Hume - Gerardo López Sastre - E-Book

Hume E-Book

Gerardo López Sastre

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Es por todos sabido que, en palabras del propio Kant, fue David Hume el que le "despertó de su sueño dogmático". Bastaría esa afirmación para dar una idea de la relevancia del iconoclasta filósofo escocés en la historia del pensamiento. A partir de un sano y liberador escepticismo, el proyecto filosófico de Hume pasa por reconocer valores hasta entonces casi ignorados por la filosofía política, como la utilidad y lo inmediatamente agradable. Junto con su contemporáneo Adam Smith, se convierte así en uno de los padres del liberalismo político. Infiel, casi excomulgado, primero protector y después rival de Rousseau, escocés afrancesado… La vida de Hume es inseparable del corpus de su obra, que este libro se propone entender en su conjunto

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2025

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HUME

HUME

Saber ser escéptico

GERARDO LÓPEZ SASTRE

Hume. Saber ser escéptico

© Gerardo López Sastre, 2024

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2024

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño: Kira Riera

Maquetación (edición papel): reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

© Fotografías: todas las imágenes son de dominio público a excepción de: p. 41 (CC BY-SA 4.0).

ISBN: 978-84-1361-627-8

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

A modo de introducción: ¿Por qué se debe seguir leyendo a Hume?
Hume, su vida y su contexto social e intelectual
La teoría del conocimiento
Los contenidos mentales
El análisis de la causalidad y la libertad
La crítica a la religión
Crítica a la credibilidad de los milagros
Crítica a los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios
Las pruebas de la mortalidad del alma
El origen de las religiones
La búsqueda de los principios de la moral
Un catálogo de virtudes
La preocupación por los demás
La explicación de la variedad de los juicios morales
La respuesta de Hume al bribón inteligente
La visión del mundo político
¿Qué es una sociedad?
Liberalismo y cosmopolitismo
Bibliografía
Cronología

Acepto la rectitud de la exclamación del poeta sobre los interminables proyectos de la raza humana: «¡el hombre y para siempre!».

David Hume

A modo de introducción: ¿Por qué se debe seguir leyendo a Hume?

David Hume llevó a sus conclusiones lógicas el empirismo de John Locke y George Berkeley. Culminó esta tradición filosófica y, con ello, hizo imposible la metafísica: el postular y defender teorías que fueran más allá de la experiencia. Pero Hume es más que el estadio último de la tradición empirista y es más que el pensador que despertó a Kant de su sueño dogmático o el precedente del positivismo lógico del siglo XX…

Nuestro reto debe ser estudiarlo en sí mismo, intentar comprender cómo veía su proyecto filosófico. Y, en este sentido, no puede hacerse mayor injusticia al pensamiento de Hume que «trocearlo», que negarse a verlo como un proyecto integral y excepcionalmente coherente. Por desgracia, este ha sido muchas veces el caso, volviéndolo así irreconocible. Si algo hay de original en este libro es el intento de ver cómo los diferentes temas se van sucediendo unos a otros, cómo cada uno ocupa lo que podemos llamar «su lugar», constituyendo así una verdadera teoría de la naturaleza humana y de todas las dimensiones en las que esta se despliega. A este respecto, Hume pensaba que la naturaleza les dice a los hombres que se entre­guen a su pasión por la ciencia, pero también les pide que su ciencia «tenga una referencia directa a la acción y a la sociedad», algo que expresó en su famosa afirmación «sé filósofo, pero en medio de toda tu filosofía continúa siendo un hombre».

En cumplimento de este designio y como «anatomista» de la naturaleza humana, Hume estudió el funcionamiento del entendimiento y su alcance, las cosas que está preparado para conocer (y las que no); asimismo, estudió nuestras pasiones y nuestra moral, y por todo ello se sintió bien preparado para buscar a continuación los fundamentos de la sociedad y propugnar un modelo realista de convivencia humana que haga posible el progreso. Y es que en este punto hay que ser muy claro: atenerse a la experiencia no significa ser conformista, aceptar sin más lo existente (por ejemplo, «el orden dado»). La razón puede organizar la realidad, pero debe hacerlo poniendo sus cálcu­los al servicio de la satisfacción de nuestros deseos y aspiraciones. Este es el significado de una de sus tesis más conocidas, la que afirma que «la razón es, y solo debe ser, esclava de las pasiones».

¿Cómo se despliega este itinerario? Empieza con la teoría del conocimiento; entre otras cosas, señalando que la razón por sí misma solo nos lleva a las verdades de la matemática, pero que si queremos saber si la caída de un guijarro en la Tierra puede apagar el Sol o si un hombre puede controlar a voluntad la trayectoria orbital de los planetas (cosas que a priori podemos concebir perfectamente), debemos acudir a la experiencia. Esta nos enseña que estos hechos no ocurren, pero no nos indica que no puedan ocurrir. Es decir, todo lo que nos transmiten los sentidos aparece como algo contingente, así que tendremos que aprender a vivir con esta contingencia, con creencias basadas en expectativas razonables. Es más, esto tiene la ventaja de evitar el dogmatismo, de hacer que estemos siempre preparados para aceptar las novedades que la experiencia nos pueda aportar.

¿Y qué ocurre con aquello de lo que no nos habla la experiencia? La conclusión es tajante: será mera «jerga», jerga metafísica que por sí sola ya sería ridícu­la, pero que cuando se mezcla con la superstición se vuelve peligrosa. Por eso las críticas a las nociones metafísicas de «sustancia», «yo» o «necesidad» acaban concretándose en una visión naturalista del hombre y en una crítica a los supuestos fundamentos racionales de la religión. La existencia de una divinidad no puede probarse, y toda la experiencia de que disponemos nos indica que somos seres finitos, cuya vida acaba por completo con la muerte física.

En suma, Hume, antes que Nietzsche, experimentó la muerte de Dios. El hombre se quedó solo. De hecho, siempre lo había estado, pero entonces se reconoció de forma cabal. ¿Es esto un motivo de desesperación? No, es un motivo para modificar nuestro código moral. Debemos reconocer valores como la utilidad y lo inmediatamente agradable, porque solo en esta reconciliación con nuestra naturaleza podemos encontrar la felicidad. Y como nuestra felicidad depende en una medida muy importante de los demás, el orden social es un tema que hay que investigar. Vivir en una sociedad justa, en la que sintamos que nuestros intereses están protegidos, se convierte en algo esencial. En un momento de pesimismo, Hume escribió: «Para un filósofo e historiador, la locura, la imbecilidad y la maldad de la humanidad deberían aparecer como sucesos normales». Pero esto es solo parte de la verdad. También existe el progreso histórico en cuanto a la riqueza y la sociabilidad. Habrá que estudiar qué es lo que lo favorece.

Este es el viaje filosófico, con su punto de partida y su punto de llegada, que animamos a emprender al lector.

Hume, su vida y su contexto social e intelectual

David Hume nació en Edimburgo, Escocia, el 26 de abril (el 7 de mayo, de acuerdo con el actual calendario gregoriano) de 1711, y falleció en la misma ciudad, el 25 de agosto de 1776. Por suerte para nosotros, disponemos de una breve autobiografía, titulada Mi vida, que Hume escribió al sentir que su muerte estaba cerca. En ella Hume dice que va a ocuparse de la historia de sus obras, algo que justifica con la afirmación de que empleó casi toda su vida en empeños relacionados con la escritura. En este sentido, fue una existencia plena y feliz; pudo dedicarse casi en exclusiva a lo que verdaderamente deseaba, ya que desde muy joven, confiesa, se despertó en él una pasión por las letras que se convirtió en la fuente de sus mayores satisfacciones. Estamos, pues, ante la biografía de lo que hoy llamaríamos un intelectual, un hombre de letras. Quien busque aventuras más excitantes habrá de mirar en otra dirección y ocuparse de otros personajes.

Sin embargo, antes de exponer su vida, conviene detenerse a pensar en lo que podía significar nacer y vivir en la Escocia del siglo XVIII. En ese siglo, la sociedad escocesa iba a experimentar transformaciones importantísimas y como resultado de ellas iba a disfrutar de su gran edad de oro, hasta el punto de que Edimburgo se transformaría en lo que se denominó la Atenas del Norte. En 1707 tuvo lugar la unión de Escocia e Inglaterra, que para la primera supuso la oportunidad de participar de los beneficios derivados de los mercados y las colonias inglesas y de dejar atrás así la perenne pobreza que hasta aquel momento la había caracterizado. De hecho, al cabo de cincuenta años nos encontraremos con una sociedad completamente nueva, menos temerosa de Dios según las ideas conservadoras de los mayores, pero con una economía dinámica, floreciente y volcada hacia el progreso material.

Estos cambios correrán paralelos a un esplendor cultural sin precedentes en su historia. Es lo que se conoce como «Ilustración escocesa», conformada por un grupo de pensadores interesados en la teoría del conocimiento, la economía, la historia, la moral, etcétera. No está de más recordar que Adam Smith era contemporáneo y amigo íntimo de Hume. Ambos serán testigos de excepción de este proceso de modernización y, de alguna manera, actores de este, pues buscaron impulsarlo con todas sus fuerzas. En suma, para ellos la Ilustración era un proceso del que se sentían partícipes.

Estudiar en qué consistía para Hume este proyecto ilustrado, su carácter peculiar, va a ser el objetivo de este libro, y pensamos que ahí reside su interés. Al fin y al cabo, resulta imposible negar que somos herederos de la Ilustración. Otra cosa es cómo valoremos esta influencia, si como una pesada carga, fuente de innumerables males y de un proceso de decadencia moral y religiosa que todavía no ha concluido (y, si esta es nuestra postura, Hume nos interesará muy poco; es más, lo veremos como uno de los responsables intelectuales de esa marcha equivocada de la historia), o como una herencia provechosa que nos permite centrarnos en la única vida que podemos estar seguros de poseer, esta que transcurre en la Tierra, intentando por consiguiente ser felices en ella.

Hume propuso este ideal de una forma coherente y sistemática. Su pensamiento se desplegó en multitud de facetas y aspectos, pero todos apuntaban en una misma dirección: pensaba que podía ayudarnos a cambiar nuestra existencia, orientándonos en cuanto a dónde deberíamos establecer nuestras prioridades a escala personal y social. Perseguía la construcción de un estilo de vida basado en el despliegue de nuestras tendencias naturales y proponía un modelo de sociedad en el que fuera fácil que estas pudieran florecer.

En la medida en que nuestras sociedades occidentales encarnan muchos de los valores que defendió, Hume sigue siendo nuestro contemporáneo, y a otro nivel es una alternativa con la que confrontar otros modelos sociales. Según vayamos profundizando en su pensamiento, iremos viendo que su análisis de la sociedad constituye una gran exposición de la filosofía política que, en un sentido muy amplio, llegó a conocerse más tarde con el nombre de «liberalismo». Cuando termine la lectura de este libro, el lector puede hacer el provechoso experimento mental de confrontar todo lo que se ha expuesto en él con la realidad de cualquier sociedad en la que predomine con fuerza, y con todas sus implicaciones sociales, una religión monoteísta. Se trata de un buen ejemplo de que la Ilustración tiene todavía mucho que conseguir.

Retrato de David Hume, realizado por Allan Ramsay en 1754. El filósofo escocés fue, junto a su amigo Adam Smith, uno de los principales exponentes del movimiento cultural del siglo XVIII conocido como «la Ilustración escocesa».

En cuanto a la vida de Hume, las preocupaciones que en un sentido amplio podríamos llamar filosóficas le asaltaron a una edad muy temprana, y seguramente tenían una raíz religiosa. Según le confesó a un conocido, de joven había sido creyente. De hecho, tomándose sus creencias con una gran seriedad, habría emprendido la tarea de comparar su carácter y su conducta con el modelo propugnado en El deber completo del hombre, un manual de devoción popular publicado de forma anó­nima en 1658. Al final de esta obra se ofrecía un catálogo de vicios, y entre los allí enumerados se encontraban no creer que hay un Dios o en su Palabra; pensar que la religión consiste meramente en atender a los sermones, sin practicar su doctrina; envanecerse y tener una elevada opinión de uno mismo en relación con nuestros talentos naturales, honores, riquezas o ingenio; perder el tiempo en compañías ociosas, etcétera. Pues bien, el joven Hume habría resumido este catálogo y habría procedido a examinarse de acuerdo con él. Este procedimiento, comentó, «era una actividad singular; por ejemplo, ver si, no obstante aventajar a sus compañeros de escuela, no tenía orgullo o vanidad».

No sabemos cuándo comenzó exactamente Hume a pensar que su tentativa era, como él mismo manifiesta, «absurda», pero lo cierto es que en un determinado momento la influencia de las representaciones de la virtud y la filosofía que se encontraban en las obras de Cicerón, Séneca y Plutarco le condujo a emprender la tarea de mejorar su carácter, buscando fortalecerse «contra la muerte, la pobreza, la vergüenza, el dolor y todas las otras calamidades de la vida». Tenemos, pues, que si bien en un primer momento Hume intentó ser un cristiano devoto y estricto (seguramente de acuerdo con las doctrinas calvinistas de la época), después trató de convertirse en algo parecido a un estoico romano. La verdad es que los resultados de la unión de este último empeño con una vida fervientemente dedicada al estudio no pudieron ser peores. En los últimos meses de 1729, la «enfermedad de los sabios», la melancolía o spleen, se apoderó de él. Situación que en una carta comparó con la de los místicos franceses y los entusiastas religiosos ingleses, pues:

Cuando ofrecen una narración de la situación de sus almas, mencionan una frialdad y abandono del espíritu que frecuentemente retorna, y algunos de ellos, al principio, se han visto atormentados con estos síntomas durante muchos años. Como esta clase de devoción depende totalmente de la fuerza de la pasión y, consecuentemente, de los espíritus animales, he pensado a menudo que su caso y el mío eran bastante paralelos, y que sus contemplaciones entusiastas podían descomponer las estructuras de los nervios y del cerebro, igual que las reflexiones profundas y ese entusiasmo y calor que es inseparable de ellas.1

A fin de librarse de su dolencia, a Hume no le quedó otro remedio que dejar de lado por algún tiempo sus estudios y dedicarse a un tipo de vida más activa. Así, en 1734, fue a Bristol para trabajar en las oficinas de un importante comerciante. Después de unos meses consideró que estaba en condiciones de reanudar sus estudios, y para ello se desplazó a Francia. Sus años de residencia en este país los empleó en la elaboración de la que, sin duda alguna, es su obra más importante, el Tratado de la naturaleza humana.

Puesto que una cosa es escribir una obra y otra muy diferente publicarla, procedió a lo que en la carta a un amigo denominó «castrar» su obra; es decir, suprimir sus partes nobles, intentando así que ofendiera lo menos posible.2 Seguramente, esta labor de expurgo consistió en liberar a su escrito de una crítica a la credibilidad de los milagros cristianos y de su argumentación de que todo lo que sabemos nos lleva a pensar que somos seres mortales, finitos, sin ningún cielo o infierno que esté esperándonos tras la muerte. En todo caso, ambos temas aparecerían más tarde en otras obras suyas, y aunque así desaparecieran las críticas explícitas a las doctrinas religiosas en la obra tal y como se publicó finalmente, el lector atento no dejaría de observar que en ella la religión brillaba por su ausencia. Era como si no existiera, como si no tuviera ningún papel que desempeñar en la vida humana. De hecho, en un determinado momento se destaca la universal despreocupación e incredulidad de los hombres con respecto a una vida futura tras la muerte. Una incredulidad que parece hacer extensiva al conjunto de las creencias religiosas, pues solo así se explica, dice Hume, que los hombres encuentren placer en ser aterrorizados en cuestiones de religión y que, como sin duda él mismo habría tenido la ocasión de observar en la Escocia de su niñez, los predicadores más populares sean los que excitan las pasiones más lúgubres y melancólicas. Como concluye Hume:

En los asuntos normales de la vida, donde sentimos y estamos penetrados por la solidez del tema, nada puede ser más desagradable que el miedo y el terror; y es solo en las obras de teatro y en los discursos religiosos que estos causan placer. En estos últimos casos, la imaginación reposa indolentemente en la idea; y la pasión, suavizada por la falta de creencia en el tema, no siente más que el efecto agradable de avivar la mente y fijar la atención.3

En resumidas cuentas, ir a la iglesia es como ir al teatro; uno va allí a entretenerse, pero sin creer en lo que en ese lugar se representa.

Si aparte de esta pulla la obra no habla de religión, ¿de qué se ocupa entonces el Tratado? La obra consta de tres libros. Los dos primeros («Del entendimiento» y «De las pasiones») fueron publicados en 1739; el tercero («De la moral»), en 1740. El tema es por tanto la ciencia del hombre en todas sus dimensiones, determinar cómo conocemos, hasta dónde alcanzan nuestras facultades, qué pasiones nos mueven a actuar, cómo es nuestro comportamiento y qué tipo de organización social y política es la más adecuada para esa naturaleza humana.

Pocas veces un autor se ha sentido más orgulloso de su obra y ha sido más consciente de su importancia, y pocas veces el fracaso ha sido tan grande. El mismo Hume escribió en su autobiografía: «Jamás intento literario alguno fue más desafortunado que mi Tratado de la naturaleza humana. Salió muerto de la imprenta, sin alcanzar siquiera una distinción tal que provocara un murmullo entre los fanáticos».4 Y eso que Hume se aseguró de la publicación de un Resumen de la obra, una especie de larga reseña escrita por él mismo, en la que se refería al autor del Tratado en tercera persona y en la que intentaba aclarar sus puntos más originales.

En cualquier caso, parece que esta falta de éxito se debía fundamentalmente a dos motivos: a sus deficiencias estilísticas —y ello en una época dominada por el ideal de la elegancia literaria— y a que sus argumentos tendían a ser demasiado largos y complejos. Resultaba evidente, entonces, que si Hume quería dar a conocer sus teorías filosóficas tenía que buscar un nuevo vehícu­lo para expresar sus pensamientos. La solución a este problema se materializó en su decisión de escribir ensayos.

Así pues, en 1741 Hume publicó de forma anónima (al igual que el Tratado de la naturaleza humana) un vo­lumen de Ensayos morales y políticos, y un segundo volu­men saldría a la luz en enero de 1742. La variedad de temas que Hume trata en estos ensayos es muy amplia. Su mirada filosófica se ocupa tanto de la libertad de prensa o de la superstición y del entusiasmo religioso como de la avaricia; tanto de la dignidad de la naturaleza humana y del estudio de la historia como del amor y el matrimonio, la poligamia y el divorcio.

Pero lo que nos interesa resaltar aquí es que, como cabía esperar, su estilo elegante y ameno obtuvo inmediatamente la aceptación del público. Hume pensó que su experimento había tenido éxito. Había encontrado la forma de impulsar el resto de su filosofía, que reconocía que era de una naturaleza más duradera, aunque también más difícil y trabajosa. En suma, es fácil que se sintiera confiado en el planteamiento de que tenía que exponer las ideas del Tratado de forma ensayística, y se volcó con entusiasmo en este proyecto.

Mientras tanto, iba a descubrir que esa obra no estaba tan muerta como pensaba, pues su aura de incredulidad religiosa le impidió obtener una cátedra de Ética en la Universidad de Edimburgo en 1745. Y, puesto que de alguna manera necesitaba ganarse la vida, se convirtió en el tutor de un joven marqués, que resultó ser víctima de demencia, con lo que poca ayuda o instrucción pudo proporcionarle Hume. Más tarde acompañó como secretario a un general en una incursión militar algo ridícu­la cuyo primer objetivo era Canadá, pero que acabó en las costas francesas (los mapas para la pretendida invasión fueron comprados a última hora en una librería, pues, en la precipitación de los albores del proyecto, no disponían de ninguno; cuando los militares de la ciudad francesa a la que sitiaron fueron a rendirse, se encontraron con que los británicos, convencidos de que no tenían ninguna posibilidad de ocuparla, se habían marchado). Poco después participó en una misión diplomática que recorrió diversos países europeos.

Sin embargo, en medio de estas ocupaciones, mantuvo su proyecto de lograr exponer sus ideas filosóficas en un formato atractivo. Un primer fruto iba a aparecer en 1748, cuando se publicaron los Ensayos filosóficos sobre el entendimiento humano (obra que algo más tarde pasaría a titularse Investigación sobre el entendimiento humano), una nueva presentación de las ideas más importantes del Libro I del Tratado, y en la que, ya en su sección primera, expresaba de forma magistral el carácter antimetafísico de su pensamiento y el objetivo de este, la defensa de la ciencia y la crítica a la religión:

Aquí, en efecto, se halla la más justa y verosímil objeción a una considerable parte de la metafísica: que no es propiamente una ciencia, sino que surge, bien de los esfuerzos estériles de la vanidad humana, que quiere penetrar en temas que son totalmente inaccesibles para el entendimiento, bien de la astucia de las supersticiones populares que, siendo incapaces de defenderse lealmente, levantan estas zarzas enmarañadas para cubrir y proteger su debilidad. Ahuyentados del campo abierto, estos bandidos se refugian en el bosque y esperan emboscados para irrumpir en todas las vías desguarnecidas de la mente y subyugarla con temores y prejuicios religiosos. Incluso el antagonista más fuerte, si por un momento abandona la vigilancia, es reducido. Y muchos, por cobardía y desatino, abren las puertas a sus enemigos y de buena gana les acogen con reverencias y sumisión como sus soberanos legítimos.5

Un carácter alegre

En esta carta de Hume a su amigo William Mure of Caldwell, aparecen muchos de los rasgos de su carácter. Podemos apreciar un Hume alegre y divertido, que muestra su aprecio por la escritura, el ingenio y la ironía:

Tomé la pluma, la mojé en tinta y adopté la postura de escribir, sin haber pensado antes en un tema ni haber preparado un solo pensamiento con el que poder entretenerle a usted. Puse mi confianza en mi mejor Genio, pidiéndole que me ayudase en un caso de tan urgente necesidad. Pero habiéndome rascado tres veces la cabeza y mordido las uñas otras tres, nada se me presentó y arrojé la pluma con gran indignación. «¡Oh, tú, instrumento de aburrimiento! —dije—. ¿Me abandonas cuando más te necesito y demuestras ser tan falsa amiga? ¿Tienes una repugnancia secreta a expresar mi amistad para con el leal Mure, que te conoce demasiado bien como para fiarse de tus caprichos, y que jamás te toma en sus manos sin disgusto? Sin embargo, yo, pobre de mí, he puesto en ti mi mayor confianza; y renunciando a la espada, a la toga, a la casaca y a la toilette, me he entregado solo a ti con la esperanza de lograr fortuna y fama. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! Vuelve al ganso de donde viniste. Con él servías para algo cuando lo propulsabas por las regiones etéreas. ¿Por qué, entonces, arrancada de su ala y puesta en mi mano, no reconoces que entre esta y tu lugar de origen hay una cierta semejanza, y no me haces a mí el mismo servicio, prestando ayuda a los vuelos de mi pesada imaginación?»

Así acusada, la pluma se puso a sí misma en pie, se colocó entre mis dedos índice y pulgar, y se movió sobre el papel a fin de informarle. […] Pero para no seguir diciendo más tonterías (gracias a las cuales, sin embargo, me alegra haber podido llenar una hoja de papel): llegué aquí hace unas tres semanas; tengo buena salud y estoy profundamente sumergido en los libros y en el estudio. Dígale a su hermana, Miss Betty (después de saludarla de mi parte), que soy tan serio como ella imagina que un filósofo debería ser: solo me río una vez cada quince días; suspiro tiernamente una vez por semana, pero tengo aspecto malhumorado en todo momento. En breve, ninguna de las metamorfosis de Ovidio mostró jamás un cambio tan absoluto de una criatura humana en una bestia; quiero decir, pasar de ser un hombre galante a ser un filósofo.

(En David Hume: Escritos epistolares. Edición de Carlos Mellizo. Editorial Noesis, Madrid, 1998, pp. 35-36. El autor ha modificado alguna palabra de la traducción que ofrece Carlos Mellizo para mantenerse más fiel al original inglés).

Un segundo fruto del intento de presentar de otra forma las ideas del Tratado aparecería a finales de 1751: la reformulación del Libro III, «De la moral», bajo el título Investigación sobre los principios de la moral. Cuando Hume se ocupe de esta obra en su autobiografía, escribirá: «En mi opinión (que no debería juzgar este tema), es incomparablemente el mejor de todos mis escritos, sean estos históricos, filosóficos o literarios» (My Own Life, XXXVI). Una cosa, desde luego, es cierta. Pocas veces en la historia de la filosofía se han sabido unir tan bien el análisis riguroso y la profundidad con la claridad expositiva y la elegancia estilística como Hume lo hizo en dicha obra, buscando conscientemente desembarazar a la ciencia moral —las expresiones son suyas— de especu­laciones superfluas y poniéndola al alcance de todo tipo de lectores.

Mientras se iban publicando sus obras e iban obteniendo el reconocimiento que sin duda merecían, también volvió a fracasar en una nueva tentativa de obtener una cátedra en la universidad, en este caso en Glasgow. Con todo, tuvo el consuelo de lograr, en Edimburgo, la plaza de bibliotecario del Colegio de Abogados, lo que significaba que tenía a su disposición una biblioteca magníficamente dotada. Fue así que pudo escribir su Historia de Inglaterra, una extensa obra cuyo primer volumen, ­dedicado a la Casa de los Estuardo, recibió los reproches de todo el mundo. Ingleses, escoceses e irlandeses, librepensadores y creyentes, los dos partidos de la época (a los que podríamos llamar los liberales y los conservadores), todos se unieron por una vez en sus críticas a Hume, quien, sin embargo, se consideraba el único historiador que se había mostrado completamente independiente de los poderes constituidos, las autoridades del momento y los prejuicios populares. Reconocerá que fue presa del desánimo y escribirá que:

[…] de no haberse estado produciendo entonces la guerra entre Francia e Inglaterra, sin duda me habría retirado a alguna ciudad de provincias del primero de estos reinos, habría cambiado de nombre, y nunca habría retornado al país de mi nacimiento (My Own Life, XXXVII).

Afortunadamente, que este proyecto no fuera viable hizo que continuara con la redacción de su Historia, que al final, una vez completada, se convirtió en un gran éxito editorial. El resultado de este proyecto no fue solo la fama. Hume llegó a ser no solo independiente económicamente, sino también a alcanzar, nos dirá orgulloso, una cierta opulencia. Ello le llevó a tomar la decisión de no volver a salir de Escocia y disfrutar allí de una vida social repleta de buenos amigos.

Sin embargo, no tardaría en cambiar de opinión. En 1763, recibió una invitación para ejercer las funciones de secretario de recién nombrado embajador británico en París, invitación que, tras algunas dudas, terminó aceptando. La acogida que tuvo en la capital francesa fue poco menos que apoteósica. Encontró abiertas las puertas de los más famosos salones y descubrió que era admirado tanto por las damas más elegantes como por los filósofos más importantes. Llegaría así a trabar una buena amistad con Diderot, D’Alembert y el barón de Holbach.