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Último discípulo de Edmund Husserl, considerado "el Sócrates de Praga" por el compromiso político que adoptó al final de su vida como primer portavoz del movimiento cívico Carta 77, Jan Patočka ha influido fuertemente en el pensamiento fenomenológico actual a través de su concepción de una fenomenología asubjetiva y la caracterización de la existencia humana como movimiento. Interioridad y mundo ofrece por primera vez la traducción en castellano de seis textos integrantes del "Legado de Strahov", un grupo de manuscritos que el filósofo resguarda en la biblioteca del Monasterio de ese distrito praguense. Aunque inacabados, ofrecen una nueva comprensión global sobre el desarrollo de la fenomenología patočkiana, ya que constituyen la antesala concreta de sus proyectos de madurez. A partir de una particular noción de interioridad –concebida en sentido opuesto a la psicología introspeccionista y la reflexión egológica– , Patočka inspecciona la naturaleza de la vida como una resistencia a la objetivación que se coloca ante un correlato que la excede al mismo tiempo que la forma: el mundo. Estas nociones permiten entender no solo el devenir de su pensamiento, sino también el de toda la filosofía fenomenológica de finales del siglo pasado y sus derivas en nuestro presente.
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Seitenzahl: 238
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Este libro pertenece a la colección
POST-VISIÓN
Director de Colección
Jorge Luis Roggero
Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos AiresConsejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Patocka, Jan
Interioridad y mundo : manuscritos fenomenológicos de la Segunda Guerra / Jan Patocka ; contribuciones de Jorge Nicolás Lucero ; prólogo de Agustín Serrano de Haro. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Jorge Nicolás Lucero.
ISBN 978-987-8384-04-7
1. Fenomenología. 2. Ensayo Filosófico. 3. Filosofía Contemporánea. I. Lucero, Jorge Nicolás, colab. II. Serrano de Haro, Agustín, prolog. III. Lucero, Jorge Nicolás, trad. IV. Título.
CDD 142.7
© Sb editorial, 2020
Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel.: (+54) (11) 2153-0851 - www.editorialsb.com • [email protected]m.ar
ISBN 978-987-8384-04-7
1ª edición, octubre de 2020
La publicación y traducción de este libro ha contado con el apoyo del Ministerio de Cultura de la República Checa.
Agustín Serrano de Haro
Instituto de Filosofía, CSIC
Es cosa sabida que la vocación filosófica de Jan Patočka no solo se abrió paso por entre dificultades y obstáculos de diverso orden, sino que tuvo además que sobrevivir a la hostilidad política más bien incesante de los sucesivos dominadores de su país, Checoslovaquia. Las reiteradas exclusiones de la docencia universitaria, la limitación y luego prohibición de las publicaciones, la restricción y luego prohibición de los intercambios intelectuales con colegas extranjeros, las represalias sobre seres queridos, nada de todo ello consiguió abortar la búsqueda filosófica de altísima exigencia en que también consistió su vida. Pero este compromiso tenaz con la filosofía, que acabó resultando heroico, se asocia casi automáticamente con los años del totalitarismo estalinista sobre el país satélite (1948, tras la toma del poder por el partido comunista checo-1953) y, sobre todo, más tarde, con las largas décadas del comunismo “normalizado” o postotalitario (1954-1977 fecha de la muerte del filósofo), con solo el breve paréntesis de la efímera “primavera” de 1967-68. Teníamos escasas y dispersas noticias de que también en los años de la Segunda Guerra Mundial el pensador resistió a la terrible ocupación nazi de Checoslovaquia mientras persistía en el empeño solitario por clarificarse su perspectiva filosófica. Obligado a buscar una alternativa profesional a raíz del cierre de las universidades de habla checa, publicando bajo censura oficial textos sobre la idea de razón y de la Ilustración alemana, movilizado más adelante para la realización de trabajos forzados, este cuidadísimo volumen Interioridad y mundo. Manuscritos fenomenológicos de la Segunda Guerra acoge su investigación filosófica más personal de estos años. Y la admiración del lector puede muy bien repartirse entre el indudable interés teórico de estos ensayos fenomenológicos de la primera madurez del filósofo y la novedad de que nuestro mundo hispanoparlante sí llega al encuentro con Jan Patočka, esta vez, con una llamativa puntualidad y señalado esmero.
En la expresión “interioridad y mundo” resuena de entrada, quizá de un modo algo menos convencional, el asunto perpetuo de la filosofía; esa antigua aspiración humana a comprender el lugar del ser humano en el cosmos, para lo cual ella precisa, sin embargo, de evidencias suficientes acerca de cuál sea la verdadera estructura y consistencia del todo mismo de lo que existe. Pero Patočka es el último de los fenomenólogos que se formaron directamente con Husserl, ya en la década de los treinta, y esto quiere decir que él es el único discípulo que tuvo a la meditación radicalizada sobre el mundo de la vida como su vía principal de acceso a la filosofía fenomenológica. En este planteamiento final, el de La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental de 1936, el todo de lo que existe más bien se ha escindido consigo mismo, como si hubiera generado dos formas heterógeneas de totalidad que ningún sentido análogo del ser consigue ya unir, reunir, coser: el universo de la exactitud físico-matemática y el epifenómeno accidental del mundo sensible en que los humanos viven. El joven Patočka, que también en ese año de 1936 firma su tesis de habilitación El mundo natural como problema filosófico, comparte con Husserl que el origen oculto de la inmanejable duplicación de los todos universales se halla en la subjetividad. Ésta vive, percibe, juzga, hace ciencia, y luego ciencia exacta y luego física matemática, para pasar al cabo a interpretar su propia vida entera a través de esos resultados objetivados de la ciencia que la subjetividad moderna ha construido. Pero esta formulación rápida y un tanto cortante omite todavía la clave peculiar que es la pregunta por “el mundo natural”, o, en las palabras del maestro, por el mundo cotidiano de la vida, la que impulsa a la fenomenología patočkiana inicial y a la husseliana final a cuestionar el objetivismo científico sin invocar un subjetivismo racionalista del pensamiento que fuera su contraimagen, el imperio de la otra sustancia. Pues bien, los cinco ensayos de Interioridad y mundo, que formaban un libro en proceso de elaboración, con partes ampliamente redactadas, presentan el camino por el que Patočka siguió tratando de avanzar en la cuestión perpetua de la filosofía a la luz que sobre ella podía arrojar la fenomenología, también la no husserliana. Como indica con exactitud su traductor y editor Jorge Nicolás Lucero, son el puente entre la concepción patockiana de partida del “mundo natural” y la fenomenología asubjetiva de su madurez; una suerte de eslabón que estuvo a punto de perderse, en el sentido más literal, y que hoy aparece como muy revelador de su trayectoria y enigmático en su alcance.
Filosofía de la interioridad y comprensión del mundo, tal como aquí tratan de abrirse paso, no solo remiten una a la otra y se esbozan en cierto paralelismo o correlación, como cabe esperar de un fenomenólogo en ejercicio, sino que ambas promueven una meditación en torno a lo inobjetivo, en el sentido de lo no objetivable, que resulta una contribución verdaderamente original del fenomenólogo Patočka. La interioridad designa, por lo pronto, la vida del viviente humano en primera persona; vida que aquí tiende ya a desprenderse de las adjetivaciones más típica y recurrentemente husserlianas: “de conciencia”, “subjetiva”, “trascendental”, sin sentirse tentada, empero, por la designación como “ser-ahí” o “ahí del ser”. Ciertamente que esta vida nuestra es extraversión por principio, dirección intencional y afectiva hacia lo otro, interés por las cosas que importan en los contextos situacionales del mundo. Mas la inquietud que la recorre y que, en un sesgo heideggeriano fundamental, es inquietud por sí misma es un impulso que hace de la vida individual un arco siempre tensado que ni el arquero mismo, por así decir, alcanza a objetivar. No solo la introspección de las psicologías positivistas, ni siquiera una reflexión depurada que se atenga, como exigía Husserl, al presente vivo y que capte lo que en él se da en adecuación podría aprehender este como motor íntimo (que no es expresión del texto) cuya ejecutoria inmanente coincide con la historia de mi existenica, con el drama de mi vida (que sí es alusión del texto). De hecho, Patočka previene de pensar como un fundamento el acontecer operante que “da forma a nuestro interior inobjetivo”. Y que tampoco termina de coincidir del todo con alguna versión del concepto de espíritu, en el que el pensador checo busca inspiración y orientación a través de una rica exploración histórico-filosófica. Pero la complejidad singular del planteamiento solo se aprecia bien cuando se observa que también por el lado del mundo al que la vida se vierte, por el lado del correlato de la tensión, entra en juego lo inobjetivo, lo originariamente no objetivable.
También en esta dirección del análisis, que es la que persigue en particular el espléndido cuarto ensayo “Mundo y objetividad”, parte el filósofo checo de que el concepto originario de mundo no coincide desde luego con el universo de los entes determinados y coleccionados, con el inventario del mobiliario de la realidad (como si la realidad hiciese motu proprio este recuento objetivo de sí). Más bien el mundo se revela al movimiento de la vida y se articula como el todo previo de sentido que ha abierto desde un inicio la integración de lo que hay, como la luz, sin fuente objetiva, que franquea el reconocimiento, la claridad, de los entes y de sus relaciones objetivas; este trasfondo unitario desde el cual, contra el cual, a la luz del cual las situaciones de la existencia humana tienen sentido y ser carece de una interioridad que, en analogía al hondón del yo concreto, fuera algo así como el alma global del mundo, pero no por ello deja de rechazar también toda objetivación, sea primaria, sea superior. El lector pensará que, a esta altura, en el proceso de una instancia inobjetiva a la otra, la meditación filosófica de Patočka no puede ya sino volverse crecientemente especulativa, si es que no mística. Y el lector se soprenderá entonces grandemente de que es el análisis de la sensibilidad, es decir, la cuestión de las vivencias ínfimas, vecinas de la subjetividad animal, el asunto que cobra en este límite el protagonismo temático e impulsa la indagación. Como si se tratara de una anticipación en dos décadas respecto de “la fenomenología material” de Michel Henry, Patočka ve en la capa hilética de la vida una dimensión anterior a la conciencia intencional de objetos y que, en este sentido, podría describirse también como ajena a la luz del mundo; en el calor y el frío, en el hambre, en el dolor, en los gozos de la carne, en la donación pasiva de todos los datos sensibles, la vida se toca a sí misma en el puro temblor preobjetivo de su sentirse afectada y concernida. Mas, justamente en contra del monismo de la autoafección del filósofo francés y en una mayor fidelidad a “la fenomenología clásica”, ni siquiera esa pasividad de los datos hiléticos depara una subjetividad que quede clausurada ontológicamente sobre sí misma, que subsista sin un posible “afuera”. La estructura primordial de lo hilético sugeriría una unidad originaria subjetivo-objetiva, que no siendo tampoco fusión indistinta ni atomismo neutral, apunta a “una consonancia simpatética” de la vida con el mundo. Esta participación primordial y pasiva del viviente “en la vida que nos excede” es un vínculo no disarmónico precisamente con el todo inobjetivo que trasciende a nuestro vivir inmanente.
Ya solo este mínimo recorrido por algunos hitos del texto da una idea de su poderoso aliento teórico. Esta consideración culminante de la hileticidad guarda una relación patente, claro está, con la comprensión posterior del primer movimiento de la existencia humana, con el anclaje afectivo en la alteridad y en el mundo natural. La descripción de la vida intencional en permanente ejecutividad y orientación al mundo evoca claramente el movimiento de autoafirmación de la existencia en el seno de la sociedad; ese largo derrotero que capacita y fortalece al yo a la vez que le lleva a desatender la inquietud por su propio ser. La doble tentativa sobre lo inobjetivo, en mí y en el mundo, puede contarse, a mi juicio, sin violencia hermenéutica, como el esbozo primero del tercer movimiento de la existencia, que se sondeará en términos de entrega, pregunta universal, trascendencia sin garantía. Y antes como después, en todo momento, Patočka sigue pensando con Husserl contra Heidegger y con Heidegger contra Husserl, por caminos que conducirían, en su caso, en parte con Fink, más allá de ambos. Mi mención anterior a Michel Henry recoge mi convencimiento de que Patočka pudo perfectamente situarse en la primera línea de la creación fenomenológica, en la “vanguardia” del movimiento fenomenológico, si se excusa la expresión prestada. Piénsese que tanto El ser y la nada como Fenomenología de la percepción, obras decisivas para la ontología fenomenológica de la corporalidad,datan de este mismo lapso temporal de la Segunda Guerra. Y en el cuarto ensayo o capítulo del volumen se advierte cómo el pensador checo era ya plenamente consciente de que la meditación fenomenológica fundamental requería de una reconstrucción original del fenómeno del cuerpo propio; encarnación radical de la vida subjetiva, que también encontrará sitio en la estructuras posteriores de los tres movimientos de la existencia. Al académico y filósofo Jan Patočka la circunstancia histórica le fue, sin embargo, terriblemente adversa; en adelante apenas encontraría algún año de calma para revisar despacio los manuscritos que crecían, para elevarlos al nivel último de su reflexión y darles la forma de obra conclusa. El drama de su país le convirtió de nuevo en “un Robinson que se pone a teorizar en un isla”, autodescripción que Ludger Hagedorn retocó agudamente en “un Robinson en el corazón de Europa”. Que a día de hoy un fenomenólogo francés de la escuela de Merleau-Ponty y con una voz tan renovadora como Renaud Barbaras pueda hallar en el filósofo de lo inobjetivable y de los movimientos de la existenica una inspiración capital para su propia obra, avala, en todo caso, la valoración que he sugerido.
No puedo acabar mi invitación a la lectura y estudio de estas páginas sin unas cordiales palabras de felicitación a Jorge Nicolás Lucero por su espléndido trabajo de edición. Él ha tomado ahora un relevo de Iván Ortega en el empeño por ya nunca traducir al filósofo más que directamente de su lengua checa, ha antepuesto un muy amplio estudio introductorio que abarca todo el pensamiento de Patočka, ha añadido una útil cronología de la vida del filósofo checo –no había muchas disponibles en castellano–, y con todo ello ha sentado otra base, sólida y atractiva, para que la comunidad fenomenológica en lengua española no demore la toma en consideración de las contribuciones de la fenomenología asubjetiva.
Introducción
Jorge Nicolás Lucero
Instituto de Investigaciones “Gino Germani”
En el verano de 1929, Josef Patočka, un respetado filólogo y director de escuela secundaria en Praga, le escribía a su mujer Františka, una soprano apasionada de todas las artes, el siguiente pedido sobre su hijo Jan –aquí llamado familiarmente Jenda–, quien ya contaba con 22 años: “¡Preocupaciones! Como si no tuviera ya suficientes con Jenda, que es indomable y desconsiderado. Por favor, cuídalo, si va al bosque que lo haga sin libros de filosofía”. El filólogo no sabía que este joven indomable, obstinado, apenas llegado de un viaje de estudios en Francia, se volvería, a causa de esa relación riesgosa con la filosofía, una de las personalidades intelectuales más interesantes de Europa Central y una de las más importantes en la historia la nación checa.1
Josef quiso inculcarles a Jan y sus tres hermanos la pasión por el mundo y la cultura griega, enseñándoles desde su niñez el griego y el latín. Esta transferencia sólo tuvo lugar en Jan, algo para nada fortuito. Tanto Josef como Františka fueron rápidamente conscientes de las dotes intelectuales y las singulares ocupaciones del segundo de sus hijos. A los 6 años, Jan ya disponía de un cuaderno donde hacía anotaciones para sí mismo, y con frecuencia le robaba papeles a su padre para escribir encima de ellos –arruinando, en efecto, las propias anotaciones de Josef. Había, entonces, una disposición, un temple en Jan para que esta pasión le fuera transmitida y perdurase a lo largo de su vida, pero no como quizás lo hubiera deseado su padre. En 1925, comenzó sus estudios en Romanística, Eslavística y Filosofía en la Universidad Carolina de Praga, la más vieja e importante de esta nación. Sin embargo, rápidamente decide hacer de la filosofía su única profesión, decisión opuesta a los intereses paternos. Increíblemente, un amante de la cultura griega se mostraba, no ignorante, pero sí indiferente ante la actividad filosófica. En una entrevista, Jan subraya que, aun admitiendo su innegable influencia y su conocimiento de la filosofía checa de su tiempo, Josef nunca entabló con él ni con nadie una conversación filosófica.
En esta misma entrevista también expresa, casi a modo de confesión, que no sabe con exactitud qué fue lo que lo introdujo en la filosofía, pero, si hubo una razón, no fue ni la coyuntura social, ni un interés por el positivismo imperante en la academia checa. Por el contrario, fue de un orden más bien religioso: “la generación a la que pertenecí no llegó a la filosofía por un interés en su época, por una urgencia de los problemas actuales, menos aún llegó solo por aptitud especulativa –o dicho de otro modo, llegó en busca de un centro espiritual para la vida que luego las corrientes más vivaces del pensamiento europeo profundizaron”.2 No es de extrañar, así, que su segundo trabajo publicado haya sido un artículo sobre las relaciones entre filosofía y teología. Tampoco es de extrañar el disgusto del padre, un “ateo irreconciliable”, ante la decisión de su hijo.
Este ingreso en la filosofía no termina siendo más que una ironía el itinerario de Jan Patočka, pues su vida y su obra quedan marcadas a fuego por las constantes transformaciones políticas y sociales que atravesó el corazón geográfico de Europa. Nacido bajo el Imperio Austrohúngaro, tras el fin de la Primera Guerra vivió la fundación de la República de Checoslovaquia liderada por el filósofo Tomáš Garrigue Masaryk. Aunque Patočka nunca pudo conocerlo personalmente, se dedicó al estudio de la obra y las acciones de Masaryk en muchas etapas de su vida. Bajo esta Primera República, Patočka fue becado por el gobierno francés y en 1929 estudia en la Sorbona, donde entró en contacto con uno de sus maestros, Edmund Husserl, fundador de la fenomenología y, sin lugar a dudas, uno de los filósofos más leídos y debatidos que ha dado el siglo pasado. Patočka, que ya conocía la obra de Husserl y lo consideraba el gran filósofo de su tiempo, terminó siendo capturado por la corriente fenomenológica al asistir a las conferencias que Husserl dictó en París, las cuales resultaron fundamentales para que la fenomenología se difunda por Francia y el resto del mundo. Más aún, a partir de este encuentro, el joven Jan se transformó en un discípulo especialmente estimado por Husserl; por fuera de su lucidez, Patočka era, entre todos sus seguidores, el único coterráneo –Husserl había nacido en Prostějov, Moravia. Incluso el padre de la fenomenología había estudiado y forjado una amistad con Masaryk en su juventud. Tal fue el vínculo intelectual y personal entre Husserl y Patočka que, reencontrándose en Friburgo durante la Nochebuena de 1934, el primero le obsequia un atril que el propio Masaryk le había legado a finales de la década de 1870: “Me convertí así –recuerda Patočka– en el heredero de una gran «tradición” de la que nunca me he sentido suficientemente digno».3
Tras su paso por La Sorbona, Patočka regresó a Praga para escribir y defender en 1931 su tesis doctoral El concepto de evidencia y su importancia para la noética. Este trabajo, si bien constituye una disertación de epistemología, ya sugiere muchos de los temas que aborda la fenomenología husserliana y que preocupan al filósofo durante su vida, como la pregunta por el conocimiento situacional, el problema del sentido, el lugar de la corporalidad y el problema de la correlación entre sujeto y objeto. Luego de doctorarse, Patočka gana otra beca, esta vez por parte de la Fundación Humboldt, para investigar en Berlín y Friburgo durante 1932 y 1933. En Friburgo conoció a su segundo maestro, Martin Heidegger, con quien no tendrá un vínculo tan personal, pero cuya influencia filosófica será cada vez mayor a lo largo de los años. Berlín, por otra parte, implicó un cambio significativo en su perspectiva; no solo porque asistió a los cursos de grandes filósofos alemanes como Nicolai Hartmann, Wener Jaeger y Jacob Klein, con quienes profundizaría su conocimiento de la filosofía griega como nunca antes, sino porque allí por primera vez, y sin abandonarla jamás, la cuestión social y política de Europa lo interpeló: “Berlín tiene para mí otro significado: antes todos mis proyectos filosóficos eran abstractos, mientras que en Berlín me politicé. Vi la «revolución» alemana de cerca, si bien de manera confusa; vi aquellas masas insurrectas cargadas con un nuevo sentimiento de esperanza, pero al mismo tiempo cargadas con una pesada hostilidad que amenazaba a todo lo que constituía la vida histórica y política de mi propia nación”.4 Su horizonte filosófico se vio conmovido, la búsqueda de un centro espiritual se sacudió, no para caer, sino para ampliarse, para ver en la filosofía una praxis, “la praxis más importante e intensa”, según sus propias palabras en aquél entonces.5
Nuevamente de regreso a su tierra, Patočka empezó a colaborar en el incipiente Círculo Filosófico de Praga iniciado por Emil Utitz, un profesor que había escapado de Alemania tras el ascenso del nazismo y que buscaba construir un centro cosmopolita de la filosofía en Europa, tal como lo hizo el célebre Círculo Lingüístico de Praga. La colaboración de Patočka permitió que el mismo Husserl dictara en 1935 dos conferencias en la ciudad. En ellas se trama uno de sus legados filosóficos mayores y sumamente influyentes para su discípulo coterráneo: la obra La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología transcendental. Con estas conferencias, Europa, como problema filosófico, pero también ético y político, toma el aspecto de una urgencia en el pensamiento patočkiano. Sin embargo, al filósofo aún le faltaba consagrarse académicamente, y para clavar bandera en ese terreno preparó su tesis de habilitación, requisito necesario para ingresar a la Universidad Carolina como Docent (profesor asociado). Este trabajo, manifiestamente fenomenológico y vindicador de la perspectiva husserliana, se publicó en 1936 con el título El mundo natural como problema filosófico, y tal será su valor para la problemática fenomenológica del mundo natural que 40 años más tarde es traducido al francés.
A pesar del éxito por este trabajo y del nacimiento de su hija Františka, en 1937 Patočka asistió al siglo XX en toda su miseria. Masaryk, el faro político y espiritual de Checoslovaquia, falleció en septiembre. Asimismo, el último encuentro con su maestro en Friburgo resultó poco feliz, pues Husserl se encontraba totalmente deprimido por la situación europea –más aún, el último día de su visita Husserl sufrió una caída que lo diezmó físicamente y que acabó con su vida al año siguiente. Para marzo de 1939, el nazismo ya había ocupado las regiones de Bohemia y Moravia, tomando el control del país. Aun así, Patočka resistió –pues jamás emigró– todos los embates que el totalitarismo le impuso en su vida profesional, ya se trate de la ocupación nazi, la represión estalinista con el Golpe de Praga en 1948, o bien la directa invasión de la U.R.S.S. en 1968, regímenes que lo excluyeron de la actividad académica o intentaron hacerlo. Con la Segunda Guerra finalizada, la flamante Tercera República le devolvió a Patočka su puesto en la universidad hasta 1950, al mismo tiempo que obtuvo un puesto de editor, investigador y traductor en el Instituto Masaryk, cargo que ocupará de manera exclusiva hasta 1954, cuando el estalinismo decide disolver el espacio (imponiendo la visión de Masaryk como un agente del imperialismo). Tras esta clausura, logra acceder al Instituto de Pedagogía de la Academia Checoslovaca de Ciencias, lugar donde estudió y compiló las obras completas de Jan Amos Komenský (Comenio), el padre de la pedagogía occidental y del cual se volvió, queriéndolo o no, uno de los eruditos más importantes de su obra. En 1957 se trasladó al Instituto de Filosofía, donde siguió oficiando como empleado del departamento editorial. En esos años, su actividad académica se restringió a las presentaciones y conferencias en el exterior (París, Bonn, Friburgo, Colonia, Lovaina, entre otras ciudades). Además, la administración comunista no iba a dejarle el puesto sin más. Así como se resistieron a su retorno en la cátedra de la Universidad Carolina, lo obligaron a volverse nuevamente un tesista y preparar un trabajo para doctorarse una vez más, esta vez como Doctor en Ciencias de la Academia Checoslovaca. Bajo este contexto presentó en 1964 el extenso Aristóteles, sus predecesores y sucesores,6 donde realiza una lectura de la historia de la filosofía a partir del problema del movimiento y la búsqueda por recomponer la significación filosófica de este fenómeno por fuera de las ciencias físicas. Tal fue la rudeza con su persona, que la defensa de esta tesis tuvo lugar recién dos años después. Asimismo, este trabajo, fundamental para entender las fuentes y las motivaciones de los movimientos de la existencia humana –acaso su concepto más trascendente–, será la última gran obra que el filósofo publique de forma oficial.
En 1967 –es decir, a sus 60 años– volvió a la Universidad Carolina y obtuvo una plaza profesoral en Brno en la actual Universidad Masaryk. Aunque si hay algo que nunca faltó en la vida de Patočka, ni en la vida social y política de Checoslovaquia, fue la inconstancia. En 1968 asume Alexander Dubček como Primer Secretario del Partido Comunista, evento que inicia la célebre Primavera de Praga. Las políticas reformistas y descentralizadoras de Dubček encarnaron el proyecto de un “socialismo con rostro humano”, lo que abrió las puertas a un período de libertad de expresión y de prensa en otro momento impensable. Esta búsqueda por un socialismo que provea “a la persona de una realización más completa que la que da cualquier democracia burguesa”7 sería, no obstante, extremadamente fugaz. Leonid Brézhnev, a la cabeza de la Unión Soviética, le exigía a Dubček revertir las medidas tomadas, pues esta nueva libertad para los medios masivos cargaba una tendencia “antisocialista” que estaba dañando a todo el bloque del Este. Brézhnev, quien usó como carta política principal el expansionismo, no toleró los tiempos que Dubček reclamaba para revertir esa tendencia; ese mismo agosto, organizando al resto de los países del Pacto de Varsovia, invadió y ocupó velozmente Checoslovaquia. Con esta invasión se emprendió una “normalización” que consistía, entre otras cosas, en la purga de los reformistas dentro del Partido y en la destitución de funciones públicas de profesionales e intelectuales contrarios a la ocupación.
Esta normalización tocó de cerca a Patočka. Las casi 11000 copias de Sobre el sentido del hoy, que compila artículos sobre política y filosofía checas, se destruyeron. No es algo de extrañar: por ejemplo, uno de los textos allí encontrados, “Nuestro programa nacional y el momento actual”, señala, de forma indirecta pero no oculta, su simpatía por el programa de Dubček y la defensa del socialismo como autorrealización de la libertad individual.8 Sus demás obras también comenzaron a desaparecer de las bibliotecas, o en el mejor de los casos se obtenían en la editorial mediante una confirmación escrita y firmada por un instituto de investigación oficial donde debía constar que la lectura de la obra se consultaba solo con propósitos académicos. Así, Patočka comenzó a tener un centenar de publicaciones en el formato de samizdat,9 entre las que pueden contarse las reediciones de artículos y la transcripción de los seminarios clandestinos que el filósofo comenzaba a ofrecer a puertas cerradas, en particular después de 1972, cuando fue forzado a jubilarse de la Universidad Carolina y romper todo lazo con el mundo académico.
Pero esta exclusión de la actividad académica no frena a Patočka. Indomable como en su juventud, se presentó en el 15mo Congreso Mundial de Filosofía en Varna, Bulgaria. Por supuesto, lo hizo de manera extraoficial, por fuera de la delegación checa. Allí intenta leer su trabajo “Los peligros de la tecnificación de la ciencia en Edmund Husserl y la esencia de la técnica como peligro en Martin Heidegger”,10 frente a la indignación indisimulada de Radovan Richta, en aquel entonces director del Instituto de Filosofía de la Academia Checoslovaca de Ciencias, y quien defendía la evolución tecnológica como la llave para lograr una sociedad sin división de clases. Richta y la delegación interrumpen la presentación a los gritos, impidiendo que Patočka termine. En su regreso a Praga, la policía le confiscó su pasaporte para nunca más devolvérselo. Los siguientes años sobrevivió –como ya lo había hecho en otras ocasiones– oficiando de traductor fantasma, pues su nombre no podía aparecer en ninguna publicación, y dictando seminarios clandestinos en sitios inoportunos como hospitales psiquiátricos o domicilios particulares. Sin embargo, esos sitios inoportunos, junto con la invitación de su amigo Krzysztof Michalski, dieron lugar en esos años a los artículos de su último escrito, acaso el más trascendente, Ensayos heréticos sobre filosofía de la historia.
Ahora bien, Patočka se volvió una persona de especial interés para el régimen totalitario durante 1977,11
