Jorge Eduardo Rivera - Miguel González - E-Book

Jorge Eduardo Rivera E-Book

Miguel González

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Beschreibung

Esta publicación reúne textos inéditos de Jorge Eduardo Rivera, uno de los filósofos más influyentes del pensamiento chileno contemporáneo. Profesor y académico de la Universidad Católica durante más de cuatro décadas, Rivera jugó un rol central en la formación de generaciones de estudiantes y en el desarrollo del pensamiento filosófico en Chile. El libro se organiza en tres secciones: una primera con textos autobiográficos y reflexiones personales; una segunda con ensayos filosóficos sobre temas centrales de su trabajo; y una tercera dedicada al cruce entre filosofía y teología, un interés clave en su trayectoria. La publicación de estos escritos, al alero de la colección Alameda, invita a los lectores a acceder a nuevas perspectivas del pensamiento de Rivera y permite continuar el diálogo con una figura central en el ámbito académico y cultural del país. Es también un reconocimiento a su legado, que sigue siendo una referencia para quienes piensan, enseñan y escriben desde la filosofía.

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Seitenzahl: 511

Veröffentlichungsjahr: 2025

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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

lea.uc.cl

JORGE EDUARDO RIVERA

Textos póstumos

Miguel González y María Teresa Stuven, editores

© Inscripción N° 2024-A-10125

Derechos reservados

Abril 2025

ISBN 978-956-14-3424-0

ISBN digital 978-956-14-3425-7

Diseño y diagramación:

versión productora gráfica SpA

CIP — Pontificia Universidad Católica de Chile

Nombres: González Vallejos, Miguel Ángel, editor | Stuven, María Teresa, editor.

Título: Jorge Eduardo Rivera: textos póstumos / Miguel González, María Teresa Stuven, editores.

Descripción: Santiago, Chile: Ediciones UC | Incluye bibliografía.

Materias: CCAB: Rivera Cruchaga, Jorge Eduardo. | Filósofos -- Chile.

Clasificación: DDC 199.83 --dc23

Registro disponible en:https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997529189603396

La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

CONTENIDO

Introducción

Agradecimientos

Biografía del profesor Jorge Eduardo Rivera (1927-2017)

Jorge Eduardo Rivera y el origen vital de la filosofía

Primera parteDE TALES A SÓCRATES

INTRODUCCIÓN. LA FILOSOFÍA ANTIGUA Y SUS PERÍODOS

A. ¿Cómo es Grecia hacia el siglo VI?

B. El problema de las fuentes

C. La filosofía presocrática

I. LOS FILÓSOFOS MILESIOS

1. Mileto

2. Tales

2.1. Sus ideas matemáticas

2.2. Sus ideas filosóficas

3. El problema de la phýsis

3.1. ¿Qué es esta phýsis?

4. Anaximandro

4.1. Sus ideas cosmológicas

4.2. El fragmento

5. Anaxímenes

II. PITÁGORAS Y EL PITAGORISMO

1. La Isla de Samos

2. Pitágoras

III. JENÓFANES, PARMÉNIDES Y HERÁCLITO

1. Jenófanes

2. Parménides

2.1. El Poema

2.2. Comentario del poema

3. Heráclito

3.1. La doctrina

3.2. Los distintos nombres para el ser

4. Zenón y Meliso

4.1. Zenón de Elea

4.2. Meliso de Samos

IV. LOS FILÓSOFOS POSPARMENÍDEOS

1. Empédocles

2. Anaxágoras

3. Los filosófos atomistas: Leucipo y Demócrito

3.1. Demócrito

4. La Sofística y Sócrates

4.1. La Sofística

4.2. Los primeros sofistas

5. Gorgias

6. Sócrates

6.1. El problema socrático

6.2. La sabiduria socrática

Segunda parteTEORÍA Y EXPERIENCIA EN LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA

I. SÖREN KIERKEGAARD

1. Biografía

2. La filosofía de Sören Kierkegaard

3. Los tres estadios de la vida 1

II. LA FILOSOFÍA DE HENRI BERGSON

1. Biografía

2. La filosofía de Bergson

3. Ciencia y filosofía

3.1. Inteligencia

3.2. Intuición

3.3. ¿Qué es la Metafísica?

III. LA CRÍTICA DE HEIDEGGER A LA FENOMENOLOGÍA DE HUSSERL

IV. EL HOMBRE Y EL SER EN EL PENSAR DE HEIDEGGER

Conferencia en la sede occidente de la Universidad de Chile

V. ACERCA DE “LA PREGUNTA POR LA TÉCNICA” DE MARTIN HEIDEGGER

1. Conferencia

Primera parte. Destrucción fenomenológica de la concepción corriente de la técnica

Segunda parte. Recurso al término griego téchne

Tercera parte. En qué consiste la técnica moderna

2. Anexo. Apuntes acerca de “la pregunta por la técnica” de Martin Heidegger

VI. CONFERENCIA ACERCA DE “EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE”

Escuela de Música, Universidad Católica de Valparaíso

VII. EL CARÁCTER PERSONAL DE LA REALIDAD HUMANA

1. ¿Qué es realidad?

2. El hombre, realidad personal

3. ¿Qué es lo propio de la persona humana?

VIII. EN TORNO A LA METAFÍSICA DE ORTEGA

1. La vida como realidad radical

2. La razón vital

Tercera parteLA FILOSOFÍA ANTE EL PROBLEMA DE DIOS

I. EL PROBLEMA DE LA FILOSOFÍA CRISTIANA

1. Filosofía y fe

2. San Justino

Relación de la filosofía con el logos de Dios

Filosofía de la historia

3. La escuela de Alejandría. Clemente de Alejandría

La Escuela de Alejandría

Clemente de Alejandría

INTRODUCCIÓN

Jorge Eduardo Rivera (1927-2017) fue un filósofo en el sentido fundamental de esa palabra, “philo-sophos”, un amigo del saber de la totalidad de la realidad, un buscador del ser. Tanto su vida como su obra estuvieron guiadas por esta búsqueda. Y ambas ligadas a su amor por la docencia de la filosofía.

Quienes fuimos sus discípulos nos vimos contagiados por este estilo de vida que irradiaba el compromiso y gusto del autor por la filosofía, el cual lo llevó a dedicar, durante muchos años, largas horas al estudio de los grandes autores de esta disciplina y a interpretar sus obras por medio de un trabajo paciente y disciplinado. Lograba el profesor Rivera no solo alcanzar la claridad en la explicación de los más difíciles textos de la historia de la filosofía, sino repensarlos de modo que iluminaran los problemas actuales de la existencia humana. Ello, siempre a partir del idioma original de cada uno de los filósofos cuya obra analizaba. Este interés lo motivó a traducir Ser y tiempo, inquietud que nació a partir de la necesidad de explicar mejor a Heidegger, ya que el lenguaje utilizado por José Gaos en la primera traducción al español de esta difícil obra dificultaba la comprensión del texto. La traducción de Ser y tiempo de Heidegger es reconocida hasta hoy como la más fidedigna del habla española. Es imposible no recordar sus cursos en el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, especialmente aquel en que se leía y analizaba detalladamente esa traducción, párrafo por párrafo, curso al cual asistían alumnos de toda la universidad y al que se debía llegar temprano para ubicar un asiento. Algunos no tenían otra alternativa que sentarse en el suelo.

Además del rigor intelectual que demostraba, Rivera impresionaba a sus alumnos por la pasión con que transmitía sus conocimientos. Él mismo escribía en uno de sus ensayos del libro Asombros y nostalgia: “… la filosofía es una pasión. Una pasión es algo que le da sentido a nuestra vida, es algo que nos arrebata… La pasión es… es un modo de ser que consiste en que allí está en cuestión nuestro propio ser… La filosofía se convierte en pasión cuando hace de veras eso que le es más propio, vale decir: preguntar” (p. 332, Ed. 2ª, 2016). Igualmente impresionaba su enorme capacidad de trabajo, atestiguada no solo en la variedad de cursos que dictó sobre distintos temas de la filosofía y su historia, sino también en las numerosas tesis que dirigía, en un trabajo silencioso que se destacaba tanto por la valiosa asesoría que el profesor Rivera prestaba como por la cercanía que entablaba con sus alumnos, muchos de los cuales hoy lo reconocen como su indudable “maestro”.

Es posible advertir la claridad y profundidad de su pensamiento en los numerosos textos publicados en vida del autor, entre los que se cuentan los libros De asombros y nostalgia, Heidegger y Zubiri, Heráclito, el esplendente, En torno al ser o en Itinerarium cordis, así como sus numerosos ensayos publicados en revistas especializadas, entrevistas, ponencias en congresos nacionales e internacionales, etcétera.

Sin lugar a duda, los textos que presentamos hoy forman parte del importante legado intelectual y pedagógico del profesor Rivera. En ellos aparecen los tres grandes temas que Rivera abordó durante su vida: la diferencia ontológica, que también se puede denominar “el descubrimiento del ser”, el conocimiento por connaturalidad, en contraposición al conocimiento teórico, y el rol que juega Dios en la existencia humana.

Los textos recopilados en este libro, con excepción de la primera parte y del texto final, corresponden a manuscritos del profesor Rivera y también a textos de conferencias —o a los fragmentos de ellas que hemos podido recopilar— dictadas por él. En este último caso, el año y el lugar de la conferencia se señalan al comienzo del texto. Se han seleccionado algunos escritos que representan la variedad de temas que interesaban a Rivera. Han quedado fuera de esta publicación otros muy valiosos y dignos de ser publicados, sin embargo, aquellos textos serán parte del archivo que conformará el Fondo Documental Jorge Eduardo Rivera que prepara la UC.

Para explicar al lector el contexto en que nacieron los textos que hoy tiene en sus manos, hemos incluido en el libro una breve biografía del profesor Rivera y un artículo publicado en El Mercurio a manera de homenaje escrito por el profesor Gustavo Cataldo, titulado “Jorge Eduardo Rivera y el origen vital de la filosofía” (El Mercurio, 29 de enero de 2017).

La primera parte del texto corresponde al libro De Tales a Sócrates, correspondiente al período en que Rivera trabajó en el Instituto de Filosofía de la Universidad Católica de Valparaíso, el cual ha circulado durante largos años en formato de apuntes impresos y, últimamente, digitalizados. En dicho texto, destacan las traducciones del Poema de Parménides y de los Fragmentos de Heráclito elaboradas por Rivera. Encontramos en ellos un detallado tratamiento de la diferencia entre el ente y el ser en general, de acuerdo con Heidegger. En De Tales a Sócrates el autor reconstruye la historia de la filosofía desde el siglo VII al IV antes de Cristo, enfatizando el develamiento del ser que tiene lugar, de diferentes formas, en la filosofía de cada uno de los filósofos analizados. En este recorrido, Rivera entra en diálogo con importantes autores, especialmente con Heidegger y Zubiri quienes juegan un rol muy importante en estas páginas.

En la segunda parte del texto, que hemos titulado “Teoría y experiencia en la filosofía contemporánea”, nos encontramos con profundas reflexiones acerca de la obra de Kierkegaard, Bergson, Husserl, Heidegger, Ortega y Zubiri. Una de las líneas centrales de estos textos se refiere a la importancia del conocimiento por connaturalidad. Junto a ello, encontramos en estas páginas el análisis de los distintos modos de acceder a lo real. Destacan aquí el análisis de los tres estadios de la vida humana propuesto por Kierkegaard, el acercamiento al problema del tiempo en Bergson, la exposición de la crítica de Heidegger a la fenomenología de Zubiri, así como la conferencia sobre la obra de arte, los comentarios a La pregunta por la técnica de Heidegger y el trabajo acerca de la relación entre hombre y ser en la obra del filósofo de Friburgo. En estos textos acerca de Heidegger reaparece la reflexión acerca de la diferencia ontológica en relación con la condición humana finita (cf. “El carácter personal de la realidad humana”).

En la tercera y última parte del texto aparece el problema de Dios y su rol en la vida humana. Este es quizás el problema central de toda la vida de Rivera, no solo en el ámbito filosófico. Rivera era un profesor que daba testimonio de su fe sin dejar de ser filósofo, logrando además que sus estudiantes reflexionaran con profundidad acerca de la condición humana. Sus textos sobre la filosofía cristiana y sobre Dios y la filosofía dan testimonio de ello. Como culminación de la hondura con que abordó y vivió el tema de la relación hombre-Dios queremos reproducir en esta introducción unas palabras de la presentación del libro Muerte y búsqueda de inmortalidad, del teólogo Antonio Bentué. En dicho texto, al reflexionar acerca de la muerte, Rivera dice:

Está claro que, al morir, se acaba todo lo que conocemos. Cuando yo muera, ya no veré a mis hijos ni estaré con mis amigos, tampoco haré más clases en la universidad ni comeré ni dormiré ni soñaré… ¿Luego ya no habrá nada para mí? Es justamente eso lo que la filosofía no puede decirme, y no puede, porque no lo sabe. Entonces, ¿he de vivir como si me esperara la nada? Esa es, obviamente, una alternativa posible por la que puedo jugarme la vida. Pero también hay otra posibilidad, en la que yo me sitúo. Y es la fe de que seré resucitado por Jesucristo, el día mismo de mi muerte. Creo, pues, que por la gracia de Dios viviré eternamente su misma vida divina. Y esta fe me hace esperar gozosamente la muerte que me espera.

Esto no es mera teoría ni sola fe, sino la “experiencia” que hace todo aquel que cree en Jesucristo. Es la experiencia de todos los santos y de todos los que viven su fe cristiana.

Y eso me permite confiar en que el día más grande de mi vida será el de mi muerte, cuando gratuitamente y por puro amor misericordioso de Dios me será dada otra vida sin horizonte de muerte, una vida plena, divina y eterna, cuya esperanza es capaz de transformar también esta vida temporal, en misericordia, en gozo y en paz permanentes.

Finalmente, no podemos dejar de expresar el motivo de alegría y gratitud que constituye para nosotros, los editores, presentar parte de la obra de este filósofo, quien ha dejado una impronta indeleble en nuestro quehacer filosófico y docente. Estamos seguros de que lo será igualmente para quienes han sido y son sus discípulos.

Miguel González VallejosM. Teresa Stuven Vattier

AGRADECIMIENTOS

Esta obra no hubiera sido posible sin el apoyo y el financiamiento otorgado por el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, por medio de su decano, profesor Olof Page. Cristián Hernández realizó la transcripción de los textos desde los manuscritos del profesor Rivera a formato Word; el profesor Matías Wende colaboró en las traducciones desde el griego y con el trabajo bibliográfico; el equipo de Ediciones UC se encargó de la edición y publicación del libro. A todos ellos, va nuestro más profundo agradecimiento.

BIOGRAFÍA DEL PROFESOR JORGE EDUARDO RIVERA (1927-2017)

Jorge Eduardo Rivera nació en Santiago de Chile el 2 de marzo de 1927, en el seno de una familia católica. Cursó sus primeros años de estudio en el Colegio de los Sagrados Corazones de Santiago. La formación académica del profesor Rivera empezó en Chile, con sus estudios de pregrado en Filosofía y Teología en el Seminario Escolasticado de la Congregación de los Sagrados Corazones de Santiago y se prolongó con estudios de posgrado en Alemania y España.

En Alemania realizó estudios de Filosofía, Educación, Filología Románica y Teología en la Universidad de Freiburg (1960-1963). Fue alumno de Eugen Fink, Anton Vögtle y Bernhard Welte. En 1964 retomó los estudios de posgrado en Freiburg con una beca Humboldt (1964-1966), obtenida por recomendación de Martin Heidegger, a quien había conocido personalmente en 1961. Bajo la dirección del profesor Welte escribió un libro sobre el conocimiento por connaturalidad en Tomas de Aquino, interpretado a partir de Heidegger (Konnaturales Erkennen und vorstellendes Denken), publicado en Alemania por la Editorial Karl Alber.

Entre los años 1966 y 1968 realizó en Madrid, España, estudios privados con Xavier Zubiri en la Sociedad de Estudios y Publicaciones en Madrid. Juntos trabajaron en el análisis y discusión del texto Sobre la esencia. A través de ese trabajo se estableció una relación de amistad entre ellos que incluyó también a Carmen Castro, la esposa de Zubiri; de esta manera, el profesor Rivera llegó a ser un invitado frecuente en el hogar Zubiri en la calle Núñez de Balboa. Esta amistad se prolongó hasta la muerte del filósofo español.

Desde el año 1970 hasta el año 1973, Jorge Eduardo Rivera permaneció en Alemania cursando nuevamente estudios de Filosofía, Teología y Filología románica, y obtuvo el doctorado en Filosofía en la Universidad de Heidelberg con el profesor Hans Georg Gadamer (1972-1973). En 1978 obtuvo nuevamente la beca Humboldt para una investigación filosófico-teológica sobre la experiencia de la fe, con el profesor Herbert Mühlen de Paderborn.

Tras 23 años de trabajar en la traducción de la obra Ser y tiempo, Rivera concluyó, entre 1973 y 1975, la primera versión en castellano. Esta iniciativa fue felicitada por el propio Heidegger, como consta en una carta dirigida a Rivera por el filósofo de Friburgo. Para ese trabajo contó, además, con el apoyo de Wilhelm Von Herrmann, Gadamer y Max Müller. La primera edición fue publicada en 1997 por Editorial Universitaria de Chile. En 2003, la obra fue publicada en España por Editorial Trotta.

Rivera fue un destacado profesor en una amplia gama de temas filosóficos, tanto en la Pontificia Universidad Católica de Chile como en la Universidad Católica de Valparaíso, y ejerció una importante influencia en estudiantes, hoy docentes en varias instituciones, quienes lo reconocen como su verdadero maestro. A lo largo de su carrera académica, el profesor Rivera obtuvo múlti­ples becas de permanencia de investigación en el extranjero y expuso en diversos congresos nacionales e internacionales: en Alemania, España, Colombia, Perú, entre otros. A nivel nacional e internacional era considera­do un referente obligatorio en el conocimiento e interpretación de las filosofías de Heidegger y Zubiri. Mantuvo una estrecha amistad con el profesor Wilhelm Von Herrmann, asistente personal de Martin Heidegger, a la vez que un cercano contacto y correspondencia con filósofos como François Fedier, Ramón Rodríguez, Jesús Conill, Antonio González, Remedios Ávila y muchos otros.

JORGE EDUARDO RIVERA Y EL ORIGEN VITAL DE LA FILOSOFÍA

Sin duda, la obra que dará mayor prestigio internacional a Jorge Eduardo Rivera será la traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger, hoy por hoy, la traducción estándar en lengua española y una de las mejores en cualquier lengua. La propia génesis de esta traducción, forjada a lo largo de veintitrés años, resulta significativa para comprender la tesitura filosófica de Jorge Eduardo Rivera. Como él mismo señala, la traducción surge de una necesidad práctica: la enseñanza de Heidegger en sus seminarios. Heidegger se hacía difícilmente comprensible en la única traducción entonces disponible (la de José Gaos). Se trataba entonces de hacer comprensible Ser y tiempo no ya en un español germanizado, sino de intentar decir y comprender en la lengua propia lo que está dicho en la ajena: finalmente, como afirma Rivera, toda traducción es ya, “por sí misma”, interpretación. Lo que nos interesa destacar aquí es que el origen y el suelo nutricio de esta obra ejemplar no fue otro que la enseñanza de la filosofía. No, pues, una filosofía disociada de la enseñanza, sino una filosofía enseñable o, mejor, una “filosofía enseñante”. Esta peculiar solicitud por la enseñanza de la filosofía es algo que se percibe claramente en todas sus obras. Ellas no toman nunca la forma grave e hirsuta del artículo académico o especializado, sino la forma coloquial y vivaz de la oralidad. Sucede como si Rivera siempre desconfiara de la palabra escrita y sus obras intentaran en todo momento reproducir la palabra oral. La apelación directa al lector, el recurso a ejemplos triviales o de la vida cotidiana y al sentido del lenguaje corriente son, entre otros, parte de estos “gestos” que intentan recobrar la vitalidad comunicativa de la filosofía. Vitalidad, inmediatez, sensibilidad, pasión e incluso “realidad”, sin duda serían expresiones que bien podrían caracterizar el “tono vital” de su praxis filosófica.

Sin embargo, este “tono vital” finalmente se asentaba en una muy determinada concepción de la filosofía y del “logos” filosófico. Rivera —como sus maestros Heidegger y Zubiri— desconfiaba de una razón desarraigada de sus sustratos más inmediatamente vitales: no una razón escindida o una razón fragmentada, sino una razón siempre embargada o sumergida en una totalidad previa. Esta suerte de “razón total” depende —con anterioridad a cualquier actitud objetiva— de un cierto estar sumergidos o “impregnados” por la realidad: “La contemplación —afirma Jorge Eduardo Rivera— no es la primera actitud natural del hombre. La primera actitud natural consiste en que nos sumerjamos en la realidad, que vivamos en ella sin reservas, entregados a nuestro quehacer”. A este sumergirse “ingenuamente” en la realidad Rivera lo llama “embargo”: “Lo natural en el hombre no es mirar las cosas, sino usarlas, hacer algo con ellas. A esta actitud natural yo la llamo ‘embargo’: nos embargamos con todo nuestro ser en la realidad. Y llamamos, justamente, ‘realidad’ al término de nuestro embargamiento”. Rivera, como solía hacerlo, da un ejemplo de la vida cotidiana: jugar fútbol. El que está jugando fútbol vive su vida embargadamente, ‘’ejecutivamente”; lejos de toda contemplación está allí “fuera”, en la pelota, en la cancha, en el gol, en el foul o en las reglas. Su vida consiste en la ejecución de una serie de actos por medio de los cuales se sumerge en el juego. Es este primado de la “ejecución” (“Vollzug”, en la terminología de Heidegger), lo que hace que la teoría finalmente siempre llegue con “retraso” respecto de la vida. En la teoría —a diferencia de la vida “ejecutivamente vivida”— se produce un des-embargo, una suerte de desgarramiento: “En la contemplación —afirma Rivera— ocurre algo extrañísimo: el hombre detiene su embargo, se des-embarga, y se vuelve sobre todo lo que allí está vivido, ya no para vivirlo, sino para quedarse en el momento cognoscitivo de todo ello. Digámoslo en forma simplificadora y, por lo mismo, deficiente: en la contemplación, el hombre se flecta sobre su propia vida para mirar sus actos o los objetos de sus actos”. En el primer momento, el momento del embargo, la vida sabe de sí de una manera directa, en una suerte de autotransparencia donde los actos están abiertos para sí mismos. En el segundo momento, el momento del des-embargo, la inteligencia realiza nuevos actos, actos de contemplación, sobre los actos anteriores ejecutados: el des-embargo es un mirar lo que en el embargo se nos ofrece. Frente a una razón abstracta y desarraigada, lo que Jorge Eduardo Rivera nos propone finalmente es una razón siempre alojada en sus raíces mundano-vitales o, para decirlo con Ortega y Gasset, una razón siempre enlazada a la vida como realidad radical.

Pero no se trata solamente de que la filosofía y la razón han de estar conectadas a la vida como totalidad previa y siempre dada, sino también a la totalidad de hombre: finalmente, es el hombre entero, no la razón, el que entiende y piensa. Esta “razón total”, que Jorge Eduardo Rivera parece querer recuperar, es, en particular, aquella que se encuentra indisolublemente ligada a los sentidos y al cuerpo. De allí que siempre le sedujera —como un acierto decisivo— la expresión de Zubiri “inteligencia sentiente” o “sentir intelectivo”. La inteligencia humana “siente” la realidad y no solamente la comprende o la concibe: “Esta idea de una inteligencia sentiente —comenta Rivera— junto con ser una idea enteramente nueva en la filosofía, es una idea filosóficamente fecunda y de tremenda importancia para la vida de hombre. En efecto, si sentir e inteligir no son en el hombre dos actos estructuralmente distintos y separadas, sino que conforman una unidad estructural cuyo objeto único es la realidad en cuanto tal, entonces no hay tampoco dos esferas separaras, dos mundos o kosmoi, uno sensible (aisthetós) y otro inteligible (noetós), en constante pugna entre sí; y la metafísica no es una evasión fuera del mundo de la real y concreta vida del hombre, sino, justamente al revés, un ahondamiento cada vez mayor en eso mismo en que los diversos sentires nos dejan inmersos”. De allí que Jorge Eduardo Rivera dedicará también una serie de ensayos muy notables sobre los sentidos como diversas formas de acceso a la realidad. Pero de los varios sentidos sobre todo le interesaban el gusto y el tacto, porque es precisamente en ellos donde la realidad se nos presenta en toda su inmediatez y presencia: el tacto es el sentido por excelencia de la realidad extrínsecamente presente —para convencernos de que algo es real cuando lo “tocamos”— y el gusto de la realidad intrínsecamente presente. Lo que Jorge Eduardo Rivera buscaba afanosamente es precisamente esa inteligencia “táctil” o “gustativa”, que es capaz de sentir la realidad en toda su inmediatez y presencia.

Sin embargo, para Jorge Eduardo Rivera esta “inteligencia que siente” no era una teoría filosófica más, sino una forma de praxis que orientó toda su vida filosófica. Esto lo sabemos muy bien quienes tuvimos la fortuna de ser alguna vez sus alumnos. Los que asistimos a sus clases éramos testigos de un acontecimiento insólito: un profesor universitario que, más allá de su solvencia técnica o puramente especulativa, parecía comprometerse y —arriesgarse— enteramente en lo que decía. No era el texto, no eran las clases, no eran siquiera las ideas o los argumentos, lo que ahí comparecía; era él entero, en persona, sin reservas, tocando, gustando, haciendo “sentir” la filosofía. Esta actitud queda muy bien reflejada en las siguientes palabras que hasta hoy y, sobre todo, hoy deberían constituir una auténtica lección de pedagogía: “Las personalidades no se forman por medio de cursos o asignaturas. Las personalidades se forman por contacto con otras personalidades más ricas o maduras. Se forman por irradiación”. Jorge Eduardo Rivera fue precisamente eso: un maestro que formó por irradiación.

Gustavo Cataldo Sanguinetti

PRIMERA PARTE

De Tales a Sócrates

INTRODUCCIÓN

LA FILOSOFÍA ANTIGUA Y SUS PERÍODOS1

El período de la Historia de la Filosofía Antigua se extiende desde los orígenes de la filosofía en Grecia hasta el momento en que hace su aparición la filosofía cristiana. Es un período que abarca más o menos mil años. Quedan encerradas en él la filosofía griega, que es su núcleo más originario y fundamental, y la filosofía romana. Por tanto, la Historia de la Filosofía Antigua puede dividirse en cuatro períodos. Ellos son los siguientes:

I. La Filosofía Presocrática

II. La Sofística y Sócrates

III. La Filosofía Clásica: Platón y Aristóteles

IV. La Filosofía Helenístico-Romana

Aquí no examinaremos todo lo que pasó en la filosofía a lo largo de esos mil años, sino que nos limitaremos a estudiar solamente la filosofía griega de Tales a Sócrates. No solo lo haremos en este sentido, sino que, además, vamos a restringir el tema en lo que respecta al punto de vista: enfocaremos fundamentalmente un problema, el problema de cómo los griegos descubren y precisan el sentido de eso que llamamos “el ser”. Claro está que desde este punto de vista nos asomaremos a otros problemas, pero estos últimos los abordaremos tan solo a la luz del “problema del ser”.

A. ¿CÓMO ES GRECIA HACIA EL SIGLO VI?

Si miramos ahora hacia dentro, hacia la vida interior de las ciudades griegas, constatamos que entre los siglos VIII y VI a. C. se va produciendo una serie de transformaciones que conviene tener presente, si queremos entender el momento en que nacerá la filosofía.

En lo “político”, la realeza es desplazada por la aristocracia. A su vez, esta aristocracia se hace odiosa y ve surgir frente a ella y contra ella una clase democrática que anhela despojarla de sus privilegios. En este ambiente surgen los “tiranos”, que son, generalmente, hombres de la clase aristocrática, pero abiertos hacia las inquietudes del pueblo bajo. Entre estos tiranos habría que mencionar, por ejemplo, a Pisístrato en Atenas, Polícrates en Samos, Periandro en Corinto y Trasíbulo en Mileto.

En lo “social”, vemos que, al concentrarse la riqueza en unas pocas manos, surge una clase desposeída, a veces miserable, y cada vez más numerosa y con niveles más altos de resignación y, a la vez, de resentimiento.

Gracias a la colonización, muchos no aristócratas, aventureros y audaces, se enriquecen. Así, la aristocracia se ve forzada a mezclarse con la plutocracia, contra la cual se produce una nueva reacción popular y democrática, que va a actuar a través de la tiranía.

En lo “económico”, además de lo ya dicho, vemos surgir una poderosa industria y un comercio intensivo en todas direcciones. Aquí se da el inicio de toda sociedad moderna: el negocio a través de la liberación de la mercancía y su flujo. Se empieza a acuñar la moneda, lo que lleva consigo una mayor movilidad de la riqueza. Y la moneda se entiende como una cierta valoración que da sentido y seguridad al pueblo entero. Ya no es la tierra el elemento único de la riqueza. A través de la moneda, el hombre da un paso que lo va liberando de lo empírico de la tierra y de allí que pueda realizar todo tipo de negocios y de aventura económica en el marco de su mundo. La tierra da paso a la moneda. Se reconoce la capacidad empresarial de ciertas personalidades. La persona es valorada por su capacidad creadora, fuente de iniciativas; tal capacidad lo coloca por encima del resto que se quedó atrapado en las determinaciones físicas de la naturaleza, por ejemplo, el valor de la tierra.

Todo ello lleva a una forma distinta de vida, en la que hay que destacar los siguientes aspectos:

1. Empiezan a surgir individualidades fuertes. La vida ya no es fundamentalmente algo anónimo y colectivo, sino que es sobre todo vida individual. Surgen, naturalmente, individualidades que se destacan sobre sus conciudadanos en todos los planos. Así, por ejemplo, en lo político se destacan los tiranos, que fueron, en general, hombres de gran iniciativa a los que se les deben muchas obras públicas. Nacen asimismo los legisladores, que pondrán las leyes por escrito y concebirán nuevas formas de organización de las ciudades. En el terreno artístico, surgen artistas de nombre conocido, que firman sus obras. Aparecen los poetas líricos, que cantan ya no solo los grandes eventos comunes, sino también sus propias y personales vicisitudes. Así, por ejemplo, Focílides de Mileto, contemporáneo de Tales, suele “sellar” sus poemas con las palabras iniciales “también esto es de Focílides” (kai tóde Phokylídeo):”

— “También esto es de Focílides: ¿qué importa ser de noble cuna, si no se tiene acierto ni para hablar ni para tomar decisiones?” (Máxima 3).

— “También esto es de Focílides: una pequeña ciudad que vive bien gobernada en lo alto de un monte es más fuerte que una Nínive insensata” (Máxima 4).

— “También esto es de Focílides: el amigo debe tratar con el amigo de los rumores que corren entre sus conciudadanos” (Máxima 5).

En este ambiente de individualidades poderosas es en el que empieza la filosofía. También en este caso los pensadores son personas destacadas, cuyo nombre es reconocido entre todos los demás.

2. Al irse desarrollando nuevas formas de vivir, aumentan las posibilidades de la vida y surge de este modo una nueva necesidad: la necesidad de optar entre ellas. Ahora bien, el hombre opta por unas posibilidades y deja otras de lado porque tiene algún proyecto vital, es decir, porque quiere algo para sí mismo y tiene tal proyecto en el espacio de la decisión. ¿En qué se apoyará para hacer sus proyectos? Tradicionalmente se ha apoyado en las costumbres (nómoi) y en la voluntad de los dioses, que se expresa para esos hombres en los oráculos y la adivinación. Pero tanto los oráculos como la adivinación solo se usan en los casos importantes y graves. En todo lo demás la vida está reglada por nómoi, por las leyes, usos y costumbres de las polis. La vida era entonces esencialmente vida pública: Bíos politikós y, como tal, anónima.

En cambio, al enriquecerse la vida ahora como tal (al ser más propia), surgen nuevas y existenciales posibilidades. Así, por ejemplo, ciertos hombres se dedican al comercio con otros pueblos, toman contacto con otras costumbres, con otras religiones y otros ritos (como los ritos y religiones egipcias). Otros se dedican a viajar para ver qué pasa en otras partes, como Solón, de quien Heródoto nos dice, poniéndolo en boca de Creso, que “han llegado hasta nosotros muchas noticias tuyas, tanto por tu sabiduría, como por tus viajes, y de que movido por el gusto de saber has recorrido muchos países por examinarlos” (Heródoto, 1,30). En este mismo ambiente es en el que surge la tiranía y en que aparecen los legisladores y los poetas líricos.

3. Representantes eximios de esta nueva forma de vida, rica y existencial, son los llamados “Siete Sabios”, que aparecen justamente cuando la colonización ha alcanzado un alto grado de desarrollo, es decir, a fines del siglo VII y comienzos del VI a. C.

¿Quiénes eran estos siete sabios? Las listas son variables. Siempre a la cabeza de ella va Tales de Mileto, quien será el iniciador de la filosofía. Pero hay otros hombres que no son filósofos, lo que demuestra que la filosofía nace, justamente, al aparecer un modo de vida distinto del anterior.

Cuatro nombres aparecen siempre en todas las listas de “Siete Sabios”. Ellos son Tales, Bías, Pitaco de Mitilene y Solón. Los otros tres se reparten entre Creóbulo de Rodas, Quilón de Esparta, Periandro de Corinto, Epiménides, Anacarsis y Misón.

Veámoslos algo más en detalle (de Tales de Mileto hablaremos en detalle más adelante):

Bías de Priene (Priene era una ciudad jónica, situada en la desembocadura del Meandro, ligeramente al norte de Mileto). Bías vivió en el siglo VI a. C.; de él se cuenta que ideó el plan para trasladar las ciudades jonias a Cerdeña (Heródoto, I, 170). También se cuenta que arregló las viejas contiendas entre Priene y Samos, y que engañó astutamente al rey lidio Aliates, cuando este sitió Priene (Diógenes Laercio, I, 83).

Solón de Atenas. Solón también es del siglo VI a. C.; fue legislador y poeta. Fue arconte entre 594-93 a. C. y entonces fue investido, por acuerdo de la ciudad, de poderes especiales para reformar la constitución. Es su akmé, o sea, el período de su edad madura. Muere poco después de establecerse la tiranía de Pisístrato en 560 a. C.

Pitaco de Mitilene (Mitilene fue la capital de la isla Lesbos). Nombrado aisymneta (magistrado jefe en muchas ciudades griegas) en 598/7-590/89 a. C. para poner fin a las guerras civiles que habían sacudido la isla. Establece la paz. Redujo el lujo. Provocó las iras de Alceo (poeta de Mitilene). Aristóteles cita un texto de Alceo contra Pitaco: “… establecieron como tirano (los de Mitilene) de esta ciudad malhadada y sin hiel al malnacido (kakopátrida) Pitaco, cantando a coro sus alabanzas”. Aristóteles llama “aisymneta” erradamente a reformadores del tipo Solón o Pitacos, sobre todo en Jonia, pacificadores en las luchas sociales.

¿Qué hacían estos hombres?

Estos sabios eran hombres ricos, que ejercían el poder, negociantes, con actividades técnicas, grandes viajeros: gentes que vivían en íntimo contacto con la realidad, nada en las nubes, nada absortos ni metidos en una celda. Si se cuenta de Tales que por mirar a las estrellas se cayó en un hoyo, también se refiere, y con mayor precisión, que fue un perspicaz consejero político, que desvió el curso de un río y que, previendo una gran cosecha de aceitunas, arrendó muchos molinos y se enriqueció. Heródoto cuenta que Solón viajaba ‘por ver’ (theoríes heíneken), cosa que para los orientales resultó siempre admirable en los griegos. ¿Qué es lo que veían estos hombres: Tales, Solón, el propio Heródoto? Sobre todo, las ciudades, los hombres, lo que hacían los habitantes de pueblos extraños; visitaban los monumentos, enumeraban en detalle los regalos hechos por los reyes y tiranos a los santuarios y templos. Nos cuentan las costumbres de los habitantes de cada país; en lugar de comerciar con los pueblos extraños o hacerles la guerra, los consideraban; buscan en ellos sus características, lo que podríamos llamar su consistencia, para saber cómo se comportan y poder estar en claro respecto a ellos. Los humanos aparecen para ellos articulados en pueblos, en unidades definidas por un tipo de comportamiento: los egipcios, los lidios, los persas, los escitas, son ‘variedades’ humanas; en cuanto a ellos mismos, su consistencia propia es de gente que mira, que ve las cosas, dotada de cierta superioridad que estriba en hacerse cuestión de la consistencia de las cosas y de los demás hombres, en saber a qué atenerse sobre ellos. (J. Marías, “La filosofía griega desde sus orígenes hasta Platón”, en Biografía de la filosofía, 3ª Ed. Madrid 1954, p. 26-27)

¿En qué consiste su “sabiduría”? La palabra sophós (sabio) es de uso antiquísimo y significa, al principio, algo muy distinto de lo que va a significar a fines del siglo VII y en el VI a. C. Sophós, que los latinos traducen por sapiens, es al comienzo un hombre generalmente anciano, encargado de probar los alimentos para discernir cuáles son sanos y cuáles dañinos para la tribu. Es el “entendido en sabores” (lat. sapores).

Más tarde pasa a ser el “entendido” en cualquier cosa de la vida humana, especialmente, el entendido en lo que es la vida misma. Este es el sentido que va a tener la expresión en el título “Los Siete Sabios”. Su modo de conocer no es por ideas generales o teorías, sino por contacto, por experiencia, por trato con las cosas (Véase X. Zubiri, “La idea de la filosofía en Aristóteles”, en Naturaleza, Historia, Dios, Madrid, 1944, p. 129 ss.).

Este es el momento exacto en el que nacerá la filosofía.

B. EL PROBLEMA DE LAS FUENTES

El estudio de los filósofos presocráticos presenta una especial problematicidad por el hecho de que de ellos no tenemos textos directos. Ningún escrito original de esos filósofos ha llegado hasta nosotros. Las fuentes para acceder a su conocimiento son solamente indirectas. Estas fuentes indirectas no son, por su parte, siempre fidedignas, pues en muchos casos en vez de ser fuentes “imparciales” son “interesadas”. En efecto, en muchos casos esas fuentes citan a los filósofos presocráticos para hacer ver que el pensamiento de esos filósofos era un primer germen que, desarrollado ulteriormente, llegaría a ser la filosofía del autor citante (esto es típico en Aristóteles, por ejemplo). Es decir, se busca en los antiguos la confirmación histórica del presente filosófico. Naturalmente, esta actitud lleva consigo la propensión a entender a los autores citados desde el horizonte conceptual del autor citante, lo cual hace de sus citas más una “interpretación” que una cita propiamente dicha. En otros casos, la cita tiene como finalidad mostrar, por medio de los errores de los antepasados, los caminos que hay que evitar y los peligros que amenazan la existencia presente. Es lo que podríamos llamar la “amonestación del pasado”.

En ningún momento esas fuentes intentan repensar el pensamiento antiguo en su carácter originario propio. Se lo ve, más bien, desde y para el pensamiento en ese momento.

¿Cuáles son nuestras fuentes indirectas para el estudio de los filósofos presocráticos? Las más importantes para nosotros son:

a) Platón (427-347 a. C.), una fuente de un siglo o un siglo y medio posterior a los autores citados.

b) Aristóteles (384-322 a. C.), sin duda, la más importante de las fuentes, pero posterior en dos siglos a los textos citados.

c) Teofrasto y Eudemo (discípulos de Aristóteles).

A partir de Teofrasto (371-287 a. C.), empieza lo que se ha llamado la “tradición doxográfica” o los “doxógrafos”. Doxógrafos son los escritores de la antigüedad que transmiten las “ideas” u “opiniones” (doxaí) de los filósofos anteriores.

El primer doxógrafo es Teofrasto mismo. La obra doxográfica más importante de este son los dieciséis (o dieciocho) libros titulados Physikôn doxaí (Opiniones de los Físicos), obra desgraciadamente desaparecida, de la que solo se conserva un fragmento Sobre las Sensaciones, pero que nosotros conocemos, en parte, por citaciones de autores posteriores.

Estas citas posteriores de la obra de Teofrasto son nuestra principal fuente, después de Aristóteles, para el estudio de los presocráticos. ¿A través de quiénes han llegado a nosotros la obra doxográfica de Teofrasto? Fundamentalmente a través de dos fuentes:

a) Una obra atribuida a Plutarco (45-125 d. C.) y que lleva el título griego de Perì tôn areskónton philosóphois physikòn dogmáton epítomes bíblia pénte, o bien el latino de Placita Philosophorum. Se lo cita como Pseudo-Plutarco, Placita. Pertenece al siglo II d. C.

b) Stobeo: Eglogae physicae (Extractos físicos) (siglo V d. C.)

A su vez, estas dos obras son citadas por otros autores, que tendremos la ocasión de mencionar más adelante. Ellas no se basan directamente en Teofrasto, sino en una obra hoy perdida de Aetios (s. I d. C.), llamada Synagogé tôn areskónton (Colección de opiniones), la cual se basa en una obra desaparecida, llamada Vetusta Placita, que estaba basada en Teofrasto. Estas obras doxográficas fueron editadas por Hermann Diels: Doxographi-Graeci, 1879.

Por último, tenemos la obra de Diógenes Laercio (s. III d. C.) Vidas y Opiniones de los Filósofos, no siempre confiable.

C. LA FILOSOFÍA PRESOCRÁTICA

El título “filosofía presocrática” procede de Hermann Diels (1848-1922), famoso filólogo alemán que recopiló y publicó por primera vez en forma relativamente completa los fragmentos de estos filósofos anteriores a Sócrates. Su libro Die Fragmente der Vorsokratiker es la obra fundamental para el trabajo acerca de este período de la historia de la filosofía. La primera edición de este libro es de 1903. A partir de la 5ª. edición (1934-1937), la obra fue completada y perfeccionada por Walther Kranz (1884-1960). Cuando se cita esta obra, suele abreviársela con la sigla DK (Diels-Kranz).

Antes de Diels, los filósofos a que nos estamos refiriendo eran llamados “preplatónicos” (así los llamó, por ejemplo, Nietzsche). En cierto modo, esta denominación es más exacta, siempre que se incluya, naturalmente, entre esos preplatónicos a Sócrates mismo. En efecto, con Platón comienza la metafísica. Todo lo anterior a Platón es premetafísico. Y, en este sentido, hay una buena razón para reunir a todos esos filósofos anteriores a la metafísica y llamarlos “preplatónicos”. Así los llama a veces Martin Heidegger, siguiendo a Nietzsche, que dedicó una parte muy importante de su obra a la reinterpretación de Anaximandro, Heráclito y Parménides.

Sin embargo, en el sentir de Aristóteles, la filosofía se dividía en dos períodos: la antigua y la nueva filosofía. Lo que Aristóteles llama “los antiguos” (hoi arkhaíoi), o también “los físicos” o “los fisiólogos”, son los filósofos anteriores a Sócrates, es decir, esos pensadores que dedicaron toda la fuerza excepcional de su mente a la indagación de la phýsis (“naturaleza”), el fondo último desde el cual vienen a ser todas las cosas que hay. La phýsis es considerada también algo “divino” (tò theîon). Frente a esos antiguos, aparecen, para Aristóteles, los nuevos, los “modernos”, como diríamos nosotros, y esos modernos empiezan con Sócrates. Sócrates se ocupa no de lo divino de la phýsis, sino de las cosas humanas, de los asuntos del Ethos. La línea divisoria de la breve historia de la filosofía en tiempos de Aristóteles es, pues, la figura señera de Sócrates.

Por este motivo, y para seguir la forma usual de hablar, nosotros mantendremos la denominación de “filosofía presocrática”. Hablando de ellos, dice Nietzsche:

Crearon las figuras tipo de la filosofía, y todo lo que ha venido después ha sido incapaz de añadir ningún rasgo esencial verdaderamente nuevo. Cualquier pueblo se sentirá avergonzado al volver los ojos a esa admirable reunión, compuesta por los maestros de la primitiva filosofía griega: Tales, Anaximandro, Heráclito, Parménides, Anaxágoras, Empédocles, Demócrito, Sócrates…, todos estos hombres están tallados sobre un mismo bloque y son una sola pieza. Entre su pensamiento y su carácter existe una estricta necesidad… Constituyen, juntos, lo que Schopenhauer llamaba una ‘república de genios’ por oposición a una república de eruditos: un gigante llama a otro por encima de los desiertos del tiempo e, imperturbable ante el clamor de la charla que murmura a sus pies, prosigue el supremo diálogo de los espíritus. Solo una cultura como la griega puede resolver la cuestión de la tarea del filósofo. solo una civilización así puede… justificar la filosofía, porque solo ella sabe y es capaz de demostrar por qué y cómo el filósofo noes un fortuito y errante vagabundo. Hay una férrea necesidad que vincula al filósofo a una verdadera cultura. (La filosofía en la época trágica de los griegos, 355-357; la traducción aquí es de X. Zubiri en Naturaleza, Historia, Dios, 1944, p. 383).

Este período puede ser dividido, a su vez, en cuatro períodos menores, que son los siguientes:

I. Los Filósofos Milesios: Tales, Anaximandro y Anaxímenes.

II. Pitágoras y los Pitagóricos.

III. Jenófanes, Parménides y Heráclito.

IV. Los Filósofos Posparmenídeos: Empédocles, Anaxágoras, Demócrito y Leucipo.

Empezaremos de inmediato con el primero de estos subperíodos, esto es, los filósofos milesios.

1 Nota de los editores: los fragmentos presocráticos citados en este parágrafo y en los siguientes se pueden encontrar en A. Bernabé, De Tales a Demócrito. Fragmentos presocráticos, Madrid: Alianza, 1988.

I. LOS FILÓSOFOS MILESIOS

Jonia es la región que se extiende en la costa central de la Anatolia (actualmente, Turquía). Al norte de Jonia, siempre por la costa, está lo que se llama la Eolia y, al sur, la Doria o Dóride.

Los valles de Jonia son fértiles en cereales y se extienden a la orilla de los cuatro ríos principales que vienen a desembocar al mar Egeo, vale decir, de norte a sur, Caicos, Hermos, Caístro y Meandro. Suaves pendientes, cubiertas de árboles frutales, especialmente de viñedos y olivares, van remontando hasta las llanuras del interior, que ofrecen pastos abundantes para el ganado. Una raza famosa de ovejas provee la lana para las industrias textiles, entre las que se destaca la de Mileto; llegó a ser célebre en la época la calidad y suavidad de la lana de esta oveja.

Las montañas van a terminar en la costa en penínsulas que, a su vez, se prolongan en islas, ofreciendo, de esta manera un buen abrigo para la navegación. Jonia está abierta hacia el mar. Desde sus costas se ve poner el sol en el azul Egeo. Numerosas bahías sirven de base a los puertos desde donde los barcos zarpan continuamente hacia las islas Cíclades y hacia el Golfo de Salónica. Por tierra, el comercio dispone de los grandes ríos para llegar a las rutas que comunican la Lidia con Licia y Frigia y, más al interior, con Mesopotamia. Jonia estuvo siempre abierta, por un lado, al mundo del Mediterráneo y, por otro, a los países del interior, especialmente de Lidia.

Los jonios proceden de los aqueos y prehelenos que habitaban la Grecia central y el Peloponeso en los tiempos micénicos y que lentamente fueron emigrando al Asia Menor por presión de los dorios llegados a Grecia desde el norte. Doce son las principales póleis de Jonia. Se trata, pues, de doce pequeños Estados independientes, entre los que se trabaron alianzas, especialmente de carácter defensivo. Esas ciudades-Estado fueron: Mileto, Priene, Samos, Éfeso, Colofón, Lébedos, Teos, Chios, Myus, Eretria, Clazománai, Focea.

El lugar de encuentro de estos jonios es un santuario llamado Panjonion (véase Heródoto I, 148), lugar sagrado en el monte Micale (en Priene). Este lugar está consagrado a Poseidón Heliconion. Aquí se reúnen los jonios de las doce ciudades para celebrar las festividades llamadas los Panjónicos. El monte Micale es un cabo que se extiende frente a la isla de Samos.

1. MILETO

Es la más importante polis griega en el siglo VI a. C. Admirablemente situada entre dos bahías, están protegidas por una serie de islotes. Entre ambas bahías avanza un promontorio que sirve de abrigo contra el viento para los cuatro puertos que posee Mileto. Las comunicaciones hacia el interior son fáciles a través del valle del Meandro (hacia Frigia). Con los escarpados de Caria la unen profundas quebradas. Hacia el interior de Mileto se extiende una llanura con légamo en que crece un espléndido trigo; más allá, hay colinas cubiertas de viñedos y árboles frutales; y, más arriba, vastas mesetas propicias a la ganadería.

La leyenda menciona como fundadores de Mileto a Milatos de Creta o a Sarpedón de Licia y Neleo de Pylos. Esto indica que la raza indígena ha sido alterada por migraciones de cretenses y aqueos. En tiempos homéricos dominaban todavía los “carios de lengua bárbara”, cuyas mujeres eran expertas en el arte de teñir el marfil.

La diosa Atenea y el dios Apolo Delfinio tuvieron sus santuarios en dos de los puertos principales, a unos 15 kilómetros del viejo santuario de Dídimos, servido por la familia de los Branquidas. Las dos familias más nobles de Mileto eran los Télidas, que se decían de origen fenicio, y los Neleidas, que remontaban a los peloponesios de la época micénica.

Desde comienzos de siglo VIII a. C. se empieza a desarrollar una talasocracia (dominio del mar) milesia. Mileto fue metrópolis de un gran número de apoikíes (colonias), especialmente en el Pontos Euxinos. Se gloría de tener noventa colonias en los mares septentrionales. En Naucratis (Egipto) los milesios son los más importantes colonos. En occidente, hace de Síbaris su despensa hacia Etruria. Mileto tiene la impresión mítica de ser el “ombligo del mundo”. En la vía sagrada a Dídimos, colosales estatuas se presentan con los nombres de los dedicantes. Su puerto de los leones está dominado por Apolo Delfinio. Los muelles están rodeados de pórticos. Los navíos que allí se encuentran anclados son muy numerosos. No hay en Grecia, antes de las Guerras Médicas, ninguna ciudad-Estado tan activa y tan poblada como Mileto. Allí se trabajan las pieles y los metales preciosos venidos de Lidia, el fierro de los Calibios, la lana de Frigia. Fabrican muebles y son famosos los lechos de Mileto. Venden vino y aceite. La clientela rica de la Magna Grecia se disputa sus tapices y los géneros teñidos de púrpura.

El tirano Trasíbulo (fines del siglo VII a comienzos del siglo VI a. C.) logró librar a Mileto de los incesantes ataques de los lidios. Su amistad con Periandro, el tirano de Corinto, le valió la intervención de este ante Alyates, rey de Lidia, que hizo posible un tratado de paz con el vecino reino.

Mileto, además de ser la patria de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, fue también la de Hecateo, el gran historiador y geógrafo, y del poeta Focílides, contemporáneo de los primeros filósofos y autor de máximas (gnômai) de dos o tres hexámetros.

2. TALES

Nació en Mileto hacia el 624 a. C., y murió a los 78 años en 546. Es decir, está entre el último cuarto del siglo VII y la primera mitad del siglo VI. Fue uno de los Siete Sabios, su nombre encabeza siempre las diferentes listas de estos.

Su padre fue Examio y su madre, Cleobulina. Era de la familia de los Télidas (de origen fenicio). La misma idea de su origen fenicio se encuentra en Heródoto. Este dato es considerado inseguro por Raven y Kirk (The Presocratic Philosophers, Cambridge, 1971). Pero adquiriría cierta verosimilitud si fuera verdadero que Tales hizo notar a los griegos el valor para la navegación de la constelación de la Osa Menor, por la que se guiaban los fenicios.

A pesar de una anécdota que lo muestra distraído mirando el cielo, causa por lo cual habría caído en un pozo, provocando así la hilaridad de una criada tracia que lo miraba desde una casa vecina, Tales no fue un hombre encerrado en sus cavilaciones y alejado del mundo. Por el contrario, al igual que los otros “sabios”, fue un hombre de gran habilidad práctica, tanto en el orden político como en el de la ingeniería o los negocios. Se dice que dio a los jonios el consejo de tener un centro único de deliberaciones en Teos, frente a las amenazas de los persas (Heródoto I, 170). También cuenta que hizo posible a Creso el paso del río Halis, abriendo un canal por detrás del ejército y desviando de esta manera el curso del río. Según Kirk y Raven, esta historia contendría un núcleo de verdad. En todo caso, muestra cómo veían los griegos a estos primeros filósofos: hombres nada abstraídos, sino eminentemente prácticos. Su sabiduría radica en su trato con las cosas: “Ese hombre es un Tales”, se dice en Las Aves de Aristófanes. Y Platón pone juntos a Tales y a Anacarsis (República 600 A).

Es muy posible que Tales haya viajado por Egipto. Conocía los cálculos matemáticos y astronómicos de los egipcios y de los babilonios. Se dice de él que predijo el eclipse de sol que tuvo lugar en el año 585 a. C.

Según los testimonios existentes, era poderoso, rico, influyente en la política de su ciudad, hombre de negocios, ingeniero, viajero, astrónomo; aparece como fundador de la filosofía y a la vez, lo que no es casual —de la matemática. Un hombre, por consiguiente, familiarizado con lo real en sus diversas formas, plenamente inmerso en ello, capaz de invención técnica, es decir, de esa forma de ficción novelesca en que el pensamiento técnico consiste originariamente. Tales era, probablemente, hombre de mucha imaginación, capaz de proyectar y proyectarse, de prever la marcha de los astros y predecir así un eclipse, o el curso futuro del río que iba a desviar, o el comportamiento de los compradores de aceite o el resultado de la guerra entre Creso y Ciro. Era un futurista, tuvo que serlo. Tales visitó Egipto, tuvo relación con los sacerdotes, que le enseñaron ciertas técnicas, por ejemplo, para restablecer los linderos de las fincas después de las inundaciones, calcular la altura de las pirámides midiendo la longitud de su sombra o determinar la distancia de una nave en el mar, lejos de la costa. Todo esto lo aprendió Tales; pero cuando volvió a Grecia pensó sobre ello, le dio un giro un poco distinto, que había de tener inesperadas consecuencias…

En lugar de limitarse, como hacían los egipcios o los caldeos, a un manejo de los números o de las figuras, a lo que se llama logistiké o cálculo, y a la agrimensura, Tales inicia una nueva forma de trato pensante con los números, los triángulos o los poliedros, que estriba en considerarlos como algo dotado de un cierto modo permanente de comportarse. Hay triángulos, círculos, octaedros o pirámides, hay números pares e impares, y cada uno de ellos, por ser lo que es, tiene una realidad constante y fija, tiene ciertas ‘propiedades’ que le pertenecen, efectivamente, en propiedad y para siempre. Del mismo modo que hay lidios, persas o masagetas, con su respectiva manera habitual de comportarse, que permite prever su conducta, otro tanto acontece con los objetos de la matemática. Tales hace con ellos algo análogo a lo que hacía Solón con los pueblos extraños que visitaba: en lugar de ‘manejarlos’ —comerciar o guerrear con ellos, contar y medir, tanto da— los considera en su consistencia propia. El tránsito de una a otra actitud no es tan obvio, como hoy pudiera parecer: fue menester para ello una remoción total de los supuestos en que el hombre vivía”. (Julián Marías: “La filosofía griega desde su origen hasta Platón” en Biografía de la filosofía, Madrid 1954, p. 25-26)

2.1. Sus ideas matemáticas

Proclo, filósofo neoplatónico nacido en Constantinopla y que hizo estudios en Alejandría, haciéndose más tarde cargo de la dirección de la Academia platónica, después de haber estudiado en ella con Plutarco y Siriano, vive entre el 412 y 485 d. C. y cita a Tales, en su comentario al Primer Libro de Euclides (s. III a. C.), como el causante de algunos teoremas geométricos. La fuente de que se sirvió Proclo es una Historia de la matemática de Eudemo (discípulo de Aristóteles, el más importante junto con Teofrasto).

Esos teoremas serían los siguientes:

1) El diámetro divide al círculo en dos partes iguales.

2) Los ángulos de la base de un triángulo isósceles son iguales.

3) Si dos rectas se cortan, los ángulos opuestos por el vértice son iguales.

4) Dos triángulos que tengan un lado y dos ángulos iguales tienen también los otros lados y el tercer ángulo igual.

Por lo menos en el caso del primero de estos teoremas, Proclo dice expresamente que Tales lo probó o demostró. Es muy probable que estos teoremas fuesen conocidos por los babilonios desde mucho tiempo atrás. Ya en tiempos de Hammurabi (s. XVIII a. C.) los babilonios eran capaces de calcular superficies y volúmenes, y conocían el teorema llamado “de Pitágoras”. Lo que los babilonios no hicieron fue demostrar eso que sabían en forma práctica. Les faltó la teoría matemática.

Tales recibe, probablemente, los conocimientos matemáticos (así como también los astronómicos) de Babilonia, pero lo nuevo, lo griego, está en que demostró teóricamente la necesidad de eso que los babilonios conocían en forma empírica, es decir, como simples hechos.

2.2. Sus ideas filosóficas

Hay cuatro frases que se le atribuyen a Tales y que tienen un cierto carácter de especulación filosófica. Ellas son:

B1. La tierra reposa sobre el agua.

B2. El agua es el origen de todas las cosas.

B3. Todo está lleno de dioses.

B4. El imán está “animado” y por eso atrae a las partículas.

Tomemos, para empezar, la segunda frase, que es la más famosa. ¿Qué nos extraña en ella? Obviamente, que se diga que el origen de todo es precisamente “una” de las cosas que conforman ese todo. Que la frase es extraña e incomprensible incluso ya para Aristóteles, se evidencia en los varios intentos de este filósofo por darle a esta frase de Tales algún sentido comprensible:

… llegó a esta suposición —nos dice Aristóteles— al ver que el alimento de todas las cosas es húmedo y que el calor mismo llega a ser desde aquí (desde lo húmedo), y que vive de ello —pues aquello de donde todo llega a ser es su principio— viniendo por esto a aquella suposición, y también por el hecho de que las semillas de todo tienen su naturaleza húmeda, y porque el agua es el principio de la naturaleza de las cosas húmedas. (Metafísica A, 3, 983 b 23-27)

El problema que tenemos que plantearnos, ante todo, es este: ¿de qué agua se trata? Aristóteles, en el texto que acabamos de citar, pone en relación esta segunda frase de Tales con la primera. Dice así: “… Tales, el iniciador de esta filosofía, dice que (el principio) es el agua, y por esto declaró que la tierra está sobre el agua…” (loc. cit., Líneas 20-22). ¿No tendremos aquí una señal para una interpretación más ajustada a la verdad?

Partamos, pues, de la primera frase:

La tierra reposa sobre el agua

Esta frase es extraña en el mundo griego. En efecto, en el mundo mítico griego jamás existió la idea de que la tierra flotara sobre el agua. ¿De dónde sacó Tales una idea tan poco griega? El mundo indoeuropeo apenas conocía el mar. En griego no hay una palabra para designarlo, pues el vocablo thálatta es de origen egeo y no griego.

Es cierto que los griegos imaginaban la tierra rodeada por un gran río, pero esta idea les vino de los pueblos orientales del Mediterráneo. En todo caso, ese río no era un mar “por debajo” de la tierra. El océano (Okéanos) es para los griegos un agua dentro de la tierra y en el mito (Okéanos)es hijo de Gaia, de la tierra. En cambio, en los mitos de la creación en Babilonia el papel del agua es primordial. Tenemos, por ejemplo, el poema de Eridu, cuyo texto es del siglo VII a. C., pero que procede de ideas mucho más antiguas. En él se cuenta que “al comienzo” no había ni templos, ni árboles, ni ciudades, ni seres vivientes. “Todas las tierras eran mar”. Sobre ese mar elevaron primero las moradas de los dioses. Luego, Marduk (el supremo dios de Babilonia, cuyo nombre significa “Hijo de la montaña sagrada”) “construyó una balsa de juncos sobre la superficie de las aguas y creó polvo y lo dejó caer sobre la balsa de juncos”. Es la tierra. Notemos que aquí la tierra aparece reposando sobre las aguas; y estas aparecen, al igual que en Tales, como el origen de todo. Esto es, tenemos un Tales más cercano a Babilonia que a la propia Grecia.

Estas dos representaciones se encuentran siempre juntas en los mitos babilónicos. Así, por ejemplo, en el Poema de la Creación, llamado por sus primeras palabras Enuma Elish (“Cuando allá arriba…”): por debajo de la tierra está Apsu, la profundidad de las aguas (el abismo de aguas), y Apsu es, junto con Tiamat, el mar universal, el origen de los dioses. Apsu es el agua dulce; Tiamat, el agua amarga. Ambas están mezcladas y confundidas. “Ningún dios había aparecido todavía, ni había recibido nombre, ni destino” Pero estas aguas llevan en sí los gérmenes de la vida. De ellas irán naciendo sucesivamente distintas parejas de dioses. Cada nueva pareja será más poderosa que la anterior.

También en Israel encontramos esta misma idea de la tierra reposando sobre las aguas. En el Salmo 136, 6 se dice, hablando de la creación divina: “Sobre las aguas tendió la tierra…”. Y en el salmo 24, 1-2, leemos: “De Yahvéh es la tierra y cuanto hay en ella —el orbe y los que en él habitan: —que Él lo fundó sobre los mares, —Él lo asentó sobre los ríos”. Y en Éxodo 20, 4: “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra”. Estas aguas inferiores son el tehom, el abismo insondable sobre el cual “al comienzo… el Espíritu de Dios se cernía” (Génesis, 1, 2).