Jamey - Damien Purple - E-Book

Jamey E-Book

Damien Purple

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Beschreibung

Jamey muere algún día en algún lugar del mundo, fruto del acoso en el instituto. Sin embargo, ¿un hecho irrefutable, basado en el dolor, podría ser sustituido por una historia paralela? Con el telón de fondo de Jorge Luis Borges, que decía que el olvido es la única venganza y el único perdón, Olvido encrespa sus pestañas ante el boudoir victoriano que da al crepúsculo barcelonés. Aquella noche ocurriría el Monster Ball, uno de los espectáculos más esperados del año. En su imaginación pululan las colinas de Valparaíso, impregnadas de densa niebla y viento, de sueños y alegorías añejas, los brazos fuertes de Lionardo recorriendo esas mismas colinas tan suyas, y el planteamiento de por qué ese boudoir revestido de oro y rubíes falsos no brilla en demasía en aquel atardecer. Más tarde, Olvido no acude a la fiesta y sus amigos irán en su búsqueda en un sueño forjado. En ese sueño se dará el amor entre Daniel y Alejandro, la perspicacia divina de la monja Aramís, la pasión oculta por la estética de Marisa. Siguiendo la retórica del absurdo en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, y contemplando las dimensiones de los laberintos y los espejos de Jorge Luis Borges, los amigos deberán pugnar por no perderse a ellos mismos en la búsqueda, en caso de que toda búsqueda no constituya, per se, en una flagrante perdición.

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Seitenzahl: 294

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Damien Purple

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-205-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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La figura de Jamey Rodemeyer me acompaña a diario desde su muerte, quizá porque no ha muerto: sigue vivo en mi alma y en mi memoria. Esta novela me ha sacado del infierno; me ha servido para infligir luz en el miedo, para descorrer las cortinas del desgarro, para sanar de una manera augusta y profunda. Me he empapado de lecturas nutrientes, como la antología vital de Gabriela Mistral, Aurora Leigh de Elizabeth Barrett Browning, o la poesía completa de Jorge Luis Borges. He tomado a Jamey de la mano y juntos nos hemos perdido por esos vericuetos longitudinales espaciales; nos hemos contemplado en esos espejos que muestran la primera esencia, hemos perecido por los laberintos de la memoria y el futuro, nos hemos subido en la moto al ritmo de Heavy Metal Lover y hemos paseado por las galaxias; rodeados de sonido, de música. Este relato también es una oda a la capacidad sanadora de la música, es un canto al álbum Born This Way, que a ti tanto te gustaba, Jamey.

Algún día acudiremos llorando a las puertas del paraíso y seremos olvidados.

Barcelona, 25 de junio del 2022.

Damien Purple

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CANTO QUE AMABAS

Yo canto lo que tú amabas, vida mía,

por si te acercas y escuchas, vida mía,

por si te acuerdas del mundo que viviste,

al atardecer yo canto, sombra mía.

Yo no quiero enmudecer, vida mía.

¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías?

¿Cuál señal, cuál me declara, vida mía?

Soy la misma que fue tuya, vida mía.

Ni lenta ni trascordada ni perdida.

Acude al anochecer, vida mía;

ven recordando un canto, vida mía,

si la canción reconoces de aprendida

y si mi nombre recuerdas todavía.

Te espero sin plazo y sin tiempo.

No temas noche, neblina ni aguacero.

Ven igual con sendero o sin sendero.

Llámame adonde tú eres, alma mía,

Y marcha recto hacia mí, compañero.

Gabriela Mistral, Lagar

Preludio

«Clara, que estás en los cielos».Era algo así como naufragar en el olvido. Después de perder el sentido, de dejar escapar los días y la memoria, solo quedaba un monte inmenso frente a Clara, un accidente trivial en medio de una naturaleza inamovible. «¿Por qué debo relacionarme ahora con este nuevo mundo? ¡Era feliz en mi propio mundo! ¿En qué momento el destino me obligó a volver a tierra?». Miró y vio hadas, nenúfares y extensiones marinas flotando, y le pareció maravilloso. «En el otro mundo, el del olvido, no hay espacio para la sorpresa. Causar una impresión me recuerda que sigo viva». Avanzó a tientas, pues la luna dejaba un deje de soslayo, una sombra, en cada rayo de luz, de modo que no podía verse donde antes sí. La anatomía de los sueños parecía revelarse en cada ápice de ese monte hirsuto; en cada alga, en cada destello, en cada mirada marmórea. Una sustancia viscosa empapaba el suelo y dificultaba el avance: el rencor. «Miraré hacia otro lado y veré luz». Al este había una luz blanca que dificultaba aún más la visión: lo pletórico. «Encontraré un punto intermedio y lograré distinguir algo».Viró hacia el oeste y encontró un cofre repleto de tesoros colgando en un arrecife. El cielo anaranjado eclipsaba la impasible aurora y, en el fragor de las olas, su cara era rociada con una leve espuma. El cofre desprendía aromas que evocaban la amistad, la generosidad y la compasión hacia los demás y uno mismo. Quiso acapararlos todos, olerlos a la vez sin tratar de distinguirlos, pero una ola sacudió el cofre y de él emanaba ahora la fragancia de la celosía, el ultraje y la decepción. Clara sintió frío y se aferró a su chaqueta, una gran concha marina de color coral. «¿Y ahora qué voy a hacer en este nuevo mundo, si he cambiado el amor por odio?». Miró al cielo y escuchó silencio. Después, volvió a mirar al monte y escuchó una melodía, cuyo origen buscó hasta el atardecer: se sumergió en abismos verdes, en cuevas purpúreas escondidas en selvas tropicales, en lagares amarillos de tanto sol, en ausencias inabarcables de tragedia y desvarío. Y halló un timbre de voz, un rayo de luz que sacudía la atmósfera, y se dejó caer por el despeñadero del alma. El abrigo se hizo transparente y una voz conocida llamó a Clara para invitarla al monte de los espíritus; era su propia voz, aquella de la niñez, incorporándose en la eternidad.

Inicio

Cada golpe es como un vendaval que sujeta mis estandartes más añejos y los empuja hacia un insondable abismo solitario.

Después de eso, ya no queda nada más que un silencio aplastante. Es algo más callado que un niño a punto de suicidarse; algo más que una ballena derribándose hacia el infinito, hacia las profundidades de lo inhóspito. Se trata del silencio.

¿Habrá amor en lo incierto? ¡No amaré nunca más, no entregaré el azul del cielo al amado que muere y cae por el precipicio inescrutable!

Este espacio es para amarme a mí mismo, este es mi tiempo.

Persistirán los colibríes agujereando las alturas marinas.

Hay oraciones que traspasan los mundos, que continúan multiplicándose en el hazmerreír del tiempo. El fuego eterno es un buen lugar para enfurecer la moda. ¿Dónde estará Jesucristo en este abismo labial? Hay intersecciones notables entre los brillos y la libertad.

El marino eterno puede recorrer los mares en una motocicleta vieja y usada, puede adentrarse en los océanos inhóspitos con una mirada azul y proyectar sobre ellos un mundo.

No necesito más que una motocicleta usada para conquistar tu amor, con ella llegaré a la cúspide de tu gloria; tras unas ostentosas gafas de sol ocultaré mi furia.

Mi amor llegará a todas partes: ¡a las puertas de la iglesia, si fuere preciso! No hay gloria infinita en un ajustado traje marino. Estos entes supremos pretenden dominar mi verdad.

El dorado de mi mirada podrá llegar al fondo del mar; el púrpura desgastado en las tinieblas volverá a emerger fuerte, drásticamente.

Todo el cuero del mundo no es suficiente para desgastar todo el amor que siento por ti.

En esta noche eterna, podré acariciar el vértice que une los astros; tras ellos me esconderé para siempre.

Cuando escuche el verdadero silencio no podré parar de llorar, y algo nuevo nacerá en lo apartado.

¡Si al menos pudiera amar lo apartado, las azucenas de mis raíces! Si al menos consiguiera eso, habría valido la pena haber nacido, pero no es posible. Son palabras ridículas que esconden la verdad, porque la verdad también se esconde, como el maligno.

¡No se trata de amarte a ti mismo! Ellos quieren que me odie a través de ese deseo; que me pervierta en las líneas oscuras de su maldad y caiga. Quiero romper los moldes y caer por mí mismo, desengranar las trenzas de los motivos, comprender la base del tiempo.

Sin embargo, no entiendo nada. Estoy más muerto que vivo; y, divagando entre las angustias, puedo casar ciertos conceptos con otros. ¡Esos sujetos no quieren que case nada! Quieren que termine con todo lo que me ocupa; quieren flagelar mis pestañas inauditas, taladrar los témpanos de hielo que me tapan y disparar hacia el fondo de un pozo que nadie conoce.

¡Si al menos en este infierno discurriera alguna nota de color! ¡Si al menos una lluvia iracunda sujetara estos pesos pesados que me ahogan por un momento y todo callase, al fin!

Las fortalezas de mi corazón son páramos sedientos; un montón de nubes ociosas discurren por ellos, surcan los cielos a lomos de un unicornio monstruoso, lleno de belleza y de formas tangentes.

Arden mis venas de angustia y pasión, hay un dios presente que marca el tempo de mi vida; no sé a qué voz obedece, a qué impulso responde. Todo estará bien cuando le atraviese el cráneo, cuando pueda entrometerme en lo que no me incumbe y socavar la bestia que el mundo lleva dentro. Aquel día se llenará el universo de cruces sangrientas, de augustas avenidas circulares que gemirán por el dios eterno, por el reciente descubrimiento de la superficie inexpugnable.

Un nuevo dios emergerá del silencio, pronunciará un nuevo discurso etéreo y se destruirá a sí mismo a través de las palabras.

La palabra es destrucción tarde o temprano, cada escrito es un acto propio de redención.

Escribo cartas, algunas.

Las destruyo y no vuelvo a saber de ellas.

Paso horas escribiendo cartas que luego rompo.

No tienen destinatario, ¡no lo creo!, pero suelo imaginar que, tras la hoja en blanco, hay alguien escuchando, quizá un ser onírico. Quizá un monstruo.

Puedo ver un jirón de estrellas cabalgando en la inmensidad, lo preceden dos guías de la misma naturaleza, el bien y el mal. Apenas ha avanzado unos pocos metros cuando se revuelve en su armadura interestelar; es noche cerrada y una voz susurra: «¿Puedo cambiar todo esto? ¿Podría hacerlo desaparecer para siempre?, ¿hacer que se perdiera en las hendiduras infinitas, absorbentes, de un agujero negro?, ¿desecharlo como basura espacial en el confín de los tiempos, en el confín de mi ayer o de mi memoria?».

De repente, todas estas preguntas fueron opacadas por una voz clara y firme, que proclamaba el fin de los tiempos, la llegada inminente del Apocalipsis. Esa voz histriónica, vulgar, fue respetada por el mismísimo Adán y su subalterna Eva, quienes se postraron ante ella y lloraron conjuntamente. El acto de llorar conjuntamente por un mismo fin es algo prolífico, ¿no crees?

El jirón estelar descendió los proclives escalones del Parnaso, sintiendo el eclipse lunar que derrochan los poetas, y no sintiéndose contento con asaltar la morada del conocimiento occidental, disparó al corazón de las mentes que pugnaban por impedir su futuro más inmediato; disparó al amor, ese amor que punzaba en lo más profundo.

Se abrió el monte a los hijos del tiempo, a todo aquello perecedero; sangre, hierro y hollín. Mostró su estómago opulento, repleto de historias milenarias, de música y pasiones, y comenzó a parir un montón de pequeños jirones de la misma naturaleza, que comenzaron a dividirse por toda la antigua Grecia.

En medio de la soledad y la oscuridad más absoluta, había alguien bailando.

¡Qué desacato a la moral! Los diminutos jirones comenzaron a reproducirse fuertemente en número, y en poco rato alcanzaron los millones, que sobrepasaron los límites del antiguo imperio y alcanzaron a toda la civilización.

Fueron llegando silenciosamente, tras un acto estentóreo de luz fugaz, casi extinta, y fueron asentándose hasta los confines de la Tierra.

La música celestial rebotaba en el Parnaso, como si aquello se tratara de un único recinto musical en la faz de la Tierra, como si se erigiera como la única discoteca universal; como la única morada digna para los desplazados de todas partes y por todos los motivos: religiosos, étnicos, culturales, de raza, etc. El Parnaso era, más que nunca antes, el templo de los dioses.

Se cubrieron los cielos de frondosas nubes negras y llegó Hades, enviado por el tiempo. Venía en un carruaje alado, tirado por dos unicornios de lomo color azabache y cuernos plateados, siendo dorada la diminuta punta de estos. En su prolífico y ostentoso vuelo, el dios del subsuelo había dejado encerrada a Perséfone en un lugar que no recordaba, oculto en el tiempo, menguando así la posibilidad de un futuro rescate. Poco parecía importarle aquel minúsculo asunto olvidadizo, tan minúsculo quizá como las puntas de oro de sus dos bestias, pues la magnificencia y opulencia en sus gestos era descarada.

El monte se llenó de oscuridad, de la misma oscuridad que lo había opacado por siglos, y las luces blancas que habían arribado previamente comenzaron a mutar en oscuras almas crueles.

La misma voz histriónica, y a la vez calmada, volvió a hacerse oír en el confín de los tiempos y el espacio, ordenando a los habitantes que mutaran en almas blancas de nuevo, imponiéndoles la redención. Esto enfadó a Hades, que decidió volver en búsqueda de Perséfone para castigarla.

Las almas del Parnaso comenzaron a brillar indistintamente, y de modo desigual, de modo que algunas pugnaban por volver a la luz y lo conseguían, y otras peregrinaban irrefutablemente en su propia oscuridad; llorando a gritos, riendo a carcajadas.

Hicieron su aparición las musas, quienes llegaron muy atareadas, insuflando el halo de la vida en las almas del monte, sin distinguir si estas eran blancas o negras: las musas creían que todas las almas tenían potencial creativo. Algunas apreciaban tal acto y otras lo despreciaban. Algunas engendraban historias y pasiones; y otras, silencio y soledades.

Más tarde volvió a aparecer Hades, quien venía despotricando contra Perséfone y sus infinitas traiciones, «¡es su naturaleza, pero yo soy superior a ella!»; la traición no contenía un núcleo en sí, era un pasatiempo en el transcurrir vital. Había traición prácticamente en todo, casi hasta en el respirar. La vida no constituía nada fidedigno, todo se desarrollaba bajo el halo del absoluto misterio; incluso en el Parnaso, que desde fuera aparentaba ser un lugar ideal.

Sin embargo, todo parecía curarse con una pizca de amor o, al menos, este nutría las almas cuando se sentían compungidas y apartadas.

¡Oh, sí! ¡El amor y su manto opaco de plenitud, apenas instantáneo!

Si pudiera tan solo rozarse… «¡He llegado para amarte a ti! ¡He llegado para entregarme a ti!», proclamaba el amor a los cuatro vientos, soslayando al mismísimo Jesucristo.

«Si al menos pudiera bailar… —susurró una de las luces—. Si al menos pudiera discurrir ladera abajo de este monte, flotando, ensalzando las virtudes y los vicios, naufragando en un continuo sinsentido… Si al menos lograra eso, ¡todo sería tan sencillo, tan llevadero! ¡Bailar! ¡Oh, solo bailar! ¡Qué acto tan puro! Existir siendo ajena al mundo, perder la sensibilidad por un instante…».

Era el turno de Afrodita, quien apareciósin aspavientos, exigiendo amor y que las almas se postraran ante los placeres de la carne; ella había dejado a Ares en pos de aquella misión. Las almas más puritanas se negaron y el resto comenzó a revolcarse. Estaba aproximándose el atardecer, con su horizonte anaranjado extendiéndose grotescamente en trazas por el cielo, y los susurros de Calíope hacían vibrar las ramas de los pinos.

Mi nombre es Jamey y hace un tiempo terminé con mi vida. Hay muchas formas de morir, sobre todo de morir en vida, así que mi drástica decisión no fue más que un bálsamo para aliviar todo lo que me estaba pasando entonces. Ahora que ha pasado el tiempo, puedo contemplar desde la distancia todo aquello: ese páramo de desolación y barbarie, ese paisaje teñido de claroscuros y de augustas, ínfimas luces.

Sobre ese páramo de desolación tenemos todo el libro para conversar, así que voy a iniciar con un recuerdo alegre, quizá con lo más hermoso que recuerdo de mi breve tránsito por aquello que llamamos vida.

El Monster Ball llegaba a Nueva York después de un recorrido exitoso por el mundo occidental. Se puede decir que llegaba a casa, para ser compartido con los monstruos neoyorquinos. No obstante, yo era un chico de Búfalo, un lugar desconocido para la amplia mayoría de europeos, que solo piensa en una ciudad enorme al oír Nueva York y no imaginan que el estado neoyorquino es aún más enorme e inhóspito. ¡Y hablando de lo inhóspito! Yo vivía a las afueras de Búfalo.

Ya sabemos cómo es la población de las afueras de una gran ciudad: absurda, se constituye como el intento de algo. Sin embargo, todos somos parte de este mundo: del Parnaso a Búfalo solo hay un instante.

No hay distancias entre mi corazón y el tiempo; entre mi alma y la música, que me nutre y reconforta.

Obviamente, había escuchado todas las canciones de The Fame y The Fame Monster, los dos álbumes que estaban sacudiendo el mundo en aquella época remota, quizá no tan remota, ¡en la prehistoria! ¿Por qué algunos creen que hemos avanzado en tan solo una década? No hemos cambiado tanto; es más, creo que hemos involucionado en derechos sociales y personales.

El colectivo LGBTIQ+ sigue siendo señalado y sigue viéndose normal el tratar a los gays como anormales, aunque la mayoría de la población trate de disimularlo. No creo que hayamos llegado a conseguir cierta normalidad; en muchos casos, se trata solo de una fachada, y no es para menos, pues diluir dos mil años de patriarcado heterosexual normativo es una empresa ardua, ¡aunque ha habido avances!

El Monster Ball… ¿qué es?, ¿qué fue? Recuerdo que estaba viviendo en una nube de oscuridad, algo que parecía evocarse antes del inicio del show: todo estaba oscuro a mi alrededor, pero millones de luces iluminaban el recinto; millones de anhelos y deseos, ¡de estandartes macerados de fuerza y piedad! El griterío conjunto espantaba cualquier mal espíritu, cualquier ensoñación absurda que pudiera perturbar el ánimo; el jolgorio era simplemente espectacular.

Me había perfumado con una fragancia muy fresca, Calvin Klein, y todo el mundo olía muy bien: olía a aromas frutales, dulces; otros más arrogantes, enérgicos, sensuales. Las fragancias se mezclaban con el aroma a palomitas recién hechas, que devoraban los glotones niños y los abuelos, y con la pestilencia del olor a cerveza.

Todo ello contribuía a formar esa nube soñolienta en la que estaba metido y de la que no quería salir jamás. Esa nube constituía mi salvación, mi única escapatoria momentánea.

No solo había escuchado los todopoderosos Poker Face y Just Dance,singles que habían llegado hasta el actual Sudán del Sur y se habían paseado con contundencia por Madagascar o Tonga, también me había documentado acerca de sigilosos temas como Paper Gangsta o Money Honey. Así que era digno del espectáculo que estaba a punto de iniciar, ¡era digno de la vida!

No voy a explicar el show porque fue una pasada, ¡todo el mundo lo sabe! Fue lo más. Gaga apareció como una diosa griega, como Afrodita, por supuesto, montada en unas botas repletas de brillo y unas tiras que creaban dibujos en el aire, gafas de color púrpura, peluca de un amarillo fosforescente y una chaqueta con unas hombreras de otro mundo, púrpura también. Cada vez que se giraba, sus glúteos nos daban una cachetada que aceptábamos gustosamente.

No solo apareció como una Marilyn moderna, también rindió tributo a Carroll y su Alicia en un momento del show en que se mostró afectada y perdida, perseguida por un tremendo monstruo marino que quería su amor.

¿En qué consiste la libertad? Es uno de los grandes temas existenciales y también uno de los grandes tabúes. No puedo concebir la libertad como una camisa de fuerza a la que amoldarse obligatoriamente, por los prejuicios sociales o los estándares convencionales; creo que la libertad es un rasgo de expresión de la conciencia humana; y en la comunidad LGTBIQ+, nuestra expresión está completamente adulterada: es algo trágico, poético… Por ello quizá muchos hayamos devenido artistas. ¿Por qué es así en nuestra comunidad? En la sociedad, desde el estandarte más elevado hasta el mortuorio, se nos exige que nos comportemos como hombres y a las mujeres que lo hagan como mujeres. Cualquier rasgo que sobresalga de esa crucifixión es aniquilado por la condena social: en la escuela, en el instituto, en el supermercado, en la estación de tren, en la administración tributaria, etc.

Se nos hace culpables de manera indirecta de la amplia mayoría de males: de las enfermedades venéreas, de las actitudes viciosas, de ser el engendro del mal, de ser terriblemente y sensiblemente humanos.

Por eso, cuando Gaga grita «¡Quiero tu mal romance!» está constituyendo el doble la condena: para nuestra comunidad es sinónimo de estar diciendo «Quiero amarte sin miedo al VIH, a los comentarios de los demás, a la muerte encarnada en el paso de los días; quiero amarte sin estar muerto en vida».

Está hablando del sentimiento criminal de sentirte culpable sin haber matado una mosca; de vestirte con un fabuloso vestido corto, de subirte en unos tacones estratosféricos e ir, navegando en ellos, a comprar el pan a la vuelta de la esquina; de esquivar el cachalote social que se aproxima dispuesto a aniquilarte. Esos tambores de guerra que se oyen en la canción son el griterío de la propia vida, la existencia atolondrada por el grotesco devenir de los sucesos, la muerte personificada en cada acto finito aun sin haber comenzado, la venganza ejemplarizante del maligno.

Para exorcizar los demonios, hay que enfrentarse a ellos. Enfrentarse sin miedo al caos, sin miedo a la derrota que desciende por las plácidas praderas, balbuceando maldiciones en arameo.

Han intentado cambiarme tantas veces…, disfrazarme de algo que no soy, persuadirme para que fuera infiel a mi camino y a mi memoria; para que destruyese mi futuro más cercano, para que aniquilase mi pasado y mi presente más instantáneo, para que deplorase mis propios sentimientos, y con ello, mi propia naturaleza.

No hay un único culpable, así como nunca hay un único verdugo, todos somos medianamente cómplices del destierro de las almas a su propia perdición; por no escuchar, por no atender las súplicas de los vientos. Somos tan inconsistentes en nuestras acciones que estamos destinados a morir prontamente y a ser olvidados con aún más rapidez por todo —la brisa, las golondrinas que alguna vez nos vieron correteando felizmente desde el firmamento— y por todos.

No hay traición alguna en mi corazón de arcilla, mi alma está determinada por los decididos contornos de la nuez, que unen destierros añejos, que recubren desiertos y dunas pasadas.

El siete de julio hacía un calor de mil demonios afuera del Madison Square Garden. Habíamos llegado a la ciudad el día anterior con mi hermana Alyssa, para empaparnos de la esencia neoyorquina antes del show. Pienso que Nueva York es el templo de la humanidad: no solo es una de las ciudades mundiales que nunca duerme, también es el centro de lo que ocurre en nuestro mundo occidental. Yo soy Nueva York, y todo aquel que luche por algo, si quiere, también puede serlo. Entonces, ¿qué es el Madison Square Garden? Nuestra capilla eléctrica, nuestra Electric Chapel.

Noshabíamos puesto en marcha una semana antes, habíamos conducido hasta Toronto y dejado el coche ahí, y desde allí tomamos un vuelo hasta la ciudad. ¡Nunca olvidaré aquella semana previa al concierto! Viajábamos con la maleta cargada de sueños. Antes de cruzar a Canadá, nos detuvimos en las cataratas del Niágara; esa fuerza fluvial que desciende, capaz de arrebatarnos nuestros más hondos pesares; esa energía poderosa que confluye en varios pozos de la tierra, que se desplaza por varios atisbos apenas instantáneos.

Alyssa cantaba fuertemente al lado de la cascada; apenas podía oírla, su voz era opacada por la poderosa naturaleza. Sin embargo, un destello de su voz era suficiente para aplacar toda la furia fluvial; un solo relámpago nacido en su garganta era suficiente para desafiar al implacable mundo.

Aquel día estuvimos en la cima de la CN Tower y paseando por la increíble Toronto. Desde allí podía sentir los susurros del inicio del show: «di-di-di, di-di».¡Es el sonido del paraíso! El paraíso en la Tierra es el Monster Ball. Llegó la noche ceñida de implacables sonidos y luces; destellos purpúreos inundaban la ciudad y seguía oyendo en mis adentros ese futurista «di-di-di, di-di».¿Puede una rubia platino, sujetándose el cabello a dos manos, gobernar este planeta nuestro, este orbe descarriado? ¿Pueden su pose única, sus raíces áureas, su mirada colorida incidir en la danza impenetrable de los astros?

Puedo oír al mundo auditando las cuentas de mi amor; clavándome la amarga daga de la traición, deshuesando mis más sentidos anhelos, desmenuzando mi abandonada esperanza emblandecida. Puedo sentir todo eso mientras me acuesto en el regazo de mi diva, mientras descanso en su decidida mirada estentórea, mientras naufrago en el coloso de su piel, mientras desciendo por los caminos impenetrables del Parnaso: mientras desgarro la poesía.

Mi hermana enhebra la aguja del cantar de los ángeles en cada acorde. Alyssa es más que mi hermana, es una gran amiga. Su cabello dorado me conduce a los brazos de la gloria. Amo ver incidir la luz del sol, la lanza del mediodía sobre esta ciudad inmensa. Estábamos sentados en un banco, en uno de los acogedores parques, frente al lago Ontario, viendo las nubes, deshilachadas en frondosas y desiguales masas, avanzar a través del cielo. La música que salía de sus dedos invitaba a un sueño profundo; a un sueño reparador, conciliador, cuyo deseo se incrementaba ante la plenitud del intenso azul del lago. La pequeña marea discurría dulcemente frente a nosotros, como el abismo del futuro más inmediato.

No sé dónde está Dios, pero desde algún lugar debe de estar viéndonos; quizá desde el iris de mis ojos, desde las pupilas del tiempo, desde la noche acorazada que guardo en el ayer o desde este intempestivo sol que proclama el mediodía.

Este inmediato rubor en mi piel evoca el recuerdo de Alejandro. He vivido tratando de averiguar quién es ese ser. No lo he logrado. Alejandro es el alba aclarada, en aquel preciso instante en que un filo de nube roza la esfera incandescente. Es el blanco tardío, el abrazo opaco, también la escarcha amordazada penetrando en los resquicios de mi ser.

Me ha besado tantas veces… ¡Hemos jugado con nuestros espíritus tan drásticamente!

Me ha hecho daño.

Ha perforado hasta llegar a rozar la rosa inerte, me ha elevado a los cielos hasta llegar a atisbar el rubor en las mejillas del arcángel Gabriel.

¡Me ha soltado, dejado ir, dejando en mí un rocío inextinguible, un aroma indescifrable!

Me ha atado con una soga bendita, llevándome despacio hacia los contornos de los caminos del Señor.

Me ha vestido con unas medias rotas negras, ha extinguido mis adentros con un manto de azabache puro, de sombra exacta e inaudita.

Me ha observado con sus prismáticos galácticos desde distancias remotas, he asido el rosario entre mis piernas, ¡se ha escurrido entre mis esmirriados dedos!

He besado sus distinguidas partículas, pétalos mustios del mañana.

Ha hecho que me postrara frente a él contra la pared; juntos hemos descubierto un nuevo universo, universo de tiempo y laberintos y besos; universo de nosotros.

Ha visto mi reflejo de niño aturdido e incólume en el espejo; me ha hecho llorar y reír.

Me ha dicho que jamás pronuncie su nombre, para que esa montaña magnánima que hemos creado juntos no se extinga, para que nuestros suspiros no sean devorados por el polvo que crea el devenir del tiempo, el transcurrir de los sucesos.

He conocido lo que es morder el polvo; caer despiadadamente por un precipicio cuyo final es desconocido hasta por las bestias marinas, por lo más insólito de nuestra mitología y pasado comunes.

Conozco la depravación que causa la soledad y la languidez que provoca en el espíritu el paso de los días, cuando el tormento persiste y el dolor es insufrible.

He caído varias veces por ese precipicio, que no es sino muchos: quebradas supersónicas, abismos insondables… Todo ello constituye el corazón de las tinieblas.

Voces a mi alrededor proclaman «Todo irá mejor, Jamey, todo esto va a sanar»; y, al final del día, al inicio del crepúsculo, reconozco que se trata de mi propia voz predicando en el desierto.

No hay voces, no hay una humanidad, solo hay dolor y existe mi propia alma asustada.

El monstruo tiene tentáculos infinitos, que abarcan miles de millas marinas, y se nutre de miles de litros sanguíneos y de esperma; el monstruo de la resignación, la culpa y la pena infinita. Aquel monstruo lleva por nombre «desolación».

Sin embargo, en aquellas planicies desérticas, en aquellos laberintos sinuosos, he podido hallar leve consuelo.

De repente, asolaba un ávido fotógrafo repleto de flashes, alguien que quería retratar y retractar lo sucedido. Aquel hábil ser disfrutaba con el transcurso de mi agonía, y ello me hacía sentir que mi dolor disminuía, que lo estaba proyectando en esa otra persona: a través de la imagen, de la sucesión de ideas captadas en un instante, del retrato único y sencillo, podía sentir que mi calvario era humedecido con agua de rosas.

¡Monstruo de la fama, disfrutaste con la crónica de mi muerte anunciada! ¿Dónde está Jesús con su cruz ensangrentada, rodeado de ángeles y sueños plácidos? ¿Dónde está el paraíso en este infierno terrenal? Quisiera ser Dafne, para perderme en los tentáculos infernales de Apolo. No se trata de ser una efigie de la sumisión, ¡quiero decidir en qué tentáculos perderme!

Nueva York nos esperaba en su habitual celda de enervado cemento, la típica sensación de confusión en las calles, ¡todo el mundo yendo hacia ninguna parte! Alyssa me guiaba con su guitarra interestelar. Después de almorzar en un Starbucks —café y sándwich, ¡lo mejor de lo mejor!—, nos acercamos al Madison Square Garden. Aquel cinco de julio, la gente estaba toda loca en la fila; «¡Esta noche dormimos aquí, mañana es el día!», proclamaba un pequeño monstruo con dos latas de una bebida energética pegadas a los hombros, a lo Telephone.

Otra chica venía de discutir con sus padres por teléfono, pues a ellos no les hacía ninguna gracia que llevara acampando una semana para algo tan ridículo como un concierto. Andrea sacó su cuaderno para revisar exhaustivamente si se había cumplido con el protocolo durante su ausencia. «Compra de bebidas energéticas: check. Compra de sándwiches: check. Limpieza y ventilación de colchones: check».Todo parecía estar en regla; sin embargo, su nariz aguileña de sabueso le hacía dudar. Levantó unos colchones y vio hojas secas aplastadas y manchas de restos de bebida. «¡Joder, tío, os he dicho que todo tiene que estar limpio! ¿Cuesta tanto limpiar un poco?».

Había venido expresamente desde Madrid para el show, había estado ahorrando desde hacía un año. Pedía —más bien, suplicaba— horas extras en la tienda de ropa para incrementar esos siete euros netos la hora y que cundiera para el viaje a Nueva York. Siempre había querido visitar esa ciudad tan cosmopolita, donde cada uno podía hacer lo que quisiera, ¡donde todo el mundo pasaba de todo el mundo! Algo bastante similar a su Madrid natal. Aunque siendo del populoso barrio de Lavapiés, todo cambiaba: eso era una jungla de chismorreos y decadencia; esta jungla era mucho mejor.

—Anda, ¿tú quién eres? ¡Mira que eres guapo! ¿También vienes al show?

—Oh, sorry, I’m Spanish. Neither Colombian nor Bolivian… European! You know… Sacred Family and Real Madrid. You’re so cute and you too! —dijo, señalando también a Alyssa.

—Thank you so much! —respondimos ambos.

—Are you nervous?

—¡Estamos tan contentos! —dijo Alyssa—. Casi puedo sentir el beat de la música desde aquí.

Podía ver la vida discurriendo alegremente frente a mí, y a Alejandro, la muerte, acomodado en aquella esquina; con una mano «en su bolsillo» y la otra revisando el móvil, quizá contemplando cómo lucía su cara en la pantalla.

Alejandro me decía con la mirada «Disfruta tu vida, pronto vas a estar en mi regazo».Nunca entendí ese halo de lujuria y desdén; ese vaho silencioso que arrastra siglos de podredumbre y desdicha, esa angustia revuelta con una esperanza que no termina de fructificar, esas ideas lúgubres y poco acarameladas, ese sentimiento atroz que amenaza constantemente con terminar, de una vez por todas, con todo, pero ¿cómo podría disfrutar una vida ya condenada desde el inicio? ¿Cómo podría disfrutar en una sociedad siendo condenado por dos mil años de historia reciente?

¿Dónde podría edificar mi Parnaso artificial y encumbrar a Alejandro, moldeado a mi antojo? ¿A qué hora podría rugir junto a Apolo en su carro celestial? ¿A qué hora vendría la muerte, agazapada, a tomar posesión de mis raíces, a opacar mis sueños, a deshilachar tristemente el cúmulo de pensamientos y palabras no dichas que es mi voz?

¿En qué compartimento estético se daría aquello? Ojalá alguien me avise algún día, para no entrar allí, para sustituir esa tenue decisión por ir a comprar unos jeans nuevos, por ejemplo; pero Alejandro me dice con la mirada que «las campanas están sonando y los chicos se están besando».

Nos despedimos de Andrea y fuimos al Empire State Building, a deleitarnos con las vistas. Puedo recordar ese atardecer en esta hora sangrienta. Recordar la mirada cristalina de Alyssa enfocándose tras la ventana eterna, acompañada de la música que evocan los sentidos.

Recordar el paso del tiempo plasmado en ese atardecer cualquiera, en ese arcoíris revestido de anaranjado, desplegándose fuertemente en el horizonte.

Soñar con esa acumulación insustancial de agua, el río Hudson, que tiene una forma similar a la de Chile y recorre los astros de la Tierra.

Soñar que algún día Alejandro se fijará en mí y me besará en el horizonte, sin miedo al mundo ni pavor por la historia. Soñar que los sueños crecen sin miedo, que no hay astillas en el camino ni clavos en esta cruz sedienta de mí.

Podremos amarnos hasta el fin de los tiempos si ponemos de nuestra parte, si no nos dejamos avasallar; si avanzamos, decididos, a conquistar nuestros propios corazones.

¡Resucitaré esta flor marchita, no estoy mintiendo! Seré María y, con mi magdalena —¡no estoy mintiendo!—, cavaré un desierto profundo en él que le hará auscultar el mundo tras de mí; que le hará arrodillarse y posar su oído en el suelo milenario, ante las araucarias compañeras a través de los siglos, hasta que mi canto chirríe y opaque la plena existencia. ¿Por qué mi voz se parece a eso: a un chirrido, a un quejido, a un grito desesperado que nadie parece oír?

Quisiera adoptar algún resquicio de amor en mi minúscula alma, por último engendrarlo y hacerlo crecer, pero me dominan el dolor infinito y la angustia, que opacan y oprimen mi pecho, haciéndolo bastión incontrolable.

No hay escapatoria posible; las posibles soluciones emergen y brillan por un instante, como estrellas fugaces recorriendo mi interior discretamente, y mueren después, dejándome desprovisto de razones y con el mismo alma en pena.

Escapatorias efímeras, suspiros inefables.

Es en el hecho de escribirlo, de pintarlo en el aire, de lograr expresarlo con palabras, cuando me siento más liberado, o menos oprimido, si se quiere.

Necesito explicar el augusto, implacable descenso de mi alma hacia el purgatorio de Dante, hacia el lugar donde revolcarse en la maldad y tristeza absolutas, hacia el encuentro con la magnánima desolación.

No lograré acallar abismos, solo pereceré en esta noche absurda, descarrilaré como el ave que es golpeada por el fuego, como el niño que es insultado en el recreo. Me fundiré con el imperante sol, imperio de la verdad, y caeré quemado vivo en el horizonte marino.

Seré olvidado cuando llegue llorando a las puertas del paraíso.

Después de todo eso, moriré, seré olvido, quedará extinguido cualquier nexo de unión terrenal y espiritual, devendré musgo nuevo y rocío cristalizado; pero antes de dejarme desarropar por la desesperanza, que constituye el ayer, aún puedo retozar en este lecho de muerte: todavía puedo sentir brotar un nuevo brío en mí, un nuevo ímpetu inmaculado, puedo ver un rayo de luz extinguiendo la irreparable soledad. ¡El Monster Ball va a comenzar!

Hay algo tenaz en el mero hecho de bailar, es algo así como mirarse ante el espejo y reconocerse, aunque sea por un momento, plasmado en la irreparable consistencia lunar.

Algo así como naufragar tras haber recorrido varios planetas, tras haber llamado a varias puertas sin obtener respuesta, tras haber descendido varios eslabones en la pirámide celestial.

Y, mientras desciendo y me elevo en el inframundo, el mundo continúa su indoloro proceder.

Los actos continúan sucediéndose intachablemente. El reloj avanza soslayando las anémonas que contemplan, misteriosas, el fondo de la superficie.

En un grito vampírico, mi alma enclaustrada pide ser liberada. Se trata de rugir en la oscuridad, mientras contemplo las obras de Dios desde el monte Pisga, ¿dónde están las tablas de mi libertad?

En estos sueños áridos, puedo sentir la brisa seca, el aliento del diablo en la nuca.

Cuando volteo no hay nadie, ha desaparecido el griterío y solo queda el inmisericorde silencio volteando los cofres de la eternidad, pero en el Parnaso se produce el movimiento; sigue revolviéndose ella