Ignacio Ellacuria - Marcela Lisseth Brito de Butter - E-Book

Ignacio Ellacuria E-Book

Marcela Lisseth Brito de Butter

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Beschreibung

La figura de Ignacio Ellacuría es fascinante porque tanto su vida como su muerte son la muestra cabal de su compromiso radical con los más necesitados: los pueblos crucificados del mundo. Este es el sello distintivo de su legado intelectual riguroso, complejo y multidisciplinario. Las preocupaciones de Ellacuría no pueden comprenderse sin una mirada atenta a su trabajo filosófico; aunque su pensamiento abarca también la teología y el análisis político, la filosofía es el hilo que enlaza algunos de sus principales conceptos teológicos, políticos y académicos. Este libro es una invitación a descubrir el pensamiento de este jesuita, filósofo, teólogo y mártir, pues en un mundo y en una época en las que parece que la filosofía ya no tiene mucho que decir, Ignacio Ellacuría es una bocanada de aire fresco para el intelecto.

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Seitenzahl: 187

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Marcela Brito de Butter

Ignacio Ellacuría

Fraternidad solidaria

Herder

Diseño de la cubierta: Toni Cabré

Edición digital: José Toribio Barba

© 2022, Marcela Brito de Butter

© 2022, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN EPUB: 978-84-254-4938-3

1.ª edición digital, 2022

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a cedro (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

PRÓLOGO

Ricardo Espinoza Lolas

INTRODUCCIÓN

LA IDEA DE FILOSOFÍA DE IGNACIO ELLACURÍA

Filosofía como forma de saber

Filosofía como forma de vida

Filosofía como actividad política liberadora: la opción preferencial por los pobres

LA REALIDAD HISTÓRICA COMO OBJETO FILOSÓFICO

Dimensión física de la realidad histórica: materia, espacio, tiempo y vida

Dimensión transcendental de la realidad histórica: transmisión, tradición, posibilitación y praxis históricas

NUESTRA ALTURA HISTÓRICA ACTUAL: MAYORÍAS POPULARES Y SIGNO DE LOS TIEMPOS

La estructura dinámica del mal en el mundo actual

La civilización de la pobreza como camino de renovación humana

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA

APÉNDICE 1. OBRAS DE IGNACIO ELLACURÍA

APÉNDICE 2. OBRAS SOBRE IGNACIO ELLACURÍA

APÉNDICE 3. NOTA BIOGRÁFICA SOBRE IGNACIO ELLACURÍA

PRÓLOGORicardo Espinoza Lolas

El filosofar implica una gran necesidad de estar en la realidad y una gran necesidad de saber última y totalmente cómo es esa realidad, más allá de sus apariencias puramente empíricas. Quien no tiene esas dos condiciones, no es apto para filosofar. Hace falta también un talento especial: muchos de los ataques a la filosofía nacen de la contradicción entre quienes necesitan algo así como filosofar y, sin embargo, son incapaces de hacerlo, pues no pueden dominar sus requisitos técnicos. La filosofía no les dice nada, sobre todo en sus apartados más técnicos, no porque la filosofía no diga nada, sino porque ellos son incapaces de escucharla. Por eso acuden, en el mejor de los casos, a aspectos filosóficos que están más de moda o que son más asequibles para el público. I. ELLACURÍA, Filosofía, ¿para qué?

Esta obra se integra en esta colección «Rostros de la filosofía Iberoamericana y del Caribe» de inmediato como imprescindible, porque no solo es un libro «sobre» Ignacio Ellacuría, que de suyo es un pensador muy importante, pero poco estudiado, sino también «acerca» de él, lo cual le da otra orientación, pues lo entiende desde dentro de sí mismo como un gran filósofo y no busca interpretarlo desde las lecturas clásicas, como las de Héctor Samour o Antonio González. Es un libro con una perspectiva interiorizada del pensador español, nacionalizado salvadoreño, no en lo que ya sabemos y con gran indignación, su vil muerte (junto a otros mártires en San Salvador, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, UCA) a manos del propio ejército salvadoreño y traicionado hasta por el presidente de la época, Alfredo Cristiani, el 16 de noviembre de 1989, sino en la riqueza conceptual del filósofo mártir, en cuanto filósofo e incluso más allá de Zubiri.

Aunque su pensamiento quedó truncado por su abrupta muerte —tenía cincuenta y nueve años cuando fue asesinado—, nos dejó una obra teológica, política y en esencia filosófica; es necesario destacar esto hasta el cansancio, y es uno de los puntos clave de la filósofa Brito en esta interpretación renovada de Ellacuría. Se trata de una filosofía que, como piensan algunos, no solo es hija de la filosofía de Xavier Zubiri (que era, literalmente, como un padre para Ellacuría), sino que tiene un vuelo propio y pudo cristalizar en un trabajo conceptual más allá de este, e incluso corregir a su maestro o adentrarse en zonas que la filosofía de Zubiri dejaba de lado de forma explícita, a saber, lo humano en cuanto social e histórico y, por ende, su dimensión política y liberadora. Si la filosofía de Zubiri es un estudio analítico de cómo acontece lo real, en y por sí mismo, en cada uno de nosotros, el pensamiento de Ellacuría se sumerge, in media res, en la articulación de una matriz, por una parte, conceptual en la que cada uno de nosotros se articula con el otro y, por otra, esa articulación de lo humano es expli­citación de lo real mismo en un movimiento histórico y liberador: es la realidad política la que emerge radicalmente en Ignacio Ellacuría. Con ello la filosofía no solo ahonda lo que Zubiri no pensó o dejó de lado, sino que debe repensar qué sea eso real, porque no es suficiente con que la realidad sea «de suyo» lo que aprehendemos en tanto aprehensión, sino que ese «de suyo» se constituye materialmente entre unos con otros. Y en ello ese «de suyo», como real y físico, nos libera de forma radical de las cadenas aparentemente necesarias de la ideología totalitaria que nos subjetiva, esto es, el capitalismo.

Ellacuría es en esto fiel a lo más propio del pensamiento de Hegel y de Marx. Es un pensador de la libertad, pero de una que acontece en la misma historia del ser humano con toda la negatividad que ello conlleva. La libertad sobreviene a través de un proceso real y efectivo de realizarla entre unos con otros constituyendo una comunidad institucional. Por ejemplo, a pesar del dolor de vivir bajo una ideología totalitaria capitalista que niega lo humano en cuanto libre, Ellacuría levanta su filosofía desde San Salvador a todo el mundo; una filosofía que conceptualmente busca reflexionar sobre lo que oprime al ser humano y con ello mostrar una salida filosófica ante esa dominación. La filosofía de Ellacuría se mueve en lo que desde hace mucho se llama la idea absoluta (Hegel); es una filosofía a la vez materialista y liberadora en nuestra propia historia, en la que la teoría y la praxis son expresión de un devenir, del movimiento no solo de lo humano en cuanto histórico, sino de la realidad misma en cuanto dinámica. Con estas coordenadas, desde Zubiri, Hegel, Marx, la teología cristina de Rahner, y con su experiencia centroamericana —que pasa por la pobreza más radical, también por la injustica más intolerable que puede un sistema totalitario ejercer sobre el ser humano para dañarlo y con ello dominarlo como un esclavo— Ellacuría levanta su filosofía para nuestros tiempos.

¿Por qué una fraternidad solidaria para esta época? ¿Es posible ser fraternal y solidario con el otro cuando nuestra vida es radicalmente egoísta y demandada por mil cosas cotidianas? ¿Es posible algún tipo de fraternidad en un mundo eminentemente capitalista que promueve una lógica competitiva y voraz por el reconocimiento por medio del éxito? Este libro de Marcela Brito «acerca» de Ellacuría intenta dar una respuesta desde El Salvador a todos los rincones de este pequeño planeta y nos presenta a un filósofo más vivo que nunca, cuya filosofía nos brinda claves fundamentales para entender nuestros problemas e indicios reales para procurar resolverlos. Con este fin, Brito escribe un texto bien articulado en tres capítulos. El primero nos habla de lo que Ellacuría entiende por filosofía; el segundo se sumerge en el objeto mismo de lo filosófico, esto es, la realidad histórica; finalmente, ambos momentos convergen en el último capítulo que versa sobre nuestra civilización, una comunidad que desde la pobreza se levanta y se ha levantado cada día, y sigue levantándose, como una comunidad de libres.

El análisis que nos propone Brito está muy bien pensado porque, sabiendo cómo entenderemos la filosofía, podemos tener claro nuestro objeto de estudio; por lo mismo, el modo de hacer filosofía de Ignacio Ellacuría muestra que su objeto de estudio es el ser humano articulado en un tejido socio-histórico material, un humano que en su dinamismo histórico repiensa qué es la realidad misma (es un bucle que va desde lo real a lo humano y desde lo humano a lo real). Y en ello podemos ver, desde dentro de nuestra actualidad, que hoy todos estamos siendo desde una articulación histórica de precariedad radical y ante ella, a pesar de eso, nos levantamos tanto unos como otros libremente. Este detalle del libro de Brito es un gran hallazgo no solo para los estudios ellacurianos (y también zubirianos y marxistas latinoamericanos), sino para la propia filosofía que piensa el presente y que a la vez quiere abrir posibilidades reales de emancipación. La autora salvadoreña lo dice de forma tajante y trabajando desde Ellacuría:

La realidad de los pobres, que es la más reveladora, densa y universal, es el signo de los tiempos por excelencia, porque se caracteriza «por el predominio efectivo de la falsedad sobre la verdad, de la injusticia sobre la justicia, de la opresión sobre la libertad, de la indigencia sobre la abundancia, en definitiva, del mal sobre el bien». La cantidad masiva de muertes, incluso en los países más desarrollados, a causa de la pandemia provocada por el virus SARS-COV2, es muestra fehaciente de la vulnerabilidad humana fruto del régimen de desigualdad y del acaparamiento de los recursos de unos pocos por encima de las grandes mayorías. En países empobrecidos como India, Honduras y Haití, por ejemplo, la tragedia humana es aún más brutal e indignante, pues es la muestra viva de los más pobres, a quienes el sistema de posibilidades que configura nuestra época desangra incansablemente. (p. 120)

Marcela Brito de Butter es una joven pensadora salvadoreña directora del posgrado de la Universidad José Simeón Cañas, la universidad de Ignacio Ellacuría. Lleva años trabajando afanosamente en las fuentes mismas de la filosofía del pensador español-salvadoreño. Conoce como pocos la vida y obra de Ellacuría, también a las fuentes vivas que estuvieron con él, como Jon Sobrino y Héctor Samour, por nombrar solo a dos. Gracias a su renovada investigación podemos ver a un filósofo muy importante que convive con el teólogo y el político Ellacuría. Es en el filósofo donde encontramos conceptos fundamentales para pensar lo real y con ello lo humano de forma viva y en transformación material para que acontezca una comunidad de humanos libres en medio del capitalismo más mortífero en el que vivimos como esclavizados. Gracias al trabajo filosófico de Brito, podemos conocer la gran riqueza conceptual del pensador salvadoreño y el diálogo con otros pensadores actuales generando una matriz desde la lengua castellana que nos permite no solo reflexionar críticamente acerca de nuestro presente, sino intentar transformarlo en la praxis.

Por último, es la misma autora salvadoreña la que nos indica la importancia de Ellacuría para leer nuestro presente y liberarlo de sus cadenas de precariedad impuestas por la ideología dominante de turno:

La insistencia de Ellacuría en lo comunitario y estructural nos ilumina para entender que sin el otro y sin los lazos de fraternidad solidaria, muy difícilmente podremos realizar cambios suficientes para echar a andar la historia por un rumbo distinto. Lo que plenamente podemos llegar a ser solo se alcanza acompañados, construyendo otras formas de organización colectiva, modelos económicos, patrones culturales, formas de amar, etcétera. Renovar el orden vigente desde sus cimientos es una tarea que no se acaba, ni será nunca totalmente perfecta. (p. 144)

Los invito a leer este libro para, de la mano de Ellacuría, entender nuestra vida y ver que sí tenemos la posibilidad de transformarla, superar estos tiempos nihilistas y mirar el futuro con confianza. Estamos ante un Ellacuría, en esta colección, muy bien leído por Marcela Brito, a la altura de la historia que nos demanda. Esto se agradece con creces.

Concón, 10 de diciembre de 2021

INTRODUCCIÓN

El siglo XX fue «el siglo de las guerras» y el XXI, que apenas comienza, nos auguraba la promesa de dejar atrás un pasado lleno de destrucción y muerte. Sin embargo, vemos que las guerras siguen, que la insolidaridad no cesa y que las pandemias han vuelto a ponerse a la orden del día. En un mundo cada día más rápido, la pregunta por hacia dónde nos dirigimos vuelve a estar presente. A lo largo de la historia de la filosofía se han hecho enormes esfuerzos por explicar el mundo para que podamos vivir en él y con él, sin embargo, cada vez son más evidentes sus límites e insuficiencia. Poco a poco el pensamiento utópico se ha ido borrando, dando paso al pragmatismo y la conformidad con un orden global que, en apariencia, no podemos cambiar. En un país diminuto y asediado por la pobreza como El Salvador, el filósofo Ignacio Ellacuría se dio a la tarea de repensar la filosofía, su objeto y propósito, porque creyó que con la fuerza de la razón que atiende al lamento de la realidad de los desposeídos, esta era capaz de convertirse en motor y conciencia de la necesidad de diversos cambios estructurales que no solo erradicaran el mal en este país centroamericano, sino también en el mundo. Su pensamiento y praxis se convirtieron en voluntad de verdad, voluntad de liberación y voluntad de salvación para su pueblo y para todos los pobres del planeta: los que padecen violencia, persecución y terror. Con todo y el testimonio vivo que representa su muerte violenta, su legado continúa, por lo que tenemos el honor de traerles este libro que pretende ser una introducción a su pensamiento.

Para entender mejor el porqué de la muerte de Ignacio Ellacuría —¿por qué los mataron? suele ser la primera pregunta cuando se habla sobre él y sus compañeros—, consideramos pertinente compartir algunos aspectos de este filósofo fascinante, tarea nada sencilla, dada la complejidad de su carácter, de sus pronunciamientos, de sus escritos y su obra. No es fácil, especialmente para quienes no lo conocimos en vida. Diversos escritos dan cuenta de algunos aspectos de su personalidad, de anécdotas y actividades, así como de su intenso ritmo de trabajo e incansable espíritu de servicio. Sin embargo, tales escritos también nos dicen que Ignacio Ellacuría se mostraba siempre reservado frente a su vida privada, que podíamos saber más sobre sus ideas, sentimientos, preocupaciones y esperanzas a través de su trabajo como rector y docente en la UCA, su papel como mediador en el diálogo entre la guerrilla y el Gobierno durante la guerra civil salvadoreña, sus escritos de análisis político, sus rigurosos artículos de filosofía y teología, así como en el trato que tenía con la gente más sencilla.

En cualquier caso, si algo podemos saber sobre Ignacio Ellacuría, es que fue movido por la fe, la esperanza y la entrega sin medida a quienes consideró los protagonistas de la historia y los sujetos de la salvación en nuestro mundo: las grandes mayorías empobrecidas, oprimidas, angustiadas, torturadas, violadas y asesinadas por los poderes maléficos del capital. Los negados por las grandes gestas históricas y tecnológicas de la civilización occidental fueron y siguen siendo, según el legado ellacuriano, quienes mejor descubren el rostro manchado de sangre, mentira e injusticia que los artificios del consumismo o las políticas económicas y culturales que imponen las grandes potencias en todos los países del mundo pretenden maquillar. A ese pueblo crucificado sirvió, y por su causa fue martirizado la madrugada del 16 de noviembre de 1989, junto con sus compañeros Segundo Montes, Joaquín López y López, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno, Elba Ramos y su joven hija Celina, por miembros del Batallón Atlacátl, que procedió por orden del Estado Mayor del Ejército salvadoreño.1

Hubo un esfuerzo por ocultar los motivos y a los per­petradores de la muerte de los jesuitas, manteniendo una historia oficial que oscurece, silencia y distorsiona la realidad para hacer «calzar» los hechos con la racionalidad y la justificación de la forma en que opera el poder establecido. La muerte de Ellacuría, de sus compañeros jesuitas y sus ayudantes, fue el resultado de la incomodidad que supuso la razonabilidad del diálogo como vía de salida al conflicto armado, del desenmascaramiento de la brutalidad disfrazada de seguridad nacional, así como la corrupción del doble discurso sostenido tanto por el Gobierno salvadoreño como por Estados Unidos.2

Aunque la ofensiva guerrillera les proporcionó la ocasión para un último impulso y un pretexto conveniente, los «duros» del ejército ya hacía tiempo que habían decidido llevar a la práctica su deseo, que tenían desde hacía diez años, de silenciar al P. Ellacuría. La decisión de matar al P. Ellacuría formaba parte de una ya larga práctica de ataques contra los jesuitas. En este contexto, el P. Ellacuría, que hablaba claramente abogando por la paz, se había convertido en una obsesión. […] Hubo algunas personas en El Salvador que tomaron la llegada al poder del partido ultraderechista ARENA como una especie de luz verde para incrementar la violencia. Aumentaron los intentos de relacionar a los jesuitas con la violencia del FMLN y presentar a los sacerdotes como apologetas de las acciones de la guerrilla.3

El problema, según expone Doggett, radicó en que el carácter pacífico de la protesta y la denuncia le impedía al ejército y a las fuerzas de seguridad actuar con alguna justificación contra los jesuitas de la UCA, puesto que cualquier acción para acallar la crítica y la denuncia repercutiría en el retiro del apoyo al ejército y el Gobierno por parte de la población salvadoreña. Sin embargo, esto no impidió que la masacre se llevara a cabo, por lo que este hecho constituye un caso paradigmático: aunque ya desde la década de 1970 el asesinato de sacerdotes, seminaristas, monjas y laicos colaboradores era sistemático, el de los jesuitas de la UCA sentó el precedente de que las fuerzas militares podían entrar con plena libertad en un recinto universitario, sacar de la cama a figuras de reconocimiento mundial y matarlos. Entonces todo era posible; nadie estaba libre de quedar a merced de tales fuerzas siniestras.

Junto a ellos, ya habían sido torturados y crucificados miles de salvadoreños anónimos, sacerdotes, monjas, seminaristas y activistas de todos los credos, y fueron perseguidos durante años hasta la firma de los acuerdos de paz en 1992. En cierta forma, los mártires del pueblo salvadoreño siguen siendo perseguidos, también los jesuitas de la UCA, porque aún predominan condiciones socioeconómicas, políticas, culturales y de género que de modo sistemático oprimen la vida de millones de salvadoreñas y salvadoreños; en ese sentido, las estructuras de pecado no han sido erradicadas pese al fin del conflicto y la democratización de El Salvador. Hoy en día, el nombre de Ignacio Ellacuría sigue causando recelo en ciertos sectores de la sociedad salvadoreña que no comulgan con el proyecto que él, sus compañeros jesuitas y miles de salvadoreños anónimos lucharon por echar a andar.

Ignacio Ellacuría no llegó a plasmar por escrito su proyecto debido a su muerte prematura, pero sí nos dejó importantes pistas en su vasta y diversa producción intelectual. Asimismo, la prueba palpable de dicho proyecto se evidencia en las comunidades rurales que adoptaron su nombre y el de sus compañeros tras el martirio de 1989, porque creyeron en él y decidieron encarnarlo en su vida comunitaria. El nombre de Ellacuría sigue vivo e incomoda a muchos porque su visión compasiva de la realidad salvadoreña y latinoamericana, su mordaz crítica a los poderes maléficos del capital y su esperanza de otro mundo posible pone el dedo en la llaga sobre la actual configuración estructural —y en definitiva metafísica— de esta época que aporta muchos males y pocos beneficios a la mayor parte de la humanidad.

Entonces, a partir de lo que hemos mencionado, ¿quién fue Ignacio Ellacuría? Sabemos que su obra hablaba más sobre sí mismo de lo que él nunca habló, aunque en ocasiones expresara su sentir con la realidad y lo hiciera como siempre hizo todo: con honestidad. En las entrevistas para radio y televisión que reposan en los archivos de la UCA y en internet, se lo escucha hablar con parquedad, indignación, agudeza, rigor y esperanza acerca de la situación que en ese entonces vivía el pueblo salvadoreño. Sus textos tampoco carecen de la misma expresividad compasiva. Y es que, citando a Jon Sobrino, quien convivió muchos años con él, Ignacio Ellacuría nunca fue una persona sensiblera, pero sí profundamente sensible y compasiva con la realidad, por lo que su actuar siempre estuvo acorde con su tremenda capacidad para leer e interpretar los signos de los tiempos, así como las coordenadas de la situación sociopolítica tanto nacional como mundial y responder a esta interpelación, cargando con y encargándose de la realidad:4

Realmente Ellacuría había sido, sin demagogia, con objetividad, con la palabra de verdad y con la valentía y tenacidad que siempre lo caracterizó, un auténtico profeta en sus escritos y, cada vez más, públicamente por televisión. Hacía poco tiempo, una señora del pueblo me había dicho después de verlo en televisión: «Desde que asesinaron a Monseñor nadie ha hablado tan claro en el país».5

Desde luego no nos olvidamos de la sentencia «dejarse cargar por la realidad», que refleja el gran amor, la compasión y la responsabilidad de Ellacuría para con su pueblo martirizado: la realidad del dolor se le impuso y él se dejó iluminar, guiar y enternecer por este dolor para erradicarlo, en la medida de lo que sus fuerzas limitadas, pero increíblemente potentes, pudieron dar de sí. Este último aspecto es fundamental, porque para comprender lo que implica situarse en la realidad para enfrentarla, cargar con ella y encargarse de ella, primero hace falta escuchar y sentir con la realidad misma. Para ser interpelados, primero debemos ser afectados, y esa es una de las mayores virtudes que podemos extraer de lo ya expresado sobre ciertos rasgos de Ignacio Ellacuría a través de los testimonios que nos han quedado sobre su vida. Con ello queremos señalar que la inteligencia de Ellacuría fue capaz de operativizar las dimensiones teórica, ética y práxica en una filosofía, teología y política puestas al servicio de la liberación, no a pesar de las condiciones de opresión en las que vivió, sino precisamente por y a través de ellas, porque lo que resplandecía y aún resplandece en tales condiciones es el lugar de mayor iluminación de la realidad: las mayorías populares o el pueblo crucificado. Hacia este pueblo se orientaron tanto él como su obra no para dirigirlo, sino para dejarse dirigir por medio de la escucha y el sentir compasivos.

Es en este marco que el proyecto utópico de una civilización de la pobreza cobra sentido, vigencia y urgencia. Para Ellacuría estaba claro que cualquier proyecto civilizatorio parte de una opción preferencial que sirve de criterio ético, epistemológico, antropológico y metafísico en la que el filósofo, el teólogo o el científico deben situarse para aprehender intelectivamente las estructuras de la realidad a la altura de los tiempos en los que se insertan. No en vano expresó, respecto de la teología como momento teórico de la praxis eclesial, que se escribe teología en un escritorio, pero no desde el escritorio.6