Irlanda - Luis Antonio Sierra - E-Book

Irlanda E-Book

Luis Antonio Sierra

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Beschreibung

Para cubrir el hueco que deja la "gran historia" sobre Irlanda, esta obra -en la medida en que las fuentes lo permiten- intenta dar a conocer el modo de vida y la idiosincrasia de los habitantes de la isla. Presta también una atención especial a un grupo que habitualmente ha sido más invisible que ninguno, el de las mujeres, puesto que, tradicionalmente, la historia la han escrito élites masculinas que han excluido al género femenino de su discurso o, en el mejor de los casos, lo han tratado de manera marginal. Así pues, lo que este libro pretende es, en última instancia, dar una visión integral de la historia de Irlanda en la que se valoran tanto el papel histórico de los grandes personajes como el de la sociedad irlandesa en su conjunto. Ésta historia cubre un amplio periodo de la historia Irlandesa que va desde la prehistoria y los celtas hasta la república y el conflicto Norirlandés.

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Seitenzahl: 609

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Irlanda

Una nación en busca de su identidad

Luis Antonio Sierra

ISBN: 978-84-15930-30-3

© Luis Antonio Sierra, 2014

© Punto de Vista Editores, 2014

http://puntodevistaeditores.com/

[email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Índice

El autor

Agradecimientos

Prehistoria y celtas

El Neolítico: 3500 a.C.-2000 a.C.

La Edad de los Metales: Edad de Bronce (2000 a.C-siglo vi a.C)

Edad de Hierro (siglo v a.C.-siglo i a.C.)

Los celtas: civilización y sociedad

La controvertida romanización de Irlanda y la introducción del cristianismo

Los romanos en Irlanda

La llegada del cristianismo

Diferentes lecturas sobre san Patricio

El cambio de sistema político en Irlanda: los vikingos

Lengua y literatura en tiempos vikingos

Los vikingos y el cristianismo

La batalla de Clontarf (1014)

El impacto de los vikingos en Irlanda

El papel de la mujer en la sociedad irlandesa desde el siglo vii hasta la llegada de los normandos

La Irlanda anglonormanda (1169-1485)

Los pilares de la colonización normanda: el castillo, la iglesia y el burgo

Estructura social: cambios y permanencias

Cultura

La mujer en la Irlanda anglonormanda

Irlanda bajo las dinastías Tudor y Estuardo. Cromwell. La restauración de la Monarquía inglesa. Dimensión europea de la problemática irlandesa

Enrique VII, el primer rey de la dinastía Tudor

Enrique VIII: comienzo de la política colonial en Irlanda

Los breves reinados de Eduardo VI y María Tudor

Irlanda bajo el largo reinado de Isabel I (1558-1603)

La colonización (PLANTATION) del Ulster durante el reinado de los dos primeros Estuardo: Jacobo I y Carlos I

La mutua influencia de los acontecimientos políticos en Inglaterra e Irlanda: la Confederación de Kilkenny, la guerra civil inglesa y Cromwell

La restauración de la Monarquía inglesa

La cultura como reflejo y justificación de las ideologías colonial y nativa

La mujer irlandesa bajo el nuevo orden inglés

De las leyes penales a la Rebelión de 1798: agravios, desagravios y consolidación de posturas irreconciliables

Las leyes penales

El camino hasta la rebelión de 1798

El mundo cultural en Irlanda durante el siglo xviii: producciones ideológicas a ambos lados

La mujer en la Irlanda del siglo xviii: una nueva luz

El siglo xix: el firme avance del nacionalismo irlandés, el desastre de la hambruna y el principio del fin del dominio británico

El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda y la cuestión de la emancipación de los católicos

La Gran Hambruna (1845-1850)

Los asuntos pendientes tras la Hambruna:

la tierra y la independencia

Evolución de las ‘culturas’ de Irlanda. La cultura popular. El renacimiento de la cultura gaélica como expresión nacional

La mujer irlandesa del siglo xix

Primera mitad del siglo xx: Los años que marcaron el futuro de la isla; independencia, guerra civil y república

El tercer Home Rule y sus consecuencias

La Gran Guerra y el Levantamiento de Pascua

Movimientos políticos y paramilitares que desembocaron en la guerra de independencia y la creación del Estado Libre de Irlanda

Consecuencias del Tratado Angloirlandés: guerra civil en Irlanda

Irlanda del Norte entre 1921 y 1949

Sociedad, cultura y religión en las dos Irlandas

La mujer irlandesa de la primera mitad del siglo xx: entre el nacionalismo y las reivindicaciones de género

Segunda mitad del siglo xx y principios del xxi: integración en el mundo occidental: el Tigre Celta. El conflicto norirlandés: ¿el fin de los problemas?

Primeras iniciativas para el cambio: 1950-1968

El vecino del norte hasta 1968

Irlanda entra en Europa y estalla el polvorín norirlandés: 1968- 1982

Irlanda en las décadas de 1980 y 1990: avances sociales, el Tigre Celta y el Acuerdo de Viernes Santo para Irlanda del Norte

Las dos Irlandas en la actualidad: supervivencia del Acuerdo del Viernes Santo y crisis económica

Un “Tigre” cultural también: la cultura popular irlandesa

La mujer irlandesa: visibilidad social y avances en sus derechos

Siglas

Bibliografía

El autor

Luis Antonio Sierra, (Úbeda, Jaén, 1972) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Los lazos entre el autor y la isla de Irlanda comienzan en el año 1997 durante su estancia como profesor de español en la ciudad norirlandesa de Derry. A su vuelta a España publicó su primer libro, Irlanda del Norte, historia del conflicto (Sílex, 1999), que se ha convertido en uno de los textos en español de referencia sobre el tema. Posteriormente ha combinado su labor docente en Estados Unidos y España con su estudio de la realidad de Irlanda desde diferentes perspectivas. Así, ha impartido conferencias en España y en el extranjero sobre el conflicto norirlandés o sobre literatura irlandesa, ha colaborado con el director de cine Achero Mañas en el guión del documental Blackwhite, donde los polos se tocan (Sogecable y New Atlantis, 2004), o ha sido co-autor del libro Historia breve de las islas Británicas (Sílex, 2006) dentro de un grupo de investigación de la Universidad de Jaén coordinado por el Doctor Jesús López-Peláez Casellas y ha participado como editor adjunto en la revista de la Universidad de Jaén The Grove, Working Papers on English Studies.

Sigue ejerciendo su actividad docente y continúa trabajando en una Tesis Doctoral que estudia las manifestaciones literarias y sociales relacionadas con el conflicto norirlandés.

Marta, por todo, y por viajar conmigo y con Irlanda desde el principio.

Agradecimientos

A pesar de que el proceso de escritura se realiza en soledad, la autoría de un libro tiene mucho de complicidad con gentes que, en mayor o menor medida, hacen que este trabajo llegue a su publicación. No solo me refiero a aquellas encargadas de su corrección, maquetación e impresión, sino también a las que con su cariño, su hospitalidad, su presencia o sus “¿cómo llevas Irlanda?” me han acompañado durante los dos años largos que he invertido en este trabajo; años, por otra parte, de seguridades e inseguridades, de apuestas, de mudanzas, o de reflexión.

Por todo ello, sería injusto por mi parte no mencionar ciertos nombres que, tanto en España como en Irlanda, han tenido que ver con este libro. Tengo que empezar con el promotor de esta idea, Ramiro Domínguez a quien tengo que agradecer su amistad y que siga dejándome un hueco en sus proyectos que diversifican la cultura de este país más allá de la uniformidad de las grandes editoriales, así como a todo su equipo. Tampoco quiero olvidarme de Cormac Fegan y su mujer Eileen y los días de recuerdos y Guinness en Rathmullan previos al comienzo de este trabajo, así como de Rocío y Liam que me abrieron el salón de su apartamento dublinés, o de Ana, Carmen y José, viejos compañeros del periplo norirlandés.

La ciudad que me ha acogido durante los últimos siete años, Madrid, tiene hijos –adoptados o no– que han caminado paralelos a esta historia: Marta con su cariño infinito, Fran y sus precisas correcciones, Rafa y Manu –habituales de las terrazas y tremendos conversadores–, o Miguel –razonable trasgresor de la historia y las mentes.

Por último, nombrar a otras personas con más largo recorrido vital como José Fernando –escritor de ideas en el aire– y Juan –humilde y valioso poeta, además de hermano–, con los que comparto inquietudes y orígenes.

Es muy probable que debieran aparecer más nombres, y seguramente me arrepentiré de no haberlos incluido cuando relea estas páginas una vez impresas, pero tampoco quiero abusar del espacio que me tomo en agradecimientos ni de la paciencia del lector. Os pido perdón de antemano, pero no olvidéis las palabras del roquero: “¡Prometo estaros agradecido!”. Eso siempre.

Prehistoria y celtas

Hace unos cien millones de años, Irlanda estaba cubierta por el hielo. Después de que este se retirara de la isla, las temperaturas se templaron entre el año 10.000 a.C. y el 8800 a.C. Hubo una clara mejoría del clima durante la Época Boreal (7500-6900 a.C.), el cual era muy similar al que hoy en día tenemos en Irlanda. Dicha mejoría duraría hasta el 5200 a.C. Sobre el año 6700 a.C. se pueden localizar los primeros vestigios de vida humana, que coinciden con el Mesolítico. Probablemente estos individuos habían cruzado desde Escandinavia hacia Gran Bretaña y de allí a Irlanda. Esto fue posible porque el bajo nivel del mar permitía pasar de una isla a otra. Se cree que cruzaron a través de pequeños estrechos hacia las tierras altas de Antrim y Wicklow que se podrían avistar desde las costas británicas. Donde primeramente encontramos a estos nuevos habitantes de Irlanda es cerca de Coleraine, en Derry y Tullamore, en Offaly. Conforme pasó el tiempo parece que prefirieron habitar la mitad nordeste de la isla debido a la abundancia de comida en dicha zona. No cultivaban nada, recolectaban frutos y cazaban. Poco más se puede decir sobre estos primeros habitantes, salvo que vivían en chozas circulares con un fuego en el centro, pero, por ejemplo, desconocemos qué hacían con sus muertos ya que todavía no se han encontrado enterramientos en Irlanda que daten de esa época.

El Neolítico1: 3500 a.C.-2000 a.C.

Antes de que los primeros cazadores llegaran a Irlanda, en otras partes del mundo se estaba llevando a cabo una gran revolución. Estamos hablando de la aparición de la agricultura en Oriente Próximo.

Esta revolución del Neolítico es probablemente una de las más importantes en la historia de la humanidad. Desde ese momento y hasta la fecha el hombre va a ser capaz de controlar el medio en el que vive y no va a vivir a merced de la naturaleza. El hombre no solo va a ser agricultor, sino que también empezará a domesticar animales para conseguir de ellos carne sin tener que cazar, o leche, e incluso abrigo gracias a sus pieles. La comida se empezó a almacenar en cestas y esto llevó al descubrimiento de la artesanía, el primer producto manufacturado de la historia. La agricultura también provocó que incrementara la necesidad de tierras, lo cual llevó implícita la tala de bosques. Esta civilización de agricultores se extendió desde Oriente Próximo hacia el Mediterráneo y hacia Francia y de allí a los Países Bajos, Gran Bretaña y, finalmente, Irlanda.

En Lough Gur –condado de Limerick–, observamos cómo vivieron esos primeros agricultores “irlandeses”. Las casas que habitaban tenían muros de turba construidos sobre un esqueleto de madera y estaban cubiertas por juncos que conseguían de la orilla del lago. Algunas de estas casas eran de planta circular, mientras otras lo eran de planta rectangular. Utilizaban hachas de piedra para cortar árboles y arar el campo. Numerosos instrumentos de pequeño tamaño hechos a partir de huesos tenían usos domésticos y las mujeres molían el grano haciendo rodar una suerte de rodillo muy pesado sobre un bloque de piedra. Estas gentes también comían carne que conseguían de la cría de vacas, cerdos y ovejas. No todos los instrumentos que utilizaban eran puramente utilitarios. También se hacían collares con huesos y piedras así como brazaletes, indicadores de que también cuidaban su imagen. Estos primeros habitantes de Irlanda no conocían el uso del abono, así que cuando la productividad de las tierras se reducía drásticamente, se trasladaban a otras. Además, existía cierto grado de actividad comercial. Algunas de las hachas encontradas estaban realizadas con piedra de la zona, pero otras eran importadas. Tievebulliagh, en el condado de Antrim, y la isla de Rathlin eran algunos de estos sitios de procedencia, lugares donde, por otra parte, podemos considerar que aparecieron las primeras “fábricas” de Irlanda. Desde estas factorías se comerciaba, hace unos 5.000 años, con los condados cercanos, aunque también con Dublín, Lough Gur y el sur de Inglaterra. Lough Gur no es el único asentamiento neolítico. Ya hemos hablado de Tievebulliagh o Rathlin, pero también existió un asentamiento importante en Lyle’s Hill, en el condado de Antrim, y muy probablemente haya lugares que todavía no han visto la luz.

No solo sabemos cómo vivían estos primeros agricultores irlandeses, sino que también podemos hablar de sus creencias religiosas gracias a los imponentes monumentos funerarios que levantaron para sus muertos, conocidos como tumbas megalíticas. Algunos de estos tenían largas galerías levantadas con grandes piedras en las que se enterraba a los muertos, con una sala central al aire libre donde se celebraban las ceremonias. Los dólmenes eran comunes por todo el país. Lo único que se conserva son las piedras que formaban la cámara funeraria, pero inicialmente estas se cubrían con un túmulo de tierra o de piedras más pequeñas. Este tipo de edificaciones se encuentran fundamentalmente en la mitad norte del país como en Ballyglass –condado de Mayo–, los montes al oeste de Lough Arrow en Sligo, los montes de Lough Crew en el condado de Meath, el valle del Boyne y las montañas de Wicklow. Estos constructores de tumbas con pasillo (Passage Grave Builders) llegaron a Irlanda procedentes de la Bretaña francesa hacia el año 2500 a.C. y es de imaginar que necesitaban una estructura social bastante compleja para levantar este tipo de construcciones. Las tumbas se compartían y los cuerpos se incineraban, disponiéndose los restos en cámaras funerarias, a veces con piezas de artesanía, cuentas de piedra o hueso y herramientas para su uso en una “vida futura”. No se conocen con exactitud sus creencias religiosas, pero se sospecha que algunos adoraban al sol ya que las entradas a algunas tumbas están orientadas hacia el Este. Lo que sí parece claro es que su religión venía impuesta desde fuera porque se han descubierto enterramientos muy similares en muy diversas zonas de Europa. También nos aporta información sobre sus creencias religiosas la cuidada decoración de las piedras encontradas en algunas de sus tumbas como las de Newgrange en el condado de Meath en las que abundan las espirales, los rombos o los diseños en zig zag, todos ellos con un significado religioso.

La Edad de los Metales: Edad de Bronce (2000 a.C-siglo vi a.C)

La introducción del metal en Irlanda puede ser atribuida al establecimiento de nuevas sociedades hacia el año 2000 a.C. Estas gentes traían conocimientos aparecidos en Oriente Próximo y extendidos por Europa en años anteriores. Habían aprendido a convertir los minerales en metal fundido y luego a verter este en moldes. Los objetos metálicos podían tener cualquier forma y además los que se rompían o no se adecuaban a las nuevas tendencias podían fundirse y reutilizarse. Estos moradores llegaron a Irlanda y se dispusieron a buscar minerales metálicos. Su éxito lo atestigua la gran cantidad de útiles de bronce encontrados, tanto si estaban decorados –ornamentos en zig zag o en espiral– como si no. Irlanda disfrutaba de grandes yacimientos de cobre, que tenía ciertas desventajas, ya que era muy blando, por lo que se mezcló con cierta cantidad de estaño para conseguir bronce.

Conforme avanzó este periodo, la industrialización se fue incrementando. El desarrollo de la metalurgia posibilitó que ciertas comunidades que ocupaban zonas agrícolas pobres se enriquecieran gracias a la explotación de los minerales. El oro también era utilizado con cierta frecuencia por los artesanos de la Edad del Bronce. De hecho, y aunque casi de manera anecdótica, todavía se puede encontrar oro en diferentes lugares de Irlanda. Estos trabajadores del metal también introdujeron en Irlanda un nuevo tipo de artesanía muy elaborada y cuidadosamente decorada. Los recipientes eran probablemente copas para beber y se conocen por el término de ‘taza alta’ (Beaker). Este tipo de artesanía se ha encontrado en Irlanda en las tumbas megalíticas.

En esta primera parte de la Edad de Bronce (2000-1200 a.C.), comienza a practicarse un nuevo tipo de enterramiento en el que los muertos ya no eran incinerados, sino que se les daba sepultura en tumbas individuales y con unos tarros decorados con un nuevo estilo que se colocaban al lado del cadáver. Estas vasijas contenían comida para los muertos. A esta cultura se le conoce como cultura de los vasos campaniformes (Food Vessel). Posteriormente los cuerpos volvieron a incinerarse y los restos a ser introducidos en una gran vasija o urna. La cultura de los campos de urnas (Urn People) –900-700 a.C.– se supone procedente del norte de Gran Bretaña, al menos eso lo sugiere la gran concentración de urnas encontradas en el noreste de Irlanda. También existe un reducido número de urnas irlandesas, todas encontradas en el sur, en Leinster, que pueden tener su origen en Anglesey. Esta nueva cultura de los campos de urnas, que generalmente se asocian a los goidelos, se instalaron fundamentalmente en el este y el noreste de Irlanda con ciertos asentamientos en Munster y Connacht. En Irlanda, al igual que previamente habían hecho en Gran Bretaña, la civilización de los campos de urnas ocupó el territorio de la cultura de los vasos campaniformes. Su asentamiento trajo consigo cambios tecnológicos, industriales y posiblemente de rituales y dichas alteraciones marcaron la base del desarrollo durante los siglos posteriores.

Los habitantes de Irlanda durante la Edad de Bronce probablemente vivían en asentamientos muy simples: cabañas individuales o grupos de ellas rodeadas por estacadas donde se guardaba el ganado. Otra modalidad consistía en el establecimiento en los claros de los bosques. Existió otro tipo más curioso que se generalizó en este tiempo: los crannógs –también conocidos como poblados sobre estacas– que consistían en islas artificiales cuidadosamente construidas sobre las aguas de un lago. La existencia de los crannógs se prolongó en Irlanda hasta la Edad Media.

Edad de Hierro (siglo v a.C.-siglo i a.C.)

El conocimiento del trabajo con hierro parece surgir antes del II milenio a.C. en Armenia, en el Imperio hitita. Con el colapso de la confederación hitita –sobre el 1200 a.C.–, dichos conocimientos se extendieron y llegaron a Europa central en la última mitad del siglo viii a.C. y a Gran Bretaña en el 600 a.C.

El uso del hierro se generalizó durante el siglo vi a.C. e Irlanda también participó en estos cambios. Hubo un tremendo incremento de la disponibilidad de metal, así como cambios tecnológicos y económicos importantes, además de la transformación del sistema de comunicaciones con el exterior. Las influencias no solo llegaban en ese momento de Gran Bretaña, sino también del continente europeo y comenzaron a aparecer industrias regionales. El comercio alcanzó un punto en el que la riqueza aparece como concepto y se desea. Como consecuencia de esta novedad ideológica, aquellos más evolucionados y con más ambiciones consolidan, por la fuerza en muchos casos, su riqueza que acaba acumulándose en manos de unos pocos. Se hallan por primera vez en algunas tumbas instrumentos de guerra que dan fe de la aparición de una aristocracia militar.

Desde finales del siglo vii a.C. y durante los siguientes siglos, los datos sobre Irlanda son escasos. Puede que se trate en esta época del momento en el que sucediera alguno de los primeros asentamientos celtas. Estos descendieron de las tribus que se habían desplazado en Europa de este a oeste y que habrían podido llegar a Irlanda setecientos años antes de la invasión romana de Gran Bretaña. En términos arqueológicos estos primeros pobladores de origen celta serían descendientes de las culturas de Hallstatt (650-500 a.C.) –originaria de la región austriaca donde se encuentran la mayoría de restos de este tipo– y de La Tène (400- 100 a.C.) –al sudeste de la actual Francia.

Los restos más antiguos encontrados en Irlanda que datan de la Edad del Hierro, las espadas del tipo La Tène, son poco anteriores al siglo ii a.C. Este es el comienzo de la segunda fase más importante de la Edad de Hierro en la Europa continental. El periodo de La Tène se caracteriza por las innovaciones y las mejoras prácticas en la cultura material, además de la aparición de una incipiente sociedad urbana. Un rasgo distintivo de los individuos de La Téne es su arte, el primer estilo artístico consciente creado en la Europa que queda al norte de los Alpes. Este arte, o arte celta como es normalmente conocido, es abstracto y dominan motivos como las espirales o las líneas curvas. En su origen, el arte celta es una mezcla de diferentes elementos que fueron tomados de diversas fuentes como la cultura Hallstatt, la escita, la oriental, la griega y la etrusca. Todos los datos sobre los primeros pobladores de Irlanda y su procedencia contrastan con las leyendas recogidas en el Libro de las Conquistas (Leaghar na Gabhala), escrito en verso en el siglo ix d.C. por los poetas oficiales irlandeses (filido filé ). En este libro se narran las diferentes invasiones que sufrió Irlanda. Se cuenta que en Irlanda vivían los Fomóraig, una raza de demonios de origen marino. Estos derrotaron a los dos primeros invasores de la isla, Partholon y Temed, ambos procedentes de la Península Ibérica. Más tarde llegaron los Fir Bolg quienes se unieron a la raza de los demonios. La tercera oleada trajo a las tribus de la diosa Danu, los Tuatha de Danann, que eran dioses amables y bienhechores y que lograron derrotar a los malvados Fomóraig. Los quintos en llegar fueron los goidelos, originarios también de la Península Ibérica, que sometieron a los Tuatha de Danann, haciéndoles retirarse a los sidh, los grandes túmulos funerarios megalíticos de Newgrange y Brugh na Boinne. Durante la segunda generación de los goidelos, llegaron los cruithnig, es decir, los pictos, provenientes de Gran Bretaña.

1 Las fechas de las distintas etapas prehistóricas se refieren a Irlanda ya que el comienzo o final de estas puede ser diferente si hablamos de otros lugares del mundo.

Los celtas: civilización y sociedad

‘Professor Binchy, …, has characterized this society as ‘tribal, rural, hierarchical and familiar.’’

(Hugh Kearney, TheBritishIsles.AHistoryofFourNations)

El origen de la civilización celta habría que localizarlo en Europa. Inicialmente los celtas fueron una débil confederación de gentes que poblaban Europa central y occidental, pero que pronto ocuparon diversos lugares del continente llegando a Italia, Grecia o Asia Menor hacia el Este, y Francia, Gran Bretaña e Irlanda hacia el Oeste.

La primera referencia escrita que tenemos del apelativo ‘celta’ –kelti-ké– la encontramos en el siglo v a.C. en palabras de Herodoto para referirse tanto a los habitantes que dominaban en aquella época el Danubio como a los del sudoeste de la Península Ibérica. En el siglo i a.C., Estrabón habla de un pueblo, los keltoi, relacionado con los galos, conocidos estos últimos como celtae. Es necesario aclarar que el término ‘celta’ es también una denominación lingüística como lo pueden ser ‘griego’ o ‘sánscrito’, todas ellas lenguas indoeuropeas. El irlandés actual proviene de un dialecto llamado celta-Q o goidélico, el cual se cree que proviene de España. Es importante también destacar la influencia del latín sobre la lengua celta, ya que los irlandeses, basándose en el alfabeto latino, inventaron un alfabeto propio que tiene prácticamente todas las letras del nuestro.

Las primeras oleadas invasoras celtas en Irlanda datan aproximada- mente del final de la Edad del Bronce en la isla –siglo vi a.C.–. Como ya sabemos, la cultura celta de finales de la Edad de Hierro es reconocida con el término de La Tène y esta probablemente alcanzó Irlanda en el siglo ii a.C. con la llegada desde Britania de bretones –fir domnain–, belgas –fir bolg– y galos –galicoin–. La mayoría de los hallazgos de arte La Tène en Irlanda se encuentran en el Ulster y Connacht, zonas donde, por otra parte, la tradición de las sagas irlandesas localiza muchas de las leyendas de la época heroica celta. Las historias de Cú Chulainn 2 y Conchobar mac Nessa son reflejo de situaciones reales. Por ejemplo, la mítica ciudad de Emain Macha en el Ulster –actualmente el fuerte Navan situado en el condado del Armagh– aparece en los mapas del siglo ii a.C. de Ptolomeo de Alejandría con el nombre de Isamnion y el tipo de vida de los héroes es muy similar al de los celtas de la Galia tal y como los describe el filósofo griego Poseidonios en el siglo i a.C.

Las leyes irlandesas, que durante toda la prehistoria se transmitieron oralmente de padres a hijos, tomaron forma escrita hacia el siglo vii –o quizás vi– de nuestra era. La sociedad descrita en estos tratados se remonta a épocas precristianas y, obviamente, su estructura era pagana a pesar del barniz cristiano que estos escritos le dieron ya que fueron confeccionados en una época en la que el peso del cristianismo era ya importante en la isla.

Existían tres clases de profesiones entre los celtas del continente: los druidas, los bardos y los vates. Los druidas se ocupaban de los asuntos religiosos, el estudio de la naturaleza y la especulación filosófica. Los bardos eran poetas y cantores, y los vates expertos en sacrificios y futurólogos. En Irlanda la distinción no es tan precisa. Los druidas, que llegaron a la isla hacia el 300 a.C., eran sacerdotes y sabios, pero también jueces y consejeros. Los vates (filid en Irlandés) se convirtieron en una clase inferior de druidas. Los druidas irlandeses se especializaron más en asuntos religiosos y mágicos, mientras que los filids se ocuparon más concretamente de los asuntos seculares. El filid llegó a ser el custodio de las tradiciones tribales. Conservaba las genealogías nobles y recordaba las grandes hazañas. Confeccionaban la genealogía de las familias nobles, recordaba las grandes hazañas, creaba poemas para ceremonias de alabanza oficial, conservaba en la memoria y transmitía oralmente las obras literarias de sus predecesores y formaba a sus jóvenes discípulos para seguir su camino.

La sociedad celta era eminentemente rural y apenas existían ciudades. La civilización urbana transmitida a Europa del norte y occidental por influencia grecorromana contribuyó significando muy poco para los habitantes de la Irlanda rural hasta que se les fue impuesta por los conquistadores extranjeros.

Los escandinavos trajeron la construcción de pueblos y ciudades amuralladas a Irlanda a finales del siglo viii aunque con poco éxito. De hecho, el desarrollo urbano en época celta que, si exceptuamos algunos enclaves como Cashel, la mayoría de las ciudades irlandesas actuales no es de origen celta. Una vez asentado el cristianismo en Irlanda lo más parecido a un pueblo serían los monasterios. Tendremos que esperar a la llegada de los normandos y a su asentamiento para que se empiecen a crear los primeros núcleos urbanos. Hasta entonces se vivía en granjas individuales. Las mejor preparadas estaban rodeadas por una muralla de tierra y un cercado. La casa del rey (chieftain) tenía una doble muralla cuyo anillo exterior era construido por los vasallos de menor grado del rey, conocidos como céili giallna.

Uno de los asentamientos celtas más antiguos se localiza en la colina de Tara. Durante muchos siglos este montón de piedras, o mojón, ha sido conocido como el Túmulo de los Rehenes (Mound of Hostages) e identificado con el legendario Cormac mac Airt, rey celta que supuestamente gobernó desde Tara durante el siglo iii a.C. Esta asociación, aunque equivocada, indica que las últimas generaciones de celtas comenzaron a vincular estos misteriosos mojones con figuras ancestrales. La intención de este acopio de mitos estriba un poco en la intensificación de la santidad de estos mojones que con el tiempo se convirtieron en lugares ceremoniales. En el Túmulo de los Rehenes, se encuentra el Lia Fail, o piedra del destino. La leyenda cuenta que esta piedra gritaba cuando en los actos de coronación de un rey un candidato digno de la Corona ponía su pie en ella. Hay cientos de terraplenes similares por toda Irlanda los cuales eran en realidad los sencillos hogares de los celtas. Normalmente disponían de un foso circular con una única entrada más bien pensado como corral para el ganado que como fortaleza. Quizás los situados en Tara eran los más importantes y estaban más lujosamente decorados que los del resto de la isla, aunque no tanto como las leyendas los describen, esto es, como palacios suntuosos o poderosas fortalezas. Lo más intrigante de estos poblados son los fosos que los rodean.

Se piensa que muchas veces los nobles construían un número diferente de fosos circulares según el rango que ostentaran 3.

Existían dos instituciones primordiales en la vida de la isla: el fine o unidad familiar, base de la estructura social, y la tuath o pequeño reino, base de la política. La tuathera un territorio muy pequeño bajo la autoridad de un rey. Las relaciones entre las diferentes tuatha eran similares a las interpersonales: la mayoría de ellas rendía tributo a un rey superior. Algunos no pagaban porque su rey pertenecía a la misma dinastía de ese rey superior y esto les eximía de dicha obligación. Estos reyes inferiores solían recibir regalos del superior y este no interfería normalmente en la gobernabilidad de dichos territorios. La ley irlandesa reconocía tres grados de reyes: el rí tuaithe, o rey de un solo tuath; el ruire, rey de varios tuatha; y el rí riurech, o rey de una provincia. Es importante señalar que ninguno de los reyes provinciales es reconocido por las leyes como rey absoluto de Irlanda. Y si bien es cierto que la dinastía de los Uí Néill se autoproclamó regente de Irlanda durante seis siglos, este título no tenía ninguna validez de derecho, solo se consideraba como título honorífico.

La base social la constituía la familia –fine – que incluía a todos los parientes del hombre hasta la quinta generación. Asimismo, residían en el fine los derechos sobre la propiedad de las tierras familiares (fintiu). Si alguien moría sin herederos directos, sus propiedades se repartían entre sus familiares a partes iguales. Los derechos individuales apenas existían ya que dependían fundamentalmente de su pertenencia al fine. Aunque la idea de lo privado estaba prácticamente ausente, sin embargo, la existencia de cabañas separadas dentro de los recintos, equivalentes a las habitaciones de una casa actual, demuestra cierta noción del espacio privado en esos tiempos.

Los jueces definieron un complejo esquema de relaciones dentro del grupo familiar. El geilfhine, a veces llamado deirbfhine, era el grupo familiar normal, es decir, básicamente la relación establecida entre un hombre y sus hermanos. Pero esta se ampliaba a cinco generaciones para incluir a los hijos, a los hermanos de su padre, a los de su abuelo, e incluso a los de su bisabuelo y a los hermanos de este último. Era difícil que vivieran tantas generaciones al mismo tiempo, pero los jueces debían prever todas las posibilidades. El siguiente grupo familiar, el deirbfhine o táebfhine, incluía a los primeros sobrinos de cuatro generaciones. Por último, el iarfine y el indfhine incluían a los primos segundos y terceros respectivamente. Este esquema dejaba a las mujeres en una situación bastante precaria, ya que no podían heredar tierras, aunque las hijas sin hermanos podían disfrutar de por vida de las tierras paternas.

No existían derechos de herencia para los primogénitos. La tierra era compartida a partes iguales por todos los hermanos, aunque el individuo más viejo era el cenn fine, que representaba a la familia ante cualquier contingencia. La unidad familiar era responsable de los delitos de sus miembros y la encargada de reclamar venganza de sangre si alguno de sus miembros era asesinado. En la práctica se aceptaba con cierta frecuencia un éraic, es decir, una compensación económica por parte del asesino. Si este se fugaba, su familia debía pagarlo. Además, el estatus social de un hombre se expresaba en términos materiales por su encelann o ‘precio de honor’, el cual determinaba en un juicio el valor de las compensaciones por los daños causados.

En las familias reales cada miembro podía ser candidato a rey (ríg-damnae). Si una rama de la familia monopolizaba el trono durante cuatro generaciones, el resto de candidatos corría el peligro de perder los derechos de elección de por vida. Para evitarlo a menudo cometía el fingal, es decir, el asesinato de su propia familia. Este era el peor crimen de todos porque no cabía posibilidad de venganza legal o de compensación. Para evitar esta circunstancia, se elegía un heredero (tánaise ríg ) mientras viviera el rey. En la práctica, este heredero era la persona con más vasallos a su favor. Las ramificaciones del fine hacen que sea fácil entender por qué las familias nobles irlandesas se preocupaban tanto por conservar la genealogía.

La sociedad celta estaba claramente estratificada y jerarquizada. La categoría social dependía tanto de la riqueza como del nacimiento y era posible subir o bajar de escalafón según estas variables. El hecho de poseer cierta cultura también favorecía la distinción social ya que, por ejemplo, los áes dána, o clase cultivada, disfrutaba del mismo rango social que la aristocracia. Posteriormente, el clero cristiano también tendría dicho privilegio. Un ollam, o poeta destacado, o un juez tenían la misma condición que un obispo o el rey de una tuath. También era posible que una persona no libre progresara y llegara a alcanzar la libertad, realizando un trabajo especializado como, por ejemplo, el de herrero, médico o arpista. Todos los hombres libres poseían tierras y las subdivisiones entre ellos dependían de su cantidad.

Cuando hablamos de una sociedad jerarquizada nos referimos a un orden social más o menos rígidamente estratificado, donde la desigualdad entre los individuos se convirtió en un principio legal aceptado por todos. La mayoría de los hombres era libre –había pocos esclavos–, aunque no iguales. En la cúspide de la tuath estaba el rey, originalmente un personaje sagrado que justificaba su descendencia en deidades ancestrales. Su sucesión, como hemos dicho unas líneas más arriba, estaba abierta, en principio, a cualquier miembro de su dinastía familiar dentro de las cuatro generaciones más cercanas. Entre las funciones más importantes del rey cabría destacar la de dirigir a su gente en la guerra y la de presidir el óenach, asamblea convocada habitualmente, en la que la población de la tuath se reunía para despachar asuntos tanto públicos como privados. Lo que no podía hacer el rey era actuar como juez, ni tampoco promulgar leyes, excepto en situaciones de emergencia. Para ello estaban los brehons 4, jueces instruidos en las leyes tradicionales. Estas leyes, según los brehons, eran expresión de la ley natural, por lo tanto, las leyes cristianas, que llegarían más tarde a Irlanda, solo podían añadir conceptos, pero nunca eliminar los ya existentes.

Después del rey venían los grados de nobleza, los cuales básicamente distinguían a dos tipos de ciudadanos: los de origen noble y los plebeyos. La aristocracia era la clase guerrera, pero también eran los mecenas de los poetas, los artistas y los artesanos. Existía también una clase intermedia entre la nobleza y los plebeyos: los hombres de las artes (aes dána), es decir, los abogados, poetas, historiadores o músicos. Más tarde, cuando el cristianismo fue aceptado, los clérigos fueron incluidos en este grupo. Por lo que respecta al plebeyo, las leyes definían claramente sus derechos y deberes, esto es, realizar las labores, pagar sus impuestos al rey y recibir protección del rey de turno.

Los irlandeses tenían una economía agraria bastante simple y no utilizaban monedas acuñadas. La unidad de valor básica era un sét, un becerro joven. El cumal, una esclava, equivalía a seis séts. El valor del cumal o del sét solía igualar a sumas calculadas en siclos 5 o en onzas de plata. El cumal se utilizaba también como forma de medición de tierras.

En una sociedad eminentemente agrícola, los nobles también eran agricultores. El elemento que distinguía al aristócrata era el déis, esto es, la posesión de vasallos y la autoridad e influencia que ejercía sobre ellos. Estos vasallos podían ser nobles u hombres libres, los sáer-chéili, y tomaban prestado ganado de su señor que se llevaban a sus tierras. Pagaban por esto unos precios muy altos además de acompañar al señor como parte de su dám o séquito. Otro tipo de servidumbre se daba con el dáer-chéili o céile giallnai que aunque pagaba unos precios más bajos por el ganado, estaba obligado a pagar una renta anual en comida y a realizar ciertos servicios domésticos. También se veía en la obligación de acomodar graciosamente a su señor y su séquito cuando estos así lo requirieran. Esta cadena de servidumbres hacía que nobles que tenían su propio séquito formaran al mismo tiempo parte del séquito de un señor más poderoso, por ejemplo de un aire túise, que era el más alto grado de nobleza. El que ostentaba esta categoría, el toísech 6, era el jefe de un gran grupo de nobles aristocráticos. Este entramado de relaciones interdependientes entre aristócratas y hombres libres permitía cierto grado de orden en una sociedad en la que no existían ni fuerzas policiales ni la concepción actual de estado.

A la vista de los datos aportados, algunos historiadores han llegado a la conclusión de que la anarquía reinaba en Irlanda antes de que llegaran los vikingos. Pero lo interesante del caso irlandés es comprobar cómo un sistema legal basado en el derecho consuetudinario y no en sanciones estatales, formulado y aplicado por una prestigiosa casta de profesionales, los brehons, podía funcionar. Estas comunidades patriarcales veneraban las sagradas tradiciones ancestrales. Dentro de una tuath estos juristas mantenían su autoridad, aunque les resultaba más difícil cuando se trataba de conflictos inter tribales violentos. En estos casos eran al menos capaces de aportar recursos para el acuerdo pacífico de conflictos que iban desde una simple tregua hasta la creación de una serie de procedimientos legales para los propósitos en los que se veían inmersos.

En cuanto a la guerra, debemos concebirla de una forma totalmente distinta como la consideramos en la actualidad. Durante el periodo pre-vikingo muy pocas de las guerras que los Anales (Annals) relatan implicaban una conquista, una ocupación o el derrocamiento de una dinastía tribal. Algunas de ellas simplemente eran expediciones de castigo por parte de un rey superior para cobrar tributos que no habían sido satisfechos por un rey subordinado. Debido a que la riqueza se basaba en la cantidad de ganado poseída, la violencia se aplicaba a este y, por consiguiente, las razias adoptoban la forma de incursiones para robarlo. Así, la mayoría de las guerras consistían fundamentalmente en la apropiación de ganado con el fin de saldar deudas. Estas guerras, y aunque parezca sorprendente para nuestros patrones, suponían en realidad un intercambio más en las relaciones intertribales, algo parecido a una competición entre guerreros aristócratas. Todo el mundo las aceptaba más o menos como algo natural y sería un error tomarlas más en serio a como lo hacían los nobles que luchaban en ellas. G.K. Chesterton ilustraba esta idea en el siglo xix con los siguientes versos:

“The great Gales of Ireland

Were the men whom God made mad,

For all their wars were merry

And all their songs were sad” 7.

La sociedad celta ha sido calificada en varias ocasiones como una sociedad conservadora, aunque este es un adjetivo que puede llevar a equívocos. Conservador aquí es sinónimo de rígido. Las costumbres celtas una vez establecidas eran raramente alteradas y quienes se preocupaban por mantenerlas eran los filid. Algo que sorprende también de la sociedad celta es su genuino interés por el concepto de honor. La ley celta se basaba en el trato justo y en la verdad que, junto con el rango social, lo eran todo.

La evolución política de la Irlanda celta se sitúa entre dos momentos: la existencia de cinco reinos iguales y autónomos en tiempos de Conchobar Mac Ness, rey del Ulster y, según la leyenda, contemporáneo de Cristo, y la fundación del reino de Meath en 483 con capital en Tara. La época de Conchobar se conoce como Aimser no Coicedach, o ‘el tiempo de los cinco quintos’. Irlanda estaba dividida en los reinos de Connaught, Ulster, Munster, Leinster del Sur con capital en Dun Aillinne y Leinster del Norte con Tara como capital.

Tara siempre es tema de discusión. La literatura habla continuamete de cinco reinos, pero menciona específicamente solo cuatro. Tara se considera ese quinto reino, aunque nunca compartió la importancia de los otros. Sus reyes ejercieron su influencia a nivel local, en el ámbito nacional. La idea de un único rey de Irlanda (High King of Ireland) que gobernara desde Tara es un mito. Lo que sí mantuvo Tara fue una posición central en la cultura celta. El rey que gobernara desde allí disfrutaría de un prestigio simbólico que ensombrecería a cualquier otro. Quizás el lugar donde se encuentra Tara, y debido a alguna asociación desconocida, fue un lugar sagrado y permaneció así durante toda la prehistoria. La única analogía conocida y aproximada podría ser la de Camelot en Gran Bretaña.

De todas formas, los celtas irlandeses no limitaron sus movimientos a Irlanda. A partir del siglo iii, estos empiezan a realizar una serie de incursiones en la Britania romana. Los escritores romanos los van a llamar hibernii, attecotti, o scotii. Este último término define bien la concepción que se tenía de dichas incursiones, puesto que el término scottus parece designar a gentes que se dedicaban a las escaramuzas –también se suele traducir como ‘corredores’–. Los irlandeses no se detuvieron en Gran Bretaña. También marcharon sobre el continente. San Jerónimo habló de las incursiones de los attecotti, hombres bárbaros a los que atribuyó crueldades y costumbres abominables. Debido a su importante número, en ciertas ocasiones incluso fueron reclutados al servicio de Roma.

Los documentos irlandeses nos muestran otra lectura de dichas invasiones. No hablan de bandas de merodeadores, sino de expediciones de guerra dirigidas por reyes. La más antigua se atribuye al rey Crimthann Nia Fair, que, según la leyenda, habría reinado sobre toda Irlanda entre los años 74 y 90. Otra expedición notoria sería, en el siglo v, la del famoso rey Niall ‘el de los nueve rehenes’ que coincidió con las campañas en la Galia y Britania del general romano Estilicón de quien se dice que tuvo que luchar contra una verdadera invasión irlandesa. No solo se limitaron a realizar incursiones en los territorios antes mencionados, los celtas irlandeses también se establecieron en ciertas partes de Britania. Así, a partir del año 300 encontraremos a los Uí Liathain en Cornualles, a los Dal Riada del Ulster en Argylshire y las islas vecinas, o a los Goidelos en Gales, por poner algunos ejemplos. Allí se mezclaron con los indígenas y sus costumbres. Esta aventura ‘colonizadora’ duró hasta mitad del siglo v cuando los reyes de Irlanda renunciaron a sus expediciones conforme los bretones empezaron a recuperar terreno en Gales y Cornualles.

Los tratados legales no reconocen un rey único irlandés hasta el siglo viii. De todas formas, en el siglo v, Niall ‘el de los nueve rehenes’ y sus hijos rehicieron la división política de Irlanda en cinco regiones al establecer nuevos reinos en el norte y en las tierras medias. Estos, los Uí Néill, se autoproclamaron reyes de Tara después de vencer en el año 483 en la batalla de Ocha, lo cual supuso también la separación de la dinastía de Connaught de la dinastía suprema, la cual quedaba íntimamente ligada a la posesión del condado de Meath, donde se encuentra la ciudad de Tara. Lo importante de los Uí Néill es que con ellos la escena política en Irlanda cambia. Pidieron a Leinster el pago en ganado de grandes tributos, el bóruma. Como el rey de Leinster era técnicamente un rí cóicid, este no debía pagar ningún tipo de tributo. El bóruma nunca se pagó gustosamente y muchos de los reyes de los Uí Néill fueron derrotados en batallas que se libraron al intentar cobrar dicho tributo.

Mientras todo esto pasaba, Munster se encontraba dominado por la dinastía de los Eóganacht. Esta se hallaba dividida en varios grupos estratégicamente situados por toda la provincia, dominando de esta manera a antiguos pobladores de esas tierras. El rey de cualquiera de los grupos dominantes podía ser elegido rey de Cashel. Parece que este lugar fue desde el principio un lugar cristiano y muchos de sus reyes fueron también obispos o abades. El condado de Clare había sido arrebatado a Connacht a principios del siglo v y los Eóganacht lo habían colonizado. Al principio los Eóganacht ignoraron las pretensiones de los Uí Néill, pero empezaron a alarmarse cuando estos empezaron a interferir en Leinster. Fue a mediados del siglo ix durante la crisis que provocaron las invasiones vikingas cuando Máel Sechnaill I, de los Uí Néill del sur, llevó a la práctica la institución del reino supremo de Irlanda (High Kingship). En el año 851 se aseguró la sumisión del rey de Ulaid, y unos años más tarde sometió también al rey de Osraige. A continuación invadió Munster y toda la provincia le rindió vasallaje. También asesinó al rey y obispo de Cashel.

2 Sobre el origen de este héroe existen varias teorías: la primera dice que su verdadero nombre era el de Setenta y que provenía de una tribu británica conocida como los Setantii; la segunda afirma que pertenecía a una tribu sometida, la Tuath Tabairn.

3 Tanto Tara, como Emain Macha y Dun Ailinne fueron construidos durante la Edad de Bronce y aunque las leyendas definen estos lugares como grandes y suntuosas fortalezas, muy probablemente se trató de lugares rituales que posteriormente se utilizaron para reuniones anuales. Para más información véase H. Kearney, The British Isles. A History of Four Nations

4 Esta palabra proviene de la palabra irlandesa brithem que significa ‘juez’ y que se aplicaba a aquellos que dominaban la Brehon Law.

5 Moneda de plata usada en Israel. Unidad de peso usada entre babilonios, fenicios y judíos.

6 Una derivación de este término –Taoiseach – es, curiosamente, el apelativo con el que oficialmen- te se alude al primer ministro irlandés desde la creación del Estado Libre de Irlanda (Irish Free State) en 1922.

7 Los grandes gaélicos de Irlanda / fueron hombres que Dios creó locos, / porque todas sus guerras eran alegres / y todas sus canciones, tristes.

La controvertida romanización de Irlanda y la introducción del cristianismo

Hablar de la presencia romana en Irlanda no implica la desaparición de la población de origen celta. Como en todos los lugares del planeta, las oleadas de nuevos pobladores llegan, se instalan y, dependiendo de ciertos factores, se mezclan con la población nativa, los someten durante más o menos tiempo, crean una élite que maneja los destinos de los ya residentes antes de su llegada, o los conquista y coloniza, etc. Las posibilidades son varias e Irlanda no escapó a ninguna de ellas a lo largo de su historia. Con la llegada de los romanos a Irlanda se inician una serie de invasiones que van a configurar lo que Irlanda es hoy, un lugar donde, a pesar de la insistencia de algunos, la mezcla y el intercambio entre pueblos ha tenido claras consecuencias muy positivas al igual que algunas otras no tan beneficiosas.

Los romanos en Irlanda

En el año 58 a.C., Julio César comenzó su famosa campaña de las Galias. En ese momento el poderío celta en la Europa continental prácticamente había desaparecido. Solo en la Galia y en las islas Británicas había sobrevivido, pero ese año vio el principio de la batalla final. La civilización romana resultó ser catastrófica para la tradición celta. Según César, la experiencia había demostrado que la palabra escrita provocaba la pérdida de la memoria. En Europa la sociedad celta había basado la transmisión de su conocimiento en la tradición oral. La poesía era, por ejemplo, un basto compendio de composiciones en verso, estructuradas para facilitar la memorización y después la retención. Su función principal era la de transmitir las tradiciones de forma oral. El aplastamiento de las clases profesionales celtas supuso casi una instantánea evaporación de las raíces y su continuidad. Sin su pasado los celtas fueron absorbidos dentro de la tradición romana. Cuando final- mente el Imperio romano cayó en el siglo v, la mayoría de la vida celta había desaparecido completamente en la Galia, pero no en Irlanda donde permanecía con una idiosincrasia muy fuerte.

In my view the answer is overwhelmingly ‘yes’ –the Romans did invade Ireland 8. (R. Warner)

Ireland, which the Romans did not attempt to conquer […] (Hugh Kearney)

Como se puede comprobar por estas citas de dos especialistas en la Irlanda pre cristiana, la cuestión sobre si la isla fue invadida –incluso se habla de dos invasiones– por el Imperio romano, o no, todavía sigue pro- duciendo discusiones debido, aparentemente, a la falta de evidencias concluyentes sobre este asunto. La pureza celta de irlanda esconde ciertas perversiones políticas muy interesadas. Irlanda, país muy ligado a su cultura celta y que lo distingue de su vecinos insulares británicos, se siente muy orgullosa de su herencia y la ha utilizado como rasgo de distinción cultural y política. Este hecho ha provocado que, desde muy diversos foros y desde hace siglos, tanto eruditos como políticos hayan querido ver en su pureza celta un factor más de enfrentamiento y separación con los británicos y un marchamo de su carácter nacional. Para que cualquier afirmación adquiera cierto valor indiscutible, hay que dotarla de hechos históricos que la corroboren. De eso se han encargado historiadores, arqueólogos y burócratas a lo largo de los siglos, ya que realizaron una fructífera tarea hasta que empezaron a aparecer restos que pueden demostrar que los romanos sí invadieron Irlanda. Para mantener la versión oficial, se habla de ocultación de evidencias, de negativas a realizar excavaciones o de abandono de excavaciones comprometedoras.

De hecho, la gran cantidad de literatura escrita sobre este tema nos llevaría a pensar que la teoría de la invasión es ficticia, aunque investigaciones más recientes y nuevos hallazgos arqueológicos empiezan a decantar esta versión inicial hacia el polo opuesto. Así, nos encontramos con tres posturas sobre el mismo tema. Por un lado están los que sostienen el completo aislamiento de la isla respecto a Roma; por otro, los que aseguran que lo que existió fue un contacto pacífico entre la civilización celta irlandesa y la romana desde el siglo i al siglo v; y, por último, estarían los que apoyan las tesis de la invasión. Al margen de polémicas, lo que es evidente es que la influencia de Roma se dejó sentir a lo largo y ancho de Irlanda, siendo la introducción del cristianismo la más importante de ellas.

Los primeros datos que hablan de la posible invasión de Irlanda aparecen en la biografía de Cneo Julio Agrícola, general del Ejército imperial romano, escrita poco después de su muerte por el historiador Publio Cornelio Tácito. La información que Tácito nos da es de primera mano ya que, aparte de ser amigo de Agrícola, escribió dicha biografía en el año 98 de nuestra era, solo cinco años después de la muerte del general cuan- do su memoria todavía estaba reciente, circunstancia que sugiere que lo allí narrado es de lo más fidedigno. Si creemos en lo que dice Tácito, Agrícola, que así se titula la biografía, apoyaría las tesis de una invasión romana de Irlanda. Tácito nos cuenta en el capítulo 24, dedicado a Irlanda, que en el año 82 Agrícola llegó a dominar tribus anteriormente “desconocidas”. Además, añade que los comerciantes estaban familiariza- dos con los puertos irlandeses y que Agrícola tenía buenas relaciones con un rey exiliado de Irlanda y que esperaba utilizarlo en su propio beneficio cuando surgiera la ocasión.

Otra fuente de origen romano hace referencia a una invasión romana de Irlanda. Esta vez es el poeta Juvenal en su Satirae. Debido a que Juvenal no era un historiador, su afirmación suele ignorarse como fuente fiable. Sin embargo, es muy probable que esta obra se escribiera solo diez años después de la muerte de Agrícola cuando, al igual que con la biografía escrita por Tácito, la memoria todavía estaba muy fresca como para manipular los hechos. Y para confirmar las palabras de Juvenal, en 1934 se produjo un hallazgo bastante interesante. Nos referimos al descubrimiento de una olla de origen romano-británica a 150 millas de la costa oeste de Irlanda por parte de un barco arrastrero galés que probablemente no sea posterior al siglo ii de nuestra era, lo cual viene a reforzar el comentario de Juvenal de que los romanos navegaron más allá de las costas irlandesas.

Existen varias teorías sobre dónde se produjo el desembarco de esta primera invasión romana. Según Gudeman, esta partió desde Uxel-lodunum (Stanwicks), pasó por la isla de Man y llegó a algún lugar al sur de Donaghadee, cerca del lago de Belfast (Belfast Lough). En un lugar de esta zona de Irlanda, llamado ‘Loughey’, se encontraron hacia 1850 una gran cantidad de objetos romanos del primer siglo de nuestra era relacionados todos con un enterramiento. La importancia de este sitio es crucial debido a la escasez de enterramientos romanos en Irlanda y a que puede atestiguar la presencia romana en Irlanda donde se produjo el desembarco del que habla Gudeman.

Otra teoría sobre la llegada a Irlanda sitúa a Chester como punto de partida y los condados alrededor de Dublín como llegada. En el año 79, Agrícola comenzó a construir el fuerte de Deva, cerca de Chester, con la intención de controlar a las recién conquistadas tribus galesas y, de camino, según algunos historiadores, lanzar desde allí la invasión de Irlanda. Por las grandes dimensiones del campamento se cree que estaba preparado para albergar a más tropas de las necesarias para controlar la zona. Por lo tanto, algunos autores proponen que este espacio sobrante estaba pensado para alojar a las legiones que realizaron la invasión. Otro dato que refuerza la idea de la partida desde Chester es que todas las expediciones que se realizaron hacia Irlanda a partir del siglo xii partieron desde allí, probablemente como réplica de esos primeros viajes romanos. Para afianzar aún más la teoría de Chester, tendríamos que decir que los condados al norte y sur de Dublín es donde más restos de origen romano se han encontrado en toda la isla. J.D. Bateson realizó una investigación, dada a conocer en 1973, en la que localizó los vestigios más puramente romanos encontrados en la isla y típicos de una invasión, es decir, aquellos que muy probablemente llevarían las tropas de ocupación. La mayor concentración de dichos instrumentos de los siglos i y ii se localiza en la región de Dublín.

También es interesante hablar de los posibles integrantes de esta expedición ya que pueden añadir evidencias a la teoría de la invasión de Agrícola. Teniendo en cuenta las costumbres romanas en la región británica, es muy posible que este ejército estuviera formado por tropas romanas y auxiliares. Estas últimas incluían soldados de origen celta provenientes de Gran Bretaña o de otras partes del Imperio y que normalmente llevaban a cabo las misiones más peligrosas o se situaban en primera línea en la batalla, práctica que Agrícola desarrolló durante su estancia en Gran Bretaña y que fue totalmente novedosa en esa época. También es muy posible que los romanos utilizaran aliados de la región, incluidos algunos expatriados de Irlanda, para mandar misiones reconocimiento o para ponerlos de avanzadilla antes de que llegara el grueso de las tropas. Esta estrategia la confirma Tácito cuando menciona que Agrícola tenía muy buenas relaciones con un rey exiliado de Irlanda.

Las leyendas irlandesas desde el siglo ix al xvii se refieren con frecuencia al mito de Tuathal Techmar. Este fue un rey irlandés exiliado en Gran Bretaña que decidió volver a recuperar su nombre y su reino. Tuathal derrotó a las diferentes tribus irlandesas en diversas batallas, impuso un tributo a los Laighin y forjó su reino en las tierras medias orientales que se conocieron como Midie. La fecha que los Annals of the Four Masters [Crónica de los cuatro señores], cronología de acontecimientos sucedidos en Irlanda escrita en el siglo xvii, dan para la vuelta de Tuathal es la del año 76, curiosamente coincidente con la de Tácito.

En cualquier caso, necesitaríamos más evidencias materiales para con- firmar estas suposiciones. R.B. Warner nos habla de varias. La primera sería el enterramiento de Lambay, una pequeña isla frente a la costa del condado de Dublín. Allí, durante la década de 1840, se encontró una moneda romana. La segunda evidencia nos lleva unos años antes de 1860 cuando se descubrió una banda decorada en oro que data de la segunda mitad del siglo i d.C. El tercer y más importante descubrimiento ocurrió en 1927 cuando se hallaron muchos objetos relacionados con diversos enterramientos. Los objetos de Lambay provienen de un ambiente muy romanizado, de carácter militar y que coinciden en el tiempo con la posible invasión de Tuathal y vienen a confirmar la teoría de que la región de Dublín fue el lugar desde el cual se produjo dicha invasión.

Existe otro lugar, también en la zona cercana a Dublín, donde se encontraron gran cantidad de restos de origen romano. Hablamos del fuerte descubierto en el promontorio de Drumanagh, a unos veinte kilómetros al norte de Dublín. En la década de 1950, se encontraron diversos artilugios de origen romano que con el tiempo se perdieron así como los que posteriormente se sacaron en la década de 1970, por no hablar de las desastrosas consecuencias del expolio realizado durante la década de 1980 cuando se supo que el yacimiento podía poseer piezas importantes. Y todo esto sin ninguna protección gubernamental. A pesar de la escasez de materiales conservados, se tienen evidencias de que estos indican una presencia romana contundente en esta área durante los primeros siglos de nuestra era. No solo este yacimiento demuestra la presencia romana en Irlanda en esta época, sino también todos los materiales encontrados en los alrededores y en la región de Leinster tales como el enterramiento militar en Bray Head, a unos kilómetros al sur de Dublín, o el civil de Kildare. El monte de Drumanagh no solo estaba muy bien situado desde el punto de vista estratégico, sino que también suponía un lugar muy adecuado para el desembarco de las tropas invasoras. Hay una cosa bastante evidente y es que la configuración del fuerte en Drumanagh es prácticamente idéntica a la de otras fortalezas romanas de la época en Gran Bretaña.

Se carece de pruebas concluyentes sobre la invasión, aunque son muchas las evidencias que podrían llevar a pensar que esta sí sucedió. Durante la segunda mitad del siglo i, se daban las precondiciones para una invasión: una política imperial expansiva, el poderío y el éxito del Ejército romano en Gran Bretaña, o la fortificación de zonas costeras cercanas a la costa irlandesa. Agrícola podría haberse convertido en el perfecto catalizador para transformar dichas precondiciones en realidad. Por último, los restos arqueológicos de la invasión existen: enterramientos de soldados de aquella época portando armamento romano, un fuerte que corresponde a ese periodo y muy similar a los de Gran Bretaña en esa época con innumerables restos romanos, y restos por toda Irlanda, aunque especialmente en las zonas cercanas al fuerte, de una gran cantidad de objetos romanos. Si nos basamos en todos estos datos podríamos decantarnos por la teoría de la invasión.

Incluso si la invasión se hubiese llevado a cabo, lo que está claro es que esta no supuso una presencia constante de los romanos en Irlanda, sino que más bien parece que se limitó a expediciones de reconocimiento o simples razias. La fecha de esta primera invasión puede situarse alrededor del año 82 de nuestra era. El punto de partida de la invasión podría haber sido Stanwicks o la zona de Chester y el de llegada la región de Belfast o la de Dublín. También es probable que no hubiera solo una invasión ya que los materiales y enterramientos romanos de tiempos posteriores sugieren que podría haber habido una segunda incursión en el siglo iii que trajo consigo, por ejemplo, la creación de Cashel en el condado de Tipperary, cuyo nombre parece derivarse de la palabra latina castellum.

De las excavaciones que Françoise Henry dirigió en las islas Inishkeas –condado de Mayo– en los años cincuenta del siglo xx, podemos extraer interesantes conclusiones sobre diversos aspectos de la vida en Irlanda en la época romana. Se descubrió que los habitantes de esas islas producían y tintaban ropa de lana de color púrpura allá por el siglo vii