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Como usted y yo, se calcula que un 45 por ciento de la población mundial, unos 2600 millones de personas, es hablante nativo de alguna lengua indoeuropea. Da vértigo pensar que, tras estas cifras apabullantes, en su raíz más profunda, estuvieron la lengua, los mitos y los genes de una antigua población prehistórica. ¿Cómo un puñado de gentes, hace milenios, pudo crear esta enorme familia de lenguas y pueblos? Y ¿dónde habitaron, cuál fue la cuna de los indoeuropeos? Cuestiones que, durante dos siglos, generaciones de lingüistas, arqueólogos, historiadores, antropólogos y, ahora también, genetistas llevan tratando de resolver. Entre ellos, y de manera sobresaliente, J. P. Mallory, catedrático emérito de Arqueología Prehistórica de la Queen's University (Belfast), que plasma en Indoeuropeos. La revolución científica que está reescribiendo su historia sus cincuenta años de investigación. Mallory explora las antiguas migraciones, desentraña la madeja lingüística, bucea en la arqueología y añade los últimos y fecundos datos de la investigación genética para presentar, con ingenio y brío, sus argumentos en la espinosa cuestión del hogar de los primitivos indoeuropeos. Una cuestión que, lejos de ser un inocente pasatiempo científico, ha estado cargada de peligrosas manipulaciones políticas, como fue en el caso de los nazis. En este apasionante libro se persigue, con minuciosidad detectivesca, el rastro lingüístico que nos une a los indoeuropeos, se analizan y comparan idiomas vivos y muertos (sánscrito, griego, latín…), se explora y cuestiona el encaje entre cultura material y lengua a partir de la evidencia arqueológica y, finalmente, se aportan a este enigma las investigaciones en paleogenética más avanzadas. Una obra ya de referencia, la perspectiva más autorizada acerca de una de las grandes incógnitas de la historia de la humanidad: el origen y la lengua de los indoeuropeos, que no dejan de ser, milenios después, nuestro origen y nuestra lengua.
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Seitenzahl: 787
Veröffentlichungsjahr: 2025
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J. P. MALLORY es catedrático emérito de Arqueología Prehistórica en la Queen’s University de Belfast y miembro de la Real Academia Irlandesa. Es un experto mundial en la interconexión de la arqueología y la lingüística y es autor de In Search of the Indo-Europeans y The Oxford Introduction to Proto-Indo-European and the Proto-Indo-European World. Ha publicado numerosas obras, entre ellas el aclamado The Origins of the Irish.
«Un libro brillante en todos los aspectos». Barry Cunliffe En la actualidad, se calcula que el número de hablantes nativos de lenguas indoeuropeas en todo el mundo supera los 2.600 millones de personas, lo que equivale al 45% de la población mundial. 2.600 millones de personas, es decir, el 45% de la población mundial. Sin embargo, la idea de que una antigua población prehistórica diera origen en una época y un lugar a una familia de lenguas tan numerosa tiene un pasado largo y turbulento. En esta amplia investigación que abarca miles de años de historia de la humanidad y se basa en más de cincuenta años de investigación, J. P. Mallory navega por la compleja historia de nuestra búsqueda de la patria indoeuropea, ofreciendo nuevas perspectivas sobre los argumentos y las investigaciones que rodean su origen.
Mallory explora las antiguas migraciones, la lingüística y la arqueología a través del tiempo, las culturas y los países, aplicando una investigación genética vital y de vanguardia para desentrañar los argumentos clave en el centro del debate. Aborda cómo se ha considerado la controvertida idea de una patria única y compartida a lo largo del último siglo y reconsidera cómo, en el caso de los nazis y los movimientos nacionalistas más recientes, se han manipulado para obtener ventajas políticas y efectos nefastos. Esta cuestión vital adquiere un nuevo enfoque cuando se aborda junto a investigaciones revolucionarias que abarcan la genética, la lingüística y la arqueología.
En definitiva, Mallory ofrece la respuesta más concluyente a la controvertida pregunta de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí.
Indoeuropeos
Mallory, J. P.
Indoeuropeos / Mallory, J. P. [traducción de Diego Suárez Martínez].
Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2025 – 456 p., 23,5 cm – (Otros títulos) – 1.ª ed.
D. L: M-15929-2025
ISBN: 978-84-129846-8-2
94(3)
81:572
INDOEUROPEOS
La revolución científica que está reescribiendo su historia
J. P. Mallory
Título original: The Indo-Europeans Rediscovered
ISBN: 978-0-500-02863-6
Published by arrangement with Thames & Hudson Ltd, London,
The Indo-Europeans Rediscovered © 2025 J. P. Mallory
Publicado según el acuerdo con Thames & Hudson Ltd, Londres,
The Indo-Europeans Rediscovered © 2025 J. P. Mallory
© de esta edición:
Indoeuropeos
Desperta Ferro Ediciones SLNE
Paseo del Prado, 12 - 1.º derecha
28014 Madrid
www.despertaferro-ediciones.com
ISBN: 978-84-129847-2-9
D.L.: M-15929-2025
Traducción: Diego Suárez Martínez
Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández
Coordinación editorial: Mónica Santos del Hierro
Primera edición: septiembre 2025
Ilustraciones de las págs. VI y 418: Sellos de piedra que representan animales de la civilización del valle del Indo en Mohenjo-Daro, ca. 2300 a. C. Bridgeman Images.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados © 2025 Desperta Ferro Ediciones. Queda expresamente prohibida la reproducción, adaptación o modificación total y/o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento ya sea físico o digital, sin autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo sanciones establecidas en las leyes.
Impreso por: Anzos
Impreso y encuadernado en España – Printed and bound in Spain
Para Niamh y Áine
Cubierta
Autor
Resumen
Título
Créditos
Índice
Prefacio
Parte I - La preparación del escenario
1
Descubrir la familia lingüística más grande del mundo
2
Breve historia del rastreo de la cuna y la naturaleza de nuestra presa
Parte II - Las técnicas fundamentales del rastreo de la cuna
3
Aplicar las lecciones de la historia
4
Lenguas, mapas y geografía
5
La toponimia y la hidronimia: ¿nuestra evidencia lingüística más antigua?
6
Localizar a los primeros vecinos de los indoeuropeos
7
Paleolingüística: las pistas geográficas en el vocabulario indoeuropeo
8
Antropología cultural: historias del origen e historia cultural
9
Arqueología: analizar las culturas arqueológicas como teorías lingüísticas
10
El color del pelo, cráneos y el surgimiento de la genética moderna
Parte III - El nuevo camino que seguir
11
Cambio en las reglas del juego
12
Paisajes genéticos y teorías del lugar de origen
13
El modelo de la cuna anatolia
14
El modelo de la cuna caucásica
15
El modelo de la estepa
16
Reflexión final: las soluciones al lugar de origen y las expansiones indoeuropeas posteriores
Glosario
Apéndice
Bibliografía
Créditos de las ilustraciones
Cubierta
Índice
Comenzar
Rastrear a los escurridizos indoeuropeos ha sido uno de los deportes favoritos de arqueólogos y filólogos desde los tiempos de los hermanos Grimm y, seguramente, parte de su capacidad para narrar cuentos de hadas fascinantes también ha permeado en dichos sucesores filológicos y arqueológicos.
R. W. Hutchinson, 1950
Más de tres mil millones de personas, aproximadamente la mitad de la población de la Tierra, habla lenguas surgidas a partir de una única raíz común conocida como protoindoeuropeo, que dio lugar a una familia de cientos de lenguas diferentes. Podemos apreciar mejor esto en una escala humana con el siguiente dato: por increíble que parezca, la gente en Islandia, Irlanda, Inglaterra, España, Noruega, Alemania, Lituania, Italia, Grecia, Ucrania, Irán y la India conversan en lenguas que hace unos 5000 años eran una única lengua común. O podemos pensar que la lengua que hablan con su acento particular un vaquero texano o un cockney londinense está emparentada con las lenguas que encontramos en Beowulf, en las sagas vikingas, en las novelas de Tolstói, en los discursos de Cicerón, en los diálogos de Platón, en los himnos del profeta Zaratustra, en el Rig Veda de la India o en los textos sagrados de los antiguos hititas. Ya en la Antigüedad, la familia lingüística indoeuropea se extendía desde las costas más occidentales del Atlántico hasta las áridas fronteras de China y el golfo de Bengala. Dónde surgió esta familia y cómo se expandió son preguntas que han agitado la curiosidad humana desde el Génesis hasta los números más recientes de nuestras revistas científicas de mayor impacto y han llamado la atención de cientos de investigadores de diferentes disciplinas científicas. Pero, a pesar de la ingente cantidad de libros y artículos que se han dedicado a descubrir el origen de esta familia lingüística, no hay ninguna solución completamente satisfactoria y convincente. Entonces, ¿cómo acabé enredado en esta controversia sin un fin aparente?
Al reseñar un libro acerca de los orígenes de los indoeuropeos escrito por V. Gordon Childe (1892-1957), el sarcástico director del departamento de lingüística de Harvard, Joshua Whatmough (1897-1964), decía lo siguiente:
Y así, después de 200 páginas de pura especulación y discusión arqueológica, el lector llega agotado a una conclusión inconcluyente [¿quizá Alemania?, ¿quizá el sur de Rusia?]. Sin duda, el lector tiene todo el derecho del mundo a que se le diga esto al principio, en el primer capítulo. O incluso en el prefacio. Y luego decida por sí mismo si merece la pena seguir leyendo.1
Hace cincuenta años, compartía la frustración de Whatmough y estaba decidido a dar una respuesta concluyente a la pregunta: ¿en qué lugar y en qué momento podemos situar el origen de la familia lingüística más grande del mundo? Me había curtido durante varios años como estudiante de Grado en Estudios Indoeuropeos en la Universidad de California, en Los Ángeles, a la que había entrado con la intención inicial de especializarme en arqueología y lingüística celta. En esos años solo escuché una ponencia acerca del problema del origen indoeuropeo y lo pasé por alto. Pero cuando tuve que elegir un tema para un trabajo de una asignatura de historia de la arqueología abordé el asunto y, para mi sorpresa, mi ensayo se publicó en 1973.2
Tras haber aprobado todas las asignaturas y haber sobrevivido de milagro a mis exámenes de doctorado en arqueología europea, lingüística indoeuropea, mitología comparada y cuatro lenguas indoeuropeas antiguas (sánscrito védico, griego homérico, nórdico e irlandés antiguos), recibí el peculiar título intermedio de Candidato en Filosofía* y tuve que elegir un tema para mi tesis doctoral. Si hubiese centrado mis estudios puramente en cuestiones indoeuropeas, probablemente nunca me habría enfrentado al problema del origen indoeuropeo. Pero también había elegido asignaturas de teoría y metodología arqueológica impartidas por Jim Hill y Jim Sackett, dos acérrimos de la arqueología procesual en un tiempo en el que la escuela procesual todavía brillaba. La arqueóloga, ahora legendaria, Marija Gimbutas había llenado la mitad de mi cerebro con un entendimiento muy tradicional de la prehistoria europea. La otra mitad bullía con una multitud de nuevas metodologías, maceradas con la creencia optimista de que todavía ni siquiera habíamos empezado a entender hasta dónde podía llegar la arqueología. Whatmough había señalado que «todavía algún investigador osado puede combinar, si es capaz, la arqueología y la lingüística para resolver el rompecabezas de los orígenes indoeuropeos». Una tarde tuve la idea de que aplicaría la metodología de la arqueología procesual a un problema que había permanecido sin solución en los libros académicos desde 1786. Aceptaría el reto de Whatmough y resolvería el problema del origen indoeuropeo. ¡Era un completo idiota!
Whatmough estaba molesto porque Childe no llegó a ninguna conclusión en un sentido o en el otro. Pero ¿acaso Whatmough se habría sentido satisfecho si Childe hubiera dado como ganador al norte de Europa en la cuestión del origen indoeuropeo? Él mismo abogaba en su reseña por un origen danubiano. El problema aquí es que buscar el origen de los indoeuropeos no es como buscar las fuentes del Nilo. Es un puzle interdisciplinar en el que cada campo de estudio implicado tiene derecho a opinar en cuanto a la validez de la solución, pero carece de las herramientas suficientes para determinar esa solución por sí mismo. Es más, en cada una de estas disciplinas hay un amargo debate en torno a qué metodologías se deberían emplear. En resumidas cuentas, tratar de resolver el problema del origen de los indoeuropeos es el equivalente académico a intentar poner orden en una jaula de grillos; nadie lo ha resuelto en al menos doscientos treinta años años porque ha sido imposible llegar a una solución que satisfaga a tantos investigadores tan distintos y tan increíblemente tercos e irascibles. Las afirmaciones de que «al fin» ha sido resuelto el entuerto en revistas científicas internacionales a menudo se refieren a soluciones que o bien ignoran a la mayoría de los partidistas contrarios, o bien creen que desestimar una o dos críticas es suficiente para acallar más de un siglo de debates acalorados.
He utilizado aquí la palabra «partidista» y verán que usaré a menudo el concepto de «problema de partidismo» a lo largo de este libro. Intentaré dar un ejemplo, aunque es algo extremo, de a qué me refiero con «partidistas». Imaginemos que se les ha encargado a dos detectives resolver el asesinato del señor Black, cuyo cuerpo sin vida ha sido hallado en su biblioteca con un gran puñal clavado en el corazón. El inspector A descubre que había una cámara de vigilancia que grabó todo el asesinato. Después de pasar la filmación por un programa de reconocimiento facial obtiene una identificación positiva: el coronel Mustard. Sin embargo, el inspector B toma huellas de toda la sala y encuentra las huellas dactilares del profesor Plum incluso en el mango del puñal. No encuentra ni una huella del coronel Mustard. Lo que tenemos aquí es a dos grupos partidistas que no solo han llegado a conclusiones totalmente opuestas, sino que es difícil imaginar de qué manera uno de los dos bandos podría convencer al otro de que está equivocado. Todos aquellos que tengan fe en la tecnología de reconocimiento facial harán campaña para defender al inspector A, mientras que aquellos que creen en la evidencia de las huellas dactilares apoyarán al inspector B. Este partidismo podría continuar durante siglos. En la búsqueda del origen de los indoeuropeos descubriremos, a menudo, situaciones similares. Esta es una de las razones por las que el problema no ha tenido solución durante siglos.
Ahora bien, si el lector se pregunta si al final sacaré un sobre que diga «el origen de los indoeuropeos estaba con total certeza ubicado en…», la respuesta es no. Aunque trataré de dar la mejor respuesta que pueda.3 Es más, en algún lugar del camino tropezaré con la cuestión del origen real de los indoeuropeos, aunque tan solo sea porque es imposible evitarlo: hasta el último recoveco de este planeta se ha sugerido y defendido como posible cuna. Justo lo que hace que el problema del origen sea tan fascinante. ¿Cómo es posible que tantos investigadores tan talentosos hayan llegado a soluciones tan dispares en más de dos siglos? La búsqueda de los orígenes nos invita a explorar un desfile de debates, desde los más ingeniosos hasta los más locos. También nos muestra a generaciones de investigadores que llevan a sus disciplinas –o a su lógica– al límite. Así que, al menos para mí, que este viaje alcance su destino nunca ha sido tan importante como los paisajes del camino. El título de este libro habla de «volver a escribir» su historia. Espero justificarlo mostrando cómo los investigadores han pasado su vida evocando, precisamente, los mismos debates o refutaciones que habían sido empleados generaciones atrás, sin darse cuenta, en apariencia, de que, de ese modo, están perpetuando un día de la marmota epistemológico. Al final de este libro puede que ustedes no estén completamente seguros de dónde está el lugar de origen –pero estarán muy cerca de tener una respuesta–, aunque espero que lleguen a encontrarse en una posición para evaluar ustedes mismos la próxima afirmación de que el problema «al fin» ha sido resuelto.
En 1989, en mi libro In Search of the Indo-Europeans, intenté por primera vez un acercamiento a las evidencias lingüísticas, mitológicas y arqueológicas de los indoeuropeos y de la dispersión de sus ramas lingüísticas principales. Desde entonces, he resistido la presión de publicar una segunda edición para evitar volver al mismo lugar y navegar por la gran cantidad de literatura relacionada con los orígenes y las migraciones de cada una de las ramas: he tenido bastante con meterme en los debates acerca de los orígenes celtas4 y tocarios.5 No obstante, el escenario intelectual del origen de los indoeuropeos se ha visto muy alterado en la última década debido a los avances en la paleogenética, que ha llegado para dominar el debate actual. Ahora bien, soy perfectamente consciente de que el ciclo de publicación de una monografía es mucho más largo que el de la publicación de artículos acerca de genética, lo que hace casi imposible para cualquier autor producir un libro que esté de verdad actualizado. De todos modos, he pensado que podría ser útil probar suerte en la redacción de un libro para el público general que examine de manera conjunta el problema de los orígenes de los indoeuropeos desde una perspectiva histórica amplia y las pruebas genéticas que hay a fecha de mayo de 2024.
Este libro está dividido en tres partes. En la Primera, se describe el descubrimiento de la familia lingüística indoeuropea. Luego, se muestran las tendencias y los tropos en la historia del problema del origen y el increíble rango de soluciones que se han dado (Capítulos 1 y 2).
En la Segunda Parte se exploran distintos acercamientos que han empleado los buscadores del origen indoeuropeo en los últimos dos siglos, empezando por cómo los debates históricos moldearon algunos de los intentos iniciales de resolver el problema y cómo las lecciones de la historia se han usado para evaluar las posibles soluciones (Capítulo 3). Después, nos aventuramos en la variedad de técnicas que los lingüistas han diseñado para localizar una protolengua indoeuropea en el tiempo y en el espacio (Capítulo 4). El Capítulo 5 nos lleva a los intentos de localizar lenguas prehistóricas sobre la base de topónimos, en especial los hidrónimos, que a menudo se han visto como las reliquias lingüísticas más antiguas del paisaje. Le sigue un examen de las distintas vías por las que los lingüistas han intentado descubrir la cuna de los indoeuropeos con la identificación de sus vecinos lingüísticos (Capítulo 6). El último capítulo que expone las evidencias lingüísticas muestra el tema plagado de partidistas de la paleolingüística (Capítulo 7), a partir de la cual el vocabulario cultural del protoindoeuropeo se ha empleado para situar a sus hablantes en el tiempo y en el espacio. En el Capítulo 8 consideramos las contribuciones hechas por los antropólogos culturales, quienes han buscado el origen en los mitos fundacionales y en la reconstrucción de las formas culturales de los indoeuropeos. A continuación, en el Capítulo 9, se presentan las distintas propuestas acerca del origen basadas en las evidencias arqueológicas. Al final de esta parte, en el Capítulo 10, se traza la aplicación de la antropología física desde sus primeros días, en busca del origen en la pigmentación de la gente y en las mediciones del cráneo humano, hasta la llegada de las técnicas genéticas modernas.
La Tercera, y última, Parte empieza con un resumen de la publicación revolucionaria de una serie de estudios en 2015 que empleaban muestras de ADN antiguo (ADNa) para ayudar a resolver la cuestión del origen indoeuropeo (Capítulo 11). Seguidamente, se hace una introducción general a cómo la paleogenética podría ser un actor fundamental en la búsqueda del origen (Capítulo 12). Luego, examinamos en detalle cómo la evidencia genética afecta a las propuestas principales relacionadas con el tema: Anatolia (Capítulo 13), el Cáucaso (Capítulo 14) y las estepas (Capítulo 15). En el último capítulo (16) intento revisitar todo el arco de soluciones dadas a la cuestión de los orígenes y dar algunas claves de las incógnitas que todavía nos quedan por resolver.
Puesto que llevo en este juego medio siglo, he acumulado una considerable deuda social de agradecimientos. Al menos intentaré dar las gracias a muchos de los que me han enseñado y ayudado, aunque buena parte ya no estén con nosotros. Culpo a Scott Littleton por atraerme al estudio de los indoeuropeos. De quienes me enseñaron arqueología, me gustaría mostrar mi agradecimiento sobre todo a Marija Gimbutas, pero también a Lilli Kaelas, Jim Hill y Jim Sackett, y en lo que se refiere a técnicas de campo a Gene Sterud. Siempre he insistido en que no soy lingüista y tengo profesores que pueden demostrarlo, entre los que cito a Raimo Anttila (indoeuropeo), J. Caerwyn Williams y Pat Ford (celta), Hans-Peter Schmidt (sánscrito), Ken Chapman (nórdico antiguo) y Evelyn Venable Mohr (griego homérico); y en mitología comparada (Jaan Puhvel y Scott Littleton). Me he beneficiado de haber pasado varias semanas tuteladas generosamente cada una de ellas por Nikolai Merpert (Moscú), Igor Vasiliev (Samara) y mi amigo Dmytro Telehin (Kiev), con quienes, junto con Alexander Häusler (Halle), he disfrutado de muchos años de intercambios cruciales de libros. Un agradecimiento especial también a Doug Adams, Martin Huld, John Koch, Victor Mair, Vaclav Blažek, Malcolm Lillie y David Anthony por toda su generosidad durante mi carrera, así como al difunto Colin Renfrew, que estuvo atrapado como mi compañero de discusiones el último medio siglo. Además de a mis anteriores profesores y colegas, tengo que dar las gracias a mi exalumno John Day, quien me dio noticia de algunas de las soluciones más «audaces» al problema del origen; y a Tibor Fehér por su ayuda en algunas de las tablas genéticas. También debo mostrar mi agradecimiento a Martyn Jope y a Mike Baillie, quienes ayudaron a garantizar que un arqueólogo con un conjunto de habilidades académicas inusual lograse escapar de la cola del paro y encontrara trabajo en la Queen’s University Belfast.
Un primer borrador de este libro lo leyeron Peter Schrijver (Utrecht), Lara Cassidy (Trinity, Dublín) y Fintan Mallory (Durham). No son, de ninguna manera, responsables si alguna metedura de pata ha logrado colarse. Por último, me gustaría agradecer a Libby Mulqueeny su eterna paciencia al preparar las ilustraciones y a Colin Ridler y Joanne Murray por sobrevivir a la descomunal edición del manuscrito.
Cargacreevy, condado de Down.
1 Whatmough, J., 1928, 130-131.
2 Mallory, J. P., 1973.
3 Alerta, destripe: si llegan al final del profundo examen del problema indoeuropeo que hace Jean-Paul Demoule, aprenderán que «la respuesta es que (al menos hoy) no hay una respuesta definitiva». (Demoule, J.-P., 2023, 449).
4 Mallory, J. P., 2013; Mallory, J. P., 2016.
5 Mallory, J. P. y Mair, V. H., 2000; Mallory, J. P., 2015.
* N. del T.: En las universidades de Estados Unidos, título que se otorga a estudiantes de doctorado que aún no han defendido la tesis.
Un hecho, que el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) comparó con el «descubrimiento de un nuevo mundo»,1 sucedió en una conferencia celebrada en Calcuta, India, el 2 de febrero de 1786. En su Discurso por el tercer aniversario de la Royal Asiatic Society of Bengal, una sociedad que él mismo había fundado, sir William Jones (1746-1794) se dispuso a sondear las cinco naciones –indios, chinos, tártaros, árabes y persas– que, según él, constituían los pueblos de Asia. Comenzando por la India, habló escuetamente acerca de su geografía y de algunas de las primeras referencias a su territorio para pasar a reseñar las fuentes históricas principales en torno al pasado del país. Después de introducir el tema del sánscrito, la lengua antigua de los hindúes, soltó la que muchos han apodado «la cita más trascendental de antaño».2 Ante todas las personalidades del mundo civil, soldados y comerciantes que constituían la sociedad, Jones exclamó:
El sánscrito,* independientemente de cuál sea su antigüedad, es una lengua con una estructura maravillosa; más perfecta que el griego, más abundante en léxico que el latín, y más exquisitamente refinada que estas dos; pero guardando con ellas una afinidad más fuerte, tanto en las raíces verbales como en las formas gramaticales, de lo que la casualidad podría haber producido; tan fuerte, de hecho, que ningún filólogo podría examinar estas tres lenguas sin llegar a la conclusión de que manan de una misma fuente, la cual, quizás, ya no exista. La misma lógica puede aplicarse, aunque no de manera tan evidente, para suponer que tanto el gótico como el céltico, aunque mezclados con un idioma muy distinto, tuvieron un origen común con el sánscrito; y el persa antiguo podría añadirse a esa familia […]3
El momento crucial de la intervención de Jones fue decir que las lenguas antiguas de la India, Grecia y Roma eran tan parecidas que tenían que provenir de una lengua común, incluso que esta lengua común no solo era el antepasado compartido de las lenguas clásicas, sino también del gótico (las lenguas germánicas, incluyendo el inglés, el alemán, el holandés y las lenguas escandinavas), del celta (irlandés, galés, etc.) y de la lengua antigua de Persia –el Irán moderno–. El historiador de la Antigüedad Gerald Henry Rendall (1851-1945) capturó la originalidad de esta afirmación en 1889 cuando escribió que «por un momento pareciera que la lengua primitiva, y quizá universal, de la humanidad hubiese sido desenterrada y que la India fuera su hogar».4 Hoy, llamamos a esta lengua común protoindoeuropeo o protoanatolio.
Sir William Jones basó sus conclusiones en las similitudes entre las raíces verbales del sánscrito y de las lenguas clásicas, pero no incluyó ninguna tabla en este ni en sus discursos anuales posteriores. Sin embargo, estoy bastante convencido de que si sir William hubiese tenido acceso a PowerPoint habría incluido una diapositiva parecida a la Figura 1.1.
Figura 1.1: Algunas equivalencias entre verbos en sánscrito, griego y latín.
Hasta este punto, las conclusiones de Jones son correctas y, desde una perspectiva contemporánea, solo trastabilló cuando al identificar el origen común de estas lenguas sugirió que «quizá, ya no exista». El «quizá» puede explicarse por el contexto histórico de la lingüística en el siglo XVIII. Otros, como el médico y naturalista James Parsons (1705-1779), que también «descubrió» la familia lingüística indoeuropea, creían que algunas poblaciones indoeuropeas después de su dispersión original «habían mantenido su lengua original incorrupta hasta nuestros días, en su morada definitiva en Gran Bretaña e Irlanda».5
Por tanto, la afirmación de sir William tiene las virtudes y los defectos de una gran cita histórica. Su autor era un hombre de una habilidad extraordinaria, especialmente en el estudio de las lenguas de Asia; algunas de sus conclusiones son correctas y revelan un razonamiento muy audaz. Por otro lado, su conferencia también estaba plagada de errores graves.6 Además, las observaciones que eran correctas era difícil que pudieran ser cosecha propia. Pero, como veremos después, Jones nos da un buen pie para introducirnos en uno de los debates más fascinantes y que ha causado más división en la investigación prehistórica.
Aunque el descubrimiento semioficial de la familia lingüística indoeuropea se sitúa en 1786, la relación genética entre las lenguas indoeuropeas se ha subrayado en múltiples ocasiones con anterioridad. Los antiguos romanos difícilmente eran ajenos a las similitudes obvias entre el latín y el griego vistas en la Figura 1.1. Solían explicar estas equivalencias asumiendo que el latín había surgido a partir del griego y que era, en esencia, una forma degradada del griego. La prioridad de la historia de la literatura griega y el prestigio de su aprendizaje aseguraban que nadie pensara en lo contrario, que el griego derivaba del latín. Esto daba como resultado una estructura piramidal en la que el griego estaba en la cima, seguido del latín y después el resto de las lenguas europeas que parecían tener alguna relación con el latín. Por ejemplo, Michalo Lituanus (1490-1560) compendió setenta y cuatro palabras en latín y lituano que se parecían. Explicó esta similitud con el argumento de que los lituanos eran originarios de Italia.7
Mientras que uno podría analizar la diversidad lingüística de Europa a partir del modelo «clásico», el impacto de la tradición bíblica estableció una hipótesis alternativa, con una lengua primigenia distinta a la griega. En el inicio del Génesis, Dios usa el lenguaje para llevar a cabo la creación de la luz (hebreo, yehi‘ohr; latín, fiat lux) y en el quinto versículo ya estaba dando nombres al «día» y a la «noche». Después de crear a Adán, también dio un nombre a todas las criaturas del Jardín del Edén. Con esta historia, no es de extrañar que tanto la tradición judía como los primeros teólogos cristianos como san Agustín tuvieran pocas dudas a la hora de identificar la lengua original de la humanidad con el hebreo.8 Algunos arguyeron que el hebreo fue la única lengua hasta los sucesos narrados en el segundo capítulo del Génesis, cuando el intento de construir la Torre de Babel resultó en la dispersión de naciones y lenguas por todo el mundo. Aunque esto explicaba por qué las lenguas eran diferentes, todavía se mantenía la idea de que la lengua primigenia era el hebreo, y los académicos de toda Europa vieron los retazos de la lengua de Adán en sus propias lenguas. Listados de palabras en hebreo fueron vertidos por defensores de esta teoría, quienes buscaron en sus propias lenguas alguna equivalencia que pudiera indicar que un pedazo de la lengua de Adán había sobrevivido en la suya. El autoengaño llegó a cotas tan altas que, por ejemplo, en 1690, el teólogo francés Louis Thomassin (1619-1695) afirmó que el hebreo y el francés eran «una única lengua».9
Por supuesto, no todos creían que el hebreo era la lengua original. El lingüista holandés Marcus van Boxhorn (1612-1653) observó correctamente que apenas había similitudes entre el hebreo y las lenguas europeas. Fue uno de los primeros, si no el primero, en descubrir lo que tiempo después conoceríamos como la familia lingüística indoeuropea, ya que derivó el griego, alemán, latín y persa de una lengua común extinta. Por otro lado, no todos los críticos con la teoría hebrea iban por el camino acertado. Un buen ejemplo es el lingüista y médico holandés Jan Gerartsen van Gorp (1519-1572), más conocido por su nombre en latín, Johannes Goropius Becanus, que dedujo que la lengua originaria también debía de ser la más primitiva y, por tanto, tendría que contener las palabras más cortas. Encontró el mejor candidato a lengua original de la humanidad en… ¡sorpresa!, su propia lengua, el flamenco, y pensó que el Jardín del Edén había estado cerca de Amberes, en Bélgica. Apuntaló su extraña teoría con imaginativas etimologías que rastreaban palabras en otras lenguas «hasta llegar» al holandés.10 Descrito por un crítico del siglo XVII como «inútilmente imaginativo y laboriosamente inepto»,11 su legado es el termino peyorativo «goropianismo», que los primeros lingüistas aplicaron a quienes proponían intentos igual de disparatados por recuperar una lengua original. Pero no era el único. Ya en el siglo XVII había sobre la mesa una selección de alternativas igual de extrañas. Por ejemplo, un estudioso sugirió que Dios usó el español para prohibir a Adán y Eva comer del fruto prohibido, pero fueron tentados por una serpiente italoparlante y después fueron a pedir perdón a Dios en francés. El filósofo sueco Andreas Kempe (1622-1689) halló todo esto muy divertido y publicó un panfleto satírico en 1688 en el que indicaba que Adán en realidad hablaba danés y Dios sueco –cómo no–, mientras que, en una clara apelación a los prejuicios anglosajones, el elocuente Diablo hablaba francés.12
Cualquier modelo que comenzara con el hebreo, un miembro de una familia lingüística completamente diferente de las lenguas europeas,13 es difícil que pudiera avanzar en el estudio de las relaciones lingüísticas. Pero la Biblia también ofrecía otro modelo potencial anterior a Babel: la dispersión de los humanos después del Diluvio Universal, cuando los hijos de Noé –Sem, Cam y Jafet– partieron a colonizar el mundo. Sem era conocido como el fundador de los pueblos semitas –que incluían a los que hablaban hebreo y, según algunos, los únicos que participaron en la construcción de la Torre de Babel–. Cam era visto como el padre de los pueblos camíticos del norte de África. Los europeos descendían de Jafet. En los siglos XVII y XVIII, el término «jafético» se usaba como una etiqueta para las lenguas de Europa. Alternativamente, desde el tiempo de los Primeros Padres de la Iglesia, los descendientes de Jafet se habían asociado con los escitas en especial, unas gentes de la Edad del Hierro que ocupaban el norte del mar Negro. Con el tiempo, el término «escita» adquirió una connotación cada vez mayor cuando Escitia fue identificada como el origen de los pueblos de Europa.
De modo que las lenguas de Europa, con independencia de sus relaciones internas, podían etiquetarse como jaféticas o como escitas (o a veces como tracias). Mientras que uno hiciera comparaciones solo entre lenguas jaféticas o escitas había esperanza de un progreso real, ya que la mayoría de las lenguas habladas en Europa en ese tiempo estaban claramente emparentadas. Aunque el gran polímata Joseph Scaliger (1540-1609) pensó que estas lenguas se podían dividir en once grupos diferentes sin relación entre sí, encontró motivos para agrupar muchas de ellas en cuatro «matrices» principales partiendo de cómo expresaban la palabra «dios». Los cuatro grupos eran el griego (theos), el latín (deus) y las lenguas romances, el holandés (god) y las otras lenguas germánicas y el ruso (bog) y las otras lenguas eslavas. Más comparaciones, por ejemplo, las del gran über-polímata Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), que halló los fundamentos para unificar los disparatados grupos de Scaliger de manera que el griego, el latín, el germánico y el celta pudieran derivar de una única lengua traída por los escitas según se desplazaban hacia el oeste por Europa.14
El verdadero punto de inflexión llegó cuando las lenguas europeas se compararon con lenguas emparentadas de Asia. Recuerden que Jones enfatizó que las equivalencias no se limitaban solo a las similitudes en el vocabulario, sino que también se podían apreciar en su morfología –esto es, en sus sistemas gramaticales–. Si vamos a la Figura 1.2, de un vistazo cualquiera podrá ver que las dos lenguas con más similitudes entre sí son el sánscrito –la lengua antigua de la India– y el avéstico –la antigua lengua litúrgica de Irán– y que las otras, aunque son menos parecidas, también están emparentadas de manera sistemática.
Figura 1.2: Comparación entre las conjugaciones verbales de bher («llevar»). Obsérvese que la s sánscrita corresponde a la h avéstica; þ es un sonido /th/ anglosajón.
Algunas comparaciones limitadas se llevaron a cabo entre lenguas europeas como el alemán y el persa –una lengua irania– a finales del siglo XVI. Tal vez las primeras las hicieron Frans van Ravelingen (1539-1597), también conocido como Franciscus Raphelengius, y Bonaventure de Smet (1538-1614), alias Bonaventura Vulcanis, que también fue el primero en publicar evidencias de la lengua gótica. Aunque el impacto real de las lenguas asiáticas se vio estimulado por el descubrimiento europeo del vasto corpus de documentos en sánscrito. Casi desde su primer encuentro con el sánscrito, los occidentales subrayaron su similitud con las lenguas clásicas.15 Una vez que la enormidad y complejidad de la cultura india fue apreciada, la lengua sánscrita vino a desafiar el papel protagonista que el hebreo y el escita habían ocupado antes. La relación entre el sánscrito y las lenguas de Europa, tal y como sugirió Hegel, demostraba que «la India […] fue el centro de la emigración para todo el mundo occidental». Todo el concepto de lo indoeuropeo vendría a desafiar las hipótesis bíblicas y a forzar a los europeos a abandonar casi dos mil años de creencias y a reconsiderar sus propios orígenes.
Por tanto, los precursores de sir William Jones fueron muchos (Figura 1.3).16 Para algunos, por ejemplo para el reverendo sueco Andreas Jäger (1660-1730), la relación entre las lenguas emparentadas se concebía de manera más imaginativa. En 1686, Jäger no estaba buscando ninguna lengua que quizá todavía existiera, sino una «lengua antigua» que «hubiera dejado de ser hablada y que no hubiese dejado ninguna muestra» más que una serie de lenguas derivadas.17 De los precursores, un número significativo dejó por escrito sus afirmaciones en cartas y en trabajos publicados de manera póstuma. Incluso Jones había resaltado la conexión entre las lenguas europeas y las iranias en una carta escrita siete años antes de su famosa conferencia.18 De hecho, la fecha de nacimiento de los estudios indoeuropeos es un constructo posterior, pues la afirmación inicial de Jones tardó en llegar a Europa y propagarse entre quienes estaban fascinados por los nuevos descubrimientos de la India.19 El auténtico trabajo de establecer los pilares de la familia lingüística indoeuropea a partir de principios filológicos sólidos fue obra del lingüista danés Rasmus Rask (1787-1832)20 y del lingüista alemán Franz Bopp (1791-1867),21 quienes crearon gramáticas comparadas de varias lenguas.
Figura 1.3: Identificación de lenguas emparentadas por sir William Jones y algunos de sus precursores. X denota aquellas ramas que cada estudioso consideraba relacionadas con las otras en la fila.
Aunque algunos de los nombres iniciales como «jafética», «escita» o «tracia» perduraron durante un tiempo, varios académicos empezaron a sugerir nuevos términos para esta familia de lenguas emparentadas. Básicamente, había dos acercamientos: el geográfico y el étnico. En 1810, el geógrafo Conrad Malte-Brun (1755-1826) observó que, puesto que las lenguas en cuestión se extendían desde el Ganges hasta Islandia, usaría el término «indogermánico».22 A pesar de que el islandés sí era una lengua germánica, era cuestionable que se usara para definir el límite occidental de los antiguos indoeuropeos porque Islandia no se pobló hasta la Edad Media. Para más inri, a muchos les parecía que el término «indogermánico» privilegiaba al alemán sobre las otras lenguas europeas –a pesar de que los alemanes llaman a su lengua deutsch–.23 Y si uno limitaba la definición a la Europa antigua, podría argumentar que la lengua celta debería haber sido el grupo más occidental. Por ello, «indocelta» fue propuesto como el nombre para la familia lingüística, aunque nunca tuvo éxito (Finnegans Wake, de James Joyce, publicada en 1939, acuñó el término «iro-europeo»24). Una de las razones es que, inicialmente, había quienes consideraban que la lengua celta no entraba dentro de esta familia.
Hoy, «indogermánico» es todavía la forma estándar empleada en publicaciones en alemán, pero es poco frecuente hallarla en otras lenguas. La forma más común es «indoeuropeo». Hay buenas razones para atribuir su acuñación al renombrado científico inglés Thomas Young (1773-1829), que utilizó el término por primera vez en 1813 en una extensa semblanza de uno de los mayores compendios de lenguas en la Tierra. Se podría señalar que hay quienes han visto el término «indoeuropeo» como errado, ya que parece que privilegia al grupo indoario (o índico) a expensas de los otros grupos de lenguas asiáticas como las iranias.
Sin embargo, el elefante en la habitación de las lenguas fue otro término muy popular, uno que, además, tenía la reivindicación de uso más antigua. En vez de forjar un nombre a partir de los extremos geográficos de la familia lingüística, Abraham Hyacinthe Anquetil-Duperron (1731-1805), el principal estudioso francés de la cultura índica y del Avesta iranio –el libro sagrado del profeta Zaratustra–, usó la etiqueta autoimpuesta tanto por los indios como por los iranios, que se llamaban «arios». Este nombre tampoco se consideraba apropiado, puesto que se restringía a los grupos indoiranios, pero, tal y como apuntaron los críticos, tenía la ventaja de ser una etiqueta más corta que las otras, por lo que gozó de una popularidad cada vez mayor.25 Sin embargo, casi desde el principio empezó a adquirir connotaciones racistas, que culminaron en el auge de la ideología nazi en Alemania y del supremacismo blanco en otros lugares.
Durante el siglo XIX y en las primeras décadas del XX las lenguas englobadas en la familia indoeuropea crecieron hasta constituir en la actualidad doce ramas bien conocidas (Figura 1.4) y una serie de lenguas extintas y, por lo general, muy poco conocidas. Desde Occidente a Oriente podemos empezar en la Europa atlántica con las lenguas celtas, que en la Antigüedad eran el galo (principalmente en Francia, pero también en Bélgica, Alemania, Austria, Suiza e Italia), hispano-celta (en Iberia) y lepóntico (en el norte de Italia). Las principales lenguas de esta zona que sobreviven en la actualidad son el gaélico (irlandés y escocés), el galés y el bretón (Figura 1.5).
Figura 1.4: Distribución de las principales ramas antiguas de las lenguas indoeuropeas en torno al año 500 a. C.
Figura 1.5: La distribución de las lenguas celtas. Las ramas principales en la Antigüedad están indicadas en mayúsculas y las lenguas celtas modernas supervivientes (o resucitadas) en minúsculas. Entre las últimas también se incluiría el manés. Las migraciones de hablantes celtas tan al este como Anatolia (gálata) también se pueden rastrear.
La mayoría del área celta de la Europa atlántica ha sido sustituida por miembros de la rama itálica, principalmente el latín y sus lenguas romances derivadas (italiano, español, portugués, francés y, en el este, rumano). El latín no era la única lengua itálica. Hay vestigios de época clásica de otras lenguas itálicas extintas hace mucho tiempo como el osco y el umbro (Figura 1.6).
Figura 1.6: El complicado paisaje lingüístico de la Italia antigua englobaba las lenguas itálicas (latín, falisco, volsco, osco, umbro y piceno meridional). El sículo también podría haber sido una lengua itálica. El véneto a veces se clasifica como una lengua itálica; otros defienden que es una rama independiente que comparte características con la rama itálica y la germánica. El mesapio es una lengua intrusa indoeuropea llevada por el mar desde los Balcanes. En Toscana y más al norte estaban los etruscos, no indoeuropeos, y las lenguas relacionadas con el rético (en mayúsculas). El poco conocido piceno septentrional también se sospecha que no es indoeuropeo. El lepóntico era una lengua intrusa celta, mientras que el ligur desafía a la clasificación lingüística.
En el norte de Europa hallamos las primeras muestras de lenguas germánicas (Figura 1.7), que incluían el grupo del gótico antiguo, las lenguas de Escandinavia (islandés, noruego, sueco y danés) y el alemán, el holandés y el inglés.
Figura 1.7: La distribución de las lenguas germánicas. Algunas de las localizaciones de los principales grupos germánicos en la Antigüedad están indicadas en mayúsculas; las lenguas modernas germánicas están indicadas en cursiva.
Más al este están las lenguas bálticas, que ocupaban un área sustancial del nordeste de Europa, pero que ahora están confinadas a Lituania y Letonia; el prusiano antiguo, extinto, también pertenece al grupo báltico. Todavía más al este y al sur están las lenguas eslavas (polaco, checo, ruso, bielorruso, ucraniano, eslovaco, esloveno, serbio, croata, bosnio y montenegrino, macedonio y búlgaro).
Las lenguas eslavas se han expandido hacia el este y hacia el sur y han reemplazado a los ahora extintos ilirio –en la antigua Yugoslavia– y tracio –en Bulgaria–, mientras que el rumano ha sustituido al dacio. De las antiguas lenguas de los Balcanes, solo sobrevive el albanés (Figura 1.8).
Figura 1.8: La distribución de las lenguas bálticas (letón, lituano y el extinto prusiano antiguo en cursiva) y eslavas (en redonda). BCMS engloba el bosnio, croata, serbio y montenegrino, que sustituye a la antigua etiqueta «serbocroata».
Podemos descender geográficamente hacia Grecia y luego al este hasta un grupo de lenguas antiguas de Anatolia, especialmente el hitita y el luvita, y después el invasor frigio. De las primeras lenguas indoeuropeas de esta región solo sobrevive el armenio en el sur del Cáucaso.
Irán y las regiones vecinas de Asia Central, así como las grandes praderas de buena parte de la estepa euroasiática, eran el hogar de hablantes de lenguas iranias. Estrechamente relacionados estaban los indoarios de los dos tercios septentrionales de la India, quienes nos han legado un vasto corpus de literatura en sánscrito y sus numerosas lenguas modernas descendientes, como el hindi, el guyaratí, etc. Finalmente, en el este de Turquestán, la provincia de la China moderna Sinkiang, tenemos vestigios de dos lenguas tocarias extintas (Figura 1.9).
Las lenguas anatolias ocupan una rama disputada del árbol indoeuropeo. La gramática de la lengua indoeuropea más antigua que se puede reconstruir ya había sido resuelta antes de que se conocieran las lenguas anatolias. A medida que los lingüistas empezaron a conocer mejor las lenguas anatolias, las fueron viendo como la primera rama indoeuropea en separarse de la protolengua –en cuyo caso todavía podían denominarse «indoeuropeas»–. Sin embargo, otros argumentaron que la rama anatolia no era «hija», sino «hermana» del protoindoeuropeo, puesto que todas las otras ramas del indoeuropeo –del indoeuropeo nuclear– habían compartido una serie de innovaciones comunes que evolucionaron después de que el protoanatolio se separara.
Figura 1.9: La distribución de las lenguas tocarias e indoiranias. Las lenguas iranias principales (en redonda) ocupan el norte y noroeste e incluyen las lenguas antiguas de los escitas y de los sacas. Las lenguas indoarias (en cursiva) ocupan los dos tercios superiores de la India, mientras que la mayoría del tercio inferior está habitado por hablantes no indoeuropeos de lenguas dravídicas. Las primeras evidencias del indoario se encuentran en nombres personales y préstamos en la lengua de los de Mitani, no indoeuropeos. Las lenguas nuristaníes se sitúan entre las ramas irania e indoaria. La rama tocaria ocupa la cuenca del Tarim, en el lejano oeste de la China contemporánea.
Decían que las diferencias eran tan significativas que se necesitaba un nuevo nombre para el ancestro de las ramas anatolia y la posterior indoeuropea y esta etiqueta común es «indohitita», o, preferiblemente, «indoanatolio». Esto lleva al tipo de horrible ambigüedad lingüística o imprecisión que uno sufre cuando alguien de Estados Unidos dice ser americano –a expensas de todos los demás que viven en América–, o la injusticia lingüístico-geográfica que los neerlandeses han sufrido durante mucho tiempo por parte de extranjeros anglófonos que reducen su país a Holanda en vez de los Países Bajos. A lo largo de este trabajo usaré el término más conocido de «indoeuropeo» para referirme a todas las ramas, incluyendo la anatolia. Aunque, cuando la ocasión lo demande, distinguiré entre protoindoanatolio para todas las ramas indoeuropeas incluyendo la anatolia, e indoeuropeo nuclear para todas las ramas excepto la anatolia.
Hoy, el número de hablantes nativos de lenguas indoeuropeas es de unos tres mil millones, más o menos un 45 por ciento de la población mundial –la siguiente familia, que incluye el chino y sus lenguas vecinas, es hablada, aproximadamente, por un 21 por ciento–. Los indoeuropeos comparten Europa con otras familias lingüísticas o grupos, principalmente, miembros de la familia urálica (finlandés, sami, estonio y húngaro), la semítica (maltés) y el euskera, que es comúnmente aceptado como una lengua aislada sin parentescos cercanos.
Al comienzo de su tercer discurso, sir William Jones reveló sus planes de futuro: «en busca de verdades interesantes», estudiaría los orígenes de cada uno de los diferentes pueblos de Asia, los cuales al principio podrían parecer inconexos, pero al final llevarían a un origen común. En la conclusión de su conferencia avanzó el objetivo de sus discursos futuros indicando que no solo los pueblos de Asia, sino también los griegos, egipcios, fenicios y otros, habrían «procedido de algún país nuclear. Investigar qué país es será el objetivo de mis discursos futuros». Dedicó sus siguientes discursos anuales a explorar de dónde habían venido y concluyó la búsqueda con su noveno discurso, en 1792 –Sobre el origen y la fundación de las naciones–. Recordemos que sus predecesores en el descubrimiento de la familia lingüística indoeuropea también habían sugerido un lugar de origen, aunque normalmente este lugar tenía que encajar en el modelo jafético o escita. Por ejemplo, Jäger situaba a los que hoy llamaríamos indoeuropeos en la cordillera caucásica, que luego migraron en oleadas por Europa y Asia.26
En sus discursos posteriores, Jones pormenorizó sus razones para localizar el lugar de origen de los indoeuropeos. La mayoría de sus argumentos están anclados en lo que podríamos llamar el «paradigma histórico»: la creencia en que todo lo que se puede saber del pasado deriva de fuentes históricas y, puesto que la Biblia relata toda la historia al retrotraerse a la creación del mundo, es la primera fuente histórica. Además, Jones no estaba simplemente intentando rastrear a los que podríamos denominar indoeuropeos hasta su hogar, sino, en esencia, a todos los pueblos del mundo.
En su sexto discurso, Jones ofreció varios indicios para localizar el origen de los indoeuropeos y de otros pueblos. Se basó en fuentes históricas para decir que la monarquía más antigua del mundo se hallaba en Irán. Por tanto, allí es donde podríamos encontrar la sociedad más antigua.27 Si la historia comienza en Irán –lo cual no es cierto; los completamente ajenos sumerios pueden reclamar que son la primera civilización con alfabeto–, ¿cuáles de los varios pueblos de Jones –hindúes, árabes o tártaros– estaban relacionados con los primeros gobernantes? Un examen de la primera lengua litúrgica de Irán (el avéstico) sugería que estaba estrechamente relacionada con el sánscrito, ya que había cientos de palabras iranias que podrían leerse como puro sánscrito y había ejemplos muy claros de similitudes gramaticales (vid.Figura 1.2). Casi con toda la razón señaló que las palabras en cuestión no eran préstamos lingüísticos obvios pertenecientes a productos culturalmente exóticos, sino vocabulario básico, como los nombres de partes del cuerpo y elementos de la naturaleza, que es poco probable que hubieran sido prestados. Concluyó –por desgracia, erróneamente– que el persa antiguo era un «dialecto» del sánscrito –en vez de una rama «independiente» que derivaba de la misma fuente que el sánscrito–.
Para la pregunta esencial de si los iranios habían emigrado desde la India, o los indios desde Irán, Jones –un jurista que era una autoridad en el estudio del código legislativo antiguo de la India– introdujo como evidencia la antigua ley india que prohibía a los sacerdotes hindúes –brahmanes– abandonar el país. Esto generó un problema de lógica que, en función del punto de vista, revela una lógica ingeniosa o un juego de manos argumentativo. Para Jones tenía más sentido asumir que los indios –y sus sacerdotes– surgieron en Irán, adonde se les prohibió regresar –¿por qué?–; de lo contrario, si hubieran tenido su origen en la India, es presumible que su código legislativo los hubiera confinado al subcontinente y los indoeuropeos todavía estarían atrapados, sujetos a las leyes de Manu, en la India.
Jones también señalo que la Crónica anglosajona situaba el origen de los británicos en Armenia y otros textos rastreaban a los góticos y los escitas hasta Irán; la tradición irlandesa llevaba sus propios orígenes a las costas del mar Caspio. Todas estas fuentes situaban el origen de diferentes pueblos –los «góticos» y los «celtas» de su «discurso de tercer aniversario»– en los escitas o en algún lugar en torno a Irán. Jones tomó estas especulaciones medievales como pruebas irrefutables, pues las veía como «una coincidencia de conclusiones de personas de distintos contextos completamente desconectadas entre sí, lo cual difícilmente podría haber sucedido si no estuvieran basadas en principios sólidos». Por supuesto, esta variedad de mitos fundacionales no estaba basada en «principios sólidos», sino que eran simples variaciones locales del mismo motivo judeocristiano que rastreaba el origen de los europeos en Jafet y los escitas. Concluyó que «la lengua del primer imperio persa era madre» del sánscrito, las lenguas iranias, el griego, el latín y el gótico.
Esto responde a los orígenes de quienes llamaríamos indoeuropeos, pero Jones continuó su misión de localizar los orígenes de todas sus razas y lenguas. Aquí propuso un argumento histórico-geográfico. Observó que Irán fue ocupada por las tres razas o lenguas: asirios (semitas), los descendientes del Sem bíblico; los tártaros (turcos), a los que asignó como descendientes de Jafet; y lo que llamaríamos indoeuropeos, a los que, para sorpresa de nadie, derivó de Cam –incluyendo también a los egipcios–.28 Como Irán era un lugar central y se situaba contiguo a las regiones principales de los semitas (Arabia) en el sur y los turcos en el norte, y contenía elementos de los tres grupos dentro de sus fronteras, estaba claro que, según lo que podríamos reconocer como el principio de la mínima acción, el punto de inicio de las tres razas principales de Eurasia también estaba en el medio. Es decir, Irán. Así, para Jones todos los pueblos y todas las lenguas «procedían de Irán, desde donde migraron por primera vez con sus grandes colonias».29
Hemos visto que la observación de las relaciones genéticas entre la mayoría de las lenguas de Europa y algunas de las principales de Oriente Próximo llevó al descubrimiento de la familia lingüística indoeuropea e inició la búsqueda de su origen lingüístico común. Sir William Jones creía que había resuelto el problema de los orígenes de los protoindoeuropeos –y de otros tantos pueblos de la Antigüedad–. En realidad, la búsqueda del origen no había hecho más que empezar.
1 Hegel, G. W. F., 1900, 142.
2 Campbell, L. y Poser, W., 2008, 32.
3 Jones, W., 1798, 422-423.
4 Rendall, G., 1889, 7.
5 Parsons, J., 1767, 80.
6 Fournet, A., 2010. En el tercer discurso sugirió que el dios nórdico Odín y Buda eran la misma persona (Jones, W., 1807, 37) y que los indicios de un culto solar paralelo indicaban que los indios y los incas eran pueblos de la «misma raza» (ibid., 39). Otros aciertos y errores se detallan en Trautmann, T., 1997, 47-50; Campbell, L. y Poser, W., op. cit., 37-41.
7 Pedersen, H., 1962 (1931), 7. La idea de que los lituanos surgieron de los romanos empezó al menos ya en el siglo XV (Dini, P. U., 2010).
8 Olender, M., 1992, 1.
9 Olender, M., 1997, 53.
10 En su defensa, los «etimologistas» neerlandeses del siglo XVII también propusieron que la filiación lingüística debería basarse en las comparaciones del vocabulario básico, correspondencias sonoras y estructura gramatical, los pilares de la aproximación comparativa moderna (Campbell, L. y Poser, W., op. cit., 17).
11 Skinner, 1671, inaniter subtilem & operose ineptum (citado en Metcalf, G., 1974, 241).
12 Olender, M., 1997, 53-54.
13 Con la excepción obvia del maltés, que también es una lengua semítica.
14 Fournet, A., op. cit., 5.
15 El primer texto sánscrito transmitido a Europa fue registrado en una carta de san Francisco Javier en la que señalaba que era el equivalente al latín en Europa (Amaladass, A., 1992, 212) y los jesuitas tuvieron un papel fundamental en llamar la atención de los eruditos europeos acerca del sánscrito. Parece que el jesuita inglés Thomas Stephens (1549-1619) fue el primero en reconocer el parentesco entre el sánscrito, el latín y el griego.
16 La fuente principal para la historia de esta investigación es Borst, A., 1957-1963.
17 Metcalf, G., op. cit., 233. El título del trabajo de Jäger es De Lingua Vetustissima Europae Scytho-Celtica et Gothica.
18 En 1779, en una carta dirigida al príncipe Adam Czartoryski (Jones, W., 1807, 94), Jones escribió: «No sé con certeza cuántas palabras europeas se cuelan en la lengua persa […] Muchos reconocidos investigadores de la antigüedad están completamente convencidos de que una lengua muy antigua y casi primigenia se usaba entre las naciones del norte, de la que no solo los dialectos celtas, también incluso el griego y el latín, derivan; de hecho, encontramos patèr y metèr en persa, thugatèr no está tan lejos de dickter, e incluso onoma y nomen de nam, como para ridiculizar la suposición de que surgieron de la misma raíz. Debemos confesar que estas investigaciones son muy oscuras y resbaladizas».
19 Aarsleff, H., 1982, 328, la nota al pie 44 relata brevemente su diseminación y recepción.
20 Rask, R., 1818.
21 Bopp, F., 1833.
22 Aunque este es el registro más antiguo que se tiene del uso de este término, es poco probable que Malte-Brun acuñara el término (Koerner, K., 1971, 164).
23 En 1818, Rasmus Rask incluso lo veía cuestionable como etiqueta para lo que hoy llamaríamos las lenguas «germánicas», a las cuales prefería llamar «góticas» (Rask, R., 2013, 67-69).
24 James Joyce dice «iro-europeo» en Joyce, J., 1968.
25 Taylor, I., 1886, ed.1892; Morris, C., 1888, 33. Vid. Kellens, J., 2005 para una discusión detallada acerca de su uso como etiqueta étnica.
26 Metcalf, G., op. cit., 233.
27 Esto se basaba, de hecho, en una fuente muy poco histórica, un volumen de propaganda sufí (App, W., 2009, 68).
28 Jones rechazó la asociación tradicional de Jafet con las lenguas europeas y de Cam con las camíticas, dado que seguía los escritos de Jacob Bryant y las historias musulmanas (vid. Trautmann, T., op. cit., 37-61).
29 Jones tenía mucha motivación para incorporar a los «indoeuropeos» en un proyecto mucho más grande para reconciliar las tradiciones redescubiertas del este con el modelo de mosaico de la creación y las expansiones humanas (vid. Trautmann, T., op. cit., 37-61).
* N. del T.: Se han respetado las cursivas originales del autor en todo el texto.
Desde finales del siglo XVIII académicos y no tan académicos han buscado la cuna de los indoeuropeos. Lo que en alemán se conoce como Urheimat [patria original]. El significado de hallar este lugar iba mucho más allá de satisfacer el deseo intelectual de posicionar una lengua extinta en el espacio y en el tiempo. Después de todo, el Urheimat había reemplazado al Arca de Noé o a la Torre de Babel y más de uno imaginó la procedencia de los indoeuropeos como un Jardín del Edén ario. Es más, a medida que el estudio de las lenguas indoeuropeas ha sido secuestrado cada vez más por quienes tenían otras agendas, nacionales o raciales en particular, situar los orígenes en su propio país no era solo una cuestión de orgullo nacional. También se podía aprovechar para subrayar su puridad lingüística, cultural o racial y su superioridad –asumiendo, como algunos hicieron, que los indoeuropeos eran los «elegidos»–. También habría que apuntar que la búsqueda del origen de los indoeuropeos no era única; desde el siglo XIX los lingüistas y los arqueólogos intentaron rastrear todas las familias lingüísticas principales, prácticamente, hasta su origen. Al tiempo que el lugar de procedencia de los indoeuropeos ha atraído a la mayoría de la investigación y el debate, los investigadores han derramado «sangre» académica más que suficiente en el intento por determinar la procedencia de las lenguas afroasiáticas (semíticas), urálicas, altaicas, bantúes, japonesas y de todas las distintas familias lingüísticas principales de América.
Pero, vamos al grano: ¿dónde estaba la cuna de los indoeuropeos? Después de unos dos siglos de especulaciones y debate, los argumentos han sido desde ingeniosos a ingenuos, pasando por directamente absurdos. Antes de continuar, por tanto, tengan en cuenta tres puntos clave. El primero –la buena noticia, si quieren verlo así– es que el origen de los indoeuropeos al final ha sido localizado.
Aunque no aplaudan todavía.
El segundo punto –la mala noticia– es que el primero no se basa en ningún argumento conclusivo, sino en un enorme abanico de soluciones probables. ¿Quién podría imaginar el Urheimat más al norte que el polo norte, o más al sur que la Antártida? Se ha encontrado a lo largo de Eurasia desde el océano Atlántico hasta las costas de Pacífico y, según el «hitlerismo esotérico» expuesto por el diplomático chileno y fascista Miguel Serrano (1917-2009), los indoeuropeos vinieron de fuera de nuestra galaxia. Esto cubre, básicamente, todas las opciones, al menos en nuestra dimensión. Les dejo a otros la búsqueda en el multiverso. Para ilustrar este punto, vuelvan la mirada a las Figuras 2.1, 2.2 y 2.3 (y vid. el Apéndice para más detalles), con el fin de tener ante los ojos un mapeo extenso, aunque ciertamente parcial, de los lugares de origen más mediáticos a lo largo del tiempo.
El tercer punto –y la mala noticia de verdad– es que después de más de dos siglos de debate todavía no hay una solución completamente convincente con respecto al asunto del origen que explique por entero la procedencia y las expansiones de todas las lenguas indoeuropeas. Sin embargo, antes de perder la esperanza al comienzo de la partida, la revolución traída por la aplicación del ADN antiguo (ADNa) a la cuestión nos ha llevado tentadoramente cerca de una solución de común acuerdo, tal y como descubriremos al final –aunque recuerden que he dicho «cerca»–.
Ahora viene una historia extremadamente breve de las varias soluciones con respecto al lugar de origen y los nombres de algunos de los buscadores más influyentes conectados a estas soluciones, que cubren lo que podríamos denominar el relato canónico, así como una muestra de los tesoros ocultos del material apócrifo
El relato canónico (Figura 2.4) es como sigue. Al principio (1805), fascinados por la antigüedad y la abundancia del sánscrito, la cuna indoeuropea se situó en la propia India (Friedrich von Schlegel; vid.Capítulo 3
