José Revueltas - Evodio Escalante - E-Book

José Revueltas E-Book

Evodio Escalante

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Beschreibung

Evodio Escalante, reconocido crítico literario e investigador de la literatura mexicana, presenta seis ensayos en los que se develan los símbolos literarios de José Revueltas y sus fuentes más trascendentes. En esta cuarta edición de José Revueltas: una literatura "del lado moridor" se presenta por primera vez el sexto ensayo titulado: "El tema filosófico del Mundo Invertido en las novelas de José Revueltas".

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Seitenzahl: 159

Veröffentlichungsjahr: 2015

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“Desde muy joven Evodio Escalante se colocó como un crítico literario bastante ácido, lo que lo ha llevado a ser un polemista de fuego.”

El Siglo de Torreón

“Siempre que lo leo encuentro en sus escritos una singular manera de interpretar al adentrarse en las corrientes literarias, en los autores, en los libros y en los hechos de la vida literaria mexicana, que no deja de asombrarme y deslumbrarme, como algunos que ha escrito sobre José Revueltas, Octavio Paz, los estridentistas, el grupo de los Contemporáneos y, por supuesto, Ramón López Velarde. Lejos de haberse anquilosado, sus ensayos son cada día más hondos y su prosa más ágil.”

“Evodio Escalante decidió andar el camino accidentado, diría espinoso, es decir, que el crítico fuera el tercero en discordia, el ‘aguafiestas’, el que debía decir su verdad en sus juicios y opiniones más allá de querer hacer una carrera literaria o de perder amigos, y lo ha cumplido.”

MARCO ANTONIO CAMPOS

SECCIÓN DE OBRAS DE LENGUA Y ESTUDIOS LITERARIOS

JOSÉ REVUELTAS: UNA LITERATURADEL “LADO MORIDOR”

EVODIO ESCALANTE

José Revueltas: una literatura del “lado moridor”

Primera edición, 2014 Primera edición electrónica, 2015

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

D. R. © 2014, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2649-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

Índice

IntroducciónI. Los desengaños del realismoII. El movimiento de los flujosIII. Los trayectos de la degradaciónIV. La defecación universalBibliografíaApéndice: Los laberintos de la dialéctica en las novelas de José Revueltas

[...] leer un texto nunca es un ejercicio erudito en busca de los significados, y todavía menos un ejercicio altamente textual en busca de un significante; es un uso productivo de la máquina literaria, un montaje de máquinas deseantes, ejercicio esquizoide que desgaja de un texto su potencia revolucionaria.

GILLES DELEUZE Y FÉLIX GUATTARI

Introducción

Colocada a mitad del camino entre los textos literarios y el lector, la crítica —cualquiera que sea su gama de valores— no funciona nada más como un puente y una vía de acceso; es también, y muy a menudo, un cerco y una técnica de exclusión: una operación ideológica que acota el campo de lo leíble y determina los usos (y los sentidos posibles) de una obra. La de Revueltas, más que ninguna en nuestro medio, ha tenido el privilegio de conocer casi exclusivamente los aspectos policiacos de esta función. El encono dogmático, el silencio amañado, las etiquetas fáciles —y mistificantes— han sido los medios habituales para mantener un prolongado cerco en torno a su obra literaria: a pesar de la notoriedad alcanzada por el autor a raíz de su participación en el movimiento popular-estudiantil de 1968, que lo condujo de nuevo a la prisión de Lecumberri, no puede decirse que este cerco se haya levantado. Bajo el manto —todavía más peligroso, por invisible— de un supuesto “reconocimiento”, la crítica no ha hecho sino alimentar los prejuicios corrientes que neutralizan (y vuelven cómoda) la fuerza de sus textos.

Intentar una inmersión en el mundo revueltiano era aceptar, de alguna manera, la necesidad de combatir este tipo de “recuperaciones”. La producción literaria de Revueltas exige un acercamiento necesariamente heterodoxo, capaz de inventar su propia vía de acceso, así como de arrojar por la borda un inútil lastre de prejuicios y hábitos escolares. De aquí, por un lado, el contenido a menudo polémico de este trabajo, así como su escaso aprecio por los procedimientos de la crítica tradicional, casi siempre banal y banalizante. De aquí, también, el riesgo asumido: retomar las fuentes marxistas del autor en la medida en que los propios textos parecían exigirlo, lo que no excluye un intento por producir, sobre la especificidad de esta literatura, conceptos específicos capaces de mostrar su sentido pero también su uso, sus contenidos ideológicos pero también —y sobre todo— las fuerzas que los recorren.

“La obra de arte moderna no tiene problema de sentido, sólo tiene un problema de uso”, sostiene Gilles Deleuze en un estimulante ensayo sobre la obra de Proust (Proust y los signos, Anagrama, Barcelona, 1975). Aunque nunca a la letra, muchos de los acercamientos de Deleuze, en el libro citado, y de Deleuze y Guattari, en los que se mencionan en la bibliografía, inspiraron buena parte de lo que aquí se dice. Sin el estímulo fundamental de estos pensadores franceses, la forma y la sustancia de nuestro trabajo hubieran sido distintas. Al asumir el riesgo, y la aventura, de intentar un camino propio para leer los textos de la máquina revueltiana, reconocer las deudas no implica la obligación de respetarlas: el mérito de este ensayo —si lo tiene— es una producción, un trabajo intensivo sobre los signos literarios para mostrar lo que tienen de específico, así como para detectar —pero no limitar, o someter al orden— las fuerzas que se les desgajan.

I. Los desengaños del realismo

Un sistema de maquinaria, ya se base en la mera cooperación de máquinas de trabajo homogéneas —como ocurre en la tejeduría— o en una combinación de máquinas heterogéneas —como ocurre en la hilandería—, constituye en sí y para sí un gran autómata, siempre que reciba su impulso de un primer motor que se mueva a sí mismo.

CARLOS MARX, El capital, t. I, vol. I

ES FÁCIL tratar a José Revueltas y a su literatura con el vocabulario despectivo con que se trata a una máquina que apesta. Su doble condición de militante político y escritor, de intelectual comprometido y de autor de textos donde este compromiso, lejos de diluirse o banalizarse, se afirma para multiplicar su poder subversivo, convierte su producción literaria en un hueso difícil de roer: igualmente molesto para el lector esteticista que para el militante dogmatizado. No es extraño que ya un texto como El luto humano, publicado en plena reacción poscardenista, provoque el recelo y la desaprobación de sus compañeros de partido, a quienes no podían menos que alarmar las conexiones “pesimistas” de la novela, en abierta contradicción con el optimismo a ultranza del llamado “realismo socialista”. Cuando seis años más tarde, en 1949, Revueltas publica Los días terrenales, el recelo inicial no puede sino convertirse en un grito de alarma y una confirmación de excomunión: en esta novela el autor organiza una severa crítica al dogmatismo del Partido Comunista Mexicano. Que había tocado una zona neurálgica lo demuestra la colérica e inusitada reacción que la novela suscitó dentro y fuera de las filas del partido. A través de violentos artículos, algunos de ellos firmados por viejos compañeros de militancia, Revueltas fue acusado de haberse pasado al bando del enemigo, de rendirle un flaco servicio a la causa del proletariado, de haber renegado de las ideas básicas del marxismo-leninismo. Como consecuencia, el libro deja de venderse y su autor decide retirarlo de la circulación, para entrar en una etapa de silencio e incertidumbre literaria que sólo romperá cuando publica algunos de sus textos más débiles, más falibles. En algún valle de lágrimas y Los motivos de Caín (1956 y 1957, respectivamente) son, en este sentido, una especie de “purga” autoinducida, una demostración de esterilidad, el intento fallido de hacer literatura acatando las normas de un realismo soso y prefabricado. Una experiencia de esta naturaleza debía conducir a su autor, casi obligadamente, al reencuentro de la forma más alta de su problemática: la de Los días terrenales. El producto de este reencuentro es una pieza a la que habría que calificar, a pesar y por encima de ciertos excesos y momentáneas caídas de tono, de pieza maestra: Los errores (1964). De hecho, Los errores no es sino una continuación y una profundización de la línea crítica trazada ya en Los días terrenales. El escándalo, empero, fue relativamente mucho menor. Entre una y otra novela hay quince años de distancia, y en 1964, después de las revelaciones del XX Congreso del PCUS, las críticas del novelista podían apoyarse de algún modo en un contexto previamente conocido por el lector.

Los caminos del rechazo, sin embargo, encontraron ahora nuevas justificaciones. Si ya con El luto humano los esteticistas habían discernido sus propias razones para menospreciar la fuerza de un texto singular, acusando al autor de haber descuidado su lenguaje y de incurrir en serios defectos de narración, con Los días terrenales y Los errores fue necesario encontrar “causas” de un tipo más refinado: lo que antes era una “falta”, un desaliño del lenguaje, incluso una notable “torpeza para relatar”, se convierte en un exceso, en una plusvalía insoportable: lo reprochable ahora son los largos párrafos de naturaleza ensayística, incrustados a golpes de martillo en un lugar que no les corresponde, y que no hacen sino entorpecer y cortar, según la crítica generalizada, la secuencia de la narración en ambas novelas.

La inconsistencia de este criterio, al que todavía se recurre de vez en cuando, es demasiado obvia. La disolución de límites precisos en materia de géneros literarios, así como las transformaciones recientes experimentadas por la novelística, indican que Revueltas, lejos de perder la noción de lo que estaba haciendo, se limitaba a incorporar dentro de sus textos novedades formales que sus quisquillosos críticos no eran capaces de ubicar.

Existe otro argumento, sin embargo, mucho más insidioso y efectivo; un argumento cuya capacidad de convencimiento puede ser tanto mayor en la medida en que, para menospreciar la obra de Revueltas como un todo, o sea, como una totalidad productora de sentido, proyecta sus luces sobre una sola de sus partes, sólo para atribuirle a ella el mérito del que carecería la obra en su conjunto. El truco es todo menos un truco nuevo: se ensalzan los cuentos de Revueltas para sepultar las novelas en el armario viejo; se declara la perfección de los textos menores para deshacerse de los mayores, sin problemas de culpa. Curiosamente, la parte más ambiciosa, totalizante e ideológicamente cargada de la producción revueltiana está concentrada en sus novelas, y excluirlas para quedarse con los cuentos —por admirables que éstos sean— equivale a practicar un corte, una mutilación no sólo literaria, sino ideológica. Aquí es donde se encuentra, sin duda, la raíz (y la verdad oculta) de esta segmentación. En toda la producción cuentística de Revueltas, desde los textos de Dios en la tierra (1944) hasta los que componen Material de los sueños (1974), no hay uno solo que por la temática o el tratamiento narrativo rebase los marcos del humanismo burgués. Desde este punto de vista, no habría nada en Revueltas que no estuviera contenido ya, de alguna forma, en textos de Dostoievski o de Malraux, para no mencionar sino a dos autores que han dejado en él una huella bien visible.

Privilegiar los cuentos, pues, no es nada más introducir un bisturí; es practicar una operación perfectamente ideológica bajo títulos no ideológicos. Al pretender servirse de criterios estrictamente literarios —¿para qué, si no, la estilística, la teoría de los géneros?— lo que hacen los críticos de la segmentación es pervertir el concepto mismo de la práctica literaria y ponerlo al servicio de las ideas dominantes. La verdad es que, aun desde un punto de vista estrictamente literario —aceptando que un punto de vista de este tipo sea realmente posible—, las novelas de Revueltas, particularmente Los días terrenales y Los errores, no son nunca inferiores, ni formalmente ni desde el punto de vista de los “ensamblajes”, etc., a cualquiera de los mejores cuentos. Es posible encontrar en las novelas, por el contrario, una coherencia de pensamiento y un juego específico de fuerzas que se articulan y contraponen sistemáticamente, hasta integrar los movimientos peculiares de esta literatura y este autor.

No se trata, naturalmente, de darle vuelta al argumento y de excluir los textos menores en nombre de una problemática o una especificidad ideológica presente en los mayores, y sólo en ellos. La realidad es que unos y otros, sin privilegios de ninguna especie, son los tornillos y los engranes, las chumaceras y las válvulas de una sola máquina literaria, cuya unidad y movimiento propios ha de encontrar el lector por sí mismo, estableciendo sus conexiones con o sin la ayuda de la crítica “literaria”.1

Grandes manejadores de abstracciones, o al menos de palabras abstractas que nunca han querido definir, los representantes de una última vertiente han encontrado bajo el rótulo de “realismo” el mejor argumento para perdonarle la vida a la producción literaria de Revueltas. No contentos con haberle dado el trato, preferente, esto sí, de perro equivocado —el perro de la heterodoxia, que orina fuera de tiempo y de lugar—, ciertos críticos han insistido en descalificar la literatura de Revueltas por el delito de ubicarse no en las tierras fecundas de la vanguardia, sino en los sórdidos habitáculos de un realismo que ya dio todo lo que había de dar, y que, por lo mismo, ha perdido tanto su razón de ser como su actualidad. De otro modo no se entienden algunas declaraciones recogidas por los diarios a raíz de la muerte de Revueltas, en las que se decía que con él había desaparecido “el último de los realistas”. Sí, el último, es cierto; y puesto que era el último ya era justo que estuviera bien muerto. Lo que no queda claro es si, con esta muerte, ha muerto el realismo en general, y han quedado cerrados, por lo tanto, sus caminos en este país, o en cualquier otro. La discusión, en verdad, no tiene caso plantearla aquí, pues de lo que se trata es de discutir no un género, sino una realidad textual, una cierta realidad que existe, en primer lugar, bajo la forma de un conjunto de textos y que sólo en un segundo momento es englobable o no dentro de la etiqueta abstracta de realismo, o dentro de un realismo particular, el realismo materialista-dialéctico, como lo llama el propio Revueltas.

El realismo materialista-dialéctico

Lo que Revueltas pretende, y esto lo declara en un prólogo memorable, es captar no un reflejo mecánico, directo de la realidad, sino su movimiento interno, aquel aspecto de la realidad que obedece a leyes y a través del cual esta realidad aparece en trance de extinción, en franco camino de desaparecer y convertirse en otra cosa. Si hemos de hacer caso de esta declaración programática —y hay que hacer caso de ella—, no puede hablarse de la literatura de Revueltas como de una literatura simplemente realista, así, en abstracto, a menos que nos tenga sin cuidado meterla dentro de un saco donde caben demasiados objetos. Lo que Revueltas quiere —y, que se sepa, nadie en América Latina ha formulado este objetivo con tanta audacia ni claridad— es producir una literatura que sea al mismo tiempo materialista y dialéctica. Nadie, tampoco, se ha empeñado tanto en lograrlo, a través de una vía y un esfuerzo singulares, que no reculan ante la posibilidad de verse desmentidos o de encontrarse de pronto desertores o expulsos frente a las ortodoxias, sean marxistas o literarias.

Es posible sospechar que, de nueva cuenta, bajo el nombre genérico de “realismo” ha sido posible conjurar (o enmascarar) el trabajo concreto de lectura que está pidiendo la obra de Revueltas. De la misma forma, es posible creer que, con este enmascaramiento, lo que se ha hecho es sacarle la vuelta a los contenidos críticos y a todo tipo de energías no esquematizables que contiene su obra, incluyendo naturalmente los contenidos ideológicos concretos.

Al hablar de contenidos ideológicos concretos pensamos no en un formulario de “verdades” marxistas o en un catálogo de citas, encontrable —como la zanahoria debajo de la tierra— en el subsuelo de los textos, sino en una producción particular de ideología discernible al mismo tiempo en la superficie y en la profundidad, y que es al mismo tiempo una asimilación —en este caso nada ortodoxa— de algunos conceptos fundamentales del marxismo, así como una ampliación y/o una modificación artística de estos conceptos.

Es preciso detenerse aquí. Estrictamente, para introducir una cita tomada del prólogo más importante de Revueltas en torno al trabajo literario: el famoso prólogo a la segunda edición de Los muros de agua. Más adelante habrá oportunidad de abordar algunos aspectos específicos de esta novela, y de relacionarla con el engranaje total de la máquina revueltiana. Lo que ahora interesa es utilizar este prólogo, en lo que tiene de programático y de documento teórico, para encontrar algunas de las líneas centrales del narrador.

Según Revueltas, quien comienza relatando su experiencia en el Leprosario de Guadalajara, donde ha estado de visita gracias a una invitación del director del establecimiento (1955), la realidad siempre resulta un poco más fantástica que la literatura, y por ello es tan difícil traducir dentro de un texto literario el efecto original de la experiencia.

Para el autor de Los muros de agua la realidad no es una simple materialidad: ni un caos ni un mero “estar ahí”. Por el contrario, es una realidad ordenada, afectada de un movimiento propio, no externo sino interior a ella, y que se rige por los principios más generales de la dialéctica. La tarea del realismo, o más concretamente del realismo materialista-dialéctico, consiste en captar este movimiento interno de la materia, así como descubrir la lucha de contrarios y los cambios cuantitativos y cualitativos que le son inherentes y la conducen hacia su extinción necesaria. El realismo mal entendido, el realismo espontáneo, sostiene Revueltas: “nos desvía hacia el reportaje terriblista, documental. La realidad necesariamente debe ser ordenada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos. Pero estos requisitos tampoco son arbitrarios; existen fuera de nosotros: son, digámoslo así, el modo que tiene la realidad de dejarse que la seleccionemos.

Dejarse la realidad que la seleccionemos, ¿qué significa esto? Significa que la realidad tiene un movimiento interno, que no es ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata, donde todo parece tirar en mil direcciones a la vez. Tenemos entonces que saber cuál es la dirección fundamental, a qué puntos se dirige, y tal dirección será, así, el verdadero movimiento de la realidad, aquel con el que debe coincidir la obra literaria. Dicho movimiento interno de la realidad tiene su modo, tiene su método, para decirlo con la palabra exacta. (Su “lado moridor”, como dice el pueblo.) Este lado moridor de la realidad, en el que se la aprehende, en el que se la somete, no es otro que su lado dialéctico: donde la realidad obedece a un devenir sujeto a leyes, en que los elementos contrarios se interpenetran y la acumulación cuantitativa se transforma cualitativamente.2

Varias cosas pueden destacarse en estos párrafos. Primero, y sin que esto suponga ningún afán de jerarquización, la manera en que Revueltas define la relación sujeto-objeto. Si de lo que se trata es de capturar la verdad del mundo real, el sujeto no puede dejarse llevar por su dinámica interna, por sus impresiones indiscriminadas, en suma, por los efluvios de su aislada subjetividad; lejos de despegarse de ella, su actividad consiste en acercarse a la realidad de tal modo que ésta pueda ser “ordenada, discriminada, armonizada dentro de una composición sometida a determinados requisitos”, que no son arbitrarios, pues existen fuera del sujeto, en la estructura de la realidad.

Segundo, esta realidad tiene un “movimiento interno propio”, que es al mismo tiempo un modo o, mejor dicho, un método