Justicia acústica - Brandon LaBelle - E-Book

Justicia acústica E-Book

Brandon LaBelle

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Beschreibung

Es indudable que la escucha es medular en la vida cívica, por cuanto lo que se pone en juego en la acústica son las formas de poder. En atención a las maneras de escuchar, Brandon LaBelle examina las dinámicas de participación de la vida en común para centrarse en cómo lo que compone la sonoridad es un medio dinámico que fomenta el potencial crítico y creativo de los individuos a la hora de reconfigurar la praxis social: capacidad de respuesta, resistencia, comprensión, disputa y reorientación, son claves en las luchas por el derecho a hablar y ser escuchado. Ahondar en el reconocimiento como forma neurálgica de participación implica ampliar las normas de lo acústico, que tocan directamente las cuestiones de lugar y desplazamiento, fronteras y comunidad, y que terminan por definir las capacidades del escuchar en tanto «ecologías poéticas de resonancia». Así, Justicia acústica indaga entre las prácticas sociales, el arte sonoro, la performatividad y las poéticas de la voz en el marco de la comunidad, con el objetivo de apuntar estrategias de rechazo y reparación, por medio de su agencia sónica.

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Seitenzahl: 556

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2023-A-8041

ISBN: 978-956-6203-48-3

ISBN digital: 978-956-6203-49-0

Imagen de portada: © Cristóbal Olivares

Diseño de portada: Paula Lobiano Barría

Corrección y diagramación: Antonio Leiva

Traducción: Sebastián Jatz Rawicz

Acoustic Justice: Listening, Performativity and the Work of Reorientation

© Brandon LaBelle 2021

De la traducción © ediciones / metales pesados

Esta traducción de Acoustic Justice: Listening, Performativity, and the Work of Reorientation se publica por acuerdo con Bloomsbury Publishing Plc.

E mail: [email protected]

www.metalespesados.cl

Madrid 1998 - Santiago Centro

Teléfono: (56-2) 26328926

Santiago de Chile, septiembre de 2023

Impreso por Salesianos Impresores S.A.

Diagramación digital: Paula Lobiano Barría

Índice

IntroducciónSebastián Jatz Rawicz

Prólogo. Contener, sanar, atender: hacia una vida colaborativa

Capítulo 1. Performatividad acústica. Prácticas de composición

Capítulo 2. Ecologías poéticas. Resonancia, imaginación, reparación

Capítulo 3. Trabajo de piel. Acústica queer, espacios fronterizos, economías del deseo

Capítulo 4. Atención sorda. Visiones periféricas, significados espaciales, política sensorial

Epílogo. Soporte acústico

Bibliografía

Introducción

La traducción de este libro se encuentra directamente relacionada con los hechos sucedidos en Chile a partir del 18 de octubre de 2019. El denominado «estallido social» fue un momento de amplificación y reverberación de incontables voces que habían permanecido desvinculadas durante décadas y que ahora encontraban una correspondencia en las calles del país. Fue tal el estruendo que desencadenó este movimiento, que incluso hoy seguimos intentando comprender y captar el sentido de sus resonancias y repercusiones.

No es casualidad que Justicia acústica comience relatando los acontecimientos casi idénticos ocurridos en el Líbano. Un día antes, el 17 de octubre de 2019, se inició una ola de protestas sociales multitudinarias, incitadas por una creciente frustración contra el gobierno y la elite política debido a su incapacidad de remediar una desigualdad dominante, sumadas a otras catástrofes, restricciones y crisis que afectaban al país.

El año 2019 no fue exclusivamente revelador para el Líbano y Chile, se trató de un año marcado por la disidencia a nivel global. Nunca antes se había visto tantos movimientos sociales de carácter político emergiendo simultáneamente alrededor del mundo: los chalecos amarillos en París, las mayores protestas en Praga desde la caída del comunismo, miles de ciudadanos en Puerto Príncipe exigiendo la salida del presidente Jovenel Moïse, el Paro Nacional #21N en Colombia, los «Viernes por el Futuro» en Berlín, las «Marchas por la Libertad» en Cataluña, las protestas en Egipto que buscaban remover al presidente Abdelfatah El-Sisi, la prolongada oposición al proyecto de ley de extradición a China en Hong Kong, las protestas por el aumento del 130% del combustible en Zimbabue, las protestas contra el cambio climático en Sídney producto de reiterados incendios, las manifestaciones en Seúl exigiendo la renuncia de la mandataria Park Geun-hye, las movilizaciones a nivel nacional en Ecuador tras el anuncio de medidas y reformas económicas del presidente Lenin Moreno, la «Revolución de las Pititas» en Bolivia por el recuento de votos, las protestas en Indonesia por el arresto de cuarenta y tres estudiantes que presuntamente habrían irrespetado la bandera nacional, las manifestaciones más prolongadas en Irán desde la Revolución Islámica de 1979, el «Hirak Argelino» reclamando la renuncia a un quinto mandato del presidente Abdelaziz Buteflika, la «Revolución Tishreen» en Irak por la corrupción política, el desempleo y la ine­ficiencia del gobierno, las manifestaciones en Budapest contra Viktor Orbán al aprobar la llamada ley de esclavitud, las diversas protestas del grupo «Rebelión contra la Extinción» en Londres, las protestas por la Ley de Enmienda de Ciudadanía en India, las manifestaciones en Filipinas contra Rodrigo Duterte por su guerra contra las drogas y su intención de reinstaurar la pena de muerte, o las manifestaciones en Moscú para exigir candidatos de la oposición en las próximas elecciones después de veinte años de Putin en el poder. A todas estas se suman Albania, Croacia, Georgia, Guinea Conakri, Honduras, Malta, Omán, Gaza, México, Puerto Rico y Sudán, sí, entre otras naciones más.

Todas estas protestas se caracterizaron por una coreografía prácticamente invariable: la población organizándose de forma independiente a los partidos políticos mediante el uso de redes sociales y múltiples técnicas de presencia en el espacio público; la confrontación con las fuerzas represivas del Estado, resultando en una importante suma de arrestos, mutilaciones y muertes durante los manifestaciones; los medios de comunicación monopolizando el discurso público en irreconciliable disparidad con los crecientes medios alternativos de información; gobiernos y mandatarios incapaces de contener y resolver demandas profundas, escondidos tras elaborados muros de protección o bien removidos en la marcha de los acontecimientos. Una fuerza y una rabia reprimida colectiva emergió desde las profundidades hacia la superficie: en el caso chileno, desde el transporte subterráneo hacia las plazas y calles de la capital, esparciéndose por todo el territorio.

Durante el estallido social chileno, Rodrigo Karmy Bolton, filósofo e investigador nacional, fue publicando en paralelo en diversos medios una serie de textos que observaban de cerca estos decisivos hechos históricos. Sus diligentes textos cargados de urgencia terminaron reunidos en el libro El porvenir se hereda: fragmentos de un Chile sublevado, publicado por Sangría Editora en Santiago, el mismo 2019. A comienzos de 2021, en la aparente paralización de la pandemia, Brandon LaBelle me escribe para ofrecerme traducir al inglés El porvenir se hereda para su editorial, Errant Bodies Press, establecida en Berlín. A partir de ese trabajo y conversando con Brandon, le pregunto por sus investigaciones recientes. Entonces me refiere y comparte su último libro, Acoustic Justice, fruto de su participación en los denominados estudios del sonido, un campo interdisciplinario que ha ido creciendo en los últimos años y que se enfoca principalmente en la emergencia del concepto de sonido en la modernidad occidental, combinando ciencia, tecnología, sociología, antropología, filosofía, música, acústica, arquitectura y múltiples perspectivas de investigación. Considerando la situación en que se encontraba Chile, ad portas de una nueva Constitución que buscaba ir a la raíz de los problemas democráticos, sociales, financieros, ecológicos y públicos, el libro parecía ofrecer una suerte de guía para afinar nuestros sentidos en este momento tan complejo de alegrías y conflictos compartidos encaminados hacia nuevas posibilidades de una vida en común. Fue entonces que me acerqué a Metales Pesados y presentamos el proyecto a la Línea de Apoyo a la Traducción del Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, posibilitando su traducción mediante el uso de fondos públicos.

A lo largo de sus páginas, este libro plantea el sonido y la escucha como recursos sociales, como base para movilizar una amplitud sobre temas de justicia, reconocimiento, orientación y comunidad en las ecologías de resonancia que constituyen los entornos sociales y políticos. El concepto de justicia acústica busca abordar esta complejidad, explorando y definiendo caminos de transformación y unión.

Luego del golpe de timón, o golpe de oreja del 4 de septiembre del año pasado, queda por verse la comprensión y aplicación de las ideas delineadas en estas páginas, principalmente nuestra capacidad de escucha y nuestra inclinación a vivir a través del oído.

Sebastián Jatz Rawicz3 de abril de 2023

PrólogoContener, sanar, atender: hacia una vida colaborativa

En las protestas que tuvieron lugar en el Líbano a partir de octubre de 2019, uno de los aspectos esenciales que se ha destacado continuamente es la apertura de formas repentinas de unión: una superación o ruptura de las profundas divisiones y separaciones sectarias que han marcado a la sociedad libanesa y contra las cuales estaba dirigida en gran medida la revuelta. Las desigualdades económicas, las drásticas medidas de privatización que definen a Beirut, por ejemplo, y una seria carencia de infraestructuras culturales e instituciones públicas por fuera de los partidos políticos y círculos religiosos, han llevado a un estancamiento general de la vida cívica tras la guerra civil (1975-1990). Por lo tanto, la revuelta se dirigió no solo contra el actual gobierno, sino también a favor de fomentar un entorno general en el que se valoren la igualdad social, la cultura pública y la unidad. Esto se materializó mediante la capacidad, dentro de las dinámicas del levantamiento, de expresar sentimientos de larga data, muchas veces reprimidos.

Desde los programas de entrevistas matutinos hasta las noticias de la noche, nuestro paisaje físico está completamente colonizado por [la elite política], sus expertos y los presentadores de programas de entrevistas que les dan la bienvenida con los brazos abiertos, a menudo riendo y sonriendo. Esta ha sido la situación durante décadas, no años. Tanto es así que cualquier libanés promedio puede reconocer las voces de los políticos si las noticias se están transmitiendo en otra habitación. Pero esto cambió drásticamente durante la última semana1.

La «revolución de micrófono abierto», como la describe Habib Battah, está marcada de forma transgresora por un desplazamiento de las dinámicas acústicas: desde medios políticos centralizados al surgimiento de un exceso de voces, el «nacimiento de la sociedad cívica» en el Líbano trae demandas que también buscan cambiar una acústica dominante de división y regulación. Otros medios de comunicación más «independientes» han salido a las calles con sus reportajes, ofreciendo sus micrófonos y cámaras a los manifestantes. Como consecuencia, el tono de los puntos de vista expresados y los sentimientos compartidos están cambiando, provocando en esta repentina oleada un despertar de la posibilidad social y una sorprendente cohesión. Como dijo un manifestante: «Estábamos en un lugar donde había un Líbano para musulmanes y otro para cristianos, pero ahora el Líbano es simplemente el Líbano. El país está naciendo»2.

Las transformaciones sociales y políticas que están sucediendo ganan fuerza al operar en otras formas de conversación y otras formas de construcción comunitaria que tienen en su base un cambio de las normas acústicas y auditivas. Siguiendo este ejemplo, las luchas por las injusticias económicas y las acciones fundamentales de las estructuras estatales para apoyar a sus ciudadanos giran en torno a una política de los sentidos, donde el reconocimiento social se equilibra con las disposiciones institucionales que permiten una esperanza en el futuro. «Abrir el micrófono» es desde ya transformar la dinámica de las políticas representacionales, alterando el equilibrio de poder al dar paso a nuevas formas de movimiento y articulación social.

La revuelta solo ha durado poco más de una semana, pero el dolor y la ira que la alimentan se han ido acumulando durante meses y años. Para mí y para muchos otros, ha sido un alivio increíble no tener que escuchar las noticias de los políticos, la telenovela de sus vidas cotidianas: sus conferencias de prensa y viajes al extranjero, sus pequeñas disputas y victimización, su condescendiente confianza en sí mismos, su egoísmo y sus falsas promesas. Ha sido un gran alivio escuchar algo diferente para variar, los problemas de otra persona y la voz de otra persona y saber que esas voces, millones de ellas, existen3.

Estas declaraciones y sentimientos que plasman la situación en el Líbano señalan las preguntas y perspectivas teóricas con las que trabajaré en Justicia acústica. Me enfocaré en cómo la capacidad de «escuchar algo diferente» es fundamental para nutrir el enfoque actual sobre la vida cívica. Si bien las dinámicas del poder y la política son modeladas y remodeladas por situaciones y sistemas institucionales, también se configuran continuamente a través de ritmos cotidianos profundamente persistentes de preocupación y consideración, indignación y deseo. Como tal, el poder se encuentra en la capacidad de permanecer cerca de los demás, en la elaboración de lo que significa ser un cuerpo en un mundo increíblemente físico y denso. Por lo tanto, me interesa enfatizar una noción de justicia como aquello que permite cimentar el poder dentro de las esferas sociales donde la vida común encuentra su expresión contemporánea.

Justicia acústica plantea una perspectiva del nacimiento de la vida cívica o común en desarrollo al prestar atención a las formas en que el poder de las personas se configura y reconfigura a través de una relación con el sonido, la audibilidad, la sintonía, la interrupción y los arreglos que hacemos para escuchar algo diferente, así como escuchar de manera diferente. Es importante destacar que esto incluye liberar la audición de la capacidad de un oyente ideal; más bien, se trata de entender el «escuchar de manera diferente» como una cuestión de sensibilidad, orientación y capacidad de respuesta diversa, ejerciendo lo que Jan Masschelein señala como el «poder de la atención», como el poder de comprometerse con el presente, de nutrir el presente como un escenario de compromiso y emergencia4. En este sentido, al dirigirme hacia el sonido como medio y tema, como una cuestión acústica, trabajaré en la elaboración de su fuerza como una que nos dirige también hacia los demás, de maneras siempre exigentes y enriquecedoras. Una dirección que contribuye tanto al poder como a la atención. La noción de «prestar atención» sugiere entender la atención como un acto, un gesto y también una economía; indica que la atención contribuye a un equilibrio de poder, de intensidades y luchas relacionales, de capacidad de respuesta ética y compromiso interpersonal. Al escuchar, como ese momento de direccionarse o ser direccionado, uno se presta a la economía de la atención, animando los lazos sociales y comunes con los que estamos en deuda.

El concepto de justicia acústica es planteado aquí entonces como un marco para atender a las formas críticas y creativas en las que los individuos y las comunidades funcionan en el poder al buscar otras configuraciones, otras orientaciones de la economía de la atención. La acústica, como espero establecer, se trata fundamentalmente de estos asuntos de poder y las configuraciones en las que uno puede trabajar para desplegar o equilibrar dicho poder. Esto se expresa, nuevamente, en las consignas que resuenan en las calles de Beirut: «No tenemos que escucharlo, ministro; ahora usted tiene que escucharnos»5.

Agencia sónica

Las luchas por el reconocimiento, y las formas en que los individuos y las comunidades buscan transformar los sistemas actuales de desigualdad o violencia, pueden impulsarse a través de expresiones sónicas: el acto de elevar el volumen es a menudo fundamental para articular el disenso, movilizar movimientos colectivos y atraer la atención de los gobiernos y los medios de comunicación. A veces, tales puntuaciones se expresan igualmente a través del silencio, y la negativa a hablar o pronunciar cualquier tipo de demanda o posición: el silencio resuena, en cambio, a través de una especie de negatividad, para alterar la continuidad y el tono de lo habitual. En este sentido, el sonido es un material y un medio fundamental dentro de los imaginarios y las luchas sociales y políticas, dando paso a formas de agencia sónica.

La efusión de ruido, o la inserción de un silencio colectivo, es contrarrestada al reconocer la importancia de la escucha y la experiencia de ser escuchado: de qué forma las luchas por el reconocimiento y el acto de escucharlas que a menudo implican, pormenorizan las formas en que el sonido y la escucha participan en procedimientos democráticos, sistemas judiciales y escenarios de autogobierno o resistencias compartidas. La agencia sónica puede articularse por medio del volumen y la modulación del ruido y el silencio, pero las relaciones afectivas también son moldeadas por la escucha e impactan en las delimitaciones del poder. La escucha abre una perspectiva fundamental sobre la comprensión de la agencia al enfatizar lo político no como un mero drama de apariencia y sinceridad, sino que recordándonos asimismo la forma en que el reconocimiento se efectúa mediante la sensación de ser escuchado, así como la necesidad de escuchar algo diferente, donde la escucha también puede contraatacar, en términos de movilizar a las personas en su deseo de reconfigurar los flujos de poder, para exigir una forma de vida diferente. Aunque a menudo se hace hincapié en el hablante en la puesta en escena de la voz política, me interesa igualmente centrar la atención en quien escucha, el oyente como un actante que aporta una fuerza esencial6, dado que la escucha nos lleva hacia estados de reflexión crítica, lentitud, sintonía compartida y capacidades de comprensión o cuidado, todo lo cual articula otras dimensiones de poder.

Como gesto, como acto, la escucha se dedica a dar forma a escenas de apoyo, lo que permite un proceso de colaboración que a menudo se extiende más allá de lo aparente y articulado. Como tal, se presta a las continuas reivindicaciones y desafíos de la capacidad de respuesta, para aportar energía a los actos de atención que, como plantea Masschelein, abren importantes «espacios de autotransformación»7. La atención es un acto de educación, proporcionando la base para el aprendizaje, el conocimiento y la comprensión. Sobre el particular, nos extiende: hacia otros saberes, otros puntos de vista y otras formas de vida. Presto mi atención y, al hacerlo, me entrego a lo que pueda surgir, a la emergencia que la atención, de hecho, hace posible. La atención es, por tanto, una posición crítica y creativa, una postura que, por lo demás, se adopta para echar a andar el trabajo colaborativo de la vida.

Quisiera proponer que la escucha intensifica el sentido de la construcción del presente, tensando los límites del horizonte espaciotemporal –de la escena cotidiana– mediante la atención: una atención que es necesariamente un trabajo lento. Sin embargo, la escucha, como una forma sumamente esencial de la atención, nunca es estable o ideal; es difícil de mantener –divaga, se cae, se queda atrás, se tensa por lo que oye–, y eso puede ser parte de su aporte fundamental: desarticular el teatro dramático de lo político. Requiere tiempo, así como renovación y reparación continua. La economía de la atención, como el ámbito relacional tensionado por una serie de fuerzas, está animada, energizada y desinflada por el flujo y reflujo del compromiso y la posibilidad; y como tal, ordena precisamente la vida del cuerpo, sus luchas y sus placeres. La escucha puede mostrarnos nuestro propio límite, sintonizándonos con el metabolismo del cuerpo, junto a los flujos y ritmos que definen nuestros vínculos sociales.

Me mantengo cerca de la escucha, entonces, para resaltar la agencia sónica como aquello que también puede llevarnos hacia un límite de lo político: hacia el límite de una articulación particular del poder, el reconocimiento y el apoyo. A este respecto me enfocaré en la agencia a través de la escucha, mediante poder de la atención, como lo que da forma a las escenas de transformación, así como a la «civilidad»8. Como sostiene Étienne Balibar, la civilidad puede movilizarse como un medio para desafiar las formas de violencia al amparar específicamente la «posibilidad de lo político». Lo político, como lo que debe funcionar en nombre de una comunidad social y relaciones justas, para Balibar, se fundamenta en una cultura de civismo: el fomento del diálogo y la cooperación, de la diplomacia, un arte de negociación o compromiso que implica un sentido de capacidad de respuesta, de resistencia y acuerdos. La civilidad, a tal efecto, hay que trabajarla, cuidarla y luchar por ella, en el mantenimiento de ese espacio político que, para Balibar, se vuelve fundamental para desafiar la normativización de la violencia en nuestra época global.

De acuerdo a Balibar, la civilidad extrae un sentido para contrarrestar las formas en que la violencia se vuelve aceptable, incluso una opción dentro del entorno geopolítico: cómo el despliegue no solo de nuevas técnicas de violencia extrema, sino también de discursos y justificaciones morales, hace que la violencia sea cada vez más aceptable en términos de lo que esperamos de los asuntos internacionales. En este sentido, me interesa pensar en las formas en que la civilidad podría expresarse, incluso materializarse. Por ejemplo, en su trabajo sobre tecnociencia y lo poshumano, Dimitris Papadopoulos identifica lo que él denomina «infraestructuras generosas»9. Al observar los movimientos de política autónoma, movimientos que se encuentran en una variedad de sitios conflictivos y creativos, desde comunidades de migrantes y refugiados hasta laboratorios de hackers y creadores, Papadopoulos encuentra una cultura de colaboración y cooperación. Es importante destacar que tales expresiones colaborativas se extienden a través de las fronteras nacionales, uniendo comunidades e idiomas para formar un sólido tejido de agentes y actantes; este tejido incluye no solo personas, sino también elementos materiales, la elaboración y circulación de objetos y herramientas, y la consideración de recursos compartidos, todo lo cual participa en movimientos (e imaginarios) de autonomía. Al seguir estas escenas o situaciones, Papadopoulos reconoce las «infraestructuras generosas» que surgen y facilitan el desarrollo en los movimientos de estas dinámicas colaborativas y cooperativas. Las infraestructuras generosas «permiten que las comunidades mantengan y defiendan las condiciones ontológicas de sus formas de vida, incluso cuando las infraestructuras instituidas se caen producto de fallas o intencionalmente»10. Es importante destacar que las infraestructuras generosas establecen conexiones entre lo político y la materia, articulando un sentido más amplio de las corrientes sociales y materiales que son la base para la construcción de otros mundos. Ágiles, conectivas, comunitarias, tecnológicas, estas infraestructuras son generosas al alimentar el desarrollo del trabajo colectivo de políticas autónomas.

La noción de infraestructuras generosas, tal como la interpreto, también puede considerarse como infraestructuras de generosidad; animan un sentido de convivencia de formas de vida, de ensamblajes humanos y no humanos, de construcción de alianzas y, como tales, se prestan precisamente a expresiones de apoyo que conducen a una biodiversidad. A través de estas infraestructuras generosas se pueden empezar a detectar estrategias de civismo destinadas a fomentar una cultura de colaboración. La generosidad puede apreciarse como el hilo conductor que mantiene unidas a las personas y las cosas, especialmente dentro de las escenas de vida autónomas e improvisadas. Como destaca AbdouMaliq Simone en su ensayo «La gente como infraestructura», dentro de escenarios aparentemente marginales o en ruina del mundo urbano, las infraestructuras están reguladas, e incluso materializadas, menos por las administraciones estatales y más a través de la «convertibilidad» y la «conjunción» de personas, materiales, espacios y energías11. «Tal conjunción de actividades heterogéneas, modos de producción y formas institucionales constituye posibilidades altamente móviles y provisionales de cómo las personas viven y hacen las cosas, cómo usan el entorno urbano y colaboran entre sí»12. La generosidad, en este aspecto, no es tanto una cuestión de caridad o de obsequios; más bien, emerge dentro del mosaico de personas y cosas, el espacio y los flujos e intercambios improvisados, aunque regulados, que tienen lugar. Por lo tanto, la generosidad es más funcional socialmente y dinámica materialmente, alimentando un circuito general de colaboración y operando de manera «alquímica» al mantener las cosas en movimiento.

Estoy poniendo en juego estas diferentes perspectivas, desde estrategias de civismo hasta infraestructuras generosas, para asentar mis argumentos en torno a la justicia acústica como un asunto sobre procesos materiales y prácticas sociales enfocadas en construcciones de solidaridad. Al respecto, la escucha se posiciona como la expresión del poder de la atención, que puede darle fundamento a la agencia y las representaciones en las que nos enfocamos, dentro de la vida del cuerpo, como una vida de imaginación e interdependencia; escuchar es lo que sustenta la civilidad como una perspectiva política, como una cultura de generosidad. La justicia acústica se desarrolla entonces para intensificar la comprensión de las formas en que el sonido y la escucha impactan en el poder y las economías de atención y las articulaciones de la vida política, en la construcción de infraestructuras generosas. Es por esto que es bueno recordar, según los manifestantes de Beirut, que aunque no se escuchen esos «millones de voces», de hecho existen.

Volviendo sobre la agencia sónica, como ese sentido de agencia impulsado por la escucha, y que se focaliza en equilibrar la economía de la atención en la civilidad, quisiera considerar más extensamente de qué forma «no escuchar» es igualmente fundamental para las estrategias de civilidad. Dentro del proyecto de atención, como extracción de espacios de autotransformación y colaboración, la escucha se posiciona no solo en relación con lo aparente y lo legible, sino también con lo que falta: lo que no se dice ni se escucha. La experiencia o capacidad de «escuchar de manera diferente» es el reconocimiento de lo inaudito precisamente como algo constitutivo del presente; como un estar presente en lo negativo, porque si escuchar es ejercer un poder, es para conducirnos hacia los límites de lo audible; es trastocar la «distribución de lo sensible» que, como sugiere Jacques Rancière, define la forma de lo político13. La escucha, como parte del trabajo de atención, educa sobre cómo el presente es profundamente afectado y tocado por sus propios límites, por lo que excede o desaparece del terreno de lo sensible. Sobre el particular, la escucha puede sintonizarnos para oír el peso de la voz, su presencia, así como su ausencia, quienes la tienen como también quienes no. Es extender una relación con la voz, con lo dicho, reconociendo lo que escapa al campo del lenguaje, exigiendo que uno se relacione con lo verbal y lo no verbal, entendiéndolos como vinculados desde un principio.

El trabajo de Mojca Piškor sobre la poco conocida historia de los campos de trabajo forzado de mujeres en la ex Yugoslavia en la década de 1950 destaca de manera conmovedora la escucha como un método para abordar con precisión aquellas historias marcadas por silencios complejos. Como Piškor sugiere, «leer» en el archivo de la violencia estatal es escuchar los silencios que llevan aquellos que no pueden hablar del sufrimiento vivido, cuyas voces han sido «confiscadas» por el Estado14. Para Piškor, escuchar se convierte en una forma de lectura, de atención crítica y creativa, que ayuda a articular experiencias a menudo ocultas o reprimidas, y cómo uno puede trabajar a través de la escritura y reescritura de narrativas estatales. Si bien el habla y la franqueza de la verdad actúan como portadores de esperanza e impulsan movimientos emancipadores, es necesario recordar el papel de la escucha como lo que con frecuencia da realidad a la voz y a la promesa de lo dicho. Porque escuchar, en este sentido, se dirige específicamente a lo no dicho, atendiendo a lo retraído o reprimido. Al hacerlo, abre aún más un sentido extremadamente importante para lo que todavía no es, lo que queda por decir. Y como tal, la escucha ejerce una intervención profunda precisamente en escenarios de injusticia reconfigurando lo que entendemos por presencia, visibilidad y lo sensible.

La escucha puede moldear dinámicamente, a través de una especie de cuidadosa persistencia, el horizonte temporal de lo político al permitir una brecha, una pausa, una concentración, una lectura: una diplomacia que se encuentra dentro de los debates geopolíticos, una capacidad crítica expresada en los gestos de la investigación, así como dentro de los ritmos de las prácticas cotidianas, donde la escucha inmediatamente ralentiza el tiempo, ampliando un espacio de preocupación, incluso de placer. Escuchar nos extiende hacia lo que llama la atención, extendiendo, por otra parte, un marco de dirección dado.

Esto no debe pasar por alto cómo la escucha puede utilizarse como parte de formas de poder coercitivo, donde la escucha es invasiva, penetrando en ciertas escenas o arenas. Escuchar se convierte en una técnica, un modo de captar información, ya sea al servicio de proyectos emancipadores o excluyentes. Hay una potencial violencia en la escucha, una que no debe olvidarse. Por lo tanto, la escucha se utiliza de diferentes maneras, enmarcada dentro de actos tanto de justicia como de injusticia.

Me interesa centrarme en la escucha como un camino profundamente creativo y crítico para enriquecer las relaciones humanas, para nutrir y cuidar los límites del cuerpo y las luchas por el reconocimiento. Al profundizar o prolongar los silencios que rodean el habla, deteniéndose en el camino, imaginando un espacio de preocupación, la escucha es un poderoso gesto de atención, un camino de atención que se enfoca en reconfigurar la dinámica del reconocimiento. Es siempre una figuración del presente, un ser en el presente, una exigencia de compromiso, pero que lleva el peso de lo que falta, de lo que a menudo se dice sin ser dicho y que ayuda radicalmente a abrir un futuro por venir –una escucha que oye creativamente más de lo que se habla, dirigiéndonos hacia la construcción de la vida–. Como Fred Griffin describe en su trabajo sobre la escucha dentro del psicoanálisis, uno debe aportar una escucha activa y creativa para influir en las experiencias de trauma y represión con el fin de avanzar hacia el crecimiento emocional15. Para Griffin, desarrollar un sentido marcado de la escucha en los pacientes abre una mayor apreciación no solo de la escucha como una posición de recepción, sino, lo que es más importante, que permite también que se hagan preguntas. Al escuchar activamente, Griffin nutre su práctica como analista con la capacidad crítica y creativa para involucrarse más plenamente en el proceso terapéutico como un trabajo «colaborativo»: entrar en el «espacio de autotransformación» como un proceso de crecimiento compartido. «Comencé a ver esto como un proceso creativo y activamente comprometido que hace posible nombrar dimensiones de la vida emocional que no estaban previamente articuladas del todo»16.

La escucha, como aquello que pone la atención sobre lo dicho y lo no dicho, ralentizando el tiempo del habla con un mayor sentido de lo que falta y de lo que no estaba previamente articulado, por nombrar aquellas dimensiones que en ocasiones se ocultan a la vista, ayuda a crear un «ambiente de contención» –un espacio de apoyo y atención, una desaceleración para permitir detenerse en lo dicho: para extraer no solo el sentido de lo hablado, sino también para dar lugar a su silencio resonante–. La escucha, de esta manera, «construye puentes» entre lo hablado y lo no hablado, lo dicho y lo no dicho; nos lleva al espacio de la atención y la comprensión no solo a través del cuidado y la empatía, sino asimismo a través de su capacidad colaborativa, fomentando una intensidad de pensamiento crítico o asociativo, para servir de puente entre conocimientos, para pensar juntos, para atender a lo retraído como también a lo que aún no ha sido dicho. Dentro de estos ambientes de contención se da la posibilidad de escuchar de manera diferente.

Esto implica una relación con la memoria: dentro del ambiente de contención, igualmente se pone en juego un sentido de la experiencia pasada. Si bien la historia, normalmente, marca una genealogía de la violencia, y una política posterior como aquello que opera en la escena del poder, la memoria puede representar una temporalidad de «antiviolencia», una desaceleración, una civilidad impulsada por la reparación y la necesidad de conservar lo que se ha perdido, de preocuparse por lo que falta: los espectros de vidas perdidas. La memoria, de esta forma, reclama el tiempo no como un progreso a lo largo de una línea poderosa; más bien, la memoria retiene el tiempo, hace tambalear al progreso, solicitando una reelaboración continua de la narrativa: la memoria como un relato que necesita ser repetido y reescuchado continuamente. (Esta es la diferencia fundamental entre el memorial y el monumento, atendiendo al tema actual de la memoria o la articulación de la historia). La escucha, como un gesto de atención que contiene, que da forma a un ambiente de contención, también permite recordar: recordarnos como seres humanos, llenos de emociones accesibles como inaccesibles; involucrarnos en la capacidad de preo­cuparnos, que incluso se efectúa recordando lo que se ha perdido y lo que todavía se puede perder. Y, además, permite investigar las corrientes que constituyen lo que sabemos de la historia, abriendo los archivos y los registros para configurar una resonancia, una amplificación, una contención y una sanación.

La escucha, en este sentido, podría ralentizar la cultura de la velocidad que define a nuestra productividad contemporánea, este evento interminable que impulsa la producción sin fin. Entonces, la escucha como lentitud puede, como Isabelle Stengers nos recuerda, esgrimir una potente resistencia al ritmo acelerado del progreso y al deseo de hacer historia. Su conmovedor llamado a una «ciencia lenta» se posiciona críticamente para encontrar un tiempo y espacio para la experiencia afectiva y la articulación considerada, para permitir que los temas en cuestión realmente importen. La lentitud, para Stengers, como sugiere Nataša Petrešin-Bachelez, se trata de «aprender a escucharse unos a otros» para prestar atención a los significados y valores que emergen fuera o alrededor de las categorías objetivas17. Lo que está en juego, para Stengers, es combatir la producción acelerada de conocimiento y su impacto en la capacidad de permanecer cerca del proceso creativo de investigación. La lentitud, y la importancia de la escucha, da paso así a permitirnos no saber, a comprender cómo el no saber es precisamente la condición necesaria para descubrir realmente el valor del saber.

La agencia sónica, como el sentido de agencia formado por los volúmenes articulados del habla y el ruido, así como el espíritu de escuchar y recordar, preocuparse y cuidar, se centra en el equilibrio de lo dicho con lo no dicho, el saber y el no saber; se plantea aquí como fundamento del poder de la atención, como una estrategia de cortesía que, a mi entender, se basa en la lentitud: una vacilación, una fuerza de contención, una generosidad para permitir respuestas y preguntas. O más bien, puede tratarse de una interrupción de lo político exigiendo que, a su vez, se escuche a sí mismo para seguir siendo válido en las luchas actuales por ser civilizados unos con otros.

En torno a la acústica: de la psicoacústica a la acústica social

Justicia acústica aborda aspectos de agencia sónica al realizar una serie de movimientos clave para ampliar el trabajo de escucha como base de la civilidad, o lo que Judith Butler llama un «imaginario igualitario»18. Un elemento central de la justicia acústica es comprender que la escucha no siempre está ligada a lo audible, o exclusivamente al sonido (y es distinta de la audición, que está más centrada en la fisiología del oído). Más bien, la escucha, como he articulado, se plantea como una expresión más completa de la atención, como un poder multimodal y encarnado que permite una variedad de conversaciones y contactos, inteligencia e imaginación. La escucha, por lo demás, integra el oír dentro de sus actividades y capacidades; se basa en el oído, como operación fisiológica, y como un sentir general, mientras enfoca y extiende su alcance. Tal comprensión de la escucha es sugerente para una aproximación a la acústica. Por un lado, la acústica se entiende como las condiciones físicas, la arquitectura y las disposiciones espaciales que facilitan y dan forma a los rebotes y reverberaciones del sonido: la acústica como un asunto de la física del sonido, la materialidad del espacio y la fisiología de la audición. De acuerdo a esta perspectiva, la acústica contribuye sustancialmente a un sentido de orientación y pertenencia, prestando atención a la forma en que navegamos a través de espacios y entornos para capturar un sentido de lugar: cómo nos sincronizamos, sintonizamos y alineamos con los demás. Desde esta base, la acústica destaca como consecuencia de las experiencias de audición y de las expresiones de sociabilidad, sobre las relaciones que podemos entablar y en las que la escucha se vuelve más operativa. Esto lleva finalmente a pensar que la acústica incide en una política de reconocimiento y ubicación, además de articulaciones de formas de vida: la acústica como política a través de la cual se libran luchas por el reconocimiento y los derechos, la pertenencia y el acceso.

En lugar de concentrarme estrictamente en el sonido y las articulaciones que permite, insistiré en la acústica para centrarme en las condiciones que rodean y que afectan la vida corporal y social, en las dinámicas afectivas y políticas que dan forma a nuestra condición situada. Esto implica una preocupación por la tecnología y su lugar dentro de las experiencias y métodos acústicos, no solo en términos de la construcción y distribución del sonido grabado, sino en términos de cómo las tecnologías impactan la subjetividad y los enfoques sobre capacidades, por ejemplo, dentro de la cultura sorda. Desde este punto de vista, centrarse en la acústica permite una gama de indagaciones críticas y creativas que tienen en su centro una preocupación por la orientación y cómo podemos trabajar en la reorientación, las formas en que navegamos y negociamos los sistemas y discursos que impactan en la definición de nuestro propio lugar en el mundo. Mientras que la agencia sónica se expresa a través de los sonidos articulados que uno puede hacer, la justicia acústica se determina al considerar los arreglos y configuraciones que permiten diferentes tipos de orientación, desde lo social y político hasta lo corporal o sexual. Si escuchar se trata del poder de la atención, de una economía de la atención y la potencialidad de la emergencia, entonces la acústica es lo que hacemos para facilitar o modular esa economía.

De este modo, la acústica se plantea como una cuestión de relaciones materiales y sociales, así como de prácticas y gestos enfocados en formas de orientación y reorientación: los arreglos arquitectónicos y espaciales y las escenas sociales, las articulaciones o interrupciones vocales, los sistemas tecnológicos o las expresiones culturales que desarrollamos con el fin de plasmar formas de vida. Esto nos traslada de lo psicoacústico, y las experiencias e imaginarios de la audición, a lo social acústico, y la dinámica de la vida con los demás, e igualmente de lo electroacústico, como mediaciones del sonido distribuido, a lo bioacústico, como ecologías acústicas del ser humano y la vida no humana, y que conforma conceptualizaciones de vida a través de la audición. Desde la interrupción de las tonalidades dominantes de los lugares, el cambio de la organización rítmica de las sociabilidades o el sondeo de otras formas de habla y afecto, la acústica se activa para dar impulso a una diversidad de voces y cuerpos, deseos y esfuerzos por establecer relaciones justas. La acústica, en otras palabras, es lo que hacemos para reorientar las articulaciones de la sociabilidad y las posteriores formas de vida. La acústica emerge así como arquitecturas, como arreglos materiales y sociales, como actos personales y políticos, así como la escucha y el ejercicio del poder de la atención, el sentimiento, un punto de vista, incluso un discurso: como aquello que opera modelando y remodelando las relaciones.

A lo largo de Justicia acústica elaboro esta comprensión ampliada de la acústica. Esto conlleva abordar experiencias de sonido y escucha, tanto como a desafiarnos a usar la acústica como un puente hacia otras experiencias, temas y preguntas, desde cuestiones de lenguaje y voz hasta políticas sensoriales y bioética. En este sentido, movilizo un enfoque poético-crítico, tal vez incluso lento, en la medida en que términos como «acústica» y «sonido», «ritmo» o «vibración» funcionan de modo literal y también figurativamente. Esto es intencional, ya que mi interés es desarrollar específicamente la acústica y la justicia acústica como un marco generativo, demorándome en los movimientos particulares del sonido y las formas en que la escucha nos mueve, contiene, nutre y emociona, además de figurarse dentro de una gama de luchas políticas. En resumen, busco poner la acústica en movimiento para equipar nuestra sensibilidad auditiva con herramientas creativas y críticas, con un imaginario profundamente móvil. Porque lo que está en juego, tal como lo veo y escucho, es desentrañar las potencialidades incrustadas y las posibilidades especulativas que se encuentran en un modelo acústico, como aquello que permite que tengan lugar diversas formas de orientación y, de esta forma, enriquezcan los significados que puedan llegar a engendrar: cómo el tener lugar, a través de la acústica, es igualmente un fomento de lo que el lugar puede contener, desde el lugar del libro y los espacios de pensamiento hasta los lugares donde las formas de vida se expresan, se arraigan, y también aquellos lugares aún en construcción.

Al trabajar desde un marco de la acústica, desde la psicoacústica hasta la acústica social y la bioacústica, me baso en una serie de referencias de los estudios del sonido, así como de la teoría social y política, que permiten pensar la acústica en un sentido más amplio. Estos incluyen el legado de los estudios del paisaje sonoro y la ecología acústica, el centro de investigación Cresson y sus teorías relacionadas con el efecto sónico, y el trabajo de Barry Blesser y Linda-Ruth Salter sobre la arquitectura auditiva, proporcionando un fértil análisis y compendio de temas y estudios relacionados con la acústica. Si bien estas tres referencias son importantes para mi enfoque, no me dedico a desglosar los múltiples aspectos y preguntas que plantean; en cambio, reconozco sus investigaciones como una base general, una a la que recurro como apoyo. El concepto de «arquitectura auditiva» de Blesser y Salter, por ejemplo, se propone integrar las experiencias personales y afectivas de escucha como parte del análisis más objetivo del sonido que a menudo se encuentra en la comprensión de la «arquitectura acústica»19. Mientras que Blesser y Salter pasan de una ciencia de la acústica a la de la audición y las interpretaciones culturales de lo escuchado, me interesa seguir trabajando en la acústica como un marco para cuestionar su lugar dentro de las luchas por el reconocimiento y la pertenencia. Esta preocupación también se encuentra en parte en la ecología acústica, que teoriza el paisaje sonoro como el estado del sonido ambiental y cómo es indicadora de una variedad de dinámicas sociales, políticas, ecológicas y culturales. La investigación sobre la especificidad de un paisaje sonoro, por ejemplo, puede llevar a reconocer desigualdades o desequilibrios de poder, vinculando el sonido y la audición con asuntos de comunidad y marginalización20. Sigo igualmente esta perspectiva, pero asimismo complejizo el paisaje sonoro, ya que nunca se trata del sonido y lo audible; más bien, considero que el paisaje sonoro implica una variedad de otros asuntos y materiales, sistemas y sentidos, y por lo tanto exige una mayor atención a lo inaudible y lo que no se oye. Porque la acústica, al enfatizar la física de los fenómenos sónicos y el comportamiento, abre el espectro del sonido dirigido al mundo auditivo, pero, por otra parte, el lugar donde la vibración, la presión y las frecuencias, por encima o por debajo del rango del oído humano, son igualmente activas. Al hacerlo, una ciencia de la acústica, en líneas generales, permite ampliar las conceptualizaciones y comprensiones sobre lo que constituye el cuerpo y las sociabilidades mediante las cuales se representa la subjetividad. Como tal, busco formas de activar la acústica para considerar una esfera mayor de experiencia, desde los movimientos y sonoridades de lo no humano hasta la fuerza de la materia, las experiencias táctiles y los encuentros percibidos que a menudo exceden lo audible, lo cognoscible y lo reconocible. La arquitectura auditiva y las ecologías acústicas son, por lo tanto, marcos para plantear una lucha crítica con una política de reconocimiento al considerar los paisajes sonoros como implicados dentro de los equilibrios de poder.

El trabajo en Cresson, un centro de investigación de la Escuela Nacional de Arquitectura de Grenoble, tiene también como objetivo elaborar una mirada sobre las experiencias del sonido y, a través del concepto de «efectos sónicos», ofrece una importante perspectiva interdisciplinaria21. A partir de esa investigación, la acústica se activa de manera sugerente, abarcando la arquitectura y la sociología, la música y la ciencia, situando así el sonido y la escucha como fundamento del conocimiento. A modo de acústica, igualmente abogo por centrarme en el impacto de la experiencia sonora y las formas posteriores de sentir y conocer. En este sentido, me enfoco en cuestionar cómo las experiencias de escucha se ven afectadas por las decisiones y normas acústicas, las que influyen en gran medida en la configuración del conocimiento. En mi argumento, la acústica está posicionada para incluir cuestiones de orientación social y física y, por lo tanto, está implicada en un sistema de normas y valores culturales que actúan enmarcando nuestras experiencias, nuestra forma corporal y social. Como tal, planteo la acústica como aquello que incluye tanto lo sentido como lo sistémico, la materialidad física y los órdenes institucionales. De esta manera, el concepto de justicia acústica se propone como un marco que puede involucrar la ecología acústica y las teorías del efecto sónico y la arquitectura auditiva, movilizando estos saberes hacia los asuntos de justicia y las luchas por el reconocimiento.

Volviendo a Jacques Rancière, y su concepto de distribución de lo sensible, me interesa subrayar la acústica como cuestión política. Como tal, propongo considerar la acústica como la «distribución de lo oído», como lo que impacta sobre los movimientos y la formación del sonido y las experiencias o capacidades posteriores de escucha. Como distribución de lo oído, la acústica articula las economías de atención y los conflictos sobre las normas y valores acústicos que afectan la orientación física y social. Por ejemplo, las formas en que nuestra atención se moldea de manera particular, se dirige u orienta de acuerdo con ciertos valores o hábitos sociales, y a través de sistemas relacionados de tecnología o economías políticas revelan que la acústica impacta en lo que escuchamos y en cómo lo hacemos: cómo llegamos a acceder o participar dentro de ciertos escenarios acústicos. Y además, cómo la escucha es siempre una cuestión de ser un sujeto situado en contextos y comunidades particulares. Sobre el particular, los paisajes sonoros, la arquitectura auditiva y los efectos sónicos son un asunto de distribución de lo oído, como lo que define los movimientos y articulaciones del sonido y la escucha, así como la capacidad de orientar y expresar formas de vida. Entonces, escuchar de manera diferente es trabajar para remodelar el poder acústico.

Silvia Federici enfatiza nuestra experiencia de ser un cuerpo vivo y sensible como algo que ha sido moldeado continuamente por el capitalismo. «En efecto, una de las principales tareas sociales del capitalismo, desde sus inicios hasta el presente, ha sido la transformación de nuestras energías y potencias corporales en fuerzas de trabajo»22. Transformar el cuerpo como poder sensitivo y fuerza de trabajo a través de una serie de proyectos técnicos, mecánicos y científicos a lo largo de la historia del capitalismo, desde el taylorismo y la mecanización hasta modelos computacionales y genéticos que representan el cuerpo como partes atomizadas que requieren regulación y administración continua, para Federici indica la constante necesidad de recuperar el cuerpo. «Nuestra lucha, entonces, debe comenzar por la reapropiación de nuestro cuerpo, la revalorización y redescubrimiento de su capacidad de resistencia, y la ampliación y celebración de sus poderes, individuales y colectivos»23. Reclamar y celebrar el cuerpo es honrar gran parte de su poder inherente de sentir y conocer, moverse y hacer: una inteligencia creativa profundamente enérgica que, siguiendo a Federici, es central en las luchas contra la explotación y el impulso por un mundo más igualitario.

La justicia acústica se trata de expandir la escucha como una expresión extremadamente dinámica del poder corporal, como una capacidad sensitiva y profundamente transformadora mediante la cual expresar comprensión y colaboración individual y colectiva. Escuchar es una capacidad más amplia para sintonizar y prestar atención que respalda los procesos de reflexión y empatía, compasión y cuidado, para uno mismo y para los demás, lo que puede ayudar a lidiar con los sistemas que nos rodean. Como plantea Federici en su argumento sobre la necesidad de reapropiarse del cuerpo: «Nuestros cuerpos tienen razones que necesitamos aprender, redescubrir, reinventar. Necesitamos escuchar su lenguaje como el camino hacia nuestra salud y sanación, así como necesitamos escuchar el lenguaje y los ritmos del mundo natural como el camino hacia la salud y sanación de la tierra»24. Escuchar es tomado aquí como el medio por el cual aprender los lenguajes del cuerpo, para sintonizar con sus ritmos inherentes como caminos de poder y conocimiento, así como también de sanación. Dentro de los conflictos sobre las formas de vida y la biodiversidad que expresa un mundo común, la escucha se ejerce como una capacidad para lidiar con las genealogías de captura y confinamiento al forjar explícitamente un camino, un marco acústico mediante el cual cultivar enfoques más considerados para estar en el planeta.

En torno a la justicia: reconocimiento, salvajismo

Posicionar la acústica y las experiencias de sonido y escucha como una cuestión de justicia requiere cierta reflexión sobre la comprensión de lo justo. Las cuestiones de justicia ponen en juego una variedad de perspectivas, que incluyen el derecho y la práctica legal, las tradiciones filosóficas sobre la responsabilidad moral y la igualdad, las teorías sobre la vida ética o buena, junto con los movimientos sociales más concretos que abordan el tema de los derechos. Todos estos contribuyen a la comprensión de la justicia y, como tal, revelan que esta es fundamental para los ideales de la sociedad humana, la base moral y ética por la cual la ley y la legislación a menudo se entienden o se espera que funcionen, así como en lo que generalmente nos basamos al enfrentar las desi­gualdades o los escenarios de violencia y daño. La justicia, por lo tanto, actúa como un imaginario y un principio rector: un conjunto de principios o deseos en torno a los cuales se posiciona el derecho, así como la vida y la experiencia social, donde se abordan continuamente la igualdad, la equidad y la comprensión de la libertad mutua. A este respecto, como sugiere George P. Fletcher, las sociedades democráticas occidentales, por ejemplo, se basan en una lucha constante o un debate público sobre la mejor manera de construir una sociedad justa25.

La justicia, a tal efecto, surge como una operación y una política, pero también como un imaginario colectivo, un marco discursivo y emocional en torno al cual se desarrollan las luchas por la igualdad, la libertad, la oportunidad y el reconocimiento en la sociedad. Me interesa reflexionar sobre las formas en que los entendimientos y los modos de sonar y escuchar participan en tales luchas e imaginarios, y más aún, cómo una teoría de la acústica puede contribuir a una forma de la justicia como articulación de la vida ética y colaborativa, como aquello que enfrentamos en términos de comprensión de la responsabilidad y la capacidad de respuesta a los demás.

Al considerar la justicia utilizo como orientación específica el trabajo de Dimitris Papadopoulos y, en particular, lo que él denomina «justicia inmediata»26. Para Papadopoulos, la justicia no se encuentra necesariamente en apelar a formas de retribución por medio de tribunales penales y políticas que se desarrollan en un futuro por venir. Más bien, Papadopoulos considera la justicia, siguiendo las ideas de Walter Benjamin en «Para una crítica de la violencia», como algo que ocurre en el momento: que tiene lugar ahora, dentro y por medio de las condiciones en las que las personas trabajan. Esta forma de justicia se ubica «independiente de la ley», en la medida en que apunta a salir del ciclo de violencia articulado en la dialéctica de «conservador de la ley» y «hacedor de la ley»; es decir, entre un poder estatal de administración y los movimientos de oposición que promulgan la violencia solo para instaurar una nueva forma de ley. Esto se entiende considerando la violencia inherente decretada por la propia ley, mediante el acto de dictar las normas; tal acto conlleva un nivel de violencia y obediencia, impactando en las formas en que puede transcurrir la vida, en tanto formas de vivir. Esto supone, además, por medio de una operación administrativa, actos (o formas de vida) que infringen la ley y, al hacerlo, violan las reglas de un orden social y político. Operando para producir una apertura más allá de esta dialéctica del ciclo de preservación y creación de leyes, la justicia inmediata, como sugiere Papadopoulos, sucede en el «espacio de lo ordinario»27, esos espacios basados en «la creación radical de formas alternativas de vida y materialidades cotidianas que existen fuera de la ley y fuera del ciclo eterno de violencia estatal y violencia destructiva de oposición»28.

La justicia inmediata, sin embargo, no está dirigida a formas de vigilantismo, de hacer justicia con nuestras propias manos; más bien, la justicia inmediata funciona para fundamentar la justicia no como una abstracción, un libro de reglas o como la articulación de un juicio, sino como un entorno o un paisaje, lo que Andreas Philippopoulos-Mihalopoulos también denomina «paisaje legal»29. El paisaje legal se plantea como la intersección de la ley y el espacio, un giro espacial dentro de la ley que captura el sentido en el que la ley se distribuye espacialmente, y cómo el espacio es siempre una cuestión de ley: los códigos por los cuales el espacio se vuelve habitable, dividido, disputado y compartido. Si la ley es el establecimiento de reglas, esta se inscribe en un cuerpo social delineándolo y demarcándolo, trazando el suelo como el territorio mismo en el que la ley se establece (como «la ley del territorio»). Es importante destacar que, para Philippopoulos-Mihalopoulos, el paisaje legal es una geografía abierta a la contingencia, a las formas en que la «visibilización e invisibilización», como él las llama, la forma ontológica del paisaje legal, está continuamente en juego, trabajada y reelaborada, articulada o cuestionada en la vida cotidiana. En la espacialización del derecho, este se convierte en suelo, en territorio, y articula más abiertamente su relación inherente a los cuerpos y formas de habitar, la arquitectura y la ciudad, desde los territorios nacionales hasta las geografías cotidianas. Como tal, el paisaje legal otorga un «espacio de maniobra» para la manera en que uno puede moverse a través de la ley: interrumpiendo sus códigos, navegando por sus delineaciones, reorientando su ordenamiento, modulando su visibilización e invisibilización. Esto encuentra un eco en Giorgio Agamben y su trabajo sobre «formas de vida». Como él sugiere, «no es la justicia o la belleza lo que nos mueve, sino el modo que cada uno tiene de ser justo o bello»30.

Volviendo a la noción de justicia inmediata, los espacios de lo ordinario de los que habla Papadopoulos expresan ese sentido por las formas en que el derecho y la justicia son vividos, fundamentados o aclarados, cómo nos enmarcan y, como tales, son negociados, fundamentados o restringidos, impugnados, y que no implica necesariamente los códigos textuales de la ley o un acto de sentencia final. Aquí vuelvo a considerar las «estrategias de civilidad» de Balibar como lo que puede apuntalar el funcionamiento ordinario de las relaciones de justicia; estrategias de civilidad que, en el aquí y ahora, en los terrenos de la vida común, pueden materializarse de diversas maneras, y que dan forma a expresiones que ni guardan ni quebrantan la ley, sino que transitan por los paisajes legales de lo cotidiano.

Para Papadopoulos, la justicia inmediata es particularmente crucial para reorientar la justicia fuera de las construcciones liberales del humanismo que necesariamente se basan en legados del colonialismo. Aquí podríamos pensar en las formas en que la «libertad» y la «igualdad» se articulan, en su mayoría, sobre condiciones y sistemas de desigualdad31. Una decolonialidad, como proyecto, apuntaría entonces precisamente a los «universalismos» de la modernidad que mantienen asimetrías radicales entre las vidas humanas. «Los movimientos decoloniales [...] desafían el universalismo de los humanos y la perpetuación de las injusticias que se establecieron a través de la modernidad colonial y que aún dividen a los humanos entre sí»32.

Con un enfoque en la justicia inmediata, Papadopoulos busca una lucha más profunda y difícil de manejar con las injusticias que asolan el planeta actualmente. Participar de forma más plena en el proyecto de decolonialidad es «restaurar la justicia» dentro de las ecologías inmediatas que humanos y no humanos habitan juntos: ecologías diarias que abarcan formas de vida y asuntos de coexistencia, y que son necesariamente complejas, desiguales y tensas. La justicia inmediata es por tanto una «justicia poshumana, la co-construcción de la vida con otras especies y objetos, la emergencia simultánea del ethos y la ontología»33. La justicia inmediata es una «justicia espesa», como sugiere Papadopoulos; se expresa a través de los densos arreglos y enredos de la vida planetaria, de los ensamblajes sociales y materiales, de las intersecciones humanas y no humanas, y donde las articulaciones de igualdad deben ser elaboradas y cuestionadas.

Siguiendo estas ideas de justicia inmediata o espesa, intento articular la justicia acústica como la base de prácticas y gestos cotidianos encargados de relaciones justas, y que se guían por cómo llegamos a escucharnos unos a otros, o cómo la escucha puede posibilitar un mayor sentido para la acústica como oficio: el cultivo de la sensibilidad por lo que está en juego en ser escuchado. Para hacerlo, también considero la gama radicalmente diversa de «voces» que llegan a poblar el campo de la audición: voces de especies no humanas y los encuentros sentidos con cosas, tecnologías y redes, todo lo cual obliga a la audición humana a entrar en ecologías acústicas que son necesariamente excesivas, espesas, que se mueven a través de frecuencias, vibraciones, tonalidades y ritmos radicalmente dentro y más allá de la sociabilidad humana. En esta cuestión, sugiero que la acústica actúa como un medio dinámico para fomentar el intercambio interpersonal, así como el contacto con lo no humano, donde la escucha se abre hacia una visión bioacústica o incluso «geoacústica». El espectro sonoro no distingue entre lo humano y lo no humano, lo material y lo inmaterial, la voz y el ruido, la tecnología y los cuerpos, sino que más bien es constitutivo de un flujo de energías, movimientos, sistemas y lenguajes, figurando la escucha como algo radicalmente abierto, propenso a la apertura radical, a los bucles a través de la piel y al toque profundo de los contornos ambientales y vibratorios del lugar, de sentir el lugar, y hacia las voces y articulaciones que imparten tanta información y emoción, deseo y vitalidad, incluido lo animado y las entidades inanimadas y máquinas que hacen ruido, que distribuyen ruido, y, además, a las energías (y «mensajes») de lo transmitido, las redes, y las potencialidades de escucha a través de grados, desde lo micro hasta lo macro. Desde dentro de una escena tan compleja de fuerza material, que es igualmente una escena de poder cultural y político, la escucha está equilibrada, articulada, perturbada, abierta a la fuerza, en acción.

Como parte de esta perspectiva desarrollo la justicia acústica como un vocabulario para abordar la necesidad fundamental de reconocimiento, como un mecanismo social. El reconocimiento se posiciona como lo que en parte está en juego en las prácticas y disposiciones acústicas, las sintonías e interrupciones que hacemos, y que facilitan u obstaculizan la capacidad de dar y recibir atención: de encontrar apoyo en la densidad del mundo. Ya sea dentro de nuestras relaciones más íntimas o como parte del sentido de participar dentro de una comunidad más grande, la atención y la identificación de los demás tienen un gran impacto en las luchas por el reconocimiento. Sin embargo, al desarrollar la justicia acústica también me pregunto: ¿qué pasa con el reconocimiento social cuando se considera una visión planetaria y poshumana más amplia? ¿Qué significa el reconocimiento dentro de las ecologías acústicas de la vida humana y no humana? Si la escucha es propensa a una apertura radical, a lidiar con formas de vida explícitamente diversas, ¿podría desafiar la comprensión del reconocimiento, permitiendo específicamente un compromiso más fundamental con lo irreconocible? ¿Y en qué sentido la acústica y la justicia acústica pueden relacionarse con los problemas de la sordera, donde «tener una voz» ya no se captura a través del sonido?

En su trabajo sobre el reconocimiento, Axel Honneth proporciona una teoría importante para comprender las expresiones de igualdad y solidaridad, la que, junto con Papadopoulos, ofrece una referencia general para mi propio enfoque sobre el pensamiento en torno a la justicia. A través de una lectura cuidadosa de Hegel, Honneth llega a tres formas de reconocimiento. Primero, el reconocimiento surge en el seno de la familia y, en particular, a través de la relación padre-hijo, dando paso al reconocimiento de la necesidad y la articulación del amor. Es importante destacar que estas experiencias fundamentales se llevan adelante hacia formas maduras de intimidad y cuidado. En segundo lugar, en un marco de derecho, las personas son reconocidas como portadoras de derechos, respetadas a través del acceso a reivindicaciones. Como ciudadano, soy reconocido como sujeto legal. Finalmente, el reconocimiento se encuentra dentro de la esfera de la vida social, donde se admite que uno tiene valor dentro de una comunidad de valores, como una persona que hace una contribución, que tiene algo único que ofrecer. Para Honneth, estas tres formas de reconocimiento dan paso a articulaciones de amor, igualdad y solidaridad: desde los vínculos afectivos y los lazos de amor hasta el reconocimiento de unos y otros como sujetos con igualdad de derechos, y, finalmente, hasta la solidaridad conseguida promoviendo el valor social de cada persona y lo que cada uno puede aportar a la comunidad. El reconocimiento viene, entonces, a articular un «respeto moral» a través del cual me veo a mí mismo mediante los demás, y a los demás a través de mí mismo. Así, los sentimientos y experiencias de falta de respeto, como ese sentido de no reconocimiento que sustentan las experiencias y los sistemas de exclusión, se convierten en el terreno del cual emergen las luchas sociales y políticas: luchar por el reconocimiento y, por lo tanto, por la justicia o las relaciones justas. Como argumenta Honneth: «Las formas de reconocimiento asociadas con el amor, los derechos y la solidaridad brindan la protección intersubjetiva que salvaguarda las condiciones para la libertad externa e interna, de las cuales depende el proceso de articulación y realización de los objetivos de vida individuales sin coerción»34.

Lo que es importante en el modelo de reconocimiento de Honneth es cómo aquel es un mecanismo social vinculante, que subraya «el papel de la intersubjetividad dentro de la vida pública»35. A través de esa intersubjetividad, en la que se obtiene un sentido de respeto y autoestima por medio del reconocimiento otorgado por los demás, puede florecer la vida pública, tendiendo específicamente a una sensibilidad ética. Sin embargo, lo que es más importante es que el reconocimiento se basa en el conflicto: como subraya Honneth, es una lucha y, en consecuencia, pasa continuamente por etapas de desilusión, interrupción y pérdida. El reconocerse es, por lo tanto, un mecanismo que da forma a la dinámica de la atención y el reconocimiento, y los flujos y ritmos del ser-en-común como aquello en lo que trabajamos y que nos hace funcionar.

Partiendo de las teorías de Honneth, el concepto de justicia acústica se posiciona a través de un marco general de reconocimiento, lo que lleva a cuestionar situaciones y formas particulares de lucha social y expresión cultural. Si bien Honneth traza un panorama esencial de las principales formas y procesos de reconocimiento, también me interesa subrayarlo como un proceso emergente que encuentra expresión en los pequeños actos de la vida cotidiana; aquel tal como se manifiesta en los momentos de encuentro, que marcha de forma continua en las movedizas dinámicas de las relaciones. Esta comprensión me parece extremadamente importante para recordar las corrientes profundamente informales que sustentan el amor, la igualdad y la solidaridad. Tal punto de vista recorre mi pensamiento sobre la acústica y la justicia acústica, moviéndose a través de modos de reconocerse tanto formales como informales. Al recordar las manifestaciones que tienen lugar en las calles de Beirut, la acústica emerge no solo como una propiedad del espacio, sino más bien como gestos y prácticas que favorecen las luchas por el reconocimiento, que afectan nuestro impulso por el amor, la igualdad y la solidaridad: el deseo de formas más pronunciadas de vida cívica y convivencia social –al modular específicamente las tonalidades de los lugares, las economías de atención y las normas mediante las cuales uno puede lograr una voz, obteniendo acceso a comunidades sociales y políticas–. En definitiva, movimientos que también fundamenten la justicia, que busquen caminos más allá de un ciclo continuo de violencia e injusticia, y que, en ese caso, puedan suscitar un nuevo sentido de la convivencia.