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El libro constituye un exhaustivo manual sobre el campo de la cooperación cultural elaborado desde la perspectiva de la gestión cultural. Contribuye con una revisión exhaustiva de ciertas categorías propias de la cooperación cultural contemporánea, además de aportar un relevamiento centrado en las miradas de gestoras y gestores en ejercicio. Sin convertirse –ni buscar hacerlo– en un libro teórico, aporta definiciones sintéticas y coordenadas mínimas que permiten situarse en el marco de ciertos debates. Delimita los temas relevantes, aportando en el camino referencias a posiciones y miradas no suficientemente divulgadas en la producción académica en español.
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Seitenzahl: 437
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Introducción a la gestión cultural internacional
Raphaela Henze
Traducción de Carolina Previderé y María G. Tellechea
Créditos
Publicado por primera vez en alemán con el título “Einführung in das Internationale Kulturmanagement” por Raphaela Henze, edición: 1.
Copyright © Springer Fachmedien Wiesbaden, 2017
Esta edición ha sido traducida y publicada bajo licencia de Springer Fachmedien Wiesbaden GmbH, parte de Springer Nature.
Springer Fachmedien Wiesbaden GmbH, parte de Springer Nature, no se responsabiliza ni será responsable de la exactitud de la traducción.
Equipo RGC: Nicolás Sticotti, Emiliano Fuentes Firmani y Leandro Vovchuk
Traducción: Carolina Previderé y María G. Tellechea
Diseño de interior y tapa: Ana Uranga B. | melasa diseño
Corrección: Sebastián Spano
© de la traducción: Carolina Previderé y María G. Tellechea
1o edición, 2022
Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin el permiso previo y por escrito a la editorial. Reservados todos los derechos.Impreso en Buenos Aires–Argentina/ Printed in Buenos Aires–Argentina Hecho el depósito que marca la Ley 11.723___________
Henze, Raphaela
Introducción a la gestión cultural internacional / Raphaela Henze ; prólogo de Federico Escribal.–1a ed–Caseros : RGC Libros, 2022.
Libro digital, EPUB–(Praxis / 8)
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Carolina Previderé ; María Tellechea.
ISBN 978-987-8488-18-9
1. Estudios Culturales. I. Escribal, Federico, prolog. II. Previderé, Carolina, trad. III. Tellechea, María, trad. IV. Título.
CDD 306.01
___________
Índice
Prefacio
Globalización e internacionalización en la gestión cultural
Globalización e internacionalización
Globalización en la cultura
Globalización desde la perspectiva estudiantil
Definición de términos
Gestión cultural internacional
Gestión cultural intercultural
Gestión cultural transcultural
¿En qué ámbitos tiene lugar la gestión cultural internacional?
Política cultural
Mediación cultural
Producción, distribución y financiación
Proyectos transfronterizos / Organizaciones internacionales
La gestión cultural internacional en la enseñanza
Práctica internacional
Diseño del cuestionario
Muestra
Idioma
Formulación / Selección de términos
Resultados del estudio
Participantes de la encuesta
Gestión cultural en marcos institucionales / El gestor cultural “dependiente”
Práctica internacional
Cooperaciones
Europa, punto de interés
Eurocentrismo
Modelos de referencia / Buenas prácticas
Redes
Resumen
Autoevaluación de la práctica
Significado de la globalización y la internacionalización
Los esfuerzos por llegar a nuevos grupos de público
Desafíos de la globalización
Desafíos de la globalización para la gestión cultural en su conjunto
Habilidades y competencias para la gestión cultural
Temas relevantes para la formación de los gestores culturales
Evaluación y perspectivas
Discurso de la práctica
Eurocentrismo vs. desafíos globales
Armado y ampliación de redes
Informes de estudios de caso e informes de experiencias
Trabajar en el extranjero
Cultura empresarial
Importancia del trabajo
Salvar las apariencias
Importancia de lo local y regional
Censura / Influencia política
Transferibilidad de conceptos
Implicancias políticas de las actividades de gestión cultural
Idioma y traducción
Rapidez en la toma de decisiones y claridad en la comunicación
La ambivalente relación in situ con las organizaciones intermedias y las de cooperación para el desarrollo
Enseñar y aprender en contextos internacionales
La gestión cultural internacional como servicio de traducción (trans)cultural
Experiencias en África
Acceso a Internet y electricidad
Riesgos para la salud
Implicancias políticas
Seguridad
Desafíos legales y logísticos
Evolución de proyectos y modalidades de pago
Derechos de autor
Autores de los estudios de casos e informes de experiencias
Apartado de servicios comentados
Formación y capacitación
Becas
Residencias
Práctica
Enseñanza
Redes
Socios de proyecto / Asesoramiento
Fundaciones y organizaciones con un enfoque particularmente político-cultural
Bibliografía
Prólogo
Por Federico Escribal1
El libro que está en sus manos, o pantallas, constituye un exhaustivo manual sobre el campo de la cooperación cultural elaborado desde la perspectiva de la gestión cultural. Personalmente, reseñarlo implica compartir la historia de un trayecto que aún estoy transitando. En 2017, interesado en los desafíos que la perspectiva intercultural le propone a la gestión cultural contemporáneamente, di con un grupo de colegas del entorno nordatlántico preocupado con la misma agenda. En los intercambios y lecturas compartidas posteriormente descubrí colegas genuinamente interesados en problematizar los condicionamientos derivados de su propia posición profesional desde el Norte global. Asumir la colonialidad, entendida como la subsistencia contemporánea de estructuras de sentido y poder instaladas en el marco de la aventura imperial, no solo opera en los territorios y sociedades subyugados, sino también en aquellos responsables del trauma colonial, que asumen la precariedad argumental que sustenta sus posiciones de privilegio, lo que representa un gesto doblemente potente. Desde la gestión cultural, esta revisión de las discursividades y prácticas profesionales resulta una condición necesaria para avanzar verdaderamente en la construcción de tableros interculturales desde una perspectiva crítica.2
La autora, Raphaela Henze, es una de las promotoras de este ámbito de cooperación intelectual y profesional al que refiero, nucleado en torno a la red Brokering Intercultural Exchange.3 En 2018 tuve la posibilidad de participar de uno de sus encuentros anuales, en Berlín,4 y confirmar mis percepciones iniciales: me encontré con un grupo diverso en términos de procedencia, marcos identitarios, idiomas, género y edades, con un funcionamiento absolutamente des-jerarquizado, y profundamente comprometido con la búsqueda de la plena igualdad social, económica y política como objetivo primario de la gestión del campo cultural. Desde ese momento Raphaela me demostró ser una colega comprometida con aquello que Boaventura de Sousa Santos llama “hermenéutica diatópica”, esa capacidad para adecuar las premisas propias de cada cultura para volverlas comprensibles y válidas en otra(s), condición necesaria para cualquier proceso intercultural real. Seguramente la vastedad y variedad de su formación académica (inicialmente Derecho en Berlín, posgrados en París y Londres, luego instancias posdoctorales en Yale, Norteamérica y Japón) le hayan aportado elementos para aferrarse a la única certeza que podemos tener quienes buscamos operar sobre el sentido: la posición relativa, subjetiva y no universalizable de cada identidad, entendida como acumulación histórica única e irrepetible. Fui un testigo privilegiado del ejercicio concreto de su descentramiento en el proceso editorial de Cultural management and policy in Latin America,5 que compartimos en 2021 con la intención de hacer llegar voces jóvenes de la región al campo académico angloparlante. Su propuesta inicial de convocar a gestores suramericanos desde una valoración de sus experiencias prácticas, y no desde el tributo a sus cucardas académicas, derivó en una serie de desafíos político-epistemológicos en los que sistemáticamente Raphaela se vio impulsada a desandar certezas metodológicas del positivismo eurocéntrico para permitir que las realidades nuestro-americanas ingresaran vehementemente al trabajo sin tener que cambiar para adaptarse al formato foráneo. Van estas líneas en reconocimiento a su flexibilidad, casi siempre ausente en esas simplificaciones del carácter teutón que debemos demoler.
Un libro sobre cooperación cultural en el plano internacional difícilmente podría haber encontrado un momento más complejo para interpelarnos. La globalización, como proceso consolidado, se combina promediando la tercera década del siglo con la maduración de un orden geopolítico multifocal cuya forma concreta solo intuimos desde la certeza del agotamiento de los esquemas que regularon el siglo pasado. Se suma, obviamente, la singularidad de la primera pandemia plenamente global, acompañada de una burbuja especulativa intelectual que aseguraba que “salíamos mejores” y pinchada rápidamente ante la evidencia de que los poderes reales solo se han robustecido. Como si la lista no resultase extensiva, recuperamos la conciencia visual y narrativa del ininterrumpido belicismo de las potencias, tristemente vigente. En este contexto, algunos elementos valorables, como el sostenimiento y profundización de los movimientos antimperialistas –en la forma de la disputa por la hegemonía que la teoría decolonial y poscolonial imprimen al debate político–, o el fortalecimiento de las luchas feministas y de las disidencias sexuales, permiten una retroalimentación optimista para el mar de esfuerzos que sostiene al proyecto humanista como una construcción política vigente. Los niveles de conciencia en relación al desafío ambiental llaman a la cooperación cultural a poner miradas propias de la diversidad a disposición de los debates políticos emergentes, por caso.
En este escenario, el libro contribuye con una revisión exhaustiva de ciertas categorías propias de la cooperación cultural contemporánea, junto al aporte de un relevamiento centrado en las miradas sobre las mismas por parte de gestoras y gestores en ejercicio. Sin convertirse –ni buscar hacerlo– en un libro teórico, aporta definiciones sintéticas y coordenadas mínimas que permiten situarse en el marco de ciertos debates. Delimita los temas relevantes, aportando en el camino referencias a posiciones y miradas no suficientemente divulgadas en la producción académica en español. Así, este libro introduce elementos como el de la diplomacia cultural, solo tibiamente debatida en el contexto mexicano, y que seguramente merezca mayor atención en nuestra región. Es pertinente destacar que la autora asume una posición firme en relación a la politicidad intrínseca del campo cultural, que, si bien resulta extendida en nuestra región, no siempre es propia del contexto nordatlántico desde el que se genera el presente texto. En este sentido, el libro es un reflejo de lo ya dicho sobre la autora: asume la centralidad de la colonialidad en el abordaje de las relaciones culturales internacionales, si bien desprenderse de las marcas de origen que determinan la mirada nunca puede lograrse plenamente, ni tampoco resultaría deseable. De esta manera, el lector suramericano encontrará en el texto una serie de enfoques con una perspectiva europea. Posiblemente, en su reconocimiento de los debates sobre la ciudadanía cultural y sus teorías (multiculturalismo, interculturalidad) es donde más se puede sentir la distancia, en tanto el aporte suramericano a la cuestión resulta robusto. Más allá de esto, si se ha escrito mucho en relación a los efectos de la globalización sobre las identidades, la cultura y las subjetividades, mucho menor desarrollo se observa en relación a la forma en la que tales efectos inciden en la creación, circulación, legitimación y consumo de bienes y servicios artísticos y de base cultural. Es ahí donde la publicación se vuelve un instrumento constructivo para aquellos que no solo buscan comprender la trama simbólica que soporta las estructuras sociales y políticas, sino que lo hacen en función de búsquedas por transformarla.
Un acierto singular del libro se encuentra en su segundo apartado, donde la autora da voz a un grupo amplio de colegas de la gestión cultural, rompiendo la tendencia a solo amplificar la voz de los especialistas (los “potentes faros intelectuales”, en palabras de Rubens Bayardo6), e incorporando el aprendizaje situado de una comunidad amplia de pares profesionales. Este momento repone una nueva diversidad, derivada de las múltiples formas de entender los procesos analizados conceptualmente en la primera parte, y –por sobre todo– las muchas maneras de instrumentar decisiones en el campo de la gestión cultural que surgen de esa multiplicidad de perspectivas. El diseño de políticas y programas, su implementación, así como la producción de las acciones concretas que las articulan, las narrativas elaboradas para sostenerlas, instalarlas en el plexo social, disputar legitimidades, entre otras dimensiones que hacen a la gestión cultural, se determinan desde las miradas particulares de cada profesional, más que desde la definición del manual o el libro de referencia. El aporte del libro en este sentido repone la polisemia real y vigente en el campo profesional, tras haber cumplido con las delimitaciones conceptuales iniciales.
Por último, debe reconocerse la propia edición del volumen en español por parte de RGC como un logro en el terreno de la cooperación cultural internacional en sí, así como un elemento más que da cuenta de la consolidación de un campo profesional –el de la gestión cultural– que en Sudamérica fue fagocitado tras su implantación neocolonial a fines del siglo pasado, y que asume crecientemente los desafíos políticos y sociales de su tiempo.
1 Licenciado en Gestión del Arte y la Cultura (UNTREF). Profesor del Departamento de Folklore de la Universidad Nacional de las Artes, y director académico de la Cátedra libre de Gestión Cultural en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de La Plata.
2 Walsh, C. (2010). Interculturalidad crítica y educación intercultural. En J. Viaña, L. Tapia y C. Walsh, Construyendo interculturalidad crítica (75-96). Instituto Internacional de Integración, Convenio Andrés Bello.
3 www.managingculture.net
4 Corresponde agradecer las gestiones de la colega Natalia Calcagno desde el Fondo Nacional de las Artes para tramitar el apoyo mínimo indispensable para hacerme presente en el encuentro.
5 Ponte, B. et al. (2021). Cultural management in Latin America and Europe. Between the ashes and the flame. En R. Henze y F. Escribal (Eds.), Cultural management and policy in Latin America. Abington y Nueva York: Routledge.
6 Bayardo, R. (2018). Repensando la gestión cultural en Latinoamérica. En C. Yáñez Canal (Ed.), Praxis de la gestión cultural. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
Prefacio
Sobre globalización e internacionalización se ha escrito mucho. En cambio, sobre globalización e internacionalización en gestión cultural, llamativamente poco. En el presente libro se examinará la influencia de la globalización sobre la gestión cultural y la manera en la que la gestión cultural se internacionaliza.
Este libro no representa un instructivo para llevar adelante actividades en organizaciones internacionales. Tampoco es una caja de herramientas que aporte la respuesta correcta para eventuales desafíos que puedan presentarse en contextos internacionales y/o recomendaciones para un procedimiento potencialmente exitoso. Un enfoque de tal índole no solo sería poco realista, sino que tampoco se corresponde con las complejas demandas de la gestión cultural y el consiguiente cambio de rol del gestor cultural,7 quien debe ser mucho más que un mero auxiliar en cuestiones administrativas. Más bien pretende transmitir el modo en que gestores culturales de más de cuarenta países de todo el mundo reaccionan a la globalización y cómo se internacionalizan las instituciones culturales, a veces más o menos voluntariamente. Centrados en el aprendizaje de experiencias de numerosos practicantes y de la comparación internacional, así como también la valoración crítica desde una perspectiva académica de procesos y procedimientos puestos en práctica.
La mayor dificultad radica en la variedad de perspectivas desde las cuales es posible aproximarse a la temática. Esta puede ser abordada, por ejemplo, desde una perspectiva antropológica, etnológica, sociológica, evolutivo-geográfica, histórica o económica. Un único libro no puede ser equitativo con todos estos enfoques y por lo tanto siempre corre peligro de no considerar lo suficiente acervos de conocimiento específicos o métodos. La abundante bibliografía analizada en la presente publicación le da al lector, no obstante, la posibilidad de seguir profundizando en subáreas individuales.
El libro no se concibe únicamente como sensibilización para un tema de importancia creciente y hasta el momento representado minoritariamente en la investigación en gestión cultural, sino también como un llamamiento y un puntapié para otra investigación interdisciplinaria e internacional, así como para un sólido intercambio con expertos a partir de la práctica. Fue escrito para estudiantes que quieren trabajar como gestores culturales y para quienes se preparan en las universidades y en las escuelas superiores para dichas tareas. Pero también encontrarán iniciativa practicantes que se enfrentan a un espectro de tareas cada vez más amplio e internacional y a un cambiante concepto de cultura.
En este libro se trata esencialmente de explicar conceptos propios de la gestión cultural internacional y de promover la atención en el tratamiento de la lengua, fundamentalmente en contextos internacionales. También de generar conciencia acerca de que la globalización y la internalización no solo son relevantes para quienes optan por actividades en contextos internacionales, sino que, por ejemplo, una labor en un teatro alemán, en un museo argentino o en un festival libanés tampoco pueden sustraerse del efecto de la globalización.
En este sentido, el libro no es exactamente un clásico libro de texto, en tanto que no se encuentra subdividido en bloques temáticos individuales y separados. Está compuesto de cuatro partes edificadas unas sobre otras. En la primera parte se definen conceptos relevantes y se presentan campos de acción. Esta parte también se ocupa de la génesis de la gestión cultural internacional, la cual puede ser considerada un campo relativamente nuevo dentro de la también nueva disciplina de la gestión cultural. Al final del capítulo se despliegan una serie de preguntas de repaso y profundización que permiten recapitular y profundizar lo leído. La segunda parte consiste en la presentación, explicación e interpretación de los resultados arrojados por una encuesta online realizada a 350 gestores culturales de 46 países. En base a la encuesta pueden hacerse comparaciones internacionales con respecto al tratamiento dado a los desafíos que presenta la globalización, que adoptan diversas formas dependiendo del lugar, y se pueden aclarar las tendencias. También aquí volvemos a encontrar al final preguntas de repaso y profundización con el fin de fomentar el aprendizaje y el discurso. En la tercera parte, doce expertos de gran experiencia en diversos sectores de la cultura presentan estudios de caso. No se trata de los denominados “ejemplos de las mejores prácticas”, como se las suele encontrar en libros con orientación puramente económica, sino de relatos de experiencias que exponen el amplio espectro de temas y desafíos que ofrecen las actividades con referencia a lo internacional o que se realizan por completo en el extranjero. La cuarta y última parte es un apartado de servicios comentados destinado a facilitarle al lector la búsqueda online de información sobre distintos países, potenciales socios y patrocinadores, programas de becas o intercambios y residencias, así como sobre política cultural exterior.
Este libro se originó en el denominado Norte global, con todos los privilegios geopolíticos que esto conlleva. Puede que no siempre hayan resultado exitosos los genuinos intentos de vencer el extendido centrismo occidental presente en la disciplina de la gestión cultural. No obstante, para mí seguirá siendo una gran tarea pendiente trabajar precisamente al respecto.
Le doy las gracias a la Fundación Würth por el generoso apoyo en diversos proyectos de investigación a lo largo de los años. Un agradecimiento especial al instituto Goethe por financiar la traducción de este libro, publicado en alemán en 2016 y en inglés en 2017. Agradezco a Leandro Vovchuk de la editorial RGC Ediciones por su entusiasmo en relación al presente libro y por su apoyo en la realización del proyecto.
Este libro consiste en una reedición actualizada que recaba los desarrollos de los últimos tres años y especialmente refleja también los desafíos planteados por la pandemia de COVID-19 sobre el sector cultural. Sería un gusto para mí si la presente edición del libro en español se convirtiera en un recurso frente a los esfuerzos de internacionalización de los gestores culturales de América Central y del Sur. Las voces latinoamericanas en el discurso de la gestión cultural lamentablemente siguen siendo muy escasas y sería muy bienvenido que se hicieran más audibles.
Les deseo una lectura inspiradora.
Raphaela Henze, Künzelsau,
enero de 2021
7 Observación: con motivo de facilitar la legibilidad, en el libro se renuncia a la mención de la forma femenina correspondiente. Desde ya que están incluidas las personas de género femenino o sin género asignado.
Globalización e internacionalización en la gestión cultural
La cosmovisión más peligrosa es la cosmovisión
de aquellos que no han visto el mundo.
Alexander von Humboldt
Globalización e internacionalización
Globalización e internacionalización no son sinónimos, aun cuando sean tratados de esa forma en numerosas publicaciones, conferencias o declaraciones políticas.8 No obstante, no existe una definición estándar reconocida ni para un concepto ni para el otro. Una discusión detallada sobre los términos o el intento de definiciones propias forzaría los límites de este trabajo. Sin embargo, un libro que pretende preparar al gestor cultural para realizar su tarea en un mundo global y promover el manejo sensible con el lenguaje, debe proporcionar el marco conceptual adecuado, ya que la discusión en modo alguno es meramente académica.9 De forma simplificada puede decirse que:
Lainternacionalización implica una aspiración hacia afuera más o menos voluntaria, es decir, una apertura de sí. Es indiscutible que ese camino, tomado por empresas que se dirigen al extranjero –donde encuentran condiciones de producción más convenientes–, o por entidades culturales que buscan socios en el extranjero para, de ese modo, ser tenidas en cuenta en programas de fomento o para poder llevar a cabo exposiciones, se origina en influencias externas y suele ser considerado como el único camino. Sin embargo, es un movimiento desde adentro, mientras que la globalización puede ser considerada más como un movimiento desde afuera, como una influencia continuada a la que están expuestas instituciones y personas, entre otras cosas, debido a la creciente interdependencia económica y política, a la digitalización y a la creciente movilidad internacional, y a la que reaccionan de diferentes modos en función del contexto social, cultural, nacional y económico.
Como en tantas otras cosas, el momento de inicio de la globalización también es controvertido y depende de si uno se aproxima al fenómeno desde una perspectiva histórica, antropológica, geográfica, sociológica o económica.10 Caroline Robertson-von Trotha11 habla de una primera era de la globalización que comenzó en el siglo XIX y duró hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Ya el período denominado Belle Époque,12 que abarcó desde 1870 hasta 1914, estuvo marcado por un imperialismo territorial que condujo a que los países occidentales controlaran más del 80% de la superficie terrestre.13
Aleida Assmann14 se retrotrae hasta la Antigüedad, cuando los primeros procesos de colonización anunciaban la globalización. Y, en efecto, colonización y globalización tienen semejanzas. “Existe una semejanza entre globalización y colonialismo. Ambos están motivados por la intención de exportación al mercado colonial/globalizado, por utilizar fuerza de trabajo con salarios más bajos que en el propio país y por explotar los recursos, tanto materiales como humanos, del país colonizado”.15
La herencia del colonialismo, así como el llamado poscolonialismo,16 juegan un papel importante en la gestión cultural internacional, especialmente cuando se trata de política cultural exterior, cultura en el rol de “poder blando”, diplomacia cultural, cultura y desarrollo, y del trabajo de organizaciones intermedias y de las de cooperación para el desarrollo. En muchos países, el colonialismo ha ido marcando y también quebrantando tanto la autopercepción como la percepción del otro en forma sostenida. Este es un hecho del que deben ser concientes los gestores culturales europeos que trabajan en contextos internacionales, así como comprender la responsabilidad que de allí deriva.
Imagen I: Coronation Park.17 Obras del RAQS Media Collective fundado en 1991 en Nueva Delhi, exhibidas en la edición número 56 de la Bienal de Venecia. Nueve esculturas de fibra de vidrio sobre bases revestidas de betún con placas acrílicas. © Frith Street Gallery (Londres) and Project 88 (Bombay).
El término “poder blando” se le atribuye al profesor Joseph S. Nye de Harvard y describe el alcance de un objetivo político a través de la influencia indirecta (por ejemplo, mediante valores y función ejemplificadora) y no a través de la intervención militar o económica, entiéndase, amenazas (“poder fuerte”).18
El proceso de globalización, tal como se entiende hoy mayormente, se inició luego del fin de la Segunda Guerra Mundial. La palabra “global” fue utilizada en un primer momento en relación con las restricciones europeas a fines de la década del 50 en un contexto económico19 y poco después McLuhan y Carpenter crearon la expresión mundialmente conocida de “aldea global”.20 Theodore Levitt fue el primero en hacer público el término globalización con su ensayo de 1983 La globalización de los mercados. La globalización fue y es considerada en primer término como un fenómeno económico mundial, tal como afirma la definición de Colin Hines: “La integración cada vez más potente de las economías nacionales en la economía mundial a través de normas de comercio e inversión y de la privatización, con el apoyo de los avances tecnológicos”.21
Sin embargo, la tesis central de Levitt, “las preferencias se modelan y se remodelan constantemente”,22 no es válida exclusivamente para la economía, sino que también tiene vigencia para la gestión cultural. No obstante, en la gestión cultural europea, las preferencias cambiantes de un público que, a su vez, se muestra cada vez más cambiante, estuvieron fuera del foco de atención durante muchos años. Numerosas entidades culturales casi no dependían del favor del público gracias a que contaban con la suficiente financiación, predominantemente de fondos públicos.
Si el concepto de internacionalización sigue teniendo en gran medida una connotación neutral, el concepto de globalización sigue generando ideas poco claras acerca de la unión del mundo occidental, de las dependencias, de la difuminación de fronteras y, desde ya, de los temores, sobre todo a la homogenización y a la pérdida de lo local. Estos temores son tan comprensibles como humanos y son todo excepto nuevos. Ya en los comienzos de la industrialización, al entusiasmo por la técnica se le acopló el temor a su monstruosidad.23 Por un lado, la globalización suele ser considerada como una inevitable transformación de hábitos y costumbres, y por el otro, como un descomunal y complejo incremento de información provocado por la digitalización. Además de ventajas como la facilitación de diversos contactos culturales y estándares elevados en áreas como educación o salud, por ejemplo –aunque a su vez puedan ser cuestionadas teniendo en cuenta los elevados costos de los medios de subsistencia y la corrupción creciente–,24 la globalización también trae aparejadas numerosas desventajas o peligros, tales como la potencial destrucción de la infraestructura cultural local.
Globalización en la cultura
Para el sector cultural, Patricia Dewey y Margaret Wyszomirski describieron la globalización como “… una fuerza que provoca una tensión entre homogeneidad y heterogeneidad en la dialéctica de lo global y lo local”.25 Para Diana Crane, la globalización cultural, que suele ser considerada como un aspecto parcial de la globalización social, se subdivide en dos fenómenos: 1) la transmisión o difusión de diversas formas de medios y artes más allá de las fronteras nacionales, y 2) un fenómeno complejo y variado conformado por culturas globales de distintas naciones y regiones.26
Es evidente entonces que la globalización en la cultura incluye, por un lado, la transferencia de bienes y trabajadores culturales y, por el otro, nuevas formas de cultura compuestas por diversas particularidades nacionales o regionales que, mediante la globalización, alcanzan una mayor visibilidad. Crane habla a conciencia de culturas globales en lugar de una cultura global según el modelo estadounidense, frecuentemente designado como McDonalización o Cocacolonización, siendo que McDonald’s y Coca-Cola encarnarían los símbolos de la hegemonía capitalista, el neocolonialismo y la cultura imperialista.27 El predominio de una única cultura, que entonces se tornaría universal, en un mundo multipolar que ya no está conducido por uno o dos superpoderes, es y será cada vez más improbable.28
No obstante, el temor de siempre a una hegemonía que en verdad no se basa tanto en el predominio de una única nación sino mucho más en el poder de la economía y las empresas,29 trae consigo la preocupación por las culturas locales y las particularidades nacionales responsables de la diversidad.30 En oposición a Crane, Lluis Bonet y Emmanuel Négrier formulan al respecto: “La internacionalización dista mucho de enriquecer la oferta de bienes y servicios culturales, más bien empobrece la diversidad cultural, en tanto que reduce los medios de acceso de muchos trabajadores culturales a dichos mercados, ya sean nacionales o internacionales. Pese a la importancia de sus identidades, las culturas locales, sus artífices y sus contenidos, parecen estar excluidas de la lógica de la globalización. Los modos predominantes de intercambio instauran nuevas barreras que el sistema de financiación no siempre logra superar”.31
Globalización desde la perspectiva estudiantil
A continuación, se transcriben algunos fragmentos extraídos de las respuestas de estudiantes de la Licenciatura en Gestión Cultural de la Universidad de Heilbronn, a quienes en un seminario se les solicitó que escribieran su definición de globalización:
“Conocer otras partes del mundo sin tener que viajar”.
“Comunicación mundial”.
“Homogenización del mundo”.
“Desaparición de las fronteras”.
“Interconexión del mundo cada vez más intensa a través de la digitalización”.
“Intercambio cultural tanto real como digital”.
“Varias culturas se entremezclan y de ahí surge una nueva cultura”.
“Mezcla de diferentes naciones, religiones y culturas”.
Los países están cada vez más conectados y los problemas de un país automáticamente se convierten en problema de los otros países o del mundo entero.
Al igual que muchas otras personas, los estudiantes consultados también ven la evolución descripta –que es resultado de la globalización– de modo ambiguo y como un proceso en curso. La globalización no es en absoluto algo abstracto, sino que cada quien la experimenta de distinto modo.32
Definición de términos
La gestión cultural de Europa continental siempre orientó su mirada hacia Estados Unidos o Gran Bretaña y exportó ideas de allí, en mayor o menor medida transmisibles. Otras narrativas, métodos y epistemología provenientes, por ejemplo, de América Latina, aparecen poco y nada en la gestión cultural europea.33 Lo mismo sucede con respecto a la internacionalización. Europa, sin embargo, se encuentra relativamente en los inicios de una discusión detallada sobre las cuestiones que plantea la internacionalización o la globalización en gestión cultural. Este inicio requiere más de una discusión sobre los fundamentos y la terminología, no siempre utilizada de forma coherente y consecuente, de la joven disciplina. Las terminologías difieren notablemente de un país a otro y dificultan el intercambio, tanto en la práctica como en el plano académico.34
Gestión cultural internacional
Durante mucho tiempo, para caracterizar de “internacional” un trabajo, era necesario traspasar una frontera física. Para la gestión cultural esto significaba que la gestión cultural internacional era, en primer término, aquella ejercida en varios países o en uno que no fuera el propio. El gestor cultural se trasladaba a otros países para realizar proyectos o para trabajar en alguna organización durante un tiempo prolongado.
Gracias a la digitalización, en todos los ámbitos de la vida se abrió la posibilidad de traspasar fronteras sin tener que salir efectivamente del territorio. Hoy, por lo tanto, puede caracterizarse de internacional un trabajo que se realiza desde la computadora que se encuentra en una oficina en el propio país. Internet es la puerta al mundo y en escasos segundos supera muchas fronteras, si no todas.35
No obstante, la gestión cultural internacional siempre significó la cooperación con socios de diferentes países. Los socios siguen radicados mayoritariamente en sus respectivos países, pero con una movilidad en aumento y por períodos más prolongados. La cooperación existe a conciencia de las diferencias existentes entre los respectivos socios que, en el mejor de los casos y para decirlo de manera sencilla, no deben ser niveladas, sino recabadas y utilizadas en beneficio del proyecto en común.
Las clásicas tareas de la gestión cultural internacional se encuentran en organizaciones internacionales como, por ejemplo, en la cooperación para el desarrollo, en los departamentos de cultura de embajadas, en organizaciones intermedias, fundaciones o en los eventos y departamentos culturales de grandes multinacionales. Pero las actividades del gestor cultural, también en los sectores prósperos de la industria creativa como, por ejemplo, el ámbito de la música o el mercado del arte, se han vuelto cada vez más internacionales. Los gestores culturales que trabajan por proyectos suelen hacerlo forzosamente de manera internacional para implicarse, en la medida de lo posible, en un amplio espectro de proyectos y producciones. Sin embargo, mediante los diferentes programas de fomento –destinados mayormente a promover la interconexión de las instituciones culturales europeas, así como de la creciente migración– la actividad de los gestores culturales que trabajan en instituciones culturales municipales o nacionales es de índole cada vez más internacional.
Hay que distinguir la gestión cultural internacional de una gestión cultural global, que podría ser más difícil de localizar, si es que global significa el mundo entero. Los gestores culturales que se interesan por actividades en contextos internacionales se pueden insertar mayormente a nivel global, ya que muchas de las organizaciones que ofrecen este tipo de actividades están, de hecho, globalmente conectadas y representadas en muchos países del mundo. Que un gestor cultural trabaje globalmente, en el sentido de que no solo se desempeña con socios en diferentes países, sino que lo hace verdaderamente en todas partes del mundo, aunque principalmente de manera virtual, estaría reservado a unas pocas personas en determinados sectores como, por ejemplo, la industria de la música. Al menos en el contexto internacional la mayoría de las veces tendrá sentido desarrollar una pericia para con determinadas regiones o países.
Gestión cultural intercultural
En la región germanoparlante, el concepto de gestión cultural intercultural parece haberse impuesto para una gestión cultural que se ocupa de diversas culturas y etnias al interior de un país. Es sorprendente, teniendo en cuenta que el concepto “intercultural” tiene varias desventajas y sobre las cuales Wolfgang Welsch ya había llamado la atención en los años 90.36 El concepto frecuentemente utilizado en Alemania, sobre todo en relación con el desarrollo y retención de visitantes, adolece de la difundida concepción de que las culturas se sitúan unas respecto de otras como esferas cerradas o, según Welsch, como islas.37
La gestión cultural caracterizada de intercultural se ocupa principalmente de la integración de individuos de diversas procedencias. Pero la integración no ocurre tanto en los procesos artísticos como en relación con la participación en ofertas y programas que principalmente tienen como objetivo lograr algún tipo de aprendizaje y, de ser posible, generar una movilidad social ascendente.38 Ya los términos integrar, participar o posibilitar revelan, observándolos de cerca, una complicada concepción o, mejor dicho, una confianza en sí mismo y una clara asignación de roles que sigue estando relativamente lejos de un “juntos” en el sentido de un compromiso comunitario.39
Welsch considera que esta forma de proceder es a priori infructuosa y meramente cosmética, dado que la complejidad interna de las culturas modernas –que precisamente ya no se posicionan entre sí como sistemas cerrados– queda reflejada de manera insuficiente.40
La pregunta “¿Qué debemos hacer para llegar al público de los migrantes?” –planteada especialmente en Alemania durante largo tiempo en numerosas publicaciones sobre desarrollo de la audiencia– es problemática desde su planteamiento mismo por una serie de razones.41 Pretender englobar dentro de este concepto-container a los migrantes que llegan a Alemania desde distintos países, con un bagaje educativo muy dispar y de todos los grupos etarios, es inadmisible per se. Además, esta pregunta presupone que existe algo específico que debería atraer a ese grupo en particular y que obviamente difiere de lo que se le exige a otro público. En sociedades que se encuentran en paulatina hibridación irá desapareciendo tal delimitación. No por eso la tarea se volverá más sencilla para el gestor cultural. Sin embargo, el éxito –duradero solo en casos aislados– surgido de las numerosas acciones de integración de los denominados migrantes y personas con una historia de migración, posiblemente será mayor si la pregunta fuera: ¿Qué le interesa en su conjunto a esa sociedad en permanente cambio?
El término “desarrollo de la audiencia” se hizo popular a finales de los 90 en Estados Unidos y Gran Bretaña. En la bibliografía alemana también se impuso el concepto en inglés. El Arts Council England lo define de la siguiente manera: “Una actividad dirigida especialmente a las necesidades del público existente y potencial que apoya a las organizaciones artísticas a construir relaciones duraderas con el público. Puede comprender aspectos de marketing, contratación, programación, capacitación, atención al cliente y venta. Parte integrante del público son los participantes, visitantes, lectores, oyentes, espectadores, asistentes, alumnos y compradores de obras de arte”.
Gestión cultural transcultural
La denominación “transcultural” no es tan nueva como parece. Welsch presentó este concepto hace ya más de veinte años. Sin embargo, fue incorporado relativamente tarde al debate en Alemania y en relación con el aumento de la migración. El desafío fundamental de una gestión cultural calificada de “transcultural”42 no consistirá solamente, como sí sucede en la gestión intercultural, en desarrollar la capacidad de conocer formas artísticas culturalmente ajenas y comprender su historia y tradición, sino que se tratará también de adaptarlas y darles una forma de representación.43 Una temática que podría ser de interés también para muchos países de América Latina justamente en relación con la representación del arte y la cultura indígena.
La gestión cultural transcultural reconoce que los límites tradicionales entre culturas se desdibujan y que las sociedades actuales son una mixtura y una variación de diversas formas de vida y de cultura que ya no actúan en paralelo sino de la manera más conjunta posible. Esta manera conjunta es la diferencia decisiva respecto de “multicultural”, término frecuentemente utilizado en este contexto y surgido en Alemania en el ámbito eclesiástico en los años 70 y retomado luego por los partidos políticos,44 aunque con el tiempo haya perdido popularidad.
La multiculturalidad, tal como solía entendérsela en Europa –a diferencia de lo que sucedía en Estados Unidos–,45 estaba ligada a un concepto de cultura que, cuestionable desde el punto de vista histórico, suponía que dentro de un país las culturas coexisten en gran medida en forma autónoma y pacífica, aunque sin mantener un verdadero diálogo. Mucho antes de que la canciller alemana Angela Merkel en un discurso del año 2010 –muy criticado especialmente en el extranjero– caracterizara a la multiculturalidad como “un rotundo fracaso”,46 se había advertido de una “guetización” concomitante, tal como había tenido lugar mayormente en Francia pero también en Gran Bretaña, e incluso esbozado en las grandes ciudades alemanas.47 Sin embargo, esto fue injusto para el concepto en sí. Alemania es y fue siempre multicultural. El escritor Ilija Trojanow escribe: “Sin multiculturalidad no hay cultura alemana. Los trovadores medievales eran multiculturales, Goethe lo era, igual que Franz Kafka y Paul Celan, también Durero y Baselitz o Mozart y Roberto Blanco”.48 La crítica a la multiculturalidad no hace la vista gorda frente a esta circunstancia, en Europa más bien –a diferencia de Estados Unidos– la multiculturalidad se ha convertido en un símbolo de la ausencia de diálogo y de la sociedad paralela. Lamentablemente, la falta de una manera conjunta en gran parte de la población recién se hizo verdaderamente visible con la escalada de la violencia y el delito. De ahí que la discreción para con el término no tiene nada que ver con la falta de creencia en una sociedad democrática plural, sino, por el contrario, con el deseo de hacerla realidad en el sentido de la diversidad.49
Hasta la fecha, los numerosos programas y propuestas de fomento a la diversidad, la interculturalidad y la inclusión en el sector cultural han asumido muchas veces un “enfoque deficitario”.50 Han intentado captar para el arte y la cultura a un público híbrido en muchos sentidos, equilibrando supuestas deficiencias existentes que impiden la participación, especialmente a través de educación cultural, en lugar de enfrentarse a las desigualdades sistémicas inmanentes del sector –como, por ejemplo, lo relativo al grupo homogéneo, por lo monoétnico, en los puestos directivos–, a la práctica y a la conceptualización.51 La gestión cultural no solo puede “reaccionar”52 en este contexto, sino que debe estar a la altura de su rol social –y de la responsabilidad que implica– mediante concepciones y moderación de procesos.
En lo sucesivo, la designación “gestión cultural internacional” se entiende como un concepto general que no debe circunscribirse únicamente a la expansión geográfica de la actividad del gestor cultural. Los gestores culturales que trabajan en organizaciones internacionales y, por consiguiente, en contextos internacionales pueden trabajar de manera internacional y al mismo tiempo intercultural. Por ejemplo, los que trabajan en las llamadas organizaciones intermedias que, tal como su nombre lo indica, intermedian entre culturas y para las cuales la designación de intercultural, al menos para una parte de su labor, puede ser una elección adecuada.
Pero los gestores culturales en contextos internacionales pueden trabajar también de manera transcultural. Después de cruzar las fronteras, por ejemplo, comienza el verdadero trabajo en el respectivo país. La asociación internacional MitOst53 de Berlín, por ejemplo, promueve el intercambio y la cooperación entre trabajadores culturales en Europa y refuerza a los agentes de la sociedad civil y el compromiso social. Ambas áreas desarrollan métodos prácticos y conceptos de formación. La asociación tiene especial interés en que el aprendizaje conjunto y el desarrollo de procesos estén en igualdad de condiciones respecto de la realización de proyectos. Mientras que en contextos internacionales los socios suelen separarse luego de la realización del proyecto, en MitOst queda en primer plano, en el sentido de que la colaboración excede la mera cooperación,54 propiciando un cambio en las personas participantes y en su respectiva percepción de la situación y también de la cultura propia como de la ajena.
Una actividad, aunque no sea realizada en una organización conectada a nivel internacional o que envíe consecuentemente a sus empleados, también puede ser internacional, entre otras cosas, gracias a la creciente movilidad de artistas y trabajadores culturales y a las posibilidades digitales, y lo será cada vez más en virtud de las diversas conexiones, ofertas internacionales y oportunidades de fomento.
¿En qué ámbitos tiene lugar la gestión cultural internacional?
Política cultural
La gestión cultural debe plantearse desafíos cambiantes y complejos que son consecuencia de las condiciones creadas por la política y la economía internacional. La globalización muestra sus múltiples consecuencias incluso, y precisamente, en contextos locales, regionales o nacionales. Los gestores culturales, cualquiera sea el lugar y los contextos en los que trabajen, no podrán evitar la cuestiones relativas a identidad cultural y escala de valores ni el tratado de libre comercio Asociación Transatlánticapara el Comercioy laInversión (ATCI), el cual tuvo el poder de forzar a numerosas entidades culturales a reestructurarse y puso en tela de juicio algunas conquistas como, por ejemplo, el fondo social alemán de artistas55 o el establecimiento del precio del libro.56
Los gestores culturales jamás pudieron permitirse el desinterés político, porque arte y cultura son ámbitos políticos en grado sumo. A través de los vínculos internacionales, reiteradamente mencionados, y sus efectos sobre el arte y la cultura, el político cultural –o lobista en asuntos del arte y la cultura– ganará cada vez más relevancia como componente central del papel plural del gestor cultural, junto al intermediador cultural, el emprendedor, el recaudador de fondos o el curador. Por ende, lo internacional le es inherente a la gestión cultural, pese a que se ejerza solamente en un país. La gestión cultural no puede existir al margen de decisiones y acontecimientos internacionales, especialmente cuando tales decisiones tienen una influencia tan marcada sobre el trabajo en los países del llamado Sur global.
El hecho de que las circunstancias en otras partes del mundo, influenciadas y co-diseñadas en gran medida por la política de Occidente, afectan a las personas en Europa, se hizo trágicamente evidente el 7 de enero del año 2015 con el atentado a la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y el 13 de noviembre del mismo año con el atentado en el concierto de la banda Eagles of Death Metal en el Bataclan de París. Hay en juego valores fundamentales como, por ejemplo, la libertad de expresión en tanto componente central del concepto de democracia. Muchos países se encuentran frente a complejos desafíos que tienen el poder de amenazar y desestabilizar sociedades enteras. No obstante, el modo de afrontarlos no se puede dejar en manos de quienes creen tener respuestas rápidas. Faroutan escribe: “El desafío para Alemania no es simplemente incluir a los migrantes y a los refugiados en la búsqueda de un ideal, sino también a aquellas personas que se sienten sobreexigidas por la ‘nueva Alemania’. No hay que defender la dignidad humana, la Constitución y la democracia yendo en contra de los refugiados musulmanes sirios, sino de los militantes de Pegida, la extrema derecha de Alemania occidental y los migrantes racistas”.57
El tan citado eslogan “Je suis Charlie” (imagen II), que el actor norteamericano George Clooney instaló en los medios a partir de un pin en la entrega de los Premios Oscar de 2015, solo está justificado ante el cuestionamiento del valor de la sátira sobre Mahoma58 o si se hubiera renunciado a imprimirlo.59
Se trata de la libertad de dejar que las personas también expresen opiniones que uno mismo rechaza. La democracia debe y puede soportar tal pluralismo, el cual seguramente no es un idilio. Salman Rushdie, autor de Los versos satánicos y él mismo amenazado de muerte durante años a causa de una fetua, escribe en su sitio web luego del atentado a Charlie Hebdo: “Yo estoy del lado de Charlie Hebdo, cosa que todos deberíamos hacer para defender el arte satírico, el cual fue siempre una fuerza para la libertad y en contra de la tiranía, la deshonestidad y la estupidez. El respeto por la religión se convirtió en un eslogan que significa ‘miedo a la religión’. Las religiones –como cualquier otra idea– merecen la crítica, la sátira y, como no, nuestra temeraria falta de respeto”.
Los gestores culturales, donde sea que trabajen, no pueden ni deben evitar adoptar un posicionamiento. Si el arte y la cultura son atacados, la tolerancia no puede convertirse en el pretexto para el relativismo.60 El respeto por tradiciones que vulneran los derechos humanos, por ejemplo, es equivalente al desprecio por la víctima.61 Symonides escribe: “Aceptar la idea de que las personas pertenecientes a una cultura no deberían opinar sobre la política y los valores de otras culturas, de que no existe y no puede existir un sistema de valores comunes socava, en efecto, la base misma de la comunidad internacional y de la ‘familia humana’”.62
Imagen II: Irán prohibe diario por informar sobre el apoyo de George Clooney a Charlie Hebdo. Fuente: The Independent (Twitter), 21 de junio de 2016.
Mediación cultural
Según estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones existen actualmente 150 millones de migrantes. Más de 60 millones de personas están en situación de huida, de los cuales más de la mitad son niños. Este movimiento migratorio mundial contribuye notablemente a la globalización cultural.63 Hasta en el más recóndito rincón de Alemania vivirán cada vez más personas con otro bagaje cultural a cuestas y una formación distinta a la del gestor cultural mismo. Por consiguiente, hay que posibilitar el acceso al arte y la cultura a individuos con historias muy dispares, pero también darles visibilidad como artistas y trabajadores culturales para dar lugar a su creatividad. A los gestores culturales se les planteará el desafío de la hibridación paulatina, la cual contiene numerosas posibilidades, pero también el riesgo de una mayor intolerancia cultural.
Una encuesta –en la que participaron más de 220 gestores culturales de Alemania, Austria y Suiza y otros 120 provenientes de otros 43 países y de la que nos ocuparemos en lo sucesivo– dio como resultado que muchos gestores culturales de la región germanoparlante no perciben en absoluto que su actividad sea necesariamente internacional, pese a que desafíos como los recién descriptos, también englobados en el concepto de transcultural, se les presenten a diario y ellos, tal como lo indica el estudio, se comprometan a afrontarlos. Esto puede ser leído como un indicio positivo de que Alemania, a diferencia de hace unos diez años, se concibe como una sociedad de mayorías. Los temas mencionados pertenecen, por lo tanto, al ADN de esta sociedad y ya no son vistos como efectos singulares o de importancia temporaria.64
Vehiculizar el arte y la cultura será entonces de una complejidad creciente. Los gestores culturales deben estar preparados para dicha complejidad y esto no concierne solo a los tópicos globalización y migración. Desde hace años, la política cultural carga consigo el tópico “educación cultural” como un mantra. Las instituciones culturales no podrán enfrentarse individualmente a la importante y difícil tarea de hacer participar a muchas personas no solamente de la educación y la cultura –cosa a la que, lamentablemente, suele quedar reducida la educación cultural–, sino de la integración en procesos culturales. La estrecha cooperación –que debe promover la política– con jardines de infantes y escuelas pero también con asilos de ancianos, centros vecinales, agrupaciones y asociaciones locales, es relevante en este tema. También hay que discutir nuevos formatos y nuevos contenidos si se quiere trabajar seriamente con la participación cultural y la exigencia –existente desde hace décadas– de una “cultura para todos”.65
A la gestión cultural aquí descripta puede faltarle el elemento transfronterizo, razón por la cual probablemente no sea percibida como internacional. Pero esto sería un recorte, en el sentido de que muchos de los acontecimientos a los cuales los gestores culturales deben reaccionar son internacionales, y es importante un intercambio en relación a estos temas, así como respecto de los acervos de conocimiento específicos de cada país.
Producción, distribución y financiación
No solo cambian quienes deben disfrutar del arte y la cultura. Gracias a la progresiva digitalización, también se ha modificado, y lo seguirá haciendo, el modo y la forma en que el arte y la cultura se producen y, en particular, en que se difunden. Los límites entre consumir y producir se desdibujan, por eso muchas veces se emplea el término introducido en 1984 por Alvin Toffler66 de “prosumistas” para aquellas personas que, si bien consumen, también generan contenidos. Por consiguiente, también desciende el elevado umbral que hasta el momento marcaba el ingreso a la categoría de artista. La creación artística y creativa se democratiza y ya no queda solo en manos de guardianes como galeristas, curadores o editores. Sin embargo, paralelamente al efecto positivo del acceso facilitado, el mercado también se vuelve más inabordable y más internacional y la calidad –como sea que la definamos– no es tanto un criterio de éxito como sí el dominio de la clavija del marketing en las redes sociales o la construcción de una red con socios influyentes.
La aparición de nuevos actores que, entre otras cosas, utilizan hábilmente las redes con fines propagandísticos,67 es una cara de la moneda que deriva del incremento de la información. Además de usar Internet y las redes sociales del modo más variado y exitoso posible para los propios proyectos, se exige de los gestores culturales contar también con una refinada sensibilidad respecto de los contenidos.
Sin embargo, la entrada de nuevos actores semiprofesionales o no profesionales también trae consigo oportunidades y abre campos de acción para los gestores culturales.68 Los amateurs siempre fueron de gran importancia para la diversidad de la vida cultural. Preparar a los gestores culturales para fomentar las actividades de los amateurs, quienes están cada vez más profesionalizados, en el sentido de que pueden ser socialmente relevantes, debería tener su sitio en los planes de estudio de la gestión cultural. Válido también para una sensibilización respecto de la circulación del conocimiento en la que participan principalmente muchos jóvenes a través de Internet. Este conocimiento internacional compartido y la indiferenciación entre producir y consumir probablemente traigan formas artísticas interesantes.
La gestión cultural, y en especial la teoría de la gestión cultural, tendrá que despedirse de la distinción entre alta cultura y cultura popular, pero no porque algún día todo vaya a convertirse en lo mismo y dentro de la mainstream según el modelo norteamericano, sino porque las realidades han cambiado y el arte y la cultura suceden de forma más exitosa que antes, más allá de las estructuras estatales establecidas en las cuales la gestión cultural, en especial en la región germanoparlante, se ha centrado casi con exclusividad durante largos años.69
Probablemente, además de los amateurs mencionados anteriormente, debamos hablar más a menudo de artistas contemporáneos como Damien Hirst, Jeff Koons o Takashi Murakami. Son artistas que consiguen, a menudo de forma poco ortodoxa, romper con estructuras y también hábitos establecidos y que se oponen a las ideas, en parte tradicionales, del ser artista. Menos aún se habla del fenómeno –exitoso en muchos sentidos– de J. K. Rowling, Helene Fischer o de figuras de reparto como, por ejemplo, el grupo de pop británico One Direction. Puede que sea una negligencia. J. K. Rowling logró lo que muchos artistas sueñan toda su vida. El mundo entero conoce sus libros.70 Su propia historia es casi tan conocida como la de su famoso aprendiz de mago. Varias editoriales han rechazado el manuscrito de Harry Potter, pero una de ellas vio el potencial y Hollywood filmó la película de forma lucrativa. Esto constituye un componente vital de la gestión cultural, y no solo de la internacional y futura: reconocer lo creativo, reconocer lo que interesa, lo que toca, lo que emociona a las personas a escala mundial, en particular a los jóvenes. Las obras que lo consiguen (y principalmente provienen, en efecto, de las llamadas fábricas de sueños de Hollywood) a menudo son tildadas de mainstream.71 En Alemania, lo mainstream tiene una connotación negativa. Injustamente. ¿Acaso Bill Kaulitz de la banda Tokio Hotel, que años atrás hacía que las chicas alrededor del globo estudiaran alemán en el instituto Goethe,72 hizo más por la paz mundial y la lengua alemana que una exposición de la obra de Gerhard Richter,73 magníficamente curada, exhibida a nivel internacional y financiada con dinero de los impuestos?
Sucede, en efecto, que la mayoría de los contenidos producidos en Europa se quedan en Europa. Somos el mayor receptor de nuestros propios productos culturales.74 Sucede también que, en comparación, hay realmente pocos bienes culturales contemporáneos que consiguen ser percibidos también fuera de Europa75. Sin embargo, los hay, sobre todo en el ámbito de la música y la literatura y –aunque un poco menos– en el cine.76 Hay varias razones por las cuales deberemos integrar esta mainstream con mucha más fuerza en nuestra discusión.77 Una cultura pop global puede ofrecer, justamente a los migrantes más jóvenes dentro de la sociedad de mayorías, una orientación efectiva en un mundo que, por lo demás, es demasiado complejo.78 Hoy las identidades culturales son un tema central para los jóvenes. Definirlas mediante la demarcación y las fronteras geográficas –que transmiten tanto la pertenencia como la marginación– funciona cada vez menos.79 Pero como muchos autores ya han notado, los jóvenes de la “sociedad líquida”80 del siglo XXI quizás ya no necesitan raíces sino anclas.81 Probablemente la cultura pop sea muy apropiada, sin connotación negativa ni desvalorización, como un ancla en la vida de personas para quienes, como lo formula Gemma Carbo Ribugent, las relaciones interculturales son un componente vital y las situaciones multiculturales y la diversidad cultural parte constitutiva de su propio ADN y también del ADN colectivo.82 Los medios modernos modelan identidades, si no es que las producen.83 Las sociedades tendrán que vérselas forzosamente con los efectos de esta situación, especialmente sobre las identidades nacionales, cuya relevancia probablemente cada vez sea menor.
