Nadie sabe más que los muertos - Ramón Díaz Etérovic - E-Book

Nadie sabe más que los muertos E-Book

Ramón Díaz Eterovic

0,0

Beschreibung

El detective Heredia investiga el pasado de Chile, enfrentándose a hechos y personajes que marcaron a la sociedad. La trama incluye la búsqueda de un niño nacido en dictadura, una madre desaparecida y un par de abuelos que ansían conocer a su nieto.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 226

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© LOM edicionesPrimera edición en LOM, agosto de 2002 Segunda edición, abril de 2024 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560018120 ISBN digital: 9789560018779 RPI: 87.462 Primera edición: Planeta, Santiago, 1993 Ilustración de portada: Gonzalo Martínez Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Dedicada a la memoria de John Smith, Iván Teillier Sandoval y Rolando Cárdenas Vera.

Y a la memoria de Sola Sierra por su inolvidable ejemplo de valentía y amor en la defensa de los Derechos Humanos en Chile.

Primera parte

1

Desnuda y mágica como la Venus de Botticelli, la muchacha se puso de pie, acarició suavemente sus pechos y se encaminó con maliciosa lentitud hasta la puerta del baño. «Y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es divinamente perfecto», pensé, recordando una frase de Julio Cortázar. Tal vez de El Perseguidor, o de otro de sus libros que solía tener a mi alcance, junto al reloj y una botella casi siempre a medio camino de la nada. Mientras pude, admiré sus piernas morenas y la línea sensual de su espalda. Era bella y real, me dije al tiempo que cogía la cajetilla de cigarrillos desde la mesa de luz existente en la pieza de hotel en que nos encontrábamos.

Se llamaba Claudia, o al menos eso había dicho algunas horas atrás cuando conversábamos en el Burger del Paseo Ahumada. Su boca despintada era perfecta para los mejores besos y entre las sábanas sabía desplegar las ideas más audaces.

El ruido de la ducha me apartó de mis pensamientos, y por algunos segundos imaginé el agua que recorría su cuerpo como antes lo habían hecho mis manos. Encendí un cigarrillo y el humo invadiendo la habitación me pareció la carraspera inoportuna en medio de un concierto de Piazzolla.

Todo había comenzado algunas horas atrás. Era una noche de sábado, ideal para descansar en casa junto a un buen libro o salir a bailar con la muchacha que se ama. Solo, en mi oficina, había estudiado las mil formas posibles de no dejar morir esa noche de un modo miserable. Al final, después de afeitarme y vestir una camisa limpia, opté por salir a caminar, beber una taza de café en el Haití y entrar a un cine. La decisión no fue mala, pero al cabo de una hora resultó un fracaso. Las películas que me interesaban habían empezado y el café tenía la mirada de las muchachas que sonreían de mala gana a los clientes. Hay muchas cosas que no soporto, y dos de ellas son los charlatanes con pretensiones de sabihondos y entrar al cine en la mitad de una función. Las demás forman una larga lista que no viene al caso recordar y que cada día se incrementa a medida que el desencanto se adhiere a mi piel igual que una alimaña.

Aún con la esperanza de ver brillar la luna, caminé por el Paseo Ahumada hasta que el bullicio de los vendedores callejeros y los topones de los paseantes me hicieron pensar en un lugar donde beber una copa, y no recordar nada, si es que ello es posible cuando lo único que se posee es el pasado. La idea del bar me sedujo, pero los dos o tres que estaban a mi alcance se hallaban atestados de borrachos y tipos con ganas de iniciar un revuelo de trompadas a la menor provocación. El cuadro no me agradó. Conocía sus oscuros detalles, y mi ánimo no estaba para irrumpir a codazos, llegar hasta a una barra inmunda y exigir un trago que tendría que beber con prisa. Resignado como el paciente que entra a la oficina de un médico esperando lo peor, ingresé al Burger y solicité un café doble. Me lo sirvieron en una bandeja plástica y mientras la equilibraba con dificultad, descubrí que mis problemas estaban lejos de terminar.

Las mesas del boliche estaban ocupadas por grupos de muchachos, parejas tomadas de las manos, ancianos con caras de no me joroben, putas en actitud de espera y varios tipos adormecidos frente a sus vasos de cerveza. Un aroma de pollo refrito se introdujo en mis narices y por un instante tuve la tentación de arrojar la bandeja al suelo y retornar a la calle.

Entonces la suerte me mostró su rostro. Una pareja dejó su asiento y se marchó hacia la calle con la esperanza de una noche feliz entre sus manos. Me senté, encendí un cigarrillo y cuando estaba dispuesto a probar el café, vi acercase a una muchacha que agitaba con desgano un vaso de Coca-Cola. Parecía estar perdida, atisbando un horizonte plano, sin susurros ni ilusiones. Se acercó a mi lado y con decisión puso el vaso sobre la mesa.

–¿Puedo sentarme? –preguntó, insinuando una sonrisa que no llegó a ser realidad.

La invité con un breve ademán y mientras se acomodaba la miré de reojo, dictaminando de inmediato que era hermosa. Sus ojos eran oscuros y su cabellera negra le caía graciosamente sobre sus hombros y parte del rostro.

–No estoy en plan de negocios –dijo. En su voz no había animosidad. Más bien era neutra, indiferente. Voz acostumbrada a tratar con extraños, o lo suficientemente segura de sí misma como para defenderse de una agresión repentina. Busqué su mirada y ella resistió sin pestañar el asedio de mis ojos.

–Y yo no deseo molestar. Solo beber mi café.

–¿Sí? En idénticas circunstancias todos los hombres dicen lo mismo. Después me invitarás a una bebida o a conocer tu departamento. Y a las dos cosas te diré que no.

–Para ser una extraña a la que nadie invitó presumes muchas cosas. No eres muy original –le dije calculando si en sus palabras había una declaración de principios, o la sugerencia de un futuro cálido.

–No es fácil ser original –agregó ella, acompañando sus palabras con una sonrisa sincera.

Me acomodé en el asiento, puse dos sobres de azúcar en el café y al probarlo no pude evitar una mueca de disgusto.

–El café que venden en este sitio es una mugre –comentó Claudia. Pensé que había logrado pasar su examen inicial y me concedía tiempo para dejar enfriar la bebida y reunir el coraje que me permitiese beber el café a grandes sorbos.

Luego nos enredamos en una conversación sobre temas sin importancia, evitando las preguntas que desentrañan la intimidad de cada cual. El café, la noche, la gente. Palabras inofensivas y una que otra sonrisa. Le pregunté su nombre y ella no se interesó por el mío. Sin compromisos, dijo más tarde cuando decidimos buscar un hotel. Esperamos que los mozos comenzaran a despejar las mesas; y al salir del Burger, Claudia se tomó de uno de mis brazos y se dejó conducir con la mirada perdida en un horizonte de sombras neón.

Cuando regresó del baño su cabellera mojada le caía sobre los pechos y un hilillo de agua se escurría a través de los vellos del pubis. Se detuvo frente al espejo que llenaba una de las paredes de la habitación y se dedicó a secar su cabellera con una toalla.

–Te habrán dicho muchas veces que eres hermosa –dije sin estar seguro si le hablaba a ella, o solo pensaba en voz alta.

–No en la forma que tú lo dices –contestó después de cubrir a medias su cuerpo con la toalla y dejarse caer suavemente a mi lado.

–¿Cuál es la diferencia?

–La seguridad que veo en tus ojos o tu manera de hacer el amor sin querer demostrar nada.

–¿Debo tomarlo como un elogio? –pregunté.

–Quería decirte que lo de hace un rato estuvo muy bueno.

–¿Bueno?

–No estuvo mal tratándose de dos extraños.

–¿Te imaginas con un poco de práctica?

–¡Vas muy de prisa!

–Pienso en voz alta.

–¿Por qué no nos conocimos antes? –preguntó después de besarme en los labios.

–¿Por qué no nos conocimos antes?

–Repites igual que un papagayo.

–Me preguntaba lo mismo. Eso es todo.

–¿Quieres que me saque la toalla?

–Primero deseo terminar mi cigarrillo.

–¿Metódico?

–Un pequeño truco para recobrar energías.

–Creo que no necesitas trucos.

Nos despertamos antes del amanecer. Hicimos el amor una vez más y conversamos hasta que una mucama trajo el desayuno. Poca cosa. Café, dos tostadas y mermelada de frutilla. Después nos aprontamos a dejar el hotel, y mientras me duchaba experimenté una vaga sensación de tristeza. La espuma del jabón borraba de mi piel el perfume de Claudia y nada por delante me hacía suponer el reencuentro. Ella no deseaba compromisos, ni yo perder la soledad que me alimentaba y destruía al mismo tiempo.

Ya fuera del hotel, cada cual decidió seguir un camino distinto. Estábamos frente a la Plaza de Armas, y salvo el paso vacilante de uno que otro trasnochado, todo a nuestro alrededor parecía desierto. Un paisaje lunar, frío, lleno de basura y rastros de una noche agitada.

–Fue un agrado conocerte –dijo Claudia tomando la iniciativa.

–Yo digo que un placer –contesté, y ella comprendió el doble filo de mis palabras.

–Puede ser que nos encontremos otra noche.

–Siempre ando en busca de un buen café.

Claudia se aproximó a mi lado y me besó en los labios. Renuncié a contenerla entre mis brazos y la dejé apartarse sin insinuar la posibilidad de un mejor desayuno, o una nueva cita. Dio unos pasos caminando de espalda, y luego dejó de mirarme. La imité y a los pocos segundos volví a escuchar su voz.

–Me gustaría llamarte un día de estos –dijo.

–Mi número está en la guía. En las páginas amarillas.

–¿Sí? ¿Y a qué te dedicas?

–Soy investigador privado.

–¿Como en las películas, o eres tira?

–¡Como en las películas!

–¿Si te llamo me hablarás de tu trabajo?

–Seguro.

–¿Y tu nombre? ¿No te he preguntado tu nombre?

–Heredia. Me llamo Heredia.

2

Claudia se fue definitivamente. Como si hubiese querido huir de un error, la vi cruzar la calle y caminar de prisa por los adoquinados senderos de la Plaza de Armas.

–¿Qué ocurre, te pones sentimental? –creí oír que me preguntaban.

–Claro que no, simplemente dejo volar la imaginación.

–Golpes duros y comida fría. Es lo único que mereces.

–Conozco la paga por mi oficio.

–¡Sin quejas! ¡Fue tu maldita elección!

Me quedé parado en una esquina a semejanza de esos exploradores en las viejas películas del oeste. Sin búfalos, pieles rojas o diligencias a la vista. Solo edificios mudos, una brisa suave y la promesa de una mañana calurosa. El sabor de los labios de Claudia permanecía en mi boca, y eso era tan bueno como tener reserva en la función de gala del Paraíso. Sonreí, y decidí caminar hasta mi oficina. En el trayecto entré a un supermercado a comprar las provisiones de la semana. Un cartón de Derby, tres docenas de manzanas, una botella de J.B. y seiscientos gramos de posta molida para Simenon, mi gato.

En los bajos del edificio que cobija a mi oficina me encontré con mi amigo Anselmo, un jinete retirado, patichueco y enojón que se gana la vida atendiendo un quiosco. Los días en que está de mala es mejor pasar de largo por su lado, pero cuando no, es posible reconocer su risa a veinte metros y hasta dan ganas de convidarlo a una cerveza.

–Buen día, don Heredia –me saludó, alegre–. ¿De juerga? Anoche no lo vi llegar.

–De vez en cuando se acierta a un blanco.

–¿Y cómo era? –preguntó, mientras dibujaba con sus manos una atractiva figura de mujer.

–Un sueño, es lo único que puedo decir.

–¡Qué lástima! –dijo y quedó observando con ojos lastimeros un afiche de La Cuarta en el que aparecía una rubia de pechos enormes.

–Un sueño, Anselmo. No figuritas de papel.

–Quién como usted, don. Las minas se le deben colgar solas en el cuello.

–Ni tanto ni tan poco. Ves mucha televisión, Anselmo.

–Cierto –dijo, y luego de considerar mi aspecto, agregó–: Últimamente no se ve muy bien, don.

–¿Y por tu lado? –le pregunté antes que decidiera emitir un juicio demoledor sobre mi apariencia.

–No pregunte leseras, don. Si no fuera por las putas de San Martín tendría que arreglarme con los afiches y las dos manos. Mejor cambie de tema. ¿Va a querer algún diario?

–Hoy no tengo ánimo para consumir chatarra política.

–Ya era tiempo de tener un poco de agitación política. ¿O no está de acuerdo?

–No he dicho que esté mal, solo que no me interesa. Y por supuesto, cuanto antes se deje oír el ruido de las botas, tanto mejor.

–¿Y cuál es su candidato? ¿El de la mayoría, el atleta o el que habla mucho?

–Mi candidato es Heredia. No promete nada y a nadie le pide que le crea.

–¡Carajo, don! Las ideas suyas. Si quiere mandar a imprimir carteles, tengo un amigo que cobra poco.

–Ya te aviso, por el momento me conformo con saber si alguien preguntó por mí.

–Nadie. Creo que no le va muy bien con el negocio, don. La otra tarde escuché reclamar a la dueña de su departamento. Decía que usted le debe varios meses de arriendo. Si en verdad está mal, le puede conseguir una peguita en la candidatura a diputado de un hombrón adinerado. En una de esas necesita un matón.

–¿Y qué tal si me pongo en forma contigo?

–No, don. ¿Para qué se ofende?

3

La oficina se encontraba tal cual la dejara la noche anterior. Simenon dormitaba arriba del escritorio y a los pies de la puerta hallé cuatro cartas y la tarjeta de un fulano que ofrecía sus servicios de electricista.

–¿Cómo van los tejados? –pregunté al gato–. Creo que comes demasiado y a las gatitas no les simpatizan los obesos. Están fuera de moda. Hoy en día hay que ser esbelto, consumir alimentos diet, trotar todas las mañanas y usar un computador personal como sucedáneo de las amantes. No, por cierto que no es un invento mío, lo puedes leer en las revistas caras o del corazón. El infierno acecha al que se asome al nuevo siglo con ocho kilos de más.

Simenon escuchó la prédica atentamente, descendió del escritorio y se enroscó entre mis piernas. Acaricié su lomo blanco invierno y él me hizo un par de preguntas que me obligaron a resumir en tres o cuatro palabras el encuentro con Claudia.

–¡Vamos, viejo, sin reproches! Solo falté unas horas y tengo derecho a recorrer mis propios tejados.

Hice a un lado a Simenon y me dediqué a leer las cartas. Tres de ellas se fueron al papelero, incluida una que ofrecía el más avanzado equipo electrónico para espionaje de oficinas y otra de un novelista que deseaba adquirir a bajo costo una historia convincente. La cuarta carta era de Andrea. Decía estar bien y que su matrimonio prometía ser un negocio a largo plazo, ya que cinco meses atrás había parido a un bebito de nombre Ismael.

A veces pensaba que su ausencia solo duraba una semana, pero en realidad habían transcurrido tres años desde la mañana en que decidiera colocar sus pertenencias en una maleta. Nos habíamos querido bien durante una época. Andrea más que yo, seguramente. Ella trabajaba en un cabaré cuando la conocí y siguió en lo mismo hasta unos meses antes de decirme adiós. Estaba cansada de vivir con un tipo que la alejaba cada día de sus sueños. Deseaba un esposo con horario fijo, un par de chiquillos y una casa pequeña de la cual preocuparse. Tres aspectos de un anhelo justo que a mi lado nunca concretaría. Era una historia que al recordarla me entristecía y me dejaba con esa mirada ausente que tienen los pescados en el supermercado.

–¿Tú crees que alguien puede amar a un detective privado? –pregunté a Simenon–. Me refiero a un sujeto que no gana mucho. Independiente, algo ocioso, sin chapa legal, jefes ni prepotencia.

–Bueno, tan mal no estoy. Aún no llego a los cuarenta y con un poco de gimnasia y dos semanas sin beber puedo adquirir la facha de esos babosos que aparecen de galanes en la televisión.

–¿Tampoco? ¿Qué te imaginas? No eres otra cosa que un gato gordo y engreído.

La respuesta de Simenon no llegó, porque en ese mismo momento la campanilla del teléfono se hizo presente y me apresuré a contestar con la torpe ilusión de escuchar a Claudia.

–¿El detective Heredia? –oí preguntar a una voz de hombre.

–¿Cuántos Heredia cree que existen en Santiago?

–Treinta y dos. Consulté la guía.

–Conforme, usted es un tipo listo que aún no me dice su nombre ni qué desea.

–Mi apellido es Parra, y soy el secretario particular del juez Alfredo Cavens.

–¿Cavens? ¡Ese grandísimo hijo de puta!

–¡Le estoy hablando de un juez! ¡Más respeto!

–Disculpe, Cavens es un juez honorable y en nuestro país los jueces trabajan mucho y obtienen una renta miserable. Además, usted no debe tener la culpa de no encontrar un empleo mejor. Seguramente llegó hasta segundo año de leyes y ahora se gana los pesos tinterilleando. Tampoco es culpa suya que Cavens me haya tenido seis meses en la cárcel por sacudir a los matones que cubrían el trasero de un empresario forrado en billetes.

Escuché que al otro lado de la línea se cortaba la comunicación y sin prisa retorné el fono a su lugar.

–¿Ves, Simenon? Ya no quedan caballeros en la ciudad. Uno trata de ser amable y le dan con el teléfono en las narices.

Un minuto más tarde volví a oír la campanilla.

–Es usted un grosero, Heredia. Solamente lo llamo de nuevo porque el juez me lo encomendó. Él desea verlo mañana en su despacho –escuché decir a Parra, seco y cortante.

–¿El juez y en su despacho?

–Eso dije. A las siete de la mañana.

–¿Cómo?

–Me recomendó decirle que fuera puntual. Que se pusiera una corbata y planchara su terno.

Corté la comunicación y envié al juez al infierno. Dos actos inútiles, ya que de cualquier modo y por razones que nunca entendía, estaba cierto que acataría los deseos del juez Cavens.

4

«¿Pero quién libra del horror a los que ven y no cierran los ojos con indiferencia? ¿Quién los libra del miedo? ¿Del desencanto adherido a los días? No tengo respuestas. Miro hacia atrás, al pasado y me veo partido en dos, inconcluso». Leí lo escrito sin deseos de continuar la carta que le escribía a mi amigo Dagoberto Solís, ya que para seguir necesitaba recordar nombres, fechas exactas, lugares, palabras desgastadas, y todo ello era un esfuerzo que me apretaba el ánimo. Dejé el bolígrafo sobre el escritorio. ¿Para qué explicar lo inexplicable? Dagoberto solo deseaba conocer dos o tres cosas de mi vida actual. Residía en un pequeño pueblo de la costa, alejado de la ciudad. Lo habían dado de baja de la Policía de Investigaciones a causa de reiterados entredichos con agentes de la Central de Informaciones del Gobierno. Su buena hoja funcionaria lo había librado de una suerte peor. Jubilado, recibía una renta mensual que le permitía vivir sin sobresaltos y sentirse liberado de la sombra que rodeaba a muchos de sus antiguos compañeros.

«Después de todo estoy contento –escribía en su última carta–. Mi mujer vive tranquila y ya no se debe preocupar por mis horarios. Con mis ahorros instalé un bar, gano dinero y me entretengo con los clientes».

El recuerdo de Solís me provocó un vértigo que creció desde mi vientre y por largos segundos se instaló en mi cabeza. ¿Qué pasaba a mi alrededor? Todo se volvía hacia el pasado. Andrea, Dagoberto, el juez Cavens, las viejas calles de siempre y los sueños manoseados. Un pasado que se dibujaba porque cada día me costaba más reconocer un rostro amigo y los pies me pesaban como el aliento de una infinita borrachera.

–La gente se casa, tiene hijos y un trabajo que cumplir –dijo de pronto Simenon.

–¿Tú qué sabes? También tengo un empleo y mis preocupaciones.

–¡Un gran empleo! ¿De qué sirve esa placa que tienes clavada en la puerta?

–Para que se sepa que tras de ella vive un detective.

–¿Detective? ¿Qué es eso?

–Un oficio igual que otros. Un servicio que se paga.

–Se me extravió el perro, puede seguir a mi esposa, me robaron el auto, mi hija se fugó con un vago. Eso es todo. Te maltratan las costillas y te enlodas por unas bolitas de alcanfor.

–¿Qué quieres?, ¿que deje la oficina?

–Ya es tarde para eso. Deja de quejarte y consigue un asunto en que entretener tu mollera. Últimamente estás pensando mucho y te falta acción.

–Un buen trabajo, una gran paga y me retiro.

–Iluso –creí oír decir a Simenon , pero él no había dicho nada en mucho rato. Jugaba en un rincón de la oficina rasguñando las hojas de un libro de Rimbaud. Un libro de lomo gris, como la piel de un ratón.

Busqué las compras del supermercado y me di un magnífico sorbo de J. B. Al poco rato la oficina se iluminó y los recuerdos dormían.

–Después de todo, olvidar también es un oficio que se aprende –pensé y repetí la dosis de J. B.

5

A la mañana siguiente, el pasado estaba de nuevo golpeando a la puerta. Primero fue la bruma y luego la certeza de estar sobre la cama oyendo unos golpes insistentes y rotundos. Recordé que la noche se había dejado caer con la suavidad de una roca y sus efectos castigaban un punto impreciso de mi confusa y adolorida cabeza. Esperé que los golpes se repitieran y solo entonces hice un esfuerzo por alcanzar mi albornoz.

La figura delgada y pulcra de un muchacho parado en medio del umbral de la puerta terminó por espantar los fantasmas nocturnos. Vestía camisa blanca y una corbata azul con pintitas grises. Unos lentes ópticos le daban un aire de alumno aplicado. Nervioso me contempló un instante, sin saber si le convenía saludar o huir por el mismo camino empleado para llegar a la oficina.

–Seas quien seas, pasa y siéntate donde mejor te parezca –le dije mientras ocupaba una de las sillas colocadas junto a mi escritorio. El muchacho avanzó unos pasos, observó con desagrado el desorden de la oficina y acabó por sentarse en un sillón.

–¿El señor Heredia? –preguntó, y reconocí la voz del secretario del juez Cavens.

–¿Sabes qué hora es? –retruqué haciendo caso omiso a su interrogante.

–Las seis y media –contestó después de consultar su reloj. La agresividad del día anterior parecía esfumada de su libreto y deduje que nunca antes se había enfrentado a un hombre a medio camino entre la vida y la borrachera–. El juez me ordenó que lo pasara a buscar. Tiene interés en que usted llegue puntual a la cita.

–Es un sabio ese señor juez.

–Tiene mal aspecto, señor –comentó el muchacho sin detenerse en mi ironía–. ¿Puedo ayudarle en algo?

–¿Traes una varita mágica?

–No comprendo, señor.

–Ni falta que te hace. Si quieres cooperar con una causa perdida, ve a la cocina y calienta agua. Necesito un enorme jarro del café más cargado que puedas preparar.

El secretario obedeció y mientras él trajinaba en la cocina conseguí llegar hasta el baño y abrir la llave de la ducha. Un chorro helado rebotó en las baldosas del piso, y sin pensarlo dos veces, me introduje vestido dentro del espacio limitado por las paredes de cemento y una cortina plástica. Empapado, fui despojándome de la ropa y una vez que estuve desnudo incrementé la fuerza del chorro hasta escuchar decir basta a mis huesos.

Diez minutos más tarde estaba de nuevo junto al escritorio, vestido como para asistir a una boda y dispuesto a beber la primera taza de café de esa mañana. Parra se entretenía hurgando entre mis libros y en dos oportunidades trató de acariciar a Simenon, que se le escabulló de entre las manos, sin deseos de entablar amistad.

–Sin tu ayuda no habría conseguido despertar –le dije y el muchacho me correspondió con una sonrisa–. Hay días en los que prefiero no mirarme al espejo. Temo descubrir a un ser desconocido o quebrar el maldito cristal. Sin embargo, dudo que sepas de qué hablo. Sin ofenderte, aún se te reconoce el olor de los pañales.

Parra no se ofendió. Sus mejillas adquirieron un tono rosado y durante largo rato evitó mi mirada antes de volver a dirigirme la palabra.

–¿Llamo al juez y suspendo la reunión? –preguntó.

–Mañana o cualquier otro día de la semana será igual. Es como esas malas películas que por algún motivo desconocido nunca sacan de las carteleras.

–No le entiendo, señor. Pero haremos las cosas como usted diga.

–¿Sabes para qué me necesita el juez? Me extraña que me cite a su despacho y se tome tantas molestias.

–Me parece que le ofrecerá un trabajo –respondió el secretario, y tuve la intuición de que sabía algo más.

Quise reírme, pero me resultó imposible mover el más mínimo músculo del rostro. La respuesta de Parra era como esos chistes que se escuchan en las boîtes de mala muerte, y que uno festeja por solidaridad o porque el trago ha hecho su recorrido por el cerebro. Apuré el café y cinco minutos más tarde estábamos en la calle procurando detener un taxi que nos trasladara a los tribunales.

6

Boleros. La culpa la tenían los boleros. Querer y olvidar, perfidia, nostalgia, llanto de luna, sin motivo, no pidas más perdón, y sobre todo, recuerdos que convertían las melosas poesías en algo tan próximo como el rayo de sol que cada mañana invadía las habitaciones de mi departamento. ¿Sabría algo de boleros el muchacho? No, qué iba a saber. A lo más contaba con veintidós años. Y ni eso. Compuestito y afirulado, era la imagen viva del monigote en la torta de la novia. ¿Habría hecho el amor? Digo, gozar y hacer gozar. No, seguro que no. Tal vez una eyaculación rápida con alguna prostituta atareada o en casas de masajes que habían emergido igual que callampas junto a la Antorcha de la Libertad y las garantías a la libre empresa. La incoherencia es absoluta, me dije mientras el vehículo avanzaba en su ruta y trataba de concentrar mis pensamientos en un asunto preciso. ¿Por qué me interesaba el secretario de Cavens? ¿Tendría esposa, novia, o algo? Nuevamente la respuesta era no. Se le veían puntos negros en la frente y ansiedad en los ojos cada vez que el taxi detenía su marcha y era posible apreciar la silueta atractiva de alguna mujer rumbo a su trabajo. Tuve ganas de preguntarle si sabía de boleros, pero me arrepentí. La pregunta me habría obligado a contar viejas historias; las mismas que en su oportunidad le había escuchado al anciano Andaur en su tienda de discos usados de la calle Esperanza. Viejo lindo y de mierda al mismo tiempo. Maniático a la hora de recordar letras, títulos, identificar voces, recrear fantasmas musicales como Raúl Videla y usar unos bigotitos recortados al estilo de Leo Marini. Preferí pensar en Cavens. ¿Qué empleo podía ofrecerme? Hasta ese instante había obviado la pregunta, porque no obtenía beneficio alguno adelantándome a los hechos. Me dije que nada bueno podía esperar de un juez, aunque se tratara de Cavens y su publicitada rectitud. Jugué a olvidarlo y me interrogué acerca del desencanto. Al cabo de varios años de arrendar mi oficina y de recibir a personas de las cuales difícilmente recordaba sus rostros, debía ser muy optimista para encontrar un saldo positivo a mi vida. Sí, algunos días eran grises, y otros, los menos, brillaba un tibio sol. Una respuesta torpe que no explica nada, pensé. Luego encendí un cigarrillo y al instante unas hebras de humo se escaparon a través de las ventanas entreabiertas del taxi.

–Ayer fui duro contigo –dije y Parra me quedó mirando como a un bicho raro que de pronto habla–. Hay días en los cuales uno no anda bien. Ocurren cosas desagradables, inesperadas. En fin, los discursos no forman parte de mis virtudes, pero si te sirve, considera toda esta cháchara como una disculpa.

El muchacho me observó de reojo y mantuvo silencio. A lo mejor no sabía qué decir, o le daba lo mismo la disculpa de un extraño que olía a licor y que, inexplicablemente, resultaba útil para su patrón. Mordí su silencio y de inmediato volví a tener la sensación de que los objetos a mi alrededor giraban enloquecidos.

–¿Tienes esposa, novia o algo parecido? –le pregunté como último recurso para evitar la náusea que se avecinaba.

–Nada de eso –respondió.