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La ira desempeña un papel adaptativo muy relevante para nuestra supervivencia. Entre las emociones humanas, la ira es la que se juzga con más severidad y se condena con más frecuencia. Y todavía es peor cuando se transforma en resentimiento y rencor que envenenan nuestra vida y la de los demás. Sin embargo, es la emoción con más poder para hacernos pasar a la acción y pro¬porcionarnos la energía necesaria para producir grandes cambios, tanto personales como sociales. Roberta Milanese nos invita a dar un paso atrás en el tema de la ira para aprender a distinguir su función fundamental para nuestra supervivencia, a reconocer los mecanismos que la desencadenan y a contemplarla como un poderoso medio de transformación.
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Seitenzahl: 219
Veröffentlichungsjahr: 2025
Roberta Milanese
Ira
Una emoción que hay que domar (y cabalgar)
Traducción: Maria Pons Irazazábal
Herder
Título original: Rabbia Traducción: Maria Pons IrazazábalDiseño de la cubierta: Melina Belén Agostini
©2023, Adriano Salani Editore, s.u.r.l., Milán © 2025, Herder Editorial S. L., Barcelona
ISBN: 978-84-254-5033-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Edición digital:www.voringran.com
Herderwww.herdereditorial.com
Cubierta
Portada
Prólogo
Introducción
1. Las dos caras de la ira
1.1. Ira funesta e ira justa
1.2. Vicio capital y santa indignación
1.3. Las pasiones como potencias que hay que utilizar para el crecimiento
2. La importancia estratégica de la ira
2.1. Una emoción fundamental
2.2. Una emoción mal entendida
2.3. Las sorprendentes funciones de la ira
3. ¿Por qué nos enfadamos?
3.1. Los «botones emocionales» de la ira
3.2. Los autoengaños que nos hacen enfadar
3.2.1. El engaño de las expectativas
3.2.2. Lo siento, por lo tanto es
3.2.3. El error fundamental de atribución
4. Las psicotrampas de la ira
4.1. Cuando el enemigo que hay que combatir está fuera
4.1.1. Explotar/agredir
4.1.2. Defenderse preventivamente (o por exceso)
4.1.3. Pretender que el otro cambie
4.1.4. La actitud pasivo-agresiva
4.1.5. Criticar
4.1.6. Vengarse
4.2. Cuando el enemigo que hay que combatir está dentro
4.2.1. Desahogarse físicamente
4.2.2. Socializar la ira y quejarse
4.2.3. Racionalizar
4.2.4. Rumiar
4.2.5. Reprimir la ira
4.2.6. «¡Calma!»
4.3. Los efectos psicosomáticos de la ira
5. De la ira sufrida a la ira gestionada (y utilizada)
5.1. Entrar en contacto con la ira
5.2. Permitirse la ira y canalizarla
5.3. Reestructurar la percepción de lo que provoca nuestra ira
5.3.1. ¿Acaso somos el centro del universo?
5.3.2. Ponerse en el lugar del otro
5.3.3. Utilizar la ira contra la ira
5.4. Comprender el mensaje que la ira nos comunica
5.5. Utilizar la ira en direcciones constructivas
6. Estrategias para domar la ira
6.1. El enemigo a las puertas
6.2. La (presunta) celosa patológica
6.3. Orlando furioso en la empresa
6.4. ¡Me he casado con un narcisista patológico!
7. Estrategias para hacer las paces con el pasado
7.1. Aceptar las miserias de los padres
7.2. El sapo indigesto
7.3. La envidia que corroe
7.4. Nunca podré perdonarme por lo que hice
8. Estrategias para sacar provecho de la ira
8.1. La serpiente y el Swami
8.1.1. Total, enfadarse no sirve de nada…
8.1.2. El placer frustrado: cuando también el cuerpo grita
8.2. La ira como recurso para desbloquear otras emociones
8.2.1. ¡No vuelvas a decirme esa horrible palabra!
8.2.2. El talento dormido, es decir: frustra siempre al mejor
Bibliografía
Sobre la autora
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Notas
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Bibliography
A mi ira, centinela atento, que nunca me permite olvidarme de mí misma
Entre las emociones humanas la ira es, sin duda, la más reprobada. Desde las antiguas epopeyas homéricas hasta el estudio de Demócrito sobre la bilis, la filosofía kantiana de la razón y la moderna psicología cognitiva, la ira se considera la expresión de una peligrosa pérdida de control sobre las propias acciones. Se dice que la ira ofusca la mente, desata la agresividad primitiva y nos hace cometer actos de los que luego nos arrepentiremos amargamente. Sin embargo, esta visión dominante apenas tiene en cuenta lo que demuestra la moderna neurociencia, y que tanto la sabiduría antigua como también la psicología más experimentada han indicado desde siempre: la ira, como otras emociones primarias, desempeña un importante papel adaptativo. Sin la ira, por ejemplo, no conseguiríamos reaccionar ante una frustración superando sus efectos depresivos, ni obtendríamos el impulso para rebasar nuestros límites. Y si, gracias a la ira debidamente canalizada, somos capaces de hacer frente a un cansancio que de otro modo sería insoportable, podemos aprender a controlar sus efectos anticipándonos a sus resultados indeseados.
La ira, en definitiva, es a la vez límite y recurso y, como en todas las otras emociones, lo que la hace peligrosa es el exceso, mientras que la capacidad de gestionarla nos permite elevar el nivel de nuestras capacidades y, por tanto, de nuestro rendimiento.
En este brillante ensayo, Roberta Milanese pone claramente de relieve esta ambivalencia de la activación psicofisiológica a la que se ha dado el nombre de «ira», pero sobre todo, a través de unos casos cuidadosamente seleccionados, expone con claridad meridiana las técnicas para transformarla en un recurso importante y las estrategias terapéuticas para intervenir cuando la ira se ha vuelto peligrosamente patológica.
Por último, quiero expresar la sincera alegría que me ha producido la lectura de este libro que, además de ser de suma importancia para todos aquellos que se interesan por las emociones y su funcionamiento, ha sido escrito por una persona muy querida: una de mis alumnas más competentes, que desde hace ya décadas contribuye a la evolución de la psicoterapia breve estratégica y a su enseñanza y que es, sobre todo, una persona en la que siempre se puede confiar. Me siento afortunado de contar con ella entre los seres más queridos.
En 1988 el Journal of the American Medical Association informó de la existencia de una nueva patología: la «Locura del Dispensador Automático». En el artículo, el autor explicaba que hasta quince personas habían resultado gravemente heridas porque, en un arrebato de ira, habían pateado o sacudido de forma inadecuada un dispensador automático de bebidas, culpable de haber aceptado el dinero y no haber dispensado la bebida. Tres de estas personas incluso habían muerto aplastadas por la máquina, la cual habían sacudido con excesiva fuerza. En un artículo publicado cuatro años más tarde, se denunciaban otros 49 casos de lesiones y 15 muertes, provocadas por la ira causada por una máquina dispensadora fraudulenta (Cosio, 1988; Cosio y Taylor, 1992).
Entre todas las emociones la ira es seguramente la que tiene más poder para hacernos perder la cabeza: puede hacernos decir cosas inconvenientes, provocar reacciones impulsivas de las que después nos arrepentimos o incluso cegarnos hasta el punto de cometer actos que nos perjudiquen a nosotros mismos y a los demás. Por eso siempre se ha considerado una emoción potencialmente peligrosa, una especie de herencia ancestral que compartimos con el mundo animal, pero de la que, como seres humanos pensantes, deberíamos liberarnos. Nos lo recuerdan, asimismo, las formas analógicas que se utilizan para indicar que uno está enfadado: «estar cabreado como una mona», «ponerse como una fiera», pero también «echar lumbre», «echar rayos y centellas», «perder el control», expresiones que hacen referencia a la fuerza perturbadora de esta emoción.
De su poder destructor encontramos imágenes memorables en la literatura; basta pensar en la «cólera del Pélida Aquiles», en los celos cegadores del Orlando furioso o de Otelo, por citar tan solo algunos ejemplos. La ira se ha ganado por derecho propio un lugar entre los siete pecados capitales de la Iglesia católica y se considera una fuerza potencialmente destructiva incluso en la tradición budista.
Si miramos también a nuestro alrededor —por la calle, en la TV, en internet—, forzosamente constataremos el impacto venenoso que puede tener esta emoción. Las redes sociales, por ejemplo, se han convertido en los lugares preferidos para verter las frustraciones personales: desde gente que discute y se insulta por los motivos más triviales hasta haters que se divierten masacrando a personajes más o menos célebres. También en los programas de televisión abundan las discusiones, verdaderas o fingidas, que, desgraciadamente, aumentan el share. Son muchos quienes dicen que estamos viviendo «la época de la ira», y en la vida diaria, sobre todo en las grandes ciudades, se percibe un estado de frustración latente y una irritación creciente que se corresponden con un aumento de la conflictividad a todos los niveles que puede desembocar incluso en violencia.
Más nocivas son aún las situaciones en que la ira se ha «enfriado» y se ha convertido en resentimiento y rencor, hasta el punto de acabar envenenando no solo la vida del que la experimenta, sino también la de quienes le rodean. Personas que viven dando vueltas constantemente a hechos muy lejanos en el tiempo, encadenadas a un pasado y a un enemigo del que no consiguen distanciarse.
Por último, una mala gestión de la ira puede tener efectos perjudiciales incluso sobre la salud: problemas cardiovasculares, migrañas, gastritis, bruxismo, por citar tan solo los síntomas más frecuentes.
A la luz de estas consideraciones, parece que esta emoción merecería siempre un suspenso en el boletín de notas, pero, en realidad, las cosas no son exactamente así y poner un suspenso sería un grave error. La ira, de hecho, es una de las emociones fundamentales que forman parte de nuestro bagaje psicobiológico natural y, como tal, desempeña un papel adaptativo muy relevante para nuestra supervivencia. Su función principal es doble: por un lado, ayudarnos a comprender cuáles son los objetivos importantes para nosotros; por el otro, proporcionarnos las energías necesarias para alcanzarlos, eliminando los obstáculos y afrontando los peligros que hallemos en nuestro camino.
La ira es la emoción más energizante que existe: puede darnos fuerza para reaccionar frente a una amenaza, una injusticia o un abandono; puede ser la fuerza impulsora de un cambio que, de otro modo, no seríamos capaces de llevar a cabo; puede ayudarnos a aclarar mejor cuáles son nuestras necesidades, deseos, expectativas y a avanzar hacia su realización. La rabia nos ayuda incluso a trazar los límites entre nosotros y los demás, nos indica que hay algo que debemos cambiar en la forma de vivir nuestras relaciones y es una energía a la que recurrir en momentos de dificultad, para no sucumbir al dolor o al miedo.
Por todas estas razones, puede ser un recurso importante, una fuerza poderosa que debemos saber gestionar y utilizar sabiamente, pues de lo contrario acabaremos sufriendo sus consecuencias y haciendo que las sufran también quienes nos rodean. Como un impetuoso caballo salvaje, que si no es domado nos lleva a la ruina, si somos capaces de domesticarla, la ira será el corcel en el que cabalgar para alcanzar la meta deseada.
Este libro no está pensado solamente para los «Orlando furioso», es decir, para aquellos que siempre han luchado consigo mismos para intentar gestionar esta tumultuosa emoción, sino también para quienes desean hacer las paces con el pasado, liberándose de las cadenas del resentimiento y del rencor. Está dirigido asimismo, o tal vez sobre todo, a quienes piensan que la ira no es su problema, a quienes afirman no sentirla casi nunca, y tal vez padecen muchos pequeños síntomas físicos; a quienes la contemplan con aires de suficiencia y quizá un poco de desprecio, porque todavía no conocen sus magníficas potencialidades. Por último, a quienes sufren esta emoción en la familia o en la pareja y no saben cómo afrontarla.
En definitiva, este libro está pensado para todos los que deseen convertirse en hábiles domadores de la emoción más energética y arrastradora que poseemos, no solo para aprender a gestionarla, sino para llegar incluso a transformarla en un recurso que hay que cabalgar estratégicamente.
Todo es ambivalente.CesarePavese
«La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores»: así empieza la Ilíada de Homero, poema épico del siglo viii a.C., uno de los pilares de la literatura occidental. Ambientada en la época de la guerra de Troya, la obra toma como punto de partida la furiosa ira del héroe griego Aquiles, que llevará la muerte y la destrucción al campo de batalla. «Cólera» (en griego, menis) es también la primera palabra del poema, subrayando que la verdadera protagonista de la obra es precisamente esta emoción, en su versión descontrolada y destructiva.
De todas las emociones es la ira la que tiene más poder para hacernos pasar a la acción, para hacer que sucedan las cosas, para proporcionar la energía necesaria para producir grandes cambios, tanto personales como sociales. Por tanto, no debe sorprendernos encontrarla en el centro de muchas narraciones mitológicas y literarias.
En la mitología griega y romana, por ejemplo, los dioses actúan muchas veces movidos por la ira: basta pensar en los rayos lanzados por Zeus contra los enemigos, o en las Furias romanas (las Erinias de la mitología griega), entidades de ultratumba que empujaban a los hombres a la ira y a la venganza. Los propios dioses eran famosos por sus legendarias revanchas; pensemos en el pobre Prometeo, que, como castigo por haber robado su fuego para entregárselo a los hombres, fue encadenado por Zeus en la cima de una montaña y condenado toda la eternidad a que un águila devorara su hígado.
En la literatura encontramos esta pasión incontrolada en el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, donde la ira se desata a consecuencia de los celos por el rechazo de la amada Angélica, o en el Otelo de Shakespeare, cegado también por los celos por una traición (inexistente) de su esposa Desdémona. En ambos casos, una ira ciega conduce a la pérdida de la razón, hasta el punto de que para recuperar la cordura será necesario incluso viajar a la Luna.
En la Divina comedia, Dante dedica a los iracundos dos círculos: uno en el Infierno y el otro en el Purgatorio. En el V círculo del Infierno, los iracundos («las almas de esos que venció la ira», Inf. VII, 116) se sumergen desnudos y llenos de fango en la laguna Estigia y se dedican a golpearse y a morderse ferozmente a sí mismos y a los demás. También en la Estigia, pero completamente enterrados en el agua fangosa, sin posibilidad de hablar ni de ver, Dante coloca a los acidiosos (los «iracundos amargos»), es decir, los que refrenaron externamente la ira, pero la guardaron en su interior en forma de rencor. Son justamente estos, incapaces de hablar por no haber actuado en vida, los que hacen hervir el agua en la superficie con sus continuos suspiros. En el Purgatorio también hay un espacio reservado a los iracundos: es el tercer círculo, donde están envueltos en un humo oscuro y denso que irrita y ciega los ojos, igual que la ira oscureció su mente en vida. Es interesante notar cómo Dante anticipó con tanta agudeza los dos principales aspectos disfuncionales de la ira: por un lado, su versión ciega y destructiva, tantas veces celebrada en la literatura, en la que el exceso emocional conduce a la pérdida del control y de la razón; por el otro, la ira reprimida, tragada y rumiada continuamente, que acaba no solo causando daño a quien la experimenta, sino también privando a la propia ira de su potencialidad positiva como motor de la acción.
La frecuencia del tema de la ira no es, sin embargo, comparable ni de lejos a la que encontramos en el Antiguo Testamento, donde los términos referidos a esta pasión aparecen más de 714 veces (518 referidos a la ira divina y 196 a la humana) (Bodei, 2011). Empezando por el libro del Génesis, con la expulsión del Paraíso de Adán y Eva por haber comido el fruto prohibido, en la mayoría de los hechos narrados en el Antiguo Testamento aparece la proverbial «ira de Dios». Basta pensar en el diluvio universal, enviado por Dios para castigar a los hombres por su maldad, o en la destrucción de Sodoma y Gomorra, por citar tan solo algunos ejemplos. El Antiguo Testamento nos presenta, por tanto, una figura divina en la que el aspecto iracundo y vengativo parece dominar sobre el aspecto de amor y misericordia que, en cambio, se afirmará con fuerza en los Evangelios.
La pasión de la ira también ha suscitado un gran interés en el ámbito filosófico. En su tratado De ira, hace unos dos mil años, Séneca arremetía contra la ira definiéndola como «la más vil» de las pasiones. Para el filósofo estoico, la ira siempre está injustificada, independientemente de su intensidad y de la gravedad de la injusticia sufrida, y «ningún mal ha costado más a la humanidad». La ira debe evitarse siempre porque priva al hombre de la razón y, por tanto, de lo que constituye su superioridad sobre los animales, la esencia de su dignidad (D’Urso, 2001).
Más benigno con esta pasión se muestra, en cambio, Aristóteles al distinguir la ira noble y justa de la injusta. En su Ética a Nicómaco afirma: «Enfadarse es fácil, todo el mundo es capaz de ello, pero no es en absoluto fácil, y sobre todo no lo es para todo el mundo, enfadarse con la persona adecuada, en la medida adecuada, de la manera adecuada, en el momento adecuado y por la causa adecuada» (Aristóteles, Ética a Nicómaco, n. 1109a). Para el filósofo, el manso no es el que nunca se enfada, sino el que lo hace por un motivo adecuado; el que no se enfada cuando es agraviado no es más que un necio y un débil. En Aristóteles se destaca la característica fundamental de la ira, a saber: la de ser una emoción ambivalente, que no es ni buena ni mala por sí misma, sino que depende de cómo se exprese y utilice.
Esta misma ambivalencia también está presente en la mitología, en la literatura occidental y en la reflexión religiosa. Pensemos en la figura del héroe: si bien, por un lado, su reacción airada puede llevarlo al exceso, como en el caso de Aquiles, por el otro su heroísmo es posible precisamente por el hecho de enfadarse justificadamente ante las ofensas y de actuar para vengar los agravios sufridos. Del mismo modo, el colérico Zeus, al igual que el Dios del Antiguo Testamento, puede enfurecerse extraordinariamente, aunque también es considerado el juez supremo al que acudir en busca de justicia. El propio Dante reitera la distinción entre «la ira mala» y «el buen celo», diferenciando entre cólera e indignación, entre iracundia y ferviente ardor por una causa justa (Ravasi, 2021). El valor positivo y heroico de la ira lo celebra igualmente el poeta Vincenzo Monti, que, en una carta de 1842, afirmaba: «Agradezco a la naturaleza que me haya hecho iracundo porque la ira me preserva de la vileza». Asimismo, Winston Churchill sostenía que «un hombre es tan grande como las cosas que le hacen enojar».
De modo que la ira puede ser una reacción justa ante la violación de la ley o las injusticias sufridas, siempre que sea proporcional a la magnitud del agravio que hay que reparar y se exprese de la manera adecuada, con la persona adecuada y durante un tiempo adecuado.
La ira forma parte de pleno derecho de los siete vicios (o pecados) capitales[1] de la Iglesia católica, catalogados por primera vez por el monje Evagrio Póntico en el siglo iv y formalizados definitivamente por Gregorio Magno a comienzos del siglo vii. Esta pasión representa tal vez la violación más evidente de las enseñanzas de Jesús sobre la importancia de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y de perdonar siempre las ofensas sufridas. En el Evangelio se nos recuerda muchas veces que no debemos dejarnos llevar por la ira. Pensemos, por ejemplo, en el Sermón de la montaña (o de las Bienaventuranzas), donde Jesús expresa con firmeza la superioridad del perdón sobre la venganza ante cualquier tipo de injuria o de ofensa:
Pero yo os digo: todo el que se enoje contra su hermano comparecerá ante el tribunal, y el que diga a su hermano estúpido comparecerá ante el sanedrín, y el que le diga renegado comparecerá para la gehena del fuego […]. Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: no toméis represalias contra el malvado; si alguien te pega en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera llevarte a juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto, si alguien te fuerza a caminar una milla, anda con él dos. […]. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5,22.38-44).
La importancia de no dejarse llevar por la ira nos la recuerda varias veces san Pablo: «Si os indignáis, no lleguéis a pecar; no se ponga el sol sobre vuestra ira […]. Desaparezca de entre vosotros toda amargura, animosidad, ira, gritos, insultos y toda clase de maldad. Sed, por el contrario, amables y compasivos unos con otros y perdonaos mutuamente, como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4,26.31-32).
Curiosamente, en el Evangelio la ira no se condena por sí misma, sino solo en la medida en que lleva a actuar de forma incontrolada y vengativa. En el Compendio de teología ascética y mística, se lee que «Hay una ira legítima, una santa indignación, que es deseo ardiente, pero razonable, de imponer a los culpables un justo castigo» (Tanquerey, 1923, p. 557). El mismo Jesús se enfadó con los mercaderes que estaban profanando el templo y los expulsó:
Y encontró en el templo a los que vendían bueyes y ovejas y palomas, y a los cambistas sentados junto a sus mesas. Hizo entonces un látigo de cuerdas y los arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y les volcó las mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio» (Jn 2,14-16).
Para que la ira sea legítima ha de ser justa en su objeto, moderada en su ejercicio y caritativa en su intención, no dejándose llevar de afectos de odio, sino procurando el restablecimiento del orden y la enmienda del culpable (Tanquerey, 1923). En su santa indignación, de hecho, Jesús no reaccionó en un arrebato de furia incontrolada e impulsiva: se tomó el tiempo necesario para tejer las cuerdas y preparar el látigo, volcó los bancos con los objetos, pero no se lanzó contra los que tenían las palomas, sino que se limitó a pedir que las sacaran de allí. Solo cuando la ira se convierte en deseo vengativo de castigar al otro, y se asocia con el odio y el rencor, vuelve a ser un pecado capital.
Como subraya el cardenal Gianfranco Ravasi (2021), para el cristianismo es fundamental distinguir la ira ciega y vengativa contra el prójimo —un terrible pecado capital— del desprecio (o indignación) que es, en cambio, una virtud que hay que cultivar cuando es defensa de la justicia y protesta contra el atropello, el abuso y la prevaricación.
Un concepto similar lo expresa también el dalái lama (2019), quien, en un libro dedicado justamente a esta emoción, distingue la ira destructiva, movida por el deseo de hacer daño al otro, de la positiva y buena, que nace de la compasión o del deseo de reparar una injusticia social. Se trata de una ira que no deriva del odio o del deseo de hacer daño a alguien, sino de la preocupación y el deseo de corregir los errores, como hace un padre con su hijo, con el que puede estar enfadado e incluso castigarlo, pero con el único objetivo de ayudarlo y protegerlo. De la ira surgen una mayor energía, una mayor determinación y una acción más eficaz para corregir la injusticia. La motivación más profunda es la compasión, pero la ira es necesaria para lograr que la compasión alcance sus objetivos.
La reflexión sobre la ira se sitúa también en otro campo de estudio —la doctrina de las pasiones— que durante muchos siglos ha estado en el centro del debate sobre el hombre, especialmente en el pensamiento filosófico occidental y en la tradición cristiana. Este tema, que ya trató Aristóteles en su Retórica, halla en el cristianismo primitivo sus formulaciones más interesantes y actuales, si se relee a la luz de la ciencia psicológica moderna.
Como señala el monje y antropólogo Guidalberto Bormolini (2015, 2022), en el lenguaje actual la palabra «pasión» se mantiene como el único término para describir una realidad que los antiguos, en cambio, consideraban ambivalente. Gregorio de Nisa, uno de los principales padres de la Iglesia, hablaba, de hecho, de «potencias» o «energías» (dynamis) creadas por Dios en el alma del hombre y destinadas a ser utilizadas por él como instrumentos y herramientas. Sin embargo, si el espíritu pierde el control de estas potencias y las orienta en la dirección equivocada, acaban deteriorándose y transformándose en algo que hace sufrir, es decir, en «pasiones» (pathé). Según Basilio el Grande, en el origen de las pasiones hay unas semillas que han sido depositadas en nuestro corazón y que contienen en sí todas las virtudes en potencia y la energía necesaria para hacerlas germinar y fructificar, si nos comportamos correctamente; en cambio, si nos portamos mal se pervierten en pasiones dañinas.[2] Es el uso egoísta de estas potencias nacidas para el bien lo que hace que se desvíen y no hay vicio humano que no pueda ser contemplado desde esta perspectiva. Así, la competitividad, nacida para emular la virtud, puede transformarse en envidia; el amor por la belleza, en lujuria; la aspiración a la perfección, en ira.
A partir de la conciencia de estas fuerzas interiores que actúan en el alma humana, subraya Bormolini, podemos redescubrir también el significado originario de la palabra «pecado», que dista mucho del significado exclusivamente moralista que ha prevalecido en los últimos siglos. En realidad, la palabra griega utilizada en el Evangelio para designar el pecado es amartia, derivada del verbo amartano, un término técnico empleado por los arqueros que significa literalmente «fallar el tiro». Como las flechas, pues, las pasiones en sí mismas no son ni positivas ni negativas, puesto que todo depende de la dirección en que se orienten.
También para Tomás de Aquino y san Agustín las pasiones son en sí mismas naturales y buenas porque las creó Dios, y es la voluntad lo que las hace malas cuando no las dirige en la dirección correcta. Por tanto, depende siempre del libre arbitrio del hombre sufrir las pasiones o transformarlas en instrumentos para el crecimiento, «afinando la puntería» antes de tirar.
