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Pobres pintores ingenuos, los grandes desconocidos del ayer. Ya desde los inicios del siglo XX Chile cuenta con un número considerable de obras de arte naif dignas de figurar en la primera línea del arte nacional. Sin embargo, estas han pasado desapercibidas para el público. Tampoco han sido tomadas en cuenta por nuestros escasos textos de recopilación artística. Y, si lo hacen, se refieren a muy pocas de ellas. Con el fin de remediar, en parte, situación semejante, se ha escrito el presente libro. Sin pretender abarcarlos a todos ni decir la última palabra sobre su importancia, Ingenuidad y creación los sitúa dentro del panorama internacional de Occidente. De esa manera, comienza ofreciendo un vistazo al desarrollo de la estética occidental y al momento en que el arte naif se da a conocer con testimonios contundentes. Si bien estos artistas parecieran haber existido siempre, resultaron históricamente anulados por los estilos dominantes de otrora. Afortunadamente, la versatilidad y fragmentación del arte moderno permitió y facilitó su conocimiento y valoración en gran medida. En esta publicación, Waldemar Sommer busca emprender una mirada de los artistas ingenuos que le parecen más importantes dentro del ámbito occidental, para enseguida abordar con mayor detenimiento a los artistas nacionales que considera más valederos. Así, además de las Bordadoras de Isla Negra, selecciona a quince de ellos, deteniéndose en las que consideraría sus mejores obras.
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Seitenzahl: 106
Veröffentlichungsjahr: 2022
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
Ingenuidad y creación
Waldemar Sommer
© Inscripción Nº 2022-A-3549
Derechos reservados
Abril 2022
ISBN Nº 978-956-14-2959-8
ISBN digital Nº 978-956-14-2960-4
Ilustración de portada: Alberto Jerez. Muerte y transfiguración en ambiente de solteronas (1987)
Diseño: Francisca Galilea R.
Diagramación digital: ebooks [email protected]
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Sommer, Waldemar, autor.
Ingenuidad y creación / Waldemar Sommer.
Incluye bibliografía.
1. Pintura – Apreciación.
2. Pintores.
3. Crítica de arte
I. t.
2022 750.11 + DDC23 RDA
Agradezco especialmente a Carla Cordua, filósofa, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2011, y al profesor Jaime Cisternas, doctor en matemáticas aplicadas, sin cuyo auxilio tecnológico y buen criterio estético no se habría escrito el presente libro.
Waldemar Sommer
ÍNDICE
PrólogoCarla Cordua
Consideraciones generales
Artistas, país por país
Francia
Henri Rousseau
Louis Vivin
Séraphine Louis
André Bauchant
Camille Bombois
Haití
Hector Hyppolite
Préfètte Duffaut
Levoy Exil
Prosper Pierre-Louis
Stevenson Magloire
Inglaterra
Alfred Wallis
Lawrence Stephen Lowri
Scottie Wilson
Gary Bunt
Croacia
Ivan Generalic
Ivan Rabuzin
Emerik Fejes
Estados Unidos
Grandma Moses (Anna M. Robertson)
Morris Hirshfield
Horace Pippin
Brasil
José Rodríguez de Miranda
Aparecida Azedo
Odoteres Ricardo de Ozias
España
Miguel García Vivancos
Manuel Moral Mozas
Mercedes Barba
Serbia
Sava Sekulic
Zuzana Chalupová
Milan Rasic
Suiza
Adolf Dietrich
Antonio Ligabue
Colombia
Noé León
Marco Tulio Villalobos
México
Carmen Esquivel
Venezuela
Bárbaro Rivas
Honduras
José Antonio Velásquez
Nicaragua
Asilia Guillén
Rusia
Pirosmani
Ucrania
Maria Prymachenko
Polonia
Nikifor Krylov
Italia
Orneore Metelli
Suecia
Lennart Jirlow
Israel
Shalom Moscovitz de Safed
La creación ingenua en Chile
Visión general
Nuestros ingenuos más importantes
Armando Arcos
Dorila Guevara de Braun
Luis Herrera Guevara
Fortunato San Martín
Víctor Inostroza
Federico Lohse
María Luisa Bermúdez
Violeta Parra
María Mohor
Juana Lecaros Izquierdo
Julio Aciares
Alberto Jerez
Ivonne Jechan de Bernales
Carlos Paeile
Arturo Rojo
Las bordadoras de Isla Negra
Institucionalidad nacional
Bibliografía
Créditos de obras
PRÓLOGO
Cuando se trata de arte surge, casi inmediatamente, para quien decide considerar una creación humana, la cuestión de su derecho al valor intrínseco que solemos atribuir a las obras de la contemplación. Arte sin relación alguna con un valor de cierta especie es inconcebible. Para ser lo que llamamos arte clásico, ya por su belleza, ya privado de ella por lo capaz de reemplazarla en ciertas circunstancias, tendrá que poseer la majestad que se vale por sí sola sin necesidad de auxilio externo. Así es que ocurre que no reconocemos como arte más que aquello capaz de imponerse e importar por sí mismo de una vez por todas.
Sin embargo, también las grandes obras pertenecen a una historia que las despliega en convertirse poco a poco, en medio de circunstancias vacilantes, que no saben bien lo que guardan en sí para llegar a ser aquello que solemos esperar. Como propiamente no hay arte del todo fracasado, las etapas que la actividad artística recorre antes de llegar a sus metas reconocibles como tales, los trabajos de su surgimiento cabal revelan, hasta cierto punto, lo que podrían ser todavía más adelante. Describir esta vía de proceder hacia los valores indiscutibles es la tarea de ciertos modos característicos de la pintura y también de otras artes históricas.
La presente publicación de Waldemar Sommer da a conocer hábilmente diversos aspectos del proceso mediante el que surge, adelanta y efectúa la pintura ingenua en diversos países, entre los cuales se encuentra el país propio y nuestro. El libro Ingenuidad y creación está dedicado principalmente a períodos y autores que antecedieron a las épocas clásicas de las respectivas historias nacionales del arte. Las pinturas y los pintores individuales de las naciones seleccionadas por el experto autor culminan con una serie de trabajos y resultados obtenidos por las artes chilenas.
El libro del crítico está ordenado en torno a la manera en que varía la madurez de los talentos y de la genialidad reconocidos por Sommer. La pintura llamada ingenua, y su valor, precede a las épocas de la genialidad cabal. Hasta cierto punto, su progreso anuncia la dirección de su crecimiento, aunque nuestro crítico piensa que no puede reemplazar a la meta que acaba sustituyéndola. La originalidad del libro de Sommer depende tanto del punto de vista que la investigación adopta como de la claridad de los problemas descritos. Su contenido nos encamina hacia un conocimiento original del camino que han recorrido las obras maestras que contemplamos habitualmente con estupor y gratitud.
Carla Cordua, filósofa
Premio Nacional de Humanidades y
Ciencias Sociales de Chile, 2011Santiago, 2022
Consideraciones generales
Hombre y artes visuales parecen querer identificarse. Nacen cuando domina la imagen. Así, ellas surgen fugaces, relampagueantes, optativas, dentro de la mente humana, cuya sensibilidad pasa a darle forma. De ese modo, unidos al remoto inicio de vida racional en la Tierra, ya surgen testimonios de actividad artística. Y, junto con ello, se manifiesta la capacidad de transfiguración expresiva del entorno, por igual inanimado y viviente. Desde entonces, el poder de hacer efectivo lo ilusorio no solo corresponderá a producir una imagen de lo real, sino a crear la realidad de las imágenes, como afirmará Gilson en pleno siglo XX. Ese hecho, indeleblemente unido a su consiguiente decantación formal, constituiría el meollo del fenómeno estético.
Pareciera que los primeros intentos rupestres se vertieron a través de los medios respectivos más rápidos y directos. Vale decir, en dos dimensiones: la pintura con su héroe, el animal por cazar; tridimensional: la escultura con la mujer, como protagonista fecunda. Si bien el número de aquellas obras resulta suficiente para orientarnos, es muy probable que resten otros testimonios por descubrir. Eso sí, ya desde aquellos tiempos tan lejanos la totalidad de los trabajos dignos de calificarse como obras maestras ostenta una plenitud, una autonomía, una integridad donde nada falta ni nada sobra, exhalando una atmósfera de perennidad que se mantiene imperturbable, superando los tiempos y brillando por sí mismo en la historia. Así, la variada riqueza de sus características formales y anímicas conduce más allá de los ámbitos habituales nuestros. Si detenemos en ellos la mirada, nunca nos dejarán indiferentes.
Pero el hombre paleolítico y sus necesidades de subsistencia no solo crean en los frescos una imagen de su futura presa, sino que pretende dar vida real al animal mismo sobre los muros de la caverna. El artista prehistórico convierte su acto por conquistar la Creación, el entorno natural en ritual mágico, integrando al imperativo artístico que lo induce a pintar la invocación plástica de un más allá perdido. Entonces inquietud metafísica y exigencias funcionales se identifican. Al contrario, mucho más adelante el arte egipcio revelará su voluntad de lucha por desprenderse de la naturaleza, convirtiéndola en símbolo.
Lógicamente, dentro de la lenta evolución cultural del hombre, el punto de vista estético continuó variando dentro de un desarrollo espléndido. Hasta nuestros días, eso ha significado el transcurso de milenios. Así, en la antigüedad griega, arte y naturaleza se identifican. Pareciera que la sagacidad de su pensamiento supo, además, asociar verdad, belleza, emoción, función moral y educativa, extrayendo estas dos últimas de lo universal que tienen las cosas. Sin embargo, ya desde entonces debe tenerse en cuenta que el juicio de los filósofos nos llega, especialmente, a través de la fidelidad a veces cuestionable de la traducción de sus escritos y, peor aún, hasta de la exégesis de esas traducciones. Comencemos con Platón. Para él, “la percepción de la belleza sería una manera de superar la limitación de nuestra inteligencia discursiva, para hacerse cargo de la realidad”. El pensamiento aristotélico, por su parte, habla de que “ante la belleza no resulta posible la indiferencia ni una actitud utilitaria”. Más todavía, para Aristóteles, la influencia del arte en la vida es conmoción de ánimo, catarsis; idea esta que, tantos siglos después, reiterará Nietzsche. Entretanto, San Agustín, a principios de la Alta Edad Media, parece remontarse al concepto de Aristóteles del arte como imitación. Afirma que el artista tiene toda la belleza de la naturaleza para imitarla, pero no como mera copia, sino como continuación del trabajo creador de Dios. Así, de la contemplación de las particularidades de un paisaje, por ejemplo, el artista nos conduce a la idea global de belleza, para nuestro disfrute afectivo de ella.
