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Hernando Colón dedicó los últimos años de su vida a elaborar la biografía de su padre y la historia de sus viajes. La Historia del almirante don Cristóbal Colón no se publicó en vida de Hernando Colón. El manuscrito pasó a María de Toledo, su cuñada, la esposa de Diego Colón. Más tarde Luis Colón (hijo de Diego) lo entregó al genovés Baliano de Fornari. Este lo llevó a Venecia, donde fue impreso en 1571, con el título de Historie del S. D. Fernando Colombo; nelle s'ha particolare et vere relatione della vita e de fatti dell'Almiraglio D. Christoforo Colombo suo padre. El retraso en su publicación se debió, probablemente, a las fuertes críticas que vertió hacia los españoles que participaron en las expediciones de conquista tras el viaje de su padre. La Historia del almirante don Cristóbal Colón contiene un relato detallado de las expediciones de Colón y del descubrimiento de América. Sin embargo, su principal interés radica en la información geográfica y antropológica que proporciona sobre las tierras americanas, extraída de los propios escritos del almirante. Es polémica la autenticidad de esta biografía de Cristóbal Colón. Unos historiadores defienden la autoría de Hernando y consideran sus inexactitudes históricas resultado de los despistes o fallos del traductor. Otros opinan, incluso, que no fue escrita por Hernando Colón.
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Seitenzahl: 559
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Hernando Colón
Historia del almirante don Cristóbal Colón
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Historia del almirante don Cristóbal Colón.
© 2024, Red ediciones.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-570-8.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-534-8.
ISBN ebook: 978-84-9953-170-0.
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Créditos 4
Brevísima presentación 19
La vida 19
El Almirante 19
Siendo yo hijo del Almirante 21
Capítulo I. De la patria, origen y nombre del Almirante Cristóbal Colón 23
Capítulo II. Quiénes fueron el padre y la madre del Almirante, y sus cualidades, y la falsa relación que un cierto Justiniano hace de su ejercicio antes que adquiriese el título de Almirante 27
Capítulo III. De la disposición de cuerpo del Almirante y de las ciencias que aprendió 33
Capítulo IV. De los ejercicios en que se ocupó el Almirante antes de venir a España 35
Capítulo V. De la venida del Almirante a España y de lo que le sucedió en Portugal, que fue la causa del descubrimiento que hizo de las Indias 39
Capítulo VI. La principal causa que movió al Almirante a creer que podía descubrir las Indias 43
Capítulo VII. La segunda causa que movió al Almirante a descubrir las Indias 47
Capítulo VIII. Carta de Paulo, físico florentino, al Almirante, acerca del descubrimiento de las Indias 51
Capítulo IX. La tercera causa y conjetura que en algún modo incitó al Almirante a descubrir las Indias 57
Capítulo X. Se demuestra ser falso que los españoles tuviesen antiguamente el dominio de las Indias, como Gonzalo Fernández de Oviedo se esfuerza en probar en sus Historias 63
Capítulo XI. Cómo el Almirante se indispuso con el rey de Portugal con motivo del descubrimiento que le ofreció de las Indias 73
Capítulo XII. Salida del Almirante de Portugal y pláticas que tuvo con los reyes católicos don Fernando y doña Isabel 77
Capítulo XIII. Cómo el Almirante, no quedando de acuerdo con el rey de Castilla, decidió marcharse a ofrecer a otro su empresa 81
Capítulo XIV. Cómo el Almirante volvió al campo de Santa Fe y se presentó a los reyes católicos, pero no llegó a convenio alguno con ellos 83
Capítulo XV. Cómo los reyes católicos mandaron volver al Almirante, y le concedieron cuanto pedía 85
Capítulo XVI. Cómo el Almirante armó tres carabelas para llevar a cabo la empresa de su descubrimiento 87
Capítulo XVII. Cómo el Almirante llegó a las Canarias y allí se proveyó completamente de todo lo que necesitaba 89
Capítulo XVIII. Cómo el Almirante salió de la isla de la Gran Canaria para seguir, o dar principio a su descubrimiento, y lo que le sucedió en el océano 93
Capítulo XIX. Cómo todos estaban muy atentos a los indicios que había en el mar, con deseo de llegar a tierra 97
Capítulo XX. Cómo la gente murmuraba con deseo de volverse, y viendo otras señales y demostraciones de tierra, caminó hacia ella con alegría 101
Capítulo XXI. Cómo no solo vieron los indicios y las señales anteriores, sino otros mejores, que les dieron algún ánimo 105
Capítulo XXII. Cómo el Almirante encontró la primera tierra, que fue una isla en el archipiélago llamado de los Lucayos 109
Capítulo XXIII. Cómo el Almirante salió a tierra y tomó posesión de aquélla en nombre de los reyes católicos 111
Capítulo XXIV. De la índole y costumbre de aquella gente, y de lo que el Almirante vio en la isla 113
Capítulo XXV. Cómo el Almirante salió de aquella isla y fue a ver otras 117
Capítulo XXVI. Cómo el Almirante pasó a otras islas que desde allí se veían 121
Capítulo XXVII. Cómo el Almirante descubrió la isla de Cuba, y lo que allí encontró 123
Capítulo XXVIII. Cómo volvieron los dos cristianos, y lo que contaron haber visto 125
Capítulo XXIX. Cómo el Almirante dejó de seguir la costa occidental de Cuba y se volvió por Oriente hacia La Española 129
Capítulo XXX. Cómo el Almirante volvió a seguir su camino hacia Oriente para ir a la Española, y separóse de su compañía uno de los navíos 131
Capítulo XXXI. Cómo el Almirante se dirigió a la Española, y lo que en ella vio 135
Capítulo XXXII. Cómo fue a las naves el rey principal de aquella isla, y la majestad con que iba 139
Capítulo XXXIII. Cómo el Almirante perdió su nave en unos bajos, por negligencia de los marineros, y el auxilio que le dio el rey de aquella isla 143
Capítulo XXXIV. Cómo el Almirante decidió fundar un pueblo en el paraje donde habitaba el mencionado rey, y le llamó Villa de la Navidad 147
Capítulo XXXV. Cómo el Almirante salió para Castilla, y halló la otra carabela con Pinzón 151
Capítulo XXXVI. Cómo en el golfo de Samaná, de la isla Española, se originó la primera contienda entre los indios y los cristianos 153
Capítulo XXXVII. Cómo el Almirante salió para Castilla, y por una gran tempestad se separó de su compañía la carabela Pinta 157
Capítulo XXXVIII. Cómo el Almirante llegó a las islas de los Azores, y los de la isla de Santa María le tomaron la barca con la gente 161
Capítulo XXXIX. Cómo el Almirante corrió otra tormenta, y al fin recuperó su gente con la barca 163
Capítulo XL. Cómo el Almirante salió de las islas de los Azores y llegó con temporal a Lisboa 167
Capítulo XLI. Cómo los de Lisboa iban a ver al Almirante, como a una maravilla, y luego fue a visitar al rey de Portugal 169
Capítulo XLII. Cómo el Almirante fue a la provincia de Cibao, donde encontró las minas de oro y labró el fuerte de Santo Tomás 173
Capítulo XLIII. Cómo se acordó que el Almirante volviese con gran armada a poblar la isla Española, y se logró del papa la aprobación de la conquista 177
Capítulo XLIV. Privilegios concedidos por los reyes católicos al Almirante 179
Capítulo XLV. Cómo el Almirante salió de Barcelona para Sevilla, y de Sevilla para la Española 187
Capítulo XLVI. Cómo el Almirante salió de la Gomera, y atravesando el océano halló las islas de los Caribes 189
Capítulo XLVII. Cómo el Almirante descubrió la isla de Guadalupe, y lo que en ella vio 191
Capítulo XLVIII. Cómo el Almirante salió de la isla de Guadalupe, y de algunas islas que halló en su camino 197
Capítulo XLIX. Cómo el Almirante llegó a la Española, donde supo la muerte de los cristianos 199
Capítulo L. Cómo el Almirante fue a la Villa de la Navidad, y la halló quemada y despoblada, y cómo se avistó con el rey Guacanagarí 201
Capítulo LI. Cómo el Almirante salió de la Navidad, y fue a poblar una villa que denominó la Isabela 205
Capítulo LII. Cómo el Almirante fue a la provincia de Cibao, donde encontró las minas de oro y labró el fuerte de Santo Tomás 209
Capítulo LIII. Cómo el Almirante volvió a la Isabela y halló que aquella tierra era muy fértil 213
Capítulo LIV. Cómo el Almirante dejó bien dispuestas las cosas de la isla y salió a descubrir la de Cuba, creyendo que era tierra firme 217
Capítulo LV. Cómo el Almirante descubrió la isla de Jamaica 219
Capítulo LVI. Cómo el Almirante volvió desde Jamaica a seguir la costa de Cuba, creyendo todavía que ésta era tierra firme 221
Capítulo LVII. Cómo el Almirante hubo grande fatiga y trabajo al navegar entre tan innumerables islas 225
Capítulo LVIII. Cómo el Almirante navegó hacia la isla Española 229
Capítulo LIX. De la grande hambre y los trabajos que padeció el Almirante con los suyos, y cómo volvió a Jamaica 233
Capítulo LX. Cómo el Almirante descubrió la parte meridional de la isla Española, hasta que volvió por Oriente a la villa de la Navidad 237
Capítulo LXI. Cómo el Almirante sometió la isla Española y lo que dispuso para sacar de ella utilidad 241
Capítulo LXII. De algunas cosas que se vieron en la isla Española, y de las costumbres, ceremonias y religión de los indios 247
I. De dónde proceden los indios y de qué manera 250
II. Cómo se separaron los hombres de las mujeres 251
III 251
IV 251
V. Cómo volvieron después las mujeres a la isla llamada Española, que antes llevaba el nombre de Haití, y así la llaman los habitantes de ella; anteriormente, ésta y las otras islas se llamaban Bohío 252
VI. Cómo Guahayona volvió a la mencionada Cauta, de donde había antes sacado a las mujeres 253
VII. Cómo hubo de nuevo mujeres en la isla de Haití, que ahora se llama la Española 254
VIII. Cómo hallaron medio de que fuesen mujeres 254
IX. Cómo cuentan que fue hecho el mar 255
X. Cómo los cuatro hijos gemelos de Itiba Cahubaba, que murió de parto, fueron juntos a coger la calabaza de Yaya, donde estaba su hijo Yayael, que se había convertido en peces, y ninguno se atrevió a tomarla sino Deminán Caracaracol, que la descolgó, y todos se hartaron de peces 255
XI. De lo que aconteció a los cuatro hermanos cuando iban huyendo de Yaya 256
XII. De lo que piensan acerca de andar vagando los muertos; cómo son éstos y lo que hacen 257
XIII. Del aspecto que dicen tener los muertos 257
XIV. De dónde procede esto, y lo que les hace estar en tal creencia 258
XV. De las observaciones de estos indios behiques, y cómo profesan la medicina, y enseñan a los indios, y en sus curas medicinales muchas veces se engañan 259
XVI. De lo que hacen dichos behiques 260
XVII. Cómo se engañan a veces estos médicos 262
XVIII. Cómo los parientes del muerto se vengan cuando han tenido respuesta por medio del hechizo de las bebidas 263
XIX. Cómo hacen y guardan los cemíes de madera o de piedra 264
XX. Del cemí Buya y Aiba, del que dicen que cuando hubo guerras lo quemaron, y después, lavándolo con el jugo de la yuca, le crecieron los brazos, le nacieron de nuevo los ojos y creció de cuerpo 266
XXI. Del cemí de Guamorete 266
XXII. De otro cemí que se llamaba Opiyelguobiran, que lo tenía un hombre principal de nombre Sababaniobabas, que tenía muchos vasallos a su mando 267
XXIII. De otro cemí llamado Guabancex 267
XXIV. Lo que creen de otro cemí que se llama Baraguabael 268
XXV. De las cosas que afirman haber dicho dos caciques principales de la isla Española; uno de ellos Cacibaquel, padre del mencionado Guarionex; el otro Guamanacoel 268
XXVI. De lo que aconteció con las imágenes, y del milagro que Dios hizo para mostrar su poder 273
Capítulo LXIII. Cómo el Almirante fue a España para dar cuenta a los reyes católicos del estado en que dejaba la isla Española 277
Capítulo LXIV. Cómo el Almirante salió de la isla de Guadalupe para ir a Castilla 281
Capítulo LXV. Cómo el Almirante llegó a la Corte, y la expedición que le encomendaron los reyes católicos para su vuelta a las Indias 285
Capítulo LXVI. Cómo el Almirante salió de Castilla y fue a descubrir la tierra firme de Paria 289
Capítulo LXVII. Cómo el Almirante salió de las islas de Cabo Verde a buscar la Tierra Firme; del gran calor que sufrió, y la claridad que daba el Norte 295
Capítulo LXVIII. Cómo el Almirante descubrió la isla de la Trinidad y vio la Tierra Firme 299
Capítulo LXIX. Cómo el Almirante fue al cabo del Arenal, y los de una canoa fueron para hablar con él 303
Capítulo LXX. Del peligro que corrieron los navíos al pasar por la Boca de la Sierpe; y cómo se descubrió Paria, que fue el primer hallazgo de Tierra Firme 305
Capítulo LXXI. Cómo en Paria se hallaron muestras de oro y perlas, y gente de buen trato 307
Capítulo LXXII. Cómo el Almirante salió para la Boca del Dragón y el peligro que corrió 311
Capítulo LXXIII. Cómo el Almirante fue desde Tierra Firme a la isla Española 313
Capítulo LXXIV. De la rebelión y alborotos que el Almirante halló en la Española promovidos por la maldad de Roldán, a quien había dejado por alcalde mayor 315
Capítulo LXXV. Cómo Roldán procuró sublevar la villa de la Concepción y entró a saco en la Isabela 319
Capítulo LXXVI. Cómo Roldán incitó a los indios del país contra el adelantado, y se fue con los suyos a Xaraguá 323
Capítulo LXXVII. Cómo llegaron navíos de Castilla con vituallas y socorros 327
Capítulo LXXVIII. Cómo los tres navíos que el Almirante mandó desde las Canarias llegaron donde estaba la sedición 329
Capítulo LXXIX. Cómo estos capitanes hallaron al Almirante en Santo Domingo 333
Capítulo LXXX. Cómo Roldán fue a ver al Almirante, y no llegó a ningún acuerdo con éste 339
Capítulo LXXXI. El convenio que se hizo entre el Almirante, Roldán y los rebeldes 341
Capítulo LXXXII. Cómo después del ajuste fueron los rebeldes a Xaraguá, diciendo que iban a embarcarse en las dos naves que enviase el Almirante 345
Capítulo LXXXIII. Cómo los rebeldes mudaron de propósito en el ir a Castilla, e hicieron nuevo convenio con el Almirante 347
Capítulo LXXXIV. Cómo vuelto Ojeda de su descubrimiento, causó nuevos alborotos en la Española 351
Capítulo LXXXV. Cómo por informaciones falsas y fingidas quejas de algunos, enviaron los reyes católicos un juez a las Indias, para saber lo que pasaba 357
Capítulo LXXXVI. Cómo el Almirante fue preso y enviado a Castilla con grillos, juntamente con sus hermanos 361
Capítulo LXXXVII. Cómo el Almirante fue a la Corte a dar cuenta de sí a los reyes católicos 365
Capítulo LXXXVIII. Cómo el Almirante salió de Granada para ir a Sevilla y hacer la armada necesaria para su descubrimiento 369
Capítulo LXXXIX. Cómo el Almirante salió de la Española, siguiendo su viaje, y descubrió las islas Guanajas 373
Capítulo XC. Cómo el Almirante no quiso ir a Nueva España, sino continuar hacia Oriente, en busca de Veragua y el estrecho de Tierra Firme 379
Capítulo XCI. Cómo el Almirante fue por la costa de Oreja hacia el Cabo de Gracias a Dios, llegó a Cariay, y lo que vio e hizo allí 383
Capítulo XCII. Cómo el Almirante partió de Cariay, fue a Cerabaró y Veragua, y navegó hasta que llegó a Portobelo, cuyo viaje fue por costa muy provechosa 389
Capítulo XCIII. Cómo el Almirante llegó a Puerto de Bastimentos y al de Nombre de Dios, y navegó hasta que entró en el del Retrete 393
Capítulo XCIV. Cómo por la fuerza de los temporales volvió el Almirante hacia Poniente para saber de las minas e informarse de Veragua 397
Capítulo XCV. Cómo el Almirante entró con sus navíos en el río de Belén y determinó edificar allí un pueblo, y dejar en él al adelantado, su hermano 403
Capítulo XCVI. Cómo el adelantado visitó algunos pueblos de la provincia y las cosas y costumbres de los indios de aquella tierra 407
Capítulo XCVII. Cómo para seguridad del pueblo de los cristianos fue preso el Quibio, con muchos indios principales, y cómo huyó por negligencia de los que le guardaban 411
Capítulo XCVIII. Cómo habiendo salido el Almirante para Castilla asaltó Quibio el pueblo de los cristianos, en cuyo combate hubo muchos muertos y heridos 415
Capítulo XCIX. Cómo huyeron los indios que estaban presos en las naves, y el Almirante supo de la derrota de los de tierra 421
Capítulo C. Cómo el Almirante recogió la gente que había dejado en Belén, y después navegamos a Jamaica 425
Capítulo CI. Cómo el Almirante envió con canoas, desde Jamaica a la Española, a dar aviso de que estaba allí perdido con su gente 429
Capítulo CII. Cómo los Porras, con gran parte de la gente, se rebelaron contra el Almirante diciendo que se iban a Castilla 433
Capítulo CIII. De lo que hizo el Almirante después que los rebeldes partieron a la Española, y de su ingenio para valerse de un eclipse 439
Capítulo CIV. Cómo entre los que habían quedado con el Almirante se levantó otra conjuración, la que se apaciguó con la venida de una carabela de la isla Española 443
Capítulo CV. Cómo se supo lo acontecido en su viaje a Diego Méndez y a Fiesco 445
Capítulo CVI. Cómo los rebeldes volvieron contra el Almirante, y no quisieron entrar en ajuste alguno 449
Capítulo CVII. Cómo llegados los rebeldes cerca de los navíos, salió el adelantado a darles batalla, y los venció, prendiendo a su capitán Porras 451
Capítulo CVIII. Y último. Cómo el Almirante pasó a la Española, y de allí a Castilla, donde fue a Nuestro Señor servido de llevarle a su Santa Gloria en Valladolid 455
Libros a la carta 461
Hernando o Fernando Colón (Córdoba, 1488-Sevilla, 1539). España.
Hijo de Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez de Arana, hermanastro de Diego Colón. Acompañó a Carlos I de España en algunos de sus viajes y a su padre en el último que realizó a América.
Hernando Colón fue el segundo hijo de Cristóbal Colón. Nació en Córdoba y durante su vida ejerció de paje, viajero, cosmógrafo, matemático, historiador, biógrafo y abogado de la causa de su padre.
Interesado por la cultura y el pensamiento de su época, Hernando Colon dedicó su tiempo y su fortuna a reunir una de las más grandes bibliotecas del Renacimiento. Así, entre 1509 y 1539 recorrió gran parte de Europa buscando obras impresas y manuscritas para su colección, una biblioteca de corte universal que sirviese de instrumento de trabajo a los estudiosos e investigadores.
Su biblioteca llegó a alcanzar los 15.000 volúmenes, de los cuales solo ha llegado hasta nosotros una quinta parte, entre ellos 1.250 incunables y 636 manuscritos.
La Historia del almirante no se publicó en vida de Hernando Colón, el manuscrito pasó a María de Toledo, su cuñada, esposa de Diego Colón. Luego Luis Colón (hijo de Diego) lo entregó al genovés Baliano de Fornari. Este lo llevó a Venecia, donde fue impreso en 1571, con el título de Historie del S. D. Fernando Colombo; nelle s’ha particolare et vere relatione della vita e de fatti dell’Almiraglio D. Christoforo Colombo suo padre.
Hay dudas sobre la autenticidad de la obra. Antonio Romeu de Armas ha afirmado que el relato de los viajes es veraz pero que la biografía es falsa. En su opinión el manuscrito de Hernando solo contenía el relato de los viajes y la biografía fue añadida después por un desconocido. Otros historiadores defienden la autoría de Hernando y justifican los errores como despistes o fallos del traductor; otros opinan, incluso, que no fue escrita por Hernando Colón.
Siendo yo hijo del Almirante don Cristóbal Colón, varón digno de eterna memoria, que descubrió las Indias Occidentales, y habiendo navegado con él algún tiempo, parecía que, entre las demás cosas que he escrito, debía ser una y la principal su vida y el maravilloso descubrimiento que del Nuevo Mundo y de las Indias hizo; pues los ásperos y continuos trabajos y la enfermedad que sufrió, no le dieron tiempo para convertir sus memorias en Historia. Yo me apartaba de esta empresa sabiendo que otros muchos la habían intentado; pero leyendo sus obras, hallé lo que suele acontecer en la mayor parte de los historiadores, los cuales engrandecen o disminuyen algunas cosas, o callan lo que justamente debían escribir con mucha particularidad. Mas yo determiné tomar a mi cargo el empeño y fatiga de esta obra, creyendo será mejor para mí tolerar lo que quisiere decirse contra mi estilo y atrevimiento, que dejar sepultada la verdad de lo que pertenece a varón tan ilustre, pues puedo consolarme con que si en esta obra mía se hallare algún defecto, no será el que padecen la mayor parte de los historiadores, que es la poca e incierta verdad de lo que escriben. Por lo cual, solamente de los escritos y cartas que quedaron del mismo Almirante, y de lo que yo vi, estando presente, recogeré lo que pertenece a su vida e historia; y si sospechase alguno que añado algo de mi paño, esté cierto que de esto no podía seguírseme ninguna utilidad en la otra vida, y que si diese algún fruto mi trabajo, gozarán de él solamente los lectores.
Por cuanto una de las cosas principales que se requiere a la historia de todo hombre cuerdo, es que se sepa su patria y origen, porque suelen ser más estimados aquellos que proceden de grandes ciudades y de generosos ascendientes, algunos querían que yo me ocupase en declarar y decir cómo el Almirante procedió de sangre ilustre, aunque sus padres, por mala fortuna, hubiesen venido a grande necesidad y pobreza, y que hubiese mostrado cómo procedían de aquel Colón, de quien Cornelio Tácito, en el principio del duodécimo libro de su obra, dice que llevó preso a Roma al rey Mitridates, por lo cual, dice que a Colón fueron dados, al pueblo, las dignidades Consulares y las Aguilas, y tribunal o tienda Consular; y querían que yo hiciese gran cuenta de aquellos dos ilustres Colones sus parientes, de quienes el Sabélico escribe una grande victoria contra venecianos alcanzada, según en el quinto capítulo por nos se dirá; pero yo me retiré deste trabajo, creyendo que él hubiese sido elegido de Nuestro Señor para una cosa tan grande como la que hizo; y porque había de ser así verdadero Apóstol suyo, cuanto en efecto fue, quiso que en este caso imitase a los otros, los cuales, para publicar su nombre, los eligió [Cristo] del mar y de la ribera, y no ya de altezas y palacios, y que al mismo imitase, que siendo sus antecesores de la sangre Real de Jerusalén, tuvo por bien que sus padres fuesen menos conocidos.
De manera que cuan apta fue su persona y dotada de todo aquello que para cosa tan grande convenía, tanto más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos. Por lo cual, algunos, que en cierta manera piensan oscurecer su fama, dicen que fue de Nervi; otros, que de Cugureo, y otros de Buyasco, que todos son lugares pequeños, cerca de la ciudad de Génova y en su misma ribera; y otros, que quieren engrandecerle más, dicen que era de Savona, y otros que genovés; y aun los que más le suben a la cumbre, le hacen de Plasencia, en la cual ciudad hay algunas personas honradas de su familia, y sepulturas con armas y epitafios de Colombo, porque en efecto éste era ya el sobrenombre, o apellido de sus mayores, aunque él, conforme a la patria donde fue a morar y a comenzar nuevo estado, limóle el vocablo para que se conformase con el antiguo, y distinguió aquellos que de él procedieron, de todos los otros que eran colaterales, y así se llamó Colón. Considerado esto, me moví a creer que así como la mayor parte de sus cosas fueron obradas por algún misterio, así aquello que toca a la variedad de tal nombre y apellido no fue sin misterio. Muchos nombres podríamos traer por ejemplo, que no sin causa oculta fueron puestos para indicio del efecto que había de suceder, como aquello que toca al que fue pronosticado, la maravilla y novedad de lo que hizo; porque si miramos al común apellido o sobrenombre de sus mayores, diremos que verdaderamente fue Colombo, o Palomo, en cuanto trajo la gracia del Espíritu Santo a aquel Nuevo Mundo que él descubrió, mostrando, según que en bautismo de San Juan Bautista el Espíritu Santo en figura de paloma mostró que era el hijo amado de Dios, que allí no se conocía; y porque sobre las aguas del océano también llevó, como la paloma de Noé, oliva, y el óleo del Bautismo, por la unión y paz que aquellas gentes con la Iglesia habían de tener, pues estaban encerrados en el arca de las tinieblas y confusión; por consiguiente, le vino a propósito el sobrenombre de Colón, que él volvió a renovar, porque en griego quiere decir miembro, porque siendo su propio nombre Cristóbal, se supiese de auténtico, es a saber, de Cristo, por quien para la salud de aquellas gentes había de ser enviado; y luego, si queremos reducir su nombre a la pronunciación latina, que es Christophorus Colonus, diremos que así como se dice que San Cristóbal tuvo aquel nombre porque pasaba a Cristo por la profundidad de las aguas con tanto peligro, por lo cual fue llamado Cristóbal, y así como llevaba y traía a las gentes, las cuales otra persona no fuera bastante para pasarlos, así el Almirante, que fue Cristóbal Colón, pidiendo a Cristo su ayuda y que le favoreciese en aquel peligro de su pasaje, pasó él y sus ministros, para que fueran aquellas gentes indianas colonos y moradores de la Iglesia triunfante de los cielos; pues es bien de creer que muchas almas, las cuales Satanás esperaba haber de gozar, no habiendo quien las pasase por aquella agua del Bautismo, hayan sido hechas por él colonos o ciudadanos y moradores de la eterna gloria del Paraíso.
Dejando ahora la etimología o derivación y significación del nombre del Almirante, y volviendo a las calidades y personas de sus padres, digo que, si bien ellos fueron buenos en virtud, habiendo sido por ocasión de las guerras y parcialidades y pobreza, no hallo qué forma vieron y moraron, aunque el dicho Almirante diga en una carta que su trato y el de sus mayores, fue siempre por mar, y para certificarme mejor, pasando yo por Cuguero, procuré tener información de dos hermanos Colombos que eran los más ricos de aquel lugar, y se decía que eran algo deudos suyos; pero porque el menos viejo pasaba de los cien años, no supieron darme noticia de esto; ni creo que por esta ocasión es de menos gloria a nosotros que procedemos de su sangre; y porque tengo yo por mejor que toda la gloria venga a nosotros de la persona del, que el ir buscando si su padre fue mercader, o si iba a caza con halcones, porque de los tales hubo siempre mil en todo lugar cuya memoria al tercero día entre sus mismos vecinos y deudos se fue de corrida y pereció, sin que se sepa si fueron vivos, y por esto estimo yo que menos me puede ilustrar su lustre y nobleza que la gloria que me viene de un tal padre; y pues por sus claros hechos no tuvo necesidad de riquezas de sus predecesores, las cuales, como también la pobreza, no son ruedas de la virtud, sino de la fortuna, a lo menos, por su alto nombre y valor debía ser, al tratar de su profesión los escritores, quitado fuera de mecánicos y de aquellos que ejercitan artes de manos. Lo cual, empero, queriendo alguno afirmar, fundado sobre lo que escribe un cierto Agustín Justiniano en una crónica suya, digo que yo no me pondré en otra manera a negar esto, pidiendo término y manera para probar con testigos lo contrario, porque así como para claridad y verificación de una cosa que hoy en día no es en memoria de hombres, no hace fe, ni es Evangelio, lo que dello escribe el Justiniano, así como tampoco haría fe que yo dijese haber entendido de mil personas lo contrario; no quiero mostrar su falsedad con las historias de los otros que de don Cristóbal han escrito, sino con las escrituras y testimonio de este mismo autor, en quien se verifica aquel proverbio que dice que el mentiroso tiene necesidad de memoria, porque si le falta se contradirá a lo que antes dijo y afirmó, como en este caso hizo el Justiniano, diciendo en una su comparación de las cuatro lenguas, sobre el Salterio, en aquel verso: En toda la tierra salió su sonido, estas palabras: «este Cristóbal Colombo, habiendo sido en sus tiernos años enseñado o aprendido los principios de las letras, después que fue de edad crecida se dio al arte de navegar y se fue a Lisboa en Portugal, donde enseñó la Cosmografía, y allí le fue enseñada de un hermano suyo que hacía cartas de marear; con lo cual y lo que trataba con los que iban a San Jorge de la Mina de Portugal en África, y con lo que él había leído en los cosmógrafos, pensó de poder ir a esas partes y tierras que descubrió»; por las cuales palabras es cosa manifiesta que no ejercitó el arte mecánica o de manos, pues dice que empleó la niñez o juventud en estudiar letras, y la mocedad en la navegación y Cosmografía, y su mayor edad en descubrir tierras; de manera que el mismo Justiniano se convence de falso historiador, y se hace conocer por inconsiderado o parcial y maligno compatriota, porque hablando él de una persona señalada y que dio tanta honra a la patria de quien el mismo Justiniano se hizo cronista y escritor de sus historias, aunque los padres del Almirante hubieran sido personas viles, era cosa más honesta que él hablase de su origen con aquellas palabras que otros autores en tal caso usan, diciendo nacido en lugar humilde, o de padres pobres, que poner palabras injuriosas, como él las puso en el dicho Salterio, repitiéndolas después en su Crónica, llamándole falsamente artesano, que aunque no se hubiera contradicho, la misma razón manifestaba que un hombre el cual en algún arte manual o ministerio hubiese sido ocupado, había de nacer y ocuparse en él para enseñarlo perfectamente, y que no hubiera él andado peregrinando desde su mocedad por tantas tierras, como tampoco habría aprendido tantas letras ni tanta ciencia cuantas sus obras muestran que tuvo, especialmente en las cuatro ciencias más principales que se requieren para hacer lo que él hizo, que son Astrología, Cosmografía, Geometría y Navegación; pero no hay de qué maravillar que el Justiniano, en este caso, que es culto, se atreva a no decir la verdad, pues en las cosas muy claras de su descubrimiento y navegación, en media hoja de papel que en el dicho Salterio escribió, puso más de doce mentiras, las cuales tocaré con brevedad, no alargándome en darle respuesta, por no interrumpir el hilo de la historia, pues por el curso della y por lo que otros escriben desto se comprobará la falsedad de lo que él dijo.
La primera, pues, es que el Almirante fue a Lisboa a aprender la Cosmografía de un hermano suyo que allí tenía, lo cual es al contrario, porque residía él en la dicha ciudad antes, y enseñó él al hermano lo que supo. La segunda falsedad es que como primero vino él a Castilla, aceptaron los católicos reyes Fernando e Isabel su propuesta, después de siete años que por él les fue hecha, huyéndola todos. La tercera falsedad es que él fue a descubrir con dos navíos, lo cual no es así, porque fueron tres carabelas las que él llevó. La cuarta, que la primera isla por él descubierta fue la Española, y no fue sino Guanahani, la cual llamó el Almirante San Salvador. La quinta falsedad es que la misma Isla Española era de caníbales, hombres que comían carne humana, y la verdad es que los moradores que allí fueron hallados fue la mejor gente y más llana que en aquellas parte se hallase. La sexta falsedad es que tomó peleando la primera canoa o barca de los indios que vio, y en contrario se halla que no tuvo guerra en aquel primer viaje con indio ninguno, antes tuvo amistad y estuvo en paz con ellos hasta el día de su partida de la Española. La séptima falsedad es que volvió por las islas Canarias, el cual viaje no es propio de la vuelta de aquellos navíos. La octava cosa falsa es que desde aquella Isla despachó un mensajero a los sobredichos serenísimos reyes, y es verdad que él, como ya se ha dicho, no se llegó antes a ella, y fue él mismo mensajero. La nona cosa falsamente escrita es que en el segundo viaje volvió él con doce naos, y está claro que fueron diecisiete. Y la décima mentira es que él llegó a la Española en veinte días, el cual espacio de tiempo es brevísimo para llegar a las primeras islas, y no fue a ellas en dos meses, y fue a las otras mucho antes. La undécima, que súbitamente arribó a la Española con dos navíos, cuando sabemos que fueron tres los que él llevó para ir a Cuba desde la Española. La duodécima falsedad escrita de Justiniano es que la Española se diferencia cuatro horas de España, y el Almirante cuenta más de cinco. Y demás desto, para añadir a las doce, la décimotercera dice que el fin occidental de Cuba dista seis horas de la Española, poniendo más camino de la Española a Cuba del que hay de España a la Española. De manera que de la poca diligencia y cuidado que usó en informarse y escribir la verdad de lo que pertenece a estas cosas tan claras, se puede conocer cómo también se haya informado de aquello que tan escondido estaba, y así él mismo se contradice, según se ha visto. Pero dejando esta diferencia aparte, con la cual pienso haber ya cansado a los lectores, diremos solamente que por los muchos errores y falsedad que en la dicha historia y en el Salterio de Justiniano se hallan, la Señoría de Génova, considerada la falsedad de su escrito, ha puesto pena a aquellos que la tuvieren o leyeren, y con gran diligencia ha enviado a buscarla en todas partes donde se ha enviado, para que por público decreto sea cancelada y extinta; pero yo volveré a nuestro intento principal, concluyendo con decir que el Almirante fue hombre de letras y de grande experiencia, y que no gastó el tiempo en cosas manuales, ni en arte mecánica, como la grandeza y perpetuidad de sus maravillosos hechos lo requerían, y daré fin a este capítulo con lo que él escribió en una carta suya al ama del príncipe don Juan de Castilla, con tales palabras: «Yo no soy el primer Almirante de mi familia; pónganme, pues, el nombre que quisieren, que al fin David, rey sapientísimo, fue guarda de ovejas, y después fue hecho rey de Jerusalén, y yo siervo soy de aquel mismo Señor que le puso a él en tal estado».
Fue el Almirante hombre de bien formada y más que mediana estatura; la cara larga, las mejillas un poco altas; sin declinar a gordo o macilento; la nariz aguileña, los ojos garzos; la color blanca, de rojo encendido; en su mocedad tuvo el cabello rubio, pero de treinta años ya le tenía blanco. En el comer y beber y en el adorno de su persona era muy modesto y continente; afable en la conversación con los extraños, y con los de casa muy agradable, con modesta y suave gravedad. Fue tan observante de las cosas de la religión, que en los ayunos y en rezar el Oficio divino, pudiera ser tenido por profeso en religión; tan enemigo de juramentos y blasfemias, que yo juro que jamás le vi echar otro juramento que «por San Fernando» y cuando se hallaba más irritado con alguno, era su reprensión decirle: «do vos a Dios, ¿porque hiciste esto o dijiste aquello?»; si alguna vez tenía que escribir, no probaba la pluma sin escribir estas palabras: Jesús cum María, sit nobis in via; y con tan buena letra que solo con aquello podía ganarse el pan.
Dejando otras particularidades que en el contexto de la historia podrían ser escritas a su tiempo, pasaremos a contar las ciencias a que más se aplicó, y diré que siendo de pocos años aprendió las letras y estudió en Pavía lo que le bastó para entender los cosmógrafos, a cuya lección fue muy aficionado, y por cuyo respeto se entregó también a la astrología y geometría; porque tienen estas ciencias tal conexión entre sí, que no puede estar la una sin la otra, y aun Tolomeo en el principio de su Cosmografía, dice que ninguno puede ser buen cosmógrafo, si también no fuere pintor. Supo también hacer diseños para plantar las tierras y fijar los cuerpos cosmográficos en plano y redondo.
Teniendo el Almirante conocimiento de estas ciencias, empezó a atender al mar y hacer algunos viajes a Levante y a Poniente, de los cuales, y otras muchas cosas de sus primeros años, no tengo bastante noticia, porque murió cuando yo no tenía atrevimiento o práctica para preguntárselo, por el respeto de hijo, o para hablar con más brevedad, porque entonces, como muchacho, me hallaba yo muy lejos del pensamiento de escribirlo; pero en una carta que escribió a los reyes católicos el año de 1501, a los cuales no podría contar sino aquello que fuese verdad, dice las palabras siguientes:
«Muy altos reyes: De muy pequeña edad entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy; la misma arte inclina, a quien la prosigue, a desear saber los secretos deste mundo; ya pasan de cuarenta años que yo soy en este uso. Todo lo que hasta hoy se navega he andado. Trato y conversación he tenido con gente sabia, eclesiásticos y seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con otros muchos de otras sectas; a este mi deseo hallé a Nuestro Señor muy propio, y hube del para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo abundoso; de Astrología me dio lo que abastaba, y así de Geometría y Aritmética, e ingenio en el ánima y manos para dibujar esta espera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver todas escrituras, Cosmografía, historias, crónicas y Filosofía y de otras artes, de forma que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable, a que era hacedero navegar de aquí a las Indias, y me abrasó la voluntad para la ejecución dello, y con este fuego vine a vuestras altezas. Todos aquellos que supieron de mi empresa, con risa y burlando la negaban; todas las ciencias que dije no aprovecharon, ni las autoridades dellas; en solo vuestras altezas quedó la fe y constancia.»
En otra carta que escribió a los reyes católicos en el mes de enero del año 1495, desde la Española, contando las variedades y errores que suelen hallarse en las derrotas y los pilotajes, dice:
«A mí acaeció, que el rey Reynel, que Dios tiene, me envió a Túnez, para prender la galeaza Fernandina, y estando ya sobre la isla de San Pedro, en Cerdeña, me dijo una saetía que estaban con la dicha galeaza dos naos y una carraca; por lo cual se alteró la gente que iba conmigo, y determinaron de no seguir el viaje, salvo de se volver a Marsella por otra nao y más gente. Yo, visto que no podía sin algún arte forzar su voluntad, otorgué su demanda, y mudando el cebo del aguja, di la vela al tiempo que anochecía, y, otro día, al salir el Sol, estábamos dentro del cabo de Cartagine, tenido todos ellos por cierto que íbamos a Marsella.»
Asimismo en una Memoria o anotación que hizo, mostrando ser habitables todas las cinco zonas, probándolo con la experiencia de las navegaciones, dice:
«Yo navegué el año de 477, en el mes de febrero, ultra Tile, isla, 100 leguas, cuya parte austral dista del equinoccial setenta y tres grados, y no sesenta y tres, como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el Occidente, como dice Tolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercadería, especialmente los de Bristol, y al tiempo que yo a ella fui, no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces al día subía veinticinco brazas, y descendía otras tantas en altura.»
Verdad es que Tile, de quien Tolomeo hace mención, está en el sitio donde dice y hoy se llama Frislanda; y más adelante, probando que la equinoccial es habitable, también dice: «Yo estuve en el castillo de San Jorge de la Mina del rey de Portugal, que está debajo de la equinoccial, y soy buen testigo de que no es inhabitable, como quieren algunos»; y en el libro del primer viaje, dice «que vio algunas sirenas en la costa de la Manegueta, aunque no eran tan semejantes a las mujeres como las pintan»; y en otro lugar, dice: «Navegando muchas veces desde Lisboa a Guinea, consideré diligentemente, que el grado corresponde en la tierra a 56 millas y dos tercios»; y más adelante dice que en Chios, isla del Archipiélago, vio sacar almástiga de algunos árboles; y en otra parte dice: «Veintitrés años he andado por el mar sin salir de él por tiempo que deba descontarse; vi todo el Levante, y todo el Poniente que se cree por navegar hacia el Septentrión, esto es, Inglaterra, y he navegado a Guinea. Pero en ninguna parte he visto tan buenos puertos como estos de la tierra de las Indias»; y más adelante, afirma que empezó a navegar de catorce años, y que siempre siguió el mar. Y en el libro del segundo viaje, dice: «Yo me he hallado traer dos naos y dejar la una en el Puerto Santo a hacer un poco, en que se detuvo un día, y yo llegué a Lisboa ocho días antes que ella, porque yo llevé tormenta de viento de Sudoeste, y ella no sintió sino poco viento Nornordeste, que es contrario».
De manera que de estas autoridades, o testimonios, podemos entender cuán experimentado fue el Almirante en las cosas del mar, y las muchas tierras y lugares por los que anduvo antes que se metiese en la empresa de su descubrimiento.
Cuanto al principio y motivo de la venida del Almirante a España, y de haberse él dado a las cosas de la mar, fue causa un hombre señalado de su nombre y familia, llamado Colombo, muy nombrado por la mar por causa de la armada que él traía contra los infieles, y también por causa de su patria, tal que con su nombre espantaban a los niños en la cuna; cuya persona y armada es de creer que fuesen muy grandes, pues que una vez tomó cuatro galeras gruesas venecianas, cuya grandeza y fortaleza no habría creído sino quien las hubiese visto armadas. Este fue llamado Colombo el Mozo, a diferencia de otro que antes había sido gran hombre por la mar. Del cual Colombo el Mozo escribe Marco Antonio Sabélico, que ha sido otro Tito Livio en nuestros tiempos, en el libro VIII de la décima Década, que cerca del tiempo en que Maximiliano, hijo de Federico III emperador, fue electo rey de Romanos, fue enviado desde Venecia a Portugal, por embajador Jerónimo Donato, para que en nombre público de aquella Señoría diese gracias al rey don Juan el Segundo, porque él había vestido y socorrido a toda la chusma y hombres de las dichas galeras gruesas que volvían de Flandes, dándoles ayuda con que pudiesen tornar a Venecia; porque aconteció que ellos habían sido vencidos cerca de Lisboa por Colombo el Mozo, corsario famoso, que los había despojado y echado en tierra. De la cual autoridad, siendo de un hombre tan grave como fue el Sabélico, se puede comprender la pasión del susodicho Justiniano, pues que en su historia no hizo mención della, para que no se supiese que la familia de los Colombos no era tan baja como él decía. Y si, en fin, calló esto por ignorancia, también es digno de reprensión, por haberse puesto a escribir las historias de su patria, y dejado una victoria tan notable de que los mismos enemigos hacen mención, pues que el historiador contrario hace tanto caudal della, que dice que por eso fueron enviados embajadores al rey de Portugal. El cual autor, también en el mismo libro VIII, un poco más adelante, aunque tuviese menos obligación de informarse del descubrimiento del Almirante, hace mención dél, sin mezclar aquellas doce mentiras que el Justiniano puso.
Pero tornando al principal propósito, digo que mientras en compañía del dicho Colombo el Mozo navegaba el Almirante, lo cual hizo largo tiempo, sucedió que fueron a buscar cuatro galeras gruesas venecianas que venían de Flandes, y las toparon entre Lisboa y el Cabo de San Vicente, que está en Portugal, y allí combatieron fieramente, y se acercaron de modo que se aferraron de ambas partes con gran odio, hiriéndose sin compasión, lo mismo con armas de mano que con alcancías y otras armas de fuego, de tal manera que habiendo combatido desde la mañana hasta el atardecer, y quedado muerta o herida mucha gente de ambas partes, se pegó el fuego entre la nave del Almirante y una nave gruesa veneciana, y porque estaban trabadas la una y la otra con ganchos y cadenas de hierro, instrumentos que los hombres de mar usan para tales efectos, no podía ser socorrida la una ni la otra, por lo trabadas que se hallaban y por el terror del fuego, el cual en poco espacio creció tanto que el remedio fue saltar al agua los que podían, por morir de aquella manera antes que soportar las llamas; y siendo el Almirante gran nadador, y estando 2 leguas o poco más apartado de tierra, tomando un remo que topó, y ayudándose a veces con él, y a veces nadando, plugo a Dios (que le tenía guardado para mayor cosa) darle fuerza que llegase a tierra, aunque tan cansado y trabajado de la humedad del agua que tardó muchos días en reponerse. Y porque no estaba lejos de Lisboa, donde sabía que se hallaban muchos de su nación genovesa, lo más presto que pudo se fue allí, donde siendo conocido dellos, le hicieron tanta cortesía y tan buen acogimiento que puso casa en aquella ciudad y se casó.
Y porque se portaba honradamente y era hombre de hermosa presencia, y que no se apartaba de lo honesto, sucedió que una señora, llamada doña Felipa Muñiz, de noble sangre hidalga, comendadora en el monasterio de Todos los Santos, donde el Almirante iba de ordinario a misa, tomó tanta plática y amistad con él que se casaron. Mas porque su suegro, llamado Pedro Muñiz Perestrelo, era ya muerto, se fueron a estar con su suegra, la cual, viéndole tan aficionado a la Cosmografía, le contó que su marido había sido gran hombre de mar, y que había ido con otros dos capitanes y licencia del rey de Portugal a descubrir tierra, con pacto de hechas tres partes de lo que se ganase llevase cada uno la suya por suerte. Con cuyo acuerdo, navegando la vuelta de Sudoeste, llegaron a la isla de la Madera y Puerto Santo, que hasta entonces no se habían descubierto; y por ser la isla de la Madera mayor, la dividieron en dos partes, y la tercera fue la isla de Puerto Santo, que cayó en suerte a su suegro Perestrelo, el cual tuvo el gobierno de ella hasta que murió. Y porque vio la suegra que daba mucho gusto al Almirante saber semejantes navegaciones, y la historia de ellas, le dio las escrituras y cartas de marear que habían quedado de su marido con lo cual el Almirante se acaloró más, y se informó de otros viajes y navegaciones que hacían entonces los portugueses a la Mina y por la costa de Guinea, y le gustaba tratar con los que navegaban por aquellas partes. Y para decir la verdad, yo no sé si durante este matrimonio fue el Almirante a la Mina o a Guinea, según dejo dicho, y la razón lo requiere; pero sea como se quiera, como una cosa depende de otra, y otra trae otras a la memoria, estando en Portugal empezó a conjeturar que del mismo modo que los portugueses navegaban tan lejos al Mediodía, igualmente podría navegarse la vuelta de Occidente, y hallar tierra en aquel viaje; por lo que, para confirmarse más en este dictamen, empezó de nuevo a ver los autores de Cosmografía que había leído antes y a considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento, y consiguientemente notaba todos los indicios de que oía hablar a algunas personas y marineros, por si en alguna manera podría ayudarse de ellos. De todas estas cosas supo tan bien valerse el Almirante que llegó a creer sin ninguna duda que al Occidente de Canarias y de las islas de Cabo-Verde había muchas tierras, que era posible navegar a ellas y descubrirlas. Y para que se vea de cuán débiles argumentos llegó a fabricarse o salir a luz una máquina tan grande, y para satisfacer a muchos que desean saber distintamente los motivos que tuvo para venir en conocimiento de estas tierras y arriesgarse a tomar esta empresa, referiré lo que he hallado en sus escritos sobre esta materia.
Llegando a decir las causas que movieron al Almirante al descubrimiento de las Indias, digo que fueron tres, a saber: fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y los indicios de los navegantes. En cuanto al primero, que es razón natural, digo que él consideró que toda el agua y la tierra del universo constituían y formaban una esfera, que podía rodearse de Oriente a Occidente caminando los hombres por ella hasta llegar a estar pies con pies, unos con otros en cualquier parte donde se hallasen opuestos; lo segundo, presupuso y reconoció por autores aprobados que ya se había navegado gran parte de esta esfera, y que para descubrirla y manifestarla toda, no quedaba más de aquel espacio que había al fin Oriente de la India, el cual conocieron Tolomeo y Marino siguiendo la vía de Oriente, y volverían por nuestro Occidente a las islas de los Azores y de Cabo Verde, que eran entonces la tierra más Occidental descubierta. Lo tercero, consideraba que este espacio referido que está entre el fin oriental, conocido de Marino, y las dichas islas de Cabo Verde, no podía ser más de la tercia parte del círculo mayor de la esfera, pues ya el dicho Marino había descrito hacia Oriente 15 horas o partes de 24 que hay en la redondez del universo, y para llegar a las islas referidas de Cabo Verde faltaban cerca de ocho, porque ni aun el dicho Marino empezó su descripción tan al Poniente. Lo cuarto, hizo cuenta de que habiendo Marino escrito en su Cosmografía, 15 horas o partes de la esfera hacia Oriente, aún no había llegado al fin de la tierra oriental, y la razón precisaba a creer que este fin estuviese más adelante, y consiguientemente cuanto más se extendiese hacia Oriente, tanto más vendría a estar más cercano por nuestro Occidente a las islas de Cabo Verde; de suerte que si fuese mar este espacio, pudiera navegarse fácilmente en pocos días; y si fuese tierra, se descubriría más presto por el mismo Occidente, porque vendría a estar cercana a las mismas islas. A esta razón se junta lo que dice Estrabón en el libro XV de su Cosmografía, que ninguno ha llegado con ejército al fin oriental de la India, el cual afirma Ctesias ser tan grande como toda la otra parte de Asia; y Onesicrito afirma ser la tercera parte de la esfera; Nearco, haber cuatro meses de camino, por llano; sin lo que Plinio, en el capítulo XVIII del libro VI, cuenta de ser la India la tercera parte de la tierra; de modo que argüía ser ocasión tal grandeza de que estuviésemos más vecinos a nuestra España por Occidente. La quinta consideración que hacía creer más que aquel espacio fuese pequeño, era la opinión de Alfragano y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo a cada grado de ella más que 56 millas y dos tercios; de cuya opinión infería el Almirante que siendo pequeña toda la esfera, de fuerza había de ser pequeño el espacio que Marino dejaba por ignoto, y en poco tiempo navegado; de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de nosotros por Occidente; y por esta razón podrían llamarse justamente Indias las tierras que descubriesen; en lo cual se ve cuán desvariadamente Maese Rodrigo, arcediano que fue de reina, en Sevilla, y algunos secuaces suyos, reprendían al Almirante, diciendo que no debían llamarlas Indias porque no son Indias; la verdad es que el Almirante no las llamó Indias porque fuesen vistas y descubiertas por otros, sino porque eran la parte de la India allende el Ganges, a la cual ningún cosmógrafo señaló los términos a sus confines con otra tierra o provincia, sino con el océano; y por ser estas tierras la parte oriental de la India no conocida, y porque no tenía nombre particular, las dio el nombre del país más cercano, llamándolas Indias occidentales, mayormente porque sabía ser a todos notorio cuán rica y famosa fuese la India, por lo cual quiso convidar con este nombre a los reyes católicos, que estaban dudosos de su empresa, diciendo que iba a descubrir las Indias por la vía de Occidente; y esto fue lo que le movió a desear el partido del rey de Castilla más que el de otro príncipe.
El segundo fundamento que dio ánimo al Almirante para la empresa referida, y por el que razonablemente pueden llamarse Indias las tierras que descubrió, fue la autoridad de muchos hombres doctos, que dijeron que desde el fin occidental de África y España podía navegarse por el Occidente hasta el fin Oriental de la India, y que no era muy gran mar el que estaba en medio, como afirma Aristóteles en el libro 2, Del Cielo y del Mundo, donde dice que desde las Indias se puede pasar a Cádiz en pocos días, lo cual también prueba Averroes sobre el mismo lugar, y Séneca en los Naturales, libro I, teniendo por nada lo que en este mundo se aprende, respecto de lo que se adquiere en la otra vida, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío a las Indias en pocos días con vientos; y si como algunos quieren, hizo este Séneca las tragedias, podemos decir que a este propósito dijo en el coro de la tragedia de Medea:
Venient annis
Secula seris, quibus Occeanus
Vincula rerum laxet, et ingens
Pateat tellus, Tiphisque novos
Detegat orbes, nec sit Terris
Ultima Thule.
que quiere decir: «en los últimos años vendrán siglos en que el océano aflojará las ligaduras y cadenas de las cosas, y se descubrirá una gran tierra, y otro como Tiphis; descubrirá Nuevos Mundos, y no será Thule la última de la tierra»; lo cual se tiene por muy cierto haberse cumplido ahora en la persona del Almirante.
Estrabón, en el primer libro de su Cosmografía, dice que el océano circunda toda la tierra y que al Oriente baña la India y al Occidente, España y Mauritania, y que si no lo impidiese la grandeza del Atlántico, pudiera navegarse de un sitio a otro por el mismo paralelo; y lo vuelve a decir en el libro 2. También Plinio, en el segundo libro de la Historia Natural, capítulo CXI, dice también que el océano rodea toda la tierra, y que su anchura de Oriente a Poniente, es la de la India a Cádiz. El mismo, en el capítulo 31 del libro VI, y Solino en el capítulo 68, De las cosas memorables del mundo, dicen que desde las islas Gorgóneas, que se cree ser las de Cabo Verde, hay cuarenta días de navegación, por el mar Atlántico hasta las islas Hespérides, las cuales tuvo por cierto el Almirante que fuesen las de las Indias.
Marco Polo, veneciano, y Juan de Mandavila, en sus Viajes, dicen que pasaron mucho más adentro del Oriente de lo que escriben Tolomeo y Marino; y aunque suceda que no hablen del mar occidental, puede argüirse por lo que describen del Oriente que la India esté vecina a África y España; y Pedro de Aliaco en el Tratado de la imagen del Mundo, De quantitate terrae habilitabilis, capítulo 8, julio Capitolinos, de los Lugares habitables, y en otros muchos tratados, dicen que la India y España son vecinas por Occidente; y en el capítulo 19 de su Cosmografía, dice estas palabras: «Según los filósofos y Plinio, el océano, que se extiende entre los fines de España y del África Occidental, y entre el principio de la India, hacia Oriente, no tiene muy largo intervalo, y se tiene por muy cierto que se puede navegar de una parte a otra en pocos días con viento próspero; por lo cual el principio de la India por Oriente no puede distar mucho del fin del África, por Occidente.»
Esta autoridad y otras semejantes de este autor fueron las que movieron más al Almirante para creer que fuese verdadera su imaginación; como también que un maestro Paulo, físico del maestro Domingo Florentin, contemporáneo del mismo Almirante, fue causa, en gran parte, de que emprendiese este viaje con más ánimo; porque siendo el referido maestro Paulo amigo de un Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y escribiéndose cartas uno a otro sobre la navegación que se hacía al país de Guinea en tiempo del rey don Alfonso de Portugal, y sobre la que podía hacerse en las partes del Occidente, llegó esto a noticia del Almirante, que era curiosísimo de estas cosas, y al instante por medio de Lorenzo Girardi, Florentin, que se hallaba en Lisboa, escribió sobre esto al maestro Paulo, y le envió una esferilla, descubriéndole su intento, a quien el maestro Paulo envió las respuestas en latín, que traducida en vulgar, dice así:
