Historias III - Polibio - E-Book

Historias III E-Book

Polibio

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Beschreibung

Como historiador, Polibio puede mirar frente a frente a los grandes autores griegos clásicos, y está muy por encima de cualquiera de sus contemporáneos del siglo II a. C. Comprendió como nadie el glorioso futuro que le esperaba a Roma y tanto su técnica narrativa, alejada de artificios innecesarios, como su método historiográfico convierten sus Historias en una obra clave para la evolución del género. Gredos pone a disposición de los lectores la única traducción moderna completa de la obra conservada de Polibio. El tercer y último volumen de Historias reúne los textos conservados del resto de la obra (libros XVI a XXXIX), que contribuyen a ofrecer una visión global del talento del autor para describir y analizar una época crítica de la historia antigua.

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Seitenzahl: 788

Veröffentlichungsjahr: 2026

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La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con más de 400 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.

Publicado originalmente en la BCG con el número 58, este volumen presenta la traducción de Historias (Libros XVI-XXXIX) realizada por Manuel Balasch Recort.

Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.

La traducción de este volumen ha sido revisada por Juan Manuel Guzmán Hermida.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2026.

Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1983.

Primera edición en este formato: enero de 2026.

REF.: GEBO734

ISBN: 9791387896355

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Índice

LIBRO XVI (fragmentos)

LIBRO XVIII (fragmentos)

LIBRO XIX (fragmentos)

LIBRO XX (fragmentos)

LIBRO XXI (fragmentos)

LIBRO XXII (fragmentos)

LIBRO XXIII (fragmentos)

LIBRO XXIV (fragmentos)

LIBRO XXV (fragmentos)

LIBRO XXVI (fragmentos)

LIBRO XXVII (fragmentos)

LIBRO XXVIII (fragmentos)

LIBRO XXIX (fragmentos)

LIBRO XXX (fragmentos)

LIBRO XXXI (fragmentos)

LIBRO XXXII (fragmentos)

LIBRO XXXIII (fragmentos)

LIBRO XXXIV (fragmentos)

LIBRO XXXV (fragmentos)

LIBRO XXXVI (fragmentos)

LIBRO XXXVII (fragmentos)

LIBRO XXXVIII (fragmentos)

LIBRO XXXIX (fragmentos)

NOTAS

LIBRO XVI

(FRAGMENTOS)

Filipo V en Pérgamo

El rey Filipo1 llegó a las inmediaciones 1 de Pérgamo, y pensando que no había logrado matar a Átalo mostró una ferocidad total. En efecto, cedió a la rabia de su ánimo2, pero 2 debió disponer casi siempre su cólera no contra los hombres, sino contra los dioses, porque en las escaramuzas la guarnición 3 de Pérgamo le rechazaba fácilmente debido a la aspereza del lugar. Y del país no extraía ningún provecho, ya que Átalo había tenido buen cuidado en cuanto a ello y lo había previsto debidamente. A Filipo, pues, le restaba únicamente apuntar su 4 furia contra las sedes y los recintos de los dioses, con lo cual creo, al menos yo, que se injuriaba más a sí mismo que a Átalo. No solo incendiaba templos y altares, sino que, además, los derruía 5 e, incluso, machacaba las piedras para evitar que se pudiera reedificar lo arrasado. Cuando hubo demolido el Niceforio36 taló el recinto, destrozó el vallado y derribó los templos, tan numerosos como opulentos, hasta sus mismas bases. Primero 7 se dirigió a Tiatira4, desde donde hizo una marcha e invadió la llanura de Tebas5: creía que en estos lugares ante todo recogería un buen botín. Al fallarle también esta esperanza 8 retrocedió hasta Hieracome6 y, desde allí, mandó un aviso a Zeuxis7, con la orden de que le aprovisionara de víveres y que, desde aquel momento, le apoyara según lo estipulado en los 9 pactos8. La respuesta de Zeuxis fue que actuaría según lo acordado, pero en realidad rehusaba reforzar a Filipo.

Batalla naval de Quíos9

Filipo, al fracasar en el asedio102 y al verse atacado por el enemigo con una formación de naves ponteadas11 superior en número, se vio en apuros y, ante tales perspectivas, no sabía qué hacer. Pero las circunstancias no le permitían escoger demasiado, por lo que se hizo a la mar cuando el enemigo no lo esperaba; 2 Átalo, en efecto, pensaba que Filipo proseguiría 3 sus trabajos de zapa. Filipo puso el máximo empeño en 4 zarpar ocultamente, convencido de que si lo lograba cobraría ventaja, y luego podría navegar bordeando la costa con toda seguridad hasta llegar a la isla de Samos12. Pero sus cálculos le engañaron totalmente, pues Átalo y Teofilisco135 cuando comprobaron que Filipo levaba anclas se atuvieron al punto a la situación. Se hicieron a la mar, aunque sin orden, ya que creían, como acabo de declarar, 6 que Filipo persistiría en sus propósitos anteriores. Sin embargo, mandaron remar ardorosamente y atacaron. Átalo 7 embistió contra el ala derecha, que era la que guiaba al enemigo, y Teofilisco, contra la izquierda. Filipo, atrapado por la situación, dio el santo y seña a los de su ala derecha, 8 con la orden de disponer las naves de proa y entablar batalla corajudamente contra el adversario, mientras que él personalmente se retiró a bordo de una lancha a unos islotes14 que estaban a media ruta; allí aguardó el 9 desenlace de la lucha. El contingente de Filipo dispuesto para la liza constaba de cincuenta y tres naves ponteadas y con estas de * * * 15 lanchas y ciento cincuenta galeras16, porque no logró equipar toda la flota que tenía en 10 Samos17. El enemigo contaba con sesenta y cinco naves ponteadas (incluyendo las de los bizantinos), a las que se sumaban nueve trihemiolias18 y tres trirremes.

La nave de Átalo fue la que inició el asalto y, al punto, 3 las que estaban cerca cargaron sin ningún orden. Átalo, que 2 había arremetido contra un navío de ocho hileras de remeros19 y le había asestado por debajo del agua un golpe muy preciso, acabó hundiendo la nave, por más que los hombres de cubierta se batieron con denuedo. Y la nave capitana de Filipo, una con diez hileras de remeros, cayó en manos del 3 enemigo de una manera absurda. En efecto, una trihemiolia que le salió al paso cargó contra ella y la golpeó violentamente 4 en mitad del casco, por encima de la hilera superior de remeros, y el timonel ya no pudo hacerse con la dirección de la nave. De modo que esta, cogida a la trihemiolia, 5 se veía en un gran apuro, totalmente incapaz de maniobrar. En ese momento dos penteras se sumaron todavía a la arremetida, 6 agrietaron a babor y a estribor la nave capitana de Filipo, la destruyeron y mataron a los hombres de su dotación, entre ellos a Demócrates, el almirante macedonio. En aquella misma ocasión, Dionisodoro y Dinócrates20, que 7 eran hermanos de Átalo y almirantes de su flota atacaron, el primero, una heptera y, el segundo, una octera del enemigo, y acabaron el combate naval de una manera inesperada, porque Dinócrates, al embestir a la octera, fue él quien recibió 8 el golpe por encima de la línea de flotación21, con lo que la nave le quedó levantada de proa. Consiguió abrir una vía de agua en el navío enemigo, pero no lograba desprenderse de él por debajo del agua, a pesar de que muchas veces intentó asestar un golpe a su proa. Los macedonios luchaban 9 con bravura, por lo que Dinócrates corrió el máximo 10 riesgo. Pero Átalo voló en su ayuda, atacó la nave adversaria y logró deshacer la trabada de los buques, con lo que Dinócrates se salvó contra toda esperanza, y la dotación de 11 la nave macedonia, que había combatido con un gran arrojo, pereció íntegramente; el buque, a la deriva y desguarnecido, 12 pasó a dominio de Átalo. Dionisodoro se había lanzado al ataque con violencia, pero erró el objetivo22, y navegó arrimado al flanco enemigo, con lo que perdió los remos de estribor. También las torretas23 de este lado se le derrumbaron, 13 tras lo cual el enemigo le rodeó por todas partes. 14 En medio de clamor y de alboroto la nave se hundió y murió su tripulación, pero Dionisodoro y dos hombres más lograron ganar a nado una nave trihemiolia que acudía en su ayuda.

Las naves restantes de ambos contingentes combatían 4 en condiciones similares, pues la ventaja de Filipo por sus 2 lanchas se veía compensada por la superioridad de que gozaba 3 Átalo con sus naves ponteadas. En el ala derecha de Filipo la situación era tal que la pugna quedaba indecisa, aunque Átalo tenía más posibilidades. Señalé más arriba24 que los rodios, así que la flota se hizo a la mar, no se aproximaron 4 al enemigo al principio, pero su velocidad era muy superior a la del adversario, por lo que establecieron contacto con la retaguardia macedonia. Inicialmente acosaron la popa de las naves que retrocedían y les astillaron 5 las hileras de remos; cuando las naves restantes de Filipo empezaron a virar para ir en socorro de las que peligraban, 6 y las rodias que habían zarpado en último lugar se agregaron a las de Teofilisco, entonces ambos bandos dispusieron 7 sus buques frente a frente y trabaron combate con valor: se exhortaban unos a otros a grandes voces y al son de la trompeta.

Y si los macedonios no hubieran colocado sus lanchas 8 entre las naves ponteadas enemigas, la batalla naval hubiera tenido un desenlace fácil y rápido, pero ahora los rodios se veían apurados de muchas maneras. En efecto: tras haber desordenado su alineación primitiva, en su acometida inicial, 9 ahora estaban todos revueltos entre sí y no lograban atravesar con facilidad la formación enemiga ni hacer girar sus naves; en resumen, no podían echar mano de su superioridad, 10 pues las lanchas les atacaban ya los flancos, con lo que les inutilizaban las hileras de remos, ya las proas, de manera que obstaculizaban el trabajo de pilotos y remeros. Pero los rodios usaban una táctica contra los ataques a sus p11 roas: amorraban sus barcos precisamente por ellas25, con lo que las naves recibían los golpes por encima del nivel del mar; ellos, en cambio, asestaban los suyos por debajo del agua, con lo que las averías causadas por sus embates no podían ser reparadas. Sin embargo, procedían pocas veces a luchar 12 de este modo y, aquí, inclinaron a su favor la contienda porque en el combate cuerpo a cuerpo expulsaron valientemente a los macedonios de las cubiertas de sus propios bajeles. 13 Al romper la línea enemiga, muchas veces inutilizaban los remos de las naves adversarias, luego navegaban en círculo y arremetían contra las proas de unas naves o atacaban a otras por el flanco cuando viraban: en el primer caso, abrían brechas y, en el segundo, despojaban a los buques rivales de algún aparejo preciso para la contienda. Los rodios, pues, 14 peleaban así y destruyeron un buen número de bastimentos contrarios.

Y fueron tres quinquerremes de los rodios los que se 5 distinguieron más en la brega: el buque insignia, en el que navegaba Teofilisco, el quinquerreme mandado por Filóstrato y, en tercer lugar, el pilotado por Autólico, en el que se había embarcado Nicóstrato en su calidad de trierarco26. 2 Este último se lanzó contra una nave adversaria, pero le quedó el espolón cogido en ella y lo perdió. Y ocurrió que el golpe hizo que la nave comenzara a hundirse con su tripulación, ya que hacía agua por la proa. Autólico y sus hombres, rodeados por enemigos, al principio lucharon varonilmente, pero al final el jefe cayó al mar con sus armas, 3 herido, y los demás combatientes murieron con valor en la 4 contienda. En aquel preciso momento, Teofilisco acudía en su ayuda con tres quinquerremes. No logró recuperar la nave, inundada de agua ya por todas partes, pero inutilizó dos unidades enemigas y forzó a sus dotaciones a tirarse al 5 mar. Sin embargo, pronto lo acosaron, rodeándole, un gran número de lanchas y de naves ponteadas. Perdió la mayoría de sus soldados, que combatieron arrojadamente; él mismo recibió tres heridas, pero por su audacia y arrostrando el 6 peligro salvó casi de milagro su propia nave con la ayuda de Filóstrato, que también asumió el riesgo con todo coraje. Reunido de nuevo con su propia escuadra, lanzó otro ataque 7 y vino a manos con el enemigo; estaba ya desprovisto de fuerza corporal, pero su vigor moral era más alto y sorprendente que el de antes.

Lo que ocurrió en realidad es que hubo dos batallas navales muy distantes entre sí, porque el ala derecha de 8 Filipo, de acuerdo con los planes iniciales, se iba acercando a la costa y nunca estuvo muy lejos del continente asiático, pero el ala izquierda, que había virado en redondo 9 para ayudar a las naves de su retaguardia, quedó junto a la isla de Quíos; esta fue el ala que peleó contra los rodios.

En el ala derecha, Átalo había conseguido una gran victoria 6 y se aproximaba al islote en el que Filipo había fondeado aguardando el desenlace. El mismo Átalo observó 2 que un quinquerreme de los suyos había quedado fuera de combate, averiado e inundado por el golpe de una nave enemiga. Y se lanzó a recuperarlo con dos cuatrirremes. Como esta nave enemiga cediera y se retirara hacia tierra, Átalo la 3 acosó más enérgicamente, empeñado en rescatar la otra. Filipo comprobó que Átalo se había separado mucho de los 4 suyos: tomó cinco quinquerremes y tres hemiolias, además de las lanchas que estaban más cerca de él, y se lanzó al ataque. Aisló a Átalo de su escuadra y le forzó a echar a tierra su nave, lo cual Átalo logró no sin un gran esfuerzo. Pero una vez conseguido huyó con las dotaciones hacia Eritras27; 5 Filipo, por su parte, se apoderó de las naves adversarias 6 y del bagaje real. En esta ocasión Átalo usó de cierta estratagema: esparció por la cubierta de su nave lo más valioso de su ajuar regio. Y los primeros macedonios que 7 abordaron la nave con sus lanchas, al ver aquella cantidad de vasos, de vestidos de púrpura con sus adornos correspondientes, cesaron en la persecución y se dedicaron a hacer botín. De ahí que Átalo pudiera retirarse sin peligro 8 hacia Eritras.

En el conjunto de la batalla naval, Filipo sufrió una gran 9 derrota28, pero alentado por la peripecia de Átalo se hizo a la mar, reunió afanosamente sus propias naves y exhortaba a sus hombres a que tuvieran buen ánimo, ya que en la confrontación habían salido vencedores. Ciertamente, se había 10 esparcido entre sus combatientes la especie, es más, la confianza de que el rey Átalo había muerto, fundada en el hecho de que Filipo se había traído remolcada la nave real. 11 Dionisodoro sospechó lo que en verdad había ocurrido a su rey, juntó las naves de su ciudad y levantó el estandarte: se concentraron rápidamente en torno suyo y navegó sin peligro 12 hacia los fondeaderos de Asia. Los macedonios que habían luchado a favor de los rodios y que hacía tiempo que estaban inquietos aprovecharon la ocasión para abandonar el escenario de la guerra contingente por contingente; alegaban que debían darse prisa en socorrer a su propia flota. 13 Los rodios remolcaron unas naves y hundieron las restantes con los espolones de las suyas, tras lo cual pusieron rumbo a Quíos.

En la batalla contra Átalo, Filipo perdió una nave de 7 diez hileras de remeros, otra de nueve, otra de siete y otra de seis, diez del resto de las naves ponteadas, tres trihemiolias y veinticinco lanchas con sus tripulaciones; en la batalla contra los rodios le zozobraron diez navíos ponteados, 2 lanchas en número de unas cuarenta, y el enemigo le apresó dos tetrarremes y siete lanchas con las correspondientes dotaciones. A Átalo le fueron hundidas una nave 3 trihemiolia y dos quinquerremes [el adversario le apresó dos tetrarremes]29, y el mismo bajel del rey. Los rodios perdieron dos quinquerremes y un trirreme, pero los de Filipo 4 no les cogieron ninguna nave. En cuanto a hombres, los rodios perdieron unos sesenta y Átalo alrededor de setenta; 5 los macedonios de Filipo, en cambio, unos tres mil y seis mil marineros30. De los macedonios y sus aliados cayeron 6 prisioneros unos dos mil hombres; ellos mismos capturaron unos setecientos31.

De modo que este fue el resultado de la batalla naval de 8 Quíos. Pero Filipo se irrogaba la victoria con dos alegaciones, en primer lugar porque había empujado hasta tierra la nave de Átalo y luego la había apresado, y además porque cuando ancló en el lugar llamado Argeno pareció que lo 2 había hecho entre los restos de un naufragio. Realizó, pues, lo que correspondía a esto y, al día siguiente, juntó los despojos 3 y sepultó los cadáveres identificados, para acrecentar así las fantasías ya citadas. Pero, al cabo de poco, los rodios y Dionisodoro le refutaron: ni él mismo había creído jamás 4 en su victoria. En efecto, al otro día, mientras Filipo seguía 5 ocupado en lo mismo, ellos se pusieron mutuamente en contacto y navegaron contra el rey. Colocaron sus naves de frente, pero nadie les salió al encuentro, por lo que viraron hasta tocar tierra en Quíos. Filipo, que nunca había perdido 6 tantos hombres en un solo lance ni por mar ni por tierra, llevó a mal lo ocurrido y su inclinación a la guerra decreció mucho, aunque de todos modos procuraba ocultar esta 7 poca propensión a los demás. Pero en ello las circunstancias no le favorecían. En efecto, aun descontando otras cosas, 8 lo que ocurrió después de la batalla impuso a todos los 9 que lo vieron: la carnicería humana había sido tal en aquella ocasión, que toda la ruta estaba llena de muertos, de sangre, de armas, de despojos de naves, y en los días siguientes se podía ver en las playas montones revueltos de restos humanos y de los materiales citados. De ahí que no solo 10 Filipo, sino todos los macedonios cayeran en un desaliento no común.

Teofilisco sobrevivió un solo día. Redactó para su país 9 un informe sobre el desarrollo de la batalla naval, nombró a Cleoneo para que le sustituyera en el mando de las fuerzas, 2 y murió de las heridas. Fue un hombre valiente en los combates y digno de memoria por su carácter. Si él no se atrevía 3 a presentar batalla a Filipo, todos perdían sus oportunidades por temor a la audacia de este rey. Pero cuando Teofilisco 4 inició la guerra, obligó a su propio país a estar a la altura de las circunstancias, forzó a Átalo a no ser remiso y a preparar lo necesario para la contienda, a combatir con coraje 5 y a no rehuir el riesgo. Fue justo, pues, que los rodios ante su muerte le rindieran honras tales que despertaron no solo en los contemporáneos sino aún en la posteridad el interés por el ideal de la patria.

Después del desenlace de la batalla naval de Lade32, 10 cuando los rodios ya estaban ausentes y Átalo no se había reintegrado a la lucha, es cosa clara que Filipo podía completar su navegación y llegar a Alejandría. He aquí el principal indicio que da a entender que cuando Filipo hizo esto ya no estaba en sus cabales.

Un componente irracional en la esperanza humana

¿Qué es, pues, lo que retraía su 2 ímpetu? Simplemente la naturaleza de las cosas. Muchos aspiran a 3 lo imposible cuando todavía está lejos: las esperanzas que albergan son grandes, y la pasión inhibe el cálculo de cualquier hombre. Pero cuando se acerca el momento de actuar, entonces desisten de lo que acometieron temerariamente: su impotencia y la dificultad de lo que les sale al encuentro les ofuscan y confunden sus proyectos.

Toma de Prínaso33

Después de todo ello Filipo lanzó 11 algunos asaltos34, pero infructuosamente por la aspereza que protegía la ciudad, de modo que se replegó, destruyendo en su retirada los fuertes y las colonias del país. Rechazado, pues, acampó junto 2 a Prínaso. Dispuso pronto de unas pantallas protectoras de mimbre, hizo con ellas los preparativos adecuados y empezó el asedio abriendo galerías. Pero el intento no le prosperaba 3 al ser el lugar rocoso, por lo que urde lo siguiente: durante el día hacía ruido debajo tierra, como si el trabajo 4 de zapa adelantara, por la noche transportaba de fuera tierra y la amontonaba junto a las entradas de las minas; pretendía que los de la ciudad calcularan según la cantidad de tierra acumulada y se alarmaran. Los prinaseos al principio 5 se sostuvieron noblemente, pero cuando Filipo les mandó un hombre a decirles que ya les había socavado dos pletros de muralla y a preguntarles si preferían irse sin correr peligro o bien perderse junto con la ciudad, pues en el incendio de sus fortificaciones no se iba a salvar nadie, dieron tal crédito 6 a sus palabras que entregaron la plaza.

La ciudad de los yasios está en la costa de Asia, en el 12 golfo situado entre el templo milesio de Posidón y la ciudad de Mindo. Es el llamado golfo [de Mandalia,]35 pero más usualmente conocido como golfo de Bargilia, de acuerdo 2 con las ciudades radicadas en él. Los habitantes de Yaso se alaban de ser originariamente una fundación argiva, aunque después lo fueron de los milesios, porque sus antepasados, ante las pérdidas que sufrieron en una guerra contra los carios, llamaron al hijo de Neleo, el fundador de Mileto. La ciudad mide diez estadios36. Entre los bargilietanos se dice 3 y se cree que la efigie de Ártemis Cindíada37, que está al aire libre, no se moja aunque llueva o nieve, afirmación paralela 4 a la de los yasios respecto a la imagen de Ártemis Astia. Incluso algunos autores aseguran cosas así. En lo referente a tales asertos de los historiadores no sé lo que pasa, 5 pero en toda mi obra me opongo disgustado a ellos. Me causan la impresión de una simpleza sencillamente pueril, 6 por cuanto tal cosa cae no ya fuera de una teoría razonable, sino fuera de lo posible. En efecto, sostener que algunos cuerpos expuestos a la luz no arrojan sombra es propio de 7 un espíritu calenturiento38. Y esto, lo ha hecho Teopompo39: escribe que los que entran en el templo de Zeus, en Arcadia, no proyectan sombra. En esto no se diferencia de lo ahora 8 dicho. A algunos historiadores que explican prodigios y se 9 inventan fábulas parecidas a las anteriores se les debe excusar si lo hacen con miras a preservar la piedad de los pueblos hacia la divinidad. Pero no se deben hacer concesiones excesivas. Sin duda en estas materias es difícil trazar una 10 línea divisoria clara; sin embargo, hay que hacerlo. Al menos yo creo que si bien debemos ser indulgentes con errores 11 pequeños y creencias no demasiado exactas, con todo hemos de rechazar sin contemplaciones cualquier afirmación desorbitada al respecto.

Grecia: a) Tentativa de Nabis contra Mesenia40

En el Peloponeso, según un propósito 13 ya antiguo, Nabis41, el tirano de los lacedemonios, echó de la ciudad a los ciudadanos, otorgó la libertad a los esclavos y los casó con las mujeres y las hijas de los dueños anteriores; al propio tiempo exhibió su poder como asilo sagrado de todos los 2 que huían de sus países por algún sacrilegio o alguna infamia, con lo que juntó en Esparta una multitud de hombres 3 impíos42. Pero todo esto ya está expuesto más arriba43; ahora hablaremos de cómo, aliado con los etolios, los eleos y los mesenios44 cuando pactos y juramentos le forzaban a prestar ayuda a todos estos si alguien salía en campaña contra ellos, Nabis, sin embargo, no hizo el menor caso de tales obligaciones, y se dispuso a infringir sus tratos con la ciudad de Mesenia.

b) Digresión acerca de los historiadores rodios Zenón y Antístenes45

Dice Polibio: ya que algunos 14 autores de monografías también han historiado esta época que abarca la intentona contra Mesenia y las batallas navales46 que he descrito, quiero discutir brevemente acerca de ellos. Lo haré, sin embargo, no de todos, sino solo de aquellos que me parecen 2 dignos de recuerdo y de distinción47, me refiero a Zenón y a Antístenes, ambos de Rodas. Creo que son muchas las causas que les hacen merecedores de atención. En efecto, 3 no solo han vivido en aquella época, sino que, además, intervinieron activamente en política y, ahora, se dedican a tareas literarias no para extraer lucro de ellas48, sino por amor a la fama y por lo adecuadas que son a los hombres políticos. No podemos dejar de mencionarlos, para evitar que los estudiosos, al no coincidir nosotros en algún caso 4 con estos autores, ante la fama de la isla de Rodas y la creencia de que los rodios son habilísimos en las cosas del mar, les den más crédito a ellos que a nosotros. Estos historiadores, desde luego, primero declaran que la batalla naval 5 de Lade no es menos importante que la de Quíos, pero que fue más empeñada y feroz, tanto en las acciones concretas de la pelea como en su desarrollo general; dicen también que en ella la victoria correspondió a los rodios. Yo podría aprobar que los autores otorguen cierta importancia a sus 6 propios países, pero no, en modo alguno, que hagan afirmaciones contrarias a lo que ha ocurrido. Bastan y sobran, en 7 efecto, los errores que cometemos los autores, pues evitarlos les es difícil a los humanos. Pero si escribimos falsedades adrede para favorecer a nuestro país o a los amigos, o para congraciarnos con alguien, ¿en qué diferiremos de los que se ganan la vida de esta manera? Así como estos ponderan 8 las ganancias y, según ellas, convierten sus composiciones en indemostrables, los políticos, arrastrados alguna vez por la inclinación o por el odio, al final acaban como los antedichos. Por ello, los lectores deben prestar especial 9 atención a este respecto y los autores guardarse a sí mismos.

El caso presente corrobora mi afirmación. Los autores 15 citados están de acuerdo en que, en las acciones parciales de la batalla de Lade, el enemigo se apoderó de dos quinquerremes 2 rodios con sus dotaciones y en que durante la refriega una nave rodia arboló la bandola49, porque había sufrido un impacto y hacía agua. Muchos de los navíos rodios cercanos la imitaron y se retiraron hacia alta mar. Al 3 final el almirante, abandonado junto a unos pocos, se vio obligado a hacer lo mismo que los antedichos. Vientos desfavorables 4 les empujaron a Mindia50, donde fondearon. Al día siguiente zarparon hacia la isla de Cos, el enemigo remolcó 5 los quinquerremes capturados, echó anclas junto a Lade y pernoctó allí donde los rodios habían tenido el campamento. Los autores citados están todavía de acuerdo en 6 que los milesios51, alarmados ante lo sucedido y ante el temor de verse atacados52, coronaron no solo a Filipo, sino incluso a Heraclides53. Después de exponer todo esto, lo 7 cual es indudablemente propio de unos derrotados, declaran vencedores a los rodios tanto en las acciones parciales como en el conjunto de la batalla, y eso cuando aún se conserva en el pritaneo el documento54 que, acerca de tales hechos, el 8 almirante remitió a la asamblea y a los prítanes. Pues bien, este documento concuerda con mis afirmaciones, no con las de Zenón y de Antístenes.

Tras lo dicho, ambos autores tratan de la ruptura55 del 16 pacto establecido por Nabis con los mesenios. Aquí, Zenón 2 afirma que Nabis partió de Lacedemonia, cruzó el río Eurotas por el lugar llamado Hoplita y avanzó por una calzada estrecha junto a Poliasio, hasta alcanzar los parajes de Selasia56. Una vez en ellos, rebasó Talamas y llegó hasta el río 3 Pámiso57, en el lugar denominado Faras. De todo ello no sé 4 ni qué decir; estas afirmaciones presentan un orden tal que, en una palabra, en nada difieren de quien aseverara que salió de Corinto, cruzó el Istmo y, tras tocar las Rocas Escirónicas, de repente atacó Contoporia y, bordeando Micenas, 5 prosiguió su avance hacia Argos58. Evidentemente, aquí el error sería palmario; pues los lugares están emplazados de manera bien opuesta: mientras que el Istmo y las Rocas Escirónicas están al Este de Corinto, Contoporia y Micenas están casi junto a su Sudoeste. De manera que es absolutamente 6 imposible a quien siga tal ruta llegar a las localidades 7 citadas. Se da un caso idéntico en la geografía de Lacedemonia, pues el río Eurotas y Selasia están al Noroeste de 8 Esparta, mientras que Talamas, Faras y el río Pámiso están 9 al Sudoeste. En realidad, el que desde Talamas quiera marchar contra Mesenia no es ya que deba hacerlo bordeando Selasia, es que ni tan siquiera debe cruzar el río Eurotas.

A esto añade Zenón que Nabis había efectuado la salida 17 desde Mesenia por la puerta que conduce a Tegea. Lo cual 2 es absurdo, pues en esta ruta entre Mesene y Tegea se encuentra Megalópolis, de manera que en Mesene no hay puerta de la que se pueda decir que conduzca a Tegea. Quizás 3 se objete: desde luego, pero resulta que los mesenios tienen una salida denominada «Puerta de Tegea», por la que Nabis emprendió la marcha; esto confundió a Zenón, quien supuso que Tegea estaba más cerca de los mesenios. Y esto 4 no es así, sino que Laconia y el territorio de Megalópolis están en medio de Mesenia y la Tegeátide. Concluyo: Zenón 5 afirma que el río Alfeo, ya en las proximidades de sus fuentes, se oculta y que, tras un largo recorrido subterráneo, aflora al suelo en Licoas59 de Arcadia. Pero, en realidad, 6 este río, no lejos de sus manantiales, se oculta unos diez estadios y emerge de nuevo. Discurre por el país de Megalópolis. Primero su caudal es pequeño, pero va creciendo y, después de atravesar a la luz del día toda la región mencionada, al cabo de unos doscientos estadios alcanza Licoas. Aquí ya ha afluido a él el río Lusio, por lo que, caudaloso y 7 en realidad impracticable * * * 60.

Indudablemente, todo esto a mí me parecen errores que, 8 sin embargo, admiten excusa y explicación: lo último se debió a la ignorancia y lo de la batalla naval, a un exceso de patriotismo. ¿Se puede, entonces, reprochar verdaderamente 9 algo a Zenón? Sí: el haber puesto el máximo interés no en la investigación de los hechos ni en la organización de su material, sino en la elegancia del estilo, de la que es notorio que se jacta con frecuencia, cosa que, por lo demás, hacen la mayoría de los autores de algún renombre. Yo sostengo que debemos atender cuidadosamente la exposición artística 10 de los hechos, porque esto coadyuva no poco, sino mucho, a la utilidad de la historia, pero, sin embargo, no podemos pensar que los hombres inteligentes consideren que la dicción es lo primordial y primero. ¡Ni mucho menos! La historia tiene aspectos más importantes, de los cuales sí se puede 11 jactar el hombre político.

Lo que pretendo defender resultará muy claro por lo que 18 sigue: el historiador en cuestión expone el asedio de Gaza61 y 2 la confrontación que hubo en Celesiria entre Antíoco y Escopas, la batalla de Panio62. Pues bien: nadie negará que ha cuidado tanto el estilo de su dicción que la extravagancia de su lenguaje no se ve rebasada ni tan siquiera por la de las obras declamatorias redactadas para suscitar el pasmo del vulgo; en 3 cambio, desatendió tanto la realidad de los hechos que su irreflexión y poca práctica también resultan a su vez incomparables. 4 Efectivamente, primero quiso exponer la disposición de las fuerzas de Escopas63. Dice que su falange y unos pocos jinetes quedaron emplazados en el ala derecha, al pie del monte, y que su ala izquierda ocupaba la llanura, junto con la caballería debidamente alineada. Añade que Antíoco64, así que despuntó 5 el alba envió a su hijo mayor, llamado también Antíoco65, con una parte de sus fuerzas, para que se adelantara y ocupara el sector de la montaña desde el que se dominaba 6 al enemigo. Y en pleno día hizo que el resto de su ejército cruzara el río66 que separaba los dos campamentos, y lo estacionó en la llanura; alineó la falange frente al centro de la formación adversaria y distribuyó su caballería a ambos lados de la falange. En el ala derecha puso también su caballería acorazada67, al mando, toda ella, del hijo menor de Antíoco68. A continuación relata cómo el rey apostó sus elefantes 7 delante de su falange, a cierta distancia de ella, junto con los tarentinos de Antípatro69. Los espacios libres que 8 quedaban entre las bestias, los cubrió con arqueros y honderos. Dice Zenón que el rey y su escolta montada y los soldados escudados se situaron detrás de los elefantes. Tras señalar estas posiciones dice que el hijo menor de Antíoco, 9 el que estaba en la llanura al frente de la caballería acorazada oponiéndose al ala izquierda del enemigo, cargó desde la colina, derrotó y persiguió a la caballería adversaria mandada por Ptolomeo70, hijo de Eropo. Este Ptolomeo mandaba el ala izquierda, los etolios71 que estaban en la llanura. Luego las falanges entraron en contacto y se trabó 10 una lucha encarnizada. A Zenón le pasa por alto el que las falanges no podían enfrentarse, puesto que entre ellas había situado anteriormente a los elefantes, la caballería y la infantería ligera.

A continuación escribe que la falange de Antíoco, demostrablemente 19 inferior en potencia ofensiva72, se vio agobiada por los etolios, y se replegaba al paso, pero que los elefantes recogieron bien a los que se batían en retirada; atacaron incluso al enemigo, prestando con ello un gran servicio. No es fácil entender cómo los elefantes llegaron a 2 situarse detrás de la falange, y aun admitiéndolo, no se ve cómo pudieron prestar este gran servicio, porque, una vez 3 que las dos falanges entraron en combate, las fieras no podían distinguir si los que se les echaban encima eran amigos o enemigos. Asegura, luego, Zenón que los jinetes etolios 4 durante el combate se vieron en apuros porque no estaban habituados a la aparición de las fieras. Pero él mismo 5 dice que la caballería, apostada ya al principio en el ala derecha, permaneció intacta; en cuanto al resto de los jinetes, los situados en el ala izquierda, huyeron masivamente, 6 superados por Antíoco. ¿Entonces, cuál es la parte de la caballería que, colocada en el punto medio de la falange, se asustó ante los elefantes? ¿Y dónde estaba el rey? ¿Qué servicio 7 prestó en la acción, rodeado como estaba durante la pelea por las formaciones más escogidas de jinetes y de infantes? De esto no dice ni media palabra. ¿Y qué del hijo mayor de Antíoco, el que, con parte de las fuerzas, se anticipó 8 a ocupar posiciones en los altos? Porque, después de la batalla, ni tan siquiera regresó a su propio campamento. Y es natural: Zenón supuso a dos Antíocos hijos del rey, cuando fue uno solo el que salió a campaña. ¿Y cómo pudo 9 ser Escopas el primero y el último en abandonar el campo de batalla? Porque Zenón dice que él, cuando vio que los hombres de Antíoco el menor, de regreso ya de su persecu-ción, aparecían por la espalda de su falange, perdió las esperanzas de vencer y se retiró. Tras esto sitúa el combate 10 más encarnizado, que se dio cuando su falange quedó cercada por los elefantes y la caballería: aquí dice que Escopas fue el último que se alejó del peligro.

Me parece que cosas así, unos despropósitos tales, acarrean 20 una gran vergüenza a los escritores. Por eso se debe intentar 2 dominar todas las facetas de la historia, lo cual sería magnífico. Pero si es imposible, debemos poner el máximo cuidado en familiarizarnos con las más necesarias e importantes.

Me ha llevado a decir esto73 el ver ahora que también 3 aquí, igual que ocurre en las demás artes y profesiones, la verdad y lo que es auténticamente útil en cada caso resulta postergado, y en cambio lo que redunda en una fanfarronería 4 fantasiosa es alabado y emulado como si fuera algo grande y admirable. Desde luego que esto último en la historia, como en los géneros literarios restantes, es más fácil de elaborar y se gana el aplauso de manera más barata. En lo tocante a la ignorancia de la geografía de Laconia, los 5 errores me parecieron garrafales y no vacilé en escribir al mismo Zenón74. Creo, en efecto, que es propio de un hombre 6 noble no cimentar la gloria personal en los fallos ajenos, cosa que hacen algunos, antes bien, en vistas al bien común, me parece que debo poner en cuanto pueda cuidado y corrección, tanto al confeccionar mi obra histórica como 7 al estudiar la de los otros. Zenón recibió mi carta y la leyó. Reconoció que ya era demasiado tarde para introducir cambios, pues su obra había sido publicada. Le dolió enormemente, pero la cosa no tenía remedio. Acogió amistosamente 8 mi crítica. Por lo que a mí se refiere, digo a mis comentaristas contemporáneos y a los futuros que, si encontraren que he mentido a propósito, que he falseado intencionadamente la verdad, que me censuren sin contemplaciones, pero, si 9 comprobaren que lo he hecho por no saber más, en tal caso que sean comprensivos, tanto más cuanto que yo precisamente me he impuesto un cometido enorme, estudiar la multitud de temas que se integran en esta obra.

Egipto: carácter de Tlepólemo75

El entonces administrador del 21 reino de Egipto, Tlepólemo, era joven, y había pasado su vida ininterrumpidamente en la milicia, con gran ostentación. Era de índole altiva 2 y ambicionaba ser famoso; aportaba, en suma, a la dirección del Estado grandes cualidades, pero defectos no 3 menores. Era muy capaz en la conducción de un ejército y en planear las empresas bélicas, [además] era de temperamento viril y tuvo una habilidad congénita para las arengas 4 militares; en cambio, cuando se trataba del ajuste de otros y diversos problemas, su falta de interés y de sobriedad, tanto para conservar los fondos públicos como para administrarlos en algo útil, le convirtieron en el hombre más torpe. Esta fue la causa no solo de su rápido desastre, sino también 5 de la debilitación del imperio egipcio. Porque cuando se le confió el control de las finanzas se pasaba la mayor 6 parte del día boxeando o entre efebos, en concursos con armas. Y, al término de esto, organizaba bacanales; empleó 7 la mayor parte de su vida en tales ocupaciones y entre estas compañías. Y en las horas del día que dedicaba a las audiencias 8 repartía (más bien dilapidaba, si hay que decir la verdad) los bienes estatales entre los embajadores llegados de Grecia y los gremios de actores teatrales, aunque la parte del león la llevaban los soldados y los oficiales de su corte. No sabía decir «no», y daba todo lo que tenía a mano 9 al que sabía ganárselo con sus palabras. Desde entonces el 10 mal creció y se propagó por sí mismo, porque el que se veía favorecido inesperadamente exageraba sus expresiones de 11 agradecimiento, tanto por la merced recibida como por las que esperaba en el futuro. Tlepólemo, enterado de los elogios que todos le tributaban, de las libaciones que se le dedicaban 12 en las orgías, leía encima las inscripciones elogiosas y oía las canciones que le entonaban los músicos por toda la ciudad. Y acabó engreído y cada vez más hinchado, más predispuesto también a favorecer a soldados y a gente extranjera.

Pero esto enojaba a los cortesanos, que observaban todos 22 sus hechos y dichos, y llevaban muy a mal su irresponsabilidad; comparaban con él a Sosibio76 y se admiraban de este, pues pensaban que había mostrado una prudencia superior 2 a lo que se podía esperar de sus años mientras estuvo en la guardia real, y que en sus entrevistas con extranjeros había justificado la fe77 depositada en él. Él, efectivamente, guardaba el sello real y tenía a su cargo la custodia de la persona del monarca. Fue por aquel entonces, más o menos, 3 cuando se presenta allí de regreso de la corte de Filipo, Ptolomeo, 4 el hijo de Sosibio. Ya antes de zarpar de Alejandría estaba lleno de vanidad, tanto por su natural propio como por las riquezas que le había legado su padre. Pero cuando, 5 llegado a Macedonia, trató a los soldados de la guarnición real, supuso que entre los macedonios la hombría consistía en distinguirse de los demás en el modo de calzar y de vestir. Llegó a Egipto obsesionado por estos extremos y convencido de que su ausencia y el haber convivido con los macedonios le habían convertido en hombre, pero que los de Alejandría continuaban siendo unos esclavos, unas cabezas 6 de ganado. De modo que, naturalmente, muy pronto sintió celos de Tlepólemo y se produjeron fricciones entre 7 ambos. Todos los cortesanos se pusieron del lado de Ptolomeo, porque Tlepólemo manejaba el dinero y los asuntos de Estado no como un regente, sino como un heredero. Las diferencias se agravaron rápidamente. Entonces Tlepólemo, 8 cuando le llegaban malas noticias de que los cortesanos le acechaban malignamente, empezó desoyéndolas, pues despreciaba lo que se le decía. Pero, luego que en la asamblea 9 general se atrevieron a lanzarle reproches públicos en su ausencia, diciendo que administraba mal el Imperio, montó 10 en cólera, reunió al consejo y dijo que aquellos lo habían calumniado a escondidas y entre sí, pero que él había decidido formular su acusación delante de todos y a cara descubierta.

Tras su discurso ante el pueblo, Tlepólemo retiró la custodia 11 del sello real a Sosibio y, desde entonces, ya gobernó todas las cosas según su parecer personal.

Siria: la lealtad de la población de Gaza

De aquella ocasión en que Antíoco 22a devastó la ciudad de Gaza dice Polibio78: me parece oportuno y conveniente dar de los de Gaza792 el buen testimonio que merecen. En efecto, por lo que toca a valor no ceden en nada, en las 3 acciones de guerra, ante los demás pueblos de Celesiria, y les aventajan si se trata de actuar a una o de ser leales. Más aún: su audacia es irresistible. Cuando la incursión persa, todos los demás pueblos quedaron anonadados por las dimensiones 4 de aquel imperio, y se entregaron, ellos y sus ciudades, a merced de los medos; solo los de Gaza se avinieron al asedio y soportaron aquella calamidad. Y en tiempos de la expedición de Alejandro cuando no solo los demás 5 se rindieron, sino que incluso Tiro fue tomada y reducida a esclavitud, y los que se resistían al empuje y a la fuerza de Alejandro debían prácticamente desesperar de cualquier salvación, en Siria solo Gaza se le opuso y tanteó todas sus posibilidades. Y lo mismo hizo ahora, pues luchó lo indecible en su empeño de conservarse leal a Ptolomeo. 6 Por eso, del mismo modo que cuando se trata de personas 7 en nuestra Historia destacamos a los hombres valientes, se debe también recordar con elogio y públicamente las ciudades que, por tradición o por principios, acostumbran a actuar con nobleza.

Entrada triunfal de Escipión en Roma80

Publio Cornelio Escipión llegó 23 desde África a Roma no mucho después de la época en cuestión81. El interés con que le esperaba el 2 pueblo era proporcional a la enormidad de las hazañas de este hombre, de manera que también era grande la curiosidad que la urbe sentía hacia él, junto con una no menor simpatía. Y es lógico y natural 3 que las cosas fueran así. Porque si antes no habían esperado 4 poder expulsar a Aníbal de Italia ni rechazar el peligro que se les aferraba, a ellos y a sus deudos, ahora no solo se creían firmemente al abrigo de cualquier riesgo y contingencia, sino que además se veían superiores al enemigo, por lo que se entregaron a las mayores demostraciones de alegría. Cuando Escipión dio inicio al desfile, entonces 5 estaban todavía más fuera de sí, porque el espectáculo de los prisioneros que formaban en línea les recordaba el peligro que habían pasado; todo eran acciones de gracias a los dioses y halagos al que había logrado un cambio de 6 tanta envergadura. Incluso Sífax82, el rey de los masasilios, fue paseado por toda la ciudad con los demás prisioneros; algún tiempo después murió en el cautiverio. Acabados 7 estos festejos, en Roma se celebraron todavía durante varios días ininterrumpidamente certámenes y regocijos públicos, provisora de los cuales fue la munificencia de Escipión.

Filipo en Caria83

Había comenzado ya aquel invierno 24 en el que Publio Sulpicio84 fue nombrado cónsul en Roma. El rey Filipo continuaba en el país de los bargilios; al ver que ni los rodios ni Átalo licenciaban a los hombres de sus flotas respectivas, sino que tripulaban más naves y dedicaban más atención a sus guarniciones, se sentía incómodo y cavilaba muchas y diversas empresas para el futuro. Temía a su vez 2 que los bargilios salieran del puerto, pues preveía alarmado una batalla naval, y al no fiarse en absoluto de la evolución de las cosas en Macedonia, se negaba resueltamente a pasar el invierno en Asia, temeroso de los etolios y de los romanos. No desconocía, en efecto, las embajadas que contra él se enviaban a Roma * * * y supo que la campaña romana en 3 África había concluido. Todo lo cual le ponía en dificultades arduas. Pero de momento se vio obligado a quedarse 4 allí, donde llevaba, según el dicho, una vida de lobo85. Pues entre los carios robaba y pillaba: violentaba a unos y, muy 5 a pesar de su natural, adulaba a otros, porque el ejército le pasaba hambre. Unas veces lo sustentaba con carne, otras con higos, y otras aún con algo de trigo. Le aprovisionaban 6 Zeuxis, los milasios86, los alabandeos87 o los magnesios88, a quienes, cuando le daban, halagaba, y cuando no, ladraba y ponía asechanzas. Al final por medio de Filocles89 puso una 7 celada a la ciudad de los milasios, pero fracasó porque el 8 intento era demencial. Taló los campos de los de Alabanda como si fueran enemigos: decía que le era imprescindible proporcionar víveres a su ejército.

Polibio de Megalópolis en el libro decimosexto de su 9Historia dice: Filipo, el padre de Perseo, cuando recorría el Asia falto de víveres para su ejército recibió higos de los magnesios, porque no había trigo. Por eso, luego que tomó la plaza de Miunte90, regaló el territorio a los de Magnesia en pago de los higos. (ATENEO, III 78 c.)

Átalo y los rodios en Atenas91

El pueblo de Atenas mandó embajadores 25 al rey Átalo, que debían darle gracias por lo que había promovido92 y, al mismo tiempo, rogarle que se trasladara personalmente a Atenas para deliberar acerca de la situación. Al cabo de unos días el rey supo que unos legados romanos habían llegado 2 por mar al Pireo; creyó necesario encontrarse con ellos y zarpó a toda prisa. Enterados de su presencia, los atenienses le votaron una recepción fastuosa, y lo 3 mismo también, para su estancia allí. Átalo, pues, navegó hasta el Pireo, y en el primer día se entrevistó con los legados romanos. 4 Comprobó que recordaban muy bien la colaboración pasada93, y que estaban dispuestos a la guerra contra Filipo, lo cual le satisfizo enormemente. Al día siguiente junto con 5 los embajadores romanos y los magistrados atenienses subió a la ciudad en medio de una gran pompa, pues les salieron al encuentro no solo los arcontes con los caballeros, sino todos los ciudadanos con sus mujeres e hijos. Cuando se encontraron, con el trato surgió en el pueblo ateniense 6 un afecto tal hacia los romanos, y aun hacia Átalo, que no dejaron de hacer nada por considerarlo exagerado. Cuando Átalo penetró por el Dipilón94, de ambos lados se dirigieron 7 a él sacerdotes y sacerdotisas, que abrieron luego todos los templos, colocaron víctimas sobre los altares y le brindaron ofrecer el sacrificio. Por último, los atenienses le votaron unas honras tales como jamás, en tan poco tiempo, 8 habían tributado a sus bienhechores anteriores, pues además de otras cosas dieron a una tribu95 el nombre 9 de «atálida» y le contaron a él entre los héroes tribales epónimos.

Después de esto reunieron la asamblea e invitaron a ella 26 al rey en cuestión. Ante esta petición, Átalo manifestó que 2 le parecía poco elegante presentarse personalmente y citar todos los favores delante de los mismos beneficiarios. Los 3 atenienses no insistieron en que acudiera, y le indicaron que escribiera lo que él suponía conveniente en aquella situación. 4 Átalo accedió a esto y redactó un escrito, que los presidentes trasladaron a la asamblea. En compendio se trataba 5 de un memorial de los favores concedidos por él mismo al pueblo de Atenas, una enumeración de sus acciones contra 6 Filipo en aquella coyuntura, y al final una exhortación a la guerra contra este; les aseguraba y les juraba que si ahora no se decidían a declarar noblemente que compartían los sentimientos de odio contra Filipo junto con los rodios, los romanos y él mismo, y luego, tras haber desatendido su oportunidad, pretendían participar de la paz que habían logrado otros, errarían en lo que convenía a su propio país. 7 Leída la carta, el pueblo ateniense votó su disponibilidad para la guerra tanto por lo dicho como por la simpatía que profesaba a Átalo. A mayor abundamiento entró una delegación 8 rodia que expuso muchos argumentos en favor de su propia tesis. Y los atenienses acordaron declarar la guerra a 9 Filipo. También acogieron suntuosamente a los rodios, coronaron a este pueblo con la corona al más valiente y otorgaron a todos sus ciudadanos derechos políticos iguales96 a los que ostentaban los atenienses. Con esto, Atenas pagaba, además de otros favores, la devolución a ellos de las naves y de los prisioneros de guerra que Filipo les había capturado. Los embajadores rodios cumplieron, pues, su encargo y zarparon con su flota hacia las islas, a Ceos97. 10

Inicio de la guerra entre los romanos y Filipo V98

En el tiempo en que los romanos 27 permanecían en Atenas99, Ni canor100, general al servicio de Filipo, hacía correrías por el Ática y llegó hasta la Academia101 ateniense. Los romanos le mandaron un heraldo, se reunieron con Nicanor y le pidieron que comunicara a Filipo la intimación 2 por parte de Roma de que no hiciera la guerra a ningún griego102 y de que compensara a Átalo según la sentencia de un tribunal imparcial por los daños que le había inferido. Si se aviene a ello todavía le es posible la paz con los romanos, 3 si se niega a hacerles caso, afirmaron, sucederá lo contrario. Nicanor les escuchó y se fue. Los embajadores romanos 4 habían anclado en Fénice103 y habían dicho lo mismo a los epirotas acerca de Filipo; con igual finalidad visitaron a Aminandro104 en Atamania y llegaron a Egio, a comunicarlo a los aqueos. Cuando por medio de Nicanor hubieron 5 expuesto lo suyo a Filipo, zarparon para dirimir las diferencias existentes entre Antíoco y Ptolomeo.

Conducta de Filipo

Soy de la opinión de que el empezar 28 bien y mantener el entusiasmo durante un tiempo suficiente que asegure un éxito considerable es cosa que se ha dado ya en muchos, pero que solo pocos son capaces de culminar un proyecto, 2 y que si en algo la suerte les ha sido adversa, son idóneos para suplir por cálculo lo que les falló en previsión. 3 De modo que no falta razón a quien reproche la inoperancia de Átalo y de los rodios, ni a quien celebre la conducta real y verdaderamente magnánima de Filipo, la constancia en sus propósitos. No es que yo alabe su carácter sin distingos, pero sí señalo su ímpetu en la ocasión presente. Establezco 4 esta diferencia para evitar que alguien crea que digo cosas encontradas: hace poco alababa a Átalo y a los rodios, y hacía reproches a Filipo, mientras que ahora realizo lo contrario. Por eso ya al principio de esta mi obra noté una diversidad: 5 establecí que era preciso, a veces, alabar y, otras, condenar a unas mismas personas, ya que con frecuencia el peligro o el empeoramiento de las situaciones modifican las voluntades de los hombres, otras veces, en cambio, las varía el mejoramiento de aquellas. Hay casos en que los hombres 6 se ven empujados por su propia índole hacia lo que es debido, en otros ocurre lo contrario. Que es lo que en aquella ocasión, creo, sucedió a Filipo. En efecto, irritado por 7 los desastres que había sufrido se indignó y se enfureció más de lo que era normal en él, pero con ello se adaptó de manera sorprendente y prodigiosa a la situación de entonces, y fue así como se enderezó contra los rodios y el rey Átalo y saldó con éxitos sus empresas siguientes. Me ha 8 sugerido decir esto la realidad de que algunos, igual que hacen los corredores flojos105 en los estadios, abandonan sus propios proyectos cuando están a un paso de culminarlos, mientras que a otros precisamente esta circunstancia les lleva a superar al enemigo.

Toma de Abido por Filipo V

Filipo quiso privar a los romanos 29 de los recursos y de las piedras para escaleras existentes en estos parajes.

Para, si se propone hacer un recorrido en sentido inverso, disponer del puerto de Abido. 2

Si bien me parece inútil exponer la peculiaridad de estos 3 lugares, debido a que todos los autores han tratado prolijamente la situación de estas ciudades, la posición estratégica de Sesto y de Abido106, y así tal cosa no aprovecha demasiado, con todo, en vista a lo que sigue, creo provechoso recordar 4 sumariamente a mis lectores estos aspectos, para suscitar su interés. Nos podemos formar una idea de lo que 5 ocurrió en las ciudades citadas, no tanto por la topografía de los lugares mismos como por la comparación y el cotejo de lo que declaro a continuación. Así como resulta imposible navegar a nuestro mar desde el que unos llaman océano 6 y otros mar Atlántico, a no ser pasando por el estrecho de las columnas de Heracles, del mismo modo es irrealizable 7 la navegación desde nuestro mar a la Propóntide107 y al Ponto si no es haciendo la penetración por el paso, que se 8 abre entre Sesto y Abido. Y como si la fortuna hubiera establecido una proporción en la disposición de ambos pasos, resulta que el de las columnas de Heracles tiene una anchura múltiple de la del Helesponto. En efecto, la anchura del 9 primero es de sesenta estadios, la del de Abido de dos108, y esto es para que se pueda intuir que el Mar Exterior109 supera muchas veces en magnitud al nuestro. Pero el paso de 10 Abido presenta muchas más ventajas que el estrecho de las columnas de Heracles. El primero de los mencionados, que 11 está habitado por hombres debido a ser medio de comunicación de unos con otros, tiene disposición de puerta. A veces los que han querido pasar a pie enjuto de un continente a otro han tendido un puente sobre él110; otras veces se navega por él continuamente en ambas direcciones. Contrariamente, 12 el estrecho de las columnas de Heracles es poco útil, no sirve excesivamente para la comunicación de los pueblos que viven en los extremos de África y de Europa, porque el Mar Exterior es algo desconocido. La ciudad de los 13 abidenos está flanqueada, a ambos lados, por dos cabos de la costa europea111, y tiene un puerto capaz de albergar contra cualquier viento a los que recalen en él. Pero es totalmente 14 imposible fondear fuera del puerto y delante de la ciudad, debido a la rapidez y a la fuerza de la corriente que hay en aquellos lugares.

Filipo plantó una empalizada en un lado y una estacada 30 en el otro y asediaba a los abidenos por mar y por tierra. En sí la acción no era notable ni por la magnitud de los preparativos 2 ni por la variedad de los planes imaginados para las obras (planes a los que suelen aplicarse asediados y sitiadores para combatirse mutuamente), pero se hizo digna de mención, si es que lo es alguna otra, y de ser transmitida a 3 la posteridad por la bravura de los asediados y por su extremado coraje. Al principio los abidenos confiaban en sí mismos y sostenían vigorosamente la sofisticada maquinaria 4 de Filipo, desarmaban a tiros de catapulta los ingenios que se les aproximaban por mar, y a otros les pegaban fuego. Tanto es así, que a duras penas logró el enemigo retirar las naves de la zona de peligro. Y a las obras terrestres los abidenos 5 se opusieron animosamente, y ni tan siquiera desesperaban de derrotar al adversario. Pero cuando el muro exterior se les derrumbó por el trabajo de zapa, lo cual posibilitó a los 6 macedonios aproximarse, a través del muro derruido, a la muralla paralela construida por dentro, entonces los abidenos enviaron a Ifíades y a Pantágnoto para invitar a Filipo a que tomara posesión de la ciudad. Las condiciones eran: debía comprometerse a permitir la retirada de los soldados enviados 7 por Átalo y por los rodios, y acceder a que los hombres libres se salvaran, cada uno por donde quisiera y pudiera, saliendo solo con la ropa que llevaban puesta. Pero Filipo les exigió 8 una rendición incondicional o que combatieran con arrojo. Y los enviados regresaron.

Enterados de la respuesta, los abidenos se reunieron en 31 asamblea y deliberaron sobre las circunstancias; ahora estaban 2 desesperados. Resolvieron, pues, ante todo, conceder la libertad a los esclavos: así tendrían unos camaradas totalmente adictos en la lucha. Después juntaron a todas sus mujeres en el templo de Ártemis, y a sus pequeñuelos con sus nodrizas en el gimnasio. Decretaron, en tercer lugar, depositar 3 en el ágora toda su plata y todo su oro; la vestimenta de valor que poseyeran la cargarían íntegramente en el cuatrirreme de los rodios y en el trirreme de los cicicenos. Esto 4 fue lo que acordaron. Cumplieron los decretos de manera unánime y se congregaron por segunda vez en asamblea. Eligieron a los cincuenta ancianos de más confianza, pero dotados del vigor corporal necesario todavía para cumplir 5 las decisiones. Delante de todos los ciudadanos les tomaron juramento de que, si veían que el enemigo había conquistado el muro interior, degollarían a las mujeres y a los niños, pegarían fuego a las naves citadas y, de acuerdo con las maldiciones, arrojarían al mar el oro y la plata. Después de 6 esto y en presencia de los sacerdotes, todos se juramentaron a vencer al enemigo o a morir luchando por la patria. Finalmente 7 sacrificaron algunas víctimas y obligaron a los sacerdotes y a las sacerdotisas a pronunciar sobre aquellas entrañas abrasadas imprecaciones para afrontar la situación que 8 he descrito. Se aseguraron, pues, de todo esto y se disolvieron para dedicarse a trabajos de contraminado, resistiendo al enemigo. Sin embargo, el acuerdo había sido unánime: si les derrumbaban el muro interior, por encima de sus ruinas combatirían al adversario hasta morir.

Se puede decir que el temerario coraje de los abidenos 32 ha rebasado la conocida desesperación de los focenses112 y la valentía de los acarnanios113. Parece que los focenses tomaron 2 idénticas resoluciones en cuanto a sus familiares, pero les quedaba todavía una leve esperanza de vencer, porque estaban en condiciones de provocar a los tesalios a una batalla campal en toda regla; lo mismo cabe decir del pueblo de Acarnania: cuando se apercibió de la incursión de los 3 etolios, tomó unas determinaciones como las reseñadas en cuanto a su situación. Ambos casos los hemos narrado nosotros, anteriormente114, al menos en parte. Pero los de Abido, cercados y prácticamente sin esperanzas de salvación, 4 prefirieron, la población entera, morir con sus mujeres e hijos, a vivir y, encima, verse con la infamia de que sus hijos y mujeres habían caído en poder del enemigo. Con razón se puede reprochar a la fortuna el desastre de los abidenos, 5 pues como si le causaran piedad enderezó al punto aquellas ciudades de las desgracias sufridas, al dar la victoria y la salvación a los desesperados. Su intención para con Abido fue distinta: los hombres murieron, la ciudad fue conquistada, 6 y las madres con sus hijos cayeron en poder de los rivales.

Cuando se derrumbó la muralla interior, los defensores, 33 según su juramento, se encaramaron por los montones de escombros y seguían combatiendo con un denuedo tal que Filipo, aunque iba lanzando oleadas de macedonios una tras otra hasta llegar la noche, al final desistió de la lucha y perdía, incluso, la esperanza de salir adelante en la empresa. 2 La primera línea de los abidenos peleaba con ferocidad pisando los cadáveres enemigos, y no solo se batían audazmente con sus puñales y sus lanzas, sino que, cuando un 3 arma de estas se les inutilizaba o las soltaban por fuerza de sus manos, llegaban al cuerpo a cuerpo con los macedonios y rechazaban con su restante armamento al adversario; a otros se les quebraban las picas y con las mismas astillas asestaban golpes contundentes; [echaban mano]115 de las puntas de las lanzas y herían a los enemigos en el rostro y en las partes desnudas del cuerpo, con lo que les llevaron a 4 una confusión total. Cuando sobrevino la noche y se paró la lucha, la mayor parte de los defensores había sucumbido encima de los escombros y los supervivientes estaban exhaustos por la fatiga y las heridas. Entonces Gláucidas y Teogneto reunieron a algunos ancianos y arruinaron la decisión espléndida y admirable que habían tomado antes los ciudadanos, por salvarse ellos. Decidieron conservar la vida a 5 las mujeres y a los niños, y enviar, así que apuntara el alba, a Filipo los sacerdotes y las sacerdotisas provistos de ínfulas, para suplicarle y rendirle la ciudad.

En aquel tiempo, Átalo fue informado del asedio de 34 Abido, navegó por el mar Egeo hasta Ténedos116 precisamente cuando el romano Marco Emilio el Joven se presentó, 2 también por mar, en la misma Abido. En Rodas los romanos supieron con exactitud lo que ocurría en el asedio de Abido y, según las órdenes que tenían, quisieron tratar personalmente con Filipo. Aplazaron el ataque contra los reyes117 y enviaron al hombre citado, que se entrevistó con Filipo en Abido y le expuso los decretos del senado romano: 3 intimarle que no hiciera la guerra contra ningún griego, que no se inmiscuyera en los asuntos de Ptolomeo y, en cuanto a las injusticias que había cometido contra Átalo y contra los rodios, debía someterse a un juicio para indemnizarles. Si lo hacía así podría permanecer en paz con los romanos, 4 pero si se negaba a acceder de grado, estaría en guerra contra ellos. Filipo quería hacerle ver cómo eran los 5 rodios los que le habían atacado, pero Marco Emilio interrumpiéndole le preguntó: «¿Y qué los atenienses? ¿Y qué los cianeos? ¿Y qué, ahora, los abidenos? ¿Quién de estos —prosiguió— te ha atacado primero a ti?» El rey Filipo, sin saber qué decir, repuso que le perdonaba por haber hablado tan 6 altivamente, y ello desde tres puntos de vista: primero, porque era joven e inexperto en aquellos asuntos; en segundo lugar, porque era el más apuesto de los hombres de su tiempo (lo cual era verdad), [y ante todo porque era romano]118, «y yo —afirmó— exijo con empeño a los romanos que respeten 7 lo pactado119 y que no me hagan la guerra. Y si me la hacen invocaré a los dioses y los rechazaré enérgicamente».

Dicho esto, se separaron el uno del otro; Filipo tomó 8 posesión de la ciudad y se encontró con que los abidenos habían amontonado todo lo de valor que poseían, dispuesto 9 para que él se lo quedara. Pero, al ver la multitud y el furor de los que habían degollado a sus mujeres e hijos y luego se habían suicidado, pues unos se habían quemado, otros se habían ahorcado, o se habían tirado a un pozo, o se habían lanzado desde un tejado, quedó horrorizado y, al mismo 10 tiempo, dolorido por lo que allí había pasado. Anunció que daba tres días de plazo a los que desearan ahorcarse o quitarse 11