Los asuntos del prójimo - Ramón Díaz Eterovic - E-Book

Los asuntos del prójimo E-Book

Ramón Díaz Eterovic

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Beschreibung

El nuevo caso del detective Heredia comienza con un cadáver abandonado en la calle y una lista de libros prestados que abren una historia de robos, feminicidios y venganzas originadas por abusos del pasado.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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© LOM ediciones Primera edición, noviembre 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560014603 ISBN Digital: 9789560014955 RPI: 2021-a-6571 Ilustración de portada: Gonzalo Martínez Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Anunciando el apocalipsisVan de salvadoresY si les dejas te pierdenInfaliblemente. Manipulan nuestros sueñosY nuestros temoresSabedores de que el miedoNunca es inocente. Joan Manuel Serrat «Los macarras de la moral». A Lorca, Gogol y Cordelia.

1

Nevaba tras los ventanales del aeropuerto cuando di un puntapié a la nostalgia y abordé el avión que demoró poco más de tres horas en trasladarme de Punta Arenas a Santiago. Atrás quedaba un caso que el tiempo esclarecería hasta sus más mínimos detalles, o bien, como otros, quedaría silenciado y omitido de la historia oficial que redactaban los chupatintas de turno.

Había indagado la desaparición de una muchacha. De paso, sin esperarlo, conocí el secreto que ignoré durante veintitrés años: la existencia de mi hijo Goran. El encuentro con él no me demandó esfuerzo; tan sólo escuchar la insospechada confesión de su madre y enfrentar a un muchacho veinteañero con el que compartí el asombro ante lo desconocido y la voluntad de añadir un nombre más a nuestras particulares bolsas de afectos. La atracción fue mutua, y no obstante eso, lo que el futuro nos concediera no estaba escrito y ninguno de los dos tenía prisa por recuperar un tiempo perdido en el camino de lo que no pudo ser. Cada uno a su modo debía asimilar la noticia y abrir la puerta que finalmente daría paso a los afectos o al olvido.

Abordé un bus que me trasladó hasta el centro de la ciudad. El día estaba nublado y la llegada del invierno se apreciaba en el tono apagado de los árboles y en la luz grisácea que daba un aspecto melancólico al paisaje. La ciudad no deja de brindar sorpresas. Basta ausentarse unos días o cambiar los recorridos habituales para descubrir cambios en su rostro. Nuevos edificios, plazas remozadas, barrios que exigen un gran ejercicio de memoria para recordarlos como fueron. El mentado y a veces cuestionable progreso era implacable. Y contra eso no había mucho que hacer, salvo apurar el tranco y resolver los asuntos que de tarde en tarde alteraban la tranquilidad de mi oficina.

Una vez en mi departamento bebí un corto de pisco para atenuar el cansancio del viaje y me senté junto al escritorio a observar los pasos de mi gato Simenon, que recorría las habitaciones envuelto en sus preocupaciones o persiguiendo los reflejos de la pálida luz que entraba por las ventanas. Me había recibido con alegría, pero sin corretear a mi alrededor como cuando era un gato joven, travieso, despreocupado de su futuro, tan amplio como las comentadas siete vidas de los gatos. Las tres semanas de ausencia me hicieron prestar atención a su evidente envejecimiento. Sus desplazamientos eran lentos, y saltar de mi escritorio al suelo un ejercicio doloroso del que le costaba recuperarse. Su pelaje albo había perdido brillo y su mirada expresaba el cansancio de los años. Y no podía hacer mucho al respecto. El tiempo se detenía en los seres y los objetos que me rodeaban. El polvo de los libros lucía más oscuro y el descascarado de las paredes del departamento era similar a las arrugas que rodeaban mis ojos o al dolor de rodillas al subir una escalera pronunciada. Y más allá de lo evidente, debía reconocer que en mis sentimientos comenzaba a instalarse el aliento de las despedidas y la certeza de que comenzaba a vivir muchas experiencias por última vez.

Al día siguiente me levanté temprano. Preparé café y lo acompañé con cuatro galletas resecas que encontré en la alacena de mi cocina. Debía ir al supermercado a comprar la comida de Simenon y la botella para las emergencias. Resolví las compras sin mayor trámite y luego me dediqué a recorrer el barrio atestado de gente que se atropellaba sin miramiento. Era el nervio agitado de personas dominadas por la rabia y el hastío. Me llamó la atención la cantidad de vendedores ambulantes y mendigos a la salida de las tiendas o sucursales bancarias. Algo no andaba bien en el país pese a las cifras optimistas de los economistas y a los discursos de los políticos que intentaban arrastrar agua a sus molinos. Los negocios, las especulaciones financieras y el lucro desmedido elevaban el muro de desigualdades que separaban a los que estaban de uno y otro lado.

Entré a un café, pedí un cortado doble y observé por unos minutos a las muchachas que atendían a los clientes. También de ellas debía comenzar a despedirme, me dije, y abrí un libro pequeño que portaba en mi chaqueta. El volumen recogía algunas de las entradas del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce. Leí su definición de «solitario» y concluí que podía identificarme con ella: «Solitario: sin favores que otorgar. Sin fortuna. Adicto a expresar la verdad y el sentido común».

Más tarde, salí del café y caminé en dirección a la calle Aillavilú. Anselmo me esperaba en la oficina. Me contó que había vendido su quiosco y pasaba buena parte del día en su casa, dedicado a ver series y películas en el cable, jugar a las carreras de caballos por internet y atender a las vecinas que llegaban a consultarle sobre materias tan variadas como insólitas, desde recetas de cocina para aprovechar las hojas de albahaca en tortillas y hamburguesas, hasta las opciones más convenientes para invertir sus escuálidos ahorros. Después de pasar por una decena de asociaciones de adultos mayores, talleres literarios y clubes de tango, Anselmo había adquirido cierta fama de gurú que le permitía tener cuidados inesperados, regalos sorpresas y la compañía de un cuerpo tibio en noches especialmente frías o solitarias.

Sobre su decisión de cerrar el quiosco me explicó que, al menos en el barrio, poca gente seguía comprando diarios, que las revistas estaban en vías de extinción y los artefactos que mantenía en el quiosco habían pasado a ser piezas electrónicas obsoletas. Nadie usaba fax ni teléfonos fijos. Y menos fotocopias o sobres para enviar sus cartas.

–El mundo cambió –concluyó con un tono desganado–. Y los caminos a seguir son tres: adaptarse a lo nuevo, conseguir trabajo como pieza de museo o retirarse.

–No seas pesimista, algo quedará por hacer a tipos como nosotros. La tecnología avanza a diario, pero siempre hay alguien que requiere una aguja y una hebra de hilo negro.

–¿Qué quiere decir con eso? No ha perdido la costumbre de hablar en difícil.

–En lo que a mí respecta, es muy simple. El crimen nunca pasa de moda y no faltará la persona que requiera ayuda para resolver uno en particular.

–Y ahí aparece «Heredia y Asociados. Investigadores legales».

–«Heredia y Asociados. Se hacen preguntas y nos interesamos por los asuntos del prójimo», Anselmo. ¿Por qué crees que cambié la placa de la puerta? Los asuntos llamados legales no garantizan la verdad ni la justicia; y la gente, por lo general, busca respuestas para preguntas que muchas veces no se atreve a formular.

–¿Y eso garantiza que vendrá más gente a solicitar sus servicios?

–Lo dudo, pero no es algo que me quite el sueño. Gano lo necesario para pagar mi comida y mis vicios. Y tengo mi música, mis libros y una ventana desde la que veo parte de la ciudad.

–Usted no tiene arreglo –agregó Anselmo–. Es como esas licuadoras con vaso de vidrio que ya no reparan en los servicios técnicos. Se botan a la basura o se usan como maceteros.

–La comparación no me favorece, amigo.

–No lo digo de mala onda, don. Usted es de esos modelos que ya no se fabrican. Buen material y teclas firmes. Una de esas viejas máquinas de escribir que siguen utilizando en las notarías.

–Te agradecería que dejaras de compararme con trastos del siglo pasado.

–Como usted quiera, pero no olvide que nació antes de que el hombre llegara a la luna.

–Tu talento para arruinar el día a las personas es ilimitado.

–Para qué se molesta, jefe. Usted sabe que me alegra su regreso.

***

El quiosco de Anselmo no era el único cambio. A los pocos minutos de entrar al departamento llegó a mordisquearme los cordones un gato pequeño. Su pelaje era gris y negro. Sus ojos, grandes y llenos de curiosidad. Sus piernas delanteras eran largas y sus cojinetes suaves. Lo tomé con una mano y lo puse sobre la cubierta del escritorio. Nos miramos atentamente y algo en mi interior me hizo pensar que era un gato en el que podía confiar. Simenon se acercó al pequeño felino y le puso una de sus patas encima de la cabeza para evitar que rasgara una hoja de papel que estaba sobre el escritorio. Enseguida me explicó que lo había encontrado en uno de sus habituales recorridos por el barrio. Tenía hambre, frío y necesitaba un techo.

–Y tu corazón de abuelita comenzó a latir deprisa.

–Recordé el tiempo que viví en la calle, antes de encontrar tu oficina y tus novelas policiacas.

–Las de George Simenon. Si hubieras recorrido con más atención la biblioteca podrías haberte llamado Balzac, Dickens o Cortázar.

–Simenon es un buen nombre.

–Me alegro de que estemos de acuerdo en eso.

–¿Y el gatito? ¿Qué me dice de él?

–Ya entró a la oficina y escogió un rincón. No tendría corazón para echarlo.

–Contaba con tu comprensión, Heredia. En materia de gatos eres tan duro como un pan de mantequilla a pleno sol. Anselmo lo llevó al veterinario. Está desparasitado y tiene sus primeras vacunas.

–Debí pensar en la complicidad del viejo Anselmo cuando lo vi cargando una bolsa de alimento para gatos. Ahora debemos pensar en un nombre para tu amigo.

–Anselmo ya resolvió ese asunto. Llamó al Escriba y él quedó en hacer una propuesta.

–¡El Escriba! No se conforma con escribir mis historias, también bautiza a mis gatos. Seguro que nos sale con algún nombre relacionado con Magallanes, su tierra natal: calafate, chumango, ruibarbo, ventarrón.

–Esperemos a ver si nos propone algo cuerdo. Ahora, y antes que te duermas, háblame de tu viaje.

2

Al otro día desperté de amanecida. Poco a poco el sol fue iluminando los muebles y demás objetos existentes en mi dormitorio. El viejo ropero de dos puertas con espejos biselados, la cómoda donde guardo mis camisas, calcetines y un sinfín de chucherías y papeles que muchas veces, y sin éxito, he pretendido ordenar o botar a la basura. Un cuadro de Germán Arestizábal, mi amigo artista al que no veo desde su traslado, diez o más años atrás, a una ciudad del sur; y un banderín del Club Deportivo Magallanes, tan deslavado como el juego demostrado por el equipo en los últimos torneos de fútbol. Y mi cama de dos plazas, en la que me recosté junto a Simenon, que dormía plácidamente sobre una de las almohadas dispuestas en la cabecera. A su lado, observándome con sus ojos que parecían ocupar casi toda su cara, estaba el gato pequeño. Le sonreí y él me siguió mirando con una mezcla de asombro y recelo. Luego pareció animarse y dio unos pasos hasta quedar a la altura de mi cabeza. Extendió su pata derecha y la posó sobre mi nariz.

–¿Qué se cuenta, amigo?

El gato acarició una vez más mi nariz y regresó junto a Simenon que seguía durmiendo, indiferente a mis primeros intentos de comunicación con el gato pequeño. Dejé pasar quince minutos y me levanté de la cama. Durante un rato recorrí las habitaciones del departamento. Tomé al azar un libro que tenía en un estante próximo a mi escritorio y al cabo de unos minutos lo volví a colocar en su lugar. A un costado del escritorio vi una caja de cartón. Recordé que Anselmo me había hablado de ella y de la carpeta azul que estaba sobre la cubierta. En la caja estaba guardada parte de los instrumentos y equipos que Anselmo utilizaba en su quiosco y que no quiso llevarse a su casa una vez que cerró el negocio. Revisé en su interior y encontré un teléfono celular del porte de un zapato, un antiguo equipo de fax y el teclado de un computador, una cafetera eléctrica con restos de café molido en su interior y una gran cantidad de programas hípicos de la época en que Anselmo corría en el Hipódromo Chile. En las carreras donde él participó, a un costado de su nombre, aparecía siempre un número escrito con lápiz pasta que deduje correspondía a la ubicación en la que había llegado en cada competencia. Mi atención volvió a concentrarse en la cafetera, y luego de enchufarla y comprobar que funcionaba, me preparé una diminuta taza de café.

***

En la carpeta encontré los apuntes de Anselmo sobre los clientes que me buscaron durante mi ausencia. Las notas estaban ordenadas por fechas. Además de sus nombres, incluía los teléfonos y un resumen de la finalidad de cada visita. Analicé las razones de los interesados para contratar mis servicios. Ninguno mencionaba que mis honorarios eran reducidos, pero aportaban comentarios que no avivaron mi interés por ninguno de los supuestos casos a investigar.

A Rodrigo Olea le habían robado el auto desde el estacionamiento de su empresa y sospechaba de dos empleados a los que les negó el aumento de sus sueldos. Adela Torres necesitaba que le dieran una paliza al tipo que embarazó a su hermana menor. Teodoro Vinicio acusaba a su sobrino de robarle una colección de sellos postales. Helena Vander estaba preocupada por la desaparición de la amiga con la que compartía su departamento. Florencia Duncan quería ubicar a su esposo, que se había fugado con una joven vecina del edificio donde vivían.

Releí las notas y pospuse las llamadas a los posibles clientes para un futuro que podía concretarse en las siguientes dos horas o bien quedar en el limbo de los asuntos pendientes.

–Recuerda que debes comprar mi comida –comentó Simenon, distrayéndose por un instante del paisaje que admiraba a través de una de las ventanas del departamento.

–Jurel tipo salmón, atún sin aceite y alimento para gatos inteligentes.

–Ahora son más bocas que alimentar. No lo olvides.

–Donde comen dos, comen tres. Es cosa de agregar más agua a la sopa.

–El gato pequeño es un bebé y yo un anciano. Ambos necesitamos alimentos ricos en calcio y vitaminas.

–En mi infancia los gatos comían lo que sobraba en los almuerzos. Ahora hay que alimentarlos con comidas especiales, trasladarlos en jaulas acolchadas y acompañar sus siestas con música de Bach. El día que muera espero reencarnarme en un gato.

–Piensa que una buena comida hará que viva más y mejor.

–Esta mañana no tengo ganas de discutir, Simenon.

–Me parece una sabia decisión.

–Tengo que llamar a las personas registradas en la lista de Anselmo.

***

El resultado de las llamadas no fue muy auspicioso. El auto de Olea había sido desmantelado en un galpón de la calle Carlos Valdovinos y vendido por piezas. Adela Torres no necesitaba golpear a nadie, porque el tipo que embarazó a su hermana estaba dispuesto a convertirse en esposo y padre. Vinicio, por su parte, descubrió que el ladrón de sus estampillas era un colega de trabajo con el que solía reunirse a jugar ajedrez y compartir botellas de vino. El esposo de Florencia Duncan había regresado a su hogar, porque luego de dos semanas se sentía sobrepasado por las exigencias sexuales de su amante. La única que seguía interesada en mis servicios era la muchacha que deseaba ubicar a su compañera de departamento. Se ganaba la vida impartiendo clases de alemán y traduciendo conversaciones entre empresarios chilenos y germanos. Le di la dirección de mi oficina y quedó en visitarme apenas terminara de redactar la traducción de una carta.

***

Escuchaba el noticiero radial de la tarde cuando escuché dos suaves golpes en la puerta. La noticia principal daba cuenta de robos cometidos por militares de alto rango con la complicidad de empresarios y ejecutivos bancarios. Me puse de pie y abrí la puerta. Una mujer joven y alta, de rostro alargado y pálido, me observó con una expresión de duda. Me preguntó mi nombre, y cuando se lo dije pareció más animada, como si se hubiera liberado de una preocupación que la atormentaba.

Le indiqué la silla junto a mi escritorio. La muchacha avanzó unos pasos y observó a Simenon, que dormía profundamente sobre la cubierta del mueble.

–¿Vive o está embalsamado? –preguntó atraída por la aparente inmovilidad del gato.

–Está viejo y cansado, pero tiene vida para rato –respondí, y al tiempo que ocupaba mi sillón dejé caer una pregunta con tono desganado: ¿Qué puedo hacer por usted, Helena?

–Un alumno me dio su nombre, señor Heredia. Dijo que usted es bueno buscando personas y que trabaja por poco dinero.

–Es probable, pero en definitiva todo depende del cristal con que se mire. No faltan los colegas que me acusan de aficionado, pese a que resuelvo casos que ellos ni siquiera han llegado a comprender. Sin embargo, no me quita el sueño. Con los años aprendí que todo logro viene acompañado de una sombra de envidia.

–Confío en el alumno que me hizo la recomendación. Fue policía durante un tiempo y luego renunció para dedicarse a temas informáticos. Actualmente trabaja en una empresa que realiza negocios con empresas alemanas. En su época de policía escuchó hablar de usted.

–Dispongo de tiempo para hacer preguntas y supongo que eso me permite encontrar con cierta rapidez a personas que desaparecen. Hábleme del problema que la trae a mi oficina. Por teléfono mencionó a una compañera de departamento.

–Se llama Lorena Morán y desapareció hace dos semanas.

–¿Desapareció? ¿Puede ser más específica?

–Debo explicarle algunas cosas. Lorena y yo nos conocimos en un curso de idioma alemán que impartí en la Universidad San Avelino, donde ella estudia Sociología. Nos hicimos amigas y un mes antes que terminara el curso me confesó que por problemas con sus padres se había quedado sin un lugar dónde vivir. La llevé por una semana a mi departamento y luego la invité a quedarse con el compromiso de compartir los gastos. Han pasado dos años y hasta hace dos semanas nunca tuvimos el más mínimo problema.

–¿Discutieron? ¿Lorena decidió buscar otro lugar donde vivir?

–Nada de eso, señor Heredia. Hace catorce días y sin ninguna explicación dejó de llegar al departamento. Nos despedimos por la mañana y desde entonces no la he vuelto a ver.

–Quizás se fue con alguien por unos días. ¿Un pololo? ¿Otra amiga?

–¡Imposible! De ser como usted piensa me lo habría informado –dijo Helena, tajante.

–¿Preguntó por ella a la policía o en los hospitales?

–Fui a los carabineros y resultó una pérdida de tiempo. Ni siquiera supieron redactar bien mi denuncia. Después fui a su universidad. Conocía los nombres de dos de sus compañeras, pero no encontré a ninguna.

–¿Cómo se llaman?

–Carla Peña y Josefina Vergara.

–¿Sabe algo de ellas aparte de sus nombres? ¿Dónde viven? ¿Qué lugares frecuentan?

–No. Sólo sé que Lorena las trata casi a diario porque tienen varios cursos en común.

–Y además de la universidad, ¿hay otro lugar donde Lorena pase su tiempo?

–Hizo clases en un preuniversitario, pero lo dejó luego de un semestre. A veces trabaja en la codificación de encuestas que realiza la universidad. Los fines de semana vamos al gimnasio y a veces al cine o al teatro.

–¿Su edad? ¿Su familia? ¿Sus estudios?

–Tiene 25 años y está en quinto año de la carrera de Sociología. Es buena alumna, aplicada. Sabe que su futuro depende de sus estudios y que no puede desperdiciar los esfuerzos que hicieron sus padres para educarla.

–¿Habló con ellos?

–Viven en Valparaíso. Hablé con su madre y la verdad es que no sirvió de mucho. No sabía nada de Lorena y me dijo que está acostumbrada a no recibir noticias de ella durante tiempos prolongados. Hay algo entre Lorena y sus padres que los mantiene distanciados. Nunca me ha hablado mucho de eso, pero supongo que tiene que ver con la suerte que corrió su hermana mayor.

–¿Qué le sucedió a la hermana?

–No sé mucho, porque es algo que Lorena evita recordar. Vilma era quince años mayor que Lorena y murió abandonada en un hospicio. Tenía un buen empleo y de la noche a la mañana abandonó todo el bienestar que tenía a su alcance por seguir los pasos de un hombre. Los padres piensan que, viviendo en Santiago, Lorena puede hacer lo mismo. Usted sabe que las ideas de los padres y sus hijos no siempre coinciden.

–¿Sabe qué llevó a la hermana a tomar una decisión tan extrema?

–Ya le dije que no sé mucho sobre ella. Vilma murió hace cinco años –agregó Helena y tuve la impresión de que era un asunto en el que no deseaba o no podía profundizar.

–Parece que Lorena es una muchacha solitaria.

–La verdad es que sólo cuenta conmigo.

–¿Qué piensa que le pasó?

–Si lo supiera no habría venido a su oficina, señor Heredia.

–Desde luego que no, pero al menos tendrá una idea, un presentimiento.

–Solo puedo pensar en que le ocurrió algo malo.

–¿Eso incluye su muerte?

–Después de tantos días sin saber de ella he llegado a pensarlo.

–¿La notó preocupada la última vez que se vieron?

–Se quejó de un ensayo que debía entregar en la universidad y todavía no empezaba a redactar.

–¿Es una persona feliz?

–¿Feliz? ¿Qué quiere decir con eso? ¿Puede ser más concreto?

–Me pregunto si es una persona razonablemente contenta con su vida o si por el contrario puede tener algún motivo para quitarse la vida.

–No tiene ninguna razón para suicidarse. La situación con sus padres la tiene asumida desde hace tiempo y le gustan sus estudios.

–¿Por qué está tan segura?

–Aunque le suene un tanto cliché, Lorena es de esas personas que desean vivir a cualquier precio.

–Pero tiene limitaciones económicas que quizás la llevaron a contraer deudas.

–No lo creo. En cuanto a sus limitaciones económicas, no son diferentes a las de la mayoría de la gente. Vive con poco, pero se las arregla para satisfacer sus necesidades. Tiene el aporte de sus padres y una beca que le sirve para comer y movilizarse. Si necesita más dinero recurre a trabajos esporádicos.

–¿Tiene idea de cómo puedo empezar mi trabajo?

–Imagino que usted sabe cómo buscar a una persona. ¿O no es así?

–Sé cómo hacer mi trabajo. Sólo que a veces los clientes tienen ideas que permiten encender el fuego. Pero, no siendo así, me ocuparé de las gestiones habituales que se hacen en casos de personas desaparecidas. En ocasiones basta con eso, y en otras hay que dedicarle más tiempo.

–¿Y sus honorarios? Le advierto que no dispongo de mucho dinero.

–Trabajo por poco. Lo justo y necesario para alimentar a un gato viejo y a un detective privado que va en camino de serlo.

–¿A qué se refiere con poco, señor Heredia? ¿Puede ser más preciso con el monto de sus honorarios?

3

Antes de iniciar una ronda de preguntas en la policía y los hospitales llamé por teléfono a César Mistral, un funcionario del Servicio Médico Legal con el que compartía la cercanía con la muerte y la afición por apostar en las carreras del Hipódromo Chile. Siempre que recurría a su ayuda quedaba con la impresión de que mi amigo se alegraba de colaborar con investigaciones que le daban otro sentido a su trabajo, más allá de los informes que elaboraba diariamente. Solía decir que se dedicaba a la medicina forense porque era la única especialidad en la que jamás se recibían críticas de los pacientes.

–¿Me llamas para compartir un dato? –fue lo primero que preguntó después de reconocer mi voz–. Necesito apostar a un caballo que me alegre el día.

–No todo es miel sobre hojuelas en la vida. A veces hay que trabajar para ganar unos denarios.

–No necesito tus lecciones obvias, Heredia. ¿Cuál es tu problema de hoy?

–Mi problema es el dolor de espalda y el penoso crujido de mis rodillas.

–Pregunté por tus problemas policiacos. Los otros me son indiferentes. Puedo asegurarte que el día que llegues a mis manos no tendrás ningún motivo de queja.

–Busco a una muchacha que desapareció hace dos semanas. Sé que debo recurrir a la policía, pero esta vez preferí empezar golpeando a tu puerta.

–¡Un genio optimista! ¿Cómo se llama la mujer?

–Lorena Morán.

–¿Morán? Un apellido difícil de olvidar. No he realizado ningún informe asociado a ese apellido, pero bien pudo estar en manos de mis colegas. Daré una mirada al archivo y conversaré con ellos.

–¿Archivo? Parece que tendré una larga espera.

–¿En qué mundo vives, Heredia? Hoy en día revisar archivos no pasa de escribir un nombre en el computador y esperar unos segundos. Y para conversar con mis colegas me bastan unos cuantos correos electrónicos.

–¿De cuánto tiempo estamos hablando?

–Dos horas, Heredia.

–Los carteros llaman dos veces y los detectives todas las que sean necesarias. Volverás a saber de mí en ese plazo.

***

Tomé el Metro en Calicanto y viajé hasta la Estación Central. Hacía varios meses que no andaba por ese barrio y tuve la sensación de estar recorriendo las populosas calles de otro país. Las veredas estaban invadidas por los vendedores callejeros. Zapatillas, calculadoras, toallas, relojes, poleras y un sinfín de otras mercaderías eran ofrecidas a bajo precio por inmigrantes haitianos, colombianos y venezolanos. Huían de la miseria que los agobiaba en sus países y creían hacerlo hacia un paraíso que se les desdibujaba a los pocos días de conocer. Los trabajos disponibles eran mal pagados, las piezas que conseguían arrendar eran pequeñas y sucias; y lo peor de todo eran las miradas desconfiadas que recibían a cada rato por el color de su piel o el tono de sus voces. Recordé las señas que me diera Helena sobre la ubicación de su departamento y me perdí en las galerías interminables de un centro comercial que ofrecía productos chinos. Me distraje observando las vitrinas y los mesones donde se mostraban las mercaderías, y cuando quise retomar la búsqueda concluí que sin la dirección jamás daría con el departamento de Helena. Entré a un almacén chino a comprar té verde y galletas de la suerte, y regresé a mi oficina con la impresión de haber sobrevivido a un recorrido por los círculos del infierno.

***

–Quizá no sea la forma más correcta de decirlo, pero has tenido suerte, Heredia –dijo César Mistral–. En el depósito tenemos un cadáver con el nombre de Lorena Morán. La identificamos gracias a que portaba la mitad de una credencial universitaria en la que aparecía su nombre y la facultad de origen. Hace una semana informamos a la policía para que realicen la investigación y la correspondiente notificación a los familiares. Hasta la fecha nadie ha venido a preguntar por ella.

–¿Leíste el informe de tus colegas? ¿Qué dice?

–El cadáver apareció en un sitio eriazo ubicado cerca del Centro Cultural Matucana 100. La mataron con golpes de pies y manos que le provocaron hemorragias internas. Su cuerpo presentaba signos de violación y de haber sido arrastrado por una superficie dura, de tierra reseca o cemento. La dejaron detrás de unos matorrales que ocultaron el cadáver hasta que unos perros callejeros advirtieron la presencia del cadáver.

–¿Encontraron algo más entre sus ropas aparte de la credencial?

–Una chauchera con la credencial que te mencioné y dos billetes de cinco mil pesos. Nada más.

–Eso descarta un asalto.

–O bien la víctima portaba otras pertenencias que al agresor le parecieron más interesantes. Los universitarios suelen andar con mochilas donde llevan celulares, relojes, computadores personales y otros objetos de valor.

–Tendré en cuenta tu observación, Mistral.

–Me apena que la muchacha continúe en el depósito.

–Sus padres viven en Valparaíso y supongo que ya estarán al tanto de la mala noticia.

–Si no se apuran en reclamarlo, el cadáver terminará convertido en un puñado de ceniza.

–¿Cómo se llama el policía al que le enviaron el informe?

–Ruperto Chacón.

–¡Qué casualidad! Nos conocemos y hemos compartido varios casos. Tiene malas pulgas y no le agradará que le diga que no cumple con su trabajo.

–A mí no me menciones. No quiero que la policía llame a mi jefe y me reprendan.

–Nadie te dará una patada en el culo, Mistral. Diré que la información fue una revelación divina. ¿Algo más?

–Leí el informe y tengo la impresión de que los golpes recibidos por la universitaria tuvieron desde un comienzo la intención de acallarla para siempre. El agresor sabía dónde y cuánto golpear.

***

Chacón me escuchó atentamente y luego me citó en un café ubicado frente al antiguo cuartel central de la Policía de Investigaciones, en la calle General Mackenna. El sector había cambiado en los últimos años. La vieja cárcel pública había sido derribada y sólo era un dato borroso para investigadores interesados en la historia urbana. Frente a las dependencias policiales se alzaban nuevos tribunales y otros edificios que dejaban en evidencia la modernización de ciertos espacios antiguamente maltratados de la ciudad. De las viejas calles San Martín y Hurtado de Mendoza que habían albergado prostíbulos y chincheles de mala muerte sólo quedaban las crónicas publicadas en diarios que dormitaban en las estanterías de la Biblioteca Nacional.

–Vi el informe y lo puse en la gaveta de los asuntos pendientes –dijo Chacón después de probar su café–. No existía ninguna denuncia relacionada con la víctima, y cuando eso ocurre esperamos que aparezca algún familiar o conocido preguntando por ella. Ahora que contamos con más información saldremos a buscar al responsable de su asesinato.

–Nunca es tarde para salir a trotar un poco, aunque solo sea para guardar las apariencias.

–No joda, Heredia. Usted sabe que ese no es mi estilo.

–Sí, lo sé. Disculpa. No ha sido la mejor manera de empezar a tratar el asunto.

–¿Por qué le interesa la muchacha? –preguntó Chacón.

–Como te dije por teléfono, trabajo para una clienta que recurrió a mis servicios. Decidí empezar la investigación en el Servicio Médico Legal. Tiré un dardo y tuve la buena suerte de dar en el blanco al primer lanzamiento.

–Permítame dudar de tanta suerte. Usted debe conocer a alguien en el Servicio Médico Legal.

–A la suerte siempre hay que ayudarla. Es como en el amor, Chacón. No basta con la flecha de Cupido. Hay que seguir trabajando.

–Déjese de tonterías, Heredia. Y tampoco me dé lecciones. No tengo tanta experiencia como usted, pero sé hacer mi trabajo.

–No quiero discutir, Chacón. Sólo quise ponerte al tanto de la muerte que pretendo investigar. No se diga que no te avisé.

–Manténgase al margen. La policía hará el trabajo.

–Prometí encontrar a Lorena Morán.

–Ya lo hizo, Heredia. Dedíquese a estudiar los programas hípicos o a dormir siesta.

–Siento una creciente curiosidad y las preguntas giran dentro de mi sesera. Encontrar a Lorena también implica dar con sus asesinos.

–¿Por qué? ¿Para qué? Nadie le pidió eso.

–Los asuntos del prójimo. Tengo la mala costumbre de interesarme en los asuntos ajenos. En especial cuando ese prójimo golpea a mi puerta y pide ayuda.

Chacón sonrió y bebió un poco de café.

–Intuyo que una vez más no lograré apartarlo de mi camino. Y en tal caso podemos ayudarnos como en otras ocasiones.

–Todo es posible, Chacón. Sabes que me interesa tu colaboración.

–Usted podría empezar dándome el nombre de su clienta.

–Se lo daré, pero antes conversaré con ella.

–Hueso duro y porfiado. Por eso se habla de usted en el ambiente.

–No creas todo lo que te digan.

–En la escuela tuve de profesor al hoy prefecto Bernales. Lo mencionó varias veces en sus clases.

–Trabajamos juntos en unos casos, pero no pensé que se acordara.

–También sé que usted estuvo enamorado de una de nuestras bellezas de la Brigada de Homicidios.

–No sigas por ese camino, Chacón.

–Disculpe. No he querido ser impertinente –dijo Chacón, y luego de llamar al mozo que nos atendía, agregó–: Me da rabia que se haga mal el trabajo. Ordenaré un nuevo análisis del sitio del suceso. Revisé el que se hizo después del hallazgo de la víctima y es bastante superficial.

–Creo que es tarde para encontrar huellas o indicios en el sitio del suceso.

–También se encuestará a los vecinos del barrio donde apareció la víctima.

–Te puedo conseguir la dirección de los padres de Lorena Morán. Es tiempo de que conozcan la mala noticia. Y no olvides investigar en la universidad donde estudiaba.

–Conozco mi trabajo.

–Y seguramente no das puntadas sin hilo.

–No sea irónico. Estaré atento a su llamada, Heredia.

4

Estaba inquieto, pensativo. Recorrí mi departamento observando sus muros descascarados y los vidrios rotos por los que entraba el frío de la noche. Tras la sonajera de las mohosas cañerías se escuchaba el ruido lastimero de las puertas. Simenon y su nuevo amigo jugaban en el living. Simenon tenía sus dos patas delanteras sobre la espalda del gato pequeño y éste rasguñaba suavemente la barriga de su anfitrión. Pensé en mi hijo Goran y en la posibilidad de invitarlo a vivir conmigo por una temporada. Tendría que hacer cambios en el departamento, eliminar los cachureos amontonados en su dormitorio y sacudir el polvo que anidaba en los lomos de mis libros. Había pasado una buena cantidad de días desde mi regreso a Santiago y aun no me atrevía a llamarlo. Su comprensión inicial podía haberse transformado, aunque a mi favor estaba la seguridad de que ninguno de los dos podía saber si nuestras vidas hubieran sido distintas en caso de estar juntos desde su nacimiento.

Volví a observar a los gatos y creí escuchar los reclamos de Simenon.

–El gato pequeño sólo quiere jugar. Es impetuoso e incansable.

–El tiempo le quitará entusiasmo –dije mientras marcaba el número telefónico de Helena.

Me saludó con cierta sorpresa y enseguida guardó silencio, sin atreverse a expresar con palabras la pregunta que tenía en la cabeza.

–Las noticias no son buenas –comenté antes de ponerla al tanto de mi hallazgo en el depósito de cadáveres.

–No lo deseaba, pero era esperable –dijo procurando mantener la calma al término de mi relato.

Luego cortó la llamada y diez minutos más tarde volvió a comunicarse conmigo.

–Disculpe –dijo–. Debía asimilar su información y además me dieron unas ganas irrefrenables de llorar.

–Lamento haberle dado la noticia.

–¿Qué pasará ahora con ella? Con sus restos, quiero decir.

–Los guardarán hasta que sus padres los reclamen. Y si no lo hacen serán cremados y las cenizas arrojadas en el cinerario común del cementerio.

–Yo podría reclamar sus restos y darles una sepultura adecuada.

–Ignoro las disposiciones legales. No sé si alguien que no es un familiar puede retirar sus restos y disponer de ellos. Tal vez sea un proceso largo. La policía analizará los restos para certificar la causa de su muerte o encontrar pistas que permitan dar con el asesino.

–Me siento parte de una pesadilla. No sé qué hacer.

–Al menos sabe qué sucedió con su amiga. Es más de lo que muchas personas saben sobre sus familiares desaparecidos.

–¿Y qué hará usted, Heredia?

–Me pidió encontrar a su amiga y lo hice.

–¿No le interesa saber en qué circunstancia murió? ¿Descubrir al responsable?

–Puedo intentarlo, pero no le garantizo una respuesta para esas preguntas.

–Le estoy pidiendo que investigue y ni siquiera sé si puedo pagar su trabajo.

–Ya hablamos de dinero cuando fue a mi oficina.

–Puede que necesite más.

–Se lo diré. Tal vez todo se aclare más rápido de lo que imaginamos.

–Espero que sea como usted dice.

–Y otra cosa, usted tendrá que conversar con la policía.

–¿Se puede evitar?

–Temo que no. Y también necesito que me cuente todo lo que sepa sobre Lorena. Nombres de sus profesores en la universidad, los hechos que puedan justificar el distanciamiento de sus padres. Quiero conocer su vida sentimental. El nombre de su compañero o pareja, si la tenía. La forma en que murió indica que no fue víctima de un asalto común.

–¿Pretende poner patas arriba la vida de Lorena?

–El culpable de su muerte puede estar en su entorno más inmediato.

–Tendría que dudar de mucha gente conocida. No es fácil ponerse en esa situación.

–Usted responda mis preguntas y déjeme pensar mal de la gente.

–Cómo usted diga, Heredia.

–Y a propósito de preguntas. ¿Sabe qué portaba Lorena el último día que usted la vio?

–Salimos juntas de la casa. Llevaba su mochila con algo de comida para el almuerzo, un par de cuadernos y dos libros que debía devolver en la biblioteca.

–¿Recuerda los títulos de los libros?

–No, pero eso es algo que puede averiguar en la biblioteca de la facultad. Debe tener un registro de préstamos y devoluciones.

–Me preocuparé de eso a su debido momento. Antes, quiero que me recuerde los nombres de las amigas de Lorena a las que usted intentó ubicar.

***

Salí de la estación y me dirigí a la universidad. En lo que duró el viaje se subieron a mi carro dos raperos, un guitarrista, tres vendedores de agua mineral y un parlanchín que habló de Dios y el fin de los tiempos: los mares inundarían toda la tierra firme conocida, el sol haría arder hasta las zarzamoras y los hombres cavarían en las montañas para sobrevivir como ratas. Según el parlanchín todo lo anterior se podía evitar escuchando las palabras de Dios y las prédicas de sus ocasionales voceros. Tipos que asustaban a la gente con el apocalipsis, como los macarras de la moral a los que canta Serrat.

Los pasajeros se apretujaban como sardinas en conserva y muchos de ellos parecían a la espera de un gesto o una mala cara para iniciar una disputa que fácilmente podía terminar en gritos, mentadas de madre y golpes.

A la universidad se entraba por un gran pórtico adornado con estatuas de filósofos griegos, ninfas y grandes leones. Traspuesto el portal aparecieron las distintas casonas y edificios que acogían las salas de clases, bibliotecas, casinos y otras dependencias destinadas a los asuntos administrativos. Sobre sus muros habían rayado consignas políticas y símbolos deportivos. Un lienzo que unía los techos de dos casas proponía destruir todo para empezar a construir una vida a escala de los sentimientos y las necesidades de las personas.

Busqué las dependencias de la facultad de Lorena y deambulé por oficinas desiertas y salas de clases con grandes ventanales que mostraban a estudiantes más atentos al vuelo de las moscas que a las palabras de sus profesores. Debía ubicar a Carla Peña y a Josefina Vergara, y gritar sus nombres no parecía el mejor camino para llegar a ellas.