Interrupciones - Clelia Inés Moure - E-Book

Interrupciones E-Book

Clelia Inés Moure

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Beschreibung

Es un ensayo literario acerca de la íntima conexión entre la lectura y la escritura y la condición productiva de la lectura (por ello el lector reescribe lo que lee); la importancia de la memoria y los sueños en la génesis de la escritura literaria y la gravitación de creadores como Borges, Kafka, Van Gogh, Primo Levi, Pizarnik, Beckett entre otros muchos escritores y pensadores como Freud, Barthes, Agamben.

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Seitenzahl: 133

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Interrupciones

Por una poética de la lectura

Clelia Moure

Moure, Clelia Inés

Interrupciones : por una poética de la lectura / Clelia Inés Moure. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8492-45-2

1. Ensayo Literario Argentino. I. Título.

CDD A864

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

ISBN 978-987-8492-45-2

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Impreso en Argentina.

Índice

Introducción

I. La tenaz persistencia de la memoria

II. La escritura y la fragilidad

1. Autorretrato

2. Sobre lo irrefragable

3. Sobre lo indecible

4. Sobre la imposibilidad de escribir

5. Extraer la piedra de la locura

6. La mirada de la Medusa

7. La soledad del escritor

8. Una biblioteca ciega

III. La escritura y la falta

1. Escritos sobre Kafka

2. Estado de cosas

3. Sobre la emoción y las palabras

4. La escritura y la melancolía (un problema musical)

5. La melancolía y la mirada (sobre una foto familiar)

6. “¿Y qué importa dónde esté mi cuerpo?”

IV. La literatura y la vida

1. Tiempo teatral y tiempo vital

2. La literatura forma parte de lo que soy

3. El deseo de escribir

4. Nombrar el deseo

5. El cuerpo afectado del poema

La cura literaria(a modo de conclusión)

Bibliografía

Introducción

Porque nadie sabe nada del sentido que la lectura da a la obra, quizás porque ese sentido, siendo deseo, se establece más allá del código de la lengua.

Roland Barthes. Crítica y verdad

Este conjunto de textos está animado por una convicción paradójica: la certeza de que sólo la incertidumbre puede salvar el pensamiento.

Lo que acabo de señalar es algo más que una idea personal; es lo aprendido por los filósofos de todos los tiempos en el movimiento espontáneo de la meditación, cuyo pulso es el deseo de saber y de comprender un determinado fenómeno, pero cuyo camino obligado es la vacilación, los avances y retrocesos ante las dificultades de la materia de estudio o ante las dudas más tenaces, que obligan a mantener los ojos abiertos, la mente alerta, el tacto y el oído bien dispuestos. Ese aprendizaje es su legado, y yo estoy infinitamente agradecida por ello.

Uno de los placeres de la escritura y de la lectura está dado por la posibilidad de explorar nuevas formas. He sido y sigo siendo una feliz lectora. Con el deseo (tal vez ingenuo, tal vez omnipotente, pero ciertamente honesto) de hacer felices a otros, este conjunto de textos se atreve a internarse en el camino de dicha exploración y propone la meditación y el relato como discursos íntimamente conectados. Esa conexión íntima no es una simple combinación armoniosa; los dos discursos se necesitan y se potencian, en la medida en que uno permite la mejor posibilidad del otro. Éste no es, desde luego, un descubrimiento mío; lo he aprendido de mis maestros. El primero, omnipresente en mi escritura, es y será Jorge Luis Borges, el cuentista, el poeta y el ensayista (lo es simultáneamente en cada uno de sus textos). Mi admiración por los inclasificables y extraordinarios ¿ensayos?, ¿cuentos?, de Otras inquisiciones lejos de obturar mi deseo de escribir ha sido un feliz estímulo para atreverme a intentarlo, para permitirme cruzar dos registros discursivos que pueden parecer ajenos pero nunca lo han sido. En esa discontinuidad discurre eficazmente el pensamiento, se explica a sí mismo; la idea se vuelve posible entramada en el verosímil del relato.

El segundo maestro a quien le debo infinita gratitud es Roland Barthes. También él ha explorado las nuevas formas del ensayo. La de Barthes -dice Nicolás Rosa en un prólogo memorable- “es una retórica amorosa hecha de susurros, de hesitaciones, de vibraciones […] la palabra semiarticulada vacila, la palabra caída desfallece en el discurso quebrado pero intensamente logrado donde la verdad siempre triunfa al fracasar.”1 La concepción barthesiana del texto y de la lectura, que renovaron el panorama crítico de la segunda mitad del siglo veinte, y cuyas derivaciones siguen provocando pensamiento y sentido muchos años después de su desaparición física, determinaron para siempre mi forma de leer y me animaron a escribir mis lecturas, porque su reflexión teórica justifica y habilita la horizontalidad en la producción del sentido: no hay sentido único ni Estado literario; el texto es una red sin límites ni centro, un campo metodológico, un espacio donde el sujeto trabaja y produce; un territorio siempre nuevo que merece ser cartografiado. Estos dos maestros son el único lujo que me permito; mi manera de leer les debe casi todo a ellos.

Se me reprochará tal vez la generalidad de los temas que abordan estos breves ensayos. Parece pretencioso que no me limite a un área modesta del conocimiento y que me atreva a hablar de la soledad, de la emoción, de la poesía, del silencio, de la escritura y la lectura, de la memoria y el olvido. Pero no me ha parecido demasiado porque llevo toda mi vida pensando en ellos. Son los grandes temas de la humanidad, de la filosofía, de los novelistas y poetas más célebres, lo sé, pero son también los temas de cada hombre y de cada mujer, y sobre todo, de cada niño. Mucho de lo reflexionado en este volumen recoge poderosas intuiciones de la infancia. Y en más de una ocasión, la reflexión adulta no las ha superado. Ha podido, a lo sumo, desplegar los términos del problema.

Me obligo a dar una breve explicación del título y de la dinámica de este conjunto de textos. Empleo el término “interrupciones” en un sentido –otra vez- barthesiano. Me refiero a aquel memorable comienzo de su artículo “Escribir la lectura”:

¿Nunca les ha sucedido, leyendo un libro, que se han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza? (Barthes 1991 [1970]: 35)

Esta es en mi experiencia la paradigmática escena de lectura, repetida cada vez, en cada recorrido. Esa suspensión es necesaria para ver lo que el texto señala o evoca, aquello que da a entender y lo que resuena en sus pliegues, porque cada pliegue marca la dirección de la mirada o de la memoria. En términos de Michel Foucault, se trata de aquella suspensión que se configura en el “hablo” de la escritura literaria, aunque no vaya a dar necesariamente en un “digo” esto o aquello.2

La interrupción es una discontinuidad sin la cual no habría nunca conexiones heterogéneas ni producción de sentido ni texto como travesía. De esa suspensión, además, el lector regresa transformado: ya no será nunca el mismo. Hay en esta comprensión de la actividad lectora una poética, por cuanto se desprende de ella que la lectura es una práctica, un hacer que garantiza la existencia de cada texto en un tiempo real, en un espacio preciso, y por su condición activa y productiva es -tanto como la arquitectura, la música, la pintura- una de las bellas artes.

Cierro esta breve introducción con un señalamiento obvio pero necesario: he aprendido a pensar con la literatura, por la literatura. En ella encontré siempre y sigo encontrando ideas, conjeturas, certezas, convicciones y preguntas que no me habría planteado sin ella. En cada texto el lenguaje se pone en acción, una acción del cuerpo, del pensamiento y de la voz. Por eso la lectura me lleva a escribir, a prolongar el deseo del texto comunicando el sentido que tiene para mí: un momento de su indetenible devenir, apenas una de sus infinitas metamorfosis.

Mar del Plata, octubre de 2021

1 Rosa. Nicolás. Prólogo a Lo neutro. Notas de cursos y seminarios en el Collège de France, 1977-1978. México: Siglo XXI editores, 2004. Recogido dos años después en: Relatos críticos. Cosas animales discursos. Buenos Aires: Santiago Arcos editor, 2006. Pp. 77-107.

2 Estoy recordando el breve ensayo de Michel Foucault: El pensamiento del afuera, de inspiración blanchotiana, publicado en 1986 por la editorial valenciana Pre-textos.

I

La tenaz persistencia de la memoria

La experiencia nunca es limitada, y jamás estará completa; es una especie de enorme tela de araña de las más finas hebras de seda suspendida en la cámara de la conciencia, que atrapa en su tela cada mínima partícula que flota en el aire.

Virginia Woolf. El arte de la ficción.3

Y sobre el paso del tiempo, bueno… ya no te importa mucho, ¿cierto? Siempre son los mismos diez minutos, una y otra vez. Así que, ¿cómo puedes perdonar si ni siquiera recuerdas olvidar?

Jonathan Nolan, Memento mori 4

1

Comprendí viendo una película que la memoria es la única garantía del sentido. No la Razón ni la Verdad, no la verificación científica de la existencia de lo real, del movimiento o de la rara materia del universo; no la conciencia de sí que acompaña y puntúa con fragilidad nuestra existencia. La memoria. Sin ella no hay sentido posible, no puede haberlo. La película es muy conocida, su título en latín la ha salvado de las arbitrarias traducciones que proliferan entre nosotros. Se llama Memento. Su director, Christopher Nolan, se inspiró en un cuento escrito por su hermano Jonathan cuyo título es la frase latina Memento mori (“recuerda que morirás” o “acuérdate de la muerte”). La palabra memento se encuentra en muchas locuciones latinas y casi siempre la encontramos traducida como: “Acuérdate”, apóstrofe que resuena en mi azarosa memoria intertextual con acento mexicano, porque me recuerda a Rulfo. Me envía no solamente al cuento que lleva ese título, sino a toda la obra rulfiana. También “Luvina” y “Nos han dado la tierra”, “¡Diles que no me maten!” o “No oyes ladrar los perros”; todos esos relatos se leen en el mismo registro inconfundible, que parece desprenderse de un largo y musical: “Acuérdate, acuérdate”. Leo los inolvidables cuentos de Rulfo como conversaciones, y los recuerdo mucho tiempo después de haberlos leído. Lentas conversaciones en voz baja o largos monólogos que esperan ser oídos, y que remiten a un pasado reciente y cercano, lleno de personajes y acontecimientos cuyo rítmico desarrollo nos absorbe y nos acuna. Una memoria que va hilvanando nombres y episodios vividos, muertes y destierros, esperanzas no cumplidas, herencias robadas y caminos sin orillas. Los cuentos de Rulfo me confirman la poderosa conexión entre la memoria y el oído: los sonidos, los susurros, las voces que configuran el mundo, que es el mundo recordado, el único mundo posible.

En la película de Nolan se pone de manifiesto en primer plano la desesperada confusión de un hombre que no puede gobernar su vida ni comprenderla, que está a merced de lo que otros hagan con ella, porque no puede recordar lo que le sucedió diez minutos antes del momento presente. El personaje anota con urgencia un nombre, un número, una frase en el zócalo de la polaroid que acaba de tomar, antes de que la frágil memoria colapse. Como si esa débil estratagema pudiera corregir el absurdo, pudiera organizar el caos irreparablemente fragmentario que es su vida. No ha perdido su capacidad de razonar, de sospechar, de deducir, de inferir, y sobre todo de desconfiar. Pero no puede saber qué ha sucedido ni, por lo tanto, comprender lo que está sucediendo. “Acuérdate”, le gritamos a oscuras y en silencio desde nuestra butaca. “Acuérdate”, porque el sentido de nuestra propia vida se juega también en esa batalla.

Lenta y lejana, la memoria trabaja. Un recuerdo infantil aflora, evocado por alguna vivencia presente cuya conexión aparece enmascarada. Propia y ajena, la memoria teje relaciones tan inesperadas como poderosas. Si hacemos el esfuerzo necesario, y si perseveramos en él lo suficiente, la conexión aparece y nos deja pasmados, en silencio. Mientras tratamos de recuperarnos, la conexión se hace más clara; encontramos relaciones de sentido que no habíamos reconocido al principio. Es como enfocar: primero la escena aparece con perfiles difusos; de a poco y con esfuerzo, la imagen se define. Eso lo saben mejor que nadie los fotógrafos. “Uno se demora mucho en ver”, explica en una carta a su sobrino el fotógrafo chileno Sergio Larraín, citado por Leila Guerriero en uno de sus mejores libros: Zona de obras. Es una frase extraordinaria que pude incorporar a mi vida. Me la digo a mí misma con frecuencia desde que la leí. Más que decírmela, la frase se me impone, el trabajo de la memoria la trae, como el mar trae los restos de un naufragio.

El recuerdo infantil es muy preciso y es muy lejano. Yo tenía cinco años. Iba al jardín de infantes y la maestra era una monjita muy joven y muy dulce. Se llamaba Juana, para nosotras era la hermana Juanita. Estoy con ella sentada en un banco de la capilla, en silencio, en perfecta quietud exterior, aunque por dentro me siento muy inquieta. El horario escolar ha terminado, todas mis compañeras se fueron a sus casas; ellas deben estar tomando la leche, mirando los dibujos animados o jugando con sus hermanos. Alguien no me fue a buscar. Se hizo tarde. No recuerdo cuánto duró la espera ni quién, finalmente, me llevó a casa. El recuerdo finaliza en la capilla, en el silencio y la quietud atravesando el sentimiento de abandono, aunque yo no fuera todavía capaz de formularlo para mí misma en esos términos.

Me pregunto qué se oculta en la parte negada del recuerdo. Por qué no sé quién me fue a buscar ni la causa de su demora. La memoria encubre o devela a su arbitrio. Como en los sueños, en los recuerdos cobran relevancia los detalles. En este recuerdo infantil (no es un detalle, claro, es lo más importante) reina el más absoluto silencio. Yo no pregunto, no pido, no exijo que llamen a mi mamá ni a mi papá. No hablo. No hago reclamos ni le doy rienda suelta al llanto que seguramente -tengo apenas cinco años- me anuda la garganta. La hermana Juanita tampoco pregunta ni da respuestas. Yo no las he pedido. Lo que comprendo (una comprensión muda) es que ella sabe. ¿Hubo una llamada telefónica? Habría sido lo normal; se telefoneaba a la familia de la alumna que no había sido retirada a tiempo. No lo recuerdo. El silencio es total. Nada lo quiebra ni lo disimula, ni siquiera un rezo (resulta extraño no haber rezado, estando en la capilla con la hermana Juanita). En el silencio atronador de ese recuerdo infantil se anudarán muchos años después otros silencios, otros olvidos y abandonos, otras preguntas que no hice y muchas respuestas que no exigí. Preguntar significa pensar (permitirse pensar) que las cosas podrían ser de otra manera. Tal vez sea necesario explorar los vínculos entre la memoria y el silencio. Tan necesario como doloroso.

2

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

Jorge Luis Borges. Funes el memorioso

Nuestra cultura está envenenada de certezas. Una muy prestigiosa es aquella que postula el valor absoluto de la memoria. Parece que recordar es bueno y olvidar es malo, siempre, en cualquier circunstancia. Falso. Falso como todas las afirmaciones absolutas y las certezas sin fisuras. Yo reivindico el valor del olvido. Olvidar es una de las condiciones del pensamiento. Nada menos. Y de la salud mental. ¿Cómo vivir sin olvidar? Claro que tampoco se puede vivir sin recordar (como el atormentado protagonista de Memento