Historias de amor - Bi Martínez - E-Book

Historias de amor E-Book

Bi Martínez

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Beschreibung

Hay veces que el amor de pareja te dura muchos años pero no es este caso. Aquí el amor romántico dura lo que dura, a veces tres años, uno o seis meses. Pasan personas maravillosas por tu camino aunque vivas rupturas dolorosas. Las odias un tiempo porque te dejan o las odias porque las tienes que dejar por ser un cabrón. De todas maneras, se aprende y se mejora para que la próxima vez que te enamores pongas en práctica lo que has aprendido... o no puedas gestionarlo y repitas patrón porque necesites ser más mayor para quererte bien y hacerlo mejor. Lo importante es saber que no son fracasos sino historias de amor.

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Seitenzahl: 649

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Bi Martínez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-102-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Dedicado a estas personas que son mi luz

M. Martinez Fdez.

A. Padial Acosta

N. Martinez

M jr Martinez

Y a mis queridos Especialistas:

M. Badawi (neurosiquiatra)

B. Rey López (Sicologa)

V. Baumart (Terapeuta niña interna)

AMOR 1 LAS PRIMERAS MARIPOSAS

Tenía catorce años y todavía no me había bajado la regla, pero ahí estaba yo, experimentando el amor.

Mis primeras mariposas revoloteando por el estómago. Mis nervios eran autónomos, mi vida tenía sentido; estaba empezando a enamorarme de él. Él fue el primer gilipollas que se cruzó en mi camino. Mi primer «novio», porque sin comillas no sé cómo llamarlo; era un chico de mi clase.

Lo recuerdo perfectamente, aunque la etapa fue graciosa y, después de tantos miles de novios que he tenido hasta el día de hoy, es curioso que lo recuerde todo, todo, todo.

Empezaba el instituto y yo sin la regla. Él iba a mi clase y al principio todo es guay: no conoces a nadie, todos te caen bien, pero a medida que avanzas el curso ya sabes con quién sentarte, con quién y a quién negarle el típex.

No marchó bien el comienzo, nos llevábamos muy mal. Si él decía A, yo B; si el entraba en clase antes, me cerraba la puerta en las narices. A la hora de los descansos, peor aún. Si yo hablaba con alguien, él se metía en la conversación; toda una serie de tonterías para fastidiarme.

Está claro que todo eso era amor. Bueno... amor... tampoco, definitivamente era mor.

Los profesores y los compañeros ya se estaban dando cuenta de que entre nosotros iba a surgir una chorrada de relación. Mi grupo de amigos de clase cada día me preguntaban algo.

—¡Hey! Tía, ¿qué pasa con él?

—¿Quién es él? —respondí.

—Él.

—Ah… ¿Él? No pasa nada.

—Sí que pasa, porque cada día os picáis. Siempre estáis igual.

—Pues entonces pasa lo que ves.

—Pero qué vemos.

—No sé, él está ahí mal metiendo y no me deja tranquila.

—Ahí pasa algo…

—Pues pregúntaselo a él.

—Vale, pero entre los dos hay algo.

—Pues vale —finalicé.

En 1991 mantenías conversaciones de este tipo; hoy en día obvio que pones un emoticono y no hay más que hablar. Dos meses después todo seguía igual: ojos azules continuaba agobiándome, yo rebotándome; él detrás, yo delante; él a la izquierda, y yo a la derecha, hasta que un día discutimos en mitad de una clase de matemáticas. El profesor nos echó a los dos de clase y afuera, cerrando la puerta para que mis compañeros no escucharan tal bronca, nos dijo.

—¡¿Qué pasa entre vosotros dos?!

—Nada —respondí.

—Es ella.

—¡Ella de qué! —contesté nerviosa.

—Eres tú.

—Cállate —le desprecié.

—¡Basta! —gritó nuestro profesor—. Hasta que no os deis un beso, no entráis en clase.

El profesor se giró, abrió la puerta y entró. Allí estábamos los dos, parados, sin mirarnos.

—Bueno, qué —me dijo en tono chulesco.

—Bueno, qué de qué. No voy a besarte.

Me miró durante dos segundos y me plantó un beso que me entró taquicardia.

Yo lo miré con ganas de pegarle un guantazo, pero no lo hice, así que después de diez minutos entramos los dos en clase. El profesor nos miró, rio y nos dijo.

—Espero que a partir de ahora todo vaya mejor.

—Vale.

—Seguro —dijo él.

Fue ahí donde tuve mi primera relación masculina.

Qué recuerdos… El primer regalo que me hizo fue una pulsera superchunga de esas que se meten en el dedo corazón y se da la vuelta por el índice y pasa por el pulgar sin antes enrollarla con el meñique hasta que llega a la muñeca, y ahí le das tres vueltas y… voilà, la podías cerrar. Ese regalo era la pista para pensar que no podíamos durar mucho. Y así fue, creo que de los seis meses no pasamos.

Todo era maravilloso: salíamos al descanso de la mano, entrabamos de la mano, nos sentábamos juntos, íbamos al lavabo los dos a la vez, él me esperaba fuera, me volvía a coger de la mano, llegábamos a clase de la mano, nos íbamos a casa y... de la mano, picaba al ascensor con su mano... y entre salidas, entradas, lavabos y ascensores nos morreábamos.

Patético y cargado de inexperiencia. Y nadie nos dejó de hablar, lo agradezco. Pero tanta mano, tanto amor, tanta tontería no existe. Y comenzaron las peleas.

—¿A dónde vas? —me decía.

—A ningún sitio —respondía desganada.

—Entonces, ¿por qué no te quedas aquí?

—Porque no.

—Pues quédate aquí conmigo.

—Me estoy agobiando.

—Pues vamos los dos donde quieras.

—No.

—¡¿Qué?! —gritó—. Pues vale, vete con ellas, que yo voy con ellos.

—¡Bien! —sobresalté.

—¡Bien!

Y estábamos todo el día sin hablarnos, sin cogernos de la mano y sin morrearnos.

Al día siguiente lo mismo. Al otro también. Las semanas pasaban, nuestro amor se estaba acabando poco a poco pero deprisa; una cosa muy rara.

Todavía estábamos saliendo en el año cuando cumplí los quince y me di cuenta de que no era el amor de mi vida, que no sería el marido perfecto y, sobre todo, que no era el novio para irme de vacaciones a Ibiza. Así que un día cualquiera de un mes cualquiera cuando llegué a la puerta de la escuela y lo vi, hablé con él.

—Tenemos que hablar —dije.

—Pues habla.

—Corto.

—Vale.

Y fin de la historia. Ni explicaciones, ni lamentaciones, ni reproches. Los «novios» de esa edad son realmente idiotas. Los dos lo fuimos, pero tiene su lado bueno, ni piensas tanto ni preguntas por qué. Maravilloso año 1992.

Todo pasó medianamente bien, aprobamos el curso y nos cambiamos todos de colegio porque solamente podías hacer dos años de estudio allí. Para el resto de cursos tenías que buscarte la vida.

Por 1993, aun con unos largos quince años, empecé a ser mujer. estaba en la conversión de niñata a adolescente.

AMOR 2 ADOLESCENTES DESVIRGADOS

Encontré un colegio donde acabar mis estudios. No estaba cerca de mi casa y tenía que coger el metro, cosa que te hacía sentir un pelín más madura, una adolescente con autonomía.

Vuelta a empezar con gente nueva; compañeros de clase nuevos, profesores nuevos, mesas nuevas, libros nuevos, etc. No sé si era la edad, pero nos llevábamos bastante bien todos. Salvo una zorra que había en clase, el resto éramos jóvenes sin maldad, ingenuos y normales.

Las filas de las mesas estaban en dos partes a la izquierda y a la derecha dejando un pasillo en medio para el profesor. Me sentaba casi la última por vergüenza y en esa fila estuve saliendo con mi compañero durante un largo año.

Pasadas un par de semanas, el chico que se sentaba detrás de mí, en la fila de arriba, se le olvidaba traer algo, papel, bolígrafos… Material de estuche, básicamente.

Y caí en la trampa. Fuimos novios.

Tic toc, el dedito en mi hombro.

—Dime —dije.

—¿Tienes una hoja de libreta?

—Sí, claro.

—Dame una.

Arranqué una y se la di. Solo me quedaban doscientas cuarenta y nueve, y no era plan de regalar hojas.

—Gracias —me respondió.

Cuando tocaba la campana, era la hora del descanso. Bajábamos todos hasta la calle para merendar, fumar o ligar. Sí, en el colegio también se ligaba. Creo que se ligaba más que se estudiaba, aunque también se fumaba más que se estudiaba.

Se acercó hacia mí y me dijo.

—Gracias por la hoja, es que hoy no me traje nada —dijo con un tono simpatiquísimo.

—De nada, era una hoja.

—Ja, ja, ja. —Rio—. ¿De qué cole vienes?

—De uno donde estudiaba un idiota.

—¿Un colegio público? ¿Cuál?

—No, no, privado, privadísimo. Había días que no nos dejaban entrar.

—Ja, ja, ja. —Volvió a reír—. Yo empiezo tercero, porque en el otro solo se hacían dos años.

—¡Yo también! —exclamé—. Tienes el auxiliar.

—Ah… vale, vale… Pues igual que yo.

—La gente de aquí parece simpática; no te miran mal —dije para seguir hablando con él.

—Sí, yo conozco a una que es de mi barrio. El resto son desconocidos.

Antes de preguntarle quién era la de su barrio, recé cinco padrenuestros mentalmente para que no dijera que era la pelirroja que más que sentarse a su lado se sentaba encima de él. «Para qué sentarse en su silla», me preguntaba muchos días.

—¿Y quién es la chica de clase que es tu amiga?

—La pelirroja que se sienta a mi lado.

Me costó tragar por no escupir y le dije.

—Ah vale, ¿la chica esa que está mucho encima de ti?

—¿Encima de mí? Ja, ja, ja, esa.

—Parece maja.

—Sí, es muy simpática. Es del barrio y vecina mía.

—Parece mayor que nosotros.

—Yo tengo dieciséis, ¿y tú?

—Dieciséis cumplí antes de empezar el insti. ¿Cuántos tiene ella?

—Es uno o dos años mayor que nosotros. Diecisiete o dieciocho.

—¡Caramba! —exclamé.

Si tenías dieciocho y estudiabas con gente de dieciséis es que las cualidades intelectuales te flojeaban. En ese momento me sentí aliviada, pero luego entraba el factor físico: tenía más tetas que yo, se pintaba más que yo, seguro que tendría sexo más que yo, y eso me provocó celos. Unos celos que no entendía, ya que todavía tenía la menarquia. El sexo no me rondaba por la cabeza, ni tan siquiera pensaba en él. Algo desorientada por mi actitud, seguí.

—Bueno, si está en el mismo curso que nosotros, eso es que su profe le tendría manía—bromeé.

—Ja, ja, ja, a lo mejor no se entera.

—¡Hala! Pobre.

—Cuando subamos a clase, te la presento de una vez.

—No hace falta... Ya hablo contigo o con mi compañero, el grandullón que se sienta a mi lado.

—Pero algún día tendrás que hablar con ella, os esquiváis. ¿Qué hora es? ¿Cuánto queda para entrar? —siguió preguntándome.

—Diez minutos.

—Voy a comprar algo para beber y ahora vuelvo.

—Vale, hasta ahora.

Cuando entré en clase allí, estaba ella haciéndose notar, sentada encima de la mesa en plan «soy superguay, supermayor», pero la gente no sabía que también era supertonta.

Me senté en mi sitio, saludé a mi grandullón, cogí los libros que tocaban y empecé a anotar la fecha en mi libreta. Ella seguía hablando con alguien de atrás con un tono alto, perose le acabó el protagonismo cuando entró el profesor de matemáticas. El rubiales entró por los pelos.

—Casi no entro —dijo al pasar por mi lado. Le eché una media sonrisa tímida.

—¿Dónde estabas? —preguntó la zorrirroja.

—En el lavabo.

«¿Lavabo?», pensé.

—No, fui a comprar algo para beber y luego al lavabo —le aclaró.

—Mierda.

—¿Mierda? —me preguntó mi grandullón.

—Mierda de la materia que no me entero —disimulé.

—Ja, ja, ja. Bueno, llevamos tres semanas, paciencia —me replicó mi compañero.

—Sí, ya —dije mirando el libro de matemáticas.

Tic toc, dedito en mi hombro, pero antes de dejarle pedirme nada, le contesté en voz baja.

—¿Qué pasa?

—¡Nada! Si luego me pasas los apuntes —dijo.

—¿Eso quieres? —dije de nuevo en voz baja.

—Sí, que no me entero, cuando acaben las clases te espero abajo y me los pasas. ¿Te apetece?

—Bueno, supongo —dije.

Sonó la campana final, estábamos recogiendo todos cuando la zorrirroja lo agarró del brazo y le dijo.

—Rubiales, te espero abajo.

—Vale, bajo enseguida.

Yo me quedé a cuadros, como las camisas naranjas de aquel año ¿Quién no se había robado una de El Corte Inglés? Estaba quedando con ella cuando también había quedado conmigo. Me enfadé muchísimo y mi egocentrismo me hizo marchar. Bajé rapidísimo por las escaleras hasta llegar a la puerta principal. Cuando respiré el aire contaminado de la calle, me fui derecha al metro sola. No quise esperarlo, no tenía ganas de hablar con esa chica. No me caía bien, aunque no la conociera, siempre contaba cosas que nadie había experimentado aún y por eso me caía muchísimo peor. Tenía unos celos horribles.

Corrí tanto hacia el metro para no encontrármelos que cuando llegué a la estación ni siquiera tuve que saltar la valla; la traspasé. Pero lo perdí, así que me puse a mirar la hora, a contar paradas del metro, a mirar los planos de los enlaces, a contar las estaciones en el mapa… Y pasó un segundo tren, y allí aparecieron los dos juntos con algunos más del instituto.

—¡Hey! —gritó el rubiales. Me esforcé en hacerme la sorda—. ¡Oye! —volvió a gritar.

El metro abrió sus puertas, entré, pero ya estaban muy cerca, me tocó el hombro.

—¿Cómo que no te has esperado?

—Sí, te he esperado abajo, pero como no te he visto, pues me he ido porque pensé que también te habías marchado.

—No, te he estado esperando con ella. Esta es mi vecina, la del barrio. Vais a la misma clase desde hace un mes y ni habláis.

—¿Qué tal? Tú eres la amiga pelirroja.

—Hola. Sí, soy yo, la pelirroja. Nunca me habían llamado así. Tú te sientas delante, ¿no? Nunca hemos hablado.

—Nunca, no necesitamos hojas —respondí para ver su grado de idiotez.

—¿Qué tengo que necesitar? —Cuando vi el grado de idiotez, me convertí en simpática.

—Ja, ja, ja. —Rio el rubiales—. Ella es así, siempre con las vaciladas —le explicó con claridad.

—Y tú, ¿dónde vives? —me preguntó con su no-gracia.

—¡Aquí! En esta parada —respondí con media cabeza fuera del vagón.

El rubiales exclamó un ansioso: «¡Mañana te veo!», y cuando cerraron las puertas el tren, siguió su camino y desparecieron. Fue una pena, podría haber desaparecido solamente ella.

Tener dieciséis años era fantástico. Te gustaba alguien y punto, no pensabas en nada más durante el día, vivías en un eterno presente, no había expectativas y mucho menos calenturas de cabeza.

Al día siguiente recuerdo que me levanté con unas ganas locas de que fueran las tres de la tarde para entrar en el instituto, para verlo y que me pidiera algo. Sabía que lo iba hacer porque tenía la certeza de que yo le gustaba.

Dieron las tres menos veinte y marché. El metro llegó a tiempo, subí tranquila y en las dos paradas siguientes me puse nerviosa; era la zona donde vivían el rubiales y la otra. Efectivamente el destino me los puso en mi vagón. Al detenerse el metro, nos miramos sorprendidos y reímos; cuando la zorrirroja asomó por detrás, paré de reír. Ella me saludó cordialmente y el rubiales me dio conversación.

—¡Ostras! Qué casualidad, el metro es largo… —inició.

—Pues sí, siempre intento subirme en el vagón más cercano a la salida del insti para no andar tanto —respondí.

—Nosotros también —dijo ella.

¿Quién coño le había dado vela en ese entierro? Pero como no se me debía notar lo mal que me caía, forcé con éxito una falsa sonrisa. El metro paró en nuestra estación y los tres anduvimos hacia la escuela. Al subir las escaleras nos encontramos con mucha más gente y nos mezclamos con ellos, así que no pudimos hablar los doce minutos que había hasta llegar a la puerta del instituto. A cien metros del insti me topé con mi grandullón que iba acompañado de unos amigos de la otra clase. La clase B.

—¡Rubia! —me gritó.

—¡Hola! —Me paré con ellos, le dije al rubiales que me quedaba. Su cara me gustó.

—Ah, vale, nos vemos allí —respondió sin ilusión. Ellos siguieron andando y mi grandullón me presentó a sus amigos.

—Esta es mi compañera de fila —dijo.

—Hola —dije.

—Hola —contestó el primero dando dos besos.

—Hola —contestó el segundo dando otros dos besos.

—Acabamos de empezar y todo le parece una mierda —les explicó mi grandullón.

—Bueno, fue en una clase de matemáticas —justifiqué.

—Yo también las odio —dijo el primero.

—Y creo que es una de las asignaturas que más cuentan este año —añadió el segundo. Me dio mucha pereza hablar con ellos.

—Me han dicho que el año que viene es uno de los más difíciles —dijo el segundo.

—De aquí al año que viene… —dije por decir algo.

—Entonces hay que estudiar mucho —soltó el primero.

—De momento yo voy a ver si apruebo alguna asignatura... —respondió mi grandullón. Y con esa charla de mierda llegamos a la puerta del instituto. Había mucha gente, así que no pude ver al rubiales entre la multitud.

Subimos al tercer piso y allí me despedí de los amigos de mi grandullón con un: «Luego nos vemos», y entramos en clase.

Durante las dos primeras asignaturas el rubiales no me dijo nada. Creí que estaría molesto por haberle dejado plantado en el trayecto y decidí que me tocaba a mí dar el paso de hablar.

—Qué calladito estás hoy.

—Estoy aquí concentrado.

—Échate para adelante, que salgo un momento —le dijo la zorriroja. Saltando pidió permiso para ir al baño. Ella siempre tenía algo qué hacer, algo que decir o algo por lo que saltar.

—¿Adónde vas luego en el descanso? —me preguntó.

—Iré al bar a comprar agua y me quedaré en las escaleras.

—¿Me esperas? Yo también tengo que comprar algo.

—Vale, estate enfrente de la puerta, que luego no te veré con tanta gente abajo.

—Vale, guapa—me contestó pícaro. Ese «guapa» era una primera señal, pero mi picardía se estaba desarrollando. ¿Qué haces en ese momento con ese comentario? Pues le sonríes y te giras a lo tuyo. Entró la zorrirroja pegando los mismos saltos con los que se fue, entraron además un par más de clase que habían ido a fumar y el profesor de turno. Después de cincuenta minutos de clase aburrida, llegaba el descanso. Tocó la sirena.

—¿Te vienes a comprar? —me preguntó mi grandullón.

—Voy al bar con el rubiales.

—Oye, ¿la pelirroja es su novia?

—¡Qué va! —exclamé con seguridad.

—Vale, vale, como siempre están juntos, tenía curiosidad.

—Porque es de su barrio —dije despreocupada.

—Ah, vale, voy a comprar y me quedo en las escaleras, te veo en un rato.

—Nos vemos ahora —dije pensativa.

Al bajar todos juntos, es decir, todos los cursos, los de tercero, cuarto y quinto, me fue imposible usar el radar para localizar al rubiales. En la pared del edificio de enfrente del insti, apoyada con una pierna la vi a ella y por ende a él.

—Has bajado la última —dijo ella.

—No me gusta colgarme encima de nadie.

—Ja, ja, ja. —Rió él.

—¿Qué? —dijo ella.

—Nada —respondí con una negación de cabeza.

—Venga, vamos chicas.

—¿Y tú dónde vives? —me preguntó la zorri.

—Te lo dije ayer.

—Concretamente en la parada de metro que te señalé, la del otro día —respondió él.

—¿Y de qué os conocéis vosotros? —continuó preguntando.

—De aquí —dije.

—¿De clase? —Siguió ella.

—Sí, de pedirme cosas.

—Ahora ya no pido nada, lo traigo todo. —Colaboró el rubiales. Reí.

—Nosotros somos casi vecinos.

—Ya lo sé —contesté.

—Pero ella es mayor —comentó el rubiales.

—Porque repetí tercero dos veces —dijo sin dramas.

—¿Solamente dos veces? —dije.

—Sí, no son muchas, es lo normal.

—Estaba de broma.

—Tengo diecisiete años y haré dieciocho en diciembre. Más de uno en clase es de mi edad; más de uno ha repetido.

—Por supuesto... claro... seguro.

—Chicas, interesante conversación. Entro en la tienda, ¿queréis algo?

—No lo sé... Mejor entro contigo —le respondió.

—Yo me espero fuera. Tomad cincuenta pesetas para una botella de agua.

Me esperé a que salieran. Ya no me sentaba nada bien verlos juntos, pero creía que si me esforzaba en estar con ellos y ver cómo la otra tonteaba a la mínima oportunidad, al final me acostumbraría a esa situación. Odiaba que fueran tan amigos. Qué cruz.

Cuando compramos los refrescos y la merienda, volvimos a las escaleras del instituto y en el trayecto ella estaba hablando con el rubiales de lo que haría el fin de semana. Yo callé, no me interesaba nada participar en el coloquio que se montaba solita y si callas tanto se supone que te preguntan: «¿Qué te pasa?», pero ninguno me preguntó nada. Había que cambiar de táctica.

Llegamos a las gradas donde se encontraba todos; el instituto al completo. No había tantos escalones para tanta gente así que medio colegio estaba de pie. Vi a mi grandullón con sus amigos de la otra clase y pensé que era mi oportunidad de devolverle los celos al rubiales.

—Me voy con ellos —les dije a los dos idiotas.

—¿Con quién? —dijo él.

—Con mi grandullón y sus amigos.

—Nosotros nos quedamos aquí, que ya va a dar la hora —respondió ella masticando su bocadillo.

—Pues nos vemos arriba —les dije.

No sé qué esperaba a los dieciséis años. Todo lo que rondaba por mi cabeza era darle celos y más celos, pero ¿para qué? Para nada, porque no actuaba como yo me esperaba, pero con dieciséis años carecía de buenas estrategias.

Que te guste un chico con esa edad se hace eterno para estar con él, y hay que pasar por días vacíos y largas charlas banales que te pueden dar los dieciocho tranquilamente. No había prisas, pero realmente sí las había. De eso te das cuenta a los veinte, que aprecias un poco más tu tiempo.

Durante un par de meses más seguíamos así, nos esperábamos en el metro, hablamos por el camino y a la hora de los descansos comprábamos juntos. También empezábamos a hablar con más gente de clase, sobre todo en las escaleras. Conocíamos nuestros nombres y colaborábamos entre todos en clase, hicimos un ciclo bastante participativo entre compañeros.

Antes del primer examen tuvimos una excursión, me pareció un poco ridículo que en el tercer grado tuvieras excursiones. Hacer salidas de cole con dieciséis años te hacía sentir más niña todavía. Entonces imaginé cómo se sentiría ella y la idea empezó a gustarme. No fue una excursión de museos ni tenías que ir cogido de la mano, aunque no hubiera estado mal. Hay detalles que de pequeño no les das importancia y a medio madurar lo estás deseando.

Cuando acabamos la última clase el profesor nos dijo qué tipo de excursión haríamos. El rubiales hizo lo siguiente mientras recogíamos todo. Tic, tocdedito en el hombro.

—Qué interesante ir a una tesorería a pedir papeles —me dijo.

—No está mal si es lo que estamos estudiando.

—Pero ¿tú vas a ir?

—Sí, claro, todos —dije

—¿De qué habláis? —se unió la zorrirroja.

—De la excursión —dije.

—¿Tú vas a ir? —Se dirigió a ella.

—Si vais vosotros, sí —dijo.

—Yo voy. Él no lo sabe —dije.

—Pues entonces no lo sé —dijo ella.

—Toda la clase va porque no vaya él… —dije.

—Yo lo más seguro que no vaya —insistió el rubiales.

—Lo hablamos de camino luego —le contestó la zorri.

—Voy al baño, ahora vengo. —Corté la conversación.

Me fui con las mejores de mis ganas a mear. Ya sabía a la perfección lo que me pasaba: que no la soportaba ni la soportaría nunca, en dos meses y medio el asco de verla no cesaba, añadiendo que el rubiales me gustaba cada día más. Tenía que hacer algo para no estar con ellos. La salud es lo primero, de esto último te das cuenta cuando cumples los cuarenta, pero la reacción que tuve fue esquivarlos, poner excusas, mucho lavabo y esperar a que se me pasara.

Ese día quedamos unos cuantos de clase para ir hacia el metro, aunque nosotros tres formábamos uno por huevos. La zorri no se separaba del rubiales ni aun estando enferma en casa.

Pasó un mes más o menos y fuimos a la excursión. Estábamos todos en un punto concreto de Barcelona, reunidos para entrar a hacer el trabajo, pero ellos no llegaron. Ninguno. Entonces empecé a pensar que a lo mejor habían hecho planes los dos, estarían tomando algo en algún bar. Mi cara lo decía todo; ya me había enamorado del rubiales. Con la mirada en algún recóndito pensamiento me cortó mi grandullón.

—¡Hey! ¡Hey! ¡Te estoy hablando! —dijo moviéndome del brazo.

—¿Qué pasa? ¿Han dicho algo? —respondí divagando.

—Hay que ir por grupos. ¿Vienes conmigo? Así seremos cuatro —me suplicó.

—Sí, claro, sí.

—¿Estás aquí? ¿Hola? ¿Qué te pasa hoy? —me preguntó.

—Nada, estaba pensando en los papeles estos que tenemos que pedir y… —contesté perdida de nuevo.

—Pues vuelve a la tierra porque lo han explicado hace cinco minutos.

—Estaba mirando esto y no lo escuché.

—Los otros que van con nosotros son las dos chicas que se sientan en frente de la pizarra—me explicó

—Vale, ¿Dónde están?

—Ordenando los papeles, ahora vienen.

Teníamos que entrar ya en la oficina de la Tesorería cuando una voz a lo lejos voceaba.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Esperadme!

El rubiales había venido y lo más sorprendente, solo. En mi cara se pintó tal sonrisa que yo misma me la podía ver.

—¡Hombre! —exclamé.

—¡Uf! Vengo corriendo desde que salí del metro —dijo sin oxígeno.

—Entramos ya. Vente con mi grupo, luego te explico. —Mi grandullón que me estaba escuchando soltó:

—Los grupos son de cuatro y ya somos cuatro.

—¿Y no puede entrar en el nuestro? —le repliqué.

—Pues no, son de cuatro y somos cuatro—insistía.

—Un momento —dije—. Da igual, seremos cinco. Han hecho grupo de tres, grupos de seis, de dieciocho, de cien personas —contesté nerviosa.

—No es cierto, pero como quieras. Seremos cinco, ya está —dijo muy enfadado.

Cuando entramos los cinco y cada uno hacía su función, yo me dirigí a mi grandullón al cual respetaba y le dije.

—¿Qué te ha pasado? ¿Te cae mal o qué?

—¿A mí? No, pero dijimos cuatro y con él hacíamos cinco.

—Pero… ¿Qué más da?

—Bueno, ya está, ahora somos cinco. Con cuatro estaba todo organizado, solo eso.

—Vale, hablamos luego —le respondí. Me acerqué al rubiales y le pregunté, cómo no, por su vecina la zorra.

—¿Dónde está? —pregunté.

—¿Quién?

—Tu siamesa.

—No lo sé —me respondió sin mirarme y riendo.

—Te veo raro sin ella; te falta algo.

—Ya, pues yo creo que estás más simpática y más coqueta.

—¿Qué? ¿Qué dices? Ja, ja, ja.

—Que te he visto la cara de felicidad cuando estaba corriendo.

—¡Ay, por favor! Qué dices, las ganas que tienes.

—Bueno, vale, luego nos vamos juntos y hablamos, que tu grandullón pensará que te estoy distrayendo.

—Vale, mejor, sí, vamos a trabajar —dije mirando al suelo.

Una vez que todos acabamos nuestra asignación de funciones y nuestra maravillosa excursión, nos despedimos y nos fuimos cada uno a su casa. Me fui con el rubiales hacia el metro y sola. Solos los dos, corría mucho más aire incluso. Estando dentro de la estación, le di conversación.

—¿Cómo que al final has venido?

—Porque estaba en casa y para no hacer nada mejor venir aquí.

—Si hubieras tenido un plan mejor, no vienes, ¿no?

—No lo sé. —Se halló unos segundos de silencio y me dijo así, sin más:

—Te acompaño a casa, que quiero decirte una cosa.

—Dímela ahora —respondí nerviosa.

—No, llegando a tu casa.

—Pero qué quieres decirme.

—Una cosa. Cuando lleguemos te la digo.

—Pero ¿por qué no me la dices ahora?

—Porque te la quiero decir cuando lleguemos, que estaremos más tranquilos.

—Pero si ahora estoy aquí, dímelo ahora —le repetía.

—Que no quiero, aquí no.

—Pero si tenemos catorce paradas hasta llegar a mi casa.

—¡Uf! Pues cuando nos montemos te lo digo.

—Pues espero que sea interesante, porque misterio le estás dando —respondí mientras le daba vueltas a una pulsera que tenía en la mano izquierda.

Subimos al vagón.

—Bueno, ya estamos dentro del vagón —dime.

—Nada.

—¿Cómo? No, no. Me has creado una alta curiosidad por saber qué me tienes que contar.

—Bueno… que… que… que me gustas mucho, tía, y quería salir contigo. —Me quedé cortadísima, pero al menos sí lo miraba.

—Vale.

—¿Vale?

—Que también me gustas mucho y podríamos salir. Nos llevamos bien.

—Yo hace tiempo que lo dejé con una chica. ¿Has salido con alguien?

—Sí, bueno, con quince años. Una tontería.

—¿Te acompaño a casa?

—Si de verdad estamos saliendo, deberás acompañarme siempre —dije.

—Ja, ja, ja. —Rió nervioso.

Aparentaba mucho más maduro, tenía mucha personalidad y además era muy vivaz, muy de barrio, pero a veces se comportaba con actitud infantil. Enamorado se hacía pequeñito y yo era la que decía cosas de mujer segura de sí misma; sé que era imposible por la edad, pero a veces pasaba.

Durante las paradas interminables que había hasta llegar a mi casa estuvimos hablando de las relaciones anteriores. Salió con una chica durante más de un año, pero lo dejaron el verano antes de empezar las clases. Yo le expliqué que no duré tanto porque no empezamos con buen pie y que fue algo bastante ingenuo. Salimos del metro y se acercó conmigo hasta la portería de mi casa.

—Pues vivo aquí —dije.

—Vale. ¿Mañana te paso a buscar y nos vamos juntos?

—Vale.

—Pues hasta mañana —me respondió.

—¿Pero a qué hora pasarás a buscarme?

—¿Qué?

—A qué hora vendrás mañana —repetí.

—Sobre las dos y media.

—Vale, llegaremos bien —le confirmé. Me miró y me besó. No me lo esperaba, claro está. Desearlo sí, pero esperarlo no. Y como me pilló por sorpresa, no abrí la boca, pero el rubiales intentó tanto meterme su lengua que me dejé llevar por la acción. Besar me parecía maravilloso.

Estuvimos unos cuantos minutos besándonos como si se fuera a acabar el mundo y supongo que los vecinos que salían o entraban de mi portería estarían fotografiando el momento, pero realmente me importó una verdadera mierda, y si hubiesen bajado mis padres, pues me hubiera importado otra verdadera mierda. Cuando subí a casa era inevitable pensar en él, en su beso y en que ya éramos oficialmente pareja. También estaba contenta porque habría que decirle a la zorrirroja que estábamos saliendo y que se podía buscar otros huevos donde sentarse, pero la realidad fue otra. Al día siguiente como un reloj vino a buscarme a casa. Al principio bajé supernerviosa, como era lógico por la edad del pavo, pero cuando lo vi en frente de mi portal se me pasaron los nervios. Luego miré un poco por los alrededores para ver si estaba la zorri; no la vi, así que mi primera pregunta fue.

—¿Dónde está la pelirroja?

—Yendo para clase, supongo.

—¿Y qué le has dicho?

—Que iba a buscarte a casa y nos iríamos juntos para clase.

—¿Y no te ha dicho nada?

—No. ¿Qué me va a decir? Oye que solo somos amigos.

—Ya, pero como desde que empezamos siempre va contigo, pues no sé, a lo mejor te ha preguntado algo.

—No ha preguntado nada porque ya sabía que te iba a decir lo que te dije.

—¡Vaya! ¿Y le pareció bien?

—Supongo.

—Pero ¡cuéntame!

—Es que no dijo nada. Me dijo: «Mucha suerte», ya está.

—Qué maja.

Cuando íbamos a coger el metro lo hicimos con tantas prisas que resbalé por los últimos escalones, no fue nada por suerte, ya me podía haber caído cuando no éramos novios. Me sentía feliz. Un estado que solo me daba el amor. Nos besamos en las catorce paradas. No subió la amiga, no vi a mi grandullón; era nuestro vagón.

Cuando llegamos a clase cogidos de la mano para rematar la evidencia, el chismorreo comenzó. Hubo chismorreo por parte de todos, pero ¿qué más me daba? Tenía novio, lo más normal en la adolescencia. Al sentarnos en clase la pelirroja me dijo un «hola» también muy normal, había compañeros que nos miraban y hablaban por lo bajo y mi grandullón me lo preguntó nada más sentarme. Le dije que estábamos saliendo y punto.

Todo pasó más o menos con naturalidad. La zorri iba haciendo de las suyas en clase, pero fuera tenía el terreno perdido. El rubiales y yo íbamos cogidos de la mano para hacerlo todo.

No fue una mala relación para ser la primera medio en serio que tuve. Estuvimos saliendo en plan «besicos» durante dos meses más. No faltaba nada para acabar el curso, un par de meses más si llegaba. Fuera de clase, yendo para casa, me preguntó si un fin de semana que no estuvieran sus padres podría ir a su casa a dormir. Un viernes en la entrada de mi casa, me dijo:

—Este sábado no están mis padres. ¿Te vienes a cenar y vemos una peli?

—¿A tu casa?

—Sí, a mi casa. Mis padres no están, y el domingo por la mañana te acompaño a la tuya.

—Bueno… vale... Te digo algo luego, porque se lo tengo que preguntar a los míos.

—Vale.

—¿A las diez quedamos en el parque? Ceno algo rápido y bajo.

—Vale, diez y poco.

Me dio un beso y se marchó para su casa. Subí a la mía y se lo dije a mis padres. Al principio me hicieron un montón de preguntas: que con quién iba, qué iba hacer allí, por qué no estaban sus padres, y después de las explicaciones me dejaron ir. Eso sí, el domingo por la mañana en casa.

El sábado vino a buscarme por la tarde y nos fuimos a su casa. Supongo que nadie le daba importancia a estar en casa solos, todos los adultos pensaban: «Son amigos», aunque tú pensaras: «Somos novios». Una vez en su casa, me hizo la cena; evidentemente pizza congelada. Vimos una película que terminó sobre las doce y media de la noche, aproximadamente. Abrazados, me hizo la pregunta.

—Oye, ¿eres virgen?

—¿Qué?

—Que si eres virgen.

—Sí, claro. ¿Y tú?

—Yo no. Lo hice con mi novia, la que te conté del año pasado.

—Ya... bueno. ¿Y?

—Que si lo quieres hacer o estás esperando a alguien más especial.

—No lo sé.

—Vale.

—Es que estoy alucinado bastante... Pero ¿esto lo tenías premeditado?

—¡No! No estaba pensado. Ni te he traído a casa para hacerlo. Simplemente te digo si te gustaría hacerlo conmigo. A mí me gustas mucho, llevo tiempo esperando esto contigo.

—¿Qué? —respondí con mi mente asexual.

—Vale, déjalo. ¿Nos vamos a dormir?

—No quiero dormir. Lo haremos, me parece bien. —Salió mi visceralidad.

—¿Te parece bien?

—Sí, acepto. También me gustas mucho y algún día tendré que hacerlo.

—De esta manera no me gusta. No es un reto.

—Pero si me estás diciendo que quieres acostarte conmigo, lo estoy pensando y me parece buena idea porque también me gustas. Te digo que me parece bien, ya está.

—Al final vamos a discutir y no te he invitado para eso. ¿Vamos a la habitación?

—Vamos.

—Pero qué entusiasmo le pones —me recriminó.

—Pero si me has preguntado si vamos, pues vamos, o te digo: «No, ve tú, que yo me quedo».

—Madre mía. Vale, vamos. —Resopló.

Mientras íbamos a la habitación intentaba aparentar que no estaba nerviosa, pero era imposible. Me iban a desvirgar y es matemáticamente imposible no ponerse taquicárdica, y más cuando jamás has pensado en tener sexo. Me temblaba todo el cuerpo, no quería hablar porque no me salían las palabras. La pierna derecha iba más rápida que la izquierda, tenía tics en los ojos y el pelo se me erizó. Lo dejé muy claro, la situación me sobrepasaba. Mi primera vez fue lo más romántico del mundo; al final logré llegar a la cama.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Quieres que apague la luz?

—Como quieras.

—No, como quieras tú.

—Pues apágala —contesté.

—Pero si no quieres, la dejo encendida.

—Pues enciéndela.

—¿Cómo puede estar costando todo esto? —dijo.

—Si no paras de hacerme preguntas, ¿qué quieres? La situación puede conmigo, sobre todo con tus pesadas preguntas.

Después vino desnudarse. Me desnudé tranquilamente hasta que tenía que pasar la ropa por la pierna derecha que seguía con tembleques. Él también estaba nervioso, pero sus piernas estaban quietas. Volvió con el cuestionario.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Vale... Estás segura.

—Te he dicho que sí. No empieces.

—Quiero que lo hagas pensándolo bien. Abre más las piernas, voy a met…

—¡Cállate por favor! — En ese momento mantuve mis primeras relaciones sexuales. Fin.

Me quedó un sabor de boca bastante amargo. ¿Realmente aquello era el sexo? A parte de que no sentí nada en absoluto, estuvo breve. Se puso encima de mí hasta que me dijo: «Ya está». Las vírgenes era lo que teníamos, que no sabíamos cuándo se acababa la cosa. Después me trajo un vaso de leche con Cola Cao y hablamos un poco de lo que había pasado. Cómo me sentía y qué me había parecido.

—¿Qué piensas? —preguntó.

—¿Del Cola Cao? —contesté vacilona.

—Sí, me preocupa si se disuelven los grumos. Va, déjate de bromas.

—Pensaba en lo que hemos hecho.

—¿Y?

—Supongo que como no tengo experiencia, no puedo opinar mucho, pero ¿esto es el sexo?

—No, hombre, no quería hacerte daño. Es tu primera vez, así que anduve con cuidado.

—Ah… vale.

—Como ya te he desvirgado, luego si quieres lo hacemos otra vez.

—Claro.

Era la regla del adolescente: si hay cama, la aprovechas. Nos fuimos al sofá. Eran casi las dos de la madrugada y me volvió a pedir permiso para hacerlo de nuevo.

Nos fuimos a la cama de sus padres y otra vez lo mismo; luz apagada, él encima, yo debajo.

—¿Qué te ha parecido ahora? —preguntó.

—Hemos hecho lo mismo de antes.

—Pero ¿has sentido algo?

—Menos dolor, pero lo mismo.

—¿Quieres que lo hagamos otra vez?

—Muchas gracias, pero creo que no.

—¿No te gustó? —preguntó dolido.

—Sí, pero para ser mi primera vez, es suficiente, ¿o una vez que pierdes la virginidad hay que hacerlo cada cuarenta y cinco minutos?

—No, si no te apetece, no. Te lo decía por si te apetecía y por ver si te sientes mejor y te gusta más.

—Mejor no, mañana si nos apetece lo hacemos antes de que me vaya.

—Vale, vale, no te preocupes. ¿Dormimos abrazados?

—Lo estoy deseando.

Al día siguiente cuando acabamos de desayunar me preguntó si quería hacerlo. Le dije que sí, entonces lo hicimos, pero como no existía Pornhub, me tumbé en la cama directamente como si fuera la norma para follar. Yo siempre debajo.

Lo hicimos otra vez y volví a sentir lo mismo: no gran cosa. Ya no quería tener más sexo, necesitaba hablar con mis amigas.

Apenas hablamos de camino a mi casa. Solamente pensé en todo lo que pasó y no le di mucha conversación.

En el cole estuvimos genial, algo de lo que me alegré mucho, dado nuestro mal sexo.

Después la oportunidad se dio en otro fin de semana que se marcharon sus padres y volví a ir a su casa. Todo procedió igual, lo hicimos un par de veces por la noche y yo me seguía tumbando directamente en la cama. Empezó a ser mi postura favorita; cuánta ignorancia.

Faltaba muy poco para acabar las clases y ya estábamos con exámenes. Nosotros seguíamos siendo novios, muy novios. Las horas de clase y fuera de ellas íbamos juntos, todos los sábados y todos los domingos juntos; llevaríamos unos siete meses saliendo más o menos.

Llegaron los exámenes finales, hicimos una despedida para aquel año.

El último día fue el más recordado, por mí, por el rubiales, por la zorrirroja y por toda la escuela en general. Todos aprobamos con buena nota y decidimos hacer una quedada antes de marcharnos de vacaciones, así que nos apuntamos más de media clase y algún profesor a tomar algo en algún bar cerca del instituto por la tarde y fuimos para allí.

Yo ni bebía, ni fumaba, ni me drogaba y seguía con la misma postura sexual.

Llegamos al bar cerca del insti. Algunos pidieron cerveza, los profesores, sobre todo; otros, refrescos; y la zorrirroja no iba a ser menos: bebía de todo menos agua. Empezamos a hablar unos con otros sobre cómo había ido el curso, sobre nosotros como estudiantes, nuestros gustos, aficiones, etc. El rubiales y su vecina se animaron a pedir algo de alcohol y se lio.

La vecina comenzó a decir gilipolleces acompañadas de imbecilidades. A veces hacía gracia; otras, daba pena, pero un poco de espectáculo no iba mal. El rubiales empezó a beber como si se tratara de la última quedada de su vida y se animó a acompañar a la pelirroja con su gira.

Se subieron encima de una silla y comenzaron a contar chistes sobre las asignaturas que teníamos y, entre chiste y chiste, risa y risa, se bajaron de un salto y ella lo empezó a morrear. Yo me quedé de piedra y mi grandullón me miró, el resto también, aunque algunos se reían. En esos segundos que había durante el beso pensé que la echaría para atrás o la empujaría, pero no fue así. El rubiales siguió lo empezado hasta que pararon, entonces me miró y vino corriendo hacia mí, con la suerte de que le pegué un guantazo que me rompí cuatro dedos.

Lo eché para un lado y me enganché con la zorrirroja de los pelos. Le recité un gran número de insultos: «Me das asco, guarra», «¡serás zorra!», «¡pero qué puta eres!», y lindezas de ese tipo. Uno de los profesores vino a separarnos; el rubiales, mi grandullón y unas tres personas de clase también. La gente hizo un corrillo, unos estaban conmigo y otros con ella. Empezaron a tranquilizarme y el rubiales solamente intentaba sacarme a la calle, cosa que le fue fácil, porque el jefe del bar me echó.

Mi grandullón me cogió de la cintura y me llevó hacia mi casa directamente. El rubiales se quedó pasmado en la puerta.

Cuando marchábamos para el metro, mi grandullón iba mitigándome como buenamente podía, animándome y dándome besos en la cabeza cada vez que recorríamos veinte metros. Le dije que me acompañara hasta la puerta de mi casa porque estaba muy mal. Cuando llegamos a la puerta, me quedé diez minutos más hablando de lo mismo sin parar de llorar, así que viendo lo mal que estaba, además de lo desolada y triste que estaba, me abrazó y me plantó un beso en la boca. Lo aparté enseguida, obvio, lo miré y le dije:

—Pero ¿qué estás haciendo?

—Perdona, perdona, no quería, perdona.

—Da igual, pero ¿por qué lo has hecho? Yo no quiero nada contigo.

—Lo sé, lo sé, perdona, perdona, de verdad perdona.

—Ya está, pero no lo vuelvas hacer más. No te aproveches de la situación.

Subí a casa y me metí en la cama para que mis padres no me preguntaran.

A los dos días siguientes se presentó el rubiales en mi casa. Bajé a hablar con él.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Yo bien.

—¿Puedo hablar contigo?

—¿Y qué estás haciendo?

—Pero ¿puedo hablar contigo de lo que pasó?

—Estuve allí.

—De verdad que esa tía no me gusta ni lo quise hacer —me dijo bastante nervioso.

—Ya..., pero lo hiciste.

—Pero no lo quería hacer de verdad. Perdóname, no quiero perderte.

—Pues yo sí.

—Por favor, perdóname.

—No, todavía me duele la mano de la hostia que te metí. Cuando se me pase la fractura.

Hubo unos segundos de silencio, pero él me miraba fijamente a los ojos y continuó.

—De verdad, por favor, créeme. No quise hacerlo, no me gusta, no quiero nada con ella, no le hablaré más. Por favor, créeme.

—Lo siento, pero no, y no voy hablar más contigo. El año que viene nos veremos.

Me cogió del brazo y arrancó a llorar y entre sollozos intentaba explicarse.

—Por… fav-or, no me de-jes.

—Déjame marchar a casa. No me hagas esto ahora.

—Pe-ro… perdóname…

—Que no. Lo siento, pero no. Sabías lo mal que me caía, sabías que hacía cosas que me molestaban, lo sabías todo y ni tan siquiera giraste la cara.

—Pero… iba un po-co… bebido…

—Hubieras pedido Fanta de limón.

—Escúchame…, por fa-vor.

—Da igual las veces que me lo digas, no voy a volver contigo. Así que no pierdas el tiempo.

Me soltó, me miró de nuevo muy seriamente a los ojos y se marchó.

Después de aquel día nunca supe de él durante los meses de verano, pero sabía que cuando pasara las vacaciones lo tendría que ver por lo menos dos años más, que era lo que faltaba para acabar la titulación. Tampoco le di muchas vueltas; la rabia hacía que no quisiera volver con él nunca más y tenía más orgullo que con treinta y cinco; un cóctel para pasar página sin piedad. Pasé el verano con mis amigas.

AMOR 3 PRIMER CORAZÓN ROTO

Llegó el comienzo del nuevo curso. Me planté allí supermorena con un rubio muy rubio y sin pareja. Estaba más que nerviosa. Me costaba tragar y respiraba fuerte; estaba viendo a los del año pasado. Nos saludamos todos con efusión, nos preguntamos muchas cosas sobre el verano, pero no vi ni a mi grandullón, ni al rubiales, ni a la zorrirroja;no quise preguntar nada porque el último recuerdo de mis compañeros que tenían de mí era la pelea, así que subí a clase como un alumno cualquiera.

Me senté muy cerca de la pizarra; sentarme atrás del todo no dio buena suerte el año pasado. Entró el profesor, se presentó y en mitad de la charla de cómo iban a ser sus clases tocaron a la puerta: el rubiales entró.

Se me cayó el corazón, como si alguien lo cogiera y lo tirase al suelo; ese dolor… Me hizo un saludo con la mirada, ni tan siquiera me dijo «hola», mientras andaba con agilidad para sentarse al fondo de la clase. Iba saludando a algunos compañeros, pero me aguanté girarme para ver dónde se iba a sentar en ese curso nuevo.

Empecé a pensar que tal vez nunca debí dejarle de hablar, y nunca debí decirle todo aquello que le dije cuando me pedía una oportunidad; no tuve tacto ni sensibilidad, pero era la primera vez que rompía con alguien en serio. Tenía momentos de creer que no era para tanto y que al menos podríamos haber quedado como amigos y vernos de vez en cuando, pero yo estuve enamorada y todo me dolió. Decidí que si durante aquel año no nos hablábamos tendría que fortalecerme y me iría con otro grupo. Eran los mismos del año pasado, ya había confianza de sobra y todo el colegio sabía cómo habíamos terminado.

Nunca llegamos a tener una relación amistosa. Nos hacíamos los fuertes emocionales, había mucha dignidad puesta en nosotros; después de tres meses de vacaciones es cierto que te acostumbras a no estar con esa persona, pero convivir con ella en clase no hay día que al estómago no le diera un apretón.

Pasaron unos meses y no fue hasta después de las Navidades que no tuvimos un acercamiento de nuevo. Cosa impensable, pero hubo algo que hizo que sucediera el reencuentro.

Era un día donde teníamos que presentar un ejercicio sobre un proyecto individual de una empresa ficticia y debías hacerlo delante de toda la clase para que después tus compañeros te preguntaran sobre ello. La asignatura era importante, aunque no me preparé bien el tema; improvisé.

Cuando me tocó hablar a mí se me notó mi falta de preparación por lo poco que duró mi explicación. Cuando el profesor dio paso a las preguntas de los alumnos, el primero en levantar el brazo fue él.

—¿Y has pensado en si los departamentos de tu empresa tendrán más de un trabajador? Veo que están los justos para cada función.

—Hola —dije—. Mi empresa está pensada para gente que quiere trabajar y no vivir del «me encuentro mal hoy». —Todos rieron.

—Y si todas las encargadas son mujeres, como tú has dicho, ¿has pensado en cuando sean madres?

—Las mujeres de mi empresa serán tan buenas personas que no faltarán al trabajo y les pagaré tanto que podrán permitirse el lujo de tener una niñera los 31 días del mes. Que pregunte otro, por favor. —Rieron de nuevo. Estuvo cercano. Quiso romper la barrera que teníamos puesta.

Cuando todos terminamos nuestra exposición del proyecto, nos marchamos para casa. No era raro considerar que si se había prestado voluntario me pediría que le acompañara hacia el metro o hasta mi portería. Y así pasó. Cuando bajamos las escaleras, me tocó el hombro y me dijo si quería ir con él y charlar de estos meses atrás. Evidentemente le dije que sí.

—Has estado bien para lo mal que lo tenías preparado.

—Sí, no ha ido tan mal. Tengo respuesta para todo.

—¿Cómo estás? Cuánto tiempo sin saber de ti

—Estoy muy bien, gracias. ¿Y tú?

—Lo llevo como puedo. Cuando llegué el primer día casi se me sale el corazón, me latía tan fuerte que pensaba que lo estabas escuchando.

—No, no tengo tanta capacidad auditiva. No escuché tus latidos —le dije mirándolo.

—Me sabe muy mal todo lo que pasó y cómo pasó.

—Da igual, hace meses ya de eso.

—Pues a mí me gustaría volver a hablarlo.

—A mí no. Además, qué quieres que te diga, estamos acostumbrados a vernos aquí y no estar juntos.

—Ya, no sé cómo lo he hecho para seguir viniendo cada día, y verte y mirarte sin que se me caiga el mundo encima. Solo quiero que sepas que estoy tan arrepentido de lo que hice que hoy sigo maldiciendo a mi puta amiga.

—Bueno, no te pongas así, la culpa no sé ni de quién fue, si tuya, de ella, mía, de los tres, de vosotros dos… Si las cosas pasaron así es que tenían que pasar tal cual.

—¿Por qué no me das otra oportunidad? No sabes cuánto te quiero.

—¡No! No me digas esto ahora. Ahora es tarde. No, no, no sigas por ahí porque no, llevamos meses sin hablarnos, ¿y ahora me sueltas esto?

—Te lo suelto ahora porque no aguanto más, porque no veía la oportunidad de poder decírtelo, porque no sabía cómo hacerlo, ni cuándo, ni nada. Por favor, ¿podemos quedar este fin de semana? Te prometo que no hablaré del tema, simplemente quedar para salir tú y yo.

Lo escuchaba y me faltaba el aire, y con cada palabra que me decía me daban ganas de besarlo y decirle lo mucho que lo echaba de menos, pero no pude; tenía el ego obligándome a decir «no», pero algo pasó que necesitaba esa última vez: esa cita para darme cuenta de que no era buena idea una segunda oportunidad, así que le dije que el domingo para quedar era el mejor día.

—¿De verdad? —dijo sorprendido abrazándome.

Llegamos al metro y lo cogimos juntos. Solo hablaba de lo que podríamos hacer y deshacer ese día. Su exceso de ilusión no me contagió.

—Te recogeré en tu casa sobre las cinco en punto. Estaré enfrente de tu portal.

—Vale, guay.

Llegó el fin de semana. Era sábado, habíamos quedado mis amigas y yo para ir a una discoteca por la noche, sería una de las primeras, porque hasta entonces solo íbamos a discotecas light, entre catorce años y dieciséis años, y cerraban a las nueve.

La discoteca que estaba de moda por aquellos tiempos era para veintiuno y como buenas estudiantes que éramos todas conseguimos una falsificación de carné.

Un sábado decidimos arriesgarnos a entrar en el local de moda de Barcelona y sentir que estábamos evolucionando en nuestro camino adolescente. Las tres amigas estábamos listas para averiguar qué se cocía mientras muchos de nuestra edad dormían. Vaya tres tías, con personalidad y planes de futuro. Nos paramos en un bar sobre las diez y media de la noche a tomar unas cervezas; mi primera cerveza, porque yo no bebía. No me gustaba el alcohol, pero no lo odiaba.

—¡Chicas! ¿Una cerveza para cada una? —Ofreció una de ellas.

—¡Vale! —contestaron todas.

—Oye, yo no bebo y la cerveza huele fatal. ¿A qué sabe esto? —pregunté.

—¡Qué más da! Bebe, que es para ponernos a tono —dijo mi amiga la castaña.

—¿A tono por qué? Yo quiero bailar, no vomitar —respondí.

—A tono para olvidar al rubiales —contestó mi amiga de pelo negro.

—Si veo que esto sube más de la cuenta, paro de beber. alguien tiene que ir normal para pedir un taxi y me presto voluntaria —dije sin apenas probar la cerveza.

—¡Que no te va a pasar nada! Bebe y olvídate. ¡Es fin de semana!

—Muy bien, chicas, tenéis razón ¡A beber, joder! Mañana he quedado y quiero ir con resaca —dije sabiendo que ahí se iba a quedar la birra.

Entró al bar un tío muy atractivo, alto, moreno; moreno de todo: de piel, pelo y ojos. Se fue directamente a mi amiga la morena; era un amigo de un amigo de ella.

—¡Hola! —gritó la morena.

—¡Hola, guapa! ¿Qué haces aquí? —respondió él.

—Estoy con mis amigas, que vamos a entrar a la discoteca. ¿Y tú? Siéntate con nosotras.

—Pero si es para veintiuno. ¿Vais a entrar con carné falso? Estoy esperando a un amigo, que está aparcando el coche.

—Por ahí anda el truco —contestó jocosa.

«Aparcando el coche» me sonó a más de dieciocho, y ese «es para veintiuno» me sonó a que era mayor de veintiuno; me estaba enamorando.

—Mira, te presento a mis amigas, ven.

—Hola a todas.

—Hola —dijimos como tontas a la vez.

—Os estáis preparando para la noche, ¿no?

—Solamente llevamos una birra, pero hasta la una y media que entremos nos quedan muchas cervezas —le contestó la morena.

—Yo, en cambio, a la una y media espero haberme acabado la primera. —Intenté bromear.

—Ja, ja, ja, tranquila, a mí tampoco me gusta la cerveza. Bebo whisky. ¿Te pido uno?

—¿Whisky? No, gracias, es que no me gusta el alcohol.

—Ella es muy santa, no quiere hacer nada de lo que luego se arrepienta —dijo la castaña.

—Ella no quiere hacer el ridículo —le contesté.

—Eso es bueno. Si no te emborrachas, siempre te acordarás de las cosas y luego no habrá lamentaciones —me dijo muy directo.

—Si vas a la barra, trae tres cervezas más. —Le obligó la morena.

—Claro. ¿Y para ti? —me dijo.

—Estoy servida.

—Vale, ahora vengo. Guardad un sitio para mi colega.

—S í—dijimos.

—Es muy guapo —dijo la castaña.

—Está muy bueno —soltó la morena.

—Estoy quedando como una niñata —dije yo.

—¿Vas a decirle algo? —me dijo la morena.

—¿Yo? ¿Estás loca?

—¿De qué lo conoces? —le preguntó la del pelo negro.

—Es amigo de uno de mi trabajo. A veces viene a buscarlo los viernes y se van a tomar algo.

—Ya viene, callad —les dije.

Mientras el atractivo moreno le daba las cervezas a mis borrachas pero no alcohólicas amigas, entró su colega; era un chico normal, muy alto y simpático. Nos dio algo más de la una y llevaban unas cuatro cervezas cada una. Estaban todas un poco piripi; la morena estaba bastante mareada, la del pelo negro tenía la cara colorada y la castaña no sé de qué reía con el alto. La única normal era yo, que todavía estaba con la misma cerveza. Los chavales estaban en un estado sobrio y eso que habían tomado unas tres copas de whisky con Coca-Cola; no parecía haberles hecho efecto, o eso pensaba yo.

A la media hora decidimos abandonar el bar, muy a mi pesar, porque me gustaba estar con ellos y pensaba que si entrábamos en la disco irían a su bola o intentarían ligar con otras chicas de su edad. Nos levantamos todos y el atractivo propuso entrar de dos en dos para no aglomerar al portero. El atractivo moreno decidió las parejas.

—Vamos a entrar. Ella conmigo y mi morena guapa con mi colega; vosotras dos juntas, ¿vale?

—Vale, nos parece superbién.

En la cola mi amiga morena me pellizcó el brazo y me guiñó un ojo. Sabía lo que me quería decir, pero le puse cara de «me has hecho daño». Ella insistía en decirme sin palabras que el moreno se había fijado en mí, y yo seguía con miradas de «déjame en paz», y me dejó por imposible. Topamos con el portero, nos miró fijamente, le dimos pena y nos dejó entrar.

Recuerdo que me lo pasé genial; no iba bebida. El atractivo moreno estuvo toda la noche preguntándome cosas. Llegó un punto en que no sabía si era por curiosidad, por darme conversación o porque le gustaba; fuera lo que fuese, se quedó conmigo y no con otra. Empecé a notar que me gustaba. Tenía pinta de chico duro, pasota y macarrilla; en esos años molaba. Ahora sería considerada «persona del grupo tóxica nivel mil».

Dieron las seis de la mañana y encendieron las luces. Cuando encendieron las luces, se transformó el espacio en camareras de mala leche, vasos por el suelo, una amiga escupiendo algo de la boca, la otra amiga enrollándose con el alto; se había perdido el mundo mágico.

El alto se las llevó en taxi para casa. El atractivo me preguntó.

—¿Te acerco a casa?

—Soy la única que ha quedado.

—¿Qué extraño, no? —dijo con ironía.

Al llegar a mi casa el atractivo paró el coche.

—Bueno, ya estamos. ¿Estás bien?

—Sí, sí, muchas gracias. Yo no he bebido.

—Mejor, dormirás bien.

—Sí, sí, espero.

—Me lo he pasado muy bien contigo esta noche.

—Sí, sí, ha estado bien. Mañana a las chicas les contaré todo lo que hicieron, porque creo que no lo van a recordar.

—Ja, ja, ja, ellas no se acordarán de nada, pero tampoco han bebido tanto, ¿no?

—Bueno, estamos empezando en este mundo de la noche; danos tiempo.

—Ja, ja, ja, tenéis entre dieciocho o diecinieve ¿No?

—Sí, sí.

—Y pareces la mayor de todas.

—¿Ah, sí? ¿Por? —dije asustada.

—No, mujer, por la apariencia no; por lo responsable.

—Sí, sí, es que no hago lo que el resto, solamente es eso.

—¿Por qué dices mucho «sí, sí»?

—Es que estoy muy nerviosa; me pones nerviosa.

—¿Te puedo besar?

—Sí, sí.

Me besó durante unos minutos sin parar. Me tocaba la cara, me cogía el pelo y seguía besándome. A veces paraba de besarme, pero era para volverme a besar. Su cabeza giraba pasionalmente de un lado a otro sin dejar respirar su lengua. Me lamía los labios de arriba a abajo, pequeños lametones en mi boca cerrada. Se acercaba a mi cuello, me soplaba. Sus dedos agarraron mi pelo por la nuca y tiraba de él. Me besó por las orejas, la mejilla y volvió a introducir la lengua que se tocó con la mía. Después de un buen rato así, paramos y me dijo:

—¿Te puedo ver mañana?

—Lo estoy deseando —dije ignorando mi cita con el rubiales.

—Perfecto, te recogeré aquí. ¿O prefieres otro sitio?

—Pero mañana a qué hora.

—¿Te va bien quedar mañana?

—A ver, no mucho, es que tengo que hablar con mi ex de un tema porque él necesita hablarlo, y así poner punto y final. Es que se arrepiente un poco de lo que me hizo y supongo que quiere limpiar su conciencia y…

—¡Eh! ¡Eh!... Basta, no pasa nada, no me lo cuentes, no es necesario. Haremos una cosa, quedamos por la noche, te recojo sobre diez y tienes toda la tarde para tus cosas.

—Vale, pero no tengo novio, es mi ex.

—Ja, ja, ja, vale. No hace falta que me cuentes nada, al menos por ahora. ¿Me das otro beso?

Nos besamos de la misma forma que la anterior. Era alucinante, estaba alucinada. Qué bien besaba, qué sonrisa, qué cariñoso, qué bien se explicaba, qué maduro, qué comprensivo, qué hijo de la gran puta llegó a ser años después.

En mis horas de sueño apareció el atractivo moreno; me desperté pensando en el atractivo moreno; mientras comía pensaba en las diez de la noche para estar con mi atractivo moreno. A las cinco en punto bajé. Ahí estaba el rubiales, hubiese deseado que no estuviese. No sabía cómo decírselo, me di cuenta de que todo lo que viene se va.

—Hola, guapa.

—Hola.

—Qué guapa estás hoy.

—Gracias.

—Hoy tienes el guapo subido —dijo mientras me agarraba de la cintura.

—Gracias —le contesté apartando sus manos.

—Perdona, no quería... ¿Vamos a tomar algo?

—Vale. ¿Por dónde?

—No sé, vamos andando y cuando veamos un sitio que esté bien, entramos.

—Andar, andar… ayer salí y estoy cansada.

—Bueno, pues vamos ahí enfrente, que parece que está guay. ¿Y dónde fuiste?

—Salí con mis amigas a una discoteca.

—¿A una discoteca? ¿Y ligaste mucho o qué? Yo me quedé en casa pensando en ti.

—No, no ligué, lo justo.

—Me quedé en casa pensando en ti.

—Ya te he escuchado. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué me arrepiento de salir y que debería de haber estado pensado en ti?

—No, no quise decir eso, digo que estuve toda la noche pensando en ti. Nos sentamos en una mesa del bar y pedimos.

—Bueno, he pensado que podríamos vernos poco a poco.

—Como amigos.

—¿Qué?

—Que ya sabes que todo lo que pasó me dolió mucho y no sé... después de tanto tiempo creo que no iba a salir bien.

—Pero dame una oportunidad, si no me la das no lo podemos saber.

—Han pasado un montón de meses. Los primeros te odié, luego se me pasó y pensé en ser amiga tuya y ahora no sé lo que quiero, no sé si me gustas, no sé nada.

—¿Te pasó algo anoche? ¿Quieres decirme algo?

—¿Anoche? No tiene nada que ver con salir.

—Como a lo mejor ligaste... te sientes con más oportunidades de conocer a otras personas y te puedes confundir.

—No pienso en estar con otro chico, pienso que no sé si puedo estar contigo como si no hubiese ocurrido nada.

—Si me das la oportunidad, verás que soy mejor que antes. Sé lo que he perdido.

—Solo sé que salimos, me pusiste los cuernos, lo dejamos, ahora volvemos a hablarnos... y lo tengo que tener claro. Me produce ansiedad.

—No, no lo tienes que tener claro, siento apretarte, solo quiero que me digas que sí, que te gusto, que me quieres, que me has echado de menos y que quieres ver si podemos ser novios otra vez.

—No lo sé, lo siento.

—¿Te gusta otro?

—No.

—Entonces, no hay nadie más, pero no lo quieres intentar.

—No lo sé, después de tanto tiempo sin ti... puedo estar sin ti. Me estoy encontrando bien haciendo otras cosas.

—Empieza por ahí —dijo recriminándome.

—O acabando —contesté con mala leche.

—Lo siento —respondió cogiéndome las manos.