Identidades confinadas - Lola Robles - E-Book

Identidades confinadas E-Book

Lola Robles

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Beschreibung

"Ser mujer es mucho más que un sexo, es una condición y posición bio-socio-cultural-psicológica. El feminismo lucha por acabar con los estereotipos de género, pero regresar a la categoría de sexo biológico puede llevarnos a un callejón sin salida". "Soy feminista desde hace muchos años. No soy cis. No soy transexual. Quizás ni siquiera soy una mujer, tal como dijo Monique Wittig, aunque he hablado en este libro como tal y me nombro en femenino. Soy lo que yo digo que soy. No lo que mi entorno decía que yo era. No lo que tú, aunque seas también feminista, decidas qué debo ser. Me considero queer/cuir. Voy a explicar por qué me siento orgullosa de todo ello". Lola Robles aborda en este libro el conflicto existente en el interior del feminismo entre dos posturas enfrentadas por el reconocimiento de los derechos de las personas trans. Un conflicto que se da, también, entre el sector feminista más transexcluyente y el activismo trans y queer.

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Seitenzahl: 356

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Inicio

IDENTIDADES CONFINADAS

La construcción de un conflicto

entre feminismo, activismo trans

y teoría queer.

Un libro de

Lola Robles

Colección Patatas calientes

Ilustración y diseño de cubierta

Carolina Bensler

Correcciones y edición

Cristian Arenós Rebolledo

ISBN 978-84-949949-7-5

© 2021 Útero libros

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

España

www.uterolibros.com

[email protected]

(+34) 670.386.111

Indice

Nota premilinar

NOTA PRELIMINAR

Comencé a escribir este libro durante el primer confinamiento a causa de la pandemia del COVID-19, tras el decreto del estado de alarma en España, a mitad de marzo de 2020, aunque antes ya había investigado sobre el tema y elaborado un artículo, que citaré después. A lo largo de mes y medio de clausura estricta, leí mucho y empecé a redactar. Continué cuando ya se podía salir a dar un paseo diario, a partir de primeros de mayo, una primavera espléndida en la que la naturaleza se había expandido con libertad casi lujuriosa.

Fue un tiempo de soledad dentro de una casa muy pequeña, en el que lectura y escritura me ayudaron mucho. En verano y otoño, seguí con la labor de corrección y añadidos, ya que casi todo en torno a este tema evoluciona vertiginosamente. Y continúo en 2021. Como esta edición del libro que tienes en tus manos se ha publicado tras actualizarse en un momento concreto, me disculpo de antemano en el caso de que no consiga incorporar todas las novedades que vayan surgiendo sobre la ley, sino, solo, las que conozca hasta el momento de la edición. No obstante, mi intención ha sido centrarme más en las cuestiones teóricas que en la legislación.

¿Por qué he decidido llamar a mi obra “Identidades confinadas”? La vinculación con la pandemia a causa del COVID-19 podría resultar un factor de atracción, pero también de rechazo. Sin embargo, he tenido mis razones. La primera de ellas, fue, justamente, ese período en el que empecé a escribir, un tiempo extraño, distópico y crítico. La segunda, porque el término “confinadas” me parecía bastante adecuado al tema que iba a tratar. Cierto que las identidades trans o queer pueden entenderse como identidades al margen, expulsadas o desterradas de la normalidad o, más bien, nunca admitidas en ella, “fuera de”. “Confinadas” remite a un recinto, una prisión, un adentro, mientras que yo voy a hablar de una exclusión, pues un sector del feminismo no admite lo trans y lo queer en su territorio. Pero, con esa no admisión, ese sector transexcluyente confina a estas personas, seres humanos, en la otredad, lo inexplicable, lo patológico, lo amenazante, lo monstruoso, lo inasumible. Las confina en lo abyecto (lo que, según el prefijo latino –ab, se separa y aleja, añadiéndose el verbo iacere, echar, arrojar, lanzar). Y, a su vez, ese sector feminista se enclaustra en el miedo, la verdad absoluta, el rigorismo y el sectarismo (secta, otro confinamiento). Se protege como de un presunto virus. Por supuesto, ellas no lo consideran así y exponen sus razones. Trataré de resumir sus planteamientos. Este libro se dirige a cualquier feminista interesada, también a las que no estén de acuerdo conmigo y, no obstante, quieran leerme para contrastar opiniones e incluso para saber si hay algo en lo que llegaríamos a un acuerdo, por eso he querido dejar clara, desde el principio, mi posición. Por supuesto, y con todos mis respetos, a las personas trans. Asimismo, a cualquier persona, activista social o no, LGTBQIA o no, interesada en esta cuestión.

Hay otra consecuencia del confinamiento que algunas amigas me han hecho notar: el no poder vernos, hablar y debatir en persona y en actos públicos, sino a través de las redes, solo ha servido para empeorar el conflicto. Las posibilidades connotativas de “Identidades confinadas” me daban, por tanto, un juego suficiente para no renunciar a ese título. Por eso sigue aquí.

¿Es posible un feminismo transinclusivo y queer/cuir?

¿ES POSIBLE UN FEMINISMO

TRANSINCLUSIVO Y QUEER/CUIR?

Sí, por supuesto que es posible un feminismo transinclusivo y cuir (castellanizando el término inglés queer). Ya lo estamos practicando muchas feministas. No obstante, tenemos que seguir insistiendo en mostrar lo que pensamos, sentimos y hacemos. No para convencer a quienes no quieren ser convencidas/os, sino para hablar a aquellas/os/es que se abren a la duda, que es la puerta al conocimiento.

El objetivo de este libro es, justamente, mostrar la existencia de ese feminismo transinclusivo y cuir. Voy a explicar también, sin embargo, por qué otro cierto sector del feminismo (sobre todo, cierto sector del feminismo radical) rechaza la teoría queer, llegando a demonizarla como si fuera la fuente de todas las amenazas y todos los males para los derechos de las mujeres. Y también voy a explicar por qué cuestiona buena parte de los planteamientos del activismo y a las personas trans, negando incluso su identidad y sus derechos más básicos. Explicaré que lo trans y lo queer/cuir no son lo mismo, indicando, no obstante, sus posibilidades de encuentro, así como con el feminismo. Propondré lecturas de ensayo y literarias, en una bibliografía comentada, que he seleccionado cuidadosamente. Y contaré la motivación personal que me ha llevado a estudiar y escribir sobre este tema. Ya he hablado antes sobre la cuestión en un artículo que puede encontrarse en mi blog personal, con el título “¿Feminismo radical versus trans-feminismo-queer?”1 , aunque desde entonces ha habido bastantes cambios en los planteamientos de una y otra parte, con esa velocidad vertiginosa que nos ha tocado vivir en la época actual.

Esta cuestión, lo sabemos, sigue dando lugar a un fuerte enfrentamiento dentro del feminismo. Las posturas están cada vez más enconadas. Resulta muy difícil, con frecuencia, establecer un auténtico diálogo. Aparecen artículos en uno y otro sentido, que son aplaudidos o denostados. Se ataca personalmente a quienes defienden una u otra postura. Ambas partes emplean los mismos argumentos: las otras mienten, atacan, quieren censurar, insultan y acosan. Pero, si lo dicen las dos partes, ¿es que ambas actúan así? Todo ello ocurre, además, ante un público no tan introducido en el activismo, que observa, entre el asombro y la confusión, un conflicto cuyas causas y cuestiones en litigio ni siquiera llega a entender del todo, por lo que deviene imprescindible, antes que nada, explicar el porqué de lo que se debate y los temas en disputa. ¿Se trata de un conflicto con base en diferencias teóricas inconciliables, digamos cuestión de principios, o es una crisis construida de algún modo y por determinados motivos, conscientes o inconscientes, visibles o ignorados?

No es la primera vez que se abre una brecha en el movimiento. Pero toda guerra es dolorosa. Por ello, porque la polémica se encuentra en las redes, en las calles, en las asambleas, me parece indispensable empezar hablando sobre el modo de debatir y sobre la violencia en los debates.

El modo de debatir y la violencia en los debates

EL MODO DE DEBATIR

Y LA VIOLENCIA EN LOS DEBATES2

Es muy necesario que nos planteemos cómo debatir sobre este tema (y, en general, sobre cualquier otro). Las dinámicas de debate son tan importantes como el tema en sí.

En todo conflicto, hay, al menos, dos partes, bloques o bandos enfrentados. Si pertenecemos a uno de ellos, es muy normal que defendamos sus tesis y acciones de manera, más o menos, incondicional, y critiquemos o rechacemos los planteamientos de la otra parte. Suele ocurrir, en estos casos, que los dos bloques no se comunican, salvo para discutir. Cada parte, aislada y en permanente confrontación con la otra, se reafirma, dado que todas las personas del bloque se respaldan, además de buscar nuevos motivos de distanciamiento con las adversarias. Quienes no tienen tan claro si están de acuerdo con una u otra postura, optan por permanecer al margen y en silencio, sobre todo si los dos bandos exigen que se tome partido por ellos.

Ese “o conmigo o contra mí” parte de la certeza que tiene cada bloque de estar en la verdad y de ser atacado por el otro. No solo se incide en las tesis equivocadas de la parte opuesta, sino en sus errores y agresiones, mientras se minimizan o justifican los propios. Corren los rumores, más o menos infundados, que pueden ser creídos sin pruebas, porque eso interesa a cada bando.

Las dos partes en conflicto tal vez se encuentren en la misma situación de fuerza o capacidad de defensa. Sin embargo, no siempre ocurre esto. Hay ocasiones en que una parte es más fuerte, tiene más poder y recursos que la otra. Puede haber una mayor violencia por uno de los bandos. Pero esto no supone que el bloque agresor se reconozca como tal, en absoluto. Muy probablemente se situará en el papel de víctima para justificar sus ataques, planteándolos como meramente defensivos.

¿Cómo podemos reconocer estas situaciones de aislamiento, reafirmación endogámica y creencia en la superioridad moral propia sobre el otro bloque? Una posibilidad es preguntarnos si pensamos que nuestro bando tiene la razón, toda la razón y nada más que la razón, en tanto que la opuesta poca o ninguna. ¿Solo hablamos con quienes piensan como nosotras? Resulta muy difícil no estar de acuerdo en nada, por poco que sea, de lo que dicen las personas con las que discutimos, sobre todo cuando tenemos el feminismo como territorio común. Desde luego, la finalidad de un debate entre partes enfrentadas no tiene por qué ser acabar pensando igual, pero sí tratar de entender lo que dicen las otras y por qué lo dicen. Considerar, por ejemplo, de manera sistemática, que la otra parte afirma cosas delirantes e irracionales, mientras que nosotras hacemos todo lo contrario, debería alertarnos. Tendríamos que ser capaces, además, de aplicar los mismos parámetros y criterios éticos a las conductas que criticamos en las adversarias y a las de nuestras aliadas y amigas. Sin embargo, la tendencia es utilizar valoraciones muy diferentes.

En lo individual, las personas con pocas dudas o que se encuentran convencidas de tener razón en sus planteamientos tendrán mayores dificultades a la hora de dialogar y entenderse en un conflicto. Cuando escuchen un argumento contrario al suyo pensarán, ante todo, más en cómo rebatirlo que en comprenderlo, incluso atacarán a la persona que lo expone (“más argumento y menos esperpento”, podrán decir, por ejemplo, creyendo que ellas sí razonan y no son agresivas). Determinadas características psicológicas dificultan un debate fluido: obcecación, inflexibilidad, egocentrismo, autoritarismo y falta de autocrítica. Existen personas que necesitan ideas muy claras e inamovibles para sentirse seguras. Las lideresas destacan, muchas veces, por su confianza en sí mismas y la seguridad en sus creencias. El problema es cuando llegan a claridades fanáticas, algo que sucede en el activismo social con más frecuencia de la que nos gustaría a bastantes otras (no digamos ya en la política profesional). Este tipo de lideresas acostumbra a rodearse de quienes les dan la razón y a eliminar de su entorno a sus opositoras.

Las redes sociales son espacios muy poco propicios para diálogos sosegados. Pese a sus buenas posibilidades, que las tienen, ocurre que fomentan las frases lapidarias y la simplicidad, además de permitir la agresión anónima. Los debates entre la clase política profesional no son, tampoco, el mejor ejemplo para aprender a dialogar, pues muestran formas muy extremadas de violencia verbal y negación a cualquier tipo de entendimiento.

Es perfectamente legítimo expresar sentimientos y emociones, así como necesidades personales, en un debate. Pero también importa saber diferenciar emociones y pensamientos. Si utilizo lo que siento como si fuera una forma de pensar, puedo llegar a manipular a la otra persona. Si niego la posibilidad de utilizar sentimientos, estoy censurando, muy posiblemente porque me reconozco más hábil y segura con los argumentos que con las emociones y quiero usar esa ventaja.

Los seres humanos necesitamos tener un buen concepto de nosotros mismos y de las personas a las que queremos y admiramos. A menudo ni siquiera somos capaces de identificar la violencia propia. Esta tiene distintos grados. No es lo mismo dar una paliza a alguien, o amenazarlo con hacerlo, que insultar ocasionalmente. Tampoco es lo mismo tener una conducta violenta en lo verbal de modo puntual o, por el contrario, sistemático.

Son formas de violencia, verbal y psicológica: insultar, gritar, amenazar, coaccionar, chantajear emocionalmente, hacerse la víctima, mentir, echar siempre la culpa a la otra persona, menospreciar, burlarse o predisponer a otras en contra de nuestra oponente, por ejemplo.

La comunicación no violenta es una práctica que se puede aprender.

Sí, hay gente con la que no resulta posible el diálogo: porque no tiene interés en llegar a un entendimiento, sino en vencer; porque ostenta una posición de poder a la que no quiere renunciar; o por su personalidad, en la que no considera necesario ningún cambio.

No, no siempre podemos ser amables, racionales y mantener un debate sereno. A veces, acabaremos insultando y usando otras formas poco pacíficas. Eso no justifica la violencia sistemática de quienes nos agreden.

Sí, yo también lo he hecho, también he sido violenta y lo sigo siendo. No pretendo dar lecciones de moralidad a nadie. Hay gente que me supera con creces en violencia y hay gente que me supera con creces en autocontrol y capacidad de diálogo.

Si lo que hace nuestra adversaria es insultar y ofender, no deberíamos justificar la misma conducta en nuestra amiga con el pretexto de que tiene mucho carácter o es muy directa o sincera (la sinceridad es otra cosa, diferente de la grosería).

No, no pretendo afirmar, en absoluto, de ninguna manera, que las feministas debemos ser educadas, amables y no cabrearnos nunca. La rabia resulta inevitable y muy liberadora. Lo que estoy diciendo es que procuremos no usar la violencia verbal de modo sistemático, ni la mentira o la manipulación cuando surge un conflicto dentro del feminismo. Y todo esto lo digo no para que se lo apliquemos a las demás, que es lo fácil, sino para que lo pensemos respecto de nosotras mismas. Por otro lado, recordemos que las amenazas, reales o presuntas, unen; que a todas nos gustan sentirnos dentro de un grupo, amparadas y apoyadas, pero que, si a la hora de disentir, ese grupo nos va a expulsar o a atacar por ello, entonces quizás es que sea un entorno muy nocivo, aunque nos duela o no queramos reconocerlo.

Ahora, vayamos a lo concreto. Estoy hablando del conflicto entre un sector del feminismo (sobre todo el radical) con el activismo trans y el activismo queer. Ese sector feminista acusa a personas trans y queer de insultos, amenazas (hasta de muerte), coacciones y censura. El activismo trans y queer, sea o no feminista, inculpa a ese sector mencionado del feminismo de transfobia, odio, actitudes y propuestas de exclusión (negar la pertenencia de las mujeres trans como sujetos políticos del feminismo, negar incluso que las mujeres trans sean mujeres y que los hombres trans sean varones).

Como yo estoy situada en uno de los dos bloques, en el del feminismo autónomo (no ligado a partidos), pacifista y queer, apoyo el activismo trans y, desde luego, soy transinclusiva, mi postura no puede ser neutral. Me parece importante plantearlo de antemano. También sé que hay violencia por los dos lados. Me gustaría que, al menos, supiéramos que la estamos ejerciendo. Las mujeres hemos sufrido una opresión, la patriarcal, y podemos estar atravesadas por otras discriminaciones o situaciones de desventaja: racismo, xenofobia, clase social, precariedad laboral, discapacidad, infancia o vejez. Pero también es posible que ostentemos unos privilegios determinados: privilegios de raza, de país, de clase social, de edad, de salud. Nosotras, mujeres y feministas, podemos ejercer violencia y autoritarismo, y causar dolor, semejante al que hemos recibido. Sin duda, no se tratará de una violencia estructural como la del patriarcado. Eso no nos exculpa.

Voy a explicar qué actitudes son tránsfobas, conllevan exclusión, ignorancia o mentiras sobre la realidad trans.

Actitudes como opinar sobre la cuestión sin haber hablado nunca con una persona trans (o mejor, con varias), sin leerlas o sin conocer libros serios sobre el tema, limitándose a comentarios en las redes sociales. Esto debería recordarnos a cuando los varones hablan en nombre de las mujeres.

Asegurar, sobre las mujeres trans, que son “hombres disfrazados”, “hombres operados”, o que quieren invadirnos, agredirnos y engañarnos con una falsa identidad: todo esto es transfobia y supone sostener opiniones iguales, yo diría, a las xenófobas.

Decir que un hombre trans es “una mujer, se ponga como se ponga” o explicar su condición como un trastorno psicológico o social, un capricho, un mero sentimiento derivado de aficiones por el fútbol o el rechazo a las muñecas, muestra un gran desconocimiento de la realidad trans.

Dar pábulo a las mentiras y exageraciones que circulan acerca de la legislación existente y proyectos de ley sobre derechos trans puede ser debido a un problema de desconocimiento del tema o a mala fe.

Recordemos que hay machistas que no saben que lo son, o que niegan que lo sean. Muchas veces, las personas violentas, que odian y excluyen, no quieren reconocerlo o, si acaso, se justifican creyendo que las demás también lo hacen. No repitamos sin más cualquier cosa que nos resulte conveniente, sin saber si es cierta. Esto no quiere decir que no se pueda cuestionar una propuesta de ley o las ideas que alguien expone. Quiere decir que, al menos, hay que asegurarse de la veracidad de un hecho antes de criticarlo.

Hay una violencia de fondo, de contenido. Si alguien dice, con mucha tranquilidad y sin alzar la voz: “Las mujeres no pueden dedicarse a las ciencias puras, porque su cerebro no está preparado para ello”, no insulta directamente, pero su opinión es machista, patriarcal y, por añadidura, falsa. Si alguien asevera: “Las personas de raza negra son inferiores, en todos los sentidos, a las personas de raza blanca”, eso es racismo, basado, además, en una categoría que ha dejado de tener el más mínimo rigor científico desde hace mucho, la de la raza.

Cuando se asegura: “si un hombre puede decir sin más que es una mujer, yo puedo decir que soy un elefante, un bonsái o un guerrero zulú”, se está mostrando una transfobia, una violencia y una falta de respeto inadmisibles.

Termino haciendo referencia a un problema que puede darse al tratar esta cuestión y cualquier otra: el mecanismo de la comparación. Al analizar un asunto, tendemos a compararlo con otros, pero esa comparación puede ser más o menos acertada. Así, al plantear la cuestión de la libertad de decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra identidad de sexo/género, hay quien puede hacer equivalente el derecho de las personas trans a su autodeterminación con el derecho al aborto, o con el matrimonio homosexual, o con el proceso de nacionalización o con la pederastia. Casi todas las comparaciones son solo aproximativas (incluso las mías, desde luego) y suelen estar sesgadas, pero habría que procurar que los términos de comparación se asemejen lo más posible, para evitar manipulaciones sobre un tema.

Los términos a debate

LOS TÉRMINOS A DEBATE

Estos son algunos conceptos y términos de los que hablaré, por lo que conviene conocerlos previamente:

Abolicionismo

El abolicionismo es una postura dentro del feminismo, que aboga por la desaparición de la prostitución y de la trata de mujeres con fines sexuales, consideradas como una misma forma (de hecho, una de las más importantes y antiguas) de esclavitud, opresión y explotación sexual. Asimismo, condena la pornografía y desea eliminarla. También el alquiler de úteros o gestación subrogada, ya que la cree una nueva forma de explotación, en este caso de la fuerza reproductiva de las mujeres.

Actualmente, un sector del feminismo, sobre todo del radical, se declara abolicionista de género y asegura que esta postura ha existido desde siempre. No es exactamente así, ya que el feminismo radical no pudo ser abolicionista de género antes de que se impulsara dicho concepto por parte del propio feminismo y precisamente para evitar el biologicismo a la hora de explicar la opresión patriarcal. El abolicionismo de género pretende la desaparición del género masculino y femenino por considerarlos patriarcales, jerárquicos y una herramienta de opresión, planteando un futuro sin ellos. No obstante, como acabo de decir, tal como se plantea ahora, esta postura es una interpretación que se hace hoy de la obra de las primeras feministas radicales y se basa más bien en las más actuales, como Sheila Jeffreys y Janice Raymond. Se ha reafirmado a raíz del conflicto entre ese sector feminista, el activismo trans y la teoría queer, no antes.

El abolicionismo de género, en el conflicto que nos ocupa, se enfrenta a la autodeterminación de género, que es el fundamento de las leyes más actuales por los derechos trans. También se opone a la propuesta por una multiplicidad y/o diversidad de géneros que se hace desde la teoría queer.

Yo soy abolicionista de la prostitución, ya que no concibo una sociedad feminista y justa si existe esa institución. También me opongo a la regularización del alquiler de úteros, que creo que debería estar prohibido en todos los países. Tal y como se han construido hasta ahora los géneros, quiero que desaparezcan, pero sí me planteo alternativas de feminidad y masculinidad, y no binarismo que no tengan por qué ser jerárquicas.

Androginia

Condición de aquellas personas que muestran una apariencia difusa entre lo femenino y lo masculino, sin que ello implique necesariamente ambigüedad genética o genital (intersexualidad). En ocasiones se ha utilizado como sinónimo de hermafroditismo, aunque es incorrecto.

Cis

Se trata de un prefijo que indica “del lado de acá”: Cisjordania (denominada en inglés West Bank), vista desde Palestina, es lo que está “en este lado del río Jordán”, mientras que la Transjordania, región actualmente incluida en Jordania, es la que se encuentra “al otro lado del Jordán”; cisalpino (“situado entre los Alpes y Roma”); cismontano (“situado en la parte de acá de los montes”). No es un insulto, del mismo modo que no lo son las expresiones hetero (heterosexual), homo (homosexual) o bi (bisexual). Ahora se usa también para denominar a aquellas personas que se autoidentifican como mujeres y hombres y ese fue el sexo/género que se les asignó al nacer.

Cisexismo

Discriminación hacia las personas trans por parte de las personas cis, cuando consideran que la identidad trans es un problema psicológico, psiquiátrico y/o social, y al negarles derechos.

Constructivismo social

Aplicado al tema que se trata en esta obra, el constructivismo social es la teoría que prima los factores culturales y sociales a la hora de abordar la orientación sexual y la identidad de sexo/género. Según esta teoría, los supuestos datos biológicos son, más bien, construcciones e interpretaciones de la realidad, en vez de hechos objetivos y neutros.

Determinismo biológico

Teoría que prima la importancia de lo biológico a la hora de explicar la conducta humana. Por ejemplo, la sexualidad e identidad.

Disforia de género

Rechazo o desagrado hacia el propio cuerpo, por parte de una persona que considera que ese cuerpo no corresponde con su identidad de sexo/género. No se da en todas las personas trans.

Feminismo de la diferencia

Esta corriente del feminismo, surgida en los años setenta del siglo XX, sobre todo en Europa (Francia, Italia y España) no buscaba simplemente la igualdad, puesto que rechazaba los estereotipos e instituciones patriarcales, a los que no quería asimilarse. Por ello se distinguía del feminismo de la igualdad. También se distanciaba del feminismo radical, ya que este último ha querido acabar con todas las diferencias de género, mientras que la tendencia aquí definida consideraba que ciertos valores específicamente femeninos debían ser reivindicados.

Para quien quiera conocer algo mejor esta tendencia, le recomiendo como presentación de la misma un texto de Victoria Sendón de León que puede encontrarse en Internet y cito en nota3. Habría que hablar también, aquí, del feminismo cultural derivado del feminismo radical, pero excede los límites de esta obra, por lo que solo menciono la existencia de esta corriente.

Feminismo de la igualdad

El feminismo de la igualdad prima la consecución de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. También aboga por la entrada de las mujeres en instituciones de poder. Por ejemplo, en la política, en la Iglesia, las Fuerzas Armadas, etcétera, argumentando que el mejor modo de cambiar estas instituciones es desde dentro en vez de criticarlas desde fuera mientras esperamos la utopía de una revolución y un cambio total del sistema. Aquí pueden encontrarse tendencias liberales y neoliberales, de partidos políticos incluso conservadores, pero también feministas clásicas.

Feminismo radical

El feminismo radical surge, sobre todo en Estados Unidos, a partir de la década de los años sesenta del siglo pasado. Lo hace como oposición al feminismo de la igualdad y al feminismo socialista, por distintas razones. Del feminismo liberal, moderado, de la igualdad, le separan sus planteamientos más revulsivos y nada normalizadores, pues las radicales, como su mismo nombre indica, quieren ir a las raíces del porqué de la existencia del sistema patriarcal y no se conforman con posturas reformistas. El feminismo radical cree que el patriarcado ha sido, y es, un sistema de poder, de opresión de las mujeres, que ha perdurado durante siglos y, aunque se ha apoyado en otros, como el capitalismo, es anterior y autónomo. En eso, el feminismo radical se diferencia también del socialista, que vincula patriarcado y capitalismo como sistemas indisolublemente unidos y considera necesario acabar con ambos. Sin embargo, la tendencia radical plantea que la totalidad de las mujeres han estado sometidas por los varones, en las distintas épocas y lugares del mundo, y lo seguirán estando si no se acepta y enfrenta esa dominación básica, más antigua que ninguna: prácticamente desde el Neolítico, desde el paso del nomadismo al sedentarismo, a la agricultura y la aparición de la propiedad privada. Hay posturas que llegan a aplicar el análisis marxista y materialista a la “clase mujer”, como hizo, en España, Lidia Falcón en su voluminosa obra La razón feminista. He de decir que es un feminismo que siempre me ha interesado y con el que comparto muchas propuestas, al igual que estoy de acuerdo con otros planteamientos de activistas como la anarquista Emma Goldman.

Y, según Berta Gómez Santo Tomás:

El feminismo radical comienza a fraguarse durante los años sesenta y setenta como un movimiento que transformó en políticos los problemas de las mujeres que, hasta ese momento, se consideraban del ámbito privado. La denuncia de la violencia patriarcal, la consideración de la sexualidad como una construcción política, el control de las mujeres sobre su propio cuerpo y la reivindicación del aborto serán temas clave para esta corriente feminista. En la medida en que pretendía constituirse como un movimiento de liberación de las mujeres, el feminismo radical tuvo que crear una visión homogeneizada de lo que constituía el ser mujeres, el sujeto mujer”. (Gómez Santo Tomás, “Feminismos y política de la identidad: una aproximación al debate español, 2015).

Es importante dejar claro que cuando hablamos de la clase social de las mujeres, de mujeres y de hombres, nos referimos a posiciones sociales, no a personas individuales. No se trata de plantear que las mujeres son buenas y víctimas, mientras que los hombres malos y victimarios, sino que estamos incardinadas/os en una estructura social de poder, como el racismo o el clasismo, en la que las individualidades pueden comportarse según muchas circunstancias, pero no dejan de tener esa posición. Un jefe puede ser amable y tolerante o autoritario y grosero. Sin embargo, ocupa el puesto de jefe en ambos casos.

No todo lo que se llama feminismo radical lo es en este sentido, pues la expresión se usa, coloquialmente, como sinónimo de una postura muy exacerbada.

Recomiendo la lectura de la obra de Falcón ya citada, a feministas clásicas como Shulamith Firestone en La dialéctica del sexo: en defensa de la revolución feminista (1973) o Kate Millet, Política sexual (1970). Sin embargo, la postura actual sobre el tema trans y queer parece que bebe más de activistas radicales como la australiana Sheila Jeffreys (La herejía lesbiana: perspectiva feminista de la revolución sexual, de Madrid, Cátedra, 1996. y Gender Hurts: A Feminist Analysis of the Politics of Transgenderism, de 2014) y la estadounidense Janice Raymond (The Transsexual Empire: The Making of the She-Male, de 1979). He leído a ambas y me ha impactado profundamente su virulencia, que no considero nada radical, sino, en el caso de Raymond, perturbada y perturbadora, y en el de Jeffreys, bien argumentada e incluso planteando temas y cuestiones muy interesantes, pero desde un rigorismo que me espanta: un acusado pensamiento único. De esos odios vienen estos lodos, me temo.

Género (y sexo)

En el feminismo, el género se entiende como la construcción sociocultural, ideológica, patriarcal y jerárquica elaborada a partir del sexo de las personas. Los estereotipos sobre lo femenino y masculino, básicamente.

El sexo, sin embargo, se entiende como la realidad material, puramente biológica. El dimorfismo propio de la especie humana y que se da en otros animales mamíferos.

Desarrollaré más adelante estos dos planteamientos. Sí me parece importante aclarar ahora que voy a escribir, muchas veces, “sexo/género”. No pretendo, con ello, hacerlos equivalentes sin más. Pero sí expresar que, en bastantes ocasiones, no son tan fáciles de distinguir como pareciera, ya que el sexo está fuertemente condicionado por el género. Tal y como explica Josefina Fernández, que resume algunas de las propuestas de Judith Butler. Sobre todo de El género en disputa:

El cuerpo mismo es un campo abierto a diversas posibilidades interpretativas.

[…]

No tiene sentido definir al género como interpretación cultural del sexo si el sexo mismo es una categoría ya generizada.

Si el género femenino deviene de un sexo y el género masculino del otro y opuesto, estamos suponiendo que sexo y género guardan una relación mimética tal (dos sexos, dos géneros) que carece de sentido la diferenciación entre ambos. Por otro lado, si el género, por ser construcción cultural del sexo, es independiente de éste, puede suponerse que masculino podría bien designar un cuerpo de mujer y femenino designar un cuerpo de varón..

[…]

Y sabemos ya que el abanico de interpretaciones vividas por el cuerpo está menos determinado por la anatomía que por las interpretaciones y prescripciones dadas a esa anatomía. En todo caso, la desencialización de identidades propone al feminismo al menos cuatro cuestiones: que las categorías sexuales mismas son menos estables y unificadas de lo que pensamos, que la identidad sexual puede ser experimentada como transitiva, liminal y discontinua, que la supuesta estabilidad de la identidad sexual es un proceso continuo que depende de contextos y prácticas sociales particulares y, por tanto, que los criterios de membresía a las categorías sexuales pueden y deben ser debatidos. (Fernández, “Los cuerpos del feminismo”, 2003).

Identidad

La identidad es un concepto utilizado en matemáticas, filosofía, psicología y ciencias sociales. En psicología, se trata de un concepto imprescindible para entender el desarrollo individual y social de cada ser humano. Hay una identidad propia, como persona, más o menos cuestionada como permanente por la filosofía, pero es lo que nos permite reconocernos a nosotras mismas como tales. Hay identidades nacionales e ideológicas, y hay identidades de sexo/género.

Identidad de sexo/género

Se refiere a la representación que cada persona tiene sobre sí misma, en el sentido de si es mujer, varón o se define con otra identidad, no binaria. Se trata de una cuestión compleja, porque hay quienes diferencian taxativamente entre las categorías de sexo (como una realidad objetiva e indiscutible, biológica) y género (los elementos socioculturales que constituyen lo femenino y lo masculino, tradicional y convencionalmente) y hay quienes creen que no existen criterios suficientes para distinguir entre una y otra, como veremos después. En este concepto de identidad entran las categorías de mujer y varón, y también feminidad y masculinidad, así como las identidades no normativas, no binarias, de las que también hablaré.

Ideología de género

Curiosa expresión que se utiliza, generalmente, desde posiciones conservadoras, para referirse al feminismo, al movimiento LGTBQIA, a la teoría queer, al activismo trans y a cualquier pensamiento afín, sin distinguirlos. Es una expresión negativa, en la que se hace incidencia en el término ideología, como si quien lo menciona y denigra no la tuviera. Sorprende que una parte del feminismo también la utilice para hablar del pensamiento queer y trans, confundiéndolos asimismo. En todo caso, la expresión parece hacer referencia a que esta ideología no cree en la naturaleza biológica del sexo y prima la construcción cultural del mismo.

Intersexualidad

Es un conjunto de condiciones que se dan en personas que nacen con ambigüedad genética y/o genital, es decir, que tienen cromosomas sexuales, genitales o caracteres anatómicos tanto de mujer como de varón, en muy distintas y variadas formas.

Se utiliza el término intersexual, no hermafrodita, pues este último ha adquirido connotaciones peyorativas y ahora se usa para animales no humanos.

No se trata de un fenómeno tan infrecuente como podría parecer, aunque resulta muy difícil establecer datos estadísticos seguros a nivel mundial, pues es frecuente aún, en muchos lugares, su desconocimiento o su ocultación por parte de las familias. No todos los casos de intersexualidad son visibles en el nacimiento o en los primeros años, algunos se manifiestan en la pubertad o no son diagnosticados. Hasta no hace demasiado tiempo, la solución que se empleaba, de manera sistemática y siendo la criatura todavía bebé, era asignarle rápidamente uno de los dos sexos (en la mayor parte de casos el femenino, porque resultaba más fácil para la cirugía), a través de una intervención quirúrgica irreversible, lo que provocaba un buen número de errores cuando crecía la persona y se manifestaba en desacuerdo con el sexo/género que le habían impuesto. En los últimos tiempos:

[…] en contraposición a la actitud de asignar un sexo al nacer en los recién nacidos con genitales ambiguos, se encuentra una actitud expectante, de no intervenir, permitiendo crecer a los niños en una situación de intersexo, posponiendo la decisión y dejándoles a ellos tomarla cuando tengan la edad suficiente. Esta segunda actitud es defendida por grupos de personas con intersexos en los que la asignación de sexo al nacer produjo resultados pocos satisfactorios, fundamentalmente en lo referente a las correcciones quirúrgicas a las que fueron sometidos. (Becerra, 2003: 34).

Para conocer mejor los problemas que han tenido las personas intersexuales, recomiendo la lectura del artículo “Hermafroditas con actitud: cartografiando la emergencia del activismo político intersexual” (1998) de Cheryl Chase. En el capítulo dedicado a la legislación sobre derechos trans y, en concreto, a la cuestión del deporte, también hablo de casos de intersexualidad entre deportistas.

Orientación sexual

Atracción, deseo sexual o intenso apego afectivo (enamoramiento) hacia personas del mismo género (lesbianismo, en el caso de las mujeres, y homosexualidad, en el caso de los varones, aunque este término puede valer igualmente para ambos), de distinto género (heterosexualidad), de ambos (bisexualidad) o por personas con independencia de su género.

Persona no binaria

Se refiere a un conjunto de personas que no se sienten identificadas con el género femenino ni masculino. Hay un amplio espectro de posibilidades. Aquí parecen existir, sobre todo, componentes psicológicos y socioculturales.

Patriarcado

Sistema de poder (opresión, subordinación y discriminación) de los varones sobre las mujeres y otras personas no normativas en cuanto a orientación sexual e identidad de sexo/género. Cuando se habla de varones y mujeres, se hace referencia a posiciones sociales, no a caracteres individuales.

Posmodernismo o posmodernidad

Como Berta Gómez recuerda:

“Por posmodernismo”, decía Eagleton en Después de la teoría, “entiendo el movimiento de pensamiento contemporáneo que rechaza las totalidades, los valores universales, las grandes narraciones históricas, los fundamentos sólidos de la existencia humana y la posibilidad de conocimiento objetivo. El posmodernismo es escéptico ante la verdad, la unidad y el progreso, se opone a lo que se entiende que es elitismo en la cultura, tiende hacia el relativismo cultural y celebra el pluralismo, la discontinuidad y la heterogeneidad”. (Gómez Santo Tomás, “Feminismos y política de la identidad: una aproximación al debate español”, 2015).

Queer

En inglés significa “extraño, raro”. Fue un término que se tomó como reapropiación del insulto hacia las personas diferentes, LGTB, igual que, en castellano, hubo una reapropiación reivindicativa de palabras como bollera, bollo o marica. Posteriormente, se denominó así (Teresa de Lauretis fue la primera que lo hizo, en 1991) a una teoría o pensamiento que cuestionaba la dicotomía de sexo/género y su supuesto carácter natural. La teoría queer ha propuesto que no existen únicamente dos sexos y dos géneros, sino distintas posibilidades corporales (teniendo en cuenta, por ejemplo, los casos de intersexualidad) y todo un espectro en cuanto al género; también, que ambas categorías, sexo y género, son construcciones o interpretaciones socioculturales. Eso no quiere decir que no existan, quiere decir que hablamos de una realidad postdiscursiva, mediatizada por la categorización lingüística y de pensamiento (ambas intrínsecamente unidas).

Radfem

Abreviatura de feminista radical, actualmente. Esta forma se usa mucho en las redes sociales.

Sexo asignado al nacer (e, incluso, antes de nacer).

Esta expresión se usa por parte del activismo trans y la teoría queer para indicar que la categoría sexo/género se adjudica a los bebés en el momento en que nacen, por sus genitales, aunque puede ocurrir que, más tarde, no se identifiquen con ese sexo asignado, en el caso de las personas trans y queer. En realidad, el sexo ya se tiene muy en cuenta antes de nacer la criatura. Actualmente, se puede ver el feto con ecografías, pero, cuando no había estas, también se creaban expectativas respecto del sexo del bebé. Llama la atención el enorme número de elementos marcadores de la diferencia sexual/de género que existen en nuestras sociedades, hasta el punto de influir de modo decisivo en niñas, niños y niñes desde la más temprana edad. Porque, si la diferencia entre mujeres y varones fuese tan rotundamente biológica, ¿sería necesario señalar con colores y dibujos específicos objetos tan neutros como una taza, un plato o un cepillo de dientes? Al respecto, recomiendo la lectura del libro de Cordelia Fine Cuestión de sexos: cómo nuestra mente, la sociedad y el neurosexismo crean la diferencia (2010), cuyo título ya es bastante explícito.

Sujeto político del feminismo

Se refiere a quiénes son las personas que deben reclamar el derecho a luchar por su liberación a través del feminismo, por haber sido oprimidas, subordinadas y discriminadas por el patriarcado. Para un sector feminista, solo las mujeres cis pueden ser sujetos políticos del feminismo; para otro sector, el sujeto debe ampliarse a las mujeres trans y a otras personas igualmente oprimidas por cuestiones de sexo/género.

Terf

Término acrónimo formado a partir de las iniciales de la expresión, en inglés, Trans-Exclusionary Radical Feminist, que se puede traducir en castellano como feminista radical transexcluyente. Se usa de forma insultante.

Trans

Este término se usa, cada vez más, para denominar a todas las personas trans, tanto a las que tradicionalmente se llamaba transexuales como a las transgénero. La ventaja de la palabra trans es que elimina la diferenciación entre transexual y transgénero, que, con frecuencia, genera muchos problemas, como veremos.

Transfeminismo

Según Berta Gómez:

Corriente que amplía los sujetos del feminismo a otras personas que también están oprimidas por el patriarcado, pero que no necesariamente han de identificarse como mujeres, aunque estas, obviamente, también están incluidas. Tal y como explican Sandra Fernández-Garrido y Aitzole Araneta en Barbarismos Queer y otras esdrújulas, “lejos de ser una superación del feminismo, puede leerse como una apertura del mismo en torno a dos cuestiones: quién es el sujeto del feminismo y qué problemáticas nos atraviesan cuando pensamos en el género como una realidad que nos une tanto como nos diferencia”. En los inicios del transfeminismo en España, el término únicamente aludió a la inclusión de las mujeres trans y sus demandas específicas en el movimiento feminista; pero a partir de 2010 se define ya como “un feminismo interseccional, que apuesta por integrar aspectos como las violencias de género, de clase, los post-colonialismos o las cuestiones de raza, el estigma del trabajo sexual o el rechazo y la patologización de las personas trans”. (Berta Gómez, “Feminismos y política de la identidad: una aproximación al debate español”, 2015).

Transfobia

Discriminación, miedo o/y odio, hacia las personas trans. Pueden existir también pulsiones inconscientes de rechazo-atracción.

Transgenerismo y transexualidad

Según Miquel Missé:

Transgénero hace referencia a aquella persona que vive en el género opuesto al que le asignaron al nacer, pero sin modificar necesariamente su cuerpo. Es un tránsito en el género. Este concepto emerge de los movimientos trans norteamericanos de los años 80 en oposición a la categoría médica transexual y a menudo está relacionada con una crítica al sistema binario hombre-mujer». (Missé, Transexualidades: otras miradas posibles, 2013, 11-12).

Transexual es aquella persona que quiere someterse a una reasignación genital y modificar su cuerpo para vivir en el género que siente como propio. […] es una transición en el sexo biológico. Este concepto nace en la década de los cincuenta de la mano de los primeros médicos que intervienen a personas trans para diferenciarlas de las personas que practican el travestismo. (Missé, Transexualidades: otras miradas posibles, 2013).

Según Nieto Piñeroba, sin embargo:

La transexualidad es una manifestación transgenérica. Una forma de transgénero que históricamente […] una vez que se había diagnosticado, requería inexcusablemente tratamiento quirúrgico de los genitales. […]

Paralelamente, a las personas trans que no recurrían a la reasignación genital no se les consideraba transexuales puros. A mi juicio, esta distinción protocolaria nunca tuvo razón de ser. Todas las personas trans, las operadas y las no operadas, eran transgeneristas que manifestaban de distinta forma su identidad de género. Por lo demás, en los últimos años la no operación genital era un clamor reivindicativo trans, lo que no invalida/ba que haya/hubiera transexuales que se sientan o sintieran más a gusto con sus cuerpos regenitalizados. Ahora, en puridad, la distinción no tiene sentido alguno. […] (Nieto Piñeroba, 2008: 12-14).

Tal como ya esboza Nieto Piñeroba, la tendencia actual es a no establecer diferencias entre personas transgénero y transexuales. Se habla de identidades trans. Ello es debido a que no todas las personas trans quieren o pueden operarse. Algunas no lo desean, otras no pueden hacerlo por motivos de salud, económicos, familiares, laborales, sociales, etc. De hecho, según la actual legislación española a nivel estatal, la ley de 2007 (véase el apartado dedicado a estas leyes), no se exige la intervención quirúrgica. Sí es cierto que hay también personas que quieren operarse. La categoría transgénero no supone ser menos auténtico que la persona transexual, ni vivir esa condición de manera frívola, caprichosa o fraudulenta.

Personalmente, yo ampliaría la identidad trans: no solo sería la de aquellas personas que se autoidentifican o autorrepresentan con claridad en un sexo/género diferente al que se les asignó al nacer, sino a aquellas otras que deciden libre y conscientemente un cambio del sexo/género en el que han vivido a otro.

Cómo se debe, y no se debe, denominar a las personas trans.

A una persona trans hay que denominarla tal como lo hace ella o él, no por el sexo/género asignado al nacer o por los genitales. Una mujer trans es la que se identifica como tal y un hombre trans, exactamente lo mismo. Es decir: Pablo es un hombre trans, aunque al nacer tuviera el nombre de Paulina y sus genitales fueran asignados como femeninos. Se llama Pablo y es un hombre. Alicia es una mujer trans, aunque al nacer fuera inscrita como Ramón. No es “un trans” ni “un transexual”, ni “un travesti”, denominarla así muestra transfobia, ignorancia o una gran falta de respeto.

Transmisoginia

Odio y desprecio hacia las mujeres trans, por ser mujeres y por su condición trans.

Travesti

Según Miquel Missé:

Travestido —o travesti— hace referencia a aquellas personas que esporádicamente se visten y actúan con los códigos del género opuesto, aunque en su vida social y cotidiana se identifiquen con el género que les fue atribuido al nacer. Este es el primer concepto que la medicina utiliza a principios del siglo XX para hacer referencia a quienes no se identifican completamente con su género asignado, incluyendo a hombres afeminados y mujeres masculinas. (Missé, Transexualidades: otras miradas posibles, 2013).

Historia de un conflicto

HISTORIA DE UN CONFLICTO

“Lo masculino y lo femenino son correlativos que se contienen y complementan. Sé que es así: la cualidad y la negación de la cualidad están indisolublemente entrelazadas. Pero no sé, en cambio, en qué consiste la naturaleza de lo masculino y la naturaleza de lo femenino, si involucran al macho y a la hembra (...) Aunque he sido hombre y mujer, no conozco todavía la respuesta a estas preguntas. Todavía me dejan perplejo”.

La pasión de la nueva Eva,

ANGELA CARTER.

Dentro del feminismo siempre ha habido corrientes, tendencias diversas, incluso opuestas y enfrentadas, igual que en cualquier otro movimiento social. Ha sido inevitable, tanto como los conflictos entre esas corrientes y aun dentro de ellas, porque no todas pensamos igual. Resultaría ingenuo creer que por ser mujeres y feministas no íbamos a tener ese tipo de problemas.

A lo largo del siglo XX, ha existido el feminismo de la diferencia y el radical frente al feminismo de la igualdad, el autónomo (independiente de los partidos políticos) frente al de la doble militancia, el feminismo pacifista y antimilitarista frente a los grupos vinculados a partidos, colectivos y organizaciones que abogaban por la lucha y la revolución armadas. De manera que el enfrentamiento actual no tiene nada de nuevo, aunque se haya recrudecido en los últimos tiempos. Eso sí, cuando nos toca de cerca y nos afecta personalmente, está claro que se vive peor, de manera más dolorosa.