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¿Hasta dónde serías capaz de renunciar por amor? Él y ella lo tenían claro, pero no tuvieron en cuenta las consecuencias. Según narran, se dice que algunas vidas están ligadas en el tiempo, unidas por una antigua llamada, que retumba a través de épocas. Una redención, un propósito y un poder inconcebible para Abigail Brown. Así se hace llamar la chica que «creía» conocer su verdadero nombre y apellido, ella tendrá que averiguar su pasado para descubrir quién es en el presente, en la vida real. Nunca pensó que los sueños se pudiesen materializar en carne y hueso hasta que lo conoció a él, Lamec Blinguey. Dos corazones ligados para fundirse en el fuego más corrompido y temible. Deidades, draugar, guardianes. Una creación envuelta en las sombras liderada por un organismo inmortal. Una esperanza de luz custodiada por seres celestiales que llevan milenios protegiendo al mundo en silencio. Un mundo que se verá envuelto en el caos mientras que solo, algunos pocos, intentarán detener el apocalipsis. A ambos bandos no les quedará más remedio que unirse en esa lucha para protegerla, pero… ¿a qué precio? Ella es el arma definitiva, la misma que creará enemigos a su paso y, uno de ellos, será Alexander Vollan Völlr. Un secreto, una pasión oculta y un odio inquebrantable. «La sangre de esa chica es la llave y su cuerpo es la puerta hacia un nuevo universo, el fin de los tiempos». «Nada es lo que parece». «La belleza forma parte del caos».
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Seitenzahl: 826
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Neiva Garrido Gómez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-743-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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«Un demonio como yo no puede amar,
un ser como yo solo puede refugiarse en su infierno…
Ella era mi infierno».
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Este libro se lo dedico a esas personas que sufren de ansiedad, como ya sabéis, somos expertas en crear escenas catastróficas en nuestra cabeza. Escribir esta historia fue el inicio de que mi desorden mental tomase un poco más de coherencia. Hizo que mi vida doliese menos, incontables veces.
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«Entre la luz y la oscuridad tienen lugar los colores».
J. W. Goethe
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«Fui embelesado por una divinidad inconcebible. Su aroma se quedó impregnado en cada poro de mi piel, ese perfume ya formó parte de mí, al igual que toda su alma. Mis manos recorrieron sus suaves muslos y la sublimidad que emanó de su cuerpo me dejó completamente destruido ante ella. Las luces del cielo fueron testigos de una noche trascendental, mientras ambos fuimos consumidos por los pecados carnales del mismísimo Edén. Mi debilidad era ella, aunque, sin querer, también se convirtió en mi fortaleza», Lamec Blinguey.
Prólogo
«El aleteo de las alas de una mariposa
se puede sentir al otro lado del mundo».
LAMEC
La vi ahí, sentada sobre ese sofá, mirándose los dedos de sus pies desnudos, al igual que todo su cuerpo. Una fina cobija cubría su desnudez ocultándome su belleza, su cuerpo perfecto. Por todos los demonios…, era hermosa, hasta con ese cabello ligeramente revuelto, parecía una ninfa, sus rasgos eran inusuales a ojos de cualquiera, era como si contemplaras una obra de arte, ni Leonardo da Vinci se atrevió a tanto. La incertidumbre, una vez más, vibró dentro de mi cabeza. Mis manos se deslizaron por mi cabello y sentí algo de nerviosismo, un sentimiento que antes no habitaba en mí. Cuando estaba cerca de ella, me era imposible controlar ese momento de frenesí. Mi mente dejó de funcionar cuando el olor a sangre, la fragancia de toda su esencia se plasmó en mí y mi cuerpo se activó, se prendió como una cerilla; fue la jodida combustión.
—¡Maldita sea, estás sangrando! —dije acercándome a ella y dándome cuenta de que, debajo de esa manta, la herida en su estómago había quedado al descubierto. Algunos puntos saltaron de su piel dejando ese condenado corte aún más grande de lo que ya era.
Por nada del mundo pensé que esa cita, nuestra primera cita, después de algunos meses de caos y desastre, pudiese descontrolarse así.
—Estoy… estoy bien —mencionó a duras penas mientras intentaba levantarse del sofá, mi mano rodeó su pequeña cintura y lo único que se me ocurrió en ese momento fue llevarla al maldito hospital.
—Te llevo al hospital ahora mismo. —le advertí con dureza. Sabía que, si hacíamos algo inapropiado, ella podría acabar así. Y, lo peor de todo, era que yo lo había permitido.
«Sí, tú lo has permitido Lamec»
«¡Cállate ya, joder!». De nuevo habló mi fuero interno. Era como un puñetero ronroneo constante en mi cabeza.
—No. Estoy bien, de verdad. —¿Cómo podía decir eso con la herida abierta de un extremo a otro? Tendría que estar rabiando del dolor ahora mismo.
—Te llevaré al hospital, así tenga que llevarte a arrastras y con una mordaza.
Su cuerpo tiró del mío y el suyo se tropezó contra el cristal que daba paso a la terraza. Ese acto me advirtió, poniéndome rígido como una tabla, ella desprendió una fuerza insólita, extraordinaria. Tiró de mí, de toda mi anatomía como si fuese un peso pluma. «Tú, ¿un peso pluma?, ni en tus peores sueños».
Ella era humana, bueno, no del todo, pero… tal vez ese poder que residía en su cuerpo fuese algo más grande, más vigoroso de lo que todos pensábamos. Era una divinidad absoluta, de sangre celestial y de un corazón de fuego.
—Necesito salir. Necesito aire —susurró sin aliento.
No supe en qué momento soltó mi agarre y abrió la puerta corredera que daba a la terraza. Salió mientras la manta que cubría su cuerpo se deslizó por su piel, dejándome ver de nuevo esa perfecta desnudez. Me quedé absorto, hipnotizado frente a ella, frente a unos movimientos muy ardientes para mí.
El eclipse lunar se plasmó también en mi visión, mostrando su particular tono rojizo, el mismo que se adueñó de su cabello caoba, intensificando su color y convirtiendo su larga melena en un rojo intenso, carmesí. Su piel resplandeció bajo el manto de la noche y me dejó en un trance del cual me fue imposible salir. Se dio la vuelta hasta que sus ojos…, unos ojos dorados se fundieron en los míos. Mi mirada viajó hasta esa herida y no pude creerme lo que sucedió; un rayo de luz salió de su piel, del mismo color que sus ojos ambarinos, sanando esa grieta que hacía tan solo unos minutos atrás estaba desprendiendo sangre.
—Me he curado —anunció sorprendida.
Con sus dedos tocó esa tez manchada de rojo, sin ninguna herida a simple vista. Su voz me cautivó, me embelesó como un canto de sirena, me sedujo hasta tal punto de imaginar y recrear a la diosa Afrodita en toda ella. «Tengo a una diosa delante de mí».
En sus ojos encontré un universo de instantes no vividos, donde cada destello dorado era un libro abierto y cada mirada un capítulo no contado que incitaba a olvidarse en la profundidad de su espíritu. Ella me dominó en cuerpo y alma, me di cuenta de que me había hechizado por completo. Fui el prisionero de ese magnífico ser, creado para que cualquiera perdiese el raciocinio con tan inconcebible belleza.
Capítulo I |~ El viaje ~|
Actualmente…
LAMEC
Gotas de sudor se deslizaron sobre mi frente haciendo que sintiera un enorme escalofrío por la pesadilla tan real que acababa de tener. El rostro de una joven se hizo presente en un mundo imaginario. Sobresaltado, me incorporé de la cama haciendo eco en mi cabeza esas imágenes impregnadas en cada poro de mi piel, las mismas que hicieron que mirase a mi alrededor y me diese cuenta de que la chica que tenía recostada a mi lado no era ella. No era esa joven que me desvelaba cada noche con esa sonrisa inocente, ni tampoco tenía esos ojos plateados concebidos para perderte en ellos, haciendo que todo pensamiento inhumano se hundiese en la demencia, al igual que su largo cabello en el color del más puro y ardiente fuego. Ella podría poner a todos mis demonios de rodillas con tan solo una mirada.
Decidí vestirme y, sin más preámbulos, me dirigí hacia la puerta de aquella habitación. La voz de la chica, la cual no me acordaba de su nombre, me inmovilizó.
—No te vayas aún… —susurró en un hilo de voz.
—Debo irme, amor —respondí con la boca seca.
Mi mano se posó sobre el pomo de la puerta, finalmente abriéndola y haciendo oídos sordos a la frase que acababa de escuchar. Salí de ese motel con el estómago encogido, esa era mi sensación cada vez que el sueño se apoderaba de mí. Al principio, solo tenía leves imágenes de su rostro, más tarde todo se convirtió en algo más intenso, más real. Podía sentirla como si estuviese aquí, conmigo, el latido de su corazón se instalaba en mi pecho, su sonrisa me devolvía el aliento y, su esencia…, su esencia me volvía un auténtico desequilibrado. Era una mezcla de algodón de azúcar con chocolate amargo.
«Ella» anulaba mis sentidos y la poca humanidad que aún residía en mí.
****
Tenía la sensación de que Cyprian iba a requerir de mi presencia en algún momento. Intuía que algo iba pasar, por muy insignificante que pareciese. No sabía si sería un don o una maldición, pero, sin querer, en ocasiones se adelantaba ese instante. Una fatídica noche no vi venir aquella tragedia y perdí a la persona más importante de mi vida. Eso llevaba atormentando mi alma casi un siglo de mi existencia.
—Lamec, Cyprian quiere verte. Te espera en su despacho —anunció Isabelle a través de la puerta de mi recámara. Y, ahí, teníamos de nuevo a mi intuición.
Solté el lápiz de carboncillo a un lado del escritorio y contemplé aquel rostro que acababa de trazar sobre un boceto. Soñaba con esa mirada y esos labios frondosos día sí y día también. Todo lo que parecía estar muerto en mí, se activaba con ese semblante impoluto y sin alguna imperfección. Dejé de visualizarlo para ponerme una camiseta, a veces odiaba dejar al descubierto las marcas que cubrían mi espalda, unas cicatrices difíciles de ocultar para alguien como yo. Recordé esos insufribles días en los que estuve recluido y fui castigado por una secta diabólica, me marcaron la piel para que recordase, cada día, mi miserable vida. Quebranté las normas y ese fue el mejor resultado que pude tener, la otra opción era la muerte. En ese crucial momento deseé estarlo, pero la sed de venganza fue lo único que me mantuvo vivo todos esos días enjaulado en el zulo del infierno. «La venganza es un plato que se sirve frío y envenena el alma».
En cuestión de segundos, salí por la puerta de mi habitación dejando atrás el turbio pasado que, hoy en día, me llenó de cicatrices incurables.
—Me ha hecho llamar, señor, ¿requiere de mis servicios? —dije en tono burlesco.
Entré en el despacho de Cyprian intentando poner buena cara ante él. Su cabello rubio con toques dorados estaba impecable, como siempre. No tenía claro de cómo lo haría para llevarlo siempre recogido hacia atrás y sin que se le escapase el más mínimo pelo, a veces, me daba impresión de que Cyprian parecía sacado de una telenovela turca.
—Siéntate, tenemos que hablar.
Esa frase fue demasiado tajante, lo miré fijamente y arqueé una ceja, me senté en la silla que había frente a él, ambos separados por una mesa de roble.
—¿Te acuerdas de la chica de Alaska?
—Sí, la de sangre pura, el linaje Dankworth, bla, bla, bla… —Me apresuré en contestar.
—Pues hay un gran problema con ella.
—Suéltalo —añadí entre un suspiro. Pude notar la preocupación en él.
—Saben de su existencia…, sabíamos que esto, tarde o temprano, llegaría a oídos de todos ellos. El mundo que conocemos sería el mismísimo infierno si los exiliados encuentran a la chica antes que nosotros.
El bando malo ya estaba actuando, era cuestión de tiempo que eso sucediese, la verdad, no me sorprendió. Los exiliados eran unos seres de la noche que, con el transcurso de los años, se perdieron en la oscuridad. Eso pasaba cuando te convertías en un devora almas.
—¿Cuál es el plan? —Me crucé de brazos mientras esperaba una respuesta sensata.
—Necesito que seas su sombra, que si ella mueve un dedo, lo hagas tú también. Tienes un vuelo mañana a primera hora hacia Alaska.
¡¿QUÉ?! ¡Esto tenía que ser una puñetera broma!
—¿Ese es tu plan? ¿Ser el niñero de una cría? —Me levanté del asiento indignado y deslicé los dedos por mi cabello, estaba muy furioso. Esperaba algo más de sensatez por su parte, ¡joder!
—Ese es mi plan, sí, que seas el niñero de esa cría. Cuando arregle algunas cosas aquí, en Portland, viajaré allí con Efraín, Isabelle y Elizabeth. He comprado una casa allí, en las montañas, te daré una llave para que te vayas instalando tú. Tenemos que ser los protectores de esa chica, Lamec, sin nosotros está perdida y este mundo también.
Estábamos entrando al maldito infierno sin haber muerto. Bueno, en realidad…, estábamos más muertos que vivos.
—¿Efraín no puede hacer de canguro? —pregunté, a ver si con suerte me deshacía de ese lío. Sus ojos azules me miraron con intensidad y mi cuerpo se tensó. «Maldita sea».
—Lamec, esto no es un juego, en tus casi cien años de existencia no te he pedido un favor tan esencial como este —recalcó.
—Veintitrés años, tengo veintitrés. —Esa absurda manía que tenía con acentuarme los años demás.
—Déjate de tonterías, mañana cogerás ese vuelo e intenta pasar desapercibido con ella. Tienes que ser su maldita sombra, solo eso y repito; solo eso.
Genial.
—Tranquilo, no me la voy a comer… —Hice una pausa y pellizqué el puente de mi nariz—. En fin, resumiendo; estar pegado como una lapa a su preciado trasero.
Respiré hondo aguantándome unas ganas inmensas de salir corriendo de allí, y echarle el muerto a otro.
—Ese trasero ahora mismo vale más que el tuyo. Espero y deseo que cumplas con tu deber. Y ahora, si me disculpas, tengo mucho trabajo que atender.
Con un bufido salí de su despacho más indignado de lo normal. De camino a mi habitación, me tropecé con Isabelle, la mujer de mi querido amigo Cyprian. Esa chica siempre me había parecido una belleza, su cabello era negro y brillante, sus ojos eran dos esquirlas verdes, esa mirada destacaba en aquel rostro angelical. Se quedó en sus treinta y dos años, realmente teniendo el doble de mi edad… en siglos, para ser exacto.
—No traes buena cara, Lamec.
Ella sabía calarme a la perfección.
—Tu querido hombre quiere que haga de niñero, ya sabes que me cuesta cuidar de mí mismo, Issy, como para hacerlo con los demás. Podría haber mandado a Efraín o a Liz… —Me recliné en el marco de la puerta de mi recámara mientras pensaba en la tediosa misión. Isabelle rio y sus ojos verdes se fijaron en los míos.
—Sé qué harás a la perfección tu trabajo. Ya sabes que Cyprian siempre se ha apoyado mucho en ti y, ahora, en los tiempos que corren, te necesita más que nunca a su lado… —Hizo una pausa y miró su móvil—. Efraín y Lizbeth ya están en África, nos está costando mucho conseguir esta vez lumiracle.
Lumiracle, así se llamaba la planta que rompía nuestra condenación, hacía que pudiésemos quedar expuestos a la luz del día sin ningún tipo de problema, de lo contrario, nuestra piel se fundiría como lava. Esa maldición fue creada hace milenios por deidades vikingas, se hacían llamar völvas, unas mujeres con un poder inconcebible, un don que les fue otorgado por La diosa Freya. Esas criaturas nórdicas sabían de la existencia de los draugar, «el que camina después de la muerte». Nuestra raza se propagó como la pólvora, querían destruirlos, pero se dieron cuenta de que aquello no sería tan fácil, así que, las völvas, maldijeron nuestro linaje, convirtiendo a cada draugr en un ser atrapado por la oscuridad. Almas esclavas de las tinieblas, prisioneros de la noche de por vida. Todo hechizo tenía su equilibrio, toda antigua profecía se podía revertir, nada era para siempre. Aquella planta se convirtió en nuestro antídoto, había que cortarla en un eclipse solar, para que así hiciese su total efecto, irónico, ¿verdad? Solo había que diluir esa planta, mezclarla con sangre humana e inmortal, su portador debía tener, al menos, un milenio de existencia y, ahí era donde entraba mi amigo Cyprian. Teníamos que ingerir esa mezcla todos los días para que así cumpliese su propósito. Cyprian tardó siglos en dar con esa cura. Los draugar más privilegiados podían disfrutar del día sin ningún tipo de inconveniente, la venta de lumiracle se convirtió en un negocio para todos nosotros. Nos llegaron a pagar muchísimo dinero por esas malditas cápsulas, era como traficar con una droga totalmente distinta a la que ya existía en el mundo de los humanos.
—¿Por qué dices eso? —pregunté. Me crucé de brazos y arqueé una ceja, tenía curiosidad en saber eso.
—Cada vez la tierra es más seca y menos fértil, creo que llegará el día en que esa planta se extinga y…, volvamos al punto de inicio. —Noté preocupación en su mirada.
—Si eso llegase a suceder, habría que encontrar otra solución al problema —dije. Quizás ese día pudiese estar más cerca de lo que imaginábamos.
—Supongo… —Isabelle suspiró—. No quiero pensar en eso ahora, bastante tenemos ya encima.
Tenía razón, pensar en aquella conversación sin sentido solo agravaba más la situación. No hablamos mucho más. Era el único que la llamaba así, Issy, hice una abreviación de su nombre y se quedó con ese apodo cariñoso. Ella besó mi mejilla y se despidió con una tierna sonrisa. Era lo más parecido a una madre que había tenido después de tantos años…
Isabelle, mi Issy, me convirtió en lo que era ahora. A raíz de lo que sucedió esa noche, el Clan Superior decretó cualquier acto de alteración genética en humanos, ningún draugr se podía ver involucrado. Si te pillaban, tus días de gloria acabarían justo ahí. Y, a mí, me pillaron. Todo empezó cuando serví en la Primera Guerra Mundial, en el año 1917, como suboficial al mando de la tropa estadounidense. A los meses de combatir sin ninguna tregua… me fusilaron, mi vida estaba acabada o eso creí en aquel momento. Ella y Cyprian intentaron ayudar a muchísimos guerreros que dieron su vida por mi país, pero no todo salió como ellos esperaban. La sangre de ambos curó, pero lo que no tuvieron en cuenta fue el desastre que eso llegó a ocasionar después. Personas, o, más bien, muertos vivientes perdiendo la cabeza por despedazar a cualquier ser humano. Cyprian e Isabelle no cayeron en esa repercusión o, tal vez sí, pensaron que podían hacerse cargo de ese desastre, pero lo que estuvo bien claro en ese momento fue que la situación se descontroló por completo. Intentaron salvar vidas, pero, a su vez, las condenaron. En cambio, en lo único que pude pensar cuando desperté, tras haberme convertido en lo que era ahora, fue en mi hermana, en si seguía viva después de aquel desastre. Y, sí, lo estaba. Un sentimiento muchísimo más fuerte suplantó la sed de sangre poco irracional. Toqué el anillo que envolvía una cadena alrededor de mi cuello y todo mi cuerpo se estremeció pensando en ella. Yo la convertí en eso, yo acabé con su vida y fui castigado por ello.
Nuestra sangre no curaba, nuestra sangre de draugr te ofrecía una segunda oportunidad. Todos nuestros sentidos se intensificaban con esa transición, si antes el color blanco lo veía blanco, ahora parecía una jodida luz estelar. Percibías el más mínimo ruido a kilómetros, podías sentir como cada detalle de tu alrededor aumentaba y, a veces, eras incapaz de controlar tus sentimientos o emociones. Tu habilidad de movimiento era extraordinaria, tu fuerza y velocidad eran devastadoras hasta el punto de perder el dominio sobre ti mismo, pura adrenalina. Una tremenda osadía invadía tu sistema nervioso, llegando a cada neurona y viajando por todo tu organismo sin ningún autocontrol.
Era el dueño del elixir de la inmortalidad. También he de decir que conllevaba sus consecuencias… Mi alimentación eran unas cápsulas de sangre sintética. Tres por día, ni en la dieta vegana pasabas tanta hambre. La sangre humana para el bando bueno estaba prohibida. Sí, totalmente. Cyprian tenía el poder de desterrar a aquel que incumpliese el código ético, te acabarías convirtiendo en un exiliado y creedme cuando digo que eso no se lo desearía a nadie. No podías pasarte de las dosis acordadas, si no, tu cuerpo cada vez te iba pidiendo más y más sangre, hasta que podías acabar con una matanza de Texas en la maldita ciudad. También podía alimentarme de comida normal y corriente, lo que ocurría era que no me saciaba en absoluto, tal vez el chocolate sí… era dulce y, a veces, calmaba un poco mi excitación «por la sangre y el sexo». Llevaba algún tiempo controlando eso, lo primero, no lo segundo, al principio fue un juego infernal, pero con la ayuda de Cyprian e Isabelle lo pude controlar…, más o menos. En aquel tiempo, solo quería destrozar la vena yugular de cualquier ser humano, todavía sentía esa ansiedad, ese impulso de desangrar a alguien, pero… en la medida de lo posible, intentaba que eso no sucediese. La última muerte que causé con mis propias manos fue hace cinco años atrás. Un pedófilo intentó abusar de una chica en la oscuridad de la noche, mi monstruo interior se prendió y no me lo pensé dos veces, ya tenía su sangre caliente recorriendo todo mi sistema. Lo maté y volvería hacerlo. Estamos hechos para eso, aunque no lo queramos ver.
Lo mío no era actuar como un ser humano, ni ellos mismos sabían hacerlo. En mi mundo, la ética y la moral no iban agarradas de la mano, a veces, no sabíamos diferenciar el bien del mal; en ocasiones, el bien se encontraba muy lejos de mi definición. Mi diccionario personal quizás no ubicaba esa palabra en la mayoría de las ocasiones. Era un depredador, no dudaría ni por un segundo en quitarte la vida si te lo merecías. Para algunos teníamos un don y, para la gran mayoría, una maldición.
****
Sábado por la mañana y ya me estaba sonando el condenado despertador. Eran las siete y mi vuelo salía en un par de horas. Cuando dije que nuestros sentidos aumentaban, también lo decía por el mortal sueño. Salí de mi cama con la intención de darme una ducha. El agua fría traspasó mis músculos, estábamos en pleno invierno, pero eso a mí, me era indiferente.
Una vez todo listo bajé las escaleras hasta reunirme con Cyprian.
—Aquí tienes las dosis necesarias de lumiracle y las cápsulas para ingerir. —Me entregó una mochila negra—. Henry está fuera, esperándote.
Henry era nuestro chófer personal, llevaba años trabajando para nosotros. Pensé que de alguna forma intuía que…, bueno, que no éramos las típicas personas encantadoras y humildes, pero, aun así, seguía aquí, siempre con su amabilidad. Mostraba su interés y preocupación hacia todos nosotros, era un buen tío, la verdad.
—Se te olvida lo más importante. —Le avisé refiriéndome a una cosa en concreto.
—Cierto, se me pasaba. —Vi cómo se dirigió hasta su mesa y me hizo llegar una carpeta roja—. En el dosier tienes toda la información sobre la chica, hay fotos de ella, ya que no sabes de quién se trata.
—Perfecto. —Asentí mientras cogía el documento.
—Solo una cosa más. —Su mirada azulina se plantó en la mía haciendo que captase toda su atención—. Necesito saber que la chica sigue siendo de total pureza, infórmame cuando lo sepas.
—Te refieres a que si es… —Hice una pausa para tragar algo de saliva, me costaba mediar palabra—. ¿Virgen?
—Eso mismo quería decir —afirmó.
—¿Y qué hago? ¿Se lo pregunto? —Junté ambas cejas y esperé una respuesta.
—No hace falta llegar a ese extremo, cuando tengas a la chica delante, lo sabrás.
¿Qué? Mi cerebro recibió un cortocircuito.
—Cyprian… —carraspeé—, puedo notar en una mujer lo caliente que puede llegar a estar, pero… —intenté buscar las palabras adecuadas para no incomodar la situación—, no puedo percibir si ha sido mancillada o no.
—Lamec, sé lo que digo, lo sabrás. Y por tu bien, no quiero ninguna tontería.
—No le voy a quitar su virginidad, tranquilo. Si es que sigue siendo virgen, claro…
—Gracias, pero no quiero saber tus especulaciones, haz tu trabajo y punto. —Cyprian levantó su mano y me acalló. Me quedé atónito. No iba acostándome con todas las mujeres que me encontraba por el camino.
«Con casi todas». «Cállate».
Después de unos segundos en trance, reaccioné, me tomé la cápsula de sangre, seguida por una de lumiracle, agarré mi maleta y me despedí de Issy y Cyprian. Salí por la puerta pensando en mi nuevo trabajo asignado.
Henry se encargará de trasladarme hasta el avión privado. Después de tantos siglos, el dinero abundaba en nosotros. El chófer me saludó con su amigable personalidad y abrió la puerta del Land Rover en la zona trasera para que pasase, pero yo fui más rápido, abrí la del copiloto y me senté delante.
—Siempre igual. —Suspiró. Ladeé mi sonrisa, nunca aprenderá.
—Y da gracias a que no conduzco yo —dije mientras encendía la radio y buscaba alguna emisora con música decente.
—No quiero morir aún, gracias —contestó con una mueca de desagrado. Hoy, al parecer, la gente no paraba de agradecerme las cosas. Se subió al coche y sus ojos fatigados me observaron con magnitud—. No me vayas a poner ese rock tuyo.
Me fulminó, y a mí se me escapó una carcajada. Acabamos peleándonos con la emisora hasta poner algo intermedio, pop rock, Imagine dragons sonaba dentro del coche mientras íbamos en dirección a la zona de mi despegue. Decidí abrir esa carpeta y examinar lo que había dentro, quería estar preparado para lo que me pudiese encontrar.
«Abigail Brown. Diecinueve años. Adoptada. Última heredera del linaje Dankworth, su verdadero apellido. Liliana Dankworth, madre biológica: suicidio. Padre biológico: interrogante».
Me pareció algo extraño que no apareciese la identidad del padre. Pasé hoja por hoja, hasta que di con las dichosas fotos de la chica. Me quedé estático, pestañeé y mi cuerpo se paralizó ante lo que veían mis ojos; ese rostro lo tracé una y otra vez en mis bocetos, esos labios los dibujé con total delicadeza y ese cabello cobrizo lo había pulido hasta llegar a la perfección.
«Es ella». Abigail Dankworth era la chica que aparecía en mis sueños más nítidos. Esa chica ni siquiera existía cuando yo ya soñaba con su belleza. «He visto cosas que desafían lo desconocido, pero algo como esto, jamás».
Capítulo II |~ Su esencia ~|
LAMEC
Las indicaciones de Cyprian me llevaron hacia mi nuevo destino. Me acababa de instalar en las alturas de Alaska, la nieve, sin duda, abundaba por esa zona. La casa por dentro era de madera, dándole ese toque hogareño y rústico a toda la estancia. Me encontré un regalito aparcado en el garaje, un Jeep Compass en color negro mate, «Cyprian y sus gustos costosos», pensé. Estaba en el gran salón y llamó mi atención la chimenea que desprendía un fuego artificial. Los sillones tapizados en cuero negro le daban un toque de oscuridad a la sala, pero lo compensaba el enorme ventanal que tenía justo enfrente. No teníamos vecinos cerca, la casa estaba aislada, lejos del mundanal ruido, rodeada por un bosque frondoso donde abundaban grandes pinos y árboles. Encima de la mesa cuadrada había un sobre y deduje que las llaves que estaban junto a él serían las del famoso coche. Lo tomé entre las manos y lo abrí, dentro había un papel con algo escrito. «Cuida de la casa en nuestra ausencia. Ahí te dejo las llaves del todoterreno, por tu bien, lo quiero impecable. Mantenme informado de cualquier cosa. Cuida de la chica. Cyprian».
Por lo que pude intuir, mi misión ya estaba más que planeada… «cómo me la has jugado, amigo mío». Deposité el papel de nuevo en el sobre y cogí el dosier que me facilitó Cyprian, con mis ojos busqué la dirección de Abigail. Una vez conseguido lo que quería, agarré las llaves del Jeep y, sin tiempo que perder, salí por la puerta de mi nueva casa. Me encantaba conducir, pero desde que teníamos chófer esa palabra se volvió algo lejana para mí. No era que no condujera, de hecho, tenía mi Ford Mustang aparcado en el garaje donde residía, allí, en Portland, pero cuando hacíamos viajes como esos, Henry siempre estaba ahí, ofreciéndote sus servicios. En mis años de vida conduje todo tipo de vehículos, por mis manos pasaron los mismos autos que mujeres.
«Más mujeres, no te engañes. Lamec, eras todo un mujeriego, pero… creo que ahora estás perdiendo facultades».
«Shhh. Me mantengo en forma, no he perdido nada».
«Ya, claro. Un poco más y vuelves a ser virgen de nuevo».
«Cállate de una puta vez».
Siguiendo el GPS, en unos diez minutos me introduje en las calles de Juneau, la capital de Alaska. Aparqué mi coche unas manzanas más atrás de donde se encontraba la casa de Abigail y me adentré en la muchedumbre que atiborraba la ciudad. Deambulando bajo las oscuras nubes de Juneau llegué a la dirección correcta, una casa en tonos grises y con un amplio jardín. No quería tocar a la puerta y presentarme como el niñero de Abigail, la chica que llevaba apareciendo en mis sueños mucho tiempo, lo que más me asustaba era que ella ni siquiera había nacido cuando mi subconsciente ya soñaba con ese rostro. Cyprian no sabía nada de eso y creí que debía de ser informado sobre aquel descubrimiento lo antes posible. No supe qué significado tendría esa chica en mi vida, pero… debía averiguarlo.
A mis oídos llegaron unas voces provenientes de la casa. La voz de un varón y una chica joven. Tenía que ser ella. Discutían sobre algo relacionado a una fiesta. Percibí el sonido de unos pasos tras esa puerta, me hice el distraído con mi móvil para no levantar sospechas, y detrás de un portazo pude… pude olerla, saborearla…, mi condenada boca ansiaba degustarla con urgencia.
«¡Joder! Necesito chocolate».
Su magnífica entidad se metió en todo mi sistema. Desprendió un aroma que jamás en toda mi existencia había podido apreciar. Enloquecedor, ¿cómo narices era posible?, cualquier persona con mis habilidades podría oler su pureza a kilómetros. Pensé que a eso se refirió Cyprian. Una esencia única, capaz de anular tu maldito autocontrol, de desear y desear más a tu presa. Un dulce esperando a ser degustado. Nadie desprendía esa fragancia, nadie en este jodido planeta. Ese olor era intenso, fue el mismo que se plasmaba en mis sueños. Un olor deleitable, «algodón de azúcar mezclado con el sabor amargo del chocolate», una combinación perfecta, exquisita. Esa chica era el punto rojo en la diana de cualquier exiliado. Con lentitud, levanté los ojos de la pantalla del móvil para encontrarme con ese rostro y…
«Todos mis demonios se arrodillaron ante mí», lo vi claro.
Si antes tenía alguna mínima duda de que ella no fuese la chica que se reflejaba en esos sueños, esa pequeña indecisión se acababa de esfumar en ese mismo instante; ojos sombríos color plomizo, cabello de un tono caoba más bien rojizo, esos labios gruesos y perfectamente marcados…, su mirada se plantó en mí, en toda mi anatomía y, por lo que pude observar, pareció que hubiese visto a un fantasma. «¿Tan feo soy?».
«Eres irresistiblemente sexy».
«Gracias por recordármelo».
Me examinó el rostro sin perderse ningún detalle. Percibí que estaba asustada y también noté ese olor a pura seducción, mi boca se hizo agua y me volví líquido adorándola. Nuestras miradas se unieron y ella, bueno… salió corriendo en dirección a no sé dónde.
«Ojalá pudiese leer la mente y saber qué narices le acaba de suceder». «No puede conocerme, jamás me ha visto», pensé.
Había podido sentir su corazón palpitar velozmente y desesperado a través de su pecho, su expresión fue de sorpresa al verme, diría que percibí algo de terror en esos ojos bien abiertos, una sensación extraña para un total desconocido como lo era yo. Seguía pudiendo inhalar su aroma desde mi posición y… ¡Joder! Me puse duro como una piedra. Era como si un misil me hubiese alcanzado, haciendo explotar mi cuerpo en miles de pedazos. Cerré los puños a mis costados y, decidido, fui a por mi coche para seguirla. Rastrear su olor era la mar de fácil y no querer hincarle el diente jodidamente difícil. Me coloqué la capucha de la sudadera negra y arranqué el motor.
Me encontraba estacionado frente a una cafetería, ella acababa de entrar acompañada de dos chicas. Dentro de mis planes no estaba encontrarme con ella cara a cara, pero no pude controlar ese impulso de entrometerme en todo, y más sabiendo en la situación en la que me encontraba. Mi móvil sonó y supe de quién era la llamada.
—Dime.
—¿Qué tal tu llegada?
—Por ahora, bien. —«Por ahora».
—¿Has dado con la chica?
—Sí… —«He dado con ella y no me la he comido de milagro».
—¿Es pura?
—Y tanto, ¿cómo es posible que perciba eso? —Por todos los demonios… todavía podía sentir su aroma, se había impregnado en mi piel como la fragancia del mejor de los perfumes.
—En esa chica todo es posible, Lamec. Te tengo que dejar, no te despegues de su trasero y cualquier cosa, llámame.
—A sus órdenes, jefe. —Sonreí mientras pronuncié esas palabras. Nos despedimos y colgué. Cuando viese a Cyprian en persona sería el mejor momento de contarle mis problemas. Saqué mi petaca tallada en plata, mis iniciales estaban grabadas sobre ella; «LB», Lamec Blinguey, contenía un delicioso Jack Daniels y fue mi mejor entretenimiento después de lo que había ocurrido. Tras una hora sentado en el maldito asiento de ese coche, las chicas decidieron salir acompañadas de un chico. No lo vi entrar, deduje que ya estaría dentro de la cafetería. Se despidió de Abigail con un beso en su mejilla, muy íntimo, por cierto…, e hizo lo mismo con las otras dos. Las tres se dirigieron hacia un Fiat 500 en color blanco. Me dio la sensación de que estaban discutiendo sobre un chico, en fin, cosas de chicas…, mi superoído no quiso escuchar esa conversación. Una de las rubias se montó de piloto, Abigail de copiloto y, la otra chica, en el asiento trasero. Arranqué el coche y no me despegué de ese Fiat. El trayecto duró algunos minutos cuando entramos en los aparcamientos de una… ¿Fiesta? Sí, confirmado, era una fiesta. Lo que me faltaba, codearme con críos de dieciocho años.
Las seguí a una distancia acorde con la situación, no me gustaría ser descubierto de nuevo. Eran las ocho de la tarde y parecían las doce de la noche, el hambre empezó a tocar a la puerta. Estacionaron el coche en un hueco y yo hice lo mismo, pero unas filas más atrás. Me bajé del vehículo y justo cuando me dispuse a andar, alguien chocó conmigo.
—Perdón, no te había visto. —Se disculpó una chica de tez morena y ojos marrones.
—No pasa nada —respondí observándola.
—No me suena tu cara, ¿eres nuevo por aquí? —No me gustaba la gente cotilla. Sus ojos redondos inspeccionaron con determinación todo mi rostro y lo que no fue mi rostro…, dejémoslo ahí.
—Sí, algo así.
Interrogatorio en tres, dos, uno…
—Ah, ¡Genial! ¿Vienes solo? —Primera pregunta.
—De momento sí —contesté mirando hacia ambos lados de la calle observando el lugar. Sus dientes blancos se mostraron con una extraordinaria sonrisa.
—Mudarte de ciudad es un poco rollo, no conoces a nadie… podría presentarte a mis amigos, así vas conociendo a gente. ¿Qué te parece? —Vaya, qué simpática era la desconocida. Demasiado confiada por los tiempos que corrían, diría yo.
—Suena bien. —Me encogí de hombros mientras metía las manos en los bolsillos delanteros de mi pantalón. Me vendrá de perlas entrar a esa fiesta con alguien, así pasaré desapercibido.
—Perfecto, vamos entonces. Por cierto, tu nombre es… —Arrastró sus palabras mientras ambos nos dirigíamos hacia la casa donde se encontraba todo el jaleo.
—Lamec —afirmé.
—Vaya…, es un nombre muy peculiar y poco común. Yo me llamo Nicole.
—Encantado, Nicole. —Sonreí de medio lado.
—Lo mismo digo, Lamec. —Y se ruborizó. Sus ojos marrones me miraron algo avergonzados y, de inmediato, apartó la mirada de mí. «He ligado con una adolescente».
Unos dedos nerviosos se filtraron por su cabello rizado cuando ambos nos adentramos en esa fiesta, era una casa enorme apartada de la ciudad. El alcohol y el tabaco inundaron mis fosas nasales, también había gente bailando con esa extraña música que sonaba hoy en día. Sus letras no tenían el menor sentido, ese amargo sonido retumbó en mi cabeza y por todo ese lugar. ¿Dónde había quedado Pink Floyd y Guns N’ Roses?
Hasta con esa mezcla de olores, el aroma de Abigail destacó por encima de todo. Mi barriga empezó a rugir. «Tengo hambre, mucha hambre».
Nicole me llenó un vaso de plástico rojo, vertiendo un whisky que dudé que fuese original. No me sabía a nada.
—¿Solo whisky? —preguntó la morena sorprendida.
—No soy de mezclar bebidas.
—Eso tiene que estar superfuerte. —Su cara de desagrado lo dijo todo—. Ven, te voy a presentar a mis amigas, creo que Damián tiene que estar por aquí… —anunció, agarró mi mano y tiró de mi cuerpo. ¿Pero qué confianzas eran esas? Si fuera por mí, me hubiese largado de aquel sitio en cuestión de segundos.
«¿Y por qué no lo haces?». Mi fuero interno habló de nuevo.
«Pues no lo sé, tal vez porque soy gilipollas».
El olor de Abigail cada vez se hizo más intenso. Mis músculos se contrajeron, me sentí rígido, era una situación muy frustrante. Joder. Nos mezclamos con la gente hasta llegar a unos sillones. No me hizo falta mirar para saber quién estaba ahí…
—¡Hola, chicas! este es Lamec. Lo he conocido de casualidad en los aparcamientos, es nuevo por aquí. —Nicole me presentó a sus amigas, las cuales me miraron comiéndome con los ojos.
Abigail también se encontraba en el grupo, pero ella pareció no estar allí. Su corazón empezó a latir con vigor cuando se dio cuenta de mi presencia. De mis labios salió una pequeña sonrisa forzada y levanté el vaso en forma de saludo. No solía ser muy amigable y menos en una situación tan incómoda… tan siniestra. Que conste que no estaba aquí por voluntad propia.
«Ya, claro».
«Cállate».
—Empezando por la izquierda, tenemos a Susan, Tiffany, Rose y Abigail. —Me perdí en el primer nombre, solo podía centrarme en ese latido acelerado y en ese aroma tan enloquecedor. Percibí que mis pupilas empezaron a dilatarse.
«Mierda».
—Tengo que irme —dije entre dientes.
El vaso de plástico quedó arrugado dentro de mi mano mientras me dirigía a la maldita salida. Salí por patas de esa fiesta antes de cometer alguna locura de la cual me pudiese arrepentir después. Me subí a mi coche para conseguir tranquilizarme. Apreté mis puños con fuerza al volante e intenté no romperlo, me esforcé en respirar con normalidad. Nunca… jamás me había ocurrido algo como esto, perder el control de una forma tan radical, pero tampoco lo podría comparar con eso… lo que me pasaba ahora era diferente, se mezclaban las ganas de querer saborear su esencia con las de poseer su cuerpo, era algo excitante, era un pensamiento absurdo, trastornaba mi conciencia y aniquilaba el espíritu de mi alma, esa sensación sublime se apoderaba de todo. Hacía que perdiese el raciocinio, sin crear ninguna autoridad sobre mí.
Salí del coche. Me estaba empezando a agobiar ahí dentro. Necesitaba mi dosis de sangre, pero ya. «Joder, ni siquiera traía chocolate».
Me dirigí a esa fiesta, no supe qué narices hacía entrando de nuevo a la boca del lobo, pero me urgió hacerlo y mis pies se movieron solos, sin ningún autocontrol sobre mi cuerpo. De pronto, su fragancia se coló otra vez en mis sentidos cuando entré por la puerta, noté cómo ese aroma se impregnó en mí, en todo mi ser, empapando cada célula con su esencia. Abigail se había topado con mi cuerpo haciendo que entrase en paro cardíaco, literalmente, lo hice. Me costaba respirar y a mí «nunca» me costaba respirar. En un ágil movimiento me rodeó y salió corriendo de la casa. Me quedé parado, inquieto en mitad de la gente que aún seguía bailando y bebiendo, la música la sentí lejana como si ahora mismo no estuviese allí, como si no perteneciese a ese mundo. Ajeno a todo lo que me rodeaba.
«Lo he visto», esa vocecilla se repitió en mi cabeza.
«He visto y sentido como la vida de esa chica, de alguna manera, está vinculada a mí».
Capítulo III |~ Un caos de sentimientos ~|
Unas horas antes…
ABIGAIL
Me desperté de madrugada, atormentada por el mismo sueño una y otra vez. Empezó cuando no tenía más de quince años y a mis diecinueve se seguía repitiendo como la primera noche. Mi subconsciente creaba la imagen de un chico tallado por los mismos dioses… Sí, así, tal cual. Tez blanca, cabello color ébano y unos ojos de un azul claro color glaciar, una mirada que te cautivaba hasta en sueños. Él intentaba salvarme de una muerte inminente, siendo arrastrada hacia la más profunda oscuridad. Era una sensación muy extraña y siniestra…, un ingrato escalofrío recorrió mi piel tan solo de pensarlo.
Alguien en ese sueño me intentaba matar, lo sentía como si fuese tan real… algo atravesaba mi cuerpo, una punzada de dolor se instalaba en mi pecho, eso hacía que me retorciese del inmenso sufrimiento ocasionado por esa arma. Percibía en el chico de ojos dominantes ese suplicio al verme así; muriéndome desangrada. Pude experimentar la sensación de la muerte perdiendo una batalla. La pesadilla finalizaba cuando ese desconocido me ofrecía su sangre.
¿Qué significado tendría esa acción tan macabra?
No tenía ni la más remota idea. Según mi madre, que veía muchas películas de fantasía y, según yo, que estaba perdiendo la cabeza. Intentaba mentalizarme con lo primero. No era la típica chica que creía en los presentimientos, ni tampoco a eso que solíamos llamar «tengo una corazonada», yo creía en lo que veía, ni más, ni menos. Los sueños eran parte de mi subconsciente y, respecto a eso, no podía hacer nada. Mi mente era libre por la noche en divagar y viajar a donde ella quisiera. Mañana era mi primer día de trabajo en el negocio familiar y pensar en eso aumentó mis nervios y mi insomnio. Un nudo se formó en la boca de mi estómago y esa sensación no me dejaba conciliar de nuevo el sueño.
«La pastelería Brown, los mejores dulces de la ciudad». Ese será mi futuro «por ahora» al no haber seguido con mis estudios en la universidad. Había pasado algunos meses muy duros, por no decir que estuve a punto de fugarme de casa al enterarme de que era adoptada. Mis verdaderos padres no eran quienes decían ser, los otros me dejaron en la puerta de un orfanato con tan solo unos meses de vida. ¿Qué ser humano en su sano juicio hacía eso?
Pues ahí teníamos un ejemplo. No me preocupé en saber quién era mi familia biológica, aunque eso rondase por mi cabeza, el miedo de saber la verdad de alguna forma me frenaba. Fui despreciada, rechazada y yo los odiaba por eso, sin ni siquiera conocerlos. Mi verdadero hogar eran Esther y Peter. Ese tema estuvo oculto muchos años en mi familia…, imaginé que ellos tendrían sus razones o, al menos, intenté comprenderlas. No fue fácil, pero yo era más fuerte que todo eso. El patinaje sobre hielo me ayudó un poco a evadirme de la realidad, lo cierto era que, a veces, ni eso podía calmar mi ansiedad. Ese dolor en el pecho tenía la intención de no desaparecer nunca. En ocasiones, no lo podía controlar, la situación me superaba con creces y me derrumbaba sobre mi propia agonía llorando hasta las tantas de la madrugada…
****
—¡Abigail, vamos, arriba! —La voz de mi madre retumbó por toda la habitación.
—¡Un ratito más, por favor! —supliqué.
—¡Vamos! Que la tienda no se abre sola. —Tiró de las mantas hasta quedar expuesta al frío de Alaska. Un frío que te calaba los huesos, literalmente.
—¿¡Por qué me castigas de esta manera!? ¡¡Por qué!! —Me levanté de mi cama con un mal humor frustrante. Tropecé con todo a mi paso hasta que por fin llegué al cuarto de baño.
—No has querido estudiar… ¡Pues a trabajar, señorita! —Escuché que siguió renegando sola.
Madres.
Me di una buena ducha para despertarme del endemoniado sueño, me vestí con unos vaqueros negros, un jersey de punto en color mostaza y unas botas altas. Arreglé un poco mi cabello dándole forma a las ondas y, una vez lista, salí por la puerta de la habitación. Desayuné en compañía de mi madre, mi padre se fue temprano a la pastelería, él y mamá se encargaban siempre de preparar la bollería antes de abrir la tienda.
—No te veo muy animada en tu primer día de trabajo —dijo mientras cogía su abrigo que estaba colgado en el perchero, justo en la entrada principal.
—Estoy superfeliz —dije a regañadientes—. ¿No ves mi cara de felicidad? —Nótese mi sarcasmo. Le dediqué una sonrisa forzada de oreja a oreja.
—Lo que tienes es una cara de sueño que no puedes con ella.
—Lo sé, no he dormido bien —contesté con un decaimiento demasiado palpable a simple vista. Cogí el abrigo y el gorro de lana a juego de mi jersey.
—¿Otra vez ese sueño?
—Sí, el mismo, creo que dejaré de ver películas de ciencia ficción.
—Y de terror.
Oh, no. Eso sí que no. Salí de casa junto a ella y, en su coche, nos dirigimos juntas hacia lo que sería mi nuevo trabajo.
****
La mañana atendiendo a personas y poniéndoles buena cara no era una de mis pasiones, que digamos. Pensé que por eso tenía dos amigas contadas. No era una chica desagradable, pero, cuando tenía mis días malos, mejor que nadie me dirigiese la palabra. Era así. Otra cosa que me definía era mi timidez, podía ser la peor persona enfadada, pero luego estaba mi lado que lo contrarrestaba todo, mi cobardía y mi modestia. «Soy rara, lo sé, por eso me quiero tanto a mí misma». Amor propio, le dicen.
—Las he visto más rápidas, niña. —Agité la cabeza y dejé de pensar en mis cosas cuando miré a la persona que estaba atendiendo, la cual me dijo ese tedioso comentario.
«Adiós, vergüenza; hola, crueldad». A través del mostrador alcé mi mano y estampé en su preciada «cara de culo» el pastel relleno de merengue que el señor tan amable me había pedido.
—Ahora sí que he sido rápida —susurré para mí misma—. Ups, lo siento. —Creí que me escuchó de lleno. Su cara acabó llena de un mejunje pastoso, con sus manos intentó apartar los restos de ese pastel, el intento fue en vano.
—Pero… ¡¡Tú quién te crees, niñata!! —Lo que vino a continuación fue la cara de mis padres flipándolo en colores. Los dos acabaron disculpándose con el cliente y regalándole algunos pasteles.
«Qué bonito detalle».
Una vez que el hombre salió por la puerta con un estado algo más receptivo, la bomba empezó a caer… Literalmente, explotó.
—¡¿Me puedes explicar qué narices has liado hace unos minutos?! —Un padre cabreado se hizo presente frente a mí. Habíamos entrado ambos en el almacén para mantener la conversación aislados del personal.
—Ha sido un impulso, lo siento. Ese hombre no ha tenido que hacerme ese comentario tan desagradable. —Jugueteé con mis dedos esperando a que la bronca acabase.
—Hay formas de solucionar las cosas y una de ellas no es estampando un pastel en su cara, Abigail. Nosotros no te hemos enseñado esos modales. —Decidí entrar en razón y tener aunque sea el detalle de disculparme de tal escena. Llevaba unos meses algo alterada, todo me afectaba… demasiado.
—Lo siento. Te prometo que controlaré mis ataques de ira, papá —contesté agachando la cabeza como si fuese un perrito dando pena, mi estado de ánimo ahora mismo era nulo—. Últimamente no he estado del todo bien, ya sabes por qué —añadí.
—Lo sé, hija, pero no puedes pagarlo con el negocio familiar ni el resto de las personas, de esto vivimos y no podemos fastidiarlo.
Después de un rato de charla sin llegar a ninguna conclusión, los dos salimos por la puerta del almacén sin mediar palabra. Me pasé el día ahí hasta las cinco, a esa hora cerrábamos la pastelería. Tuve una media hora para salir a almorzar y de vuelta al trabajo. Esa rutina me esperaba de lunes a jueves hasta que encontrase otra opción. Tendré un pequeño sueldo que me dará para mis caprichos y ocuparme del coche que me compraron mis padres; un Volkswagen Beetle en color mostaza, ver mi color favorito reflejado en un coche… me enamoró cuando lo vi en aquel concesionario, llevaba mi nombre puesto en letras mayúsculas.
Llegué a casa después de terminar la jornada y me fui directa de nuevo a la ducha. Necesitaba relajarme después de tanto estrés. Había quedado con mis amigas para merendar en una cafetería y, después, iríamos a una fiesta de universitarios que organizaba un chico que conocíamos. Mi amiga Rose y yo fuimos las únicas del grupo que dejamos los estudios, ella trabajaba en una agencia de viajes y me dijo que, tal vez, con su ayuda, podría conseguir un empleo allí. No descartaba esa opción.
Observé el gran armario blanco y me decanté por un vestido corto en color negro, quedándose bastante ceñido al cuerpo. Finalicé maquillándome un poco y dejando mi larga melena suelta. Hice la cama, para luego volver a deshacerla y…, me fijé en el reflejo del espejo que se encontraba colgado en la pared. «¿Desde cuándo tenía estas increíbles curvas?», me dio la sensación de que llevaba meses sin mirarme con detenimiento. Me giré y un culito respingón me dio la bienvenida, tenía suerte de mantenerme en forma sin hacer nada de ejercicio. Genética, quizás. A ver, sí que hacía algo, como, por ejemplo, ver esos videos de Tik Tok con entrenamientos inhumanos mientras me comía un pastel de tarta de Oreo, ese era el inconveniente de tener una pastelería. En más de una ocasión me replanteé seriamente en ir al gimnasio, pero siempre se quedaba en un vago pensamiento. Cogí los botines y el abrigo que parecía un nórdico y, cuando bajé las escaleras para llegar a la planta de abajo, la voz de mi madre me detuvo.
—¿A dónde vas?
—Voy a salir, no llegaré tarde.
—Abigail, te recuerdo que mañana trabajas y hoy, precisamente, no ha sido un gran día.
Ya empezábamos…
—He quedado para ir a la cafetería y luego a una fiesta… una fiesta de pijamas. —Si le decía la verdad, estaba claro que no me iba a dejar ir. Eran demasiado protectores conmigo y después del incidente de hoy en la pastelería…, no sabía ni cómo me iban a dejar salir por esa puerta.
«Tengamos fe».
—A las diez en punto te quiero aquí.
Uff. Esa vez resonó la voz autoritaria de mi padre.
—¿En serio?, tengo diecinueve años, ya soy mayorcita para no tener horario.
¡Cuándo se darán cuenta de que ya no soy una cría! «¡Cállate y sal por esa puerta antes de que sea demasiado tarde!».
—Mañana trabajas, tienes obligaciones.
—Lo sé, papá. Me voy. —Me despedí de ellos y bajé el último escalón haciendo oídos sordos a lo que estaban hablando a mis espaldas.
—¡Ten cuidado! —Es lo último que escuché cuando cerré la puerta de un portazo.
Con la visión pegada al suelo salí de ahí. Me di cuenta de que una oscura silueta estaba parada frente a mi casa, levanté la vista para ver de quién se trataba y… Creí que estaba soñando.
¿Pero qué co…? ¡Por la madre de todos los santos! No podía ser, estaría delirando… era… ese chico es… ¡¡Es el que aparece en mis sueños!! ¿Estaba soñando de nuevo?? Por Dios y por la virgen… claramente, era él. El mundo me acababa de dar una bofetada. La sangre se congeló dentro de mi cuerpo, como si un iceberg la hubiese suplantado. Mis sentidos se activaron poniéndome en alerta. Mi cuerpo percibió el miedo, estaba atemorizada de ver a «mi sueño» enfrente de mis narices. ¡Sonaba hasta absurdo! Me quedé paralizada. Un ingrato escalofrío me recorrió de arriba abajo, mi cara tenía que ser un cuadro ahora mismo. Alcé la mirada y lo que observé a continuación, me dejó sin aliento; los mismos ojos, el mismo cabello, sus facciones eran idénticas, hasta el color de su piel… ¡Dios mío que alto era! Debía de medir más de un metro ochenta, a su lado parecía un puñetero pinypon. Su mirada azulina se mezcló con la mía y mi instinto actuó solo; salí corriendo de la maldita alucinación. Porque de verdad que estaba alucinando en colores. ¿Me había drogado y no lo sabía?
No podía creerme lo que acababa de suceder. «¿Qué significa esto?». ¿Qué significado tendría que ese chico fuese un ser humano vivito y coleando? no le encontraba ningún sentido a mi lógica. Mi mente estaba en shock y mi cuerpo seguía sobresaltado. ¿Y si estaba loca? ¿Y si de verdad no estaba bien de la cabeza…? Me empecé a preocupar. Iba andando por la calle con pasos descontrolados hasta que por fin llegué a la cafetería, con las dichosas prisas no cogí mi coche y salí de allí como alma que lleva al diablo.
****
—Hoy he visto en las noticias que una ballena se ha tragado a dos surfistas y luego los escupió de vuelta al mar…, me he quedado alucinada. Me recordó un poco a la película de Pinocho, cuando a Geppetto y a él se los tragó la ballena. —Las palabras de Susan en modo «dato informativo» me parecieron indiferentes. Seguía removiendo con la pajita mi batido de chocolate, como si se tratase de lo más interesante del mundo ahora mismo. Mi mente no paraba de visualizar ese rostro sin parar.
—Una buena anécdota que contar a sus hijos —contestó mi amiga rubia con mucha delicadeza—. De verdad, tienes comparaciones para todo. —Susan puso los ojos en blanco detrás de esas gafas redondas y se llevó su último trozo de tarta de queso a la boca, saboreando su postre favorito—. Mira quién viene por ahí —anunció Rose en voz baja dándome un codazo—. Cada día que pasa está más buenorro, no sé cómo pudiste rechazarlo, a veces, pienso que eres lesbiana —añadió con sutileza y, pensé, que normalmente el color de su cabello le hacía justicia.
Era Damián.
El chico que me había pedido salir unas mil veces y siempre le rechazaba con un «no» rotundo. Mis rechazos no se los tomaría tan mal cuando seguimos siendo «amigos». Nos saludó y nos acompañó hasta la puerta.
—Vais a venir a mi fiesta, ¿no? —preguntó Damián, sus ojos claros se posaron en mí.
—Sí, vamos ahora para allá, Abby también —contestó Rose con desinterés mientras se colocaba la americana sobre sus hombros. Mi mirada fulminó la suya color avellana y, en ese momento, deseé estrangular su precioso cuello de cisne.
—Genial. —Damián recorrió mi cuerpo sin ningún pudor, deslizó una mano por su pelo rubio y se despidió—. Nos vemos allí, chicas. —Lo hizo con un beso en mi mejilla, muy cerca de mis labios, era típico en él. Ya había anochecido y el frío aumentó con creces, estaba a punto de nevar, «y yo con este minivestido», a quién se le ocurría… A mí, solo a mí. Las tres nos dirigimos al coche de Rose, no sin antes echarle la bulla del siglo.
—¿Quieres callar esa bocaza de vez en cuando por favor? —pregunté, más bien queriendo afirmar lo evidente.
—Yo, si fuese tú, ya me hubiese lanzado a esos musculitos bien marcados… nunca entenderé lo rarita que eres, en serio, llegas a preocuparme.
—¡Y yo nunca entenderé lo insoportable que eres! —Rose me sacaba de mis casillas.
—Por eso me quieres tanto…, no puedes vivir sin mí. —Me guiñó un ojo y, por fin, se subió al maldito coche.
—¡Dios, parecéis una pareja! ¡Callaos ya! —gritó Susan desde el asiento trasero. Recogió su largo cabello negro y rizado en un moño, y su mirada castaña se posó en ambas.
—Ja, más quisiera ella —contestó Rose con modestia.
Le di un codazo y arrancó su coche. No tardamos mucho en poner rumbo a esa fiesta. Necesitaba despejar mi mente y Rose no me lo ponía nada fácil. ¡Me desesperaba! Nos adentramos en una carretera y llegamos a la gran casa, donde habían montado la juerga. Solo estuve allí una vez y fue en el cumpleaños de Damián. La casa por fuera era del color blanco impoluto, parecía La Casa Blanca, con esas columnas tan enormes. Había coches estacionados en cada rincón, personas bebiendo y bailando fuera tan despreocupados…
«Ojalá pudiera sentirme así, ahora».
Rose aparcó el coche en un hueco y, acto seguido, las tres nos bajamos. Una vez dentro del bullicio, nos encontramos con nuestra amiga Tiffany, nos comentó que Nicole salió en busca de su móvil, no podía vivir sin estar incomunicada. Decidimos tomarnos una cerveza y sentarnos a hablar en unos sillones tapizados en piel marrón, debían de costar una pasta, como toda la maldita decoración de aquella casa. No le estaba prestando mucha atención a nada de lo que estaban parloteando, seguía pensando en lo ocurrido, seguía sin creerme nada.
«Él, es el chico que aparece en mis sueños una y otra vez». Sí, joder ¡Lo era!
Mi mente no dejaba de repetir eso y un escalofrío se instaló en cada fibra de mi piel. La voz chillona de Nicole se hizo presente sacándome de mis pensamientos de películas de fantasía y ciencia ficción. Nos estaba presentando a un tal Lamec, vaya nombre más raro, por cierto. Miré en su dirección y, en ese instante, se me cortó el poco aliento que residía en mí. Detrás de esa capucha negra estaba… él, sus ojos centellearon y no supe reaccionar. «No, no, no, no no… Tierra, trágame y escúpeme en otra dimensión».
—Madre mía, cómo está el señor Lamec… —susurró mi amiga.
¡Rose y sus hormonas disparadas como siempre! No podía moverme del asiento, me quedé paralizada. Miré de nuevo su rostro; esos ojos en un tono azul cielo, esa mandíbula bien marcada, esos mechones color ébano cayéndole por la frente… mi corazón dio un vuelco de trescientos ochenta grados. El chico de mis sueños, «me pegué mentalmente por pensar eso», sonrió y me hizo ver que estaba incómodo. «No eres el único», pensé.
Un calor abrasador se adueñó de cada poro de mi piel, las manos me comenzaron a sudar…, creí que de un momento a otro caería desplomada al suelo. Madre mía, me daría un infarto allí mismo.
—Tengo que irme —musitó el chico en un hilo de voz, esa expresión me rompió en mil pedazos. Lamec desapareció de mi vista y mi corazón colisionó contra las paredes de mi pecho.
—Vaya, qué poquito te ha durado el ligue, Nicole. —Todas empezaron a reír con el comentario de Rose, menos yo.
Esos ojos fríos como el hielo chocaron con los míos una fracción de segundo y juraría que pude sentir algún tipo de conexión, aún sin descifrar. Estaba empezando a dramatizar un poco con todo ese asunto, pero… ¡Maldita sea! ¡Era él! Era idéntico al chico de mis sueños.
Iba a llorar, en serio. «Necesito salir de aquí, ya».
Me levanté del sillón y, sin mediar palabra con nadie, empecé a andar hacia la salida. No supe con exactitud si estaba saliendo en su busca o huyendo de mí misma. Antes de traspasar la puerta, sentí de nuevo su presencia y algo más se instaló en mí, imposible de creer. Mi cuerpo chocó con el suyo creando una marea de electricidad estática, mi mano experimentó el tacto de su piel cálida, una calidez como la de un atardecer en primavera frente a la playa. En ese preciso instante, también percibí la oscuridad, esa neblina que aparecía en mis sueños, la misma que me atrapaba, la que me envolvía en la penumbra y no me dejaba escapar. «Una bala atravesó mi alma con su roce, con su tacto».
Capítulo IV |~ Su tacto ~|
LAMEC
No escuchaba el alboroto de las personas a mi alrededor, solo podía apreciar de nuevo el latir de su corazón y ese aroma tan enloquecedor que hizo que perdiese la cordura. Ella me conocía, me reconoció porque también me adueñaba de sus desvelos, lo había visto, al tocarla pude sentir ese vínculo; su vida estaba enlazada a la mía y mi alma, de alguna manera, pendía de la suya. Jamás había percibido algo así, no en mis años de vida. Salí tras ella, no sabía si la chica también habría sentido lo mismo que yo. Algo me dijo que tenía que saberlo, a la mierda lo de ser precavido.
—¿Quién demonios eres? —Su voz activó todo mi cuerpo. Se dio la vuelta y nuestras miradas chocaron—. No creo estar loca, ni tampoco ser una demente. —Sus ojos recorrieron mi rostro. No tenía respuesta para su pregunta, pero intenté formular alguna coherente, poco razonable para la situación en la que nos encontrábamos.
—Soy el chico que, de alguna forma…, invade tus pensamientos. —Más directo imposible.
Su cara palideció y su respiración se entrecortó con mis palabras. Juré por mis demonios que estaba aguantándome unas ganas insaciables de poseer a ese deleitoso y placentero ser humano. Me mordí el labio en señal de reprimir lo que estaba pensando mientras la contemplaba… «Joder, vaya minivestido, sus piernas me incentivan a querer enredar mi cuerpo en ellas, es puro pecado, un deseo que se está convirtiendo en algo inhumano para toda mi anatomía». «La ropa empieza a estorbarte, Lamec y…, creo que a ella también». «Me cago en… ¡Joder, cállate!».
Me armé de valor para que ambos saliésemos ilesos de allí.
—Có-cómo… tú… cómo sabes… ¡No! Esto es una maldita broma. —Examiné cómo se dio la vuelta y empezó a andar sin rumbo, alejándose de la casa.
Salí detrás de sus pasos. Pude notar su corazón pendiendo de un hilo, noté que su locura acabaría ganándole a la sensatez, eso me pasaría a mí si no ponía autocontrol sobre mi cerebro. «Aguanta la respiración y así no podrás oler su irresistible aroma». ¡¿Pero qué demonios estaba pensando?! ¡Me gustaría tener un maldito interruptor para apagar esos pensamientos tan absurdos! Intenté actuar con normalidad, aunque esa palabra ahora mismo estaba fuera de sí.
—Al tocarte lo he visto, lo he podido sentir —susurré tras ella. Se paró de golpe.
—Esto no puede estar pasando… —Empezó a hiperventilar.
