Human Life and the Immortal Spirit - Ramatis - E-Book

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Ramatis

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Beschreibung

"Human Life and the Immortal Spirit by Ramatis explores the spiritual nature of human existence and the continuity of consciousness beyond physical death. Written within the framework of Brazilian Spiritism, the book presents philosophical reflections on reincarnation, moral evolution, and the purpose of earthly experience. Ramatis proposes that human life is a stage in a broader spiritual journey governed by universal laws of cause and effect. The work examines themes such as karma, spiritual responsibility, illness as a process of learning, and the refinement of the soul through ethical living. It encourages readers to understand suffering not as punishment, but as an opportunity for growth and transformation. Emphasizing compassion, self-knowledge, and spiritual discipline, the text presents life on Earth as a temporary school for the immortal spirit. Blending metaphysical discourse with moral instruction, the book seeks to reconcile scientific curiosity with spiritual insight. It addresses readers interested in esoteric thought, reincarnation philosophy, and the development of inner awareness. Human Life and the Immortal Spirit stands as a contemplative guide for those seeking to understand existence beyond material reality and to cultivate a more conscious and ethically grounded life."

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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LA VIDA HUMANA Y EL ESPÍRITU INMORTAL

RAMATÍS

CAPÍTULO I

PROBLEMAS DE LA INFANCIA

Pregunta: ¿Qué nos podéis decir sobre el período de la infancia con respecto al espíritu

encarnado en la tierra?

Ramatís: El espíritu, en verdad, se encarna; no nace, no crece, no envejece y no muere con

respecto a la carne. Es una centella cósmica de la Llama Creadora, que es Dios; por lo tanto, no

renace ni es destruido. El ego espiritual desciende vibratorialmente al mundo carnal para desenvolver

la conciencia y tener noción de sí mismo, pasando a existir como entidad emancipada, pero

subordinada a las leyes del Creador, pues, aunque sea un espíritu eterno y disponga de su libre

albedrío, jamás se aisla del Todo. Su autoconocimiento lo adquiere mediante las deducciones de su

mundo interior, que es la resultante de su contacto con el mundo exterior.

Por eso, el espíritu del hombre no vive los períodos de la infancia, juventud y vejez, tal como

sucede con el cuerpo físico. Nacer, crecer, envejecer y morir son simples etapas restringidas sobre la

concepción del tiempo y el espacio que media entre la cuna y la tumba. El espíritu se manifiesta

temporariamente por medio de su equipo de carne, nervios y huesos, que es su instrumento de

trabajo en el aprendizaje concienzal en el ambiente del planeta.

Como Dios es el paño de fondo de la conciencia de todos los hombres, jamás el espíritu humano

se desvincula de la Conciencia Cósmica que lo originó y le garantiza su existencia. En sus múltiples

existencias físicas aprende el concepto del pecado y la virtud, del bien y del mal, de la salud y de la

enfermedad, de lo cierto y lo errado, de lo inferior y lo superior, de lo puro y lo impuro, que de esa

forma se prepara para apresurar los valores divinos latentes en sí mismo.

En consecuencia, el período de la infancia física del hombre es una etapa transitoria, en donde el

espíritu se manifiesta algo reducido en su capacidad adquirida en otras vidas pasadas. Su acción se

amplía por la comunicación, que se acentúa en lo racional y consciente, como así también en

equivalencia con el crecimiento de su cuerpo. Diríamos que el espíritu no nace en la tierra, pero sí

después de la hipnosis a que es sometido en el Espacio, antes de encarnar, por lo cual su

manifestación posterior en la tierra ha de ser tan clara y consciente como sea la capacidad y sensi-

bilidad de su equipo carnal con relación al medio material.

Pregunta: ¿Nos podéis explicar, con más precisión, esa diferencia entre la infancia del hombre

carnal y su condición espiritual?

Ramatís: Para habitar en la carne, el espíritu debe reducir su periespíritu o envoltura espiritual,

que le da la configuración humana, hasta alcanzar la forma de un "feto" periespiritual, es decir, la

condición "pre infantil", que ha de permitirle el "encaje" en el útero periespiritual de la futura madre

encarnada, en la contraparte imponderable del útero físico.

No se trata de su reducción en la facultad mental o capacidad astralina, que fue desenvuelta en

cursos anteriores de su programática evolutiva. Queda temporariamente restringido en su libertad de

acción durante el período, podríamos decir, de encogimiento periespiritual, colocado en el vientre

materno, donde debe materializarse para actuar en el ambiente físico. El espermatozoide, en su

recorrida instintiva en dirección al ovario, es un detonador psíquico, especie de "eslabón" o

"conmutador automático", que en su esencia ectoplásmica funciona ligando el mundo astral con el

físico. Es un microorganismo constituido por un gran porcentaje de "éter físico" del orbe terráqueo, el

que desata las energías creadoras en ese lugar oculto de la vida y unifica las fuerzas del espíritu con

el campo físico de la carne. Después, el molde periespiritual del encarnante, situado en el útero de la

mujer, incorpora gradualmente las sustancias físicas impuestas por el automatismo atómico y la

contextura molecular propia de la tierra. 1

Pregunta: ¿Cuál es la comprobación, en el mundo físico, por la cual se pueda interpretar que el

hombre es un producto del desenvolvimiento de su periespíritu preexistente al cuerpo físico, en vez

de ser un factor hereditario de la genética humana?

Ramatís: Después que el espíritu se somete en el Espacio al proceso "sui generis" de reducirse vibratoriamente, o supuestamente, encoger su periespíritu hasta alcanzar la forma fetal apropiada

para caber en el vientre periespiritual de la futura madre encarnada, permanece allí hasta incorporar y

absorber las energías que se condensan desde el mundo físico y que luego conforman el cuerpo

carnal. Ese proceso sucede durante los meses de gestación materna, a través de las diversas etapas

evolutivas, hasta configurarse en el aspecto humano a los siete meses.

Por eso, en vez de nacer el espíritu en la tierra, se despoja poco a poco de sus formas hasta

retornar a su conformación peculiar primitiva y "pre encarnatoria", aunque modificada por los trazos

morfológicos de la nueva ancestralidad biológica. En verdad, el hombre crece en apariencia corporal,

puesto que apenas despierta, hasta lograr la forma humana periespiritual, que ya existía en el

Espacio antes de encarnar en el vientre femenino. La figura adulta del hombre, que se manifiesta en

el mundo físico, apenas revela el límite de la configuración periespiritual adquirida en las variadas

vidas del pasado. Diríamos que el espíritu trae desde el más allá su molde invisible, al cual se reduce

en el útero y se rellena de sustancia física hasta el límite, lo que le impide crecer ininterrumpidamente

en todos los sentidos, caso contrario, si el hombre a los veinte años de edad tiene un metro y sesenta

de altura, a los cuarenta años debería alcanzar 3,20 y así, proporcionalmente, según fuera, la edad

transcurrida. Sin embargo, debido a la matriz, molde o "cartucho" periespiritual preexistente a la

formación del cuerpo carnal, el hombre no sobrepasa en la materia la estatura que le es propia a su

periespíritu y que tenía antes de nacer.

Pregunta: ¿Nos podéis citar algunos ejemplos probatorios de esa reducción vibratoria del

periespíritu y que después de yuxtaponerse al vientre materno, se va conformando con la sustancia

física del mundo, pero que no traspone su configuración prenatal?

Ramatís: Un ejemplo sencillo lo tenéis con los globos de goma o plástico, que cuando son

inflados con gas demuestran las más variadas y gigantescas figuras, que tanto divierten a los niños.

Cuando se les deja escapar el gas, se reducen a una figura muy pequeña, aunque en esa reducción

conserven las características fundamentales de su anterior configuración peculiar. Supongamos que

el periespíritu del hombre sea algo similar a las figuras citadas anteriormente, él también precisa ser

reducido en su conformación peculiar en el más allá, a fin de poder encajar en el útero periespiritual

de la mujer. Aunque el periespíritu del encarnante sea invisible y se ajusté al vaso materno de la

mujer gestante, sin embargo se irá desenvolviendo a medida que absorbe la sustancia física, tal

como sucede con los globos de plástico, cuando se les inyecta gas paulatinamente. 2 Después de la

gestación física en el vientre de la mujer, la criatura nace o surge en el mundo físico, cumpliendo

apenas con la materialización de su periespíritu reducido anteriormente en el Espacio. Después del

corte umbilical, el espíritu continúa desenvolviendo su periespíritu hasta el límite trazado por su propia

contextura individual.

Pregunta: ¿Queréis decir que el recién nacido es un ego espiritual, que desenvuelve su

periespíritu, reducido en el Espacio hasta la forma "pre infantil", no es verdad?

Ramatís: Repetimos; el espíritu no nace, no crece ni muere. Despierta gradualmente de su

envoltura fetal, encajado en el vientre materno, hasta alcanzar su configuración primitiva, que poseía

antes de encarnar. Cada existencia humana es una nueva manifestación del espíritu a través del

cuerpo físico, tangible en la materia. Así como sucede con la luz, que se proyecta conforme sea la capacidad de la lámpara, el espíritu encarnado también se manifiesta con más autenticidad a medida

que desarrolla su cuerpo físico. En consecuencia, existe una gran diferencia entre las acciones o

manifestaciones del espíritu, cuando lo hace por medio del organismo carnal infantil, en comparación

a lo que puede realizar siendo adulto.

La naturaleza gradúa proporcionalmente el despertar del espíritu en su instrumento de carne, por

medio de etapas conciliadoras y conocidas como infancia, juventud, madurez y vejez. Pero así como

peligra la vida de la modesta lamparilla eléctrica ante la carga de alto voltaje, los raciocinios

incomunes y emociones exaltadas del espíritu encarnado, pueden afectar la cohesión molecular del

cuerpo, la red enzimática y desarmonizar las colectividades microbianas, siempre que esa operación

ultrapase la resistencia y capacidad normal. Por eso, la Sabiduría del psiquismo creó la glándula timo,

que frena el crecimiento orgánico prematuro, evitando una acción demasiado violenta sobre el

cerebro, todavía en formación. El desarrollo precipitado y orgánicamente frágil daría oportunidad para

que el espíritu accionara en su plenitud espiritual, pero de esa forma emplearía, por así decir, un

elevado voltaje sideral, que sería capaz de quemar las neuronas y la red cerebral.

La previsora y reguladora glándula del timo impide que el espíritu encarnado manifieste de golpe

todo su potencial psíquico antes de los siete años y más allá de su resistencia como equipo carnal, en

crecimiento. El timo, además de su función controla-dora del exceso psíquico sobre el cuerpo

inmaduro, frena los estímulos excesivos que fluyen del periespíritu hacia el "doble etérico'' 3 que

también se encuentra en la fase de su desarrollo y absorción del "éter físico" del medio terrestre. De

ahí parte el aforismo que la criatura es inocente hasta los siete años de edad, pues todavía no asume

la responsabilidad total del organismo y que aún está bajo el control técnico del mundo espiritual. La

máquina carnal hasta los siete años se encuentra en la etapa de experimentación y reajuste, a fin de

encaminarse, en el futuro, con el equilibrio que su dueño le reclame.

Por eso, desde el nacimiento hasta esa edad física y ante la imposibilidad del espíritu de accionar

a plenitud, es que el instinto animal ejerce su fuerza creadora y trata de imponer su ascendencia

vigorosa y primaria. Se establece una lucha reñida entre el principio espiritual superior y las

tendencias inferiores del mundo físico. Por tal causa, es que los padres deben ejercer rigurosa

vigilancia en los niños hasta los siete años, extirpándoles enérgicamente las malas costumbres,

impulsos dañinos, intentos autoritarios y todo aquello que pueda producir una estigmatización y que

en el futuro pueda crear una barrera intraspasable para la corrección espiritual.

Las criaturas no deben ser estimuladas ni aceptadas sus reacciones e irascibilidades

censurables, puesto que su espíritu domina con más rapidez los instintos primarios, si la corrección

es oportuna y saludable, por lo cual, los padres deben exceptuarse de cualquier "sentimentalismo" y

no confundirlo a cuenta de la "precocidad". Los padres para educar no deben llegar a los extremos de

la crueldad a fin de no debilitar su autoridad, evitando que la rebeldía e indisciplina se posesione de

sus hijos.

Los hijos deben criarse con amor, sin dejarlos actuar libremente por el solo hecho de ser

"graciosos". A fin de formarles un carácter nítidamente estoico y leal, los padres deben fortificarlos

desde la infancia y solucionarles sus culpas, sin llegar al culto exagerado de la personalidad humana.

Es demasiado peligroso, para los padres sentimentales, que su hijo siempre tenga razón, mientras

que las pequeñeces de la hija del vecino sean censuradas. Las contrariedades de la infancia fortifican

el temperamento de la criatura, para que, más tarde, pueda enfrentar las desventuras de la vida

humana. Si son mimadas y apoyadas en todos sus caprichos, más tarde esos jóvenes vivirán en

eternos conflictos con sus relaciones y también con la sociedad.