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En 1994, un equipo dirigido por el legendario cazador de fósiles Tim White descubrió un conjunto de huesos antiguos en la región etíope de Afar. La datación radiométrica de las rocas cercanas indicó que el esqueleto resultante, clasificado como Ardipithecus ramidus —apodado «Ardi»—, tenía la asombrosa edad de 4,4 millones de años, más de un millón de años mayor que la mundialmente famosa «Lucy». El equipo pasó los quince años siguientes estudiando los huesos en estricto secreto, mientras seguía acumulando descubrimientos fósiles históricos sobre el terreno y se enzarzaba en agrias disputas con sus colegas científicos y con la burocracia etíope. Cuando por fin se hizo público, Ardi asombró a científicos de todo el mundo y puso en tela de juicio medio siglo de ortodoxia sobre la evolución humana: cómo empezamos a caminar erguidos, cómo desarrollamos nuestras ágiles manos y, lo que es más importante, si descendemos de un antepasado parecido al chimpancé. El descubrimiento de Ardi no solo supuso un salto adelante en la comprensión de las raíces de la humanidad, sino un ataque a las convenciones científicas y a las principales autoridades en materia de orígenes humanos. Basado en investigaciones en todo el mundo, Hombres fósiles no es solo un brillante documento sobre los orígenes del linaje humano, sino sobre las más antiguas emociones humanas: la curiosidad, los celos, la perseverancia y el asombro.
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Seitenzahl: 829
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Introducción
T. Rex
Este libro es tanto una historia de la ciencia como una historia de detectives acerca del mayor misterio de todos: ¿de dónde venimos? Como buen misterio, empieza con un cuerpo.
Mi aventura dio comienzo cuando quedé intrigado con un antiguo caso sin resolver, el del esqueleto más antiguo conocido de un miembro de la familia humana. En 2012, viajé a la Universidad de California en Berkeley para reunirme con uno de los buscadores de fósiles que más éxitos ha cosechado a lo largo de su vida y hablar sobre su último gran descubrimiento, un esqueleto de 4,4 millones de años de antigüedad de la especie Ardipithecus ramidus, apodado Ardi. En principio, no tenía ninguna intención de escribir gran cosa sobre Ardi, a la que imaginaba como un mero antecedente del posterior drama, mucho más interesante, de la evolución humana. Sin embargo, cuanta más información obtenía, más intranquilo me sentía, ya que Ardi parecía refutar muchas de las teorías predominantes sobre la evolución.
Ardi fue una mujer inoportuna que sorprendió a los estudiosos de los orígenes del hombre más de lo que muchos estuvieron dispuestos a admitir. Su esqueleto cuestionó las creencias fundamentales sobre cómo nos convertimos en humanos, cómo nuestros antepasados se escindieron de los otros simios, cómo llegamos a caminar erguidos y cómo evolucionaron nuestras manos hábiles, así como si fueron realmente las sabanas el crisol de la humanidad, según lo representado en innumerables dioramas de museos y libros de texto. Y lo que es más importante, demostró que el aspecto de estos primeros ancestros humanos era de manera sorpresiva muy diferente al de los chimpancés modernos, considerados a menudo como modelos del pasado humano. Los seres humanos resultaron ser más primitivos en ciertos aspectos de la anatomía que los simios africanos actuales, un hallazgo que revocó cuarenta años de opinión generalizada. «Sus sorpresas anatómicas son tantas —informó el equipo del descubrimiento sobre el esqueleto—, que nadie podría haberlo imaginado sin pruebas fósiles directas».[1]
Se acostumbra a calificar a los fósiles como huesos de la discordia. Pero lo extraño de este esqueleto no fue que suscitara controversia, sino que no planteó ninguna. Algo muy curioso sucedió después de que, en 2009, Ardi fuera revelado al mundo por el equipo que lo había descubierto. Dejaron caer una bomba y entonces… se hizo el silencio. Las mismas personas que deberían haber mostrado entusiasmo por semejante descubrimiento parecieron hacer caso omiso de los hallazgos. Como supe más tarde, las razones fueron múltiples: algunos colegas discreparon de un modo vehemente con las conclusiones; otros temieron enzarzarse en discusiones que lo más probable es que acabaran de forma desagradable; y otras personas trataron de condenar al fósil a la irrelevancia ignorándolo. Tanto Ardi como el equipo que la descubrió parecían ser personas no gratas. Llegaron a referirse a una de ellas como «El-que-no-debe-ser-nombrado».[2]
Se despertó mi curiosidad. Cualquiera que no deba ser nombrado, sin duda, debe ser entrevistado.
Tim White, líder del equipo de Ardi, es un paleoantropólogo, un científico del registro fósil humano con fama de contar con un agudo intelecto, poca paciencia para las tonterías —ante las que salta a la mínima—, una larga lista de descubrimientos y un listado aún más largo de enemigos. Aparecía en una foto de la página web de su departamento en la Universidad de California en Berkeley como un guerrero en los páramos de Etiopía, rodeado de un equipo de seguridad blandiendo rifles de asalto.
White ignoró mis primeros mensajes, con excepción de una breve respuesta en la que decía que estaba ocupado en Etiopía y que no estaba disponible. Insistí y, meses más tarde, accedió por fin a hablar conmigo. Acababa de regresar de su misión anual de búsqueda de fósiles y sufría fiebre y dolores de cabeza cíclicos. Su médico le había prescrito un par semanas en cama, por lo que White había cancelado todas sus clases. Sin embargo, se levantó y acudió a su cita. Más tarde comprendí que era propio de White hacer algo así, que solía sacrificar su propia comodidad, su apariencia y su salud para impulsar su misión científica.
Para llegar a su despacho, entré en el enorme complejo neobabilónico del edificio de Ciencias de la Vida del Valle, en el campus de Berkeley, y pasé junto al esqueleto de un Tyrannosaurus rex de tamaño natural. Como Ardi, se trataba de una criatura bípeda extinta e inimaginable a ojos modernos hasta que fue encontrado. Pasé por un pequeño expositor con una réplica del famoso esqueleto de Lucy, un ancestro humano cuya especie, Australopithecus afarensis, White había cobautizado hacía tres decenios. Tomé un ascensor hasta la quinta planta, llamé a la puerta y me llegó un gruñido desde dentro. Me abrió la puerta un hombre delgado, despeinado y desaliñado, con aspecto de acabar de salir del fondo del cesto de la ropa sucia.
Le tendí la mano para presentarme. Él la chocó con el puño.
«Saludo etíope —dijo impávido—. Te aseguro que no quieres pillar lo que tengo».
Una enorme piel de serpiente colgaba de la pared del despacho. White había matado y comido la víbora bufadora en Tanzania en sus días de juventud, cuando aún tenía relación con alguno de los Leakey, la famosa dinastía de paleoantropólogos y sus antiguos jefes. Cerca de la piel colgaba una caricatura de Darwin de la época victoriana parodiado como un simio, recordatorio de que los logros científicos no siempre son valorados por sus contemporáneos. Otro dibujo representaba a un evolucionista victoriano cuyo temperamento se parecía mucho al de White, Thomas Henry Huxley, un belicoso anatomista conocido como el «bulldog de Darwin». Una foto enmarcada contenía una instantánea de un hombre jorobado con un rifle de asalto; más tarde supe que se trataba de un amigo del desierto etíope fallecido en una guerra tribal.
White me indicó que tomara asiento en un despacho repleto de libros y réplicas de cráneos fósiles. Hablamos… y hablamos… y hablamos. Su disposición a dedicar tiempo a la ciencia parecía no tener fin. ¡A la porra la fiebre! Tenía una mente enciclopédica, era sarcástico y escandalosamente poco diplomático: tachó a un colega de idiota, a otro de carroñero y a otro de payaso, y a muchos más los redujo a la categoría de cabronazos. Daba la impresión de que White necesitaba estar en permanente lucha contra alguien: científicos famosos, críticos académicos, administradores de la universidad, funcionarios de antigüedades etíopes, directores de revista, incompetentes de todo tipo, etc. La animosidad fluía en ambos sentidos: algunos colegas se negaban a asistir a conferencias si White estaba presente. En ese momento, había iniciado acciones legales contra su propio empleador, tras haber demandado a la Universidad de California por un par de esqueletos de 9.500 años de antigüedad que la universidad quería entregar a las tribus nativas norteamericanas. (White y sus codemandantes se quejaban de que la universidad favorecía la ideología sobre la ciencia).
Su colega etíope desde hacía mucho tiempo, Berhane Asfaw, me explicó más tarde:
¿Sabes por qué le temen sus colegas? Porque si hay algo malo en la ciencia, él no será diplomático. Te lo dirá directamente: eso está mal. La mayoría de la gente nunca diría algo así y trataría de esquivar la cuestión. Aunque sean los encargados de controlar sus recursos y se arriesgue a que le nieguen el dinero de las subvenciones, Tim dirá: «Olvídalo, el tipo está equivocado. Si no le decimos que está equivocado, es como difundir información falsa». Por eso tanta gente lo odia. No le gusta nada la mala ciencia.
El geólogo Maurice Taieb se hizo eco de las siguientes observaciones:
Tim White es riguroso. Es un científico de verdad. Sus publicaciones siempre serán vigentes. No le importa eso de publicar libros, salir en los medios de comunicación, etc. Lo que quiere es hacer bien el trabajo antes de divulgarlo. La gente cree que se lo guarda para sí mismo. ¡En absoluto! Lo que pasa es que quiere estar seguro.
La opinión de varias personas era otra, claro. Don Johanson, que saltó a la fama con su descubrimiento de Lucy, no se mostró especialmente entusiasta a la hora de describir a su extraño compañero White:
Considera que ha trabajado tanto para encontrar los fósiles que nuestros colegas, sentados en sus pequeñas oficinas con aire acondicionado —como diría Tim—, no merecen verlos. Dice, además, que, aunquelos vieran, no sabrían lo que están viendo. Degrada a sus colegas con sus argumentos ad hominem, haciendo que la gente se sienta incompetente.
Meave Leakey, la matriarca reinante de la mundialmente famosa dinastía de cazadores de fósiles, describió a White con cierta simpatía:
Cree que el mundo está en su contra. No le gusta ir a muchas reuniones. Es una pena: es un científico buenísimo, tiene fósiles geniales y mucho que aportar, pero pone las cosas muy difíciles porque siempre está a la defensiva y a veces resulta un tanto desagradable.
Pasé un montón de horas con White, sus colegas y sus rivales mientras escribía este libro. Llegué a conocerle a lo largo de ocho años y demostró ser —contrariamente a mi primera impresión y a la opinión de sus adversarios— muy generoso en lo que respecta a su ciencia, bajo sus rigurosas condiciones. Es probable que White haya acabado por ser el personaje más intenso con el que he tenido el placer de cruzarme en mi medio siglo de vida en este planeta. Es blasfemo, tiquismiquis, crítico, tremendamente irreverente, divertidísimo y un tipo de campo con modales rudos que hace que algunos de sus célebres adversarios parezcan figuras de cartón. Debo confesar que a mí me pareció muy simpático y extremadamente gracioso, a pesar de haber tenido que soportar, yo también, sus desplantes o arrebatos. «¡Pues deberías haberlo visto hace veinte años! —se rio su mujer, Leslea Hlusko, cuando hablé más tarde con ella—. Ha mejorado muchodesde que lo conocí».
Esa visita a la guarida de Berkeley abrió una puerta a un mundo extraño, pasado y presente. Detrás del hombre al que los etíopes llamaban Teem había un equipo[team, en inglés],muchos con un origen inimaginable para el lector occidental. Entre ellos, un hombre que había sobrevivido al encarcelamiento y la tortura durante las purgas del Terror Rojo en Etiopía y que fue la primera persona de su país en obtener un doctorado en Antropología Física; un campesino etíope que se convirtió en un científico del Gobierno estadounidense con autorización de alto secreto y que utilizaba sus vacaciones personales para acometer expediciones en su país; un antiguo cristiano evangélico convertido en un teórico de la evolución; hombres armados tribales que sembraron el desierto de esqueletos de enemigos y que luego buscaron huesos fósiles en esa misma tierra; y un polímata japonés a quien la reconstrucción del cráneo de Ardi lo absorbió tanto que ni siquiera regresaba a casa por las noches.
Varios investigadores de Ardi eran veteranos del equipo que interpretó el esqueleto de Lucy en las décadas de 1970 y 1980. Por lo que respecta al reconocimiento del nombre, Lucy sigue siendo el ancestro humano más conocido. No obstante, en términos científicos, Ardi fue más revelador. Lucy representaba una nueva especie dentro de un género ya conocido (un género es una categoría taxonómica que puede incluir múltiples especies estrechamente relacionadas y que comparten adaptaciones similares); era una variante más antigua de un tema anatómico que poco a poco fue viendo la luz a lo largo de medio siglo. Ardi representaba algo del todo novedoso: no solo una nueva especie, sino un nuevo género y un híbrido hasta ahora desconocido de simio arborícola y bípedo terrestre. Debido al carácter reservado del equipo y a su estrategia de publicar todos sus descubrimientos al mismo tiempo, apareció prácticamente de la noche a la mañana. Pese a los denodados esfuerzos de sus detractores y de la resistencia intelectual que suele provocar este tipo de alteraciones del statu quo, es probable que pase a la historia como uno de los descubrimientos más importantes de nuestra era.
Esto no significa que cada una de las afirmaciones presentadas por los intérpretes durará para siempre: rara vez lo hacen. Los hitos fósiles acostumbran a durar más que los argumentos esgrimidos en su favor. Aun así, su descubrimiento reveló una etapa evolutiva nunca vista y exigió repensar de nuevo nuestros orígenes. En su afán, Tim White, Berhane Asfaw y su equipo se toparon con la mayoría de las principales personalidades, debates y descubrimientos de la antropología del último medio siglo.
Los hechos aquí descritos coincidieron con el establecimiento de Etiopía como una de las grandes naciones generadoras de fósiles del mundo. El país está repleto de historia geológica y humana, desde montañas envueltas en nubes a desiertos bajo el nivel del mar. Es una encrucijada entre el antiguo cristianismo, el islam y el judaísmo; las ruinas de un reino antaño grandioso en las tierras altas africanas; el lugar de nacimiento del río Nilo Azul; y —gracias a su peculiar geología— productor de muchos de los fósiles más antiguos de la humanidad. Esta historia se desarrolló mientras el país padecía dos revoluciones, múltiples guerras y alianzas geopolíticas cambiantes, y mientras evolucionaba de reino feudal a dictadura marxista y a Estado moderno «desarrollista» (como los economistas políticos etiquetan a los gobiernos que persiguen con mucha agresividad el crecimiento económico), todo ello unido por una larga tradición de autoritarismo.
Los investigadores del equipo de Ardi pasaron años bajo el fuego cruzado de las tribus nómadas enfrentadas. Trabajaron con herramientas dentales y púas de puercoespín para rescatar frágiles fósiles de bloques de tierra y reconstruyeron un esqueleto a partir de fragmentos. Su misión estuvo a veces cerca de malograrse debido a disparos o a burócratas hostiles. Llegó un momento en que el Gobierno etíope les revocó el permiso de trabajo de campo, les impidió entrar en el Museo Nacional y les prohibió examinar los fósiles que ellos habían encontrado. Los científicos se enfrentaron a académicos rivales que se quejaban de que estaban acaparando uno de los fósiles más valiosos del mundo y que no habían compartido ningún detalle útil durante más de una década.
El equipo de Ardi funcionaba en gran medida como una unidad autónoma, indiferente o a veces hostil al «gremio» académico más amplio (las comillas son suyas). Se esforzaron por integrar a los africanos en una ciencia que hasta entonces no garantizaba un lugar a los indígenas de las naciones productoras de fósiles. Trabajaron para convertir a Etiopía en centro científico internacional y que dejara de ser solo un exportador de fósiles para mayor comodidad de los estudiosos occidentales. A lo largo de los años, el equipo se anotó un récord de descubrimientos superior al de casi cualquier rival, por mucho que los críticos se resistieran a admitirlo. White —siempre dispuesto a trazar líneas divisorias— consideraba que su equipo era como una minoría asediada en una lucha entre verdaderos científicos y arribistas. Sus adversarios, a su vez, decían de él que era un creído gruñón que practicaba una forma anticuada de hacer ciencia. Algo en la búsqueda de nuestros propios orígenes despierta grandes pasiones nunca vistas en otras disciplinas. En un mundo ideal, deberíamos dejar la tarea en manos de investigadores menos apasionados, pero, como ninguna otra especie se ha ofrecido, el trabajo queda en nuestras manos, humanos imperfectos.
Pasé ocho años escudriñando esta historia. Entrevisté a personas de todo el mundo, indagué en archivos hacía mucho tiempo olvidados, leí cientos de artículos y participé en dos expediciones sobre el terreno. Al año siguiente de nuestro primer encuentro en Berkeley, me adentré en la depresión de Afar, en Etiopía, junto a White, en una caravana de coches de safari. Me advirtió de que la expedición rastrearía zonas especialmente peligrosas que el equipo había evitado durante la mayor parte de los últimos veinte años. Los habitantes de la zona en cuestión les habían disparado más de una vez, la última el año anterior. Apretujado entre nosotros, iba sentado uno de los mejores exploradores de fósiles del equipo, un hombre de Afar llamado Elema. (White y él reían a carcajadas cuando me contaron su primer encuentro, el día que Elema irrumpió en el campamento con dos pistolas e intentó expulsar a la expedición de su territorio). El paisaje brillaba debido al calor mientras la caravana dejaba atrás matorrales y árboles llenos de espinos que arañaban el coche con un discordante chirrido. White me dio unas cuantas instrucciones: agáchate cuando el coche pase rozando los arbustos para evitar arañazos. Fíjate en dónde pisas para evitar víboras, cobras y escorpiones. Nunca vayas solo a hacer tus necesidades entre los arbustos por la noche, no queremos que una hiena se acerque sigilosamente por detrás y te mate. No dejó de compartir conmigo los trucos del oficio que habían culminado con tantos descubrimientos de su equipo. Utilizar el brillo del sol para encontrar fósiles. Inspeccionar siempre el camino cuesta arriba, nunca cuesta abajo. Permanecer con el grupo y sus escoltas armados. «Si te pierdes o te separas del grupo, lo primero que te matará será la sed —me advirtió White—, si es que los paletos locales no te matan antes».
Se corrigió a sí mismo: en realidad, es poco probable que te mate nadie, ya no. Los nómadas salvajes se estaban modernizando, el desierto se estaba cultivando y los malhumorados protagonistas de la ciencia estaban siendo sustituidos por elegantes profesionales. Aunque luego todo se volvió precario otra vez. Unos años más tarde, mientras terminaba de escribir este libro, Etiopía entró en otro periodo de turbulencias, la guerra tribal obligó al equipo a suspender el trabajo de campo y la perspectiva de futuros descubrimientos se tornó incierta. Tuve la suerte de echar un vistazo en el ocaso antes de que todo se desvaneciera, de ver a los T-rex, por así decirlo, cuando aún eran de carne y hueso. Es probable que la mera descripción de los contrarios a Ardi, y la seria consideración de sus ideas, moleste e incluso haga enfadar a los opositores. Algunos se negaron a tener nada que ver conmigo cuando supieron que mi reportaje concernía a «Los que no deben ser nombrados».
El título Hombres fósiles —quepuede parecer una elección extraña para una historia sobre un esqueleto femenino— hace referencia a estos protagonistas, los investigadores principales de un equipo que recogió camiones llenos de huesos antiguos y cumplimentaron una solitaria rama de la ciencia que algunos compañeros menospreciaron por anticuada. La gran ironía es que este equipo demostró tener más visión de futuro que muchos contemporáneos; además, los fósiles nunca se vuelven obsoletos, y a veces nos obligan a reescribir la historia. Hubo una época en que «hombres fósiles» fue también un término para referirse a los ancestros del hombre, pero no debe interpretarse el título como un aval del lenguaje sexista del pasado ni como un rechazo de las contribuciones de las científicas del equipo de Ardi o de cualquier otro. En todo caso, este campo necesita más mujeres.
Se trata de una odisea científica que comenzó antes de que existiera algo llamado Internet y que abarcó la carrera de seis presidentes de Estados Unidos. Los críticos se quejaron del largo retraso y el excesivo secretismo del llamado Proyecto Manhattan de la paleoantropología. En el ínterin, Internet revolucionó la vida moderna. Los científicos secuenciaron el genoma humano, luego el de los chimpancés y, con el tiempo, se generalizó la transcripción del código de la vida. Miembros del equipo murieron a causa de la violencia o la vejez. Cuando por fin Ardi fue revelado al mundo, mucha gente encontró el esqueleto o, al menos, los argumentos expuestos con él demasiado disparatados para ser tomados en cuenta. Esta historia es un viaje al pasado remoto para encontrar ancestros, animales, entornos e incluso un árbol de la vida diferente a los que reconoceríamos en nuestro mundo moderno.
La ciencia no es solo una búsqueda de información. También es una competición entre paradigmas o modelos para entender la naturaleza. Hombres fósiles es, en parte, una historia sobre cómo los científicos descubren, analizan, lidian con la discordancia, se desprenden de viejas creencias y llegan a una nueva comprensión, es decir, sobre la evolución del pensamiento. También es un relato de la dinámica no científica de la psicología humana, los sesgos, el resentimiento, los bandos rivales y el tribalismo. El equipo de Ardi apostó que el consenso era un mal indicador a la hora de tener razón. Que la sabiduría convencional no estaba menos equivocada porque mucha gente la creyera. Que la inteligencia humana seguía siendo capaz de comprender algo mejor que un análisis generado por un ordenador. Que a veces los antiguos maestros de la anatomía, cuyo trabajo había quedado en gran parte olvidado y sepultado en los polvorientos anaqueles de las bibliotecas, ofrecían una visión mejor acerca de la evolución humana que las tecnologías de vanguardia que ahora acaparan la atención de los expertos en el tema. Que los fósiles podían proporcionar mejor información sobre la evolución humana que las predicciones basadas en la biología molecular y los simios modernos. Que «el gremio» se había aventurado demasiado lejos en la elaboración de una narrativa de los orígenes del hombre, y no tenían más remedio que ponerle fin.
[1]Lovejoy et al., «The Great Divides», p. 73.
[2]En referencia a lord Voldemort, de Harry Potter. (N. de la T.).
01
Las raíces
de la humanidad
Tim White tenía una paciencia infinita para ir detrás de los ancestros del hombre, pero una paciencia limitada para sus descendientes vivos. En octubre de 1981, el enjuto cazador de fósiles se afanaba a la sombra de los eucaliptos sobre una fila de Land Rovers y remolques en la entrada de la Embajada de Estados Unidos en Addis Abeba, la montañosa capital de Etiopía.[3] Un equipo de etíopes y científicos extranjeros cargaban los vehículos con herramientas, bidones, picos, palas, tamices y provisiones para prolongar durante dos meses una expedición en el desierto. White se puso a cuatro patas para comprobar la suspensión de un todoterreno cargado hasta los topes, se levantó y pasó a cuestionar el modo en que sus compañeros cargaban los sacos de harina y azúcar, y se involucró en todos los detalles de la misión porque la logística tenía que ser adecuada para maximizar las probabilidades de éxito: encontrar a las criaturas simiescas que nos engendraron.
White era catedrático de Antropología de la Universidad de California en Berkeley, y con solo treinta y un años ya había acaparado titulares en todo el mundo. Había dado nombre a la especie más primitiva de ancestro humano, reconstruido el cráneo más antiguo y excavado huellas fósiles que mostraban la prueba más temprana de marcha erguida. En esta misión esperaba encontrar algo aún más antiguo, aunque no sabía qué. No es que White fuera precisamente el típico académico sociable. En su tarea de buscar fósiles, se había convertido en una especie de correoso látigo humano: muévete, hazlo bien o quítate de en medio. Decía palabrotas. Arremetía contra sus enemigos. Disfrutaba imitando las insensateces de sus adversarios y estallaba en alocadas carcajadas. Sabía manejar una motosierra, arreglar un motor, despellejar serpientes y sobrevivir en la naturaleza. Hijo de un encargado del mantenimiento de carreteras de California, creció siendo un chico de las montañas de clase obrera para acabar abriéndose camino en el mundo académico y en los confines de su ciencia. Un profesor de la escuela de posgrado —con el que ahora está distanciado— comentó una vez que el joven Tim no solo era una persona resentida, sino que era un amargado.[4] Poco antes de volar a Etiopía, el departamento de Antropología de Berkeley le advirtió severamente sobre «acciones que redujeran la colegialidad en el departamento» después de que una investigación encontrara pruebas de su «sarcasmo, abuso verbal y falta de educación».[5] Sin embargo, incluso sus detractores tuvieron que admitir que su devoción monástica por los fósiles le convertía, en palabras de uno de sus mentores, en «el mejor del sector en la actualidad».[6]
Al cabo de unos pocos años de terminar la universidad, White había acumulado un historial de publicaciones que rivalizaba con los gigantes de su profesión. Podía recitar de memoria el número de catálogo y los pormenores anatómicos de los principales especímenes del registro de fósiles humanos, así como lamentar los errores por descuido de quien los había limpiado. Había comenzado su carrera en Kenia como ayudante de Richard Leakey, el vástago de la célebre familia de buscadores de fósiles, aunque su relación se agrió después de que White acusara a su jefe de censura científica y abandonara hecho una furia su oficina. White pasó a colaborar con el campamento de Mary Leakey, la cáustica matrona del clan Leakey a la que le gustaba fumar puros y beber whisky. Trabajaron codo con codo en la excavación de las famosas huellas de Laetoli, que demostraron que los ancestros humanos ya caminaban erguidos hace 3,6 millones de años. Pero White empezó a criticar las técnicas de campo de Mary y sus puntos de vista sobre el árbol genealógico humano, y ella se cansó de sus bravatas. Se separaron en malos términos.
White se distinguió después como el miembro más tenaz del equipo que reconstruyó el antecesor humano más famoso jamás encontrado: Lucy, el pequeño esqueleto de una antepasada de 3,2 millones de años que caminaba erguida y tenía el cerebro pequeño y los huesos nasales parecidos a los de un mono. El antropólogo estadounidense Don Johanson descubrió el esqueleto en Etiopía en 1974 y recurrió a White, como experto en el que más confiaba, para que le ayudara a desvelar los secretos de su recién descubierto tesoro de huesos y dientes. Sus colegas observaron con asombro cómo White rebuscaba en cajas de escombros sin clasificar, elegía fragmentos y reconstruía un diente fósil. Daltónico de nacimiento, White era muy sensible a la geometría de los huesos y obsesivo con los detalles. No había relojero más riguroso que él. «Va más allá de la enésima medida para verificar cualquier cosa, hasta el punto de que uno piensa que se trata de algo patológico», indicó su colega Steve Ward.[7]
Algunos escépticos descartaron a Lucy como un simio extinto o un linaje terminal. Al final prevaleció la opinión de White: representaba una especie desconocida de ancestro humano, u homínido, la familia de criaturas situada en nuestro lado de la separación de los simios.[8] White y Johanson llamaron a su especie Australopithecus afarensis y la declararon ancestro directo de los siguientes miembros de la familia humana. En 1981, no mucho antes de que la expedición se pusiera en marcha en la entrada de la embajada, Johanson había publicado el libro El primer antepasado del hombre, que catapultó a la fama el nombre del esqueleto más antiguo del mundo y lo proclamó «el comienzo de la humanidad».[9]
Excepto que Lucy no podía ser en realidad el comienzo de la humanidad. Tenía que haber criaturas más antiguas que revelaran cómo nuestro peculiar linaje de primates se separó de los otros simios africanos, empezó a caminar sobre dos pies y emprendió un recorrido evolutivo sin igual en el reino animal. Lo que había habido antes de Lucy permanecía oculto en la edad oscura, una laguna en el registro fósil humano más allá de los 4 millones de años conocido como «la brecha». Parecía que Lucy y Australopithecus afarensis habían aparecido de la nada. White quería encontrar un resquicio en la brecha, lo que significaba llevar esta misión adonde pocos se atrevían a ir.
El destino era un territorio poco conocido del que se decía que estaba lleno de huesos de hasta 6 millones de años de antigüedad. Seencontraba en la depresión de Afar, el mismo enorme valle donde se encontró a Lucy, un lugar con temperaturas sofocantes, animales salvajes y nómadas armados. Las tribus locales tenían la centenaria reputación de matar y castrar a los intrusos. En los últimos años, esta remota llanura se había convertido en un campo de batalla entre el Gobierno militar de Etiopía y los insurgentes. Las tropas habían masacrado a cientos de habitantes del valle y a un antropólogo extranjero. Con la salvedad de una breve incursión de reconocimiento para preparar esta misión, ninguna expedición de búsqueda de fósiles se había aventurado allí en los últimos cuatro años.
El recinto de la Embajada de Estados Unidos, situado en la ladera de una montaña sobre la capital etíope, era un puesto asediado de la Guerra Fría en medio de una dictadura marxista hostil. Enormes retratos de Marx, Engels y Lenin se cernían sobre la plaza mayor de la ciudad. El embajador estadounidense y la mitad de su personal habían sido expulsados. En la embajada quedaba solo el personal mínimo, muchos de ellos agentes infiltrados de la CIA.[10]En la entrada, apoyado en el poste de una canasta de baloncesto, un guardia de los marines estadounidenses con ropa de camuflaje charlaba con los científicos mientras estos cargaban sus coches. Un corresponsal de un periódico estadounidense descansaba contra la puerta trasera abierta de un vehículo al tiempo que garabateaba algo en su cuaderno.[11] La reanudación de las investigaciones en la tierra de Lucy era una gran noticia en Estados Unidos.
© Daniel Huffman.
«Con Lucy, tenemos una criatura cuyo cerebro es un tercio del tamaño del de los humanos modernos, y, sin embargo, camina sobre dos piernas —dijo White al periodista—. ¿Se trata de una adaptación muy larga, o Lucy representa apenas el comienzo de esa tendencia? Lo que de verdad diferenciaba a los humanos de los simios era esta peculiar forma de caminar».[12]
Charles Darwin, el padre de la evolución, propuso que los seres humanos habían desarrollado un cerebro grande, el uso de herramientas y la marcha erguida simultáneamente, como un paquete. Pero una serie de descubrimientos había acabado con esa teoría, culminando con Lucy, que demostró que la capacidad de caminar erguido fue algo que ocurrió por lo menos un millón de años antes de tener un cerebro grande o de la fabricación de utensilios de piedra. Igual que muchos antropólogos, White sospechaba que nuestra extraña forma de locomoción era quizá ladistinción original que hizo que nuestros antepasados emprendieran su propia senda evolutiva. «La pregunta es —siguió diciendo White mientras cargaba los coches— ¿hasta dónde se remonta esa adaptación?».
La respuesta esperaba en el desierto.
El Gobierno etíope había prohibido al personal de la embajada estadounidense salir de la capital del país. El equipo científico, sin embargo, había logrado el permiso para explorar la depresión de Afar gracias a dos compañeros de White, uno de ellos un arqueólogo inglés de la vieja escuela y el otro un estudiante etíope que había sobrevivido a la cárcel y a la tortura.
Desmond Clark, el líder de la expedición, supervisaba la carga vestido con un traje safari de color caqui. Como un personaje salido del casting de una película, se paseaba por el campo con un bastón en la mano profiriendo: «¡Un espectáculo estupendo! ¡Buen trabajo! ¡Que Dios os bendiga! ¡Qué gente tan horrible!»,sin una pizca de ironía.[13] Era un hombre letrado, de impecable educación y un poco nostálgico de la época en que nunca se ponía el sol en el Imperio británico. Llevaba en su coche todoterreno un maletín de cuero con tazas de acero inoxidable; no importaba lo lejos que se aventurara de la civilización, Clark siempre encontraba tiempo —y escasa agua— para tomar un cóctel por la noche con su mujer, Betty.
Clark era arqueólogo en Berkeley, que entonces contaba con uno de los principales programas del mundo sobre el origen del hombre. Su especialidad eran las herramientas de piedra primitivas, no los huesos antiguos, y había invitado a White para que se encargara del aspecto fósil de la expedición, a pesar de que sus colegas le habían advertido de que aquel joven gallito podía llegar a ser, para suavizarlo con un eufemismo británico, un poco difícil. Según se decía, White había llegado al departamento de la universidad haciendo el mismo ruido que una granada lanzada en un pequeño estanque académico. Pero Clark veía un gran potencial en su protegido. Como científico empírico, a Clark le preocupaba la «fantasiosa construcción de modelos» que había impregnado su rincón académico en los últimos años, y había encontrado a un escéptico con ideas afines en White, un hombre fósil ávido de descubrimientos con cero tolerancia para las tonterías.[14] El joven Tim era un excelente científico con las agallas necesarias para sobrevivir en un lugar como Etiopía, donde la vida podía ser horrible.
Clark había pasado casi medio siglo en el continente. Nacido en Inglaterra, lo enviaron con seis años a un internado donde aprendió latín, rugby y remo. Tras estudiar arqueología en Cambridge, en 1938 aceptó un puesto en el Museo Rhodes-Livingstone, cerca de las cataratas Victoria, en lo que entonces era la colonia de Rodesia del Norte (actual Zambia), donde Clark remaba en el río Zambeze, intentando evitar a los agresivos hipopótamos y cocodrilos, y bebía con los expatriados ingleses en el club náutico. Durante la Segunda Guerra Mundial, participó en el servicio de ambulancias mientras el ejército británico expulsaba a las fuerzas fascistas italianas de Etiopía y Somalia. Cuando los soldados cavaban trincheras, fosas de basura y letrinas, Clark se metía en los agujeros y recogía antiguas herramientas de piedra. Al terminar la guerra, había llenado un par de docenas de contenedores de gasolina con artefactos arqueológicos, que se convirtieron en la base de su doctorado y de una importante obra, The Prehistoric Cultures of the Horn of Africa. Clark comenzó su carrera como «africanista» en un momento en que la mayoría de los eruditos descartaban el segundo continente más grande del mundo como un remanso de la evolución humana.
Clark se incorporó al equipo docente de Berkeley en 1961. Su llegada coincidió con los albores de un nuevo paradigma sobre los orígenes del hombre. Los estudios bioquímicos demostraron una relación estrecha y sorprendentemente reciente entre humanos, chimpancés y gorilas (dos simios autóctonos del continente). Los nuevos descubrimientos de fósiles proporcionaron pruebas fehacientes de la existencia de ancestros humanos primitivos de rasgos primates en África, y mucho más antiguos que los fósiles de Europa o Asia. Los estudiosos demostraron que las herramientas de piedra en África eran mucho más antiguas que las de otros lugares. Clark sostenía que el continente no solo representaba el lugar de nacimiento del linaje humano, sino el semillero de «casi todos los avances biológicos y culturales significativos», incluidos la locomoción vertical, las herramientas de piedra, la matanza de animales, la expansión del cerebro, etc.; opinión que más tarde se generalizó. Según Clark, sin África no habría prehistoria, ni civilización, ni humanidad. Y ningún lugar documentaría mejor los primeros capítulos de la historia humana que el destino de la expedición de 1981: la depresión de Afar.[15]
«Sería maravilloso que encontráramos homínidos», dijo Clark mientras su equipo preparaba los coches.[16]
No había sido tan maravilloso llegar a ese punto. Etiopía se había visto asolada por la revolución en los últimos años, lo que hacía casi imposible el trabajo de campo. Hasta 1974, este país de 30 millones de habitantes, en su mayoría campesinos, estuvo gobernado por un hombre cuyos grandiosos títulos acompañaban su nombre como un séquito de servidores reales: el emperador Haile Selassie, Rey de reyes, Elegido de Dios, León conquistador de la tribu de Judá. (Antes de ser coronado, había sido un noble llamado Ras Tafari, que inspiró el rastafarismo jamaicano). La constitución nacional lo declaró descendiente directo de la reina de Saba y del rey Salomón de Jerusalén, y pocos se atrevieron a cuestionar el mito. Los etíopes se tiraban al suelo en las calles cuando él pasaba en una de sus limusinas.
Clark coincidió una vez con el emperador. Haile Selassie era consciente de que la investigación de la prehistoria daba prestigio a su país frente al mundo, y en 1971 invitó a los delegados de una conferencia científica a su palacio, donde mayordomos de librea sirvieron vasos de tej, una bebida alcohólica hecha con miel. («Podías beber bastante sin preocuparte en absoluto —recordaba Clark—, pero luego te subía de repente»).[17] Las grandes puertas de la sala del trono se abrieron y los sirvientes reales guiaron a los delegados por un pasillo con pilares hasta el trono. El frágil y anciano monarca esperaba sentado vestido con una túnica como un esteta de voz suave, y se dedicó a acunar a un pequeño perro en su regazo mientras intercambió formalidades con el arqueólogo. A Clark le recordó una audiencia con un rey medieval.[18]
Era el último atisbo de un mundo que se desvanecía. El antiguo régimen de Etiopía estaba muriendo. La monarquía había perdurado dos milenios, pero en la década de 1970 los observadores percibieron que el emperador estaba senil. La burocracia que había creado para evitar intrigas impedía también el progreso; los servicios de seguridad que competían entre sí, constituidos para vigilarse unos a otros, pasaron a ser nidos de conspiradores. En 1972, el Gobierno intentó ocultar las noticias de hambrunas en las provincias del norte para evitar la vergüenza. Cuando al año siguiente llegó la ayuda extranjera, ya habían fallecido cien mil personas. El escándalo destruyó los últimos vestigios de legitimidad de la monarquía. Los soldados se amotinaron, los estudiantes se manifestaron y los trabajadores se declararon en huelga. En septiembre de 1974, un grupo de oficiales del ejército dio un golpe de Estado. Arrestaron a Haile Selassie; se le negó la dignidad de salir en una de sus muchas limusinas y lo metieron a trompicones en el asiento trasero de un Volkswagen. El monarca, de 83 años, murió mientras estaba detenido —por causas naturales o estrangulado en su cama, según a quién se crea— y no se descubrió su cuerpo hasta años más tarde escondido bajo los mosaicos de un baño del palacio. El 23 de noviembre de 1974, el Gobierno militar ejecutó a cincuenta y nueve personas entre altos cargos y ministros del gabinete del antiguo régimen. Al día siguiente, una expedición extranjera descubrió a Lucy en la depresión de Afar. Levantaron los huesos fósiles en las llanuras de Afar mientras los cadáveres se acumulaban en la capital, situada en las tierras altas. Con el tiempo, un comité militar secreto llamado Derg quedó bajo el mando del revolucionario más despiadado: Mengistu Haile Mariam.
Bajo el mandato del emperador, Etiopía había sido un firme aliado de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Bajo el Derg, Etiopía se declaró Estado socialista y se pasó al bloque soviético. De repente, los arqueólogos y antropólogos, tan bien acogidos por el emperador, cayeron bajo la sospecha de ser posibles espías. El Gobierno expulsó al personal militar estadounidense y cerró una base americana de escucha en las montañas de Eritrea que había supervisado las misiones espaciales soviéticas. Una gran cantidad de asesores y de material militar soviéticos entró en el país. Fidel Castro envió tropas cubanas para repeler una invasión por parte de Somalia. Alemanes orientales del infame servicio de seguridad Stasi asesoraron a los etíopes en materia de vigilancia, interrogatorios y caza de «contrarrevolucionarios». Una guerra urbana estalló en la capital entre el Derg y otras facciones revolucionarias. Un diplomático de la embajada estadounidense recordaba que durante aquellos años se escuchaban los «disparos de bazucas, ametralladoras y rifles cada noche».[19]
Con la típica flema británica, Clark continuó sus expediciones después de que casi todos los demás investigadores estadounidenses pusieran fin al trabajo de campo en el país. Su equipo fue recibido con pancartas cuando llegó a Addis Abeba: «¡La victoria del socialismo es inevitable!». Para llegar al almacén donde guardaba su equipo en el recinto de la Embajada de Estados Unidos, el grupo tuvo que superar varios controles de carretera en los que fueron registrados por amenazantes milicianos con rifles y bayonetas caladas, calvario que se repetía calle tras calle a la vista de las puertas de la embajada. «Oíamos disparos durante toda la noche —recuerda Steve Brandt, uno de los alumnos de Clark en aquella época—. Nos levantábamos por la mañana y había cuerpos tirados por la calle. Había murales que representaban al Tío Sam con la cabeza cortada y rodando en una cesta».[20] En general, la violencia no afectó a los extranjeros, pero hubo excepciones. Un geólogo británico no se presentó en la excavación de Clark en 1977. Lo habían asesinado, junto con tres compañeros etíopes, en un control de carretera de la milicia. La agencia estatal de noticias informó de que las víctimas eran un espía británico y «contrarrevolucionarios» etíopes. Fueron cuatro de las trescientas sesenta personas asesinadas esa semana.[21]
A pesar de las tensiones de la Guerra Fría, la burocracia relacionada con el mundo de las antigüedades siguió siendo sorprendentemente cordial con sus viejos amigos de Occidente. Los etíopes veneraban su pasado, que parecía un bálsamo glorioso comparado con las agonías del presente. En las montañas del norte, los obeliscos de piedra y los palacios en ruinas marcan los restos del antiguo imperio de Axum, que rivalizó con Persia y Roma y que adoptó el cristianismo como religión oficial en el siglo IV d.C., convirtiendo a Etiopía en la nación cristiana más antigua del mundo. Se supone que el arca de la alianza, con las tablas de los Diez Mandamientos, está depositada en una iglesia de Axum, custodiada por los sumos sacerdotes, y no está permitido que nadie la vea. (Un erudito británico que echó un vistazo a su interior durante la Segunda Guerra Mundial explicó que la caja estaba vacía).[22] En las tierras altas se esconden viejas iglesias talladas en sólida roca volcánica. El país se vanagloria de contar con la historia escrita más antigua de todos los países africanos, a excepción de Egipto. En la histórica ciudad de Gondar, ubicada cerca del nacimiento del Nilo Azul, se alzan castillos de un Camelot africano del siglo XVII. Lucy añadió un motivo más de orgullo, ya que Etiopía podía ahora reivindicar ser la cuna de los ancestros más antiguos de la humanidad. Sin embargo, el bloque comunista mostró poco interés en los fósiles de homínidos porque los ideólogos marxista-leninistas no veían con buenos ojos la idea de que el comportamiento humano tuviera un origen biológico.[23] Por ello, los funcionarios responsables de las antigüedades mantuvieron con gran discreción su alianza con científicos occidentales como Clark.
Fueron necesarios años de delicadas negociaciones para allanar el camino a la expedición de 1981. El territorio que planeaban explorar había caído en manos de Clark con un poco de intriga; como sucedía con muchas cosas en Etiopía. Un geólogo estadounidense llamado Jon Kalb había liderado expediciones en una sección de la depresión de Afar conocida como Awash medio, hasta que el Ministerio de Seguridad lo expulsó en 1978 tras acusarle de ser un agente de la CIA. Si esos rumores tuvieron en realidad algo que ver con su expulsión no es más que otra de las incertidumbres que a menudo reinan en Etiopía. Unos días después, Clark fue a ver a su viejo amigo Berhanu Abebe, un historiador educado en la Sorbona que dirigía la agencia de antigüedades y guiaba a los investigadores extranjeros a través de la laberíntica burocracia.[24] Aceptó que Clark se hiciera cargo del territorio que se había quedado huérfano. El aparato estatal parecía diseñado por Kafka: un lento y desconcertante calvario de cartas de autorización, sellos y puertas que se abrían o cerraban misteriosamente según los vaivenes políticos y las maniobras de las facciones. La administración de las antigüedades seguía dominada por veteranos de la administración pública del emperador, muchos de ellos educados en Europa o Estados Unidos. Aunque el dictador Mengistu (los etíopes se refieren a las personas por su nombre de pila)[25] se ensañaba con el imperialismo estadounidense, en las oficinas de antigüedades no había Guerra Fría. (Un visitante de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos[26] señaló que autoridades culturales como Berhanu querían mantener viva la ciencia porque «Etiopía es muy nacionalista y se enorgullece de ser la patria de los primeros humanos»).[27] Clark convenció a la NSF de que financiara una expedición. «Espero que se pueda organizar antes de que algunos científicos del bloque oriental asuman el control», instó Clark al organismo de financiación.[28] Pero en la nueva era del nacionalismo, el mantra del Gobierno era «Primero Etiopía», y los administradores de las antigüedades apremiaron a los investigadores extranjeros para que aportaran fondos con el fin de hacer mejoras en el Museo Nacional y formar a los eruditos etíopes. La administración de antigüedades, desencantada desde hacía tiempo por la falta de inversión local por parte de los científicos extranjeros, había amenazado con suspender el trabajo de campo a menos que los estadounidenses proporcionaran dinero para construir un nuevo edificio.[29] Clark consiguió otra subvención de la NSF para construir un nuevo laboratorio de fósiles y arqueología en el Museo Nacional de Etiopía, y contrató a un prometedor investigador etíope llamado Berhane Asfaw.
Berhane Asfaw no recordaba haber oído hablar del descubrimiento de Lucy. Cuando en 1974 Lucy se convirtió en noticia internacional, Berhane era un estudiante en la Universidad Haile Selassie, lugar de preparación de la élite del país. El campus principal era un antiguo palacio del emperador en el que el salón estaba lleno de agujeros de bala debido a un fallido golpe de Estado y a la masacre de altos funcionarios del Gobierno y de miembros de la familia real. En la década de 1970, la universidad homónima del emperador pasó a ser foco de disidencia contra el régimen. «En aquella época —recordaba un alumno contemporáneo—, era un sacrilegio no ser marxista».[30] Los estudiantes radicales hicieron la revolución, aunque no duró mucho su alegría por la caída de la monarquía cuando se hizo evidente que los militares planeaban sustituir una dictadura por otra. En 1976, el Derg desató una campaña de Terror Rojo para neutralizar a la oposición, y las fuerzas de seguridad o las milicias progubernamentales asesinaron a decenas de miles de personas.[31] Los escuadrones de la muerte iban casa por casa a la caza de «criminales contrarrevolucionarios» y repartían «justicia revolucionaria» por las calles en forma de un tiro en la cabeza. Dejaban los cadáveres tirados en la carretera con carteles que denunciaban a los traidores y prohibían a las familias recuperar a sus seres queridos. Por la noche, las hienas bajaban de los bosques y hurgaban en los cuerpos inertes. Las pancartas de propaganda gritaban: «¡Que se intensifique el Terror Rojo!». Las fuerzas de seguridad protagonizaron redadas nocturnas en la universidad, se llevaron a los estudiantes como si fueran ganado a los campos de fútbol, escogieron a algunos para golpearlos y otros no regresaron jamás. La policía publicó en el Ministerio de Seguridad las fotos de los anuarios de los estudiantes que había que localizar y liquidar.[32]
Berhane se unió a un grupo opositor clandestino.[33] Conoció en un café a una joven llamada Frehiwot Worku que también pertenecía a una célula de la resistencia. Le pareció un tanto ingenua y Berhane le aconsejó que tuviera cuidado y se pusiera en contacto con él si se metía en problemas. En 1977, las autoridades hicieron una redada en su casa, encontraron documentos incriminatorios y una pistola y arrestaron a sus padres. Berhane sacó a Frehiwot de la ciudad disfrazada y la escondió en su provincia natal, Gondar, donde su padre había sido secretario general del Gobierno provincial bajo el régimen de Haile Selassie. Berhane consiguió un trabajo como maestro de escuela en una aldea remota y, convertidos ya en pareja, se fueron a vivir juntos. Al cabo de unos meses, Berhane sintió que los estaban vigilando. Hizo que Frehiwot se marchara con sus padres y prometió seguirla en breve. Lo detuvieron al día siguiente.
Arrastrado encadenado de vuelta a su ciudad natal, encerraron a Berhane en una cárcel al mando de un oficial del Derg apodado el «Carnicero de Gondar». Los torturadores fijaron sus muñecas al suelo con pernos metálicos en forma de U y lo colgaron boca abajo, lo golpearon y le exigieron información. Muchos prisioneros fallecieron durante las sesiones de tortura, otros lo hicieron ante pelotones de fusilamiento. Cuando sabían que iban a ser los próximos, se preparaban y trataban de afrontar la muerte con dignidad. Según la tradición etíope, son los familiares quienes se encargan de alimentar a los presos, por lo que Frehiwot llevaba comida a Berhane cada día y se preguntaba si esa visita sería la última. Milagrosamente, lo dejaron libre al cabo de seis meses. De los siete hombres que llegaron a la cárcel encadenados juntos, solo sobrevivieron Berhane y otro más.
Volvió a la universidad, se licenció en Geología y renunció a la política. «No tenía sentido —relata con indignación—. Descubrí que todo aquello en lo que confiaba no era de fiar». No tardó en encontrar una nueva misión. Durante un trabajo de verano en el Ministerio de Antigüedades, le encargaron escribir un estudio sobre los yacimientos arqueológicos etíopes, por lo que se sumergió de lleno en la bibliografía, toda ella escrita por estadounidenses y europeos. «¡No vi ni un solo nombre etíope! —recuerda—. ¿Por qué no había etíopes?». El país, tan orgulloso de su legado, había confiado en los extranjeros para contar su historia. El informe de Berhane circuló por el ministerio y la universidad, señalándolo como posible estudioso en el tema. Un día de 1979, le hicieron ir a la universidad para que se reuniera con un arqueólogo extranjero. Mientras esperaba sentado, se le acercó un farenji alto, «un forastero», con perilla blanca y andares enérgicos. «¡Estupendo! —exclamó Desmond Clark, estrechando la mano de Berhane—. ¿Dónde podemos sentarnos para hablar un rato?».
Berhane no tardó en viajar a Berkeley para estudiar un doctorado. Clark lo invitaba con regularidad junto con Frehiwot (entonces estaban casados y con un hijo) a las fiestas que celebraba en su casa, en las que los invitados se sentaban alrededor de un fuego crepitante, bebían jerez, fumaban puros y escuchaban al arqueólogo contar aventuras pasadas sobre, por ejemplo, cómo había levantado herramientas de piedra de un terreno minado durante la liberación de Gondar en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de todos sus modales del viejo mundo, Clark se adelantó a su campo en la promoción de la erudición africana. Creía que Etiopía debía estar representada por un científico con una formación adecuada, y eligió a Berhane. En el Departamento de Antropología de Berkeley, Berhane conoció a otro exótico personaje: Tim White. La cultura etíope daba relevancia a la reserva y la discreción. El profesor White maldecía y le importaba un pepino la política u ofender a los poderosos. Berhane nunca había conocido a un científico tan exhaustivo ni tan agotador. «Si se pudiera, él querría que uno trabajara más de veinticuatro horas al día —dijo Berhane—. Tim no tiene límites. El problema es que espera que todo el mundo trabaje como él». White inculcaba la reverencia en sus alumnos: los fósiles eran tesoros —¡Unas joyas de puta madre!—,y la empobrecida Etiopía era el país más rico del mundo. White pasaría los años siguientes enseñando a Berhane a identificar fragmentos de hueso, rescatar fósiles de bloques de roca y recomponer cráneos rotos como si fueran puzles. «Ahora que puedo trabajar en estas cosas en Etiopía —informó Berhane a su Gobierno—, puedo hacer lo que ningún etíope ha hecho antes».[34]
Con la bendición de Clark, Berhane abandonaría más tarde la arqueología para convertirse en el primer etíope en obtener un doctorado en Antropología Física. En lugar de herramientas, se especializaría en huesos. No utilizó su encarcelamiento y tortura como excusa para abandonar su país, sino como una obligación de servirlo. «Cada día es un regalo tras una experiencia así —explicó Berhane—. Y tiene que merecer la pena vivir cada día. Si pasé por todas esas dificultades, no hay razón para ir a otro sitio. Tengo que quedarme aquí e intentar dejar huella en todo lo que haga».[35] En 1981, su presencia ayudó a sus mentores de Berkeley a conseguir los permisos para la expedición que estaba poniéndose en marcha en la entrada de la embajada estadounidense. Clark informó a la NSF: «Tenemos mejor relación que nunca con las autoridades etíopes, gracias en gran medida a Berhane Asfaw».[36]
Berhane Asfaw y Tim White examinan un cráneo fósil en Berkeley.
Fotografía © 1982 David L. Brill
Nueve extranjeros y seis etíopes se apretujaron en los asientos una vez que terminaron de cargar los coches y la expedición emprendió su largo viaje. La caravana tenía que descender dos kilómetros de altitud hasta la depresión de Afar, desde el fresco altiplano hasta las abrasadoras llanuras. En la carretera, se cruzaron con tanques, camiones militares y carretas de campo tiradas por burros. Los campesinos descalzos trabajaban en los campos de teff, y los cazas MiG de fabricación soviética sobrevolaban y dejaban estelas de vapor en el cielo azul. Tras dos días de viaje llegaron a su objetivo: una extensión del tamaño de Rhode Island a lo largo de ambas orillas del río Awash.
Levantaron un campamento de tiendas verdes y un «laboratorio» bajo un toldo de lona blanca. En la cocina al aire libre, los cocineros etíopes asaban cabras al fuego, cocían pan en un horno excavado en un enorme termitero y colgaban las ollas y sartenes de las acacias.[37] A medida que avanzaba la estación seca, el pozo de agua menguó hasta convertirse en un concentrado de sales y minerales disueltos que despertaba una revolución en sus intestinos. «Cuando los amigos nos escribían cartas en las que aseguraban estar verdes de envidia por nuestro trabajo en Etiopía —recuerda el paleontólogo Kris Krishtalka—, poco sabían ellos que lo que estábamos era verdes de disentería».[38] Los guardias contratados por la tribu local de Afar vigilaban con viejos rifles de cerrojo y estaban atentos a los leones y a los asaltantes de la tribu hostil issa. Cuando el sol brillaba al mediodía, los buscadores descansaban a la sombra de los árboles y soñaban con pasar años cosechando tierras baldías para llenar de huesos el árbol de la vida de Darwin.
Los equipos pasaron dos meses inspeccionando el territorio, que encontraron más rico de lo que hubieran podido soñar. Los investigadores se encaramaban en los portaequipajes mientras los todoterrenos iban de un yacimiento de fósiles a otro. El suelo del desierto estaba lleno de huesos de criaturas extintas: antiguos monos, caballos, hipopótamos, jirafas, roedores, cerdos, pájaros, tortugas, serpientes, cocodrilos e incluso huevos decocodrilo.[39] Había tantos fósiles que las tribus locales los apilaban para construir tumbas. «Hay sitios en los que es imposible caminar sin pisar fósiles», se entusiasma White.[40]
Como arqueólogo, Clark buscaba herramientas de piedra y sitios en los que se hubiera producido una carnicería, es decir, fósiles de animales que mostraran señales de haber sido descuartizados por el Homo primitivo con hojas de piedra. Como antropólogo, White codiciaba fósiles, en particular los ancestros humanos de un periodo prácticamente desconocido de más de 4 millones de años, la época anterior a Lucy. En sedimentos de más de 3 millones de años de antigüedad, recogió un hueso del extremo superior de un fémur de otro miembro de la especie de Lucy, un primer indicio de que los buscadores habían encontrado el rastro de más bípedos primitivos. Un compañero de equipo encontró trozos de cráneo de unos 4 millones de años; el fragmento de cráneo más antiguo de la familia humana encontrado hasta entonces. En aquel tiempo, los estudios bioquímicos estimaban que el linaje humano, conocido como Hominidae, se había separado de los simios africanos hacía unos 5 o 6 millones de años, exactamente el periodo de tiempo conservado por los yacimientos fósiles más antiguos de la nueva zona del proyecto. Una búsqueda más a fondo, dijeron con entusiasmo Clark y White, podría revelar «las raíces más profundas de los Hominidae».[41]
«Ha sido, con mucho, la mejor campaña de excavación de mis cuarenta y pico años de trabajo en África —se congratuló Clark después—. Parecía que había de todo».[42] Clark y White declararon que el Awash medio era «tal vez la zona de estudio más importante del mundo para la documentación y comprensión de los orígenes y la evolución del hombre».[43] Aquel valle de huesos secos no solo abría una ventana a la humanidad más primitiva, sino que prometía convertirse en un laboratorio de todo elpasado humano en el que podrían descubrir cómo los ancestros del hombre se separaron de los simios, empezaron a caminar erguidos, evolucionaron de la cabeza a los pies, utilizaron herramientas y desarrollaron grandes cerebros. White predijo que algún día el Awash medio eclipsaría la garganta de Olduvai, la zona de Tanzania que los Leakey hicieron famosa.
Tim White y Desmond Clark muestran su nuevo fósil junto a los cráneos de un chimpancé y un ser humano.
© Saxon Donnelly, fotografía cortesía de la UC Berkeley.
Tras regresar a Berkeley unos meses después, Clark y White anunciaron sus descubrimientos en una conferencia de prensa. En una foto, White sostiene el cráneo de un chimpancé con grandes colmillos y coloca sobre el mismo el trozo de cerebro fósil recién descubierto, mientras que Clark sostiene un cráneo humano moderno, subrayando su interpretación de los nuevos hallazgos: un ancestro de rasgos primates en vías de ser como nosotros.[44] Con el tiempo, harían un descubrimiento mucho mayor que reescribiría esta sencilla narrativa y sacudiría el árbol genealógico hasta sus raíces.
White había pasado cerquísima de los fósiles que buscaba. A mediados de la expedición de 1981, él y tres jóvenes científicos habían cruzado el río Awash en una balsa fabricada con bidones de aceite y tablones, explorando el lado oeste del río cerca de un pueblo afar llamado Aramis. Solo echaron un vistazo rápido que dejó indiferente a White por la dispersión de fósiles rotos. «Hay poca fauna», escribió en sus notas de campo.[45] Años más tarde, una inspección más detallada revelaría algo más. En el suelo —en fragmentos tan pequeños que solo alcanzaban a verse arrastrándose a centímetros del terreno— descansaban los huesos rotos de una especie primitiva de la familia humana que con el tiempo recibiría el nombre de la palabra indígena para «raíz». Y justo bajo la superficie yacía un esqueleto mucho más antiguo e incluso más completo que el de Lucy. Habría que esperar otros trece años para encontrarlo.
[3]Detalles de la escena, de Powers, «Digging for Old Stones and Bones»; vídeo PIAM 1981; archivos fotográficos de Tim White.
[4]Milford Wolpoff citado en Morell, Ancestral Passions, p. 454.
[5]Nelson H. H. Graburn, Memorándum del Departamento de Antropología, 27 de julio de 1981, documentos de White.
[6]C. Loring Brace, carta a Nelson H. H. Graburn, 27 de septiembre de 1981. Documentos de C. Loring Brace, BHB, caja 8, carpeta: White, Tim.
[7]Steve Ward, entrevista con el autor.
[8]En los últimos años, los científicos han adoptado el término «homínino» para referirse a todas las criaturas de la rama humana tras la separación de nuestro ancestro común con los chimpancés. En este libro se utilizará el término «homínido»porque fue el preferido durante la mayor parte de la época en que transcurrieron los acontecimientos aquí descritos. En resumen, «homínido»y «ancestro humano» seutilizarán indistintamente para todas las criaturas de nuestro lado de la separación entre chimpancés y humanos —o lo que los científicos llaman el «clado humano»—, más allá deque sean ancestros directos o ramas secundarias extintas. Del mismo modo, debe entenderse la expresión «familia humana» como un equivalente informal de «clado humano», no como una categoría taxonómica formal.
[9]Johanson y Edey, Lucy: The Beginnings of Humankind. [Hay versión castellana: El primer antepasado del hombre, traducción de Miguel Muntaner, Planeta, Barcelona, 1993].
[10]AEFD, «Embajador Owen W. Roberts», p. 74.
[11]Detalles de la escena extraídos de la colección de fotografías de Tim White y vídeo del PIAM, 1981.
[12]Citado en Powers, «Digging for Old Stones and Bones».
[13]Berhane Asfaw, «Tributes to J. Desmond Clark».
[14]J. Desmond Clark, carta a Fred Wendorf, p. 5.
[15]Clark, «Africa in Prehistory: Peripheral or Paramount?», p. 175.
[16]Citado en Powers, «Digging for Old Stone san Bones».
[17]Williams, Nile waters, Sahara sands, p. 59; Martin Williams, entrevista con el autor.
[18]Clark, «An Archaeologist at Work», pp. 217-219.
[19]AEFD, «Embajador Arthur T. Tienken», p. 31.
[20]Steve Brandt, entrevista con el autor.
[21]Ottaway, «Fighting Up Sharply». (El geólogo fue Bill Morton, que fue asesinado antes de salir a unirse con Clark).
[22]Edward Ullendorff, citado en Hiltzik, «Does Trail to Ark of Covenant End Behind Aksum Curtain?».
[23]Sigmon, «Physical Anthropology in Socialist Europe», pp. 130-139.
[24]Clark, carta a John Yellen, 31 de agosto de 1978, papeles de Kalb.
[25]Este libro utilizará dos estilos: el nombre de pila para los etíopes y el apellido para los occidentales.
[26]NSF, por sus siglas en inglés. (N. de la T.).
[27]Yellen, «Report on the Paris and Addis Ababa Conferences», p. 4.
[28]Clark, carta a John Yellen, 31 de agosto de 1978, papeles de Kalb.
[29]Carta a J. Desmond Clark, 1977. Documentos de Wendorf, caja 18, carpeta 29. Los franceses se enfrentaron a las mismas exigencias y construyeron un edificio aparte.
[30]Citado en Colburn, «The Tragedy of Ethiopia’s Intellectuals», p. 136.
[31]Wiebel, «Revolutionary Terror Campaigns in Addis Ababa, 1976–1978».
[32]Katz, «Ethiopia After the Revolution».
[33]Datos biográficos extraídos de entrevistas del autor con Berhane Asfaw y Frehiwot Worku.
[34]Berhane Asfaw, carta al director de Educación, 11 de octubre de 1982, papeles de Kalb.
[35]Berhane Asfaw, entrevista con el autor.
