Imparables - Samarino - E-Book

Imparables E-Book

Samarino

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Beschreibung

Muchas historias no llegarán nunca a nuestro conocimiento. Este libro, sin embargo, lucha contra lo inevitable y nos regala siete vidas, siete relatos inspiradores para cualquiera. Durante las entrevistas realizadas por Samarino descubrimos cómo el ser humano es capaz de superar cualquier obstáculo que se le ponga por delante. Él ha sido capaz de escarbar y llegar hasta el fondo de la resiliencia natural que nos caracteriza, y nos la muestra en todo su esplendor.

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Seitenzahl: 154

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Samuel Bermudez Seguí

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Toni Cabo

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

Foto sipnosis autor: Rosa Avella

ISBN: 978-84-1181-152-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi musa y a mi príncipe.

Prólogo

A pesar de que nunca seremos capaces de conocer todas las historias del mundo, esto no es impedimento para que el ser humano puje por destacar aquellas que conoce y que sabe que merecen ser contadas y expuestas ante el lector. Y este es el resultado de aquel empeño: un libro lleno de experiencias, de dudas, de obstáculos; un libro pleno de vida. Su autor, Samarino, cuida a la perfección todos los detalles: desde el momento previo a la entrevista hasta su final, pasando, por supuesto, por dar la palabra a sus entrevistados y dejar que sean ellos los que nos muestren quiénes son y cómo han llegado hasta aquí.

La variedad de los testimonios, de las experiencias plasmadas, dan al lector un pequeño botón de lo que sucede lejos de él y que, sin embargo, no por eso deja de pasar. El lector que esté aquí ha de saber que se va a enfrentar a historias duras, con carácter, protagonizadas por personas que no cejaron en su empeño de salir adelante y que lo consiguieron, aunque no sin un gran esfuerzo.

No puedo sentirme más orgulloso por haber escrito este pequeño prólogo (pequeño había de ser, puesto que mis palabras no se acercarán nunca al poder de los relatos que tenemos entre nuestras manos gracias a Samarino). Por ser un ejemplo de lo que nosotros, el ser humano, es capaz de lograr; por haber podido conocer unas experiencias tan enriquecedoras; y, finalmente, porque este tipo de libros nos hacen creer en el buen hacer que aún nos queda dentro.

.

Pies, para que los quiero

si tengo alas para volar.

Frida Khalo

1- Más fuerte que un rayo

¿Nunca te has preguntado que eres más fuerte de lo que crees?

Seguramente que sí, de hecho, quizá en algún momento de tu vida esa haya sido tu única opción: ser fuerte. El relato que estás a punto de leer de nuestro primer protagonista es, sin duda, una historia de superación como la copa de un pino. Joan Reinoso lidió ante una situación demasiado complicada. Pero gracias a trabajar muy duro, ser persistente y tener una gran actitud, pudo salir adelante.

Conocía personalmente su historia y desde el minuto cero que decidí contar relatos de superación en este libro, pensé en él. Así que anoté su nombre en mi «proyecto de manuscrito». El siguiente paso sería contactar con él. Inicialmente conseguí su teléfono, pues, a pesar de que nos habíamos conocido años atrás, no tenía su contacto en mi agenda. Al conseguirlo, le llamé para contarle el proyecto y el resultado fue el siguiente…

—Hola, Joan, ¿que tal? Soy Samuel. Nos conocimos en el polideportivo de Inca, ¿te acuerdas de mí?

—Ostras, Samuel, sí, claro que me acuerdo, ¿cómo estás?

—Muy bien, y tú, que tal todo?

—Muy bien también.

—Oye, Joan, te preguntarás el porqué de mi llamada, así que, te cuento: el motivo es porque estoy creando un proyecto literario muy bonito y me gustaría que formases parte de él.

—Genial, soy todo oídos, cuéntame…

—En este proyecto cuento historias reales de superación e inspiración y creo firmemente que la tuya es increíble. Me gustaría contar tu relato. ¿Qué opinas?

—Es un orgullo que hayas pensado en mí para algo así, pero tampoco me considero ningún héroe. —Aquí pude comprobar la persona tan humilde y de corazón que tenía ante mí, sobre todo a sabiendas de la historia que hay tras él—. Pero si de verdad crees que tengo cabida en el libro, adelante, me hace mucha ilusión. —Le conté el formato y el proceso literario que íbamos a realizar y, hasta aquí, todo perfecto.

Llegó el día en el cual le realizaría una entrevista y me contaría los detalles de su historia. Nos emplazamos en un lugar precioso, el Puig de Santa Magdalena. Allí, en la montaña, y delante de unas bonitas vistas, hablaríamos en profundidad sobre un accidente que le cambió la vida para siempre.

«Media hora tormentosa»

Una tarde de primavera del día cinco de junio de 2012, Joan había quedado para ir a ver a un amigo suyo a una competición de motocros, uno de sus deportes favoritos.

La misma noche de aquel día cinco de junio, al terminar la carrera de motos, salió con sus amigos un rato y estuvo tomando algo con ellos en los bares de copas del puerto de Alcudia. Pero, ya por entonces, era un chico disciplinado y responsable. Entonces, sobre la una de la madrugada decidió decirle a sus amigos:

—Chicos, me tengo que marchar a casa, mañana tengo una competición de pesca deportiva y he de descansar. ¡Pasadlo bien!

En aquella competición de pesca deportiva le propusieron participar tan solo dos días antes y, sin pensárselo dos veces, dijo que sí iría. Además, no iba a ir en una embarcación cualquiera, iría con Pedro Carbonell, triple campeón mundial de pesca submarina. Aquello, a priori, para él era un «regalo». Inicialmente en aquella embarcación él no tenía que estar, el que realmente iba a ir era un amigo suyo, pero, «caprichos de la vida», su amigo, unos días antes de dicha competición, se puso enfermo y no podía asistir, de ahí que le propusieran a Joan que fuera él. Joan se considera a sí mismo como un chico «hipercompetitivo», además de ser un amante del deporte, de la naturaleza y del mar. Así que, ¿cómo iba a rechazar una invitación como aquella?

Llegó el día y estaba todo preparado… Las embarcaciones estaban listas para salir a navegar por la bahía de Pollensa, un lugar situado en el norte de la isla de Mallorca. La misma mañana de la competición hacía buen tiempo e inclusive afloraba el calor y las altas temperaturas. Era lo «normal» por esas fechas. En principio, todo estaba en orden al salir a navegar.

Pero en tan solo cuestión de media hora, el tiempo se nubló, empezó a llover y hubo una tormenta eléctrica de verano. Como bien me decía Joan:

—En tan solo media hora, se lio y me cayó un rayo encima.

Ese fatídico día seis de junio de 2012 hizo un día precioso, incluso por la tarde el sol estaba de nuevo radiante. Podríamos decir que, en esa media hora, es cuando toda la vida de Joan dio un giro radical de ciento ochenta grados. En España, la posibilidad de que te pueda caer un rayo encima, es de una entre diez millones. Pues bien, ese día, a Joan Reinoso le entró un rayo por todo el cuerpo y éste haría cambiar el devenir de sus días para siempre. Aquel día, a pesar de la gravedad con la que entró el rayo en él, milagrosamente sobrevivió.

Joan se debatió entre la vida y la muerte durante veintiocho días en la unidad de cuidados intensivos del hospital Son Espases. Inicialmente los médicos no tenían esperanzas de que saliese vivo de allí. Pero salió del estado de coma de milagro y pudo salir de la UCI para pasar unos diez días más en planta.

«Al salir de la UCI, estaba destrozado y en los huesos. Era un cadáver viviente. Sabía lo que tenía que hacer y también sabía que el camino no sería fácil. Me esperaba un proceso largo de recuperación, pero mucho más lejos de rendirme o tirar la toalla, decidí ponerme las pilas y empezar la rehabilitación».

Reaprender

En el día a día, cada uno de nosotros, damos por hecho simples detalles como poder caminar, ir al baño por cuenta propia o coger un simple tenedor y comer con él. Después del accidente, Joan tenía una discapacidad del 78% y este hecho le provocó consecuencias como no poder hablar, ni tampoco podía mover sus manos ni sus piernas.

«Lo peor de todo es que mi mente sí sabía cómo debía hacerlo. Yo era consciente de todo, pero cuando le enviaba órdenes a mi cuerpo, éste no respondía a las señales que yo le mandaba. Mi cerebro era como si resetearas un ordenador y volvieses a instalarle todos los programas para que funcione».

Al salir del primer hospital, ingresó en otro, el de San Juan de Dios. En éste pasaría muchos meses trabajando la rehabilitación de todas las partes cognitivas de su cuerpo, todas aquellas que no reaccionaban. Empezó a trabajar muy duro con un fisioterapeuta. Joan, en tono irónico, me contaba que seguramente su fisioterapeuta, al verle, no sabía ni por dónde debía empezar, con todo el trabajo que tenía que hacer con él. Pero ocurrió algo muy positivo, porque su fisioterapeuta rápidamente ¡acertó! y dio en una de las muchas claves de su recuperación. Le aconsejó hacer fisioterapia acuática y eso, inicialmente, le fue muy bien para no caerse. Fue un proceso tremendamente duro, porque cuando le decían: «levanta una pierna o una mano», él sabía cómo debía hacerlo, pero no podía moverla.

«Intentaba no agobiarme y me decía a mí mismo: ‘Joan, tranquilo, poco a poco, con el fisioterapeuta no estamos de vacaciones, estamos para trabajar’».

Reconoce que con todos los médicos y especialistas siempre tuvo un trato especial, pues nunca tuvieron un NO en la boca y siempre dieron lo mejor de ellos mismos para ayudarle, de hecho, les guarda un cariño muy especial.

Los días iban pasando y se iban sumando diariamente pequeños miniéxitos en su recuperación, los cuales terminarían creando grandes éxitos. Como, por ejemplo: recuerda que no podía caminar, ni tampoco moverse y, en consecuencia, para ir al baño, debía ir acompañado.

«Tenía tan solo veintiún años y para mí era muy desagradable tener que pasar por ese trámite. Recuerdo un día en el que estaba sentado en la taza del váter y rompí a llorar a causa de la impotencia por tener que depender de los demás hasta para ir al servicio. En ese mismo instante me dije a mí mismo: ‘¡ojalá llegue el día en el que pueda ir solo al baño!’».

Pasó de ser una persona muy activa, a verse en una situación desesperante. Tanto que se llegaba a conformar con ese simple hecho milagroso para él, en aquel instante, de poder ser autosuficiente para hacer sus propias necesidades. Pero como diría Woody Allen: «El 90% del éxito se basa simplemente en insistir». Pues vaya si insistió Joan… Y tan solo medio año después, consiguió ir solo al baño. En ese momento su alegría era inmensa ante tal éxito. Éste sería tan sólo el inicio de un gran cambio. Otros «triunfos» que iban a venir después, serían algunos como: poder coger un tenedor y poder comer solo, o poder ponerse agua dentro de un vaso sin derramar agua por toda la mesa.

«Al tercer año de salir de la UCI, fui a ver a un médico que me trató en mi proceso de recuperación, y el propio médico, al verme cómo estaba progresando, no pudo contenerse las lágrimas y, de la emoción, rompió a llorar. Incluso me llegó a decir que mi recuperación era un milagro».

Joan me comentaba que si él se hubiese quedado tumbado en un sofá hundido por su tragedia y sin moverse, nada de este cambio hubiera sido posible.

Él sabía todas las horas de trabajo que había detrás, la de especialistas que lo habían tratado día a día. Médicos, fisioterapeutas, logopedas, etc.

«Entre otras cosas buenas que me ha dado el rayo, es la de poder mantener una bonita amistad con muchos médicos que me han tratado. Muchas veces, cuando nos vemos, nos ponemos a hablar de cosas comunes del día a día, y sin embargo, no hablamos de medicina, más bien de otros temas, y eso para mí es bonito, pues hemos creado una bonita amistad».

Hablando de amigos, en los momentos difíciles uno se da cuenta de quiénes son los que de verdad están ahí. En este caso, tanto sus familiares y amigos estuvieron al pie del cañón.

«A pesar de todos los malos momentos, ellos siempre han estado allí. Considero que tengo unos grandes amigos y que, después del accidente, se volcaron mucho conmigo. Me apoyaron al máximo para que nunca me sintiera solo».

Si tuvo la gran suerte de contar con buenos amigos, corrió la enorme suerte también de estar muy bien arropado por su familia.

«La familia lo es todo para mí, antes del accidente ya eran de gran apoyo, pero, después, estuvieron al 200% conmigo. De hecho, cuando estuve ingresado en el hospital de San Juan de Dios para seguir haciendo toda mi recuperación con terapeutas, me daba mucha lástima ver a los familiares de otros enfermos que iban muy poco a verlos. No lo entendía, de hecho, me entristecía. Mi padre y mi madre se compraron incluso una hamaca de playa para poder dormir conmigo, puesto que en mi habitación solo había una cama. Así estuvimos los tres juntos durante medio año. Me considero una persona tremendamente afortunada por tener un entorno tan gentil y cariñoso».

Nuevos retos

En plena recuperación, cuando Joan ya estaba empezando a nadar, su tío materno, Juan Antonio Figuerola, al que considera ser como su segundo padre, sabía que le podría hacer ilusión hacer alguna prueba deportiva. Por eso le lanzó una propuesta y le dijo: «Joan, te propongo un reto, ¿por qué no hacemos un Ironman por relevos? Sé que preparar esta prueba te va a motivar».

«La primera reacción que tuve fue decirle a mi tío: ‘estás loco’, ya que yo, al principio de empezar a nadar, después del accidente ¡bebía más agua que una depuradora!».

Pero, una vez más, se lo tomó como un gran reto personal y aceptó la «loca propuesta» y, sin perder mucho más tiempo, se sacó un bono en la piscina de su pueblo para empezar a entrenar. Reconoce abiertamente que el deporte, para él, más que un refugio, fue una medicina para ilusionarse y motivarse en seguir adelante.

El primer día de entreno en la piscina, su tío le propuso hacer dos «largos» y, si los hacía, el premio iba a ser tomarse un helado, al que el propio tío le invitaría. Y, cómo no, se lo terminó comiendo. Después ya empezó a hacer un kilómetro, y otro kilómetro y así sucesivamente.

Decidieron entonces dar un paso más allá y hacer un kilómetro en la playa a mar abierto. Pero…

«Ese día para mí fue un percal bastante guapo. Al principio era un poco caótico, porque, con la corriente del mar, me perdía, y con las olas no avanzaba, lo veía imposible. Pero como nunca me rindo, seguí intentándolo una y otra vez».

Para aquel Ironman de relevos que querían hacer, Joan tenía una marca prevista. La prueba consistía en hacer 1,9 kilómetros, y se propuso hacerla entre cincuenta y cinco minutos y una hora aproximadamente. Aunque el simple hecho de terminar la prueba, ya iba a ser un auténtico logro para él.

Llegó el día esperado, después de aquel «jodido rayo» iba a competir de nuevo en una competición deportiva, en nada más y nada menos que en una prueba de Ironman. Ese día, allá por el 2014, Joan puso el contador de su reloj a cero y consiguió terminar la prueba nadando casi dos kilómetros. Al terminar la carrera, vio en su reloj el tiempo de tan solo cuarenta y siete minutos. Estaba asombrado, de hecho, en un primer momento pensó que su reloj se había parado solo y había dejado de funcionar. No podía creerse aquella «súper marca». Pasó de no saber nadar, a realizar un tiempo mucho mejor del que se había propuesto.

«Cuando terminé la prueba, estaba deseando ver la pagina oficial de Ironman para ver si realmente debía comprarme un nuevo reloj o si, por el contrario, mi reloj seguía funcionando con normalidad. Para mi sorpresa, comprobé que aquel tiempo que marcaba mi reloj era real».

Aquel día no sabe de dónde saco las fuerzas, ni tan siquiera qué comió previamente para tener aquella energía el día de la prueba. Pero ese sería el primer gran éxito, después de tantos miniéxitos previos.

Cuando realizas una prueba que requiere de un gran esfuerzo físico, el deportista tiene que realizar un esfuerzo doble entre cuerpo y mente para que no falle ninguno de estos dos y poder terminar tu objetivo.

«En mi primer kilómetro me concentraba en hacerlo bien, pero cuando el cansancio y el agotamiento empezaron a hacer de las suyas, me llegaban a mi mente imágenes de los hospitales en los que había estado haciendo todo el proceso de recuperación. Pensaba también en los médicos, en mi familia, y me repetía una y otra vez: ‘Hazlo por ellos, Joan, hazlo por ellos’».

Su tío Juan Antonio, que fue quien le propuso aquel reto, al ver cómo lo había terminado, estaba enormemente orgulloso de él. ¡No era para menos! Tan solo una semana después de haber realizado aquel Ironman por relevos y en plena recuperación de ésta, se dijo así mismo:

«Un Ironman es mucho más que sólo nadar. Es nadar, ir en bici y correr».

Por eso, se puso a buscar la manera de poder montar en bicicleta.

En casa estuvo intentando subir en una bici de dos ruedas, pero, por la falta de psicomotricidad, se caía constantemente.

Pero cuando uno tiene interés sincero en conseguir algo, siempre encuentra alguna solución. Joan la buscó y vaya si la encontró. Al principio, en España no encontraba ninguna forma de dar rienda suelta a sus nuevos retos de ir en bici.

Fue en Inglaterra y en Alemania donde descubrió que había carreras de triciclos. En ese momento vio la luz, pensó que esa quizá sería su solución.

Finalmente se terminó comprando una bici triciclo, pero al realizar su primera salida de cinco kilómetros, se dio cuenta de que todavía no coordinaba como quisiera y que físicamente estaba muy cansado, así que decidió que todavía era pronto para hacer el Ironman completo. Su tío, una vez más, fue un apoyo importante e incondicional.

Un rayo grabado en la piel

Tan solo dos años antes de tener el accidente, Joan tenía dieciocho años, y con aquella rebeldía de la edad, y a pesar de la oposición de sus padres, se quiso hacer un tatuaje. Un día cualquiera se fue a un centro de tatuajes y le dijo a la tatuadora: «me gusta mucho el mar. Tatúame un ancla, una ola y un pez».