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En todo el mundo, los desafíos medioambientales y la desigualdad económica han seguido aumentando. Ahora es más urgente que nunca transformar nuestros sistemas económicos para que reduzcan las brechas sociales y aborden nuestros desafíos ambientales. Para lograrlo, nuestras economías deben hacer la transición hacia economías de impacto que generen soluciones a través de empresas e inversiones innovadoras que generen beneficios e impacto simultáneamente. Las economías de impacto son de vital importancia para reducir la desigualdad social y económica generalizada. Los gobiernos tienen un importante papel que desempeñar en esta transición, impulsándola mediante la introducción de normativas e incentivos de apoyo. La justicia social debe dictar nuestras respuestas políticas, de modo que restauremos el tejido de nuestras desgarradas sociedades. Espero que las nuevas ideas reveladas en estas páginas le motiven para desempeñar su propio papel en esta Revolución de Impacto, ya sea como consumidor, inversor, empleado, líder empresarial, emprendedor o funcionario público. Usted puede ayudar a crear el tipo de mundo en el que queremos vivir.
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Seitenzahl: 333
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Este libro está dedicado a mis muy queridos compañeros en esta revolución: mi esposa, Sharon; nuestra hija y nuestro yerno, Tamara y Or; y nuestro hijo Jonny.
Mi más sincero agradecimiento a los pioneros que han colaborado conmigo en el Social Investment Taskforce (2000-2010), en Bridges Fund Management (2002-), en la Commission for Unclaimed Assets (2005-2007), en Social Finance Worldwide (2007-), en Big Society Capital (2012-2019), en el Grupo de Trabajo del G8 de Inversión de Impacto Social (2013-2014), en el Global Steering Group for Impact Investment (2015-), en el Impact Management Project (2016-), y en la Impact-Weighted Accounts Initiative (2019-) y en la International Foundation for Valuing Impacts (2023-). Habéis sido los compañeros de armas más valerosos y gracias a vuestro liderazgo, vuestro esfuerzo y vuestra visión, la Revolución de Impacto es hoy una realidad. También quisiera expresar mi más sincero agradecimiento a mi colaboradora más cercana, Yaelle Ester Ben-David, por su impagable ayuda en las investigaciones necesarias para este libro y a María Herrero Pidal, cuyo apoyo incondicional hizo posible la versión en español.
PRÓLOGO
El mundo sigue recuperándose de la pandemia del COVID, que provocó una crisis económica sin precedentes. En España, el PIB se contrajo un 11% en 2020, la mayor caída desde 1936, al comienzo de la Guerra Civil. En América Latina y el Caribe, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la pandemia produjo un retroceso de 10 a 12 años en la reducción de la pobreza y ha puesto en peligro la consecución de la Agenda de Naciones Unidas 2030 para la región.
En todo el mundo, los desafíos medioambientales y la desigualdad económica han seguido aumentando. Ahora es más urgente que nunca transformar nuestros sistemas económicos para que reduzcan las brechas sociales y aborden nuestros desafíos ambientales. Para lograrlo, nuestras economías deben hacer la transición hacia economías de impacto que generen soluciones a través de empresas e inversiones innovadoras que generen beneficios e impacto simultáneamente. Las economías de impacto son de vital importancia para reducir la desigualdad social y económica generalizada.
Los gobiernos tienen un importante papel que desempeñar en esta transición, impulsándola mediante la introducción de normativas e incentivos de apoyo. La justicia social debe dictar nuestras respuestas políticas, de modo que restauremos el tejido de nuestras desgarradas sociedades.
Espero que las nuevas ideas reveladas en estas páginas le motiven para desempeñar su propio papel en esta Revolución de Impacto, ya sea como consumidor, inversor, empleado, líder empresarial, emprendedor o funcionario público. Usted puede ayudar a crear el tipo de mundo en el que queremos vivir.
INTRODUCCIÓN
En 2002, impartí una conferencia en un acto que conmemoraba el 30.º aniversario de Apax Partners, una gestora de capital riesgo y venture capital de la que fui cofundador y que dirigí durante muchos años. En aquel momento advertí de que si no nos ocupábamos de las necesidades de las personas que se quedan atrás en el progreso social, un telón de fuego acabaría separando a los ricos de los pobres en nuestras ciudades, países y continentes. Hemos visto recientemente cómo ese telón ha caído a plomo en países como Francia, Líbano o Chile bajo la forma de violentas protestas mientras que la creciente desigualdad en el Reino Unido fue uno de los factores que condujeron al referéndum del Brexit en junio de 2016.
La brecha entre ricos y pobres es cada vez más pronunciada y la desigualdad está provocando grandes migraciones a los países ricos de Europa desde los países pobres, especialmente de África. Son muchas las personas desesperadas que cruzan el Mediterráneo en precarias embarcaciones en busca de una vida mejor, aun a riesgo de perder la suya propia. El desafío que supone la integración de estos inmigrantes está provocando que se acentúen más todavía las desigualdades que ya existían previamente en los países de acogida.
He escrito este libro porque creo firmemente que la solución está al alcance de nuestras manos; una solución que quiero denominar como «la Revolución de Impacto». Gracias a ella, impulsada por la inversión de impacto, seremos capaces de enfrentarnos a los peligros que traen consigo tanto la desigualdad como la degradación que aquejan a nuestro planeta, y de emprender un nuevo rumbo hacia un mundo mejor que el que hoy conocemos.
El viaje que me condujo a escribir este libro comenzó en 1998, cuando decidí que dejaría Apax en 2005, al cumplir sesenta años de edad, para así dedicarme por completo a abordar problemas sociales e intentar ayudar en la resolución del conflicto en Oriente Próximo. No quería que mi epitafio rezara lo siguiente: «Obtuvo una rentabilidad anual del 30 %». Siempre he sabido que la vida ha de tener un propósito más elevado.
Cuando sólo tenía once años, mi familia y yo nos vimos forzados a abandonar Egipto, pero tuvimos la enorme fortuna de ser aceptados en el Reino Unido en calidad de refugiados. Llegamos al país con tan solo una maleta cada uno. Me recuerdo a mí mismo sujetando con fuerza mi colección de sellos bajo el brazo, temiendo que alguien me la pudiera arrebatar. Después de que nos dieran la bienvenida en el que iba a ser nuestro nuevo hogar, comenzamos a rehacer nuestras vidas en Londres.
He gozado de algunos golpes de suerte en la vida, como, por ejemplo, una educación de primer nivel en Oxford y, más adelante, en Harvard, donde descubrí el venture capital en el momento justo de su nacimiento. Obtuve una beca Henry, que financió mi primer año académico en la Escuela de Negocios de Harvard. A cambio, se me exigía devolver algo de valor al Reino Unido una vez que finalizara mis estudios, así que decidí importar al país el modelo de venture capital. Por esta acción fui nombrado Sir en 2001.
Devolver a la sociedad lo mucho que se ha recibido de ella es un aspecto importante de mis valores. Del mismo modo que me tendieron la mano cuando necesité ayuda, yo también quise tender la mía a otros. Me convertí en inversor de venture capital, en parte, porque sabía que me permitiría contribuir a la creación de empleo durante unos años con elevados índices de paro. En las décadas de los 80 y 90, ante la magnitud de los problemas sociales que nos rodeaban, creció mi motivación por hacer algo que realmente marcara la diferencia. Mi idea era dejar Apax a la edad de sesenta años y dedicar los siguientes veinte a resolver este tipo de cuestiones, y así aprovechar la oportunidad de hacer algo que dejara huella en la sociedad.
Cofundé Apax cuando tenía veintiséis años, la cual convertí en una gestora internacional de venture capital con presencia en todo el mundo y que, a día de hoy, gestiona 70.000 millones de dólares.
A lo largo de mi carrera profesional, he desempeñado muy diversas funciones, como las de emprendedor, inversor, filántropo o asesor de distintos Gobiernos. Cada uno de estos roles me ha ofrecido la oportunidad de observar el mundo desde una perspectiva diferente. Estas experiencias me han llevado tanto a entender por qué el capitalismo está dejando de atender las necesidades del planeta como a ser consciente de que existe un nuevo camino por el que podemos avanzar. En las páginas de este libro quiero proponer una nueva solución que todos y cada uno de nosotros podemos llevar a cabo.
Las cosas ya no pueden seguir siendo como hasta ahora. A medida que aumenta la desigualdad, tanto en países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo, las tensiones sociales se multiplican y los que han sido dejados atrás creen que seguirán atrapados en esa situación para siempre. No perciben que nuestro sistema sea justo, motivo por el que se rebelan contra él.
Al mismo tiempo, los desafíos medioambientales amenazan la vida en el planeta y, muy posiblemente, su propia existencia. Nuestro actual sistema económico no es capaz de hacer frente a esta emergencia y los Gobiernos del mundo no poseen medios suficientes para enfrentarse a los problemas sociales y medioambientales originados por la mano del hombre, ni se encuentran en una situación adecuada para desarrollar métodos innovadores que puedan abordarlos, ya que son procesos que, inevitablemente, implican inversiones arriesgadas, un cierto grado de experimentación y ser conscientes de que hay que asumir algún que otro fracaso.
Los Gobiernos de los países integrantes de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) están gastando ya más de 10 billones1 de dólares anuales en salud y educación, lo que equivale al 20 % de su PIB y al doble de lo gastado hace sesenta años. Los Gobiernos se ven limitados por los presupuestos públicos y no se ven capaces de incrementar el gasto y, con todo, sigue sin ser suficiente. La acción de los filántropos llega hasta donde puede, para ayudar a los Gobiernos a enfrentarse a tales retos. A nivel mundial, las donaciones de las fundaciones filantrópicas ascienden a 150.000 millones de dólares anuales, una cifra que resulta pequeña si es comparada con el gasto público1.
Todo lo expuesto evidencia la necesidad de un nuevo modelo económico, algo reconocido públicamente por destacados personajes del mundo empresarial y financiero. Hasta la fecha, hemos empleado demasiado tiempo para hacer un diagnóstico de los males que aquejan a nuestro sistema y muy poco en proponer alternativas reales al capitalismo, lo que nos ha dejado con una sensación de estancamiento y sin opciones para avanzar.
Es indudable que la humanidad ha llevado a cabo enormes avances. La historia nos demuestra que somos capaces de encontrar la respuesta correcta, de crear un nuevo sistema que sepa distribuir con más justicia tanto las oportunidades como los resultados y sea capaz de plantear soluciones efectivas a nuestros grandes problemas. Necesitamos un nuevo sistema por el que un sentido de misión refrene el interés propio, tanto por razones morales como de prudencia; en el que la contribución a la sociedad otorgue más prestigio que el simple consumo ostentoso; en el que las empresas que demuestren integridad social y medioambiental tengan más éxito que las que sólo buscan su propio interés; y en el que personas y organizaciones puedan sentirse orgullosas de formar parte de algo más grande que ellas mismas, en lugar de esforzarse solamente en ganar dinero.
Este nuevo sistema es el capitalismo de impacto, que busca que el sector privado esté alineado con el sector público para que ambos trabajen en armonía, en vez de hacerlo de modo desacompasado, aprovechando así el capital y la innovación para resolver cuestiones sociales y medioambientales.
Este sistema atrae capital de los mercados de inversión del mismo modo que los emprendedores han sido financiados por el capital privado durante los últimos cuarenta años y que lideraron de este modo una auténtica Revolución Tecnológica.
El sistema del que estoy hablando une el impacto social y medioambiental al beneficio económico, se acaba así con la tiranía de este último y se coloca estratégicamente el impacto a su lado para tenerlo bajo control. Es más, el capitalismo de impacto ya se está manifestando a través de nuestro progresivo cambio de preferencias. Cada vez más, elegimos comprar productos de empresas que comparten nuestros valores, invertimos en empresas que están concienciadas con la protección del medioambiente y contra el uso de mano de obra infantil, y decidimos trabajar para empresas que tienen objetivos sociales o ambientales que realmente nos inspiren.
El combustible del sistema capitalista es, evidentemente, el capital, así que es natural que haya evolucionado hasta llegar a la inversión de impacto. Al igual que el venture capital fue la respuesta a las necesidades de inversión de los emprendedores tecnológicos, la inversión de impacto responde a las de aquellas empresas y emprendedores de impacto que quieren mejorar la calidad de vida de las personas y proteger el planeta.
La Revolución de Impacto no sólo está transformando nuestra manera de concebir la responsabilidad social, los modelos de negocio y la inversión, sino que también está empezando a cambiar nuestro modelo económico y lo convierte en un potente motor que, impulsado por el capital, logra generar impacto y beneficio económico al mismo tiempo. Ya podemos observar cómo la Revolución de Impacto está marcando el siglo XXI , del mismo modo que lo hizo la Revolución Tecnológica durante el siglo pasado.
La inversión de impacto se basa en la creación de una reacción en cadena que haga llegar la innovación a cinco grupos de interés que examinaremos a lo largo de los diferentes capítulos de este libro, y cuyo compromiso resulta esencial para abordar a gran escala los enormes retos sociales y medioambientales a los que debemos hacer frente. Esta reacción en cadena ha de cambiar la mentalidad y el comportamiento tanto de inversores, filántropos, emprendedores, organizaciones sociales, grandes empresas y Gobiernos en particular, como de la sociedad en general. En suma, debe situar el impacto en el centro mismo de nuestra toma de decisiones.
Gran parte del impulso que me condujo a desarrollar la inversión de impacto, ha surgido de la labor del grupo de trabajo de inversión social (SITF), que fundé en el Reino Unido en el año 2000 a petición del Departamento del Tesoro británico.
Más tarde, en 2013, y a la vista de los avances conseguidos, el por entonces primer ministro británico, David Cameron, me pidió que dirigiera el Grupo de Trabajo del G8 de Inversión de Impacto Social (G8T), con el fin de «generar un efecto catalizador para un mercado global de inversión de impacto social». Cuando Rusia abandonó el G8 en 2014, el ámbito geográfico del grupo de trabajo incluía a EE. UU., Reino Unido, Japón, Francia, Italia, Alemania y Canadá, a los que se sumaron Australia y la Unión Europea, esta última, en calidad de observadores. Fue entonces cuando organizamos a más de doscientas personas procedentes de estos países en ocho consejos asesores nacionales y cuatro grupos de trabajo.
De aquel trabajo se extrajo una conclusión sorprendente al darnos cuenta de que se estaba gestando un profundo cambio, que el mundo estaba pasando de tomar decisiones en función únicamente del riesgo y la rentabilidad a incluir el impacto como una tercera dimensión esencial. El bono de impacto social (BIS) —una nueva forma de invertir que «hacía ganar dinero» al mismo tiempo que «hacía el bien»— fue la primera expresión de este cambio fundamental.
Nuestras conclusiones se plasmaron en el informe «Inversión de impacto: el corazón invisible de los mercados», publicado en septiembre de 2014 y respaldado por personalidades de la talla del papa Francisco, quien instó a los Gobiernos a «comprometerse con el desarrollo de un mercado de inversiones de alto impacto y combatir así una economía que excluye y descarta»; o el ex secretario del Tesoro de EE. UU., Larry Summers, que lo calificó como «el epicentro de un gran negocio»2. El informe inició un movimiento que tenía como misión difundir la idea por todo el mundo.
Poco después de ser publicado este informe, el Gobierno británico me pidió liderar los esfuerzos que permitieran ampliar el trabajo del G8T a nivel global. Fue así como, en agosto de 2015, cofundé el Global Steering Group for Impact Investment (GSG) y asumí su presidencia para continuar el trabajo que había iniciado el G8T. El GSG reclutó a la mayoría de los miembros de la junta directiva del G8T y, rápidamente, admitió a cinco nuevos países: Brasil, México, India, Israel y Portugal.
Bajo el liderazgo del que fue su consejero delegado, Amit Bhatia, el GSG se expandió a treinta y dos países, introduciendo a más de quinientos líderes de impacto en sus consejos asesores nacionales. Animando a «innovar, agitar y orquestar»3, el GSG se ha convertido en la fuerza principal que impulsa el progreso de la inversión de impacto a nivel mundial.
En 2007, sentí que algo fundamental estaba cambiando en el mundo. Intuía que la inversión social iba a suponer un gran acontecimiento del que había que dejar testimonio, así que escribí sobre ello en mi primer libro, The Second Bounce of the Ball. Ahora, apenas diez años después, creo que esta nueva corriente de pensamiento basada en el impacto traerá consigo un cambio tan grande como el que trajo la Revolución Tecnológica.
Esta nueva corriente de impacto está modificando nuestro comportamiento a la hora de invertir, del mismo modo que lo hizo el innovador concepto de riesgo —y su consecuente medición— hace ya medio siglo. Este novedoso concepto dio origen a una variedad de carteras que invertían en diferentes clases de activos, es decir, diversificaba el riesgo para aprovechar los altos rendimientos de las inversiones de mayor riesgo, como la inversión en mercados emergentes y el venture capital. Como lo hizo el riesgo en su momento, el impacto transformará nuestros modelos económicos y rediseñará nuestro mundo.
Para mí, el gran descubrimiento de esta nueva corriente de impacto se produjo en septiembre de 2010 cuando vinculamos, por primera vez, la medición de impacto social con el rendimiento financiero. El primer bono de impacto social de la historia, el «Peterborough BIS», abordó la tasa de reincidencia de una serie de jóvenes delincuentes que lograban abandonar el centro penitenciario británico de Peterborough. Hasta la llegada de los BIS, el conocimiento convencional te venía a decir que no se podía medir nada en el ámbito social. ¿Cómo se puede medir la mejora en la calidad de vida de un joven delincuente que logra no volver a prisión? Gracias a los 276 BIS y BID (los bonos de impacto de desarrollo [BID] son bonos de impacto social que abordan desafíos en países en vías de desarrollo), que actualmente tratan de solucionar más de una docena de problemas sociales en 39 países diferentes, estos bonos han demostrado que, al vincular logros sociales y medioambientales con la rentabilidad financiera, podemos recibir en el mercado de capital, a los líderes de entidades sociales. Bajo esta fórmula, hemos concedido a los emprendedores sociales la libertad financiera que necesitaban para desarrollar soluciones innovadoras a nuestros mayores retos sociales.
La creación del BIS fue un primer signo de la innovación de impacto que se está desarrollando hoy en día. Como hicieron las empresas de software y hardware de los años 80 y 90, las actuales organizaciones innovadoras de «impacto» —tanto las «organizaciones sociales» sin ánimo de lucro como las «empresas con propósito»— están provocando una disrupción creativa en los modelos existentes de emprendimiento, inversión, gran empresa, filantropía e, incluso, de gobierno.
Este libro presenta una nueva teoría sobre cómo la Revolución de Impacto nos permitirá lograr una mejora sistémica a nivel social y medioambiental. También trata de poner en perspectiva el avance de esta revolución examinando las tendencias que afectan a los diferentes grupos de nuestra sociedad y cómo estos se influyen mutuamente para así generar un impulso que permita un cambio integral en todo nuestro sistema.
El capítulo 1 presenta la Revolución de Impacto y la innovadora forma de pensar que tan poderosamente la impulsa: el trinomio riesgo-rentabilidad-impacto. Este capítulo explica cómo este movimiento tiene semejanzas con la Revolución Tecnológica que le precedió.
El capítulo 2 examina el emprendimiento de impacto y analiza cómo los jóvenes emprendedores están redefiniendo modelos empresariales disruptivos que mejoran la vida de las personas en particular y el planeta en general, además de generar beneficios financieros.
El capítulo 3 aborda el papel de los inversores, quienes ya impulsan a las empresas a integrar el impacto en sus productos, así como en sus procesos de producción.
El capítulo 4 estudia el efecto de la Revolución de Impacto en las grandes empresas, las que, influenciadas por los cambios en las preferencias de consumidores, empleados e inversores —y, a veces, por los modelos de negocio de los competidores más pequeños (analizados en el capítulo 2)— ya están integrando el impacto en algunas de sus actividades y líneas de producto.
El capítulo 5 analiza el nuevo modelo de filantropía que está surgiendo como efecto de la nueva filosofía de impacto y de las innovadoras herramientas de impacto. Será en este capítulo donde nos adentremos en un nuevo modelo de filantropía basada en resultados y utilice su patrimonio fundacional para así maximizar la mejora en la vida de las personas y la protección de nuestro planeta.
El capítulo 6 explora el modo en el que los enfoques y las herramientas de impacto pueden ayudar a los Gobiernos a resolver mayores problemas más rápido.
Por último, el capítulo 7 describe el camino que tenemos por delante, ya que no podemos seguir con un sistema que no sólo no busque activamente tener un impacto positivo, sino que, además, produzca unos efectos negativos ante los que los Gobiernos deban gastar verdaderas fortunas para tratar de solucionarlos. Debemos transformar nuestro modelo económico para que, en vez de causar problemas, genere soluciones. Es mucho lo que está en juego y la vida de miles de millones de personas depende del éxito de la Revolución de Impacto. Nunca hemos tenido una oportunidad más al alcance de nuestras manos para marcar una diferencia transformadora. Seamos conscientes de que todos y cada uno de nosotros tiene un papel importante que desempeñar para materializar esta Revolución y hacerla realidad.
A finales del siglo XVIII, el economista Adam Smith introdujo en su obra La riqueza de las naciones, la célebre expresión «la mano invisible de los mercados», con la que describía cómo el esfuerzo de todos por obtener beneficios económicos, finalmente redundaría en el interés general. Su primer libro, La teoría de los sentimientos morales, abordaba la capacidad de los seres humanos para actuar por empatía y altruismo. Si Smith hubiera sabido que íbamos a ser capaces de medir el impacto en el siglo XXI, bien podría haber combinado sus dos libros en uno solo y haber descrito el impacto como el corazón invisible de los mercados que guía la mano invisible de éstos.
1 A lo largo del libro se hace uso del término <<billón>> como millón de millones
Capítulo 1
LA REVOLUCIÓN DE IMPACTO: RIESGO-RENTABILIDAD-IMPACTO
El impacto debe convertirse en el foco de nuestra atención
Cambiar el mundo se convierte en una misión imposible si seguimos malgastando dinero y esfuerzo en modelos caducos que ya no funcionan. Necesitamos nuevos conceptos y nuevos enfoques. Para ello, encontraremos nuevas palabras que nos ayuden a materializar nuevas ideas, algo que es tan cierto para el mundo económico como para el de los descubrimientos científicos.
Es en este contexto en el que nos hacemos esta pregunta: ¿qué es el impacto? Para responderla tenemos que remontarnos a una reunión organizada en 2007 por la Fundación Rockefeller en la ciudad italiana de Bellagio. Allí se acuñó el término «inversión de impacto» que sustituiría al de «inversión social». De este modo, simplificando al máximo la definición, entendemos que el impacto es la medida del beneficio que una acción determinada aporta a las personas en particular y al planeta en general y que va más allá de reducir consecuencias indeseables o resultados perjudiciales. Por tanto, el impacto supone trabajar activamente para lograr transformaciones positivas tanto en una dimensión social como en otra medioambiental.
El «impacto social» busca mejorar el bienestar de las personas y el de las comunidades a las que pertenecen potenciando la capacidad de cada individuo para desarrollar una vida productiva1. El objetivo del «impacto social» es convertirse en un motor del progreso basado en la educación de calidad para los más jóvenes, la erradicación del hambre, la sanidad para los enfermos, la creación de empleo y, en suma, la generación de oportunidades para que las personas necesitadas puedan subsistir por sí mismas.
Por su parte, el concepto de «impacto medioambiental» se refiere a lo que su propio nombre indica: a los efectos positivos que la inversión y la actividad empresarial tienen sobre nuestro planeta. Esto nos hace plantearnos una cuestión crucial: ¿estamos preservando la Tierra lo suficiente como para que las generaciones futuras puedan beneficiarse de ella?
El impacto debe centrar la atención de nuestra sociedad y ocupar un lugar preeminente en nuestro sistema económico.
Nuestro modelo actual fomenta una toma de decisiones basada en la máxima ganancia posible a través de un mínimo nivel de riesgo. Es ahora cuando debemos repensar el sistema para que la máxima obtención de beneficios sea también compatible con la consecución del mayor impacto posible a través del mínimo nivel de riesgo.
Por todos estos motivos, el impacto debe formar parte del ADN de nuestra sociedad, integrándose en un enfoque tridimensional «riesgo-rentabilidad-impacto» que influya en cada decisión sobre consumo, empleo, empresa o inversión. En definitiva, el impacto debe convertirse en una fuerza impulsora imprescindible de nuestra economía.
Cuando adoptamos este nuevo enfoque en tres dimensiones, los beneficios sociales y medioambientales derivados de nuestras decisiones pasan de ser una mera ocurrencia a formar parte indispensable de nuestro pensamiento. Sin embargo, para convertir esta nueva mentalidad en un cambio efectivo en el plano social y el medioambiental, debemos ser capaces de medir el impacto del modo más riguroso posible.
Aunque nos parezca que el actual modelo de riesgo y rentabilidad ha sido el único modelo imperante, en realidad no ha sido así. Hasta bien entrado el siglo XX, a empresarios e inversores sólo les interesaba cuánto dinero iban a ganar en función de sus decisiones de asignación de capital. No fue hasta la segunda mitad del siglo pasado cuando se introdujo formalmente la medición del «riesgo». Sólo a partir de entonces se convirtió en práctica habitual su cuantificación observando su relación con el rendimiento financiero.
El impacto debe centrar la atención de nuestra sociedad y ocupar un lugar preeminente en nuestro sistema económico
Debemos definir el riesgo como la probabilidad de que se produzcan adversidades que generen pérdidas económicas a los inversores. El riesgo parecía un concepto que no se podía definir ni medir debido a su imprecisión, pero, finalmente, la comunidad académica supo encontrar maneras de estandarizar su medición en cualquier tipo de inversión. Fue así como a finales del siglo pasado ya se hablaba de manera generalizada del concepto de riesgo y se llevaba a cabo su medición de una forma estandarizada.
La medición del riesgo tuvo profundas consecuencias para la comunidad inversora al introducir algunas teorías nuevas como, por ejemplo, la diversificación de la cartera, que dio lugar a nuevas clases de activos con un mayor nivel de riesgo, pero también con un rendimiento desproporcionadamente mayor. Entre estas nuevas clases de activos se encontraban el venture capital —que financió la Revolución Tecnológica—, el capital riesgo y los hedge funds. Medir el riesgo permitió también el afianzamiento de nuevas tendencias inversoras, como las producidas en mercados emergentes que financiaron la globalización.
Si saltamos en el tiempo hasta la actualidad, comprobaremos que la misma revolución causada en su momento por el riesgo la provoca hoy el impacto. Las inversiones se valoran teniendo en cuenta cada vez más el impacto que generan, ya sea positivo o negativo, y empresas e inversores tienen un interés creciente en integrar el impacto en su toma de decisiones. ¿Esto hace que sea más difícil de medir que el riesgo? En absoluto. De hecho, se puede argumentar que la medición de impacto resulta incluso más fácil. Por este motivo, en todo el mundo se están desarrollando métodos para este fin.
La Revolución de Impacto cambiará el mundo como lo hiciera en su época la Revolución Industrial o más recientemente la Revolución Tecnológica. La del Impacto es una revolución que debemos ver como un movimiento pacífico, liderado por consumidores y jóvenes emprendedores, que busca generar una disrupción en los modelos empresariales imperantes con objetivos muy claros: mejorar vidas, reducir la desigualdad y proteger el planeta.
La Revolución Tecnológica
He visto con asombro cómo empresas tecnológicas de nueva creación han superado a gigantescos grupos empresariales líderes en su sector. En tan solo treinta años, el valor de startups antes desconocidas, como Amazon, Apple, Google y Facebook, se ha disparado hasta situarse entre las treinta empresas de mayor capitalización bursátil del mundo2. Todos conocemos historias de emprendedores que, con mucho talento y no menos iniciativa, han creado nuevas fórmulas para resolver viejos problemas. Se han convertido en pioneros de las nuevas tecnologías con un valor incalculable y que, en el proceso, han transformado nuestro mundo actual.
Obviamente, este tipo de avances no nacen de la nada. Uno de los factores clave detrás de la magnitud y velocidad de la Revolución Tecnológica ha sido un tipo de inversión, el venture capital, que buscaba estas empresas de base tecnológica y que ahora es una clase de activo cuyo valor se estima en 1 billón de dólares. Si hace cincuenta años le hubieras dicho a alguien que trabajabas en «venture capital», te habría mirado con cara de no entender nada.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el emergente concepto de venture capital arraigó en Silicon Valley durante las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado. Simultáneamente, se extendió por todo el mundo la floreciente idea de invertir en empresas tecnológicas que contraponían su reducido tamaño con un rápido crecimiento. Más allá de su ingenio, la gran habilidad de aquellos primeros emprendedores fue convencer a los inversores de que se podía ganar dinero materializando sus proyectos empresariales. No olvidemos que son precisamente los inversores los que analizan el éxito en función de los beneficios económicos buscando un equilibrio entre la amenaza que supone el riesgo y el objetivo final que representa la rentabilidad. Decidiendo invertir en estas pequeñas pero prometedoras empresas tecnológicas, los inversores llevaron a cabo un auténtico acto de fe.
A principios de los 80, yo mismo fui uno de esos inversores. La empresa de la que fui cofundador, Apax Partners, invirtió en casi 500 startups pioneras que ambicionaban dejar una huella imborrable en su sector. Fue en aquel momento cuando invertimos en PPL Therapeutics —la empresa que clonó a la oveja Dolly—, Apple y AOL, entre otras muchas.
Fue entonces cuando intuí que tenía capacidad tanto para conseguir una rentabilidad financiera de interés como para causar un impacto positivo en la sociedad, lo que me convenció para convertirme en un inversor de venture capital. De este modo, Apax Partners apoyó a centenares de emprendedores a los que les fue realmente bien, y no sólo a ellos, sino también a sus trabajadores y a las comunidades de las que formaban parte. Crearon miles de puestos de trabajo en nuevos campos y en diferentes sectores como la tecnología, los productos de consumo y los medios de comunicación. Mi reflexión personal en aquel momento fue que creando nuevas fuentes de ingresos, generando empleo y mejorando la vida de las personas como individuos, ayudaría al crecimiento de la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, a medida que pasaban los años, fui observando cómo la brecha entre ricos y pobres era cada vez más pronunciada. Los ricos eran más ricos y los pobres, más pobres. Hubo empresas que acabaron causando más daño que beneficio y, lejos de mejorar, la situación empeoró para los estratos sociales más bajos. En el Reino Unido, a pesar de ser un país garante del estado del bienestar y la protección social, la pobreza sigue constituyendo un gran problema y los necesitados no cuentan con suficientes oportunidades económicas. Esta historia no es muy distinta en el resto del mundo. Aunque en EE. UU. se hayan llegado a crear 60 millones de puestos de trabajo en el sector de las nuevas tecnologías, la desigualdad social y económica no ha cesado en su escalada.
Parte del problema residía en un desajuste entre la oferta y la demanda. Las nuevas competencias que exigían los nuevos empleos tecnológicos requerían una formación muy especializada y, por tanto, no se encontraban suficientes candidatos que fueran idóneos para desempeñar esos cargos. Así, las empresas que competían por atraer talento, elevaron los salarios de los profesionales tecnológicos al mismo tiempo que caían en picado los salarios de los trabajadores de los sectores de menor crecimiento. La confluencia de la globalización, las nuevas tecnologías que empezaban a reemplazar la mano de obra humana, la inversión de capital en acciones y una deuda muy barata, elevó los rendimientos financieros sólo para un 1 por ciento de la población. Todo esto, sumado a la fuerte competencia para atraer el talento cualificado, contribuyó a la formación de una tormenta perfecta que sirvió para hacer a los ricos más ricos y a los pobres, más pobres.
Hacia el año 2000 ya se evidenció que este modelo había fracasado. Es cierto que la Revolución Tecnológica generó una enorme riqueza y muchos beneficios para la sociedad, pero, al mismo tiempo, grandes problemas sociales y medioambientales siguieron su implacable camino hacia la desolación de nuestro planeta. Es más, algunos de ellos se agravaron aún más. La cruda realidad nos ha demostrado cómo la sobreexplotación de los recursos naturales ha intensificado los efectos más negativos del calentamiento global como la progresiva pérdida de flora y fauna, los devastadores incendios forestales, las desastrosas inundaciones y, en suma, la destrucción de una biodiversidad de la que depende nuestra propia existencia.
Si no solucionamos estos problemas, los resultados serán catastróficos, motivo por el que urge iniciar una revolución en nuestra forma de pensar. Necesitamos nuevas soluciones para los grandes desafíos sociales y medioambientales, dos líneas convergentes, pues debemos ser conscientes de que el cambio climático está provocando grandes migraciones forzosas. Pero ¿dónde encontraremos las soluciones audaces que la humanidad necesita sin más demora? Si los Gobiernos y el sector privado no han sabido dar respuestas a gran escala con la urgencia necesaria, quizá la solución se encuentre en la imprescindible transformación de nuestro sistema económico.
El nacimiento del impacto
Empecé a ser consciente de que era necesario crear un sistema que armonizase los intereses de emprendedores, empresas e inversores con los de Gobiernos, organizaciones sin ánimo de lucro, filántropos y empresas de impacto. ¿El objetivo? La colaboración conjunta de todos ellos para mejorar la calidad de vida de las personas y la preservación del planeta. ¿Y cómo materializar esta idea? La respuesta resultó ser muy sencilla: conectar la inversión con las iniciativas sociales, lo que permitiría a los emprendedores acceder a la financiación necesaria para crear empresas con propósito y organizaciones benéficas. Así se vería aprovechado tanto el talento emprendedor, como la innovación, para abordar viejos problemas con nuevas fórmulas.
Al igual que los emprendedores tecnológicos cambiaron el mundo en su momento gracias a la inversión privada, los emprendedores de impacto encontrarán soluciones a los problemas más acuciantes de nuestros días. Al afrontar los enormes retos sociales y medioambientales a los que queremos dar solución, se hace imprescindible ajustar nuestra manera de invertir. Precisamente, la inversión es el combustible de nuestro modelo económico y, si queremos atraer inversores a nuestra causa, debemos observar el mundo como lo hacen ellos, es decir, poniendo atención en el beneficio y el impacto, y evaluando el éxito en función de resultados medibles.
Transformar un reto social en una oportunidad de inversión en beneficio de la sociedad, no es sólo una fácil metáfora: puede suponer una rentabilidad atractiva para el inversor y captar el interés de aquellas personas que, de otro modo, emplearían su talento y capacidad de inversión únicamente para ganar dinero.
Corría el año 2002. Junto a un antiguo compañero de Apax, Philip Newborough, y la que fuera mi mano derecha en el Grupo de Trabajo del G8 de Inversión de Impacto Social, Michele Giddens, fundamos entre los tres Bridges Fund Management. A través de esta gestora buscábamos dirigir fondos de venture capital hacia proyectos que repercutieran positivamente en las zonas más pobres del Reino Unido. La idea era sencilla: invertir en barrios situados en el percentil 25 en términos de pobreza y así mejorar la calidad de vida de los sectores más vulnerables de la población británica. Queríamos lograr un impacto con la inversión, así que comenzamos a pensar del mismo modo que lo hacen los inversores y nos pusimos a buscar un método para medir el impacto y, además, un rendimiento financiero anual que oscilara entre el 10 y el 12 %.
Dieciocho años después, en 2020, Bridges Fund Management logró atraer más de mil millones de libras esterlinas con un rendimiento medio neto anual del 17 % y, lo que es igual de importante, ha obtenido un impacto tan significativo que, sólo en 2017, proporcionó 1,3 millones de horas de atención de calidad, prestó servicios sanitarios a 40.000 personas, evitó la emisión de 30.000 toneladas de carbono, promovió la creación de 2.600 puestos de trabajo directos y ayudó a que 2.600 niños mejoraran su rendimiento escolar3. Gracias a nuestras inversiones, y con estos datos sobre la mesa, hemos potenciado a algunas de las mejores empresas de impacto del país.
Al afrontar los enormes retos sociales y medioambientales a los que queremos dar solución, se hace imprescindible ajustar nuestra manera de invertir
Se alcanzó un hito muy importante cuando el Gobierno británico respaldó el primer fondo de Bridges Fund Management con una inversión de 20 millones de libras esterlinas —unos 26,6 millones de dólares por entonces—, lo que sirvió de catalizador para atraer inversión privada. En 2008, la contribución del Gobierno británico en otra importante iniciativa social se materializó al seguir las recomendaciones de la Comisión de Activos no Reclamados que yo creé tres años atrás: el Ejecutivo laborista elaboró una ley por la que el dinero bloqueado en cuentas bancarias no reclamadas4 fuera destinado a tres fines sociales: creación de un banco de inversión social —iniciativa ya defendida ocho años antes por el Grupo de Trabajo de Inversión Social—, apoyo al colectivo de jóvenes en riesgo de exclusión social y la inclusión financiera.
Cuatro años más tarde, se destinaron 400 millones de libras esterlinas de ese dinero —500 millones de dólares—, a los que se sumaron otros 200 millones (250 millones de dólares) provenientes de los cuatro principales bancos del Reino Unido, para la creación de Big Society Capital (BSC), el primer banco de inversión social del mundo. Fundado en abril de 2012 en la Bolsa de Londres por el entonces primer ministro británico, el conservador David Cameron, BSC ha financiado no pocas organizaciones benéficas para transformar tanto su capacidad de escalabilidad como la innovación de sus proyectos sociales.
Impacto en acción
Animado por nuestros primeros éxitos, en 2007 decidí crear la primera consultora de inversión social del Reino Unido, Social Finance, con la ayuda de los filántropos David Blood, lord (Stanley) Fink, Sigrid Rausing y Philip Hulme. Teníamos un cometido esencial: lograr que inversores y emprendedores sociales conectaran entre sí.
Empezamos contratando a jóvenes talentos de los sectores social y financiero. Al finalizar el tercer año de vida de la empresa, el equipo ya estaba formado por dieciocho personas bajo la presidencia del exdirector de NatWest Bank, Bernard Horn, y la dirección general del que fue jefe de la banca de inversión del Reino Unido en Dresdner Kleinwort, David Hutchison.
A finales de 2009, dos miembros del equipo, Toby Eccles y Emily Bolton, vinieron a mi despacho para proponer posibles maneras de reducir las tasas de reincidencia de la población reclusa. Las estadísticas a nivel global eran más que preocupantes: hasta un 60 % de los presos jóvenes que salían de la cárcel regresaban a ella durante el año y medio siguiente a su excarcelación5. El muy negativo efecto dominó de este dato era demoledor. Era evidente que si se redujera esa tasa de reincidencia se evitaría un enorme sufrimiento, se reconstituirían muchas familias y disminuirían los índices de delincuencia, además del ahorro que supondría para las arcas públicas.
Toby y Emily plantearon vincular la reducción en la tasa de reincidencia en relación con un rendimiento financiero para los inversores, quienes pagarían un tipo de interés en función del éxito social alcanzado. En otras palabras, los inversores que compraran un bono obtendrían un rendimiento económico en el momento en que disminuyera el número de excarcelados reincidentes. Era una idea muy innovadora.
Inspirado en cómo el venture capital condujo a los inversores para financiar el crecimiento de las startups, Toby, Emily, David Hutchison y yo mismo, diseñamos el bono de impacto social como un vehículo de inversión capaz de lograr que entidades proveedoras de servicios sociales obtuvieran financiación.
Con nuestra propuesta debajo del brazo, basada en el funcionamiento de los bonos de impacto social, nos reunimos con el por entonces secretario de Estado de Justicia, Jack Straw. Le ofrecimos captar fondos por valor de varios millones de libras provenientes de inversores interesados en financiar organizaciones sin ánimo de lucro que ya trabajaban con población reclusa. Por su parte, el Ministerio de Justicia debía comprometerse a pagar a los inversores un tipo de interés en función de la reducción del número de presos reincidentes. El objetivo era aprovechar el olfato para los negocios de los emprendedores sociales y el dinero de los inversores para resolver un problema social con pocas perspectivas de desaparecer.
Cuando Jack Straw escuchó la idea, dio un golpe en la mesa, sonrió y dijo a los funcionarios: «Sé que no deberíamos probar nada por primera vez, pero esto sí vamos a hacerlo». Con todo, ¿cómo podría ser rentable una inversión basada en prevenir delitos? La realidad nos recuerda implacablemente que la delincuencia sale extraordinariamente cara: año tras año, la Administración pública dedica ingentes recursos económicos tanto a combatirla como al ingreso de delincuentes en prisión, a lo que hay que sumar el coste de su alojamiento y manutención. Si nuestros esfuerzos sirvieran al Gobierno para reducir ese gasto, tanto los inversores como las organizaciones sociales financiadas podrían percibir un porcentaje de la cuantía ahorrada. La calidad de vida de los reclusos mejoraría, el Gobierno se ahorraría mucho dinero y los inversores obtendrían una rentabilidad razonable. Estábamos ante un win-win: todas las partes ganaban.
La visión de los problemas sociales desde la doble perspectiva de las organizaciones que prestan este tipo de servicios, por un lado, y la de los inversores, por otro, nos llevó a diseñar el bono de impacto social como una herramienta que sirve a los emprendedores sociales para acelerar el progreso social a través de la inversión privada.
