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Sócrates no escribió nada, ni fundó ninguna escuela, ni desarrolló teorías concretas. Sin embargo, su figura es una de las más influyentes de la historia del pensamiento y se ha convertido en símbolo del pensador crítico que llega hasta las últimas consecuencias por defender sus ideas. Esta obra ahonda en su marcada personalidad y su filosofía para entender mejor la importancia que ha tenido su método racional en el pensamiento occidental, que parte del reconocimiento de la propia ignorancia para, a través del diálogo y la contradicción, conducir al interlocutor hacia la verdad.
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Seitenzahl: 214
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Texto: Ramon Vilà Vernis. Fotografías: Album: 23, 35, 43, 81, 93, 107, 121, 133, 144-145; Shutterstock; 63; Foto Scala, Florencia: 74-75; Age Fotostock: 99. Diseño de la cubierta: Luz de la Mora. Diseño del interior y de las infografías: Tactilestudio. Realización: Editec Ediciones.
© RBA Coleccionables, S.A.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2023.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: mayo de 2019.
Primera edición en esta colección: mayo de 2023.
REF.: GEBO650
ISBN: 978-84-249-9895-0
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El primer texto conservado que habla de Sócrates es una pieza teatral titulada Las nubes, escrita por Aristófanes y estrenada en el año 423 a.C. en Atenas. El filósofo realiza su primera aparición en escena con los pies metidos en un cesto y suspendido de una cuerda en el aire; ante la pregunta de qué hace allí arriba, explica que pretende observar mejor el Sol y los demás astros, y que para ello debe alejarse tanto como le sea posible de la Tierra, pues esta tiene la capacidad de absorber el jugo del pensamiento. Unas cuantas preguntas más nos permiten saber por boca de este estrafalario Sócrates que los dioses no existen y que en su lugar es preciso adorar a las Nubes y, por encima de ellas, al Aire.
No es muy probable que los asistentes a la obra se tomaran demasiado en serio lo que veían. Las nubes es una comedia, y los atenienses eran un público experto que conocía perfectamente las convenciones del género. De hecho, la aparición de Sócrates como tal no debe considerarse un hecho fuera de lo común, pues el género de la comedia buscaba de forma habitual sus personajes y sus historias en la realidad más inmediata de la polis, entre sus militares, magistrados, literatos y, también, filósofos, todos ellos retratados en sus ocupaciones características, o algo parecido, como veremos a continuación.
De acuerdo con el espíritu competitivo característico de la época, el estreno de las comedias tomaba la forma de un concurso que resolvía un jurado elegido entre los ciudadanos, en el marco de unos grandes festivales religiosos conocidos como Grandes Dionisias que se celebraban al término del invierno. Aquel año, Las nubes quedó en tercera posición. La versión que ha llegado hasta nosotros es una redacción posterior, revisada por el autor, que incluye una queja por este mal resultado. La pieza que ocupó el segundo lugar—Konnos, de Ameipsias— se ha perdido, pero sabemos que también tomaba a Sócrates como blanco de sus burlas. La coincidencia resulta sorprendente, si tenemos en cuenta que Sócrates debía de ser todavía un ciudadano relativamente anónimo por entonces.
Se ha especulado con la posibilidad de que Sócrates hiciera algo aquel año para ganarse toda esta publicidad; una de las hipótesis usuales consiste en señalar su participación en la batalla de Delion del año anterior, en la que Sócrates se distinguió por su valor durante la retirada —la batalla terminó en derrota para Atenas—, según el testimonio de varios diálogos. No parece, sin embargo, que este dato guarde demasiada relación con el contenido de la comedia. De haber otro motivo, es probable que la propia comedia aluda a él de alguna manera, aunque en ese caso la referencia es tan indirecta que resulta invisible para el lector actual. También puede ser que Sócrates no hiciera nada especial aquel año; es decir, nada más allá de ser un notorio representante de las últimas tendencias intelectuales en Atenas y deambular a menudo por el ágora interpelando a quienes se prestaran a ello. Su ventaja respecto a los otros sabios y maestros que llegaban cada año a la ciudad —algunos de ellos precedidos por una fama mucho mayor que la suya— sería justamente el hecho de que él había nacido en Atenas y casi no se había ausentado nunca de ella, por lo que debía de ser un personaje familiar para los atenienses. Y ya se sabe que la caricatura gana mucho cuando se conoce al caricaturizado.
La tradición pretende que en el estreno de Las nubes el propio Sócrates, que estaba en las gradas, se puso de pie para que el público pudiera apreciar su parecido con la máscara que llevaba el actor que lo representaba en escena. Más allá del físico, por supuesto, los atenienses también podían comparar el carácter y las ideas de ambos. Y salvo que todo lo demás que nos ha llegado acerca de Sócrates esté profundamente desencaminado —hipótesis que muy pocos han defendido—, se daban perfecta cuenta de las diferencias que existían entre el personaje de ficción y el Sócrates que se sentaba entre el público. El Sócrates que describe Aristófanes es una mezcla de elementos tomados de los físicos y de los sofistas, dos escuelas filosóficas que incluyen a su vez a figuras tremendamente dispares entre sí. La mezcla ni siquiera es consistente: su Sócrates cobra caro por sus enseñanzas como un sofista astuto y codicioso, pero es pobre como corresponde a un hombre que entrega todo su tiempo a cuestiones tales como por qué parte del cuerpo zumba un mosquito. Naturalmente, la licencia artística puede cubrir eso y mucho más, a condición de que toque una fibra sensible. Y la reacción que producían entre los atenienses todas estas nuevas enseñanzas debió de serlo sin duda. Casi una cuarta parte de los chistes que nos han llegado de la Atenas de la época la toman con los filósofos, y la lista de apariciones de Sócrates en las comedias no termina siquiera en las dos que hemos citado. El público de las comedias dedicadas a Sócrates reía porque a la vez reconocía y no reconocía en escena a uno de esos nuevos maestros y sabios que encontraba a menudo por las calles —aquí la diferencia entre unos y otros no era muy relevante—, y porque todos ellos le suscitaban desconfianza y fascinación a partes similares. En este sentido, podría decirse que el Sócrates de la comedia corresponde a la idea que se hacía de él el ciudadano medio de Atenas, que apenas lo conocía de vista u oídas, o a lo sumo de un trato muy ocasional.
Lo primero que destaca la comedia de Aristófanes de estos nuevos filósofos son sus tendencias sectarias, algo que probablemente inquietaba de un modo especial en la politizada Atenas. Antes de encontrarnos con Sócrates suspendido en su cesto, hemos tenido que esperar a que un discípulo suyo abriera la puerta de su «pensatorio» y nos llevase con gran ceremonia hasta la presencia del maestro. En este punto, Aristófanes tenía en la cabeza sin duda a Pitágoras y su célebre sociedad filosófica, que imponía un código completo de conducta y pensamiento —así como un programa político— a sus miembros. Por el camino, el discípulo pasa revista a algunas de las materias que se estudian allí: la primera de todas es establecer cuántas veces puede saltar una pulga la longitud de sus patas; otras son la astronomía, la geometría o la cartografía. En conjunto, está claro que el papel que le toca desempeñar a Sócrates en esta parte de la obra es el de filósofo natural o físico, y también está claro que Aristófanes no cree demasiado en la utilidad de las investigaciones de estos pensadores.
La filosofía natural surge en las colonias griegas de las costas de Jonia, en la actual Turquía, a principios del siglo VI a.C. y se extiende posteriormente a las costas de la Italia meridional. Sin duda, las colonias ofrecían un entorno más adecuado para el desarrollo de nuevas ideas, tanto por el contacto con otras culturas como por su mayor distancia de los centros de la ortodoxia religiosa y cultural. La burla cargada de intención de Las nubes tiene que ver precisamente con la reacción que suscitaba en Atenas la llegada de algunos de estos sabios de las colonias.
Según algunas fuentes, el primero de estos sabios jonios en llegar a Atenas fue Anaxágoras, que es probablemente a quien tiene en mente Aristófanes en todo este pasaje. Se ha dicho que pudo ser el maestro de Sócrates, aunque no aparece en los diálogos de Platón más que de un modo muy indirecto: en el Fedón, Sócrates dice que en cierta ocasión escuchó a alguien leer en voz alta un libro de Anaxágoras. Algunos han interpretado —a partir de las referencias de otros autores— que este lector era otro filósofo llamado Arquelao y que todo el pasaje era una forma muy condensada y literaria de explicar que Anaxágoras fue maestro de Arquelao, y este a su vez de Sócrates. Más allá de cómo realizara su aprendizaje, las fuentes coinciden de manera mucho más clara en que Sócrates estaba familiarizado con la filosofía natural, aunque su afición por ella pronto dejó paso a otros intereses.
Según la exposición clásica de Aristóteles acerca del origen de la filosofía, el objetivo fundamental de los primeros filósofos era la búsqueda de un principio material para todas las cosas. Aristóteles pasa revista rápidamente a diversas opciones que se propusieron de forma sucesiva: el agua (Tales); el aire (Anaxímenes y Diógenes); el fuego (Heráclito); los tres anteriores más la tierra (Empédocles). Cuando llega a Anaxágoras la tradición ha evolucionado hasta el punto de proponer una pluralidad infinita de ingredientes que en un origen se hallaban en porciones tan pequeñas que resultaban indistinguibles del aire que los unía. Esta masa primigenia habría empezado a rotar y de este modo todo lo pesado, lo húmedo, lo frío y lo oscuro se fue quedando en el centro —ahí estaría la Tierra con todo lo que contiene—, mientras que lo ligero, lo cálido, lo seco y lo brillante se fue dispersando —ahí estarían los astros y por último el aire—. No cabe duda de que la física de Las nubes encaja perfectamente en esta versión del origen del universo, que Aristófanes presenta con una mezcla bien visible de incredulidad y sorna. De hecho, el aura de especulación poco útil acompaña a los filósofos naturales no solo en las comedias de este autor sino también en muchos otros textos de la época. Se trataba ya entonces de un lugar común, que ha perdurado en buena medida hasta la actualidad. Lo curioso del caso es que si una escuela de filósofos no merece esta fama es precisamente la suya.
En la comedia de Aristófanes, quien sigue al ceremonioso discípulo hacia el interior del pensatorio es un viejo llamado Estrepsíades, que está empeñado en convertirse también en discípulo de Sócrates. Ya desde el principio queda claro que su vocación filosófica real es más bien escasa, pues apenas sabe reaccionar ante las sutilezas que le desvela su guía de otro modo que no sea preguntar una y otra vez: «¿para qué sirve?». Pero lo cierto es que, si exceptuamos la cuestión de la distancia que salta una pulga, que es obviamente una broma, su guía no tendría muchos problemas para justificar la utilidad de las demás investigaciones practicadas en el pensatorio. Ya en la Antigüedad, la fama de los primeros filósofos se basaba sobre todo en sus aportaciones en campos como la astronomía, la meteorología, la fisiología, la medicina, la geometría, la cartografía y un largo etcétera. En este sentido, se ha dicho con razón que pueden situarse tan cómodamente en el origen de la ciencia como de la filosofía. Es más: si algo los distingue de los filósofos y los científicos posteriores es que apenas se reconoce ningún programa de investigación —no digamos ya una metodología clara de observación y argumentación— en su variada actividad más allá de la resolución de los problemas que van encontrando. Y lo mismo puede decirse, en el fondo, de la pregunta que más comúnmente se asocia con ellos, la más especulativa de todas las que pueden plantearse: la pregunta por el principio de todas las cosas.
Aristóteles se refiere a los primeros filósofos como «aquellos que hablan de la naturaleza», por oposición a «aquellos que hablan de los dioses». Debe tenerse en cuenta que la novedad consistía en el propio concepto de naturaleza, no solo en la importancia que se le diera. Tal como se ha señalado, la palabra «naturaleza» aparece mencionada una sola vez en toda la obra de Homero, que constituía casi una enciclopedia del saber griego en los inicios de la escritura. Dicha mención es, de hecho, bastante significativa: en uno de los fragmentos más conocidos de la Odisea, la diosa Circe ha transformado a la tripulación de Ulises en una piara de cerdos, y el dios Hermes interviene para asistir al héroe. Su ayuda toma la forma de indicarle las propiedades —la «naturaleza»— de una hierba que le volverá inmune a las artes de Circe. Vemos pues que la naturaleza realiza su aparición en la cultura griega como una forma de defenderse del poder de los dioses. Es más, en el relato de Homero parece que la ventaja de los dioses frente a los hombres se reduce tan solo a que aquellos conocen la hierba en cuestión y pueden conseguirla con mayor facilidad que estos. Pero esas son circunstancias que un hombre astuto y viajado como Ulises debería poder superar si se lo propone, aunque en Homero esta victoria no se consiga aún sin la intervención de otro dios.
Los filósofos naturales recurren a la naturaleza con unos fines no muy distintos a los de Ulises. También ellos son miembros destacados, a menudo aristocráticos, de sus comunidades —por lo general colonias griegas alejadas de sus comunidades de origen—, que mantienen un estrecho contacto con distintas culturas a través de la escritura, de la navegación, del comercio, de la guerra. La pregunta por el principio de todas las cosas es una de las primeras con las que podía encontrarse una persona así, en un contexto de contacto creciente entre culturas míticas y religiosas diversas. Su intento de dar una respuesta única obedece, por un lado, a la necesidad de dar solución al conflicto entre tradiciones dispares, y, de hecho, las respuestas que proponen son en buena medida reelaboraciones y armonizaciones de las propias explicaciones míticas que pueden encontrarse en su entorno geográfico. En este sentido, sus teorías forman parte del mismo impulso racionalizador que las cosmogonías de pensadores religiosos como Hesíodo, que se esfuerzan por poner orden en el panteón de los dioses, cada vez más abigarrado.
No obstante, lo que distingue a estos pensadores de los que se mantienen aún en la esfera de la reflexión religiosa tradicional es el empeño por formular la solución a estos conflictos en términos «naturales». A pesar de las frecuentes acusaciones de impiedad que se dirigieron contra los filósofos naturales, no está claro que ninguno se declarara ateo. El asunto para ellos no era tanto la existencia de los dioses como la capacidad de intervención que pudieran tener estos en los asuntos humanos. Se trataba de buscar explicaciones para las cosas que no pasaran por una decisión de los dioses y de ganar así un espacio de autonomía frente a ellos. En este sentido, la naturaleza —tal como ellos la entienden— se define casi enteramente por ser aquello que no está al arbitrio de los dioses. Es fácil ver el potencial subversivo de este punto de vista en unas sociedades donde cada decisión y cada evento estaba totalmente imbricado en prácticas e instituciones religiosas: ¿para qué perder el tiempo participando en todas esas liturgias y preguntando a los oráculos, si los dioses no intervienen en los asuntos humanos?
La crítica de Aristófanes a los filósofos naturales tiene más que ver con esta pérdida del referente moral de los dioses que con la falta de utilidad práctica e inmediata de sus investigaciones. Para los atenienses que se preocupaban por el abandono de las prácticas religiosas y las tradiciones ancestrales de la ciudad —una tensión que era naturalmente mucho más fuerte en Atenas que en las colonias—, la orientación geográfica que obtenía el navegante gracias al conocimiento de los astros no podía compensar la pérdida de orientación moral que llevaba asociada si los dioses dejaban de tener parte en todo ello. Anaxágoras, precisamente, había tenido que huir de Atenas pocos años antes del estreno de Las nubes por haber dicho que la luna no era más que una piedra.
En este sentido, la burla de Aristófanes corta en las dos direcciones cuando describe la entrada de Estrepsíades en el pensatorio. Lejos de ser muestra de una mayor sensatez, la fijación del viejo con la utilidad de cada cosa le vuelve incapaz de entender nada que vaya más allá de sus intereses más estrechos. Cuando el discípulo le explica que la geometría sirve para medir la tierra y elaborar mapas, Estrepsíades solo es capaz de entender que están hablando de parcelación de terrenos para su venta. Pero en el fondo —viene a decir Aristófanes—, hacer un mapa de la tierra y hacer negocios dudosos con ella no son cosas que estén tan lejos entre sí. A ojos de muchos atenienses, el nuevo saber va de la mano de una pérdida de orientación moral. En este sentido, el aprendiz de físico y el viejo avaricioso son tal para cual.
El personaje de Estrepsíades de Las nubes es un arribista, un nuevo rico acuciado por las deudas que ha contraído por culpa de su hijo, que ha desarrollado una afición muy cara y aristocrática por las carreras de caballos. En la segunda mitad del siglo V a.C., Atenas era en buena medida una ciudad de nuevos ricos. La victoria final frente a los persas en la tercera guerra médica (479-449 a.C.) le había entregado la hegemonía naval en el Mediterráneo, lo que se tradujo en una gran expansión comercial, en un contexto donde el comercio, la explotación colonial y la piratería no resultaban siempre fáciles de distinguir. La moneda, inventada hacía poco más de un siglo, había facilitado además la disolución de los antiguos lazos clientelares en beneficio de las relaciones mucho más anónimas y cambiantes propias del mercado.
En una estampa que debía de ser habitual, este nuevo rico es acosado por sus propios vecinos para cobrar los intereses de los préstamos que ha contraído con ellos. Se trataba de un mercado financiero donde los préstamos se daban entre particulares y se asentaban a menudo en lazos ancestrales de clan y tribu, unos lazos que pronto se revelaron impotentes para controlar la situación. El resultado fue una extraordinaria proliferación de litigios de toda índole, aunque la mayoría relacionados con el nuevo invento de la moneda. Uno de los acreedores de Estrepsíades se lamenta por tener que llevar a un miembro de su propio demos ante los tribunales, a pesar de lo cual asegura al público reunido que no piensa «deshonrar a la patria» faltando al deber de denunciar a sus vecinos. Se trata de una broma, claro está, pero una que expresa bien el conflicto de lealtades que vivía la ciudad.
El litigio constituía pues un destino casi inevitable para el ateniense, y el nuevo rico se presentaba ante los tribunales con un claro sentimiento de inferioridad respecto al aristócrata, que gozaba de una educación muy superior. Lo mismo le ocurría en las otras grandes instituciones de la democracia ateniense, sobre todo en la Asamblea, donde todos tenían el mismo derecho a tomar la palabra y someter propuestas a votación. De hecho, si uno examina el sistema de democracia directa —y extraordinariamente celosa de la igualdad política de los ciudadanos— que imperaba en Atenas, casi se puede decir que el gobierno de la ciudad no era más que el orador que aquel día había logrado convencer a la Asamblea. En este contexto debe entenderse la figura del sofista, que es otro de los papeles que le toca desempeñar a Sócrates en esta obra.
Cuando, en Las nubes, Sócrates le pregunta a Estrepsíades por qué se presenta ante él, su respuesta no puede ser más clara: quiere aprender a hablar. Concretamente, quiere poder ir a juicio y convencer al jurado de que no debe nada a nadie, aunque por supuesto no sea esa la verdad. La cosa no va tan en broma como podría parecer. El buen uso de las palabras para convencer a una audiencia era, en efecto, la pieza central de la oferta educativa de los sofistas, una nueva especie de filósofos itinerantes que llegaban a la ciudad desde los más diversos lugares. Su actividad era totalmente profesional, y al parecer muy lucrativa: se decía que Protágoras, uno de los primeros y más famosos sofistas, había amasado una fortuna enseñando a hablar a los hijos de los nuevos ricos.
Las enseñanzas que le ofrecen a Estrepsíades en el pensatorio incluyen asuntos relacionados con la flexión y el sentido correctos de las palabras, con la versificación poética y, sobre todo, con el arte de la composición de discursos contrapuestos en disputas modeladas a imagen del escenario judicial. Esta lista da una idea bastante aproximada del tipo de enseñanzas que impartían sofistas reales como Gorgias o Protágoras, aunque había grandes variaciones; Protágoras, por ejemplo, extendía sus intereses a lo que hoy llamaríamos las ciencias sociales, y algunos, como Hipias, se mostraban dispuestos a enseñar cualquier materia a cambio de un precio. En todo caso puede reconocerse un desplazamiento general del objeto de estudio desde la naturaleza hacia asuntos más próximos al hombre. Pero este desplazamiento va estrechamente ligado, a su vez, a otro cambio que afecta a la función misma del conocimiento. Ya no se trata de una noble aportación del sabio a la comunidad, sino que el sabio se pone expresamente al servicio de los intereses particulares de un cliente y cobra por ello. En este sentido, es preciso poner la evolución de la filosofía en Grecia en el contexto de la transferencia del saber de las clases aristocráticas tradicionales a las nuevas clases pudientes nacidas del comercio y de la movilidad social propiciada por el creciente uso de la moneda.
La técnica de argumentación que tratan de enseñarle a Estrepsíades en el pensatorio de Las nubes, de forma totalmente infructuosa, también es típica de la sofística. Se trata de explotar la discrepancia entre lo que hacen los dioses según los mitos y lo que se supone que encarnan como modelos morales, con el fin de exonerar al orador de su deber de cumplir con tal o cual precepto, en este caso el deber de pagar las deudas. La mitología griega ofrecía sin duda un amplio terreno de juego para esta clase de argumentación, dada la conocida tendencia de sus dioses a las riñas familiares y a los comportamientos menos que honrosos. Pero si este recurso fallaba siempre quedaba el terreno de juego aún más amplio de las disputas entre los hombres.
Los griegos usaban la palabra «convención» (nomos)para referirse a las leyes, las costumbres y demás normas que los hombres se dan a sí mismos. Se trata de una palabra que gana gran relieve en los debates filosóficos de esta época, igual que lo había hecho antes la palabra «naturaleza». En cierto modo, puede decirse que lo hacen de la mano. Como ha señalado el filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre, el pensamiento griego evoluciona en respuesta al contacto entre culturas y tradiciones diversas, así como a la transformación interna de sus sociedades. En la medida en que los dioses dominan totalmente el imaginario de estas culturas, este contacto se traduce en un conflicto entre divinidades. El concepto de naturaleza es una manera de suavizar y gestionar este conflicto. Pero en la medida en que este concepto logra su cometido, los protagonistas del conflicto toman cada vez más el aspecto de hombres. El concepto de convención da nombre a esta nueva situación y trata de gestionarla abriendo un nuevo diálogo con el concepto de naturaleza.
Platón nos ha legado el juicio general de que el desplazamiento del interés de la naturaleza a la convención por parte de los sofistas obedece a un abandono del interés por la verdad, es decir, a un creciente relativismo. No obstante, los propios diálogos de Platón muestran una complejidad mucho mayor en las reflexiones de los sofistas sobre la relación entre convención y naturaleza. Así, sofistas como Gorgias, Calicles o Trasímaco defienden en diversos tonos y matices que la naturaleza constituye la auténtica moral, frente a la cual la moral convencional sería una represión ilegítima. Otros, como Antifonte, Hipias o el propio Protágoras, defienden en cambio que las convenciones no se oponen sino que tienen su fundamento en la naturaleza, ya sean todas las convenciones o bien solo una parte de ellas, las cuales tenderían a ser compartidas por todas las sociedades.
Como cabía esperar, Las nubes termina con el fracaso del plan de Estrepsíades de escapar a sus deudores mediante las técnicas de los sofistas, y este regresa al fin arrepentido a las prácticas y creencias tradicionales que poco antes había abandonado. En cierto modo, su ingenua creencia en el poder mágico de las palabras sugiere que no ha salido nunca del universo mental litúrgico y religioso en el que había crecido. Tal vez gracias a esta misma falta de sofisticación, Aristófanes todavía ve salvación para Estrepsíades. No parece que pueda decirse lo mismo de Sócrates y sus discípulos, a la vista del final de la obra: Estrepsíades prende fuego al pensatorio, con todos ellos dentro. La conclusión que nos ofrece el conservador Aristófanes es que el abandono del universo religioso tradicional lleva irremisiblemente a la disolución moral de la sociedad. Es preciso, por tanto, reaccionar de forma enérgica ante las nuevas corrientes de pensamiento.
A medida que progresaba la guerra del Peloponeso y los años de esplendor de Atenas tocaban a su fin, cada vez eran más los atenienses que compartían la opinión de Aristófanes. Al final se giraron contra Sócrates, convertido de nuevo en compendio y personificación de todas las nuevas enseñanzas a las que echaban la culpa de la ruina de la ciudad. Cuando llegó este momento, los discípulos de Sócrates salieron a defenderlo de las acusaciones, y nos ofrecieron un retrato muy distinto del que habían dado de él las comedias.
