¿Instinto o intuición? - Paco Moreno Llamas - E-Book

¿Instinto o intuición? E-Book

Paco Moreno Llamas

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¿Instinto o intuición? La vida del personaje principal nos cuenta, en primera persona, la historia de un camino en constante evolución. Procedente de una pequeña aldea regida por unas inquebrantables tradiciones, el personaje recibe, en un inesperado acontecimiento, una llamada de su interior que le impulsa a cambiar el trascurso de su vida. El autor invita al lector a ser el copiloto de un apasionante viaje donde experimentará las diferentes sorpresas que se le presentarán al protagonista hasta llegar a su destino. Una cautivadora historia vivida entre dos continentes opuestos, a cargo de personajes poliédricos y repleta de vivencias y emociones. Esta historia de proclamación, de auto definición, de elecciones y de valor empujará al lector a la reflexión sobre el destino y las decisiones personales.

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Paco Moreno Llamas

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-513-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para todas aquellas personas que desean volar en libertad,

hay que perderse para encontrarse.

.

Con el apoyo y la confianza de tus seres queridos,

los sueños siempre se convierten en realidad.

0. El día que reflexioné

Quiero contar una historia, una historia con la que cambié puntos de vista, una historia que expresó un sentimiento, una historia que repercutió en más de una persona, una historia que viajó por continentes, una historia que cambió una tradición, una historia que me salvó, un acontecimiento que perdura en el tiempo; en definitiva, quiero contar la historia de mi vida.

Y te preguntarás: ¿qué tiene tu historia de especial? Y en cierto modo tienes razón, ya que cada persona tiene algo peculiar y personal que contar en el trascurso de su vida. Habrá nuevas historias en una misma persona y pensaremos que son diferentes, pero no es así. En el momento que decidimos dar un giro a nuestra historia, todo lo que viene después es parte de la misma historia, no hablamos de diferentes historias en la misma persona. Cada ser ha venido a contar su historia, una persona podrá tener más detalles, más anécdotas, más días que contar, pero al fin y al cabo solo tiene una historia, única e irrepetible. Así que todos somos especiales y todas nuestras historias son dignas de relatar. Pero, perdona que insista en querer hacerte partícipe de la mía.

Hay momentos de la vida en los que decides redirigir tu ruta y convertirte en el piloto. Pues ese momento me llegó a mí. Cambié de vehículo, un vehículo que no era para mí, con el que no sentía la comodidad; aun llevando unos asientos acolchados que podía reclinar y adaptar a mi altura. Un vehículo en el que no confiaba; aun contando con las mejores medidas de seguridad, tanto en el interior como el exterior. Un vehículo en el que notaba que me faltaba el aire, que me impedía la respiración hasta el punto de ahogarme; aun llevando todas las ventanas abiertas. Un vehículo que no avanzaba, que rodaba muy lentamente; aun contando con un potente motor y un inagotable acelerador. Cambié de carretera, dejando un paisaje encantador, lineal y agradable para tomar la bifurcación de un camino angosto, sin vegetación, repleto de pendientes y obstáculos. Nadie en su sano juicio hubiera pilotado un vehículo con tan pocas prestaciones, adentrándose en una ruta con tan difícil recorrido.

Pero cuando buscas un nuevo rumbo, no te paras a pensar en las diferentes comodidades que te rodean, no te fijas en la carrocería ni en las características del vehículo, no reparas en el trayecto que debes recorrer. Aceptas cada uno de los obsequios que te ofrece tu nuevo camino. Valoras cada parada antes de llegar a destino. Disfrutas con cada obstáculo con el que te encuentras y esquivas. Ríes con cada momento de tristeza. Lloras con cada momento de felicidad. Agradeces el encuentro con cada persona en tu ruta, ya que te enseñan y te indican cómo llegar. Todas estas sensaciones te abren un mundo que has elegido y que has arriesgado, y que no permiten mirar atrás y lamentar.

Tengo el volante en mis manos y quiero que me acompañes en este viaje. Quiero que seas mi copiloto, quiero que seas testigo de cómo conseguí romper con lo establecido, de cómo pude conseguir mi libertad para alcanzar mi destino.

La vida del ser humano se compone de días, y cada día es especial porque algo nuevo te ocurre. Es difícil recordar cada día de tu vida, pero seguramente sí recordarás algunos días importantes que significaron algo inolvidable. Te quiero mostrar algunos días importantes en mi vida, que también quedaron grabados en mi memoria y que, sin duda, fueron decisivos para seguir avanzando en mi objetivo: vivir la vida que yo quería para ser feliz. Te invito a que te subas a mi vehículo, te pongas el cinturón y me acompañes durante algunos días de mi camino.

¡Arrancamos!

Fdo: El personaje de la siguiente historia.

1. El día que nací

Podría empezar con «Érase una vez…» pero sabemos que todo esto pertenece a un cuento de hadas. Y creo que el camino por el que me vas a acompañar puede ser parte de un cuento, pero no precisamente de hadas, ni tampoco de brujas. Así que, cuando hayas recorrido parte del camino y hayamos realizado algunas paradas, te invito a que lo valores y seas tú quien defina el tipo de cuento que te he relatado. No obstante, por el momento, comencemos por la realidad que me contaron.

Era el último día de verano de un año un tanto diferente al de años anteriores. Las temperaturas fueron más altas de las que habitualmente oscilaban en esta pequeña aldea rural de Japón, acostumbrada a un clima cálido y húmedo durante la época estival. Pero ese año, los habitantes de la aldea se vieron sofocados por este aumento de temperatura.

La familia Asaguroi, mi familia, pertenecía desde hace siglos a esta aldea ubicada en las montañas de la prefectura de Kioto. Era una familia muy respetada por los habitantes de la región. Una familia conocida por sus grandes dotes para el comercio y los negocios. Mediante el continuo trabajo y el esfuerzo, que fue pasando de generación en generación, se convirtieron en una familia muy poderosa y adinerada de la zona. Al menos seis generaciones pasaron por esta aldea y todas ellas tenían muy arraigadas las raíces de sus antepasados. De manera que todo lo que hacían, cómo pensaban, cómo actuaban, cómo se relacionaban y, en definitiva, cómo vivían la vida, era siguiendo las costumbres de sus ancestros. Él único propósito de sus sucesores era seguir honrando el nombre de la familia Asaguroi.

Yoshito, mi padre, formaba parte de la séptima generación. Él, junto a su hermano mayor, tenía la misión de continuar con el legado y la tradición de la familia: trabajar duro y honrar el nombre de las seis generaciones anteriores. Sin duda, era algo que cumplía tal cual marcaba la tradición. Siendo joven, y tras la aprobación de sus padres, mis abuelos, decidió emprender el camino e intentar expandir el negocio familiar a la ciudad, Kioto, donde conoció a mi madre.

Hekima, una mujer que bien puedo definir con cuatro palabras: sabia, dedicada, paciente y reflexiva; esta es mi madre. Feliz escuchando música tradicional mientras leía y estudiaba libros con los que ampliaba sus conocimientos en múltiples y variadas disciplinas como la cultura, la naturaleza, la historia, la botánica, la danza, el arte, y así, un listado inagotable de áreas que despertaban su interés.

La forma de cómo y dónde se conocieron mis padres la dejaré para un poco más adelante. Ahora me gustaría continuar con lo que aconteció el verano que mencionaba.

Durante ese verano, se alcanzaron unas cifras muy altas de temperatura que lamentablemente afectaron a sus habitantes y a sus rutinas veraniegas. Entre estos habitantes se hallaba madre, que contaba con su séptimo mes de gestación. Para ella, el calor excesivo también fue algo inquietante y molesto que, sumado al cambio hormonal, hizo que esta temporada estival quedara para el recuerdo, sobre todo los meses de julio y agosto.

Septiembre solía ser un mes en el que iba desapareciendo el bochorno, dando lugar a las lluvias y a trabajar las tierras para las cosechas, pero ese año, las lluvias fueron escasas también en este último mes del verano. Japón es el único país asiático donde se puede disfrutar de las cuatro estaciones a lo largo del año como hacen la mayoría de los países europeos; estaciones que además están bien definidas por el clima. De ahí la importancia de recalcar este dato.

Madre estaba convencida de que, en este último día de verano, el sofocante calor que la acompañó durante los últimos meses, formaría ya parte del recuerdo. Sin embargo, fue todo lo contrario para ella, ese calor estuvo más presente en ella que ninguno de los días anteriores. Cuando comenzó a caer el sol y hacer la luna sus primeros atisbos de presencia, madre pensó en preparar una velada especial para despedir la estación y dar la bienvenida al otoño con su primera luna.

Parte de la riqueza de la familia Asaguroi se basaba en tierras de cosecha, de manera que la luna era un símbolo con mucha magia para la familia. Se decía que existía un espíritu sagrado que se mostraba tras la potente luz que emanaba la luna llena. Por ello, durante los días de luna llena de final de septiembre, los agricultores rezaban a esta luminosa luna para pedir por una buena cosecha, con la firme creencia de que serían más escuchados cuanto más luminoso fuera el astro.

Sin duda madre no iba a perder esta oportunidad al saber que, en esa noche, la luna iba a alcanzar el mayor grado de luminosidad, sería el último plenilunio de verano que coincidía además con el solsticio de otoño, un momento idóneo para peticiones sagradas. Madre se aseguró de tener todo preparado para que este acontecimiento quedara grabado en sus retinas. Además de abordar una petición que la rondaba desde hace tiempo en su cabeza.

Durante esa tarde, se ausentó en la cocina y, escuchando música tradicional de flauta japonesa, pasó un largo tiempo amasando mochi, una pasta de arroz con la que se elaboran dulces tradicionales. Con delicadeza y ternura fue creando bolitas de dango para celebrar el tan esperado plenilunio.

Se dispuso a colocar en una cesta las bolitas de dango junto con kakis y castañas, manjares típicos que anunciaban la venida del otoño. No se olvidó de añadir a la cesta sake para padre y té para ella.

La casa de mis padres estaba ubicada cerca del punto más alto de una colina libre de árboles, de manera que divisar el cielo, las estrellas, el sol, la luna o cualquier objeto celestial era todo un privilegio. Se encargó de preparar la velada de contemplación de la luna colocando un precioso tapiz blanco con hojas de arce sobre la hierba de la colina. Acompañada de la cesta que le endulzaría la noche iluminada.

Madre volvió a la casa y quiso arreglarse para la ocasión. Eligió un kimono de verano blanco también con hojas de arce color rojizo emulando la llegada del otoño, combinándolo con una geta rojiza, el calzado tradicional japonés fabricado en madera y con dos cintas para sujetar el pie. Maquilló discretamente su pálida tez con unos tonos rojizos y soltó su larga melena negra con un pequeño recogido en la parte delantera. Esperó pacientemente en el jardín la llegada de padre.

El jardín de mis padres era ecléctico, y parecerá extraño decir esto sabiendo que los diseños de los jardines japoneses están creados al detalle y cuidados al milímetro. Este eclecticismo estaba buscado desde la historia, la composición y el uso que se le daba al jardín. En el jardín de la casa de la familia Asaguroi se podían contemplar diferentes períodos de la historia de la arquitectura de los jardines japoneses, como los diferentes elementos que los formaban, así como el uso que les daban. Esta integración hacía del jardín un espacio único y simbólico en la aldea, alcanzando así el objetivo de capturar la belleza natural de la naturaleza.

Madre no esperaba sola, la acompañaba Nozomi, también luciendo un yukata, un kimono de verano, blanco con hojas de arce más pequeñas pero con la misma intensidad rojiza. Su pelo, en cambio, iba recogido con una trenza larga a cada lado. Nozomi era mi hermana mayor, acababa de cumplir cinco años, una niña obediente y siempre atenta a las indicaciones de padres, estaba feliz de saber que pronto un hermanito o una hermanita aumentaría la familia. Esperaba con ilusión a que esa nueva persona llegara al mundo para ella poder cuidarla, protegerla y pasar buenos ratos de diversión.

Madre ya le había contado a Nozomi que al caer el sol irían al tope de la colina para contemplar la luna llena, que iluminaría las tierras de la aldea, y en las que se le podría pedir un deseo. Esta idea fue un asombroso regalo para Nozomi ya que estaba afanosa de pedir un deseo, y qué mejor momento que aprovechar la eminente luz del espíritu sagrado tras la luna. Esto aumentaba sus ganas de que llegara padre y, poder así, dirigirse a la colina con el fin de disfrutar de la venidera noche iluminada.

Padre llegó cansado y malhumorado a casa, había sido una jornada muy agotadora y algún malentendido con uno de sus agricultores le hizo que casi pasara de largo sin saludar a madre y Nozomi. Sin embargo, ellas fueron velozmente a su encuentro para recibirlo y darle la bienvenida antes de acceder al genkan, la entrada tradicional de las casas japonesas donde nos descalzamos para evitar traer tierra al interior de la casa.

—Tengo preparada una fabulosa velada para esta maravillosa noche —exclamó madre.

—Lo siento, Hekima, estoy muy cansado y solo deseo descansar —respondió padre.

—Pero esta velada es mágica, y sin duda vas a descansar. Esta noche será el primer plenilunio de otoño y coincide con la despedida del verano. He elaborado unos dulces, y ya tengo todo preparado en la cima de la colina. Podremos además pedir un deseo a la luna y agradecer la cosecha de este año. Nuestra hija Nozomi está muy entusiasmada con esta velada. Por favor, no rechacemos esta maravilla de la naturaleza.

—Está bien, querida esposa, lo haré por vosotras, seguro que la luz resplandeciente de la luna me dará energía y me encontraré bien.

—Sin duda; te he preparado un kimono con motivos otoñales para que demos todos la bienvenida, juntos —concluyó madre.

Padre entró en casa, se refrescó y, siguiendo las indicaciones, se vistió con el kimono de verano, pero con motivos otoñales, que le había dejado preparado.

Entre tanto, madre y Nozomi esperaban en el jardín contemplando la colina que, aun estando alejada, el diseño invitaba a disfrutar de la presencia de ella integrada perfectamente en la vista general del ecléctico jardín.

Padre ya parecía más animado, el enfado con el que llegó a casa desapareció de la misma manera que desaparecería esa misma noche la estación estival. Los tres miembros de la familia Asaguroi fueron paseando colina arriba disfrutando de los últimos rayos de sol que se iban escondiendo tras los rojos brillantes arboles de arce.

Finalmente llegaron a la cima de la colina. Padre y Nozomi quedaron sorprendidos al ver los preparativos que madre había realizado para la noche mágica.

—Ohhh, has preparado bolitas de dango, ¡son mis dulces favoritos! Agradezco que insistieras para que disfrutáramos de la velada, no me hubiera gustado haber desaprovechado esta ocasión —exclamó padre.

—Me alegra que te hayas animado y que te agrade lo que he preparado. Esto no es nada en comparación con la belleza de la luna que vamos a poder contemplar —replicó madre.

—¡Castañas, qué ganas de volver a comerlas! —gritaba Nozomi.

La luz del sol se iba debilitando dando paso al resplandor de la luna. La familia disfrutaba de los manjares que madre minuciosamente había dispuesto. La tradición marcaba que, durante estas celebraciones nocturnas de plenilunio, se hablara de literatura y temas relacionado con la cultura, además de beber sake y té. Estos temas eran parte de la pasión de madre. Sin embargo, en esta ocasión, optó por hablar sobre una de las ciencias más antiguas del mundo y de sus creencias.

—Yoshito, ¿sabes qué comparte y qué difiere la astronomía con la astrología? —abrió la conversación madre.

—Creo que no difiere en nada, querida esposa. Es una ciencia que estudia las estrellas y los planetas llamada con dos nombres indistintamente, pero con la misma finalidad: estudiar el universo —objetó rotundamente padre.

—Siento discrepar, querido esposo, hay similitudes y diferencias. Es cierto que sendas disciplinas están relacionadas con las estrellas y los planetas. Sin embargo, la astronomía es una ciencia que estudia las propiedades físicas y químicas, así como el comportamiento, de los cuerpos celestes. En cambio, la astrología es un conjunto de creencias sobre la influencia de estos cuerpos celestes en nosotros, los seres humanos, y de la posibilidad de predecir sucesos futuros —argumentó madre sin dudarlo—. Por tanto, la astronomía se basa en la lógica y la deducción de lo que se ve, mientras que la astrología se basa en la intuición y la comparación entre los astros y las personas.

—Pareces muy convencida con tus explicaciones, querida esposa.

—Sin duda, de hecho, hoy tendremos el primer plenilunio de otoño que coincide con la despedida del verano. Un fenómeno que, según la astronomía, solo ocurre en contadas ocasiones, y esta noche tendremos esa gran oportunidad. Es el momento idóneo para poner en práctica los principios de la astrología que os he comentado. Pediremos todos un deseo a la luna llena. Algo que queramos con toda nuestra alma, pero no podemos compartirlo con nadie, ni entre nosotros, hasta que se cumpla. Será el secreto de cada uno de nosotros —decretó madre con firmeza.

—¿Puedo yo también pedir un deseo, madre? —tanteó Nozomi.

—Claro que sí, hija. Esta noche es para todos. Y cuando digo todos, es todos —asintió madre con una leve sonrisa premeditada.

La presencia del sol iba agonizando poco a poco hasta que desapareció por completo, dando paso a un ensombrecimiento celestial. Esta penumbra la fue aclarando la brillante luz del astro mágico. Durante este acontecimiento nocturno, la familia Asaguroi no paraba de contemplar la bóveda celeste donde las estrellas, esa misma noche también alardeaban de esplendor y luminosidad. Madre iba repasando con ilusión los nombres de cada una de las estrellas que formaba la visible constelación de Orión, quien comenzaba a asomar desde el este del cielo.

Y llegó el momento, la luna ya había alcanzado su máximo resplandor y estaba impaciente por escuchar las peticiones de cada uno de los miembros de la familia.

—Mirad fijamente a la luna, no apartéis la mirada de ella durante unos minutos. Invocadla desde vuestro pensamiento y comenzad el diálogo con ella. Lo que le manifestéis, hacedlo con el corazón y con la fuerza de vuestra alma. Si el amor que sentís por esta súplica es tan potente como la luz que desprende el astro, vuestro deseo se cumplirá —matizó madre.

Padre, madre y Nozomi dirigieron su mirada hacia la luna y comenzaron el ritual tal y como madre lo había enunciado. Tras varios minutos de silencio, Nozomi agarró la mano de padre y madre y caminaron con una gran tranquilidad y paz hacia la casa.

El verano se acabó, dejando como resultado un día repleto de emociones, deseos e ilusiones y, sin duda, un día agotador para cada uno de ellos. Padre y madre dieron las buenas noches a la pequeña Nozomi, que no acostumbraba a ir tan tarde a la cama; pero esa noche fue una excepción por un motivo especial. Ellos también se retiraron a su dormitorio para descansar.

Bien adentrada la noche, madre se despertó súbitamente. No se encontraba bien, se notaba extraña y alarmada. Despertó a padre.

—¡Yoshito, despierta, Yoshito!

—¿Qué ocurre, Hekima? ¿Por qué estás tan sobresaltada?

—No me encuentro bien, esposo. Siento una sensación de presión en el inferior del abdomen y un leve dolor en la espalda.

—Has experimentado una jornada con muchas sensaciones y, además, has trabajado más de la cuenta para preparar la preciosa velada de anoche. Será el cansancio que se ha despertado ahora que estabas relajada. Caminemos un poco por la casa para que se te pase la molestia —trató de tranquilizar padre a madre.

Padres se levantaron y pasearon despacio por el interior de la casa hasta el cuarto de aseo para que madre pudiera refrescarse. Padre, entre tanto, esperaba a que saliera.

—¡Yoshito, Yoshito! —gritó madre alarmada.

Padre entró velozmente en el cuarto y exclamó:

—¿Qué pasó?

—Acabo de romper aguas.

—No puede ser, aún quedan dos meses para este día. Vayamos al hospital, debe de ser un falso indicativo —aseguró padre.

Afortunadamente, padres tenían unos gentiles vecinos. Así que, aun sabiendo que era una hora complicada, padre fue a pedirles ayuda. Ozuru, el vecino, los llevó al hospital, y su esposa, Hiroko, se quedó al cuidado de la pequeña Nozomi.

El trayecto hacia el hospital se hizo eterno, los dolores en el abdomen de madre eran cada vez más fuerte y su mayor preocupación era que no llegara a tiempo para dar a luz en el hospital. En cambio, padre estaba convencido de que era una irregularidad pero que todavía no podía nacer su bebé. Aún quedaba tiempo para la fecha del nacimiento. Ozuru, mientras conducía, intentaba tranquilizar y animar a la pareja, les advertía que ya estaban cerca del hospital y que todo iba a salir bien.

Llegaron al hospital y rápidamente atendieron a madre. El doctor pidió a padre que se calmara y que se quedara en la sala de espera mientras el equipo podía tratar a su esposa para conocer qué había pasado.

El presagio de madre parecía que se iba a cumplir. Tras un breve tiempo en observación médica, al quebrar el alba, con el primer rayo de sol, rompió el silencio un enérgico llanto de bebé. El otoño se despertó con un nuevo ser antes de tiempo.

2. El día que sonreí

El doctor y su equipo no salían de su asombro, intentaron detener este nacimiento prematuro para que siguiera gestando en el interior de madre. Sin embargo, parecía que estaba con ganas de conocer el mundo antes de tiempo y no pudieron parar mi voluntad.

La enfermera rápidamente me trasladó a la unidad de neonatos para que me pudieran dar la atención necesaria urgentemente. Madre rogaba con desesperación.

—Por favor, déjenme verlo, déjenme tenerlo unos minutos en mis brazos, por favor.

Pero el doctor no tenía la intención de complacerla.

—Lo siento, señora Asaguroi, su bebé necesita ser trasladado a la unidad de cuidados intensivos para recibir la ayuda necesaria en estos casos. Ahora lo importante es asegurarnos de que usted esté bien y que no sufra ninguna hemorragia. Déjenos, por favor, hacer nuestro trabajo y cálmese —insistió el doctor.

La sensación que tenía madre era contradictoria. Por un lado, estaba desalentada y así lo expresaban sus ojos, que se convirtieron en dos estanques de lágrimas. Pero, a la vez, estaba confiada y tranquila porque tenía la intuición de que todo iba a salir bien y, que, pronto, estaría con su bebé. Su único descontento fue que no pudo compartir el primer momento de vida con su recién nacido, no haberme visto la cara, no haberme besado en la mejilla, no haberme acariciado la cabeza, no haberse fundido conmigo en un abrazo de amor. Aun así, estaba esperanzada de que ese mismo día me vería.

El doctor, una vez que comprobó que la vida de madre no corría peligro y estaba controlada, salió a la sala de espera para informar a padre sobre el inesperado nacimiento.

—Señor Asaguroi, debo comunicarle que, inexplicablemente, su esposa ha dado a luz a su bebé antes de lo que esperábamos. Hemos tratado de detener el parto, pero no hemos tenido éxito —certificó el doctor.

—¡No, no me lo puedo creer! ¿Cómo está el bebé, doctor? —preguntó padre aturdido.

—Señor Asaguroi, hablamos de un bebé prematuro y lo hemos trasladado a la unidad neonatológica de cuidados intensivos del hospital, donde estará dentro de la incubadora bajo vigilancia continua. Los pulmones aún no están lo suficientemente desarrollados para funcionar correctamente y, por ello, necesita asistencia respiratoria. Además, también necesita asistencia para alimentarlo ya que no pueden hacerlo por sí mismo —afirmó el doctor.

—Pero dígame, doctor, con estos cuidados intensivos, mi bebé se pondrá bien, ¿verdad? —titubea padre con lágrimas.

—Le voy a ser franco, señor Asaguroi. Esto no se lo he dicho a su esposa porque no era el momento adecuado. Su bebé ha nacido con diez semanas de antelación. Estos bebés tienen riesgo de fallecer o desarrollar serios problemas de salud, principalmente a nivel cerebral y pulmonar. Ahora es muy pronto para dar un diagnóstico, las próximas horas serán decisivas. Iremos comprobando cómo evoluciona a lo largo del día de hoy y durante los próximos. De momento, debemos esperar y tener esperanzas. En breve podrá pasar para ver a su esposa, pero le recomiendo que, de momento, no le comente nada de lo que hemos hablado hasta que esté repuesta del todo —concluyó el doctor, y se alejó por el pasillo de la sala.

Padre quedó angustiado en la sala, estaba muy preocupado, esta situación no era la esperada. Su bebé tendría que haber llegado dentro de dos meses, no estaba preparado para esta noticia y de esta manera. Por su cabeza pasaban muchos pensamientos. ¿Cómo, en pocas horas, la felicidad y la unión que había experimentado toda la familia se había deshecho y, ahora, cada uno de ellos estaba en la soledad? Su recién nacido bajo asistencia y luchando por sobrevivir. A su hija mayor, que tenía tantas ganas de ver a su hermanito, la dejaron dormida en casa y sin saber nada de lo que había pasado. Su esposa, dentro del hospital, posiblemente desolada y confundida. Y él, preocupado e impacientado, deseando que toda la incertidumbre fuese revelada lo antes posible y de manera optimista.

La enfermera atravesó la puerta de la sala y le anunció:

—Señor Asaguroi, ya puede pasar y encontrarse con su esposa.

Padre, rápidamente, se secó las lágrimas de sus apenados ojos y siguió a la enfermera.

—Querida esposa, ¿cómo estás? —exclamó padre al ver a madre con el rostro afligido y la mirada enigmática.

—Estoy bien, querido esposo, pero desanimada por no haber visto a nuestro bebé, no pude ni sentirlo en mis brazos —denotaba la voz frágil de madre.

—Nació antes de tiempo, esposa. Tuvieron que llevarlo rápidamente a la incubadora, muy pronto estará con nosotros. ¡No te preocupes! Ahora debes descansar y agarrar fuerza. ¡Ha llegado trabajo antes de tiempo!

—Querido esposo, te digo que estoy bien. Lo único que me puede dar fuerza es ver a nuestro bebé. ¡Por favor, pide que nos lleven a verlo! ¡Habla con el doctor, por favor!

—Está bien, Hekima. Hablaré con el doctor, pero prométeme que te vas a tranquilizar.

Padre marchó en busca del doctor. Tras intentar convencerlo para que le dejara ver a su bebé, no lo consiguió. El doctor se opuso rotundamente, ya que madre estaba aún débil y mi estado le iba a afectar. Mi peso y dimensiones eran minúsculos; además tenía mecanismos de asistencia alrededor de mi diminuto cuerpo. Así que madre tenía que esperar unos días hasta que estuviera completamente recuperada.

Más tarde, el doctor confesó a padres que no quería que me vieran hasta que pasaran las primeras veinticuatro horas, ya que estas eran decisivas. Si no conseguía sobrevivir durante estas horas, el doctor pensó que era mejor que no me vieran para así evitar un futuro trauma para ellos. Madre no estaba de acuerdo con la decisión del doctor. Era ella la que debía decidir. Pensaba que el trauma se podría originar si yo fallecía y no me hubiera visto.

Madre no compartía la egoísta decisión del doctor. Era una mujer fuerte y estaba confiada de que yo estaba bien, aunque ella aún no sabía las complicaciones que yo tenía como bebé prematuro. Por ello, no se iba a quedar en la cama esperando a que el doctor decidiera cuándo podía verme.

Padre suplicó al doctor que cuidaran de su esposa y de su bebé en la próxima hora ya que tenía una hija con la que estar antes de que se despertara y viera que sus padres no estaban en casa. Ya había bastantes preocupaciones en la familia para añadir una más. Así que el doctor le aseguró que se fuera tranquilo, que el equipo médico cuidaría de su esposa y de su bebé.

Tras las palabras del doctor, padre partió rumbo a casa junto con Ozuru, quien no se movió ni un instante del hospital, para encontrarse con Nozomi. Durante el camino de vuelta a la casa, el primer sol otoñal ya alumbraba la carretera y se podía oír los pajaritos revoleteando y cantando sobre los árboles que iban dejando atrás en el trayecto. Ozuru no dejó de animar a padre, y continuamente le ofrecía su apoyo y le daba fuerzas para que no entristeciera.

—Paciencia, amigo, cada mañana los pajaritos nos anuncian con sus cantos matutinos el sol naciente, que nos regala un nuevo día colmado de alegrías. Queda, aún, mucho día por delante para descubrir los regalos de la vida. Y si no es hoy, mañana volverán a cantar los pajaritos pregonando buenas nuevas. Solo hay que tener paciencia —argumentaba Ozuru.

Cuando llegaron a la entrada de la casa, Hiroko, la esposa de Ozuru, se apresuró por el jardín para recibir a su esposo y a su vecino Yoshito.

—Nozomi sigue dormida —alertó Hiroko a padre.

—Gracias, Hiroko, ha sido muy amable por cuidar de mi hija. Ahora tengo que despertarla para contarle lo ocurrido la noche pasada —agradecía padre a Hiroko con el rostro cabizbajo.

—¡Espero que no haya sido nada grave, Yoshito!

Padre, seguido por Ozuru y su esposa, se dirigieron al dormitorio de Nozomi, que dormía plácidamente mientras que un discreto rayo de sol iluminaba su negro cabello. Se acercó a la cama, se sentó en ella y cogió su mano.

—¡Buenos días, Nozomi! —dijo padre con voz tenue.

—¡Buenos días, padre! ¡Buenos días, señor y señora Mizushima! —respondió Nozomi con una dulce voz mientras bostezaba sutilmente—, ¿dónde está madre?

—Hija, madre está bien, pero tengo una noticia que darte. Tu hermanito ha venido antes de lo que esperábamos. Así que madre está con el médico y con el hermanito en el hospital.

Nozomi dio un brinco de la cama y exclamó:

—¡Qué bien! ¿Podemos ir a verlos?

—No te apresures, querida hija, aún tenemos que esperar. Madre y hermanito necesitan descansar. Pronto podrás verla y, también, conocer a tu hermanito. Yo tengo que marchar para estar con madre hasta que podamos regresar a casa. Durante estos días estarás en casa del señor y la señora Mizushima, que cuidarán de ti, tal y como hacemos padre y madre. Así que prométeme que serás obediente y harás todo lo que te digan los señores Mizushima.

—Te voy a enseñar a hacer unos dulces muy ricos y un baile que solo muestro a mis amigas —recalcaba Hiroko.

Padre cogió una bolsa y metió algo de ropa y calzado para Nozomi, además de preparar algunas cosas indispensables para él y su esposa para los próximos días. Agradeció a sus vecinos por cuidar de su hija y emprendió rumbo al hospital donde se encontraba su esposa.

Madre, entre tanto, que no se daba por vencida, seguía con el propósito de verme, se lo permitiera o no el equipo médico. El doctor fue a comprobar el estado de madre y atestiguó que ya estaba más calmada y denotaba mejor aspecto. Así que le dijo al equipo que ya no necesitaba estar en la sala de observación y que la podían trasladar a una habitación para que estuviera más tranquila.

Subieron a madre a la planta donde las nuevas mamás ya habían dado a luz y, al pasar por el largo pasillo que formaban las habitaciones, observó la felicidad de las mamás con sus bebés en los brazos. Lo que le despertó aún más la necesidad de tener que ver al suyo.

—Esta será su habitación, señora Asaguroi —indicó la enfermera que la acompañó—. Estamos a su entera disposición, le vendremos a ver a cada hora para comprobar su estado. Si necesita algo, no dude en tocar el timbre. Nuestro puesto de control está justo al lado, vendremos al instante.

Madre iba mejorando su estado tras el alumbramiento. Se sentía cada vez con más fuerza y su ímpetu por verme iba en aumento. Pasada una hora, una enfermera apareció para hacer su ronda de control.

—Buenos días, señora Asaguroi. Soy la enfermera Nishimura. El doctor me ha dado indicaciones del parto prematuro de la pasada noche y de los cuidados que debemos llevar a cabo. También me ha informado de que su bebé está en la unidad neonatológica de cuidados intensivos y que, pasado un tiempo prudencial, usted podrá ir verlo.

—Gracias por la información, enfermera. Sí, ya tenía conocimiento de lo que me ha dicho. Solo una pregunta, ¿dónde está la unidad que ha comentado? —cuestionó madre.

—Está en esta misma planta, a unos pasillos de distancia. Ahora, si no necesita nada más, haga el favor de descansar que en la próxima hora vendré a realizar algunas comprobaciones.

Madre quedó pensativa sabiendo que, con valentía y decisión, llegaría a la sala donde se encontraba su bebé. Entendía que estaba bajo cuidados y vigilancia, y seguían el procedimiento correcto para su bebé. Ella no quería saltarse las medidas impuestas por el doctor, ella solo quería ver la cara de su bebé. Con tan solo eso, ella quedaría tranquila, podría descansar y dejaría que la naturaleza y la medicina hicieran su labor.

Así que se dispuso a conseguir su objetivo. Se armó de fuerza y se levantó de la cama. Se acercó sigilosamente a la puerta de la habitación y, lentamente, la abrió. Oteó a ambos lados del pasillo comprobando que no había personal médico que la pudieran descubrir. Se apresuró y, rápidamente, salió de la habitación cerrando la puerta.

Comenzó a caminar por el pasillo, con atrevimiento y templanza, sin llamar la atención, buscando el ala izquierda de la planta que la llevaría a la sala donde permanecía su tesoro.

Al cruzarse a esta parte del ala, divisó al frente al doctor junto con la enfermera Nishimura. Sin dudarlo, abrió la puerta de la habitación contigua y se adentró. En ella estaba una joven madre sentada que sostenía en sus delgados brazos a su recién nacido. Compartía con él una mirada atónica y encendida. Madre, osadamente, interrumpió esa conversación visual.

—¡Buenos días, señora! Disculpe mi atrevimiento, su bebé es precioso, ¡enhorabuena! Yo anoche también di a luz a un bebé que aún no he conocido por orden médica. Observé que el doctor venía hacia esta dirección y no supe qué hacer. Le pido disculpas.

—Gracias, señora, no se preocupe, no ha sido una molestia. Entiendo su sentimiento y la esperanza de ver a su bebé. ¿Iba usted a la sala de las incubadoras? —consolaba la madre mientras acariciaba la manita de su recién nacido.

—Sí, justo ahí me dirigía, ¿sabe usted dónde está?

—Está muy cerca, es la última sala de este pasillo.

Madre le agradeció y le deseó los mejores augurios para la madre y su recién nacido. Abrió silenciosamente la puerta y, tras comprobar que el doctor y la enfermera ya habían pasado, retomó la marcha.

Pasó inadvertida hasta alcanzar la última sala del pasillo, la tan esperada unidad neonatológica de cuidados intensivos. La formaba un gran panel de cristal que sumergía hacia el interior de una gran sala luminosa. Se accedía a través de una puerta de seguridad que solo era apta para personal médico. Dentro de la sala se podían precisar diez incubadoras alineadas en dos filas. Una fila interior con cinco incubadoras que estaban vacías y, otra fila, con el mismo número, pero más próxima al panel de cristal. De estas cinco incubadoras, solo tres estaban ocupadas e identificadas con el nombre de la familia. Madre, angustiada, comenzó a leer la inscripción de cada uno de los nidos de estas pequeñas criaturas: «Familia Tamura, Familia Murakami, Familia Asaguroi».

Ahí estaba, por fin tenía ante sus iluminados ojos su prematuro bebé. Un minúsculo ser con unos diminutos brazos y piernas del tamaño de pequeñas vainas de soja, los inapreciables deditos de la mano eran del tamaño de la semilla de una sakuranbo, la cereza japonesa, y todavía más pequeños los deditos del pie. Mi frágil cabecita se podía envolver en la palma de la mano de madre ya que era tan pequeña como una kinkan, una naranja enana que se come de un bocado en Japón. La forma de mi cara era redonda y de ella resaltaban dos pequeñitos ojos de forma almendrada y del tamaño de una lenteja, una tierna boca con forma y tamaño de piñón y un microscópico montículo remachado que formaba su naricita. El color de mi piel era pálido, pero resaltaba con las blancas vendas que me envolvían, así como destacaba el negro y escaso cabello que cubría mi cabecita. Así fue como madre me describió al verme por primera vez.

Madre, después de su análisis ocular, se aseguró de que había desarrollado todos los elementos de la parte superior, así como todas las extremidades. Permaneció unos minutos más contemplándome. Tras la satisfacción de conocer que su bebé, aun siendo muy pequeño, estaba bien, abandonó la sala sin despegar la mirada de mi cara. Cuando ya casi no se podía apreciar los rasgos de mi pequeña boca, esbocé una cómplice y enigmática sonrisa hacia ella. Madre se percató del gesto y continuó el regreso a la habitación con un rostro complaciente y soñador.

Parece ser que no fue todo casualidad, la celebración que preparó madre la noche anterior era una tradición muy antigua que comenzó practicando la familia imperial pero que luego se extendió a la sociedad japonesa. Esta costumbre antigua se llamaba tsukimi, y era un acontecimiento familiar para contemplar el esplendor de la luna, recibir al otoño, pedir por el bien de las cosechas y dar las gracias por los frutos que daba la tierra. Sin embargo, madre pidió algo diferente esa noche que conocí años posteriores. Invocó a la primera luna llena de otoño para que yo naciera esa noche, aun estando a dos meses distante de mi nacimiento. Pidió que, sabiendo las posibles consecuencias, si el prematuro advenimiento resistía los primeros horas y días, significaría que se convertiría en una persona fuerte y luchadora que se podría enfrentar, con éxito, a cualquier adversidad presente en su vida, además de tener el poder de decidir su destino. En definitiva, suplicó a la luna que la alumbrara esa noche para recibir a un ser poderoso.

¿Cumpliría esa plegaria con su cometido?

3. El día que salí

Padre había vuelto al hospital y preguntó por su esposa. Le respondió una de las enfermeras que había acabado de entrar en su turno y que no estaba al corriente de la señora Asaguroi, por lo que se dispuso a informarse. Tras unos minutos, la enfermera se dirigió a padre y le indicó que la señora Asaguroi había sido trasladada a una habitación. Le dio la información para que se pudiera reencontrar con madre.

En ese mismo instante, madre ya había vuelto a su habitación sin ningún contratiempo en su regreso. Cuando padre entró en el dormitorio, la encontró descansando en la cama con los ojos bien abiertos y vivaces.

—Querida esposa, te veo muy despierta, ¿sientes algún dolor?

—Estoy muy bien, querido esposo. No tengo ninguna molestia y, sinceramente, me encuentro muy bien. Parece que no he dado a luz —añadió madre con una leve carcajada.

—¡Cuánto me alegro, querida esposa! Estuve con nuestra hija Nozomi y le conté que su hermanito ya está con nosotros en el mundo. Se alegró mucho y mostró muchas ganas de conocerlo, tanto o más que nosotros. —Sonreía padre mientras compartía ese momento—. Ahora debemos ser pacientes y esperemos que pronto nos podamos reunir toda la familia al completo.

Ambos estuvieron un buen rato dialogando y parecían felices. Madre ya me había visto y estaba segura de que me encontraba bien. Recordaba con alegría esa efímera sonrisa que yo había compartido con ella en la soledad. Era su secreto y no le había comentado a padre el atrevimiento que había aventurado momentos antes de llegar. Padre, en cambio, aún no había tenido esa oportunidad y tampoco insistió en forzar la situación. Era un hombre que siempre cumplía las normas establecidas. Mantenía un rostro despreocupado y animado ante su esposa aunque, en el fondo, la incertidumbre sobre qué pasaría con su bebé le creaba un estado de inseguridad constante en su cabeza.

El día pasó y madre no mostraba ningún síntoma de preocupación por su bebé. Mientras, padre intentaba mostrar que todo era correcto, cuando en realidad no estaba seguro de nada. Su intención era no alarmar a su esposa. Esta actitud de cada uno hizo que el día pasara de una manera tranquila y sin sobresaltos.

A la mañana siguiente, habiendo pasado las primeras veinticuatro horas de mi nacimiento, el doctor se presentó en la habitación y se dispuso a hablar con padres.

—Buenos días, señor y señora Asaguroi, espero que hayan descansado y que usted, señora Asaguroi, se esté recuperando —exclamó el doctor.

—Muchas gracias, doctor. Sí, hemos descansado y mi esposa también se encuentra mejor que ayer. ¿Tiene usted doctor noticias de nuestro bebé? —añadió padre mostrando un ligero estado de preocupación, pero que a su vez disimulaba para que madre no lo notara.

—Sí, señor Asaguroi, justo venía a informarles. Podemos confirmar que no hemos detectado ninguna anomalía durante las primeras veinticuatro horas desde el nacimiento de su bebé, lo que indica buena señal y optimismo en la evolución. Hemos observado, además, que su bebé está progresando muy rápidamente en comparación con otros bebés prematuros con el mismo número de semanas. Si me lo permiten, añadiría, que es la primera vez que veo que un bebé prematuro, en sus primeras horas, comience a mover la boca con la intención de querer alimentarse por sí mismo. Y no solo eso, además se aprecia movimiento de sus pulmones con el intento, también, de querer respirar por sí mismo —recalcaba el doctor con mucho entusiasmo.

—¡Qué buenas noticias, doctor! —exclamaron al unísono padre y madre.

—Sin duda —prosiguió el doctor—, aún es pronto para concretar. Sin embargo, si seguimos observando este progreso tan inminente, podrán volver a su casa antes de lo que esperábamos. Pero seamos prudentes y sigamos observando la evolución de su bebé antes de emitir ningún juicio.

—De acuerdo, doctor. Estamos contentos de recibir esta buena noticia. Estaremos agradecidos de que nos vaya informando, a diario, de la evolución de nuestro bebé —afirmó madre con tranquilidad que, a su vez, preguntó—: ¿cuándo podremos verlo, doctor?

—Están siendo ustedes señores muy comprensivos y muy respetuosos. Se lo agradecemos profundamente. Por ello, me gustaría pedirles que esperemos a mañana hasta que pasen cuarenta y ocho horas. Si todo evoluciona tan bien como estas primeras horas, podrán ir a ver a su bebé. ¡Yo mismo les acompañaré! —puntualizó el doctor y abandonó la habitación.

Padre y madre se abrazaron fuertemente, fundiendo entre sus cuerpos la gran alegría de la noticia que les había comunicado el doctor. Pero lo que realmente fundía cada uno de ellos era su propio secreto.

Padre, por su parte, estaba aterrado con los riesgos que el doctor compartió con él minutos después de yo nacer. Esto le generó un estado de incertidumbre e inseguridad que no podía compartir con madre, para evitar, así, preocuparla. De manera que esta noticia, sin duda, era una llamarada de alegría tanto para mostrar en su exterior como, sobre todo, para saciar su dilema interior.

A madre, en cambio, esta noticia le constataba que la sonrisa que ella presenció era el reflejo de lo que el doctor le estaba afirmando. Sin duda, su plegaria a la luna era cada vez, más evidente. Tenía la certeza de que la había escuchado y que se la había concedido, o al menos de momento.

Pasó el día y, de nuevo, a la mañana siguiente, el doctor acudió a la habitación para dar un nuevo estado de mi progreso.

—Buenos días, señor y señora Asaguroi. Me complace venir a anunciarles una buena noticia. Como les informé ayer, su bebé estaba progresando velozmente, y esta celeridad ha continuado. Han trascurrido las primeras cuarenta y ocho horas del nacimiento de su bebé y seguimos sin observar anomalías. De hecho, la evolución es, además de rápida, muy favorable. Por ello, creo que es momento de que me acompañen y conozcan a su bebé —comentaba con alegría el doctor.

Padre y madre se miraron fijamente y esbozaron una gran sonrisa.

—Vamos, querida esposa, vamos a conocer a nuestro bebé.

Ambos siguieron al doctor, junto con la enfermera Nishimura, en dirección a la unidad neonatológica de cuidados intensivos, lugar que ya era familiar para madre. Durante el breve camino a las incubadoras, padre no soltaba la mano de madre y seguía mostrando una alegría sobresaliente de su rostro. Al adentrarse en el ala izquierdo de la planta, madre giró su cabeza en busca de la joven madre con su recién nacido que presenció su atrevimiento. Ambas se miraron mutuamente con complicidad y madre compartió un breve gesto que la joven madre supo interpretar con optimismo e ilusión.

Continuaron el camino hasta llegar a la unidad de prematuros, la enfermera extendió su brazo y pasó su tarjeta para abrir la puerta de la sala. Esta vez madre me vería aún más cerca y separadas con tan solo un cristal.

Para padre era la primera vez que acudía a esta sala y pudo ver las diez incubadoras, de las que solo tres estaban ocupadas. El doctor pasó por el pasillo que formaban las dos filas de incubadoras y lentamente se fue aproximando a la última incubadora. Padre, sin soltar la mano de su esposa, seguía al doctor mientras que leía las inscripciones de cada incubadora que iba pasando: «Familia Tamura, Familia Murakami», hasta que el doctor detuvo el paso y dijo:

—«Familia Asaguroi» ¡Aquí está su bebé!

Padre y madre, agarrándose las manos fuertemente, se quedaron atónitos observando a la pequeña criatura.

—¡Mira, Hekima, nuestro bebé! Qué pequeñito es, la cabecita es diminuta y las manos son minúsculas.

Madre no articulaba palabra, solo me observaba, tal vez buscando algún nuevo gesto demostrativo de su conversación conmigo el día anterior.

—Tenga en cuenta, señor Asaguroi, que su bebé ha nacido con una antelación de diez semanas. En ese periodo de la gestación, los órganos y las extremidades del bebé ya están formados, así que durante estas últimas semanas el objetivo de los bebés es aumentar su tamaño y salir al mundo con más fuerza. Sin embargo, puedo afirmar que su bebé sí ha nacido con fuerza, pero ha decidido aumentar su tamaño en el exterior. Por tanto, en cuestión de unas semanas su bebé ya tendrá el tamaño que su hija mayor tuvo al nacer. Por cierto, ¿han decidido ya el nombre de su nueva hija? —añadió el doctor.

—¿Hija? ¿No es un varón? —cuestionó confundido padre.

—Disculpe, señor y señora Asaguroi. Hemos estado tan ocupados en la evolución y estado de su bebé que no deparamos en comunicarles el sexo. Os pido disculpas por el olvido —se lamentaba el doctor.

—Pero usted, doctor, siempre que ha hablado de nuestro bebé, lo ha hecho en masculino, por eso no le pregunté — se dirigía padre exaltado al doctor.

—Le vuelvo a pedir disculpas, señor Asaguroi, por el despiste. Pero insisto, creo que era más importante la salud y el estado de su bebé, y es de lo que ahora nos debemos seguir preocupando.

Esta noticia eclipsó, en parte, la alegría de padre. Para él, sí era importante el sexo de su bebé, ansiaba que fuera un varón por diferentes razones. Era la primera vez en las últimas siete generaciones, de las que él tenía conocimiento, que se rompía la tradición de descendientes en la familia Asaguroi: tener solo dos hijos y que los dos fueran varones.

Existía una firme creencia en la familia de que, si los dos hijos que nacieran en la familia eran varones, el honor y la fortuna de la familia continuaría, seguirían siendo una familia poderosa y respetada por la prefectura, e incluso por otras prefecturas del país.

Así que esta tradición no podía romperse en ninguna generación puesto que significaría que la familia se debilitaría, no tendría la fuerza que había conseguido durante años y, además, se perdería la historia del apellido Asaguroi.

Esta creencia se había cumplido con su padre, con su abuelo, con su bisabuelo, y así hasta varias generaciones pasadas. Sin embargo, la descendencia de la generación de padre comenzó diferente de las siete anteriores. Su primer bebé fue una hembra, Nozomi. Padre ansiaba que su segundo bebé fuera un varón para que así, aun no cumpliendo con los dos varones, tuviera al menos uno que continuara con el apellido Asaguroi a siguientes generaciones.

El doctor acompañó a padre y madre a la habitación y se marchó.

—No puede ser, Hekima, otra hembra. He destrozado la tradición que ha tenido la familia Asaguroi durante tantos años. ¿Qué va a pensar mi padre? Soy la desdicha de la familia —aclamaba desesperadamente padre.

—Querido esposo, no te preocupes, tu padre lo comprenderá. Es la naturaleza quien decide y elige, no el ser humano. No te puedes culpar por el regalo que nos da la sabia naturaleza. Lo importante es que nuestro bebé está bien, ha tenido mucha fuerza, ya has escuchado al doctor. Sé que pronto te olvidarás de esto y estarás muy feliz de ver a nuestra recién nacida crecer —tranquilizaba madre.

—¿La sabia naturaleza toma sus propias decisiones? ¿Te acuerdas de las plegarias a la luna de hace unos días? Le pedí que el bebé que naciera fuera un varón, pero no sirvió de nada.

—Tal vez, en el fondo, no querías eso y no lo pediste con la fuerza necesaria, por eso no se te cumplió. O quizás, la naturaleza nos ha querido dar otra hija por alguna razón que desconocemos por el momento. Fuera lo que fuere, debemos estar felices de que nuestra hija ha nacido bien y pronto podremos llevarla a casa para que la conozca su hermana —subrayó madre con convicción.

Padre pareció quedar más tranquilo tras las explicaciones de madre, y se mostraba más calmado. Momento que aprovechó ella para retomar la cuestión del nombre de la hija.

—Sé que fue una noticia inesperada lo que preguntó el doctor, pero debemos decidir el nombre de nuestra hija.

—Tienes razón, Hekima, pero yo tenía decido un nombre de varón, no he pensado en ninguno de hembra. Tendremos que mirar opciones y elegir.

—Ya que ha sido decisión de la naturaleza, propongo un nombre diferente, fuera de la tradición y de la historia. ¡Llamémosla Socchokuna! —imploró madre.