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Cotidianeidad, en femenino. Relatos que abarcan desde la mirada inocente de una niña hasta un simple escarceo sexual en un tren. En ellos no se intenta explicar el universo femenino, simplemente se narran desde el punto de vista de la autora. Los relatos son un esfuerzo por llegar a la parte más íntima de cada protagonista, contar qué sienten esas mujeres y por qué responden de una manera u otra. No es necesario entenderlas, ni mucho menos juzgarlas, sólo hay que dejarse llevar por unas historias que pueden sucederle tanto a la vecina del quinto, como a una amiga o a nuestra madre. La aventura cotidiana de vivir puede ser tan excitante o aburrida como un viaje a tierras ignotas. Al fin y al cabo, el mañana siempre es un tiempo desconocido en cualquier lugar.
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Los relatos deHistorias de sujetadorestienen el nexo en común de la cotidianeidad y lo femenino. Están escritos a lo largo de varios años y abarcan desde la mirada inocente de una niña hasta un simple escarceo sexual en un tren. En ellos no se intenta explicar el universo femenino, simplemente se narran desde el punto de vista de la autora. Los relatos son un esfuerzo por llegar a la parte más íntima de cada protagonista, contar qué sienten esas mujeres y por qué responden de una manera u otra. No es necesario entenderlas, ni mucho menos juzgarlas, sólo hay que dejarse llevar por unas historias que pueden sucederle tanto a la vecina del quinto, como a una amiga o a nuestra madre. La aventura cotidiana de vivir puede ser tan excitante o aburrida como un viaje a tierras ignotas. Al fin y al cabo, el mañana siempre es un tiempo desconocido en cualquier lugar.
Anabel Consejo Pano (Huesca, 1968), reside en Lleida desde hace más de veinte años. Ha sido seleccionada en la Antología de Relatos Eróticos Karma-Sensual: Amor-Humor, 2008 y ha ganado el I Certamen de Cuentos para Despertar del ayuntamiento de Huesca, 2009. Historias de sujetadores, recopilación de 14 relatos, es su primer libro publicado.
© Anabel Consejo Pano, 2010
Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: septiembre de 2010
ISBN: 978-84-9743-396-9
DL L 964-2010
Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, SL
Printed in Spain
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, SL, 2013
www.edmilenio.com
Primera edición digital (epub): abril de 2013
ISBN (epub): 978-84-9743-526-0
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, SL
www.bobala.cat
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A Pilar Aguarón
por empujarme
A mis hijas,
Sandra y Elísabet
Índice
SINOPSIS Y BIOGRAFÍA
LOS CUENTOS DE GRACIELA
A UNA CARTA
VENCER A LA MUERTE
ANGÉLICA
LA CIEGA
QUEMADURAS DE TERCER GRADO
BEAUTIFUL
BRAGAS BLANCAS
EN HARINA
MODERNA PENÉLOPE
UN GIN-TONIC
¿CUÁNTOS AÑOS TENGO?
AZULES, NO, GRISES
LÁSTIMA NO SER SERPIENTE
LOS CUENTOS DE GRACIELA
Me gusta mucho caminar por las calles, me encanta mirar escaparates, ver a las personas ir deprisa de un sitio para otro, observar cómo la gente hace caso a los semáforos y a los coches también, parece que hay una música en algún lado que dicta el ritmo que han de tener las cosas. Mamá no para de repetirme que coja el autobús, que es más seguro y así no pierdo el tiempo de hacer los deberes vagando por allí, incluso alguna vez, me ha propinado un bofetón si adivina que no he vuelto en autobús. Pero cuando más furiosa se ponía era cuando volvía andando y me paraba a hablar con Graciela. Si me pillaba me gritaba desde el balcón y me esperaba en la puerta del piso con la zapatilla en ristre. No comprendo por qué mamá no quería que hablara con ella, era mi amiga y nunca me hizo nada malo, por mucho que mamá pensara lo contrario. Según ella me iba a contagiar algo, también decía que era un mal ejemplo y que junto a ella corría mucho peligro de que me tomaran por lo que no soy. Yo nunca lo entendí porque Graciela era muy simpática y siempre me regalaba un chicle de fresa ácida; me preguntaba cómo me había ido en el cole y por mis amigos y me escuchaba y me daba buenos consejos cuando tenía algún problema con un chico de clase, cosas que mamá nunca hace, aunque me repetía, igual que mamá, que tenía que estudiar mucho si no quería terminar como ella. Y eso sí que nunca lo entendí. Se ganaba la vida en la calle, así me lo decía la misma Graciela, además tenía mucho éxito entre los hombres, no había día que no ligara y, encima, se pintaba y se ponía unas botas negras superchulas con unos vestidos la mar de bonitos. Ahora, cuando hacía frío, no sé cómo podía aguantar; si llovía se resguardaba debajo de la marquesina de la gasolinera y desde allí saludaba a los hombres que paraban a repostar y alguno amable se la llevaba en coche hasta su casa. Yo, unas cuantas veces, sin que mamá se enterase, le bajé un café con leche y le di mi merienda. Graciela me daba un beso y un chicle, y sus “gracias, eres mi ángel de la guarda” me sonaban muy de verdad. Si mamá lo hubiera sabido, me hace comer la zapatilla.
Un día, regresaba a casa antes de hora pues la señorita de matemáticas se había puesto enferma y no tuvimos la última clase. Me extrañó no ver a Graciela en la esquina de la gasolinera, pero a veces ligaba muy temprano, así que me fui a casa contrariada pues me hubiera gustado contarle una cosa que me había pasado en el recreo con el tonto del Martín. Al entrar, oí unas risas y unos grititos que no me sonaban en la voz de mamá, ella no se ha reído así nunca. Fui a la habitación de mis papás y me encontré a Graciela que se metía algo en el bolso y le daba a papá un beso en los labios. Cuando me vieron en la puerta dejaron de reírse y se separaron el uno del otro. Yo entré contenta a la habitación y les dije que me alegraba mucho de que fueran amigos, que de esta manera a mamá ya no le sabría malo que hablara con Graciela. Papá se puso muy nervioso e intentó decir algo, pero Graciela se adelantó, se agachó frente a mí y, cogiéndome la cara, me dijo:
—Mi ángel de la guarda, tal vez no debieras decírselo a mamá, digo lo de la amistad entre tu padre y yo. ¿Sabes? Es que si no le gusta que tú y yo seamos amigas, menos le gustará que lo sea de tu papá, ¿no crees? Podemos dejarlo en un secreto entre los tres, ¿vale?
Yo nunca había hablado con papá más allá de los buenos días y buenas noches pues siempre estaba de viaje con el camión y la idea de compartir un secreto con él me parecía bien, aunque un poco extraña. Pensé que de esta manera, a lo mejor, podíamos empezar una buena relación padre-hija, como dice el psicólogo del colegio, y dije que sí muy feliz. Graciela me dio un paquete de chicles de fresa ácida y papá veinte euros con la condición de no decirle nada a mamá. Acepté encantada el trato: saber algo que mamá no supiera y encima conseguir chicles y dinero por ello era genial.
Desde ese día empecé a hablar con papá cuando mamá no estaba cerca.
—Y ¿de qué habláis Graciela y tú, papá?
—Pues, de muchas cosas, ya sabes, somos amigos.
—Nosotras hablamos de lo que me pasa a mí en el cole, ¿tú le cuentas lo que te pasa a ti en el camión?
—Claro, claro, eso es.
—Y ¿habláis de mí?
—Por supuesto, ella te quiere mucho, de hecho siempre me cuenta cuentos para ti.
—¿Sí? Y ¿por qué no me los cuentas?
—Bueno, no sé si me acordaré, no la veo todos los días…
—Va, papá, va, uno cortito, va, porfi, va.
—Vale, vale, a ver, el otro día me contó uno de una niña que se escapó del colegio para ir a jugar con un cachorrito que tenía escondido en una caja en la esquina de la gasolinera al que alimentaba con los bocadillos que su mamá le ponía para desayunar y merendar…
Nunca hubiera imaginado que Graciela contase cuentos tan bien, la verdad es que papá se los aprendía de memoria para podérmelos contar a mí por la noche. Me acostumbré a esperarlo despierta y, llegara a la hora que llegara, se pasaba por mi cuarto a contarme el último cuento. Era estupendo. Algunos días que llegaba muy cansado o que no había podido hablar con Graciela, entraba despacito, me besaba la mejilla y cerraba la luz, pero a mí no me importaba: eran las noches que mejor dormía.
Hace unos meses que no veo a Graciela. He hablado con papá, pero él tampoco me dice nada claro. Yo creo que no quiere decirme dónde está para que no llore, porque sé que le ha pasado algo malo. Cuánto más preocupados estamos papá y yo, más contenta está mamá. Hay veces que pienso que es una mala persona; si ella supiera lo buena que es Graciela se arrepentiría de todas las veces que me ha pegado con la zapatilla, pero papá no para de repetirme que no le diga nada, que ella no lo comprendería. Pienso que tiene razón. Ojalá Graciela regrese pronto, tengo muchas ganas de verla y papá creo que también.
Ahora vuelvo todos los días a casa en autobús, me he dado cuenta de que veo la calle y a las personas igual, sin cansarme y sin pasar frío. Lo único que echo de menos es hablar con Graciela y a papá contándome sus cuentos por la noche.
A UNA CARTA
“Amaya,
”Paseas tu hermosura por delante de mi mesa, mirándome con ojos incitantes, contoneándote como una diosa. Sonríes y te alejas contenta porque sabes que ya no podré concentrarme.
”Aparece tu voz susurrante en mi oreja, cuando intento cuadrar una cuenta, pidiéndome folios o con cualquier otro pretexto, y los números me bailan al son de tu murmullo. Sonríes y te vas satisfecha porque sabes que el vello de mi nuca se ha erizado.
”Me coges fuerte, apretándome, para bajar las escaleras con la excusa de que tus zapatos de infinito tacón no te dan la seguridad de mi brazo. Sonríes y me sueltas triunfadora porque mis rodillas temblarán hasta que vuelva a sentarme.
”No puedo más. Me haces vivir un suplicio cuando te tengo tan cerca que puedo oler tu cuello. No me mires, no me sonrías, no me susurres, no me toques nunca más, pero déjame conocer el sabor de tu lengua, el olor de tu piel, la tersura de tus senos, el calor de tu pubis, el sonido de tus jadeos por una sola vez. Y luego ignórame como haces cada día al salir de la oficina.
”No puedo seguir sin tocar la fruta que se exhibe todos los días delante de mí, tengo que degustarla o haré una locura. Déjame morderte una sola vez e ignórame para siempre.
”Esta noche, en el pub O’Sullivan a las diez.
”Te espero,
Miguel.”
Tras leer la carta, Andrea se sintió como Miguel cuando mira a Amaya. Tardó unos instantes pero se decidió: metió la cuartilla en el bolso y subió las escaleras con una sonrisa de quinceañera traviesa.
Transcurrió la tarde entre las líneas del mensaje, tocando la caligrafía de Miguel. Las letras eran alargadas y finas, pero decididas y voluptuosas en los ganchitos de las ges. Algo de indecisión aparecía en los rabitos de las aes que temblaban como ondas. En esos trazos se traslucía el nerviosismo de Miguel, el esfuerzo por recopilar el valor suficiente para terminarla, un poco menos del que hubiera necesitado para dársela en mano.
