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La imaginación es el mejor medio para escapar de una realidad asfixiante. Amelia Tresárboles, una escritora que va a pasar una temporada en el pueblo, fascina a Daniela. Desde su llegada, la niña dará rienda suelta a su imaginación, algo que la pondrá en más de un aprieto. Su forma de ser no es comprendida por su familia, y ella se rebelará contra ellos de la única forma posible, usando su fantasía.
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Seitenzahl: 87
Veröffentlichungsjahr: 2021
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El día que Amelia Tresárboles llegó a Paraíso hacía viento. Los árboles doblaban sus copas, las hojas hacían remolinos por el camino y los hombres agarraban sus sombreros. También el viento se entretuvo en la melena de Amelia, infló su falda, la agitó y yo pensé que iba a salir volando.
Arrastraba aquella maleta de cuero con grandes asas que depositó a su lado antes de extendernos la mano. La llevaba envuelta en un guante blanco y me pareció que aquella mano cobraba vida y que era una garza.
Amelia era alta y sonreía todo el rato.
—Ha alquilado la casa del tejado rojo —me explicó mi abuelo.
Luego le aclaró a ella:
—Daniela, mi nieta, ha querido acompañarme. Anda, niña, ayuda a la señorita Amelia con su maleta.
Corrí a coger su equipaje, que consistía en aquel bolsón de cuero, con grandes arandelas de madera a modo de asas y un broche plateado y viejo. Tiré de ellas con todas mis fuerzas, pero fui incapaz de levantarlo. Volví a intentarlo con más tesón, y nada. Amelia se rio. Colocó sus mechones detrás de las orejas —gesto inútil, pues el viento volvió a descolocarlos— y, haciéndome un guiño para que abandonara mis intentos, levantó su maleta. Se quedó inclinada y feliz por el peso y yo me pregunté qué llevaría Amelia Tresárboles allí dentro.
Lo supe cuando llegamos a la casa del tejado rojo. El abuelo sacó la llave y al abrir la puerta nos alcanzó un olor a cerrado y a polvo. Amelia dejó la maleta en medio de la estancia y corrió a abrir las ventanas. El viento levantó las grandes cortinas. Todo se llenó de luz. La silueta de Amelia se recortó contra toda esa luz. Abrió los brazos y dijo:
—¡Es perfecta!
En medio de la sala estaba la chimenea. Había un sillón de cuero negro con grandes orejeras, una alacena, una repisa, tres sillas de madera, un espejo y un reloj de pared.
—¿Y el escritorio? ¿No hay un escritorio? —preguntó.
—Hay uno arriba —dijo el abuelo.
Entre los tres lo bajamos y lo pusimos cerca de la chimenea a petición de Amelia. Cuando estuvo listo, colocó su maleta encima y la abrió.
Dentro solo había un objeto: era grande, brillante y negro, con cuatro hileras de teclas redondas, un rodillo, una palanca y una reglilla.
Amelia Tresárboles debió de ver mi cara de pasmo y me preguntó divertida:
—¿Sabes qué es esto, Daniela?
Negué con la cabeza.
—¡Una máquina de escribir!
—¿Eres escritora? —preguntó el abuelo, interesado.
—A eso he venido, a escribir —dijo Amelia, sin dejar de sonreír, aunque esta vez su sonrisa fue más enigmática.
Miré la curiosa máquina mordiéndome la uña del dedo gordo y arrugando la frente. No lo acababa de entender.
—Si la máquina escribe, ¿entonces tú qué haces? —pregunté y enseguida me arrepentí y me volví a morder la uña del dedo gordo.
Amelia echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—La máquina escribe si alguien pulsa las teclas —dijo el abuelo—. Que parece que en la escuela no os enseñan nada.
«En el colegio no enseñan nada interesante», pensé, enfurruñada.
Amelia Tresárboles sacó una hoja de su bolso, la enrolló en el rodillo de la máquina y pulsó las teclas. Tac, tac, tac, tac. Aquella vez fue la primera que oí ese ruido y me pareció idéntico al de un reloj loco. Cuando terminó, movió con fuerza el rodillo, que se deslizó rasgando el aire en un golpe metálico. En ese momento, el cucú del reloj saltó y sonó tres veces.
Amelia sonrió como si todo estuviera en orden. Arrancó el papel de la máquina de escribir y me lo entregó.
El abuelo ya estaba en la puerta esperándome. Leí el papel rápidamente antes de correr a su lado. Enrojecí. En el papel, Amelia había escrito con su máquina: «En el colegio no enseñan nada interesante. A. T.».
Exactamente lo mismo que yo había pensado.
El abuelo me dio la mano.
—Cuando venga el resto del equipaje te lo haremos llegar, Amelia. Espero que disfrutes de Paraíso. Buenos días —dijo.
Y le voló el sombrero.
Regresamos despacio, sin hablar, mirando distraídamente las calles de Paraíso con sus casas irregulares y grises, el tendido eléctrico y los árboles testarudos y viejos. Yo pensaba todo el rato en aquella máquina negra y palpaba con una silenciosa emoción la cuartilla con las letras que había escrito Amelia Tresárboles. El abuelo caminaba muy deprisa, pensando en sus abejas y en sus cosas o tal vez en la nueva inquilina, como yo.
Al llegar a la tahona, me di la vuelta para ver la casa del tejado rojo, que destacaba entre el resto de casas de tejas negras y apretadas, hechas de pizarra. De la chimenea comenzaba a salir un hilo blanco que el viento movió y enroscó sobre sí mismo. Tuve la sensación de que formaba una «A» y luego una «T» antes de disolverse en el aire frío de Paraíso.
Las nubes se agolparon en el cielo, oscureciendo los tejados. Solo la casa de Amelia Tresárboles estaba iluminada por un rayo de sol que incendiaba sus tejas.
—¿Cómo es? —preguntó Tobías, saliendo a nuestro encuentro.
El abuelo le pasó la mano por su encrespada cabellera.
Apoyada en el zaguán estaba la abuela. Arrugaba los ojos a causa de la luz. Mis hermanas también salieron a la puerta, armando mucho jaleo.
—Bueno, ¿qué? —dijo la abuela expectante ante nuestro silencio.
—Pues nada, mujer, una buena chica.
—¿Pero es de fiar?
—Pues claro.
—¿Y ha venido sola? ¿No está casada?
—¿Es guapa?
Mis hermanas también preguntaban, quitándose la palabra las unas a las otras. Al fin la abuela hizo la pregunta que todas querían hacer.
—Y, entonces, ¿a qué ha venido a Paraíso?
—A escribir.
—¡A escribir! —Juana, Josefa y Laura soltaron unas risitas, como si aquello fuera un disparate.
—¿A escribir? —El gesto de incredulidad de la abuela se transformó en disgusto—. ¿Y eso para qué sirve? Mejor estaba dedicándose a otra cosa que le asegurara un sueldo. A ver si vamos a tener problemas con el alquiler. Escribir, escribir, menuda pérdida de tiempo. Eso ni es oficio ni es nada. ¿Y qué demonios va a escribir?
—No lo sé —dijo el abuelo encogiéndose de hombros.
—Tiene una máquina —me apresuré a decir.
—¡Una máquina! ¿Y cómo es? —preguntó Tobías, colocándose a mi lado.
Me miró con aquellos ojos suyos tan grandes y negros, de animalito asustado, y yo le sonreí.
—Luego te enseño una cosa —le dije en voz baja.
Mi hermano se entusiasmó y se le encendieron las mejillas.
—¿Una máquina? ¿Para escribir? Qué barbaridad, qué no inventarán ahora.
La abuela se metió en casa refunfuñando y el abuelo la siguió. Mis hermanas continuaron en la puerta cuchicheando. Al rato, vimos salir al abuelo por la cochera en su vieja bicicleta de carga.
—Me voy a las colmenas —dijo despidiéndose.
El carro que empujaba la bicicleta traqueteaba en los baches del camino.
—¿Qué me ibas a enseñar? —preguntó Tobías, inclinando su cabeza.
Entonces, yo, muy misteriosamente, le llevé cerca del río y, bajo un algarrobo, le mostré el papel que había escrito Amelia Tresárboles.
—Lo hizo ella, con su máquina.
—¿Y qué pone?
Guardé el papel de nuevo en el bolsillo de mi pantalón y me hice la interesante. Tobías aún no sabía leer.
—Cosas importantes. Si algún mayor leyera esto, se enfadaría.
—Pero ella también es mayor, ¿no?
—Sí —dije.
Hice una pausa y anuncié:
—Pero Amelia Tresárboles es distinta.
Los dos guardamos silencio, impresionados por aquella revelación.
—¿Y por qué es distinta?
Me quedé un rato pensando.
—Bueno, te lo voy a contar. Para empezar, no vino como todo el mundo. Apareció sin más. El abuelo y yo llegamos a la estación al mismo tiempo que el tren. Todo estaba envuelto en el humo y el ruido de la locomotora. Tardamos en verla porque no bajó de un vagón como los otros pasajeros. De pronto, en medio de aquella humareda se formó una silueta, salida de la nada, que fue haciéndose cada vez más real. Cuando el humo fue desapareciendo pudimos comprobar que se trataba de una mujer, inclinada por el peso de una pequeña maleta. Lo primero que llamó mi atención fue su pelo rojo, rojísimo, que contrastaba con el negro brillante y mineral del tren. Después, las manos enguantadas y esa bolsa grande, de cuero, que sujetaba, venciéndola hacia el lado derecho. Así, mira. El abuelo y yo supimos inmediatamente que ella era Amelia Tresárboles. Yo le ayudé a llevar la maleta y aunque era muy pesada pude alzarla sin esfuerzo, como si lo que llevara allí dentro fuera mágico. Y lo era.
—¿Y qué había dentro?
—Espera y verás. Llegamos a la casa del tejado rojo. Entonces, me di cuenta de que su color de pelo era idéntico al del tejado. Entramos y la casa se encendió misteriosamente por cientos de rayos de luz. Ella lo miró todo y quiso bajar una mesa para apoyar su bolsón en ella. Solo traía una cosa en la maleta.
Mi hermano no pudo contener su impaciencia.
—¿La máquina?
—Sí, la máquina. —Sonreí bondadosamente y continué mostrándole el papel—. Cuando llegamos a casa y nos la enseñó, escribió esto para mí. Yo lo había pensado primero, pero no lo dije y ella, como si hubiera adivinado mi pensamiento, lo escribió. ¿Pero sabes lo más extraño de todo?
Tobías negó con la cabeza abriendo mucho los ojos.
—Pues que el ruido que hace la máquina vuelve locos a los pájaros, y hasta el cucú del reloj de la casa del tejado rojo se puso a cantar mientras el péndulo giraba y sonaba su gong. Al abuelo y a mí nos entró una cosa muy rara cuando lo escuchamos, como un hormigueo que nos subía por las piernas y por la barriga. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos con los pies a unos centímetros del suelo.
—¿Volando?
—No, flotando.
En ese momento escuchamos unas risas. Me levanté enfadada y sorprendí a nuestras tres hermanas mayores, Juana, Josefa y Laura, detrás de unos brezos, sofocadas, con las mejillas hinchadas y rojas, tratando de contener la risa. Juana, que es casi una adolescente, se tapaba la boca con las manos. Puse los brazos en jarras y las miré, desafiante. Tobías me imitó.
Ellas, al verme, no aguantaron más. Soltaron el aire que las mantenía medio asfixiadas y echaron hacia atrás las cabezas, riendo al fin abiertamente y sacudiendo sus delgados hombros.
