Junto al viejo roble - Dorsey Kelley - E-Book

Junto al viejo roble E-Book

Dorsey Kelley

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Los dos deseaban un hogar... el mismo. Por eso, la solitaria viuda Lucy Donovan y Rusty Sheffield llegaron a un acuerdo por un año. Lucy le daría el dinero necesario para salvar su amado rancho, y a cambio Rusty la dejaría quedarse en el hogar en el que ya había vivido de pequeña. Ella había ido en pos de la felicidad de su infancia, pero Rusty le recordaba lo hermoso que podía resultar ser mujer... y ahora, Lucy deseaba que el trato hubiera sido para toda la vida…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1999 Dorsey Adams

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Junto al viejo roble, n.º 1070- mayo 2022

Título original: Nevada Cowboy Dad

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-663-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

LUCY volvía, y con ella llevaba su dinero. Eso era todo lo que Rusty Sheffield se permitía pensar mientras esperaba, montado a caballo, a que el estilizado automóvil subiera el camino de grava que llevaba hasta el rancho Lazy S. Rusty pensó con envidia que el lujoso motor ronroneaba casi y que estaba tan fuera de lugar en aquel rancho ganadero de Montana como los cuernos en un perro pastor.

Frustrado e impaciente, se quitó el sombrero y lo sacudió en el pantalón vaquero. El polvo se desprendió de ambas prendas formando una espesa nubecilla que llenó el aire.

«Maldita sea», pensó. Detestaba lo que estaba a punto de hacer, y odiaba el motivo por el que iba a tener aquel encuentro con Lucy Donovan.

Aun así, cada vez que recordaba el estado de finanzas del rancho, la realidad se alzaba como un puño asfixiante que le apretaba el estómago.

Volvió a colocarse el sombrero, impaciente. Tiró de las riendas para sacar a su caballo del picadero y dirigirse a la zona de grava en la que Lucy acababa de aparcar.

—Bienvenida. Hacía mucho tiempo —dijo tocándose el sombrero con forzada cortesía.

Lucy se demoró tras la puerta del automóvil, parpadeando nerviosa, como si necesitase ésa protección. Era una mujer pequeña, morena cuyo cabello formaba una media melena lisa y recta que la suave brisa ondulaba.

«Está condenadamente guapa». El pensamiento le llegó a Rusty desde algún lugar. Recordaba sus enormes y asustados ojos verdes que parecían verlo todo, el oscuro pelo desaliñado que parecía vieja seda negra. Recordaba también la expresión de desamparo.

Pero no recordaba que fuera tan bonita.

—Ah, no te había visto —dijo volviéndose para encarar a Rusty.

Bajó del coche y Rusty pudo ver que llevaba un austero traje de chaqueta gris y zapatos de tacón. Comprobó también que poseía un cuerpo esbelto, dotado de todas las curvas que a los hombres les gusta ver. La pequeña Lucy se había convertido en una mujer.

—Vaya. Hacía mucho tiempo —dijo ella—. Quince años desde que estuve aquí por última vez.

—Desde el divorcio —dijo Rusty desmontando del caballo. Nuestros padres deben tener el récord más corto de matrimonio.

Seis meses, para ser exactos, recordó Rusty en silencio, fueron los que la madre de Lucy necesitó para descubrir que no le gustaba la vida del campo… y que tampoco le gustaba el ranchero con el que se había casado. Hizo las maletas y las metió en el coche, junto con su odioso perrito faldero y Lucy.

—¿Qué tal está tu madre? —preguntó Rusty deseando acabar con las formalidades cuanto antes.

—Vive fuera del país —respondió Lucy con brevedad—. Se ha vuelto a casar, con un magnate naviero, según creo.

—¿Entonces, casi no te hablas con ella?

Lucy se encogió de hombros, pero bajo esa calma Rusty pudo notar sus emociones. Lucy y su madre no eran compatibles; lo sabía desde tiempo atrás.

De todas formas, no era asunto de su incumbencia.

La vio mirar el edificio de dos plantas, las paredes pintadas de blanco, las cabañas y los barracones. La mirada de Rusty siguió a la de Lucy y vio lo que ella veía. Entonces él hizo una mueca: ¿hasta qué punto eran evidentes los desconchones en la pintura, los hierbajos demasiado altos y el deterioro de la valla?

—Está todo igual que siempre.

—¿Tan mal?

—No —dijo ella mirándolo de frente por vez primera—. Es maravilloso. Me siento… como en casa.

El impacto directo de los ojos esmeralda le afectó más de lo que hubiera cabido esperar. El recuerdo de la chiquilla agazapada junto al roble en el prado afloró a su consciencia. A los quince años, Rusty estaba más preocupado por sus caballos, sus amigos y las niñas llamativas de las cercanías, que por la niña retraída que su nueva madrastra había llevado al rancho.

Encaramada al roble, Lucy estaba llorando. Rusty había visto las lágrimas en sus pálidas mejillas. Había intentado hacerla bajar, pero como se negara, Rusty subió.

Como ya sabía que ella apenas hablaba en monosílabos, no le preguntó nada; sólo se sentó a su lado: un chico de quince años y una niña de diez observando cómo el sol teñía de oro los algodonales del prado. Probablemente estuvieron sin hablar en aquella rama una hora, hasta que la oscuridad fue transformando el paisaje dorado por el sol en azulado y después en negro.

Cuando aparecieron las primeras estrellas, Rusty la ayudó a bajar. Ya en el suelo, miró sus increíbles ojos verdes y vio su barbilla temblar. La sonrió antes de atusarle el pelo y entonces ella le devolvió una tímida sonrisa. Fue la primera y la última señal de alegría que él vio en la niña.

Ahora Rusty sacudía la cabeza impaciente, esta vez consigo mismo, porque no tenía tiempo para los recuerdos.

—Vamos a la casa —dijo en un tono más abrupto de lo que deseaba—. Fritzy puede hacer café.

Fritzy, la sonriente ama de llaves de la familia, llevaba veinte años con los Sheffield.

Rusty llamó y un joven salió del granero para tomar su montura. Abajo, en las tolvas, los hombres trabajaban, marcando las cabezas de ganado, una a una, con los hierros candentes del Lazy S Ranch. Rusty se volvió a Lucy para preguntar:

—¿Te quedarás a pasar la noche, no es así? Supongo que esto está muy lejos para conducir de vuelta. ¿Traes equipaje?

Con pasos cuidadosos sobre sus zapatos de tacón, ella rodeó el automóvil.

—Sí, aquí está —dijo sacando la maleta, pero Rusty se adelantó, chocando con el hombro de Lucy.

—Ya la llevo yo.

Lucy tragó saliva y abrió mucho los ojos.

Rusty frunció el ceño mientras se preguntaba qué pasaba con ella y por qué se ponía tan quisquillosa. Después de todo, si alguien tenía derecho a estar nervioso era él: ella había venido a por lo que quería. El perdedor sería él.

Aun así, no le gustó la manera en la que ella se apartó de él, como si hubiera hecho algo malo o pensara hacerlo: él jamás había maltratado a una mujer en la vida, aunque hubiese deseado hacerlo. Rusty debió poner mala cara, porque ella dijo:

—Lo siento.

—No es necesario que te disculpes —respondió él al tiempo que tomaba la maleta del asa.

—Gracias —dijo Lucy en voz tan baja que era apenas un susurro y bajó los ojos para ocultar su expresión. Pero el destello de lo que Rusty vio en ellos le molestó. Rusty no sabía cuánto había cambiado la vida de Lucy, pero de una cosa estaba seguro: Lucy Donovan ocultaba muchos secretos.

 

 

Lucy siguió a Rusty a la casa, reprochándose haber dado un respingo como un conejo asustado cuando todo lo que él quería era ayudarla con la maleta.

Pero no le gustaban los hombres que se apoderaban de una situación como si alguien les hubiese elegido como jefes. Se sentía incómoda en presencia de hombres abiertamente masculinos y dominantes.

De todas formas, nada la había preparado para el increíble atractivo de Rusty, ni para la abrumadora virilidad que desprendía. Los cabellos que en otro tiempo fueran caoba, se habían oscurecido hasta ser casi castaños, o al menos así le parecía a ella hasta donde se podían ver bajo el sombrero. Había dejado de ser el adolescente desgarbado para convertirse en un hombre de un metro ochenta de estatura.

Bajo la camisa vaquera se percibía un pecho musculoso y los brazos, al descubierto por la camisa remangada, eran fuertes. Su cintura era esbelta y las piernas poderosas. Incluso olía bien: a tierra y al viento de las altas montañas.

Lucy se daba cuenta y registraba todos los cambios que la madurez había conllevado y le parecía que todo en él era demasiado: demasiado grande, demasiado guapo, demasiado perspicaz demasiado…viril.

Rusty la ponía nerviosa.

Hubiera deseado estar completamente tranquila: ser una mujer sofisticada, confiada y con estilo. Pero, lamentablemente, sabía que jamás había hecho nada de provecho en la vida. Su psicólogo le había dicho que la confianza se desarrolla cuando uno trabaja con habilidad o esfuerzo en algo y llega a ser competente en ello. Le había recomendado a Lucy aprender alguna profesión, o asistir a la facultad y graduarse, o quizá comenzar con algún negocio.

Pero, cobarde, como era ella, no había hecho nada.

Todavía quedaba una posibilidad.

—Por aquí —dijo Rusty guiándola.

Lucy sonrió; la casa había cambiado poco en su decoración interior y prácticamente todo continuaba dispuesto como lo recordaba. Oyó un sonido proveniente de la cocina, Fritzy probablemente, y pudo oler el aroma del pan recién hecho.

Lucy suspiró complacida. Rusty dejó en el suelo la maleta y se dirigió al despacho que había ocupado su padre. Ella se imaginó que el despacho le pertenecía ahora a Rusty.

Él se sentó y le señaló un asiento frente a él. A espaldas de Rusty una pared de libros se alzaba hasta el techo; a su lado había un archivo rebosante de papeles. La habitación producía la impresión de un caos ordenado.

—Siéntate —dijo él—. Quiero acabar con esto lo antes posible.

Lucy se deslizó en el asiento, pero notó que no podía relajarse lo suficiente como para descansar la espalda en el respaldo.

—Por teléfono me dijiste que tenías dinero —comenzó él tan bruscamente que Lucy tuvo que contenerse para no parpadear—. ¿Qué es lo que quieres exactamente?

Lucy respiró profundamente. Si alguna vez había necesitado valor, era en aquel momento. «Por favor, que pueda hacerse realidad mi sueño», rezó enlazando los dedos sobre el regazo, antes de zambullirse de lleno en el asunto:

—Como sabes, me enteré de la muerte de tus hermanos. Las noticias vuelan. Lo lamento tanto; el accidente fue una horrible tragedia.

Con rostro impenetrable, Rusty se limitó a asentir brevemente con la cabeza. El choque frontal entre el vehículo de su hermano Landon y un trailer ocupó las cabeceras de la prensa local. Sus dos hermanos y el ocupante del camión murieron en el acto, y, al decir de la gente, la explosión del impacto se oyó a varios kilómetros. Las autoridades que investigaron nunca descubrieron qué fue lo que provocó que la furgoneta de Landon cruzara la línea divisoria de la carretera. De hecho, supusieron que se había puesto a buscar, mientras conducía, uno de sus sempiternos cigarrillos.

—Ahora el Lazy S Ranch te pertenece a ti, ¿verdad? —Lucy miró a su alrededor—. Supongo que nunca lo esperaste, teniendo dos hermanos mayores.

—Así es.

—Rusty, cuando te llamé te dije que tenía dinero y es verdad. No he hecho muchas cosas desde que me fui de aquí —dijo incómoda, aunque decidida a continuar—, pero me casé.

Vio elevarse las cejas de Rusty, aunque no le podía culpar por la sorpresa. Lucy no era ninguna mujer emprendedora. Al menos eso era lo que Kenneth disfrutaba diciendo.

—Pues bien: el año pasado mi esposo murió, convirtiéndome así en una viuda rica —dijo ella obligándose a mirar directamente a los ojos de Rusty, cuya expresión se tornó pensativa.

—Ya veo.

Probablemente no. Probablemente sólo veía lo que deseaba ver. Pero había que presionarle. Con decisión inusitada, Lucy dijo de repente:

—Quiero adquirir el Lazy S Ranch.

—¿Entero? Creí que querías algunos acres, quizá con caballos, o tal vez construir una cabaña. El Lazy S Ranch comprende unos cuantos miles de kilómetros de tierra de primera clase. Tenemos derecho sobre las aguas del arroyo, cientos de cabezas de vacas y otras tantas terneras, cientos de caballos y docenas de toros sementales. La propiedad, por sí sola, ya supone una pequeña fortuna.

Lucy no parpadeó mientras él estudiaba su rostro. La incredulidad dio paso después a una creciente conciencia de la realidad.

—¿Tanto dinero tienes?

Lucy se limitó a sostenerle la mirada y dejar que sacase sus propias conclusiones.

Rusty se quitó el sombrero y estuvo jugueteando con él; luego soltó un profundo suspiro. Lucy podía ver lo impresionado que estaba, así como su esfuerzo por asimilar el cambio de status que había tenido lugar en la vida de Lucy.

—Bien, eso ya es algo. Imagino que has prosperado.

—No he sido yo —le corrigió rápidamente—. Yo no he hecho nada para merecerlo. El dinero era de mi esposo.

—Pero ahora es tuyo.

—Sí, pero eso no es… yo no… —Lucy se detuvo: no le correspondía a ella explicarle una cuestión tan simple—. Bueno, ¿me lo venderás?

Rusty se levantó y se colocó el sombrero en la cabeza, inclinándoselo hacia delante. Luego apoyó sus grandes manos en la mesa y se inclinó hacia ella.

—Ni aunque tuvieras diez millones, Lucy. Quizá hayas aprendido de tu rico marido que puedes comprar la mayoría de las cosas, pero todas no. EL Lazy S Ranch no. Gracias por haber venido. Quizá no quieras pasar aquí la noche después de todo. Ha sido… interesante volverte a ver.

—Espera —gritó ella viendo que había ofendido su orgullo masculino—. No quería herirte.

Pero él se encaminaba ya hacia el recibidor. Corriendo tras él, tropezó con una tabla de madera y estuvo a punto de caer.

—Rusty, no estoy intentando echarte del hogar de tu familia.

—Pues sonaba a eso.

Rusty salió de la casa, y ella le siguió, momentáneamente cegada por el sol del atardecer.

—Espera, Rusty. No lo has entendido. Espera, por favor. Yo no quiero que te vayas del rancho: quiero que te quedes.

—¿Perdón?

—Sé que tienes problemas económicos, Rusty. Sé que, antes de morir, tus hermanos hipotecaron el rancho. Sé que tu carrera de abogado en San Francisco tenía éxito y vivías bien, pero todo eso no es suficiente para levantar la hipoteca.

El rostro de Rusty se endureció.

—¿Y cómo sabes todo eso?

—Tengo mis propios abogados. Ya sabes que pueden averiguar cualquier cosa —dijo a modo de disculpa—. Pagaré lo que me pidas, Rusty. Necesito el rancho… y a ti también.

En este punto, él se detuvo y la miró de arriba abajo.

—¿Para qué, Lucy? ¿Para qué me necesitas?

Ella se enderezó, buscando valor.

—Para dirigir la propiedad, por supuesto. Para dar órdenes a los empleados, tomar las decisiones de negocios, comprar mercancía… no sé. Para todo eso. Yo no tengo ni idea de cómo llevar un rancho ganadero.

Rusty la miró directamente a los ojos.

—¿Estás de broma?

Lucy empezaba a sentir escalofríos. Ahora no podía echarse atrás. Tenía que intentar convencerle.

—No sé mucho de ranchos, Rusty, pero sí sé una cosa: que el tiempo que pasé aquí fue el mejor de mi vida. Necesito este lugar. Parecerá una locura, pero necesito el viejo y amigable hogar del rancho. Necesito el olor de los caballos después de un galope. Necesito gente conocida a mi alrededor. Necesito… el viejo roble del prado.

Cuando Rusty, la miró a los ojos, Lucy se preguntó si la habría entendido. Si recordaría aquella tarde que pasaron juntos en el árbol, aquel día lejano, en el que ella había llorado porque su madre había dicho que encontraba el rancho aburrido y mal oliente, y que pensaba divorciarse de aquel testarudo y tosco campesino, Howard Sheffield, con el que se había casado en Las Vegas, en un momento de locura, tan pronto encontrase un abogado.

—Nos iremos del Lazy S Ranch mañana temprano —había dicho la madre de Lucy.

El recuerdo permanecía vivo en la memoria de Lucy. Había subido al roble con su tristeza para encontrar en las ramas protectoras su única comodidad. La escena era tan vívida en su interior que le parecía que podía tocar aquel atardecer con sus colores dorados si alargaba una mano. Casi podía tocar al muchacho que Rusty Sheffield había sido.

Pero ahora tenía que dejar el pasado y pensar en el presente.

—Tengo una idea, Rusty, de lo que podríamos hacer. Podríamos atraer a la gente que quiere conocer lo que es la vida en el campo, gente de la ciudad, que viven bajo el stress. Podrían ponerse un pantalón vaquero y montar a caballo, ayudar a arrear ganado. Supongo que podrían quedarse una semana o dos.

Como una niña que había ganado mucho de su estancia en el rancho, pensaba que eso podría beneficiar a otros. Con creciente entusiasmo, Lucy prosiguió:

—Disfruten de este maravilloso lugar y vean que parece un…

—¿Parque temático? ¿Pretendes convertir el Lazy S Ranch en una atracción?

—Llámalo así si quieres —dijo Lucy intentando no sentirse desanimada por el tono de Rusty—. He estado pensando mucho en esto y he trabajado en los detalles mentalmente. Me doy cuenta de que la idea es nueva para ti y que necesitas tiempo para asimilarlo todo, pero esto podría ser como… como un balneario o algo así. Podríamos poner una piscina, dar clases de yoga…

—Nadie que haga yoga va a corretear por aquí medio desnudo. Y tampoco necesitamos ninguna maldita piscina. Aquí somos gente sencilla y si tenemos calor nos tiramos de cabeza al río. No sé cómo voy a salir de los apuros económicos, pero, desde luego no voy a vender el Lazy S Ranch.

—Pero, ¿por qué no? —preguntó ella parpadeando.

Lucy no contaba con su oposición. Sus asesores habían dado por sentado que Rusty saltaría de contento al poder verse libre de la hipoteca, porque abogados, contables y banqueros se lo habían dejado bien claro: sin ella, él iría a la bancarrota. Pero Lucy sabía reconocer una pared cuando se daba contra ella. Y sentía la desesperanza adueñarse de su corazón.

Lucy pensaba que podía esperar a que la hipoteca venciera y el banco embargase el rancho, para comprarlo, pero ella no deseaba hacer así las cosas. Quería el Lazy S Ranch con Rusty. Al menos como socio.

En el interior de Lucy una conocida campanilla de pesar y soledad comenzó su peculiar sonido. A lo largo de su vida siempre había abandonado todo lo que comenzaba, rindiéndose cuando debiera haber luchado, aceptando un «no» como respuesta, en lugar de exigir el «sí».

«Pero esta vez no voy a rendirme. Lo juro», le dijo a la voz de la derrota que sentía en su interior.

—Tú eres parte del trato, ¿no lo ves? Contigo todo estaría completo.

Rusty tensó los músculos y sin mirar a Lucy, le preguntó:

—¿Qué clase de hombre era él?

—¿Quién?

—Tu esposo, Lucy. ¿Era bueno contigo?

La inesperada pregunta la dejó aturdida. No podía pensar en ninguna respuesta.

—No será algo demasiado personal para preguntar, ¿verdad? ¿Era tu esposo… cómo se llamaba?

—Kenneth.

—¿Era Kenneth un hombre que tratase bien a su mujer? ¿Fuiste feliz con él?

—Yo… yo no… —se humedeció los labios y lo intentó de nuevo—: Kenneth tenía muchas buenas cualidades.

La mirada sombría que Rusty le lanzó se deslizó por su interior como un trozo de vidrio roto. Cuando eran más jóvenes, ella solía pasar inadvertida para él. Pero en raras ocasiones, Rusty parecía mirarla como si leyera sus pensamientos más íntimos.

Lucy tragó saliva y obligó a su mente a concentrarse en los negocios.

—El rancho, Rusty. Si no me dejas ayudarte, ¿cómo te las vas a apañar?

Cuando la encaró, Lucy pudo ver la piel bronceada que recubría sus mejillas y la mirada endurecida de Rusty. La tensión emanaba de todo su cuerpo y ella pudo sentir las oleadas de frustración.

—Te venderé la mitad.

—¿Cómo?

—Dios sabe que es lo último que deseo. Creí que podría reunir dinero vendiéndote algunos acres, pero lo quieres todo, ¿verdad? Y haces bien. Hay pocas esperanzas: el banco se lo va a quedar todo si no actúo pronto. No me lo puedo creer, pero tú eres mi mejor, y mi única, opción.

Sabiamente, Lucy se contuvo de decirle que ya lo sabía.

—Tendré total control sobre la marcha del rancho —exigió Rusty—. Serás mi socio, pero prácticamente, sólo de nombre y en los papeles.

Con el pulso palpitándole salvajemente, Lucy dijo:

—¿Y qué hay de mi idea de abrir el rancho a los visitantes?

—Ya hablaremos de eso —respondió él evasivamente—. Nada de promesas. Entretanto, la propiedad será tasada y tú invertirás exactamente la mitad de la suma.

—Muy bien.

—¿Comprendes que yo tendré la última palabra en todo lo referente al rancho?

—Claro, pero…

—Una cosa más: si consigo reunir la cantidad que tú inviertas, tendré derecho a comprarte tu mitad. ¿Conforme?

Lucy dudaba. Aquello no era exactamente lo que tenía pensado ¿Qué sucedería cuando él reuniera dinero suficiente? ¿La echaría sin más?

Rusty continuaba mirándola con dureza.

La cantidad que ella iba a invertir era una suma muy elevada. ¿Conseguiría él reunirla alguna vez? Parecía improbable. Además, para entonces ya la conocería mejor y tendría que haberle tomado cariño. Quizá para entonces, Lucy ya se hubiera ganado un lugar en el Lazy S Ranch, aunque por ahora pareciera improbable. Pensando deprisa, Lucy dijo:

—Tienes un año.

Rusty pareció aturdido.

—¿Qué?

—Si puedes reunir el dinero en el plazo de un año, accederé a tus condiciones. En cuanto a lo otro, tendremos que recibir turistas. En este punto tienes que ceder.

La boca de Rusty tembló, apretó los ojos y musitó una palabra que Lucy simuló no escuchar.

—De acuerdo. Un año. ¿Y no interferirás en la marcha de las cosas aquí?

—No.

Una creciente alegría surgió en su pecho como burbujas de champán. Quería gritarle al mundo su alegría. Quería cantar. Quería echarle a Rusty los brazos al cuello.

—Mi palabra es tan buena como un contrato —le informó él fríamente, y en lugar del abrazo que ella hubiera preferido, le dio un apretón de manos.

—Gracias —dijo Lucy con una sonrisa temblorosa al tiempo que encerraba la mano de Rusty entre las suyas, cálidamente.

 

 

Una hora más tarde, camino de las cuadras, Rusty se preguntaba a sí mismo qué había hecho. La situación era increíble. ¿De verdad le había vendido a su hermanastra la mitad del rancho? Y ¿cómo se suponía que debían vivir en una casa tan grande un soltero y una joven viuda?

Mientras luchaba contra el resentimiento, la vio dirigirse al veloz y nada práctico coche deportivo y sacar un maletín y una bolsa de viaje. Su cuerpo se marcaba, compacto en apariencia, bajo el vestido gris y sus pechos, aunque no eran grandes, se dibujaban bien torneados. Rebuscando en el asiento de atrás, Lucy dobló la cintura y la falda se le subió unos centímetros por encima de las rodillas permitiendo entrever unos esbeltos y sedosos muslos. Rusty se preguntó qué aspecto tendría sin aquel feo vestido; Inmediatamente flotó en su fantasía una imagen de Lucy desnuda, recostada sobre las sábanas de su cama. Lo encontró alarmantemente sugestivo.