Huir no significa nada (epub) - Xavi Ballester Fàbregues - E-Book

Huir no significa nada (epub) E-Book

Xavi Ballester Fàbregues

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Beschreibung

¿Es posible huir de uno mismo? Los personajes de estos relatos descubren que se trata de una huida imposible, un viaje sin camino. Sin embargo, lejos de caer en la desesperación y revestidos de una discreta valentía, deciden afrontar lo que son y no rehuir las difíciles circunstancias que les ha tocado vivir. Un padre que sueña con coches rojos, un hermano que vive en un barco en lo alto de una montaña, una hija que regresa a la casa en la que creció, una madre que reclama el derecho a volver a reír, un matrimonio sin casa por culpa del banco, dos parejas atrapadas alrededor de una piscina, un músico al que no dejaron ser músico, la amistad más generosa y cómplice que tan solo puede surgir entre dos mujeres al límite. La acción de estas historias se expande como una detonación a cámara lenta en unos paisajes muy concretos: el sur de Cataluña, el interior de Galicia o las callejuelas de Lavapiés. Los relatos de Xavi Ballester están trabajados a partir de una prosa económica que reivindica la contención y la lentitud. Un trazo sereno que nos recuerda que la pausa y el silencio son un territorio propicio para la empatía y el diálogo.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Sinopsis

¿Es posible huir de uno mismo?

Los personajes de estos relatos descubren que se trata de una huida imposible, un viaje sin camino. Sin embargo, lejos de caer en la desesperación y revestidos de una discreta valentía, deciden afrontar lo que son y no rehuir las difíciles circunstancias que les ha tocado vivir.

Un padre que sueña con coches rojos, un hermano que vive en un barco en lo alto de una montaña, una hija que regresa a la casa en la que creció, una madre que reclama el derecho a volver a reír, un matrimonio sin casa por culpa del banco, dos parejas atrapadas alrededor de una piscina, un músico al que no dejaron ser músico, la amistad más generosa y cómplice que tan solo puede surgir entre dos mujeres al límite.

La acción de estas historias se expande como una detonación a cámara lenta en unos paisajes muy concretos: el sur de Cataluña, el interior de Galicia o las callejuelas de Lavapiés.

Los relatos de Xavi Ballester están trabajados a partir de una prosa económica que reivindica la contención y la lentitud. Un trazo sereno que nos recuerda que la pausa y el silencio son un territorio propicio para la empatía y el diálogo.

Dioni Porta

Biografía

Xavi Ballester. Nacido en Barcelona en 1974, aunque hubiese preferido nacer en Winesburg y llamarse George Willard. Licenciado en Filología Hispánica por la UB, en 1999 obtuvo su primer premio literario con el poema Ciudad de los huérfanos. Ganador del XV Premio de narrativa corta Tinet Ciudad de Tarragona 2012 con el relato Ous Ferrats, editado por Cossetània. Ganador del Premio 7lletres 2015 con el conjunto de relatos Porexpan i polaroids, publicado por Pagès Editors, y ese mismo año ganador del Premio Cronoviatge de la editorial Males Herbes. Ha dirigido el programa de literatura Lletraferits en Radio Molins de Rei y fue uno de los impulsores-editores de la revista literaria Rosita (revistarosita.com). Si sigue empuñando el bolígrafo es porque todavía cree en la bondad de Andrés Hurtado (el personaje de Baroja), porque no se cansará nunca de escuchar Purple Rain, porque sigue releyendo los versos de Valente y desarmándose con la elegancia de Richard Ford. Si queréis verle en carne y hueso, lo encontraréis en la librería Obaga de Barcelona, obagallibreria.com.

Portada

HUIR

NO SIGNIFICA NADA

XAVI BALLESTER

Créditos

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte

Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

espai

Huir no significa nada ha recibido una mención especial del jurado del XXIX Premio Torrente Ballester de narrativa en lengua castellana, en el cual participaron un total de 411 obras inéditas, elaboradas por autores de más de 18 países. El jurado —formado por Xuan Bello, June Fernández, Belén Gopegui, Ramón Rozas y Vicente Luis Mora—, recomendó la publicación de la obra.

es una colección de libros digitales de Editorial Milenio

© del texto: Xavi Ballester Fàbregas, 2018

© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2019

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023

C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida

[email protected]

www.edmilenio.com

Primera edición impresa: enero de 2019

Primera edición digital: abril de 2023

DL: L 378-2023

ISBN: 978-84-19884-38-1

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L

www.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Dedicatoria

Para Aida.

Por todo.

Cita

—Tu vida no es lo que tienes, cariño, o lo que consigues.

Es aquello a lo que estás dispuesto a renunciar.

Uno necesita tener algo a lo que renunciar, ¿de acuerdo?

—¿Y si no quieres renunciar a nada? —pregunté.

—En eso no se puede elegir. Tienes que renunciar a muchas cosas.

Es la norma. Es la primera norma en todo.

Richard Ford, Incendios

Huir no significa nada

No sé odiar, ni amar tampoco.

Manuel Machado

A veces sueño con coches rojos.

Los coches rojos llenan la autopista. Veo la escena a vista de pájaro; las carrocerías, una detrás de otra, cubren el asfalto como una alfombra de cachemir galvanizada. El tráfico es intenso, pero fluido; los coches avanzan, uno detrás de otro, manteniendo todos ellos la misma distancia entre sí, disciplinados. Ninguno cambia de carril; avanzan, pacientes, en silencio, como un solo cuerpo reptante. Nada más. Todos son rojos. Es un día sin luz, aunque tampoco reina la oscuridad, soy incapaz de determinar qué hora puede ser, pero sé que estamos a finales del invierno. Quizás sea por el aire plomizo y húmedo y frío suspendido sobre los coches. Los coches son rojos, todos.

Sin ningún motivo aparente, uno de los coches rojos se sale del redil y toma la salida de la autopista. No me veo, pero soy yo quien lo conduce. El resto de coches rojos sigue su camino, el mismo camino que sigue el coche rojo que cada uno tiene delante que sigue el camino del coche rojo que tiene delante.

Ahora estoy dentro del coche, conduzco con las ventanillas bajadas pero no corre el aire, conduzco rápido pero el paisaje no se mueve, está inmóvil y mudo, lo atravieso como si atravesara una fotografía. Tengo la sensación de penetrar en un silencio esquivo mientras una extraña niebla transparente lo envuelve todo. Las montañas son verdes, veo casas blancas diminutas, desperdigadas; «hay gente viviendo allí», pienso. Desconozco el modelo de coche que estoy conduciendo, solo sé que sigue siendo rojo y que huele a sándalo. Quizás se trata de un coche alquilado, aunque no soy consciente de haber alquilado ninguno; a lo mejor este es el motivo por el cual me pregunto por qué el coche es rojo mientras sujeto el volante con ambas manos y mantengo la mirada fija en la carretera. Todo el mundo sabe que las compañías de seguros penalizan los coches rojos, ya que el color rojo se asocia a velocidad y, por lo tanto, a un conductor con tendencia a correr más de la cuenta, como estoy haciendo yo ahora mismo, y, por lo tanto, me convierto en un elemento con un alto riesgo de sufrir un accidente y contribuir a la desestabilización de los balances financieros anuales de la compañía. Por esta misma razón, los coches de alquiler son blancos o azul marino o verde oscuro. Sin embargo, el mío es rojo, pero no tengo ninguna intención de estrellarme. Tan solo quiero huir, nada más.

Miro por la ventana y las montañas han desaparecido. Ahora atravieso a gran velocidad un polígono industrial. Polígono industrial de Santa María, informa un cartel medio oxidado.

Es domingo. Sigue siendo invierno. Había imaginado tantas veces poder diluirme en la velocidad del paisaje, pero ahora no hay paisaje alguno, tan solo inmensas naves industriales cerradas a cal y canto que mantienen prisionero al silencio entre sus paredes de hormigón. También veo algún restaurante abandonado con la pizarra para anunciar el menú sin nada escrito y, hace un momento, me ha parecido ver el letrero luminoso de un club de pádel que anunciaba la oportunidad de hacerse socio sin pagar la cuota de entrada. Parecía una antigua nave industrial reconvertida en club deportivo, había algunos coches aparcados enfrente, ninguno rojo. Sigo conduciendo. No hay árboles ni tampoco bancos en las aceras. No hay nadie. Anochece.

Dejo atrás el polígono y en la primera rotonda cojo una carretera en dirección a Montblanc. En esta ocasión, no hay letrero alguno pero esta carretera es la carretera de Montblanc, la capital de La Conca de Barberà. Lo sé. No he estado nunca en Montblanc, ni tampoco he transitado antes por esta carretera, pero lo sé. Todos sabemos cosas que no sabemos por qué las sabemos. Tengo intención de franquear la sierra de Miramar en busca del clima continental, quizás con la esperanza de vivir inviernos más crudos y veranos más desolados. Sentir los límites del frío y el calor. Sin embargo, cuando me dispongo a entrar en una nueva rotonda, me llama la atención un cartel medio descolgado de color violeta con letras blancas: Urbanización Plana de Berga. Me dirijo hacia allí sin saber por qué.

Atravieso campos de trigo por cosechar, olivos alineados y almendros que parecen abandonados, sin apenas hojas. Ha llovido. Reduzco la marcha, bajo la ventana y saco la cabeza para respirar el olor a tierra agradecida. Al final del vial, me parece entrever una luz temblorosa de una ventana encendida. Avanzo despacio, entre muros de cemento que encierran enormes casas. Asediada por hileras de chalets adosados de obra vista y piscina, distingo una masía vieja, la única que se deja ver.

La verja de la entrada —hecha de barrotes de hierro sin ningún ornamento y con casi toda la capa de pintura negra desgastada por el avance inexorable de la herrumbre— está abierta. Apenas hay luz, tan solo el débil halo de una bombilla colgada de una rama, a la intemperie, sin ningún fanal que la proteja. Sin detener el coche, franqueo la entrada y penetro en el patio. La hojarasca de las moreras esparcida por la tormenta cubre el suelo, pero cuando las ruedas del coche las pisan las enormes hojas amarillas no hacen ruido alguno. Las hojas húmedas no suenan a nada. Me detengo justo delante de la entrada de la casa. Apago el motor. Observo la fachada: las paredes desconchadas y un par de ventanas, una encendida y la otra con la persiana bajada y cubierta de polvo. La puerta está entreabierta.

Entro.

Hay un televisor encendido, hay un sofá cubierto con una manta de cuadros escoceses y hay una mujer sentada en él mirando atenta la pantalla. De la mujer solo puedo ver su media melena de cabellos hirsutos que antes habían sido rubios. Camino, el suelo es de gres oscuro y tiene manchas antiguas. Me siento al lado de la mujer. El sofá se hunde demasiado, parece que se derrita. La miro, de perfil. Es una mujer de cuerpo pequeño pero fornida, vestida con un chándal lila y azul, tiene un pie desnudo con las uñas pintadas de verde encima de una mesita de centro y el otro cubierto con un calcetín blanco; la piel de su rostro es lisa y rosada; sus manos, carnosas, y lleva con sensualidad involuntaria sus carnes prietas. Está comiendo sin ansia un helado de vainilla; hunde con un movimiento lento una cuchara sopera en un envase de litro; no deja de presionar hasta que la cuchara se llena toda de helado. Se lleva la bola de un tamaño considerable a la boca, la lame sin prisa, saboreándola. Pienso que no dejará de comer hasta acabárselo todo, el litro entero ella sola. Sujeta el envase apretado contra los pechos, le pertenece a ella, a nadie más, es su helado. Tiene restos de helado en la comisura de los labios, diminutos; parece saliva, pero es helado.

Entonces, sin dejar de mirar la pantalla, me habla:

—¿Sabías que se pueden trasladar casas enteras de hasta 50.000 toneladas sin mover un solo mueble de sitio? —Es una pregunta y al mismo tiempo una constatación—. Incluso, si quieres, puedes dejar la nevera conectada a un generador para que la fiambrera de los macarrones que te sobraron del domingo no se estropeen. Te lo llevas todo, te llevas contigo el mismo polvo que te ha acompañado toda tu vida.

En la pantalla es de noche, una casa colonial blanca y enorme como una ballena parece levitar sobre una carretera, envuelta de sirenas de color amarillo y naranja que refulgen en las ventanas. En una esquina de la pantalla aparece el logotipo de unos de esos canales temáticos por cable; se trata de un reportaje sobre el traslado de casas en el estado de Misisipi.

—Se trata de un trabajo de alta precisión, no puede hacerlo un aficionado. —Sigue hablando constatando satisfecha sus afirmaciones—: Cualquier error de cálculo, por pequeño que sea, que cometan estos tíos de camisa de cuadros y gorra de béisbol calada hasta las cejas y adiós casa. —Sonríe. Realmente parece que se lo está pasando bien. Admira el trabajo de esos hombres, pero, al mismo tiempo, yo creo que en secreto desea que cometan un error fatal.

—¿Y quién querría trasladar su casa entera? —me atrevo a preguntar.

—Quizás hay gente que quiere cambiar de paisaje pero no de casa.

—Entiendo, tiene su lógica —respondo pensativo—. Es cierto, tiene lógica.

—Hace una semana que instalé la televisión por cable. Hay más de 200 canales de todo el mundo y en ninguno daban nada que mereciese la pena, tan solo Mogambo, pero ya estaba empezada y el doblaje era muy malo.

—Entiendo...

—No, espera. Me parece que aún no lo entiendes. —Me interrumpe pero sin brusquedad. La mujer deja el helado de vainilla encima de la manta escocesa sin importarle que se manche. Se gira para hablarme cara a cara—. Antes de que continuemos, tienes que saber que no estoy sola, en el piso de arriba están durmiendo mis dos hijos adolescentes que odian a su madre y que solo bajan para llenarse la panza, también tienes que saber que trabajo de ocho de la mañana a siete de la tarde, que no me gusta nada, pero nada es nada, la puta manía que tenéis los tíos de chuparme los pechos cuando follamos —cuando pronuncia estas palabras hago un esfuerzo consciente por aguantar la mirada y no dirigirla a sus senos— y también que no soporto las personas que hablan con símiles deportivos o, peor aún, con metáforas. Hace ya tiempo que aprendí que huir no significa nada.

Me parece una declaración de principios razonable. La ha pronunciado sin esperar nada a cambio. Echo un vistazo alrededor: en la cocina, americana, una torre de platos sucios se amontona en el fregadero formando un frágil equilibrio.

—Mi hijo tenía un solo brazo. —Ahora soy yo el que habla. Ella vuelve a mirar la pantalla y a hundir la cuchara en el helado—. Bueno, me imagino que sigue teniendo uno solo, el derecho, hace cuatro años que no lo veo. De vez en cuando, aún me miro el mío, quiero decir mi brazo, el izquierdo, e intento imaginarme el dolor, pero soy incapaz. Me pregunto cómo empieza el dolor, creo que la clave es encontrar el principio de las cosas. El mes que viene cumplirá doce.

—¿Puedo preguntar cómo perdió el brazo? —Antes no me he fijado, pero ahora me doy cuenta de que al hablar tuerce ligeramente el labio inferior, es un tic casi imperceptible.

—Un perro —respondo—. Estábamos paseando por la playa y de golpe apareció un perro y se plantó delante de nosotros barriéndonos el paso. No había nadie, parecía no tener amo, era un asunto entre nosotros tres. El perro se enfureció sin motivo aparente, pero no ladraba, enseñaba los dientes salivosos sin emitir ruido alguno, y de golpe se abalanzó sobre mi hijo clavándole las fauces en el brazo. —En este punto de la historia es cuando siempre me preguntan por lo que yo hice. Pero esta vez, no quiero—. Antes de que me preguntes qué hice yo, te digo que aún no sé por qué no reaccioné, fue apenas un minuto o menos, no lo sé, pero no hice nada. Se lo llevaron al hospital. Mi hijo sobrevivió y al perro lo mataron en la perrera. No he vuelto a ver a mi hijo desde entonces. Cuando pienso en él, solo veo a aquel animal con el brazo entre sus dientes.

La mujer me ha escuchado sin esbozar ninguna expresión, solo escucha. Ahora calla. En el televisor, una casa colonial hecha toda de madera blanca y rodeada de las sirenas de los vehículos que custodian su viaje hacia un nuevo paisaje que llene sus ventanas avanza milímetro a milímetro encima de un camión por una carretera nocturna y desconocida del sur de los Estados Unidos. Apoyo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.

—¡Ah! Y tampoco soporto barrer las hojas... aunque me imagino que ya te has dado cuenta... —Al pronunciar la última frase, ha adoptado un tono desencantado.

—Pues a mí me encanta barrer —me invento—. Me relaja. Me ayuda a pensar, a distribuir los pensamientos mientras voy juntando los montoncitos de polvo y luego cada montoncito con otro. Así hasta que queda un solo montón de escombros y te das cuenta de que no era tanta la suciedad. Nunca he barrido hojas, pero supongo que no debe de ser distinto.

La caravana que traslada la casa colonial se ha detenido. Se ve un puente que cruza la carretera. El capataz que coordina toda la operación muestra cara de preocupación mientras explica que no tenían previsto este contratiempo, «este jodido puente no aparecía en el mapa», dice mirando a la cámara mientras se saca la gorra de la cabeza y hace el gesto de secarse el sudor con el brazo, pero en verdad no suda.

—¿Qué raza era? —me pregunta, ya sin pedir permiso para preguntar.

—¿Cómo?

—Que de qué raza era el perro.

—Era un perro, nada más.

—Sí, claro, un perro...

Ahora el capataz, junto con otros operarios, está debajo del puente, calculando la altura de paso. Parece que el espacio es suficiente. O a lo mejor no. El capataz acerca el pulgar y el índice sin que lleguen a tocarse. Es cuestión de un centímetro o dos o tres. Para averiguarlo, no hay más remedio que cruzar.

Vuelvo a cerrar los ojos y a echar la cabeza hacia atrás. Puedo sentir el cosquilleo ligeramente rasposo de la manta escocesa en la nuca, es agradable. Muevo levemente la cabeza a un lado y a otro para sentir la cálida caricia de la lana. Pienso en el inmenso vacío que habrá dejado la casa blanca colonial allí donde estuviese antes de partir; me imagino a los vecinos contemplando estupefactos el solar. Intento recordar el color del coche que sigue aparcado fuera, pero se me ha borrado de la memoria. Por primera vez, soy capaz de no recordar algo. Es extraño, es liviano. Y me gusta.

El barco de mi hermano

Show me the place where the suffering began.

Leonard Cohen

Mi hermano tenía razón. Nadie le creyó, yo tampoco, pero tenía razón. Antes de escribir esto, ya la tenía, hacía mucho tiempo que se había ganado el derecho a tener razón. Hiciese lo que hiciese, ahora sé que tenía razón. Estaba en su derecho. Era, lo sé ahora, su derecho, solo suyo. A lo mejor, el hecho de que nadie te crea es, precisamente, el que te otorga la razón.

Mi hermano era arquitecto. Pero no proyectaba edificios, los arreglaba. Mi hermano prefería creer en las segundas oportunidades antes que en los materiales vírgenes. Sin embargo, la rehabilitación de edificios no le reportaba suficiente dinero para pagar las facturas y se negaba a trabajar en cualquier constructora ávida de continuar sepultando el paisaje de la costa bajo una sucesión infinita de casas adosadas y hoteles de metacrilato. Por este motivo, se hizo experto en certificación energética de edificios.

Siempre iniciaba el protocolo de la misma manera, se lo sabía de memoria: en primer lugar, calcular la superficie útil habitable. Y la primera conclusión también era siempre la misma: «todo el mundo miente; unos más y otros menos, pero todos mienten», decía mi hermano. Todos los propietarios de casas y pisos, sin excepción, habían dicho que su casa era más grande de lo que era en realidad; quién más, quién menos había añadido unos metros cuadrados de más, algunos incluso una habitación entera. Mentían. Todos. Pero el metro de mi hermano nunca mentía, aunque quisiera. Mi hermano usaba un metro manual, nunca le gustaron los modernos telémetros láser que usaban la mayoría de sus compañeros. «El láser no se ve; en cambio, mi viejo metro nunca me falla», solía decir también.

El siguiente paso consistía en la inspección visual de grietas: localizarlas primero y luego medirlas. En este caso, la conclusión no era más alentadora: en todas las casas, sin excepción, tarde o temprano aparecía una grieta que, aunque a simple vista pareciese insignificante, con el tiempo podía acabar amenazando la estructura del edificio. Mi hermano me explicaba que, a menudo, los propios inquilinos que llevaban viviendo en la casa años y años desconocían su existencia.

Una vez finalizadas estas tareas, después todo era más fácil. Se trataba tan solo de una constatación objetiva de los elementos de la casa, sin necesidad de interactuar con los inquilinos para pedirles documentación ni escrituras. A mi hermano nunca le gustaron estas relaciones obligadas y efímeras. Revisión de ventanas y cerramientos, localización de falsos techos, revisión de instalaciones térmicas —comprobación de su eficacia, potencia y consumo, así como la seguridad de calderas y calefacciones—, ubicación de sistemas de refrigeración, localización de sistemas térmicos alternativos en caso de haberlos —generalmente, bombas de calor— y, finalmente, localización de fuentes de captación energética alternativas o placas solares. Mi hermano prefería la terminología técnica, no por una cuestión de profesionalidad sino porque decía que la técnica no dejaba espacio para la mentira.

Cuando había recogido todos estos datos, el último paso consistía en una operación matemática: sumar la puntuación adjudicada a cada uno de los elementos según la escala del Departamento de Industria y, a la cantidad obtenida, restarle los puntos que la misma escala del Departamento adjudicaba a cada deficiencia o carencia detectadas. El resultado de esta operación era el que determinaba la calificación energética de la casa en una escala de valores en la cual la A representa la máxima eficiencia y la G la menor, entendiéndose por eficiencia el resultado del cálculo del consumo de energía necesario para satisfacer la demanda energética del hogar en condiciones normales de funcionamiento y ocupación. En este caso, las matemáticas tampoco dejaban espacio para la mentira, aunque en más de una ocasión mi hermano me contó que algún propietario había intentado cambiar una letra por otra con el fin de ahorrarse una rehabilitación o bien aumentar el valor de su casa.

—Los números no mienten, las letras sí —solía repetir.

Después de haber revisado y certificado centenares de edificios, casas y viviendas de toda clase, la conclusión final a la cual llegaba no ofrecía ningún tipo de duda: sea cual sea la calificación obtenida, los hogares son incapaces de conservar el calor de sus habitantes.

—Las casas también se mueren —me dijo una vez. Entonces no lo entendí—. Ricas o pobres, presuntuosas o discretas, con paredes de yeso o con doble revestimiento, de obra vista o de cristal, todas las casas han sido pensadas para evitar lo mismo: la pérdida de calor. Pero es en vano, todas lo pierden —añadió sin tristeza en la voz, como un médico que se limita a constatar una enfermedad incurable.

Mi hermano dudaba de todo. De hecho, hablaba dudando: afirmaba una cosa y, acto seguido, afirmaba lo contrario. Pero aquel día, su voz, su rostro y su cuerpo rezumaban convencimiento; un convencimiento sereno, propio, que no trataba de convencer a nadie porque él ya lo estaba. Y con esto tenía suficiente. Cuando recuerdo aquella conversación, sentados en una de las terrazas de la plaza Wellington con un par de cervezas, creo que le importaba bien poco si lo estaba escuchando o no. Nada ni nadie podían cambiar aquella certeza suya. Hablaba para él, se marchó sin apenas beberse la cerveza.

Quizás por este motivo al día siguiente se compró un barco. Concretamente un velero de veintinueve pies y un solo mástil.

Un velero es un espacio optimizado al máximo, con los habitáculos imprescindibles, sin puertas ni paredes ni esquinas. Está todo revestido de madera, lo cual le proporciona una elevada eficiencia calórica y, al mismo tiempo, reduce sensiblemente su gasto energético. Estos serían, básicamente, los argumentos científicos de peso en la toma de decisión de mi hermano.