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Los autores aseguran que los intercambios académicos han sido parte del ámbito universitario prácticamente desde sus orígenes. Señalan que, en la actualidad es una práctica central para el desarrollo de las múltiples actividades de las instituciones educativas y que a pesar de su reconocida relevancia escasos trabajos historiográficos han abordado su análisis de manera sistemática. En este libro se busca analizar, desde distintas perspectivas historiográficas, los procesos asociados a los intercambios académicos en el México del siglo XX. Principalmente, la práctica educativa, cultural y política que ha sido central para la construcción de las distintas disciplinas, se ha mantenido en las penumbras de las investigaciones históricas, pese al aumento sostenido de viajes, estancias de investigación, circulación de materiales impresos, becas de movilidad, entre otras alternativas. Destacan que los nueve capítulos que componen la presente obra entregan una mirada amplia sobre cómo estas dinámicas afectaron distintas disciplinas, desde las ciencias naturales hasta la psicología, pasando por la literatura y la educación. Finalmente se espera que a través de estas páginas los lectores logren comprender cómo el fortalecimiento del intercambio académico contribuyó, a lo largo del siglo XX, a mejorar la calidad y ampliar el impacto del ámbito educativo en nuestras sociedades.
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Seitenzahl: 429
Veröffentlichungsjahr: 2021
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El Colegio Mexiquense, A. C.
Dr. César Camacho Quiroz
Presidente
Dr. José Antonio Álvarez Lobato
Secretario General
Dr. Raymundo César Martínez García
Coordinador de Investigación
378.169 H62928
Historias entrelazadas. El intercambio académico en el siglo xx: México, Estados Unidos y América Latina / Sebastián Rivera Mir, coordinador. — Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C., 2020.
235 p.: + cuadros Incluye referencias bibliográficas al final de cada capítulo SBN: 978-607-8509-61-4 (edición impresa) ISBN: 978-607-8509-73-7 (edición electrónica)
1. Intercambios académicos – México – Historia – Siglo XX. 2. Intercambios académicos – Estados Unidos de Norteamérica . 3. Intercambios académicos – América Latina. 4. Relaciones internacinales y educación – Siglo XX. 5. Cooperación internacional educativa. I Rivera Mir, Sebastián, coordinador.
Edición y corrección: Cristina Baca ZapataDiseño, formación y tipografía: Fernando Cantinca Cornejo y Luis Alberto Martínez LópezCuidado de la edición y diseño de portada: Luis Alberto Martínez López
Primera edición digital 2021
D. R. © El Colegio Mexiquense, A. C. Ex hacienda Santa Cruz de los Patos s/n, col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec 51350, México MÉXICO Página-e: www.cmq.edu.mx
Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, tal y comose señala en los puntos 31 y 32 del apartado V, de los Lineamientos Normativos del Comité Editorial de ElColegio Mexiquenses, A. C.
Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra, sin contar previamente conla autorización expresa y por escrito del titular del derecho patrimonial, en términos de la Ley Federal de Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinja esta disposición sehará acreedora a las sanciones legales correspondientes.
Hecho en México / Made in Mexico
SBN: 978-607-8509-61-4 (edición impresa) ISBN: 978-607-8509-73-7 (edición electrónica)
Contenido
Introducción
I. Lo transnacional y sus flujos
Los actores transnacionales en la articulación de conexiones y relaciones científicas: algunos ejemplos de la historia de la física en América Latina, siglo XXAdriana Minor García
Pensar el intercambio académico como un flujo migratorio: el caso de los estudiantes mexicanos en Estados UnidosRachel Grace Newman
“Soy muy pobre y aquí no hay universidad”: el flujo educativo internacional entre Costa Rica y México (1934-1940)Marco Vinicio Calderón Blanco
Ir del Sur al Norte: reflexiones sobre aspectos transnacionales de la nutrición en Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XXJoel Vargas-Domínguez
¿Técnicos o especialistas? Alfredo Carballo Quirós, la Fundación Rockefeller y la revolución verde en Costa Rica, 1949-1962Diana Alejandra Méndez Rojas
ll. Política e intercambio
“Una bella promesa de hermandad”. Carlos Pellicer Cámara y la organización del movimiento estudiantil en Colombia, 1918-1920David Antonio Pulido García
Aníbal Ponce en México. Estrategias de difusión de sus propuestas educativasSebastián Rivera Mir
Paulo Freire en el Cidoc, Cuernavaca, México: dialogando para ampliar su miradaCarlos Escalante Fernández
Contribuciones a la construcción de saberes en el campo de las culturas PSI: Néstor A. Braunstein y su exilio en México (1974-1983)Malena Beatriz Alfonso
Acerca de los autores
El presente volumen busca analizar desde distintas perspectivas historiográficas los procesos asociados a los intercambios académicos en el México del siglo xx. La práctica educativa, cultural y política, que como veremos ha sido central para la constitución de las distintas disciplinas, se ha mantenido en las penumbras de las investigaciones históricas, pese al aumento sostenido de viajes, estancias de investigación, circulación de materiales impresos, becas de movilidad, entre otras alternativas. Hoy en día, cuando los alcances de estos procesos comienzan a ser revisados tanto en México como en otros países, se vuelve necesario detenernos en las historias asociadas a los intercambios académicos para contribuir a estos debates. Ampliar nuestro conocimiento sobre estas temáticas no sólo será útil para los estudiosos de los procesos educativos, sino para quienes se encargan de definir los límites, mecanismos y procedimientos que norman estos intercambios.
A nivel internacional, la historiografía, respecto a estas problemáticas, ha comenzado a crecer de manera sostenida en los últimos años, especialmente debido al auge de la historia transnacional y a los estudios poscoloniales. Este nuevo cúmulo de investigaciones ha recuperado desde análisis vinculados al género, pasando por revisiones institucionales o disciplinares, hasta un reingreso a lo político a través de los movimientos geográficos de académicos y estudiantes (Pietsch, 2013; Von Oertzen, 2012; Friedlander, 2019; Fuchs y Roldán, 2019; Krige, 2019). Aunque la mayoría de los textos continúa mencionando las carencias que se pueden observar al momento de analizar estas problemáticas y para el caso mexicano los vacíos son aún mayores (Charle, Schriewer y Wagner, 2006).
En el contexto latinoamericano, un énfasis particular que han asumido las investigaciones es la variante de la conquista disciplinar (Salvatore, 2016 y 2007). Especialmente, los trabajos realizados desde Estados Unidos han tomado el camino de analizar las relaciones de dependencia asociadas a la aparición de varias de las disciplinas científicas a lo largo del continente. La influencia y decisiones que provenían desde el norte dieron forma a instituciones, organismos y convenciones para comprender el conocimiento en los distintos países de América Latina. Sin embargo, en este libro nos alejamos un poco de estas posturas, sin dejar de tenerlas en cuenta, pero asumiendo la multiplicidad de conexiones y relaciones académicas que se desarrollaron desde México (Tenorio, 2017).1 Evidentemente, la sombra de las instituciones universitarias, la filantropía y la diplomacia estadounidense no puede ser evadida, pero es relevante recuperar tanto la creatividad de los actores locales como las relaciones que se establecieron entre los países que se han denominado como el sur global. Estos vínculos fueron relevantes para la consolidación de los espacios académicos y para dotar de densidad a las redes de intercambio. Esto tampoco significa que las relaciones sur-sur no estuvieran marcadas por desequilibrios y tensiones. Por ello, se requiere avanzar en las investigaciones que permitan no sólo sacar del olvido estos procesos, sino también analizar las sinuosidades que implicaron para los sujetos que se involucraron en los distintos intercambios.
Éste es uno de los principales puntos de observación del presente libro: las experiencias de los sujetos. La reconstrucción de las trayectorias individuales permite penetrar en los intereses, las negociaciones y los límites que enfrentaron los implicados, y al mismo tiempo arroja luces sobre las redes, los procesos colectivos y las dinámicas gubernamentales. Por ello, el lugar de partida es la idea de que el conocimiento siempre consiste en el resultado de interacciones sociales. De ese modo, reconcentrarse en lo que enfrentaron las personas de carne y hueso nos puede posibilitar la reconstrucción, desde la unidad básica de la historia, de situaciones que afectaron a todo un continente.
Los intercambios en este sentido se observan claramente como prácticas que no se caracterizaron por la reciprocidad de los elementos movilizados de un lugar a otro, más bien estuvieron basados en los desequilibrios, en las asimetrías de los sistemas educativos y en la búsqueda de objetivos que estaban más allá de los procesos pedagógicos. Por ejemplo, existió entre las autoridades la idea de que entregar becas a determinados países podía ayudar a construir una opinión pública favorable. En otro caso, enviar material bibliográfico podía generar una corriente intelectual en pro de los objetivos específicos o incluso evitar guerras o malentendidos (Wilson, 2014).2 Cada intercambio no buscó que la contraparte correspondiera de manera idéntica, por el contrario, lo que se pretendía era que la retribución obedeciera a otro tipo de variable, ya fuera política, económica o cultural.
De igual modo, lo interesante del intercambio académico es que su análisis implica la necesidad de hacer confluir distintas áreas de la disciplina historiográfica. Los acercamientos propuestos por la historia de la educación, la historia social del conocimiento, la historia de la ciencia, la historia diplomática, la historia política, entre otras, son necesarios para complejizar todo lo que giraba en torno a que un estudiante de un país viajara a otro lugar para continuar su formación o que un académico decidiera impulsar la publicación de un colega de otra latitud. De ahí que las formas de articular las diferentes perspectivas historiográficas otorgan innumerables matices a las historias (en plural) de los intercambios académicos que se desplegaron desde México durante el siglo xx.
Aquí debemos detenernos en las particularidades que entrega este país para el análisis de esta problemática. Su posición de cercanía con el vecino del norte le permitió jugar un papel clave en las relaciones entre América Latina y los programas educativos generados en Estados Unidos que buscaban impactar en el sur del continente. Esta función como primer punto de contacto implicó fortalecer en ambas direcciones las propuestas que emanaron desde sus instituciones y sus gobiernos. Por esta razón, México adquirió centralidad en lo relativo a las dinámicas del panamericanismo o posteriormente del interamericanismo (en el sentido de la cooperación con las políticas estadounidenses). Instituciones como la Fundación Rockefeller y organismos como el Instituto Panamericano de Historia y Geografía, entre otros, aprovecharon la situación para desarrollar sus proyectos desde la capital del país, y éste fue capaz de redireccionar estos esfuerzos en su beneficio (Pita, 2014).
Esta situación se complementó con otra condición que representó México desde la segunda década del siglo xx. Si las políticas panamericanistas atraían a algunos intelectuales y académicos, los lineamientos trazados desde el nacionalismo revolucionario calaron profundamente en otros sectores universitarios. Las iniciativas asociadas a la Revolución mexicana, desde sus artistas plásticos hasta su involucramiento con los sectores campesinos, pasando por sus discursos indigenistas o por la educación socialista, significó que numerosos investigadores volvieran la mirada sobre lo que sucedía en el México profundo (Kiddle, 2016). Esto atrajo a innumerables viajeros, generó curiosidad entre los académicos, fortaleció el mundo editorial, convirtió a sus instituciones en contrapartes idealizadas de cualquier proyecto de intercambio e incluso permitió durante algún tiempo que las autoridades mexicanas fueran consideradas principales impulsores de la cultura latinoamericana.
Bajo estas dos condiciones, México se transformó en uno de los nodos principales de las redes de intercambio académico, por lo que su análisis entrega luces tanto de los procesos desarrollados dentro de sus fronteras como aquellos que se dieron mucho más allá de estos límites. De hecho, la misma noción de frontera se debe reconceptualizar para comprender los alcances, problemas y logros que representaron los intercambios académicos. Las demarcaciones nacionales a veces no son suficientes para encuadrar estos procesos, mientras que en otras ocasiones las representaciones simbólicas fronterizas son precisamente el centro de la explicación de determinadas problemáticas. De ese modo, reevaluar las formas en que actuaron las fronteras, tanto reales como imaginarias, en los procesos sociales detrás de cada intercambio ha sido uno de los principales desafíos enfrentados a lo largo de las siguientes páginas.
La reconceptualización de los procesos asociados a los intercambios académicos ha conducido también a la necesidad de revisar los propios métodos y nociones que tradicionalmente se han vinculado a estas prácticas. De hecho, la idea misma de pensar los intercambios como prácticas sociales, culturales y políticas comprende la obligación de reflexionar sobre las implicaciones de esta particular perspectiva. Dejar de considerar estos procesos como simples elementos accesorios en la construcción del conocimiento nos debiera empujar a cuestionar aquellas miradas que han pensado la historia de las ideas como el resultado de la creatividad personal o el descubrimiento fortuito del científico en su laboratorio. Las estrategias que permitieron su producción, pero también su socialización y circulación requieren de la atención de los investigadores. Complejizar nuestra mirada sobre las prácticas asociadas a la generación de conocimiento puede ayudarnos también a valorar y desplegar de mejor forma las potencialidades envueltas en nuestras instituciones y academias.
En términos generales, el presente volumen ha sido dividido en dos partes con la finalidad de organizar los debates y diálogos. La primera sección reúne textos con mayores matices sobre la discusión en torno a “Lo transnacional y sus flujos”. Si hay un concepto relevante para comprender las actuales exploraciones de los intercambios académicos es justo la idea de lo transnacional, entendido no como un escenario, sino como un actor integral de los procesos históricos.
La segunda parte del libro se detiene con mayor énfasis —y reitero, sin olvidar lo anterior— en las dinámicas asociadas a la relación entre el intercambio y las condiciones políticas en las que las distintas academias estuvieron inmersas. Esto también involucra una serie de reconceptualizaciones de los vínculos que han tenido en la historia latinoamericana las condiciones políticas represivas y dictatoriales con los intercambios académicos obligados. Las políticas de exclusión por parte de regímenes antidemocráticos que expulsaron de sus países a académicos y estudiantes, lamentablemente, no fueron una excepción a lo largo del siglo xx. Al contrario, esto más bien aparece como parte estructural de los sistemas políticos, por lo que la dinámica exilio/intercambio debe ser comprendida como una característica más que los sujetos implicados aprovecharon para avanzar en sus propuestas intelectuales.
En el primer capítulo, “Los actores transnacionales en la articulación de conexiones y relaciones científicas: algunos ejemplos de la historia de la física en América Latina, siglo xx”, Adriana Minor García reflexiona acerca de las experiencias de los físicos Manuel Sandoval Vallarta, Gleb Wataghin y Guido Beck. A través de estos destacados integrantes del mundo científico, el texto busca redimensionar la comprensión del actor histórico transnacional, en especial respecto a la movilización del conocimiento. La tensión entre las trayectorias individuales —que los llevaban por distintos países— y su inserción en espacios colectivos permite a Minor analizar con detenimiento las estrategias utilizadas por los sujetos para desarrollar sus propios proyectos. ¿Cómo esto fue parte de la construcción global de la ciencia? Éste es el principal eje de análisis del escrito.
De igual modo, en el segundo capítulo, “Pensar el intercambio académico como un flujo migratorio: el caso de los estudiantes mexicanos en Estados Unidos”, Rachel Grace Newman se concentra en la tensión entre las agencias individuales y su correlato o inserción en espacios colectivos. Ambos textos coinciden en la necesidad de incorporar la movilidad de estudiantes y académicos en el marco de flujos migratorios más amplios. Aunque en los siguientes capítulos esto se presenta de manera implícita, Newman enfatiza la necesidad de retomar las preguntas que realizan los estudios sobre la migración para comprender la historia social y cultural de aquellos sujetos implicados en los intercambios. Sin duda, estos cruces disciplinares permiten complejizar nuestras explicaciones sobre los prejuicios, las representaciones, las trayectorias de todos los actores de estos procesos, incluidos desde becarios y autoridades, hasta investigadores que se han enfocado en ellos.
De este modo, los flujos educativos internacionales son el resultado de los intereses de los sujetos y de las condiciones e institucionalización que los países emisor y receptor ofrecen. La carencia de universidad, como recuerda Marco Vinicio Calderón Blanco en el tercer capítulo, “‘Soy muy pobre y aquí no hay universidad’: el flujo educativo internacional entre Costa Rica y México (1934-1940)”, pudo ser un aliciente importante para que los estudiantes salieran de su país natal. Sin embargo, se requería también de otros dos factores (el interés de los sujetos y la oferta del país receptor) para que el proceso cristalizara de manera exitosa. De ese modo, las vidas de los implicados se entrecruzaron en su peregrinatio academica, con las dinámicas particulares de los estados en proceso de modernización. Esta variable es relevante para comprender el carácter específico con el cual se valoró social y políticamente la realización de distintos intercambios académicos. La experiencia de los estudiantes centroamericanos becados en México les permitió vislumbrar no sólo las condiciones de su nuevo país, sino volver la mirada sobre las limitaciones y posibilidades de sus lugares de origen.
Esta doble perspectiva coincide con la propuesta que Joel Vargas-Domínguez realiza en su trabajo, “Ir del Sur al Norte: reflexiones sobre aspectos transnacionales de la nutrición en Latinoamérica durante la primera mitad del siglo xx”. En él, desde la historia de la ciencia, se enfatiza el despliegue de las relaciones sur-sur y su importancia en la constitución de algunas disciplinas en América Latina, así como el surgimiento de instituciones específicas. La reconceptualización de las fronteras nacionales en términos historiográficos también exige la revisión de las historias de bronce nacionalistas que se han construido en torno a determinadas disciplinas. En este entramado analítico, la figura de José Quintín Olascoaga, considerado el padre de la nutrición moderna en México, aparece no como el héroe, sino como un sujeto implicado en una red de actores, propuestas y tensiones que es capaz de plantearse una estrategia para llevar a cabo sus objetivos. La representación de la construcción del conocimiento nos aterriza en las condiciones concretas en que la nutrición surgió en el país.
Para concluir la primera sección, Diana Alejandra Méndez Rojas evoca el ineludible peso que tuvieron las políticas estadounidenses en la constitución de las disciplinas científicas en Latinoamérica. En “¿Técnicos o especialistas? Alfredo Carballo Quirós, la Fundación Rockefeller y la revolución verde en Costa Rica, 1949-1962”, la autora retoma la importancia de la filantropía de Estados Unidos en este aspecto. Sin embargo, esto no significa que la dirección del proceso fue sólo de arriba hacia abajo. El caso de Carballo Quirós da cuenta de la capacidad de negociación y de la creatividad que los actores debieron desplegar para aprovechar las becas y otros apoyos manteniendo su autonomía. Lo interesante, como muestra Méndez Rojas, es que estas movilidades ayudaron a establecer un lenguaje común que permitió avanzar en la creación de mecanismos para la cooperación internacional.
La segunda parte de este volumen comienza, precisamente, con un capítulo relacionado con la construcción de esos lenguajes comunes. Sin embargo, a diferencia de las directrices emanadas desde la filantropía estadounidense, el texto de David Antonio Pulido García, “‘Una bella promesa de hermandad’. Carlos Pellicer Cámara y la organización del movimiento estudiantil en Colombia, 1918-1920”, nos muestra aquellos procesos vinculados al antiimperialismo latinoamericano que enarboló el gobierno posrevolucionario de Venustiano Carranza. La relación entre el intercambio académico y la diplomacia mexicana se conjugaron en la experiencia del entonces estudiante de preparatoria Carlos Pellicer. A su juicio, uno de los indicadores del nivel de desarrollo democrático de un país era su apertura hacia el intercambio estudiantil, algo en que coincidían sus contrapartes colombianas, incluyendo al también novel Germán Arciniegas. Sus actividades no distinguieron el aula de clases, la tarima en algún anfiteatro, el periódico o la plaza pública; las continuidades entre lo político y lo educativo marcaron sus prácticas cotidianas.
Situación similar enfrentó el argentino Aníbal Ponce en el México cardenista. En el escrito presentado por Sebastián Rivera Mir, “Aníbal Ponce en México. Estrategias de difusión de sus propuestas educativas”, se analiza el impacto que tuvo el emigrado una vez que arribó al país. Su relación inmediata con el mundo académico transformó al destacado intelectual en una de las figuras del boyante escenario cultural mexicano. Sus libros se convirtieron en best seller, sus conferencias repletaron teatros, sus cursos ayudaron a difundir en profundidad sus propuestas. Todo ello fue parte de una estrategia de inserción seguida por Ponce, la cual da cuenta de cómo los intelectuales emigrados fueron capaces de reconvertir sus persecuciones políticas en experiencias útiles en términos académicos. Los vínculos construidos permitieron elaborar diálogos latinoamericanos y a la vez reproducir propuestas exitosas en otros lugares del continente.
Carlos Escalante Fernández, en “Paulo Freire en el Cidoc, Cuernavaca, México: dialogando para ampliar su mirada”, abordada temáticas parecidas. El nomadismo académico de Freire le permitió enfrentar discusiones importantes para el ámbito educativo, incluso sin estar presente físicamente o sólo por breves estancias. Mediante debates y diálogos con académicos de distintas partes del mundo, sus ideas y libros se convirtieron en referentes a nivel continental y mundial. El intenso intercambio académico que se desarrolló a partir del Centro Intercultural de Documentación (Cidoc) nos muestra que las instituciones interesadas en este tipo de iniciativas no fueron solamente gubernamentales ni universitarias, sino un amplio espectro de organismos. Lo relevante es que este caso nos recuerda, como enfatiza Escalante, que los diálogos no necesariamente se vertebraron sobre puntos de acuerdo. Las disensiones y polémicas del ámbito académico, en lugar de frenar estos procesos, fueron un aliciente para continuar profundizando estos intercambios.
En el último capítulo, “Contribuciones a la construcción de saberes en el campo de las culturas psi: Néstor A. Braunstein y su exilio en México (1974-1983)”, Malena Beatriz Alfonso analiza los alcances de la presencia de los exiliados argentinos en disciplinas como la psicología o el psicoanálisis. A su juicio, la historia de este campo no puede entenderse sin analizar los exilios, algo que podríamos extrapolar —en atención a los últimos capítulos de este volumen— a la mayoría de los ámbitos educativos de América Latina. Hasta qué punto estos intercambios apuntaron a construir una identidad particular, o al menos a evidenciar similitudes y diferencias entre las distintas comunidades nacionales, es algo que atraviesa este último apartado. Y de igual modo, es una de las preguntas presentes, más o menos explícitas, a lo largo de cada una de las exploraciones aquí integradas.
Finalmente, este libro es el resultado de los intercambios y diálogos entre los distintos autores, provenientes de diferentes espacios académicos, países y adscripciones disciplinares. El proceso de elaboración de este acercamiento colectivo tuvo un punto culminante en el Coloquio Internacional Trazando las fronteras del conocimiento. Historias del intercambio académico en México, Latinoamérica y Estados Unidos en el siglo xx, realizado en El Colegio Mexiquense, A. C., en octubre de 2018. Esto no es casualidad. El objeto mismo de investigación requiere de una exploración enfrentada de manera grupal y que incorporé entre sus prácticas lo transnacional. Como el lector podrá ver, la lista de archivos consultados se extiende a numerosos países y repositorios, pero más importante aún son las perspectivas analíticas asumidas que permitieron construir distintos asedios a las temáticas abordadas. A modo de caleidoscopio, esperamos que la lectura del libro permita comenzar a reconstruir el panorama que se presentó cada vez que un estudiante o un académico decidió abandonar su zona de confort y atreverse a entablar diálogos transnacionales. Por nuestra parte, este libro constituye uno de nuestros primeros desafíos en ese sentido.
Sebastián Rivera MirZinacantepec, diciembre de 2019
Fuentes consultadas
Bibliografía
Charle, Christophe, Jürgen Schriewer y Peter Wagner (comps.) (2006), Redes intelectuales transnacionales. Formas de conocimiento académico y búsqueda de identidades culturales, Barcelona, Ediciones Pomares.
Friedlander, Judith (2019), A light in dark times. The new school for social research andits university in exile, Nueva York, Columbia University Press.
Fuchs, Eckhardt y Eugenia Roldán Vera (eds.) (2019), The transnational in the historyof education. Concepts and perspectives, Suiza, Palgrave Macmillan.
Kiddle, Amelia (2016), Mexican relations with Latin America during the Cárdenas era, Albuquerque, University of New Mexico Press.
Krige, John (ed.) (2019), How knowledge moves: writing the transnational history ofscience and technology, Chicago y Londres, The University of Chicago Press.
Pietsch, Tamson (2013), Empire of scholars. Universities, networks and the British academyworld, 1850-1939, Mánchester, Manchester University Press.
Pita, Alexandra (2014), Educar para la paz: México y la cooperación intelectual internacional,1922-1948, México, Secretaría de Relaciones Exteriores-Universidad de Colima.
Salvatore, Ricardo D. (2007), Los lugares del saber: contextos locales y redes transnacionalesen la formación del conocimiento moderno, Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora.
Salvatore, Ricardo D. (2016), Disciplinary conquest: U. S. Scholars in South America,1900-1945, Estados Unidos, Duke University Press.
Tenorio Trillo, Mauricio (2017), Hablo de la ciudad: los principios del siglo xx desde laciudad de México, México, Fondo de Cultura Económica.
Von Oertzen, Christine (2012), Science, gender and internationalism. Women’s AcademicNetworks, 1917-1955, Nueva York, Palgrave Macmillan.
Wilson, Iain (2014), International Education Programs and Political Influence. Manufacturing Sympathy? , Nueva York, Palgrave Macmillan.
Notas
1 Véanse en especial los capítulos dedicados a la ciencia.
2 Estas ideas aún forman parte de mecanismos como las becas Erasmus.
Adriana Minor GarcíaEl Colegio de México
Este capítulo reflexiona sobre el papel del actor transnacional en la articulación de relaciones intelectuales y dinámicas de movilización de conocimiento. Un actor transnacional se distingue por su capacidad de trascender fronteras, con-figurada por las circunstancias de su propia movilidad y plasmada en sus intervenciones en favor de la creación de dinámicas de movilización del conocimiento, particularmente entre aquellos contextos culturales, nacionales e intelectuales en los que han establecido vínculos personales y profesionales. Además de las convicciones del actor transnacional, esta capacidad se conforma en relación con coyunturas históricas que la impulsan u obstaculizan. Este capítulo propone que las relaciones que propicia el actor transnacional constituyen una intervención crucial para la producción de conocimiento. En ese sentido, se sugiere que centrar la atención en actores transnacionales permite aproximarse y comprender cómo se articula la movilización de personas, objetos e ideas siguiendo los nexos y los circuitos de intercambio intelectual creados por éstos.
Centrar la atención en el sujeto en circunstancias de movilidad remite a los cimientos de los fenómenos transnacionales. Al respecto, Bernhard Struck, Kate Ferris y Jacques Revel (2011) han señalado que el sujeto en esas circunstancias, el que destaca por las conexiones que es capaz de crear y por la mezcla de identidades que encarna, sitúa al historiador en la escala más básica de la articulación de espacios transnacionales. Desde este enfoque, el sujeto transnacional representa un prisma en el que su experiencia vital expresa dinámicas de cruce de fronteras (narrativa, física, ideológica y simbólicamente) y desde el cual es posible interconectar múltiples espacios, experiencias y escalas de análisis involucradas en los fenómenos transnacionales. Para Pierre-Yves Saunier (2013) constituye el “caballo de Troya” que le permite al historiador seguir en detalle los procesos que derivan del establecimiento de conexiones.
En una reflexión que pasa entre la experiencia individual y colectiva, los estudios de la migración han demostrado que el enfoque transnacional enriquece la comprensión de la formación de comunidades en circunstancias de movilidad, considerando que las experiencias de la migración desdibujan y reconfiguran los límites territoriales, generan identidades híbridas y nuevas maneras de pertenecer, identificarse y situarse entre varios contextos nacionales y culturales a la vez (Levitt y Jaworsky, 2007). Este enfoque ha resultado inspirador para el estudio de sujetos históricos transnacionales y ha desembocado en interesantes trabajos de tipo biográfico en los cuales el marco de análisis se encuentra en la movilidad, como una aproximación que “captura las vidas que escapan del ámbito del biógrafo nacional: vidas que cruzaron fronteras nacionales o cartográficas, o que sacaron energía emocional, convicciones ideológicas o comprensión práctica de la experiencia ecléctica transnacional” (Deacon, Russell y Woollacott, 2010: 2).1
Aquí se analizan casos de científicos cuyas experiencias vitales y perfiles profesionales fueron marcadas profundamente por el transnacionalismo y, en esas circunstancias, dedicaron sus esfuerzos a la articulación de conexiones, intercambios y relaciones científicas.2 Mediante estos casos, se propone generar una comprensión del papel del actor histórico transnacional más allá de la experiencia individual, al considerar que representa un tipo de persona científica, reconocible en términos generales por su experiencia de movilidad y su capacidad de crear conexiones. Lorraine Daston y Otto H. Sibum (2003) llamaron la atención sobre la pertinencia del término “persona científica”, que se basa en el trabajo del antropólogo francés Marcel Mauss, para distinguir los roles, múltiples y cambiantes históricamente, que han surgido en relación con el posicionamiento de la ciencia como institución social y forma de conocimiento válido. Consideran que el colectivo que se genera alrededor de la ciencia se conpone a partir de ciertos roles que le dotan de sentido cultural compartido y reconocible, que al mismo tiempo producen maneras de situarse como parte de ese colectivo y también de comprender e intervenir el mundo, en determinados contextos que los hacen emerger o desaparecer. No se trata simplemente de identificar especialidades científicas u oficios dentro de la actividad científica, sino de ver cómo se teje la relación entre el individuo y el colectivo científico. En ese sentido, este trabajo propone que el actor transnacional constituye un tipode persona científica en tanto que su rol en el colectivo científico remite a una manera de intervenir en la actividad científica y producir conocimiento a través de las conexiones que es capaz de crear y que posibilitan la movilización de ideas, personas y objetos. Si se entiende que la producción de conocimiento científico va de la mano de su socialización y circulación, y que la formulación de estrategias para ello constituye una manera de contribuir al conocimiento y a la actividad científica, entonces resulta de capital importancia poner el foco de atención en actores como los que aquí se propone estudiar.
Aunque en este texto se optó por el término “actor transnacional”, es importante señalar otras denominaciones que dan cuenta de la intervención de sujetos con habilidades y circunstancias particulares, las cuales les permiten construir puentes entre diferentes culturas. Alexis de Greiff, por ejemplo, remite al “anfibio cultural” en su definición del actor transnacional: “[…] anfibios culturales que mantienen posiciones de poder y/o influencia en más de un escenario nacional” (De Greiff, 2006: 230).3 A su vez, anfibio cultural alude, según otros autores, a individuos capaces de cruzar múltiples fronteras nacionales, culturales e ideológicas, debido a “[…] sus valores polivalentes, identidades híbridas y espontánea capacidad de adaptación” (Du, 2011: 746),4 que le permiten tener la virtud de establecer diálogos entre los contextos por los cuales transitan. Con un enfoque similar, el término “mediador” ( go-between, en inglés) se ha propuesto para entender cómo ciertos sujetos logran entablar diálogos entre múltiples saberes a partir de su capacidad de interconectar diferentes mundos culturales por los conocimientos que poseen en cuestión de técnicas, disciplinas, lenguajes y, en general, de distintos patrones culturales que pueden reconfigurar y crear nuevas formas de conocimiento y, al mismo tiempo, delinear y mantener fronteras entre culturas como parte de dinámicas de poder asimétricas (Schaffer et al. , 2009). Estos ejemplos muestran la atención que este tipo de actor ha despertado entre los historiadores, debido a que cada vez más se reconoce su importancia para comprender el conocimiento que se genera alrededor de los cruces culturales.
Además, su importancia es mayor si se reconoce, como varios historiadores de la ciencia han planteado, que el conocimiento científico es producto del establecimiento del diálogo de saberes, estrategias comunicativas e intensos procesos de socialización y circulación de conocimiento (Secord, 2004; Schaffer et al. , 2009; Roberts, 2009). Aunado a eso, resulta atractivo recurrir al actor histórico transnacional para demostrar que la capacidad de la ciencia de llegar a contextos muy diversos y extensos está sostenida sobre estrategias, procesos y contingencias múltiples. En esa línea han habido grandes esfuerzos en la historia de la ciencia por cuestionar la idea tan arraigada de que el conocimiento científico posee un atributo esencial de “universalidad”, que dicho sea de paso esta asociación ha servido en buena medida para garantizar un estatus privilegiado de la ciencia frente a otras formas de conocimiento (Roberts, 2009).
Este escrito busca contribuir a reflexionar sobre cómo se construye el alcance global de la ciencia, a partir de preguntas de tipo: ¿A costa de qué? ¿Mediante qué estrategias? ¿Con cuáles restricciones? ¿En qué circunstancias? Éstas se abordan mediante el estudio de los actores transnacionales en el ámbito de las ciencias, en particular de la historia de la física en América Latina en el siglo xx, como Manuel Sandoval Vallarta (1899-1977), Gleb Wataghin (1899-1986) y Guido Beck (1903-1988). La experiencia vital de estos físicos estuvo marcada por su propia movilidad, la cual les planteó dificultades y ventajas, pero les permitió establecer conexiones que favorecieron la movilización de personas, prácticas y objetos científicos. De ahí que en primer lugar se revisarán las circunstancias de esa movilidad, cómo fue que llegaron a situarse en diferentes contextos y consiguieron establecerse por un tiempo determinado, pero tejiendo vínculos en varios lugares a la vez. En segundo lugar se analizarán de qué manera esta situación les permitió establecer conexiones, de qué tipo y en qué direcciones. Por último, se señalarán las situaciones que posibilitaron u obstaculizaron su papel como actores transnacionales.
Si bien la experiencia de la movilidad configura una parte fundamental del perfil como actor transnacional, también resulta crucial el construir conexiones fuertes (acumular capital político y simbólico) en el lugar donde han decidido establecerse, lo cual implica permanecer ahí un tiempo suficiente para comprender y adaptar sus códigos culturales, como bien señalan Antje Dietze y Katja Naumann (2018). Kapil Raj resalta que un cierto sedentarismo es esencial para que los mediadores culturales ( go-between) puedan actuar como tales: “sólo pueden actuar como mediadores porque son comparativa o explícitamente estáticos” (Raj, 2016: 51).5 Eso no anula que la experiencia de la movilidad produce una marca indeleble en el actor transnacional, lo mismo que su capacidad de adaptarse y asentarse en un nuevo contexto. En todos los casos que aquí se presentan, los actores se asentaron por un tiempo considerable, en términos vitales y profesionales, en un contexto nacional diferente al de su origen. Sus casos remiten a diferentes circunstancias de la migración de científicos, voluntaria o forzada.
Manuel Sandoval Vallarta migró a Estados Unidos en 1917 y permaneció ahí por casi 25 años (Minor, 2019a). Provenía de una familia de la clase política e intelectual de México, que costeó sus estudios de ingeniería en el extranjero. Según llegó a decir, al finalizar sus estudios de bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria en Ciudad de México, se planteó seguir una carrera científica en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, pues le interesaba estudiar con el fisicomatemático Joseph Larmor.6 La Primera Guerra Mundial lo hizo desistir de ir a Europa y optó por ir al Cambridge de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos. Sandoval Vallarta viajó a Estados Unidos con el propósito de continuar sus estudios universitarios en el Massachusetts Institute of Technology (mit), donde se inscribió en la carrera de ingeniería electroquímica. Al terminar decidió seguir una carrera científica y obtuvo el doctorado en ciencias, con orientación en física, en 1924. Manuel Sandoval Vallarta (mejor conocido entre sus colegas como Manuel S. Vallarta) llegó a ser profesor del Departamento de Física del mit, fue un investigador joven y entusiasta que se especializó en la naciente teoría cuántica. En 1927, el profesor Vallarta (así llamado en Estados Unidos) obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim (concedida por lo general a estadounidenses) para tomar cursos y seminarios especializados de física en Alemania, en algunos de los centros de física más importantes del continente europeo. Tal distinción y la calidad de sus investigaciones, particularmente en el tema de la radiación cósmica, lo situó entre los físicos más importantes de Estados Unidos. En 1935, formó parte del directorio científico American Men of Science, a propuesta de sus colegas físicos (Visher, 1947). Se puede notar que Manuel Sandoval Vallarta fue un participante activo, involucrado en la comunidad de físicos de Estados Unidos, sobre todo en la institución y la disciplina a los que dedicó su talento y producción científica.
La migración de este científico fue voluntaria y tenía la expectativa de volver a México una vez que terminara sus estudios, lo cual no ocurrió, sino hasta 1942.7 No obstante, durante su permanencia en Estados Unidos se mantuvo enlazado a México de múltiples formas. Por un lado, volvía durante las vacaciones de verano, así se constata en varios reportes de reincorporaciones tardías al mit debido a diferentes contingencias que complicaban su regreso, el cual solía hacerlo en coche.8 Por otro lado, nunca solicitó la naturalización en Estados Unidos, a pesar de reunir los requisitos; esta situación a veces complicó su estancia allá, como cuando se vio en la necesidad de requerir la visa a inicios de la Segunda Guerra Mundial.9 Al respecto, supongo que sus vínculos y quizá la expectativa de volver algún día a México lo llevaron a evitar la opción de la naturalización. Más adelante se explica que mientras trabajó en el mit mantuvo fuertes vínculos personales y profesionales con su país de origen, que más tarde rendirían frutos en favor de los esfuerzos por crear instituciones y fortalecer la ciencia en México. Más allá de separar sus logros en uno y otro país, resulta más relevante comprender su trayectoria a través de diferentes contextos y su capacidad de crear conexiones entre ellos.
Gleb Wataghin nació en 1899 en Birsula (actualmente Podilsk, ubicado en la región de Odessa, hoy territorio de Ucrania), entonces parte del Imperio ruso (Silva, 1975; Bustamante y Passos, 1993). Su primera formación la cursó en Kiev, pero la Revolución rusa provocó que su familia huyera a Italia, donde se establecieron alrededor de 1919. Wataghin continuó sus estudios profesionales en la Universidad de Turín, ahí obtuvo el doctorado en física en 1922; después, entre 1922 y 1926, fue asistente en el Politécnico de Turín y, a partir de 1927, profesor asociado. Perteneció a una dinámica comunidad de físicos en Italia, entre quienes destacaban Enrico Fermi (recibió el premio Nobel en 1938, año en el que emigró a Estados Unidos) y Bruno Rossi (joven físico que destacó en el estudio de los rayos cósmicos y también emigró a Estados Unidos). El periodo de su formación y consolidación profesional fue notable en cuestión del intercambio intelectual en Europa, gracias a los múltiples congresos científicos, las conferencias Solvay o las estancias de investigación. Éstas lo llevaron al laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, con Ernest Ruther-ford, y a Copenhagen, con Niels Bohr.
En este contexto, en 1934, Wataghin fue invitado a Brasil para dirigir el Departamento de Física de la naciente Universidade de São Paulo (usp). Al principio consideró que si aceptaba la oferta se aislaría de la comunidad de físicos italianos y, en general, de Europa (Silva, 1975). La invitación fue planteada por Teodoro Ramos, matemático brasileño encargado de visitar diferentes países para reclutar científicos e intelectuales europeos para liderar sus áreas de especialidad en la usp (Schwartzman, 1979). Al parecer, Ramos buscó en Italia opciones para cubrir los campos de física y matemáticas, en parte por una petición de la numerosa comunidad italiana en São Paulo que había hecho importantes donaciones para crear la usp. En principio, Ramos se interesó por Fermi, quien rechazó la oferta y sugirió a Wataghin. Aunque éste se resistió, Fermi lo convenció al hacerle notar que en Brasil tendría un futuro más prometedor que en Italia, donde el fascismo iba en ascenso. En una entrevista de la década del setenta, Wataghin afirmó: “O curso da minha vida foi fortemente influen-ciado, mais uma vez, por uma mudança de pais”, la primera de Rusia a Italia, la segunda de Italia a Brasil (Silva, 1975: 3). El periodo que aquí compete son los 15 años que permaneció en Brasil (1934 y 1949); no obstante, esta migración no implicó un rompimiento ni con la física en Europa ni con sus colegas físicos italianos, con quienes mantuvo comunicación, aun tras el exilio de muchos de ellos.
La trayectoria de movilidad de Guido Beck fue mucho más variada, en términos de las múltiples migraciones que se vio obligado a hacer. Nació en 1903 en Reichenberg (por entonces parte del Imperio austrohúngaro, hoy llamado Liberec en territorio de la República Checa), estudió en Suiza y obtuvo el doctorado en física teórica en la Universidad de Viena, en 1925. Se formó y consolidó su carrera científica en una época de grandes discusiones sobre los fundamentos de la física, conoció y trabajó con importantes físicos teóricos y estuvo en algunos de los grandes centros de investigación europeos, como Leipzig (asistente de Werner Heisenberg por cuatro años), Cambridge (estancia de algunos meses en el laboratorio Cavendish), Copenhague (estancia en el Instituto de Niels Bohr) y Praga (Pinto y Schwartzman, 1977; Videira, 2001). Su búsqueda de opciones para establecerse profesionalmente lo llevó por primera vez al continente americano en 1934, donde consiguió una beca de la Fundación Rockefeller para la Universidad de Kansas, en Estados Unidos.10 Aunque manifestó su deseo de extender su estancia en ese país no obtuvo más opciones de financiamiento. En 1935 aceptó una oferta en la Unión Soviética para ir a Odessa (de donde era originario Wataghin, a quien por cierto conoció en 1930 en un congreso organizado por Fermi, en Roma) (Pinto y Schwartzman, 1977: 26). Sin embargo, las tensiones en Europa y las dificultades a las que se enfrentaba por su origen judío, lo obligaron a buscar nuevas opciones. Volvió a Dinamarca, al Instituto de Niels Bohr, luego probó suerte en París y Lyon, pero debido a su origen austriaco y judío terminó en un campo de concentración en Francia (Pinto y Schwartzman, 1977: 34). Por esta razón intentó volver a Estados Unidos a través del Emergency Committee in Aid of Displaced German Scholars, de la Fundación Rockefeller, pero su solicitud fue desatendida una vez que se supo que estaba a salvo.11 A finales de 1941, aceptó una oferta de trabajo en Portugal, donde permaneció por año y medio. Ahí recibió la invitación para ir al Observatorio Astronómico de Córdoba (oac), en Argentina, que le hizo llegar Ramón Gaviola, quien se había formado en Alemania y, al igual que Beck, había tenido una beca del International Education Board de la Fundación Rockefeller, para realizar una estancia de investigación en Estados Unidos (Ortiz y Rubinstein, 2009).12
A partir de 1943 y hasta su muerte, en 1988, Beck permaneció en América del Sur, donde se desempeñó profesionalmente de manera alternada entre Argentina y Brasil (Videira, 2001). Beck fue un profesor que inspiraba a muchos de sus estudiantes, le preocupaba fortalecer la investigación en física en ambas naciones, pero tenía una idea muy clara: en América Latina sólo sería posible sumando fuerzas. Aunque Beck mantuvo contactos en los múltiples lugares por donde pasó, este capítulo se centra en su trayectoria a través de los mencionados países y por las conexiones que generó entre sus comunidades de físicos.
Guido Beck, Gleb Wataghin y Manuel Sandoval Vallarta son ejemplo de migraciones científicas, si bien en situaciones diferentes. Los tres pertenecieron a una generación de físicos que aprendió mucho de los intercambios académicos, una dinámica que acompañó la constitución de la nueva física, justo en la época de su formación profesional (Kragh, 1999). Sin embargo, las estrategias de intercambio académico que formularon fueron diversas, como se verá a continuación.
Esta sección pretende resaltar un aspecto de la trayectoria de los tres científicos en relación con los vínculos que lograron construir en los contextos por donde transitaron y en los que se establecieron por un tiempo, el cual fue significativo personal y profesionalmente. Este enfoque no supone que el actor transnacional sólo sea capaz de generar conexiones que se pueden calificar en sí mismas como transnacionales, evidentemente su ámbito de intervención puede abarcar diferentes escalas (local, nacional, regional, internacional o transnacional) (Dietze y Naumann, 2018). En este trabajo, se propone reconocer la trascendencia de este tipo de actores desde sus contribuciones al conocimiento, gracias a los vínculos que construyeron y que no se circunscriben de manera simple a una nación en particular, sino entre varios contextos nacionales. Esta aproximación resulta aún más pertinente si se toma en cuenta que en los tres casos existe un énfasis a sus contribuciones en el marco de historias de la ciencia nacional (Argentina, Brasil y México), lo cual significa una limitante para el estudio de procesos históricos que salen de esa escala de análisis.
Como se mencionó, Manuel Sandoval Vallarta construyó una carrera científica destacada en Estados Unidos, cuyos logros se proyectaron en México. Por ejemplo, se anunció la concesión de la beca de la Fundación Guggenheim (1927) en un periódico de circulación nacional en México, a la par que en los medios de comunicación internos del mit.13 Además, la Sociedad Científica “Antonio Alzate” (scaa) le envió una nota de felicitación en la que reconocía que los logros que acumulaba en Estados Unidos pertenecían también a “la Patria”.14 Años después, Sandoval Vallarta colaboró con la Fundación Guggenheim en la evaluación de solicitudes para su programa de becas dirigido a científicos, intelectuales y artistas latinoamericanos, en especial para realizar viajes de estudio en Estados Unidos. De hecho, los primeros físicos y matemáticos mexicanos becados por la Fundación Guggenheim eligieron al mit, quizá para seguir los pasos de Sandoval Vallarta.15 Incluso, éste fue intermediario para gestionar que un colega matemático del mit, Dirk Jan Struik, con quien colaboraba y tenía una buena relación, viajara a México a impartir una serie de conferencias en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam).16 Tales acciones contribuyeron a los esfuerzos de algunos universitarios interesados por la investigación científica, como Ricardo Monges López, quien impulsó la creación de la Escuela y el Instituto de Ciencias Físicas y Matemáticas, en lo cual Sandoval Vallarta fue un aliado importante.
Esta alianza obtuvo impulso con la investigación de los rayos cósmicos a partir de 1932, cuando tuvieron lugar en México varias expediciones científicas organizadas por físicos estadounidenses. Sandoval Vallarta colaboró en estas investigación y promovió la implicación de profesores de la Escuela Nacional de Ingenieros y miembros activos de asociaciones científicas mexicanas como la scaa y otras asociaciones científicas mexicanas, entre ellos Monges López, Alfredo Baños y Carlos Graef (Mateos y Minor, 2013). Además, ayudó a estos dos últimos a obtener la beca Guggenheim para estudiar el doctorado en física en el mit y supervisó sus tesis. Al terminar sus estudios, Graef y Baños regresaron a México con el objetivo de liderar la creación de instituciones de investigación científica. Sandoval Vallarta tuvo la habilidad de crear conexiones entre la física de Estados Unidos y México, utilizarlas en favor de sus intereses científicos a partir de una agenda de investigación delineada desde Estados Unidos y, al mismo tiempo, orientarlas hacia la creación de instituciones científicas que venía gestándose en México.
Asimismo, en un contexto de creciente importancia de las relaciones hemisféricas, Sandoval Vallarta se acercó a otros latinoamericanos, quienes, desde Estados Unidos, creían que podrían contribuir al bienestar y al progreso de las naciones latinoamericanas (Minor, 2019a). En su caso, no parece que haya defendido un latinoamericanismo explícito, pero sus acciones muestran un cierto interés en ese sentido y, más que eso, una convicción sobre la importancia de fortalecer las relaciones hemisféricas. Así, también recibió en el mit a algunos físicos del sur del continente, como Ernesto Sábato y Félix Cernuschi, de Argentina. De esta manera, Sandoval Vallarta contribuyó a establecer vínculos en una y otra direcciones. Su posición de enlace le abrió una posibilidad de intervención con el objetivo claro y explícito de fortalecer las relaciones interamericanas durante la Segunda Guerra Mundial, por una vía de la diplomacia cultural enfocada en la ciencia. Específicamente, Sandoval Vallarta propuso un mecanismo para acercar la ciencia de América Latina y Estados Unidos, a través de la traducción de artículos científicos producidos en aquélla para ser publicados en revistas científicas de ésta (Minor, 2016). Esta intervención lo posicionó como alguien capaz de interpretar uno y otro contexto y construir mecanismos de intercambio por su pertenencia múltiple (aunque también sería motivo de cuestionamientos).
Como Sandoval Vallarta, Gleb Wataghin encontró en la investigación de los rayos cósmicos un terreno conveniente para crear en Brasil un grupo de investigación en física. La importancia de Wataghin en la formación de la comunidad de físicos en Brasil es indiscutible, y ha sido reconocida en la historiografía de la ciencia brasileña (Schwartzman, 1979: 251-257). Además de tener la habilidad de involucrar a sus estudiantes en labores de investigación y en la preparación de artículos científicos para publicarlos en revistas locales y extranjeras (como Il Nuovo Cimento o Physical Review), promovió a varios de ellos para que fueran a estudiar a algunos de los centros de investigación de física más importantes en Europa, principalmente. Por mencionar algunos casos, Mario Shönberg fue a Italia con Fermi y a otros lugares de Europa; Marcello Damy de Souza Santos y Sonja Ashauser, a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra; y César Lattes y Ugo Camerini, a la Universidad de Bristol. Wataghin reconoció que sus contactos en Europa fueron fundamentales para la formación de estos físicos brasileños: “[…] os formei, ajudado por grandes físicos de toda a Europa, da Alemanha, Inglaterra e Itália” (Silva, 1975: 41). Las condiciones que Wataghin puso para aceptar trasladarse a Brasil fueron mantener sus contactos en Europa y garantizar los permisos para volver a Europa por periodos de algunos meses al año: “Isto foi ótimo para mim, e também para o Brasil” (Silva, 1975: 41). Esta dinámica se vio interrumpida con la Segunda Guerra Mundial, pero abrió un circuito de intercambio académico con Estados Unidos.
En particular, cabe resaltar la conexión que Wataghin mantuvo con Italia. Al llegar a Brasil, impartió cursos de física en italiano, para lo cual preparó un libro de texto en esta lengua que fue publicado por la usp.17 Algunos de sus estudiantes mencionaban que para seguir sus clases debían tener un cierto conocimiento de italiano. Seguramente, esta condición no representó un impedimento para César Lattes, hijo de inmigrantes italianos que asistió a un colegio italiano en São Paulo. Wataghin conocía al padre de Lattes, pues trabajaba en el banco ítalo-francés al que solía acudir en São Paulo. El padre de Lattes le habló del interés de su hijo por la ciencia y en respuesta pidió que lo buscara en la usp (Andrade, 1998). Esta anécdota muestra la cercanía de Wataghin con la comunidad italiana en São Paulo. Inclusive esta comunidad donó recursos para la construcción del edificio de física teórica en el nuevo campus de la usp a finales de la década de los cuarenta (Campos, 1954). Además, en 1937, Wataghin invitó a otro físico italiano, Giuseppe Occhialini, a unirse a su grupo de investigación de rayos cósmicos en Brasil (Andrade, 2006). Occhialini permaneció en Brasil hasta que acabó la Segunda Guerra Mundial, después se fue a Inglaterra, a la Universidad de Bristol, institución en la que Lattes continuó sus estudios.
Las conexiones italianas propiciadas por Wataghin son solo una parte de la historia, pues también procuró mantener sus contactos con otros científicos europeos. Además, con el tiempo generó otros circuitos para el intercambio académico, a partir del apoyo que recibió de la Fundación Rockefeller en la década de los cuarenta, que contribuyeron a estrechar los lazos entre físicos de Brasil y Estados Unidos.18 Dicha relación hizo posible que Marcelo Damy de Souza Santos fuera a la Universidad de Indiana y Oscar Sala, a la de Wisconsin, para capacitarse en la investigación con aceleradores de partículas Betatron y Van de Graaff, respectivamente. Además, Wataghin recibió a algunos físicos de la región en estancias de investigación, entre ellos a la argentina Estrella Mazzolli de Mathov y al uruguayo Walter Hill.19 Sin duda, Wataghin tuvo muy clara la importancia de establecer conexiones en el extranjero para apoyar sus esfuerzos por conformar un grupo de investigación de física en Brasil.
La conexión de la física brasileña e italiana resulta interesante y debería explorarse más allá de lo que se ha señalado aquí. El caso de Wataghin, como el de Manuel Sandoval Vallarta, plantea pensar que la migración de estos científicos debe analizarse en el marco de flujos de migración más grandes; por ejemplo, en relación con la comunidad italiana en Brasil, sobre todo en São Paulo. En este sentido, los físicos italianos que se vieron en la necesidad de migrar, de alguna manera continuaron manteniendo una cierta conexión como comunidad. De ahí que el estudio de Gleb Wataghin como actor transnacional suscita nuevas preguntas.
Por su parte, Guido Beck fue importante para estrechar la relación entre la física en Argentina y Brasil, en particular por sus propios desplazamientos entre ambos países. Llegó al Observatorio Astronómico de Córdoba en 1943 con la misión de difundir las discusiones más recientes de la física teórica (Videira, 2001). Como físico teórico encontró interlocutores interesantes en Brasil, entre ellos el mismo Wataghin y su alumno Mario Schönberg, en São Paulo, y otro grupo de físicos brasileños que había en Río de Janeiro, como José Leite Lopes. En 1947, éste invitó a Beck a Río de Janeiro, donde permaneció algunos meses. En 1951 aceptó trasladarse definitivamente a Brasil, atraído por el nuevo Centro Brasileiro de Pesquisas Físicas (cbpf), en Río de Janeiro, el cual había sido creado pocos años antes, bajo el liderazgo de Lattes y Leite Lopes (Andrade, 2001). Permaneció en el cbpf por poco más de una década, con una interrupción entre 1954 y 1956, periodo en el cual ocupó la cátedra de física teórica en la usp
