Identidad y virtualidad - Gabriel Pérez Salazar - E-Book

Identidad y virtualidad E-Book

Gabriel Pérez Salazar

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Beschreibung

Todo acto comunicativo implica reflejar una parte de nuestro ser en lo que expresamos. La comunicación es una práctica social estrechamente relacionada con nuestra identidad y con lo que somos. En este libro se presentan un conjunto de reflexiones en torno a la identidad, a partir de abordajes hechos desde la Sociología, la Filosofía y, por supuesto, desde las Ciencias de la Comunicación. Desde esta base, se presenta un debate sobre algunas de las diferentes formas en las que tienen lugar manifestaciones identitarias en los entornos virtuales, entre las que destacan el género y la ciudadanía cultural. Aunque el tratamiento es rigurosamente académico, el autor hace un desarrollo sumamente didáctico y accesible para cualquier persona interesada en estas temáticas.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Identidad y virtualidad

Aproximaciones desde la comunicación

Identidad y virtualidad

Aproximaciones desde la comunicación

Gabriel Pérez Salazar

Identidad y virtualidad. Aproximaciones desde la comunicación/ Gabriel Pérez Salazar México:

Productora de Contenidos Culturales

Sagahón Repoll, 2021.

168 p.; 11 x 18 cm – (Colec. Brújula)

ISBN: 978-607-8346-63-9

1. Identidad. 2. Comunicación. 3. Virtualidad.

D.R. © 2021, Productora de Contenidos Culturales

Sagahón Repoll, S. de R.L. de C.V.

Concepción Béistegui 2103-C4

Colonia Narvarte

México, CDMX

Diseño de la colección

Estudio Sagahón

Cuidado de edición

Jerónimo Repoll

Corrección de estilo

Roberto Barajas

Formación y captura

Carmina Salas

ISBN 978-607-8346-63-9

Primera edición

Diciembre de 2021

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Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

Índice

PRESENTACIÓNNociones básicas sobre identidad y virtualidad

Un día en la vida de un friki-profe

Aproximaciones a la identidad como categoría conceptual

Virtualidad e identidad

Síntesis

La identidad como fenómeno del ser. Reflexiones a partir de El ser y la nada

El fenómeno del ser

La esencia del ser

El fenómeno del ser en la virtualidad

Síntesis

El sí mismo y la identidad. Consideraciones desde Espíritu, persona y sociedad de George H. Mead

Nociones fundamentales sobre el sí mismo como producto social

El surgimiento del sí mismo y la identidad virtual

Síntesis

Género e identidades en línea

Sexo, género y orientación sexual

Sexo, género e identidad en lo virtual

Síntesis

Identidad ciudadana digital

Ciudadanía

Ciudadanía cultural e identidad

Ciudadanía y virtualidad

Síntesis

Consideraciones finales

Agradecimientos

Fuentes

Notas

PRESENTACIÓN Nociones básicas sobre identidad y virtualidad

Un día en la vida de un friki-profe

Son las 6:30 a. m. y comienza mi día. Mientras desayuno me conecto por unos minutos a Facebook desde mi dispositivo móvil. En el grupo de Star Trek que sigo se habla de las nuevas series que en los siguientes años continuarán con esta saga creada en 1966 por Gene Roddenberry. Reacciono con un corazón. Es 4 de mayo. Mis notificaciones están llenas de memes que repiten: May the 4th be with you! Comparto uno particularmente emotivo con la imagen de Grogu.1 Ya en la Facultad, minutos antes de iniciar mi clase de las 8:00 a. m., aún me da tiempo de hacer una publicación en mi muro con un par de referencias académicas sobre cultura digital.

Soy plenamente consciente de la manera en que todas estas acciones dan indicios de algunos de mis rasgos identitarios. Mi afición a Star Wars de ninguna manera se opone a mi autoasignada condición como trekkie.2 Hay en mi friki3 corazón lugar para ambos universos narrativos, a un lado de El Señor de los Anillos, Harry Potter, el MCU4 y muchísimos otros productos culturales. La cultura pop juega un papel fundamental en algunas de mis relaciones sociales. Desde ahí conecto no solo con muchos de mis amigos, sino también con mi hijo, a quien inicié desde muy temprana edad en la afición por el eterno duelo entre jedis y siths, y es capaz de distinguir sin problemas un personaje vulcano de un romulano.

Igual sucede con el mundo académico al que pertenezco desde hace casi un par de décadas. Una porción relevante de mis publicaciones en esta plataforma sociodigital tiene que ver con reflexiones sobre mis líneas de investigación, con calls for papers, oportunidades laborales para profesoresinvestigadores y memes que revelan las dificultades de enfrentarse al implacable “Revisor #2”.

Cada una de mis enunciaciones, en todas mis cuentas y representaciones virtuales, contribuyen a generar una narrativa de quién soy... o al menos, de aquello que permito a los demás saber de mí. Esta conciencia es la misma que entró en juego cuando esa mañana elegí qué ropa ponerme para ir a trabajar. En esta época del año ya hace calor, por lo que la playera de Dark Side of the Moon de Pink Floyd me pareció bien.

En las siguientes páginas hablaremos sobre identidad y su manifestación en los espacios virtuales. Se trata de una aproximación desde el campo académico de la Comunicación, que partirá de una serie de definiciones conceptuales que aparecen en este apartado introductorio. Luego, en los subsecuentes capítulos que integran esta obra, se presentará una selección de abordajes a partir de dos miradas específicas: la ontología fenomenológica de Sartre y las reflexiones sobre el “sí mismo” de Mead, a las que se sumarán muchos otros acercamientos conceptuales desde muy diversas corrientes y marcos interpretativos.

Esta selección, apoyada en la Filosofía y en la Sociología, responde a la necesidad de establecer los procesos identitarios como una manifestación esencialmente comunicativa. A partir de ambos autores, argumentaremos que, desde las Ciencias Sociales, una aproximación al estudio de la identidad debe partir de su manifestación, es decir, de los procesos de sentido y las puestas en común que socialmente se generan a partir del ser.

Sin duda, se trata de un planteamiento que pudo haber sido diferente.5 Cada abordaje sobre la identidad lo es, y refleja las trayectorias epistemológicas y las áreas de interés particulares de sus autores, en las que se expresan algunos rasgos identitarios que nos constituyen. Como plantearemos a lo largo de esta obra, no podría ser de otra manera. Incluso la producción académica (y especialmente desde las Ciencias Sociales) parte de lo que esencialmente somos quienes la generamos, al menos en el momento en que lo hacemos.

Así, en términos generales, la intención es plantear algunas interrogantes en torno a la identidad: ¿En qué consiste esta categoría?, ¿cómo ha sido descrita?, ¿qué apreciaciones han surgido en torno a ella? Enseguida, haremos un recorrido general que nos permita acercarnos a la identidad desde una perspectiva teórica.

Aproximaciones a la identidad como categoría conceptual

Con base en autores como Giddens (1997), Giménez (2000), Mead (2009), Branaman (2010) y Hall (2010), podemos decir que la identidad es un concepto que tiene que ver con la distinción, es decir, con todos aquellos atributos que nos hacen reconocibles tanto ante los demás como desde nuestras propias autoconcepciones. La identidad parte de una dicotomía fundamental: el yo en oposición al no-yo (es decir, el otro).

El primer énfasis que haremos en este acercamiento tiene que ver con la identidad vista como un proceso. Lo que el yo considera sobre sí mismo y lo que los otros asignan al yo se encuentra en constante transformación, dependiendo de una gran cantidad de factores de tipo tanto personal como contextual. La identidad es flexible y fluida (líquida, propone Bauman [2005]). Lo que hoy somos mañana puede cambiar y no solo en los evidentes términos etarios (antes, yo era joven, hoy la primera palabra que viene a mi mente es maduro, luego seré mayor), sino también en función de otros cambios por los que atravesamos a lo largo de nuestra vida, los cuales median en cómo somos vistos por los demás y que pueden ser ideológicos, de pertenencia, roles sociales, etc. Desde Berger y Luckmann, esto, además, tiene una serie de implicaciones de causalidad circular muy importantes en lo que identifican como una estructura estructurante:

Una vez que cristaliza, [la identidad] es mantenida, modificada o aun reformada por las relaciones sociales. Los procesos sociales involucrados, tanto en la formación como en el mantenimiento de la identidad, se determinan por la estructura social. Recíprocamente, las identidades producidas por el interjuego del organismo, conciencia individual y estructura social reaccionan sobre la estructura social dada, manteniéndola, modificándola o aun reformándola (2006: 214).

El segundo aspecto central en términos de la identidad es que toda construcción del yo parte de la interacción con los otros. Sin desestimar de ninguna manera la capacidad de agencia,6 se piensa que tanto lo que el yo define sobre sí mismo como lo que el otro le atribuye parten de la interacción social. Por ejemplo, ante mi nacionalidad como mexicano, desde el conjunto de construcciones sociales disponibles, esta dimensión anticiparía una serie de preconcepciones sobre mi persona que, ciertas o no, encuadrarían una posible interacción en términos de puntualidad, confiabilidad, desenfado y muchas otras consideraciones de tipo personal que se han estereotipado a nivel global a través de muy diversos productos culturales. En la actualización de cada interacción, estas posibilidades serían confirmadas o refutadas y cada una de mis acciones contribuiría a presentarme ante los demás como eso que soy. Las reacciones de aquellos con quienes llegase a interactuar podrían en alguna instancia confirmarme si efectivamente soy tan puntual como creo ser o, en todo caso, llevarme a un replanteamiento de mí mismo. Retomando a Berger y Luckman (2006), hay un interjuego recíproco entre lo que los demás creen sobre mí (que es la dimensión social de mi identidad) y lo que yo creo de mí mismo (dimensión personal). Entenderemos la identidad como la intersección de estas dos dimensiones.

La otra implicación de este aspecto relacional sobre la identidad es que se trata de un proceso que ocurre fundamentalmente a partir de una forma muy concreta de práctica social: la comunicación. En dichas interacciones tiene lugar un intercambio de sentidos, una serie de puestas en común que reflejan la esencia del ser. En términos de Giddens, “no somos lo que somos, sino lo que hacemos” (1997: 96), es decir, son nuestras prácticas enunciativas o de cualquier otra clase las que revelan a los demás lo que somos, sobre todo si consideramos las nociones de Austin (1962) y Searle (1994) sobre el hacer con las palabras y los actos del habla, respectivamente.

Aunque profundizaremos en esta discusión en los siguientes capítulos, conviene destacar la importancia que tiene la comunicación en los procesos de construcción de la identidad tanto ante los demás como en la conformación del yo. En términos de la identidad social que proyectamos hacia nuestro entorno, cada acto comunicativo parte de lo que somos y de nuestra ontología fenomenológica, es decir, de las manifestaciones conscientes e inconscientes de nuestro ser. Sin embargo, como sugiere Mead (2009), hay una serie de símbolos significantes que contribuyen a nuestra propia objetivación, a ser conscientes de nosotros mismos y, con ello, a dar lugar a la (re)elaboración constante del yo. Así, no solo somos socio-signos para aquellos con quienes interactuamos, sino también para nosotros mismos. Esta es la base de la Teoría Comunicativa de la Identidad, a partir de autores como Hecht y Hopfer (2010).

En tercer lugar, la identidad es múltiple. Con esto se quiere decir que el yo se manifiesta (y construye) a través de una infinidad de ámbitos y elementos. Algunos tienen que ver con la constitución física del sujeto, como su complexión, estatura, color de piel, cabello y ojos; otros parten de su pertenencia a diversos colectivos de tipo cultural, como la religión o la etnia, y los hay también de naturaleza política, por ejemplo, la nacionalidad o la militancia. Sin embargo, trabajos relativamente recientes hablan, además, de aspectos que parten de los consumos culturales, sobre todo cuando estos tienen una relevancia simbólica particular, como la devoción a un equipo deportivo o sumarse al fandom7 de alguna serie, autor literario o género musical. Cada ámbito de interacción, con cada sustancia relacional, permite la manifestación de diversas dimensiones de la identidad, a veces de manera más o menos discreta8 y en ocasiones como una gama de variables simultáneamente evidentes y reconocibles que se entrecruzan y que pueden ser difíciles de separar.

La identidad como noción cuenta con una serie de antecedentes históricos a los que solo nos referiremos muy brevemente. Por ejemplo, en la Psicología se habla de Freud y la construcción del yo más o menos al mismo tiempo que autores de la Sociología —como Marx, Weber, Durkheim y Simmel— se refieren a las estructuras constituyentes del sujeto entre finales del siglo XIX y la primera parte del XX (Giddens, 1997; Hall, 2010), luego de las profundas transformaciones derivadas de la Revolución Industrial que dieron lugar a la migración a las grandes ciudades y los consiguientes replanteamientos en función de los sentidos colectivos e individuales de pertenencia. Posteriormente, como Branaman (2010) plantea, la discusión sobre el ser da lugar a otras posturas y consideraciones, que se ubican tanto en el Posestructuralismo como en el Posmodernismo. Siguiendo a este autor, mientras que para Foucault la identidad conduce a nuevas formas de control social, para autores como Baudrillard y Bauman el énfasis está puesto en los procesos de fragmentación que sufre el sujeto como consecuencia de los masivos y veloces flujos de información a los que nos vemos expuestos. En contraste, para Giddens, a pesar de dichos procesos, el individuo mantiene una esencia constitutiva a lo largo del tiempo y de los múltiples entornos en los que puede ubicarse:

La identidad del yo no es un rasgo distintivo, ni siquiera una colección de rasgos poseídos por el individuo. Es el yo entendido reflexivamente en función de su biografía. Aquí identidad supone continuidad en el tiempo y el espacio, pero la identidad del yo es esa continuidad interpretada reflejamente por el agente (1997: 72).

La esencia de la identidad para este autor tiene que ver con la continuidad. “La identidad de una persona no se ha de encontrar en el comportamiento ni —por más importante que ello sea— en las reacciones de los demás, sino en la capacidad para llevar adelante una crónica particular” (Giddens, 1997: 74). Se trata de un planteamiento en el que las trayectorias históricas del yo resultan fundamentales para entender lo que se es, tanto como proceso introspectivo como de representación ante los demás. En los siguientes capítulos hablaremos de cómo estas narrativas biográficas, en tanto constituyentes identitarios, pueden ocurrir a partir de diversos dispositivos tecnológicos.

En este contexto, Goffman (1981) resulta ser un referente fundamental en la reflexión sobre la dimensión social de la identidad. Apoyándose en la metáfora del teatro, para este autor el sujeto es capaz de distinguir dos estados en términos de las prácticas que realiza: de escenario, cuando es consciente de que se encuentra en una posición en la que es perceptible ante los demás y ajusta su comportamiento en consecuencia, y tras bambalinas, cuando no hay ninguna representación (performance) en función de alguna posible audiencia de su ser. La consciencia de que mi ser es (entre otras cosas) simultáneamente académico, melómano y friki, corresponde precisamente a esta primera posibilidad.

En su planteamiento, Goffman (1981) habla de máscaras para referirse a las prácticas que son realizadas por los sujetos a partir de los roles sociales asumidos y accesorios que tienen la función de manifestar o confirmar aquello que se es. Dado que los actores sociales no pueden disociarse de sus respectivos roles, para este autor la idea de las máscaras nada tiene que ver con una pretensión de engaño, más bien es una representación que parte de los patrones culturales establecidos en relación con dichos roles muy en el sentido de lo que ya habíamos visto con Berger y Luckmann (2006). Los accesorios, por otro lado, constituyen signos que contribuyen a la identificación del ser y están dados por elementos como la vestimenta (como mi playera de Pink Floyd), el arreglo personal (el largo del cabello y dejarse o no el vello facial en el caso de expresiones de género masculinas) e insignias (en el más amplio sentido de la palabra), entre otros.

Algunos de los planteamientos de Mead (2009) y Giménez (2000) guardan una estrecha relación con esta propuesta de Goffman (1981), de manera que es posible reconocer la existencia de al menos tres aspectos en torno a los cuales se construye la identidad de los sujetos: atributos identificadores, su trayectoria (que es una secuencia de prácticas performativas) y su pertenencia a colectivos (muchos de los cuales dan lugar a roles con sus respectivos accesorios y máscaras). Mientras que los atributos identificadores se refieren a aspectos que ya hemos mencionado y que son de naturaleza tanto física como idiosincrática, las trayectorias tienen que ver con la historia de sus representaciones sociales ante los demás. Como ya habíamos mencionado, los actos de expresión de identidad no están sujetos a momentos únicos, sino que se trata de procesos constantes. Desde el punto de vista del sujeto, su identidad atraviesa por continuas transformaciones en tanto que es una estructura interpretativa y de sentido, así como de manifestación de su ser. En función de los otros, hay una secuencia histórica de interacciones y manifestaciones del yo a través de la cual lo que se es ante los demás se va modificando también.

Lo anterior implicaría que puede haber una relación directa entre la cantidad y fidelidad de los acontecimientos sociales que construyen la identidad de una persona y las posibles correspondencias que existan entre lo que el yo considera de sí mismo con lo que los demás perciben e interpretan, un poco como sucede en la ventana de Johari.9 En otras palabras, si el historial de interacciones ha sido reducido o lejano en el tiempo, es probable que aquello que un sujeto identifica de sí mismo pueda diferir significativamente de los atributos identificadores que le son socialmente asignados.10 Por el contrario, si los acontecimientos de interacción y de construcción de sentido sobre el sujeto son más o menos frecuentes o recientes, es más probable que el sentido de sí mismo ante los demás y frente a sus propias autoconcepciones tienda a guardar una correspondencia más cercana.

Evidentemente, en esta ecuación también entran en juego las correspondencias entre lo que se es y lo que el sujeto presenta ante los demás de sí mismo. Por muy diversos motivos, una persona puede proyectar hacia el otro rasgos que no necesariamente coinciden con su esencia como ser. En algunas ocasiones, esto tiene que ver con la necesidad de pertenecer a algún colectivo determinado, aspecto que Noelle-Neumann (1974) desarrolló ampliamente en su teoría de la espiral del silencio. Por ejemplo, en comunidades con características fundamentalistas, donde la supervivencia social depende enteramente de la conformidad y el apego a las normas, esto puede ser particularmente notable, independientemente del tipo que sea: política, religiosa, académica, hábitos de alimentación (veganos/carnistas), etcétera. Si bien es posible establecer este tipo de proyecciones no coincidentes hacia los otros de manera sostenida a lo largo del tiempo (especialmente cuando puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, como históricamente ha sido en regímenes dictatoriales), esto sucede con un notable desgaste de recursos personales, por ejemplo, estabilidad emocional, energía y confianza en los otros. Como es evidente, las discontinuidades entre la esencia del ser y la representación que se haga ante los demás no necesariamente tienen que ver con actos deliberados de deshonestidad, sino frecuentemente con algún tipo de sobrevivencia, así sea simbólica.

Cuando el contexto en el que ocurren las interacciones sociales tiende a ser menos demandante en función de estas aparentes conformidades y apegos estatutarios, es posible concebir representaciones del yo que tienen una mayor correspondencia con la manera en que cada sujeto se concibe a sí mismo. El entorno juega un papel muy importante en las enunciaciones que reflejan lo que se es y es ahí donde intervienen procesos muy complejos de negociación entre lo que se refleja de uno mismo y lo que los patrones culturales establecen que debería ser manifestado. Esta es una discusión que retomaremos en el capítulo cuatro, cuando hablemos de la identidad en función del género.

En relación con lo anterior, hay un tercer aspecto sobre la experiencia social de la identidad que consideramos oportuno reiterar: las identidades colectivas (Giménez, 2000; Wolton, 1999). Esta dimensión se construye alrededor de un núcleo determinado de símbolos y representaciones sociales que son compartidos por una comunidad, y puede darse desde una amplia diversidad de factores, los cuales pueden ser aspectos lúdicos, como los consumos culturales a los que ya nos hemos referido; productivos, como la pertenencia a un determinado centro de trabajo o escolar; de tipo institucional, como la adscripción a una asociación de beneficencia o religiosa; políticos, como la nacionalidad y sus posibles expresiones de nacionalismo; o de naturaleza cultural, como un grupo étnico o la identidad regional; entre otras posibilidades.

En todos estos casos, la distinción se pluraliza de tal manera que el yo se convierte en un nosotros. Sobre esto, dice Habermas:

De nuestra identidad hablamos siempre que decimos quiénes somos y quiénes queremos ser. Y en esa razón que damos de nosotros se entretejen elementos descriptivos y elementos evaluativos. La forma que hemos cobrado merced a nuestra biografía, a la historia de nuestro medio, de nuestro pueblo, no puede separarse en la descripción de nuestra propia identidad de la imagen que de nosotros nos ofrecemos a nosotros mismos y ofrecemos a los demás y conforme a la que queremos ser enjuiciados, considerados y reconocidos por los demás (2007: 115).