Historia de la Solución Final - Daniel Rafecas - E-Book

Historia de la Solución Final E-Book

Daniel Rafecas

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Beschreibung

Esta obra explora las complejas causas que desembocaron en la consumación del crimen de genocidio más significativo de la historia moderna: la Shoá. Lo que motiva esta indagación remite al punto de quiebre de la utopía del proceso civilizatorio: ¿cómo pudo haberse engendrado Auschwitz-Birkenau? Daniel Rafecas construye un relato conciso y explicativo a la vez, sostenido en una hipótesis contundente, aunque no obvia: a ese acontecimiento no se llegó solo por el voluntarismo de un puñado de fanáticos antisemitas encabezados por Adolf Hitler, sino a partir de la superación, en forma sucesiva, de una serie de etapas, en cuyo devenir se radicalizaron las decisiones criminales sobre la cuestión judía. Esas decisiones fueron paulatinamente procesadas y racionalizadas por decenas de miles de funcionarios involucrados en el proceso de destrucción. La crónica exhaustiva de los hechos, austera y didáctica al mismo tiempo, atiende al contexto del conflicto bélico mundial (en particular a las dramáticas alternativas que caracterizaron la invasión a la Unión Soviética), así como al rol clave que desempeñó la burocracia estatal encargada de implementar las políticas antijudías (las SS de Heinrich Himmler). Y alumbra por sí sola el tránsito del régimen nazi hacia la consumación de la Solución Final, proceso que sólo pudo ser posible a partir del progresivo arrasamiento de los derechos fundamentales, característico del Estado totalitario. Con un prólogo especialmente escrito para esta nueva edición, en el que Daniel Rafecas reflexiona sobre el recorrido y el aporte de la obra a diez años de su publicación original, Historia de la Solución Final ofrece una síntesis histórica imprescindible para aquellos lectores de habla hispana que, desde cualquier ámbito del saber, se acercan al tema, consternados ante lo que el autor define como el gran agujero negro de la modernidad.

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Seitenzahl: 499

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Epigrafe

Prólogo a la presente edición. Reflexiones en torno al décimo aniversario de Historia de la Solución Final

Presentación (por Leonardo Senkman)

Introducción

1. Primera etapa. La erradicación de la influencia judía

Primeras medidas antijudías

Condicionamientos iniciales del régimen

La consigna de los primeros tiempos

Las leyes de Núremberg

La emigración de los judíos del Reich como política de Estado

Fortalecimiento del régimen

Emigración judía: aumenta la presión

El pogromo de la Noche de los Cristales

Medidas antijudías posteriores

Creación de la Oficina Central del Reich para la Emigración Judía

El mundo se cierra para los judíos europeos

A modo de síntesis

2. Segunda etapa. La Solución Territorial

Rupturas y continuidades con la etapa previa

Creación de la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA)

El plan Nisko

El plan Madagascar

Antecedentes

El impulso del plan tras la caída de Francia

La incidencia de la batalla de Inglaterra en el futuro del plan

El plan Madagascar entra en el ocaso

3. Tercera etapa. El plan Siberia

La operación Barbarroja

Concepción del plan Siberia

Un antecedente histórico: el Genocidio Armenio

Una nueva perspectiva para resolver la cuestión judía

Comienza la guerra en el este

Una importante decisión

La deportación al este de los judíos del Reich

La dura contienda bélica en el camino a Moscú

El sitio de Leningrado

La Conferencia de Wannsee: epílogo del plan Siberia

4. Cuarta etapa. La aniquilación de los judíos tras el frente oriental

Breve retrospectiva

Fusilamientos selectivos

Antecedentes

El inicio de la ofensiva

Generalización de las matanzas

Gestación del cambio

En busca de un discurso justificante

Transmisión de la orden

Incremento de los efectivos

Ampliación de los fusilamientos

Se redobla la campaña de propaganda antijudía

Continúan las masacres

Los efectos de las deportaciones desde el Reich

Conclusiones parciales

Liquidación de juderías locales mediante gaseamiento

La irrupción de los transportes de gaseo tras el frente del este

Un antecedente ineludible: el Programa T-4

Fracaso de la iniciativa en los territorios soviéticos

5. Quinta etapa. El exterminio en cámaras de gas de todos los judíos europeos

Sucesos que marcan el rumbo final

El campo de exterminio de Chelmno

Planificación y construcción del campo de exterminio de Belzec

A las puertas de la Solución Final definitiva

Auschwitz y la Solución Final. Una cronología esclarecedora

Auschwitz durante las etapas de la Solución Territorial, el plan Siberia y los fusilamientos de judíos en el este

Auschwitz-Birkenau durante la etapa de la Solución Final de la cuestión judía en Europa

El campo de exterminio de Belzec y su papel en la Solución Final

El campo de exterminio de Sobibór

El campo de exterminio de Treblinka

El papel del campo de concentración y exterminio de Majdanek (Lublin)

Conclusiones sobre el advenimiento de la Solución Final

Reflexiones finales

Referencias bibliográficas

Lista de siglas utilizadas

Agradecimientos

Daniel Rafecas

HISTORIA DE LA SOLUCIÓN FINAL

Una indagación de las etapas que llevaron al exterminio de los judíos en Europa

Rafecas, Daniel

Historia de la Solución Final / Daniel Rafecas.- 2ª ed. ampliada- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-801-119-6

1. Historia de Europa. 2. Holocausto Judío. 3. Fascismo. I. Título.

CDD 940.53181

© 2012, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

1ª edición: 2012

2ª edición ampliada: 2021

Diseño de cubierta: María Cecilia Cabrera y M. R.

Foto de cubierta: familia judía en el gueto, Budapest, Hungría, 1944 (Para que lo sepan las generaciones venideras. La recordación del Holocausto en Yad Vashem)

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: noviembre de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-119-6

Lo que comienza como algo acotado en destrucción y limitado en el tiempo puede rápidamente convertirse en un monstruo de crímenes masivos; ese mal tiene grados, pero es también un proceso, y puede moverse lentamente, sin dificultades, hacia un mal de mayores dimensiones.

Martin Gilbert

En el apogeo de la matanza de los judíos de Riga, capital de Letonia, entre el 7 y el 9 de diciembre de 1941, veinticinco mil hombres, mujeres y niños judíos fueron asesinados.

Entre ellos estaba quien era considerado en ese momento el más destacado historiador judío, Simon Dubnov, de 81 años, autor de una obra muy prestigiosa, en diez volúmenes, acerca de la historia del pueblo judío. Enfermo y con fiebre, con las piernas debilitadas, no pudo moverse lo suficientemente rápido como para salir del gueto hacia el sitio de las ejecuciones, y un guardia lo fusiló por la espalda. Según el relato, las últimas palabras de Dubnov, mientras caía, fueron “Schreibt un farschreibt!”: “¡Escriban y registren!” (Gilbert, 1987: 229-230).

Ese poderoso e irrenunciable mandato llega intacto hasta nosotros, y diría que cobra más vigencia que nunca. Que este trabajo, consistente en una recopilación de la información disponible hasta nuestros días en torno al advenimiento de la Solución Final, que se cobró la vida de Dubnov, su familia, sus discípulos, toda su comunidad y, en definitiva, de seis millones de judíos, sea entonces un homenaje a su obra, su legado y su mensaje final, definitivo, el que dio con el último aliento de vida.

Prólogo a la presente edición

Reflexiones en torno al décimo aniversario de Historia de la Solución Final

Corría el año 2011 cuando, por intermedio de un amigo en común, pauté un encuentro con Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI, quien me recibió en su oficina. El motivo de la reunión era presentarle una propuesta de libro (este mismo libro), que yo sentía listo para ser publicado.

Pese a que llevaba muchos años trabajando en el proyecto, hasta ese momento no me había ocupado en procurarle el modo de que saliera a la luz. Decidí comenzar esa búsqueda por los sellos que consideraba más prestigiosos; al tope de la lista estaba Siglo.

La meta no era del todo fácil: yo era un autor desconocido fuera del ámbito judicial, el proyecto que ofrecía no trataba cuestiones jurídicas sino más bien históricas, el tema en sí –nada menos que el Holocausto– tal vez estuviese fuera del radar de la editorial, y además parecía ya bastante transitado durante las últimas décadas.

Por todo ello, durante la reunión, me enfoqué en explicar el potencial que, a mi juicio, tenía la obra que iba a ofrecer. Si bien es muy cierto que existen bibliotecas enteras sobre la Shoá, la gran mayoría de sus ejemplares aborda aspectos parciales del fenómeno (algunos se refieren a los perpetradores, otros se concentran en algunos de los dispositivos empleados –guetos, campos de concentración, campos de exterminio–, o bien recuperan las historias de vida de los sobrevivientes del genocidio), ninguno da cuenta del tema en un sentido general. Es decir, todos y cada uno aportan piezas al gran rompecabezas, pero no pretenden responder la gran pregunta: ¿cómo pudo haber sido posible Auschwitz?

Por añadidura, las obras traducidas que sí indagan esa cuestión (La destrucción de los judíos europeos, de Raul Hilberg; El Tercer Reich y los judíos, de Saul Friedländer, por citar dos clásicos) son tan profundas e inmensas que están destinadas solo a los expertos y estudiosos del tema, no a un público general.

Allí estaba la oportunidad: hasta ese momento, en el ámbito hispanoparlante, no había obras que afrontaran ese interrogante fundamental desde una perspectiva histórica, valiéndose de un registro accesible aun para quien poco y nada sabe sobre el tema, y con una extensión razonable, incluso modesta, para la magnitud del problema.

Desde luego, existen obras de ese tenor en el universo anglosajón: la de Hilberg, por ejemplo, cuenta con una versión resumida, de excelente factura, pero que jamás fue traducida a nuestro idioma.

En mi encendido alegato ante el editor, hice converger este argumento con otro, surgido de mi actividad docente: era muy difícil abordar la enseñanza del Holocausto en ámbitos secundarios y universitarios, ya que para cada cuestión tratada se debían poner a disposición múltiples textos y autores, que se acumulaban en los programas de estudios: una obra que los abarcara a todos, delineando un panorama de lo sucedido entre 1933 y 1945, necesariamente debía resultar más que bienvenida en ese tipo de cursos, y accesible tanto para docentes como para alumnos.

En ese momento, también expliqué que en este ensayo se condensan tres vertientes de información histórica: los estudios específicos sobre el Holocausto (que incorporan también los relatos de sobrevivientes), las prolíficas investigaciones y biografías acerca de Hitler y demás perpetradores, y las incontables obras que abordan el devenir de la Segunda Guerra Mundial (sobre todo, en la escena bélica de Europa oriental). Fueron muchos años de enhebrar, hacer confluir y sintetizar toda esta información en una obra única, que, en mi percepción, había llegado el momento de dar a conocer.

Así fue como la editorial, después de tomarse un tiempo para leer y analizar el proyecto, me llamó para darme la buena noticia de que había decidido publicar el libro. Para encuadrar mejor esta rara avis en su catálogo, Siglo lanzó una nueva colección: “Singular”. Y encomendó a la mejor profesional de su equipo la tarea de cimentar el tránsito del manuscrito al libro: Caty Galdeano.

La intuición del editor no falló: Historia de la Solución Final se agotó en veinte días. Desde ese momento, y a lo largo de esta década, se fueron sucediendo, una tras otra, las reimpresiones, para cubrir la constante demanda. En estos años también se multiplicaron las presentaciones del libro, que me llevaron a recorrer el país de punta a punta, e incluso a participar en actividades de promoción de la obra en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá y Montevideo.

Pese a conversar con estudiantes y lectores con mucha frecuencia, sigo preguntándome por qué se sostiene la vigencia de esta obra. Creo que, al menos en parte, esto se explica por el hecho de que, más allá del interés suscitado en el público en general, el libro se incluye cada vez más como bibliografía –a veces obligatoria, a veces de consulta– en cursos permanentes que encaran la cuestión de la Shoá, sobre todo en el mundo universitario, con un muy amplio espectro.

En el ámbito del Derecho, por caso, el nacionalsocialismo y el Holocausto se estudian, tanto en grado como en posgrado, como un perfecto reverso de la vigencia del estado de derecho: la Alemania nazi es un ejemplo inmejorable para mostrarles a las y los estudiantes qué es lo que sucede cuando son arrasados los derechos fundamentales. Como docente universitario, aprendí que, en términos históricos y vivenciales, no hay mejor manera de inculcar el compromiso en la defensa del sistema democrático que abrir una puerta para asomarse a aquellos períodos en los que imperó el totalitarismo y conocer sus consecuencias dramáticas.

En mi rol docente, sin ir más lejos, empleo el libro en cursos de Derecho Penal, pero también en un seminario específico sobre Ciencias Penales y Holocausto que dicto desde hace años en la Maestría en Derecho Penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires; así como en un curso de Lecturas Intensivas en Derechos Humanos, en el marco del Doctorado en Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Lanús; y en una materia sobre el papel de la judicatura durante la vigencia del nazismo en Alemania, en la Escuela Judicial del Consejo de la Magistratura de la Nación. También soy invitado todos los años a dar cursos breves sobre el tema en carreras de posgrado y doctorado destinadas a colegas de toda Latinoamérica, que han contribuido a correr la voz acerca del libro.

Lo cierto es que, más allá de los programas académicos ligados al derecho o la historia, estamos ante un tema obligado para cualquier campo de las humanidades. En efecto, el Holocausto es un tópico insoslayable en sociología, en psicología, en filosofía y en antropología; más recientemente, se lo estudia en las áreas de las ciencias de la comunicación, la criminología, la historia del arte y la literatura, la bioética…

Ahora bien, el abordaje que cada saber pueda efectuar del tema debe comenzar, necesariamente, por una instancia en la cual se procure responder a las preguntas básicas: ¿qué fue el nacionalsocialismo? ¿Cómo llegó Hitler al poder? ¿Cómo hicieron los nazis para convertir Alemania en una dictadura? ¿Quiénes fueron Hitler, Göring, Himmler, Goebbels? ¿Qué fue exactamente la Solución Final? ¿Qué es un gueto, un campo de concentración, un campo de exterminio? ¿Cómo se llega a la cifra de seis millones de judíos asesinados? ¿Qué incidencia tuvo la guerra en Europa? Dar por sentado que quienes se inscriben en un curso específico sobre esta temática conocen cabalmente las cuestiones históricas básicas no pasa de ser una ilusión.

En definitiva, creo que aquí reside la clave de la vigencia de esta obra: no se puede abordar en profundidad ningún aspecto relacionado con la Shoá (filosófico, psicológico, jurídico, etc.) sin antes conocer, desde una perspectiva histórica, al menos los factores básicos de lo que fue este acontecimiento; sin manejar una cronología elemental de los sucesos; sin tener un contexto claro de en qué consistieron, dónde, cuándo, cómo se produjeron y quiénes fueron sus protagonistas.

Para decirlo de otro modo: ¿queremos extraerle toda la savia posible a esa obra extraordinaria que es Los hundidos y los salvados de Primo Levi? ¿Queremos descender al infierno de Auschwitz y Buchenwald de la mano de otro sobreviviente, Elie Wiesel, y su obra La noche? ¿Capitalizar a fondo las enseñanzas de El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, de Homo sacer de Giorgio Agamben, o de La violencia nazi de Enzo Traverso? Para ello es necesario, previamente, conocer con el mayor grado de aproximación posible qué fue la Shoá en términos históricos: esa es la misión que se propuso este libro.

Por añadidura, muchos lectores me comentaron gratamente que la lectura les había permitido comprender de modo más cabal expresiones artísticas relacionadas con el tema, como los films La lista de Schindler, El pianista, El lector o El hijo de Saúl. En muchos casos, veían por segunda vez esas películas y, a la luz del libro, sentían que cada cuadro pasaba a tener otra dimensión, cada secuencia otra significación, y la apreciación general se tornaba más intensa, más rica, más profunda.

A lo largo de esta década, el libro también demostró ser perfectamente abordable por alumnas y alumnos de los últimos años de colegios secundarios. No hace falta enfatizar aquí la importancia que tiene, en una sociedad democrática, alejar a nuestros jóvenes de toda forma de discriminación, y advertirles acerca de los peligros de generar o difundir miedos y prejuicios con relación a personas o comunidades a las cuales pueda señalarse como diferentes: en este aspecto, el antisemitismo, por desgracia, sigue muy vigente en ciertos circuitos culturales, comunicacionales y de redes sociales.

Así, las lecturas sobre la Shoá, complementadas con la visita a un museo o un centro de Memoria alusivo a la cuestión, son herramientas fundamentales para combatir este fenómeno persistente. Me reconforta pensar que este ensayo histórico, recomendado por docentes a estudiantes, en colegios de todo el país, ha servido –y lo seguirá haciendo– a esa misión, y que contribuye a disipar y erradicar discursos relativistas, o directamente negacionistas, del Holocausto.

Por lo demás, las hipótesis centrales que se plantean en la obra (la escalada que los nazis imprimieron a la segregación y aniquilación de los judíos, primero alemanes, luego europeos; el papel fundamental de las SS de Heinrich Himmler en esta empresa criminal; el “Plan Siberia” como vector fundamental para el genocidio en ciernes; la inspiración de los planificadores nazis en lo que fue el genocidio armenio; el momento clave en que se decide la implementación de los campos de exterminio; la relativización de la importancia que tuvo la Conferencia de Wannsee, entre otras) no fueron puestas en entredicho en los debates historiográficos posteriores, lo que nos confirma la pertinencia del aporte.

Por todas estas razones, nos enorgullece y alegra –tanto a la editorial como a mí– presentar esta nueva edición de Historia de la Solución Final, con un nuevo y flamante diseño de tapa, a diez años de su lanzamiento original, para que pueda llegar a un público que se renueva constantemente; en especial, a las nuevas generaciones, que no cejan en su interés por el tema, ni en explorar respuestas a las grandes preguntas que plantea la Shoá, no solo respecto de la condición humana llevada al límite (frente al Mal absoluto), sino también acerca de las implicancias de la Modernidad y del futuro de la Humanidad.

Pienso en mi propia hija, que con 19 años trabaja como guía voluntaria en el Centro Ana Frank. Si esta obra llegase a sus manos, y a las de sus compañeras y compañeros –jóvenes humanistas entusiastas–, para contribuir a su formación, para que se sientan acompañados y respaldados en su vocación de construir un mundo decididamente mejor, ello por sí solo habrá de justificar esta iniciativa.

Daniel Rafecas

Buenos Aires, julio de 2021

Presentación

Leonardo Senkman[1]

Durante varios años los investigadores han intentado dar respuesta a la pregunta de cómo arribaron los jerarcas de la Alemania hitleriana a tomar las decisiones que condujeron a la así llamada Solución Final respecto de los judíos europeos. En los últimos años, esa cuestión cedió lugar al conocimiento del proceso por el cual las órdenes que desembocaron en el exterminio fueron autorizadas y ejecutadas tanto por los rangos más elevados –y también por los intermedios– del régimen nacionalsocialista en Alemania como por los involucrados en la conquista del “espacio vital” en la Europa del Este (Bankier, 2001).

Es sabido que el programa de exterminio del Tercer Reich no comenzará a ejecutarse completamente sino hasta la primavera y el verano de 1942, aunque el conjunto de decisiones cruciales de los genocidas nazis se tomaran en 1941. Tal como demostró Ian Kershaw (2007, cap. 10), la primera decisión data del verano en que empezó el asesinato de los judíos en territorio de la Unión Soviética. La segunda decisión fue acordada para ejecutar la Solución Final de todos los judíos de Europa.

La determinación de Hitler de exterminar a los judíos europeos fue un secreto de Estado de primer orden que Himmler –responsable ante Hitler de la puesta en práctica de la Solución Final– verbalizó recién en octubre de 1943 a oficiales de las SS y líderes del partido nazi. Pero las autorizaciones que fueron sucediéndose durante los fatídicos meses del verano y el otoño de 1941, en la etapa de radicalización de las prácticas genocidas a causa de la invasión alemana a la URSS, expresaban el propósito de liquidar a los judíos soviéticos, cuyo asesinato masivo preludió la Solución Final de la “cuestión judía” a escala europea (Browning, 2004).

Precisamente, este valioso libro de Daniel Rafecas se ocupa de poner de relieve las etapas previas del exterminio, reconstruyendo la cadena de autorizaciones acumulativas sobre la base de pruebas circunstanciales en el terreno de los hechos, cuya pesquisa el autor acomete con la sagacidad y ecuanimidad de un juez en una de las causas criminales sin parangón en la historia.

En un breve trabajo anterior, Rafecas ya había indagado, en su condición de jurista penal, acerca del aporte de discursos criminológicos a la conformación de Auschwitz (véase Rafecas, 2005). Pero ahora asume esta tarea con la objetividad documentada de un investigador meticuloso de la Shoá que procura desentrañar algunos hechos históricos y las conductas genocidas de los perpetradores nazis.

La investigación reciente de la Solución Final ha superado las explicaciones basadas en motivaciones funcionalistas, como la frustración de los planes militares de conquista de los nazis y de reasentamiento de alemanes étnicos en el frente oriental; asimismo, esa investigación profundiza en las razones por las cuales ideológicamente se escogió como enemigos a muerte para solucionar problemas logísticos de la guerra mundial a judíos expulsados y a sus familias desintegradas, así como a gitanos nómadas (Tyrnauer, 1991, y Friedländer, 2007). El tránsito de la lógica nazi del imperialismo racial de expulsiones a los asesinatos masivos tuvo lugar primero en las operaciones bélicas en la URSS, y no en Polonia, y fue el curso de la guerra antibolchevique el que posibilitó la radicalización del temprano consentimiento judeofóbico hitleriano y se transformó en coerción orientada al exterminio y sostenida por la complicidad entre perpetradores y colaboracionistas (Gellately, 2001).

El trabajo histórico y de pesquisa criminal de Rafecas es consecuente con la necesidad de que las hipótesis causalistas se complementen con la indagación de motivaciones ideológicas profundas, que den cuenta del odio a los judíos y de la limpieza étnica, tanto por perpetradores nazis como por colaboracionistas, y de la indiferencia cómplice de la población local, mucho antes de la apertura del frente del este y de las consecuencias de Pearl Harbor.[2]

El indiscutible aporte del libro radica en su documentada periodización de las etapas previas a la nada lineal senda que condujo al exterminio sistemático, y en el acierto de evitar suscribir la teoría intencional de los historiadores que pensaron la existencia de un straight road to Auschwitz (Lucy Davidowicz [1975], por ejemplo); asimismo, el libro se distancia de la línea unicausalista de aquellos investigadores que confiaron demasiado en la eficacia tecnológico-organizativa del imperio del Tercer Reich para implementar una decisión genocida, supuestamente tomada con antelación y precipitada por el curso de la guerra (Hilberg [1992] y Browning [1992], por ejemplo).

Si bien el autor muestra que la devastadora contraofensiva del Ejército Rojo acabó con el plan anterior de deportación hacia el este para resolver la “cuestión judía” (el plan Siberia), su análisis toma muy en cuenta la evidencia histórica de que no fue la euforia que acompañó las victorias bélicas la que habría engendrado el proyecto letal de implementar la Solución Final (tesis que sostiene Ch. Browning[3]) sino, precisamente, el fracaso del colosal plan de reasentamiento y ethnic cleansing en los confines territoriales de la URSS.

El ingreso de los Estados Unidos en la contienda bélica después del ataque japonés a Pearl Harbor precipitó la amenaza de Hitler de enero de 1939, en el sentido de que una segunda guerra mundial provocaría “la inevitable consecuencia de la aniquilación de los judíos”. Rafecas coincide con Friedländer en destacar que la importancia de ese acontecimiento no puede soslayarse a la hora de explicar la radicalización de la política nazi de destrucción, pero no se limita a seguir el curso bélico, sino que analiza pormenorizadamente el desarrollo tecnológico industrial para el gaseamiento y la incineración en crematorios de los campos de exterminio, a fin de estudiar la viabilidad de la quinta etapa letal de la Solución Final: la deportación de los judíos de toda Europa hacia los campos de la muerte.[4]

Las acumulativas decisiones sobre el exterminio total después de la fatídica Conferencia de Wannsee no exigían otra acción que la tarea organizativa y la ejecución de la Shoá a escala continental. Por eso, el libro concluye con una minuciosa indagación y siniestra cronología sobre la transformación del Lager de Auschwitz I en Auschwitz-Birkenau, y el papel que cumplieron los campos de exterminio de Belzec, Sobibór, Treblinka y Majdanek en la Solución Final de Europa.

Los lectores encontrarán en esta obra una síntesis pionera, actualizada con la mejor bibliografía académica sobre la Solución Final y un lúcido análisis de las pistas ineludibles para comprender las prácticas genocidas perpetradas en la Shoá, que, a pesar de su singularidad y magnitud increíbles, revelan cómo fue posible ese crimen de lesa humanidad.

Los lectores argentinos sentirán, como yo, un compartido orgullo al comprobar que este talentoso académico e investigador, que desovilla los rastros del inconmensurable genocidio judío, es el mismo juez federal designado para hacer justicia en la causa criminal del Primer Cuerpo de Ejército, acaso el proceso más vasto relacionado con el terrorismo de estado y las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la última dictadura militar.[5]

Referencias bibliográficas

Bankier, David (2001), “Introducción” a La política de exterminio nazi, 1939-1945: Investigación y polémica en la nueva historiografía alemana, Jerusalén-Yad Vashem, Ulrich Herbert editor, pp. 109-112 (edición en hebreo).

Browning, Christopher (1992), The Path to Genocide. Essays on the Launching of the Final Solution, Nueva York, Cambridge University Press.

— (2000), “From ‘Ethnic Cleansing’ to Genocide to the ‘Final Solution’, en Nazi Policy, Jewish Workers, German Killers, Nueva York, Cambridge University Press, pp. 1-25.

— (2004), The Origins of the Final Solution. The Evolution of Nazi Jewish Policy, September 1939-March 1942, Lincoln, University of Nebraska Press y Yad Vashem.

— (2008), “On my Book The Origins of the Final Solution: Some Remarks on its Background and on its Major Conclusions”, en David Bankier y Dan Michman (comps.), Holocaust Historiography in Context. Emergence, Challenges, Polemics and Achievements, Jerusalén y Nueva York, Yad Vashem y Berghahn Books, pp. 403-420.

Dawidowicz, Lucy (1975), The War against the Jews, Nueva York, Holt, Reinhart and Winston.

Friedländer, Saul (2007), Nazi Germany and The Jews 1939–1945. The Years of Extermination, Nueva York, Harper Collins Publishers.

Gellately, Robert (2001), Backing Hitler: Consent and Coercion in Nazi Germany, Nueva York y Oxford, Oxford University Press.

Hilberg, Raul (1992), Perpetrators, Victims, Bystanders: The Jewish Catastrophe, 1933-1945, Nueva York, Harper Collins.

Hirschfeld, Gehrhardt (ed.) (1986), The Politics of Genocide: Jews and Soviet Prisoners of War in Nazi Regime, Londres, Allen & Unwin.

Kershaw, Ian (2007), Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbour (1940-1941). El año que cambió la historia, Barcelona, Península.

Rafecas, Daniel (2005), “El aporte de los discursos penales a la conformación de Auschwitz”, Nuestra Memoria, nº 25, junio, pp.139-144.

— (2007), “La especial brutalidad antisemita del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar en la Argentina”, Nuestra Memoria, nº 29, diciembre, pp. 195-208.

— (2011), “La reapertura de los procesos judiciales por crímenes contra la humanidad en la Argentina”, en Gabriele Andreozzi (coord.), Juicios por crímenes de lesa humanidaden Argentina, Buenos Aires, Cara o Ceca, pp. 155-176.

Tyrnauer, Socrate (1991), Gypsies and the Holocaust: a Bibliography and Introduction Essay, Montreal, Montreal Institute for Genocide Studies.

[1] Universidad Hebrea de Jerusalén. Profesor de Historia del Departamento de Estudios Románicos y Latinoamericanos y director de programas académicos del Centro Liwerant para el Estudio de América Latina, España, Portugal y sus Comunidades Judías. Miembro correspondiente en Israel de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina.

[2] Sobre las otras víctimas del Tercer Reich en el ensañamiento con prisioneros de guerra y civiles soviéticos, véanse Hirschfeld (1986) y Browning (2000).

[3] Christopher R. Browning (2008: 412) considera que la euforia alemana provino del exitoso bloqueo en torno a Leningrado el 8 de septiembre 1941, la consumación del aislamiento impuesto a las fuerzas soviéticas en el frente sur el 16 de ese mes, y la ocupación de Kiev, diez días después. En los primeros días de octubre las tropas alemanas reanudarán la ofensiva contra Moscú en el frente central.

[4] Véase Browning (2008: 413).

[5] Véase Rafecas (2007 y 2011).

Introducción

Esta obra es un intento de exploración que apunta a desentrañar las complejas causas que desembocaron en la consumación del crimen de genocidio más significativo de la historia moderna del hombre: la Shoá.

A pesar de los numerosos trabajos realizados hasta ahora por prestigiosos historiadores, estudios sin duda fehacientes y certeros que han arrojado luz sobre distintos aspectos relacionados con el exterminio de los judíos europeos a manos de los nazis y sus aliados,[6] en amplios sectores de la opinión pública persiste la impresión –ciertamente tranquilizadora– de que a ese acontecimiento se llegó pura y exclusivamente merced al voluntarismo de un puñado de dirigentes psicópatas encabezados por Adolf Hitler.

Esta impresión se funda en lo incalificable del resultado final de la gigantesca empresa criminal emprendida por el nazismo: en la Europa de mediados del siglo XX fueron exterminadas seis millones de víctimas judías, entre ellas un millón y medio de niños masacrados en fusilamientos o gaseados en las cámaras de los campos de exterminio. Sólo un conjunto de mentes desquiciadas –se dice– pudo haber desencadenado un crimen semejante.

No obstante habrá que insistir, una vez más, en lo errado de esta última afirmación. Debemos preguntarnos si, como integrantes de nuestras sociedades modernas y “civilizadas”, estamos preparados para asumir la dura realidad, según la cual Auschwitz –y todo lo que simboliza– ha sido un producto más de nuestra modernidad. En efecto, un análisis exhaustivo del devenir de los sucesos durante la vigencia de la dictadura nacionalsocialista nos revela que a la Shoá se llegó tras superar una serie de etapas, a través de las cuales se fueron radicalizando las decisiones en torno a la situación de los judíos –primero alemanes, luego europeos–, decisiones que fueron tomadas, interpretadas e implementadas, con plena conciencia de las consecuencias de sus actos, por cientos de miles de individuos en todos los niveles y prácticamente en todas las reparticiones estatales que se encontraban bajo el control del Estado nazi y de sus aliados.

Precisamente, fue este avance en etapas sucesivas –acompañado de la propaganda y los discursos legitimadores de la persecución– el que permitió a los dirigentes e ideólogos nazis sentar las bases para que el inmenso aparato burocrático estatal –que no sólo incluía la administración pública sino también las Fuerzas Armadas– se adaptase a las consignas persecutorias de la minoría judía propiciadas por los líderes del movimiento. Desde esta perspectiva, el salto de la burocracia hacia la última etapa del proceso de destrucción sólo fue posible una vez consolidada y asumida plenamente la racionalización de las etapas previas.

Por eso nos parece fundamental analizar la genealogía de este crimen de proporciones inauditas mediante la identificación y la descripción, aun someras, de cada una de las etapas del proceso que culminó en las cámaras de gas y los hornos crematorios de Auschwitz-Birkenau, ya que “[h]asta un genocidio debe nacer de una manera o de otra, por monstruoso que nos parezca. Hasta un genocidio debe tener una génesis, aunque existan acontecimientos que mucho le cueste aprehender a la investigación histórica” (Burrin, 1990: 11).

En ese sentido, si bien en la portada de este libro se menciona la existencia de una serie de etapas, es necesario aclarar desde un comienzo que los sucesos que abordaremos no guardan una linealidad temporal definida; las circunstancias políticas, económicas y sociales que los condicionaron, especialmente en el marco del conflicto bélico mundial, deben ser asumidas en su complejidad y, en todo caso, el hecho de asignar a estos sucesos un lugar entre otros anteriores y posteriores debe considerarse siempre como algo relativo y aproximado.

Si nos permitimos esta concesión –la de segmentar por tramos lo que constituye a las claras un complejísimo proceso (método que por lo tanto conllevará cierta dosis de arbitrio)–, es porque estamos convencidos de que, al presentar los hechos de este modo y arrojar luz sobre la lógica subyacente a toda la secuencia, contribuiremos a desbaratar las invectivas de quienes aún hoy niegan o relativizan la Shoá basándose precisamente en la imposibilidad fáctica de que algo semejante, de tamaña magnitud, haya podido suceder. Al mismo tiempo, procuraremos llamar la atención sobre lo incalificable de la “Solución Final” perseguida por esta empresa criminal de proporciones inauditas: la erradicación de la faz de la tierra de todo un pueblo, de su gente, su historia y su cultura, como si nunca hubiese existido, sin hacer diferencias entre hombres, mujeres, niños o ancianos; religiosos, conversos o ateos; ricos o pobres; personas cultas o sin educación formal; defensores de una ideología conservadora o bien revolucionaria; promotores de un Estado propio o cultores de la asimilación. La definición nazi del judío como enemigo irreconciliable por su sola “condición racial” los alcanzó a todos, sin excepción.

Tan extraordinaria era la magnitud del crimen que se estaba cometiendo que el jurista polaco de origen judío Raphael Lemkin, radicado en los Estados Unidos, debió acuñar en 1944 un vocablo nuevo para hacer referencia a él: genocidio, término que refleja la desquiciada consigna de querer arrancarle una de sus ramas al árbol de la humanidad, de privar al mundo de un pueblo entero, de hacer que este desaparezca para siempre. Eso era lo que los perpetradores nazis les decían a los judíos cautivos en los campos de concentración: “Nadie quedará vivo para contarlo. Y si alguno logra escurrirse, cuando intente contar lo que vio, nadie creerá que semejante cosa pudo haber sucedido”.

Por otra parte, cabe señalar que para avanzar a través de las sucesivas etapas, siempre en busca de aproximarnos a la verdad histórica, emplearemos la indagación como técnica de adquisición de conocimientos. Eso se debe a nuestra formación profesional, en cuyo marco la indagación judicial es un ejercicio cotidiano.[7] En este sentido, toda indagación que tienda a la reconstrucción histórica de un hecho pasado debe reconocer de antemano cuáles serán los aspectos a los que se asignará mayor relevancia, en desmedro de otros que, por distintos motivos, sólo serán considerados secundariamente. Ninguna indagación acerca del proceso causal que condujo a la Shoá podrá prescindir de tres piedras basales:

la figura, el pensamiento y la acción del conductor de la dictadura nacionalsocialista: Adolf Hitler;la estructura y el desenvolvimiento de la corporación burocrático-estatal que se encargó de buscar e implementar la solución de la cuestión judía: las SS de Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich; ylas alternativas, muchas veces inesperadas y dramáticas, que viviera Alemania en el marco de la Segunda Guerra Mundial en Europa, especialmente lo sucedido en el frente oriental a partir de finales de junio de 194Si se explora la historiografía dedicada a la Shoá se advierte que, si bien en la mayoría de los trabajos hay una justa consideración de las dos primeras premisas fundamentales recién señaladas, suele infravalorarse la influencia de la contienda bélica sobre el proceso, en especial durante el período comprendido entre el verano de 1941 y fines de 1942, cuando la guerra sin cuartel con la Unión Soviética impactó decisivamente sobre las últimas etapas de la Solución Final e imprimió a la Shoá los definitivos y trágicos contornos de modo, tiempo y lugar que hoy conocemos. En esto coincidimos con Jürgen Matthäus, quien afirma que “[e]n la búsqueda de respuestas a las preguntas de cómo, cuándo y por qué la persecución nazi hacia los judíos evolucionó hacia la Solución Final, la importancia de la guerra contra la Unión Soviética difícilmente puede ser sobrestimada” (en Browning, 2005: 245).

Nuestro análisis descansa sobre estos tres ejes, que a su vez deben articularse con muchas otras cuestiones que, de un modo u otro y en distintos momentos del proceso histórico estudiado, también ejercieron su influencia:

el antisemitismo tradicional latente en Alemania y en buena parte de la Europa luego conquistada por Hitler, además del odio antijudío fomentado de un modo creciente por el régimen nazi a lo largo de su existencia;la actitud del pueblo alemán y de los países anexados y aliados frente a la persecución de los judíos;el aporte de otras agencias estatales y no estatales alemanas, en especial el Ejército, pero también el Partido Nacionalsocialista, la administración y la industria;el rol ejercido por otros altos dirigentes nazis, como Hermann Göring, segundo en la línea de poder del régimen, Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, o Hans Frank, responsable de la Gobernación General en la Polonia conquistada, entre otros;las necesidades económicas (especialmente de mano de obra) del Estado alemán a partir del esfuerzo de guerra;el papel cumplido por las víctimas judías y sus representantes a lo largo de todas las etapas estudiadas;la actitud asumida frente a la cuestión judía por los restantes países de Occidente antes de y durante la Segunda Guerra Mundial.

A menudo se me pregunta por los motivos que me impulsaron a afrontar esta tarea. La respuesta es sencilla: la Shoá no atentó solamente contra el pueblo judío sino contra la humanidad en su conjunto; desde esta perspectiva, ya no puede ser considerada patrimonio exclusivo de un pueblo, pues su sombra proyectada pone en cuestión la mismísima condición humana.

Preguntarse por la esencia del ser humano sin asomarse a la Shoá, sin enfrentar el significado profundo de Auschwitz, no tendría demasiado sentido en el siglo XXI, pues se estaría excluyendo un aspecto fundamental de su compleja historia. En buena medida, las respuestas que la humanidad viene buscando desde que posee conciencia de sí y de su potencial, tanto para el Bien como para el Mal, pueden encontrarse allí mismo: en el universo concentracionario, en los campos de la muerte.

Por ello, la sola pertenencia a nuestras sociedades occidentales debería convocarnos a reflexionar sobre esta tragedia tan reciente de nuestra historia, que ha significado un quiebre decisivo en la utopía del progreso civilizador; y en efecto, se advierte que Auschwitz, ese gran agujero negro de la modernidad, sigue concitando la atención de todos los ámbitos del pensamiento, tanto filosófico como científico, como asimismo proyecta su influencia sobre la literatura, el cine y muchas otras expresiones artísticas de la cultura universal.

Destaco en este sentido la importancia capital del estudio de estos acontecimientos y las conclusiones que necesariamente deben extraerse de ellos en el ámbito del Derecho. No encuentro mejor manera de hacer comprender a los estudiantes de leyes la absoluta necesidad de defender de un modo irrestricto la vigencia del Estado de derecho, las garantías y los derechos fundamentales del hombre, que mostrando lo que pasó en la Alemania de Hitler cuando esos derechos y esas garantías fueron arrasados. No existe mejor modo de valorar su trascendencia que denunciando adónde condujo fatalmente la dinámica autoritaria que guiaba al Estado nacionalsocialista: al campo de concentración, al asesinato masivo, al genocidio.

Pero para poder comprender un fenómeno tan complejo como fue sin duda la Shoá, debemos investigar y reconocer sus antecedentes históricos y luego, sobre esa plataforma, generar las reflexiones posteriores, ya sea desde la psicología, la sociología o las ciencias políticas, por mencionar sólo algunas disciplinas. Precisamente, la idea de escribir este trabajo surgió al advertir, en seminarios de estudio sobre la Shoá dictados en facultades de Derecho, que el abordaje de autores y textos que reflexionan acerca del tema (Zygmunt Bauman, Giorgio Agamben, Enzo Traverso, etcétera) se iniciaba sin que los participantes tuvieran un conocimiento previo adecuado sobre la Solución Final y menos aún sobre cómo se había llegado a ella.

Es en este punto donde este libro pretende convertirse en un discreto aporte: servir de puente entre las obras monumentales de algunos historiadores –como Raul Hilberg o Saul Friedländer– y el lector de habla hispana que, proveniente del ámbito que fuere, se acerca, no sin perplejidad, no sin preocupación, muchas veces con prejuicios, a la siempre difícil cuestión de la Shoá, con la intención de encontrar respuestas frente al gran interrogante: ¿cómo pudo haber sido posible?

[6] Si bien en este trabajo nos enfocaremos en el genocidio del pueblo judío, no debemos dejar de mencionar que, simultáneamente, los nazis persiguieron a otras minorías, y que esa persecución culminó en el exterminio de entre un cuarto y medio millón de romaníes o “gitanos” (véanse las diversas estimaciones, desde las que proponen Zadoff, 2004: 259, y Kenrick-Puxon, 1997: 152, hasta las de Hancock, 2005: 149-150, con citas de Ulrich König y Sybil Milton), unos ochenta mil prisioneros políticos alemanes, setenta mil discapacitados mentales, más de diez mil homosexuales y varios miles de testigos de Jehová. Tampoco podemos dejar de mencionar, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el asesinato de más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos, de una cifra similar de católicos polacos y de unos setecientos mil serbios a manos de los nacionalistas croatas, aliados de los nazis en esa zona de los Balcanes.

[7] Michel Foucault destaca la relevancia histórica de este método: “[e]l gran movimiento cultural que después del siglo XII comienza a preparar el Renacimiento puede ser definido en gran medida como el desarrollo o el florecimiento de la indagación como forma general del saber” (2000: 84-85).

1. Primera etapa

La erradicación de la influencia judía

Interior de una sinagoga destruida durante el pogromo de la Noche de los Cristales. Gentileza: Yad Vashem

Desde el ascenso de Hitler al poder, en 1933, las primeras medidas del nuevo régimen apuntaron a reemplazar el modelo democrático por un Estado autoritario, mediante una combinación de iniciativas pretendidamente legales, por un lado, y de la imposición de la violencia estatal y paraestatal más desnuda y abierta, por el otro. Consolidada esta fase –y tras ocuparse de comunistas y otros “enemigos políticos”–, el régimen se dispuso a tomar medidas destinadas a eliminar la supuesta influencia de los judíos, quienes en 1935 perdieron su condición de ciudadanos plenos, entre otras disposiciones fuertemente discriminatorias que ejercieron una creciente presión oficial para forzar su emigración. El pogromo de noviembre de 1938 fue la más acabada expresión de este proceso.

Primeras medidas antijudías

Condicionamientos iniciales del régimen

La llegada al poder de Adolf Hitler el 30 de enero de 1933, en el contexto del marco democrático instituido en la Alemania de la posguerra y conocido como la República de Weimar, marcó el comienzo del proceso que nos ocupa, dirigido a la persecución sistemática de los judíos en Alemania. En aquel momento, el nuevo canciller alemán era una figura política aún condicionada por la autoridad del presidente conservador Paul von Hindenburg y por un gabinete ministerial de cuyos integrantes sólo dos le respondían. Por otra parte, Alemania continuaba afectada por las condiciones deshonrosas que le había impuesto el Tratado de Versalles una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, situación que impactaba tanto en lo económico como en lo político.[8]

El Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), liderado por Hitler, reunía un considerable porcentaje del electorado: en efecto, el 31 de julio de 1932 los nazis habían obtenido casi catorce millones de votos, contra algo más de los trece millones conseguidos por los socialdemócratas y los comunistas en conjunto. Ante este resultado, Hitler se había postulado como canciller, ya que por sí solo representaba el 37,3% del electorado. No obstante, estaba todavía muy lejos de contar con una mayoría propia en el Parlamento (el Reichstag) y por lo tanto, para poder mantenerse en el poder, sus partidarios debían negociar y hacer alianzas con otras fuerzas nacionalistas de derecha.

Por otra parte, la coalición conservadora que hasta entonces ejercía el poder en Alemania le allanó el camino a Hitler para alcanzar la jerarquía de primer ministro pensando que este funcionaría como un dique para impedir que la socialdemocracia –o peor aún, el comunismo– accedieran al poder en el marco de la República de Weimar.

Y así fue, efectivamente. Primero los comunistas y luego los socialdemócratas cayeron víctimas de los métodos violentos del nuevo orden instaurado el 30 de enero de 1933, que dio en llamarse revolución nacionalsocialista. Era en estos sectores de la política nacional donde Hitler veía la principal fuente de peligro para la consolidación del régimen autoritario que tenía proyectado construir en Alemania. Y hacia ellos dirigió, en forma prioritaria, su atención y la de sus seguidores.

Ante la creciente hostilidad de Hitler hacia los comunistas –el 5 de febrero de 1933 habían sido atacados y saqueados numerosos locales partidarios e incendiadas sus bibliotecas–, el 21 de febrero de ese mismo año los dirigentes de ese partido exhortaron a sus seguidores –miembros del proletariado alemán– a desarmar las fuerzas de choque nazis. Unos días después, el órgano oficial del Partido Comunista alemán emitió un comunicado justificando el empleo de la violencia (Toland, 2009: 445). En este contexto de abierto enfrentamiento con los nazis en toda Alemania, Marinus van der Lubbe, un comunista holandés de 23 años llegado a Berlín una semana antes, le dio a Hitler la excusa perfecta para extremar la represión anticomunista al provocar un incendio de gran magnitud en el Parlamento el 27 de febrero de 1933.

Al día siguiente, agitando el fantasma de una supuesta revolución comunista en ciernes y aprovechando que el Parlamento había sido disuelto con vistas a las elecciones del 5 de marzo, Hitler, flamante canciller, logró que el presidente Von Hindenburg y el resto del gabinete firmaran un decreto “para la Defensa del Pueblo y del Estado”, que disponía una suerte de estado de sitio a nivel nacional, fundamentado en el artículo 48 de la Constitución alemana de 1919 (renovado en 1937 y 1939, este decreto adquirió carácter permanente en virtud de uno posterior de 1943, y se mantuvo vigente hasta 1945).

En el marco de ese decreto se estableció la suspensión de las libertades civiles y se autorizó a poner bajo “custodia protectora” a los “conspiradores” y los “enemigos” del Reich. Si bien se limitaba el alcance del decreto a los “actos de violencia comunista que ponían en peligro la seguridad del Estado”, de hecho la Gestapo –la policía secreta del Estado alemán– actuó de modo generalizado, y los tribunales terminaron convalidando su actuación. La capitulación del Estado de derecho se completó poco después, cuando el Parlamento aprobó, el 23 de marzo de 1933, una ley de delegación de poderes, la llamada Ley para Aliviar las Penurias del Pueblo y del Reich, que le concedía a Hitler plenas potestades legislativas y ejecutivas.

En los primeros meses de existencia del nuevo régimen, las fuerzas estatales y paraestatales, además del aparato de propaganda, se ocuparon de difamar, perseguir, encarcelar, forzar a emigrar y muchas veces asesinar o hacer desaparecer a los dirigentes y militantes del Partido Comunista alemán, con el que los nazis venían rivalizando en las calles y en las urnas desde mucho antes de acceder al poder. Se estima que la cifra total de comunistas encarcelados durante los primeros años del régimen superó los cien mil, mientras que el número de asesinados fue calculado en dos mil quinientos por la dirigencia del Partido Comunista alemán.

Así, con el objetivo de encerrar a los enemigos políticos, el 1º de abril de 1933 se puso oficialmente en funcionamiento el primer campo de concentración en las afueras de Múnich: Dachau. Su promotor había sido el ambicioso jefe policial del estado de Baviera, Heinrich Himmler, quien ostentaba desde 1929 –es decir, desde sus 29 años– el cargo de Reichsführer de las SS, un cuerpo de elite creado en 1925 como “escuadra de protección” personal de Hitler. Unos días antes de que Dachau abriera sus puertas, la prensa del partido nazi había anunciado que el Lager (establecimiento) estaba previsto para el encarcelamiento –bajo la figura de “detención preventiva”– de “todos los funcionarios comunistas y, en caso necesario, de la Reichsbanner [fuerza de choque favorable a la República de Weimar] y los socialdemócratas” (Evans, 2005: 385).

Una vez puestos los comunistas fuera de circulación, y como una continuación de la estrategia de eliminar hasta el último vestigio de oposición política, hacia mediados de 1933 le llegaría el turno a la más importante fuerza de centroizquierda. El 22 de junio de 1933, basándose en la Ley del Incendio del Parlamento, Hitler prohibió oficialmente al Partido Socialdemócrata alemán acusándolo de ser “hostil a la nación y al Estado”. Como para ese entonces el canciller había sumado otros cinco miembros a su gabinete, el 14 de julio de 1933 no tuvo oposición y logró la sanción de una ley que establecía al NSDAP como el único partido político de Alemania. Por esa misma época, los diputados socialdemócratas fueron expulsados del Parlamento, y varios miles de sus dirigentes y partidarios siguieron el mismo derrotero que sus antecesores: el encarcelamiento, la tortura y el exilio. En suma, se calcula que fueron tres mil los funcionarios socialdemócratas que resultaron privados de su libertad.

Los sindicatos y demás asociaciones de trabajadores también padecieron el rigor de la revolución nacionalsocialista en esta etapa: sus dirigentes fueron perseguidos y sus entidades disueltas. En efecto, la ordenanza del 7 de diciembre de 1933 estipulaba la disolución de todas las organizaciones sindicales. A modo de medida preparatoria, siete meses antes, el 12 de mayo de ese mismo año, el fiscal general de Berlín había embargado todos los bienes de los sindicatos para luego, durante el mes de junio, ocupar sus oficinas. Poco después, con la ordenanza del 24 de octubre de 1934, las organizaciones sindicales fueron reemplazadas por un único ente representativo de los trabajadores alemanes, el Frente del Trabajo, bajo el mando de un dirigente del partido, Robert Ley.

Hacia mediados de 1934, y a los efectos de ganar las Fuerzas Armadas –hasta entonces reacias a él– para la causa nacionalsocialista, Hitler decidió deshacerse de su ala más radical: las Tropas de Asalto (SA), lideradas por el dirigente nazi Ernst Röhm, que, hacia febrero de 1934, estaban conformadas por unos cuatro millones de hombres.[9] Por lo tanto, el régimen también se preocupó por llevar a cabo la profunda y violenta purga de algunos de sus elementos más imprevisibles (cuyo epicentro fue “la Noche de los Cuchillos Largos”,[10] el 30 de junio de 1934), que permitió el descabezamiento de las SA y la absorción de sus huestes por las restantes organizaciones del movimiento nazi.

Debido precisamente a esa decisión de neutralizar en primer lugar a los sectores de izquierda, y también a las luchas intestinas provocadas por la necesidad del movimiento nazi de adaptarse al hecho de estar en el poder, la cuestión judía pasó a un plano secundario. Pero no por ello dejó de figurar en la agenda de los nazis durante ese período. Por el contrario, la identificación del judío con el comunismo, muy común en los discursos de extrema derecha europeos, situaba a los judíos alemanes, al menos en forma indirecta, en la mira de aquellos que temían una permanente conspiración bolchevique para desestabilizar al Estado burgués, cuya nueva cara visible, para potenciar aún más las contradicciones, era el régimen hitleriano.

Pero lo cierto es que durante estos dos primeros años los condicionamientos políticos, económicos y sociales internos y externos del régimen de Hitler, más su opción estratégica de apuntar a los sectores de izquierda –rivales históricos de los nazis–, redujeron la política de Estado dirigida a la minoría judía a una serie de medidas legales tendientes a “erradicar la influencia” de este colectivo en los diversos ámbitos de la vida alemana. En efecto, “[e]n sus preocupaciones de entonces, esta política antijudía ocupaba un sitio relativamente limitado. Lo esencial de sus esfuerzos apuntaba a reconquistar una libertad de acción en Europa y a recuperar la fuerza militar” (Burrin, 1990: 58).

La consigna de los primeros tiempos

Borrar la influencia de lo judío era una consigna no sólo plasmada en la obra capital de Hitler, Mi lucha, sino también ampliamente difundida en los círculos nacionalistas alemanes. Además, mientras Hitler estuvo en el poder se convirtió en una política constante, mencionada en muchos de sus discursos y conversaciones, privados y oficiales.

Tras la brumosa apelación al influjo de los judíos sobre las finanzas, la prensa, la industria y las artes, se propiciaba contrarrestar ese influjo tomando medidas adecuadas. En este sentido, y “[p]or muy periférico que pueda parecer a posteriori, el ámbito cultural fue el primero del cual los judíos –y los ‘izquierdistas’– fueron expulsados de manera masiva. […] se habían vuelto contra los representantes más visibles del ‘espíritu judío’ que a partir de ese momento iba a ser erradicado” (Friedländer, 2009: 29).

El cambio producido por la llegada de Hitler al poder el 30 de enero de 1933 hizo que algunos alemanes, judíos y no judíos, percibieran que había llegado el momento de dejar el país (de hecho, durante 1933 abandonaron Alemania unos treinta y siete mil judíos). Entre los judíos, fue el caso del físico Albert Einstein,[11] y entre los no judíos, del escritor Thomas Mann. No obstante, la amplia mayoría del medio millón de judíos residentes en Alemania –menos del 1% de la población– “creían que podrían capear el temporal” (Friedländer, 2009: 95). Hacia fines de 1933, “decenas de millones de personas, dentro y fuera de Alemania, eran conscientes de la política de segregación y persecución sistemática que el nuevo régimen alemán había puesto en marcha contra los ciudadanos judíos. Sin embargo […] para mucha gente, tanto judía como no judía, quizá fuese imposible formarse una idea clara de los objetivos y límites de esa política. Entre los judíos alemanes había inquietud, pero no pánico ni sensación alguna de urgencia” (2009: 103).

Según Friedländer, “[l]a comunidad judía, sin embargo, había conseguido mayor visibilidad al concentrarse cada vez más en las grandes ciudades y dedicarse a ciertas profesiones, al tiempo que absorbía a un creciente número de judíos de Europa del Este, fácilmente identificables” (2009: 114). Este autor señala que se destacaban en el área de los negocios y las finanzas (a principios del siglo XX, de cincuenta y dos bancos berlineses, treinta pertenecían a banqueros judíos), el periodismo y las actividades culturales, la medicina y la ley, como asimismo por su compromiso con la política liberal y de izquierdas. “El éxito económico y la creciente visibilidad de un colectivo sin poder político fueron los causantes, al menos en parte, de su propia perdición”, al ser blanco de la agitación antisemita (2009: 119).

El primer impacto de consideración, demostrativo del nuevo estado de cosas, se produjo el 1º de abril de 1933, cuando las fuerzas de choque del movimiento nazi organizaron un boicot contra los comercios judíos. El episodio, que alcanzó gran visibilidad nacional e internacional gracias a la amplia cobertura de la propaganda oficial, contó con la tolerancia de las fuerzas policiales.

El obispo Otto Dibelius, principal autoridad protestante de Alemania, justificó las acciones del nuevo régimen en un discurso por radio a los Estados Unidos pronunciado el 4 de abril:

Mis queridos hermanos: No sólo comprendemos sino que simpatizamos completamente con las recientes motivaciones por las cuales ha emergido el movimiento völkisch […]. Siempre me he considerado antisemita. Uno no puede ignorar que los judíos desempeñaron un papel importante en las manifestaciones más destructivas de la civilización moderna (en Friedländer, 2009: 68-69).

Apenas una semana después del boicot, y cuando aún no se habían acallado las repercusiones de la medida, Hitler emitió, a través del Ministerio del Interior, la Ley para la Restauración de un Funcionariado Civil Profesional, bajo cuya égida inició una purga implacable dirigida a los dos millones de servidores públicos, federales, provinciales o municipales. El objetivo era identificar y expulsar a los que tuvieran origen judío –pero también a los comunistas–, incluidos los jueces y fiscales, los profesores universitarios, los maestros y hasta los becarios del sistema educativo. Desde la emancipación de los judíos en 1871, jamás se había promulgado en Alemania una ley que los discriminase oficialmente.[12] El párrafo 3 de esta ley, que se volvió conocido como el “párrafo ario”, decía: “I. Los funcionarios que no sean de origen ario deben retirarse”.

Si bien en un comienzo la ley establecía –en su segundo apartado– ciertas excepciones, estas se fueron eliminando una por una durante los años siguientes, de manera que la ley pasó a alcanzar a todos los judíos, lo que tuvo importantes consecuencias sociales y económicas. El 11 de abril, el primer decreto suplementario de la ley definía como un individuo “no ario” a: “aquel que desciende de padres o abuelos no arios, particularmente judíos. Basta con que uno de los padres o de los abuelos sea no ario”. Esta definición procuraba ser lo más amplia y abarcadora posible, producto del celo antisemita y racista que dominaba a los expertos sobre raza del Ministerio del Interior del Reich.

En esos días, el periódico nazi Völkischer Beobachter había reproducido un oportuno discurso de Hitler, en el cual prometía públicamente “depurar a la nación y en particular a las clases intelectuales de las influencias de origen extranjero y de la infiltración foránea desde el punto de vista racial”. A los representantes de la cultura, les aseguró que “debía llevarse a cabo la inmediata erradicación de la mayoría de los intelectuales judíos de la vida cultural e intelectual de Alemania con el fin de garantizar el derecho innegable que tenía el país a ostentar su propio liderazgo intelectual” (Gellately, 2002: 48).

El 11 de abril de 1933, se hizo pública una nueva ley discriminatoria antijudía que se había aprobado atendiendo una propuesta del ministro de Justicia, Franz Gürtner, para excluir a todos los abogados judíos de los tribunales, con el mismo alcance y las mismas excepciones que la Ley del Funcionariado.[13] En verdad se trató de una legislación que cristalizó lo que ya venía ocurriendo de hecho en los tribunales, donde hacia fines de marzo de 1933 el acoso físico a los juristas judíos se había extendido por todo el Reich: “En Dresde sacaron a rastras a jueces y abogados judíos de sus despachos, e incluso de los tribunales durante los procesos judiciales, y a menudo luego los golpearon […]. Hubo decenas de acontecimientos similares por toda Alemania” (Friedländer, 2009: 53).

A ello le siguió, el 25 de abril, la aprobación de la Ley contra el Hacinamiento en las Escuelas y Universidades Alemanas, también llamada de numerus clausus, exclusivamente dirigida a alumnos y estudiantes “no arios”. Esta ley limitaba la matriculación de nuevos estudiantes judíos a un 1,5% del total de los solicitantes y establecía que el máximo de alumnos judíos de cada institución no podía superar el 5%. Así, se redujo drásticamente la cantidad de judíos en las instituciones superiores, de donde ya habían sido despedidos cerca de mil doscientos miembros del cuerpo académico, entre ellos el gran jurista Hans Kelsen, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Colonia (Rafecas, 2010: 133-153).

Días después, el ministro de Ciencias, Educación y Cultura Alemana, Bernhard Rust –quien ese mismo año se hizo conocido por introducir la obligación de que estudiantes y profesores se saludasen con el ademán nazi, así como también por defender la idea de que la educación en Alemania debía ser funcional a la formación y el adoctrinamiento de nuevas generaciones de nacionalsocialistas–, se expresaba así en el auditorio de la Universidad de Berlín sobre la sanción de la ley que purgaba a los estudiantes judíos de las escuelas:

La ciencia para un judío no supone una tarea, una obligación, un dominio de organización creativa, sino un negocio, y una forma de destruir la cultura del pueblo que le ha acogido. Por eso las cátedras más importantes de las universidades que se hacen llamar alemanas están llenas de judíos. Se vaciaron para permitirles el acceso y para que prosiguieran sus actividades parasitarias, las cuales fueron luego recompensadas con premios Nobel (en Friedländer, 2009: 88).

Por su parte, el propio Hitler, tras recordar que había sido la Iglesia católica la que había recluido a los judíos en guetos y prohibido a los cristianos que trabajaran con ellos, explicó que él simplemente sería más eficaz en la tarea que la Iglesia había intentado concretar durante varios siglos, pues los judíos no eran “nada más que perniciosos enemigos del Estado y de la Iglesia, y en consecuencia deseaba expulsar cada vez a más judíos, especialmente de la vida académica y de los cargos públicos” (en Toland, 2009: 466).

La intención del régimen se explicó cuidadosamente en la prensa; así, el Deutsche Allgemeine Zeitung reproducía el 27 de abril de 1933:

Una nación que se respete a sí misma no puede dejar, en la escala aceptada hasta ahora, sus actividades más elevadas en manos de individuos de origen racial extranjero. […] Permitir la presencia de un porcentaje demasiado elevado de personas de origen extranjero en el seno de la población general podría interpretarse como la aceptación de la superioridad de otras razas, algo que debe ser rechazado de forma categórica (en Friedländer, 2009: 53).

En paralelo, la hostilidad hacia los judíos era orquestada por las SA y demás fuerzas paramilitares nazis, así como también por la profusa campaña de difamación realizada a través de los medios de comunicación del régimen. En el marco de esta campaña antijudía, el 10 de mayo de 1933 tuvieron lugar “rituales de exorcización” en la mayoría de las universidades y ciudades de Alemania. En Berlín, mientras los fanáticos escuchaban el discurso de Goebbels, se quemaron más de veinte mil libros, y varios miles más siguieron el mismo destino en muchas otras ciudades alemanas.

Otra medida relevante en la estrategia de estos primeros tiempos de la llegada de Hitler al poder, en lo atinente a la cuestión judía, fue la prohibición, en septiembre de 1933, de que los judíos poseyeran granjas o se dedicaran a la agricultura. Para Friedländer,

[s]egún el pensamiento racial nazi, la comunidad nacional alemana extraía su fuerza de la pureza de la sangre y de su arraigo al sagrado suelo alemán. Tal pureza racial era una condición inexcusable para la creación cultural superior y para la construcción de un Estado poderoso, garante de la victoria en la lucha por la supervivencia y la dominación raciales. Desde el principio, por tanto, las leyes de 1933 apuntaban a la exclusión de los judíos de todas las