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Esta antología es una recopilación de cuentos y microrrelatos, resultado del trabajo de jóvenes estudiantes del Instituto Monseñor José Weimann, que desde el año 2019 hasta el año 2022 inclusive, resultaron ganadores y destacados en diferentes certámenes a nivel nacional e internacional.
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Huellas de mi urdimbre : Antología Weimann / Abigail Castro Bosque ... [et al.]; coordinación general de Tilda Elizabeth Pintaudi ; Leila Elizabeth Villalba; ilustrado por Constanza Guadalupe Valentinis Pons ... [et al.]. - 1a ed. -
Córdoba : Tinta Libre, 2022.
136 p. : il. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-755-7
1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Castro Bosque, Abigail. II. Pintaudi, Tilda Elizabeth, coord. III. Villalba, Leila Elizabeth, coord. IV. Valentinis Pons, Constanza Guadalupe, ilus.
CDD A860
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Tal vez algún día dejen a los jóvenes inventar su propia juventud.
Quino
Palabras de bienvenida
Lo que tienes en tus manos representa un momento de encuentro entre quienes sembramos una semilla compartiendo la idea de que la educación es capaz de transformar el mundo.
En cada una de estas páginas hallarás a los protagonistas traduciendo sus sueños, anhelos e intereses en hojas en blanco. Pero también las huellas de sus andamios, docentes y familias, con la clara convicción de promover y fortalecer el desarrollo intelectual y afectivo de los jóvenes, factor fundamental en su consolidación como personas.
Esta antología es el resultado de instancias en que alumnos del Instituto Monseñor José Weimann dijeron sí y aceptaron un desafío creyendo en ellos mismos, dedicando tiempo y amor a las órdenes de su creatividad.
Te invito a leer con el compromiso de ser un poco más Pigmalión con nuestros jóvenes, quien, basado en la dedicación y en las expectativas, logró que Galatea, una estatua de mármol, cobrara vida.
Tilda Pintaudi
AbigailCastro Bosque
Fulcro del mundo1
Esta es la historia de un joven muchacho de ciudad, que a los ojos de todos reflejaba la miseria de la humanidad, el dolor de la vida, la incomodidad de la pobreza, la ausencia de amor y alegría en este complejo espacio conocido como mundo. Una historia que en realidad no era más que “mi historia”.
Yo no me veía de ese modo, no me sentía miserable; de hecho, aún no me percataba de lo que significaba. Pues toda la vida había vivido así. A pesar de ello, era una de las pocas personas que había conquistado la verdadera felicidad y había aceptado la realidad como lo que es: una ilusión.
Todo comenzó un día como todos los demás de mi repetitiva rutina laboral. Estaba hastiado del conformismo de lo cotidiano, de la mediocridad de los hombres y de que se comportaran como si vivir fuera una religiosidad. Atentamente observaba como desperdiciaban el tiempo y la vida misma en cosas que creían “necesarias”, no disfrutaban de la belleza de la vida.
Más que humanos, tenían rasgos de máquinas programadas; parecían robots. Cada uno de ellos con sus smartphones en mano, con sus caras bajas, con sus falsas sonrisas, con máscaras que ocultaban su verdad. El hedonismo y la megalomanía eran propios de la sociedad.
El sol era lo único que brillaba y que parecía mostrar una pizca de paz y alegría ante la tristeza que imperaba en la gran ciudad. Su luz era tan cegadora que debía esforzar mi vista para caminar. Desafortunadamente, o mejor dicho, afortunadamente, tropecé con los cordones de mis zapatos frente a un pequeño mercado ubicado al lado de un colegio. Me levanté inmediatamente; si de por sí caer ya era embarazoso, que los estudiantes me viesen lo era aún más. Para escapar de la vergonzosa situación, entré al mercado con la excusa de comprar algo. Ni siquiera sabía qué compraría pero no podía salir de allí con las manos vacías.
—¿Qué tal este delicioso almuerzo? ¿Este traje elegante? ¿Unas cañas de pescar? ¿Un...? —preguntaba la dueña del mercado. Forzosamente insistía en que llevara algo.
—Me llevaré lo más económico que tenga —la interrumpí para que dejara de hablar. Estaba apurado, debía irme a trabajar.
—¡Está bien! Las cañas de pescar.
—Una, por favor.
—Son $234.
—Aquí tiene. Adiós.
—¡Gracias, que tenga buen día!
Al salir vi a un grupo naturalista muy conocido en la ciudad, que representaba a un pequeño pueblo dedicado a la actividad pesquera. Repartían folletos a cada persona que se les cruzaba. Yo no fui la excepción. El folleto decía algo así como “Acércate a nosotros, ven y disfruta de la naturaleza”. Mis ganas de distanciarme de la ciudad y la intransigencia que ella me provocaba lograron convencerme. No era mala idea; de todos modos, no pasaría nada si faltaba al trabajo una vez. Subí a mi auto y me dirigí hacia allí, quedaba a pocos kilómetros de la ciudad.
Al llegar bajé del automóvil y comencé a caminar lentamente por la zona disfrutando del paisaje que me rodeaba. Por fin la monotonía había desaparecido. Las copas de los árboles rebosantes de flores cargados de un perfume dulzón, el canto de las aves y sobre todo el caudaloso lago hacían que el tiempo se detuviese. El aroma me recordaba a aquellos instantes de mi penosa vida en los que no debía preocuparme por el mañana ni por el ayer ni por el hoy. Las horas, los días, los meses y los años pasaban delante de mis ojos, pero yo no tenía noción de ello. Mi vida era como un desierto: silencio y soledad. Repentinamente, escuché risas que aturdieron el silencio de mi mente e hicieron que volviera al abyecto presente. Parecían provenir de los arbustos. Definitivamente eran dos niños pequeños. A veces pensaba que los niños eran quienes realmente eran felices en esta vida, pues su inocencia y su falta de experiencia al dolor es lo que los hacía estar alegres.
Seguí caminando y vi a un hombre viejo, pero no tan viejo, joven pero no tan joven. Simplemente era un hombre sentado en la orilla del río con una caña de pescar en sus manos.
Me acerqué un poco más a él y contemplé su gran paciencia para pescar. Fue allí cuando escuché como hablaba con su caña. No sé exactamente qué le decía, pero me llamó la atención y decidí hablarle. Después de todo, solo era un anciano, quizás estaba loco por la vejez.
—Hola, señor, ¿puedo sentarme junto a usted? —dije amablemente.
—¡Hola, muchacho! Claro que puedes. Ven, siéntate. ¿Qué te trae por aquí, aventurero?
—¿Aventurero? —pregunté. No me había agradado mucho la expresión. Recién nos conocíamos y el viejo ya insinuaba cosas. ¿Qué tenía yo de aventurero?
—Claro que sí. ¿Qué te trajo hasta aquí? ¿Qué buscas?
—Nada, señor. Vine a pescar, como el resto de las personas.
—Eso no es así.
—¿Ah, no? ¿Entonces cómo es? ¿Acaso no ve mi caña?
—Todos venimos a este río motivados por algo. Algunos para despejarse, otros para entretenerse, para olvidar, para recordar. Los medios justifican el fin. Los motivos justifican nuestro accionar.
—¿Eh?
El anciano me había sorprendido, pero yo no podía quedar en ridículo delante de este simple hombre, así que le dije:
—¿Y usted a qué viene? ¿A hablar con su caña de pescar? No crea que no lo he escuchado, está loco.
—Dime, ¿qué es lo loco?
—Emm, lo loco es —Realmente no sabía qué responder—… es lo extraño.
—¿Estás seguro? La locura jamás ha sido un atributo extraño ni un punto negro en un lienzo de artistas. La locura es lo normal. Lo realmente extraño sería encontrar un punto blanco en una mente corrupta. La locura es lo que nos hace humanos. Quizás nos resulta un problema porque no podemos comprenderla. Nuestra mente está condicionada a lo cotidiano, le tememos a lo diferente.
—Tiene razón, pero lo loco siempre va a ser lo loco.
Quedé atónito al escuchar sus palabras, era un viejo loco, pero sabio.
—Entonces, si lo loco es extraño, deberíamos considerarnos especiales, diferentes al resto.
—No sé qué decir...
—Solo dime: ¿qué buscas?
—¿Y usted? ¿Qué lo trajo hasta aquí?
—Me busco a mí mismo.
—¡No sea tonto! Usted está aquí. ¡Sea realista, hombre!
—Realista, ja, ja, ja —rio en voz baja—. ¿Qué es lo real y lo irreal?
—Ya me hartó con sus preguntas. La realidad solo es y ya. Usted es real, yo soy real, el mundo es real.
—Se equivoca, ninguna realidad es absoluta. Todos percibimos al mundo de maneras distintas. Por eso yo estoy aquí pescando por alguna razón y usted por otra completamente diferente.
—Hábleme en español.
—¿Ves a esos pescadores con sus cañas? Cada uno de ellos tiene una razón que los motiva a sacar peces de este río. Mira, este pueblo se apoya en la pesca, es nuestra fuente principal de alimento. Si no fuese por las cañas de pescar y el movimiento que ejercen para obtener los peces, el pueblo se moriría de hambre. Ellas mantienen en movimiento al pueblo. Es así como a todos nos mueve un algo, este algo es el que nos mantiene vivos.
—Le repito, hábleme en español. ¿Un algo?
—Sí, mira la caña atentamente. La palanca impulsa a las demás partes que conectadas entre sí forman la caña y el anzuelo recoge a los peces.
—Entiendo, pero...
No terminé la oración que me interrumpió diciendo:
Todos necesitamos una palanca lo suficientemente larga que nos impulse y un punto de apoyo para colocarla. Cada uno de nosotros precisa un motivo para accionar, para continuar viviendo. Una palanca que nos levante, apoyada en una razón, una causa o motivo. Según el tipo de palanca que nos mueva, cada uno verá al mundo desde distintos ángulos. Por eso, cada persona es un mundo y cada mundo es diferente.
—Estoy confundido. Las personas son lo que son: personas. El mundo es lo que es: un mundo y ya.
—No, nuestro mundo se va formando a través de nuestras percepciones. Tu palanca es distinta a la mía, por eso mi mundo es distinto al tuyo. Tu propia palanca mueve tu propio mundo.
—¿Y para qué se supone que servirá mi propia palanca? Yo no necesito pescar peces.
—¡No, muchacho! No has entendido nada. Tu palanca te servirá para darle un sentido a tu vida, a tu mundo.
—¿Y cómo?
—Conquistando la felicidad.
—¿Qué felicidad?
—Aquella que se conquista en contra del destino que se nos impone.
—Creo que eso aclara un poco mis dudas.
—¿Entonces qué buscas muchacho?
