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Este libro se propone introducir un desvío en la comprensión habitual de la imaginación, expandir el término para que no se repliegue a los límites que han determinado su uso, en un momento histórico en donde no se deja de anunciar su obturación. Agotamiento que se constata en la imposibilidad de poder imaginar alternativas a nuestras formas de producción y de organización de la vida. De ahí que la apuesta y riesgo de este libro consista en levantar la categoría crítica de imaginación material como tentativa metodológica que quiere contribuir a potenciar otros procesos de formación desde diferentes prácticas. En este sentido, se trata de profundizar en algunos de los desarrollos presentados en La performatividad de las imágenes, para interrogar qué podría querer decir que existe una fuerza formadora en la imagen. Si la imaginación es la capacidad de crear imágenes, ¿cómo activar esa potencia de lo imaginal? Si lo que pretendemos es una crítica que sea capaz de invertir su energía en una nueva pasión creativa para organizar el polémico encuentro entre lo real y lo posible, es necesario explorar una creación social, artística y conceptual que trabaje desde los bordes, los restos, los fragmentos y lo accidental que se produce en las nuevas formas de contacto.
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2022-A-6063
ISBN: 978-956-6048-92-3
ISBN digital: 978-956-6048-93-0
Imagen de portada: Cecilia Vicuña, Pueblo de altares, 1990-2017, instalación site-specific de objetos precarios, dimensiones variables. Vista de la instalación, About to Happen, Contemporary Arts Center New Orleans (CACNO), 2017. Foto: Alex Marks. Cortesía del artista. © Cecilia Vicuña.
Diseño de portada: Paula Lobiano Barría
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
© ediciones / metales pesados
© Andrea Soto Calderón
E mail: [email protected]
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, agosto de 2022
Impreso por Gráfica Funny SpA
Diagramación digital: Paula Lobiano Barría
Índice
Imaginar es fragilizar lo real, reapropiarse su plasticidad y hacer entrar en las palabras, las imágenes y los gestos la categoría de lo posible y la fuerza de las indeterminaciones.Marie-José Mondzain
Introducción
Hay conceptos en la historia del pensamiento que tienen tanto peso que casi ya no se pueden pensar. Es el caso de la imaginación. Sin embargo, la historia de la imaginación, en muchos sentidos, sigue estando por hacer. No seré yo quien la emprenda, pero sí quisiera al menos introducir un desvío, expandir el término para que no se repliegue a los límites que han determinado su uso, especialmente, en un momento histórico en donde no se deja de anunciar su obturación. Agotamiento que mostraría su constatación en la imposibilidad de poder imaginar alternativas a nuestras formas de producción y de organización de la vida. Para muchos, la situación de crisis social en la que nos encontramos constituye una oportunidad única para reflexionar en torno a la catástrofe inminente hacia la que nos dirigimos: la destrucción del espacio público, de la naturaleza y de las condiciones materiales que hacen posible nuestra existencia. Una oportunidad excepcional para revertir aquella máxima que hace ya algunos años formulara Fredric Jameson, según la cual es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Con todo, no podemos suponer que la situación actual generará por sí misma una energía revolucionaria. Por ello, el desafío principal es cómo habitar esta brecha para desde el presente esbozar otro orden de lo posible. ¿Cuál es el rol que pueden tener las imágenes en esos procesos de articulación de lo sensible? Si hay algo que puede significar resistencia es resistir al estado de las cosas, ¿cómo resistir, entonces, abriendo otro imaginario?
Este análisis se hace especialmente necesario en la situación de las vertiginosas transformaciones de los modos en que se da la experiencia, de radicalización de la vida aparatizada –que tiene su propia genealogía–, acelerando cambios sociales, emocionales, políticos y afectivos desde infraestructuras que organizan la vida ocultando su naturaleza ideológica. Infraestructuras entendidas como tecnologías que generan unas condiciones para determinadas circulaciones y significados del poder. De ahí que me parezca urgente preguntarnos por cuáles son los tipos de representaciones que nos propone el discurso dominante. En particular, aquella absorción política que hace ver el mundo como si existiera un solo mundo, una realidad, una única manera de percibirla y nombrarla. Prestar atención a estas representaciones es crucial, porque las imágenes delimitan lo que cuentan: circunscriben las zonas de atención en un tiempo político. Los usos de las imágenes del vacío que han hecho los medios hegemónicos en tiempos de confinamiento dan cuenta de su propia falta de densidad.
En esta grieta mínima entre la posibilidad y su acabamiento se sitúa esta reflexión, en la apuesta sin fondo por proponer algunas metodologías, premisas y operaciones que hagan posible ampliar el campo de la imaginación. Propósito ambicioso y modesto, al mismo tiempo, pero que pretende estar a la escucha de situaciones que solicitan otros modos de hacer; y desde ahí sacudir nuestro presente intentando ver de qué manera ciertas prácticas pueden dar lugar al acontecimiento de la imaginación. De ahí que la apuesta y riesgo de este libro sea levantar la categoría crítica de imaginación material como tentativa metodológica de los modos en los que determinado tipo de prácticas pueden contribuir a potenciar la fuerza y consistencia de un proceso de formación. En este caso se trata de profundizar en desarrollos anteriores articulados en La performatividad de las imágenes, para interrogarse por lo que podría querer decir que existe una fuerza formadora en la imagen que no tiene que ver con elementos que están predeterminados, sino con una formación que se configura en su trayecto. Si la imaginación es la capacidad de crear imágenes, ¿cómo activar esa potencia de lo imaginal?
Pensar la fuerza formadora de las imágenes desde una perspectiva de la imaginación material implica pensar en qué sentidos las imágenes son dispositivos habilitados para articular una crítica social entendida no solo en clave de denuncia, sino como intervención creadora. El que crea, dice Gilles Deleuze, tuerce el lenguaje, lo hace vibrar, lo abraza, lo divide, para arrebatar la percepción de las percepciones, el afecto de las afecciones, la sensación de la opinión, crea para un pueblo que todavía no existe. Si lo que pretendemos es una crítica que sea capaz de invertir su energía en una nueva pasión creativa para organizar el polémico encuentro entre lo real y lo posible, es necesario explorar una creación social, artística y conceptual que trabaje desde una imaginación material, que es siempre un trabajo desde los bordes, los restos, los fragmentos, lo accidental que se produce en las nuevas formas de contacto: desde los bordes de la aparición que son siempre también los bordes de la desaparición; desde los momentos de indecisión e indeterminación que toda situación porta. ¿Cómo activar nuestra imaginación en esta época de cenizas de las promesas incumplidas? ¿Cómo soplar los vestigios de nuestro presente para que vuelva a arder su peligro?
Este ensayo articula su análisis desde una triple aproximación. Un primer apartado que atiende a las funciones que ocupan las imágenes en la organización de nuestra vida cotidiana, en la configuración del espacio público, los modos en que ellas circulan, la economía de lo visible que opera en su disposición. Ello bajo el entendido que la noción de economía no remite en primer término a lo monetario, sino a un modo de organización y de disposición de lo cotidiano que articula la modalidad de sus intercambios. Toda economía es ante todo la organización de unos modos de vida, que se realiza desde un orden determinado de lo visible y desde unos regímenes de representación específicos. Desde ese espesor estratificado de la historia de la economía, y desde esta comprensión amplia de tecnologías, me propongo explorar cuál es el lugar que pueden tener las imágenes para interrumpir este continuum que se presenta como el orden natural de las cosas. Cuestión que es crucial en nuestro contexto para poder pensar el estatuto en que se organizan nuestras relaciones. ¿Cuál es el lugar que pueden ocupar las imágenes en las nuevas políticas del contacto y en los modos de configuración de lo sensible?
El segundo apartado desarrolla la hipótesis que aventura este libro: un desplazamiento de la imaginación formal a la imaginación material, introduciendo una especie de contraintuición que afirma que si bien el acontecimiento de la imaginación no se puede prever, no se puede predecir, sí se puede ejercitar. No existe una forma específica para ello, pero sí diversas subversiones de prácticas cotidianas que trabajan sus condiciones de posibilidad. Posicionamiento que requiere un desalojo o, como mínimo, migrar de las comprensiones habituales de lo que se ha entendido por materialidad. De ahí que se ofrezca una reconstrucción conceptual y diversos desvíos decisivos desde los cuales poder comprender esa materialidad. Propuesta que ofrece no pocas resistencias porque implica acoger una comprensión que no se centra en identidades estables que avanzan en un proceso que se rige por algún curso progresivo de la historia, sino de modos de formación de subjetividades que promueven el afecto por lo indeterminado, las rupturas y los elementos olvidados. Por lo que preparar el terreno de los cambios de unas formas de vida pasa inevitablemente por transformar nuestros modos de hacer. Pero, sobre todo, desestabilizar algunos principios básicos de nuestros modos de organización de la vida, como ha sido el de la proyección. Posicionamiento que pide ceder a esos esquemas imaginarios que bajo la presión de coherencia interna quieren que la práctica sea lo que acontece como forma aplicada de un orden anterior. Al alterar esta direccionalidad de la acción se abre paso una imaginación que opera a la inversa del hábito y nos permite preguntarnos cuál es el peso que nos impide acompañar intuitivamente la diferenciación de lo múltiple.
Por último, en el tercer apartado se articula un desarrollo en torno a la potencia política y creativa de la ficción. Se propone pensar el trabajo de la ficción desde sus modalidades de funcionamiento, sus operaciones y el lugar que tiene en los modos de producción de formas de vida. Desde luego, dicha elaboración necesita desestabilizar la propia noción de trabajo cuando se encuentra con esta alteración en la comprensión de los modos de hacer. En este caso no está referido a un producto, sino a cierta insistencia, a una elaboración que es necesario sostener. Al mismo tiempo, es un análisis de composición de los modos de producción de la realidad, de las operaciones que componen una escena de apariencia, por lo que es un tejido complejo que necesita formular un giro conceptual que haga posible operar desde la contrariedad. De ahí que la pregunta por la racionalidad de la ficción lleva implícita la inquietud por cómo es posible introducir líneas de fractura y desincorporación de los cuerpos dominantes, cómo producir un desajuste en el campo de lo sensible.
Como sabemos, las imágenes tienen una larga historia de querella que las ha mantenido en un lugar de sospecha. Sin duda, las imágenes pueden informar, entretener, distraer y alienar; pero también pueden organizar, abrir un campo que permita disputar el terreno de lo sensible, desarrollar otra fantasmagoría, abrir otra economía libidinal. En este sentido, esta reflexión pretende agitar un debate en torno a las herencias del pensamiento que pesan sobre nuestras prácticas para seguir explorando nuestras fuerzas imaginantes. Al mismo tiempo, sostienen un posicionamiento en relación a la actividad crítica situando como mayor desafío no la denuncia o la situación indicativa, sino la intervención activa en la superficie sensible de la ideología, en levantar nuevos deseos que articulen cuerpos colectivos. De modo que no se recurre a la figura del engaño en la que se encontrarían las personas alienadas, sino a la necesidad de disputar el terreno material de lo espectral en donde se puedan imaginar otras formas de vida. No se trata de lo que nos engaña, sino de lo que nos seduce.
La gestión de lo visible
Marie-José Mondzain, en su libro Image, Icône, Économie. Les sources byzantines de l’imaginaire contemporain (1996), sostiene que todo imperio necesita levantar un determinado orden de lo visible. Su tesis es que fueron los padres de la Iglesia católica quienes muy pronto descubrieron la solidaridad fundamental que vincula lo imaginario a la vida. Fueron los primeros en crear una pedagogía y una política del icono visible al servicio del poder bajo un concepto más amplio, como es el de economía. La imagen sirve como modo de organización de la vida cotidiana, por lo que las instituciones se dieron cuenta que para constituir su poder necesitaban regular el poder de las imágenes, no solo prohibirlas sino también controlar su producción. El deseo de ver y mostrar es inseparable del deseo de conocer y crear. Todo control de imágenes es un control del deseo: «La capacidad del sujeto para generar imágenes depende de una economía constituyente del deseo, por lo que las instituciones que constituyeron su poder se cuidaron de prohibir las imágenes o de controlar su producción y sus efectos»1. En este sentido, considero que contrario a la tesis que sostiene que las imágenes son una exterioridad a la que nos adherimos, las reflexiones de Mondzain nos permiten argumentar la tesis contraria: las imágenes nos constituyen, disponen nuestra sensibilidad y en muchos sentidos forman nuestra subjetividad. Ella sostendrá: «No hay sujeto sin imagen»2.
No pretendo hacer una revisión de las amplias aportaciones que ha hecho Mondzain a las reflexiones en torno a las imágenes, como mucho atender al gesto genealógico desde el que ella piensa la compleja relación entre economía e iconomia, motivada por la inquietud de conocer las condiciones bajo las cuales la imagen se convirtió en un motivo de represión, de denuncia, exaltación política o de idolatría; cómo es que la imagen se había transformado en«causa de guerras, destrucción y crímenes»3; cómo es que las imágenes habían comenzado a cumplir funciones específicas en los ascensos de poder; cómo es que los modos de aparición se habían transformado en algo tan importante. Si, como sostenía Michel Foucault, «la genealogía es gris»4, lo es porque trabaja con lo olvidado, no con lo enterrado de la historia, más bien con aquello que ha sido ignorado, desestimado en su relevancia, lo que acumula polvo, pero también quizás podríamos pensar que es gris porque trabaja con aquello que ha levantado polvo en las situaciones de crisis en las que algo se ha formado; las luchas, conflictos y astucias en las que se ha constituido su estatuto, de ahí la importancia de localizar la singularidad de los acontecimientos, atisbarlos donde menos se los espera. No para recoger la esencia exacta, su comienzo más puro, sino para percibir las tensiones dado que «la emergencia se produce siempre en un estado de fuerzas»5. La reconstrucción genealógica de las situaciones en las que la imagen se constituye en una pregunta tanto filosófica como política tiene que ver, para Mondzain, con este tipo de operaciones, para comprender cómo es que toda economía organiza sus modos de ser sensible desde un orden determinado de lo visible, desde una mediación de la imagen y desde unos regímenes de representación específicos; cómo es que «una instancia deseante encuentra su lugar, su regulación y, finalmente, su control cuando se instauran regímenes de poder»6.
El vínculo entre economía e icono de los padres de la Iglesia no se traza, para Mondzain, solo en términos prácticos, como soporte de memoria o evangelización. Lo que ella analiza7 es que ese vínculo pocas veces estudiado constituye una estrategia propiamente teológica que pasaba por vincular los signos materiales a la presentación de Cristo como imagen de Dios, cooptando el discurso de las imágenes dentro de la economía de la salvación o, mejor aún, del comercio entre lo visible y lo invisible8, haciendo entrar una nueva definición de imagen en la cultura grecolatina que se ha transformado en la matriz icónica de toda visibilidad. Por una parte, «la imagen opera una purificación de las tinieblas»9, pero, por otra, la Pasión de Cristo se juega en la imagen de la Pasión. Muchas traducciones del término «economía» hacen alusión a un plan, diseño, administración, providencia, alojamiento. Para Mondzain, la relación entre economía y oikonomia no reside solo en el simple accidente homonímico, anida más bien en una polisemia que no es accidental. Ella intenta ordenar todos esos sentidos vecinos entre sí y pensar su solidaridad orgánica. En las relaciones que va siguiendo encuentra que, a lo largo de los siglos, en los textos de los padres de la Iglesia aparece de manera creciente el término «economía», pero en cada incremento se le da un nuevo significado sin romper con los sentidos anteriores.
El término aparece muy pronto en las Epístolas de Pablo. En ese momento se traduce por plan providencial o plan de salvación, pero finalmente designa la totalidad de la encarnación. Pablo, un judío que había estudiado en griego en la Universidad Helénica de Tarso, toma una palabra de la tradición aristotélica para designar la totalidad de la vida de Cristo y su plan de encarnación. En los contextos, no cristianos, clásicos y paganos, la palabra se refería a la gestión y administración de bienes y servicios. En Aristóteles es la economía doméstica; entre los estoicos, afirmará Mondzain, ya tenemos una amplificación del término porque la economía puede convertirse en la gestión y administración del universo, organizándolo desde un informe de gasto, inversión y orden. Pero es a partir de ahí cuando nos damos cuenta de que todo lo que es del orden de la providencia es apoyado por los gestos de la deidad monoteísta encarnada; es decir, el Dios de los cristianos, la totalidad de la encarnación y su desarrollo histórico son parte de un manejo providencial que aparece vinculado a una administración de la naturaleza, del universo, y más particularmente de la salvación de los hombres10.
Marie-José Mondzain hará notar que desde el momento en que una homonimia ya no es accidental crea sinonimia, por lo que «economía» se convierte en sinónimo de la vida de Cristo, su Pasión, su Resurrección. Por lo tanto, desde el principio, si la economía es sinónimo de la encarnación –la encarnación es una entrada de la divinidad en lo visible, una forma muy providencial para que el Dios invisible haga visible a su hijo–, aquí nuevamente Pablo toma la iniciativa de decir que en esta economía del Padre, el Hijo es la imagen del Padre. Esta geografía de relaciones lleva a Mondzain a la conclusión de que en la economía hay una gestión y administración de lo visible por un principio trascendente que, hasta entonces, no solo era invisible, sino que ordenaba su culto a la no figuración y la invisibilidad.
La palabra «economía» fue aún más interesante, ya que para los griegos se producía una homofonía, puesto que el diptongo oi y el diptongo ei se pronuncian por el iotacismo, por lo que la oikonomia no era solo un principio de economía sino de oikonomía, es decir, un principio de gestión y administración de visibilidades, de iconicidad, un gobierno providencial de hombres, de su redención y del sentido de su vida. La economía es el principio mismo de la entrada en la historicidad de la trascendencia, que es ahistórica.
A partir de ahí entendemos que cualquier gestión y administración de visibilidades por parte de la encarnación es parte de una política de redención, por lo que la economía se convierte en el régimen universal de redención para toda la humanidad. Sin embargo, el dispositivo de la encarnación, que es un dispositivo programáticamente hostil a la idolatría, no la evitó porque llenó con precisión la categoría que la encarnación había vaciado de todos los efectos de los poderes institucionales, clericales, monárquicos y, luego, republicanos. Lo que la encarnación había vaciado es llenado sin fin con la institución y el consumo idolátrico o una idolatría del consumo, lo que hace que el mundo de la economía no haya sido una gestión de la visibilidad al mantener su vacío, sino, al contrario, un manejo de invisibilidades combatiendo la visión mediante una reconstitución del dispositivo idolátrico. Mondzain sostiene que estamos en una verdadera paradoja que crece y articula el corazón del mundo cristiano, una paradoja y una crisis que es el encuentro contradictorio entre el capitalismo y el cristianismo.
El trabajo realizado en el periodo bizantino ya se basaba en el descubrimiento de que el debate teológico también era un debate político, ya que eran las instancias de poder las que luchaban por el monopolio de la figuración y la imagen11. De ahí que ante la aparente soberanía de las industrias de la visibilidad, los flujos audiovisuales, el despliegue del cine, Mondzain se pregunte: ¿cuándo un mundo entero, llamado mundo occidental, tomó una decisión a favor de lo visible, mientras que la tradición filosófica y teológica no parecía ir en esta dirección?
Para ella, descubrir que el cristianismo, como religión, estaba en el origen de la rehabilitación de las visibilidades y la instalación del poder en las políticas de visibilidad, le ha llevado durante años a profundizar en estos campos y sectores del pensamiento y la experiencia, para comprender cuándo y en qué condiciones las imágenes se habían convertido en formas que sirven a las formas del poder. Para desde ahí pensar la importancia de la cuestión del espectáculo, que se ha vuelto central en nuestra cultura y que no se entiende si no es a la luz de toda una historia. Pensar en las condiciones en las que se origina un determinado régimen de visibilidad desde una perspectiva filosófica, implica de algún modo la pregunta nietzscheana de cómo hemos llegado hasta aquí, cuáles son los procesos de formación que determinan qué es lo que se acoge en la imagen y a qué modos de experiencia es hostil. Pero en este caso se trata de un interés por cómo desvincular la mirada de una tecnología de dominio y de las fuerzas de los vínculos que la constituyen. Producir condiciones en las que la energía imaginante sea «capaz de escapar a todas las figuras de la dominación y de la sumisión»12; si las imágenes tienen un poder, entonces también «existe una respuesta a ese poder, siempre es posible producir contrapoderes, contraimágenes que desvíen o invaliden los poderes de la imagen»13. De ahí que estos vínculos de la realidad sensible de las imágenes, sus operaciones ficcionales, nos permitan pensar en las relaciones que establecen, en su consistencia opaca cuya comprensión no puede pasar por un laboratorio de control, sino por desplegar formas para su indecidibilidad.
Inervaciones de la mirada
Peter Szendy, en su libro El supermercado de lo visible, recupera la inquietud de Marie-José Mondzain sobre la relación entre las imágenes y el capital, las condiciones que marcan la ecología de la mirada. Amplía el análisis de ese vínculo a partir de la problemática desarrollada por Gilles Deleuze en relación a las imágenes del cine, cuando sostiene que «el dinero es el reverso de todas las imágenes que el cine muestra; lo que define el arte industrial no es la reproducción mecánica, sino la relación ocurrida al interior con el dinero […] el enemigo más íntimo y más indispensable»14. Así, se propone pensar ese reverso en donde se tejen las imágenes, articulando la noción de «supermercado de lo visible» para dar cuenta de una manera de entender la aisthesis; esto es, para comprender cómo se configura la percepción sensible en la sociedad contemporánea. La pregunta por cómo se producen las miradas y sus intercambios le conduce a la afirmación según la cual las configuraciones de lo visible requieren unas vías que permitan la circulación de las imágenes, que produzcan unos puntos de vista; una base que predetermine lo que se da a sentir, «nuestra manera de sentir, de percibir, de ver, de oír, será producto o reflejo de relaciones económicas y sociales subyacentes»15. Szendy afirmará que la organización de la sensación no se produce solamente por la base real, pues ella es igualmente modelada y condicionada por las creaciones artísticas o estéticas que pertenecen a una superestructura.
Siguiendo el planteamiento de Marie-José Mondzain, Szendy dirá que la oikonomia define en la teología cristiana el sentido de encarnación, es decir una gestión económica de lo divino, en donde la hostia es la única imagen de la economía carnal de Cristo. Decidir cómo imprimir la imagen de Cristo ha generado diversos conflictos iconológicos, que desde luego no responden solo a un conflicto imagético, sino más fundamentalmente a un conflicto político que llevó a figuras como la de León III y Constantino V a renunciar incluso a la representación de la Cruz: «Estas prácticas numismáticas muestran claramente la asociación de la iconografía con los signos fundadores de la vida económica y de instituciones políticas, en los objetos de los cuales la esencia es la circulación misma»16. Cuestión que hace a Mondzain afirmar que la imagen está en la misma situación que la moneda, «ella se asemeja a los signos fiduciarios que encarnan los efectos de la fe y del crédito»17.
Podríamos pensar que la tarea de las imágenes consiste entonces en poner explícitamente en escena sus propias condiciones de producción, ya que lo que uno se encuentra en el reverso de cada imagen es el principio de su intercambiabilidad; esto es, su potencial de circulación y su vocación de transacción. Sin embargo, Peter Szendy introduce una torsión, de alguna manera ya contenida en el análisis de Mondzain, pero que él intensifica: la de pensar la economía no solo a partir del intercambio sino de la deuda, la relación entre las imágenes y la gestión de lo visible, o de cómo ellas sirven a las funciones de organización de lo social no solo por la lógica de los intercambios; al contrario, está sujeta por la lógica de la deuda18. Por lo tanto, su reflexión es una interpelación a pensar esta relación económica, no solo en la deuda de la imagen, sino también en la del trayecto del ojo; esto es, la adicción.
