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¿Se puede ser intolerante al amor? A la lactosa ya lo sabíamos, pero ¿al amor? ¡Vale!, ¡que sí! , que me lo he inventado. Pero… puede ser que cuando leas este libro, termines dándome la razón. Intolerantes al amor es una desenfadada autocrítica, y reflexión, sobre el amor de hoy y lo difícil que resulta no solo encontrar pareja; también mantenerla sin descomponernos por dentro en el intento. ¡Porque el amor y el desamor pueden sentar muy, pero que muuuuy mal!
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Veröffentlichungsjahr: 2022
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Roberto Rachado
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-057-8
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Dedicado a mis ex
PRÓLOGO
¡Adoro el queso!
No solo me encanta; ¡lo amo!
Pero hace mucho tiempo descubrí que era intolerante a la lactosa; lo que fue un drama en mi vida.
Pero no voy a contar esa historia, ya que no sería muy interesante para ti, ni emocionante para mí recordar la cantidad de pruebas que tuve que aguantar hasta el diagnóstico —incluida una colonoscopia (sin sedación) en la que una enfermera te mete un tubo por el ano mientras tú, con tu batita de culo al aire, en posición fetal miras al vacío. Y tu dignidad va muriendo cada segundo, y milímetro, que el tubo avanza hacia tu interior. Literalmente —si te hicieron una antaño, sabes a lo que me refiero (guiño, guiño)—.
Colon aparte, hace poco descubrí que era intolerante al amor.
Sí, soy un romántico, y adoro enamorarme —tanto o más que el queso—; pero recientemente me he dado cuenta de que el amor me sienta mal. Demasiado mal.
El momento de consumirlo es todo un placer; sin embargo, los efectos secundarios tarde o temprano aparecen.
Lo que me ha llevado a pensar… ¿Y si el problema no es el amor en sí, sino el tipo de amor que consumo? ¿Y si en todos ellos ha habido uno, o algunos ingredientes, que son los que han hecho que me descomponga por dentro?
Esta reflexión es la que me llevó a escribir estas páginas y poder así, quizá, descubrir (al igual que ocurre con los alimentos) qué tipo de amor y de personas son las que debo dejar de ingerir.
Aclarar, sobre todo, que no soy ni psicólogo, ni coach, ni tengo ningún máster en nada que se le parezca —aunque seguramente por un módico precio podría hacerme con uno—.
Y si creías que esto era un libro de autoayuda (segunda desilusión), tampoco lo es, o no por lo menos al uso.
Lo que sí es: un libro de autocrítica, tanto personal como social.
Son páginas repletas de ‘reconocerse’, de “salseo”, y de asentir mientras piensas: “eso ya lo decía yo”, “eso también me ha pasado a mí”, “no estoy nada de acuerdo”, “esto no lo había pensado” o “qué verdad”.
Es una extensa reflexión sobre aquellos errores que cometemos y contribuyen a que las relaciones no terminen de cuajar o mueran sin remedio, ni anestesia. Porque cariños y cariñas, tengo una noticia: las relaciones son de dos, y muchas veces el porcentaje de responsabilidad, la nuestra, sobrepasa al de la otra persona.
Si además de hacerte meditar un poco sobre tus próximas relaciones, consigo también que te diviertas leyendo (y llegas al final), entonces habré logrado ganar mi propio Operación Triunfo.
Capítulo 1QUIÉREME RÁPIDO QUE TENGO PRISA(el arte olvidado de masticar despacio).
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¿Y si…?
Nos desnudamos los miedos
hasta dejar los “tequieros”
en cueros.
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Como dije en el prólogo: soy intolerante al amor. Pero si bien tengo mi parte egocéntrica —quién no—, este libro no va sobre mí, aunque lo escriba desde mi conocimiento, experiencia y humilde punto de vista.
Pues bien, lo que he descubierto, además, es que no soy el único. Todos/as nos hemos convertido en algún aspecto u otro en intolerantes al amor en el más amplio sentido.
Se trata de una nueva afección que no se transmite por aire, sangre o contacto físico (o no como tal). Es algo más complejo que se contagia, como si fuese un virus, a través de la vivencia experimentada con otra persona y la experiencia acumulada de cada una de esas vivencias.
Al final, toda relación fallida nos vuelve un poco más intolerantes, nuestro comportamiento cambia y contagiamos a la siguiente persona. A veces, dos personas con el mismo problema se encuentran, se contagian la una a la otra, y mutan. Porque, por otra parte, también hay diferentes tipos de consumidores/as,y suministradores/as de amor; de los/as que hablaremos en próximos capítulos —¡oops!, ¡spoiler!—.
Volviendo al tema principal, somos intolerantes al amor, en tanto en cuanto a la forma en la que nos irrita y descompone por dentro y, por otra parte, en la medida en la que cada vez toleramos menos los defectos y a las propias personas de las que recibimos ese amor.
De esta manera, en ciertos momentos y por diferentes circunstancias, cada uno/a de nosotros/as adquirimos el rol tanto de víctimas como de verdugos.
Sé que no estoy descubriendo la pólvora con esto que acabo de decir, pero a veces las cosas más simples se omiten y dejamos de pensar en ello hasta que nos las recuerdan, las oímos en algún sitio o leemos en cualquier parte. Como por ejemplo… ¿Aquí?
Nos empeñamos en creer que solo desempeñamos un único papel (el que más nos gusta o conviene), y olvidamos que, en la función de la vida, una vez fuimos esa mala persona que rompió un corazón.
Que para alguien pudimos serlo todo, o el amor de su vida. Habrá para quien no seamos nadie —tal vez ni recuerde nuestro nombre—, y existirá quien opine que somos inalcanzables —y seamos nosotros/as los/as que no sepamos ni cómo se llama—.
Habremos sido la peor noche de sexo de unos/as; y la mejor, en el mejor, nunca mejor dicho, de los casos.
Así podría pasarme muchas líneas enumerando los distintos tipos de personajes que podemos llegar a representar fuera de nuestro prisma.
¿Entonces qué, quién o quiénes son los causantes de este brote de intolerancia?
De esa urticaria invisible que surge espontáneamente al oír frases del tipo: “¿Entonces…? Tú y yo… ¿Qué somos?”, “¿Hacia dónde va nuestra relación?”, y un largo etcéteras de herpes verbales.
Desde la objetividad, mi respuesta sería ese emoji que levanta los hombros encogiendo el cuello y muestra las palmas de las manos. El de: no tengo ni puta idea, ¡ese!
Desde la subjetividad —porque como opinar es gratis— me arriesgo, es más, me atrevo a decir que los mayores problemas a los que nos enfrentamos en estos tiempos que corren, son:
La impaciencia.La desmesurada opción de elecciones.La adicción a la novedad.Tres grandes cuestiones que merecen un apartado propio cada una de ellas.
La impaciencia(tragar sin saborear).
Cuando era joven no dejaba de oír lo de “las buenas costumbres se están perdiendo” y “esta juventud está loca”. Hoy soy yo el que se descubre entonando estas frases de una manera actualizada y postmoderna, pero al fin y al cabo con el mismo significado.
Oficialmente, me he hecho mayor.
No importa que los cuarenta sean los nuevos treinta, o que la juventud esté en la mente y no en el cuerpo, porque la madurez es un estado de sabiduría que te vuelve crítico/a y quisquilloso/a a partes iguales.
Pero lo de “el mundo se va a la mierda” o “son malos tiempos para el amor” es un discurso que siempre ha estado en vigor, no es una novedad de nuestro siglo, eso es más antiguo que la orilla de la playa —tomo prestada esta expresión de mi sabia abuela—.
Al igual que nosotros/as en nuestra vida; la sociedad y las formas de relacionarse viven en un cambio constante, aunque siempre defenderé “el arte de masticar despacio”. Porque hay mucha diferencia entre saborear y engullir.
No obstante, saborear el amor no está de moda, puesto que eso necesita de tiempo y esfuerzo.
Hay una nueva costumbre de consumir rápido, saciar al instante ese vacío interno, ese hueco de soledad que empieza en el lado izquierdo del pecho, por el cual parece que se accede desde más abajo de la cintura.
A eso llamamos disfrutar del momento.
Nos asemejamos a productos de un solo uso que, con suerte, serán reciclados y usados por la misma persona alguna vez más si la experiencia es buena.
Y así es como alquilamos nuestro corazón por horas, ya que la compraventa es muy arriesgada, e hipotecarse es demasiado serio y, claro, la seriedad da miedo. Da pánico porque eso exige un compromiso y entonces dejaríamos de ser libres (según el uso fallido del concepto libertad).
A esto es a lo que llamo “el contacto sin tacto”. Tocamos a las personas, pero no las sentimos, no vaya a ser que nos guste demasiado.
¿No será que tenemos miedo a que ese sabor se convierta en nuestro favorito?, ¿o quizá a cogerle gusto a degustar? Por eso es más fácil tragar, deshacernos del hambre. Eliminar esa sensación incómoda en el momento y olvidarnos hasta la siguiente comida, para lo que el Fast-Love o “amor basura” es la opción más sencilla y barata emocionalmente. Las emociones son caras y pasan factura, y a nadie nos gusta pagar.
Volviendo a la parte que me toca, seguiré con mi filosofía de conocer a las personas todo lo que pueda —o me permitan—. Degustarlas poco a poco. Sentirlas, dejarme sorprender, descubrir sus matices. Su parte dulce, la salada y también la amarga. Al fin y al cabo; las personas estamos formadas y definidas por lo bueno y lo malo que hay en nosotros/as, y el verdadero amor es también adorar los defectos. Hace mucho que dejé de buscar la perfección y me centré en encontrar la imperfección perfecta.
Pero parece que no hay tiempo para el fuego lento, hay que darlo todo desde el principio y rápido. Es lo que tiene la comodidad del microondas.
Ahora quiero animarte a reflexionar sobre algo. A que pienses en esto por muy tonto que te parezca.
Seguro que alguna vez has comido un huevo sorpresa de chocolate —no diré la marca, ya que todos/as la sabemos y la publicidad vale dinero, y a mí nadie me ha pagado, de momento—.
Como sabrás, para alcanzar la sorpresa que hay en el interior del huevo de chocolate, primero hay que desenvolverlo; después comerlo. A continuación, abrir con cuidado el protector amarillo y por último montar el juguete y… ¡A disfrutar!
Estos son los pasos a grandes rasgos que pueden tener sus matices —seguro que muchos/as montaréis antes el juguete, ¡impacientes!—.
Si lo has hecho —dudo que no—, sabrás que cada parte del proceso, incluso desenvolver el huevo, tiene su encanto, y no hace falta saltarse ningún paso. Porque si rompes el huevo tal cual, para sacar el juguete…, has destrozado la experiencia.
En el amor es similar. Nadie descubre su interior en el primer paso. Con las prisas y la impaciencia, espachurramos el huevo, y perdemos por el camino a personas que realmente valen la pena sin siquiera haber dejado mostrar un mínimo de ellas.
Claro que podría suceder que lo que haya en el interior quizás no sea lo que nos gusta o esperábamos, pero eso forma parte de la sorpresa y de la experiencia.
Prejuzgar tanto de manera positiva como negativa también es un gran error demasiado estandarizado. Nos adelantamos a decidir, igual que si tuviéramos rayos x, lo que hay en el interior del huevo solo con verlo. Nos sentimos con derecho a “saber” cómo son los demás sin siquiera conocernos a nosotros/as por completo —¡ay…! ¡Juan de las Nieves, no sabes nada!—.
Otro de los problemas de la impaciencia (nuestra parte más pueril) es el querer las cosas justo en el momento y de la forma que ‘yo’ pido; sin aprender que cada persona tiene sus ritmos, sus gustos y su modo de entender las relaciones. Ya no solamente en el amor, también en el sexo. Porque la frase lapidante “es mi vida, y la vivo como quiero” está genial; siempre y cuando no olvidemos que el respeto a los demás es necesario para que todos podamos disfrutar la vida que queremos.
Tenemos prisa, y en el camino de esa ansiedad arrolladora llega la desvalorización de las cosas, y lo que es más triste: de las personas.
Nos hemos acostumbrado a tener lo que queremos en el momento y sin esfuerzo, y eso acarrea una pérdida de su valor. Es entonces cuando los logros y las posesiones pierden su esencia.
Hace ya tiempo que las cosas, en el momento que se estropean, se tiran. Ya no se arreglan. No hay apego, y eso se extiende al ser humano.
Si una persona no se ajusta a nuestras necesidades o comete un fallo, no hay garantía que valga. Es desechada, porque es tan, tan fácil conocer a alguien nuevo/a que ocupe su lugar.
Volviendo a la impaciencia. ¿Por qué invertir tiempo en algo estropeado si puedo tener algo nuevo? La respuesta nos lleva al siguiente punto y problema del que hablaba al principio de este capítulo: demasiadas opciones a nuestro alcance.
La desmesurada opción de elecciones (un mundo de ofertas).
¡Din, don, din! La sensación de oferta de supermercado se materializa en nuestra mente al entrar en nuestra página o app de contactos favorita. ¡Y qué suerte tenemos! No importa al pasillo al que te dirijas; hay oferta en todos ellos. En el estante de los productos heterosexuales, en el homo, en la balda bisexual, pansexual o cualquiera de las varias identidades existentes —por fortuna—.
Hay un montón de promociones listas para ser consumidas. Porque consumir personas es fácil hoy día, o por lo menos relativamente sencillo acceder a la “prueba de acceso”.
Abres “Minder”, “Brindr”, “Wapar” o cualquier aplicación de ligoteo de turno, y el surtido es tan extenso como variado: gente deportista, gente no tan deportista; chicos y chicas culturetas, hay amantes de la naturaleza, los y las derrochadoras de simpatía. También encuentras haters orgullosos/as de serlo, los típicos “visiting” (conocidos como GPS1)... Y un “etc.” multiplicado por diez.
¡Quien no encuentra es porque no quiere! O así debería ser.
Los ojos se vuelven felinos al ver tanta “comida”, y aparece el instinto de caza, mientras comenzamos a fantasear con devorar a esas personas. La mente se nubla y llegan las preguntas: ¿y si este/a fuese lo que busco? ¿Y este/a? ¿Y este/a otro/a? Este/a parece interesante, pero este/a lo parece más. ¡Uf!, ¡mira cómo está este/a! ¡Está pero que muy bien!, ¡le daba más de una voltereta!
Nos encanta ojear el escaparate; tener una gran cantidad de opciones a nuestro alcance. Incluso a ti que ahora mismo estás medio negando con la cabeza, a ti también te encanta, y a mí, aunque me cueste reconocerlo.
Tener todo un inventario online de posibles y/o futuros/as amantes que alegra más que cuando llegaba en Navidad el nuevo catálogo de juguetes. Sin embargo, este folleto del folleteo es mucho más cómodo, puedes encargar el pedido en un clic.
Porque… ¿A quién no le gusta la compra por internet?
Es una manera rápida, sencilla, cómoda y tiene ese toque de voyerismo que todo ser humano necesita saciar. Pero además de esto, nos fascina la supremacía del momento; ese poder de decisión para dejar que una persona entre en nuestra vida o desaparezca con un solo movimiento de dedo: derecha, estás dentro. Izquierda estás fuera. ¡“Block” y ya no existes!
Es entonces cuando las personas adquirimos la facultad de ser objetos del beneficio.
Nos convertimos en productos listos para ser consumidos, al mismo tiempo que nos consumimos por dentro mientras disfrutamos de un bufet libre de emociones. Y claro, comer cuanto quieras está bien, pero todos/as sabemos la calidad de un bufet libre: lo disfrutas en el momento, aunque después pasa factura. Se convierte en un empacho que genera malestar y no nutre.
Tener tantas opciones donde elegir no es el problema, es la forma en la que se afronta el dilema. Nos hemos transformado en un/a niño/a en una tienda de golosinas al/a la que le dicen que puede coger una gran bolsa y llenarla de su chuchería favorita y llevársela; o probar todas las que quiera sin salir del lugar.
Ante tal situación, el niño o la niña seguramente quisieran quedarse y probar todas las golosinas que pudiera.
La opción más sensata y satisfactoria todos/as sabemos cuál es…
La duda en sí no es mala, nos ayuda a ser selectivos/as, lo grave es cuando es tan constante que no deja tomar decisiones o nos impiden discernir las que realmente necesitamos.
