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¿Cuándo y cómo se crea el término transexual?, ¿quiénes han luchado en el contexto norteamericano a la hora conseguir derechos para las personas que se salen de las normas de género, son travestis, transexuales o no binarias?, ¿cómo se hace la memoria de las personas trans?, ¿qué líderes impulsaron otras maneras de entender las transgresiones de género?, ¿qué retos sociales se plantean gracias a las vivencias de las personas trans y su activismo? Historia de lo trans presenta, a través de una visión crítica y decolonial, los momentos clave de un movimiento político y cultural que ha cuestionado las bases del feminismo y los marcos conceptuales de las luchas LGTB. En este recorrido encontramos biografías apasionantes de los y las protagonistas de las luchas trans, insertos en la historia de la teoría de los géneros, y se muestra cómo han ido moldeando nuestro relato global. Aquí se narran las batallas que se han librado desde el cuerpo; en el lenguaje, la academia, las leyes, la medicina y también en las calles, con episodios como la revuelta de Stonewall o los disturbios de la cafetería Compton's. Escrito por la activista y teórica norteamericana transexual Susan Stryker, en este ensayo no se eluden tampoco las intersecciones de raza, clase social, migraciones o diversidad funcional. Con prólogo de Lucas Platero, doctor en Sociología, docente, investigador y activista por los derechos LGTBQ. Traducción de Matilde Pérez y María Teresa Sánchez.
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Seitenzahl: 424
Veröffentlichungsjahr: 2021
R. Lucas Platero
Lucas Platero Méndez combina su práctica docente con la investigación y el activismo por los derechos LGTBQ. Tiene la licenciatura en Psicología, Máster en Evaluación de Políticas Públicas y es Doctor en Sociología. Actualmente imparte clases en intervención sociocomunitaria en un instituto de educación secundaria; en varios programas universitarios de postgrado en género e igualdad, y en el Programa de Estudios del MNCARS, Somateca.
Su trayectoria personal y profesional va ligada a la coeducación desde una mirada a la diversidad humana y una atención especial a la construcción social de las identidades donde entran en juego múltiples variables: el sexo, la clase, el género, las condiciones funcionales, la procedencia, la sexualidad, etc. Incorpora este enfoque tanto en la investigación teórica como en su aplicación cotidiana en las aulas, desde donde también profundiza en las violencias de género y en la violencia y el bullying homofóbico.
Entre sus publicaciones, destacan: Transexualidades. Acompañamiento, factores de salud y recursos educativos, Bellatera, 2014; Intersecciones. Cuerpos y sexualidades en la encrucijada, Melusina, 2012; Lesbianas. Discursos y Representaciones, Melusina, 2008; Herramientas para combatir el bullying homofóbico, Madrid, Talasa, 2007.
R. Lucas Platero
¿Cuándo y cómo se crea el término transexual?, ¿quiénes han luchado en el contexto norteamericano a la hora de conseguir derechos para las personas que se salen de las normas de género, son travestis, transexuales o no binarias?, ¿cómo se hace la memoria de las personas trans*?, ¿qué líderes impulsaron otras maneras de entender las transgresiones de género?, ¿cómo es posible que tengamos tantos personajes trans* en las series de televisión de éxito actuales?, ¿hay más personas trans* y no binarias que hace un siglo?, ¿qué retos sociales se plantean gracias a las vivencias de las personas trans* y su activismo? Estas son solo algunas de las preguntas que se plantean en Historia de lo trans, un libro magnífico que aparece a finales de 2017 con una edición revisada y actualizada en castellano de la editorial Continta Me Tienes (y en inglés en la editorial Seal), y lo hace casi 10 años más tarde de su publicación original.
Con Historia de lo trans tenemos la oportunidad de acercarnos al trabajo histórico y político de Susan Stryker, que aún no es muy conocida en nuestro contexto, probablemente porque hasta el momento no hemos contado con traducciones de sus trabajos. La excepción la encontramos en el que su fue su primer artículo académico, «Mis palabras a Víctor Frankenstein desde el Pueblo de Chamonix: Performando la Ira Transgénero», traducido en Políticas trans. Una antología de textos desde los estudios trans norteamericanos (2015). También es relevante que Stryker ha estado recientemente en Barcelona, impartiendo la conferencia «Coged aire: Las políticas de vida trans actuales» (2016), en un ciclo de conferencias organizado por Cultura Trans, por lo que es conocedora de los cambios que se han producido para las personas trans* en el Estado español. Pero, ¿quién es Susan Stryker? Esta mujer trans* norteamericana es doctora en Historia de los Estados Unidos, por la Universidad de California, también es una conocida activista, autora de varios libros entre los que podemos destacar The Transgender Studies Reader (Routledge, 2006) y el que está escribiendo en la actualidad, Cross-Dressing for Empire: Gender and Performance at the Bohemian Grove. Ha dirigido documentales, como el premiado ScreamingQueens: The Riot at Compton’s Cafeteria (2005). En la actualidad Stryker es profesora en la Universidad de Arizona, directora del Instituto de Estudios LGBT y coeditora de TSQ: Transgender Studies Quarterly, la primera revista académica sobre cuestiones trans* que no tiene un enfoque médico.
Historia de lo trans comienza presentando dónde se sitúa Susan Stryker frente a su objeto de estudio, la historia de las personas trans*, para subrayar que escribe desde los Estados Unidos y desde una generación muy determinada. Pensemos que su impresionante biografía evidencia una lucha intensa por sortear barreras que han penalizado su salida del armario como mujer, a sabiendas de que conseguir un trabajo en la universidad no es algo que se esperase de una mujer trans*, para quienes parece que encajaba mejor otras expectativas sociales. Tras esta introducción, Stryker sitúa el marco de la investigación que realiza e introduce la terminología que se utiliza a lo largo de la historia en los Estados Unidos para hablar de las personas que transgreden el sexo asignado en el nacimiento. Vocablos como transexual, travesti, transgénero, trans, trans*, travelo, hermafrodita, intersexual, entre otros, surgen en momentos históricos determinados, con diferentes cosmovisiones que dan el significado a las rupturas con el sexo asignado en el nacimiento, la expresión, corporalidad o identidad de una persona. Una historia y una terminología que hemos de entender con la distancia y la necesidad de reconocer que no tienen la misma trayectoria y enraizamiento que en lugares de habla hispana.
Por ejemplo, si nos fijamos en la palabra travesti, en la Argentina actual es un término autorreclamado por sus protagonistas para la lucha política y social (Berkins, 2003), mientras que en el Estado español su uso fue más frecuente antes de los años ochenta, y ahora ha sido relegado a una actividad ligada al crossdresser. Lo mismo ocurre con transexual y transgénero, que tienen un uso radicalmente distinto en inglés que en español; el término aglutinador o paraguas de uso amplio y que ha tratado de ser inclusivo en los Estados Unidos ha sido desde los años noventa transgénero (transgender), mientras que en castellano ha sido transexual (transsexual), y más tarde trans (y puede que también trans* con asterisco), sin hacer demasiadas distinciones entre quienes hacen modificaciones corporales y quiénes no (Platero, 2014; Missé y Galofre, 2015). En inglés, transsexual se ha ido reservando para señalar a aquellas personas que han hecho modificaciones corporales, frente a transgender, que no necesariamente se identifica con tales modificaciones o con un tránsito medicalizado al uso. El término transgénero en español ha sido menos usado, si bien quizás se ha hecho con un uso más politizado.
Cabría preguntarse el porqué de este frenesí lingüístico, cuestión que se complica aún más con las vivencias no binarias y el deseo de hacerlas patentes en el lenguaje (con el uso de palabras que terminan en «e», por ejemplo, frente a otras propuestas de lenguaje inclusivo que se sirven del término persona, términos unisex, el uso de la @, x o *). Por una parte, demuestra que sus protagonistas no terminan de estar a gusto con las palabras que la medicina o la ley ha elegido para ellas, denominaciones que a menudo son peyorativas, con lo que supone un reclamarse en primera persona. No solo esto, sino que las protagonistas de estos debates y experiencias son a su vez muy críticas con el lenguaje que se utiliza sobre ellas mismas, personas que a su vez viven bajo un intenso escrutinio social. Pone en evidencia que si bien puede que parezca que el debate está en el terreno del lenguaje (por sus connotaciones, sus efectos no deseados, sus características y si «dan juego» o no), es también muy relevante cómo usamos estas palabras para excluir a algunas personas (Serano, 2015). Así, este dinamismo del lenguaje refleja un constante movimiento de significados emergentes que requieren de nuevas expresiones, por ejemplo, asociadas a la visibilidad de la infancia trans* o las personas no binarias. De hecho, cada vez que parece que hemos conseguido mapear qué palabras hay, cuáles nos gustan o resultan útiles y cuáles no, se está creando el significado que necesitará de una palabra para poder concebirse. Otra de las realidades que se pone de manifiesto es que constantemente surge la necesidad de una terminología inclusiva (transgénero, trans, trans*…), frente a la mirada restrictiva que se utiliza desde marcos médicos o legales, así como por la cooptación de vocabulario que transforma su significado.
Además de dar un sentido histórico a la gramática trans*, Stryker nos muestra los eventos y personas claves para entender la visibilidad de las cuestiones trans* a día de hoy, realizando un ejercicio de genealogía que resulta necesario. Nombra, por ejemplo, las leyes municipales que prohibían a los hombres vestir como mujeres (1863); a quienes sirvieron en el bando confederado de la guerra pasando por hombres, como Harry Buford; incluye extractos de cartas recogidas por Magnus Hischfeld (1909); nombra a activistas pioneras como Louise Lawrence, Virginia Prince, Sylvia Rivera, Martha Johnson, Reed Erickson, Suzy Cooke, Leslie Feinberg o Angela K. Douglas, entre otras. Nos recuerda que antes de las tan nombradas revueltas de Stonewall Inn hubo otras en la cafetería Compton’s (1966) o que la homosexualidad ha podido ser un término aglutinador que incluía lo que ahora entendemos como transexualidad, poniendo en el mapa nombres de organizaciones, personas y hechos clave.
Es necesario enfatizar que Stryker narra la historia de la transexualidad y lo trans* en los Estados Unidos que, a pesar de su influencia global, no es la misma historia que se ha vivido en otros lugares, como en el Estado español o en Latinoamérica. Si tomamos como ejemplo el Estado español, no es hasta los años cincuenta del siglo pasado cuando se activa el término transexual (Vázquez García, 2011), de manera que las personas transexuales como sujetos políticos no emergen hasta un momento político de transición democrática, ligada a la liberación homosexual y la lucha contra la ley de peligrosidad y rehabilitación social, junto con otros movimientos sociales. Sería una historia de lo trans* distinta también por las relaciones que han establecido los diferentes movimientos sociales entre sí, como son los movimientos feministas, sobre los derechos sexuales y reproductivos, las libertades sexuales y el activismo trans*, entre otros (Platero y Ortega, 2016). Por poner un ejemplo concreto, la persistencia e impacto de un feminismo dedicado a excluir a las mujeres trans* (TERF) no tiene la misma trayectoria en el Estado español o en Latinoamérica que en Estados Unidos (Osborne, 2017). Parte de esta diferencia tiene que ver con compartir una trayectoria de lucha que ha dado valor a la aportación feminista que han hecho las trabajadoras del sexo trans*, el papel destacado de algunos feminismos lesbianos a la hora de vincularse con las mujeres transexuales en los años noventa y más tarde, la inclusión de hombres trans* en debates feministas así como el contexto dinámico de cambios en el que se inserta hace que en el Estado español este movimiento TERF sea menos relevante.
Susan Stryker utiliza un lenguaje sencillo y accesible, con el que consigue transmitir con una gran claridad que los estudios sobre las personas trans* tienen una importancia que va más allá de ser una minoría social, para situarlos en un marco más amplio de luchas en los movimientos sociales, y el seno del feminismo en particular. De hecho, apuesta por una mirada transfeminista e interseccional, que tiene en cuenta otros lugares situados, como puede ser la diversidad funcional, la racialización, la procedencia nacional, la clase social o las creencias religiosas, entre otras identidades sociales de las personas trans*. Además, hace hincapié en que la historia de las personas trans* en los Estados Unidos refleja necesariamente el devenir histórico, político y social de este país, una suerte de ensamblajes que hace posible la visibilidad y presencia pública que tiene la transexualidad hoy en día, incluso cuando la crisis económica de 2008 ha supuesto un mayor recorte en derechos y recursos.
Otra cuestión que es de suma importancia es que este es un libro sobre las personas trans* escrito por una de sus protagonistas. Algo que no es muy frecuente si tenemos en cuenta que habitualmente la producción del conocimiento suele estar en manos de personas que conciben la transexualidad como una enfermedad o un problema legal, una curiosidad antropológica o una novedad. Poder tener una mirada tan globalizadora y comprehensiva sobre los factores históricos y sociológicos que construyen las vidas de las personas trans* en Norteamérica es solo posible desde esta situación privilegiada de protagonista, activista e investigadora. Esta cuestión sobre la agencia de las personas trans* en la creación del conocimiento, así como su representación pública, ya sea en la ficción o vida real, está presente a lo largo de todo el libro. En especial, cuando se refiere a las artes o medios de comunicación, donde es muy frecuente, por ejemplo, la producción de películas hechas para un público que no es trans*, pero sobre una temática trans*.
Historia de lo trans es un libro valioso que contribuye a trans-formar la mirada que tenemos sobre el género, las personas que transgreden los roles asignados con la asignación de un sexo en el nacimiento, así como de las relaciones entre movimientos sociales. Se dirige a muchos públicos y resulta relevante para investigadores y estudiantes de ciencias sociales y humanidades; para el activismo y los movimientos sociales, para profesionales de la intervención social, es significativo para historiadores e historiadoras, y en suma, para todas aquellas personas que quieran dar un rigor histórico y sociológico al conocimiento sobre las personas trans*. Este trabajo también pone de manifiesto la carencia de un estudio de una profundidad similar sobre lo trans* y las personas trans* en el Estado español, si bien también es importante señalar que existen trabajos destacados de autores trans* como Miquel Missé, Juana Ramos, Pol Galofre, Norma Mejía, Amets Suess, Ian Bermúdez, Mar C. Llop o Lucas Platero, entre otros.
Para terminar, me gustaría señalar el momento en el que emerge esta narración de la historia de lo trans*, que sucede en mitad de una recesión conservadora que está haciendo impacto en muchos estados-nación, no solo en los Estados Unidos. Este giro conservador cuestiona la linealidad de la narración que plantea la consecución de derechos como un avance unidireccional y en el que se asocia progreso a lo occidental o la modernidad. Desde una visión crítica y decolonial, los derechos y oportunidades vitales de las personas trans* están siempre ensamblados y entretejidos con la producción social de la racialización, clase social, pasabilidad y cisapariencia, diversidad funcional, migración y otras experiencias de importancia estructural.
Berkins, Lohana (2003), «Un itinerario político del travestismo» en Diana Maffía (comp.), Sexualidades migrantes. Género y transgénero, Edhasa, Buenos Aires, pp. 127-137.
Galofre, Pol y Miquel Missé (eds.) (2015), «Introducción», Políticas Trans. Una antología de textos desde los estudios trans norteamericanos, Barcelona y Madrid, Egales, pp. 19-28.
Platero, R. Lucas (2014), Trans*exualidades. Acompañamientos, factores de salud y recursos educativos, Barcelona, Bellaterra.
Platero, R. Lucas y Esther Ortega Arjonilla (2016), «Building Coalitions: The Interconnections between Feminism and Trans* Activism in Spain», Journal of Lesbian Studies, 20(1):46-64.
Serano, Julia (2015), «Regarding Trans* and Transgenderism», Whipping Girl, 27 de agosto, accesible en http://bit.ly/2yNis9z (consultado el 08/11/2017).
Stryker, Susan (2015 [1994]), «Mis palabras a Víctor Frankenstein desde el Pueblo de Chamonix: Performando la Ira Transgénero», Políticas trans. Una antología de textos desde los estudios trans norteamericanos, traducido por Lucas Platero, ed. Pol Galofre y Miquel Missé (ed.), Barcelona-Madrid, Egales, pp. 135-162.
Vázquez García, Francisco (2011), «¿Por qué en la edad moderna no podía haber transexuales? Cuatro casos de transmutación sexual en España (siglos XVI-xx)», Ubi Sunt? (26), pp. 49-58.
SUSAN STRYKER
HISTORIA DE LO TRANS
Las raíces de la revolución de hoy
Este libro está dedicado a las personas trans cuyas vidas hicieron la historia que aquí se relata, así como a las personas trans, amigos y aliados que continúan hoy día haciendo historia con su lucha por la causa de la justicia social.
Pese a su sencillo título, Historia de lo trans, el tema que aborda este libro es al mismo tiempo más restringido y más amplio –más restringido porque gira fundamentalmente en torno a la historia del movimiento transgénero en los Estados Unidos concentrada principalmente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y más amplio porque el término transgénero, antaño un término muy extenso, en la actualidad no logra abarcar la complejidad del género contemporáneo. Y aunque este libro lleva el mismo título que la primera edición publicada en 2008, tan vasta ha sido la revisión necesaria para tratar convenientemente los cambios más destacados de la pasada década que ha convertido esta segunda edición en un libro sustancialmente nuevo. El texto de la primera edición se ha actualizado, por tanto, de principio a fin –particularmente en lo que atañe al primer capítulo– y se ha incorporado un nuevo capítulo al final.
Recomponer las piezas de la historia trans de los Estados Unidos ha sido un gran proyecto de mi vida profesional como historiadora durante casi veinte años. Como mujer transexual también he sido partícipe de esa historia, junto con otras muchas personas. Aunque he intentado contar esa historia de forma extensa e inclusiva, lo que tengo que decir se nutre inevitablemente de mi propia implicación en los movimientos sociales transgénero, de otras experiencias vitales propias y de las formas concretas en las que me considero transgénero.
Soy una de esas personas que, desde que puedo recordar, siempre se ha sentido identificada con el género femenino pese a haber recibido un nombre masculino al nacer, pese a que todo el mundo me consideraba un chico y me criaron como tal, y pese a que mi cuerpo mostraba la apariencia típica de un cuerpo masculino. Cuando era joven no lograba dar una buena explicación a estos sentimientos y, tras una vida de reflexión y estudio, sigo abierta a encontrar la mejor manera de explicarlos. No es que sienta la necesidad de explicarlos para justificar mi existencia. Solo sé que esos sentimientos persisten independientemente de cualquier otra cosa. Sé que me hacen ser quien soy, independientemente de lo que los demás sientan hacia mí o de cómo se comporten conmigo por tenerlos.
El miedo a ser ridiculizada, estigmatizada o discriminada, así como mi propia incertidumbre inicial sobre cómo actuar con mis sentimientos transgénero, me llevaron a esconderlos de absolutamente todo el mundo hasta poco antes de cumplir los veinte, al comienzo de la década de los ochenta. Fue entonces cuando comencé a revelar en privado a mis compañeras sentimentales la percepción que tenía de mí misma. Pocos años después, en la segunda mitad de los ochenta, di con una comunidad queer clandestina; hasta entonces, no había conocido a sabiendas a ninguna persona transexual. No salí del armario como transexual ni empecé mi transición médica y social hasta 1991, cuando cumplí los treinta.
Cuando empecé a vivir abiertamente a tiempo completo como mujer transexual lesbiana en San Francisco a comienzos de los noventa, estaba concluyendo mi doctorado en Historia de los Estados Unidos en la Universidad de California, Berkeley. La transición era algo que necesitaba hacer por bienestar propio, pero no fue una gran jugada a nivel profesional. Por maravilloso que fuera para mí sentirme finalmente en consonancia con la forma en la que me presentaba ante los demás y la forma en la que los demás me percibían, la transición de vivir como hombre a vivir como mujer incidió negativamente en mi vida. Como otras muchas mujeres transgénero, pasé años con empleos marginales debido a la incomodidad, ignorancia y prejuicio que generaba en la gente. Mi transición empeoró las relaciones con muchas de mis amistades y familiares. Me hacía más vulnerable a ciertos tipos de discriminación legal y en no pocas ocasiones me llevaba a sentirme insegura en público.
El haber vivido durante años siendo percibida como un hombre blanco heterosexual, cisgénero, sin discapacidad y con formación antes de salir del armario como la mujer que me sentía me ha concedido una vara muy clara para medir distintos tipos de opresión relacionados con la personificación, el género y la sexualidad. La transición me ubicó en el tablero de aguantar dichas opresiones de una nueva forma. Al haber experimentado la misoginia y el sexismo, mi experiencia transgénero impregna el firme compromiso que siento con el activismo feminista que intenta hacer del mundo un lugar mejor para mujeres y niñas. Considerando que ahora vivo en el mundo como mujer que ama a otras mujeres y en ocasiones (más frecuentemente en el pasado que ahora) he sido percibida como un hombre gay afeminado, también he experimentado la homofobia. Mi experiencia transgénero es por tanto también la razón por la que siento un compromiso absoluto con los derechos de lesbianas, gais y bisexuales. Aunque la percepción que tengo de ser mujer, y no hombre, sea estable, he dado muchos pasos para alinear mi cuerpo, mi carné de identidad y demás burocracia con la percepción que tengo de mí misma, sé que nunca alinearé todo de la forma en la que lo hace la gente cisgénero y que siempre habrá algo discordante o incongruente. Para mí, eso significa que, incluso identificándome como mujer transexual, también soy, en la práctica, inevitablemente una persona de género no conforme, no binario y queer.
El ser percibida o aceptada como una persona cisgénero de género normativo te garantiza un tipo de acceso al mundo que a menudo se te niega al ser vista como una persona tran-sexual o etiquetada como tal. Esta falta de acceso, creada por el modo en que se organiza el mundo para beneficiar a las personas cuyas personificaciones son distintas a la mía, limita el ámbito de mis actividades diarias y podría entenderse como desencadenante de discapacidad. Y de la misma manera en que mi condición de trans me vincula a las políticas de discapacidad al margen de que yo tenga una discapacidad o no, me lleva a coincidir igualmente con otros movimientos, comunidades e identidades que también se oponen a los efectos negativos de vivir en una sociedad que nos gobierna a todas las personas a base de estandarizar nuestros cuerpos. Creo que ser trans me une a la gente intersexo, a la gente gorda, a las que no encarnan los patrones de belleza, a la gente con diversidad neurocognitiva, a las que son anómalas por cualquier razón –independientemente de que sea o no yo alguna de estas cosas más allá de las maneras en las que se solapan con mi condición de trans.
Aunque no puedo afirmar que el ser una persona transgénero blanca me otorgue ningún acceso especial a la experiencia de las comunidades de color minorizadas, como transexual sí que experimento la injusticia de ser objeto de la violencia estructural por ser etiquetada como un tipo de persona que no es tan merecedora de vida como otras, en un orden social que intenta cementarme en esa jerarquía a menudo mortal basada en algunas de mis características físicas. Al adherirse a mis carnes, incluso siendo blancas, la condición de trans me lleva a perseguir no solo una alianza blanca antirracista con las luchas de la gente de color sino también una comunión real con el interés en desmantelar un sistema que nos ordena despiadadamente a todas en categorías biológicas de personas más o menos merecedoras de vida. Mi intención es la de trasladar lo que sé de mi experiencia vital como trans a esa lucha más amplia y profunda. Si bien, como persona transgénero blanca que ha llegado a esta nueva percepción apenas hace unas décadas, como alguien que aún puede titubear y tropezar en su empeño de coalición pese a sus mejores intenciones, soy consciente de que me queda mucho que aprender de los siglos acumulados de sabiduría práctica, crítica social, habilidades vitales y sueños de libertad que millones de personas de color han desarrollado para sobrevivir al colonialismo y al racismo.
Al iniciarme a principios de los noventa, tuve el privilegio de poder poner mi formación académica al servicio de un movimiento transgénero para el cambio social. Me convertí en una historiadora, activista, teórica cultural, realizadora de medios y finalmente académica comunitaria que intenta escribir la crónica de las distintas dimensiones de la experiencia transgénero. Las ideas y las opiniones que comparto en este libro cristalizaron hace ya más de un cuarto de siglo cuando formaba parte de una comunidad queer de San Francisco muy comprometida a nivel político y artístico, ahora tristemente algo dispersa y consumida por las crecientes desigualdades económicas de la ciudad, su implacable gentrificación y el desplazamiento de mucha gente de escasos recursos. Todo esto para decir que mi punto de vista es generacionalmente y geográficamente específico. He trabajado durante años en la GLBT Historical Society, uno de los más grandes repositorios de material queer y trans, y como consecuencia las partes de la historia transgénero que mejor conozco son aquellas más próximas a la experiencia lesbiana y gay. He trabajado, enseñado e impartido conferencias como profesora invitada en universidades de un extremo al otro de Norteamérica así como en los lugares que se encuentran a medio camino –Bay Area, Boston, Vancouver, Indiana, Tucson– y he tenido el enorme privilegio de poder viajar con frecuencia, por trabajo y por ocio, a países de Europa occidental y del este, de Oriente Próximo, Sureste Asiático, Latinoamérica, Australia y Nueva Zelanda. Con algo de suerte todas estas experiencias –así como mi incesante fisgoneo en Internet y participación en las redes sociales– contribuirán a ampliar algunos de los provincialismos limitantes encastrados sin duda en las historias que cuento sobre aquello que me resulta más familiar.
Escribir y revisar este libro ha supuesto para mí una manera de resumir algo de lo que he cosechado de mi vida durante las pasadas décadas y de transmitírselo a otras personas que puedan encontrarlo de algún modo como soporte vital, o al menos útil y, como mínimo, interesante. Espero que les dé algo que necesitan.
La palabra «transgénero» se ha popularizado hace apenas un par de décadas y sus significados todavía se encuentran en construcción. La empleo en este libro para referirme a gente que se distancia del género que le asignaron al nacer, de gente que atraviesa (trans-) los límites construidos por su cultura para definir y contener dicho género. Algunas personas se distancian del género asignado al nacer porque sienten impetuosamente que pertenecen sin observaciones a otro género con el que preferirían vivir; otras quieren desmarcarse hacia una nueva ubicación, un espacio aún no descrito claramente ni ocupado de forma específica; otras simplemente sienten la necesidad de desafiar las expectativas convencionales ligadas al género que inicialmente se les impuso. En cualquier caso, es ese movimiento de superación de una limitación social impuesta y de alejamiento de un punto de partida no escogido, más que ningún destino concreto o modo de transición, lo que mejor caracteriza el concepto de transgénero que en este libro desarrollo. Hago uso del término «transgénero» en su sentido más amplio posible.
Hasta hace muy poco, las cuestiones transgénero se han presentado como asuntos personales –es decir, como algo que el individuo experimenta interiormente, a menudo en aislamiento– no como algo que forma parte de un contexto social más amplio. Por suerte, eso está cambiando. La mayor parte de la literatura sobre cuestiones de transgénero solía proceder de perspectivas médicas o psicológicas, casi siempre escrita por personas que no eran transgénero. Estas obras enmarcaban la condición de trans en una desviación individual psicopatológica de las normas sociales de la expresión de género sana y tendían a reducir la complejidad y significación de una vida transgénero a sus necesidades médicas o psico-terapéuticas. Se han publicado muchas autobiografías escritas por personas que han «cambiado de sexo», así como un creciente número de libros de autoayuda para gente que se plantea un cambio así, o para gente que busca comprender mejor por lo que atraviesa un ser querido, o para progenitores de personas que expresan su género de forma contraria a las expectativas de la cultura dominante. Pero la tendencia, tanto de la literatura médica como de la de autoayuda, incluso la escrita desde una perspectiva transgénero o pro transgénero, sigue siendo más la de individualizar que la de colectivizar la experiencia transgénero.
El enfoque de este libro es distinto. Este libro forma parte de un cuerpo en rápida expansión de literatura de ficción y no ficción, artículos académicos, documentales, programas televisivos, películas, blogs, canales de YouTube, y otras formas de producción cultural casera sobre personas transexuales y realizadas por las mismas que nos sitúa en un contexto cultural e histórico y nos imagina parte de movimientos comunitarios y sociales. Este libro se centra concretamente en la historia del activismo transgénero y de género no conforme para el cambio social en los EE.UU. –es decir, en los esfuerzos para facilitar y hacer más seguro y aceptable el cruzar las fronteras del género a aquellas personas que desean hacerlo. Su propósito, no obstante, no es el de ser un relato íntegro de la historia de lo trans en los EE.UU., ni mucho menos el de reflejar la historia de ser transgénero a una escala internacional. Mi objetivo es proporcionar un marco básico centrado en una muestra de eventos y personalidades claves que contribuya a vincular la historia transgénero a la historia de los movimientos de minorías para el cambio social, a la historia de la sexualidad y el género, así como al pensamiento y la política feminista.
El movimiento feminista hacia los setenta popularizó el eslo-gan «Lo personal es político». En aquella época algunas femi-nistas se mostraban críticas con algunas prácticas transgénero como el travestismo, la ingesta de hormonas para cambiar la apariencia del cuerpo, la cirugía genital o de mama y la elección de vivir como miembro de un género distinto al asignado al nacer. Solían considerar dichas prácticas como «soluciones personales» a una experiencia interior de angustia generada por la opresión de género –es decir, pensaban que el hecho de que una persona a la que se le había asignado un género femenino al nacer se hiciera pasar por hombre era solo un modo de escapar a la escasa (o ninguna) remuneración del «trabajo de las mujeres» o de moverse de un modo más seguro en un mundo hostil para las mujeres; una persona femenina a la que se hubiera asignado un género masculino, pensaban las feministas, luchaba para obtener la aceptabilidad social de las «sissís» o las «reinas» y presumir de su afeminamiento en lugar de pasar por una mujer «normal» o una «real». El feminismo, por otra parte, trataba sistemáticamente de desmantelar las estructuras sociales que generan la opresión de género en primer lugar y que convierten a la mujer en el «segundo sexo». El feminismo liberal prevaleciente deseaba concienciar a las mujeres sobre su propio sufrimiento privado basando esa experiencia en un análisis político de la opresión categórica de todas las mujeres. Pretendía ofrecer a los hombres una educación en valores feministas para erradicar el sexismo y la misoginia que (a sabiendas o no) volcaban contra las mujeres. Este tipo de feminismo era, y aún es, un movimiento necesario para mejorar el mundo, pero precisa una mejor comprensión de las cuestiones transgénero.
Uno de los objetivos de este libro es ubicar el activismo transgénero para el cambio social dentro de un marco feminista extenso. Para ello debemos pensar en las distintas formas en las que lo personal es político, en aquello que constituye la opresión de género y en cómo entendemos el desarrollo histórico de los movimientos feministas. Hablando en términos generales, la Primera Ola del feminismo de los siglos xix y xx se centraba en la reforma de la vestimenta, el acceso a la educación, la igualdad política y, sobre todo, en el sufragio o derecho al voto. La Segunda Ola del feminismo, también conocida como «movimiento de las mujeres», arrancó en los años sesenta abordando un amplio abanico de cuestiones que iba desde la igualdad salarial, la liberación sexual, el lesbianismo y la libertad reproductiva, al reconocimiento del trabajo no remunerado que lleva a cabo la mujer en el hogar y la mejor representación de la mujer en los medios, pasando por la defensa propia y la prevención de la violación y la violencia de género. En los noventa se formó una Tercera Ola, en parte como respuesta a las limitaciones identificadas en las inflexiones más tempranas del feminismo y en parte para abordar cuestiones emergentes. Las exponentes de la Tercera Ola del feminismo se consideraban más liberadas sexualmente que sus madres y abuelas y de ese modo protagonizaron más marchas de putas que protestas para reclamar la noche, realizaron porno feminista en lugar de denunciar toda la pornografía como forma inherentemente degradante para la mujer y apoyaron el activismo de las traba-jadoras del sexo en lugar de imaginarse rescatando de las garras de la prostitución a mujeres desprovistas de autonomía. Tenían más interés en hacer frente a las ideas políticas que fomentaban la vergüenza por el propio físico, en mantener una relación subversiva o irónica con la cultura de consumo y en embarcarse en el activismo digital a través de las redes sociales. Se habla incluso de una Cuarta Ola, que habría tomado forma al amparo de la crisis económica de 2008 y que se encuentra más en sintonía que sus predecesoras con las políticas de otros movimientos como Occupy, Black Lives Matter, movimientos de justicia medioambiental, de alfabetización tecnológica y espiritualidad.
Más importante que diseccionar las distintas olas generacionales del feminismo, en cambio, es el surgimiento de lo que se ha terminado llamando «feminismo transversal». El feminismo transversal, que hunde sus raíces en el pensamiento feminista negro y chicano, cuestiona la idea de que la opresión social que sufre la mujer pueda analizarse y combatirse adecuadamente concentrándose únicamente en la categoría «mujer». El fe-minismo transversal insiste en que no existe una «Mujer» arquetípica bajo opresión universal. Entender la opresión de una mujer o grupo de mujeres concreto implica prestar atención a todo lo que interfiere con su condición de mujeres, como la raza, la clase, la nacionalidad, la religión, la discapacidad, la sexualidad, la condición migratoria y otra miríada de circunstancias que les marginaliza o privilegia –incluyendo la manifestación de sentimientos o identidades transgénero o de género no conforme. Las perspectivas transversales emergieron ya en la Segunda Ola pero la dividieron en distintas facciones y continuaron influyendo en todas las formaciones feministas posteriores. Una cepa poderosa dentro de los movimientos contemporáneos transgénero para el cambio social nace de las perspectivas feministas sectoriales que brotaron inicialmente en la Segunda Ola pero en la mayoría de los casos encuentra alianzas más afines y favorables en los movimientos de Tercera (o Cuarta) ola que son explícitamente pro transgénero. Los feminismos que incorporan la perspectiva transgénero todavía combaten para desmantelar las estructuras que apuntalan la jerarquía de género como sistema de opresión, pero lo hacen reconociendo que dicha opresión puede darse tanto al cambiar de género o desafiar las categorías de género como al ser incluida en la categoría del «segundo sexo».
Para reconciliar la relación entre las políticas transgénero y las feministas –para crear un transfeminismo– necesitamos únicamente reconocer que el modo en el que cada persona experimenta y entiende su identidad de género, su conciencia de ser un hombre o una mujer o algo que no encaja en ninguno de esos términos o mezcla ambos, es una cuestión personal muy idiosincrática relacionada con otros muchos atributos de nuestra vida. Es algo que antecede, o subyace en, nuestras acciones políticas y no es necesariamente en sí mismo un reflejo de nuestras creencias políticas. Abrazar una identidad transgénero no es ni radical ni reaccionario. Las personas no transgénero, al fin y al cabo, se consideran mujeres u hombres y nadie les pide que defiendan la corrección política de su «elección» ni piensa que su percepción de formar parte de un género de algún modo comprometa o invalide el resto de sus valores y compromisos. Ser transgénero es como ser gay: simplemente algunas personas son «así», aunque la mayoría no lo sean. Podemos tener curiosidad por saber por qué algunas personas son gay o transgénero y podemos elaborar todo tipo de teorías o contar historias interesantes sobre cómo se puede ser transgénero o gay, pero en última instancia debemos aceptar sencillamente que una fracción menor de la población (quizá incluyéndonos a nosotros y nosotras mismas) es «así» y ya está.
¿UNA BASE BIOLÓGICA?
Muchas personas consideran que la identidad de género –la percepción subjetiva de ser un hombre o una mujer, o ambos o ninguno– tiene su origen en la biología, aunque nunca se haya demostrado la «causa» biológica de la identidad de género (pese a las innumerables afirmaciones de lo contrario). Otra mucha gente entiende el género como algo más parecido al lenguaje que a la biología; es decir, aunque consideran que nosotros los seres humanos tenemos una capacidad biológica para usar el lenguaje, puntualizan que no nacemos con un lenguaje integrado y preinstalado en el cerebro. Del mismo modo, aunque tengamos una capacidad biológica para identificarnos con y para aprender a «hablar» desde una posición particular en un sistema de género cultural, no venimos al mundo con una identidad de género predeterminada.
La bióloga evolutiva Joan Roughgarden sugiere una forma de conciliar los modelos aprendidos versus innatos de desarrollo dela identidad de género. En su libro Evolution’s Rainbow: Diversity, Gender, and Sexuality in NatureandPeople, escribe:
¿En qué momento del desarrollo se forma la identidad de género? La identidad de género, como otros aspectos del temperamento, presuntamente no se desarrolla hasta el tercer trimestre, cuando se está formando el cerebro en su totalidad (...) Podría ser el momento en torno al nacimiento cuando se organiza la identidad de género del cerebro (...) Entiendo la identidad de género como una lente cognitiva. Cuando un bebé abre los ojos al nacer y mira a su alrededor, ¿a quién emulará o, simplemente, a quién percibirá? Un bebé varón quizá emule a su padre o a otros hombres, quizá no, y un bebé mujer a su madre o a otras mujeres, quizá no. En mi opinión, una lente en el cerebro controla a quién enfocar como «tutor». La identidad transgénero es por tanto la aceptación de un tutor del sexo opuesto. Los distintos grados de identidad transgénero y de variación de género normalmente reflejan distintos grados de obsesión en la selección del género del tutor. El desarrollo de la identidad de género depende entonces tanto del estado del cerebro como de la experiencia postnatal temprana, porque el estado del cerebro determina lo que es la lente y la experiencia ambiental proporciona la imagen que será fotografiada a través de dicha lente y por último revelada de forma imborrable en el sistema de circuitos del cerebro. Una vez que se configura la identidad de género, como otros aspectos básicos del temperamento, la vida parte de ahí.
Durante la investigación para escribir su libroThe Riddle of Gender: Science, Activism, and Transgender Rights, la escritora y científica Deborah Rudacille llegó a la convicción de que los factores ambientales contribuyen a explicar el aparente aumento en la prevalencia de fenómenos transgénero relatados. Rudacille recurre al artículo publicado en 2001 bajo el título «Disruptores endocrinos y transexualidad», en el que la autora Christine Johnson plantea un nexo causal entre los «efectos reproductivos, conductuales y anatómicos» de la exposición a sustancias químicas frecuentemente halladas en pesticidas y aditivos alimenticios y la «expresión de la identidad de género y otros trastornos como el fallo reproductivo». Rudacille asocia la condición transgénero al descenso del número de espermatozoides entre los varones humanos, al incremento del número de reptiles con micropene y de aves, peces y anfibios hermafroditas y a otras anomalías supuestamente asociadas con los disruptores endocrinos del medioambiente.
Siendo los miembros de minorías, por definición, menos co-munes que los miembros de las mayorías, suelen experimentar falta de comprensión, prejuicio y discriminación. La sociedad tiende a organizarse de forma que, con intención o sin ella, se favorezca a la mayoría, y la ignorancia y la falta de información sobre formas de ser menos comunes en el mundo pueden perpetuar estereotipos y retratos erróneos. Y por si fuera poco, la sociedad puede efectivamente privilegiar a algunos tipos de personas sobre otros tipos de ellas, beneficiándose las anteriores de la explotación de estas últimas: los colonos se beneficiaron de la apropiación de las tierras indígenas, los esclavistas se beneficiaron del trabajo de los esclavizados, los hombres se han beneficiado de la desigualdad de las mujeres. La violencia, la ley y la costumbre perpetúan estas jerarquías sociales.
Las personas que sienten la necesidad de combatir el género que se les ha asignado al nacer o de resistirse a vivir como miembros de otro género se han dado de bruces con numerosas formas de discriminación y prejuicio, incluida la condena religiosa. Dado que la gran mayoría de gente tiene serias dificultades para reconocer la humanidad de otra persona si no puede reconocer su género, los encuentros con personas que han cambiado de género o desafían el mismo puede parecer a algunas un encuentro con un ser inhumano monstruoso y aterrador. Esta reacción visceral puede manifestarse en forma de pánico, asco, desprecio, odio o crueldad, lo que puede traducirse ulteriormente en violencia física o emocional –hasta e incluyendo el asesinato– dirigida contra la persona que se percibe como no plenamente humana. Hemos de preguntarnos por qué la reacción típica ante el encuentro con formas no privilegiadas de género o corporeidad no suscita más a menudo asombro, deleite, atracción o curiosidad.
Se suele rechazar a las personas vistas como no del todo humanas por su expresión de género y del mismo modo puede negárseles necesidades tan básicas como la vivienda y el empleo. Estas personas pueden perder el apoyo de sus propias familias. En una sociedad moderna burocratizada, muchos tipos de trámites administrativos rutinarios dificultan enormemente la vida de aquellas personas que atraviesan las fronteras sociales del género que se les ha asignado al nacer. Los certificados de nacimiento, los expedientes escolares y médicos, las habilitaciones profesionales, los pasaportes, las licencias de conducción y otros documentos similares proporcionan un retrato poliédrico de cada una de nosotras como persona con un género concreto, y cuando esos registros muestran discrepancias u omisiones manifiestas pueden surgir todo tipo de problemas: incapacidad para cruzar fronteras nacionales, para optar a puestos de trabajo, para acceder a servicios sociales necesarios y para obtener la custodia legal de los hijos e hijas. Dado que las personas transgénero normalmente carecen del mismo tipo de apoyo que las personas plenamente aceptadas por la sociedad dan por hecho de forma automática, probablemente son más vulnerables a comportamientos temerarios o autodestructivos y por consiguiente pueden acabar teniendo más problemas de salud o problemas con la ley –lo que únicamente agrava sus ya considerables dificultades.
En los EE.UU. los miembros de minorías suelen tratar de combatir o cambiar las prácticas discriminatorias y las actitudes perjudiciales haciendo piña para ofrecerse apoyo mutuo, dar voz a sus problemas en público, recaudar dinero y así mejorar su destino colectivo, crear organizaciones que aborden sus necesidades específicas no satisfechas, participar en la política electoral o influir en la aprobación de normativas de protección. Algunos miembros se embarcan en tipos de activismo más radicales o militantes cuyo objetivo es derrocar el orden so-cial o abolir instituciones injustas en lugar de reformarlas, otros ingenian herramientas de supervivencia para vivir en condiciones que no se pueden cambiar en un determinado momento. Unos se dedican al arte o escriben literatura para alimentar las almas de los miembros de la comunidad o cambiar la forma en la que los conciben los demás y los problemas a los que se enfrentan. Otros hacen el trabajo intelectual y teórico de analizar las raíces de las formas de opresión social que les afectan directamente y diseñan estrategias y políticas que propicien un futuro mejor. Y otros dirigen su atención hacia la promoción de la aceptación propia y de la autoestima entre los miembros de las comunidades minoritarias que puedan haber interiorizado actitudes o creencias invalidantes sobre sus diferencias con la mayoría dominante. En definitiva, comienza a gestarse un movimiento activista para el cambio social multidimensional. Y fue precisamente un movimiento de dichas características para abordar cuestiones de justicia social que afectaban a las personas transgénero el que se desarrolló en los EE.UU. durante la segunda mitad del siglo xx.
Las cuestiones transgénero rozan preguntas existenciales so-bre el significado de estar vivo y nos conducen a lugares que raramente consideramos de forma consciente y con atención –como sucede con la actitud que mantenemos con la gravedad, por ejemplo, o con la respiración. Solemos llanamente ex-perimentar estas cosas sin pensar en ellas demasiado. En el curso diario de eventos, la mayoría no tiene motivos para hacerse preguntas del tipo «¿qué hace hombre al hombre, o mujer a la mujer?» o «¿cómo se relaciona mi cuerpo con mi papel social?» o incluso «¿cómo sé cuál es mi género?». Más bien nos dedicamos a nuestras empresas diarias sin cuestionar las percepciones y presuposiciones indiscutidas que conforman nuestra realidad operativa. Pero el género y la identidad, como la gravedad y la respiración, son fenómenos tremendamente complicados cuando una persona comienza a considerarlos de forma aislada y a descomponerlos.
Debido a esta complejidad, convendría establecer algunas definiciones más técnicas de palabras que empleamos en nuestro día a día, así como definir algunas palabras que para nada solemos necesitar, antes de introducirnos en el relato histórico. Dedicar algo de tiempo a debatir términos y conceptos puede contribuir a poner de manifiesto algunas suposiciones ocultas que solemos hacer en relación con el sexo y el género y ayuda a presentar algunos argumentos que aparecerán en capítulos sucesivos.
Les ruego tengan en cuenta que continuamente surgen nuevos términos y conceptos y que las palabras que se usaban cuando este libro se escribió podrían haber pasado de moda o caído en desuso en el momento de su lectura. Para estar realmente al tanto de la cuestión, lo mejor es hacer de Internet tu mejor amigo.
* (asterisco): El asterisco aparece con cada vez más frecuencia en los debates sobre cuestiones de transgénero. Su uso proviene de las bases de datos y las búsquedas de Internet, en las que el símbolo funciona como comodín. Es decir, una consulta con un asterisco encontrará la cadena de caracteres concreta que se busca más cualquier otro carácter. Por ejemplo, las búsquedas de ex* darán como resultado exagerar, exceso, extraordinario, o cualquier otra palabra que comience con la cadena de caracteres ex. El uso de trans* en lugar de transgénero se convirtió en una forma taquigráfica de indicar la inclusión de muchas experiencias e identidades diversas arraigadas en el acto de atravesar, sin estancarse en luchas sobre etiquetas o conflictos enraizados en distintas formas de desmarcarse de las normas de género. El asterisco puede igualmente representar una incitación a pensar sobre las interrelaciones entre transgénero y otros tipos de cruces categóricos. ¿Cuál es la relación de trans- en transgénero y trans- en transgénico, transespecie o transracial? Es fácil imaginar el asterisco como una representación visual de la intersección de innumerables guiones que apuntan a distintas direcciones, asociando cada uno de ellos a la idea de atravesar con aquello que ha de atravesarse.
Acrónimos: Los miembros de la porción T de la comunidad LGBTIQQA A (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero,intersexo, queer, de género indeterminado, asexuales y aliados/as) emplean muchos acrónimos. Las siglas en inglés MTF y FTM significan respectivamente «de hombre a mujer» y «de mujer a hombre», indicando la dirección de la transición de género; habría sido más apropiado hablar de «de macho a mujer» y «de hembra a hombre», pero el hecho es que en la práctica nadie lo llama así. Algunas personas transgénero se sienten ofendidas y rehúyen de estas etiquetas direccionales, alegando que tienen el mismo escaso sentido que calificar a un hombre «de heterosexual a gay» o a una mujer «de heterosexual a lesbiana», y que únicamente sirven para marginalizar a los hombres y mujeres transgénero dentro de las poblaciones más grandes de otros hombres y mujeres. De hecho, los dos acrónimos son mucho menos frecuentes de lo que lo eran. Las siglas en inglés CD (en ocasiones XD) hacen alusión a la práctica del cross-dressing. TS hace referencia a transexual, que pueden ser «pre-op» o «post-op» o incluso «no-ho/no-op» (si no optan ni por hormonas ni cirugía pero aun así se identifican como miembros del género contrario al que le asignaron al nacer), mientras que TG es «una persona transgénero», empleado más como sustantivo para un tipo concreto de persona que como adjetivo que describe el género de una persona. El término apropiado para hacer referencia a una persona en particular no depende de los ojos de quien la mira; es la persona que lo aplica a sí misma o a sus semejantes quien debe decidirlo.
Agénero: Sentimiento de no poseer identidad de género más que una identidad de género en desacuerdo con el género asignado al nacer; puede considerarse dentro del epígrafe trans en la medida en la que una persona agénero se ha distanciado del género impuesto al nacer por obligación.
AHAN y AMAN: Acrónimos para «asignada hombre al nacer» y «asignado mujer al nacer». Estos términos ponen de relieve que, cuando venimos al mundo, alguien nos dice quién cree que somos. Matronas, técnicos de ultrasonidos, obstetras, madres y padres, familiares y otro sinfín de gente observan nuestros cuerpos y manifiestan lo que les parece que nuestros cuerpos significan. Determinan nuestro sexo y nos asignan un género. Adquirimos conciencia propia y crecemos en el contexto que han creado para nosotros dichos significados y decisiones, devorando nuestra existencia individual. Las diferencias cor-porales son reales y nos sitúan en distintas trayectorias vitales, pero lo que la gente que emplea esos términos de asignación pretende destacar es que nuestros cuerpos y los senderos a los que nos conducen, por muy impuestos que fueran en un comienzo, no deben determinar necesariamente todo lo que somos. Las categorías que nos fueron asignadas son situaciones dentro de las cuales podemos tomar decisiones sobre nosotros y nosotras mismas y emprender acciones significativas para cambiar nuestras trayectorias, incluyendo el autoasignarnos otro género distinto.
Género binario: Idea de que existen únicamente dos géneros sociales –hombre y mujer– basados en dos y únicamente dos sexos –macho y hembra. La historia de las personas trans* nos enseña que tanto el género como el sexo pueden entenderse de forma no binaria.
Cisgénero: Palabra que no logró aceptación hasta el siglo xxi pero que pronto se difundió como sinónimo de «no transgénero». El prefijo cis- significa «en el mismo lado de» (es decir, lo opuesto a trans-, que significa «al otro lado»). Su intención es la de indicar el privilegio normalmente tácito o asumido de no ser transgénero. La idea que esconde el término es la de combatir la forma en la que los términos «mujer» u «hombre» denotan «mujer no transgénero» u «hombre no transgénero» por defecto, a menos que la condición transgénero o no binaria de la persona se nombre de forma explícita. Es la misma lógica que llevaría a alguien a optar por decir «mujer blanca» y «mujer negra» en lugar de usar simplemente «mujer» para describir a una mujer blanca (presentando de este modo a los blancos como la norma no marcada) y «mujer negra» para indicar la desviación de la norma.
El uso de la terminología cis- se ha difundido entre personas, particularmente del entorno educativo y universitario o relacionadas con el activismo de base, que se consideran aliadas de las personas transgénero o que desean indicar su concienciación en relación con los privilegios a los que tienen acceso por ser binarios o no transgénero. Pero ni el propio término cisgénero está libre de contradicciones o debilidades conceptuales. Emplearlo de forma demasiado rígida puede alimentar otro tipo de género binario, cis- versus trans-. Alinea binario y cis- con la política cultural de normatividad y no binario y trans- con nociones de transgresión y radicalidad, cuando en realidad las políticas de normatividad y transgresión son transversales tanto a las categorías cis como trans. En lugar de emplear cis y trans para identificar dos tipos de personas completamente distintas, es más productivo preguntarnos de qué modo unas son cis (es decir, cómo los distintos aspectos de sus cuerpos y mentes se alinean en el lado de la división de género de modo privilegiado) y de qué modo otras son trans (es decir, cómo cruzan las barreras del género que se les asignaron al nacer de una manera que les puede acarrear consecuencias sociales adversas) y reconocer que todas las personas, independientemente de que sean cis o trans, se encuentran sujetas a prácticas sociales de género no consensuadas que privilegian a algunas y discriminan de forma desfavorable a otras.
Cross-dresser:Término propuesto en el mundo angloparlante como sustitución no moralizante de travesti. Suele considerarse un término que describe de forma neutra la práctica de llevar ropa atípica de un determinado género. La práctica del cross-dressing
