Siete hijos de Simenón (segunda edición) - Ramón Díaz Eterovic - E-Book

Siete hijos de Simenón (segunda edición) E-Book

Ramón Díaz Eterovic

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Beschreibung

En "Los siete hijos de Simenon", Heredia investiga el asesinato de un abogado vinculado a un gasoducto entre Chile y Argentina, revelando corrupción y conflictos económicos, políticos y ecológicos en Chile. Premio Las Dos Orillas.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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© LOM edicionesSegunda edición, marzo 2025Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560019202 ISBN Digital: 9789560019493 RPI: 111.567 Primera edición, LOM ediciones, 2000 Ilustración de portada: Gonzalo Martínez diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

ALeonora Vicuña Navarro,desde la gota pura hasta la lluvia persistente de la amistad. ACristián Cottetpor la amistad que nos une con el paso de los años y los sueños.

Primera parte

1

Rojo, mucho rojo. Un fragmento de sol sobre la arena y los maderos resecos. Rojo como la sangre del pasado, una y otra vez revivida en noches de insomnio y cigarrillos. Rojo, preciso y a ratos luminoso, deslizándose por entre mis dedos y los maderos de las cabañas, mientras en mi interior hervía la inquietud, las ganas de estar en mi oficina próxima a la Estación Mapocho, con su escritorio metálico, sus dos piezas, la cocina con sus paredes cubiertas de tiestos y mis libros, humedecidos y polvorientos, a imagen y semejanza de los recuerdos.

Llevaba seis meses en lo mismo. Descuidado, barbón de lunes a viernes, resignado a trabajar en esas cabañas que había aceptado pintar a cambio de algunos pesos y un lugar donde dormir. El mar hacía su juego habitual, ennegrecido por las inmundicias que la gente arrojaba en la costa, remarcando las huellas que devastaban bosques, convertía peces en harina y arrojaba sus desechos, aquí y allá, cercando el aire y el agua. Un mar que me obligaba a pensar en la ciudad, y dentro de ella en Griseta, la mujer que decía amarme, pero que se había marchado para completar la dosis de desengaños que necesitaba para estar a mi lado dispuesta a aceptar que la vida, al menos la mía, giraba en una ruleta dispar.

Estaba en el balneario de Las Cruces y aún faltaban dos meses para que llegaran las primeras oleadas de veraneantes, y la playa, al igual que cada verano, se convirtiera en un infierno de pieles sudorosas, ungüentos, sombrillas y vendedores de palmeras o pan de huevo. Las cabañas estaban a medio kilómetro de la casa del poeta Parra, quien en un atardecer de copas y brisa me regaló una servilleta donde había escrito una cita del Gran Jefe Seattle: «El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra».

Me levantaba a las ocho de la mañana. Preparaba café y lo bebía observando los roqueríos sobre los cuales se posaban gaviotas y cormoranes. Salía a caminar por la playa, recogía pedruscos, pequeñas ramas secas, carboncillos, y cuando el sol comenzaba a quemar mi piel, nadaba veinte o treinta minutos, sintiendo el roce del agua escurriéndose suavemente sobre mi cuerpo hacia un horizonte subterráneo. Me gustaba avanzar sobre el agua exigiéndome brazadas vigorosas y luego flotar de cara al cielo, sintiendo que era infinitamente libre y que el agua me cercaba como caricias de una amante insatisfecha. Después volvía a la playa y otra vez todo era rojo: el color del trabajo y de la ira. El ir y venir de la pintura hasta que las sombras de la noche llegaban a realizar su inspección y un dolor en los hombros indicaba la hora de terminar el trabajo y buscar en la playa Las Cadenas un barcito donde beber vino sin prisa, recreando en la memoria una canción de Leo Dan que cantaba en el hogar de niños donde viví hasta los catorce años.

Griseta, la mujer que tiempo atrás había llegado a mi oficina, era algo más que un recuerdo. Por las noches la imaginaba entre mis brazos hasta que el sueño me vencía y podía sentirme satisfecho de haber sobrevivido un día más. Su optimismo, la risa, el frescor de sus sueños, me habían doblado la mano. Fue bueno entregarse y creer, aunque su partida hubiera llegado antes de tiempo, en un amanecer desganado, después de hacer el amor, prender unos cigarrillos y acompañarla hasta el terminal de buses. Lo demás era la conocida tristeza, mis soliloquios repetidos, la decisión de terminar el trabajo y regresar a mi barrio de casas viejas y leales, como mi gato Simenon, que recostado junto a las latas de pinturas me veía trabajar en ese atardecer.

–Un galón más y se acabó –le escuché decir.

Observé su pelaje blanco y sus ojos verdes de los que parecía estar deslizándose una lágrima.

–Lo justo para cumplir con el trabajo, cobrar y regresar a Santiago. Tú a tus tejados, yo a los míos.

2

No tenía mucho que decir. Había dado las explicaciones a Garrido y esperaba a que el dueño de las cabañas terminara de revisar el trabajo y pagara mis honorarios. Lo observé al tiempo que buscaba en mi chaqueta el cuarto Derby de la última media hora. Garrido no medía más de un metro cincuenta. Era calvo, de ojos achinados, y tenía ese andar estirado propio de los petisos o de quien ha pasado varias temporadas en una escuela militar, trotando de sol a sol, preocupado del inútil brillo de sus botas. Recorrió las cabañas, tocó dos o tres paredes para comprobar que la pintura estuviera seca, y finalmente se detuvo a mi lado, sonrió de mala gana y sacó un sobre de su maletín.

–Parece bien –dijo–: Las cabañas y sus ventanas. Lo más jodido son las ventanas. Tienen muchos detalles que requieren paciencia y pulso.

–Qué tal si me paga de una vez por todas –dije, sin ganas de enfrascarme en una meditación acerca de la labor de un pintor de brocha gorda. Mis uñas cubiertas de pintura roja serían más que suficiente para recordar durante varios días el lugar en el que había pasado los últimos seis meses.

–No me hace gracia su renuncia. Contaba con usted para toda la temporada. Ahora tendré que buscar otro empleado.

–El cargo es atractivo: Gerente de Cabañas. Le será fácil atrapar a un ingenuo que quiera ocuparlo.

Garrido sonrió de mala gana, miró el sobre que tenía en su mano izquierda y me lo pasó.

–Doscientos mil –dijo.

–Habíamos convenido el doble.

–La renuncia le hizo perder buena parte de sus derechos. Así lo estipula el contrato.

–Y no tengo a quién reclamar, ¿cierto?

–Tome sus cosas y despidámonos –afirmó sin dar pie a una réplica.

En otra época le habría sacudido la nariz, pero me había refugiado en la playa para alejarme de la violencia. Estaba hastiado del dolor. Harto de querer cambiar el rumbo de las cosas, de espantar la oscuridad para que, al fin de cuentas, los aprovechadores de siempre se quedaran con el pez y los anzuelos. Estaba cansado y no quería más engaños, porque aun en lo más privado, tierno y dulce –el amor– había jugado mal. Por eso, mientras oía a Garrido, pensaba en algo que había leído meses atrás: «No quiero cambiar el mundo, sólo trato de que el mundo no me cambie». Ignoraba el origen de la cita y maldije mi mala memoria, la absoluta incapacidad de retener tres cifras o un nombre extraño. Pero también era cierto que luchar contra los cambios que imponía eso que llamaba mundo, obligaba a no ser complaciente con lo que me rodeaba, a reclamar y buscar esa vieja rebeldía que, a fin de cuentas, permite juntar un día con otro.

–No olvide al gato –dijo Garrido, indicando a Simenon, que nos observaba desde la entrada de la cabaña que nos había cobijado hasta esa tarde. El aire marino le sentaba bien. Su pelaje albo lucía brillante y su cuerpo había adquirido un peso que hacía más lento su andar.

Guardé el dinero y acurruqué a Simenon en mi brazo izquierdo, al tiempo que con la mano derecha recogía el bolso que contenía mis pocos bienes: tres camisas desteñidas, igual número de calzoncillos y calcetines, dos chalecos gruesos, un ejemplar algo manoseado de «Piano Bar de Solitarios», una libreta de apuntes, el cepillo de dientes y dos cartas de Griseta.

Me despedí de Garrido, que hizo sonar los tacos de sus zapatos y sonrió, alegre de verme desaparecer de su feudo. Respiré el aire salino y avancé por el sendero de arena que conducía a Santiago.

Llegué a la carretera, y en vez de caminar hasta el paradero de buses, levanté la mano derecha para hacer dedo a un furgón que pasó a mi lado sin detenerse.

Media hora más tarde, después de una decena de intentos fallidos, se detuvo una camioneta verde. La conducía una mujer de piel morena y ojos grandes que estudió mi aspecto antes de bajar el vidrio de la puerta correspondiente al acompañante.

–Voy a Santiago –dije.

–Suba, pero le advierto que antes debo pasar por Valparaíso. Tengo que retirar un encargo.

–No tengo apuro, y observar los cerros de Valparaíso siempre alimenta el ánimo.

La mujer acomodó un bolso que llevaba en el asiento y me indicó que subiera.

–Se veía tierno con el gato en los brazos –dijo una vez que hubo puesto de nuevo en marcha el vehículo–: tierno e inofensivo.

–Lo soy –dije, y sonreí–. Cada día más tierno e inofensivo. Debe ser la edad.

–No dije que se viera viejo. Sólo que no tiene aspecto de mochilero. Ropa negra, cabellos al rape, bototos y una evidente falta de aseo. Hacen nata y no son de fiar –dijo la mujer, y luego de acelerar la marcha de la camioneta, agregó–: Me llamo Verónica Jéldrez y trabajo en una consultora especializada en estudios del medio ambiente. Contaminación, residuos tóxicos, protección de la fauna. Como usted podrá imaginar, trabajo no me falta.

–Heredia –dije, sin saber qué más agregar. Carecía de domicilio y no tenía ganas de revelar mi pasado a una extraña.

–¿El gato tiene nombre?

–Simenon.

–¿Como el futbolista?

–Sí, formaba una delantera de miedo con Soriano y Onetti.

–¿Metí la pata? –preguntó antes de tomar una curva con más prisa de la aconsejable.

La mujer era amable y parlanchina. Estaba casada con un técnico forestal estadounidense al que había conocido mientras estudiaba en la Universidad de Waco, en Texas. Tenía dos hijos adolescentes y parecía disfrutar de su trabajo. Venía de Cartagena y Las Cruces, balnearios en los que realizaba estudios acerca de la contaminación de las aguas y la emisión de excrementos.

–Es un problema económico. Nadie quiere perder. Todos desean utilidades rápidas a costa de recursos que no se renuevan o demoran años en hacerlo. Es igual en todas partes. Salmoneras que contaminan las aguas en el sur, bosques que se destruyen, industrias que infectan el aire en Santiago –dijo Verónica–. En Cartagena se podrían mejorar las condiciones ambientales, pero eso pasaría por limitar la cantidad de veraneantes, cosa que a los dueños de pensiones y restaurantes no les hace gracia.

–Mi lucha ecológica terminó el día en que murió la única planta que tenía en el departamento. La cuidé por meses, pero el esmog ganó la partida.

–Nadie tiene conciencia ecológica –comentó Verónica, y enseguida inició una larga disertación. Recordé mi aversión contra los lateros, pero no dije nada. Tampoco me atreví a contrariarla cuando intenté prender un cigarrillo y ella me lo impidió con tres no simultáneos.

–En esta camioneta no se fuma –agregó–: Si no aguanta, se baja.

–Sé controlar mis vicios –concedí, resignado.

Recordé a un amigo al cual solía visitar para su cumpleaños. Hacía unas fiestas simpáticas hasta que se casó con una bióloga que le prohibió fumar y ofrecer alcohol a los invitados. Servía jugo de zanahoria y había que fumar en el jardín. Dejé de ver a mi amigo después de dos cumpleaños de ese tipo y nunca supe si seguía siendo infeliz o estaba divorciado.

–¿A qué se dedica? –preguntó mirándome de reojo–: Viste como un maestro de la construcción, pero algo me dice que no es ese su oficio.

–últimamente he sido pintor de brocha gorda...

–Si no quiere, no responda –interrumpió la mujer–: Sólo era una pregunta para acortar el viaje.

–Antes trabajaba como investigador privado –dije, y por unos segundos observé el rostro de la mujer. Sus ojos se abrieron más de la cuenta, pero advertí que era mayor la curiosidad que su miedo.

–¿Cómo llegó a esa ocupación?

–Casualidad o el destino, no lo tengo muy claro. Años atrás estudié en la Escuela de Derecho. Dos semestres y nada más. Al salir de la universidad, conocí al tío de una amiga que deseaba ubicar a su hija mayor. La muchacha se había fugado de la casa con un pololo. El tío me ofreció unos pesos por ubicarla y tuve éxito. La muchacha regresó a su casa y el trabajo me quedó gustando. Arrendé una oficina y puse un aviso en el diario. Durante mucho tiempo creí que era el trabajo ideal. Sin patrones y con horas de sobra para leer y escuchar música.

–Seguro que le han tocado muchos trabajos interesantes.

–Muchachas fugadas, gente que desea recuperar una que otra cosa, crímenes que la policía no quiere aclarar. Como no soy una persona ambiciosa, no me iba mal. Pagaba el arriendo, comía a mis horas y siempre sobraba algo para copas y libros. Pero me aburrí, tuve miedo, o fue la influencia de una mujer. Un día, hace seis meses, dejé todo.

–Y la mujer lo dejó a usted –afirmó, interrumpiéndome una vez más–: ¿Me equivoco?

–Señora, en cuanto a mujeres, mi vida es como una peluquería. Las mujeres entran, afilan sus uñas y se van. Casi no me preocupo de ellas.

–¡Casi! No suena convincente.

–Alguna vez leí que un buen detective nunca se casa.

–¡Simpático! ¿Y ahora, qué hará?

–¡Veremos! –exclamé y miré hacia el horizonte de árboles y cerros que comenzaba a oscurecer–: Santiago siempre ofrece algo nuevo. Tal vez, con un poco de suerte, puedo reabrir la oficina. No es gran cosa lo que necesito. Escritorio, teléfono y un sillón cómodo para sentarse a esperar a los clientes.

–Ojalá que tenga suerte. Si cree que puedo ayudarlo en algo, busque mi nombre en la guía telefónica –dijo la mujer y me pareció que su ofrecimiento era sincero.

Llegamos a Santiago al anochecer. Rauda, la camioneta dejó atrás la Ciudad Satélite y terminó detenida en un atochamiento de vehículos frente a la «Posada del Ganso». En las veredas se veía a la gente que transitaba hacia sus casas, y algo en la expresión cansada de sus rostros me hizo añorar la tranquilidad de la playa; aquellas horas en que me sentaba frente al mar a mirar el vuelo de las gaviotas, mientras en el horizonte el sol se retiraba lentamente, rojo y gordo como un capataz ebrio.

Nos despedimos frente a la Estación Central. La vi conducir entre dos buses y después se perdió entre el colorido artificial y vertiginoso de la calle a la que un humorista de antaño bautizó «Alameda de Las Delicias».

Caminé maravillado por las luces de los avisos comerciales y de la media docena de restaurantes que permanecían abiertos. La noche estaba fresca y de los boliches próximos a la estación salía un insidioso aroma a carne asada, café y papas fritas. Sin saber qué hacer, me detuve en varios quioscos que ofrecían casetes adulterados, calcetines chinos, poleras con la imagen del Che, cortauñas, y una infinidad de chucherías a precios ínfimos. Observé hacia el interior de una fuente de soda y vi a una treintena de clientes que bebía cervezas y comía completos colorinches, atiborrados de mayonesa y salsa americana.

Decidí volver a mi barrio. Detuve un taxi y le indiqué al chofer que me dejara en la esquina de Bandera con Aillavilú. El tipo, flaco y peinado a la gomina, me observó a través del espejo retrovisor y por unos segundos intentó una maniobra que nos llevaría a dar un recorrido innecesario.

–Acabo de llegar de la playa, traigo un bolso, pero no soy provinciano. Sé adónde voy y cuál es el camino más corto para llegar. Alameda hasta Amunátegui. De ahí hasta San Pablo con Bandera. Aillavilú queda una cuadra antes de la Estación Mapocho –le dije, enérgico.

El conductor me dedicó una sonrisa de doberman y aceleró el taxi, adelantando a un Daewoo azul.

–También fui taxista y gustaba de trasladar a mis pasajeros por el camino más largo –agregué en voz baja. Simenon se acurrucó en mis brazos y me dedicó una mirada comprensiva. Estaba cansado y de seguro añoraba un rincón tranquilo donde ovillarse a imagen y semejanza de un círculo, símbolo del bien y el mal, del inicio y término de la vida, según pensaban los egipcios cuando en épocas remotas habían convertido al gato en un dios.

Pero esa noche yo no podía prometerle paz.

3

–¿Y ahora qué? –creí oír protestar a Simenon–: No saldrás con esa estupidez del hogar dulce hogar.

Estábamos en la calle Bandera, frente al edificio en que hasta seis meses atrás se ubicaba mi departamento oficina. La mayoría de sus ventanas estaban iluminadas, pero las que correspondían a mi antigua residencia se veían oscuras. Caminé hasta la entrada y por un momento borré el presente y busqué en mi chaqueta las llaves del departamento. Estaban en el bolsillo derecho, adormecidas junto a un pañuelo blanco, dos hojas de un programa del Hipódromo Chile y una libretita de fósforos sin usar. Me acerqué a la entrada y antes que intentara usar la llave, una voz extraña me volvió a la realidad.

–¿Busca algo? –oí preguntar a un hombre alto y tan robusto como un saco de papas. Vestía un deslavado traje de guardia y una gorra que a duras penas se mantenía sobre su cabeza, tres o cuatro tallas más grande.

–Departamento setecientos setenta y siete –balbuceé.

–No hay nadie en esa oficina y tampoco quiero líos. Así que vuelva sobre sus pasos y derechito por la calle si no quiere que llame a los pacos.

–Viví en este edificio hasta hace unos meses. Conozco cada uno de sus rincones, o al menos eso creo.

–Puede ser, soy nuevo en este trabajo. De cualquier manera, sin tarjeta de residente es imposible que entre. Esas son mis instrucciones y me pagan para que las cumpla.

–¿Tarjeta de residente?

–La nueva administración ordenó algunas cosas.

El tipo era duro de tratar y deduje que cualquier insistencia podía despertar su ira.

–La señora Arrate me arrendaba el departamento. Vivía en el piso cinco.

–Se cambió a un departamento en La Reina –dijo el guardia, al tiempo que miraba a mis espaldas.

–¿Y ahora qué? –volvió a preguntar Simenon.

En diagonal a donde nos encontrábamos divisé la puerta iluminada del Touring Bar, y frente a ella, el quiosco de Anselmo, el amigo suplementero que, antes del viaje a la playa, me mantenía informado del acontecer del barrio.

–El quiosco está cerrado –murmuré.

–El señor Peña se retira a las ocho –dijo el guardia.

–¿Señor? –me pregunté a mí mismo, admirado por el trato poco habitual para mi amigo.

–El señor Anselmo Peña –confirmó el hombrón.

–El mismo –dije, y al volver a mirar hacia el bar, comprendí que no tenía muchas cartas por jugar esa noche–: Dígale que lo busca Heredia y que estaré en el hotel Central.

–¿Heredia? He oído muchas cosas sobre usted...

–Chismes, seguramente. «Sin el chisme, la vida del chileno sería tan insípida como la de una monja».

–No había pensado nunca en eso. Usted tiene ingenio.

–Lo dijo José Victorino Lastarria en su «Manifiesto del Diablo». Una cita de las tantas que suelo anotar. Pero usted tal vez no recuerde a Lastarria, dejó de aparecer en las teleseries hace una punta de años.

El guardia levantó sus hombros con desgano. Caminé hacia el Touring y al entrar en el bar un vaho de vino rancio me obligó a olfatear nerviosamente. El lugar no había cambiado desde mi última visita. Las mesas mantenían sus cubiertas de acrílico, las paredes mostraban sus antiguos afiches de vinos, cervezas y refrescos; y los tres o cuatro ebrios que se acodaban junto al mesón pertenecían al inventario original del boliche, al que sólo entraba cuando el tedio o la necesidad eran muy grandes.

Me senté junto a una mesa. Simenon apoyó sus patas delanteras en el acrílico amarillento y olfateó de mala gana el pocillo con pebre que había sobre la mesa, al lado de una concha de loco que hacía las veces de cenicero y un vaso con cuatro servilletas casi transparentes que hasta ese día nadie se había atrevido a usar.

–Tengo apetito –dijo.

–¿Y quién no? –le respondí–: Desde la mañana que no comemos nada.

Un mozo bajito y algo soñoliento se acercó a la mesa. Llevaba una chaquetilla blanca que le quedaba estrecha y pantalones negros, con los fundillos brillantes por el uso. Sacó de la chaqueta unas hojas amarillentas que cabían en la palma de su mano y se dispuso a tomar el pedido.

–Café, dos churrascos, un corto de coñac y media taza de leche –dije.

–¿Leche?

–Para mi amigo –agregué, indicando a Simenon.

4

–No estuvo mal –dije a Simenon mientras caminábamos hacia el hotel. Mis dientes habían vencido la resistencia del churrasco y el recuerdo del coñac entibiaba mi estómago. Simenon había devorado la carne y bebido con entusiasmo la leche hasta quedarse dormido a los pies de la mesa. Acababan de dar las dos de la mañana y el bar que dejábamos atrás seguía lleno de obreros trasnochados, prostitutas que acababan de salir de un volteadero, patos malos y parejas de tiras que pasaban a beber cerveza por cuenta de la casa.

El hotel era el refugio habitual de las patines del barrio y de uno que otro viajero despistado que bebía más de la cuenta en los restaurantes de las calles San Pablo o Bandera. Mantenía su puerta entreabierta y sin más identificación que un letrero miserable instalado en su parte superior. Seguido de Simenon, subí por la estrecha y oscura escalera que conducía al mesón de recepción. Tras éste, encontré a una mujer envejecida y de aspecto aburrido, que seguramente había llegado a ese empleo cuando ya no le quedaba ánimo ni cuerpo para seguir haciendo la calle. Leía un ejemplar ajado de la revista Cine Amor y no parecía estar muy a gusto dentro del vestido negro que comprimía sus carnes. Sobre el mesón estaba el libro de registro y junto al teléfono un pequeño cartel que indicaba el valor de las llamadas. El resto era el inicio de un pasillo igualmente tenebroso y el zumbido de un televisor en una pieza próxima, reproduciendo el diálogo soso de alguna película nocturna.

–Quiero una pieza para mí y mi amigo –dije, al tiempo que acurrucaba a Simenon entre mis brazos.

–El hotel no admite animales –graznó la vieja.

–¿Se ha fijado bien en sus clientes?

–Las reglas del hotel son claras.

–Mi gato y yo vamos juntos a todos lados. Es un tipo tranquilo y ya hizo sus necesidades. Además, este tugurio no es el Hyatt.

–Tendría que pensarlo –agregó la gorda, mientras calculaba la tarifa extra a cobrar.

–Le aseguro que no corre riesgo, y al final de cuentas, los meados de gato son más distinguidos que los vómitos de borracho. Estoy dispuesto a pagar un veinte por ciento sobre el valor normal y dudo que le hagan una oferta igual en los próximos quince años.

La mujer simuló meditar mis argumentos y finalmente, indicó el libro de registro.

–Anote su nombre y los demás datos –dijo, amable–: Los ratis se dejan caer cada tres cuartos de hora.

–El dinero mueve montañas –comenté antes de escribir en el cuaderno–: El mundo está así. Antes las discusiones eran ideológicas, de fe y principios, ahora son sobre dólares, índices de ventas y apariencias. La moral se rifa por cuatro chauchas.

–Pieza quince. Por el pasillo al fondo, y luego a la derecha. Tiene que dejar la habitación antes de las doce, y cuide que su bestia no ensucie.

–El tapiz, las sábanas de seda, el plumón. Descuide, hermana. Saldré de este convento antes que cante el gallo.

Mi ánimo era semejante al aspecto de las paredes del cuarto. Gris, desgarrado y a punto de caer por los suelos. De la calle llegaban las voces de los clientes del Touring, mezcladas con los diálogos de las parejas en el pasillo o los cuartos vecinos. Escuchaba sus risas, luego el ruido de alguna puerta al cerrarse, y más tarde, los murmullos ahogados de los que hacían el amor sobre camas que, como la mía, rechinaban al más leve movimiento.

Tenía sueño, pero al contrario de Simenon, que roncaba a los pies de la cama, no podía cerrar los ojos ni dejar de pensar en lo que había sido mi vida en los últimos meses. El nombre de Griseta resonaba en mi memoria mientras ideaba la mejor forma de enfrentar el retorno a Santiago. Una posibilidad era reabrir la oficina, y otra, aceptar la oferta de un amigo periodista que dirigía una revista de sucesos policiales y confiaba en que yo sería capaz de redactar dos cuartillas más o menos hiladas con historias del ambiente.

Luego jugué a fantasear. Imaginé que estaba en una isla y caminaba por los senderos de un monte cubierto de arrayanes, canelos y ciruelillos. Conseguía llegar a un claro, y desde ese lugar veía una bahía en calma por la que avanzaban tres botes pequeños. A lo lejos escuchaba el ruido que producían los remos al entrar en el agua y las voces de los navegantes que se saludaban entre sí a cada cruce de las embarcaciones. Y si aguzaba la vista, reconocía las manchas plateadas de los cardúmenes de jureles o el repentino salto de los salmones que se aventuraban a explorar las orillas de la playa. Mis sentidos bebían de esa paz y todas las furias de la ciudad iban quedando de lado, ínfimas frente a una naturaleza que imponía su magia. Desde donde estaba, también veía algunas casas con techos de tejuelas, desde las cuales salía un humo que caracoleaba sobre los techos y se diluía en la transparencia del cielo azul. Cerca, oía el canto de las ranas y los ladridos de algunos perros que revoloteaban alrededor de una yunta de bueyes. Era el paisaje de la Isla Tranqui en Chiloé, que esa noche, en la sucia pieza del hotel, fue envolviéndome lentamente hasta que el sueño venció a la fantasía.

El despertar fue brusco e inesperado. Escuché que golpeaban a la puerta de la habitación, y cuando abrí los ojos encontré las frías sonrisas de dos pistolas a diez centímetros de mi cabeza. Tras ellas, reconocí las miradas agresivas de sus dueños y de alguien más que los dirigía desde la entrada. Los tres hombres tenían un aspecto inconfundible de tiras. Los que me apuntaban eran jóvenes. Vestían pantalones de mezclilla y casacas de cuero. El que daba las órdenes era un hombre mayor. Lucía un bigote recortado y ocultaba sus ojos con unas gafas ahumadas.

–De espaldas sobre la cama –escuché que ordenaba uno de los jóvenes. Obedecí de mala gana, y de inmediato doblaron mis brazos y me esposaron. Sentí el duro contacto del metal y hundí mi rostro en la almohada. El que daba las órdenes tomó mi bolso y dio vuelta su contenido sobre el suelo de la habitación.

–Nada –dijo, desilusionado.

Me hicieron poner de pie, y cuando quedé frente al policía mayor lo miré fijo a los ojos.

–¿Qué sucede? –pregunté.

–Nosotros hacemos las preguntas –contestó. Hizo una seña a sus hombres, y éstos me obligaron a caminar hacia la salida. En un rincón de la pieza vi a Simenon que observaba con más curiosidad que molestia.

–Anda al quiosco de Anselmo –le dije. Sentí un golpe en la espalda y avancé hasta la salida. Simenon cruzó por entre mis piernas y desapareció por el oscuro pasillo del hotel.

En la calle prevalecían las últimas sombras de la noche. El aire estaba fresco y sólo se oía el paso de los buses por la calle Bandera. Frente al hotel había un vehículo policial y una ambulancia en cuyo interior reconocí lo que debía ser un cuerpo tapado bajo una lona. El espectáculo fue breve. La ambulancia se puso en marcha y me subieron al vehículo de los tiras.

–¿Por qué me detienen? –me atreví a preguntar.

–Federico Gordon. Queremos saber por qué lo mataste.

–De qué están hablando.

–Al comienzo todos dicen lo mismo.

–Quisiera hacer una llamada –dije.

–Esto no es una serie de televisión.

Uno de los policías más jóvenes revisó mi chaqueta y sacó de su interior el portadocumentos donde llevaba mi cédula de identidad, algunas tarjetas de visitas y el dinero que me habían pagado por el trabajo en la playa.

–Se apellida Heredia y porta unas tarjetas de investigador legal –informó el policía que acababa de registrarme.

–¿Investigador legal? –preguntó el segundo de los policías jóvenes–: ¿Qué mierda es eso?

–Heredia –murmuró el jefe.

–Eso dice el carné de identidad.

–Cuando llegué a la Brigada se hablaba mucho de usted y sus merodeos por el barrio. Después alguien dijo que había muerto en una balacera ocurrida en el barrio Franklin –agregó el jefe.

–¡Rumores! Nunca hay que hacer caso de los rumores ni de los elogios. Llame al detective Bernales y tendrá mejores referencias.

–El «Muñeco» Bernales.

–Agustín Bernales.

–¿Hace cuánto tiempo que no lo ve?

–Medio año o más.

–Le ha crecido el pelo a su amigo.

–No dije que fuera mi amigo.

–El pendejo hizo tres o cuatros buenas pesquisas y ha ido en ascenso –comentó el detective.

–¿Qué pasó en el hotel? –pregunté, intuyendo que el trato de los policías podría cambiar de tono.

–Esto no es un paseo. Cállese y espere nuestras órdenes para abrir la boca.

Pasé las siguientes dos horas a solas en una celda. Mi única compañía fueron los tres Derby que llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta y una serie interminable de ideas vagas acerca de lo que había acontecido en el hotel. Federico Gordon era un nombre que no me decía nada y esperaba una oportunidad para hablar y dejar en claro que mi presencia en el hotel era ajena al destino de aquel hombre que suponía muerto antes de lo previsto.

Bernales llegó acompañado por el jefe del grupo que me había detenido en el hotel. Lo observé detenidamente. Ya no era el jovencito que hacía sus primeras armas al amparo de Dagoberto Solís, su padrino, y mi amigo de otras épocas. Parecía sólido, seguro, y su cabellera engominada le daba un aspecto de mayor edad. Sacó un paquete de Belmont y me ofreció un cigarrillo.

–Se ve sucio y avejentado. ¿Viene de una isla? –preguntó. Su voz sonó neutra, como si aún no se hubiera decidido la actitud a tomar en la conversación. Deduje que deseaba mostrarse enérgico en presencia del otro policía, pero que al mismo tiempo quería darme a entender que no me había olvidado.

–¡Qué más quisiera! –respondí–: Una isla es casi con todo lo que sueño.

–Gaete me llamó –dijo Bernales indicando al policía que lo acompañaba–: Quiero oír su versión de la historia.

–Anoche volví a Santiago. No tenía dónde alojar y alquilé una habitación en el Central. Antes comí algo en el bar que está al lado del hotel.

–¿Conocía a Gordon?

–No.

–Miente –dijo Gaete–: El dinero que traía en los bolsillos, sus antecedentes. Es un caso claro. Gordon estaba en el bar, conversaron y Heredia se enteró que el finado portaba un buen fajo de billetes. Lo siguió hasta el hotel, simuló el alquiler de la pieza y a la medianoche le despachó un balazo.

–Y enseguida durmió como la Bella Durmiente –dijo Bernales.

Gaete sintió el golpe de la ironía y dio unos pasos por la celda, inquieto.

–Me hago cargo de la investigación –dijo Bernales.

–Es un caso de homicidio, no de narcotráfico –replicó Gaete.

–Gordon pudo ser un traficante. Además, podría revisar a Heredia y encontrar droga entre su ropa –agregó Bernales al tiempo que sacaba un papelillo de coca desde su chaqueta.

–Si usted lo dice –concedió Gaete de mala gana–. No quiero líos ni que vayan con chismes a mi jefe.

–Entonces no hay mucho más que agregar.

Gaete bajó la cabeza, retrocedió un par de pasos y abrió la puerta de la celda.

–Todos quieren sumar puntos de prisa –comentó Bernales–: Un sospechoso, algo parecido a un móvil y listo el grillete.

Di una calada al cigarrillo y contuve el humo dentro de la boca.

–¿Usted lo mató, Heredia?

–Ya le conté mi historia. No sé quién era el tal Gordon.

–En la pieza encontramos el carné de identidad del finado. La encargada registró su ingreso una hora antes que usted. Gordon le dijo que tenía que hacer un viaje y debía estar en el aeropuerto a las seis de la mañana. Pidió que lo despertaran a las cuatro. Cuando la encargada fue a despertarlo encontró la puerta de su habitación entreabierta. Estaba en la cama, desnudo. Alguien le había disparado a quemarropa.

–¿Confirmaron lo del viaje?

–Chequeamos las reservaciones y su nombre no aparece registrado en ninguna línea aérea.

–Bien. No se me ocurre nada más.

–Lo haré llenar una declaración y se podrá ir, Heredia.

–¿Y después?

–Usted es del barrio, y tal vez...

–¿Me estás pidiendo ayuda?

–No –respondió Bernales, evasivo–. Estaba pensando en tomar desayuno. A los dos nos debe hacer falta algo caliente.

5

–¿Qué sabes de los clientes del hotel? –pregunté a Bernales después de probar el café que había pedido a uno de los mozos del Victoria, el restaurante ubicado a los pies del edificio donde había estado mi oficina. Bernales iba en la segunda taza.

–Ocho putas con sus clientes. Llegaron antes de la medianoche y no salieron de sus habitaciones. Tres pasajeros que podríamos llamar no habituales. Usted, Gordon y un tercero que se registró como Javier Iturra. En estricto rigor, ninguno calza con el tipo de los clientes que frecuentan el hotel.

–Gordon está muerto. ¿Qué pasa con Iturra?

–Se registró en el hotel dos horas después que Gordon. Subió a su habitación y salió cerca de las tres de la madrugada. La recepcionista estaba medio dormida y lo escuchó pedir un radiotaxi.

–Supongo que rastrearon la llamada.

–Llamó a la línea de radiotaxis «Galápagos». Lo recogieron a la entrada de la estación Calicanto y lo dejaron en el Hotel Foresta, a un costado del Cerro Santa Lucía. El conductor lo notó ofuscado y dice que le hizo preguntas sobre casas de masaje. Al parecer andaba en plan de juerga. El taxista le dio algunos datos en la calle Mosqueto. Puse a tres de mis hombres a recorrer los locales, pero nada. En cuanto a los datos de Iturra, sabremos algo más cuando llegue su ficha.

–¿Y los empleados del Hotel Central?

–En la noche sólo están la encargada y un muchacho que ayuda en la limpieza. La versión de ambos coincide. El grueso de la clientela son patines, y éstas saben que hay que cuidar la tranquilidad del lugar. Cada vez quedan menos hoteles en el sector, y además, nuestro cuartel está cerca.

–Un lío gordo y espeso.

–Como los que le gustaban a mi padrino Dagoberto –dijo Bernales.

–Dagoberto Solís. Mi mejor amigo y el tira más bueno que he conocido. Uno de estos días lo iré a ver.

–¿Se ha acordado de él, Heredia? Me refiero a cómo murió y a quiénes lo mataron. Siempre he pensado que cuando murió el padrino a usted le faltó iniciativa para llegar al fondo de las cosas.

–Ya nada nos devolverá a Dagoberto –dije, al tiempo que sentía en mi interior los pasos lentos, pero seguros de la culpa–. No quiero más muertes. Una venganza conduce a otra, y al final uno termina metido en un pozo.

–No me interesan sus consejos, Heredia. En cuanto a lo del hotel, olvídese de ello. A nadie le importa lo que sucede en un hotel de mala muerte.

6

Dejé a Bernales a solas con su tercera taza de café y dos o tres ideas que resolver respecto al crimen del hotel. Había tenido éxito de prisa y estaba confundido, como esos perros que meten dentro de un cajón para trasladarlos de casa y después los sueltan en un patio que no conocen. Ladran y ladran, hasta que alguien les da un puntapié. Los que dirigen la sociedad necesitan héroes momentáneos a los que cubren de laureles, y a la primera equivocación, pasan la cuenta.

En la calle noté el ajetreo de la gente que iba de compras al mercado. El quiosco de Anselmo estaba abierto, atestado de diarios, revistas con fotos de mujeres desnudas y promociones de discos compactos con temas que iban desde la historia griega a las cartas del Tarot. Conocía al suplementero desde hacía diez años, y además de la vecindad nos unía una común afición por la hípica. Anselmo había sido un jinete ganador de dos clásicos y tres especiales hasta que en una rodada sufrió la inmovilidad del brazo izquierdo. A menudo, en noches de cervezas o tragos largos recordaba esas carreras y sacaba de su chaqueta unos recortes ajados y amarillentos, en los que aparecía sonriendo sobre el lomo de un finasangre.

Introduje la cabeza por la ventanilla del quiosco y sorprendí al suplementero dormitando con la cabeza inclinada sobre su pecho. A su lado, echado sobre una revista, Simenon dormía a pierna suelta, despreocupado de la bulla y de todo lo que no fuera soñar con las más bellas gatitas del vecindario.

–Anselmo Peña –grité. El suplementero despertó sobresaltado y por algunos segundos su mirada vagó por el interior del quiosco. Me sorprendió su aspecto. Vestía como un dandy de los años cincuenta. Polera blanca con rayas negras, zapatos y jockey de loneta, pantalones grises con finas rayas albas y una chaqueta azul con botones dorados.

–Carajo, don. Está igualito –dijo después de abrazarme–. Apenas vi a Simenon supe que usted estaba de vuelta. El guardia del edificio me pasó su recado y en el hotel me enteré que lo tenían encanado. No sabe, don, la alegría que me da verlo otra vez.

–También estoy contento de regresar, aunque ya no tenga dónde caerme muerto.

Anselmo sonrió abiertamente, como si acabara de escuchar un chiste.

–¿Qué te causa gracia?

–La suerte, don. La suerte –dijo y ya no agregó nada más. Hizo una seña y me obligó a seguirlo en dirección al departamento. Subimos al ascensor, y al bajar en el séptimo piso, tuve la primera noción de que algo anómalo ocurría. Anselmo volvió a sonreír, sacó de sus pantalones un manojo de llaves y abrió la puerta de la que había sido mi oficina.

El lugar estaba tal cual lo había dejado al partir. El escritorio metálico atestado de papeles y con sus dos ceniceros de ónice sobre la cubierta. Mi butacón de cuero y las tres sillas que rodeaban el escritorio a la espera de clientes o amigos. En las paredes, reconocí los estantes con mis libros, la reproducción de la Venus de Botticelli y la foto de un Heredia ya lejano, montado sobre una bicicleta de ruedas gruesas. El único objeto nuevo era un amplio y mullido cojín que tenía bordado el nombre de Simenon en uno de sus costados.

–La suerte, don. La suerte –volvió a decir Anselmo.

–Pensaba que todo esto estaría arrumbado en alguna bodega. Nada más falta que... –comencé a decir, al tiempo que me abalanzaba hacia el cajón del escritorio donde solía guardar la botella que daba sentido a esas tardes de ocio en que mi ánimo se deslizaba lentamente por la ventana principal.

–Como a usted le gusta, don –comentó Anselmo al verme mirar con asombro la botella de pisco que había sacado del escritorio.

–Explícame lo que ha pasado aquí, Anselmo –dije casi riendo, mientras buscaba refugio en el butacón a cuya espalda se veía la Estación Mapocho.

–¿Se acuerda que antes de irse le pedí unas lucrecias prestadas?

–No.

–Diez mil. Dos lindas y relucientes Gabrielas.

–No.

–¿Se acuerda que me dijo que no era préstamo?

–No.

–Las invertí todas en la quíntuple del Chile. Un rajazo tremendo, don. Cinco carreras al hilo, de las cuales tres fueron batatazos de buena ley. Gané plata como para mantener a una bataclana.

–¿Y?

–Pensé en escribirle, don. Pero justo en esos días la dueña del departamento me había comentado que iba a arrendarlo, y sus cosas mandarlas a una casa de remates. Mala cosa, don. Hablé con ella y calculamos la dolorosa. Le pagué la renta atrasada, más un año por adelantado. Sabía que usted iba a volver y necesitaría su cotorro, don. Y la tincada no me falló. Usted sabe, don, el zorro pierde pelo pero no las mañas.

Confuso, sin saber cómo dar las gracias al suplementero, me puse de pie y di cinco o seis pasos, hasta quedar frente al cojín.

–¿Otra de tus ideas?

–Pitita, mi sobrina, hizo un curso de bordado y comenzó a vender a los parientes sus primeros trabajos. Pensé que al viejo Simenon le vendría bien. Mal que mal, el pobre tiene como quince años y eso equivale a sesenta años de los humanos. En una de esas, hasta se nos despacha cualquier día de estos.

–¿Qué quieres que te diga, Anselmo?

–Nada, no diga nada, don. Entre gente de ley las cosas son así. Sólo, y por pura curiosidad, rájese con una copita del botellón que acaba de sacar del escritorio.

Abrí la botella y puse tres dedos de licor en un par de vasos. Anselmo tomó el suyo y lentamente se lo llevó a los labios. Lo observé apreciar el licor y a duras penas contener una tos brutal. Su rostro enrojeció, y sin decir nada, depositó el vaso en una esquina del escritorio.

–¿Qué tal? –le pregunté.

–En caso de emergencia puede servir como barniz o aguarrás. No sé cómo puede tragarlo. Yo prefiero el tintolio.

–Es cosa de tiempo y cariño.

–¿Quién sabe? –agregó Anselmo. Enseguida, y al tiempo que se acercaba a la puerta, añadió–: Lo dejo para que se acomode, don.

–Espera.Tengo algo más de qué conversar, Anselmo.

–Usted dirá, don.

–¿Qué se dice en la calle del tipo que mataron en el hotel?

–Nadie lo conocía. Un gallo elegantón, bien vestido.

–¿Conoces a la gente del hotel?

–El dueño es un turco que aparece dos veces al mes. La recepcionista se llama Dora, y es una gorda con historia. En su juventud trabajó en los quilombos de Hurtado de Mendoza. Tiene un muchacho que le ayuda, el Panchote. Es algo mamerto. Parece que desde chico le han dado poca leche y mucha macoña.

–Dicen que un segundo hombre se mandó a cambiar poco después de la medianoche. Podrías conversar con el muchacho y tratar de que te cuente su versión de lo sucedido. Nunca está de más escuchar una buena historia.

7

Anselmo se fue. Alcé la botella, observé su contenido transparente y la guardé en la gaveta de costumbre. Durante mi estancia en la playa había aprendido a controlar los viajes hasta la botella, y algo que tal vez tendría que ver con la edad o cierta tranquilidad interior me decía que era posible sobrevivir sin ella, relegándola al olvido hasta que el tedio o el desgano pidiera un vuelo distinto. Me senté junto al escritorio y tomé el montón de cartas que había llegado durante mi ausencia. La mayor parte eran promociones comerciales, ofertas de créditos de consumo, equipos computacionales y viajes a Cancún. Nada de eso me servía. Un sobre abultado contenía la extensa carta de una señora que decía estar amenazada de muerte por sus vecinos del departamento en que vivía. Daba una infinidad de datos que se remitían a los años sesenta y concluían con un supuesto desperfecto intencional del ascensor. Había mucha soledad y locura en cada línea, y sin remordimientos la arrojé al papelero. Pensé en la última carta que Griseta me enviara a la playa. En ella no mencionaba el término de nuestro romance; sólo contaba que había entrado a estudiar en la universidad y trabajaba los fines de semana en una tienda del centro comercial Plaza Oeste en Maipú. Vivía en la casa de una viuda que, más por compañía que dinero, le arrendaba una habitación con derecho a desayuno y baño independiente. Decía estar bien, a pesar del esfuerzo que le significaba estudiar y trabajar a la vez. No quería pensar mucho en ella pero no pude evitarlo. Era una historia simple y llena de esos típicos lugares comunes que unen a una pareja. Ella era la hermana menor de un amigo y había aparecido una tarde en mi departamento solicitando mi ayuda. Había viajado desde Talca y estaba sola. Lo demás había sido ver brillar el sol a través de la ventana y creer que ella era mi definitivo amor.

Pero eso era el pasado, y en esa tarde del regreso, era un tipo solo, en una casa sola y sin nada por delante. A veces miraba hacia atrás en el tiempo y me veía comprometido en empresas vagas, desgastadoras, de las cuales al cabo de unos meses nadie se acordaba, solo, con la manía de recomponer el pasado, sujeto a lo inexistente, como un bote que eternamente se empeña en navegar contra la corriente. Tal vez, como otros amigos a los que había conocido en el pasado, comprendí que quienes controlan el mundo no admiten cambios que afecten sus gordas bolsas de intereses y miserias. Y que por eso, para invertir el fuego triste de la derrota había que acumular la esperanza y las ideas. Y eso no era fácil. Muchos de esos amigos estaban muertos. Otros cambiaban sus vestiduras y aprendían los nuevos pasos de un baile que los enloquecía, hasta que olvidaban lo más puro y simple que había en ellos.