Homosexualidad - Miguel Sánchez Zambrano - E-Book

Homosexualidad E-Book

Miguel Sánchez Zambrano

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El autor de este libro, terapeuta familiar, escribe en defensa de esa minoría discriminada por lo que debería ser lo más inviolable del ser humano, el hecho de amar. Lo hace desde el respeto y un profundo amor a la Iglesia, sin rencor, sin pudor y desde el perdón. En su libro nos desgrana cómo posicionarnos ante el rechazo y la discriminación que han sufrido y sufren las personas homosexuales. A lo largo de estas páginas, que quieren contribuir al diálogo sereno e incentivar la profundización sobre el tema, propone un cambio real en las esferas políticas, culturales, sociales, familiares y religiosas, para que todos nos aceptemos unos a otros como seres humanos, sin importar la identidad sexual. Como afirma el autor, «antes que ninguna otra identidad (incluida la sexual) debería prevalecer la de hijos de Dios, la que nos iguala y nos hace hermanos».

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Seitenzahl: 456

Veröffentlichungsjahr: 2022

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La presente obra ha sido revisada en su totalidad por el biblista Joan Morera Perich S.J.

© SAN PABLO 2022 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Miguel Sánchez Zambrano, 2022

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6732-9

Depósito legal: M. 25.905-2022

Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos –www.conlicencia.com).

ÍNDICE

Nota del editor

Reseña biográfica del autor

Sabías que...

Prólogo

Nota inicial del autor

Introducción: Mis razones

Razones para el sufrimiento

Razones para desmontar el rechazo

Razones para desmontar la condena

Razones para el cambio de la Iglesia

Las razones de Dios

Razones para el matrimonio y la adopción

Razones para una Teología homosexual

Razones para el perdón

Razones para soñar

Epílogo

Nota final del autor

Bendición nupcial para uniones de parejas del mismo sexo

El desprecio al homosexual en la lengua castellana

Breve reseña de Gilbert Baker

Asociaciones y Comunidades LGTBI

Oración pronunciada en la Celebración del Matrimonio religioso entre dos personas del mismo sexo

La fe del centurión homosexual cura a su amigo (Mt 8,5-13)

Hoy vuelvo a ser

Inspiración

Nota del editor

Cada vez se habla más del modo en que la Iglesia aborda y profundiza el tema de la homosexualidad. Sin duda, es una cuestión que levanta pasiones encontradas, discusiones en ocasiones violentas, intolerancia, rechazos y también profundo dolor y sufrimiento a muchas personas. Por eso es importante afrontar el tema con serenidad, con la mirada limpia y con los oídos atentos a las voces de todos.

La Editorial San Pablo decide publicar este texto de frontera, de límite, con el objetivo de provocar el diálogo y de incentivar la profundización sobre el tema. Y lo hace en el conocimiento de que el autor ofrece palabras reflexionadas, discernidas, pasadas por la criba del corazón, a fin de ser escuchadas de manera positiva y honesta, y no con prejuicios o con posturas predeterminadas.

Deseamos, por tanto, que la lectura de estas páginas no derive en fundamentalismos irrestrictos ni tampoco conduzca a conclusiones de que en nuestro tiempo «todo da igual». Hoy como siempre urge la búsqueda de la verdad y la creación de una Iglesia y una sociedad más inclusivas y fraternas.

Reseña biográfica del autor

Miguel Sánchez Zambrano (Granada, 1953) es Farmacéutico, Terapeuta Sistémico y Coach (aunque se autodenomina simplemente Ayudador). Cofundador en 1983 y director hasta 1999 de la Institución Benéfica «Hogar 20», declarada de Utilidad Pública y Premio Nacional Reina Sofía, trata todo tipo de adicciones y desarrolla una comprometida actividad social ante la problemática drogodependiente y los enfermos de VIH.

Miembro docente de la Fundación SM (1990-2002) y Miembro fundador de las Asociaciones AVALON (VIH) y APREX (ex-toxicómanos) y del Comité Ciudadano Antisida de Granada. Gran colaborador con la Iglesia de Granada, participó en el Congreso de Educadores Cristianos celebrado con motivo de la venida a la ciudad de Juan Pablo II en 1982 y colaboró con la Delegación Diocesana de Jóvenes. También participó como ponente en el Congreso «Evangelización y hombre de hoy», celebrado en Madrid en 1985.

En 1994 fue elegido por el arzobispo José Méndez, miembro del Consejo Pastoral Diocesano. En la actualidad dirige el «Centro de Terapias y Atención a la Familia» en Granada. Ha publicado numerosos artículos, fundamentalmente en la prensa diaria, sobre las relaciones padres-hijos y la problemática en la pareja.

Hombre creyente, manifiesta abiertamente su amor a la Iglesia, definiéndose más espiritual que religioso. Ha dedicado su vida y trabajo a la promoción y desarrollo del ser humano en el ámbito de las relaciones familiares desde una perspectiva abierta e inclusiva.

A todos mis amores:

Al que ahora es;

a los que fueron

y a los que pudieron ser.

Todos los celebro, a todos los bendigo,

porque todos ellos me han hecho más persona,

más creyente y más libre.

Sabías que...

Jesús dejó claro que el pecado de Sodoma fue la inhospitalidad de sus habitantes (Lc 10,12). La Teología actual lo confirma: El pecado fue intentar abusar de los ángeles del Señor, no respecto al acto sexual en sí, sino en cuanto a lo que significaba de negar hospitalidad, virtud sagrada del Pueblo de Dios.

Cuando el centurión romano pide a Jesús la curación de su siervo, en realidad le está suplicando la salud de «mi muchacho amado», traducción de las palabras «entimos» y «pais» (Mt 8,5-13).

El beato Bernardo de Hoyos narra esta visión: «El Señor me entregó un anillo y me dijo: “Tú eres mío y yo soy tuyo”. Considera tu gloria como la de mi cónyuge».

Textos griegos del martirologio de los santos Sergio y Baco los describen como «erastai», amantes.

Veinte obispos y cardenales de Europa, África y América defienden, apoyando el movimiento LGTB, la relación estable entre iguales. Entre ellos Cruz Santos, obispo de Brasil, afirma: «Si la persona no elige ser gay, la atracción por el mismo sexo solo puede ser un regalo de Dios».

Prólogo

El psicoanálisis nos ha puesto de manifiesto que la sexualidad humana, por su misma naturaleza, nos remite a una dimensión de la persona que moviliza siempre, de una manera o de otra, importantes ansiedades y temores. Frente a ella se alzan invariablemente defensas y cautelas que pueden ser sanas y convenientes para el desarrollo normal de la persona o que, también, cuando poseen un carácter irracional y meramente represivo, pueden conducir a graves trastornos del comportamiento. Por sus profundas raíces inconscientes, además, la sexualidad se representa como una dimensión que escapa a un completo control y manejo por parte de la racionalidad consciente. La búsqueda, pues, de una armonía en este campo, una conciliación que pudiera contribuir a una expansión de la personalidad, constituye una tarea con la que todo ser humano se ve confrontado a lo largo de toda su existencia.

Pero si la sexualidad, en general, se presenta como un ámbito siempre difícil y complejo para el desarrollo personal, dentro de ella, la dimensión homosexual, comporta elementos específicos de angustia y tensión. La razón es bien sencilla: la corriente homosexual forma parte indisociable de toda sexualidad humana y cada cual tiene que habérselas con ella en la propia configuración de su última identidad sexual. La diferente canalización que se pueda ofrecer a dicha corriente (fundamentalmente de represión, orientación o sublimación), traerá consigo unos modos diferentes de situarse frente a aquellas personas cuya dinámica personal se vea fundamentalmente definida por dicha orientación afectivo-sexual. Es de sobra sabido que la homofobia debe su origen fundamental a una mala gestión de la propia dimensión homosexual, cuando esta no se ve suficientemente asumida y elaborada.

Pero si la sexualidad en general y la homosexualidad en particular suscitan ansiedades a todo sujeto humano, esas ansiedades y sus consiguientes defensas se dejan ver también en el cuerpo social y en las instituciones que le representan.

Estas tienden a reforzar los controles y defensas a lo que, también como cuerpo institucional, experimentan como una amenaza. Las instituciones, en efecto, viven como un peligro el libre juego de la sexualidad ya que de ningún otro ámbito como este expresa la reivindicación de lo íntimo, de lo singular, de la subjetividad frente a la obligada objetividad de la norma que la institución exige y en la que encuentra su fundamento y poder. De ahí que toda institución de izquierdas o de derechas, religiosas o laicas, hayan mantenido siempre relaciones complejas con la sexualidad. Una cuestión de poder se sitúa de por medio. Así se ha dejado ver en el control de la sexualidad, que siempre han pretendido tanto tiranías religiosas como civiles y políticas, ya sean de izquierdas o de derechas.

Las formaciones religiosas, por su parte, cualesquiera que sean, han mantenido siempre unas vinculaciones estrechas, complejas y ambivalentes con la sexualidad, ya sea sacralizándola como lugar privilegiado de acceso a lo divino, ya sea convirtiéndola en el principal de los tabúes, como si ella fuese el ámbito de oposición más radical a lo sagrado. Los tres grandes monoteísmos (judaísmo, cristianismo e islam) han elegido preferentemente el segundo camino. Sin duda en ello han influido las importantes conexiones que existen (y en las que ahora no es cuestión de adentrarse) entre la idea de un Dios esencialmente masculino y paterno, tal como se ha configurado en las representaciones dogmáticas de estas formaciones religiosas, y el deseo sexual.

Dentro de este ámbito religioso monoteísta, el cristianismo además se ha visto influido de modo decisivo por algunas corrientes filosóficas greco-latinas que determinaron buena parte del pensamiento de los orígenes de la Iglesia. Empédocles llegó a cuestionar el mismo matrimonio como espacio de expresión de la sexualidad. Y es bien conocido cómo las corrientes de pensamiento neoplatónicas, epicúreas y estoicas, jugaron un papel determinante en la posición frente a la sexualidad que se fue desarrollando en los primeros siglos de la era cristiana.

Todo este conjunto complejo de factores, a la vez de orden psicodinámico y sociocultural, ha contribuido, sin duda, a que la posición actual de la Iglesia católica frente al campo general de la sexualidad sea bastante complicada y problemática. Un conjunto en el que la cuestión homosexual habría que verla tan solo como un apartado, una expresión sintomática más, de un problema de fondo más general, en el que la sexualidad pareciera constituirse como el campo de oposición central en el que se juegan las buenas o malas reacciones con Dios. De ahí el extremado control que se pretende mantener sobre ella. De hecho, toda la rica, variada y extensa realidad sexual queda reducida en los planteamientos eclesiales a que su único campo de expresión sea en el de unas relaciones, dentro del matrimonio indisoluble, en las que, siempre y en todo caso, se mantenga abierta la posibilidad de la procreación. Todo uso de la sexualidad que escape a esta apertura al objetivo biológico procreativo dentro del matrimonio heterosexual (homosexualidad, masturbación, relaciones prematrimoniales, fecundación in vitro, contracepción, etc.) queda fuera de lo establecido moralmente.

Desde este punto de vista hay que considerar, pues, que la homosexualidad no es tanto el problema, sino que es tan solo una manifestación más de un problema de fondo, que es el de la problemática de relaciones que la institución eclesial mantiene con la sexualidad en general. Lo cual no quita que en la homosexualidad se añadan, como ya hemos visto más arriba, una serie de ansiedades y fantasmas específicos. Todo ello ha dado pie a que las personas con una identificación fundamentalmente homosexual (nadie lo es al 100%, como tampoco nadie es al 100% heterosexual) hayan sufrido una particular marginación y exclusión que, interiorizada, se ha convertido en una fuente de sufrimiento interno, tantas veces de carácter escandalosamente dramático. La persecución, la hoguera, la confiscación de bienes, la exclusión de los sacramentos, del orden ministerial y jerárquico, etc., han sido dramas que, legitimados por una moral eclesial, han padecido multitud de hombres y mujeres en el seno de la institución eclesiástica.

Frente a este estado de cosas, se alza la voz de Miguel Sánchez Zambrano en este bello, sugerente y valiente texto que prologamos.

Una voz que, en primera persona, grita con un espíritu libre y profético, apoyado en mil razones de Dios a favor de un cambio radical de la posición de la Iglesia respecto al mundo homosexual. Razones para aliviar el sufrimiento de tantos hombres y mujeres proscritos en lo más íntimo de su ser; razones para propiciar un cambio de la Iglesia que afectaría, por lo demás, de modo más amplio, a su modo de contemplar la realidad humana y al modo de proclamar el mensaje de Jesús de Nazaret; razones, en definitiva, para soñar una visión del ser humano acogedora, comprensiva y estimulante de todo lo que pudiera llegar a ser en plenitud.

Miguel grita con pasión. La que nace de su propia historia personal marcada por el sufrimiento de la vida oculta y auto condenada injustamente. Grita también con belleza, porque su decir es un decir limpio, fluido, hermoso y bien trabado. Pero, junto con la pasión y la belleza, grita igualmente con el arma poderosa de la razón, con muchas razones, miles de razones, para que se lleve a cabo esa obligada transformación de la actitud y de la norma de la Iglesia, su Iglesia, respecto a todos los que sufren todavía esa misma condena.

Es su Iglesia. Porque desde la primera línea se deja ver la hondura de una creencia en el Señor Jesús y en su Evangelio, de donde mana lo más importante de su reivindicación en el seno de la comunidad cristiana. Es mucho lo que en esa comunidad cristiana ha sufrido. Pero ese sufrimiento no ha puesto en cuestión su íntimo sentido de pertenencia al grupo de seguidores de Jesús entre los que, Miguel sabe reconocer, existen dirigentes que tienen una responsabilidad especial en el cuidado de la comunidad. Es por eso, porque se siente formando parte, por lo que grita y clama a favor de un cambio que haga más transparente y atrayente el mensaje del Reino ante el mundo.

Se podrán discutir algunos argumentos, se podrán debatir algunas de las conclusiones (yo mismo lo he hecho). Pero para eso se exponen, para que nos ayude a todos a pensar, repensar y reformular nuestras actitudes de fondo y nuestras pautas de conducta en un asunto, el de la sexualidad en general, y el de la homosexualidad en particular, en el que se juegan dimensiones decisivas de la proclamación del Evangelio ante el mundo. Bienvenido sea este texto a la vez bello y valiente que, nacido de lo más hondo de una experiencia íntima y personal, puede ayudarnos a todos, sencillamente, a ser mejores personas.

Carlos Domínguez Morano S.J.,

Psicólogo

Nota inicial del autor

La identidad homosexual es obra de Dios. No es elección humana. Sí nos cuesta entender por qué Dios la ha otorgado a un significativo número de sus hijos e hijas, y no nos queda otra salida que intentar profundizar en el misterio insondable de su amor y escudriñar sus posibles «razones».

Tras diez años de trabajo, indagación e investigación, me atrevo a exponer las «razones» (naturalmente, según mi parecer) de porqué Dios «decidió» crear criaturas homosexuales. Las he deducido, digamos que, en versión libre, tras «escuchar» lo que me ha ido diciendo, durante años, el estudio de la Escritura y prestar atención a mi propio corazón y al de tantos hermanos y hermanas que optaron por pedirme ayuda terapéutica para intentar superar su dolor y sufrimiento al sentirse rechazados por la sociedad, imbuida por una cultura religiosa que les condena, así como ayudarles en la gratificante búsqueda de una felicidad a la que, obviamente, todos tenemos derecho. Este objetivo es el que persiguen las siguientes páginas, esperando que las personas homosexuales y LGTBI en general que las lean encuentren una ayuda para ser más felices, y las heterosexuales para amar lo que son, sin rechazar ni condenar lo que no son.

A lo largo de años de trabajo profesional, he aprendido la importancia de ser uno mismo «aceptando íntegramente el propio ser» (como escribe mi tía María Zambrano). Ardua tarea la de todo homosexual que se encuentra inmerso en una cultura y una sociedad todavía homófobas. Con el objetivo de intentar ayudar en este sentido, me he esforzado para que las palabras aquí escritas estén cargadas de razones, pero también de emociones, de dolor, a veces de rabia y otras veces de alegría, al sentirme amado por Dios tal como Él me quiso hacer, homosexual, con la feliz colaboración de mis padres. Por tanto, la pretensión de este libro queda muy lejos de intentar convencer de nada, ni mucho menos justificar nada. Solo deseo aclarar, discernir, abrir caminos al debate y la reflexión. Ni quiero vencer, ni tan siquiera convencer. Solo deseo expresar, comunicar y, quizás lo más importante, compartir, pretendiendo aportar mi grano de arena (ojalá fuesen muchos) para ayudar en la comprensión respecto al amor que el homosexual siente y desea compartir y que este solo difiere respecto al género de la persona a la que amamos. Desde el principio Dios me soñó homosexual y le reconozco en quien yo soy. Por tanto, ¡Dios me ama! y es ese amor, sentido de Dios, el que me ha llevado, como no podía ser de otra manera, a amar a quien me lo mostró a través de la vida de su Hijo Jesucristo. Y esta no es otra que la Iglesia católica. A ella (y a mis padres), les debo el haber conocido la Palabra liberadora que emerge en las Escrituras. Sí, antes de pasar al primer capítulo, deseo expresar mi amor a la Iglesia. A esa Iglesia que a mis 14 años me condenaba sin remisión por sentir lo que sentía, en lo más íntimo de mi ser.

Esa Iglesia que, a través de sus sacerdotes, me decía que me condenaría para siempre si osaba expresar y compartir mis sentimientos, emociones y excitaciones con otro semejante a mí, con un igual.

Pero la misma Iglesia me ofrecía la llave para librarme de esa condena eterna. La llave de la Palabra y el amor de quien es su fundamento, su origen y su fin: Jesús, el Hijo de Dios.

Sus palabras, las de la Iglesia, me rechazaban, al tiempo que la Palabra transmitida por ella me acogía, me abrazaba y aceptaba.

Amo a esta Iglesia porque me ha enseñado que soy digno de ser amado y serlo tal como soy y siento, incluyendo compartir ese sentir con otro, aunque ese otro sea un igual. Amado en primera persona y nada más y nada menos que por el mismísimo Dios.

Aunque en tantas ocasiones madrastra, no puedo (ni quiero) dejar de decir: ¡Gracias, Madre! Y que la luz sobre el controvertido tema que nos ocupa llegue a brillar en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad, al igual que cada uno de nosotros –homo y heterosexuales– brillamos en el corazón de Aquel que nos creó.

1

Introducción: Mis razones

«Angustia tengo por ti, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres».

David a la muerte de Jonatán (2 Samuel 1,26).

Verano de 1964. Tenía 11 años y pasaba el mes de julio y agosto en la casa de campo (cortijo, en andaluz) que mis padres poseían a 25 km de Úbeda (Jaén). En realidad, eran dos cortijos unidos y los trabajadores agrícolas aún vivían en el mismo lugar de su trabajo, de modo que en «La Aldehuela», ese es su nombre, habitaban 6 o 7 familias con sus correspondientes 13 o 14 hijos, que no conocían la escolarización.

Recuerdo aquellos primeros días de verano con mucho calor y otro tanto de aburrimiento. Mi padre me lo notaría en la cara o, claramente, yo se lo expresé. El caso es que, de pronto, me regaló una singular idea (lo singular creo que fue la interpretación que yo le di): «Oye, Miguel, ¿por qué no organizas una escuela con estos niños, así os entretenéis?, ¿qué te parece?». «Vale, papá»,contesté de inmediato, mientras mi cabeza empezaba a bullir.

Naturalmente mi padre me estaba invitando a jugar a «maestros y alumnos» al igual que podía habérsele ocurrido a «médicos y enfermos». Pero yo me lo tomé tan al pie de la letra, que de aquella indicación surgió una escuela real (nada de juego), que se prolongó hasta 1976. Mi iniciativa y afán emprendedor empezaban a emerger con fuerza. El caso es que, literalmente, me entusiasmé y, rápidamente, busqué una habitación (un pequeño almacén de trastos agrícolas y domésticos); recopilé unas mesas, sillas y, lo más importante, aquella misma tarde (o la siguiente que fuéramos a Úbeda a visitar a mi abuela Eugenia), me fui a comprar bolígrafos, libretas, cartillas y un catecismo para cada chiquillo que aspirara a ser mi alumno, si aceptaba aquel «juego-realidad».

Fueron seis los primeros que formaron el alumnado y por tanto adquirí seis unidades de cada elemento antes citado en la librería que, por entonces, había al principio de la calle Real, en la acera de la izquierda.

Estaba claro que reproducía fielmente lo que yo vivía en el colegio de los Escolapios de Granada, donde estudiaba. Y estaba claro que mi incipiente religiosidad (que poco a poco evolucionaría hacia una fuerte espiritualidad), arraigaba en mí, trasladándola a los que me rodeaban.

Fue con 14 años cuando el padre escolapio nos reunió en clase para darnos algunas «orientaciones sobre sexualidad». Estaba sentado en el borde de la mesa y justo delante de la fila de pupitres que arrancaba delante de la misma. Yo me encontraba en la tercera fila, a unos tres metros de él. La charla duró una hora (naturalmente sin opción alguna a preguntar nada de nada, lo hubieras entendido o no). Daba igual comprenderla, pues se trataba de asimilar o grabar lo dicho, sin posibilidad de objetar nada de lo expuesto. De aquella hora solo recuerdo con nitidez los segundos que pudieran durar las siguientes palabras:«...y tened muy claro que, si tenéis alguna vez relaciones con una chica, Dios os castigará con el infierno, y si se os ocurre hacerlo con un chico, entonces será mucho más horrible para Dios y os castigará doblemente. Nunca lo hagáis con una chica, pero jamás, nunca jamás, se os ocurra hacerlo con un chico».

Hacía tres años que había descubierto la sexualidad con otro chico. Aquel juego de preadolescentes me pareció un regalo de Dios que, de golpe, tras las duras palabras del padre escolapio, se transformó en un tremendo temor al más severo de los castigos. Temeroso acudí al despacho del sacerdote y con el miedo (pánico) a ser «descubierto», le pregunté acerca de lo anteriormente oído. Sencillamente, sin darle más importancia y sin siquiera mirarme, vino a repetir una a una las palabras condenatorias ya oídas anteriormente. Mucho tiempo después, estudiando mi caso (soy Psicoterapeuta) entendí que en aquel momento quedé en estado de shock. Por último, decir que vivía una fe experimentada desde pequeño, educado en las Siervas del Evangelio de Granada y en una familia de arraigada tradición católica.

El trauma emocional sufrido tras las palabras del escolapio, lo gestionó mi mente somatizándolo en un foco epiléptico, que se manifestó a mis 22 años, dando así salida a la fuerte tensión acumulada durante los años precedentes. Mi proceso patológico lo expongo en el capítulo siguiente.

Volviendo a aquel verano del 64, aquella escuelita funcionó once años (solo en vacaciones, claro está), llegando después la creación, en 1982, del Centro «Hogar 20» (primer Centro profesional de atención a drogodependientes de Andalucía, declarado de Utilidad Pública y Premio Nacional Reina Sofía) y ya, por último, en 1998, el «Centro de Terapias y Atención a la Familia» en el que actualmente trabajo.

La matriz de todo este recorrido, en el que he ido aunando lo vocacional y lo laboral, fue la intención de ayudar a los demás (en definitiva, ayudarme a mí mismo), no ya a que solucionaran sus problemas, sino a que encontraran en sus vidas una salida feliz a su sufrimiento o situación tantas veces cuajada de dolor y frustración. En este particular ranking de ayuda, ocupan un lugar señalado las personas, mayoritariamente varones, que han acudido a mí en busca de alivio a su gran drama, que podría resumirse así: «Soy homosexual y estoy lleno de culpa. La Iglesia me ha enseñado que Dios no acepta que pueda amar a alguien que sea un igual. Cada vez que lo hago, me invade la culpa y la frustración». Y es que no hay posibilidad alguna de que una persona homosexual –hombre o mujer– pueda vivir, de modo efectivo, conforme a la orientación concreta que siente y, al mismo tiempo, permanecer fiel a Dios. No hay ninguna posibilidad según la Iglesia católica, lo cual, redunda en un fuerte sentimiento de culpa y división interna de muchos hombres y mujeres que se consideran cristianos y que, perteneciendo a la Iglesia, desean seguir en la misma, a pesar de constatar no ser aceptados en la práctica amorosa de su identidad sexual.

La persona cristiana con este perfil se ve abocada a vivir en una dicotomía imposible de soportar: según la Iglesia, la atracción que siente por las personas de su mismo sexo no es mala ni pecaminosa (algo hemos adelantado, en verdad), pero ha de reprimirse, pues de lo contrario, si la consuma, aunque sea amando desde el corazón a la otra persona de igual sexo y de la que a su vez se siente correspondido, en todos los casos y sin distinción alguna, incurrirá en un acto pecaminoso e intrínsecamente desordenado (Catecismo de la Iglesia católica, nn. 2357-2359). Quiere decir que quien se sienta atraído por un igual no está condenado por la Iglesia, pero si desea realizarse en esa atracción y amar a ese igual, le espera o bien la más severa condena, o bien la soledad si opta por reprimir los, para él, naturales deseos. ¿Quién, sintiéndose cristiano y amando a un igual, puede vivir así?

Han sido muchos los que me han solicitado ayuda ante este drama culpatorio y confirmo que la nota que me doy a mí mismo, en cuanto a la eficacia de la misma, no llega a superar el aprobado. La fuerza emocional de esa culpa y esa frustración basadas en su fe religiosa (o mejor, en las enseñanzas recibidas de la Iglesia) han podido con la fuerza de mis posibles razonamientos y argumentos, al menos en la mayoría de los casos.

Pudiera ser que una ayuda basada en la aceptación de su identidad sexual, conjugándola con lo que la Iglesia predica («Las personas homosexuales están llamadas a la castidad» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2359) hubiese sido eficaz. Pudiera haberlo sido con tal que yo creyera en lo expuesto por esta. Pero no creo en esa castidad obligada. Nunca lo creí, por lo que una supuesta propuesta terapéutica (aceptación de la identidad sexual de la persona y comportamiento casto, según las directrices de la Iglesia) hubiera resultado aún más dolorosa para el ayudado. Siempre entendí a Jesús (y así me lo enseñaron mis educadores cristianos) animando a no aceptar la doctrina que supusiera la intolerancia e irracionalidad, a saltársela y a liberar al hombre de la opresión de la ley (aunque fuera religiosa). Justamente es lo que hizo Jesús, pero claro yo no soy Jesús y, naturalmente y bien a mi pesar, no he tenido nunca su éxito. Me refiero al éxito concreto con personas concretas en situaciones concretas, en que se contraponía el sentido común (y el corazón) con la ley religiosa, en que chocaban frontalmente lo que dictaba Jesús y lo que dictaban los constructos mentales de los que se consideran con autoridad para contradecir la esencia de lo dicho y proclamado por él. Basta con remitirnos a la actitud de Jesús ante la adúltera: la ley religiosa mandaba apedrearla, el corazón de Jesús mandó liberarla... y todos obedecieron.

Tras el estudio de varios libros sobre el tema, tras mi personal discernimiento de muchos años sobre el mismo (fruto de mi dolorosa experiencia) y tras ver sufrir a tantas personas que he intentado ayudar, me he decidido a aportar por escrito lo que deseo, sea un poco de luz, un poco de paz, un poco de racionalidad y un poco de amor. Y todo esto, aunque solo fuese por sincero agradecimiento a Dios, que a mis once años me regaló una magnífica experiencia personal en lo concerniente a haberme creado sexuado, antes, mucho antes de que ningún otro hijo suyo (sacerdote escolapio en este caso) pudiera condicionarme con su mensaje cargado de culpa y condena, contradiciendo esa excepcional experiencia.

Como decía líneas más arriba, muchas personas me han hecho confidentes de su sufrimiento. Creo que mi ayuda no las liberó del mismo, por lo que de algún modo tengo algo pendiente con ellas. Algo muy importante. Tan importante como para decidirme a escribir estas páginas y, en nombre de todos ellos y por supuesto en el mío propio, denunciar algo para mí irrenunciable: el rechazo de la Iglesia hacia los homosexuales y las personas LGTBI en general es un ejemplo de injusticia social institucionalizada, basado en parciales interpretaciones de la Sagrada Escritura y en una adhesión ciega (ni científica ni racional) a tradiciones falsamente consideradas como leyes naturales y divinas. Frente a ellas, hago mías aquellas palabras de Jesús que nos dice que Dios se complace en la misericordia antes que en el cumplimiento de las normas (Mt 9,11-13). La Iglesia oficial no ha logrado aún abrir su corazón ante la realidad que mantiene en el sufrimiento a muchos de sus hijos, ni ha desplegado todas las posibilidades del mensaje liberador de Jesús, que acabaría con el aludido sufrimiento. Si los agentes de evangelización no están dispuestos para ayudar a liberar tanto y tan hondo sufrimiento, no queda otro remedio que intentarlo prescindiendo de ellos. Eso sí, con el ferviente deseo de que un día se unan a tan ardua y liberadora tarea.

Lo expuesto en estas hojas es solo una aportación más y quede claro, sin pretensión alguna de autoridad (sencillamente no la tengo), lo cual no deja de hacerme sentir cierto regusto de libertad. Solo me mueve la posibilidad (aunque sea solo posibilidad) de que mis hermanos y hermanas gays y lesbianas (personas LGTBI), encuentren un capítulo, una frase, una palabra con la que identificarse y, reconociéndola como propia, los haga un poco más libres, un poco más felices y, porque no, un poco más creyentes.

Me sentiré colmado si esto ocurre en uno solo de los que hayáis decidido leerme. Y si no fuese así, siempre me quedará la esperanza de que eso ocurra en algún futuro lector.

En cuanto al daño concreto que hube de sufrir, gracias a los sermones y a los mensajes educativos de mis principales educadores, se resume en el foco epiléptico que, como decía, se manifestó a mis 22 años. Mi mente explotó ante la profunda contradicción existente, entre lo vivido y lo escuchado por los que yo entendía dedicados a preservar y transmitirme el mensaje de Jesús. El foco fue la consecuencia de la profunda división que viví en mi propio mundo afectivo-emocional. Siempre sospeché el motivo de esa «explosión» interior que fue mi epilepsia. Con el tiempo, me he permitido estudiar a fondo por qué se produjo en mi mente aquello que vengo en llamar de ese modo, pero esto queda pendiente para el segundo capítulo de este trabajo. Quedan así expuestas, en estas primeras páginas, «mis razones» para el desarrollo del tema que nos ocupa, aunque no obstante mi última y definitiva razón es realizar mi propia catarsis, mi definitiva clarificación, mi propia limpieza interior de tanta confusión, falta de aceptación, división, sufrimiento... acumulados durante años y que he observado y sigo observando en tantas y tantas personas creyentes que, como decía, han buscado en mí un poco de ayuda.

He aquí mi penúltimo intento de ofrecerla y, sobre todo, deseo que esta sea realmente útil.

2

Razones para el sufrimiento

«Solo cuando el hombre acepta íntegramente su propio ser, comienza a vivir por entero».

María Zambrano, filósofa.

Cualquier persona que tenga relación con otra que sea homosexual y haya tenido oportunidad de conocer sus inquietudes y su trayectoria vital, también habrá podido conocer el sufrimiento que, muy posiblemente, encierra su experiencia de vida.

Puedo dar fe de lo anterior, en mí mismo y en los que se decidieron a compartirlo conmigo por motivos de amistad, o de consulta, al haber trabajado con ellos a nivel terapéutico.

Las razones de la angustia son muchas: incomprensión de familiares y amigos, rechazo de estos (en el mejor de los casos no aceptación), rechazo hacia ellos mismos (homofobia internalizada), problemas en la aceptación social y/o laboral, discriminaciones varias, situaciones de burla y vejación, acusaciones de ser los difusores del VIH, imposibilidad de manifestar en público el afecto que sienten por las personas que aman y, sobre todo los que se sienten cristianos, la idea de que Dios no los quiere y que cada vez que manifiestan y comparten su amor y por supuesto su sexualidad, están cometiendo un grave pecado al considerarlo así la Iglesia a la que pertenecen. En realidad, varias de las razones de angustia expuestas (si no todas) se basan en este último, pues el aludido rechazo de la Iglesia ha impregnado la cultura, las costumbres y hasta las relaciones humanas hasta nuestros días, sobre todo en el ámbito del llamado «mundo occidental» en que vivimos.

El sufrimiento que puede traer consigo lo que uno «es» no es único en la historia del ser humano: los negros, por ser negros, han sufrido y sufren marginación (y hasta esclavitud); la mujer, por serlo, ha sido ciudadana de segunda hasta hace bien poco (sigue siéndolo en amplias áreas del planeta); los judíos, por serlo, fueron expulsados por los Reyes Católicos tras la Reconquista de Granada y durante la II Guerra Mundial (por recordar un caso reciente) sufrieron su holocausto, también solo por serlo. Pero todos ellos han tenido o tienen su propio «consuelo», esto es, los negros son consolados y abrazados y naturalmente aceptados en su seno familiar y entre los suyos; los judíos tienen también una familia, incluso una nación y otras muchas que los aceptan y acogen. Las mujeres cuentan (en la actualidad) con una mayoría de población ante la cual pueden expresar su rabia, su dolor y su esperanza, si son rechazadas o maltratadas.

Pero, ¿y los homosexuales?, los homosexuales son como extranjeros en su propia tierra, en su propia familia y, por desgracia, muchas veces entre los propios de su condición sexual y, peor aún, en demasiadas ocasiones, ante el propio espejo.

Este sufrimiento, este rechazo generalizado, ha sido revelado incluso en el arte. Este era el lema de la 1ª obra teatral gay «Los chicos de la banda»: «Pídeme un homosexual feliz y te daré un cadáver sonriente».

Ni siquiera ha menguado este rechazo y sufrimiento tras la aprobación del matrimonio homosexual, sobre todo en el entorno de los homosexuales cercanos a la Iglesia católica, que es a quienes me estoy refiriendo.

Es precisamente en el ámbito católico donde sería injusto afirmar que no ha habido cierta reconsideración (importante, aunque muy limitada) de sus posturas ancestrales. Tanto los diccionarios de Teología moral como los documentos del Magisterio ordinario han ampliado el marco de comprensión hacia las personas que viven su homosexualidad. No obstante, parece que en este terreno la Iglesia haya llegado, por ahora, a un callejón sin salida, además de a una gran paradoja: trato de respeto, compasivo y comprensivo hacia la persona homosexual y rechazo frontal, por «intrínsecamente desordenado», según el Catecismo, hacia la relación homosexual.

Parece como si se tratara de un error en la naturaleza humana. Pero, ¿cómo puede haber error en lo creado por Dios?, ¿es que Dios puede equivocarse? Además de callejón sin salida, la Iglesia se topa con el callejón de lo absurdo: para la Iglesia no hay ninguna posibilidad de que un homosexual pueda vivir según sus deseos más íntimos, tal como sí lo puede hacer (y además agradando a Dios) el heterosexual. La dicotomía interior que se le plantea al primero es ciertamente dolorosa, en cuanto requiere asumir la aceptación de su división interna, siendo dicha división –toda división– lo que más hace sufrir al alma humana: puede tener amigos, pero no amar en cuerpo y alma; la atracción que siente no es pecaminosa, pero el ejercicio de la misma (en todos los casos y sin paliativos) sí lo es. Y es que la homosexualidad no es solo una orientación sexual, ni una característica de la vida íntima, sino que llega a representar una posición frente a la vida y la sociedad. La homosexualidad, igual que la heterosexualidad, marca la vida de la persona, motivando deseos básicos de pertenencia, compartir placer y felicidad y, naturalmente, pareja. ¿Qué hemos hecho para que se nos condene a privarnos de todo ello?

El máximo dolor que puede llegar a sufrir el homosexual cristiano se fundamenta en que la Iglesia le dice que la voz de Dios no le está diciendo lo que la voz de Dios sí le está diciendo y él escucha en su corazón. Quiero decir que, según la Iglesia, Dios le está diciendo: «Te condeno si vives según la identidad sexual que te he dado», mientras él escucha esa misma voz que le dice: «Te amo y te bendigo cuando actúas según el don de ser homosexual que yo te he dado».

Por tanto, todo homosexual que mantiene su fe y que logra no abandonar la Iglesia, tras escuchar los pronunciamientos de ciertos prelados, tiene que pasar por el proceso de lograr distinguir entre la voz de Jesús (que le dice que le ama tal cual es, que quiere acompañarlo y que habita en su corazón) y la voz de la Iglesia que le dice que Dios rechaza lo que hace. Y este proceso es un camino de crecimiento espiritual ciertamente muy doloroso.

Como consecuencia de ello, si hubiese que resaltar un sufrimiento como especialmente doliente, sin duda sería el de la ocultación.

En general, el homosexual cristiano tiene interiorizada cierta homofobia (inculcada desde la infancia por sus padres y educadores cristianos), que le lleva aparejado un sentimiento de culpa, por ser como es y, de paso, a tolerar y hasta proteger la negación que los seres queridos hacen de su realidad sexual. Esta negación acarrea un dolor sutil, del que a veces no se es consciente. De este modo salvamos y protegemos a nuestros seres queridos de lo que en realidad es «su problema», asumiéndolo nosotros. Justo en el momento que la persona decide no seguir siendo cómplice de esa negación sobre sí mismo, dejará de tener el problema y pasará a ser problema de los demás, que tendrán que empezar a plantearse el superar su propia homofobia y aceptar, tal cual es, a su ser querido, siendo esta la línea argumental que el Papa reitera a los padres con hijos LGTBI. La ocultación a los demás y a uno mismo es el mayor de los sufrimientos. ¿Es este sufrimiento el que Dios quiere para las criaturas humanas que Él ha creado?

Es preciso tener presente que la mayor y fundamental fuente de sufrimiento del homosexual creyente ha sido y es la Iglesia y su juicio moral condenatorio. Con su actitud, la Iglesia no ha hecho más que situarse al margen (si no en contra) de las directrices de su inspirador, Jesús de Nazaret. Es difícil entender el porqué y el para qué. Mientras Jesús no condena ni por una vez la homosexualidad, sí que toma actitudes y partido por todo lo que la Iglesia de su tiempo (la judía, a la que pertenecía) condenaba. Él fue la anti condena y su actitud solo fue de comprensión y misericordia hacia todo lo que fuese causante de dolor y sufrimiento en el ser humano. El homosexual, al elegir la actitud de Jesús y rechazar la de la Iglesia, no lo hace de modo opcional y voluntario. Es la Iglesia la que lo rechaza a él y es Jesús quien lo acoge.

Esta dicotomía no debiera darse ni en este tema de la homosexualidad, ni en ningún otro. Jesús vino a superar, como Hijo de Dios, la ley de Moisés; esto es, a situar al hombre por encima de la ley, amparándolo bajo el amor de Dios, que Él representaba.

Jesús erradica así el dolor y la división que llevaba consigo la ley y libera al hombre con la fuerza del amor incondicional de Dios. Causa incomprensión que la Iglesia, «su» Iglesia, se siga aferrando a dicha ley.

Se hace difícil entender a Jesús como fundador de una religión que desencadena conflictos, persecuciones, condenas y sufrimientos como históricamente ha provocado el cristianismo, siendo el ámbito homosexual uno de los que más los han padecido. Bien al contrario, el Jesús de los Evangelios es un Jesús dispuesto siempre a solucionar el conflicto, evitar a toda costa la condena (recordemos de nuevo el pasaje de la mujer adúltera) y, por supuesto, el sufrimiento que conlleva todo conflicto, persecución o condena.

Deseo indagar, con base científica, en el origen del sufrimiento del homosexual ante la división que siente y vive, entre el mensaje de la Iglesia y el mensaje opuesto que recibe de Dios, precisamente a través de esta. Veamos cómo se gesta este sufrimiento en el ser humano.

En el cerebro existen dos hemisferios: el derecho y el izquierdo. En este, en las personas diestras, se almacenan los hechos tal como son. En el primero se almacenan la evaluación y los sentimientos con que adornamos tales hechos registrados. El izquierdo es el lugar del conocimiento y la erudición. El derecho es la cuna de la imaginación y, por tanto, de todo proceso creativo y además tiene una altísima conexión con el Sistema límbico, nuestro «cerebro emocional».

El hemisferio derecho capta todos los datos del entorno y los conecta con la información que previamente tiene, con la única finalidad de descubrir patrones que operan en el entorno. Una vez descubiertas y desarrolladas las correspondientes estrategias para moverse con soltura, estas quedan almacenadas en el hemisferio izquierdo.

Ambos hemisferios nos transmiten su información. El izquierdo utiliza el pensamiento en forma de palabras, mientras el derecho, al carecer de centros de lenguaje, maneja la información por sensaciones, símbolos o emociones.

Resumiendo, diríamos que en el hemisferio izquierdo almacenamos «lo que nos pasa» y lo que pensamossobre lo que nos pasa y en el derecho lo que sentimossobre esos mismos hechos. Además, hemos de resaltar que el izquierdo ejerce una gran inhibición sobre el derecho, y que este es la puerta al inconsciente (incluidos los sueños). O sea, lo que pensamos inhibe (pero no erradica) lo que sentimos y esto que sentimos se va almacenando en el inconsciente.

En el caso que nos ocupa, la persona homosexual va a integrar en el hemisferio izquierdo la experiencia sexual en sí misma (al igual que la heterosexual); se grabará como lo que es, plenamente placentera. A través del hemisferio derecho la evaluará como satisfactoria y plena, por tanto, buena para su vida experiencial y emocionalmente saludable. Un día empezará a recibir información en ese mismo hemisferio izquierdo de que aquel acto es desordenado (malo) y que está condenado. Por consiguiente, la emoción que se le despertará en el hemisferio derecho será muy negativa y de rechazo al mismo. Sin embargo, hasta ese momento la vivió y consideró como altamente agradable, placentera. La llegada de la «mala noticia» no anulará la «buena», anteriormente almacenada y experimentada. El choque será frontal, la división tremenda y el sufrimiento asegurado.

En mi experiencia vital, entre mis 11 y 14 años, fue justamente lo que sucedió. Primero viví unos hechos asépticos en sí mismos (sin moralismo de ningún tipo): mis primeras experiencias sexuales. El disfrute placentero acompañó a las mismas. Lo almacené en el hemisferio izquierdo y en mi hemisferio derecho se grabó aquella gratificación y elaboré una emoción positiva que incluía mi gratitud hacia Dios, en el que ya creía y que me regalaba aquellas increíbles sensaciones preadolescentes. A los 13-14 años comencé a recibir información detallada (hemisferio izquierdo) de que aquellos «hechos sexuales» eran, sin paliativos, rechazables y condenables. Como consecuencia, mi hemisferio derecho comenzó a elaborar emociones y sentimientos de vergüenza, culpabilidad y rechazo. El choque fue brutal. Por un lado, mi propia experiencia me informaba de la bondad de aquellos actos y, sin embargo, las personas que yo entendía doctas y valiosas en todo lo referente a Dios me decían e inculcaban todo lo contrario. ¡Pobre muchacho!, aquella cabeza (aquel choque «entre hemisferios» y entre lo que estos almacenaban), no tenía más remedio que un día estallar. Lo hizo a mis 22 años, en el momento en que la división interna se convirtió en abismo por el amor y atracción sentido hacia un chico y el amor que sentía hacia una chica y la atracción que deseaba sentir hacia esta, pero que no llegaba.

Aparecieron así los primeros síntomas de un foco epiléptico. Transcribo el significado de la Epilepsia a nivel emocional, exponiendo en cursiva dicho significado y entre paréntesis como yo lo he vivido: «La Epilepsia es una especie de sobrecarga del circuito nervioso cerebral, con repetición de crisis convulsivas, o sea, lo que la persona ha de tratar en su día a día le sobrepasa, es excesivo». (Excesivo era, entre mis 14 y 22 años, tratar día a día la división interna que sentía en el terreno afectivo-sexual, por otra parte, en «ebullición» como corresponde a la edad). «La persona con esta enfermedad no se perdona a sí misma un paso en falso, tratando de ocultar sus errores por todos los medios». (Así me veía, tratando de ocultar a toda costa mi «error» de ser y sentir como en realidad era, al entender que los demás me rechazarían al igual que lo hacía Dios y la Iglesia). «La persona con un foco epiléptico tiene la sensación de tener siempre que estar luchando, siendo extremo el rechazo a sí mismo, resultando un conflicto de individualidad». (Mi lucha ha sido permanente, entre lo que sentía y debía sentir, entre lo que era y lo que debería ser, para ser aceptado por los demás y que Dios no me castigara eternamente, siendo ese rechazo a mí mismo el origen de la homofobia internalizada, sufrida durante años). El foco epiléptico me fue diagnosticado y controlado eficazmente y de inmediato por el psiquiatra y sacerdote claretiano, Rafael Gómez Manzano. Además, he padecido fuertes neuralgias, en cuatro ocasiones (entre 1980 y 2002) con una duración media de 2-3 meses en cada crisis, siendo diagnosticado por el Dr. Julio Peláez, haciéndome el seguimiento durante todos estos años el Dr. González Maldonado. Con una fuerte medicación (comencé con 11 grageas diarias) y un régimen de vida muy estricto, he logrado que desde 2016 el foco epiléptico haya quedado asintomático. El 11 de abril de 2018, el Dr. González Maldonado me leyó el resultado de la Resonancia Magnética que me mandó hacer para cerciorarse de su diagnóstico favorable a mi sanación: «No se aprecian anomalías en la morfología y señal del parénquima encefálico, ni extraparenquimatosas. Exploración craneal por RM sin hallazgos significativos». O sea, estaba curado, quedando el foco definitivamente asintomático.

Tras oírlo, pregunté al doctor: «Entonces, en realidad, ¿qué es lo que ha quedado en mi cerebro?».

Él me respondió: «Mira, Miguel, si se tratase de una herida, lo que te ha quedado es la cicatriz de la misma. Tu “herida mental” se ha cerrado y queda la cicatriz. No sé cómo lo has conseguido, pero así es».

La «herida» se había cerrado. Había desaparecido la división en mi mente. Había recuperado mi salud mental, pero me quedaban otras dos «áreas» dañadas, la psico-emocional y la espiritual, al haber sido un sacerdote de quien recibí la condena. En 2021 logré sanar ambas, pudiendo corroborar las palabras de mi tía María Zambrano, que encabezan este capítulo: «Solo cuando el hombre acepta su propio ser, comienza a vivir por entero». Lo comparto en el Anexo nº. 7, titulado «Hoy vuelvo a ser» (página 343). De este modo, completo todo mi proceso, desde la condena del escolapio, que llegó a quebrantar mi salud, hasta mi completa sanación física y emocional al haberme librado de aquella condena en 2021 el Provincial escolapio P. Jesús Elizari, tras haber realizado el proceso de Justicia Restaurativa. Cincuenta y cuatro años de dolor, sufrimiento y perdón y liberación.

He aquí, por tanto, la base de la división y el consiguiente sufrimiento interno que tiene cualquier ser humano, cuando viviendo como buena una determinada experiencia (la sexual es verdaderamente fuerte), recibe de sus seres queridos (padres) o significativos para él en un área determinada (sacerdotes, si es creyente), mensajes y valoraciones radicalmente opuestos a los vividos, sentidos y experimentados por él.

Las diversas patologías que en estas circunstancias pueden emerger son muchas y, a veces, devastadoras. Es muy triste pensar que personas tan queridas como los propios padres, o influyentes y significativas, como los sacerdotes, en mi caso, puedan causar en la persona tanto daño, tanto sufrimiento.

Ante lo descrito, vivido en primera persona, me planteo (y me duele hacerlo, porque me duele la Iglesia) el antagónico papel que en el crecimiento y desarrollo del ser humano han jugado, por una parte, esta y, por otra, aquel en el que se inspira: Jesús de Nazaret. Aquella creando problemas, a veces muy graves; este solucionando los que hacían y hacen sufrir a las personas. Así lo hizo constantemente durante sus tres años de actividad pública, dejándonos unas directrices claras de lo que tendría que ser el modo y manera de actuar de todo aquel que, dejándose imbuir de Él, siguiera su camino y lo hiciera en su nombre.

En diciembre de 2018, el papa Francisco dio un paso atrás en el difícil y arriesgado camino que, indudablemente, recorre en pro de la aceptación plena del hecho homosexual. El Papa en La Fuerza de la vocación (Publicaciones Claretianas), explicita que «las personas con esa tendencia (homosexual), no sean aceptadas en la vida consagrada». Desde el asombro, uno se pregunta: ¿Acaso las personas con tendencia heterosexual sí son aptas para dicha vida? ¿Por qué unas sí y otras no?

En enero de 2022 Bernardo Álvarez, obispo de Tenerife, declaraba a la TV canaria que las personas que tienen relaciones homosexuales «están en pecado mortal, pues a pesar de que saben que está mal, lo hacen. Es como la persona que bebe y cuando bebe hace cualquier disparate. Lo que tiene que hacer es no beber». Fue tal la reacción de repulsa de varios estamentos sociales y políticos de Canarias (desde el Presidente de la Comunidad a varios Diputados del PP, el Sindicato CC.OO., la Asociación LGTBI Diversas, entre otros) que la Fiscalía abrió diligencias por si las palabras del obispo constituyeran delito de odio. Como consecuencia, el prelado pidió perdón por sus palabras, al tiempo que reiteraba «su adhesión a las enseñanzas de la Iglesia». Dichas enseñanzas se recogen en el Catecismo, n. 2357: «Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados (...). No pueden recibir aprobación en ningún caso».

Sí, el sufrimiento causado por la Iglesia y por «áreas» de influencia de la misma (sociedad y familia) ha sido profundo y, lo más sangrante, ha sido y es gratuito. Su incapacidad para replantearse su actitud condenatoria ante sus víctimas es, para las personas LGTBI, lo más desazonador.

Hoy, la sociedad como entidad viva, aparcando tristemente a la Iglesia católica y demás Iglesias excluyentes, ha comenzado a dar pasos inequívocos en pro de la igualdad y el beneplácito de las relaciones afectivas entre humanos, reconociendo los mismos derechos para las parejas homo que para las hetero, siendo altamente significativo que la sociedad española, muy adoctrinada por la Iglesia de Roma, sea de las primeras que, a nivel mundial, acepta y aprueba la homosexualidad. En total son 23 países los que cuentan con la legalización del matrimonio homosexual, 14 de ellos son europeos: Holanda (2001), Bélgica (2003), España (2005), Noruega (2009), Suecia (2009), Portugal (2010), Islandia (2010), Dinamarca (2012), Francia (2013), Reino Unido (2014 en Inglaterra, Gales y Escocia, sin que exista legislación igualitaria en Irlanda del Norte), Luxemburgo (2015), Finlandia (2017) y Alemania (2017).

Este conjunto de países representa el 45% de la población europea. Además de estos, cuentan con idéntica legislación siete países de América, uno de África, otro de Oceanía y ninguno en Asia.

Es claro que va creciendo el número de países que aprueban, con distintos matices, este logro social y humano, pero no podemos olvidar, pues en este caso cometeríamos una nueva injusticia, las miles de personas que siguen siendo condenadas, incluso a muerte, para así intentar lograr erradicar la conducta homosexual. Así, doce países europeos han prohibido constitucionalmente dicho matrimonio e igualmente lo han hecho siete de América.

Por último, el resumen de los países que castigan las relaciones homosexuales son: África: 33 países penalizan dichas relaciones, cuatro de ellos con pena de muerte. Asia: 22 países, nueve de ellos con pena de muerte. América: 7 países. Oceanía: 7 países. Europa: 2 países (Lituania y Rusia) cuentan con leyes expresamente homófobas.

Lo que duele no es la violencia de los malos, sino el silencio de los buenos: personas honestas, inteligentes que, sabiendo que la situación se hace insostenible, siguen guardando un silencio cómplice.

Frente al dolor, la esperanza que nos va infundiendo el papa Francisco. Lo mismo reconoce que «no soy quién para juzgar al homosexual», que apoya decididamente a los obispos mejicanos (octubre de 2016) en las manifestaciones organizadas por el «Frente Nacional de la Familia», para rechazar la Ley del matrimonio igualitario que proyectaba el gobierno. De sus muy duras palabras en Georgia (septiembre de 2016), sobre la «Guerra Mundial» contra el matrimonio heterosexual y las maldades de la «teoría del género», en el mismo viaje de regreso, Francisco vuelve a enfatizar en el acompañamiento a las personas LGTBI con estas palabras: «A dichas personas se pueden y deben acompañar espiritualmente, como lo haría Jesús». Añadiendo: «Cuando una persona, con esta condición, llegue ante Jesús, Él no le dirá: vete porque eres homosexual». ¡Claro que necesitamos acompañamiento!, necesitamos que se nos permita y acepte ejercer derechos humanos básicos con libertad y sin discriminación. El Papa está dando pasos sin precedentes (en el pasado Sínodo de la Familia logró hacer entender que las personas en segundas nupcias no están condenadas al infierno). Pasos inimaginables en sus antecesores, y creo que es justo reconocerlo y no dar por descontado, las enormes dificultades que encuentra y encontrará si prosigue por ese camino. A los homosexuales cristianos e hijos de la Iglesia que amamos nos es urgente e imprescindible que Francisco sea capaz de tener las ideas muy claras y muy definida la dirección que opte por tomar. Nuestra esperanza se fundamenta en su cometido profético. No más dilaciones, no más un paso adelante y otro atrás. La Iglesia ha de recuperar urgentemente su función esencial: defender la vida, erradicar todo posible sufrimiento y bendecir a los que, por amor, decidan compartir sus vidas con un igual, tal como lo hace con los heterosexuales y que estos no resulten, como hasta hoy, privilegiados. Todos somos hijos de Dios, todos somos iguales. Al menos iguales en el amor. Así nos lo enseñó Jesús y así lo predica la Iglesia.