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La historia política de Europa y de gran parte de Occidente ha estado condicionada, desde su llegada al poder, por la Iglesia de Roma. No se puede entender la configuración de los actuales Estados occidentales sin el papel de los diferentes papas de la historia en las guerras de religión, en la pujanza y caída de las monarquías nacionales cristianas o en la configuración del ideario teológico y cosmogónico que ha dominado Europa (y el nuevo mundo) durante muchos siglos. El papado ha sido siempre una fuente inacabable de rumores, conspiraciones, polémicas y luchas internas que han dejado una huella imborrable en el devenir de Europa, desde la caída del Imperio romano hasta los diferentes cismas religiosos, pasando por las cruzadas contra, por ejemplo, los cátaros y la Corona de Aragón. Esta Historia de los papas presenta de manera clara y diáfana la historia de la Iglesia católica y de su líder espiritual desde su fundación hasta hoy en día, exponiendo las luces y sombras que estas figuras han tenido a lo largo de la historia de Occidente en general y de los países de habla hispana en particular.
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Seitenzahl: 296
Veröffentlichungsjahr: 2023
Diego Sola
HISTORIA DE LOS PAPAS
FRAGMENTA EDITORIAL
Publicado por
fragmenta editorial
Plaça del Nord, 408024 [email protected]
Colección
fragmentos
, 80
Primera edición
abril del 2022
Primera edición ePub
julio del 2024
Dirección editorial
ignasi moreta
Producción editorial
laia martí amorós
Diseño de la cubierta
elisenda sevilla i altés
Fotografía de la cubierta
francesc moreta castel-branco
Correcciones
andrea romero / angelika kiss / ana orenga
Composición digital
pablo barrio
© 2022
diego sola garcia
por el texto
© 2022
fragmenta editorial, s. l. u.
por esta edición
ISBN
978-84-10188-72-3
Con la colaboración del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya
reservados todos los derechos
A Pius Tragan, Glòria Puig y Esteve Sureda, maestros del saber y de la vida
Y a Josep Maria Serra, cicerone de esta historia
¡Cuántos males causó, ay, Constantino,
no tu fiel conversión, sino la dote
que enriqueció al primero de los padres!
Dante Alighieri, Infierno, XIX, 115-117, traducción de José María Micó
Prefacio. Crisis
I De los orígenes al auge y la crisis medieval
Origen de la primacía papal
El primitivo papado medieval
Primera gran crisis: los siglos
ix
y
x
La reforma gregoriana
«Dios lo quiere»: hacia el dominio de la política europea
Los papas de Aviñón y la segunda gran crisis
II Del renacimiento a los tiempos de la ilustración
La crisis moral y espiritual de la Iglesia
El papado y el inicio de la Reforma
La respuesta de Roma
Los tiempos barrocos
La Ilustración
Revolución y persecución
III El papado en el mundo contemporáneo
El rehén de Napoleón
Pío IX: ¿de papa «bueno» a papa reaccionario?
La doctrina de la infalibilidad papal
León xiii y la doctrina social. Diálogo con la Modernidad
Las dos guerras mundiales y la recuperación de la independencia papal
Juan XXIII y la necesidad de
aggiornamento
El papado durante y después del Concilio Vaticano II
Epílogo. Sin problemas no hay historia, no hay historia sin crisis
Anexos
Obispos de Roma y pontificados
Tabla cronológica: el papado en la historia
Bibliografía
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Índice
Comenzar a leer
Bibliografía
Notas
Pocos momentos resultan tan definitorios en la historia de un hombre o de una institución como el de una crisis. Cuanto más grave y profunda sea, mejor puede uno mostrar sus luces y sombras y, si su sabiduría e inteligencia lo permiten, también su capacidad de reinventarse. Una crisis es un corte seccional sobre el cuerpo que deja al desnudo nuestras debilidades y carencias, pero también nos permite comprobar las esencias y valores genuinos que llevamos dentro. Esta historia de dos mil años, una historia de los papas al uso —o quizás no tan al uso—, no arranca en el siglo 1 de nuestra era, sino en medio de una crisis que amenazaba con derruir todo un edificio: el de la Iglesia de Roma. Con el paso de los siglos, esta Iglesia se había convertido en la confesión cristiana principal y hegemónica, pero en modo alguno era la única, sobre todo después de unos primeros tiempos de cristianismo dividido y enfrentado por motivos que no siempre fueron teológicos. Esta Iglesia se declaraba a sí misma como la Iglesia de Pedro, el apóstol a quien, según la tradición del Nuevo Testamento, Jesús había elegido para edificar su ekklēsía («Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo», tal como se lee en el Evangelio de Mateo).
La crisis de 1517 es probablemente uno de los momentos más reveladores de la historia papal. De unos papas que primero al abrigo del Imperio romano, y luego, en la primera Edad Media, al abrigo de la perturbadora fragmentación política en Europa, se habían convertido en el cemento absoluto de un edificio definido por la figura del obispo de Roma. Curiosamente, Jerónimo de Estridón, el autor de la traducción latina de la Biblia del siglo iv, la Vulgata, que se convertiría en la versión oficial de la revelación cristiana para la Iglesia de Roma, había empleado la palabra cementum para referirse a la argamasa metafórica que también construía sólidamente edificios como el de esta ekklēsía. En 1517, cuando el edificio amenazaba ruina, una ruina salpicada por los escándalos morales y económicos, los jefes de esta Iglesia romana hicieron de la necesidad virtud y levantaron —física pero también espiritualmente— un nuevo edificio sobre los cimientos de lo heredado de la Antigüedad.
Antes de explicar lo que la tradición historiográfica sabe, y que convendrá repetir, que el obispo Clemente de Roma, en el siglo i, fue el primero en tomar conciencia de que, como episcopus de la urbe romana, tenía una especial autoridad y ascendencia sobre las otras Iglesias cristianas del Imperio que le pedían consejos doctrinales, o que su sucesor Gelasio, ya en el siglo v —y recién derrumbado el Imperio romano de Occidente—, encargará a sus secretarios la compilación del derecho canónico (la ley ordinaria sobre la que se sustentará el derecho de la Iglesia en todo el mundo europeo occidental durante la Edad Media y más adelante), antes de explicar todo esto, decíamos, conviene asomarse a través del pórtico de la crisis de 1517, muchos siglos más tarde, para comprender de qué estamos hablando cuando nos referimos a la historia de los papas, historia de fe y de poder. O de un trono y de un altar. Un momento definitorio. El protagonista de este corte no podía ser otro que el hijo de un banquero, descendiente de una familia toscana que había sido humilde en origen, pero que, a base de esfuerzos, había llegado a construir el banco más rico de Europa. Giovanni di Medici había crecido escuchando las historias de un pasado remoto de la familia que él difícilmente podía imaginar, educado como lo había sido en las suntuosas villas y palacios mediceos de Florencia y sus alrededores. Los Medici se habían convertido en señores de Florencia por mérito, no por sangre, lo que preconizaba la llegada de una nueva era. El principio del fin, muy largo y lento, del viejo orden feudal. Todos estos valores burgueses, de historias de hombres hechos a sí mismos —patrón de vida que ni él, ni sus hermanos, ni su padre, Lorenzo el Magnífico, tuvieron que vivir—, capaces de hacer de las adversidades palancas de cambio, darán un talante muy especial a su reinado de ocho años al frente de la Iglesia. Porque, si hay un hecho que corone la historia familiar de los Medici como una historia familiar de éxito, este es, sin duda, la elección de Giovanni, hijo segundo de Lorenzo, como papa de Roma. Un hombre renacido en 1513, año de la elección pontificia, como León X, el nombre que escogerá al ser elegido por los otros cardenales del Sacro Colegio que, desde hacía unos siglos, elegía por voto secreto y mayoría cualificada al sumo pontífice de aquella antigua ekklēsía originaria de Oriente Próximo pero con epicentro en Roma.
Se dice que, al ser elegido papa, Giovanni escribió una carta a su hermano Giuliano, muy animado, explicándole que Dios les había «entregado el papado». «Disfrutemos ahora de él», remató. Aunque seguramente León, por formación y escrúpulos religiosos, quizás nunca escribió tal blasfemia (la frase ha sido puesta en labios y plumas de otros papas del Renacimiento, antes y después de León X), la atribución, por tradición, al primer papa Medici informa de un fuerte sentido de la patrimonialización de la institución papal para estos pontífices que actuaron como príncipes de su tiempo, además de como obispos de Roma. La fe y el poder serán un binomio más fuerte que nunca, pero esto no será algo nuevo: sin los precedentes medievales de un papado en busca del llamado Dominium Mundi, ningún sucesor de san Pedro posterior hubiera reivindicado su autoridad a nivel internacional. Lo que, sin embargo, es obvio es el hecho de que León, por su origen de linaje y por sus valores, tomará unas decisiones controvertidas que marcarán el futuro de la Iglesia católica (la Iglesia de Roma) y definirán parte de su imagen y legado. Volvemos aquí a la crisis de 1517: León X está decidido a dar un impulso definitivo a su mayor proyecto personal: dotar a la ciudad de Roma, la ciudad santa que, según la tradición, acoge los restos de San Pedro del templo más grande y esplendoroso del mundo. Un auténtico paraíso arquitectónico en la tierra. No era una idea nueva ni propia del papa Medici. Sus predecesores del siglo anterior habían encargado a varios maestros y arquitectos distintos proyectos para remodelar o sustituir la basílica de san Pedro, construida en tiempos del emperador Constantino el Grande, en el siglo iv, cuando el cristianismo fue oficializado en el Imperio romano. Era también el siglo de Jerónimo y de la Vulgata. En pleno Renacimiento, el templo ya no era del gusto de la época y se lo consideraba pequeño y poco adecuado para ser la iglesia mayor de toda la cristiandad. El predecesor inmediato de León, Julio II, otro papa renacentista del que tendremos que hablar más adelante, dio el pistoletazo de salida al proyecto con la colocación de la primera piedra de la nueva iglesia, en el año 1506. Sin embargo, a lo largo de una década, se pusieron de manifiesto las dificultades técnicas y económicas para sacar adelante un proyecto mucho más que ambicioso. Las riquezas de las arcas papales no eran suficientes para hacerse cargo del proyecto más faraónico de la historia de los obispos de Roma. Hasta que León X apretó el botón que todo lo podía hacer posible: quizás los papas no tenían suficiente dinero para hacer realidad su sueño de construir la iglesia más grande del mundo, pero sí que tenían a su disposición el único poder que todo lo podía hacer posible: la fe del pueblo.
De la decisión del pontífice, de la que hablaremos en el capítulo correspondiente, y que todo el mundo recuerda como el triste y escandaloso momento en el que el papa recibía dinero a cambio de vender el perdón de Dios a los fieles, se derivó el mayor cisma en el Occidente cristiano jamás visto, con el inicio de la Reforma protestante de Martín Lutero. Después de este hecho, Europa nunca volvería a ser la misma. El bisabuelo de León X, Cosimo de Medici, había dado a la catedral y a la ciudad de Florencia la más bella y más grande cúpula del momento (la espectacular cúpula de Brunelleschi). León, encarnando los sueños más imposibles de su familia como vicario de Cristo —así se titulaba a los pontífices medievales— en este mundo terrenal, había querido dar al orbe cristiano la casa de Dios más alta y espaciosa jamás vista. La nueva San Pedro del Vaticano. El precio que pagar fue mucho mayor que el presupuesto ilimitado propio de una octava maravilla del mundo. El programa faraónico del nuevo papado moderno contribuía a hacer más profundas las divisiones de una Iglesia en crisis. Y un nuevo cisma —y ya había habido unos cuantos en los quince siglos anteriores— nació. Pero las consecuencias de todo ello no hicieron reversible el curso de la historia del papado, que tendía a la afirmación de su autoridad, y que saldría de esta enésima crisis, décadas más tarde, con un poder reforzado en el que algunos han querido ver la oportunidad de una teología puesta al día y otros la hábil alianza de Roma con las técnicas políticas propias del absolutismo. El siglo xvi reajustará, sin embargo, el mensaje de la Iglesia romana. Este mensaje, en ningún caso nuevo, pero sí repetido con herramientas más fuertes y contundentes, será colocado en la cúpula de la basílica, encargada al polifacético Miguel Ángel —artista que se revelará clave en la fijación de la imagen de los papas de Roma en el siglo xvi. En la cúpula de San Pedro, que parece estar en suspensión, ligera, sobre el altar mayor ubicado encima del lugar tradicional de sepultura de Simón Pedro, los papas ordenarán grabar para siempre la siguiente inscripción, para que ninguno de sus sucesores, ni el pueblo fiel, se olviden de su significado: «Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam. Et portae inferi non praevalebunt adversus eam. Et tibi dabo claves regni caelorum.» Es el conocido pasaje del Evangelio de Mateo sobre el que se sustenta parte del origen de la Iglesia católica; de nuevo en versión de Jerónimo. Unas décadas más tarde, otro gran maestro que cinceló la imagen papal ya durante el Barroco, Gian Lorenzo Bernini, erigirá el actual trono papal, la cátedra de San Pedro, justo detrás del altar, dialogando con este, con la tumba del apóstol y con el versículo evangélico, y coronando así el lugar santo donde se sintetiza y se proyectan el significado e historia de la institución papal.
La historia de los papas de Roma es tan larga que no bastaría con varios volúmenes para abordarla. Con casi dos mil años de historia, el papado es, además de una institución, casi un fenómeno histórico que podríamos inscribir en la longue durée del gran historiador Fernand Braudel (que quizás lo inscribiría en la categoría de fenómeno ideológico). Tal y como escribió el maestro de tantos historiadores en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de FelipeII, la larga duración es «una historia casi inmóvil del hombre en sus relaciones con el medio que lo rodea; historia lenta en fluir, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados». También leyendo la historia de los obispos de Roma se pueden percibir muchas reiteraciones y ciclos que se abren, se cierran y parecen volver a empezar. Pero a pesar del alcance de esta cronología, es posible tratar el papado en una obra de síntesis y ensayo como pretende ser esta. Para hacerlo, no nos hemos limitado a hacer una simple prosopografía de los diversos pontífices —aunque el lector encontrará una secuencia habitual de presentación—, sino que hemos enmarcado los acontecimientos que consideramos más relevantes y representativos en el largo fresco cronológico que ocupa el texto, interpretando corrientes históricas y etapas claramente delimitables. Sin ánimo de ser exhaustivos, porque el espacio no lo permite, sí hemos intentado que, aparte de hacer una historia que pueda ser leída también como un ensayo sobre las formas y concreciones del llamado poder espiritual, esta pueda funcionar como una obra de consulta en su materia. En este punto, y tratándose de una historia de los papas en lengua castellana, hemos considerado importante escribirla con una mirada, también, a algunos de los acontecimientos de la historia papal conectados con el devenir de los territorios de habla hispana, espacios donde el papado intervino de manera activa y en momentos clave de su historia.
El papado, la dignidad del obispo de Roma, el jefe de la Iglesia católica, es quizás —junto con la casa imperial japonesa— la institución vigente más antigua del mundo. Esta larga duración hace que siempre sea un reto reconstruir su historia. En las épocas más lejanas las fuentes escasean y el peso de la tradición se impone; en las más modernas y recientes, los documentos están en tan vasta cantidad que se nos hace arduo sumergirnos en ellos.
Pero, más allá de la complejidad, la naturaleza y misión de esta institución es sencilla, lo que explica que —gracias a la abundancia de fuentes y la fortuna de la historiografía eclesial— podamos escribir una obra relativamente breve como esta: la Iglesia y el papado son, en su concreción histórica, una institución humana con una finalidad trascendente. Este es el hilo rojo que conecta las figuras y actuaciones personales y colectivas de personas tan diferentes como Simón Pedro, Gregorio I, Pío V o Francisco. Todos ellos forman parte de una misma tradición, modulada y transformada, esculpida por los vientos de la historia, pero, en esencia, una tradición. La etimología de iglesia es muy reveladora: en griego, la ekklēsía es la «asamblea».
Pero, en la tradición de los cristianos (sean católicos, ortodoxos, protestantes o de cualquier otra confesión cristiana), la Iglesia es también aquella asamblea del pueblo fundada por Dios a través de su encarnación, Jesucristo. La trascendencia. Como veremos, desde los primeros tiempos al frente de la asamblea hubo un líder, un obispo, y uno de estos obispos, radicado en Roma, terminó construyendo una primacía sobre el conjunto de las Iglesias (una constelación de asambleas alrededor del Mediterráneo) que durará siglos. Una larga y compleja tradición atribuyó al papa —el obispo de Roma— la misión de guiar al pueblo —la asamblea de fieles— y guiarlo con fidelidad a su dios a través de su magisterio (sus enseñanzas), juzgado, con el tiempo, inequívoco y, más tarde, infalible. Esta primacía en el hacer y en el pensar generará controversias que abordaremos más adelante. El impacto y el éxito del cristianismo serán tan grandes en el final de la Edad Antigua que su jefe principal, el papa —ya que había otros jefes principales, otros patriarcas—, acabará siendo una pieza clave de la estructura sociopolítica del Imperio romano, lo que le conferirá un poder temporal (con dimensión política y económica) que no siempre estará bien conciliado con el poder espiritual que es, en esencia, el fundamento y el sentido primero y último de la misión papal. Por eso hablamos de un diálogo, una lucha y una alianza —a menudo— entre la fe (siempre subjetiva, pero bien íntima para quien la posee) y el poder (objetivable en su construcción y sostenimiento). Esta es una historia apasionante que conviene volver a explicar al encontrarnos ante un actor histórico relevante —muy relevante— desde la Antigüedad y hasta el siglo xxi. Esta se empezó a gestar a fuego muy lento en la clandestinidad romana del siglo i.
En Roma comienza el papado pero, antes, las primeras comunidades cristianas nacieron en la actual Palestina, con la irrupción de la figura de Jesús de Nazaret, un judío del siglo i que desafió los fundamentos y tradiciones de la fe hebraica con un mensaje de radical solidaridad hacia los más necesitados y de amor al prójimo desde un testimonio personal de pobreza y sencillez. La figura de Jesús causó un grandísimo impacto en sus contemporáneos, y, particularmente, en las personas que, como Simón Pedro, un pescador de Galilea, dejaron atrás su vida, su pueblo y su gente para unirse a Jesús. Según se lee en la tradición de los evangelios —los textos que recogen la vida y obra de Jesús a la luz de la interpretación cristiana—, poco antes de morir, Jesús escogió personalmente a Pedro para encomendarle que, cuando él no estuviera, continuara guiando su ekklēsía. Siguiendo el Nuevo Testamento y la tradición cristiana, Pedro —tras dedicar el resto de su vida a fundar y a animar a las nuevas comunidades cristianas en Palestina y en todo el Imperio— murió mártir en la ciudad de Roma y, probablemente, fue enterrado en la colina del Vaticano. Sin embargo, hay que avanzar unos pocos años para poder definir con más claridad la primera formulación del papado.
¿Cómo y en qué momento el obispo de Roma se convirtió en el primero de los obispos de la cristiandad? Para explicar este proceso de afirmación de su auctoritas sobre el resto de Iglesias de la Edad Antigua, tanto en cuestiones eclesiales como de magisterio, hay que atar estrechamente la figura del obispo romano a la capitalidad del Imperio. Roma era el centro del mundo mediterráneo —caput mundi, como después revivirán los papas del Renacimiento y del Barroco— y la capital de un imperio muy bien organizado. Un imperio con una organización territorial y política muy eficiente y, para los estándares de la época, un buen sistema de comunicaciones, pilares sobre los que se apoyaría la difusión del cristianismo y después el afianzamiento de la Iglesia romana. Los obispos de Roma aspiraban a solapar su autoridad con el engranaje de centro-periferia de esta gran estructura geopolítica de la Antigüedad. El primer siglo de la era cristiana había sido dramático y a la vez esperanzador para los cristianos de Roma. Dramático por las persecuciones a las que se habían visto sometidos durante el reinado del emperador Nerón (54-68 d. C.) y por el precedente que esta represión había abierto para los dos siglos siguientes, y esperanzador porque la desaparición de muchos de los miembros de la comunidad, y sus muertes en condiciones muy violentas, no habían frenado la difusión de la nueva religión, que cada vez tenía más adeptos en la gran ciudad de Roma (con un millón de habitantes en ese momento) y una implantación de carácter interclasista.
En ese contexto encontramos la figura de Clemente de Roma, el primero de los papas históricos de esta sucesión: el hombre que abrió la puerta a la primacía del obispo de Roma sobre una Iglesia de pretensiones universales. Clemente I fue obispo de Roma entre los años 92 y 101. Sabemos que, en ese momento —las postrimerías del siglo i—, la figura del obispo de la capital imperial tenía cierta ascendencia sobre otras comunidades cristianas del Imperio por la carta que el propio Clemente escribió a los cristianos de la ciudad griega de Corinto. La llamada Primera epístola de Clemente a los corintios sitúa a este obispo como un verdadero sucesor a título apostólico de Pedro y, por supuesto, de Pablo, que habían escrito misivas a las comunidades cristianas que se habían fundado en la parte oriental del Imperio romano. El contenido de la carta revela hasta qué punto una comunidad muy alejada de Roma veía en su obispo un personaje mediador, ya que los cristianos de Corinto se habían visto sacudidos por una división interna por la destitución de varios sacerdotes. Los corintios pedían la opinión de Clemente de Roma para saber cómo actuar y así poder reconciliar la comunidad. Él respondió en virtud de su condición de referente en la sucesión de los apóstoles. El obispo de Roma actuaba como padre y rector de las Iglesias cristianas, pero aún no se titulaba como nada más: la carta la remitía «la Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto», manifestando, pues, una típica eclesiología del principio igualitario entre comunidades que eran hermanas. En esta tradición, que ha durado siglos, los obispos encabezan una Iglesia-comunidad de fieles y actúan como sucesores de los apóstoles, hermanos entre ellos, como hermanas eran estas Iglesias. Sin embargo, algunos de estos obispos de aquella Edad Antigua tenían una posición más preeminente. Eran los patriarcas, al frente de comunidades radicadas en ciudades de significación para los orígenes del cristianismo y, normalmente, grandes centros culturales y políticos: Roma, Alejandría, Antioquía, Jerusalén y, por último, Constantinopla (fundada en el siglo iv).
Antes, sin embargo, en el siglo i, Clemente desarrolló su labor en unas condiciones muy difíciles, de absoluta clandestinidad y, de hecho, según la tradición, fue procesado y deportado y finalmente murió mártir en Grecia. Pocos días después de conocerse la noticia en Roma, la comunidad cristiana, con sus sacerdotes y diáconos al frente, elegía —en un sistema electivo en ningún caso sistematizado, más cercano a una asamblea que a una votación parlamentaria— a su sucesor, Evaristo. Los papas de la época antigua fueron elegidos sin las formalidades que, como veremos, la elección papal tendrá a partir del segundo milenio.
Durante generaciones, los cristianos vivieron su fe en un clima de fuerte intolerancia religiosa. Como profesos en la fe de un único dios, de carácter universal y no nacional, los cristianos se negaban a adorar al emperador romano, por lo que las autoridades imperiales los veían como una amenaza para la pervivencia del sistema político imperial y sus tradiciones paganas. La cárcel y la muerte violenta, en algunos casos en espectáculos lúdicos con fieras en las arenas de los anfiteatros de todo el Imperio, no impidieron un avance imparable del número de conversiones a la religión de Cristo: al comenzar el siglo iv, la religión ya era prácticamente mayoritaria en el lado oriental del Imperio romano, pero también constituía una minoría religiosa significativa en ciertas partes de la mitad occidental, por ejemplo, en la provincia de la Tarraconense, en Hispania, donde Fructuoso de Tarraco dinamizó una comunidad cristiana muy importante en la actual Tarragona, ejerciendo como obispo de la ciudad-capital hispana. Murió el año 259, según se recoge en las Actas de los mártires —la principal fuente documental de este periodo de persecución cristiana en el Imperio—, quemado en una estaca en el anfiteatro de Tarraco, aún hoy en pie junto al mar, acompañado de otros miembros de la Iglesia tarraconense. A partir del siglo iii y principios del siglo iv se documentan diversas comunidades cristianas en la península ibérica: como Fructuoso en Tarragona, Melancio, obispo de Toledo, murió probablemente durante la persecución de Diocleciano. Sin embargo, ningún líder romano del siglo i o ii podría haber llegado a imaginar que esta pequeña secta de origen judío, como ellos la consideraban, llegaría a convertirse en un actor social (y político) de primer orden en el seno de la civilización romana.
El principal responsable de esta relevancia social y política fue, sin duda, el emperador Constantino I, uno de esos personajes de la historia que, fruto de decisiones muy personales (pero no tomadas a lo loco), revolucionó el orden establecido. Constantino el Grande llegó al poder con muchas dificultades, y supo consolidarlo apoyándose en la primera minoría religiosa que ya era mayoría en las provincias orientales del Imperio: los cristianos. El emperador sabía que el Imperio romano se encontraba al límite del colapso: el siglo iii, que la historiografía denomina el siglo de la anarquía militar, había sido un desastre, con decenas de emperadores sucediéndose, todos o casi todos ellos muriendo asesinados a manos de sus colaboradores o de la poderosa Guardia Pretoriana (el cuerpo de seguridad personal del emperador). A pesar de que, desde los tiempos de César Augusto, el emperador era venerado como si fuera un dios (mortal, sin embargo), el paganismo irreverente —y muy a menudo poco crédulo— de la sociedad romana había perdido el respeto a su figura. Constantino supo leer el momento histórico y renovó la auctoritas imperial vinculándola al influyente papel del cristianismo. En el año 313 tomó una decisión trascendental: mediante el Edicto de Milán, el emperador declaró la libertad de culto en su imperio. Los cristianos dejaban de ser perseguidos y, aún más, podían construir sus templos de manera pública y visible, acabando así con los cultos clandestinos en casas privadas o en las catacumbas de la ciudad de Roma. Silvestre I, papa entre los años 314 y 335, se convirtió en el primer obispo de Roma que no murió mártir. Más aún, el obispo se convirtió en un colaborador muy estrecho del emperador, que había tomado la determinación de ejercer su autoridad en materia religiosa.
En estos años clave de las primeras décadas del siglo iv se estaba forjando, en realidad, el cesaropapismo, un concepto que nos habla sobre el estrecho vínculo entre la Iglesia y el Estado, tema de inagotables debates y discusiones todavía hasta el día de hoy. Y es que la política religiosa de Constantino marcó para siempre el rumbo de la Iglesia romana, ligándola al poder político oficialmente establecido. El emperador, de hecho, quiso mucho más que una bienintencionada libertad de culto: adelantándose al futuro, el príncipe intuyó el triunfo inminente del cristianismo como religión principal del mundo mediterráneo y europeo (hasta la irrupción del islam en el siglo vii) y quiso regular su organización y, también, su doctrina. Veamos cómo: con la aquiescencia de los papas, que veían en la figura de este político un auténtico salvador de la fe cristiana —no así el riesgo de su politización—, arrancándola de las sombras de la clandestinidad para resituarla en el centro de la vida pública romana, Constantino se erigió en árbitro religioso. Si el cristianismo era reconocido, el emperador bien tenía algo que decir. Con este propósito regulador, Constantino convocó el primer concilio ecuménico de la Iglesia, la reunión de los obispos de toda la cristiandad para discutir sobre la fe y la doctrina. Esta reunión tuvo lugar en el año 325 en la ciudad de Nicea, en la actual Turquía, cerca de Constantinopla, la ciudad que el emperador acababa de fundar y que había decidido que sería la capital de la parte oriental del Imperio, tomando su propio nombre. Hay que tener en cuenta que, en los primeros siglos del cristianismo, las interpretaciones y vivencias de la fe en Cristo estaban muy diversificadas y que había muchos enfrentamientos sobre cuestiones que afectaban a la propia esencia doctrinal: era una religión en gestación. Las enseñanzas de Jesucristo eran claras (su magisterio sobre el amor, el perdón y la compasión había quedado escrito en los evangelios), pero a partir de ahí se abrían debates muy polémicos: ¿quién era Jesús? ¿Un hombre? ¿Un dios? ¿Ambas cosas a la vez? Las peleas por estas cuestiones a menudo llegaban a las manos. Constantino quiso poner paz, pero también imponer su criterio, que era al mismo tiempo el de Silvestre I y que se resumiría en el credo de Nicea, la declaración dogmática que recogía los contenidos fundamentales de la fe cristiana y que el catolicismo ha mantenido desde entonces. Todo esto Constantino lo promovió sin ser, él mismo, cristiano —pero sí catecúmeno, bendecido por Silvestre I como persona en el camino de recibir las aguas bautismales—; el emperador no fue bautizado hasta poco antes de morir, en el año 337.
En aquel momento los papas ya sabían que habían ligado su suerte a la del Imperio. Constantino había cedido tierras y había hecho donaciones de las arcas imperiales para construir iglesias. De hecho, según la tradición, el obispo de Roma bautizó al emperador en la primera iglesia pública de la ciudad: San Juan de Letrán. Este espacio de la geografía cristiana es clave: Silvestre I consagró la basílica en el 324. El pontífice estaba dispuesto a hacer de Letrán el centro de una cristiandad universal. Esta sería (y es, de hecho) la catedral de Roma, la sede episcopal de la ciudad y, por tanto, el centro de la Iglesia romana. Durante siglos, los papas vivieron aquí, construyendo un palacio adyacente a la propia iglesia-basílica con oficinas y archivos desde donde gobernar su Iglesia. La primera de las iglesias, la catedral romana, el Letrán, no fue, sin embargo, la única empresa arquitectónica iniciada por Constantino. Silvestre también tenía interés en edificar una hermosa iglesia-basílica, luminosa y esbelta, en lo alto de la colina del Vaticano, lugar tradicional de la muerte y sepultura de san Pedro. En el año 326 se colocó la primera piedra de la basílica constantiniana, que fue un edificio genuino de la arquitectura romana del siglo iv hasta que, al comenzar el siglo xvi, fue derribada para erigir la nueva San Pedro del Vaticano, convirtiéndose esta última en el centro neurálgico de la cristiandad. Silvestre y sus colaboradores fijaron la disposición de los espacios, estableciendo así el canon espacial de lo que es y de lo que contiene una iglesia cristiana.
La basílica constantiniana del Vaticano es otro lugar protagonista en este —todavía— progresivo proceso de afirmación de la primacía de los papas. Durante siglos, la Iglesia romana creyó que en San Pedro del Vaticano había sucedido un hecho histórico para la historia papal y para su autoridad universal. Se decía que, poco antes de morir, Constantino había tomado la resolución de hacer testamento en favor del obispo de Roma. Así, mediante un decreto imperial —que todos conocerán después como la «donación de Constantino»—, el emperador daba en herencia al papa la ciudad de Roma, la provincia entera de Italia y las provincias occidentales del Imperio (desde Britania hasta África, pasando por la Galia e Hispania), de modo que ahora este sería el dueño. Aunque en el siglo xv, como veremos, un humanista italiano al servicio del rey aragonés Alfonso el Magnánimo descubrirá el carácter apócrifo de este documento, la falsa donación de Constantino será una prerrogativa papal clave para entender el arbitrio político que, durante la Edad Media, los obispos de Roma ejercerán sobre las monarquías de la Europa occidental, con un papel tutelar sobre los reinos feudatarios, vasallos (como en el caso de Aragón), del pontífice.
Es evidente que, durante el reinado de Constantino el Grande, de algún modo el papado se sometió al poder político, que, no obstante, aseguraba su pervivencia y la difusión de la fe cristiana. Otros emperadores jugarían un rol fundamental en el destino del cristianismo, como Teodosio I, que en el 380, con el Edicto de Tesalónica, hacía de la religión cristiana la única oficial del Imperio, expidiendo el acta de defunción del paganismo. Así, se produjo la muerte de Júpiter, Marte, Venus y toda la corte olímpica de dioses; y también el deceso de los cultos y rituales a dioses del hogar y figuras míticas de una cosmología agrícola milenaria. Pero la larga decadencia de la autoridad imperial de Roma reservó para los obispos de la Urbe un papel preponderante. Durante el reinado del emperador Teodosio también tuvo lugar uno de los primeros gestos que mostraban la preeminencia del obispo de Roma en cuestiones doctrinales y organizativas sobre la Iglesia occidental. Siricio, obispo entre los años 384 y 399, dirigió en el año 385 una extensa carta al obispo de Tarraco, Himerio, donde lo instruía en la resolución de los problemas de la Iglesia local tarraconense. Al mismo tiempo, le pedía hacer extensibles aquellas indicaciones al conjunto de todas las Iglesias de Hispania. Esta epístola es la primera decretal —una recopilación de decisiones y órdenes del pontífice— que conocemos, si bien podrían haber existido otras antes, y explican el papel que, ya a finales del siglo iv, los obispos de Roma se habían arrogado para sí mismos como guardianes de todas las Iglesias.
A finales del siglo iv y especialmente durante el siglo v, con la sucesiva entronización de príncipes débiles e influenciables, incapaces de hacer frente a la amenaza de los pueblos germánicos que estaban invadiendo las provincias romanas y que podían llegar hasta las mismas puertas de la capital imperial, el obispo de Roma se convirtió en una autoridad indiscutida. Cuando en el año 452 Atila, el líder de los hunos que ya había arrasado el norte de Italia, se dirigió hacia las murallas de la ciudad con el firme propósito de asolar también la capital imperial, solo las dotes diplomáticas del papa León I (400-461), que en el 440 había sido consagrado obispo de Roma, convencieron al caudillo de origen asiático para que no entrara en Roma. En ese momento la práctica totalidad de la capital era cristiana y, en una sociedad profundamente religiosa, el obispo ejercía una autoridad moral y política incontestable. Los romanos vieron en su cabeza espiritual un líder verdadero. Es un momento importante de la historia de la Iglesia de Roma, porque León se arrogó para sí el título de «vicario de Roma». Lo hacía porque nadie más le disputaba el poder en la ciudad: los emperadores —con un imperio ya definitivamente dividido entre Oriente y Occidente después del reinado de Teodosio— hacía años que preferían no residir en la capital imperial, más amantes de divertirse en su villa imperial de Rávena, lejos de la suciedad y el bullicio de Roma. Era el momento definitivo de la Iglesia: León I era el vicario de Roma y se convertía también en el primer obispo romano que firmaba como «papa». La primacía del papa era, entonces, un hecho consumado. Pero una primacía ¿sobre qué y sobre quién?
