Imágenes de la muerte - Ramón Díaz Eterovic - E-Book

Imágenes de la muerte E-Book

Ramón Díaz Eterovic

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Beschreibung

Decimonovena historia de la saga. Dos madres recurren a los servicios de Heredia para que encuentre a sus hijos desaparecidos en medio del estallido social. La investigación pone su vida en riesgo, pero el detective no vacila en seguir adelante.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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© LOM ediciones Primera edición en Chile, septiembre de 2022 Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560016140 ISBN Digital: 9789560016201 RPI: 2022-a-7807 Ilustración de portada: Gonzalo Martínez Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

A mis amigos Óscar Barrientos Bradasic y Juan Ignacio Colil.

Cuando sufre el alma de un gran pueblo, toda la vida está perturbada, los espíritus vivos se agitan y los que tienen un noble corazón inmaculado van al sacrificio.Leonid AndréievSachka Yegulev

1

Eran días de fuego y furiosas esperanzas. Desde hacía unas semanas las manifestaciones populares desbordaban las plazas y calles del país. El centro de Santiago y los alrededores de mi barrio estaban convertidos en un campo de batalla en el que se enfrentaban los ciudadanos indignados y las fuerzas especiales de la policía. La represión era intensa y del lado de los manifestantes se conocían numerosos casos de personas golpeadas, violadas o que habían perdido sus ojos a causa de los balines disparados por los uniformados para contener a los manifestantes que se reunían por las tardes en la plaza Italia, rebautizada desde el inicio de las protestas como la plaza de la Dignidad.

Había entrado a un restaurante en busca de un tentempié y en la pantalla instalada en un rincón del comedor principal se sucedían las escenas de incendios, saqueos de locales comerciales y estaciones del ferrocarril subterráneo destruidas, por lo que el locutor de turno llamaba «vándalos descontrolados». Las demandas sociales corrían por las calles con una fuerza que recordaba las grandes protestas contra la pasada pero siempre omnipresente dictadura pinochetista.

–Hoy cerramos temprano. Solo puedo ofrecerle bebidas, sándwiches y empanadas de pino o queso –dijo el mozo al que conocía desde visitas anteriores–. Si tengo suerte podré encontrar un bus que me acerque a mi casa. Anoche me dejaron a seis cuadras y tuve que andar entre barricadas y gases. Los muchachos trataban de impedir que los pacos entraran a la población con sus tanquetas y en las casas apenas se podía respirar por el efecto de las bombas lacrimógenas.

Se llamaba Pedro y no debía tener más de veinticinco años. Llevaba la cabeza rapada y bajo la oreja izquierda tenía tatuado un escorpión. Vestía una polera musculosa y bluyines negros. Solía conversar con él cuando pasaba al restaurante a comer el plato del día o tomar una copa de vino.

–Los muchachos de mi población dicen que la revuelta seguirá por mucho tiempo. La gente está cansada de vivir en la miseria, atropellada en sus derechos, sin dinero para las compras esenciales y víctima de cuanto abuso se pueda imaginar –agregó.

–«Dignidad para todos». Eso dice el mural que veo por las mañanas desde la ventana de mi dormitorio.

–El patrón nos dijo que cerrará el restaurante si esto continúa. Dice que lo que se vende no alcanza para cubrir los gastos básicos.

–Algunos patrones lloran con razón y otros porque no pueden ganar los millones de siempre.

–No puedo negar que cada día vienen menos clientes.

–El fuego ya prendió, Pedro. Los que mandan no pueden seguir ofreciendo migajas. Tienen que abrir sus billeteras.

–¿Y usted no tiene que pagar sueldos en su oficina? ¿Sigue recibiendo clientes?

–Recibo dos o tres clientes al mes y no pago sueldos. Mi secretario es un gato viejo que trabaja por la comida y un rincón donde dormir. Lo mismo corre para Pugliese, el gato pequeño que comparte el departamento como ayudante y compañía de mi gato Simenon.

–Su trabajo no parece un negocio muy bueno.

–No me quejo. Hasta ahora no me ha faltado para mantener activa la olla.

–¿Qué va a pedir? Como ya le dije, el patrón pretende cerrar el boliche antes de las seis.

–Dile al cocinero que caliente una empanada de pino y sírveme una copa de tinto –respondí–. Después, y antes de ir a mi departamento, daré una vuelta por el Parque Forestal.

***

Me bastó caminar unos minutos para apreciar la agitación de la gente que se dirigía a las estaciones del Metro o a los paraderos de buses. Las tiendas comerciales cubrían sus puertas y ventanas con planchas de zinc. Los vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías a los nerviosos transeúntes y en algunas esquinas las personas observaban el espectáculo de una ciudad agitada por la oleada de descontento que había comenzado, tal vez sin calcular sus alcances, con un inesperado aumento de la tarifa del tren subterráneo.

Encontré a Moquete, el conserje haitiano, a la entrada del edificio. Era un hombre de treinta años que residía en Chile con su esposa y dos hijos de corta edad. Solía conversar con él sobre noticias o asuntos que iban más allá de los problemas del edificio y lo había sorprendido alguna vez leyendo revistas de mecánica automotriz o resolviendo crucigramas que le servían para aprender nuevas palabras en español.

–Una señora lo espera en su oficina desde hace una hora –dijo–. La dejé entrar porque venía cansada y dispuesta a no moverse de la conserjería hasta que usted llegara.

–Bien hecho, Moquete. Subiré de inmediato.

–Aguarde un momento, señor Heredia –agregó el haitiano al tiempo que sacaba un alto de cartas desde la parte inferior del mesón de la conserjería–. Tengo que entregarle la correspondencia recibida para la señora Griseta Ordóñez. Antes de salir de viaje me encargó que se la diera a usted.

–Gracias, Moquete. Veré de qué se trata y seleccionaré lo que sirva.

–No piense que soy un entrometido, pero todavía no entiendo por qué su vecina instaló su departamento y pocas semanas después viajó a Berlín.

–Me dijo que la habían invitado a participar en un seminario y luego la contrataron para impartir un curso de tres meses. Al parecer la invitación provino de una profesora que la ayudó bastante mientras estudió en España y a la que no podía rechazar su nueva oferta.

–Eso tiene más sentido.

–Quedó en regresar apenas termine el curso. Y debo reconocer que la extraño.

–No desespere, señor Heredia. Los días pasan rápido.

–Sí, eso dicen –respondí antes de abordar el ascensor que me condujo hasta el séptimo piso.

Sentada frente a mi escritorio encontré a una mujer morena. Debía tener a lo menos cincuenta años. Sus ojos eran oscuros y tristes. Vestía un sencillo vestido azul y un chaleco del mismo color que probablemente había tejido ella. Sostenía una cartera de tela negra. Al verme llegar se puso de pie. Le hice un gesto para que volviera a sentarse y me acomodé en mi sillón tras el escritorio.

Mi gato Simenon me dedicó una mirada desganada desde el librero en el que se encontraba tendido como una añosa mascota de peluche.

–¿En qué puedo ayudarle? –le pregunté, y al tiempo que encendía el hervidor eléctrico que estaba sobre una mesa de rincón, agregué–: Apenas hierva el agua le ofreceré un té.

–Me contaron que usted busca personas extraviadas. Me llamo Dalia Véliz y quiero que me ayude a encontrar a mi hijo Tomás. Salió de nuestra casa hace una semana y no ha regresado. Temo que le haya sucedido alguna desgracia.

–¿Qué edad tiene Tomás?

–Dieciséis años recién cumplidos.

–Supongo que va al liceo. ¿Cómo le va en sus estudios?

–Dejó de estudiar y de vez en cuando consigue trabajos ocasionales que le permiten ganar unos pocos pesos. Pero la mayor parte del tiempo lo pasa viendo tele o conversando con sus amigotes en la sanguchería de la esquina. No es el hijo que soñé, pero es mi hijo y lo quiero.

–¿Y por qué teme que le haya pasado algo malo?

–Nunca ha estado tanto tiempo fuera de la casa. Y no solo eso. He hablado con varios de sus amigos y dicen que lo vieron por última vez en la calle, el día que estalló la revuelta.

–¿Cree que pudo participar en una marcha o en una barricada?

–Es lo que creo. Tampoco descarto que haya participado en los saqueos que se hicieron en la comuna. La mayoría de mis vecinos ha sacado cosas desde los supermercados. Yo no los juzgo. Todos tienen muchas necesidades y poco dinero.

–Tal vez fue detenido. ¿Preguntó por su hijo a los carabineros?

–Fui, pero no me dieron ninguna información. No saben nada de él y tampoco muestran interés en buscarlo. Están preocupados de la gente que anda en las calles.

–Cuando alguien desaparece suelo pensar en algunas preguntas. ¿Usted discutió últimamente con su hijo? ¿Sabe si Tomás mantiene alguna relación sentimental? ¿Mencionó algún trabajo nuevo?

–A todas esas preguntas le debo responder que no. Ya no pierdo mi tiempo discutiendo con él. No pololea y no creo que se haya preocupado de buscar trabajo durante las últimas semanas.

–¿Fue a los hospitales o a las postas?

–Es imposible ir a todos los hospitales y postas. Fui al hospital más próximo a nuestro domicilio y a la Posta Central. Mi hijo no está ni ha sido atendido en esos lugares –respondió la mujer.

–Muchas personas no han regresado a sus casas después de las manifestaciones. Gente baleada o golpeada que no quiere ir a los hospitales por temor a ser detenida.

–No había pensado en esa posibilidad, señor.

–O tal vez se encuentra en la casa de un amigo y no se ha preocupado de avisar.

–Tiene razón. No sería la primera vez que me tiene con el alma en un hilo.

–¿Puede darme la dirección de su casa, señora?

La mujer me dio la dirección y la anoté en mi libreta.

–¿Dónde trabaja usted, señora Véliz?

–De lunes a viernes en una empresa que presta servicios de aseo a supermercados y grandes tiendas. Los fines de semana vendo ropa usada en la feria libre de la población.

–¿Y su esposo?

–Se fue de la casa hace doce años y no lo he visto más de cinco veces desde entonces.

–¿Su hijo mantiene contacto con él?

–Ninguno. Gustavo, así se llama el padre de Tomás, lo vio durante un tiempo, pero luego encontró otra pareja y la mujer le prohibió juntarse con él. Al principio mi hijo preguntaba por su padre, pero luego se acostumbró a su ausencia. Gustavo trabaja de bodeguero en una cadena de ferreterías, pero no vale la pena que pierda tiempo ubicándolo.

–Nunca se sabe. En una de esas es útil hablar con él.

–¿Quiere decir que me ayudará a buscar a Tomás?

–Haré las preguntas del caso, pero no se haga muchas ilusiones. No son buenos días para andar haciendo preguntas ni para asomar la nariz en lugares desconocidos.

–Tiene que decirme cuánto me cobrará. Los vecinos del barrio juntaron algo de dinero, pero no sé si alcanza para pagar sus servicios.

–Primero déjeme resolver si tengo un caso para investigar o si encuentro a su hijo en un abrir y cerrar de ojos. Haré unas preguntas y después hablaremos de honorarios.

–Gracias. Tenía razón el Pancho cuando dijo que usted me ayudaría.

–¿Quién es Pancho? ¿Lo conozco?

–El hijo de la señora Francisca, mi vecina. Dijo que usted es conocido en el ambiente y que tiempo atrás resolvió unos robos cometidos en la empresa donde él trabajaba. Parece que usted lo interrogó en esa ocasión.

–Recuerdo el caso, pero no a todas las personas con las que conversé. Con el tiempo, la mayoría de las investigaciones se convierten en sombras más o menos difusas.

***

–¿Qué piensas hacer? –preguntó Simenon apenas Dalia Véliz abandonó el departamento.

En las últimas semanas los años se le habían venido encima y el gato se movía lentamente como tanteando el terreno que pisaba en el trayecto de la biblioteca a mi escritorio.

–Lo que suelo hacer al inicio de una investigación. Llamar al comisario Ruperto Chacón para saber si hay una investigación oficial respecto al asunto. Por lo general, él está al tanto de lo sucedido o bien pregunta a sus compañeros.

–Oí decir en la radio que el gobierno impondrá el toque de queda. No podrás salir del departamento después de las diez de la noche. Si te pillan en la calle te mandarán a la cárcel. Habrá que aperarse con lo indispensable: latas de atún, churrascos y bolsitas de alimento para gatos inteligentes.

–Todo a su tiempo, Simenon. Por ahora iré a dar una vuelta a la calle. Me interesa observar cómo la chispa se convirtió en fuego.

–Ten cuidado, Heredia. No estás en edad de andar escapando de los guanacos ni de las lumas de los carabineros.

Mi recorrido llegó hasta la Biblioteca Nacional y desde ahí no pude seguir avanzando hasta la plaza de la Dignidad. No recordaba haber visto tanta gente en las calles ni tanto entusiasmo en los gritos y consignas. Observé a la gente, oí sus consignas y leí los carteles y lienzos que portaban. Rehíce mis pasos y al llegar a mi barrio entré a un bar donde saqué mi libreta y anoté un par de ideas que podrían servirme para encontrar a Tomás Bruna.

2

Me encontraba revisando mis apuntes cuando entró un extraño que pareció intimidado por el aspecto del bar y la mirada poco amistosa de sus clientes. Se detuvo frente al mesón en el que se acodaban tres parroquianos y le habló a un mozo que luego de escucharlo le indicó mi mesa. El hombre, bajo y delgado, me observó a la distancia y enseguida me abordó.

–¿El señor Heredia? –preguntó en voz baja–. Perdone que lo interrumpa. Fui a su oficina y el conserje del edificio me indicó que podía encontrarlo en este lugar.

–¿Qué se le ofrece? –retruqué con cierta aspereza, temiendo que se tratara de un promotor de préstamos bancarios o algo peor. En la última semana había recibido cuatro llamadas de un tipo que ofrecía facilidades para la compra de servicios fúnebres y nichos en un cementerio privado. Definitivamente no se podía esperar mucho de un país en el que había que endeudarse hasta para tener un lugar donde caerse muerto. Desde el primer berrido y hasta la última exhalación todo era un continuo de préstamos y cuentas por pagar

–Me llamo Ricardo Salles. Necesito conversar con usted por un asunto que requiere de la intervención de un detective. Soy periodista y un colega que usted conoce, Marcos Campbell, me dio sus señas y recomendó recurrir a sus servicios.

–Tome asiento y pida algo de beber –le dije.

Mientras Salles se acomodaba recordé a Marcos Campbell, mi amigo periodista que dirigía una revista de actualidades políticas que publicaba con persistencia y escasos recursos. Nos unían varias décadas de amistad y le debía más favores de los que podía recordar.

–Lo imaginaba más joven –agregó acompañando su comentario con una sonrisa–. Seguramente se debe a que solo conozco a los detectives de las películas.

–Los detectives de verdad envejecen más rápido que los del cine. No necesitan verse apuestos ni sonreír a las estrellas de turno. Tuve el brillo de la juventud, pero la vida siguió su curso y ahora me conformo con los tonos opacos de las casi seis décadas. Pero no se preocupe ni se fije en los años. Conozco mi trabajo y puedo correr varias cuadras antes de quedar sin resuello.

–No he querido ofenderlo, señor.

–No me ofende. Sé lo que veo cada mañana en el espejo. ¿Qué lo trajo hasta este bar?

–Tengo o mejor dicho tenía un amigo que murió en su departamento. Al parecer lo asesinaron en el transcurso de un robo. Su madre, la señora Berta, estaba preocupada porque llevaba dos días sin tener noticias de él y presintiendo que podía pasarle algo malo me pidió que la acompañara al departamento de su hijo. Lo encontramos a los pies de su escritorio. Llamamos a Carabineros y llegaron dos funcionarios que se hicieron cargo de la situación. Desde entonces han pasado siete días y la investigación no prospera, como si nadie se hubiera aplicado a fondo en la pesquisa.

–Feo asunto. ¿Cómo se llamaba su amigo?

–Daniel Riera.

–¿Sabe cómo fue asesinado?

–Tenía cortes en el cuello y el tórax. Según el carabinero que examinó preliminarmente los restos, recibió dos puñaladas en el corazón que debieron ser fatales. No es una información oficial porque aún no accedemos a los resultados de la autopsia. Todo es muy lento para mi gusto.

–¿Alguna idea de cómo pudo ingresar el asesino al departamento? ¿Existían medidas de seguridad en el lugar?

–Daniel vivía en un edificio antiguo que cuenta con tres conserjes que se turnan para vigilar la entrada. Gente mayor y sin capacitación que hace lo que puede para mantener los ojos abiertos. Uno dice no haber visto a Daniel durante su jornada laboral. Otro señala que llegó acompañado de un hombre moreno y alto. El conserje ayudaba a una vecina a trasladar sus compras del supermercado y vio al extraño desde cierta distancia. El tercer conserje estaba en la bodega a la hora en la que se supone llegaron Daniel y su acompañante.

–¿Cómo se ganaba la vida?

–Era fotógrafo profesional. Sacaba fotos que a veces lograba vender a algún medio de comunicaciones y trabajaba en fiestas y ceremonias. A pesar de su talento le costaba juntar las monedas del mes.

–No parece la mejor víctima para un robo.

–No le falta razón, Heredia. Le robaron sus dos únicos bienes de valor: una cámara fotográfica digital y su computador portátil.

–¿Nada más?

–Roperos, veladores y otros muebles ni siquiera fueron registrados. Tampoco faltaba nada en la cocina ni en el baño. Los ladrones se quedaron con lo primero que consideraron de valor.

–Salvo que el objetivo fuera asesinar a su amigo y el robo lo cometieron para guardar las apariencias.

–Me cuesta pensar en una razón para matar intencionalmente a Daniel. Mi tesis es que él sorprendió a los rateros y estos lo agredieron.

–Sin duda, esa es la primera idea para tener en cuenta –dije y luego de una pausa pregunté al periodista por los familiares de Riera.

–Su único familiar es doña Berta. Era hijo único y su padre falleció cuando mi amigo era un adolescente. Se casó muy joven y no tuvo hijos. Su matrimonio duró poco. Su exesposa vive en Coquimbo y hace casi veinte años que no se veían.

–¿Otras relaciones sentimentales?

–Solía preguntarle por sus romances y él se limitaba a decir que no le faltaba compañía. Quizás su madre tenga más información. Pese a nuestra amistad, desconozco la causa de su ruptura matrimonial, pero tengo la impresión de que fue algo doloroso que lo marcó profundamente.

–¿Deudas? ¿Debía dinero a bancos o prestamistas?

–Ninguna, que yo sepa. Ganaba lo justo y sabía adaptarse a su realidad.

–Una casa con puertas cerradas que no conducen a ninguna parte –comenté.

–¿Qué quiere decir?

–La vida de una persona tiene muchas aristas y generalmente solo conocemos unas pocas.

–¿Insinúa que Daniel estaba metido en algo de lo que prefería no hablar con su madre ni con su amigo más cercano? No imagino a Daniel metido en algo turbio o peligroso.

–Usted es su amigo. Yo un extraño que me vengo enterando de su existencia y triste final. Tengo derecho a pensar lo que quiera de él.

–¿Va a tomar el caso?

–Haré las preguntas que considere necesarias.

–No demuestra mucho entusiasmo.

–¿Quiere que de brincos de alegría porque tengo que investigar la muerte de una persona?

–Pensaba en una respuesta más afirmativa.

–Confíe en mí. Sé hacer mi trabajo.

–¿Necesita un adelanto de sus honorarios?

–Hasta el mono del organillero se mueve por monedas. Hay gastos normales y otros que son imprevistos.

***

Berta Lorca abrió la puerta y me invitó a entrar a su departamento. La había llamado a media mañana y acordamos una cita después de que le mencionara mi encuentro con Ricardo Salles. Era una mujer menuda y de cabellos negros cortados en forma de melena. Vestía falda de tela escocesa y blusa negra. De su cuello colgaba un medallón de plata con la imagen de Jesucristo.

–Me agrada la gente puntual –comentó después de indicarme una silla cuyo tapizado lucía desgastado por el uso–. Debo confesar que no era partidaria de contratar sus servicios, pero me convencieron. Como se habrá dado cuenta, tengo mis años y varias ideas fijas. Me pregunto quién puede dedicarse a ser detective privado en nuestro país, y lo primero que pienso es en alguien con un pasado oscuro. Una amiga dice que los detectives privados y los guardias de seguridad son todos milicos o pacos retirados. Gente en la que preferiría no tener que confiar.

–No tengo pasado de uniformado ni de nada parecido. Durante mucho tiempo tuve la misma inquietud que usted y terminé colocando en la puerta de mi oficina una placa que dice: «Se hacen preguntas y nos interesan los asuntos del prójimo». Y todo por el mismo precio, puedo añadir ahora.

–Ricardo me dijo que usted quería hablar conmigo acerca del asesinato de mi hijo. ¿Sabe que soñé con él horas antes de enterarme de su muerte? Estaba detrás de una ventana y me llamaba a gritos, como si estuviera en peligro o viera algo que le causaba espanto. Más tarde traté de comunicarme con él y no lo conseguí. Llamé a Ricardo, le conté mi sueño y fuimos al departamento de Daniel. Usted sabe lo demás.

–¿Comparte la idea de que fue víctima de un robo?

–Es lo que dicen los carabineros y en su departamento faltan la cámara fotográfica y su computador. No sé qué creer, pero quiero ver preso a su asesino.

–¿Le habló su hijo de algún problema que lo afectara? ¿Trabajo? ¿Deudas? ¿Un romance fallido?

–Daniel tenía bien puestos los pies sobre la tierra y sabía lo que podía ganar con su trabajo. Tenía claro lo que podía gastar y huía de las deudas como de la peste. Y en cuanto a líos sentimentales, lo dudo. Después de separarse de su primera y única esposa, tuvo un par de relaciones que no prosperaron. Solía decirle que se buscara una compañera y él se limitaba a encogerse de hombros. Su matrimonio dañó su corazón y nunca pudo recuperarse. De la única mujer que habló en los últimos tiempos era de una muchacha a la que impartía clases o algo así. Desgraciadamente no recuerdo su nombre. Con la edad me he puesto distraída y olvidadiza.

–¿Tenía otros amigos, además de Ricardo?

–No recuerdo a ninguno en particular. Un par de veces vino con unos colegas que trabajaron en el laboratorio de revelado que montó antes de que se fuera a vivir solo. No me dijo sus nombres ni me los presentó. Al parecer les había arrendado su laboratorio por algunas horas.

–Trato de hacerme una idea de cómo pudo ser la vida de Daniel.

–Mi hijo está muerto. Mañana me entregan sus restos y los velaré en la misma iglesia donde hizo la primera comunión. Después lo despediré en el Cementerio General y trataré de hacerme a la idea de que no lo volveré a ver. Ignoro si fue feliz, pero era un buen hombre y un hijo cariñoso. Amaba su oficio y, si me apura, le diré que fue un artista en lo suyo. A veces me mostraba las fotos que tomaba. No las que hacía para ganar dinero, sino las otras, las que daban sentido a su trabajo. Los días en que no iba a un casamiento o bautizo, cogía su cámara y salía a recorrer la ciudad. Le interesaba retratar a la gente, mostrar cómo vivían, sus luchas en las calles, sus tristezas y alegrías. Era un artista sensible. Con ayuda o contactos en la prensa habría tenido el reconocimiento que merecía.

Dejé hablar a la señora Berta y cuando sus recuerdos se convirtieron en un cauce seco, le pregunté la dirección de la iglesia donde velarían a su hijo.

Me despedí y la mujer me acompañó hasta la puerta del departamento. Al volver a mirar hacia el interior tuve la impresión de que una sombra avanzaba a su encuentro. Luché un instante contra mis dudas y me sobrepuse al deseo de dejar correr el asunto. Debía buscar a otras personas que me ayudaran a conocer la vida y entender la muerte de Daniel Riera.

***

Compré un trozo de queso, cuatro panes y seis manzanas en un almacén próximo al Centro Cultural Mapocho. De regreso en mi departamento alimenté a Simenon y Pugliese, y luego me preparé una taza de té. Puse un cedé de Goyeneche en el equipo de música y me dediqué a vagar por las piezas del departamento. Me detuve en la puerta del dormitorio de Goran. Recordé que mi hijo estaba con su madre en Punta Arenas y que pasarían varios meses antes de que volviera a visitarme.

–No me digas que ahora te preocupa la soledad –dijo Simenon desde el balcón al que se subía para observar el paso de la gente por la calle.

–A ratos extraño a Goran. Me acostumbré a su compañía cuando vino a conocer el departamento.

–No te ahogues en un vaso de agua. Tu hijo puede aparecer en cualquier momento porque por algún extraño motivo le resulta atractiva la vida que llevas. Si se anima será periodista o en el peor de los casos ocupará tu escritorio. Muchos padres desean que sus hijos sigan sus huellas y tal vez tú eres uno de esos.

–No pretendo intervenir en las decisiones del muchacho. Soy un aparecido en su vida.

Simenon movió su cola con indiferencia y se dirigió al rincón de la biblioteca donde tenía su pocillo con agua. Tomé el teléfono y marqué el número de Marcos Campbell. Cuando contestó mi llamada simulé la voz de un gringo con escaso dominio del español y me hice pasar por un corresponsal interesado en contratar sus servicios.

–No me engañas, Heredia. Hasta dormido podría reconocer tu voz –dijo–. ¿Qué ha sido de tu vida? La última vez que nos vimos venías llegando de alguna parte que ahora no recuerdo. Fue la noche anterior a que el Metro de Santiago estallara como guatapique.

–¿Y tú? ¿En qué andas? –me apresuré a preguntar para no enredarme en los recuerdos.

–Haciéndole guiños a la vida. En una de esas se entusiasma y me sonríe.

–Y eso, traducido a un lenguaje entendible, ¿qué significa?

–Sigo con los reportajes que me encargan algunos diarios extranjeros y con la publicación de mi revista que dejó de circular en papel y ahora solo se puede leer en la internet. Tengo una buena cantidad de lectores y no dejan de llegar los avisadores. Además, con el asunto del estallido me han llegado solicitudes de colaboraciones desde el exterior. A muchos editores extranjeros les llama la atención que el país latinoamericano modelo reventara por los cuatro costados, como una bomba de mierda disfrazada de adorno lujoso y moderno.

–¡Internet! Con razón me extrañaba no ver tu revista colgada en los quioscos.

–¿Todavía no compras un computador?

–Para preparar café sigo ocupando mi vieja cafetera italiana.

–Respuestas no te faltan –comentó Campbell y luego de una pausa añadió–: No te debo dinero, no es mi cumpleaños ni he ganado la lotería. ¿A qué se debe tu llamada?

–Quería agradecerte que me recomendaras con Ricardo Salles. Necesitaba un cliente con urgencia, aunque no sé si podré trabajar con el revoltijo que hay en toda la ciudad.

–Salles es un buen tipo. Trabajó conmigo cuando era un estudiante en práctica, y una vez titulado entró al negocio de las asesorías comunicacionales. Le ha ido bien enseñando a los gerentes a ser simpáticos y simular que se preocupan por sus empleados y clientes.

–¿Sabes por qué deseaba contratar mis servicios?

–Daniel Riera. Me habló de su asesinato y quedé en escribir un artículo sobre él en mi revista.

–¿Conocías a Riera?

–Poco. Conversé con él un par de veces y le compré fotos para ilustrar artículos para una revista francesa. Era buen fotógrafo, creativo y con buen ojo para encontrar tomas novedosas. Su fuerte eran las fotografías sociales, por llamarlas de algún modo.

–¿Fotografías sociales? Matrimonios, bautizos, ceremonias. ¿A eso te refieres?

–Imágenes de marchas políticas, tomas de terrenos y universidades, campesinos con problemas de agua, pueblos originarios a los que les quitan sus tierras y los reprimen, gente que vive en la calle, agresión policial. De eso te estoy hablando. Las tomaba por interés personal y las vendía de vez en cuando.

–¿Un fotógrafo metido en las patas de los caballos?

–Como nosotros y otros tantos que no olvidan que muchas cosas huelen mal.

–¿Alguna hipótesis con respecto a su asesinato?

–Ninguna. Sé lo que me contó Salles y la verdad es que no he pensado mucho en el asunto. Si la policía hace su trabajo es probable que aparezcan los equipos robados. El ladrón debería venderlos en algún lugar y por ahí puede aparecer una pista a seguir.

–¿Conoces algún lugar donde se vendan equipos robados? ¿Mercados de las pulgas, ferias poblacionales, tiendas en centros comerciales de medio pelo?

–No, pero puedo preguntar a un colega que sabe del tema.

–Me interesa saber si Riera andaba metido en algo que motivara su asesinato.

–El panorama puede ser amplio y muy confuso.

–¿Sabes si tenía otros amigos aparte de Salles?

–Ni idea. Ya te dije que solo conversé un par de veces con él.

Pensé que sobre Salles no me quedaban preguntas en el tintero y decidí cambiar mi foco de interés.

–Tú tienes amigos en la policía y en los hospitales. ¿Puedes averiguar si hay noticias sobre un muchacho llamado Tomás Bruna? Salió de su casa hace una semana y no ha regresado.

–¿Tiene relación con la muerte de Riera?

–Ninguna. Solo intento matar dos pájaros de un tiro.

–Llámame hoy por la noche o ubícame mañana en el café al que voy siempre.

–Gracias, Campbell. ¿Tienes tiempo para una copa de vino?

–Imposible. Debo cerrar la próxima edición de la revista y llegar a mi casa a una hora prudente. Con las revueltas que hay en las calles es mejor guardarse temprano. Mi esposa y mis hijos se preocupan si llego muy tarde.

–A veces olvido que el común de la gente tiene familia y trabajos que realizar.

3

Los muros agrietados de la pequeña capilla delataban el imperturbable paso de los años y en su interior predominaba un pesado olor a vela derretida. No habían llegado muchas personas a despedirse del fotógrafo. Una fila de siete empezaba en la entrada de la capilla y terminaba junto al féretro rodeado de cirios, una corona mortuoria y varios ramos de flores en los que sobresalían los colores blanco y rojo. Había personas sentadas en bancas que apoyaban sus respaldos en las paredes del lugar. Los que llegaban junto al ataúd se detenían frente a la ventanilla, miraban al finado y enseguida se acercaban a la madre de Riera y le decían algunas palabras en voz baja como si quisieran compartir un sentimiento secreto. La mujer respondía con leves movimientos de cabeza. Los gestos de uno y otro hacían pensar en ritos repetidos que obligan a reconocer que la muerte es un límite sobre el cual no sabemos mucho qué decir.

La mayoría de los dolientes eran amigos de Daniel Riera. Se reunían en grupos de tres o cuatro y conversaban con voz a cada momento más alta. A mi rincón llegaba un creciente murmullo de preguntas que me hizo pensar en un panal de avispas chaquetas amarillas. ¿Qué se sabe? ¿Cómo fue? ¿Qué le robaron? ¿Quién lo encontró? ¿Hay detenidos? Frases plagadas de lugares comunes: Y tan joven. Jamás le hizo mal a nadie. Su trabajo era de calidad, pero nunca se lo reconocieron. Mala suerte coincidir con el ladrón. Y luego las conclusiones aparentemente fáciles: Los conserjes son todos sospechosos. Dicen que esa noche llegó con una mujer que estuvo con él y se fue de madrugada. Parece que tenía más dinero de lo que suponíamos. Su vida fue un tango. Nunca dio puntada con hilo.

Sentí deseos de fumar. Salí de la capilla y me acerqué a una glorieta que tenía tres escaños metálicos en su interior. Saqué un cigarrillo y cuando estaba por encenderlo vi a una mujer que sostenía un cigarrillo entre sus labios y parecía buscar un mechero en su bolso. Me acerqué y le ofrecí fuego. Me miró agradecida y al observar sus ojos oscuros noté en ellos la huella de un llanto prolongado. Tenía los cabellos cortados al ras y de sus orejas colgaban aros con motivos orientales. Sonrió y dejó ver una fila de dientes blancos y grandes.

–¿Amiga de Daniel? –pregunté sin reparar en la obviedad de la pregunta.

–Colega de profesión y su mejor amiga –respondió remarcando sus dos últimas palabras.

–Nunca se sabe dónde ni cuándo salta la liebre. Pregunté por los amigos más cercanos de Riera y nadie, incluida su madre, supo darme más nombres que el de Ricardo Salles.

–Daniel era de pocos amigos y unos cuantos conocidos. Tenía dos o tres personas a las que veía frecuentemente y las demás eran algo así como sombras que pasaban por su lado.

–¿Dos o tres personas?

–Cuatro si consideramos a su madre.

–¿Quiénes serían esas personas?

–Ricardo Salles, un vendedor del que ahora no recuerdo su nombre, y yo: Irene Salas.

–¿Cuándo habló por última vez con Riera?

–El día de su muerte. Había quedado en pasar por mi departamento en la noche y lo llamé para decirle que no podría recibirlo porque me habían ofrecido un trabajo y no podía darme el lujo de rechazarlo.

–¿Lo notó inquieto? ¿Preocupado? ¿Molesto?

–Usted hace muchas preguntas y no corren buenos días para los preguntones.

–Disculpe. Debí presentarme. Me llamo Heredia y soy detective.

–¿Tira?

–Detective privado. Trabajo por mi cuenta y desde ayer lo hago por encargo de Ricardo Salles.

–¡Ricardo Salles contrató los servicios de un detective! –exclamó Irene sin ocultar su sorpresa–. ¿En qué está pensando?

–La madre de Riera y Salles piensan que la investigación a cargo de la policía ha sido lenta. Quieren a alguien que muestre más interés en descubrir al responsable del robo con asesinato.

–¿Y usted qué opina sobre la lentitud de la investigación?

–Podría decir que las protestas tienen ocupados a los pacos, pero la verdad es que nunca he confiado en la oportunidad de sus respuestas. Por eso me propongo investigar a mi modo y con mis recursos.

–Usted parece un tipo decidido –dijo Irene y acompañó sus palabras con una breve sonrisa.

–Hago lo que puedo y procuro encontrar respuestas a mis interrogantes.

–¿Y yo podría ser una de sus sospechosas?

–Lo es desde que mencionó su amistad con Daniel Riera.

–¿Solo por eso?

–Al menos por ahora.

–Cuando hablé con él parecía contento –continuó–. Estaba sorprendido con las dimensiones del reventón social y no hacía más que hablar de eso. Fue a marchas, tomas de colegios y a un concierto en la plaza Italia. Estaba esperanzado con el resultado final de la movilización social.

–¿Tiene alguna idea sobre lo que pudo motivar el asesinato de Daniel?

–Ninguna distinta a la que usted conoce: robo con asesinato.

–¿Ningún otro motivo?

–No había pensado en el motivo ni en las circunstancias de su muerte. Fui amiga de Daniel y le debo muchas enseñanzas. Estoy conmovida desde que me informaron de lo sucedido en su departamento.

–Usted se presentó hace un rato como la mejor amiga de Daniel. ¿Eran amigos o algo más?

–¿A qué se refiere con algo más, detective?

–Amantes, amigos con ventajas, las dos partes de una pareja secreta.

–Usted es de los que van al grano sin ninguna consideración.

–Mis disculpas si la incomodé con la pregunta.

–No es necesario que se disculpe. Me gusta la gente directa.

–¿Y cuál sería su respuesta?

–Si la segunda opción incluye sexo ocasional, me quedo con ella. Yo quería ser su pareja, pero Daniel se resistía a una relación permanente. Decía que tenía demasiados años y muchas mañas como para vivir con otra persona bajo un mismo techo.

–¿Sabe Ricardo Salles lo que existía entre usted y Daniel?

–Nadie lo sabe. Daniel decía que el secreto perfecto solo existe entre dos personas –dijo, y enseguida agregó–: Debo volver a la capilla. Unos amigos fotógrafos me pidieron que dijera algunas palabras a modo de despedida. Diré que él me enseñó todo lo que sé en materia de fotografía.

Le di mi tarjeta de visita y le pedí que me llamara si recordaba el nombre del tercer amigo de Daniel. Intuí que lo recordaba perfectamente, pero que en esos momentos prefería callarlo. Me observó con atención y luego dio unos pasos hacia la capilla. Al llegar a la entrada se detuvo.

–Me gustaría llamarlo para hacerle un retrato. Trabajo en una serie sobre oficios originales en la ciudad. Tengo fotos de muchos oficios, pero ninguna de un detective privado. ¿Le interesa?

–No soy de los que le interesa andar de poses por la vida.

–Yo respondí sus preguntas y usted podría regalarme una sonrisa frente a la cámara.

–Dicho así, y ya que usted me lo pide, podría considerarlo.

–Tendrá noticias mías, Heredia.

–Eso espero. Recuerde que me debe información.

***

–No me lamento, Anselmo. Simplemente dejo constancia de mi asombro.

Desde la venta de su quiosco, Anselmo había tomado la costumbre de pasar a mi oficina a conversar de apuestas hípicas y a observar desde lo alto la calle donde había trabajado luego del accidente que tronchó su prometedora carrera de jinete.

–¿Qué le parece tan raro, don?

–Me extraña que dos clientes lleguen a mi oficina cuando no es fácil desplazarse por la ciudad –agregué–. Varias estaciones del Metro están inutilizadas y los buses brillan por su ausencia. Hay barrios que recuerdan las imágenes de guerra que muestran en la televisión. Si el gobierno y el conjunto de los partidos políticos no escuchan las demandas de la gente, el país caerá a pedazos. Los ricachones están asustados y hablan de infiltrados de otros países y alienígenas. Y no faltan los que quieren llamar a los milicos para que intervengan con un nuevo golpe militar. Como siempre, la derecha cree en la democracia hasta que debe abrir la billetera o perder sus privilegios.

–Tendrá que armarse de paciencia y trabajar solo, como cuando nos conocimos. ¿Se acuerda? Ni siquiera tenía gato en el departamento, puras pulgas y ratones flacuchentos.

–¿En qué andas, Anselmo? –pregunté con la intención de acortar los recuerdos de mi amigo.

–Doy mi paseo diario. Mi vecina dice que debería quedarme en cama, pero cuando le pido que me acompañe huye como de la peste. Y eso que rejuvenecí con el asunto de la revuelta social. Todos los días voy a darme una vuelta a las marchas y grito a la par con los jóvenes. Quién se iba a imaginar que el alza en el precio de los boletos del Metro generaría tamaña zafacoca. La rabia de la gente se desató y si todo sigue igual no va a quedar ni un palo parado. La culpa es del chancho que está mal pelado y peor repartido.

–Convengamos que todo aguante tiene su límite. La gente está cansada de las desigualdades.

–Eso mismo le digo a mi vecina.

–¿Lo de las desigualdades?

–No, jefe. Lo del aguante. Le he dicho varias veces a la vecina que no soy de fierro.

–Contigo no se puede hablar en serio, Anselmo.

–Déjeme vivir a mi pinta, don. Mucha cuerda no me queda. Por las mañanas me cuesta levantarme y hay días en los que permanezco en cama recordando momentos de mi vida como si se tratara de una película antigua de la que conservo algunas imágenes borrosas.

–Haré una llamada y luego saldré a reunirme con Campbell. ¿Te quedas en el departamento o me acompañas hasta la esquina?

–Iré con usted, don. Daré una vuelta por los alrededores de la plaza Dignidad y luego regresaré a mi casa.

Nos despedimos frente a una panadería que tenía sus ventanales cubiertos con planchas de madera y luego me encaminé hacia el Paseo Ahumada con la idea de ubicar a Campbell en su café de costumbre.

El café estaba en un pasaje ocupado por tiendas, librerías y oficinas bancarias. En su interior penaban las ánimas y solo una de sus mesas se encontraba ocupada por un par de hombres con aspecto de viajantes. Supuse que Campbell no aparecería en el lugar, pero decidí esperarlo unos minutos. Las tres colombianas que atendían en el lugar bostezaban junto a la caja y de tanto en tanto miraban hacia el exterior, como temiendo el paso de una turba liderada por Gengis Kan. Pedí un cortado y mientras lo preparaban tomé uno de los diarios a disposición de los clientes. Ninguna noticia llamó mi atención hasta que di con un pequeño recuadro en el que se informaba sobre la muerte de Daniel Riera. En diez líneas se abordaba el hallazgo de su cadáver y se mencionaba como posibles victimarios a unos inmigrantes que habrían entrado a robar al departamento del fotógrafo. La investigación del asesinato estaba a cargo de la fiscal Claudia Rosero, hija de un juez retirado al que en el pasado ayudé a resolver uno o más casos que necesitaban de alguien que hiciera el trabajo que la policía prefería archivar.

La colombiana que me atendía trajo mi café y mientras se entibiaba saqué mi libreta de apuntes y revisé sus hojas hasta dar con el teléfono de la fiscal. Le hice una seña a la mesera y le pedí que me prestara su celular. Llamé a la oficina de Claudia Rosero y luego de algunas mentiras inocentes conseguí que su secretaria me comunicara con ella.

–Por supuesto que lo recuerdo, Heredia –dijo–. ¿Qué puedo hacer por usted?

Le pedí una cita y ella accedió a recibirme en su despacho.

***

El interior de la oficina de Claudia Rosero parecía un refrigerador vacío. Las paredes estaban revestidas de vidrio opaco, al igual que la cubierta del escritorio. Un lugar ordenado y limpio como una locación escogida para la filmación de un comercial de cloro o lavalozas. A través de las paredes se apreciaba un fragmento de ciudad en el que destacaban las estructuras aceradas de varios edificios que competían entre sí para tocar primero las nubes dibujadas en el cielo.

La fiscal era joven y atractiva. Sus cabellos rubios estaban recortados al estilo paje y del cuello le colgaban unos anteojos de marcos negros. Sonrió con amabilidad y me indicó la silla instalada frente a su escritorio.

–Está todo trastornado. Hay cortes de calles y muchos semáforos no funcionan. Suspendieron dos audiencias a las que estaba citada y francamente por hoy no tengo ganas de hacer nada más –dijo y luego de sonreír añadió–: En otro momento no lo habría podido recibir con tanta facilidad.