Imperios del mundo - Krishan Kumar - E-Book

Imperios del mundo E-Book

Krishan Kumar

0,0

Beschreibung

El imperio ha sido la forma de organización política más común durante la mayor parte de nuestra historia, pero las líneas que lo definen se han ido haciendo cada vez más borrosas. ¿Qué entendemos exactamente por "imperios"? ¿Qué tipo de relaciones entre gobernantes y gobernados entrañan? ¿Siguen todos esa particular dinámica de auge, ocaso y caída? ¿Cómo y por qué terminan, y cuáles son las consecuencias de su fin? Y, sobre todo, ¿ha quedado atrás ya la época de los imperios? Krishan Kumar da respuesta a todas estas cuestiones a través de un análisis fascinante de los mayores imperios del mundo desde los albores de la historia hasta hoy. Propone que el "imperio" es un ideal formal que ha actuado de modelo para la conformación de la autoridad y las estructuras políticas en los diferentes rincones del planeta. Y, lejos de subestimar su poder, demuestra que han sido de hecho mucho más estables de lo que hasta ahora hemos creído. Profundizando no solo en los modernos imperios europeos de ultramar, sino también en los antiguos imperios de Oriente Medio y el Mediterráneo, en los imperios islámicos, mogoles y otomanos, y en el bimilenario imperio chino, Kumar demuestra que conocer los imperios y su legado nos ayuda a comprender mejor la política de nuestro propio tiempo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 436

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



KRISHAN KUMAR

Imperios del mundo

UNA SOCIOLOGÍA HISTÓRICA Y POLÍTICA

Traducido del inglés por Cristina Macía

Dedicado a los estudiantes, el personal y el cuerpodocente de la Universidad de Virginia.

ÍNDICE

PRÓLOGO

AGRADECIMIENTOS

1. LOS IMPERIOS EN EL ESPACIO Y EL TIEMPO

2. TRADICIONES DE IMPERIO EN ORIENTE Y OCCIDENTE

3. GOBERNANTES Y GOBERNADOS

4. IMPERIOS, NACIONES Y ESTADOS NACIÓN

5. DECADENCIA Y CAÍDA

6. EL IMPERIO DESPUÉS DEL IMPERIO

BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA

REFERENCIAS

CRÉDITOS

PRÓLOGO

Los imperios han sido la forma más habitual de organización durante la mayor parte de la historia conocida. Se podría decir que son la forma de organización «por omisión». Aparecieron en los albores de la civilización humana, y han durado como mínimo hasta la segunda mitad del siglo XX. Han sido sujeto de especulación por parte de los escritores y pensadores más importantes, como Heródoto, Ibn Jaldún y Edward Gibbon. Novelistas como Joseph Conrad, Joseph Roth, Robert Musil y V. S. Naipaul los han convertido en su tema de investigación. Los han pintado artistas como Tiziano, David o Delacroix. Críticos como Frantz Fanon y Edward Said han escrito sobre sus efectos imborrables, y para ellos negativos.

Tras un periodo de indiferencia casi ostentosa por parte de las mismas sociedades europeas que antes gobernaron vastos imperios, los imperios vuelven a ser objeto de interés y de escrutinio. Los historiadores, sociólogos y teóricos de la política y la literatura se han centrado de nuevo en ellos. Han sido objeto de tratamiento en la televisión, lo que ha dado como resultado libros muy populares, como los de Niall Ferguson y Jeremy Paxton sobre el imperio británico. Según las encuestas, las poblaciones europeas están recuperando cierto orgullo de sus imperios. Y no solo en Europa. En Turquía, la serie de televisión Muhteşem Yüzyıl («el siglo magnífico», en español El sultán o Suleimán, el gran sultán) sobre la vida del gran emperador del siglo XVI, ha gozado de una enorme popularidad, y los observadores han detectado una creciente «otomanía» en el país. China también ha empezado a reconsiderar su pasado imperial, y ya no lo valora como «feudal» y oscurantista, como durante los primeros tiempos del comunismo.

A diferencia de lo que sucedía en la generación anterior, y apartándose de tratamientos más populares, los estudiosos de hoy en día tienden a ser más cautos y no hacen generalizaciones a gran escala sobre los imperios. Han optado por concentrarse en conjuntos de imperios más restringidos, y en zonas y épocas concretas. Hay un interés muy especial en los modernos imperios europeos ultramarinos que nacieron con los de Portugal y España en el siglo XVI, y continuaron con los de Países Bajos, Francia e Inglaterra/Gran Bretaña en los siglos XVII y XVIII. Los imperios contemporáneos de los otomanos, los rusos y los Habsburgo merecen un examen individual. De la misma manera, los imperios no occidentales de los árabes, los mogoles y los safávidas son tema de investigación para especialistas en sus respectivas culturas e historias, y los imperios precolombinos de Sudamérica, los incas y los aztecas, son un campo para expertos en civilizaciones del Nuevo Mundo, ya que se basan en principios muy diferentes a los que encontramos en Eurasia.

En toda esta literatura aparece muy marcada la diferencia entre imperios «antiguos» y «modernos». Los primeros imperios de Mesopotamia y Egipto, el persa y el de Alejandro Magno, el imperio heleno y más tarde el romano, han sido objeto de estudio exhaustivo, pero se consideran muy diferentes de los imperios que llegaron más tarde, sobre todo los imperios ultramarinos de los europeos. Esto se considera en parte un tema de tecnología (dificultades de comunicación, etcétera), pero también hay diferencias en los principios, en lo que significaban los imperios para las personas involucradas y qué buscaban de ellos.

Este libro es muy consciente de las diferencias entre los imperios occidentales y los demás, así como entre los antiguos y los más recientes. En el primer caso, la importancia de Roma y del cristianismo está tan clara como la de otras «religiones mundiales» e ideologías, como el islam o el confucianismo, en los imperios no occidentales. De la misma manera, quiero hacer hincapié en la temporalidad del imperio: la conciencia de sus predecesores y cómo las diferentes épocas dan origen a diferentes tipos de imperios. Este libro habla en concreto de dos «rupturas» o líneas divisorias importantes: la que viene marcada por la «Era Axial» de las religiones del mundo en el primer milenio antes de la era común, y la fase de conquista y colonización que empezó con los «viajes de descubrimiento» en Europa, en los siglos XV y XVI. La segunda marca, en mi opinión, una división fundamental en la historia de los imperios, con consecuencias trascendentales para el desarrollo subsiguiente del mundo.

Pero también quiero destacar los elementos comunes de los imperios, aquello que comparten y que nos permite hablar de «imperios» a lo largo del tiempo y el espacio. Incluso las sociedades que, como China, llegaron tarde al uso del término imperio para describir su sistema político, se ocuparon de señalar las similitudes de su imperio con otros, sobre todo en occidente. A finales del siglo XIX, una visión común del imperio había unido las diferentes expresiones del mismo en lugares y momentos muy diversos. Dada su importancia en el mundo de la época, no es de extrañar que los imperios europeos hayan definido el modelo, el concepto.

Pero los imperios europeos tenían una larga historia y arrastraban tradiciones que se remontaban a los romanos, o incluso al imperio de Alejandro Magno. El propio Alejandro había continuado en muchos aspectos la línea del gran imperio persa de los aqueménidas que había conquistado, mientras que los aqueménidas estaban en deuda a su vez con la tradición imperial de Mesopotamia (asirios y babilonios), de la que eran herederos y sucesores. Los imperios estaban relacionados de múltiples maneras, con lo que hubo una transmisión frecuente de ideas e instituciones en el espacio y el tiempo. El concepto de translatio imperii, la transmisión lineal de un imperio, es un mecanismo de enlace que se puede aplicar a muchos imperios, no solo al occidental para el que fue creado.

En este libro se explora entre otras cosas ese concepto, así como la idea de una «tradición de imperio» a la que dio origen. También se hablará de la relación entre gobernantes y gobernados en los imperios, que es a mi parecer simbiótica, no de pura oposición; de las relaciones entre imperios y Estados nación, que por lo general se consideran principios antitéticos, pero en realidad tienen una relación muy estrecha y, en la práctica, muestran muchas similitudes, aunque al final sus consecuencias sean diferentes; las razones de la caída de los imperios; la cuestión de si, tras el fin formal de la época de los imperios, existen aún de una forma diferente a la vez que han dejado un legado imborrable. Voy a examinar todo el abanico de imperios, orientales y occidentales, a lo largo de la historia, empezando por los primeros. Por supuesto, al tratarse de una obra breve, tendré que hacerlo de manera selectiva: los imperios precolombinos de Sudamérica reciben un trato somero, igual que los africanos. En cambio, China, probablemente el imperio no occidental más importante, recibe una atención considerable, igual que los imperios musulmanes de los árabes, los mogoles, los safávidas y los otomanos, aunque estos en menor medida. También me detengo en el caso del «imperio americano» estadounidense, que se suele considerar un caso atípico.

Es una de las muchas diferencias entre este libro y mi reciente Visions of Empire: How Five Imperial Regimes Shaped the World (2017; ed. cast.: Imperios: Cinco regímenes imperiales que moldearon el mundo, 2018) que se centraba fundamentalmente en los imperios europeos modernos. Este libro, en cambio, abarca un periodo y una zona mucho más amplia, lo que me permite plantear cuestiones que no se trataban en el estudio anterior. Aquí haré hincapié en que el imperio es una experiencia a nivel mundial, y por eso resulta tan instructivo como objeto de investigación; y propondré que la historia de una forma de organización tan extendida en el espacio y el tiempo no ha quedado en el pasado.

AGRADECIMIENTOS

Quiero dar las gracias a los numerosos estudiantes de la Universidad de Virginia que, a lo largo de muchos años, han elegido mis clases sobre imperios y civilizaciones del mundo. Este libro está dedicado a ellos, porque ha cobrado forma gracias a muchas preguntas que nos hemos planteado, y su contribución ha sido impagable. Algunos puntos se han presentado también en conferencias en la Universidad de Hong Kong; la Universidad de Zhejiang, en China; la Escuela Superior de Economía, en San Petersburgo; la Universidad de Copenhague; el University College de Dublín; la Universidad de Basilea; el Seminario de Historia de Washington; la Universidad de Texas en Austin, y la Universidad de Chicago. David Palmer, Saliha Belmessous, Dingxin Zhao, Alexander Semyonov, Peter Fibiger Bang, Siniša Malešević, Matthias Leanza, Dane Kennedy, Wm. Roger Louis y Steven Pincus fueron los responsables de dichas visitas, y no quiero dejar de darles las gracias, al igual que a todos los que tomaron parte en las conferencias. He aprendido mucho también de otros colegas estudiosos de los imperios, entre ellos John A. Hall, Chris Hann, Sankar Muthu y Jennifer Pitts. Larry Wolff organizó el encuentro «Declive y caída de los imperios» en el Instituto Remarque de la Universidad de Nueva York, que resultó tan ameno como estimulante. También quiero dar las gracias a Nigel Biggar por invitarme a participar en su serie de charlas sobre «Ética e Imperio» en el Christ Church College de Oxford, que reúnen a los más distinguidos estudiosos sobre los imperios de todas las épocas y lugares. Y, como siempre, mi agradecimiento a todo el personal de la biblioteca Alderman, en la Universidad de Virginia, sobre todo a los encargados de la sección ILL/LEO.

Estoy en deuda con Jonathan Skerret, de Polity, por encargarme este libro y por su contribución para darle la forma definitiva. Gracias también a Karina Jákupsdóttir por su eficaz revisión del manuscrito durante el proceso de producción, a Leigh Mueller por la escrupulosa corrección, y a ambas por su paciencia con las fechas de entrega a las que llegué tarde. Por último, quiero dar las gracias de nuevo a Katya Makarova, mi lectora más diligente, cuya vista y criterio han corregido muchas frases desmañadas y muchos párrafos confusos. A los dos nos interesan los imperios, y las conversaciones con ella han contribuido a aclararme las ideas y mejorar mis percepciones.

Krishan Kumar

Charlottesville, Virginia

CAPÍTULO 1

LOS IMPERIOS EN EL ESPACIO Y EL TIEMPO

El problema de la definición: familia de significados

Como dijo Max Weber, el gran sociólogo, «la definición solo es posible, si acaso, en la conclusión del estudio» (1978; I, 399). Como gran admirador de Friedrich Nietzsche que era, habría estado de acuerdo con una observación suya que guardaba cierto paralelismo: «Definible es solo lo que carece de historia» (1956: 212). Y dado que todas las ideas y prácticas humanas tienen su historia, queda descartado cualquier intento de definición en las ciencias humanas y sociales. Sea como sea, tanto Weber como Nietzsche nos alertan sobre la eficacia, cuando no la imposibilidad, de definir los fenómenos en la sociedad humana. Cuando nos referimos a conceptos o instituciones, su carácter proteico dificulta enormemente una clasificación organizada, como si fueran mariposas clavadas en un expositor.

Hay imperios de todo tipo y estilo. Cada uno evoluciona en la historia dentro de sus propios límites y, de manera colectiva, también evolucionan como tipo de gobierno. Por tanto, las advertencias de Weber y Nietzsche se aplican a todo intento de definirlos. El peligro, en primer lugar, reside en una vacuidad integral, en una definición general tan amplia y abstracta que resultará inútil a la hora de considerar los casos particulares; y, en segundo lugar, también hay peligro en el intento complejo de clasificar los imperios por tipos, o diferenciarlos según periodos históricos o zonas geográficas, de manera que al final las comparaciones resultan muy complicadas y difíciles, cuando no directamente imposibles.

En este libro se ha optado por no intentar una definición precisa desde el principio. Eso nos llevaría a la camisa de fuerza que auguró Weber (de la que vemos un ejemplo muy famoso en los problemas con los que se encontró Durkheim al basar Las formas elementales de la vida religiosa en una definición estricta de la religión que establece al comienzo). Si llegamos a alguna definición ha de ser sobre todo por emergencia, al examinar el material disponible y discutir los casos y problemas específicos. Es posible que, al final del libro, el lector, pero también el autor, tengan una percepción mejor de la naturaleza de la entidad que se ha estudiado. Como mínimo, veremos «parecidos de familia», al estilo de Wittgenstein, entre los diferentes usos y significados del término «imperio» (cf. Cooper 2005, 26-7).

Al menos, eso cabe esperar. Pero, por supuesto, las palabras deben tener un significado, aunque no contemos con definiciones precisas, incluso si este significado es más bien un abanico. De modo que tenemos que dotar de algún tipo de significado a la palabra «imperio». En su nivel más básico, coherente con el origen de la palabra latina imperium, es el dominio absoluto o soberano sobre un pueblo o territorio, sin derecho de apelación a ningún poder exterior terreno (aunque no se excluye necesariamente la apelación a una autoridad divina o ultramundana). Este fue el primer uso del término durante la república de Roma. Cuando la república se transformó en un imperio, el término se amplió para incluir el gobierno sobre múltiples pueblos y tierras, como en el Imperium Romanum (y de ahí la connotación habitual de «imperio» para hacer referencia a entidades políticas muy grandes o extensas) (Koebner 1961,4-5, 11-16).

Ambos significados han perdurado y todavía perduran en el presente, aunque no cabe duda de que tiene predominio la segunda acepción, el gobierno sobre múltiples pueblos o tierras, o el de «núcleo» que controla diversas «periferias» (p. ej., Howe 2002,14-15; Osterhammel 2014, 428; Streets-Salter y Getz 2016, 3-4). Una combinación de ellos nos permite distinguir los imperios —aunque sea en un sentido demasiado amplio e impreciso— de otras entidades políticas como los Estados nación; aunque en la práctica haya superposiciones considerables entre Estados nación e imperios, como veremos más adelante. Por ejemplo, los conceptos de «núcleo» y «periferia» se ven en muchos Estados nación de gran tamaño (como el Reino Unido, Francia y España), así como en imperios, y de ahí deriva el concepto de «colonialismo interno», que veremos un poco más adelante. De mayor utilidad resulta la distinción entre «metrópolis» o «madre patria» y «colonias», aunque eso se aplica sobre todo a los imperios transoceánicos, por motivos evidentes, y puede ser más problemático en el caso de imperios terrestres, que a menudo carecen de lo que se puede calificar como colonias, al menos de manera clara. Aún más intrincado es tratar de distinguir entre Estados nación que tienen «ciudadanos» e imperios que tienen «súbditos», ya que hasta muy recientemente, en 1984, los habitantes del Reino Unido, que no se suele considerar como imperio, eran súbditos de la corona británica y no ciudadanos.

También hay que tener en cuenta dos términos más: el primero es «imperialismo», que es una extensión lógica de imperio (imperium) en el sentido etimológico, pero no se utilizó hasta mediados del siglo XIX, cuando se popularizó para definir el reinado de Napoleón III y el Segundo Imperio francés. Los británicos adoptaron el término al principio de manera despectiva, como sinónimo de bonapartismo, y luego en un sentido más aprobador para describir su propio gobierno sobre el imperio británico. Pero el término siempre ha tenido un matiz negativo, circunstancia que se hizo aún más pronunciada bajo el escrutinio de los liberales y socialistas antimperiales. Imperialismo (1902), de J. A. Hobson, autor liberal, dio inicio a este proceso e influyó en marxistas como Lenin, Rosa Luxemburgo y Rudolf Hilferding, que lo llevaron más lejos y analizaron (y denunciaron) el imperialismo como última medida desesperada de un capitalismo asediado (Koebner y Schmidt 1964, caps. 4-8; Kiernan 1974, 1-68).

Pero, para mediados del siglo XX, el término «imperialismo» había quedado desplazado casi por completo por el de «colonialismo», para reflejar mejor el punto de vista de las colonias y antiguas colonias (el «tercer mundo» anticolonial) en lugar del de la metrópolis1. Aunque algunos pensadores podían defender y de hecho defendieron el imperialismo, en el mundo que surgió tras la I Guerra Mundial, en el que dominaban los conceptos de nacionalismo y «autodeterminación» wilsoniana (Manela 2009), el colonialismo era «malo» casi por definición. Cada vez con más frecuencia, la literatura sobre los imperios producida por escritores izquierdistas, tanto en Europa como fuera de ella, dotó al imperialismo y al colonialismo de connotaciones de opresión y explotación. Esta fue la razón principal de que la palabra «imperio» se convirtiera casi en un insulto en la segunda mitad del siglo XX: defender el imperio, como hizo por ejemplo Winston Churchill, el estadista británico, en los años cincuenta, era presentarse como reaccionario y desfasado sin remedio.

Un perfeccionamiento reciente del «colonialismo» es el concepto de «colonialismo interno». Hace referencia a la idea de que muchos autodenominados Estados nación se han formado en realidad a través de un proceso interno de incorporación en el que el pueblo núcleo o nación ha conquistado o devorado a sus vecinos. Un buen ejemplo es Gran Bretaña o el Reino Unido, en el que los ingleses conquistaron a los galeses y a los irlandeses, e impusieron a los escoceses una «unión parlamentaria» para formar un estado compuesto de cuatro nacionalidades, un «imperio inglés» interno (Hechter 1999; Davies 2000). Lo mismo pasa con Francia. Se dice que el «Hexágono», la Francia actual, surge a través de un proceso imperial mediante el que los reyes franceses, desde la Île-de-France, extendieron de manera gradual su poder para hacerse con tierras y principados adyacentes, como Borgoña, Bretaña, Provenza, etcétera, creando así una Francia centralizada y culturalmente homogénea (Weber 1976, 485; Goldstone y Haldon 2010, 18).

El concepto de colonialismo interno tiene muchos puntos atractivos, entre ellos y de manera importante el de minar muchas afirmaciones espurias realizadas por o en nombre de algunos Estados nación (Kumar 2010). Ha encontrado apoyo entre una gran variedad de estudiosos, que lo han aplicado a temas tan diversos como el apartheid de Sudáfrica, la relación entre las minorías negras con la mayoría blanca en Estados Unidos, o la colectivización forzosa que impuso Stalin en el campesinado de la Unión Soviética. Su versatilidad y adaptabilidad, que cubren tantos tipos diferentes de situaciones, ha sido uno de sus puntos débiles como concepto teórico. Funciona sobre todo como «analogía artificial» con el colonialismo convencional, lo que supone también un problema metodológico grave. De todos modos, hasta sus críticos reconocen que resulta útil en muchos aspectos, como por ejemplo para mostrar la interacción de factores internos y externos en el desarrollo de las sociedades, cuando las percepciones y políticas que se ejercen sobre los pueblos nativos y las colonias llegan de vuelta y marcan el tratamiento de los grupos dentro de la sociedad metropolitana (Hind 1984, 553, 564).

Aquí hay que mencionar un uso más: dos importantes historiadores especialistas en imperios, John Gallagher y Ronald Robinson, publicaron en 1953 un artículo muy influyente, y algunos autores pasaron a hablar del imperio «informal» así como del «formal». El imperio informal se refiere a la situación, como la que se deriva de la relación entre Gran Bretaña y ciertas partes de América Latina en el siglo XIX, en la que el estado no ejerce una soberanía formal sobre otro territorio o pueblo, pero muestra cierto grado de control, sobre todo en sus operaciones económicas. No cabe duda de que estas situaciones existieron y siguen existiendo, como demuestra la alusión constante al «imperio americano» del siglo XXI, pero la noción de imperio informal cubre tantos y tantos casos, y tiene un significado tan impreciso (¿dónde empieza el «control», y dónde termina?) que muchos prefieren evitarlo en sus estudios sobre el tema. Es un consejo muy sensato y este libro lo sigue. De todos modos, a la vista de la importancia del caso y del hecho de que ha atraído abundante interés y atención, hablaremos en el último capítulo de Estados Unidos, y de hasta qué punto se puede considerar y estudiar como si fuera un imperio.

En general, aunque es inevitable utilizar términos y conceptos específicos, siempre hemos de tener en cuenta el abanico de significados que contienen, los elementos a veces conflictivos que incluyen y, sobre todo, los contextos históricos y culturales en que se emplean. El ejemplo de imperium es especialmente importante; se trata de un término occidental en un idioma occidental: el latín. Ha dado origen a la mayoría de los equivalentes modernos: empire en inglés y en francés, impero en italiano... Los alemanes utilizan Reich para denominar la faceta política, pero en sentido más figurativo usan imperium y también imperialismus, imperialismo. En otras palabras, cuando utilizamos la palabra «imperio» o cualquiera de sus equivalentes europeos debemos ser conscientes de que estamos empleando un término que tiene una historia occidental y se aplica sobre todo a la experiencia de Occidente. Eso hace que resulte problemático aplicarlo a sistemas no occidentales, tanto antiguos como modernos, incluso cuando queremos hablar del «imperio chino», el «imperio mogol» o el «imperio safávida». Las dificultades son aún mayores cuando se habla del antiguo «imperio egipcio», el «imperio inca» o el «imperio azteca», por no mencionar el «imperio comanche». En la mayoría de estos casos, sus idiomas no tienen una palabra equivalente a «imperio» tal como lo entendemos en occidente. Por tanto, cabe preguntarse qué tienen en común. ¿Por qué los llamamos «imperios»? ¿Por qué no utilizamos los términos indígenas y exploramos su significado local, particular?

Esto no debe hacernos abandonar la búsqueda de similitudes o significados comunes, de «parecidos de familia». Para empezar, el vocabulario político de occidente se ha extendido por el mundo con fuerza creciente desde la Revolución francesa de 1789. El movimiento cobró más ímpetu con el crecimiento de los imperios europeos, sobre todo a partir del siglo XIX. Esto ha hecho que, ya sea de manera voluntaria o involuntaria, la terminología y el pensamiento social y político de Europa (estado, nación, imperio, marxismo...) hayan pasado a ser propiedad del mundo entero a partir del siglo XX. Y aún más, incluso en tiempos anteriores, lo que hemos dado en denominar imperios, como Roma o China, interactuaron de múltiples maneras. Los mercaderes y misioneros recorrieron el mundo, llevando consigo sus ideas. Ciertas figuras, como Alejandro Magno, se convirtieron en símbolos del imperio por toda Eurasia. Los términos utilizados para denominar los imperios eran diferentes, sí, pero tenían un sentido similar, y transmitían ideas y valores consistentes. Esto hace que sea posible compararlos.

En los capítulos siguientes seguiremos el rastro del movimiento del vocabulario y las interacciones, nunca unidireccionales, que nos permiten hablar del imperio de manera genérica, sin perder nunca de vista las diferencias específicas. Pero, antes, hay que trazar un mapa del imperio. Tenemos que exponer los ejemplos y mostrar la variedad de imperios a lo largo del espacio y el tiempo. Solo tendremos ocasión de ocuparnos de unos pocos, aunque serán los más significativos. Pero, al principio, nos será muy útil hacernos una idea de la totalidad de la historia imperial.

Imperios antiguos, clásicos y modernos: dos puntos de inflexión en la historia de los imperios

En El sueño del imperio, su magistral estudio sobre los «imperios globales», John Darwin ha dicho que «el imperio (cuando diferentes comunidades étnicas quedan agrupadas con un gobernante común) ha sido el modo de organización política por omisión durante la mayor parte de la historia. El poder imperial ha sido el código de circulación» (2008, 23; véase también Howe 2002, 1; Goldstone y Haldon 2010, 19). Darwin es consciente de que ha habido otras formas de organización política: tribus, cacicazgos, ciudades estado, Estados nación, ligas y federaciones. Pero está en lo cierto cuando subraya la ubicuidad y longevidad de los imperios, y el hecho de que una enorme parte de la historia humana conocida ha sido una historia imperial2. Las primeras civilizaciones humanas, nacidas en torno al 4000 a. C., no tardaron en adquirir forma imperial: Egipto, Mesopotamia, India, China... Más tarde, en el primer milenio d. C., se unieron a ellos los imperios de lo que los europeos denominaron «el Nuevo Mundo», al otro lado del Atlántico: los imperios tolteca, azteca e inca. La zona mediterránea vio nacer los imperios alejandrino y romano. En oriente próximo y medio surgieron los imperios hitita, árabe y persa. También estuvieron los imperios esteparios, el de Gengis Kan y el timúrida. Los más tardíos en llegar a la escena mundial, desde el siglo XVI en adelante, fueron los imperios transatlánticos de las potencias europeas, Portugal, España, Países Bajos, Francia y Gran Bretaña. También durante esa época, los rusos, los Habsburgo y los otomanos construyeron grandes imperios terrestres que se adentraron en Eurasia3.

Hubo imperios que duraron miles de años, como el egipcio o el chino; otros, como los europeos, duraron unos siglos. Pero en ambos casos dejaron una huella indeleble en el mundo. El imperio de Alejandro Magno no perduró más allá de su breve reinado de 13 años, del 336 al 323 a. C., pero transformó Asia y dejó una herencia indeleble.

Con esta profusión de imperios en el espacio y el tiempo, cualquier tipo de análisis requiere que antes se establezca un orden intelectual. En este caso, las diferencias de espacio no son tan importantes como las de tiempo. En cualquier momento dado, los imperios del mundo tenían conocimiento unos de otros. Esto es especialmente así en el caso de Eurasia. En muchos casos, se daba una interacción activa, con la excepción de los imperios precolombinos del Nuevo Mundo. Es posible establecer una comparación cuando ocupan extensiones espaciotemporales semejantes. Los imperios chino y romano del primer siglo d. C. comparten muchas características, al igual que el imperio mogol y el de los Habsburgo a principios de la era moderna, o los imperios japonés y francés del siglo XX.

Lo más importante es el cambio a lo largo del tiempo. Los imperios nuevos aprendieron de los antiguos, se esforzaron por evitar su destino al tiempo que los imitaban en los aspectos clave. De la misma manera, y pese a que esto podía resultar una amenaza para ellos, se beneficiaron de los cambios económicos y tecnológicos que estaban teniendo lugar en el mundo. Esto tuvo una importancia aún mayor después de 1600, cuando el capitalismo, primero comercial y luego industrial, empezó a transformar el mundo. Los imperios incapaces de adaptarse o de incorporar los cambios se enfrentaron a la desaparición o a su absorción por parte de los otros.

Es posible distinguir dos puntos de inflexión en la historia de los imperios. La primera la sugiere Karl Jaspers, el filósofo alemán, cuando profundiza en una de sus ideas más influyentes, la «era axial», en Origen y meta de la historia. Según Jaspers, hubo un periodo relativamente breve, pero de una intensa creatividad, entre el 800 y el 200 a. C., en el que se dio una revolución en el pensamiento humano de tal calibre que durante este tiempo surgieron todas las grandes religiones y filosofías fundacionales del mundo. Fue cuando vivieron en China Confucio y Lao Tsé; cuando en India nacieron las grandes escrituras hindúes, los Upanishads, así como el príncipe Siddhartha Gautama, Buda; cuando Zoroastro, en Irán, enseñó una compleja visión del mundo como lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad; cuando aparecieron en Palestina profetas judíos como Elías, Isaías, Jeremías y varios más, lo que desembocaría en el surgimiento del cristianismo y el islam; y cuando los filósofos griegos, desde Tales a Platón, cambiaron de manera radical el pensamiento humano en lo relativo a la ética y a la política. Según Jaspers: «En esa época se constituyen las categorías fundamentales con las cuales todavía pensamos, y se inician las religiones mundiales en las cuales todavía viven los hombres. Se dio, en todos los sentidos, un paso hacia la universalidad» (2010, 2)4.

Jaspers reconoció que no había descubierto ninguna causa global que relacionara estos desarrollos intelectuales, y tampoco podía explicar por qué solo tuvieron lugar en tres zonas del mundo: el oeste (dividido entre occidente y oriente), India y China. Pero señaló dos cosas significativas sobre ellos: una, que tuvieron lugar en las zonas donde habían surgido las primeras civilizaciones, y por tanto los primeros imperios —Egipto, Mesopotamia, el valle del Indo y China—; otra, que los principales pensadores florecieron en un periodo de estados pequeños en mutua competencia, pero la era axial concluyó con el nacimiento de una serie de «imperios mundiales» en las tres regiones, y en estos imperios sus filosofías tuvieron un papel importante. Esto sugiere una conexión entre las filosofías de la era axial y estos nuevos imperios, pero también, según Jaspers, nos permite distinguir entre los imperios que precedieron a la era axial (los imperios antiguos) y los que nacieron después (los imperios modernos o imperios mundiales).

Se ha convenido en que el imperio más antiguo conocido fue el acadio, de Sargón de Acad, en el sur de Mesopotamia. El imperio acadio se formó por la conquista de las ciudades estado vecinas de Sumeria que habían sentado los cimientos de la civilización en la región desde en torno al 4300 hasta el 2334 a. C., siendo la civilización más antigua del mundo (Farrington 2002, 14-15; Haywood 2005, 26-7). Al principio del segundo milenio a. C., el poder se inclinó hacia otras potencias mesopotámicas: Asiria en el norte y Babilonia en el sur. Los imperios asirio y babilonio dominaron la región durante los siguientes 1500 años (particularmente poderosos fueron el imperio asirio del 911 al 612 a. C., y su sucesor, el imperio babilonio entre el 625 y el 539 a. C). Todos estos imperios bebieron de los logros culturales, científicos y tecnológicos de las ciudades estado sumerias, como la escritura cuneiforme. Al mismo tiempo, crearon algo completamente nuevo con la unificación política —y en parte cultural— de las grandes zonas de Oriente Medio que gobernaron durante siglos. Sus dirigentes formaron el club de los «Grandes Reyes» que dominaron la región durante el segundo milenio a. C. (Haywood 2005, 46-9; Mieroop 2009; Bedford 2010, 49).

Los imperios asirio y babilonio de las diferentes épocas cubrieron no solo Irak y Siria, sino también Palestina y algunas zonas de Egipto y Anatolia. En Anatolia, chocaron contra el formidable poder del imperio hitita (entre los siglos XVII y XII a. C.). En 1595 a. C., los hititas invadieron y saquearon babilonia, y pusieron fin al primer imperio babilonio. Babilonia se alzó de nuevo en el siglo VI a. C., hasta la conquista del gobernante persa Ciro el Grande en el 539 a. C. Así nació el imperio persa, «poniendo fin a 400 años de dominio mesopotámico en la historia de Oriente Medio» (Mieroop 2009, 82).

El desarrollo de la civilización egipcia tuvo lugar en paralelo con el crecimiento de Mesopotamia, aunque de manera en apariencia independiente, en torno al 3100 a. C. Pero no fue hasta la llegada del Nuevo Reino (1539-1069 a. C.) cuando Egipto se convirtió en un verdadero imperio, conquistando Nubia en el sur, buena parte de Palestina y Siria en el norte, y extendiéndose hasta Libia por el oeste y hasta el mar Rojo por el este. Los faraones egipcios del Nuevo Reino se otorgaron el título de «rey de reyes», «gobernante de gobernantes» y «señor de todo lo que ilumina el sol». Se ufanaban de que su imperio se extendía «hasta las cuatro columnas del cielo» (Kemp 1978, 10; Morkot 2001, 227; Manley 2009, 30)5.

La expansión de Egipto hacia el norte se vio detenida por los hititas en la gran batalla de Qadesh (1285 a. C.), y tuvo que salir de Nubia en el siglo XI, aunque la «egiptización» había avanzado tanto que la civilización egipcia persistió en la zona en la forma del imperio kushita durante siglos después del Nuevo Reino (Kemp 1978, 33-9; Adams 1984, 59-60; Morkot 2001, 244-51; Haywood 2005, 64-7). El declive del imperio durante la segunda mitad del primer milenio a. C fue lento, pero seguro. Egipto fue ocupado primero por los persas en el año 525 a. C., y luego, de manera más contundente, por Alejandro Magno en el 332 a. C., aunque fue tras la conquista romana, seguida por la derrota de Antonio y Cleopatra en la batalla de Actio, en el 31 a. C., cuando el imperio egipcio se extinguió de manera formal. En sus diferentes formas había durado 2000 años, convirtiéndose en «el primer imperio colonial, y también el más duradero» (Adams 1984, 63).

El imperio persa, el imperio de los aqueménidas (550-330 a. C.), fue el primero de la era axial, el primer «imperio mundial» basado en una «religión mundial», en este caso, el zoroastrismo. Su tamaño fue superior al de todos los imperios anteriores de Oriente Medio, más grande que los de Asia Oriental, y se extendió desde el Mediterráneo hasta el Indo. Abarcó no solo territorios de Persia, Asiria y Babilonia, sino también la Grecia jónica y muchos estados griegos de tierra firme (durante un tiempo, Macedona fue su estado tributario). Para Heródoto, el historiador griego, fue el imperio más grande que el mundo había conocido hasta entonces, y sus límites eran «el mismísimo cielo de Dios, de modo que el sol no brilla sobre ninguna tierra más allá de sus fronteras» (Heródoto 2003, 417). El rey persa era saludado como «rey de los cuatro bordes de la tierra» y «rey de reyes» (shahanshah, en persa actual), título que luego adoptaron múltiples imperios de Eurasia (Kuhr 2001, 105).

La pax Achaemenidica proclamada por Darío I celebraba «el estado universal de paz, don de Dios, garantizado por los reyes y deseado por los súbditos» (Wiesehöfer 2010, 67). La palabra persa data (ley, orden) pasó a todos los idiomas orientales para ilustrar la aceptación de la autoridad de los «Grandes Reyes» persas, una admisión de la benevolencia que se les había conferido. La adopción del arameo como lingua franca del imperio también demuestra la profundidad del impacto del dominio persa: el arameo influyó sobre muchos lenguajes hablados y escritos de Oriente Próximo, como el hebreo, el siríaco y el árabe. La cultura persa gobernante se extendió por todo el imperio y marcó las actitudes y forma de vida de las élites indígenas, que las transmitieron al pueblo. «A ningún habitante del imperio se lo obligó a elegir entre una identidad “imperial” y la “local” [...] pero, al mismo tiempo, se los invitó a considerarse miembros de la entidad más próspera de su época, el imperio persa, y a enorgullecerse de ello» (Wiesehöfer 2010, 89-90; cf. Mann 1986, 240-1).

Parece que fue Heródoto el primero en presentar el influyente concepto del translatio imperii, la transmisión del imperio, por la que los aqueménidas sucedieron a los imperios de los asirios y los medos (en la Biblia, Babilonia sustituye a Asiria) (Wiesehöfer 2003; Llewellyn-Jones 2009, 104). En tiempos helénicos, esto permitió que Alejandro Magno, portador de la civilización helena (griega) en una vasta zona de Eurasia, fuera visto como sucesor del imperio persa. Más tarde, cuando los autores romanos profundizaron en esta tradición, llegó el quinto imperio, el romano (27 a. C.-476) y su continuación, el imperio bizantino, que perduró hasta el 1453. Roma y Bizancio no solo continuaron y extendieron la civilización helénica, transformada en civilización grecorromana: también dieron origen a una religión mundial, el cristianismo, y desempeñaron un papel fundamental en su afianzamiento y propagación.

Más o menos al mismo tiempo, las dinastías Qin y Han formaron el primer imperio chino (221 a. C.-220). Dieron impulso a las filosofías de la era axial y a dos religiones, el confucianismo y el taoísmo, que a su vez fueron responsables del desarrollo del budismo en China. El budismo también tuvo una importancia decisiva para el imperio maurya en India (321-185 a. C.), aunque más adelante el imperio gupta (319-530) lo desplazó para dar primacía al hinduismo como religión dominante6.

Jaspers defendió que los imperios «clásicos», los de la era axial, representaban algo nuevo, algo que los diferenciaba de manera fundamental de los imperios de civilizaciones antiguas. Las civilizaciones antiguas y sus imperios «no parecían haber despertado [...]. Comparados con la humanidad lúcida del periodo axial, un extraño velo parece cubrir la mayor parte de las culturas que lo precedieron, como si el hombre no hubiera llegado aún a su ser» (Jaspers 2010, 6-7). Jaspers hace hincapié en la falta de «movimiento espiritual» en las civilizaciones antiguas. Pese a sus grandes logros, que sin duda pusieron los cimientos para las civilizaciones posteriores de la era axial, no experimentaron ninguna «revolución espiritual» comparable a la de la era axial. Por tanto, pertenecen a la «prehistoria», no a la «historia» que arranca con la era axial. En estas civilizaciones antiguas, «la vida se expresa y se formula en torno a la aceptación indiscutida de las cosas tal como son. Los problemas fundamentales del ser humano se encierran en un saber sagrado de carácter mágico, no se liberan en la inquietud de la búsqueda» (Jaspers 2010, 12, 44, 48).

Hay otros que, en aproximadamente los mismos términos, también consideran que la era axial es una división fundamental entre las civilizaciones antiguas y las clásicas, y los imperios que se fundamentan en estas. Eric Voegein señala que los nuevos «imperios mundiales» de la era axial «llegaron acompañados de una apertura de los horizontes espirituales e intelectuales que elevó la humanidad a un nuevo nivel de conciencia». El nuevo pensamiento no es la causa de la aparición de los imperios mundiales, pero hay una «conexión ontológica», una «conformación relevante» que los une. «Una afinidad de sentido que conecta de manera sutil una creación de imperio que dice representar al ser humano con un florecimiento espiritual que dice representar la humanidad». Hay una «asociación» entre el imperio aqueménida y el zoroastrismo; entre el imperio de Alejandro y el helenismo; entre el imperio maurya de Asoka y el budismo; entre el imperio romano y la misión de difundir la civilización grecorromana primero, y el cristianismo después. Se considera que estas asociaciones distinguen los imperios de los antiguos «imperios cosmológicos» del tipo mesopotámico o egipcio, que solo buscaban integrar a la humanidad en un orden eterno de hombres y dioses, y no exigían que el ser humano estuviera a la altura de las exigencias de un «dios que transciende el mundo» (Voegelin 1962, 171-2, 178; véase también Mann 1986, 341-71; Pollock 2004).

Otra manera de diferenciar los imperios de la era de las «civilizaciones clásicas», las basadas en las filosofías y religiones de la era axial, de los de las «civilizaciones antiguas», es fijarse en la tremenda aceleración e intensificación de los intercambios e interacciones entre imperios que se da en la era clásica (Bentley 1996, 760-3). En este sentido, al igual que en otros muchos, aparece en cabeza el impero aqueménida persa del siglo v. Este vasto imperio conectó oriente con occidente de una manera nunca vista en imperios anteriores. El extenso sistema de carreteras unía sus diferentes partes y permitía una comunicación rápida, incluso un servicio postal, por primera vez en el mundo. Las ideas, las personas y las mercancías se movían con libertad por todo el imperio.

El imperio de Alejandro Magno, sucesor del aqueménida, le debe muchas de sus innovaciones y prácticas, entre ellas el respeto hacia las tradiciones y culturas de las diferentes regiones (Briant 2002, 875-6; Wiesehöfer 2010, 86, 92). El matrimonio de Alejandro con Roxana, una princesa bactriana, así como sus matrimonios posteriores con dos princesas persas y los matrimonios concertados entre sus «compañeros griegos» con otras princesas persas, simbolizaron el cosmopolitismo oriente-occidente que Alejandro quería promover, contra los consejos de Aristóteles, su tutor. El zoroastrismo en el caso de los persas y el helenismo en el de Alejandro fueron sin duda ideologías fundamentales de sus imperios, pero si tuvieron una influencia aún mayor fue porque no se impusieron por la fuerza a los súbditos del imperio, lección que aprendieron muchos imperios posteriores7.

Más adelante, gracias a las «rutas de la seda» tanto terrestres como marítimas, China y Roma pudieron ocupar el mismo espacio en Eurasia, con lo que se incrementó la interacción entre las zonas orientales y occidentales de la zona. También África entró en el cuadro, lo que dio sentido a la emergencia de «afroeurasia». Los imperios eran cada vez menos occidentales («europeos») y orientales («asiáticos»), y más eurasiáticos. (Bang y Kołodziejczyk 2015).

En todos los sentidos, tanto en el incremento de la escala como en la intensidad de la interacción, los imperios de la era axial y posaxial «entraron en la universalidad», como dice Jaspers. Los imperios ya no eran entidades relativamente aisladas, dedicadas a expandir su territorio unos a costa de otros pero sin ideologías universalistas con las que justificar las conquistas. Bill Manley, hablando de Egipto, dice que, con la posible excepción de las relaciones con Nubia, «no había ideología que animara al Nuevo Reino a conquistar tierras más allá del Nilo». Lo único que importaba era el interés político, siempre unido al beneficio económico como subproducto de la anexión territorial. Este beneficio económico se convertía a menudo en el motivo fundamental (Manley 2009, 30). Esto mismo se aplica a casi todos los demás imperios antiguos: el asirio, el babilonio y el hitita. Como mucho, afirmaban traer paz y orden a un mundo caótico y desordenado, restablecer el equilibrio del cosmos y poner en orden sus partes heterogéneas8. Aparte de eso, estos imperios antiguos se consideran con razón «imperios del dominio», cohesionados básicamente por necesidad y sin las ideologías universalistas que hicieron que los imperios clásicos tuvieran un impacto superior y, en términos generales, una existencia más prolongada (Mann 1986, 130-78; Goldstone y Haldon 2010, 24). No hubo nada como la «romanización» que trajo el imperio romano, con élites locales romanizadas, ciudades romanizadas y una cultura romana común extendida por todo el imperio: la «misión civilizadora» de Roma, se podría decir (Kumar 2017, 44-59).

Es obvio que no nos podemos aferrar demasiado a la idea de un «punto de inflexión de la era axial» en la historia de los imperios. Algunos imperios anteriores, en determinadas fases (como Egipto y su «egiptización» de Nubia, o el «imperio neoasirio» de Asurbanipal con la divulgación del culto a Assur) contenían sin duda elementos de una ideología unificadora. En términos más generales, hay que señalar también la difusión del acadio como idioma oficial de toda la zona de Oriente Próximo, dada su utilidad para el comercio y la diplomacia. Hubo elementos de «trascendencia» que situaban los imperios bajo unos estándares más elevados que los del orden y la seguridad, que coexistieron con las ideologías «inmanentes» dominantes que justificaban la posición superior de los reyes y las élites (Adams 1984, 59-60; Mann 1986, 152, 160-1; Bedford 2010, 47-59). Todos los imperios del tipo que sean deben, casi por naturaleza, legitimarse apelando a una idea superior, a una promesa de aportar un beneficio al mundo.

Pero la mayoría de estos imperios antiguos siguieron siendo tributarios, aceptando juramentos de lealtad y cobrando tributos a estados clientes en lugar de incorporarlos a un sistema organizado de administración imperial, o de asimilarlos en la cultura dominante de los dirigentes imperiales. Tampoco sintieron la necesidad de difundir ideas religiosas entre el grueso de la población, sino que se conformaron con restringirlas sobre todo a los grupos dirigentes. La integración de estos era lo único que importaba. Estos imperios no tenían ningún interés proselitista, ni en la difusión de una verdad universal. Eran imperios de conquista, y solo resistieron mientras su poder coercitivo bastó para tener bajo control a las poblaciones sometidas.

Segundo punto de inflexión: el imperialismo europeo

Probablemente no sean necesarias tantas cualificaciones para discutir el segundo gran punto de inflexión en la historia de los imperios, que vino marcado por la aparición de los imperios europeos de ultramar en el siglo XVI. Esto se debe a que, desde muy pronto (al menos en términos relativos), se consideraron un punto de inflexión en la historia del mundo. Surgieron como resultado de los grandes «viajes de descubrimiento» europeos de finales del siglo XV y principios del XVI, y la subsiguiente conquista y colonización del Nuevo Mundo, que fue a su vez un preludio de una expansión aún más amplia del poder europeo.

Como dijo Adam Smith en La riqueza de las naciones: «El descubrimiento de América y la ruta hacia las Indias Orientales por el cabo de Buena Esperanza son los dos hechos más importantes de los que hay constancia en la historia de la humanidad» ([1776] 1910, II, 121). Smith subrayó que el principal resultado de estos viajes fue «unir en cierto modo los puntos más lejanos del mundo», con resultados sobre el comercio y las comunicaciones que consideraba en general «beneficiosos», aunque señaló que los nativos del mundo no europeo eran de otra opinión. Pero no le cabía duda de que, para bien o para mal, estos acontecimientos tuvieron una importancia histórica a nivel mundial.

Karl Marx y Friedrich Engels estuvieron de acuerdo con esta valoración general, aunque apuntaron hacia un resultado de este desarrollo histórico, una revolución socialista, que probablemente Smith no habría aprobado. Para ellos, al igual que para Smith, «el descubrimiento de América y el paso por el cabo» revolucionaron el comercio y la producción. «El mercado chino y el de las Indias Orientales, la colonización de América, el comercio con las colonias, el incremento en los medios de intercambio y en las materias primas en general, dio un impulso desconocido hasta entonces al comercio, la navegación y la industria [...]. La industria moderna ha creado un mercado mundial, para el que abrió el camino el descubrimiento de América» (Marx y Engels [1848] 1977, 222-3). Segun ellos, este cambio «ha desembocado en una nueva fase de desarrollo histórico»; ha producido «por primera vez una historia mundial, en el sentido de que ha hecho que todas las naciones civilizadas y cada uno de sus individuos dependa de esto para la satisfacción de sus necesidades» (Marx y Engels 1963, 52, 57). De hecho, para Marx y Engels, el hecho de que el comercio y la industria fueran cada vez más globales les daba un nuevo carácter, al igual que al mundo en el que se insertaban. El capitalismo, a medida que se desarrollara, sería cada vez más global, y si fuera necesario utilizaría los Estados nación como herramientas, sin someterse a sus restricciones.

Los historiadores actuales del mundo se muestran de acuerdo en términos generales con esta visión del impacto e importancia de las exploraciones y colonización por parte de Europa en los siglos XVI y XVII. C. R. Boxer afirma que «fueron los pioneros portugueses y los conquistadores castellanos de la periferia occidental de la cristiandad los que ataron los lazos, para bien o para mal, entre las ramas separadas de la gran familia humana. Fueron los primeros en crear una conciencia de la humanidad [...] de su unidad esencial» (Boxer 1977, 2). Esto dio a Europa una nueva importancia y un nuevo papel. Durante la Edad Media, Europa sufrió un cierto retraso en comparación con las civilizaciones china, india e islámica; pero, a partir del siglo XVI, fue creciendo en fuerza hasta acabar dominando el planeta. William McNeill, el decano de los historiadores del mundo, puso nombre al periodo que va desde el 1500 hasta su tiempo: «La era del dominio de Occidente». Dice que «el año 1500 simboliza de manera muy apropiada la llegada de la era moderna». Los viajes de Colón, Vasco da Gama y Magallanes, por mencionar solo a los más conocidos, dieron inicio a un proceso que cambió el equilibrio de poder en el mundo. China, Japón y unos pocos lugares más pudieron hacer caso omiso durante un tiempo de «la extraordinaria revolución en las relaciones mundiales» que trajo esto. Pero en el siglo XIV ellos también comprendieron que tenían que llegar a acuerdos con el poder europeo; la alternativa era sucumbir ante él (McNeill 1991: 565-6)9.

Los imperios europeos que surgieron en este periodo fueron a la vez expresión y agente principal de este proceso revolucionario. Fueron diferentes de los imperios «antiguos» del segundo milenio a. C. (Asiria, Babilonia, Egipto) y de los «clásicos» de la era axial (Persia, Macedonia, Roma). Su novedad residía en la construcción de imperios globales, ultramarinos.

Los dos tipos de imperio anteriores eran esencialmente imperios terrestres, aunque ocuparan una zona vasta de tierras en Eurasia, como fue el caso del aqueménida y el alejandrino. Pese a que tuvieran algunos territorios ultramarinos, como el norte de África o las islas británicas, estos eran un «exterior próximo», no muy lejanos de las tierras centrales. Así, lo importante eran los ejércitos, no las armadas, aunque también en este caso Roma fue, al menos en parte, una excepción.

Sin duda hubo en esta era imperios principalmente marítimos. Los más conocidos fueron el imperio ateniense (la «Liga de Delos») y su sucesor, el imperio fenicio, una de cuyas colonias, Cartago, construyó también un imperio marítimo en el Mediterráneo occidental. Pero, si eran imperios, lo eran sin duda en el sentido menos estricto, y su función era sobre todo la de proteger las rutas comerciales y organizarse para una defensa común. Eran muy diferentes de los imperios terrestres del mundo antiguo y de los posteriores imperios ultramarinos de los europeos.

Se ha dudado sobre si es correcto definir como imperio el ateniense10. Atenas tenía «aliados», más que colonias o territorios, y no hizo apenas esfuerzos por establecer nada semejante a una administración imperial. Además, tuvo una vida relativamente corta. La Liga de Delos se fundó en el 478 a. C. como federación de protección mutua de aliados, con Atenas al frente, y se disolvió en el 404 a. C., tras la derrota de Atenas ante la Liga de Esparta durante la guerra del Peloponeso. La segunda «confederación ateniense» del 377 al 338 fue aún más breve (ya en el 358 había dejado de funcionar a efectos prácticos) y aún menos semejante a un imperio, incluso antes de sucumbir ante Filipo de Macedonia en Queronea en el 338 (Griffiths 1978; Blanshard 2009, 145-6).

El imperio fenicio, si imperio se lo puede considerar, era aún en mayor grado que el ateniense una simple asociación de estados en el que Tiro, la madre patria, ejercía un control directo muy somero sobre sus colonias. Tampoco fue mucho más allá Cartago, su principal colonia que, cuando Tiro sucumbió ante los babilonios en el 573, asumió el liderazgo de las colonias fenicias en el Mediterráneo occidental. En el siglo III, Cartago sí construyó un imperio terrestre sustancial en el norte de África, pero su «imperio» ultramarino en los siglos v y IV (las colonias fenicias en Sicilia, Cerdeña, España y Córcega) era más bien una asociación para la protección del comercio a larga distancia, de la que dependía su fortuna. En ese sentido, no cabe duda de que se puede decir que Cartago era hegemónico, pero no tuvo ninguna intención de ejercer nada parecido a un dominio imperial. Las colonias fenicias actuaban a menudo con independencia de Cartago, al que solo acudían en busca de ayuda y liderazgo en caso de conflicto con otras potencias, pero sin buscar ni esperar someterse a su autoridad. Por su parte, Cartago tenía mucho más interés en asegurar sus relaciones comerciales que en ejercer el control político. Solo se convirtió en imperio terrestre en África para compensar los perjuicios de la pérdida de Sicilia y Cerdeña ante Roma en la primera guerra Púnica (264-41), con las consecuencias comerciales que ello conllevó (Whittaker 1978; Haywood 2005; 68; Quinn 2017).

En comparación con estos imperios marítimos, y con la mayoría de los imperios terrestres del mundo antiguo, los imperios europeos de ultramar no solo eran más grandes, sino también mucho más diversos desde el punto de vista étnico y cultural. Los macedonios de Alejandro se quedaron atónitos al ver a los elefantes del rey Poros en el Hidaspes, en el norte de India, en el 326 a. C. Los bactrianos y los sogdianos, junto con los persas y los indios, tuvieron una contribución fundamental para el carácter cosmopolita del imperio (igual que sucedió con el imperio persa que lo precedió y que, en cierto modo, le preparó el camino). Los romanos también se encontraron con culturas «bárbaras» en las tribus celtas que conocieron y conquistaron en Galia y Britania; al incorporar a estos pueblos del Mediterráneo oriental y el norte de África, su imperio alcanzó un buen nivel de diversidad étnica.

Pero también es cierto, y hay que señalarlo en primer lugar, que la mayoría de los pueblos y culturas que absorbieron estos imperios ya habían tenido contacto con los griegos y los romanos; en segundo, que sus características de raza y etnia no eran muy diferentes a las de los pueblos dominantes, los griegos y los romanos. Como veremos más adelante en detalle, esta es una característica común de los imperios terrestres que los diferencia de los imperios ultramarinos.

Ninguno de estos imperios experimentó lo que vivieron los españoles cuando se encontraron con los caribes de las «Indias Occidentales» o con los «indios» de las antiguas civilizaciones de los incas y los aztecas. Eso fue un encuentro con un Nuevo Mundo, con pueblos desconocidos, sin precedentes en la historia del mundo. A los europeos les costó comprender el significado de este encuentro. Tuvieron que descifrar otros idiomas de tipo no eurasiático; nuevas religiones que no tenían nada que ver con las «religiones mundiales» de Eurasia; nuevos pueblos que veían a los europeos alternativamente como dioses y como demonios; nuevas cosechas y nuevos animales que iban a transformar la ecología en muchas zonas del Viejo Mundo. Este fue el «intercambio colombino» (Crosby 1972), y las reflexiones sobre él ocuparon a algunas de las mejores mentes de Europa, desde Montaigne a Shakespeare11.

En términos estrictamente históricos, los pioneros en hacer expediciones armadas y viajes que desembocaron en los primeros imperios europeos de ultramar fueron los portugueses12. La toma de Ceuta, en la costa del norte de África, en 1415 —que se considera parte de la «reconquista» ibérica contra los «moros»— marcó el inicio de la relación portuguesa con África (Beazley 1910). Las exploraciones por la costa de África occidental a mediados del siglo XV