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Este libro es un collage de instantes que nos arrastran, nos elevan, nos hacen viajar por las emociones humanas, por sus tempestades, luces y sombras, por la búsqueda del ser, de las consciencias, de lo transcendente, de lo sutil… Instantes es un paseo por lo profundo y lo sensible de todo lo que acontece en la vida de una mujer, que se arrastra por sus cavidades, rozando lo más profundo del corazón, y observa sus cuevas, sus sótanos, sus pasiones, sus raíces y sentires. La autora observa sus rincones más íntimos, profundizando en el análisis de las consciencias humanas, siendo así un reflejo de la realidad más auténtica y esencial.
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Aroa de Francisco Esteban
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Fotografías: Aroa de Francisco Esteban
Cuadro de portada: Carola Alcalde
ISBN: 978-84-1144-093-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A mi padre, Braulio de Francisco.
Porque él me enseñó a amar las letras.
Porque hizo de mí una persona con valores honestos.
Por sus cuidados más allá de lo físico.
Por su aliento constante, y su siempre hacia adelante.
Por mostrarme cada día, qué es ser humano.
Porque es mi cómplice, mi compañero, mi referente y mi amigo.
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AGRADECIMIENTOS
Quisiera dar las gracias a la vida y todo lo que la conforma.
«Ella, en su fugacidad, se encuentra sin preámbulos. Necesita de ese pequeño instante volátil para saber qué está viviendo. Necesita de esos caminos inexplorados, de lo nuevo, para sentir aquello que la falta».
«Ella se queda perpleja ante la vida. Observa su casa desde dentro y desde fuera, lo hace sacando el jugo de aquello que ve, su misterio, su momento más vívido».
«Ella enmarca sus imágenes como cuadros colgados en la pared de sus emociones; así, viaja dentro de sí misma, explorando y analizando cada imagen».
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INSTANTE 1
La lluvia hacía que su cuerpo se extendiese fuera de sí mismo. Hacia los lados. Hacia arriba. Como una energía húmeda de un calor humano.
La lluvia parecía castigarle, pues caía tan fuerte y abundante que parecía romperla en pequeños trocitos. No mojaba el cuerpo, sino que se abría al chocar contra él susurrando a alguna de sus heridas.
Un charco, de color carretera, del color gris del asfalto, sostiene su cuerpo.
Todos la miraban. Y lo hacían con gestos de rechazo y repulsión. Todas las miradas llegaban hasta ella, hasta su centro.
Pero el cuerpo estaba absorto, hundido en otro plano, en otro lugar donde nadie existe, donde no hay nada excepto la lluvia y la sensación al rozarte.
Sus pies, desnudos, estaban fríos por la lluvia. No cesaba. Caía fuerte sobre los tejados, ya cansados, de tanto golpe.
Blanco y morado eran los colores de su piel. Y rojo, el de las heridas propiciadas por algún golpe, que, quizás, ella misma podría haberse infligido.
Y en esa paz encontrada en la calle de alguna ciudad, rodeado entre sus edificios, coches y voces agresivas, el cuerpo yacía como una flor hermosa y blanca que alguien posó, delicadamente, en mitad de aquel asfalto.
—¿Lo oyes? —dijo una voz encontrada en su cabeza—. Es la lluvia.
Se levantó como pudo. Sus piernas entumecidas no hacían caso de su mente. No podía articular palabra. Su mano toca los gemelos de algún hombre que le ayuda a subir lentamente. Solo una mano se apoyaba en el capó de un coche, la otra toca su rodilla con gesto de dolor. El mareo, la flojedad de sus piernas y esa luz que la cegaba no la dejaron moverse tras unos largos minutos, bajo la fría ducha que el cielo le propiciaba.
Su camisón de tirantes blanco hasta las rodillas dejaba ver las piernas desnudas de aquella mujer ensangrentada. Su pelo, pegado a la cara en trozos separados por la humedad, parecía querer tapar la cara, bruscamente. De su nariz caía una cascada de agua roja que terminaba en su pie abultado por los golpes, finos pies, que ya no sentían dolor al arrastrarlos por el suelo. Era un suspiro en avanzada muerte. Apenas se la oía ni veía.
—No llegarás, vamos, vamos, ¡vamos!
Corría desesperada por las calles. Cruzaba sin mirar a ningún lado. Los gritos. Las miradas de los otros. Los pitidos antes de atropellarla. Nada la hacía salir de aquella meta en su mirada, de aquel camino en sus sentidos. Las zapatillas estaban encharcadas, le pesaban, estaba agotada. No podía más. Apoyándose donde podía, en los hombros de la gente que estaba a su paso, en las paredes de los edificios, con los que su espalda se desgastaba al dejarse caer por ella. Pero sus ojos miraban a un solo punto: adelante.
Se tocaba la cabeza buscando a golpes una salida. Estaba perdida. ¿Dónde estaba?, ¿dónde?, ¡¿dónde?!.
Miraba a su alrededor. La locura se había adueñado de toda su energía, de su cuerpo, de su mente, de toda ella. Mantenía la mirada perdida, perdida en el aire y el viento, volaba con él, allá donde él fuese. La desesperación la invitó a caer…
—Déjalo. Ya es tarde.
Y cayó.
La lluvia era más suave y sutil, acariciando sus heridas como si quisiese curarlas, como si quisiese envolverla en una burbuja que empieza a elevarse por encima de toda aquella ciudad…
—Hola —le dijo la voz encontrada en su cabeza.
—Ho, hola —le contestó ella—. ¿Quién eres?, apenas puedo verte.
Sentía sus pies mojados. Su pelo empapado cayendo a lo largo de sus hombros.
—¿Lo oyes?, es la lluvia.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—Hacía años que no llovía así.
Miró hacia la voz que le hablaba. No había nadie. Solo ella.
Una imagen: ella, metida en una bañera. Mirándose en un espejo, que ella misma colocó frente a ella. De sus muñecas no dejan de caer gotas de sangre.
Otra imagen: la lluvia en el espejo.
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INSTANTE 2
Hay una cierta ligereza en mi ser, cuando veo y respiro estos colores. Me lleva a la cueva de donde provengo, me lleva a la antigua y vivaz puesta de escena de aquellos que estuvieron antes que yo.
Resuena el tambor en otros, creando una sola música ancestral. Y ese momento de una lluvia entre nieblas, entre nubes rozando mi cuerpo, como caricias, mojándome, levemente, sin molestarme, diciéndome: «Estás aquí ahora. Vengo a que te reconozcas en esencia. Puedes tocarme, pero no estoy aquí. Puedes sentirme, pero no te toco. Puedes quedarte este momento, dentro de ti. Guárdalo donde puedas volver a él, pues no se repetirá, no de la misma forma».
El cielo abrazaba los árboles y subía y subía sin mirar atrás. Todo desaparece. Todo es efímero. Ya solo quedan los verdes y azules reluciendo ante el sol de aquella mañana. Y yo, que quedo vibrando con ese tambor, con mi piel erizada tras esa experiencia. Y una ligereza en el vivir, que aún me acompaña.
INSTANTE 3
El muelle se movía.
Y ella… estaba dentro del muelle.
En los pliegues, hipócrita fidelidad escondida en la pared.
En los botes, el daño sutil de los días.
Ella no era dueña de sus propios movimientos.
Rebotaba, de un extremo al otro, guiada por el tocador, por el juego que este quisiera darle. Por el movimiento que este quisiera ofrecerle.
Rebotaba su emoción, contra la pared, incapaz de absorberla o sentirla, debido a la frialdad de su hierro.
Y se dijo:
«¿Cuándo empezó?
¿Cuál fue el motivo?
¿Cómo explicar que estoy vacía, sin mí?
¿Cómo asumir que he regalado todo lo que tengo y todo lo que soy a este trozo de hierro frío e inhumano?
¿Cómo?
¿Cómo explicar que hay instantes llenos de una mentira; piadosa, pequeña, grande, media?».
Instantes, medios instantes, miradas, medias miradas, sensaciones, mínimas y pequeñas cosas. Y lo sutil que hace, junto con todo lo dicho, que por dentro algo muera… lento. Poco a poco. Sutilmente.
En los detalles, en los instantes, vivía ella.
Tapaba sus ojos ante lo que sus sentidos ya habían visto.
Él, a veces, le mostraba todo su amor.
A veces, la amaba tan ardientemente que no entraba en sí misma. Que el mundo se paraba en ese instante para siempre.
«¿Por qué no te conviertes en una almohada?
¿Por qué no te conviertes en una blanca y acogedora cama?
¿Por qué no lo haces en un cielo azul claro, sin tapujos ni secretos negros?
No me iré…».
Toca, con cariño, la fría pared.
Apoya el oído, en su frialdad.
Y…
En los pliegues… hipócrita fidelidad escondida.
Y en los botes…
En los botes, el daño sutil de los días.
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INSTANTE 4
La hierba sigue respirando. Ella no. La gota, que cubre la planta de la hoja, no va a caer hoy. Hoy no es el día.
La verdadera simplicidad del momento la coloca incómodamente en el altar en que se encuentra.
El único. El primero. El suyo. Es como el sentimiento al tumbarte en un prado, cubierto de hojas y sutiles brotes, rodeado de insectos que entran en ti, o como estar simplemente flotando en medio del océano. No sabes lo que hay debajo, te asusta, te acerca a la verdad, a la única que existe.
La belleza ha caído y una mancha negra te absorbe hasta desdibujarte, convirtiéndote en la nada blanca. Se va. Pero la hierba sigue respirando y la gota de su punta termina de caer.
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INSTANTE 5
Las motas de polvo revoloteaban por su rostro, manchado de planetas marrones debido al sol que giraba y giraba buscándola, porque quería mirarla a los ojos…, pero ella corrió las cortinas dejando un leve espacio abierto por donde el incansable sol lanzó su último rayo del día.
—¡Ah!
Y los puntos suspensivos se los tragó al instante.
Sus ojos se clavaron en la casa de en frente.
Estaba absorta entre sus ladrillos de un marrón claro y oscuro alternados, como el tablero de un juego de mesa al que ella, seguro, siempre perdía.
—¡Ah…!
No pasó demasiado tiempo cuando pudo observarla con quietud, pues su cuerpo había dejado de moverse.
Ni el cristal de la ventana, ni la niebla que dibujaba con su aliento ni el oxígeno que habitaba en ese espacio, entre casa y casa, pudo arrebatar ese momento de su mente.
—Ah…
Y la anciana se quedó quieta para siempre.
Su brazo colgaba por la fría barandilla de su terraza pintada de verde esperanza, o según lo mirase, de ese verde militar que le recordaba la guerra que estaba perdiendo en ese justo momento.
—…»
Los ojos se dilataron, lloraban.
Se hicieron tan grandes que podían ver toda la manzana.
Sus arrugas se estiraron al sacar todas las fuerzas que le quedaban, las últimas, en donde ya no había edad.
En ese instante acabó la fuerza de sus últimos años.
Su mano agarró con fuerza la barandilla, parecía partirla, quería quedarse con ella, volver a limpiarla al día siguiente, volver a apoyarse en ella cuando miraba a los paseantes en la calle, quería volver a ver a sus nietos protegidos tras ella, pero no pudo, no pudo…
Y… su gesto antes lleno de sabor por la fresa que comía se disolvió, así, veloz, quedándose en lo incierto.
Vacío.
Todo se calló.
La tetera sonó y… despertó de su mal sueño.
Se sorprendió agarrotada en el suelo, debajo de la ventana de su cocina.
Tenía lágrimas en los ojos, secas.
Su cuerpo estaba frío al apoyarse en la pared, por la que momentos antes se había deslizado hasta caer.
—Ah…
Se levantó rápidamente y apartó las cortinas buscando a la protagonista de su ¿sueño?
No había nadie.
Abría y cerraba los ojos, los frotaba, pegaba su cara al cristal de la ventana y…, aun aceptando la oscuridad de la noche, aun forzando su vista al límite, no había nada.
La calle estaba solitaria.
Hacía frío. Mucho.
Unas zapatillas de deporte recorrían la calle con una ligereza que asustaba a los de su paso.
Se pararon en una fachada semejante a un tablero de juego de mesa.
Ladrillos marrones oscuros y suaves… y…
—¡Ah!
UNA IMAGEN:
Una mano llena de arrugas, fría e inerte, colgaba desde una barandilla de color verde…
de un verde esperanza.
INSTANTE 6
No le preguntes por qué, pero la sensación que la invade va más allá del abismo conocido. Va más allá de las emociones vividas. Es el conocimiento de lo más oculto de su ser. Es el conocimiento de la verdad, tan dura y rígida, como el propio universo.
Es… las ganas de llorar sin lágrimas, sosteniendo las de los otros.
Es… la sensación de distancia, de anhelo, de haber vivido algo que no recuerdas.
Es… la desconfianza en ti misma y, por consiguiente, en los demás.
Es creer que alguien te ama incondicionalmente. Para siempre. Y no ser así.
Es creer que la magia entre dos existe.
Es creer que por no haber vivido aquello, por no haber escogido aquella puerta secreta que tanto anhelabas, ya todo, todo se ha evaporado con el tiempo.
Resurge el dolor. Ese que conoces que estaba enterrado muy adentro, pero que sale porque esta vez, esta vez es diferente. Eres el pañuelo de papel blanco y perfumado, que, tras servir al de la mano, es tirado a la calle, pues ya no aguantas más gotas. Te tira, sin más. Sin importarle a nadie.
Y desde ese lugar empieza otra vez a moverse volando con el viento sin saber a dónde ir, hasta que encuentra otras manos que le quieran y le lleven a un mundo con el cual empaparse.
Se empapa y aguanta las gotas, pero, cuando ya no sirve para recoger más el de la mano le tira, le suelta, le deja caer, le hace un burujo, y sin mirarlo lo echa a la papelera.
Te sientes segura. Has creado tu cárcel de cristal. Para ti está bien, es seguridad y amor, y una vida normal. Todo es armonía y felicidad hasta que un día le miras a los ojos y ves que no hay nada. La complicidad se ha quedado en otros ojos que ya no son los tuyos. Centrados en ese blanco donde comienza lo nuevo, donde abres el paquete, coges un pañuelo, lo abres y comienzas de cero.
Has creado tu cuadro de papel. Se va quedando viejo, tras el uso.
Y ahora que lo ves, que lo sientes, piensas que hubo pequeñas señales de aquello, y solo ahora eres capaz de verlo. En ese instante, en los instantes donde vivía ella, como observadora, en tercera persona, para no sentir, para no profundizar en sí. Sintiendo ser ese pañuelo que vuela libre por la calle, medio usado, y pasa por al lado de otro que está húmedo y acurrucado en un rincón tiritando, y ves el instante en que le tira, como si no fuera nada. Te sientes ser él.
Una imagen:
Ella mira por su ventana con mirada agachada.
Es un día gris. Llueve. El calor del hogar hace que se sienta en casa. Desde el otro cuarto, una mirada amorosa la observa. Ambos se cruzan la mirada como tantas veces en su vida. Una mirada llena de amor profundo y de tristeza incalculable, por reconocer que se aman de verdad, pero que su relación acaba de terminar para siempre, en ese instante donde resides, como en un bucle infinito.
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INSTANTE 7
La madeja se hila frente a mí. Como esos sueños que de repente te suenan a película.
Los hilos son finos, de un color blanco brillante. Lo sé porque lo veo, porque siento el traje que se crea en mí, al unísono. No puedo apartar la mirada de tal actuación. Como un regalo, parece que quiere que aprenda de su baile al instante. Los movimientos son ondulantes, hacen círculos a pesar de sus rectas filas de hilos, que aún no sé qué forman en realidad, ni en cuál de todas ellas. Una madeja, sí, pero ¿dónde, para qué, por qué se muestra? El sinsentido de todo conforma la realidad de lo que vivo y experimento. Atrás de ella, sin rozarla, sin pestañear, como ver un cuerpo humano por dentro, palpitando, haciendo su función, me sitúa en el mapa de la vida y su materia. Pero lo brillante ¿de dónde viene?, ¿por qué me cruzan sus hilos por dentro dándome calor? Y ¿por qué después siento un peso que cuelga en mi centro? Un peso alargado, que cae, que me hace sentirlo como el faro que se ve encendido en la noche sobre el mar. Esa luz buscando a los perdidos, ese faro que pesa, y pesa, cayendo entre hilos blancos y brillantes y que parece permanecer para siempre.
INSTANTE 8
El cielo estaba alto.
No había mirada, ni ojos, ni sueños, ni países, ni moradas que llegasen a tocarlo.
Por primera vez, el azul me hacía daño.
Por primera vez, no me gustó su color.
¿Será por el morado de mi ojo?
¿Será que ni siquiera los colores son de un color puro, único y de verdad?
El cielo se movía.
Se movía independiente.
También él me había olvidado, entre azules y morados, entre blancos y rayos que hacen daño.
—¿Qué, cambió algo esta mañana? —preguntaste con ese gesto tuyo. Gesto intuitivo de lo que podría llegar en minutos.
—El cielo —te dije.
Reíste. Mucho.
No paraste de reírte de mí.
Apenas podía mirarte por el hinchazón de mis ojos. Tampoco podía reír como tú lo hacías, así, abiertamente, lleno de euforia y odio.
Tu risa no me hacía daño. Ya no.
Te acercaste a mí, intentando darme miedo, pero no lo conseguiste.
Me agarraste fuerte, muy fuerte de las muñecas, tanto que las heridas pasadas comenzaron a sentirse afectadas, pero, muy a tu pesar, solo fueron esas.
Esas… que ya dejaron de latir.
Heridas… que ya no te necesitan para sentir.
Lo viste en mi mirada. Y te dio miedo, mucho miedo.
—¿Es que acaso no ves que incluso los pájaros huyen? —te dije.
—¿Que ni los colores son de verdad?, ¿que incluso el cielo y lo que nos muestra es mentira?
Hoy es gris y mañana…
Quién sabe qué sol saldrá mañana.
Una imagen:
Una mujer acurrucada en la esquina de su habitación. Llora, con dolor en sus ojos. Acaricia de forma inconsciente sus rodillas, con ese tacto necesario. Levanta la mirada sobresaltada. Un golpe en la puerta la despierta. Ahí está, de nuevo, el morado llegando fuertemente a todas las partes de su cuerpo.
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INSTANTE 9
Es un susurro imperceptible.
Como aquel que me levantó del sofá y me hizo volar por todo el pasillo.
El tiempo está parado. Vacío. Todo quieto.
Siento la llamada de esa voz, como aquella que fue quemada en la hoguera. Como la mía ante el miedo.
Ya se fueron los pájaros. Y la vanidad.
Ya se fueron los días de un encuentro incierto. Ahora queda esto. Ahora quedo yo, aquí, en lo que soy o en lo que la vida me ha convertido. O en lo que siempre fui y ha renacido.
La marcha del verano, del calor, del disparo del abismo ante lo incierto.
El color del corazón, latiendo como nunca. El calor del beso de mar y de la piel con piel de aquella a quien amo.
Y una sola certeza en mí…, que simplemente existo, simplemente SOY.
INSTANTE 10
Un día más.
Un día más en esta guarida triste y temblorosa. Vacía de significado. De verdad. De fuerza.
Débil como el foco que ilumina al que la pisa, que soy yo. Sin identidad. Camino por ella, una vez más.
Nunca me caigo, y si lo hiciera daría lo mismo. Ya no hay público que aplauda o ría, solo un negro profundo, en mi cuerda, no en las demás, porque están por encima mío y tienen su foco fuerte y claro. A cada acto, a cada decisión, a cada emoción, ellos le dicen quién es.
Así vivo yo, en una caja de cristal.
Estas son mis paredes. Este es su reflejo. Y en su reflejo, siempre está mi rostro.
Comienza la VERDAD.
Trajes de papel y máscaras que con una simple lágrima caen. Caen a trozos, mojados por una débil emoción. Una emoción pasajera. Y ahí es cuando aparece mi desnudez, esa que tan poco me gusta.
Son trajes que no me pegan. Son caras que no sé llevar. Y ningún -jodido- espectador será capaz de valorar lo que hay detrás de todo ello. No sabrán lo que hay detrás. La verdad.
¿Por qué?
¿Será que no tengo el mismo lenguaje?, o ¿puede que sea lo que siempre pensé ser y nunca me atreví a asumir?
Comienza a ASUMIR.
Ya es hora de fingir. Me encamino a la realidad más absoluta y según llego a ella… no veo nada. Nada.
¿Ves? Esto es lo que sucede cuando las máscaras forman parte de tu vida. Ahora ni yo misma soy capaz de reconocerme. No sé quién soy. Imagino que aquello que soy está escondido, de cuclillas con miedo a salir. Ahí está tu rostro. Ves la expresión de tus ojos y no eres más que lo que ves. Un ser vacío. No soy más que eso. Un ser vacío lleno de personajes y vivencias ficticias.
Comienza el CORO.
¡Dejad que me quite este velo!
He visto cómo las alas liberaban a las estrellas.
Ahora nadie me ve. He dejado de cambiar. La soledad ha quitado la presión de mis ojos, la invitación del cuerpo y toda necesidad de mentiras y frases.
Las estrellas, a veces, retroceden y se extinguen. Y sus cuerdas quedan flojas formando un medio círculo. A veces se caen en una tierra firme desconocida que no saben manejar. A veces, a veces simplemente descansan acurrucadas en sí mismas o sobre otras más antiguas. Y desde allí, desde abajo, miran sus cuerdas tambaleantes imaginando su antigua firmeza.
Comienza la FUNCIÓN.
El suelo es duro y no se tambalea. Es negro y sus pies pueden sentir una energía diferente a las alturas. Aun así, su mirada no deja de mirar a lo alto. Añora su cuerda. En frente, una luz que la ciega. Una luz venida de otro lugar desconocido. Parece que hay más vida fuera de la caja. Posa su mano en el cristal que la encierra. Lo sigue y sigue hasta encontrar sus esquinas. Son cuatro. Cada una da a un lugar conocido y desconocido, pues desde abajo todo se ve diferente. La luz cambia de posición. La sigue. Ella se siente incómoda, vergonzosa, hacía mucho tiempo que no la sentía. Su calor, las promesas que encierra. El deseo de que nunca se vaya comienza a entrar en su cuerpo, en su estómago. Se mueve como si bailase sintiendo la luz amarilla. Se siente deseada. Viva. En un lugar que le pertenece.
La cuerda se queda cada vez más y más floja. Casi puede tocarla. Pero ella está tumbada con la luz como dos amantes reencontrados. Descansa plácidamente hasta que la cuerda la toca.
—Es una caja de cristal preciosa —dicen algunos.
—Sí, sí que lo es —dicen otros.
—Lo malo es que está un poco oscura —dice uno.
—Es cierto. Esperemos que la iluminen pronto —dice otra.
La luz pasa sin querer por la caja. Parece estar triste y débil. La obligan a pasar por allí, pero ella no quiere.
Ilumina.
Una cuerda cuelga del techo de cristal.
Y en la cuerda, una figura femenina y delicada, ahorcada con una cierta paz en su cara.
La luz se queda un instante, observándola. Y desde allí, cae poco a poco, muriendo en línea recta, hasta llegar al suelo.
La luz se apaga.
La función termina.
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INSTANTE 11
Existía una mirada detrás de este cuadro lleno de especias, de olores embriagantes, de un viento que dibuja el sol mocoso encima del mar, en su atardecer y atardeceres de frutos rojos, como el helado de aquel día.
La mirada extendía su luz hasta las puntas, ese lugar más claro y extremo, donde la fuerza cae suave, donde ya, por la hora del día, reservará esa fuerza para mañana donde lucirán más intensas.
No podría olvidarme del viento, mi amigo y compañero, que siempre me regala viajes como este, donde mi visión, tras ese pelo ondulante y vivo, haciéndose uno con el instante, como si abrazase las líneas del sol que ya casi solo se intuyen y alargan sus brazos acariciando la cara que hay detrás de este manto de pelo negro, a ese viento hablador que lo conjuga todo. A ese viento no, no lo podría olvidar.
INSTANTE 12
Era una estela que salía desde mi cabeza, vacía, suave, llena de colores inexistentes.
