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En sus últimos años, durante su exilio en París, un anciano y afiebrado Lucio Mansilla vive atormentado por la culpa. Los recuerdos y las pesadillas se le confunden y encuentra un solo camino para darle un sentido a su vida y a su inminente muerte: emprender el viaje de regreso hacia la Argentina para acometer una misión temeraria, devolver a Leubucó, de donde fue robada, la cabeza del cacique ranquel Mariano Rosas, nacido Panguitruz Güor y adoptado de niño por su tío Juan Manuel de Rosas. Sergio Schmucler retoma literariamente dos vidas novelescas que retratan gran parte de la historia argentina y que son el símbolo del país que estaba naciendo. La de Lucio Mansilla, militar, escritor, político, dandy, nacido en cuna de oro y mimado por la sociedad. Y la de Panguitruz Güor o Mariano Rosas, cacique de un pueblo a punto de ser asesinado en masa por la Campaña del Desierto y cuya cabeza terminó exhibida como trofeo en el Museo de La Plata, de donde Mansilla se propone rescatarla. "No pude decidir qué nombre llevaría tu lápida, por eso haré esculpir los dos. Mariano recordará al que se vestía como gaucho elegante y hablaba y escribía la lengua de los españoles, al que aceptó al dios cristiano, al ahijado de Juan Manuel de Rosas, mi tío, el dictador, el benefactor. Panguitruz será para siempre el otro, el extraño, el zorro cazador de leones, el viento que galopaba por los medanales y en los bosques de caldén. Entre tus dos nombres fluye la vida de esta patria incierta que, como todo lo humano, tiene por lo menos dos caras. Nunca podrán verse entre sí, como si fueran las superficies opuestas de una moneda".
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2024
Schmucler, Sergio
La cabeza de Mariano Rosas - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea, 2019.
Libro digital, EPUB - (Narrativa; 6)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3783-93-7
1. Literatura Argentina. 2. Literatura Gauchesca. 3. Pueblos Originarios. I. Título.
CDD 801.95
Edición: Constanza Brunet
Coordinación: Florencia Jibaja Albarez
Corrección: Daniela Frumento
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Maquetación: Brenda Wainer
Imagen de tapa: Óleo de Ángel Della Valle
© 2018 Sergio Schmucler
Published by arrangement with Literarische Agentur Mertin Inh. Nicole Witt e. K., Frankfurt am Main, Germany.
© 2018 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371–1511
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-3783-80-7
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Impreso en Argentina – Printed in Argentina.
Con razón se ha escrito que la historia comienza, como regla general, con la novela y sigue con el ensayo.
Lucio V. Mansilla
I
El coronel Racedo escarba con furia. La tierra reseca hace que sangren sus manos. Primero alcanza el cuero de uno de los tres caballos enterrados encima del cadáver. Después la lanza, el cinturón con monedas de plata y el facón. Finalmente llega al cuerpo, envuelto en cuatro ponchos. Las costillas están sueltas. Trozos de una delgada capa de grasa seca, amarilla, recubren partes del esternón.
Desgarra las telas hasta apresar con fuerza la cabeza entre las dos manos y, después de forcejear un momento, la desprende del cuerpo. Está llena de lombrices y gusanos, que caen sobre su cara y sus hombros cuando la levanta hacia el cielo y grita desaforado.
No es la primera vez que Mansilla tiene una pesadilla con esa cabeza, pero esta noche la visión tuvo una particularidad. Todo era igual: la tierra gris, mil ladridos, el cielo teñido de un ámbar imposible, el grito desaforado y la lluvia de lombrices y gusanos. Sin embargo, esta vez el coronel Racedo tiene otro rostro. No lo reconoce, pero sabe quién es. Piensa que esto le pasa porque está en Argentina. Este país les cambia los rostros a mis sueños, piensa.
Está agitado. La garganta reseca. Se incorpora hasta quedar sentado. Quiere despabilarse del todo, pero las almohadas se deslizan bajo su espalda y no logra acomodarse bien.
Se siente ridículo. Despierto antes del amanecer, solo, en una cama del hotel Nueva York de la ciudad de La Plata. Incómodo. Miserable. Toma el libro que está a su lado y, con la escasa luz de la lámpara, lee lo que había dejado señalado antes de dejarse vencer por el sueño.
Todos encontramos las penas, todos encontramos la esperanza desesperada y la locura de los siglos. Todos ponemos nuestros pies en las huellas de los que vivieron, de los que lucharon antes que nosotros contra la muerte, que negaron la muerte, y ya han muerto.
Deja el libro a su lado sobre la cama y busca el vaso de agua que está junto a la lámpara, pero su mano tiembla y el vaso termina derramándose sobre el acolchado de plumas. Vuelve a ponerlo sobre la mesa de luz y, con la palma abierta de la mano derecha, ayuda a que el agua se escurra suavemente hacia la alfombra.
“La locura de los siglos”, escribió Romain Rolland. “Las penas y la locura de los siglos”.
Acaban de sonar las campanadas del reloj que está en la plaza frente al hotel Nueva York. Son las cuatro de la mañana. Decide no intentar volver a dormirse porque dentro de dos horas la salva de cañonazos con la que comenzarán los festejos del Centenario lo volvería a despertar. Hace un esfuerzo para mirar hacia la calle por una rendija del postigón de la ventana principal. Calcula que desde su posición a esta hora debería poder ver la Cruz del Sur, pero las luminarias de la calle le impiden ver más allá. Recuerda que hace muchos años pensó en el absurdo empecinamiento de la civilización por eliminar la noche. Ahora se le ocurre que, quizás, si lo hubiera, ese sea el verdadero sentido de la civilización.
Cierra los ojos. En ese momento se da cuenta: esta vez el rostro del coronel Racedo, que levanta la cabeza tumefacta de Mariano Rosas y grita desaforado, sobre el que caen lombrices y gusanos, es el suyo.
II
En la penumbra del cuarto del hotel Nueva York, la noche antes del Centenario de la Independencia argentina y de intentar cumplir con un compromiso que considera sagrado, en duermevela, Mansilla repasa mentalmente el epitafio que escribió cuando finalmente decidió realizar el viaje. Muchas de las ideas las tomó de una carta que había escrito muchos años antes y que nunca envió.
No pude decidir qué nombre llevaría tu lápida, por eso haré esculpir los dos. Mariano recordará al que se vestía como gaucho elegante y hablaba y escribía la lengua de los españoles, al que aceptó al dios cristiano, al ahijado de Juan Manuel de Rosas, mi tío, el dictador, el benefactor.
Panguitruz será para siempre el otro, el extraño, el zorro cazador de leones, el viento que galopaba por los medanales y en los bosques de caldén.
Entre tus dos nombres fluye la vida de esta patria incierta que, como todo lo humano, tiene por lo menos dos caras. Nunca podrán verse entre sí, como si fueran las superficies opuestas de una moneda. Patria ciega. Pero también entre tus dos nombres ocurre mi propia vida porque ¿qué hice yo más que caminar por la frontera que te desgarró hacia uno u otro sinsentido?
Panguitruz Mariano. Tuve que ir en búsqueda de tus márgenes para tratar de entenderme.
Por encontrarte a vos me encontré a mí. Y te inventé. No hubiera sido nadie sin conocerte, vos no serías ni una sombra si no te hubiera buscado. Tu imposibilidad fue la mía, dos fantasmas tratando de encontrar el artificio que los encarnara.
Somos fracaso. Vos, heredero de cuatro linajes que lucharon por la sobrevivencia de una raza cuyo destino era desaparecer. Yo, príncipe acunado con los cantos de gloria de una nación que nunca será.
Vos ya sos nada, y ni siquiera siendo nada te puedo nombrar sin impedir que uno u otro de los que fuiste reclame al cielo por su infinito desarraigo.
Vos, el que no puede ser nombrado.
Yo, el que no te puede nombrar.
Una brisa, más temprano o más tarde, nos arrastrará hacia la oscuridad eterna.
Descansa finalmente en paz.
III
¿Por qué está Mansilla en Argentina, si vive en París, si tiene setenta y nueve años y casi no puede caminar, si la barba apenas le disimula la deformación de su maxilar inferior por la total ausencia de dientes, si hace cuatro meses le ha comenzado una ceguera que los médicos han diagnosticado irreversible, quizás le quede un año más de ver, a lo sumo dos?
¿Por qué trata esta madrugada de dormir en el primer piso del hotel Nueva York de la ciudad de La Plata, y no puede, porque otra vez ha soñado con la cabeza de Mariano Rosas?
Si siente que ya no tiene nada que perder, si sus hijos han muerto y también ha muerto Eduarda, su hermana más cómplice y querida, a la que una vez le escribió: “Por admiración a ti, querida Eduarda, por lo que me despertó la lectura de tu Médico de San Luis fue que escribí mi Excursión, texto que hoy me parece tan insignificante… Si tuviera un poco de fuerza, lo volvería a escribir; si tuviera mucha, lo quemaría”.
Su esposa es rica, joven, beata. Está con ella por consejo del general Roca. Casate, le dijo, tenés que casarte y quedarte tranquilo.
A veces, los domingos la acompaña a la misa de ocho, pero se duerme empezando el sermón. A Mansilla no le importa Dios.
Ella no comprende lo que le pasa. Cuando le preguntó por qué iba a realizar el viaje, la mentira que usó fue tan absurda que la ofendió. De todos modos, está acostumbrada a sus desplantes. Sabe que nunca la amó. No había pasado ni un año del casamiento cuando le dijo que para él solo hubo dos mujeres: su madre y su hermana.
Hace años que está lejos del poder y la pasión política que antes lo excitaba tanto, ahora le parece deleznable.
Ya no ironiza sobre el estado del mundo, ya no se burla de nada, ya no discute con nadie.
Está débil. Cansado.
Desde que dejó de participar en las tertulias de la Sociedad de Escritores y de ir a escuchar conferencias en la Sorbona, cada sábado por la mañana va al Apolo, un pequeño y deslucido café que está en la esquina de boulevard Diderot y Rue du Crozatier. Ahí se encuentra con un grupo de jóvenes que conoció casualmente, pero casi no habla. ¿Es porque aprendió a escuchar? No; en realidad, cuando los otros hablan se distrae, deja que su memoria divague. A veces está caminando por una callejuela de El Cairo, a veces está seduciendo a una joven mujer en un salón de Londres o escucha divertido a su madre en la alegre casona familiar de San Telmo, o se asombra por la lentitud con la que se disipa el humo después de una batalla en el Paraguay. Pero una y otra vez, de manera inevitable, como si fuera un destino, cada uno de esos lugares se convierte en las arenosas rastrilladas de Tierra Adentro. Allí es donde su espíritu se vuelve aire, viento.
Por las tardes, después de comer, va a su estudio y dedica las cuatro horas que pasan antes de que su esposa lo llame para tomar la merienda a ordenar de diversas maneras sus papeles, sobre todo lo que decidió llamar “Crónicas del infierno”, una carpeta con recortes de periódicos. Cuando le preguntan, comenta con falso entusiasmo que será su obra póstuma. La comenzó en el momento en que decidió que todo intento por reflexionar sobre el devenir de un país es un acto superfluo y, sobre todo, inútil. Un país es una caótica sucesión de eventos inconexos de los que no se puede extraer ninguna conclusión –dice–, y las ideas que están detrás de esos eventos se diluyen con tanta velocidad que no vale la pena tomarlas en cuenta.
Escribió una frase en letras mayúsculas y pegó el papel en el estante de una biblioteca que ve de manera obligada cada vez que entra a su estudio.
“LA PATAGONIA ES UN
ASUNTO LITERARIO”
Domingo F. Sarmiento
Después de la cena, mientras anochece, se sienta junto a una ventana desde la cual ve una curva del río y, al fondo, la punta de la Île de la Cité y lee el suplemento literario que entrega Le Figaro como parte de su edición dominical.
A veces dormita y lo despierta sobresaltado el sonido de su pistola hace treinta años, y vuelve a ver los ojos llenos de sorpresa y espanto de Pantaleón Gómez. “Yo no mato a un hombre de talento”, gritó ese hombre antes de descargar su arma contra el suelo. ¿Qué sentí, qué pensé, qué imaginé, a quién le dije “Al tercer botón de la camisa” antes de disparar?, vuelve a pensar, una y otra vez, inquieto, Mansilla.
A veces intenta recordar los nombres de los otros dieciséis con los que pactó batirse en duelo, pero no puede recordar a más de seis, a veces siete.
Unos días antes de viajar leyó, allí sentado, un poema de Guillaume Apollinaire.
Sous le pont Mirabeau coule la Seine
Et nos amours
Faut-il qu’il m’en souvienne
La joie venait toujours après la peine
Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure
L’amour s’en va comme cette eau courante
L’amour s’en va
Comme la vie est lente
Et comme l’Espérance est violente
Vienne la nuit sonne l’heure
Les jours s’en vont je demeure
Passent les jours et passent les semaines
Ni temps passé
Ni les amours reviennent
Sous le pont Mirabeau coule la Seine.
¡Cul, cul, cul!, decía su mamá y se reía y jugaban tirados en una alfombra a hacer rodar un carro de ruedas de madera.
Recuerda las tardes calurosas y agradables de su infancia, los tiempos en que en el salón principal de la casona familiar se recibía a los amigos para escuchar el sonido de uno de los mejores pianos que había en Buenos Aires.
¡Cul, cul, cul!, fluye el Sena y las ruedas del carro sobre la alfombra son las del carruaje que lo lleva al destierro hace cincuenta años, y son los ojos de María Luisa muriendo, y nunca le dijo todo lo que la quería, y no recuerda si se lo dijo lo suficiente a León, o a Andrés o a Esperanza, y ahora los cuatro hijos están muertos y no recuerda si alguna vez le dijo a alguien que lo quería y se pregunta: ¿supo alguien que lo amé?
¡Cul, cul, cul!, se deslizaba el carro de madera por la alfombra de la casa de su madre como se deslizaba el Sena bajo el puente Mirabeau, como su vida que no terminaba de ser vivida, como si hubiera confundido vivir con demorarse, mientras pasaban los días y las semanas y los meses y los años en París, en la calle Víctor Hugo, en el café Apolo, tan lejos de San Telmo y de Palermo y de las rastrilladas de Tierra Adentro.
En la pared frente a la mesa de trabajo, a un costado de la ventana y antes que se despliegue la biblioteca de caoba clara, hay una foto en donde cinco Mansillas idénticos sentados se dan la espalda.
Custodiando esa foto hay dos retratos al óleo, a la derecha, uno de su hermana Eduarda y del lado izquierdo, uno de Agustina, su madre.
Ha vuelto sin avisarle a ningún conocido porque quiere cumplir con un compromiso, que es un secreto: devolver los restos de Panguitruz Güor Mariano Rosas, que están en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata, a su tierra, en las lejanas y ventosas hondonadas junto a la laguna de Leubucó.
IV
Pasó treinta años soñando que el coronel Racedo le arrancaba la cabeza a Panguitruz. Treinta años recordando que él mismo, cuando era diputado, había votado a favor de la ley que autorizaba el presupuesto solicitado por Roca para realizar la avanzada final contra los indios del sur.
Treinta años de una vida sin descanso: ¿quién más que él fatigó mil caminos para alcanzar un deseo irreconocible y fugaz? Participó en batallas sangrientas, fue periodista, se batió a duelo, fue desterrado, viajó por todos los mares y continentes, fracasó en cada uno de sus intentos por llegar al primer círculo del poder político, se burló de casi todos sus contemporáneos, se enemistó con todos sus amigos.
¿Y por qué quiere ahora, después de treinta años, cumplir con ese compromiso? Porque sabe que su muerte se acerca.
Su intuición es correcta, morirá el 8 de octubre de 1913, tres años y cinco meses después de esta noche incómoda en el hotel Nueva York, en la geométrica y relumbrante ciudad de La Plata, la capital de la orgullosa provincia de Buenos Aires, tan europea y tan cerca al Desierto, tan segura de sí y tan frágil.
V
En el barco que lo trajo desde Cannes hace pocas noches, escribió que todo personaje –y Mansilla más que un hombre se siente un personaje– tiene un núcleo dramático que funciona como motor de sus actos. Por él circulan todas las tensiones de la vida: buenas y malas, negativas y positivas, las alegrías y las tristezas, las razones y las sinrazones de todo.
Mansilla siente que haber conocido a Mariano Rosas es su núcleo, y por eso sabe que cumplir la promesa que hizo es lo que definirá el preciso instante de la muerte: la hará apacible o será un martirio.
En el cuarto contiguo duerme Meir B. Gueiser, cuarenta años menor que Mansilla. Sus padres huyeron de los pogroms que arrasaron las aldeas judías de Bielorrusia y trataron de reinventar sus vidas en Niza.
Junto a él, a un poeta cubano y dos críticos de música parisinos, comparte las extendidas mañanas sabatinas del café Apolo.
Meir lo ha convencido de que los gestos importantes en la vida, aunque sean del ámbito estrictamente privado, como casarse o suicidarse, no deben ocurrir en cualquier circunstancia, que hay que encontrar el instante y el lugar preciso para realizarlos, porque de lo contrario no alcanzan la máxima fuerza simbólica a la que deben aspirar. En sí no significan nada –en sí nada significa nada, dice Meir Gueiser–, pero adquieren algún sentido –no necesariamente el buscado– en la medida que sucedan en el momento adecuado.
Mansilla decidió que para cumplir su compromiso debía esperar a que se realizaran los festejos del Centenario de la Independencia. Sus amigos del café Apolo estuvieron de acuerdo: desde su punto de vista merecía ser apoyado con entusiasmo cualquier intento por arruinar un evento tan cínico como el festejo por el nacimiento de una patria.
Planearon todo un sábado en el que, por culpa de la lluvia, tuvieron que sentarse en una mesa de adentro, situación que irritaba a Mansilla por el fuerte olor a tabaco que se acumulaba en el interior del local, pero sobre todo porque con los años, además de la incipiente ceguera, su audición había disminuido mucho y el bullicio complicaba aún más su situación.
Con el primer entusiasmo que despertó la idea habían decidido viajar todos a la Argentina, inclusive habían encontrado un nombre para el grupo que, de tan obvio, les pareció brillante: Les Vengateurs, y aunque finalmente el único que pudo acomodar las cosas para acompañarlo fue Meir Gueiser –sin duda ayudado por el entusiasmo que le provocaban las noticias sobre la intensa actividad que desplegaban los grupos anarquistas en Buenos Aires–, siguieron con la realización de las reuniones confabulatorias como si se tratara de un grupo clandestino a punto de iniciar una revuelta o una serie de ataques contra las instituciones públicas.
Dos semanas antes de subir al barco, Serge Vignaux, uno de los dos críticos de música, le había regalado el ejemplar de Juan Cristóbal. En agradecimiento, Mansilla le había conferido la autoridad para coordinar la estrategia que se debería realizar.
“Mientras la población esté festejando será más fácil, a nadie le va a importar mucho la seguridad del museo en ese momento, por lo que tienen que averiguar en qué momento la fiesta va a tener la mayor concentración popular; eso no garantiza que la cosa será fácil, por supuesto, pero será el mejor escenario. Tienen que entrar con mucha precaución y sobre todo cuidar que nadie los vea. Una vez que tengan el cráneo con ustedes tienen que salir de inmediato. Pero antes, tú Meir, escribirás con un tizón de grasa negro sobre una pared la siguiente frase: ‘Creía que las murallas de la ciudad podrían preservarle; no sabía que, para que el enemigo se infiltre, basta con una rendija entre dos postigos, basta con el filo de una mirada’ y, justo debajo de las iniciales R. R., pondrás el nombre de nuestro grupo, Les Vengateurs, como si fuera una firma manuscrita.
Esa misma noche o, en todo caso, a más tardar en la mañana siguiente tienen que salir de la ciudad. ¿A cuántos kilómetros dices que está Leubucó de La Plata? No importa, antes de entrar al museo tienen que garantizar que los va a estar esperando un vehículo que los lleve al hotel de regreso. Del hotel solo saldrán para ir a la estación de trenes. Una vez en Leubucó buscarán el lugar en donde estuvo enterrado Mariano, del que lo sacó el coronel que nos dijiste, y lo pondrán allí de nuevo. Encuentren una piedra grande y pónganla junto a la cabeza y vos, Meir, pintá nuevamente Les Vengateurs para que el mundo sepa nuestra capacidad de acción e intrepidez. Informen a los pobladores que vivan cerca del lugar lo que hicieron. Vos, Lucio, deciles quién sos, porque aunque no reconozcan en ese momento tu nombre, algo les quedará en la memoria y esa información será muy importante cuando la prensa se haga cargo de lo que sucedió. Cuando llegue el momento en que descubran dónde apareció la cabeza robada, que puede ser después de poco o mucho tiempo, nuestra acción, que parecía un capricho, que era tan solo una promesa personal, se convertirá en la chispa que encenderá el fuego de la resistencia y la rebelión popular, y hará que sea
