbil, ni siquiera lo vio morir.

Pero Roma vino a Hispania para quedarse. Otros, aunque no fueran Escipiones, seguirían sometiendo de diversas maneras a los diferentes pueblos hispanos.

¿FELIZ AÑO NUEVO?

Tras la caída de Indíbil y Mandonio, Roma confiscó propiedades, impuso multas, retiró las armas a los pueblos indígenas y les exigió rehenes. A partir del año 197 a. C. el Senado romano decidió provincializar Hispania. Comenzó dividiéndola en dos zonas: la Citerior y la Ulterior, es decir, la más cercana y la más lejana de Roma respectivamente; envió mandos regulares a cada una de ellas e impuso fuertes tributos. Los hispanos no tardaron, sin embargo, en sublevarse aprovechando que las legiones romanas estaban ocupadas luchando contra los celtas del Po y contra Filipo de Macedonia.

Tales fueron las revueltas, que Roma tuvo que enviar a Marco Porcio Catón (que a la sazón tenía 39 años), el cual disciplinó al ejército y cargó contra los rebeldes. A pesar de que usó mano dura contra ellos, o quizá por ese motivo, la guerra de Hispania se hizo pertinaz. Roma no respetó las tierras conquistadas ni a sus gentes porque, como explican P. Barceló y J. J. Ferrer, «desde el primer momento los territorios hispanos se convierten en áreas de explotación indiscriminada a disposición de la élite senatorial, que se muestra insaciable en acumular botines y laureles» (Historia de la Hispania romana, 116). Tito Livio hace un recuento del botín que Marco Porcio Catón obtuvo en Hispania: «llevó en su triunfo —escribe— veinticinco mil libras de plata sin acuñar, ciento veintitrés mil denarios de plata, quinientas cuarenta mil monedas de plata oscense y mil cuatrocientas libras de oro. De los botines recogidos, había dado a cada soldado doscientos setenta ases y el triple a los de caballería» (Ad urbe condita, XXXIV, 46, 2-3).

Aunque el objetivo era el mismo, como hemos dicho, provincializar Hispania, hubo dos formas de llevar a cabo idéntica misión. Estaba la tendencia represiva y belicista iniciada por Catón, que buscaba la deditio, es decir, la sumisión por la fuerza y la rendición incondicional, y la tendencia más conciliadora, que pretendía la deductio, es decir, la fundación de una colonia romana, postura elegida por Tiberio Sempronio Graco en Celtiberia (180-178 a. C.). Graco intentó armisticios y tratados de paz, aunque no siempre lo consiguió; así, por ejemplo, cuando capturó al hijo del régulo Turro, le perdonó la vida y consiguió que su padre militara en su bando.

El sistema catoniano partía de la base de que la guerra debía autoabastecerse mediante el chantaje y el saqueo, y de que cualquier estratagema o engaño era lícito (cfr. Frontino, Strategemata, I, 1). Siguieron esta tendencia Lúculo en la citerior y Galba en la Ulterior. También la adoptó Escipión Emiliano en Numancia. Sea como sea, los dos caminos conducían a Roma, que era la que se enriquecía. Esta situación generó que en 171 a. C. una comisión de hispanos presentara una queja ante el Senado por las extorsiones y abusos de algunos de los gobernadores. Seguramente tal comisión representaba a ciudades federadas de Roma, ya que sus quejas fueron escuchadas, aunque los magistrados corruptos no fueron condenados.

La política exterior romana dejaba mucho que desear y el descontento de los pueblos hispanos iba en aumento tanto en la Lusitania como al oeste de la Tarraconense. Aquí la ciudad de Segeda comenzó a ampliar sus murallas y a dar cobijo a otras tribus con ánimo de dominar la zona. Roma no veía con buenos ojos la actitud de los hispanos y, aunque hubo intentos de negociaciones, acabó por declarar la guerra.

El pequeño incidente tuvo repercusiones desproporcionadas. El Senado decidió enviar a Hispania al cónsul Quinto Fulvio Nobilior al frente de un ejército con más de treinta mil efectivos. Para facilitar su labor y poder estar preparado para entrar en combate en primavera, se decidió adelantar la elección de los cónsules de los idus de marzo a las calendas de enero. A partir de ese 153 a. C. el curso político romano comenzará el 1 de enero y lo hará también nuestro año natural. Pero seguro que los hispanos no celebraron el año nuevo como lo celebramos ahora.

La línea pacifista fue seguida por Marco Claudio Marcelo en 152 a. C. con los arévacos, Quinto Cecilio Metelo y Quinto Pompeyo en 139 a. C. y, dos años después, Cayo Hostilio Mancino. La conducta nada hostil de Hostilio Mancino fue rechazada por el Senado por considerarla demasiado blanda para un romano.