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Tras una muerte que podría calificarse de libresca, atropellada mientras hojeaba un volumen de Emily Dickinson, una profesora de la Universidad de Cambridge es la destinataria póstuma de un ejemplar de La línea de sombra, de Joseph Conrad. El insólito libro está cubierto de cemento y va a parar a las manos del compañero argentino de departamento que ha asumido las clases de la desdichada Bluma Lennon. Intrigado por el extraño paquete, que proviene de Uruguay, el narrador inicia una pesquisa que lo llevará de vuelta a su continente para ir descubriendo poco a poco qué relaciones azarosas unen la muerte de su colega, el ejemplar encementado y la estela de un misterioso coleccionista de libros consumido por su pasión. Recuperamos esta nouvelle letraherida y encantadora –publicada por primera vez, con inmenso éxito, hace más de veinte años y traducida desde entonces a más de veinte lenguas– que atrapará a toda alma bibliófila que se precie.
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Seitenzahl: 79
Veröffentlichungsjahr: 2025
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SERIE MENOR, 20
Carlos María Domínguez
LA CASA DE PAPEL
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: febrero de 2025
© Carlos María Domínguez c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria www.schavelzongraham.com
© de esta edición, Editorial Periférica, 2025. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-10171-42-8
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
En memoria del gran Joseph
En la primavera de 1998, Bluma Lennon compró en una librería del Soho un viejo ejemplar de los poemas de Emily Dickinson, y al llegar al segundo poema, sobre la primera bocacalle, la atropelló un automóvil.
Los libros cambian el destino de las personas. Unos leyeron El tigre de Malasia y se convirtieron en profesores de literatura en remotas universidades. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes, Hemingway los convirtió en deportistas, Dumas trastornó la vida de miles de mujeres y no pocas se salvaron del suicidio gracias a los manuales de cocina. Bluma fue su víctima.
Pero no la única. El viejo profesor de lenguas antiguas Leonard Wood quedó hemipléjico al recibir cinco tomos de la Enciclopedia Británica en la cabeza, desprendidos de su biblioteca; mi amigo Richard se quebró una pierna al intentar llegar hasta ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner, mal ubicado en un estante que lo llevó a caer de la escalera. Otro amigo de Buenos Aires enfermó de tuberculosis en los sótanos de un archivo público y conocí a un perro chileno que murió indigestado con Los hermanos Karamazov, después de devorar sus páginas en una tarde de furia.
Cada vez que mi abuela me veía leer en la cama, solía decirme: «Dejá eso, que los libros son peligrosos». Durante muchos años creí en su ignorancia, pero el tiempo demostró la sensatez de mi abuela alemana.
El funeral de Bluma convocó a numerosas autoridades de la Universidad de Cambridge. En el oficio religioso, el profesor Robert Laurel le dedicó una soberbia despedida, luego editada en fascículo por su mérito académico. Resaltó su brillante carrera universitaria, sus cuarenta y cinco años de sensibilidad e inteligencia, y, en el cuerpo principal del trabajo, sus decisivos aportes a la investigación de la huella anglosajona en las letras latinoamericanas. Pero culminó con una frase controvertida: «Bluma consagró su vida a la literatura –dijo–, sin imaginar que iría a llevársela de este mundo».
Quienes lo acusaron de malograr la pieza con «un torpe eufemismo» enfrentaron la acérrima defensa de los ayudantes de Laurel. A los pocos días, en casa de mi amiga Anny, oí a John Bernon decir a un grupo de discípulos de Laurel:
–La mató un auto. No el poema.
–Nada existe fuera de su representación –argumentaron dos muchachos y una chica judía que llevaba la voz cantante–. Cualquiera tiene derecho a elegir la representación que quiera.
–Y de hacer mala literatura. De acuerdo –rebatió el viejo con ese aire falsamente conciliador que le dio fama de cínico en el campus, revuelto por las próximas entrevistas del posgrado en el que Bernon competiría con Laurel–. Hay un millón de paragolpes sueltos en las calles de la ciudad que les demostrarán de lo que es capaz un buen sustantivo.
Las polémicas sobre la famosa frase se extendieron por la universidad y hubo un torneo de estudiantes bajo la convocatoria «Relaciones entre realidad y lenguaje». Se calcularon los pasos de Bluma en la vereda del Soho, los versos de los sonetos que habría llegado a leer, la velocidad del vehículo; se debatió con celo sobre la semiótica del tránsito en Londres, el contexto cultural, urbano y lingüístico del segundo en que la literatura y el mundo colapsaron sobre el cuerpo de la querida Bluma.
Yo debí suplantarla en el Departamento de Lenguas Hispánicas, ocupar su oficina y hacerme cargo de sus cursos, nada seducido por el rumbo de las discusiones.
Una mañana recibí un sobre dirigido a mi difunta colega. Traía sellos postales de Uruguay, y si no fuera por la ausencia de remitente hubiera creído que se trataba de una de esas ediciones de autor que le enviaban a veces, con la expectativa de que la reseñara en una revista académica. Bluma nunca hacía eso, salvo que el autor fuera lo bastante conocido como para sacarle algún rédito. Solía pedirme que se los llevara al depósito de la biblioteca, no sin antes anotar en la tapa UTC (unlikely to consult: consulta improbable), que lo condenaba al ostracismo para siempre. En efecto, era un libro, pero no el que esperaba. Apenas abrí el sobre sentí una instintiva aprehensión. Me dirigí a la puerta de la oficina, la cerré y volví a contemplar el desquiciado y viejo ejemplar de La línea de sombra. Conocía la tesis que preparaba Bluma sobre Joseph Conrad. Pero lo sorprendente era que la cubierta y la contratapa traían adherida una mugrienta costra. Los cantos de las páginas mostraban pequeñas partículas de cemento que derramaron un polvillo fino sobre la espejada madera del escritorio.
Saqué un pañuelo y atrapé, perplejo, una pequeña piedra. Era portland, sin duda, restos de mezcla que debían de haberse pegado al libro con mayor solidez, antes de un deliberado intento por quitarlas.
No había misiva dentro del sobre, apenas el maltrecho ejemplar que no me decidía a sostener en las manos. Al levantar la cubierta con los dedos, descubrí una dedicatoria de Bluma. Era su letra, escrita en tinta verde, apretada y redonda, como todas las cosas de Bluma, y no me costó descifrarla: «Para Carlos, esta novela que me acompañó de aeropuerto en aeropuerto, en recuerdo de los locos días de Monterrey. Lamento ser un poco bruja y haberlo advertido enseguida: nunca harás nada capaz de sorprenderme. 8 de junio de 1996».
Conocía el departamento de Bluma, la comida dietética que guardaba en la heladera, el olor de sus sábanas, el perfume de su ropa interior. Compartíamos su cama dos subjefes de departamento y un estudiante que se había colado a la lista. Y, como los demás, estaba al tanto de su viaje a un congreso en Monterrey, donde debió de tener uno de esos romances fugaces que Bluma se regalaba para conservar su vanidad, amenazada por el abandono de la juventud, sus dos maridos y el sueño de recorrer en canoa el río Macondo, una obsesión que le había legado Cien años de soledad. Pero ¿por qué el libro regresaba, un año después, a Cambridge? ¿Dónde había estado? ¿Y qué debía leer Bluma en los restos de cemento?
He sostenido en las manos aquellos maravillosos cuentos de hadas irlandeses, el Irish Fairy and Folk Tales, con prólogo de William Butler Yeats y las ilustraciones originales de James Torrance, la Correspondance inédite du Marquis de Sade, de ses proches et de ses familiers, he contemplado valiosos incunables por unos breves minutos, abrir sus páginas, sentir su peso, el solitario privilegio, pero ningún otro libro consiguió confundirme como ese rústico ejemplar cuyas páginas, humedecidas y arqueadas, reclamaban por sí mismas una lectura.
Lo metí dentro del sobre, lo guardé en mi maletín y limpié el polvo del escritorio con el cuidado de un ladrón.
Durante una semana revisé los archivos de Bluma en busca de las direcciones que suelen repartirse en los congresos de críticos y escritores. Encontré la lista en una carpeta de color ocre titulada «Recuerdos de Monterrey». Ninguno de los dos escritores que viajaron de Uruguay se llamaba Carlos, pero tomé nota de sus direcciones y correos electrónicos. Me repetía que no debía involucrarme en la intimidad de Bluma y, a la vez, que un libro tan diferenciado e inútil, fuera del mensaje de cemento que sólo ella podría leer, merecía regresar a quien se lo hubiese enviado.
Coloqué el libro sobre el atril de una mesa de mi estudio y, confieso, algunas noches lo miré con intrigada ansiedad. Acaso porque la aspiradora de Alice no deja un gramo de polvo en los estantes más altos de mi biblioteca, impensable en la alfombra o cualquiera de las mesas, el ejemplar desequilibraba el cuarto como lo haría un vagabundo en una fiesta del palacio imperial. La edición pertenecía a Emecé, Buenos Aires, y se había impreso en noviembre de 1946. Con algún trabajo supe que integraba la colección «La puerta de marfil», dirigida por Borges y Bioy Casares. Debajo de la cal o el cemento aún se entreveía el dibujo de un barco, y lo que parecían unos peces, aunque no estaba seguro.
En los días siguientes, Alice colocó una franela debajo del atril para evitar que el polvillo ensuciara el vidrio y la cambiaba en las mañanas con esa muda discreción que, desde su primer día de trabajo, se había ganado mi entera confianza.
Los primeros mails de la Comuna de Nueva León no me aportaron nada. Me enviaron la lista de participantes que ya tenía, el programa de las actividades y un mapa de la ciudad. Pero uno de los escritores uruguayos me informó que había participado, en calidad de oyente, Carlos Brauer, un bibliófilo de su país al que vio salir de una cena acompañado por Bluma, ambos con varios tequilas encima, después de bailar unos increíbles vallenatos. «Le pido reserva –añadió–, ya que se trata de una indiscreción.»
