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Susana, una hermosa chica caraqueña, cuya vida se disipa entre la rutina y la falta de color. Raquel, una alocada doctora que busca escapar del dolor que es su día a día. Sus líneas se cruzan por un roce del destino y juntas tendrán que superar muchos obstáculos para poder encontrar el amor y la felicidad que anhelan.
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Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Martín Manrique Andrade
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-253-4
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1 El error
Ese día transcurrió como cualquier otro, visitó a cada uno de sus clientes como lo había hecho cada semana, de cada mes, desde hace más de tres años; tenía esa misma cantidad de tiempo sin tomar vacaciones, lo cual ya agregaba más pesar a su rutina; su trabajo era bueno, ganaba buen dinero y tenía buen ambiente laboral, sus clientes ya la conocían y prácticamente eran sus amigos; solo había dos detalles que no terminaban de encajar, la rutina que ya la volvía loca y que seguía trabajando para otro. Aún con todo aquello llevaba sus actividades con el mayor optimismo, era su trabajo y pagaba las cuentas que era realmente lo más importante.
El día se hizo eterno, cada minuto que pasaba era realmente una agonía, sentía un ardor que no paraba nunca, era como si un fuego se hubiese prendido dentro de ella y no había forma de extinguirlo, estaba distraída, en dos ocasiones olvidó dónde estacionó el auto y mientras caminaba en su búsqueda sentía en la garganta el sabor harinoso del semen del chico, aún notaba su textura pastosa; a su mente venían los recuerdos de aquel momento como si fuesen rayos en una noche sin luna. Podía sentir las manos sobre su cuerpo cuando le presionaban las caderas; el abundante flujo le discurría por los muslos mientras caminaba, el protector diario lo había perdido cuando se vistió apurada en la oscuridad del sótano. Si hubiera querido habría podido exprimir la panty, en dos ocasiones tuvo que ir al baño para secarse porque estaba muy mojada.
Ya frente al volante de su auto, de regreso a casa, pudo hallar algo de privacidad; allí sola, por fin pudo por fin tocarse, en un embotellamiento con cientos de personas a su alrededor; ahí pudo pensar las cosas con mayor claridad. Le molestaba que hubiera sido tan rápido, tan fugaz, tenía muchísimo tiempo que no sentía un orgasmo tan intenso. Además el carajito acabo como un litro, pensó cuando subió las escaleras del aquel lóbrego almacén sentía cómo le temblaban las piernas, pero no quería demostrar debilidad. «Antes muerta que bañada en sangre» era lo que acostumbraban decir las mujeres fuertes.
Bajó la mano por su vientre y sintió la panty húmeda, los labios seguían grandes, gordos, su sexo pedía a gritos algo que lo sofocara, no hicieron falta más que unos cuantos movimientos de sus dedos para llegar al clímax, apretó los muslos uno contra otro como si una oleada de lava derretida brotara de sus adentros, sentía como si fuera a quemarse, con la boca abierta dejó escapar un gemido ahogado que retumbó dentro de los vidrios del vehículo, cerró los ojos y sintió que caía por un precipicio. Con su mano izquierda buscó asirse de algo hasta que consiguió el tapizado del techo que golpeó con un fuerte impacto, por unos segundos perdió el control, casi golpea al auto que estaba frente a ella; el orgasmo no fue tan fuerte como el que había sentido en la mañana pero igual funcionó, al menos logró calmarse... Por ahora.
El sonido de una moto que pasó a su lado le hizo salir con un susto de su pequeño momento de placer y caer en cuenta que alrededor había una ciudad completa que la acompañaba. El vehículo que estaba detrás tocó la corneta para que avanzara, el embotellamiento seguía su paso lento como un gusano hecho de luces blancas y rojas. Fue en ese instante que regresó a la realidad cuando sintió una especie de pequeña vergüenza. ¿Alguien me habrá visto?, ¿alguien me habrá escuchado?, y otro pensamiento vino rápidamente a su mente: Juan.
Llegó a casa antes que él; se sentía sucia, sentía el sudor de todo el día pegado a su piel como una película fibrosa, olía a sexo, a lujuria, de inmediato se dio una ducha para bajar la temperatura de su cuerpo, allí se quedó un rato sintiendo como las pequeñas gotitas de agua le golpeaban la cara; desde que pensó en Juan camino a casa, sintió un remordimiento que cortó de inmediato todas las placenteras sensaciones que había venido experimentando.
Juan, el mejor hombre que había podido encontrar, el mejor esposo que cualquier mujer podría desear, el hombre ideal, un hombre respetuoso, considerado, caballero en todo el sentido de la palabra. Solo había un detalle que su esposo no cumplía, uno solo, por el cual arrojó todo por la borda. Pensar en eso no la hacía sentir una mejor persona, se sentía egoísta, se sentía sola, culpable; el remordimiento se convirtió en dolor, un dolor que comenzó en la boca de su estómago y le subió a la cabeza y cuando llegó se transformó en pena, la pena de inmediato en llanto; un llorar solitario y avergonzado que se confundió rápidamente con la pequeña lluvia que caía sobre ella, lluvia que se transformó en tormenta. Juan no merecía su debilidad, la debilidad de la carne, Juan no merecía su infidelidad.
Absorta en sus tristes pensamientos se encontró frente al espejo, viendo su cara, su mirada era triste y perdida en el vacío, inexpresiva. Como si fuera un robot se vistió, simplemente usó un short de dormir y una pequeña camisa de tela de algodón muy suave y fresca, sus voluminosos senos casi no cabían dentro de la prenda, las areolas de sus pezones traslucían sobre el delgado tejido, eran circulares y grandes, perfectos sería la mejor definición. Aún con la congoja de lo que había venido pensando, trató de llenarse de ánimo, respiró profundo y buscó recomponerse, alejando de sí esos pensamientos negativos, prometiéndose que no volvería a suceder, fue un error, fue debilidad. «De ahora en adelante tendré que ser fuerte», pensó, un tintineo metálico se escuchó en la entrada de su casa.
Juan dejó las llaves en la bandeja junto a la entrada de su puerta, el sonido fue como un gatillo que sacó a Susana de su concentración; a la carrera fue al encuentro con su esposo, venía con las manos ocupadas cargando dos bultos con víveres; enredado entre los paquetes, las llaves y la puerta, cuando su esposa llegó frente a él la saludó con un cariñoso beso en la boca.
—Hola, mi vida —fue lo único que alcanzó a decir. Susana abrió la boca buscando su lengua, el sorprendido marido respondió de la forma que cualquier hombre lo habría hecho ante tal demostración de afecto. Ella lo rodeó con sus brazos mientras él dejaba caer al piso la comida para sostenerla por las nalgas, se las presionaba como si no hubiera un mañana, el apretón llegó a dolerle pero no se detuvo.
La ansiosa mujer jaló por la corbata al sumiso hombre hasta el sofá de la sala, quien sin emitir sonido alguno se dejó ahogar en la marea de la pasión. Susana empujó con violencia a su marido contra el espaldar del mueble para luego subirse sobre él y quitarle la camisa mientras lo devoraba a besos. Era una mujer con anchas caderas y enormes glúteos, así mismo tenía las piernas gruesas, su esposo sentado sobre el mueble le apretaba las carnes que rodean la cintura sin compasión, cuando le pasó las manos por la espalda ella arqueó la cabeza hacia atrás despejando su elegante cuello, él le pasó la lengua alrededor de toda su mandíbula hasta llegar a la oreja, haciendo succión y jalando con delicadeza el cabello de su nuca, ella emitió un gutural gemido que agregó más leña a aquella fogata que tenía tiempo ardiendo.
En esa comunicación gestual que solo los amantes tienen, ella levantó los brazos para que su pareja le sacara la camisa que ya para ese entonces estorbaba; la prenda voló por los aires a caer quién sabe dónde; sus pechos quedaron al descubierto, ella sentada con las piernas abiertas sobre él, lo miró con malicia desde arriba sonriendo, viendo y sintiendo a la vez como el desaforado esposo se perdía en la inmensidad que se mostraba frente a él. Susana enarcó hacia adelante la cintura dejando a Juan entretenido entre sus mamas. Ella con ambas manos tomó su cabeza cruzando los dedos en su cabello.
La airada mujer se levantó de un salto para liberarse de susshorts, mientras él hacía lo mismo con toda su ropa, los pies se le enredaron con los calcetines y cayó sentado en el mueble, la divertida situación provocó risas entre ambos espectadores. Cuando Juan se hubo desvestido por completo, ella lo miró de arriba a abajo con una ansiedad primitiva, pensando qué parte de su cuerpo mordería primero; hizo lo que cualquier mujer hambrienta de placer hubiera hecho, se fue directo hacia su miembro. Miembro que desde hacía rato estaba más que dispuesto para la acción; ella lo deseaba con ansias carnívoras, lo necesitaba, lo quería, lo saboreaba, sentía en la lengua lo salado de su semen diluido, lo engullía con desesperación, por su mente pasaron como flashes escenas de su furtivo encuentro matutino, apretó los ojos y se dedicó con más ahínco a darle placer a su esposo quien con suavidad le pasaba las manos por la cabeza.
Los recuerdos no cesaron, por más que hizo el esfuerzo no pudo apartarlo de su mente; en su hambrienta dedicación, de pronto no pudo soportarlo más y se retiró moviendo la cabeza hacia un lado, se vio invadida por un sentimiento de vergüenza y rabia la vez, sentimiento que transformó en impulso, con fuerza se levantó hacia la boca de su complacido esposo. El repentino alzamiento tomó por sorpresa a Juan quien no se esperaba esa violenta reacción de su pareja; él tenía la cabeza girada hacia abajo con los ojos cerrados, ella ascendió sin fijarse hacia arriba buscando sus labios para besarlo, la falta de coordinación entre ambos amantes llevó a un fuerte choque entre ellos. El labio superior de ella golpeó con fuerza los dientes de él; el golpe resonó en toda la estancia, ella por un segundo se llevó las manos a la boca como reacción natural al encontronazo, él abrió los ojos ante la sorpresa y la vio con las manos cubriendo la mitad de su rostro, de inmediato su expresión fue de preocupación.
—¿Estás bien, amor? —preguntó con alarma; el dolor que sentía ella en los labios era como una picada de abeja que aumentaba con cada latir del corazón y tenía el corazón muy acelerado.
Las ganas que tenía de ser penetrada eran más fuertes que cualquier dolor que pudiera haber sentido en aquel momento, por lo que sin mediar palabras se lanzó de nuevo hacia la boca de su pareja, el beso fue fogoso, al principio su esposo no reaccionó, tenía el sabor a hierro que caracteriza a la sangre, al ver que ella no demostraba ningún remordimiento se unió de nuevo al encuentro. Esta sanguinolenta sensación le imprimió a la pareja de vampiros un nuevo impulso; la enajenada mujer lo besaba jalando el cabello de su cabeza con una mano mientras con la otra no dejaba de masturbarlo, se apartó un segundo para colocar sus manos sobre el espaldar del sofá, con las rodillas flexionadas y un arqueo en la espalda que con claridad mostraba sus intenciones. La comunicación entre amantes había funcionado de nuevo, Juan se agacho detrás de su mujer e hizo con la lengua lo que ella esperaba, con ansiedad pasó la lengua por todo su sexo, sintiendo el calor de sus jugos vaginales que inundaban todo el perímetro, subía y bajaba sin parar, abajo hasta donde le llegaba la cabeza y arriba hasta donde terminaba su espalda, justo donde le nacían los dos hoyitos lumbares.
Juan trabajó arduamente hasta que los flujos vaginales de su esposa le chorreaban por los muslos y llegaran hasta sus rodillas, ella en un momento se volteó y lo miró a los ojos para indicarle con la mirada que ya era suficiente, necesitaba sentirlo dentro. Él de inmediato se levantó del piso e hizo lo que con la mirada se le pidió, una vez que estuvo todo dentro de ella, ambos soltaron casi a coro un gemido de placer. Ella giró de nuevo la cabeza, la negra cabellera se movió como un abanico
—¡Dame duro, Juan! —fue lo único que llegó a decir.
—¡Duro! —enfatizó. El excitado esposo aceleró la marcha como si quisiera partir a su esposa en dos partes, ella aceptó tal frenesí con otro gemido mientras flexionaba su cabeza hacia atrás en señal de aprobación. Él con la mano derecha la tomaba por el hombro haciendo presión hacia adentro mientras con la izquierda le presionaba la carne de la cintura, en un momento él la jaló hacia atrás haciendo que su oído alcanzará llegar hasta su boca; escuchaba la respiración de su esposo, el esfuerzo que estaba haciendo, sentía el calor que expedía, le pasó la lengua por la oreja; volvió a bajarle la cabeza y continuó lamiendo toda su espalda sintiendo el rastro de sal que dejaba su sudor.
Ella con la cabeza hacia abajo sentía cómo las gotas de sudor le corrían por los cachetes y caían sobre el mueble, tenía el cabello pegado a la cara por la humedad, estaba respirando por la boca, la sangre manaba de su herida mezclándose con su saliva, vio como las gotas rojas disueltas con su sudor dejaban marcas rosadas por todo el mueble.
Esta visión desencadenó una corriente eléctrica que nació en la parte posterior de su cabeza y bajó por toda la espalda, sintió un temblor que sacudió todo su cuerpo, cerró fuertemente sus ojos y soltó un gemido tembloroso tan largo que al terminar tuvo que tomaruna gran bocanada de oxígeno para recuperar el aliento. «Este orgasmo estuvo más divino que el de esta mañana», este pensamiento arrastró consigo recuerdos que habría querido borrar, «borrarlos es imposible, debo aprender a vivir con ellos, ya metí la pata», pensó. El momento de disfrute se tornó en una fracción de segundos en un amargo recordatorio de lo que había pasado más temprano. «Si esto hubiera ocurrido anoche, en la mañana no habría pasado nada», las lágrimas se agolparon frente a sus párpados y lloró. Los sentimientos encontrados hicieron eco en su cabeza y rápidamente con el dorso de la mano secó las lágrimas de sus mejillas, aunque con lo mojada que tenía la cara de sudor, poco se habría notado si fuese el caso.
Juan no pudo darse cuenta de lo que pasaba en esos momentos, por el rostro de su mujer ya que lo único que veía de ella era su espalda, la tenía tomada hábilmente por la cintura, sus dedos pulgares se acoplaban perfectamente a los dos hoyuelos que tenía en la parte baja de la cadera. Juan sintió un torrente sin control que solamente tenía una salida posible, poco a poco detuvo la embestida contra Susana levantando la cabeza y presionando con las manos la cintura, ella sabía ya que venía a continuación, cuando él empezó a bajar la velocidad, ella con movimientos de cintura empezó a empujar hacia atrás haciendo presión contra él, de esa forma y con un unísonogemido pusieron fin al arrebato de lujuria que los poseyó.
Se separó de ella y se sentó en el piso secándose la frente con lamano, el sudor le corría por el pecho libremente, intentó controlar su respiración inhalando por la nariz y exhalando por la boca, mientras su mujer se tendía de medio lado sobre el manchado mueble.
—Creo que nunca lo habíamos hecho aquí —dijo ella sonriendo con complicidad, él solo se sonrió y le tomó de la mano entrecruzando los dedos.
—Ufff, estoy exhausta, deberíamos hacerlo así más seguido. —Sus palabras sonaban trémulas, un extraño nerviosismo se fue apoderando de ella mientras se enrollaba el cabello con las manos para que le pegara un poco de aire sobre el cuello, sentía las manos temblar; la culpabilidad que sentía hacía que de todas formas forzara una especie de conversación post sexo con su pareja, sonriendo le buscaba la mirada a su esposo en búsqueda de un signo de aprobación.
—¿Cómo estás del golpe en la boca? —preguntó él, mientras le apretaba la mano con delicadeza acercándose a ver su labio inflamado y sangrante. Ella abrió la boca levantando la cabeza para que pudiera ver mejor, este interés de alguna forma fungió como bálsamo a la vergüenza que sentía.
—Susan, yo creo que eso necesita puntos, deberías ir al médico mañana —. Ella asintió con ojos de tristeza imitando el sonido de un cachorrito llorando. Él rio y le besó la frente, una vez hubo recuperado sus fuerzas la soltó y se fue caminando hacia el cuarto. Susana se quedó acostada en el mueble viendo el techo pensativa, mientras escuchaba la ducha abrirse.
—Ya deja de pensar tanto estúpida —dijo en voz alta y se recriminó a sí misma, se levantó y fue hacia la cocina a beber un vaso de agua, apenas rozó el labio sintió un pinchazo de dolor que la hizo apretar los ojos; de haber sabido que esa era la última vez que hacía el amor con su esposo, seguramente hubiera hecho todo lo posible para que durara más tiempo.
2 La mirada
Había olvidado por completo lo que dolía una sutura, la última vez que había tenido un dolor similar fue cuando le hicieron la cirugía de aumento de busto y en ese momento dolió mucho más, muchísimo más. En ese entonces 450cc habían parecido una exageración, pero realmente no se arrepentía para nada de aquella decisión. «Son hermosas, grandes y hermosas», pensaba cada vez que se las veía al espejo. También le costaron una buena cantidad de dinero, pero igualmente fue una de las mejores elecciones que había hecho, «siempre tomo la mejor elección», se preciaba sobre ella misma.
De anoche no recordaba cómo había llegado a su cuarto, solo recordó haber encontrado a Juan ya en la cama durmiendo volteado hacia su lado, cuando se sentó en la cama de espaldas a su esposo a su memoria vino el largo rato que pasó en el baño sintiendo arrepentimiento, rabia, y dolor. Esa mañana se despertó sobresaltada, era tarde, en su almohada había dejado una mancha roja circular, allí donde había estado su cabeza; al levantarse se dio cuenta que ya su esposo no estaba a su lado. Ni sabía dónde había quedado el móvil y no escuchó el despertador, cuando se miró al espejo se dio cuenta de que realmente necesitaría ir al doctor para que le vieran la herida en el labio; al salir a la sala se dio cuenta que todo estaba recogido, no quedaba ningún rastro de la batalla que allí se había librado.
Camino a la clínica sentía el cuerpo dolorido, tenía magulladuras en las piernas, algunos hematomas aquí y allá; una raspadura en la rodilla derecha rodeado por una mancha roja y aparte el golpe de la boca, cualquiera que la viera pensaría que había peleado a manos contra alguien; sentada en su auto sentía como le dolía la ingle. Juan no había tenido piedad: «no me quejo, de verdad no me quejo», ese era el tipo de acción que necesitaba en su relación, no todos los días pero sí más a menudo. Le dolían las piernas al caminar, le dolía la ingle al sentarse, aun le dolía un poco el alma, prefirió hacer la espera en la clínica de pie mientras llenaba la planilla de ingreso, varias veces le ofrecieron la silla algunos de los caballeros presentes, ella cortésmente se negó en todas las ocasiones. Algunas personas le observaban con mirada curiosa, tenía la cortada en el labio además de la inflamación generada por la trompada. Al llegar su turno la hicieron pasar a un cubículo más privado, estaba separado de los demás por una cortina, así se dividían todos en la sala de emergencias; le tocó esperar sentada sobre la camilla, se sentía incómoda apoyada sobre una sola nalga.
Allí en espera le escribió a Juan para decirle lo que estaba ocurriendo, que había tenido razón al pensar que la herida necesitaría puntos de sutura; de inmediato respondió «ya voy para allá y no le hagas al doctor como perrito llorando». Ella se rio mirando la pantalla y justo en ese instante entró la doctora que la atendería. Al ver a la paciente riendo solaen el cubículo, comentó:
—Mi abuela siempre decía que quien se ríe solo de su picardía se acuerda, JA, JA, JA. —Rio fuertemente, la carcajada era sonora, amplia, bonita.
Era una mujer pequeña, joven, no debía tener muchos años de graduada, cabello amarillo como la estela de un cometa, lo tenía recogido con una cola de caballo, su piel era blanca, bronceada, de seguro por una cercana visita a la playa, anteojos negros de pasta, un rostro de rasgos finos salpicado por unas cuantas pecas, irradiaba una energía que parecía un campo gravitacional a su alrededor. Todas las personas presentes en la sala de emergencias tenían que ver con ella, con todos bromeaba, con todos reía, la risa le hacía huequitos en los cachetes, todo el tiempo, llamaba mucho la atención, su indumentaria no era nada fuera de lo común para un médico, bata blanca sobre un traje verde aguamarina, zapatos deportivos y un detalle que Susana no pudo dejar pasar por alto, una llamativa muñequera de púas.
—¿Susana Álvarez? —preguntó la galena con la mirada fija en la carpeta.
—Presente —respondió Susana, la doctora levantó la mirada y la vio por sobre los anteojos, sonrió y continuó leyendo.
—¿A ver, a ver, a ver,qué tenemos por aquí? Laceración del labio superior —decía en la planilla.
—Muéstrame la cortada, por favor. —Susana echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta para que la doctora pudiera ver mejor.
—Sí, amiga, esto serán dos o tres pequeños puntitos de sutura, por cierto, Raquel Musso, para servirte, seré tu doctora de hoy —dijo con una amplia sonrisa de esas que no ocultan secretos.
—Cuéntame algo, ¿cómo fue ese golpe? —le preguntó, en parte para relajar el ambiente mientras ordenaba de forma metódica todos los implementos que utilizaría en la cirugía; Susana dudó por un segundo si contar con detalle los hechos, no lo vio necesario y respondió.
—Le di un beso muy apasionado a mi esposo —la doctora impresionada abrió los ojos como dos platos y dijo alzando la voz.
—¿¡Un beso!? ¡Dios mío, pero qué apasionado! —exclamó con indiscreción, ambas mujeres rieron con picardía.
Raquel trabajaba delicadamente en el labio de Susana, quien reposaba acostada sobre la camilla, hacía su labor con esmero y dedicación.
—Tranquila, amiga, que no te va a quedar ninguna cicatriz, esto está quedandobellissimo—mientras suturaba no paraba de hablar, contaba historias, anécdotas jocosas que hacían que Susana en ocasiones se moviera un poco de la risa.
—Amiga, quédate quieta, JA, JA, JA. —Reía diciéndole, en un momento cuando trabajaba, una enfermera se asomó al cubículo con más actitud chismosa que con alguna información de valor.
—Doctora, el ramo de orquídeas que le llegó hoy es impresionante, ¿cuándo nos va a decir quién es su enamorado secreto?
—Dejen el chisme, eso no trae nada bueno, no es ningún enamorado, es un fastidioso, si lo quieres te lo puedes llevar —respondió la doctora con voz de hastío, la enfermera se retiró risueña.
La doctora estaba doblada hacia adelante mientras realizaba su tarea, con mascarilla y guantecitos negros que hacían juego con la muñequera de púas, estando tan cerca podía ver sus largas pestañas; en un movimiento repentino que hizo, Susana pudo ver debajo de su camisa el brassier que guardaba unos pechos redondos de tamaño promedio, lo que más le causo curiosidad fue una figura de líneas rectas con muchos colores que bajaba desde la mitad de sus senos hasta el ombligo; al ver aquello sintió como un pequeño aleteo muy sublime que dio inicio en su estómago y terminó en la nuca, además de un pequeño escalofrío que la hizo temblar rápidamente, el ritmo cardíaco se aceleró y de inmediato las orejas se le pusieron rojas y calientes, el parloteo cesó quedando todo en un notorio silencio.
Susana había tenido esa sensación antes, pero no con otra mujer, esto despertó en ella una extraña curiosidad y sorpresa a la vez; la paciente sacó la mirada de dentro de la camisa de su operante para encontrarse con la sorpresa de que ya la estaban viendo fijamente los ojos de Raquel. Susana avergonzada evadió la mirada con nerviosismo. Si hay algo que ni siquiera una mascarilla puede ocultar es una sonrisa; Susana se dio cuenta de cómo las mejillas presionaron haciendo los ojos más pequeños, símbolo inequívoco de que algo le causaba gracia. Raquel siguió con su monólogo rompiendo el silencio del momento; ya estaba por terminar su misión cuando una mano masculina corrió un poco la cortina para ver hacia dentro del cubículo, era Juan que llegaba al rescate de su damisela en apuros.
—Hola, amor —dijo el esposo, ella solo pudo responder con un tierno guiño de sus dos ojos, Raquel al ver aquel gesto de complicidad, dijo sin discreción:
—¿Usted debe ser el causante de semejante trompada? —Juan perplejo respondió tartamudeando.
—¿Yo? No… Yo no quise… No. —Ambas mujeres se rieron al unísono por lo que al asombrado rescatador no le quedó más remedio que unirse a ellas.
Terminada la cirugía, la doctora recogía los implementos mientras le iba dando a la silenciosa pareja instrucciones de cómo tratar la herida cuando volviera a su casa y así evitar que quedara cicatriz, de igual forma le preguntó si era alérgica a algún medicamento, Susana negó moviendo la cabeza y luego le prescribió analgésicos, desinflamatorios y antibióticos que requeriría para evitar alguna infección o dolor posterior a la anestesia. Raquel se buscó en el bolsillo de la camisa y saco una tarjeta que le ofreció a Susana.
Aquí está mi número personal, puedes usarlo a cualquier hora si sientes algún malestar o molestia. Cuando le tendió la tarjeta, de una manera discreta con el dedo índice le rozó suavemente el reverso de la mano, Susana sintió un corrientazo que subió por su espalda y le erizó los vellos de la nuca, la miró a los ojos y en esta ocasión a quien delataron las coloradas orejas fue a la traviesa doctora.
Esa noche para cenar Juan le hizo una crema de papas y antes de ir a su casa le compró compotas para bebé; Susana comió sentada en el sofá, de pronto recordó las gotas de sangre que habían caído en el tapizado la noche anterior y se movió para mirar con detalle; allí estaban las manchas, como prueba silenciosa de la contienda, busco en el bolsillo de su jean y saco la tarjeta de la doctora, la observó pensativa, la sola idea era turbadora y excitante a la vez, sonrió, se levantó del mueble, giró el cojín con las manchas hacia abajo y se fue a su cuarto a dormir.
Todas las noches sucedía lo mismo, ya hacía cuatro días que había ido a la clínica, cuando estaba sola con sus pensamientos se quedaba viendo la tarjeta con el teléfono en la otra mano, no se decidía a hacerlo, «es una simple llamada, ¿por qué me inquieta tanto?», se preguntaba a cada momento. Se decidió y marcó el número, de inmediato trancó como una niña a quien sorprenden haciendo algo indebido, lanzó el teléfono hacia un lado sobre el mueble; volteó el cuerpo y se recostó sobre los brazos en el espaldar del sofá, con la mente en blanco se quedó viendo por la ventana la oscuridad de la noche, de fondo se escuchaban solo los grillos y el sonido del TV en la habitación, Juan veía seguramente algún canal de deportes.
Un sonido sorpresivo la sacó de su letargo, asustada y sorprendida miró el teléfono, volvió a sonar, lo agarró y vio la pantalla, era un número desconocido, respondió y escuchó del otro lado una voz conocida que decía.
—Buenas noches, tengo una llamada perdida de ese número, ¿con quién hablo? —Al verse descubierta a Susana no le quedó más remedio que responder, lamentándose para sus adentros por haber marcado.
—Sí, buenas noches, ¿doctora Raquel? Le habla Susana Álvarez, estuve hace cuatro días en la clínica con una herida en el labio, usted me asistió —la voz sonaba insegura, en el fondo se escuchaba la algarabía de personas, música, vasos de vidrio que chocaban, sintió vergüenza.
—Sí, claro que me acuerdo —respondió Raquel alzando la voz.
—¿Todo en orden, algún problema con los medicamentos? —Susana sin saber qué responder ni por qué había llamado, contestó:
—Sí, doctora, todo está perfecto —se escuchó de fondo una voz femenina que la llamaba.
—Ya voy que estoy hablando con una amiga —dijo la doctora a la otra persona.
—Me alegra escucharlo —prosiguió—. Pasa mañana por el consultorio y te reviso la sutura a ver cómo va, ¿te parece?
—Sí, perfecto —respondió Susana.
—Además quería hacerle una pregunta, pero puede esperar hasta mañana.
—¡Perfecto! —dijo alegremente la galena—. Entonces tenemos una cita, la dirección está en la tarjeta, te dejo antes que me maten en la tarima, JA, JA, JA, te espero, Byeee. —Susana colgó la llamada, se quedó pensando, qué doctora tan loca, y sonriendo se fue hacia su habitación.
Fue una noche muy inquieta, cuando se acostó, Juan estuvo absorto en su partido de Baseball, lo único que le pidió fue que le bajara un poco al volumen del TV, cosa que hizo de inmediato; Susana de verdad algo que no entendía es cómo Juan no le ponía atención, estaba acostada a su lado con solo una diminuta pijama puesta, sus senos se desbordaban por los lados de la camisa y el short le quedaba ajustado, era corto y resaltaba su cadera, cualquier otro hombre se habría lanzado sobre ella sin pensarlo dos veces.
Recordaba cuando vivía en el barrio siendo apenas una adolescente ya se empezaban a marcar las curvas bajo la ropa, el trasero le creció, las piernas se engrosaron, siempre había tenido la cintura pequeña, lo único con lo que Dios no la dotó fue con los senos, cosa que ella resolvió años más adelante. Ya a esa edad los hombres la miraban con ojos lascivos, la desvestían con la mirada y bueno, de comentarios dizque piropos tenía una lista. Ya siendo joven era admirada por todos los varones a su alrededor; en la playa su cuerpo generoso era el centro de las miradas, tanto masculinas como femeninas, ya estaba acostumbrada; pero el esposo que había escogido y que estaba a su lado, ni la determinaba. Ese pensamiento le llenaba la cabeza de ideas extrañas y amargas, le daba rabia, la frustraba, se sentía vacía, quería ser alguien más para su marido, alguien más allá de la mujer a quien cuidar y proteger, quería ser su hembra; en algún momento de su oscuro pensar se quedó dormida.
Esa noche no durmió bien, sentía que se movía mucho en la cama, soñó con el momento del almacén, sintió de nuevo como el hijo del portugués la embestía sin piedad, en la misma posición de espaldas a él, solo que en esta ocasión tenía las manos amarradas y por más que intentó soltarse no podía, más bien se hacía daño en las muñecas, lo disfrutó mucho hasta que el chico hubo terminado, el chico cesó su movimiento y eyaculó sobre su espalda, sintió las gotas de líquido caliente como caían esparcidas sobre su piel, el chico se fue caminando hasta que desapareció tras una nube oscura que los envolvía.
Quiso liberarse de las ataduras que la aprisionaban para poder abrazarlo y no lo consiguió, pronto sintió que otro hombre la poseía, era el mismo movimiento repetitivo y sistemático de la primera vez, en esta ocasión fue Juan el que disfrutó de ella, aunque esta vez no podía girar el cuerpo ni la cabeza para mirarlo directamente, no lo pudo ver en ningún momento pero de alguna extraña forma estaba segura de que era él, hizo todo el esfuerzo para girar y verlo pero no lo consiguió. Cuando Juan acabó de usarla, vertió su néctar seminal dentro de ella, lo sentía dentro de su útero como si fuera cera caliente, fue tanta la cantidad que empezó a chorrearle por las piernas hacia abajo, sentía cómo la quemaba pero nada podía hacer, el líquido le llegó a los tobillos, sentía sus piernas arder. Cuando Juan se retiraba hacia la nube oscura Susana quiso llamarlo pero no le salía la voz, intentó gritar y no salía ningún sonido, era realmente desesperante, se quedó allí, atada y angustiada por todo lo que estaba pasando. De pronto en medio de todo este drama y oscuridad una luz amarilla la encandiló, delante de la luz distinguió la sombra de una silueta humana que se acercaba caminando, dentro del sueño pensaba: ¿hasta cuándo durará esta tortura? El resplandor no le permitía distinguir quién era, solo podía entrecerrar los ojos para protegerse del brillo. La forma tenía andar femenino, llegó de frente y con suavidad le desató los nudos que presionaban sus muñecas, la frotó con delicadeza sobre la piel para eliminar los calambres, sus manos eran curativas, aliviantes.
Susana se cubría los ojos con la mano para poder descifrar bien quién o qué era lo que la ayudaba, la figura la tomó por la mano y la guio para que recostara su espalda contra el piso, Susana no sabía la razón pero le hizo caso sin objetar, a medida que la silueta se fue acercando más sobre ella, el resplandor fue desapareciendo permitiéndole ver claramente quién era; la atrajo con sus brazos y cuando ya estuvo a punto de besarla en los labios se despertó con un brusco impulso hacia adelante que casi la hizo caerse de la cama.
