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Es llamativo que, dentro de la extensa producción editorial acerca de los autores del liberalismo clásico, apenas se haya abordado la cuestión social, en contraste con la profusión de estudios dedicados a la teoría económica y política. Con Jaque mate liberal, José Luis Saz Casado, atendiendo a su experiencia en el campo de la economía y las políticas públicas, ha querido llenar este vacío, cuya consecuencia práctica inmediata es que "flota en el ambiente popular y divulgativo que los padres liberales exigían una desatención a la cuestión social. No es así". Este ensayo histórico-filosófico aborda cómo y por qué se ha llegado a dar por hecho en nuestros días, incluso desde las propias filas liberales, que la cuestión social había quedado al margen en los planteamientos clásicos del liberalismo. ¿Acaso ignorar un elemento propio de la tradición liberal, como es la cuestión social, no deja abierta la puerta para que otros se apropien de esta bandera? "El resultado de este exhaustivo repaso de los pensadores clave del liberalismo es que este cuenta con un poderoso elenco que valida la acción social, incluso la de los gobiernos, y no como una cuestión caritativa, sino como una genuina muestra de fraternidad humana. El libro viene así a reparar una injusticia enorme que pretende amputarle al liberalismo una dimensión muy importante". (Del prólogo de John Müller)
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Seitenzahl: 514
Veröffentlichungsjahr: 2021
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José Luis Saz Casado
Jaque mate liberal
La traición al liberalismo clásico
Prólogo de John Müller
© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2021 © del prólogo: John Müller Este libro ha sido publicado con la colaboración de la Fundación Basilio Paraíso
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección Nuevo Ensayo, nº 82
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
Impresión: Cofás-Madrid
ISBN EPUB: 978-84-1339-391-9
Depósito Legal: M-4524-2021
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
Prólogo
Introducción
I. Bosquejo del liberalismo político
II. La moral como fundamento de la obligación política en materia social
John Locke
Los padres liberales prerrevolucionarios
Kant: el Estado obligado indirecto a proteger la dignidad humana
Independentismo EE. UU.
III. La fundamentación utilitarista de la intervención social del Estado
David Hume: el humanitarismo es un deber político por su utilidad
Adam Smith: la beneficencia política como sostén del orden social
Tocqueville: la igualdad de condiciones es un requisito democrático
John Stuart Mill: la conveniencia social como filtro de justicia
IV. La interdicción de la acción social del Estado
Jacques Turgot: pobreza y pobre, dos asuntos diferentes
Benjamin Constant: contrario a cualquier intervencionismo social
Wilhelm Humboldt: la ayuda social quebranta la dignidad humana
Frédéric Bastiat: la solidaridad política es un robo de esfuerzos
Herbert Spencer: la selección natural aconseja no ayudar a los ineficientes
V. La dislocación liberal
La reconfiguración del paradigma liberal
Conclusión
Bibliografía
A quienes respetando la libertad ajena construyen una vida propicia con su libertad.
«No hay modo más eficaz de traicionar una causa que colocar el énfasis del argumento en un lugar equivocado y, al mantener una posición insostenible, garantizar el éxito y la victoria del adversario».
David Hume,Ensayos Políticos (1741)
Prólogo
Por un liberalismo desnudo (integral)
«El liberalismo hizo el mundo moderno, pero el mundo moderno se está volviendo contra él». Con esta frase, la revista The Economist arrancaba su «manifiesto para renovar el liberalismo» que ocupaba la portada del ejemplar del 15 de septiembre de 2018 con ocasión de su 175º aniversario. Considerada durante décadas como uno de los productos periodísticos más atractivos del planeta, The Economist ha sido también un estandarte del liberalismo económico y aunque ha ido basculando suavemente a uno y otro lado con el paso del tiempo, la impronta liberal que le impusieron figuras tan polémicas e intelectualmente potentes como Herbert Spencer, quien fuera su subdirector entre 1848 y 1853, no ha desaparecido.
El editorial continuaba diciendo que «Europa y Estados Unidos se encuentran inmersos en una rebelión popular contra las élites liberales, a quienes se considera egoístas e incapaces o indispuestas a resolver los problemas de la gente común». A The Economist no le falta razón. Como corriente política, el liberalismo hoy despierta entusiasmo entre los jóvenes en su etapa de formación, pero después no acaba de cuajar electoralmente. De hecho, la mayoría de los grandes partidos liberales —existía uno en cada país importante de Occidente a finales del siglo XIX— ha acabado subsumida en otras corrientes políticas que han sido capaces de interpretar más fielmente los deseos de la opinión pública.
Como línea de pensamiento económico, la conversación liberal ha sido monopolizada por diversas corrientes, algunas de las cuales, como el monetarismo, se han situado en el corazón del conocimiento económico, pero también hay otras, como la escuela austríaca, que el mundo académico tiende a poner bajo sospecha y a marginalizarla en sus discusiones. Por último, desde el ángulo filosófico, que es de lo que trata principalmente este libro, el liberalismo goza, como se suele decir popularmente, de «una mala salud de hierro».
Y que este libro se dedique a una exploración filosófica sobre el liberalismo, con evidentes consecuencias políticas y económicas que no se explicitan para dejarle margen al lector, me brinda la oportunidad de hacer un contrapunto personal del que pido que se exonere al autor. Hoy, en muchos ámbitos, cuando se habla de liberalismo parece que estuviéramos hablando casi exclusivamente de cuestiones económicas. Esto sucede por muchas razones. Una, de no poco peso, es que muchos de los pensadores liberales importantes de España son economistas. Qué duda cabe de que las ideas liberales modernas, las que empezaron a fluir hacia España a contar del Plan de Estabilización de 1959, tenían básicamente que ver con la economía. Sin embargo, esto ha generado un déficit de planteamientos liberales en otras áreas, como las relaciones personales, las cuestiones territoriales y administrativas, la ecología o el derecho a la vida.
Tenemos así un mundo socialmente conservador que se reclama liberal únicamente en lo económico y un mundo que se dice liberal en lo social, pero que es profundamente intervencionista y conservador en lo económico. Es lo que, con una imagen muy de andar por casa, suelo denominar «liberales de cintura para arriba» y «liberales de cintura para abajo». De hecho, es muy difícil encontrar un liberal coherentemente desnudo.
Otra razón que ha llevado a este «reduccionismo economicista» —expresión que se utiliza en el libro— es que muchos economistas han convertido en un hito importante de su ciencia los trabajos de Adam Smith, en concreto su obra La riqueza de las naciones (1776), ignorando todas las aportaciones anteriores, particularmente las de la Escolástica y en concreto las de la llamada Escuela Española de Economía del siglo XVI. Esto ha convertido los libros de Adam Smith en lugar de peregrinación de economistas que han realizado las interpretaciones más diversas de su obra.
Sin duda, como reconoce el autor, el liberalismo actual ha pagado un elevado precio por esa excesiva identificación con la Economía. Pero, además, fruto de la supuesta victoria sobre el totalitarismo comunista que significó la caída del Muro de Berlín, se instaló una complacencia que ha traído flojera de ideas y mucho conservadurismo. Eso ha impedido, por ejemplo, percatarse de que cada día que China se consolida como una próspera potencia económica el liberalismo sufre la caída de su propio Muro porque va ganando terreno la idea de que es posible la prosperidad económica renunciando a las libertades civiles.
Que muy poca gente se muestre beligerante ante esta situación porque China es el gran abastecedor mundial de tecnología y de productos de consumo masivo, es una tragedia moral. Los que crecimos en la dictadura del general Augusto Pinochet en Chile ya vivimos algo parecido y no podemos recordar más que con frustración y vergüenza que dos figuras indiscutidas del liberalismo como Friedrich von Hayek y Milton Friedman prefirieron no pronunciarse sobre un régimen que vulneraba las libertades y derechos individuales a cambio de que se permitiera a sus discípulos reformar la economía con las ideas del libre mercado, ideas que, por cierto, eran totalmente ajenas a unos militares que eran fundamentalmente nacionalistas e intervencionistas.
Hayek y Friedman visitaron Chile con el ánimo encogido —no se sabe qué les habían contado sus anfitriones—, pero ambos, particularmente Friedman, profetizaron que las libertades económicas terminarían, tarde o temprano, abriendo paso a las libertades políticas. Pero el economista de Chicago solo lo dijo cuando se estaba subiendo al avión para marcharse de Chile y la censura no permitió que la opinión pública conociera sus palabras. También es verdad que, afortunadamente para los demócratas chilenos, el experimento económico liberal solo alcanzó su plena expresión en términos de crecimiento y prosperidad a partir de 1989, cuando Pinochet dejó la Presidencia y Chile se reinsertó en el mundo como una verdadera democracia liberal.
Probablemente Hayek y Friedman tuvieran en mente que el retablo de pensadores liberales está lleno de contradicciones. John Locke, que quizá haya escrito algunas de las páginas más bellas sobre la libertad humana, vio cómo la coyuntura política lo obligaba a postergar la publicación de algunas de sus obras, y aceptó que le retribuyeran con acciones de la Royal African Company, que gestionaba el comercio de esclavos africanos para Inglaterra.
Sin embargo, pese a todas estas consideraciones, creo que la afirmación inicial del primer capítulo de este libro es completamente cierta: «Cualquier sociedad moderna en que la convivencia sea razonable es tributaria del liberalismo político. Esa es su tarjeta de presentación». Porque es cierto que, desde que surgieron, las ideas liberales perfilaron la dignidad humana de una manera como ninguna religión o ideología había hecho hasta el momento, redactaron constituciones para limitar el poder del gobierno, echaron los cimientos del Estado de derecho actual, convirtieron la igualdad de derechos en un dogma jurídico universalmente aceptado, crearon la separación de poderes y generaron una prosperidad y un progreso social nunca visto. El liberalismo ha sido el gran instrumento de la igualación humana desde la independencia de EEUU (1776) hasta nuestros días, primero de los derechos y después de las condiciones materiales.
Pero el liberalismo también ha tenido y tiene poderosos enemigos. Primero, algunos sistemas religiosos, cuyo orden social fue subvertido profundamente. Con la Iglesia católica y otras confesiones cristianas ha habido una relación compleja y cambiante, con momentos de confrontaciones y enemistades que se alternan con otros de mayor entendimiento y comprensión. Más aun el islam radical, con su intolerancia extremista, rechaza el liberalismo y combate sus valores revistiéndose de un falso pluralismo cultural. Después, las monarquías autoritarias y despóticas, y los conservadores que las sustentaban se han declarado enemigos del liberalismo. Y más tarde, los partidos totalitarios, tanto los de corte nazi y fascista, como los de raigambre marxista a través de sus partidos y sindicatos. A la lista hay que agregar a dictadores, autócratas y populistas de todo signo. Y, por supuesto, a algunos empresarios y directivos que en realidad se oponen a la libre competencia y se sienten mucho más cómodos en el capitalismo clientelar.
La supuesta falta de sensibilidad social del liberalismo es una cuestión muy antigua. Ya fue disputada en el siglo XIX básicamente por algunos intelectuales socialistas alemanes que la denominaron como «Das Adam Smith Problem» (el problema de Adam Smith). Para estos autores, no era coherente sostener la noción de «simpatía» por la suerte de los demás que figura en La teoría de los sentimientos morales de 1759 y el egoísta «interés propio» que es el motor del desarrollo económico en La riqueza de las naciones.
La cuestión quedó zanjada para la mayoría de los estudiosos con la publicación, en 1976, de las obras completas de Smith que calificó el asunto de «pseudo-polémica». Someramente diremos que ni el concepto de «interés propio» de Smith es sinónimo de «egoísmo», ni la noción de «simpatía» encajaría con nuestra idea moderna. Pero, sobre todo, la beneficencia que pueda surgir de esa «simpatía» es un imperativo moral, no legal. El asunto tiene una importancia relativa porque, como decíamos antes, hay una línea académica que considera que la ciencia económica se inicia realmente con La riqueza de las naciones.
Pero ni los adversarios ni los errores hermenéuticos son los únicos responsables del problema que este libro pretende subsanar que es, según declara el autor, el hecho de que se haya generalizado la idea de que «la causa liberal desatiende el intervencionismo en materia social». La cuestión es concreta y se aborda desde una perspectiva filosófica con una abundancia de citas que da cuenta del enorme trabajo de investigación desarrollado por José Luis Saz Casado, quien acude a un amplísimo canon de autores liberales para demostrar su hipótesis.
La selección de esta nómina de pensadores es una de las limitaciones que el libro debe asumir antes de comenzar la tarea, así como su marco temporal. El criterio usado es perfectamente admisible. Estoy de acuerdo en que Stuart Mill y Spencer marcan el cierre del liberalismo clásico y dan paso a los liberalismos del siglo XX. Fijar el inicio en Locke no solo coincide con lo que dicen las encuestas y el consenso académicos, sino que brinda la ocasión de conectar las ideas de la Escuela Española de Economía de los siglos XVI y XVII con el tronco liberal principal porque no cabe duda de que Locke conocía las nociones desarrolladas por Juan de Mariana y otros escolásticos, o al menos se familiarizó con ellas durante sus viajes por Francia y los Países Bajos.
Por otra parte, Saz Casado nos ofrece una clasificación totalmente novedosa de los autores según su posición respecto de la acción social, que se aparta de la división tradicional entre iusnaturalistas y utilitaristas. Esto genera tres bloques de autores, los que asientan la ayuda social en el derecho natural, los que la justifican en la utilidad social y los que directamente la niegan. Como resultado, puede haber iusnaturalistas en los tres grupos porque el criterio de segregación es su motivación a la hora de aceptar la acción social.
El resultado de este exhaustivo repaso de los pensadores clave del liberalismo es que este cuenta con un poderoso elenco que valida la acción social, incluso la de los gobiernos, y no como una cuestión caritativa —noción más bien religiosa—, sino como una genuina muestra de fraternidad humana. El libro viene así a reparar una injusticia enorme que pretende amputarle al liberalismo una dimensión muy importante. No creo, sin embargo, que se pueda llegar a la caricatura de sostener que estos autores aprobaran cualquier tipo de intervención o fueran casi socialdemócratas, como algunos autores como Fleischacker, Milgate o Rothbard han llegado a sostener respecto de Adam Smith de quien han dicho que era casi socialista o un falso liberal. Las ideas de todos estos pensadores incluidos en este libro trabajan genuinamente en el sentido de ampliar la libertad del hombre.
Es difícil que el liberalismo tenga un futuro si, como advertía The Economist en 2018, se convierte en un conjunto de ideas que han tomado cuerpo en instituciones inamovibles, que se resisten a cambiar, y que no ofrecen soluciones a las preocupaciones actuales sobre las relaciones humanas y con la Naturaleza, las plataformas tecnológicas, los nuevos monopolios de datos y las necesidades humanas. Es imprescindible que las ideas liberales también iluminen estos ámbitos y ese trabajo no puede recaer únicamente en la economía.
John Müller
Madrid, enero de 2021
Introducción
Muchos e incalculables son los estudios sobre el liberalismo, su aportación histórica a la formación de las ideas políticas, sus efectos en las instituciones modernas, su evolución o sus límites intervencionistas. Sin embargo, hay una cuestión que apenas ocupa espacio en la literatura liberal y que debería hacerlo: la opinión sobre la cuestión social del liberalismo clásico. El liberalismo primigenio (siglos XVII a XIX) contiene una respuesta matizada a la cuestión social y esta propuesta ha sido muchas veces mencionada tibiamente, otras no mencionada o parcialmente mencionada. Tanto es así que es cosa común el entendimiento, no cierto, de que la causa liberal desatiende el intervencionismo en materia social. Es otro tópico similar al de que el liberalismo está en contra del intervencionismo público, idea esta que no congenia con su propuesta de Estado limitado, que sería inviable sin intervención, con lo que la no intervención es una idea que únicamente debe quedar reservada para el anarquismo. Quedaría bien traer a colación las opiniones de Keynes, de Lionel Robbins o del propio Adam Smith, que consideran que ese equívoco, producto de divulgaciones poco esmeradas, ha impregnado esa errónea percepción.
Este libro es una modesta contribución al esclarecimiento del tópico señalado. Como toda investigación, ha exigido esfuerzos ímprobos, carentes de recompensa material, aunque resultando una aventura impagable en sus resultados espirituales.
En una época como la actual, en la que se palpan tiempos de cambio, una mirada al pasado es imprescindible, pues no solo aprendemos del pasado, sino que el pasado está incrustado en la esencia del presente. Esa incrustación a veces está oculta, invisible, oportuna o inoportunamente, otras veces aparente y con más brillo del que le corresponde, pero siempre forma parte del bagaje de nuestra esencia. Si en tiempos pasados se dio voz a la razón, al pueblo, a la democracia, al individuo, al constitucionalismo o a la protección de los derechos humanos en sus diversas generaciones, hoy se cuestiona la idoneidad de las estructuras políticas e institucionales resultantes de aquellas ideas magníficas. Se cuestiona el modelo representativo de la misma democracia o la organización fronteriza de los países, pero también se cuestiona la respuesta que debe darse políticamente a la cuestión social. Para unos, la actual atención a la cuestión social es insuficiente; para otros, el Estado no debe ya ampliar más esas demandas, sino reducirlas todo, mucho o algo, según el posicionamiento ideológico. Flota en el ambiente popular y divulgativo que los padres liberales exigían una desatención a la cuestión social. No es así.
Para el encuadre de los padres liberales a que se hace mención en el libro, dos son las cuestiones principales que han exigido un previo posicionamiento, no exento de polémica. En primer lugar, el marco temporal del liberalismo clásico, que ubico desde Locke hasta finales del siglo XIX; y en segundo lugar, la nómina de padres liberales, que constituye seguramente la cuestión de mayor divergencia entre liberales, pues el cierre del liberalismo clásico considero que lo protagonizan John Stuart Mill y Herbert Spencer, cuyo antagonismo revela con anticipación la rivalidad entre liberalismos en el siglo XX. Por otra parte, la clasificación de los autores según su posicionamiento de si procede una intervención institucional social y por qué motivo, no debe llevar a equívocos, puesto que a diferencia de la clasificación general entre iusnaturalistas y utilitaristas, aquí pueden compartir grupo unos y otros, pues lo relevante aquí es su motivación sobre la atención social; por ello podemos encontrar autores iusnaturalistas en los tres bloques: entre los que basan la ayuda social en el derecho natural (Locke), entre quienes justifican la beneficencia política en la utilidad (Tocqueville) y entre los que la niegan (Turgot).
En el capítulo I se sobrevuela el liberalismo con unas sencillas notas. En el capítulo II se abordan los autores que afirman la obligatoriedad de la beneficencia política con fundamento en argumentos de naturaleza humana o derecho natural. Se incluyen a Locke, Montesquieu, Voltaire, Thomas Reid, Kant y el independentismo americano, con especial referencia a Thomas Jefferson y Thomas Paine. La clasificación interna del capítulo es meramente cronológica. Se comprobará que Locke basa la motivación en la preservación de la especie humana; Montesquieu vincula una plena libertad política a la disposición de ciertos medios de vida; Voltaire apela a la bondad natural del hombre; Reid atribuye al Estado la categoría de agente moral; Kant hace hincapié en la dignidad humana y el deber categórico; Paine responsabiliza a la civilización de la indigencia; y, por último, Jefferson se sirve de Locke e imputa al Estado un deber subsidiario de socorro.
En el capítulo III se hace referencia a los autores que admiten la beneficencia política, pero con fundamento en la felicidad o la utilidad. Se estudian a David Hume, Adam Smith, Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill. Hume, el utilitarista más puro de todos ellos, basa la motivación de la ayuda a los necesitados única y exclusivamente en la utilidad, aunque lo enlaza a un humanitarismo natural como sentimiento previo; Smith, uniendo sus puntos de vista económicos y morales, propone una sociedad comercial que tiende hacia el progreso, pero admite con extrema prudencia el desarrollo una cierta beneficencia política para garantizar el orden de la sociedad comercial; Tocqueville también justifica la ayuda por el bien de la sociedad, pero su enfoque es singular y moderno porque da un paso más, al ser el gran pionero en la defensa de las clases medias y, por tanto, de la igualdad de condiciones sociales, por lo que auspicia programas públicos de nivelación; y Mill utiliza el fundamento de la conveniencia social como filtro de admisión de cualquier beneficencia, con especial énfasis en la educación.
En el capítulo IV se recoge la posición de los autores que niegan la beneficencia política. Incluye a Jacques Turgot, Benjamin Constant, Wilhelm Humboldt, Frédéric Bastiat y Herber Spencer. Turgot basará la negativa a las políticas públicas sociales en que hay un enérgico deber moral de ayudar a los necesitados, pero que se agota en lo particular; Humboldt rechaza la acción pública benevolente porque debilita la dignidad del ser humano, ya que le impide progresar; Constant se basará en que la ayuda pública es inmoral y propia de un gobierno anticuado porque la modernidad exige un gobierno que sea meramente garante de libertades, además de considerar que la ayuda pública es inútil; Bastiat es el más sencillo y preciso, puesto que la benevolencia política va en contra del principio de responsabilidad que exige que cada individuo debe asumir las consecuencias de su planteamiento vital; por último, Spencer se basa en que el hombre está inmerso en una evolución progresiva hacia un hombre definitivo y cualquier intromisión pública en esa evolución retrasará su mejoría.
En el capítulo V se recoge una visión personal sobre la dislocación producida en el siglo XX en el seno del liberalismo, puesto que ha predominado la visión de un determinado liberalismo poco permeable al intervencionismo social, con ciertos aires condenatorios de ese otro liberalismo más preocupado por la cuestión social. Se observa una pretensión de redefinir la pureza del liberalismo por una de sus vertientes interpretativas, pretensión que colisionaría con la postura sostenida por muchos de los padres liberales. Procede ahora darles la palabra.
I. Bosquejo del liberalismo político
Cualquier sociedad moderna en que la convivencia sea razonable es tributaria del liberalismo político. Esa es su tarjeta de presentación. Habrá apasionados defensores y apasionados detractores, habrá interpretaciones en uno u otro sentido, pero sería difícil comprender la sociedad actual de progreso sin los valores del liberalismo político: los derechos humanos, la separación de poderes, la democracia, la representación política, el control al gobierno o el Estado de derecho. Hagamos el ejercicio imaginario de quitar esos valores y veamos qué queda. El liberalismo político fue una auténtica revolución en las relaciones individuo-sociedad y especialmente individuo-poder.
No faltan acusadores que vienen a señalar su inconsistencia filosófica, su supuesta defensa de clase, o el pecado de una visión excesivamente economicista. Cualquier crítica dirigida a mejorar las relaciones humanas debe ser admitida a estudio, pero es indudable que, gracias a esas ideas hoy más perfeccionadas, la humanidad nunca ha gozado de tanta situación de confort social y político, nunca tantos superaron los umbrales de la pobreza y nunca tantos tuvieron la posibilidad de una equiparación social.
Es paradójico que sea España la que haya aportado a la ciencia política los términos de «liberal» y «liberalismo». España ha mantenido una relación extraña con esas ideas, pues habiendo aportado nada menos que el término «liberal» y habiendo capitaneado un fresco movimiento en los inicios del siglo XIX —liberales de la constitución de Cádiz—, ha sido castigada por la historia, y por sí misma, a tener algunas buenas cabezas liberales, pero poco liberalismo gubernamental y muy poco liberalismo impregnado en la sociedad, que se ha sentido identificada con ideas más dogmáticas. El nacimiento del término liberal se produce en el Parlamento de España a principios del siglo XIX, desde donde se extendió a Francia e Inglaterra, que lo aceptaron para referirse a los que propugnaban tolerancia y libertades individuales1. En un momento de revisionismo liberal en el siglo XX fue Hayek quien, en esa tendencia tan anglosajona de acaparar todos los espacios, propuso abandonar el término liberalismo para recuperar el término inglés whig y evitar interpretaciones erróneas2. El cambio no era gratuito porque a su vez en el contenido del nuevo término excluiría a la mayor parte de los que estaban incluidos en el término liberal. No se requiere mucha sagacidad para observar que no era un mero cambio terminológico, sino una propuesta de cambio conceptual. Algo así como: dejemos el término liberal para los que han contaminado la idea y busquemos un nuevo término para la pureza liberal. Pero quizá demasiada pureza liberal esté en contra del verdadero sentimiento liberal.
El liberalismo, como cualquier otra ideología, tiene matices, aunque a veces sean mínimos, y en un deseo de marcar esa diferenciación se han acudido a determinadas coloraciones del genérico «liberalismo». Esa adjetivación del sustantivo ha añadido todavía más confusión. Los dos grandes bloques de adjetivaciones son, por una parte, liberalismo político (Locke…) y liberalismo económico (Smith, Ricardo, Say…); y, por otra parte, liberalismo clásico frente a liberalismo moderno. Pero hay otras muchas clasificaciones sin que unas y otras sean estancas, sino que los autores son objeto de distintas catalogaciones por unos y otros. Así, liberalismo democrático (Mill, Tocqueville, Green, Hobhouse, Dewey; más democracia que libertades), liberalismo doctrinario (Burke, Turgot, Guizot) —con tímidas propuestas liberales tras la alarma social generada por la revolución—, liberalismo conservador (Spencer), liberalismo radical (Paine, Jefferson, Mill, Tocqueville), liberalismo idealista, liberalismo moderno, liberalismo republicano, anarcoliberalismo (Bastiat, Constant, Rothbard…), liberalismo social (Mill, Green, Dewey, Hobson, Hobhouse, Rawls…), neoliberalismo (Nozick, Hayek, Mises, Friedman, Buchanan), liberalismo moral (Popper, G. Orwell, A. Camus, I. Berlin, R. Aron, R. Dahrendorf…), liberalismo neocontractualista (Rawls, Nozick, Bobbio…), liberalismo racionalista (Mises), entre otros. Fecundidad clasificatoria, fruto de un exceso de celo en categorizar. Las ansias por etiquetar. Muchas veces estas adscripciones no son sino intentos por incluir en el concepto del liberalismo ideas que en realidad no encajarían y las que pretenden enfatizar el adjetivo sobre el sustantivo. Otras veces responde a una pretensión de modernidad de doctrinas ajenas al liberalismo3. En otras ocasiones es una denominación académica para dejar rastro de una determinada investigación. Lo que debe tenerse en cuenta es que hay un grueso común de ideas que conforman el liberalismo y que ciertamente hay matizaciones en cuanto a sus límites, pero ello no debe implicar que se haga pasar por liberal lo que no es. No estamos señalando un criterio exclusivo de pureza liberal, como antes he indicado, sino que el liberalismo tiene unas ideas esenciales que son inherentes al mismo, admitiendo diferentes sensibilidades, pero debiéndose respetar su base ideológica.
En materia de clasificaciones se observan erróneas asimilaciones terminológicas del liberalismo con otros conceptos; así, hay identificaciones sinonímicas entre liberalismo y capitalismo, en el sentido peyorativo este de las clases ricas, que no están amparadas por el tribunal de la historia a la vista de los resultados beneficiosos producidos por la democracia liberal y la economía de mercado en todos los estratos sociales. El comercio existía antes del liberalismo y existe hoy al margen del liberalismo. Lo que la idea liberal vino a señalar es que el poder no debería obstaculizar el comercio entre los ciudadanos, sino limitarse a suprimir los privilegios comerciales o industriales. Pocos pasajes de la literatura liberal serán tan duros para el empresariado ventajista o para los privilegios comerciales o industriales, como las lacerantes acusaciones escritas por Adam Smith. Convendría que lo leyeran propios y extraños. Otro tanto puede decirse del error, aquí parece intencionado, de identificación entre liberalismo y neoliberalismo, expresión esta última que recoge una plasmación práctica de parte del liberalismo económico de finales del siglo XX, que representa una continuación de la tradición doctrinal de los liberales que más estrictamente rechazaron la intervención social del Estado. Tampoco debe equipararse economía clásica con liberalismo, pues es, de nuevo, un reduccionismo economicista, puesto que hubo ilustrados liberales que apenas entraron en materia económica. Otro escenario de confusión sería el que provoca la maniobra de apropiación en exclusiva del lenguaje liberal que puedan hacer otras ideologías, que desvelan una crisis identitaria de tales ideas al haber optado por acomodar como propias ideas matrices del liberalismo, tales como los derechos humanos, la libertad o el concepto de progreso.
No obstante, si hubiera de destacarse una clasificación sería la clásica distinción entre dos claras tradiciones, no inauguradas por el liberalismo, sino con precedentes históricos desde los anales de la filosofía: utilitaristas e iusnaturalistas. Los primeros son aquellos que usan como criterio ético la felicidad del individuo y de la sociedad; y los segundos los que tienen como criterio ético decisor el derecho natural o la naturaleza humana. El principio utilitarista ha resultado aceptado con gran comodidad por el pensamiento anglosajón, que, por otra parte, siempre ha puesto el foco de su liberalismo en la limitación del poder de los gobiernos, pues el motivo de la revolución de 1868 fue la defensa de la libertad individual frente a la intromisión del poder real. Destacan el utilitarismo de David Hume, Bentham, James Mill, o Stuart Mill. En cuanto a la tradición iusnaturalista, ha florecido con más éxito entre los pensadores franceses, que a diferencia de la tradición clásica ha puesto el foco de su liberalismo en los derechos humanos del individuo, como barrera defensiva frente al poder. El más alto exponente, sin embargo, no es francés ni británico, sino alemán, prusiano más exactamente, pues fue Kant el que puso en escena filosófica que el criterio ético se constituye por unos principios previos que deben observarse en cualquier circunstancia.
Tampoco debe despistarnos para el juicio liberal la inadecuada subdivisión entre los liberales que defienden con más ahínco la libertad que la democracia. En los orígenes liberales hay menos apreciaciones hacia la democracia que hacia la libertad, lo que se comprende porque la libertad es previa a la democracia, sin que se les pueda exigir a aquellos primigenios liberales, ya bastante revolucionarios, que no hubieran construido una teoría democrática, que fue conformándose con posterioridad. Retirar las cadenas que ahogaban la libertad era más importante que cualquier otra preocupación, porque recuperar la dignidad del ser humano presentaba una urgencia que no permitía un catálogo reivindicatorio amplio.
Si entrecruzamos las imaginativas clasificaciones mencionadas y cualquier otra imaginable, teniendo en cuenta las preferencias de uno u otro autor, el panorama resultante intimidaría por su aplastante confusión. Por ello, al margen de todas las matizaciones, sin duda enriquecedoras, lo esencial es fijarse en el cuerpo básico de la doctrina liberal. No debemos ceder a la excitación que a algunos les provoca dibujar el perímetro del liberalismo «puro», línea de corte que condena a los otros a la expulsión extramuros de la familia liberal. Siempre he sostenido que una clara prueba de ser liberal, casi homologable a una prueba científica, es que muchos pensadores ante la concurrencia en escena de otros también autoproclamados liberales, rápidamente despliegan una intensa sospecha hacia posibles contaminados compañeros de asociación intelectual, que les mueve a avivar una parafernalia indagatoria, que muchas veces termina en principio acusatorio. Pareciera que todo buen liberal se exige un permanente recelo ante otro autoproclamado liberal.
Históricamente el liberalismo es un movimiento que se va gestando en el siglo XVII, eclosiona en los siglos XVIII y XIX y evoluciona en el siglo XX. Surge como «la filosofía de la libertad», como reacción frente a una intensificación de represión individual y frente a un ambiente de restricción y permanente prohibición y control. En sus orígenes eran tiempos de monarquía absoluta en Europa, de marcada complejidad de las relaciones poder-religión, de grandes diferencias entre los que carecían de derechos y los que acumulaban ingentes privilegios, tiempos de restringida movilidad personal, de limitaciones insalvables al acceso y ejercicio de una determinada profesión gremial, con carencias de tolerancia y de respeto a la dignidad humana y con la primacía de la tradición frente a la racionalidad. Por todo ello, debe resaltarse el mérito del liberalismo que fue el que colocó la cuña de las ideas de la emancipación política del individuo y que permitió concebir unas nuevas relaciones entre el individuo y el poder. Ese nuevo edificio requirió de nuevas instituciones que hubieron de adaptarse con lentitud, en un contexto de larga pugna por las reticencias a morir del antiguo sistema de privilegios.
Siendo esto así, tampoco deberíamos obviar que no todas las ideas del liberalismo primigenio fueron innovadoras, sino que reciben influencias antiguas con enfoques diferentes o enfoques entrelazados no pensados anteriormente. Hay una prehistoria del liberalismo que se puede ubicar en el pensamiento occidental griego y judeocristiano, que ayudó a la conformación del concepto de libertad; ha de mirarse a las disputas de poder entre iglesia y monarquía, que le sirvieron para conformar el ideal del pluralismo; o las beligerancias entre religiones, que le sirvieron para definir el concepto de la tolerancia, que podría ser la verdadera esencia liberal. En toda esta influencia de ideas previas tiene un lugar privilegiado, indiscutible, y destacable, aunque no siempre recordado, la Escuela Económica Española de los siglos XVI-XVII con su exploración de la ley natural. Y también los pensadores antesala del liberalismo como Grocio, Spinoza y Pufendorf.
Históricamente el liberalismo nace en Inglaterra con Locke, en el último cuarto del siglo XVII, pero no se puede entender a Locke sin el trabajo de maduración previo. Son las guerras de religión y la Revolución Gloriosa las que allanaron el camino. En esa tarea previa de acomodo social de un nuevo sentir no debe olvidarse el papel estelar de la Escuela Española de Economía fundada por Francisco de Vitoria y cuya denominación de Escuela de Salamanca fue utilizada por primera vez por José Larraz4.
La inspiración moral del liberalismo tiene varios gérmenes, pero el más importante es la Escuela Española de Economía de los siglos XVI-XVII, que en opinión de Schumpeter serían la fundadora de la economía científica, mérito que ratificarían, entre otros, el mismo Hayek. Esta escuela propugna el respeto a la propiedad privada como entidad moral y su importancia en la sociedad, la introducción del derecho internacional, los límites de la propiedad privada, las limitaciones del poder, el principio del consentimiento entre el Estado y el individuo, el derecho de rebelión contra el poder tirano, el establecimiento de los actuales principios tributarios, entre los que se encuentra el poder redistributivo de los tributos, los derechos subjetivos de los ciudadanos y el equilibrio presupuestario, entre otros conceptos. Todas estas ideas ya tienen tono liberal. Tan desacertado es considerar a esta escuela la creadora del liberalismo como ignorar que constituye el precedente más inmediato en la construcción moral del liberalismo5. Francisco de Vitoria es el fundador al que le siguen Domingo de Soto, Diego de Covarrubias, Martin Azpilcueta, especialmente, y siguen su labor Tomás de Mercado, Francisco Suárez, Vázquez de Menchaca, Luis de Molina y, más tardíamente, Juan de Mariana o Juan de Medina. Estos nombres son solamente una pequeñísima selección. Sorprende que en la España del siglo XVI-XVII, destacaran una serie de pensadores, vinculados mayormente a la escolástica, con unas ideas que nadie había anticipado hasta ese momento en el ámbito europeo. Lo que sorprende es que esa modernidad que parecía anticipar una importante intervención de España en la construcción teórica del nuevo orden no tuviera continuidad en los siguientes siglos. En la investigación que aquí se realiza sobre la posición del liberalismo clásico respecto de la ayuda a los necesitados no debe olvidarse el precedente de la Escuela Española de Economía, pues hizo aportaciones que pueden ser consideradas una potente influencia en el liberalismo clásico, especialmente en Locke. Domingo de Soto muestra preocupación por la situación de los pobres desde una visión moral y económica indagando si es una cuestión de caridad o de justicia, mostrando también un rechazo absoluto a la codicia del comerciante que solo busca el beneficio (Deliberación en la causa de los pobres; 1545); Juan de Medina, también llamado Juan de Robles, hace sus aportaciones (De la orden que en algunos pueblos de España se ha puesto en la limosna, para remedio de los verdaderos pobres; 1545) siguiendo la estela del pionero en las cuestiones de la pobreza, que no pertenecía a la escuela, como es Juan Luis Vives6 (De subventione pauperum o Tratado sobre el socorro de los pobres; 1526) que propone determinadas instituciones de ayuda a los menesterosos o la exigencia de unos salarios mínimos de subsistencia, o la ayuda a los incapacitados; Martín de Azpilcueta (Tratados de las rentas y los beneficios eclesiásticos; 1566) critica el gasto excesivo del presupuesto público y que no se destine adecuada atención a los pobres, anticipando transferencias de propiedad de quienes tienen excedentes a quienes tienen necesidades; Miguel de Giginta (Tratado de remedio de los pobres; 1579), efectúa propuestas de albergues de recogida y asistencia a los necesitados; Juan de Mariana (De rege et de regis institucione; 1599) justifica un derecho de resistencia al poder tirano. Todas estas propuestas de socorro asistencial tienen ya un planteamiento político, económico y no meramente privado o caritativo de la problemática advertida. En conclusión, varias son las aportaciones de la escuela española, pero una capital es la inseparabilidad de la ética y de la economía, sin que ello signifique la pérdida del rigor científico económico7. Por tanto, cada vez que se gire la mirada hacia el proceso de construcción liberal no debe faltar una referencia a que en un lugar privilegiado se encuentra la Escuela Española de Economía, o la Escuela de Salamanca, como se prefiera, aunque no hay identidad de autores entre una y otra denominación.
Locke es el primer liberal, aunque no sea opinión pacífica y, si bien, todavía presenta un lustre del mundo viejo, enuncia, sin embargo, muchos de los postulados básicos del liberalismo, que llenarán de modernidad los siguientes siglos. Muchas de sus ideas son réplica de la Escuela Económica Española, aunque no lo reconoce por su protestantismo y por la severidad del contexto antipapista en Inglaterra. Sus preocupaciones por los derechos naturales le llevan a su teoría de la conservación del ser humano, que tanta incidencia tiene en su postura sobre la ayuda a los necesitados. La producción de Locke fue amplia pero tardíamente conocida, pues en vida temió publicar por no poner en riesgo su vida (La ley de la naturaleza, Ensayo sobre la tolerancia, Carta a la tolerancia, Compendio del entendimiento humano, Ensayo sobre el entendimiento humano, Dos tratados sobre el gobierno civil, Pensamientos sobre educación, Ensayo sobre la ley de pobres, Venditio, El abuso de las palabras, Escritos monetarios…). Esta demora divulgativa seguramente influyó en la expansión de las ideas liberales. Habrá un cierto tiempo de espera hasta que aparezcan en escena los siguientes liberales. Cuando Locke muere solo habían nacido Montesquieu, Hutcheson, Quesnay y Voltaire, que eran unos niños, y los demás estaban por nacer.
Tras el pionero Locke toma el testigo una promoción de liberales de Inglaterra, Francia y Escocia. En Francia los prerrevolucionarios Voltaire (Cartas filosóficas; Cándido; Epistolario inglés; El filósofo ignorante; Contra el fanatismo; Tratado contra la tolerancia…), Montesquieu (Las cartas persas; El espíritu de las Leyes; Las causas de la grandeza y decadencia de los romanos…), Quesnay (Cuadro económico) y Helvetius (Del espíritu del hombre; Del hombre sus facultades y su educación); en Escocia Hume (Tratado sobre la naturaleza humana; Ensayos morales y políticos; Idea de la mancomunidad perfecta; Los principios de la moral; Discursos políticos…), Thomas Reid (Una investigación de la mente humana bajo los principios del sentido común; Ensayos sobre los poderes activos de la mente humana; Práctica ética…) y Hutcheson (Estudios sobre el bien y el mal moral; Ensayo sobre la naturaleza y dirección de las pasiones y efectos; Aclaraciones sobre el sentido moral…); en Inglaterra Smith (La riqueza de las naciones; Teoría de los sentimientos morales; Lecciones de jurisprudencia) y Josiah Tucker (Elementos del comercio; Tratado del gobierno civil). Todos ellos conocedores de Locke, matizando, corrigiendo o ampliando sus postulados intelectuales, van construyendo el pensamiento liberal, que a su vez fertilizaría las todavía por llegar revoluciones francesa y americana.
La siguiente promoción liberal ya habría vivido o conocido la Revolución francesa y la Independencia americana, actos que no podrían entenderse sin las ideas desplegadas por la generación previa de liberales. Los hay igualmente en Escocia, como Ferguson (Ensayo de la historia de la sociedad civil; Principios de moral y ciencia política…), Dugald Stewart (Principios de filosofía moral); en Alemania, como Kant (Metafísica de las costumbres, Ideas para la historia universal en clave cosmopolita; ¿Qué es la Ilustración?; En torno al tópico: tal vez sea lo correcto en teoría, pero no sirve en la práctica; La paz perpetua; Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime; El conflicto de las facultades; Crítica de la razón pura...); en Francia, con Turgot (Elogio de Gournay; Reflexiones sobre la formación y distribución de las riquezas; Cartas sobre la libertad de comercio del grano; Discursos sobre el progreso humano; Los cuatro edictos; Cartas sobre la tolerancia; Las administraciones provinciales…), Condorcet (Esbozo sobre el marco histórico del progreso del espíritu humano; Influencia de la revolución de América sobre Europa; Cinco memorias sobre la instrucción pública…), Roger-Collard (Discurso a propósito de la ley de prensa; Discursos políticos…), Constant (La libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos; Curso de política constitucional; Principios de política aplicables a todos los gobiernos; Adolfo…), Guizot (Historia de los orígenes del gobierno representativo en Europa; De la democracia en Francia…), Mme. de Stäel (De la influencia de las pasiones sobre la felicidad de los individuos y de las naciones…), Rémussat (De la libertad moderna. Francia e Inglaterra; El antiguo régimen y la revolución…), Du Pont de Nemours (La filosofía del bienestar; De la exportación e importación de granos; Fisiocracia o constitución natural más ventajosa al género humano…), Say (Catecismo de economía política; Curso de economía política…), Sieyès (¿Qué es el Tercer Estado?); ingleses como Paine (El sentido común; Los derechos del hombre; Justicia Agraria; Ideas necesarias para todo pueblo americano independiente; La edad de la razón…), Bentham (Fragmento sobre el gobierno, Falacias políticas, Introducción a los principios de las ciencias morales y políticas, Escritos económicos…), Ricardo (El elevado precio de los lingotes, una prueba de la depreciación de los billetes bancarios; Principios de Economía Política y Tributación); estadounidenses como Jefferson (Resumen de los derechos de América británica; Declaración de Virginia; Notas sobre el Estado de Virginia; Declaración de independencia…), Madison (El federalista; República y libertad…); o de Alemania (Prusia) como Humboldt (Observaciones sobre la historia universal; Escritos políticos; Los límites de la acción del Estado…), entre otros.
Sigue una tercera hornada de liberales nacidos después de la Revolución francesa que van conformando el cuerpo de la filosofía política del liberalismo. Con esta promoción ya se detectan las divergencias doctrinales que evolucionarán hacia las diferentes escuelas liberales del siglo siguiente. En Francia, Bastiat (Lo que vemos y lo que no vemos; La ley; Armonías económicas; Sofismas económicos; Proteccionismo y comunismo…), Tocqueville (La democracia en América; El antiguo régimen y la revolución; Igualdad social y libertad política; Democracia y pobreza: Memoria sobre el pauperismo…); en Inglaterra Mill (Un sistema lógico; Ensayos sobre algunas cuestiones disputas en economía política; Principios de política económica; Sobre la libertad; Consideraciones sobre el gobierno representativo, Capítulos sobre el socialismo…) y Spencer (Estática social; la esfera adecuada del gobierno; El hombre contra el Estado; Los primeros principios; Estudios sociales y políticos; La beneficencia…).
La nómina liberal sigue acrecentándose con el tiempo. El liberalismo clásico ya ha finalizado y es el tiempo del liberalismo moderno del siglo XX en sus diversas variaciones, que llega hasta nuestros días con una profusión de nombres como T.H. Green, H. Sidwick, J. Morley, C. Menger, A. Marshall. J.A. Hobson, J. Dewey, L.T. Hobhouse, A.J. Nock, G. Garret, W. Beveridge, Ludwing von Mises, J.T. Flynn, H. Hazlitt, J. Rueff, L. Robbins, Hayek, F. Machlup, K. Poper, Hart, I. Berlin, M. Friedman, Buchanan, J. Rawls, M. Rothbard; R. Dahrendorf, G. Becker, R. Workin, D. Gautier, A. Sen, R. Nozick, J. Raz, G. Cohen, M. Nussbaum, F.V. Parijs, S. Gosepath, y muchos otros. Seguramente si cada uno de los mencionados en este párrafo, o no mencionados, hiciese su lista de liberales, no hay duda de que la exclusión de unos por otros sería sonora.
España, aparte de la aportación del término y de la prestigiosa labor seminal de la escuela económica de los siglos XVI-XVII y de alguna puntual aportación intelectual valiosa como la de Valentín Foronda (1751-1821), no ha tenido una participación notable en la consolidación intelectual del liberalismo, pudiéndose solamente destacar las excepciones modernas de Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga y Gregorio Marañón. Sí que hubo un nutrido activismo político en los siglos XVIII y XIX, representado por los liberales gaditanos (Florez Estrada, Argüelles, etc.), los llamados afrancesados (Abate Marchena, Fernández de Moratín, Goya, etc.) o los ilustrados (Floridablanca, Jovellanos, Conde Aranda, etc.); o por una representación liberal de escritores, políticos o periodistas (Martínez de la Rosa, Mendizabal, Mon, etc.).
Sintetizar las ideas fuerza o las ideas que ocupan la zona común de todos los liberalismos no es fácil, a no ser que limitemos la referencia a un puñado de ideas sin excesivo desarrollo conceptual para evitar roces interpretativos (tolerancia, individuo, libertad, derechos, control del poder, etc).
El liberalismo no es dogmático, ni hay un cuerpo cerrado de doctrina, un catecismo ideológico. Podríamos enumerar un catálogo de ideas basilares del liberalismo, pero sobre ello ya hay mucho escrito. Cualquier punto de ese inventario de ideas podría dar lugar a largos debates entre liberales, con matizaciones extensas sobre los exactos límites del concepto señalado y con seguros temores, sospechas, dudas, reproches agónicos y amonestaciones intimidatorias. Este permanente debate entre los liberales sobre los límites doctrinales forma parte de la historia liberal y de ese ímpetu humano por la pureza del grupo de pensamiento, que no es sino consecuencia del temor a ser identificado erróneamente en aquello que se quiere combatir.
La vitalidad de las ideas liberales, si su ejercicio político ha producido éxitos como consecuencia de arreglos institucionales provocados por su inspiración, o si la confrontación de las diversas corrientes liberales es un síntoma de debilidad no es la cuestión sobre la que se debe dirigir el foco, sobre todo en un momento en que también la propia socialdemocracia tiene una crisis identitaria, o incluso la crisis política alcanza a los conceptos de democracia, de representación política o la misma existencia de la organización estatal.
No querría pecar de impulsivo y haciendo mesura de juicio me limitaré a afirmar, con convencimiento, que las ideas en las que subyace el liberalismo, especialmente el clásico, son inherentes a la naturaleza humana y que difícilmente el hombre podrá optar conscientemente porque se cercene su libertad.
II. La moral como fundamento de la obligación política en materia social
Hay un grupo de liberales clásicos que consideran que existe una obligación política de atención a los necesitados y que el fundamento de dicha obligación institucional es de orden moral. Es decir, es la moral la que obliga a los Estados a prestar una determinada ayuda a aquellos que por su situación de indigencia no pueden cubrir determinadas necesidades.
No debe confundirse este grupo de liberales con aquellos insertos en la tradición iusnaturalista en una clasificación dual iusnaturalistas-utilitaristas, ya que el criterio utilizado para la clasificación aquí ofrecida es si el argumento justificativo de la obligación política con los necesitados es de índole moral y no utilitarista, obviando si es iusnaturalista o utilitarista el autor liberal concreto en una clasificación general.
Siendo el fundamento moral de la ayuda social el utilizado por los liberales clásicos aquí reunidos, sin embargo, los concretos motivos utilizados son bien dispares, sin que haya una uniformidad u homogeneidad en sus argumentaciones. Esa disparidad es consecuencia de su diversa entidad intelectual, de su orientación filosófica, de la época en que han vivido y de otras circunstancias. Entre Locke y Jefferson media siglo y medio. Únicamente Kant, Paine y Jefferson conocieron la Revolución francesa, aunque solo estos dos últimos la vivieron personalmente. Los hay franceses (Montesquieu y Voltaire), ingleses (Locke y Paine), escocés (Reid), prusiano (Kant) y estadounidense (Jefferson). Algunos con profundos conocimientos filosóficos (Locke, Kant o Reid), mientras que otros eran versados en la acción política (Jefferson o Paine) o en el estudio de las instituciones (Montesquieu) o simplemente la literatura (Voltaire).
Lo relevante de este grupo es que desde la heterogeneidad hacen descansar en el derecho natural la justificación filosófica de la obligación política de asistir a los necesitados. No todos lo hacen con la misma intensidad y extensión, puesto que unos plantean propuestas teóricas sin mayores concreciones, mientras que otros llegan hasta el detalle burocrático. En cuanto a las ayudas públicas susceptibles de ser prestadas a los necesitados, igualmente hay una gran disparidad. Unos la circunscriben a la mera subsistencia, mientras que otros la extienden a la educación y hasta a una cierta atención sanitaria.
Sea una u otra la argumentación, el elemento común es que el Estado tiene una obligación política de atender a los necesitados y el fundamento es de derecho natural. Ninguno de ellos utiliza argumentaciones igualitaristas, sino que el fundamento es una actuación política de rescate de personas necesitadas de ello.
Obviamente no pueden esperarse anacronismos justificativos del Estado protector, pero este grupo de liberales demuestra su preocupación política por la cuestión social y muestra algunos orígenes teóricos de dicha cuestión en sede liberal clásica.
John Locke
«Amamos la libertad naturalmente: esa pasión nace con nosotros».
Locke (Wrington, 1632 - Essex, 1704) fue un pionero en la construcción del liberalismo. El creador del liberalismo político es un hombre moderado, afable, humilde8, optimista, célibe, un curioso y un humanista, que dejó rastros intensos de su pensamiento. Un hombre que se definía a sí mismo como amante de su rey (Guillermo III de Orange), de su país, de la paz, monárquico parlamentario, patriota, pacifista y ferviente protestante. Un médico que evolucionó hasta ser un filósofo universal. Un hombre que en su juventud tenía mentalidad conservadora y que en su madurez fue el fundador del liberalismo. Un hombre que en sus inicios fue profesor de griego y de retórica en Oxford, cuna tory, conservadora, cuando él fue precursor del movimiento liberal whig, vinculado a Cambridge. Un hombre que escribió parte de su obra en latín, que publicó alguna obra antes en francés que en su lengua materna, y que recomendaba dar más importancia a la física que a la lógica o la metafísica en la formación de los jóvenes.
Locke era un hombre culto y leído, que recibió influencias de Pufendorf o de Grotius, y por supuesto de los economistas españoles del siglo XVI-XVII, principalmente de Francisco Suárez y Juan de Mariana, y, a pesar de ser tributario de ellos (fundamentalmente en todo lo que se refiere al Segundo tratado sobre el gobierno civil), no cita a la Escuela de Salamanca ni una sola vez. No era de esperar una loa a los economistas españoles (en tanto que eran católicos y opuestos al credo religioso de Locke, algo que en la época pesaba lo suyo y con reciprocidad), pero se echa en falta una referencia, cuando sobre todo hay partes en su obra que ya habían sido idénticamente expuestas por aquellos.
Escribió sobre medicina, pedagogía, asuntos monetarios y fiscales, varias obras de trascendencia religiosa y especialmente sobre filosofía política. Sin embargo, no publicó nada importante antes de los 57 años; cuando se atrevió a publicar en vida lo hizo mayormente de forma anónima, a veces en Francia u Holanda antes que en Inglaterra y gran parte de su obra no se publicó en vida, pues como él mismo reconoce en Epístola al lector en el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), temía ver publicadas sus obras —así estaba el asunto de la tolerancia en la época—.
Vivió parte de su madurez intelectual fuera de su país por motivos de persecución y por cautela. La parte esencial de su obra filosófica se publica tras su regreso de Holanda o tras su fallecimiento; parte de ella, siglos después. Desempeñó a lo largo de su vida una continua revisión de sus escritos y, precisamente, esta labor de permanente revisión dificulta el estudio de su pensamiento, pues en ocasiones no queda acreditada cuál es la corrección última y cuál debe prevalecer en caso de contradicciones, o cuál es la fecha del trabajo nuclear de una determinada obra.
El derecho individual a una propiedad de subsistencia
Para entender la filosofía política de Locke ha de partirse de su concepción de la ley natural que expone en sus diversas obras, pero de manera concreta en La ley de la Naturaleza (1664). Inicia esta obra con una pregunta: «¿Se nos ha dado una regla de moral o ley de la naturaleza?».
El método que utiliza para responder a dicha pregunta es formularse ocho preguntas, que dan lugar a ocho respuestas, cinco respuestas afirmativas y 3 negativas, llegando a la conclusión de que sí existe una ley de la naturaleza que armoniza al ser humano.
Sintetizando las respuestas a sus 8 preguntas podríamos decir que Locke concluye que: existe una ley de la naturaleza (1ª respuesta) que es innata a la mente humana, por ser esta una tabula rasa (3ª), que puede conocerse por la luz natural (2ª), esto es, la experiencia más la razón (4ª), que dicha ley natural es obligatoria (6ª), universal y perpetua (7ª), sin que pueda pactarse contra ella (5ª), aunque sea en interés propio individual o común (8ª).
Locke pretende demostrar que existe una la ley de la naturaleza, entendiendo por esta unos principios morales, un metaprincipio moral; una ley moral «que nos indica qué está y qué no está en conformidad con la naturaleza racional, y, por esa razón, qué es lo obligatorio y qué es lo prohibido». Un criterio ético. Ese código moral debe orientar las conductas, las leyes, los gobiernos, las obligaciones, los deberes y derechos, las relaciones sociales y políticas; todo debe estar en consonancia con la ley natural. Se apoya terminológicamente en el concepto aristotélico de «regla natural de justicia» y en el de «ley eterna» de Tomás de Aquino, en claro alineamiento aristotélico-tomista. Esta ley es natural y, por tanto, no está escrita. Concluye que «sin esta ley los hombres no pueden tener trato social o unión entre ellos», puesto que las relaciones de convivencia entre ellas serán más fáciles si se sigue dicha ley que si se contraviene. Si se sigue la ley natural la relación entre ciudadanos y de estos con los gobernantes serán recíprocamente más armónicas, porque dicha ley limita la libertad de los gobernantes, pero también condicionará a los gobernados, porque unos y otros son tributarios de tal ley natural. Este planteamiento genera una idea levantisca, ya que si los gobernantes no respetan la ley natural quedaría justificada la rebelión contra el gobierno. Demasiado revolucionario en un entorno absolutista.
Nos interesa resaltar las contestaciones que da a las cuatro últimas preguntas: dos afirmaciones y dos negaciones. Afirma que «la ley de la naturaleza obliga a todos los hombres primariamente y de suyo, y por su fuerza intrínseca» y advierte que «si la ley de la naturaleza no obligara a los hombres, tampoco podría obligar ninguna ley positiva humana», lo que no es sino una apelación insurreccional contra las leyes escritas que contravienen la ley natural. La ley natural es la esencia de la propia humanidad: «si abolís […] la ley de la naturaleza estaréis al mismo tiempo quitándole a la humanidad todo espíritu cívico, toda autoridad, orden y organización social».
Se anima intelectualmente a sí mismo y dice en la contestación a su séptima pregunta: «Ya hemos probado la obligación de esta ley. Ahora hemos de ver hasta qué punto es de hecho obligatoria». Señala dos características de la ley natural: la perpetuidad y la universalidad. La ley natural es perpetua, pues «no hay ninguna época en la que sería legal que un hombre actuase contra los preceptos de dicha ley». Es una perpetuidad simultánea a la existencia del hombre, es decir, que nace con la humanidad y solo existe con ella y no existe si no hay humanidad. La segunda característica de la ley natural es su universalidad, pues «mantiene su fuerza […] en todo el orbe de la tierra», a todos los hombres, allá donde se encuentren, y sea cual sea su rango, su condición, su poder, su riqueza o cualquier otra condición. Así:
Aquellos preceptos de la ley de la naturaleza que son absolutos y que comprenden robos, estupros, calumnias; y los que, por otro lado, comprenden la religión; la caridad, la fidelidad […] obligan igualmente a todos los hombres en todas las partes, ya sean reyes o súbditos, patricios o plebeyos, padres o hijos, bárbaros o griegos.
Locke es claro y contundente: «No puede decirse que algunos hombres nacen tan libres que en absoluto están sujetos a esta ley», es decir, nadie nace con tanta libertad como para no obedecer a la ley natural. Queda clara la interrelación libertad-ley natural. No existe persona que pueda quedar al margen de las obligaciones naturales, sin que a dicha conclusión afecte la condición social, de poder o de otro tipo. Estas ideas eran una embestida intelectual al ejercicio político del momento.
Esa ley natural es obligatoria, perpetua y universal. Avanza en su discurso intelectual y se pregunta: ¿se admite algún tipo de pacto sobre ella? Es decir, ¿puede modificarse la ley natural por la conveniencia o decisión de los hombres, de las sociedades, o de los regentes? Lo que se plantea es si por alguna circunstancia es posible que dicha ley moral natural pueda ser modificada por acuerdo de las gentes que la deben cumplir, o si es posible que uno o un grupo puedan modificar dicha ley moral natural, sea con convenciones, leyes u otro tipo de acciones. En este asunto, que resuelve en la contestación a la pregunta quinta, Locke también es claro: no existe posibilidad ninguna de su modulación por consenso o imposición. El consenso social o político ni sirve para reconocer a la ley natural ni sirve para modularla, rectificarla o suplantarla; esta idea la desarrollará en parte Tocqueville dos siglos más tarde con la tiranía de la mayoría.
Y sigue preguntándose. Pero ¿y si el consenso fuera para obtener un beneficio?, es decir, ¿qué pasa si con el consenso se mejora la posición obtenida por la ley natural? No rebla Locke: «El interés privado de cada hombre no es el fundamento de la ley de la naturaleza», aclarando que la moral natural no se opone al interés privado, sino al contrario, nada interesa más al interés privado que esa ley moral natural. Lo que viene a decir es que está prohibido por ley natural que «a cada cual le esté permitido hacer lo que él mismo, de acuerdo con las circunstancias, juzgue que le conviene» y que «nadie puede estimar con equidad y justicia qué es lo que le conviene a otro», porque «si recorremos todos los deberes de la vida humana, descubriremos que ninguno de ellos surge de la mera utilidad y que la obligación que imponen no se debe a la sola razón de ser útiles». Es decir, la recta razón o moralidad no la puede decidir una persona, ni tampoco un grupo, y mucho menos bajo el tamiz de la utilidad de los comportamientos, ni por supuesto por el poder político.
Así pues, hay una ley natural que el hombre debe tener en cuenta en sus acciones y si se observa esa ley natural nacerá «la paz, la concordia, la amistad, la libertad, la seguridad, la posesión de nuestras cosas y, para decirlo con una palabra, la felicidad». La utilidad no es fundamento de la ley moral natural, sino la consecuencia que se sigue de obedecerla; que la rectitud debe primar sobre la utilidad no es sino una pincelada anticipatoria de la filosofía kantiana.
Veamos alguno de los contenidos de esa ley natural. Dice que de entre todas las obligaciones de la ley natural hay una que predomina sobre todas las demás:
Si hubiera una ley de la naturaleza santa en grado sumo para todos, la cual el género humano, impulsado por un cierto instinto natural y por su propio interés, parecería estar obligado a observar, sería la ley de auto-preservación. Y es por eso por lo que algunos la establecen como la ley de la naturaleza más importante y fundamental.
